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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align=center style='text-align:center'><font size="4"><b>ALGUNAS OBSERVACIONES    SOBRE EL OPTIMISMO</b></font></p>     <p align=center style='text-align:center'>&nbsp;</p>     <p align=center style='text-align:center'><font size="3"><b>SOME REMARKS ON OPTIMISM</b>    </font></p>     <p align=center style='text-align:center'>&nbsp;</p>     <p><b>Hern&aacute;n Dar&iacute;o Caro</b></p>     <p><a href="mailto:herrcaro@hotmail.com">herrcaro@hotmail.com</a> </p> <hr size=1 width="100%" align=center>     <p align=center style='text-align:center'><b>Introducci&oacute;n</b> </p>     <p><b>1.</b> La Real Academia Prusiana de Ciencias de Berl&iacute;n fue fundada    el 11 de julio de 1700 a partir de los planes y el consejo de quien fuera su    primer presidente, Gottfried Wilhelm Leibniz. Seg&uacute;n las actas de fundaci&oacute;n,    las principales tareas de la Academia consist&iacute;an en la &#8220;observaci&oacute;n    de las obras y fen&oacute;menos de Dios en la naturaleza&#8221; junto con su    descripci&oacute;n y escrutinio, la &#8220;conservaci&oacute;n de la lengua    alemana en su integridad&#8221; y el &#8220;impulso la misi&oacute;n cristiana&#8221;    a trav&eacute;s de personas dotadas de &#8220;juicio y conocimiento&#8221; (Meschkowski    1986: 27ss). La Academia fue el centro en torno al cual gir&oacute; gran parte    del desarrollo intelectual y cient&iacute;fico del Reino de Prusia durante el    siglo xviii, y los m&aacute;s importantes personajes del mundo erudito europeo    del Siglo de las Luces -D&#8217;Alembert, Condillac, Maupertuis, Euler, Voltaire,    Lessing, Mendelssohn, Garve, Kant, Herder, etc.- est&aacute;n relacionados con    la Academia berlinesa, bien en cuanto miembros de la misma, bien en cuanto participantes    en los concursos que la instituci&oacute;n empez&oacute; a organizar desde 1744.    <br>   Estos concursos consist&iacute;an en lo siguiente: cada a&ntilde;o, uno de los    departamentos (o &#8220;clases&#8221;) de la Academia planteaba p&uacute;blicamente    una cuesti&oacute;n (filos&oacute;fica, literaria, filol&oacute;gica, matem&aacute;tica,    hist&oacute;rica, econ&oacute;mica, etc.), para cuyo examen y respuesta se conced&iacute;a    un plazo determinado (normalmente de dos a&ntilde;os a partir de la fecha de    publicaci&oacute;n del problema). Los participantes en el concurso deb&iacute;an    presentar un texto redactado en alem&aacute;n, franc&eacute;s o lat&iacute;n;    el texto ganador era publicado por la Academia y premiado con algo de dinero.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   La historia de los concursos de la Academia es de gran inter&eacute;s para la    comprensi&oacute;n de las caracter&iacute;sticas del ambiente ilustrado alem&aacute;n    y de la Ilustraci&oacute;n europea en general, tanto por los temas sugeridos    como por los autores concursantes. Aqu&iacute; me interesa solo uno de los concursos,    y ciertamente uno que refleja muy bien una de las preocupaciones filos&oacute;ficas    fundamentales del siglo xviii europeo. Se trata del concurso de 1753 en torno    al problema del optimismo. De este concurso surgen las &#8220;Observaciones    sobre el optimismo&#8221; de Kant, escritas en 1759, y que ofrecemos aqu&iacute;    por primera vez en versi&oacute;n castellana<sup><a href="#1">1</a></sup>.</p>     <p><b>2.</b> En el a&ntilde;o 1753, el turno de proponer una cuesti&oacute;n para    concurso correspondi&oacute; a la &#8220;Clase filos&oacute;fica&#8221; de la    Academia. Publicada originalmente en franc&eacute;s -el idioma oficial de la    Academia-, la pregunta dec&iacute;a:</p>     <p>Se exige un examen del sistema de Pope contenido en la proposici&oacute;n &#8220;Todo    est&aacute; bien&#8221;. Se trata: (1) de determinar el verdadero sentido de    esta proposici&oacute;n seg&uacute;n las hip&oacute;tesis de su autor; (2) de    comparar el sistema de Pope con el sistema del optimismo, o la elecci&oacute;n    de lo mejor, para indicar exactamente las semejanzas y diferencias entre aquellos    sistemas, y finalmente (3) de presentar las razones por las cuales se debe aceptar    o destruir este sistema (Von Harnack 1900: 310).</p>     <p>Desde el momento de su publicaci&oacute;n la pregunta de la Academia produjo    molestias. En la formulaci&oacute;n de la pregunta del concurso se identific&oacute;    el inter&eacute;s de la Academia -m&aacute;s exactamente de su presidente desde    1746, el franc&eacute;s Louis Moreau de Maupertuis, defensor y divulgador del    pensamiento de Newton y cr&iacute;tico de la metaf&iacute;sica tradicional alemana-    por desprestigiar la filosof&iacute;a de Leibniz.    <br>   Si bien ya los anteriores concursos filos&oacute;ficos de la Academia, llevados    a cabo en 1747 y 1751, se hab&iacute;an ocupado de examinar cr&iacute;ticamente    distintos aspectos la filosof&iacute;a leibniziana -por lo que no deb&iacute;a    extra&ntilde;ar que la pregunta del nuevo concurso tuviera una vez m&aacute;s    como objeto el pensamiento de Leibniz-, el planteamiento de la cuesti&oacute;n    de 1753, aunque a primera vista claro y consistente, no lo era en realidad;    y as&iacute; lo entendieron muchos de los intelectuales de la &eacute;poca.    Por una parte, es evidente que el objeto del examen requerido era la doctrina    expuesta por Leibniz en 1710 en la <i>Teodicea</i>, que sostiene que Dios, que    por necesidad siempre elige lo mejor, ha creado el mundo en el que vivimos por    considerarlo el mejor de todos los mundos posibles. Este es justamente el llamado    &#8220;sistema del optimismo&#8221; (&#8220;o la elecci&oacute;n de lo mejor&#8221;)    del que habla la pregunta de la Academia<sup><a href="#2">2</a></sup>. Lo ins&oacute;lito    es que en aquella pregunta -acerca de la doctrina contenida en la <i>Teodicea</i>    de Leibniz- no se nombre ni a Leibniz ni a su <i>Teodicea</i>, y que en vez    de ello se decida hacer partir la discusi&oacute;n no de la obra de un fil&oacute;sofo,    sino de una frase de un literato: del c&eacute;lebre &#8220;Todo est&aacute;    bien&#8221; del poeta ingl&eacute;s Alexander Pope. Pope, en efecto, hab&iacute;a    mantenido en 1733 que &#8220;todo lo que es, est&aacute; bien&#8221; (&#8220;<i>Whatever    is, is right</i>&#8221;); pero no lo hab&iacute;a hecho en una obra especulativa    sistem&aacute;tica ni en una que pretendiera serlo, sino en su extenso poema    filos&oacute;fico <i>Ensayo sobre el hombre</i> (1733-1734): el &#8220;sistema&#8221;    de Pope contenido en las palabras &#8220;Todo est&aacute; bien&#8221;, del que    se habla en la pregunta de la Academia, no exist&iacute;a. Por eso no es extra&ntilde;o    que, desde su publicaci&oacute;n, la pregunta de la Academia haya sido vista    con desconfianza, interpretada como un intento por desacreditar la metaf&iacute;sica    de Leibniz aproxim&aacute;ndola maliciosamente al &#8220;sistema&#8221; de Pope    (irrelevante dentro de un examen que pretend&iacute;a ser de <i>argumentos</i>    y, en esa medida, m&aacute;s sencillo de rebatir), y sometida, ante todo por    los seguidores de la filosof&iacute;a leibniziana, a todo tipo de ofensivas<sup><a href="#3">3</a></sup>.    <br>   El premio de la Academia fue otorgado en 1755 a un trabajo escrito por el desconocido    Adolf Friedrich Reinhard, en el cual se atacaba en&eacute;rgicamente la filosof&iacute;a    leibniziana -si bien, como sostiene von Harnack (1900: 311), &#8220;de forma    poco cient&iacute;fica&#8221; y &#8220;con medios argumentativos insuficientes&#8221;-:    <i>Le Syst&egrave;me de Mr. Pope sur la perfection du monde, compar&eacute;    &agrave; celui de Mr. Leibnitz, avec un examen de l&#8217;optimisme</i>. La    cr&iacute;tica de Reinhard se concentra fundamentalmente en dos puntos: en primer    lugar, en el rechazo del llamado &#8220;determinismo&#8221; leibniziano, seg&uacute;n    el cual Dios, al crear este mundo, no pudo haber actuado de manera diferente    a como lo hizo; es decir, seg&uacute;n el cual Dios estaba constre&ntilde;ido    a elegir justamente este mundo de entre todos mundos los posibles. La alternativa    anti-leibniziana de Reinhard, conocida tradicionalmente como &#8220;voluntarismo    teol&oacute;gico&#8221;, es la restituci&oacute;n de la libertad absoluta de    Dios. En segundo lugar, Reinhard, contra la concepci&oacute;n cardinal optimista    de que el mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles, afirma    la posibilidad de que existan varios mundos distintos (de hecho <i>infinitos</i>    mundos distintos) que comparte sin embargo un grado id&eacute;ntico de perfecci&oacute;n.    As&iacute;, seg&uacute;n Reinhard, Dios, por un lado, hubiese podido elegir    de modo diferente a como lo hizo -<i>i.e.</i>, hubiese podido, en virtud de    la libertad ilimitada de su voluntad, elegir un mundo diferente al que de hecho    cre&oacute;; verbigracia un mundo con una menor cantidad de maldad-; por otro    lado, Dios, a pesar de haber elegido un mundo con un grado superior de perfecci&oacute;n,    no eligi&oacute; el <i>&uacute;nico</i> mundo con un grado superior de perfecci&oacute;n    que hubiera podido elegir (ya que pueden existir infinitos mundos distintos    pero igual de perfectos). De este trabalenguas se concluye, entonces, que la    tesis optimista de que Dios eligi&oacute; necesariamente el mejor de los mundos    posibles no es v&aacute;lida, por lo que el optimismo leibniziano puede ser    rechazado o &#8220;destruido&#8221;, seg&uacute;n la opci&oacute;n ofrecida    en la pregunta de la Academia<sup><a href="#4">4</a></sup>.    <br>   La adjudicaci&oacute;n del premio a Reinhard produjo una vez m&aacute;s, como    ya lo hab&iacute;a hecho la publicaci&oacute;n de la pregunta del concurso,    una gran pol&eacute;mica en torno a los designios de la Academia Prusiana. El    producto m&aacute;s recordado de este querella acad&eacute;mica fue un agudo    escrito sat&iacute;rico de Lessing y Moses Mendelssohn, aparecido an&oacute;nimamente    en 1755, bajo el t&iacute;tulo <i>Pope: &iexcl;un metaf&iacute;sico!</i> All&iacute;    se pon&iacute;a de relieve la diferencia entre los intereses, los m&eacute;todos    de exposici&oacute;n y los objetos de estudio de los fil&oacute;sofos y de los    poetas, y se criticaba al concurso y a la decisi&oacute;n de la Academia el    querer buscar, no sin intenciones sospechosas, un sistema en la obra de Pope,    el cual, como se ha dicho, ni era un metaf&iacute;sico ni hab&iacute;a pretendido    serlo. Pero no s&oacute;lo Lessing y Mendelssohn ayudaron a avivar -a&uacute;n    m&aacute;s- la pol&eacute;mica en torno al optimismo; tambi&eacute;n el poeta    Christoph Martin Wieland, el secretario general de la Academia, Jean Henri Samuel    Formey, y el fil&oacute;sofo Le Guay de Pr&eacute;montval, entre muchos otros,    tomaron parte en el debate<sup><a href="#5">5</a></sup>. Y a&uacute;n en 1759,    seis a&ntilde;os despu&eacute;s de la publicaci&oacute;n del concurso de la    Academia, mientras Europa se re&iacute;a (y se lamentaba tambi&eacute;n) junto    a Voltaire del despiadado y c&aacute;ndido optimismo de Leibniz, y cuando toda    apolog&iacute;a emp&iacute;rica del optimismo filos&oacute;fico se hab&iacute;a    mostrado injustificada a ra&iacute;z del terremoto de Lisboa de noviembre 1    de 1755, se encontr&oacute; quien, a pesar de todo, quisiera intentar una defensa    te&oacute;rica de la idea leibniziana del mejor de los mundos posibles. Se trata,    claro est&aacute;, de Immanuel Kant, quien en el mismo a&ntilde;o en que Voltaire    public&oacute; <i>C&aacute;ndido o el optimismo</i> -su refutaci&oacute;n literaria    del optimismo de Leibniz-, present&oacute; al p&uacute;blico el texto &#8220;Algunas    observaciones sobre el optimismo&#8221;.</p>     <p><b>3.</b> Ya en 1753, en reacci&oacute;n a la pregunta del concurso de la Academia    berlinesa, Kant hab&iacute;a empezado a esbozar algunos pensamientos en torno    al &#8220;Todo est&aacute; bien&#8221; de Pope y la doctrina de Leibniz del    mejor de los mundos posible. Estos pensamientos sueltos, sin embargo, nunca    llegaron a conformar un texto articulado que Kant hubiera podido presentar a    la convocatoria de la Academia<sup><a href="#6">6</a></sup>. El &uacute;nico    documento kantiano completo relacionado directamente con el concurso de la Academia    escrito durante los a&ntilde;os 50 que se conoce son las &#8220;Observaciones    sobre el optimismo&#8221; de 1759. En este escrito menor del per&iacute;odo    pre-cr&iacute;tico, Kant, como ser&iacute;a de esperarse, toma partido a favor    del optimismo lebniziano -cuya p&eacute;rdida de notoriedad e influencia es    considerada por Kant como el resultado de un simple cambio de parecer de la    &#8220;gente de gusto delicado&#8221;- a trav&eacute;s de una refutaci&oacute;n    de los principales argumentos que Adolf Friedrich Reinhard hab&iacute;a presentado    en el ensayo premiado por la Academia en 1755. Por una parte, Kant hace eco    en sus &#8220;Observaciones&#8221; de la idea de Leibniz de que este mundo es    de hecho el mejor posible con arreglo a la totalidad de lo creado y por esa    raz&oacute;n ha sido elegido por Dios. Por otra parte, contra los cr&iacute;ticos    del determinismo supuestamente adelantado en la <i>Teodicea</i>, Kant mantiene    que Dios, en efecto, estaba y est&aacute; constre&ntilde;ido por necesidad a    elegir lo mejor de entre lo posible, lo que constituye un rechazo decidido de    la noci&oacute;n del voluntarismo teol&oacute;gico que afirmaba que Dios es    libre de forma absoluta, etc<sup><a href="#7">7</a></sup>.    <br>   Como se afirm&oacute; arriba, las &#8220;Observaciones sobre el optimismo&#8221;    pertenecen al per&iacute;odo pre-cr&iacute;tico/dogm&aacute;tico del desarrollo    intelectual kantiano. De las opiniones sostenidas en este escrito Kant se distanci&oacute;    de forma radical al final de su vida, como lo hace evidente un texto del per&iacute;odo    cr&iacute;tico como &#8220;Sobre el fracaso de todo ensayo filos&oacute;fico    en la teodicea&#8221; (1791), donde se rechaza toda posible defensa racional    de Dios y de la perfecci&oacute;n de Su creaci&oacute;n -toda posible &#8220;teodicea&#8221;-,    frente a las dudas que surgen al observar la presencia de mal en el mundo. En    esa medida, para el estudioso del pensamiento kantiano, las &#8220;Observaciones&#8221;    poseen, quiz&aacute;, un valor ante todo hist&oacute;rico, en cuanto permiten    observar la manera en que Kant particip&oacute;, as&iacute; sea de modo indirecto    y con razones que m&aacute;s tarde &eacute;l mismo refutar&iacute;a, en una    de las pol&eacute;micas m&aacute;s apasionadas y apasionantes del Siglo de las    Luces.    <br>   Las &#8220;Observaciones sobre el optimismo&#8221; de Kant se traducen aqu&iacute;    por primera vez al castellano. La traducci&oacute;n se ha realizado a partir    del texto alem&aacute;n que se encuentra en el segundo volumen de la edici&oacute;n    de la Academia de las obras completas kantianas (&#8220;Versuch einiger Betrachtungen    &uuml;ber den Optimismus&#8221;, en: <i>Kants gesammelte Schriften</i>. Ed.    Real Academia Prusiana de Ciencias. Berl&iacute;n: Georg Reimer, 1912, vol.    II: 27-35). Los n&uacute;meros entre corchetes que se hallan a lo largo del    texto de la traducci&oacute;n corresponden a la paginaci&oacute;n de aquel segundo    volumen. En su edici&oacute;n original, el ensayo kantiano ten&iacute;a el siguiente    subt&iacute;tulo: &#8220;Escrito a trav&eacute;s del cual el autor anuncia sus    clases para el semestre entrante. Octubre 7 de 1759&#8221;; a modo de curiosidad,    al final del ensayo se ofrece tambi&eacute;n la traducci&oacute;n del anuncio    de sus clases escrito por Kant, en esa &eacute;poca a&uacute;n <i>Privatdozent</i>    en la Universidad Albertina de K&ouml;nigsberg.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align=center style='text-align:center'><b>Algunas observaciones sobre el optimismo</b></p>     <p>Desde que se tiene un concepto adecuado de Dios, quiz&aacute; no haya habido    otro pensamiento m&aacute;s natural que aquel de que cuando &Eacute;l elige,    s&oacute;lo elige lo mejor. Se dice que Alejandro pensaba que mientras hubiera    a&uacute;n algo por hacer, &eacute;l no hab&iacute;a hecho nada; ciertamente    esto se puede afirmar con toda exactitud del ser m&aacute;s bondadoso y m&aacute;s    poderoso de todos. <i>Leibniz</i> tampoco cre&iacute;a haber expuesto nada nuevo    cuando dijo que este mundo es el mejor de todos los mundos posibles, o lo que    es lo mismo: que la esencia de todo aquello que Dios ha creado es lo mejor de    todo lo que era posible crear. Lo nuevo en todo este asunto surgi&oacute; con    el intento de deshacer el nudo -tan dif&iacute;cil de deshacer- de las dificultades    relacionadas con el origen del mal. Un pensamiento tan simple, tan natural,    que al final se vuelve ordinario y disgusta a la gente de gusto delicado por    ser repetido tantas veces, no puede gozar por mucho tiempo de buena reputaci&oacute;n.    &iquest;Pues cu&aacute;l es, en efecto, el honor de pensar como la plebe y pregonar    una proposici&oacute;n tan simple de demostrar? Los errores sutiles son un est&iacute;mulo    para el amor propio, al cual le gusta experimentar su propia potencia. Las verdades    evidentes, por el contrario, son reconocidas tan f&aacute;cilmente y por un    entendimiento tan ordinario, que al final les va como a aquellas canciones que    uno ya no puede soportar m&aacute;s de tanto escucharlas cantadas por la chusma.    En una palabra: con frecuencia valoramos ciertos conocimientos no porque sean    correctos, sino porque nos han costado mucho, y no nos interesa saber si hay    o no verdad en ellos. De este modo, al principio se consideraba extraordinario,    luego agradable y por &uacute;ltimo correcto, afirmar que Dios quiso| elegir    este mundo de entre todos los mundos posibles, no porque este mundo fuera mejor    que el resto de los que ca&iacute;an bajo Su dominio, sino simplemente porque    as&iacute; lo quiso. Pregunto humildemente: &#8220;&iquest;Y por qu&eacute;    quisiste, &iexcl;o Eterno!, preferir lo peor en vez de lo mejor?&#8221;. Y los    hombres le ponen al Alt&iacute;simo la respuesta en la boca: &#8220;Porque as&iacute;    lo quise, y eso basta&#8221;.    <br>   Esbozar&eacute; con algo de af&aacute;n algunas observaciones que podr&aacute;n    aligerar el juicio sobre la contienda que aqu&iacute; se ha creado. Acaso mi    respetado p&uacute;blico las estimar&aacute; &uacute;tiles para considerar en    todo su contexto la exposici&oacute;n que hago de este art&iacute;culo en mis    clases. Empiezo, pues, a inferir.    <br>   Si no es posible pensar en un mundo respecto del cual ninguno otro mejor que    &eacute;l puede ser pensado, entonces el conocimiento de todos los mundos posibles    est&aacute; vedado para el Entendimiento alt&iacute;simo. Esto &uacute;ltimo    es falso. Tambi&eacute;n ha de serlo, entonces, lo primero. La exactitud de    la proposici&oacute;n mayor se aclara de la siguiente manera: si de una idea    particular que uno se hace de un mundo puedo decir que es posible tener la representaci&oacute;n    de un mundo mejor que &eacute;l, entonces esto mismo debe poder ser dicho de    todas las ideas de mundos que pueda tener el Entendimiento divino. Por consiguiente,    son posibles mundos mejores que todos aquellos conocidos por Dios, y Dios no    tiene conocimiento de todos los mundos posibles. Imagino por un momento que    la proposici&oacute;n menor es admitida por cualquier persona ortodoxa, e infiero    que es falso afirmar que ning&uacute;n mundo puede ser pensado, respecto del    cual ninguno otro mejor que &eacute;l puede ser pensado, o lo que es lo mismo:    es posible un mundo respecto del cual ninguno mejor que &eacute;l puede ser    pensado. Sin embargo, de esto no se sigue que uno de entre todos los mundos    posibles deba ser el m&aacute;s perfecto, pues si dos o m&aacute;s de ellos    se igualan en cuanto a su perfecci&oacute;n, aun cuando no sea posible pensar    en mundo mejor que cualquiera de los dos, ninguno de ellos ser&aacute; el mejor,    ya que ambos tienen un mismo grado de bondad.    <br>   Para poder hacer esta segunda inferencia presento la siguiente observaci&oacute;n,    en mi opini&oacute;n novedosa. Perm&iacute;taseme en primera instancia situar    la perfecci&oacute;n absoluta<sup><a href="#*">*</a></sup> de una cosa -cuando    no se la| considera con alg&uacute;n prop&oacute;sito particular- en el grado    de realidad. Para este presupuesto cuento con la aprobaci&oacute;n de la mayor&iacute;a    de los fil&oacute;sofos y adem&aacute;s podr&iacute;a justificar de manera sencilla    este concepto. Ahora afirmo que realidad y realidad nunca pueden, en cuanto    realidades, distinguirse. En efecto, cuando las cosas se diferencian entre s&iacute;,    esto ocurre porque en una de ellas existe algo que no existe en la otra. Cuando    se consideran realidades en cuanto tal, cada caracter&iacute;stica en ellas    es positiva. Si las realidades han de diferenciarse una de la otra en cuanto    realidades, entonces debe existir algo positivo en alguna de ellas que no exista    en la otra, esto es: algo negativo debe ser pensado en una de ellas, por cuyo    medio las realidades se distingan entre s&iacute;; en ese caso las realidades    ya no estar&iacute;an siendo comparadas en cuanto realidades, lo cual, sin embargo,    era justamente lo exigido. Por lo tanto, realidad y realidad se distinguen una    de la otra en virtud de las negaciones, ausencias, limitaciones de una de ellas;    es decir, se distinguen, no en virtud de su cualidad (<i>qualitate</i>) sino    de su grado (<i>gradu</i>).    <br>   Por consiguiente, cosas diferentes una de la otra se distinguen entre s&iacute;    en todo caso s&oacute;lo por el grado de su realidad, y cosas diferentes jam&aacute;s    pueden tener un mismo grado de realidad. De esta manera, dos mundos diferentes    jam&aacute;s pueden tener un mismo grado de realidad. Esto quiere decir: dos    mundos igual de bondadosos, igual de perfectos, no son posibles. El se&ntilde;or    Reinhard dice en su escrito premiado sobre el optimismo: un mundo puede tener    la misma suma de realidades pero ser de un tipo diferente del otro [mundo];    en este caso los dos mundos ser&iacute;an distintos y no obstante tendr&iacute;an    la misma perfecci&oacute;n. S&oacute;lo que se equivoca al pensar que realidades    del mismo grado pueden distinguirse una de otra en virtud de su cualidad (<i>qualitate</i>).    Pues supongamos que [realidades del mismo grado] fueran distintas. En ese caso,    en una de ellas existir&iacute;a algo que no existe en la otra, es decir: se    distinguir&iacute;an a trav&eacute;s de las determinaciones <i>A</i> y <i>no-A</i>,    en donde una de estas determinaciones es una aut&eacute;ntica negaci&oacute;n    de la otra. Las realidades se distinguir&iacute;an, pues, a trav&eacute;s de    sus limitaciones y de su grado, no de su cualidad, pues las negaciones jam&aacute;s    pueden ser contadas entre las cualidades de una realidad, sino que la delimitan    y determinan su grado. Esta observaci&oacute;n es abstracta y podr&iacute;a    requerir de alguna aclaraci&oacute;n, la cual, sin embargo, me reservo para    otra ocasi&oacute;n.    <br>   Ya hemos avanzado lo suficiente como para poder reconocer que entre todos los    mundos posibles s&oacute;lo uno debe ser el m&aacute;s perfecto, de forma tal    que no hay ninguno que lo supere en excelencia y ninguno que lo iguale. Que    este sea o no el mundo real es algo que consideraremos en un momento; por lo    pronto queremos examinar con mayor claridad lo tratado anteriormente.    <br>   Hay cantidades respecto de las cuales no se deja pensar que no hay otra mayor    que ellas. El mayor n&uacute;mero de todos, el movimiento m&aacute;s r&aacute;pido    de todos, son de este tipo. Incluso el Entendimiento divino no las piensa, pues    ellas son, como Leibniz observa, conceptos enga&ntilde;osos (<i>nociones deceptrices</i>):    parecer&iacute;a que uno piensa algo a trav&eacute;s de ellas pero en realidad    no se est&aacute; representando nada. Ahora dicen los adversarios del optimismo:    el mundo m&aacute;s perfecto de todos es, como el mayor de todo los n&uacute;meros,    un concepto contradictorio; pues uno puede agregar a una suma de realidad en    un mundo m&aacute;s realidades, as&iacute; como es posible agregar a la suma    de unidades en un n&uacute;mero m&aacute;s unidades, sin que por ello resulte    algo que sea lo m&aacute;s grande posible.    <br>   Sin mencionar que es injustificado considerar el grado de realidad de una cosa    en relaci&oacute;n con sus elementos menores como si fuera un n&uacute;mero    en relaci&oacute;n con sus unidades, se&ntilde;alo lo siguiente para mostrar    que la instancia ofrecida no es del todo apropiada. Un n&uacute;mero mayor que    el resto no es posible, pero s&iacute; es posible un grado superior de realidad:    &eacute;ste se encuentra en Dios. Aqu&iacute; se ve el primer motivo por el    cual se puede decir que se ha hecho un uso falso del concepto de n&uacute;mero.    El concepto de un n&uacute;mero finito mayor que todos es el concepto abstracto    por antonomasia de la pluralidad, la cual es finita pero a la cual al mismo    tiempo se puede a&ntilde;adir algo con el pensamiento sin que por ello deje    de ser finita; en la cual, por tanto, la finitud de la cantidad no establece    una limitaci&oacute;n determinada sino s&oacute;lo una limitaci&oacute;n en    general, por lo que a ninguno de esos n&uacute;meros puede aplicarse el predicado    &#8220;el mayor de todos&#8221;, pues siempre se puede aumentar una alguna cantidad    finita a trav&eacute;s de la adici&oacute;n sin por ello perjudicar la finitud.    El grado de realidad el mundo es, por el contrario, siempre algo determinado;    las limitaciones establecidas para la mayor perfecci&oacute;n posible de un    mundo no son solamente generales, sino que est&aacute;n fijadas a trav&eacute;s    de un grado que necesariamente debe faltar a esa perfecci&oacute;n. La independencia,    la autosuficiencia, la omnipresencia, el poder de crear, etc., son perfecciones    que ning&uacute;n mundo puede tener. Aqu&iacute; no sucede como en el caso de    la infinitud matem&aacute;tica, donde lo finito se relaciona con lo infinito    a trav&eacute;s de un continuo y siempre posible aumento seg&uacute;n la ley    de la continuidad. Aqu&iacute; la distancia entre la realidad infinita y la    finita est&aacute; fijada por una cantidad determinada, que constituye la diferencia    entre las realidades. Y el mundo, que se encuentra en ese pelda&ntilde;o de    la escala de los seres donde empieza el abismo que contiene los inmensurables    grados de perfecci&oacute;n que elevan al Eterno sobre todas las criaturas;    ese mundo, digo, es lo m&aacute;s perfecto entre todo lo que es finito.    <br>   Pienso que en este punto es posible reconocer, con una certeza a la que ning&uacute;n    adversario podr&aacute; oponer algo m&aacute;s fuerte, que existe entre todo    lo finito posible un mundo con la mayor excelencia, el bien finito superior,    el &uacute;nico que era digo de ser elegido por el ser m&aacute;s alto de todos    para, reunido con lo infinito, constituir la mayor suma que puede existir.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Si se me concede lo arriba demostrado, si se est&aacute; de acuerdo conmigo    respecto a que entre todos los mundos posibles existe uno que es necesariamente    el m&aacute;s perfecto, entonces no requiero discutir m&aacute;s. No todo desorden    de opiniones nos pone en la obligaci&oacute;n de refutar esas opiniones escrupulosamente.    Si alguien se atreve a afirmar que a la suma Sabidur&iacute;a lo peor le ha    parecido preferible que lo mejor, o que la Bondad suprema se ha dado por satisfecha    con un bien inferior y no con el superior -lo cual ciertamente estaba en Su    poder-, entonces ya no puedo controlarme. Uno se sirve muy maliciosamente de    la filosof&iacute;a cuando la usa para invertir los principios de la sana raz&oacute;n,    y as&iacute; mismo se le hace muy poco honor cuando se piensa que es necesario    emplear sus armas para refutar aquellos esfuerzos.    <br>   Aquel al que le pareciera muy dispendioso ocuparse paso por paso con las sutiles    preguntas que hasta ahora hemos planteado y solucionado, podr&iacute;a convencerse    -aunque con menos erudici&oacute;n, quiz&aacute; con el mismo juicio conciso    surgido de un entendimiento correcto- de la misma verdad de forma m&aacute;s    simple. Inferir&iacute;a de esta manera: el mundo m&aacute;s perfecto de todos    es posible ya que es real, y es real porque ha sido creado a trav&eacute;s de    la m&aacute;s sabia y bondadosa decisi&oacute;n. O bien no puedo hacerme ning&uacute;n    concepto de elecci&oacute;n, o bien se elige arbitrariamente; en todo caso,    querer por gusto; apetecer y tener por bueno; querer superiormente; conformarse    superiormente| y tener por superior, son, en mi opini&oacute;n, s&oacute;lo    diferencias de palabras. Dios eligi&oacute; este mundo de entre todos los posibles    que conoc&iacute;a precisamente porque lo debi&oacute; haber considerado el    mejor de todos, y ya que Su juicio nunca falla, entonces el mundo es, de hecho,    el mejor de todos. A&uacute;n si hubiera sido posible que el Ser supremo pudiera    elegir -seg&uacute;n ese tipo inventado de libertad que algunos han introducido-    y preferir lo peor en vez de lo mejor en virtud de no s&eacute; qu&eacute; decisi&oacute;n    incondicionada, no obstante no lo habr&iacute;a hecho. Uno puede so&ntilde;ar    eso de cualquier divinidad menor de las f&aacute;bulas, pero al Dios de dioses    no le corresponde ninguna obra diferente a las que le son dignas, esto es, una    obra que no sea lo mejor de entre todo lo que es posible. Quiz&aacute; la mayor    concordancia con las propiedades divinas haya sido el motivo de la decisi&oacute;n    de crear este mundo, sin tener en cuenta sus ventajas intr&iacute;nsecas particulares.    Pues bien, a&uacute;n en este caso ser&iacute;a cierto que este mundo es m&aacute;s    perfecto que todo el resto de mundos posibles. Pues por las consecuencias se    puede ver que todo los otros mundos est&aacute;n en menor concordancia con las    propiedades de la voluntad de Dios; en Dios todo es realidad y con &eacute;sta    nada puede estar en mayor armon&iacute;a que aquello en lo que se encuentra    una realidad mayor. As&iacute;, la mayor realidad que puede corresponder a un    mundo no puede encontrarse en ninguno otro sino en el actual. Por lo dem&aacute;s,    quiz&aacute; es una coerci&oacute;n de la voluntad y una necesidad que anula    toda libertad no poder elegir sino aquello que se reconoce clara y correctamente    como lo mejor. Ciertamente, si lo contrario de esto es libertad, si lo que hay    aqu&iacute; son dos encrucijadas en un laberinto de dificultades y yo, a riesgo    de equivocarme, debo decidirme por una de ellas, entonces no necesito reflexionar    mucho. Muchas gracias por esa libertad que condena a la nada eterna lo mejor    de entre todo lo que era posible crear, y que permite -contra todos los dictados    de la sabidur&iacute;a- que haya algo malvado. Si he de elegir entre errores,    entonces prefiero aquella buena necesidad en la cual uno se encuentra tan bien    y de la cual no surge nada distinto a lo mejor. Estoy, por tanto, convencido    -y quiz&aacute; conmigo lo est&eacute; una parte de mis lectores- y al mismo    tiempo contento de verme como ciudadano de un mundo que no pudo haber sido mejor.    Aprecio mi existencia a&uacute;n m&aacute;s, pues fui elegido por el mejor de    todos los seres para ser una parte m&iacute;nima del m&aacute;s perfecto de    todos los esbozos posibles -siendo yo mismo indigno y por el bien del todo-;    elegido para ser parte del mejor de los planes. Grito a toda criatura que no    se considere a s&iacute; misma indigna de ser llamada as&iacute;: &iexcl;alabados    seamos, existimos!, y el Creador se complace en nosotros. Inmensos espacios    y eternidades presentan a los ojos del Omnisciente las riquezas de la creaci&oacute;n    en toda su extensi&oacute;n; yo, sin embargo, desde la perspectiva en la que    me encuentro, armado con la comprensi&oacute;n que ha sido concedida a mi d&eacute;bil    entendimiento, mirar&eacute; a mi alrededor, tan lejos como pueda, y siempre    reconocer&eacute; <i>que la totalidad es la mejor posible, y todo es bueno con    arreglo a la totalidad.</i></p>     <p>* * *</p>     <p>En el pr&oacute;ximo medio a&ntilde;o expondr&eacute;, como acostumbro, la    l&oacute;gica seg&uacute;n <i>Meier</i>; la metaf&iacute;sica, as&iacute; como    la &eacute;tica, seg&uacute;n <i>Baumgarten</i>; la geograf&iacute;a f&iacute;sica    seg&uacute;n mis propias notas; la matem&aacute;tica pura -con la que apenas    comienzo- a una hora y las ciencias mec&aacute;nicas a otra, pero ambas seg&uacute;n    <i>Wolff</i>. La divisi&oacute;n de las horas se dar&aacute; a conocer por separado.    Ya se sabe que llevo a t&eacute;rmino cada una de estas ciencias en medio a&ntilde;o,    y que cuando este tiempo no es suficiente, completo el resto en algunas horas    del siguiente semestre.</p> <hr size=2 width="100%" align=center>     <p><a name=1>1</a>. El lector interesado en la historia de la Academia de Ciencias    y en los pormenores de los concursos realizados por ella puede revisar los art&iacute;culos    de Cornelia Buschmann (Buschmann 1987 y 1989), as&iacute; como la monumental    Historia de la Real Academia Prusiana de Ciencias de Berl&iacute;n, escrita    por Adolf von Harnack en conmemoraci&oacute;n de los doscientos a&ntilde;os    de la fundaci&oacute;n de la Academia (Von Harnack 1900).</p>     <p><a name=2>2</a>. Como es bien sabido, el t&eacute;rmino &#8220;optimismo&#8221;,    aplicado por primera vez para referirse a la doctrina leibniziana del mejor    de los mundos posibles -expuesta en la Teodicea como r&eacute;plica a las dudas    esc&eacute;pticas presentadas por el franc&eacute;s Pierre Bayle en su Diccionario    hist&oacute;rico y cr&iacute;tico (1697) acerca de la bondad divina en un mundo    lleno de males-, surge del lat&iacute;n &#8220;optimum&#8221;: &#8220;lo mejor&#8221;.    Com&uacute;nmente se cree que Voltaire fue el primero en usar la palabra en    1759, como subt&iacute;tulo a su perspicaz cuento filos&oacute;fico Candido,    en el que se burla en casi cada p&aacute;gina de la idea de Leibniz de que vivimos    en el mejor de los mundo posibles. Ciertamente Voltaire fue el primer personaje    famoso que us&oacute; aquella palabra en el siglo xviii y quiz&aacute; tambi&eacute;n    el que la populariz&oacute;; no fue, sin embargo, su inventor. El t&eacute;rmino    &#8220;optimismo&#8221; aparece por primera vez, en franc&eacute;s (&#8220;optimisme&#8221;),    en una rese&ntilde;a cr&iacute;tica de la Teodicea escrita por Louis Bertrand    Castel y publicada en el magaz&iacute;n de los jesuitas franceses Journal de    Tr&eacute;voux (no. 37), en 1737. En ese mismo a&ntilde;o, el fil&oacute;sofo    y matem&aacute;tico suizo Jean-Pierre de Crousaz repiti&oacute; la palabra en    un examen del Ensayo sobre el hombre de Alexander Pope. Aquellos primeros usos,    como el posterior de Voltaire, fueron burlones. En 1752, el Dictionnaire universel    de Tr&eacute;voux aprueba el t&eacute;rmino; diez a&ntilde;os despu&eacute;s,    la Academia francesa lo incluye por primera vez en su Dictionnaire. El t&eacute;rmino    es usado por primera vez en ingl&eacute;s (&#8220;optimism&#8221;) en 1743 por    el brit&aacute;nico William Warburton, en una respuesta al examen de Crousaz    arriba mencionado. Por su parte, los primeros en usar el t&eacute;rmino en alem&aacute;n    (Optimismus) fueron Lessing y Mendelssohn, en su escrito Pope: &iexcl;un metaf&iacute;sico!    de 1755 (del que se hablar&aacute; m&aacute;s adelante en el texto). Al respecto    cf. Fonnesu (1994: 135ss) y G&uuml;nther (1984: 1239).</p>     <p><a name=3>3</a>. El m&aacute;s famoso de los ataques dirigidos a la pregunta    de la Academia inmediatamente despu&eacute;s de su publicaci&oacute;n lo constituye    el panfleto De optimismi macula, escrito por Johann Christoph Gottsched en 1753;    all&iacute; se denuncia el supuesto inter&eacute;s de la Academia de debilitar    la reputaci&oacute;n de la filosof&iacute;a de Leibniz al proponer la refutaci&oacute;n    de la proposici&oacute;n de Pope. Cf. Fonnesu (1994: 139) y Lorenz (1997: 167-8).</p>     <p><a name=4>4</a>. Lorenz (1997: 175-179) ofrece un an&aacute;lisis detallado    de los argumentos presentados por Reinhard en el texto premiado; la conclusi&oacute;n    de este an&aacute;lisis es elocuente: &quot;En este sentido, el optimismo, para    Reinhard, se convierte en una mera cuesti&oacute;n de fe&quot;. Es importante    destacar que el reproche de determinismo -o, seg&uacute;n algunos autores, de    &quot;spinozismo&quot;-, contrapuesto a la tesis del voluntarismo teol&oacute;gico    nombrado arriba, constituye una de las cr&iacute;ticas cl&aacute;sicas al optimismo    de Leibniz. Se halla ya en la rese&ntilde;a de la <i>Teodicea</i> publicada    en 1737 en el <i>Journal de Tr&eacute;voux</i> (<i>cf.</i> nota 2), en las obras    de los fil&oacute;sofos Christian Thomasius, Johan Franz Budde, y ante todo    en las cr&iacute;ticas del principal enemigo de la filosof&iacute;a leibniz-wolffiana    durante la primera mitas del siglo XVIII: Christian August Crusius, cuyo argumento,    seg&uacute;n varios comentaristas actuales, son plagiados por Renhard en el    escrito premiado por la Academia berlinesa. Al respecto <i>cf</i>. Fonnesu (1994:    132ss), H&uuml;bener (1978) y Lorenz (1997:169ss).</p>     <p><a name=5>5</a>. Sobre lareacci&oacute;n del Mendelssohn y Lessing a la decisi&oacute;n    de la Academia de premiar a Reinhard y sobre el acalorado debate subsiguiente,    <i>cf</i>. Buschmann (1987: 785-6 y 1989: 1985ss), Fonnesu (1994: 139-140) y    Von Harnack (1900: 311-4).</p>     <p><a name=6>6</a>. Las notas de Kant en torno a las preguntas de la Academia    constituyen las <i>Reflexionen</i> 3703-3705 contenidas en el legado manuscrito    (<i>Handschriftlicher Nachlass)</i> kantiano editado por Erich Adickes (en:    <i>Kants gesammelte Shriften.</i> Ed. Real Academia Prusiana de Ciencias. Berl&iacute;n:    George Reimer, 1910, vol. XVII). Un estudio cuidadoso de estas <i>Reflexionen</i>    de Kant sobre el optimismo lo ofrece Robert Theis (2001).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name=7>7</a>. M&aacute;s sobre la historia y el contenido de las &#8220;Observaciones    sobre el optimismo&#8221; en: H&uuml;bener (1978: 226-7) y en la nota introductoria    de Paul Menzer al texto alem&aacute;n de las &#8220;Observaciones&#8221; (Menzer    1912).</p>     <p><a name="*">*</a>. La perfecci&oacute;n en sentido respectivo es la concordancia    de lo m&uacute;ltiple con una regla determinada, sea &eacute;sta cual sea. Por    ello algunos enga&ntilde;os, algunos robos, son perfectos a su manera. S&oacute;lo    en sentido absoluto es algo perfecto en la medida en que lo m&uacute;ltiple    contenga en s&iacute; la raz&oacute;n de una realidad. La cantidad de esta realidad    determina el grado de perfecci&oacute;n. Y ya que Dios es la realidad superior,    este concepto coincidir&iacute;a con aquel seg&uacute;n el cual se dir&iacute;a    que algo es perfecto en cuanto concuerda con las propiedades divinas.</p> <hr size=2 width="100%" align=center>     <p><b>Bibliograf&iacute;a secundaria escogida</b></p>     <!-- ref --><p>1. Buschmann, C. (1987). &#8220; Philosophischen Preisfragen und Preisschriften    der Berliner Akademie. Ein Beitrag zur Leibniz-Rezeption im 18. Jahrhundert&#8221;.    En: <i>Deutsche Zeitschrift f&uuml;r Philosophie</i> 7: 779-87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000046&pid=S0120-0062200500030000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Buschmann, C. (1989). &#8220;Die Philosophischen Preisfragen und Preisschriften    der Berliner Akademie der Wissenschaften im 18. Jahrhundert&#8221;. En: F&ouml;rster,    W. (ed.), <i>Aufkl&auml;rung in Berlin</i>. Berlin: Akademie-Verlag: 165-228.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000047&pid=S0120-0062200500030000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Fonnesu, L (1994). &#8220;Der Optimismus und seine Kritiker im Zeitalter    der Aufkl&auml;rung&#8221;. En: <i>Studia leibnitiana</i> 26/ 2: 131-62.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000048&pid=S0120-0062200500030000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Geyer, C.-F. (1982). &#8220;Das &#8216;Jahrhundert der Theodizee&#8217;&#8221;.    En: <i>Kant-Studien</i> 73: 393-405.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S0120-0062200500030000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. G&uuml;nther, H. (1984). &#8220;Optimismus&#8221;. En: J. Ritter &amp; &nbsp;K.    Gr&uuml;nder (eds), <i>Historisches W&ouml;rterbuch der Philosophie</i>. Basel-Stuttgart:    Schwabe &amp; Co., vol. 6: 1239-46.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S0120-0062200500030000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Heinekamp, A. (ed.) (1968). <i>Beitr&auml;ge zur Wirkungs- und Rezeptionsgeschichte    von G. W. Leibniz</i>. Stuttgart: Franz Steiner.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S0120-0062200500030000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. H&uuml;bener &nbsp;W. (1978). &#8220;Sinn und Grenzen des Leibnizschen Optimismus&#8221;.    En: <i>Studia leibnitiana</i> 10/ 2: 222-46.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0120-0062200500030000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Lorenz, S. (1997). <i>De mundo optimo. Studien zu Leibniz&#8217; Theodizee    und ihrer Rezeption in Deutschland</i> (1710-1791). Stuttgart: Franz Steiner.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-0062200500030000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Menzer, P. (1912). &#8220;Einleitung - Versuch einiger Betrachtungen &uuml;ber    den Optimismus&#8221;. En: <i>Kants gesammelte Schriften</i>. Ed. Real Academia    Prusiana de Ciencias. Berl&iacute;n: Georg &nbsp;Reimer, vol. II: 461-2.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0120-0062200500030000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. Neiman, S. (2004). <i>Evil in Modern Thought</i>. An Alternative History    of Philosophy. Princeton-Oxford: Princeton U. P.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-0062200500030000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11. Theis, R. (2001). &#8220;Gottes Spur in der Welt? Kant &uuml;ber den Optimismus    um die Mitte der 1750er Jahre&#8221;. En: Oberhausen, M. (ed.), <i>vernunftkritik    und Aufkl&auml;rung. Studien zur Philosophie Kants und seines Jahrhundertes</i>.    Stuttgart-Bad Canstatt: Frommann-Holzboog: 351-63.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0120-0062200500030000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12. Vereker, Ch. (1967). <i>Eighteenth Century Optimism</i>. Liverpool: Liverpool    U. P.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0120-0062200500030000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13. Von Harnack, A. (1900). <i>Geschichte der K&ouml;niglich Preu&acirc;ischen    Akademie der Wissenschaften zu Berlin</i>. Berlin: Reichsdruckerei.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0120-0062200500030000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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