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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[APUNTES A UNA CONVERSACIÓN SOBRE LIBERTAD Y PECADO CON JORGE AURELIO DÍAZ]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">      <p> <font size="4">        <center>     <b>APUNTES A UNA CONVERSACI&Oacute;N SOBRE LIBERTAD Y PECADO    <br>     CON JORGE AURELIO D&Iacute;AZ</b>    </center>   </font></p>     <p><font size="3">        <center>     <b>TEACHER JORGE AURELIO D&Iacute;AZ&acute;S TRIBUTE</b>    </center>   </font></p>     <p><b>Laura Alamnd&oacute;s</b></p>     <p>Universidad Nacional de Colombia</p> <hr size="2">     <p>Cuando los organizadores de este homenaje me invitaron a participar, pens&eacute;    que pod&iacute;a compartir con ustedes unas ideas del Prof. D&iacute;az que    he visto, desde hace tiempo, como claves de su edificio conceptual. Desde hace    alrededor de veinte a&ntilde;os, que tengo el privilegio de gozar de su interlocuci&oacute;n,    le he o&iacute;do discurrir, en m&aacute;s de una oportunidad, sobre la inviabilidad    del concepto de pecado. Pero, verdad sea dicha, nunca hab&iacute;a entendido    muy bien qu&eacute; era eso del pecado que lo preocupaba, porque, aunque es    un t&eacute;rmino que despierta cierta fascinaci&oacute;n y curiosidad, tambi&eacute;n    genera una gran desconfianza y una sensaci&oacute;n de caducidad. Resolv&iacute;    entonces invitarlo a conversar para hacerle unas preguntas, de modo que este    homenaje fuera la ocasi&oacute;n y la excusa para indagar por su preocupaci&oacute;n    por el pecado, cosa que no me hab&iacute;a atrevido a hacer en oportunidades    pasadas. Estas reflexiones son las suyas, hasta donde pude seguirlo, pero, por    supuesto, los errores, las imprecisiones o las faltas de coherencia son m&iacute;as.    Les ofrezco las notas de un disc&iacute;pulo, con las limitaciones que ello    siempre tiene, a&ntilde;adidas a las limitaciones que comporta registrar por    escrito lo que ha surgido como palabra pronunciada en un di&aacute;logo vivo.        <br>   La tesis central de estas reflexiones creo que puede resumirse en el sentido    de la vigilancia que debe ejercer el pensamiento con respecto a un concepto    indeseado que se cuela en la idea filos&oacute;fica de libertad. Este &#8220;colado&#8221;,    si se me permite el coloquialismo, que se disfraza de libertad es el concepto    de pecado. &iquest;Por qu&eacute; hay que prender las alarmas para detectar    el pecado que se halla presente, aunque no se lonombre? No tanto porque el pecado    sea una noci&oacute;n que nos parece de otra &eacute;poca y m&aacute;s propia    de los estudios teol&oacute;gicos que de los filos&oacute;ficos, sino por una    raz&oacute;n de m&aacute;s peso, y es que la noci&oacute;n de pecado no es racional.    Hagamos la arqueolog&iacute;a de la noci&oacute;n, y comencemos por distinguir    dos maneras de comprenderlo que, si bien son distintas, la segunda se deriva    de la primera.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   De las dos concepciones o comprensiones distintas de pecado que hemos enunciado,    una es la religiosa, de origen judeo-cristiano, y est&aacute; basada en una    interpretaci&oacute;n de la revelaci&oacute;n seg&uacute;n la cual el hombre    es culpable ante Dios y no puede salir de la culpa sino a trav&eacute;s de la    muerte de Cristo. Ese es el n&uacute;cleo b&aacute;sico del mensaje cristiano,    y no debe ser sometido a la racionalidad; se cree o no se cree en la revelaci&oacute;n,    y se puede creer lo m&aacute;s razonablemente posible, pero se trata de un problema    de fe. Cuando el Cristianismo cop&oacute; todos los espacios de la cultura occidental,    inocul&oacute; esta cultura con la idea del pecado e integr&oacute; esa idea    a la concepci&oacute;n antropol&oacute;gica. Mil a&ntilde;os de Edad Media hicieron    que el hombre occidental llegara a la profunda convicci&oacute;n de que el pecado    era una evidencia, y entonces trat&oacute; de comprenderlo con su raz&oacute;n.    &iquest;En qu&eacute; se convierte el pecado cuando se lo interpreta con la    raz&oacute;n? En la segunda manera de comprenderlo, es decir, en la capacidad    de la voluntad humana para obrar en contra de los dictados del propio entendimiento,    el famoso libre albedr&iacute;o. Ya los escol&aacute;sticos se hab&iacute;an    dado cuenta de que esa voluntad resultaba en extremo problem&aacute;tica. Porque,    como lo va a decir Descartes, se trata de una voluntad absoluta, infinita, divina,    a la que nada pone l&iacute;mites, y que por lo tanto no obedece a racionalidad    alguna. As&iacute;, al concepto religioso de culpa del hombre ante Dios, se    le a&ntilde;adi&oacute; el escrutinio de la racionalidad griega, y esta combinaci&oacute;n    ha conducido a los problemas insolubles que se tejen alrededor del concepto    de libre albedr&iacute;o.     <br>   En un contexto de marcada religiosidad, el pecado se convirti&oacute; en el    meollo mismo de la cultura occidental, lo que vino a refrendarse con el Protestantismo,    que &eacute;ste hizo posible el surgimiento del individuo moderno. El aporte    de Spinoza consiste en se&ntilde;alar que ese concepto de pecado no es racionalizable,    m&aacute;s a&uacute;n, es antirracional. Que el ser humano pueda transgredir    a ciencia y conciencia los dictados de la raz&oacute;n, lo coloca por encima    de Dios y por debajo de los animales. Sin embargo, a pesar de su car&aacute;cter    no racional, o tal vez por ello mismo, esa idea ha jugado un papel muy importante    en el sentido de convencernos de que somos unos seres malvados, capaces de cometer    con plena conciencia las acciones m&aacute;s abominables. Esta convicci&oacute;n    nos ha hecho cargar con unas responsabilidades tremendas. Estamos as&iacute;    frente a uno de los g&eacute;rmenes fuertes del individualismo, porque la conciencia    de pecadores nos ha hecho dioses. Puedo ser malo o bueno, porque yo soy el que    decido todo sobre mi propia vida.     <br>   Llama la atenci&oacute;n el libro de E. R. Dodds, <i>Los griegos y lo irracional</i>,    porque el autor ve en el desarrollo del sentimiento arcaico griego de culpabilidad,    sobre todo de la tragedia, un momento anterior al pecado jud&iacute;o:</p>     <p>Es probablemente un exceso de simplificaci&oacute;n el ver en estas creencias    el origen del sentimiento arcaico de culpabilidad; pero no cabe duda de que    lo expresaban, lo mismo que el sentimiento de culpabilidad de un cristiano puede    hallar expresi&oacute;n en el temor obsesionante de caer en pecado moral. La    diferencia entre las dos situaciones es, desde luego, que el pecado es una condici&oacute;n    de la voluntad, una enfermedad de la conciencia &iacute;ntima del hombre, mientras    que la contaminaci&oacute;n es la consecuencia autom&aacute;tica de una acci&oacute;n,    pertenece al mundo de los acontecimientos externos, y opera con la misma despiadada    indiferencia respecto de los motivos que el microbio del tifus. Hablando estrictamente,    el sentimiento arcaico de culpabilidad se convierte en sentimiento de pecado    s&oacute;lo como resultado de lo que Kardiner llama la &#8220;interiorizaci&oacute;n&#8221;    de la conciencia, fen&oacute;meno que aparece tard&iacute;a e inciertamente    en el mundo hel&eacute;nico, y que no se generaliza hasta mucho despu&eacute;s    de haber empezado el derecho profano a reconocer la importancia del motivo (Dodds:    47).</p>     <p> Con la integraci&oacute;n del pecado, la cultura occidental qued&oacute; montada    sobre un concepto que no es racional, pero que ha llegado a convertirse en una    evidencia, y una evidencia que debe ser racionalizada para poder comprenderla,    ya que no puede ser negada. La necesidad de explicar esa aparente evidencia    se ve en Kant. Spinoza, en cambio, pregunta: &iquest;por qu&eacute; no negarla?    Y propone concebir otra noci&oacute;n de libertad diferente del libre albedr&iacute;o.    Que se prescinda de un concepto aparente y se busque organizar la sociedad,    la pol&iacute;tica y la &eacute;tica sin la carga del libre albedr&iacute;o    y del pecado. Pero para la cultura occidental cristiana el concepto no s&oacute;lo    es evidente y ha sido interiorizado hasta el punto de que resulta dif&iacute;cil    sac&aacute;rnoslo de encima, sino que ve en &eacute;l aquello que nos constituye    como absolutos, como individuos. Quebrantar este concepto implicar&iacute;a    poner en cuesti&oacute;n la valorizaci&oacute;n a ultranza que hace Occidente    del individuo.     <br>   Hoy el concepto de pecado se est&aacute; diluyendo, la personas no sabe bien    qu&eacute; es eso. Por supuesto que saben que hay acciones malas o incorrectas,    y acciones buenas y correctas, pero la conciencia de culpa personal se va diluyendo    a medida que la influencia cristiana pierde vigencia. Con lo cual se est&aacute;    diluyendo uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, es decir,    asistimos en realidad a un profundo cambio cultural.     <br>   Para la filosof&iacute;a moderna hasta Kant, incluy&eacute;ndolo, el individuo    en su voluntad depende &uacute;nicamente de s&iacute; mismo. En este sentido    el individuo es absoluto, su voluntad no depender&iacute;a ni siquiera de su    entendimiento, porque &eacute;ste le dicta normas universalmente v&aacute;lidas,    pero que &eacute;l puede caprichosamente desde&ntilde;ar. El individuo como    absoluto es capaz de quebrantar las normas universales, porque puede hacer absoluta    y totalmente lo que le viene la gana, y ni siquiera Dios puede prever su acci&oacute;n.        <br>   Hay una idea acertada en Hegel cuando dice que la experiencia religiosa jud&iacute;a    se bas&oacute; en el libro de Job. El mensaje de este libro establece que lo    que Dios exige del hombre es obediencia. Esto es todo lo que le pide al hombre,    que reconozca su soberan&iacute;a. Esto est&aacute; &iacute;ntimamente relacionado    con el pecado, porque para el creyente, &eacute;l por s&iacute; mismo no se    puede salvar, &eacute;l por s&iacute; mismo es d&eacute;bil y malo, pero con    Dios lo puede todo, mientras que sin Dios no puede nada. Una consecuencia del    libro de Job parecer&iacute;a ser la negaci&oacute;n del individuo en aras de    Dios. Pero cuando el pecado es interpretado como un libre albedr&iacute;o, el    resultado se invierte. El hombre se convierte en due&ntilde;o absoluto de su    propio comportamiento. Ese juego dial&eacute;ctico resulta en cierta forma fascinante,    porque permite ver c&oacute;mo una noci&oacute;n de origen m&iacute;tico viene    convertirse en uno de los pilares de la modernidad.    <br>   Si el panorama de por s&iacute; era complejo, el Protestantismo vino a complicar    a&uacute;n m&aacute;s las cosas. Lutero dice que niega el libre albedr&iacute;o,    sin embargo lo que hace es afirmarlo con nuevos br&iacute;os, al defender como    idea central del Cristianismo que somos pecadores y que s&oacute;lo Dios nos    salva. Para Lutero esto es absolutamente claro en el mensaje de la Escritura.    S&oacute;lo nos salvamos por la fe y nada m&aacute;s que por ella. Se opuso    a la salvaci&oacute;n por las obras, porque esto iba en contra del n&uacute;cleo    central de la fe. Consecuencia de la Reforma Protestante fue una nueva concepci&oacute;n    de pecado, porque ya la atenci&oacute;n no est&aacute; centrada en las obras,    en los actos concretos del ser humano, como en el caso de la moral cat&oacute;lica,    sino en la actitud original del hombre ante Dios. Las acciones pasan as&iacute;    a segundo plano. Esto explica la frase Lutero a Melanchton, para tranquilizar    sus angustias de conciencia: <i>Pecca fortiter, sed crede fortius</i> (peca    fuertemente, pero cree m&aacute;s fuertemente). Es decir, no te preocupes por    tus obras, sino por tu actitud frente a Dios. Pero se trata de una visi&oacute;n    religiosa fundamentada en la fe, no de conceptos elaborados por la raz&oacute;n.    &iquest;Har&iacute;a esto caer a los creyentes en una especie de ausencia de    responsabilidad moral frente a su obrar? Porque si Dios tiene la potestad de    salvarnos sin importar lo que hagamos &iquest;para qu&eacute; portarnos bien?    A esto respondi&oacute; el pietismo, del cual Kant fue heredero. Pero no se    trata de la recuperaci&oacute;n del valor de las obras, sino de testificar con    ellas que se tiene verdadera fe.    <br>   En la <i>Cimentaci&oacute;n de la Metaf&iacute;sica de las costumbres</i>, Kant    opera con dos conceptos diferentes de voluntad, uno que la identifica con la    raz&oacute;n, una voluntad puramente racional que tengo por pertenecer al mundo    inteligible; pero esta voluntad se transforma hasta desconocerse, deviene la    voluntad en cuanto afectada por apetitos, que operan en m&iacute; como miembro    del mundo sensible que soy. La primera, la voluntad de regirme por normas racionales,    mi voluntad como autonom&iacute;a, est&aacute; purificada de los intereses particulares    que tengo como individuo; la segunda voluntad, que estoy obligado a tener en    cuanto perteneciente al mundo sensible, con apetitos e inclinaciones, parece    entrar en contradicci&oacute;n con la primera y deber&iacute;a ser considerada    m&aacute;s bien como p&eacute;rdida de la voluntad, dir&iacute;a la cr&iacute;tica    de Spinoza. Si mi acci&oacute;n es arrastrada por mis traumas psicol&oacute;gicos,    mis pulsiones o cosas por el estilo, no es mi voluntad la que me determina,    sino algo extra&ntilde;o a ella. Mi acci&oacute;n deja de ser tal y se convierte    en pasi&oacute;n, en algo que padezco, que me compele a actuar sin mi consentimiento.    Es tanto como actuar teniendo un revolver en la nuca, y no ser&iacute;an actos    de mi voluntad. En este sentido mi actuar no ser&iacute;a aut&oacute;nomo, sino    heter&oacute;nomo y mi responsabilidad se ver&iacute;a disminuida o desaparecer&iacute;a.    &iquest;Por qu&eacute; Kant no toma el camino spinocista de negar como parte    de la voluntad todo lo que no sea racional, sino que ampl&iacute;a el concepto    de voluntad hasta incluir lo no racional? Porque &eacute;l le deja a la voluntad    la posibilidad de adecuar los imperativos categ&oacute;ricos <i>a priori</i>,    los dictados por la raz&oacute;n, a ella misma, o de no hacerlo. El deja a la    voluntad que decida si pasan o no mis impulsos y pasiones. Este resquicio de    responsabilidad del individuo, que queda siempre al final de reconocer todas    las heteronom&iacute;as, es la concesi&oacute;n kantiana a la evidencia del    pecado. Kant es un protestante luterano, pero es adem&aacute;s racionalista,    y esto bien puede considerarse una mezcla explosiva, como acabamos de ver. Simplificando    mucho podr&iacute;amos decir que Kant, con su raz&oacute;n, da vueltas y vueltas    alrededor del concepto de pecado, que no nombra, pero que est&aacute; all&iacute;    en el fondo. Tiene la convicci&oacute;n de que nosotros somos culpables, de    que, en &uacute;ltimas, el hombre es libre de decidir obrar bien u obrar mal.    Esto lo ha esbozado D&iacute;az en una conferencia que se titula &#8220;Como    un imperio dentro de otro imperio. Cr&iacute;tica spinocista a la &eacute;tica    kantiana&#8221;<sup><a href="#1">1</a></sup>.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   No puedo terminar este comentario a la necesidad de superaci&oacute;n del concepto    de pecado que tiene toda &eacute;tica, sin ofrecerles el regalo de una cita    de D&iacute;az-Spinoza al final del trabajo reci&eacute;n citado (408):</p> Pero con ello &iquest;no hemos dado al traste con la moral? Seguro que s&iacute;.  Porque al abandonar la idea de pecado, se abandona con ella la idea de culpa,  as&iacute; como &#8220;los prejuicios del bien y el mal, del m&eacute;rito y el  pecado, de la alabanza y el vituperio, del orden y la confusi&oacute;n, de la  belleza y la fealdad, y otros de ese g&eacute;nero&#8221;(E1Ap). </p>      <p>Yo sab&iacute;a del racionalismo de nuestro homenajeado, pero ahora quedo sorprendida    por su posmodernidad. &iexcl;Que &eacute;sta sea una mezcla tan explosiva y    fecunda como ha sido la de Kant! </p>     <br> <hr size="2"> <font size="2">      <p> <a name="1">1</a>. En: Guti&eacute;rrez, Carlos B. (ed.). (1995). <i>El trabajo    filos&oacute;fico de hoy en el Continente</i>. Memorias del XIII Congreso Interamericano    de Filosof&iacute;a. Bogot&aacute;: Universidad de los Andes: 403-409.</p> </font>  </font>       ]]></body>
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