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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align=center style='text-align:center'><font size="4"><b>Adolfo Le&oacute;n    G&oacute;mez. <i>Descartes ayer y hoy</i>. AC Editores, Cali, 2002, 237 p.</b></font></p>     <p align=center style='text-align:center'>&nbsp;</p>     <p align=center style='text-align:center'><font size="3"><b>Adolfo Le&oacute;n    G&oacute;mez: DESCARTES YESTERDAY AND TODAY</b></font></p>     <p align=center style='text-align:center'>&nbsp;</p>     <p><b>Jorge Aurelio D&iacute;az</b></p>     <p>Universidad Nacional de Colombia</p> <hr size=1 width="100%" align=center>     <p>Excelente recopilaci&oacute;n de &#8220;diez ensayos sobre algunos aspectos    centrales de la filosof&iacute;a de Descartes&#8221; (11) que el autor ha logrado    publicar con esfuerzo propio, movido &#8220;sobre todo porque a&uacute;n son    muy escasas las publicaciones sobre Descartes en espa&ntilde;ol, a pesar de    que ya se han celebrado los quinientos a&ntilde;os de su nacimiento&#8221; (11-12).    Sin embargo, al no contar con un sistema de distribuci&oacute;n adecuado, el    libro resulta m&aacute;s dif&iacute;cil de conseguir que un incunable.    <br>   En el cap&iacute;tulo primero se presenta un interesante y detallado comentario    a la Primera Meditaci&oacute;n, que desemboca en un original an&aacute;lisis    del muy conocido 'c&iacute;rculo de Arnauld' o c&iacute;rculo cartesiano, s&oacute;lo    que sin nombrarlo como tal. Se trata, como se sabe, de la prueba de la existencia    de Dios, para la cual Descartes tiene que emplear, entre otros, el principio    de causalidad sin antes haber descartado la duda del Genio Maligno. G&oacute;mez,    siguiendo una indicaci&oacute;n de Gouhier, sugiere como &#8220;hip&oacute;tesis    fundamental de trabajo&#8221; examinar la relaci&oacute;n que existe con el    Dios enga&ntilde;ador, creador libre de las verdades l&oacute;gico-matem&aacute;ticas,    pero cuya omnipotencia no puede quebrantar el principio del ser: Dios, por ejemplo,    no podr&iacute;a crear la nada misma, ni aniquilarse. De ah&iacute; se seguir&iacute;a,    dice G&oacute;mez, que &#8220;la duda de las verdades matem&aacute;ticas suponga    un indubitable; la contingencia que ellas representan supone un lazo no contingente:    la causalidad&#8221; (38). Si por esta raz&oacute;n el principio de causalidad    no cae bajo los embates de la duda metaf&iacute;sica, ello podr&iacute;a ofrecer    una salida novedosa al llamado c&iacute;rculo cartesiano.    <br>   Esto lo desarrolla el segundo cap&iacute;tulo, en el que, luego de exponer las    objeciones de Wittgenstein a las dudas cartesianas, muestra c&oacute;mo Descartes    cae en la que G&oacute;mez llama &#8220;la paradoja del cartesianismo y el racionalismo&#8221;,    que consiste en que &#8220;hay un orden racional para el hombre y en el interior    del cual el hombre debe pensar; pero, por otra parte, hay la posibilidad de    trascenderlo, &laquo;de poder decir c&oacute;mo es un mundo no l&oacute;gico&raquo;    (en t&eacute;rminos de Wittgenstein)&#8221; (49). Es el problema del que Hegel,    a pesar de su racionalismo (o tal vez por &eacute;l), tuvo plena conciencia,    y que consiste en que trazarle l&iacute;mites al conocimiento implica en alguna    forma saber qu&eacute; es lo que hay m&aacute;s all&aacute; de esos l&iacute;mites.    Por eso Descartes, dice G&oacute;mez, &#8220;termin&oacute; por pensar lo impensable,    por decir lo indecible&#8221; (49). Llama sin embargo la atenci&oacute;n que    le atribuya esta tesis al 'racionalismo', cuando precisamente las doctrinas    a las que hace referencia son de claro origen nominalista. Fue Guillermo de    Ockham quien, buscando trazarle l&iacute;mites a la raz&oacute;n, acentu&oacute;    la omnipotencia divina y sostuvo un voluntarismo radical, mientras que el verdadero    racionalismo no reconoce l&iacute;mite alguno al conocimiento.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Despu&eacute;s de dos interesantes ap&eacute;ndices sobre el sue&ntilde;o y    la ilusi&oacute;n de los sentidos, el cap&iacute;tulo tercero analiza la relaci&oacute;n    entre lo c&oacute;mico y la filosof&iacute;a, utilizando en forma por dem&aacute;s    simp&aacute;tica argumentos wittgensteinianos para poner en rid&iacute;culo    la duda hiperb&oacute;lica cartesiana. Nos hace recordar la burla que hiciera    Voltaire con su Tartufo al optimismo Leibniciano. Lo que se puede preguntar    a esta clase de objeciones es si no han olvidado que el mismo Descartes se pregunt&oacute;    si su duda no estaba siendo excesiva, al darle el car&aacute;cter hiperb&oacute;lico    de considerar como falso todo aquello que pudiera presentar la menor sospecha,    y que &eacute;l mismo respondi&oacute; claramente que no: &#8220;Porque s&eacute;    que entre tanto no se habr&aacute; de seguir de ello peligro o error alguno,    y que no podr&eacute; conceder a la desconfianza m&aacute;s de lo debido, <i>dado</i><i>    que ahora no me ocupo de las cosas que pertenecen al obrar, sino de las que    pertenecen al conocer</i>&#8221; (Med. 1, texto latino, la it&aacute;lica no    est&aacute; en el texto cartesiano). Acudir a ejemplos de la vida real para    invalidar las dudas cartesianas, es desconocer su car&aacute;cter de experimentos    mentales. Me viene a la memoria el ejemplo que trae Richard Watson en su reciente    biograf&iacute;a titulada: <i>Cogito ergo sum: The Life of Ren&eacute; Descartes</i>,    traducida como: <i>Descartes. El fil&oacute;sofo de la luz</i>. Ediciones Vergara,    Barcelona, 2003. Nos cuenta Watson acerca del profesor Morris Cohen, quien,    al d&iacute;a siguiente de dictar una clase magistral sobre la duda cartesiana,    recibe la inesperada visita de un alumno que, al abrir la puerta, se queda mirando    al profesor y le dice con cara de angustia: &#8216;Profesor, d&iacute;game por    favor &iquest;yo existo?&#8217; &#8220;El profesor Cohen -comenta Watson- lo    mir&oacute; con ojos acerados y pregunt&oacute; con marcado acento <i>yiddish</i>:    &iquest;qui&eacute;n quiere saberlo?&#8221; (14). Ahora bien, burlarse de unas    experiencias de laboratorio porque nunca podr&aacute;n darse tal cual en la    realidad, no parece la manera m&aacute;s correcta de criticarlas.    <br>   En el cuarto cap&iacute;tulo se examina el fin de la duda, el <i>cogito</i>,    y se defiende la tesis de que no puede tratarse de una deducci&oacute;n l&oacute;gica,    aunque haya, s&iacute;, una inferencia. Se insiste en el car&aacute;cter ontol&oacute;gico    de la reflexi&oacute;n cartesiana, y se propone entenderla como la intuici&oacute;n    de una relaci&oacute;n entre naturalezas simples. Esto, sin embargo, nos lleva    a tropezarnos con la interpretaci&oacute;n que ha ofrecido Gilson, seg&uacute;n    la cual la duda s&oacute;lo recaer&iacute;a sobre juicios de existencia, lo    que no parece sustentable ante la duda de las verdades matem&aacute;ticas. Habr&aacute;    entonces que esperar hasta que G&oacute;mez aborde el c&iacute;rculo cartesiano    y la interpretaci&oacute;n de Jaako Hintikka sobre la contradicci&oacute;n 'performativa',    para estudiar este problema central con m&aacute;s detalle.     <br>   Y es precisamente esto &uacute;ltimo lo que aborda el cap&iacute;tulo quinto:    <i>El cogito cartesiano: inferencia o actuaci&oacute;n</i>. Se trata de una    excelente defensa de la propuesta de Hintikka de interpretar el <i>cogito</i>    como el resultado de una contradicci&oacute;n performativa, es decir, no l&oacute;gica,    pero s&iacute; presente en la misma acci&oacute;n de expresar: &#8216;el pensamiento    no existe&#8217;. Para ello G&oacute;mez considera necesaria someterla propuesta    de Hintikka a ciertas precisiones con el fin de situarla dentro de la teor&iacute;a    de la argumentaci&oacute;n. El texto termina con una cita de Benveniste (101-102)    en la que el entrecomillado resulta desconcertante: el uso de una sola forma    de comillas, as&iacute; como el descuido en su aplicaci&oacute;n, es una falla    menor, frecuente en el libro, que estorba a veces la lectura. Otro tanto cabe    decir del uso descuidado de las comas. As&iacute; que no logro saber si la tajante    afirmaci&oacute;n de que la subjetividad del <i>ego</i> &#8220;no es sino la    emergencia en el ser de una propiedad fundamental del lenguaje&#8221;, es de    Benveniste o de G&oacute;mez. En todo caso pertenece al g&eacute;nero de afirmaciones    que siempre me han producido una cierta desaz&oacute;n: &iquest;Quiere acaso    decir que yo soy &#8216;yo&#8217; porque puedo emplear una cierta forma de lenguaje?    En este caso preguntar&iacute;a &iquest;no ser&aacute; m&aacute;s bien que por    ser 'yo' es que puedo utilizar esa forma particular de lenguaje?    <br>   El cap&iacute;tulo sexto expone &#8220;Los principios de la f&iacute;sica cartesiana&#8221;,    examinando el sentido de su radical mecanicismo, as&iacute; como las relaciones    entre los principios de orden metaf&iacute;sico y el papel de la experiencia.    A pesar de su inter&eacute;s, y tal vez por tratarse de un cap&iacute;tulo de    la tesis de doctorado, no parece llegar a conclusiones. Se&ntilde;ala, s&iacute;,    el papel que han podido jugar en la doctrina expuesta por Descartes los temores    de chocar con las tesis oficiales de la Iglesia.     <br>   Ser&aacute; el cap&iacute;tulo s&eacute;ptimo donde las ideas sobre el mecanicismo    cartesiano se apliquen, con el prop&oacute;sito de establecer, en contra de    la opini&oacute;n de Jean Pucelle, las significativas diferencias que existen    entre el pensamiento de Descartes y el de Pascal en torno al sentido del conocimiento    cient&iacute;fico. G&oacute;mez nos presenta la interesante imagen de un Pascal    semi-popperiano, frente a un Descartes que conf&iacute;a en exceso en el valor    epist&eacute;mico de la intuici&oacute;n.    <br>   Con el cap&iacute;tulo octavo sobre las nociones confusas, el libro da un paso    claro m&aacute;s all&aacute; de Descartes, comenzando por presentar lo que el    autor mismo llama &#8220;un memorial de agravios anti-cartesiano&#8221; (167).    La frase inicial no deja lugar a dudas: &#8220;Hace muchos a&ntilde;os que me    familiaric&eacute; con la filosof&iacute;a de Descartes, y hace casi tantos    que cultivo su enemistad&#8221; (165). Pero en filosof&iacute;a la enemistad    no suele ser una buena consejera, y en este caso lo lleva a un juicio francamente    injusto sobre la influencia de Descartes en la filosof&iacute;a posterior. &#8220;He    cre&iacute;do -nos dice G&oacute;mez- y sigo creyendo que toda la filosof&iacute;a    contempor&aacute;nea, o por lo menos su mejor parte, es anti-cartesiana&#8221;    (165), y con ello pareciera decir que el intento cartesiano no fue m&aacute;s    que un completo fiasco. Lo que tal vez olvida es que, como ya lo hiciera notar    Hegel, de nadie depende m&aacute;s un fil&oacute;sofo que de sus adversarios,    de modo que el juicio de G&oacute;mez podr&iacute;a m&aacute;s bien corroborar    lo que ha dicho el mismo Hegel en su <i>Historia de la Filosof&iacute;a</i>    con respecto a Descartes: &#8220;La influencia de este hombre sobre su &eacute;poca    y sobre los tiempos modernos no cabe imagin&aacute;rsela mayor&#8221; (VGPh,    III, Suhrkamp, 123). En todo caso el mayor inter&eacute;s de este cap&iacute;tulo    se encuentra en la exposici&oacute;n que nos ofrece sobre diversos intentos    que se han venido haciendo por valorizar el papel de las nociones confusas en    la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica, y muy en particular en el pensamiento    de Perelman, que, como sabemos por otros escritos, G&oacute;mez conoce muy bien.    <br>   Los cap&iacute;tulos finales, nueve y diez, son dos ensayos bien particulares.    El primero, por su curiosidad, ya que se trata del examen de un libro tambi&eacute;n    &eacute;l muy curioso sobre las pretendidas relaciones entre el drama <i>El    Anfitri&oacute;n</i> del poeta latino Plauto, y las <i>Meditaciones</i> cartesianas,    escrito por el fil&oacute;logo espa&ntilde;ol Benjam&iacute;n Garc&iacute;a-Hern&aacute;ndez.    No voy a detenerme sobre ello, sino s&oacute;lo para indicar que G&oacute;mez,    con muy buen criterio a mi parecer, aprovecha las indicaciones del libro para    comprender mejor la estructura de la argumentaci&oacute;n cartesiana, pero no    comparte el pretendido descubrimiento de un secreto guardado por Descartes en    cuanto al origen de su proyecto filos&oacute;fico.    <br>   El segundo ensayo se refiere a los conocimientos sobre Descartes que se le han    atribuido al ilustre colombiano Miguel Antonio Caro, figura importante en la    historia pol&iacute;tica del pa&iacute;s, y cuyo papel en el cultivo de la lengua    de Cervantes nadie pone en cuesti&oacute;n. Se trata de la utilizaci&oacute;n    de motivos cartesianos para la defensa del Catolicismo, en la que Caro integra    la defensa de la autoridad como fundamento del conocimiento, con una visi&oacute;n    dogm&aacute;tica de la creencia religiosa, que curiosamente presenta caracter&iacute;sticas    afines a algunas concepciones de la teolog&iacute;a protestante en lo que respecta    al car&aacute;cter 'obediencial' de la fe. G&oacute;mez hace ver el car&aacute;cter    sesgado y muy parcial de la lectura que Caro hizo de la filosof&iacute;a cartesiana.    <br>   Es una verdadera l&aacute;stima que un excelente libro como este que rese&ntilde;amos,    no haya contado con una buena editorial que hubiera pulido su edici&oacute;n    para librarla de peque&ntilde;as fallas que podr&iacute;an haberse evitado.    Y sobre todo, como ya tuve ocasi&oacute;n de se&ntilde;alarlo, que contara con    un sistema de distribuci&oacute;n que lo hiciera asequible a los potenciales    lectores de habla hispana.</p> </font>      ]]></body>
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