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<publisher-name><![CDATA[Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Filosofía.]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[De la unanimidad sentimental a la interacción discursiva: una interpretación de Sobre la norma del gusto de David Hume]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[FROM THE UNANIMITY OF SENSE TO A DISCURSIVE INTERACTION: AND INTERPRETATION OF HUME&#8217;S &#8220;OF THE STANDARD OF TASTE&#8221;]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[(From the sentimental unanimity to the discursive interaction: an interpretation on Of the Standard of Taste of David Hume) This paper intends to show that in his essay Of the Standard of Taste David Hume goes beyond a causal explanation and a universalistic foundation of taste, to suggest a contextual and dialogical conception of consensus in aesthetical matters. Thus, in contrast to the majority of interpreters, it would be argued that in this text doesn&#8217;t prevail the predominant point of view in the aesthetics theories of the eighteen century but an alternative approach is presented.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face=verdana>      <p> <font size="4">        <center>     <b> De la unanimidad sentimental a la interacci&oacute;n discursiva: una interpretaci&oacute;n      de Sobre la norma del gusto de David Hume<sup><a href="#1">1</a></sup></b></center></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3">        <center>     <b>FROM THE UNANIMITY OF SENSE TO A DISCURSIVE INTERACTION: AND INTERPRETATION      OF HUME&#8217;S    <br>     &#8220;OF THE STANDARD OF TASTE&#8221;</b>    </center>   </font> </p>     <p>&nbsp;</p>     <p> <b>Laura Quintana</b> </p>     <p>Universidad de los Andes      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <a href="mailto:lauracqp@yahoo.com">lauracqp@yahoo.com</a>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> <b> Resumen:</b> Este art&iacute;culo pretende mostrar que en su ensayo Sobre    la norma del gusto David Hume va m&aacute;s all&aacute; de una explicaci&oacute;n    causal y de una fundamentaci&oacute;n universalista del gusto, para sugerir    una concepci&oacute;n contextual y dial&oacute;gica del consenso en asuntos    est&eacute;ticos. As&iacute;, en contraste con la mayor&iacute;a de los int&eacute;rpretes,    se defender&aacute; que en este texto no prevalece el punto de vista dominante    en las teor&iacute;as est&eacute;ticas del siglo XVIII, sino que junto a &eacute;ste    se presenta un enfoque alternativo.</p>     <p> <b> <i>Palabras clave:</i></b> Hume, problema del gusto, consenso, pluralidad,    discusi&oacute;n, Sobre la norma del gusto.</p> <hr size="1">     <p><b>Abstract: </b> (From the sentimental unanimity to the discursive interaction:    an interpretation on Of the Standard of Taste of David Hume) This paper intends    to show that in his essay Of the Standard of Taste David Hume goes beyond a    causal explanation and a universalistic foundation of taste, to suggest a contextual    and dialogical conception of consensus in aesthetical matters. Thus, in contrast    to the majority of interpreters, it would be argued that in this text doesn&#8217;t    prevail the predominant point of view in the aesthetics theories of the eighteen    century but an alternative approach is presented.</p>     <p> <b> Key words:</b> Hume, problem of taste, consensus, plurality, discussion,    Of the Standard of Taste. </p>     <p><i>Lo propio de la cultura est&aacute; en la posibilidad de pensar junto a    otros &#8220;sin la compulsi&oacute;n de ser iguales&#8221; (Richard Sennett,    1992: 255)</i>.</p>   <hr size="1">     <p>&nbsp;</p> Como es sabido, el problema del gusto es un asunto recurrente en las reflexiones  est&eacute;ticas del siglo XVIII. Con esta cuesti&oacute;n se inquir&iacute;a  por principios que pudieran justificar las pretensiones de intersubjetividad de  ciertos juicios valorativos, que no se pueden probar demostrativamente ni fundar  en los criterios de objetividad que pueden aducirse en otros terrenos. Diversas  propuestas de la &eacute;poca intentaron explicar por qu&eacute; es posible que  los hombres puedan coincidir en cuestiones de gusto, argumentando que a la base  del enjuiciamiento est&eacute;tico se encuentran ciertas capacidades subjetivas  que garantizar&iacute;an una unanimidad sentimental: ya sea un sentido com&uacute;n  para lo bello, como en el caso de Hutcheson, o una disposici&oacute;n fisiol&oacute;gica  que funciona uniformemente en los diversos sujetos, como en el caso de Burke,  o unas capacidades cognitivas que se conciben como condici&oacute;n indispensable  del conocer, como en Kant. En este sentido, a pesar de sus notables divergencias,  todas estas teor&iacute;as ten&iacute;an como prop&oacute;sito encontrar un fundamento  que justificara que en asuntos est&eacute;ticos pueda exigirse una convergencia  plena entre los hombres. Y todas ellas insist&iacute;an en explicar este fundamento  apelando a unas capacidades cognitivas comunes.     <br> Al igual que otros autores de su tiempo, David Hume tambi&eacute;n se enfrent&oacute;  al problema mencionado e intent&oacute; ofrecer una explicaci&oacute;n para dar  cuenta de la posibilidad de acuerdo en las preferencias est&eacute;ticas, como  puede verse a trav&eacute;s del ensayo Sobre la norma del gusto &#91;SNG&#93;, que recoge  sus reflexiones m&aacute;s maduras sobre el asunto. En este texto, al igual que  los otros fil&oacute;sofos se&ntilde;alados, Hume consider&oacute; principios  o causas que podr&iacute;an explicar por qu&eacute; podemos coincidir en materia  de gustos. Sin embargo, a diferencia de las propuestas aludidas, Hume no insiste  exclusivamente en ese punto de vista, sino que sugiere un nivel distinto de reflexi&oacute;n,  desde el cual lo importante es establecer criterios, razones que permitan zanjar  los eventuales desacuerdos.     <br> As&iacute;, desde este otro nivel, el &eacute;nfasis no estar&iacute;a puesto  tanto en legitimar la posibilidad de una convergencia plena a nivel sentimental  sino en garantizar la discursividad de lo est&eacute;tico o, en otras palabras,  en garantizar que las cuestiones de gusto puedan ser objeto de discusi&oacute;n.  En esa medida, esta alternativa podr&iacute;a significar una ruptura con respecto  a los supuestos dominantes en el siglo XVIII, de los que el propio Hume parte.  Pues ella podr&iacute;a traer consigo el reconocimiento de que en asuntos est&eacute;ticos  no cabe exigir una unanimidad sentimental partiendo del supuesto de una naturaleza  humana universal, sino buscar formas de consenso a trav&eacute;s de diversas pr&aacute;cticas  discursivas, que suponen una apertura al punto de vista de los otros y un reconocimiento  de su irreducible pluralidad.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Este ensayo tiene por objeto poner de manifiesto este enfoque alternativo que  puede desprenderse de Sobre la norma del gusto, para mostrar, en contraste con  la mayor&iacute;a de los int&eacute;rpretes<sup><a href="#2">2</a></sup> , que  se trata del punto de vista que termina por imponerse en este texto, m&aacute;s  all&aacute; de las explicaciones causales y de los intentos de fundamentaci&oacute;n  universalista que Hume llega a considerar, al ocuparse inicialmente del asunto. </p>      <p><b>        <center>     1. El hecho innegable de la diversidad: la pluralidad de opiniones como punto      de partida<sup><a href="#3">3</a></sup>    </center>   </b></p>     <p>La gran variedad de gustos, as&iacute; como de opiniones, que prevalece en    el mundo es demasiado obvia como para que haya quedado alguien sin observarla.    Hasta hombres de limitados conocimientos ser&iacute;an capaces de se&ntilde;alar    una diferencia de gustos en el estrecho c&iacute;rculo de sus amistades, incluso    cuando las personas hayan sido educadas bajo el mismo tipo de gobierno y hayan    embebido pronto los mismos prejuicios. Pero aquellos que pueden ampliar sus    miras contemplando naciones distintas y edades remotas quedan todav&iacute;a    m&aacute;s sorprendidos de esta gran inconsistencia y contraposici&oacute;n    (SNG 23: 226-227)<sup><a href="#4">4</a></sup>. </p>     <p>Una primera diferencia notable que sale a relucir cuando se compara Sobre la    norma del gusto con otras propuestas de la &eacute;poca, es el reconocimiento    enf&aacute;tico de la diversidad de opiniones est&eacute;ticas, as&iacute; como    la relevancia que se le otorga dentro de la argumentaci&oacute;n, como un hecho    innegable, que no se puede desconocer. En efecto, desde el comienzo de su texto,    Hume introduce esta diversidad de gustos como algo que prevalece en diversos    niveles de experiencia: en el estrecho c&iacute;rculo de amistades, en el &aacute;mbito    de una misma cultura y de una cultura a otra. De esta forma sugiere que ni los    juicios compartidos, la consideraci&oacute;n y el afecto, que est&aacute;n a    la base de la amistad, ni un trasfondo cultural compartido, garantizan una convergencia    en las preferencias est&eacute;ticas, de suerte que, de una cultura a otra,    cuando no se puede apelar a lazos concretos de interrelaci&oacute;n, ni a costumbres    ni a tradiciones en com&uacute;n para pensar en una m&iacute;nima confluencia,    el desacuerdo no puede resultar sino patente.    <br>   Esta divergencia parece a&uacute;n m&aacute;s irreconciliable cuando se constata    que &quot;tendemos a llamar b&aacute;rbara a cualquier cosa que se aleje de    nuestro propio gusto y aprehensi&oacute;n&quot; (SNG 23: 227) y que el oprobio    es devuelto por la parte con la que nos hallamos en desacuerdo. Es decir, cuando    se constata que cada parte defiende su gusto con tal presunci&oacute;n e intransigencia,    que no puede aparecer sino como completamente refractaria frente a cualquier    punto de vista distinto del suyo propio. As&iacute;, parecer&iacute;a que en    cuestiones de gusto no podr&iacute;a darse sino un di&aacute;logo entre sordos    o, a lo sumo, la constataci&oacute;n de que, dada la intransigencia de cada    quien, resulta imposible que los unos lleguen a reconocer las opiniones de los    otros y, por consiguiente, que una opini&oacute;n pueda afirmarse como v&aacute;lida    frente a las dem&aacute;s.    <br>   Pero, m&aacute;s a&uacute;n, seg&uacute;n Hume, esta variedad del gusto observable    por cualquiera podr&iacute;a mostrarse mayor de lo que a primera vista parece.    En efecto, a menudo se encuentra que a pesar de que los hombres concuerdan en    sus expresiones valorativas, difieren en su aplicaci&oacute;n cuando se trata    de considerar casos particulares, de suerte que, parecer&iacute;a incluso que    todo eventual acuerdo es tan s&oacute;lo aparente: &quot;todas las voces se    unen para aplaudir la elegancia, la adecuaci&oacute;n, la simplicidad, el ingenio    literario&quot;, todos pueden estar de acuerdo en que se valora positivamente    una obra de arte, cuando se dice que es bella, interesante, magn&iacute;fica.    Pero cuando &quot;los cr&iacute;ticos pasan a considerar casos particulares&quot;,    cuando se trata de juzgar una obra concreta, tal unanimidad desaparece. Entonces    un cr&iacute;tico podr&aacute; decir que una obra es bella y otro que es afectada,    fr&iacute;a, aburrida.     <br>   En este punto, adem&aacute;s, el autor advierte una diferencia fundamental entre    el &aacute;mbito est&eacute;tico y el conocimiento te&oacute;rico, donde las    discrepancias radicar&iacute;an m&aacute;s en los t&eacute;rminos generales    que en su aplicaci&oacute;n. En este caso, en efecto, lo determinante ser&iacute;an,    justamente, los t&eacute;rminos generales, el esquema conceptual que se establece,    por ejemplo, para interpretar ciertos fen&oacute;menos, pero una vez que &eacute;ste    se ha establecido con claridad y hay acuerdo en su definici&oacute;n, habr&iacute;a    unanimidad en su aplicaci&oacute;n. Sin embargo, ese no ser&iacute;a el caso    del &aacute;mbito del gusto ni, en general, de las cuestiones que dependen del    sentimiento, como la moral, desde el punto de vista de Hume. Aqu&iacute;, de    nada sirve que se establezcan preceptos generales en los que se recomiende alguna    cualidad est&eacute;tica, no s&oacute;lo porque se supone que la connotaci&oacute;n    positiva de ciertos t&eacute;rminos es evidente, sino porque en este terreno    lo determinante es la consideraci&oacute;n de los casos concretos, de lo particular.    Nadie discute si la belleza, la elegancia, el ingenio, como la generosidad,    la magnificencia, son cualidades apreciables. Lo que se discute es d&oacute;nde    pueden encontrarse esas cualidades, en qu&eacute; casos pueden darse los sentimientos    que llevan a juzgar algo como bello, interesante, ingenioso. Y es en este nivel,    es decir, en la forma diversa en que nos sentimos frente a los casos particulares,    donde surge la pluralidad de opiniones sobre el gusto.</p>     <p><b>        <center>     2. El dilema del sentido com&uacute;n    </center>   </b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esta constataci&oacute;n de la diversidad de gustos, que el sentido com&uacute;n    afirma como algo evidente, puede radicalizarse a&uacute;n m&aacute;s, si se    tiene en cuenta la siguiente consideraci&oacute;n filos&oacute;fica: como al    afirmar que algo es bello no se est&aacute; se&ntilde;alando una propiedad del    objeto sino un sentimiento, un estado de &aacute;nimo en el que me siento al    captarlo, se puede decir, entonces, que la belleza no es una cualidad objetiva    sino la expresi&oacute;n que uso para referir una modificaci&oacute;n subjetiva    frente a ciertos objetos. Pero si la belleza s&oacute;lo alude a un sentimiento,    y &eacute;ste, como modificaci&oacute;n enteramente subjetiva, no alude a nada    fuera de s&iacute;, es siempre real en tanto sea consciente de ella. Por lo    tanto, no cabr&iacute;a hablar de sentimientos falsos ni correctos o de un sentimiento    preferible a otro, ni por ende, de una apreciaci&oacute;n correcta o incorrecta    de la belleza. Entonces, &quot;cada individuo deber&iacute;a conformarse con    sus propios sentimientos sin pretender regular los de otros&quot; (SNG 28: 230),    esto es, nadie podr&iacute;a pretender v&aacute;lidamente tener gusto o mejor    gusto que otro. Lo que resulta equivalente a afirmar: &quot;entre gustos no    hay disgustos&quot;, esto es, acerca del gusto no cabe, no vale la pena ni disputar,    ni discutir.     <br>   &Eacute;ste, sin embargo, parece ser s&oacute;lo un primer cuerno del dilema.    En efecto, el mismo sentido com&uacute;n que pone de manifiesto la relatividad    del gusto, advierte otra consideraci&oacute;n que parece igualmente innegable    y que, a los ojos de Hume, servir&iacute;a para modificar y refrenar el punto    de vista reci&eacute;n comentado:</p>     <p>Si alguien afirma que existe una igualdad de ingenio y elegancia entre Ogilby    y Milton, o entre Bunyan y Addison, pensar&iacute;amos que ese individuo defiende    una extravagancia no menor que si sostuviese que la madriguera de un topo es    tan alta como el pico de Tenerife, o un estanque tan inmenso como el oc&eacute;ano    (Hume 28: 230).</p>     <p>As&iacute; pues, junto a la aceptada diversidad de gustos se dar&iacute;a el    reconocimiento de que ciertos objetos merecen ser valorados m&aacute;s que otros,    de acuerdo con su ingenio, elegancia y belleza. Despu&eacute;s de todo, parece    que s&iacute; estamos de acuerdo en la calidad de ciertos objetos, o por lo    menos que nos creemos con el derecho de defender esa calidad frente a objetos    que juzgamos de calidad inferior, de suerte que, de acuerdo con este punto de    vista, s&iacute; cabr&iacute;a sostener que una opini&oacute;n es m&aacute;s    aceptable que otra y s&iacute; cabr&iacute;a esperar que pudi&eacute;ramos llegar    a coincidir con respecto a estas cuestiones. Pero entonces, desde esta segunda    perspectiva, en contraste con la primera, s&iacute; tendr&iacute;a sentido buscar    una norma del gusto que pudiera permitir el acuerdo y justificar la decisi&oacute;n    sobre la validez que se le otorga a una opini&oacute;n sobre otra. De ah&iacute;    que se afirme: &#8220;es natural para nosotros el que busquemos una norma del    gusto, una regla con la cual puedan ser reconciliados los diversos sentimientos    de los hombres, o al menos una decisi&oacute;n que confirme un sentimiento y    condene el otro&#8221; (SNG 27: 229). El paso siguiente ser&iacute;a determinar    esa norma.     <br>   Ahora bien, la estrategia de Hume para tratar esta cuesti&oacute;n no se hace    expl&iacute;cita a trav&eacute;s del ensayo y puede resultar confusa y ambivalente,    como lo han destacado la mayor parte de los comentaristas<sup><a href="#5">5</a></sup>.    Desde su punto de vista, el prop&oacute;sito del texto es claro: contrarrestar    la perspectiva esc&eacute;ptica, estableciendo la norma del gusto. En lo que    Hume resultar&iacute;a ambiguo es en la definici&oacute;n de &eacute;sta. A    mi modo de ver, sin embargo, tal prop&oacute;sito no resulta completamente claro,    pues no es evidente que el objetivo sea eliminar la perspectiva esc&eacute;ptica    a trav&eacute;s del reconocimiento de una norma determinada del gusto. M&aacute;s    bien, lo que parece darse es el intento de reconocer los dos cuernos del dilema    que han aparecido inicialmente. En esa medida no se trata de abandonar uno de    los puntos de vista como meramente inaceptable para afirmar la validez del otro,    sino que se trata de reconocer el sentido positivo as&iacute; como el lado negativo    de las dos perspectivas contrapuestas, para, como el mismo Hume lo sugiere (cf.    SNG 28: 230), modificar o refrenar la una a trav&eacute;s de la otra.     <br>   En efecto, por una parte, podr&iacute;a mostrarse que, como se sigue de la perspectiva    esc&eacute;ptica, en cuestiones de gusto no cabe &#8220;disputar&#8221;, es    decir, no cabe hablar de reglas que obliguen aceptar una opini&oacute;n sobre    otra; pero ello no significa que no pueda pensarse en una norma, en ciertos    criterios que regulen este &aacute;mbito y hagan posible la &#8220;discusi&oacute;n&#8221;    dentro de &eacute;ste. El t&iacute;tulo mismo del ensayo Sobre la Norma del    gusto (Of the Standard of Taste) &#8211;en lugar de La norma del gusto&#8211;    podr&iacute;a hablar a favor de esta lectura, pues advierte, de entrada, como    lo ha destacado David Marshall (cf. 1995: 324), que tal vez Hume no llegue a    definir esa norma como algo completamente determinado. Esto &uacute;ltimo, sin    embargo, como se mencionar&aacute; m&aacute;s adelante, y en contra de lo que    han destacado algunos comentaristas -entre ellos George Dickie (1996: 140-141)    y el mismo Marshall-, m&aacute;s que una carencia del planteamiento podr&aacute;    verse como una oportunidad que se abre con &eacute;ste, para pensar en la racionalidad    propia de lo est&eacute;tico.</p>     <p><b>        <center>     3. La norma del gusto: entre el supuesto de una naturaleza universal y la      idea de una comunidad ideal de cr&iacute;ticos    </center>   </b></p>     <p>Como lo ha destacado James Shelley (1994: 437-438), los int&eacute;rpretes    se han detenido escasamente en la formulaci&oacute;n inicial que el propio Hume    propone de la norma del gusto<sup><a href="#6">6</a></sup>. Se trata, de acuerdo    con las palabras ya citadas, de &#8220;una regla con la cual puedan ser reconciliados    los diversos sentimientos de los hombres, o al menos una decisi&oacute;n que    confirme un sentimiento y condene el otro&#8221; (SNG 27: 229). El &#8220;al    menos&#8221; &#91;at least&#93;, como se ver&aacute; a continuaci&oacute;n,    es indicativo de la estructura en diminuendo que, como lo ha destacado Marshall    (1995: 325), el texto presenta: si en un primer momento se intenta buscar una    regla o, m&aacute;s bien, unos principios generales que permitan reconciliar    los sentimientos diversos de los hombres; en un segundo momento se reconoce    que, en muchos casos, lo m&aacute;ximo a lo que se puede aspirar es a tomar    una decisi&oacute;n que permita confirmar un juicio de gusto sobre otro. La    argumentaci&oacute;n misma lleva, as&iacute;, a replantear y a precisar los    t&eacute;rminos en que la cuesti&oacute;n se propone inicialmente.     <br>   Este tr&aacute;nsito, como se ver&aacute; a continuaci&oacute;n, empieza a manifestarse    cuando el texto deja de insistir en la idea de una naturaleza humana uniforme    como fundamento de la presunta universalidad de las preferencias est&eacute;ticas,    para sugerir estrategias discursivas que permitir&iacute;an zanjar eventuales    confrontaciones en este nivel. Al identificar la norma del gusto con una &#8220;comunidad    ideal de cr&iacute;ticos&#8221; que dejar&iacute;a abierta la posibilidad de    discusi&oacute;n, a&uacute;n en los casos en que la comunicaci&oacute;n con    el otro parece m&aacute;s dif&iacute;cil, este paso se har&aacute; evidente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>        <center>     3.1 Las reglas del arte y el problema de la racionalidad est&eacute;tica    </center>   </b> </p>     <p>Un punto de partida fundamental en la propuesta de Hume es lo que considera    un &#8220;hecho&#8221; innegable: el hecho de que hay obras que han recibido    una aprobaci&oacute;n perdurable, el hecho de que hay &#8220;cl&aacute;sicos&#8221;,    obras que &quot;han sobrevivido a todos los caprichos de la moda y que han sobrevivido    a todos los errores de la ignorancia y de la envidia&quot; (SNG 31: 233). La    prueba del tiempo, as&iacute; como el alcance, la admiraci&oacute;n que puedan    despertar &quot;al ser difundidas ampliamente&quot;, al ser sometidas a la mirada    p&uacute;blica (cf. SNG 31: 233), mostrar&iacute;a cu&aacute;les obras son verdaderamente    valiosas, cu&aacute;les &quot;son por naturaleza apropiadas para excitar sentimientos    agradables&quot; (SNG 31: 233) y cu&aacute;les fueron apreciadas en alg&uacute;n    momento debido a &quot;la autoridad o al prejuicio&quot;. De este hecho se infiere    entonces que debe haber algo que de cuenta de esa admiraci&oacute;n, lo que    se interpreta en t&eacute;rminos de ciertas reglas que tendr&iacute;an una acci&oacute;n    positiva sobre todos los hombres.     <br>   As&iacute;, el que se encuentre una coincidencia notable en la valoraci&oacute;n    de ciertos objetos mostrar&iacute;a, seg&uacute;n Hume, que hay formas que se    adec&uacute;an, que se conforman a aquello que hay de uniforme en todos los    hombres, esto es, a la propia naturaleza humana<sup><a href="#7">7</a></sup>.    Las reglas del arte podr&iacute;an derivarse, entonces, de esas formas que se    adec&uacute;an perfectamente a la naturaleza del hombre, y apelando a ellas    podr&iacute;a refutarse el punto de vista esc&eacute;ptico, pues lo bello no    se definir&iacute;a ya como una mera modificaci&oacute;n subjetiva sino relacionalmente,    como algo que depende de ciertas cualidades del objeto y de cierta disposici&oacute;n    general del sujeto.     <br>   Parecer&iacute;a entonces que esta explicaci&oacute;n inicial de la validez    intersubjetiva de las preferencias est&eacute;ticas no se encuentra muy distante    a la dada, desde sus diversos puntos de vista, por otros autores del siglo XVIII    como Hutcheson y Burke. En efecto, tambi&eacute;n en el caso de Hume parecer&iacute;a    imponerse el supuesto de una naturaleza humana universal que funciona uniformemente    ante los mismos objetos, y tambi&eacute;n en este caso las posibles reacciones    diversas (el que no todos los hombres puedan ser afectados de la misma manera),    se intentar&iacute;a explicar en t&eacute;rminos de desviaci&oacute;n con respecto    al modelo natural: &#8220;en cada criatura hay estados sanos y estados defectuosos,    y tan s&oacute;lo puede suponerse que son los primeros los que nos proporcionan    una verdadera norma del gusto y del sentimiento&#8221; (SNG 32: 233-234). As&iacute;,    aquellos que pudieran distinguir las obras que pueden ser objeto de una aprobaci&oacute;n    perdurable, poseer&iacute;an el &#8220;estado saludable&#8221; que podr&iacute;a    proporcionar la verdadera norma del gusto y del sentimiento. Tales hombres dar&iacute;an    muestras de lo que Hume identifica como &#8220;delicadeza de gusto&#8221;, esto    es, la capacidad de captar, con placer, una composici&oacute;n en la que se    encuentran las mismas cualidades que se han derivado de las obras cl&aacute;sicas,    y que se ha visto que agradan cuando se presentan aisladas en un alto grado    (cf. SNG 34: 235).    <br>   Sin embargo, lo que resulta bastante significativo es que el autor supone que    esos principios reconocibles por aquel que posee delicadeza de gusto podr&iacute;an    servir de criterio para dirimir los posibles desacuerdos y podr&iacute;an silenciar    a los interlocutores inexpertos: </p>     <p>cuando le mostramos &#91;al mal cr&iacute;tico&#93; un principio art&iacute;stico generalmente    admitido; cuando ilustramos ese principio con ejemplos cuya efectividad, de    acuerdo con su propio gusto particular, admite que se adec&uacute;a a tal principio;    cuando probamos que tal principio puede aplicarse al caso en cuesti&oacute;n,    en el que no percibi&oacute; ni sinti&oacute; su influencia, deber&aacute; entonces    aceptar tras todo ello, que la falta est&aacute; en s&iacute; mismo, y que carece    de la delicadeza que se requiere para ser sensible a toda belleza y toda imperfecci&oacute;n    presente en cualquier obra o discurso (SNG 35: 236).</p>     <p>Aunque esta consideraci&oacute;n va de la mano con supuestos que no se distancian    mayormente de las perspectivas de otros autores del siglo XVIII, con ella se    abre, a la vez, un espacio que no hab&iacute;a sido destacado por &eacute;stos,    a saber, un lugar para la interacci&oacute;n discursiva. En efecto, estas palabras    ponen de presente que la preocupaci&oacute;n de Hume no es s&oacute;lo explicar    por qu&eacute; los hombres pueden llegar a coincidir en materia de gustos, cuesti&oacute;n    que podr&iacute;a responderse apelando a disposiciones subjetivas comunes, sino    de qu&eacute; manera pueden zanjarse las diferencias concretas que pueden surgir    en ese terreno, lo que parece exigir otro tipo de respuesta.    <br>   Ahora bien, a primera vista podr&iacute;a pensarse, como lo hace Steven Sverdlik,    que en las palabras citadas se traza un argumento deductivo de acuerdo con el    cual, dada la premisa (1: &#8220;la propiedad p hace de un objeto algo est&eacute;ticamente    valioso&#8221;; y dada la premisa 2): &#8220;el objeto x tiene la propiedad    p; tendr&iacute;a que concluirse que &#8220;x es est&eacute;ticamente valioso&#8221;    (Sverdlik 1986: 73). De esta manera, seg&uacute;n el comentarista, se pretender&iacute;an    resolver las cuestiones de gusto por la misma v&iacute;a por la que se pueden    resolver las disputas te&oacute;ricas, asumiendo as&iacute; que el &#8220;discurso    est&eacute;tico es l&oacute;gicamente id&eacute;ntico al discurso cient&iacute;fico&#8221;    (Sverdlik 1986: 73). Sin embargo, esta interpretaci&oacute;n omite elementos    que est&aacute;n presentes en el planteamiento de Hume:    <br>   En primer lugar, pierde de vista que el autor reconoce la imposibilidad de obligar    el consenso en cuestiones de gusto, esto es, de inducir el acuerdo por medios    estrictamente demostrativos. En segundo lugar, deja sin explicar por qu&eacute;,    si en las palabras citadas se propone una &uacute;nica alternativa de respuesta    para resolver todas las discusiones est&eacute;ticas, la siguiente parte del    texto contin&uacute;a, justamente, con la consideraci&oacute;n de estrategias    que permitir&iacute;an el acuerdo en una eventual confrontaci&oacute;n de ese    tipo. Pero adem&aacute;s, esta lectura olvida un aspecto fundamental del argumento    expuesto en la cita: su eminente car&aacute;cter ad hominem. Esto es algo que    Sverdlik omite desde el momento en que en su interpretaci&oacute;n de la primera    premisa deja de lado que se debe partir de &#8220;principios generalmente admitidos&#8221;,    y que el interlocutor debe admitir, seg&uacute;n Hume, que el principio, que    se le pretende mostrar, resulta efectivo &#8220;desde su propio gusto particular&#8221;.        ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Habr&iacute;a que pensar, entonces, que la estrategia discursiva que se sugiere    en las palabras citadas tiene un sentido distinto al que Sverdlik le atribuye.    De acuerdo con la cita, se parte de un principio generalmente admitido que el    antagonista acepta como valioso, se ilustra ese principio a trav&eacute;s de    ejemplos que el antagonista no s&oacute;lo aprueba de acuerdo con su gusto particular,    sino que considera apreciables en virtud de tal principio; luego se le muestra    el objeto que desaprueba y se lo lleva a reconocer la presencia en &eacute;l    del principio que no s&oacute;lo ha valorado sino que ha considerado fundamental    en su apreciaci&oacute;n de ciertas obras. Todo esto deber&iacute;a llevarlo    a aceptar, seg&uacute;n Hume, que tal vez la falta reside en &eacute;l, a menos    que quiera retractarse de lo que ha reconocido o ser inconsecuente con lo que    admite que cree.     <br>   Por ende, en este argumento no se trata de demostrar algo sin tener en cuenta    las opiniones que los hombres poseen al respecto y sin preocuparse de si dan    su asentimiento o no, como se pretende, en general, en una deducci&oacute;n    l&oacute;gica formal o formalizable, sino que se pretende persuadir, alcanzar    la adhesi&oacute;n de un auditorio particular, lograr que un interlocutor admita    algo, desde aquello que &eacute;l mismo supone y reconoce. Este es, precisamente,    el car&aacute;cter de todo argumento <i>ad hominem</i><sup><a href="#8">8</a></sup>    . Una forma de argumentar que es reconocida como falacia no formal desde ciertas    vertientes l&oacute;gicas<sup><a href="#9">9</a></sup>, pero que, como lo ha    destacado Cha&iuml;m Perelman, resulta fundamental en todo tipo de discursos    valorativos no formalizables. Se trata, en efecto, de un modo de argumentar    que hace parte del &#8220;arte de razonar a partir de opiniones generalmente    aceptadas&#8221; (Tratado de argumentaci&oacute;n: 36), el arte dial&eacute;ctico    formulado por Arist&oacute;teles, cuyas potencialidades han sido destacadas    recientemente, y actualizadas, por la &#8220;nueva ret&oacute;rica&#8221;<sup><a href="#10">10</a></sup>    de Perelman.     <br>   Cabr&iacute;a pensar entonces que, en las palabras citadas, Hume estar&iacute;a    proponiendo un argumento que puede llegar a persuadir a cierto tipo de interlocutor,    que puede resultar efectivo con cierto auditorio y que puede permitir cierta    forma de consenso en el &aacute;mbito est&eacute;tico. En esa medida, se tratar&iacute;a    de un argumento ret&oacute;rico.     <br>   En este tipo de razonamientos resulta fundamental escoger exclusivamente, como    punto de partida, tesis admitidas por aquellos a quienes se dirige. De ah&iacute;    el &eacute;nfasis de Hume en partir de un principio generalmente admitido y    en considerar aplicaciones de ese principio que el antagonista apruebe, pues    lo que se busca es que la adhesi&oacute;n que se le concede a las premisas sea    transferida a la conclusi&oacute;n. El problema ser&iacute;a, entonces, garantizar    la adhesi&oacute;n a cada una de las premisas. Si un posible contendiente acepta,    por ejemplo, que la armon&iacute;a es un principio que valora positivamente    y acepta que en ciertas obras su valoraci&oacute;n positiva depende del reconocimiento    de la armon&iacute;a, deber&iacute;a admitir, a menos que quiera ser inconsecuente    con su propio sistema de creencias, que una obra, que no hab&iacute;a aprobado    inicialmente, es valiosa, al mostr&aacute;rsele que en ella se realiza plenamente    ese principio que aprecia.     <br>   As&iacute;, el car&aacute;cter ad hominem del argumento garantiza que pueda    resultar efectivo frente a cierto interlocutor, concretamente, frente aquel    que estar&iacute;a dispuesto a admitir que hay principios del arte reconocidos,    que hay elementos que considera generalmente valiosos en las obras que estima.    Pero, a la vez, es claro que por esta v&iacute;a s&oacute;lo se podr&iacute;an    resolver algunas de las posibles desavenencias est&eacute;ticas y, por ende,    que se trata de una estrategia argumentativa cuya validez y aplicabilidad es    restringida. En efecto, &iquest;qu&eacute; pasar&iacute;a con un interlocutor    que no acepta que pueda hablarse de principios del arte? o &iquest;qu&eacute;    pasar&iacute;a con aquel que, a&uacute;n aceptando la existencia de tales principios,    se reh&uacute;sa a aceptar los ejemplos que se le puedan mostrar para ilustrarlos?    <br>   Aunque Hume no se plantee estas preguntas s&iacute; resulta significativo que    el resto del texto no se detenga en la discusi&oacute;n de los posibles principios    del arte que podr&iacute;an ser aceptados generalmente, ni se embarque en su    determinaci&oacute;n, sino que se dedique a examinar las condiciones que podr&iacute;an    acreditar una opini&oacute;n est&eacute;tica como m&aacute;s aceptable que otra.    Esto podr&iacute;a significar que al emprender una discusi&oacute;n sobre estos    asuntos no se trata siempre de lograr la consonancia de las partes con respecto    a lo que aprecian, sino de decidir cu&aacute;l de las opiniones implicadas puede    considerarse como la m&aacute;s aceptable. Justamente, como se mostrar&aacute;    a continuaci&oacute;n, esta posibilidad queda abierta con el cambio de &eacute;nfasis    que se da cuando se deja de relacionar la norma del gusto con ciertos principios    del arte, para identificarla con &#8220;el veredicto conjunto de los jueces    del arte&#8221;. En esa medida, podr&iacute;a decirse que el texto no sugerir&iacute;a    una, sino diversas alternativas discursivas que permitir&iacute;an alcanzar    eventuales consensos en niveles distintos del &aacute;mbito est&eacute;tico<sup><a href="#11">11</a></sup>.  </p>     <p><b>        <center>     3.2 La idea de una comunidad ideal de cr&iacute;ticos    </center>   </b></p>     <p>A trav&eacute;s del examen de los rasgos del cr&iacute;tico ideal, Hume examina    aquellos elementos que acreditar&iacute;an una opini&oacute;n como m&aacute;s    aceptable que otra. Entre ellos se reconocen: cierta pr&aacute;ctica tanto en    la ejecuci&oacute;n como en el enjuiciamiento, el estudio comparativo de obras    de arte, un car&aacute;cter desprejuiciado, abierto a la consideraci&oacute;n    de obras de diversa procedencia, as&iacute; como lo que se denomina &#8220;buen    sentido&#8221;, esto es, la capacidad para discernir la composici&oacute;n,    la estructura general de una obra (cf. SNG 37-42: 237-240). Pero adem&aacute;s,    de esta forma se hace claro que el enjuiciamiento est&eacute;tico supone una    serie de elementos y de consideraciones, que hacen de &eacute;ste algo mucho    m&aacute;s complejo que aquello que puede quedar explicado mediante el recurso    a una naturaleza que opera uniformemente en todos los hombres.    <br>   En primer lugar, la pr&aacute;ctica de un &#8220;arte particular y el frecuente    examen y contemplaci&oacute;n de una clase particular de belleza&#8221; (SNG    37: 237) permitir&iacute;an desarrollar eso que Hume ha denominado un &#8220;gusto    delicado&#8221;, es decir, la capacidad para captar los diversos matices y elementos    de una obra que hacen de ella un objeto de admiraci&oacute;n duradera. Tal &quot;agudeza    est&eacute;tica&quot;, prerrequisito de cualquier juicio que pueda considerarse    admisible, ser&iacute;a, entonces, algo que se forma contextualmente a trav&eacute;s    de cierta educaci&oacute;n:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Tan ventajosa es la pr&aacute;ctica para el discernimiento de la belleza que,    antes de que podamos emitir un juicio sobre cualquier obra importante, deber&iacute;a    ser incluso un requisito necesario el que esa misma realizaci&oacute;n individual    &#91;<i>individual performance</i>&#93; haya sido analizada por nosotros m&aacute;s    de una vez, y haya sido examinada atenta y reflexivamente desde distintos puntos    de vista (SNG 38: 237-238).</p>     <p>Esta atenci&oacute;n permitir&iacute;a percibir la relaci&oacute;n de las partes    de la obra, los caracteres de su estilo, su forma de expresi&oacute;n, elementos    que tendr&iacute;an que estar en la base de una opini&oacute;n est&eacute;tica    aceptable. Pero, adem&aacute;s, Hume supone que si una persona pudiera entrenarse    tambi&eacute;n en la ejecuci&oacute;n de aquella forma art&iacute;stica o &#8220;realizaci&oacute;n    individual&#8221;, que pretende enjuiciar, podr&iacute;a reconocer mejor aquellos    elementos que son constitutivos de ella, y aquellos problemas que debe enfrentar    todo aquel que se embarque en la tarea de crear sirvi&eacute;ndose de tales    formas: &#8220;la misma habilidad y destreza que da la pr&aacute;ctica para    la ejecuci&oacute;n de cualquier obra, se adquiere tambi&eacute;n por diversos    medios para juzgarla&#8221; (SNG 37: 237). En efecto, este entrenamiento le    dar&iacute;a al juicio una seguridad y claridad que no poseer&iacute;a aquel    del inexperto (SNG 43: 241) y le permitir&iacute;a al primero, en contraste    con el segundo, expresarse consistentemente con respecto a cuestiones que parecen    fundamentales en el enjuiciamiento est&eacute;tico. Esta pr&aacute;ctica tambi&eacute;n    incluir&iacute;a el estudio comparativo de obras de arte que se consideran de    diversa calidad o, en los t&eacute;rminos del autor, que presentan una especie    y un grado diverso de perfecci&oacute;n, de modo que esta formaci&oacute;n ser&iacute;a    otro de los elementos que podr&iacute;an calificar una opini&oacute;n como m&aacute;s    aceptable que otra<sup><a href="#12">12</a></sup>.     <br>   Tomando como punto de referencia el modelo de lo cl&aacute;sico, se considera,    entonces que la opini&oacute;n de alguien que no muestra familiaridad con aquellas    &#8220;obras que han sido admiradas en las diferentes &eacute;pocas y naciones&#8221;    (SNG 39: 238) no puede considerarse en el mismo pie de igualdad, que la de quien    s&iacute; ha tenido esta experiencia de familiarizaci&oacute;n<sup><a href="#13">13</a></sup>.    De suerte que, desde el punto de vista de Hume, un juicio est&eacute;tico puede    considerarse como m&aacute;s convincente que otro en tanto que aparezca como    m&aacute;s calificado.     <br>   Pero adem&aacute;s de esta formaci&oacute;n, Hume destaca otros dos requisitos    que permitir&iacute;an validar una opini&oacute;n como m&aacute;s &#8220;razonable&#8221;    que otra. Por una parte, resulta importante que el cr&iacute;tico aparezca como    una persona libre de prejuicios: que al examinar el objeto pueda mostrar que    puede olvidarse de su &#8220;propio ser individual&#8221; y de sus &#8220;circunstancias    especiales&#8221; (cf. SNG 40: 239), para detenerse en la consideraci&oacute;n    exclusiva de lo que se le presenta (cf. SNG: 239). Esto no significa, sin embargo,    como lo considera Michelle Mason (2001: 61-62), que la comprensi&oacute;n de    una obra requiera la proyecci&oacute;n, por parte del juez, en el punto de vista    de la audiencia para la que fue compuesta, sino que se estar&iacute;a se&ntilde;alando    que se requiere una actitud desinteresada, una mirada amplia, un control de    los prejuicios propios para abrirse a la consideraci&oacute;n de lo otro de    s&iacute;. Tal actitud implicar&iacute;a tomar conciencia de que la obra fue    pensada en un contexto determinado del cual nos encontramos alejados y, por    ende, que algunos de sus elementos pueden resultarnos chocantes e inaceptables.    De lo contrario, si no se hiciera este esfuerzo, tampoco podr&iacute;an captarse    aquellos aspectos de la obra que han pasado la prueba del tiempo, sino que tambi&eacute;n    nos volver&iacute;amos sordos, ciegos ante ellos (cf. SNG 40-41: 239-240).    <br>   Por otra parte, Hume considera que un juicio est&eacute;tico aceptable supone    lo que denomina &#8220;buen sentido&#8221; (good sense), la capacidad para reconocer    en una obra la &#8220;consistencia&#8221; y &#8220;uniformidad del conjunto&#8221;.    Esto significa que la coherencia y &#8220;la perfecci&oacute;n&#8221; se conciben    como elementos est&eacute;ticamente apreciables y que el gusto no puede pensarse    como una capacidad que funciona de forma meramente pasiva, como podr&iacute;a    seguirse de cierta terminolog&iacute;a causal que se encuentra en el ensayo,    sino que supone la capacidad de enjuiciar el prop&oacute;sito general o fin    en vista del cual una composici&oacute;n art&iacute;stica resulta consistente    o perfecta.     <br>   Sin embargo, como el autor lo subraya, dif&iacute;cilmente se puede encontrar    a alguien que pueda distinguir los elementos m&aacute;s sutiles de una obra,    alguien que muestre confianza y claridad, dada su enorme pr&aacute;ctica en    la ejecuci&oacute;n y el enjuiciamiento, alguien que pueda distinguir en cada    caso las obras m&aacute;s importantes de la m&aacute;s fr&iacute;volas, dado    su conocimiento comparativo, y pueda estar completamente abierto a lo que la    obra le muestra, dado su control de los propios prejuicios. La mayor parte de    los hombres puede desarrollar s&oacute;lo uno de estos aspectos y no perfectamente,    por eso, &#8220;se considera francamente raro&#8221; &#8211;y habr&iacute;a    que decir, como algo ideal&#8211; &#8220;al verdadero juez en bellas artes&#8221;    (SNG 43: 241).     <br>   Ahora bien, lo que resulta m&aacute;s notable es que de la mano con este reconocimiento    se plantee que &#8220;el veredicto conjunto de tales jueces, donde quiera que    se les encuentre, es la verdadera norma del gusto y de la belleza&#8221; (SNG    43: 241). Esta reformulaci&oacute;n indicar&iacute;a, en efecto, que la norma    del gusto no se concibe en t&eacute;rminos de un conjunto de principios o reglas    determinadas, sino como un ideal, que supone un conjunto de pr&aacute;cticas    y de actitudes que podr&iacute;an regular nuestros juicios y hacer posible el    &aacute;mbito de la discusi&oacute;n en cuestiones de gusto. Pero, adem&aacute;s,    resulta significativo que ese ideal no se plantee en t&eacute;rminos de un cr&iacute;tico    o espectador ideal, sino en t&eacute;rminos de una comunidad de cr&iacute;ticos    ideales. Esto indicar&iacute;a, como podr&aacute; verse en seguida, que es caracter&iacute;stico    de las cuestiones est&eacute;ticas el que no puedan reducirse a un &uacute;nico    punto de vista aceptable, sino que siempre den lugar a cierta pluralidad. Pues,    incluso los jueces ideales, aquellos que cumplir&iacute;an perfectamente con    las condiciones mencionadas, podr&iacute;an estar en desacuerdo, podr&iacute;an    no coincidir en sus puntos de vista. Para expresarlo escuetamente, a&uacute;n    en condiciones ideales, el desacuerdo ser&iacute;a posible. Sin embargo, esta    constataci&oacute;n no conduce a la afirmaci&oacute;n de un escepticismo radical    en el &aacute;mbito est&eacute;tico sino a la formulaci&oacute;n de una norma    que tiene como ideal la capacidad de reconocer las diversas perspectivas razonables    que podr&iacute;an aducirse frente a un caso concreto.    <br>   As&iacute; lo reconoce Hume, al final de su texto, cuando resalta dos fuentes    de discrepancia que no se pueden superar: la diferencia de temperamentos y la    diferencia de costumbres y h&aacute;bitos (cf. SNG 46: 243). Se trata, en t&eacute;rminos    del autor, de ciertas divergencias &#8220;inocentes&#8221;, en tanto que no    resultan controlables ni evitables a trav&eacute;s de la formaci&oacute;n a    la que debe aspirar cualquier juez competente.     <br>   Lo primero, es decir, la diferencia de temperamentos, puede hacer que se &#8220;simpatice&#8221;    m&aacute;s con cierto autor o con ciertas obras que se aprecian como de una    gran calidad. Es el caso en el que se reconoce que dos obras son igualmente    grandes, pero se le da preferencia a una sobre la otra por la conformidad de    sus rasgos con el propio temperamento. En tales casos, los participantes en    una discusi&oacute;n est&eacute;tica tendr&iacute;an que tener en cuenta que    no hay ning&uacute;n punto de vista ideal para decidir la validez de una opini&oacute;n    sobre otra, sino que hay varias perspectivas igualmente v&aacute;lidas que resultar&iacute;an    posibles. De ah&iacute; que el ideal se encuentre en aquel punto de vista que    pudiera recoger el conjunto de perspectivas pertinentes, igualmente aceptables,    sobre una misma cuesti&oacute;n.     <br>   Esto tambi&eacute;n puede ponerse de manifiesto cuando se considera el segundo    elemento incontrolable que, seg&uacute;n Hume, afectar&iacute;a inevitablemente    el propio juicio, a saber, las costumbres u opiniones morales que puedan encontrarse    en una obra y que resultan incomprensibles, dadas las propias convicciones.    Aunque un juicio aceptable debe mostrar que el juez ha ido m&aacute;s all&aacute;    de sus propias preocupaciones e intereses personales, para abrirse a lo que    se le presenta, habr&iacute;a elementos en los que el juez no se puede reconocer    y que le parecen inaceptables desde un punto de vista moral. De esta forma,    Hume estar&iacute;a enfatizando que el gusto no tiene que ver meramente con    la captaci&oacute;n de formas est&eacute;ticas desarraigadas de su mundo, sino    con una forma de valoraci&oacute;n que est&aacute; fuertemente conectada con    aquellos valores mayores en los que el individuo se reconoce, de modo que, si    la obra choca con esos valores tampoco puede apreciarse est&eacute;ticamente:    &#8220;cuando un hombre conf&iacute;a en la rectitud del modelo moral por el    cual juzga, lo defiende con justo celo, y no alterar&aacute; los sentimientos    de su coraz&oacute;n ni por un momento &#91;&#8230;&#93;&#8221; (SNG 50: 247). En tales    casos no cabr&iacute;a sino aceptar que no podemos concordar con aquellos que    han admirado y admiran esas obras que resultan contrarias al propio modelo moral.    Pero entonces, con esto, el intento humeano por dejar abierto un espacio discursivo    para el &aacute;mbito est&eacute;tico podr&iacute;a llegar a un punto muerto:    cuando el otro se aleja tanto de los propios valores parece que no cabe sino    el rechazo contundente, la incomprensi&oacute;n.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Sin embargo, la alternativa de Hume es menos radical y esc&eacute;ptica. A su    modo de ver, en tales casos podr&iacute;amos llegar &#8220;a disculpar&#8221;    al autor &#8220;por las costumbres de su &eacute;poca&#8221;, aunque nunca pudi&eacute;ramos    disfrutar de su composici&oacute;n (SNG 49: 246). M&aacute;s a&uacute;n, aunque    Hume no lo se&ntilde;ale expl&iacute;citamente, en tales casos un juez competente    deber&iacute;a reconocer esa distancia que lo separa de aquello que se le presenta    tan dis&iacute;mil; deber&iacute;a aceptar que no puede apreciar con placer    esa obra debido a sus propias convicciones morales y, sin embargo, deber&iacute;a    admitir que ella podr&iacute;a resultar emocionante para otros jueces competentes    como &eacute;l -formados en la ejecuci&oacute;n y el enjuiciamiento art&iacute;stico,    dotados de buen sentido y de una actitud abierta- pero con otros supuestos morales    distintos a los suyos propios. Al apreciar una obra que resulta chocante desde    una perspectiva moral, habr&iacute;a que pensar, entonces, que ella puede ser    juzgada desde diversos puntos de vista igualmente aceptables, a la luz de las    condiciones ideales antes consideradas. De suerte que, tambi&eacute;n en este    caso podr&iacute;a salir a relucir que la norma ideal de enjuiciamiento no podr&iacute;a    reducirse a un &uacute;nico punto de vista, sino que estar&iacute;a dada por    el veredicto conjunto de los jueces ideales. </p>     <p><b>        <center>     4. El gusto en el &aacute;mbito de la discusi&oacute;n    </center>   </b></p>     <p>Pero, &iquest;d&oacute;nde pueden hallarse tales cr&iacute;ticos? &iquest;Por    qu&eacute; se&ntilde;ales se les reconocer&aacute;? &iquest;C&oacute;mo distinguirlos    de los impostores? Estas cuestiones son embarazosas y parecen volvernos a sumergir    en la misma incertidumbre de la que, a lo largo del desarrollo de este ensayo,    hemos intentado deshacernos / Pero si consideramos el asunto correctamente,    &eacute;stas son cuestiones de hecho, no de sentimiento. El que una persona    particular est&eacute; dotada de buen sentido y de una imaginaci&oacute;n delicada,    libre de prejuicios, puede a menudo ser materia de desavenencia y dar lugar    a gran discusi&oacute;n &#91;great discussion&#93; e investigaci&oacute;n. Pero toda    la humanidad estar&aacute; de acuerdo en que tales caracter&iacute;sticas son    valiosas y estimables (SNG 44: 242).    <br>       <br>   En estas palabras Hume aclara una posible objeci&oacute;n que podr&iacute;a    imput&aacute;rsele a su planteamiento. En efecto, una vez se ha reformulado    la norma del gusto en t&eacute;rminos del &#8220;veredicto conjunto de los jueces    del arte&#8221; podr&iacute;a replicarse que la argumentaci&oacute;n implica    cierta circularidad: si para decidir sobre cuestiones de gusto hay que apelar    al juicio de un cr&iacute;tico de arte aut&eacute;ntico, al ejemplo del buen    gusto, parecer&iacute;a que para decidir cu&aacute;l es ese cr&iacute;tico aut&eacute;ntico    hay que tener de antemano buen gusto. Esta posible objeci&oacute;n, sin embargo,    pierde de vista que el status que el autor le asigna a esa comunidad de cr&iacute;ticos,    como norma del gusto, es s&oacute;lo ideal, y por ende, que no se precisa preguntarse    d&oacute;nde o c&oacute;mo pueden hallarse tales cr&iacute;ticos<sup><a href="#14">14</a></sup>.        <br>   Lo que s&iacute; viene al caso es considerar hasta qu&eacute; punto un juicio    se aproxima m&aacute;s o menos al ideal, hasta qu&eacute; punto una opini&oacute;n    cumple, m&aacute;s o menos, con las condiciones o rasgos ideales del cr&iacute;tico    que han aparecido en el apartado anterior. Empero, cuando se trata de determinar    esto, ciertamente podr&iacute;a persistir el desacuerdo pues, como el mismo    autor lo destaca, que alguien est&eacute; dotado de buen sentido, de imaginaci&oacute;n    delicada y que se encuentre libre de prejuicios, tambi&eacute;n podr&iacute;a    ser objeto de &#8220;desavenencia y dar lugar a discusi&oacute;n e investigaci&oacute;n&#8221;.        <br>   Sin embargo, hay algo en lo que, seg&uacute;n Hume, todos estar&iacute;amos    de acuerdo, y har&iacute;a posible tomar una decisi&oacute;n con respecto a    la validez de dos opiniones divergentes; a saber, que tales caracter&iacute;sticas,    es decir, el conocimiento de arte, el buen sentido, la imaginaci&oacute;n delicada,    la distancia con respecto a los propios prejuicios, se consideran como valiosas    y estimables. Esto, que tales elementos se reconozcan como apreciables, es,    seg&uacute;n el autor, una cuesti&oacute;n de hecho, algo com&uacute;nmente    aceptable que no es insignificante. Pues en la medida en que las personas coincidan    en los rasgos que aprecian en un cr&iacute;tico de arte es posible pensar que    una opini&oacute;n est&eacute;tica pueda ser reconocida como m&aacute;s aceptable    que otra. Y si esto puede admitirse, Hume considera que ha cumplido con el prop&oacute;sito    de su ensayo: mostrar que &#8220;el gusto de todos los individuos no se halla    en el mismo pie de igualdad, y que algunos hombres en general, sea cual sea    la dificultad de seleccionarlos particularmente, se reconoce, por asentimiento    universal, que tienen cierta preferencia sobre otros&#8221; (SNG 44: 242).    <br>   Pero, adem&aacute;s, el autor considera que esta alternativa, que queda abierta    en teor&iacute;a, puede constatarse tambi&eacute;n en la pr&aacute;ctica: &#8220;muchos    hombres hay -se&ntilde;ala-que, abandonados a s&iacute; mismos, no tienen m&aacute;s    que una d&eacute;bil y dudosa percepci&oacute;n de la belleza, pero que sin    embargo son capaces de disfrutar de cualquier bello rasgo que les sea se&ntilde;alado&#8221;    (SNG 45: 243). As&iacute;, en la medida en que otro pueda mostrarme algo que    yo inicialmente no percibo y, adem&aacute;s, pueda persuadirme de su valor,    podr&aacute; ser considerado, efectivamente, como mejor cr&iacute;tico que yo.    Pero adem&aacute;s, el que pueda reconocerse esto, mostrar&iacute;a que suponemos    impl&iacute;citamente un ideal, una norma indeterminada del gusto, gracias a    la cual ser&iacute;a pensable la posibilidad de persuadir, incluso, al juez    m&aacute;s renuente<sup><a href="#15">15</a></sup>.     <br>   Esto, ciertamente, parece m&aacute;s modesto que lo que en alg&uacute;n momento    se pretend&iacute;a mostrar o, tal vez, de lo que algunos comentaristas, como    Dickie (1996:126-131), han pretendido encontrar en el planteamiento humeano;    es decir, que hay reglas definidas del gusto con las que todos deber&iacute;an    concordar, y que permitir&iacute;an la convergencia de sentimientos en este    &aacute;mbito. Pues, lo que se reconoce es que debe suponerse una norma del    gusto, aunque sea indeterminada, si tiene sentido pensar en juicios est&eacute;ticos    m&aacute;s calificados que otros, si puede decirse que una opini&oacute;n es    m&aacute;s aceptable que otra y si se considera que en &eacute;ste &aacute;mbito    es posible discutir:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>All&iacute; donde surgen dudas, los hombres no pueden hacer m&aacute;s que    lo que hacen en otras materias de discusi&oacute;n cuando son sometidas al entendimiento:    deben buscar los mejores argumentos que su invenci&oacute;n les sugiera; deben    reconocer la existencia en alg&uacute;n sitio de una norma verdadera y decisiva,    a saber, una cuesti&oacute;n de hecho y de existencia real, y deben tener asimismo    indulgencia con los que difieren de ellos en la invocaci&oacute;n de tal norma    (SNG 44: 242).</p>     <p>As&iacute;, parecer&iacute;a que Hume termina considerando que las diferencias    en cuestiones de gusto s&oacute;lo pueden enfrentarse de la misma forma en que    se lo hace en otras materias que suscitan dudas y son objeto de discusi&oacute;n:    buscando los mejores argumentos que la invenci&oacute;n pueda sugerir; reconociendo    la existencia de una cuesti&oacute;n de hecho, esto es, seg&uacute;n puede seguirse    de lo planteado, algo que las distintas partes podr&iacute;an aceptar como v&aacute;lido,    y que podr&iacute;a servir como criterio para tomar una decisi&oacute;n sobre    las opiniones enfrentadas; pero, adem&aacute;s, mostrando indulgencia si el    interlocutor, pese a todo, se muestra reacio a aceptar el juicio que le es adverso,    lo que confirma que el &aacute;mbito del gusto se mueve en el terreno de la    discusi&oacute;n y no en el terreno de lo probable o demostrable. Pues, como    lo destaca Lis&iacute;maco Parra (Parra 2001: 173), en estos casos la actitud    correcta no es la indulgencia sino la intransigencia: el profesor de matem&aacute;tica    no es &#8220;indulgente&#8221; con el alumno que se reh&uacute;sa a aceptar    que la suma de los &aacute;ngulos de un triangulo es de 180&ordm;, ni el profesor    de f&iacute;sica con aquel que se niega reconocer que el peso de algo es el    que arroja la balanza. Pero al cr&iacute;tico de arte, aunque est&eacute; seguro    de que su juicio es m&aacute;s aceptable que el del inexperto, no le queda m&aacute;s    que invitar al oponente a considerar mejor el asunto, ofreci&eacute;ndole diversos    puntos de vista desde los cuales enfocarlo, y guardar indulgencia cuando, despu&eacute;s    de todo, &eacute;ste parece impermeable a sus t&aacute;cticas discursivas.</p>     <p><b>        <center>     5. La ret&oacute;rica de Hume y la ret&oacute;rica del gusto    </center>   </b></p>     <p>Como lo ha destacado David Marshall (1995: 326), resulta significativo que    a lo largo de Of the Standard of Taste, Hume insista en tomar como punto de    partida lo que &#8220;es natural (cf. SNG 27: 229) para nosotros&#8221;, lo    que es &#8220;evidente&#8221; (cf. SNG 29: 231), lo que &#8220;es bien sabido&#8221;    (cf. SNG 41: 240), lo que se reconoce (cf. SNG 35: 236); lo que &#8220;es obvio&#8221;    (SNG 25: 228), sobretodo cuando en otros contextos hab&iacute;a mostrado sus    reservas con respecto a este tipo de consideraciones. Seg&uacute;n se afirmaba    al final del primer libro del Tratado sobre el entendimiento humano, cuando    examinamos detalladamente un objeto tendemos a sentir cierta seguridad sobre    lo que afirmamos de &eacute;ste. En tales ocasiones &#8220;no s&oacute;lo estamos    dispuestos a olvidar nuestro escepticismo, sino incluso tambi&eacute;n nuestra    modestia, y utilizamos t&eacute;rminos como es evidente, es cierto, es innegable,    que quiz&aacute; por deferencia al p&uacute;blico deb&iacute;an evitarse&#8221;.    Esto, reconoce Hume, le pudo ocurrir a &eacute;l mismo, pero aclara tales expresiones    me fueron sugeridas por la consideraci&oacute;n misma del objeto, de modo que    no implican ni esp&iacute;ritu dogm&aacute;tico ni una idea presuntuosa de mi    propio juicio, sentimientos que estoy seguro no pueden llegar a tomar cuerpo,    y en un esc&eacute;ptico menos a&uacute;n que en ning&uacute;n otro&#8221; (cf.    Treatise 427: 274)<sup><a href="#16">16</a></sup>.    <br>   No obstante, cuando en Sobre la norma del gusto se examina el contexto en el    que se producen expresiones de este tipo, no es claro que ellas sean simplemente    eufemismos que ponen de manifiesto la seguridad que ha alcanzado el autor al    analizar detenidamente su objeto de estudio, en este caso el gusto, sino que    aluden a premisas que un Hume menos esc&eacute;ptico asume como aceptables por    cualquiera, esto es, como cuestiones de hecho, que sirven de punto de partida    para tratar la cuesti&oacute;n. As&iacute;, parecer&iacute;a que Hume aplica    con sus lectores la misma estrategia ret&oacute;rica que aconseja, llegando    al final de su texto, para dirimir los posibles enfrentamientos est&eacute;ticos:    esto es, buscar una cuesti&oacute;n de hecho, algo que todas las partes pudieran    aceptar (cf. SNG 44: 242), para, seg&uacute;n parece hacerse expl&iacute;cito    ahora, poner de manifiesto lo que tales convicciones suponen. En efecto, su    estrategia habr&iacute;a consistido en mostrar que, si creemos que hay cl&aacute;sicos,    esto es, obras que siguen resultando valiosas a trav&eacute;s del tiempo, y    si creemos que hay ciertos rasgos que resultan valiosos en un cr&iacute;tico    de arte, entonces tambi&eacute;n creemos en la superioridad de ciertos juicios    de gusto sobre otros y, por ende, en cierta norma del gusto, aunque no podamos    determinarla, aunque &eacute;sta sea s&oacute;lo un ideal, al que apelamos cuando    hacemos ciertas distinciones. Esto, ciertamente, implica ir m&aacute;s all&aacute;    del escepticismo que Hume hab&iacute;a recomendado en las palabras citadas del    Tratado, aunque no, necesariamente, significa adentrarse en el terreno del dogmatismo,    como lo considera Marshall (1995: 336). M&aacute;s bien, significa reconocer    que el terreno del gusto es el terreno del discurso persuasivo, y que en este    &aacute;mbito no cabe sino partir de aquello que un posible interlocutor estuviera    dispuesto a reconocer, para mostrarle otros puntos de vista, o confirmar los    que ya se asume, desarrollando aquello que sus propias convicciones suponen.        <br>   De esta forma el texto de Hume muestra que, en el &aacute;mbito est&eacute;tico,    algunas veces las partes podr&aacute;n coincidir sobre aquello que aprecian,    podr&aacute;n sentirse igualmente emocionadas o admiradas ante una obra, pero    en otros casos, una podr&aacute; aceptar el punto de vista de la otra sin que    llegue a compartir su valoraci&oacute;n positiva, sus sentimientos de admiraci&oacute;n    o emoci&oacute;n intensa. De esta forma se pone de manifiesto que el consenso    en el &aacute;mbito est&eacute;tico no puede darse siempre como una confluencia    en el modo de sentir, y que esta eventual confluencia tampoco puede darse inmediatamente.    En efecto, una cosa es convencer a alguien sobre la &#8220;razonabilidad&#8221;    de su opini&oacute;n, y otra, hacer que aquel comparta sus sentimientos sobre    una obra: puedo persuadirme de que la posici&oacute;n de un cr&iacute;tico que    muestra la complejidad de la m&uacute;sica atonal es m&aacute;s convincente    que la del inexperto y a&uacute;n as&iacute; puede que no me convenza del valor    est&eacute;tico de la m&uacute;sica atonal, puede que &eacute;sta no me resulte    est&eacute;ticamente apreciable; para ello tal vez se precise de cierta formaci&oacute;n    y quiz&aacute;s tambi&eacute;n de cierto car&aacute;cter. De esta forma se sugiere    que la relaci&oacute;n que se da entre convicciones, formaci&oacute;n y sentimiento    en el caso del juicio est&eacute;tico no se da inmediatamente, y esto hace que    la posibilidad de acuerdo en este &aacute;mbito sea siempre algo complejo, que    depende de diversos factores.     <br>   Ciertamente, todo esto puede significar que Sobre la norma del gusto no ofrece    una respuesta contundente al problema inicial, si en esa respuesta se esperaba    encontrar una fundamentaci&oacute;n para el consenso est&eacute;tico. Pues en    el texto tal consenso termina sugiri&eacute;ndose s&oacute;lo como posibilidad,    como algo alcanzable, no como un objetivo dado que haya que legitimar. Pero,    precisamente, aquello que el ensayo pretend&iacute;a, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino,    no era justificar per se tal presunto consenso, sino mostrar que en cuestiones    de gusto resulta posible discutir a trav&eacute;s de ciertas pr&aacute;cticas    y actitudes, as&iacute; como de diversas estrategias discursivas que exhiben    y explotan m&iacute;nimos puntos de confluencia. En eso la propuesta de Hume    ha sido exitosa, en mostrar que las confrontaciones est&eacute;ticas son resolubles    por ese complejo &#8220;arte de razonar a partir de opiniones generalmente aceptadas&#8221;,    en poner de manifiesto que los asuntos est&eacute;ticos siempre dan lugar a    controversia y s&oacute;lo pueden enfrentarse por el mismo camino de &#8220;todas    las materias que son objeto de discusi&oacute;n&#8221;.     <br>   Sin embargo, por esta v&iacute;a sale a relucir, tambi&eacute;n, una limitaci&oacute;n    al consenso alcanzable en el &aacute;mbito est&eacute;tico, y en general, en    las cuestiones que no pueden resolverse demostrativamente. Pues, tal y como    Hume lo ha subrayado, hay que suponer que las partes, en sus divergencias, pueden    aceptar algunas premisas en com&uacute;n o, de lo contrario, ser&iacute;a imposible    toda forma de acuerdo y, por ende, de discusi&oacute;n. De esta forma se pondr&iacute;a    de manifiesto que entre horizontes inconmensurables, cuando no pueden suponerse    convicciones o creencias en com&uacute;n, no parecer&iacute;a alcanzable alg&uacute;n    tipo de consenso. Pero, entonces, si esto as&iacute; &iquest;ser&iacute;a imposible    una discusi&oacute;n est&eacute;tica entre sujetos irreduciblemente diversos?    <br>   La decisi&oacute;n sobre esto depende de la forma en que se asuma el problema    en cuesti&oacute;n. Si, con Hume, se admite que en asuntos como lo est&eacute;ticos,    en los que no caben criterios demostrables, no cabe exigir una unanimidad plena,    habr&iacute;a que aceptar que en tales casos el acuerdo es algo que se debe    buscar: mostrando una actitud flexible y abierta frente al otro, rastreando,    como lo ha insistido Hume, alguna cuesti&oacute;n de hecho, alguna premisa b&aacute;sica,    alguna creencia o convicci&oacute;n que aqu&eacute;l pueda compartir, pensando    en el consenso como algo que se construye discursivamente y no como algo que    se impone, desde un modelo de lo que significa &#8220;humanidad&#8221;. Ciertamente,    esta opci&oacute;n supone que individuos culturalmente dis&iacute;miles pueden    compartir ciertas, aunque sean pocas, miradas sobre el mundo, pueden llegar    a abrirse el uno al otro en sus puntos de vista, pueden llegar a compartir ciertas    pr&aacute;cticas discursivas, y pueden llegar a compartir ciertas premisas.    Si bien es cierto que todo esto puede parecer demasiado en algunos casos, en    muchos otros son condiciones que pueden darse, o al menos, que pueden intentar    promoverse para dejar abierta la posibilidad de consenso, para hacer posible    que discutir no resulte vano. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="2">     <p><a name="1">1</a>. Agradezco al profesor Lis&iacute;maco Parra por sus valiosas    sugerencias e indicaciones, que alimentaron la discusi&oacute;n sobre el tema    de este ensayo.</p>     <p> <a name="2">2</a>. Entre ellos se encuentran: Peter Kivy (cf. 1967: 57-66);    Roger Shiner (1996: 237-249); No&euml;l Carrol (cf. 1984: 181-194); Steven Sverdlik    (1986: 69-76);Theodore Gracyk (1994: 169-182); George Dickie (1996: 123-141).    Excepciones con respecto a esta tendencia son las lecturas de James Shelley    (1994: 437-445) y David Marshall (cf. 1995: 324).</p>     <p> <a name="3">3</a>. En los apartados 1 y 2 desarrollo algunas de las tesis    que suger&iacute; en la primera parte del art&iacute;culo &quot;El problema    del gusto en la Cr&iacute;tica del juicio&quot;, incluido en el volumen Kant    en los l&iacute;mites de la raz&oacute;n, editado por Luis Eduardo Hoyos, Universidad    Nacional (en prensa)</p>     <p><a name="4">4</a>. <i>Of the Standard of Taste</i> se cita como SNG, se&ntilde;alando    la paginaci&oacute;n de la versi&oacute;n al espa&ntilde;ol usada, seguida por    la paginaci&oacute;n del texto original en ingl&eacute;s (ver datos en Bibliograf&iacute;a).    Se hacen modificaciones a la traducci&oacute;n cuando se considera oportuno.</p>     <p><a name="5">5</a>. Entre ellos se encuentran: N&ouml;el Carrol (1984: 181-184),    Steven Sverdlik (1986: 69-76); George Dickie (1996: 123-141), y James Shelley    (1994: 437-445).</p>     <p><a name="6">6</a>. Hasta hace un tiempo, la mayor parte de los comentaristas    hab&iacute;an subrayado una formulaci&oacute;n sobre la otra: o bien que la    norma del gusto se identifica con lo que Hume denomina &#8220;las reglas del    arte&#8221;, entre ellos Peter Jones (1976: 295-302); o bien que se asimila    a &#8220;el veredicto conjunto de los jueces del arte, entre ellos Peter Kivy    (1967: 57-66) y Carolyn Korsmeyer (1976: 201-215). Sin embargo, recientemente    otros int&eacute;rpretes han intentado repensar la relaci&oacute;n entre las    dos formulaciones de la norma del gusto. Entre ellos se encuentran los ya citados    N&ouml;el Carrol, Steven Sverdlik, George Dickie y James Shelley. La presente    interpretaci&oacute;n se inscribe dentro de la tentativa que estos &uacute;ltimos    proponen pero guardando distancia, en ciertos casos notable, con respecto a    sus diferentes planteamientos, como podr&aacute; verse a continuaci&oacute;n.</p>     <p><a name="7">7</a>. &#8220;algunas formas o cualidades particulares, a causa    de la estructura original de nuestra configuraci&oacute;n interna, est&aacute;n    calculadas para agradar &#91;...&#93; (SNG 32: 233).</p>     <p><a name="8">8</a>. Aqu&iacute; estoy distinguiendo, con Perelman (cf. Tratado    de la argumentaci&oacute;n: 186) el argumento ad hominem, que se basa s&oacute;lo    en premisas que un auditorio o interlocutor determinado estar&iacute;a dispuesto    a reconocer, del argumento ad personam, que se basa en un ataque contra la persona    del adversario y sobretodo, tiende a descalificarlo. Esta &uacute;ltima es una    forma de argumentar que tiene un alcance y pertinencia restringidos, por ejemplo,    en el &aacute;mbito jur&iacute;dico, en la presentaci&oacute;n de testigos,    pero por lo general se lo considera como un recurso poco leg&iacute;timo. </p>     <p><a name="9">9</a>. As&iacute;, por ejemplo, Irving Copi en su conocido texto    Introducci&oacute;n a la l&oacute;gica. Seg&uacute;n este autor, los argumentos    ad hominen son razonamientos falaces dado que &#8220;no ofrecen pruebas satisfactorias    de la verdad de sus conclusiones, sino que s&oacute;lo est&aacute;n dirigidos    a conquistar el asentimiento de alg&uacute;n oponente, a causa de la circunstancia    especial en que &eacute;ste se encuentra&#8221; (Ib&iacute;d., 86). Por dem&aacute;s    cabe destacar que Copi, asimila en un solo tipo de argumentos falaces los argumentos    ad hominem y los argumentos ad personam (cf. Ib&iacute;d., 84-86). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="10">10</a>. Se comprende entonces que desde este punto de vista, al    destacar el car&aacute;cter ret&oacute;rico de los discursos valorativos no    se trata de afirmar su irracionalidad, sino de comprenderlos desde argumentos    en los que, como lo ha destacado Michel Meyer, se &#8220;razona sin oprimir&#8221;,    en los que &#8220;la apertura hacia lo m&uacute;ltiple y lo no apremiante se    convierte en la palabra clave de la racionalidad&#8221; (Tratado de la argumentaci&oacute;n,    &#8220;Prefacio&#8221;, 28-29).</p>     <p><a name="11">11</a>. Por ende, no se trata, como lo considera Dickie (1996:133)    de que Hume confunda dos cosas distintas cuando deja de lado la consideraci&oacute;n    de las reglas del arte para dedicarse a la consideraci&oacute;n de los rasgos    del cr&iacute;tico del arte, no se trata de que Hume trasponga el problema de    determinar tales reglas con el problema de convencer a un juez renuente. Pues    la cuesti&oacute;n de fondo, aunque se haya reformulado a trav&eacute;s del    texto, y se plantee en niveles distintos, no ha dejado de ser la misma: dejar    abierta la posibilidad de consenso en eventuales discusiones sobre asuntos est&eacute;ticos.</p>     <p><a name="12">12</a>. &#8220;Un hombre que no ha tenido oportunidad de comparar    las diferentes clases de belleza est&aacute; sin duda totalmente descalificado    para opinar con respecto a cualquier objeto que se le presente&#8221; (SNG 38:    238).</p>     <p><a name="13">13</a>. &#8220;Las baladas m&aacute;s vulgares no est&aacute;n    enteramente despose&iacute;das de cierta naturaleza arm&oacute;nica, y nadie    sino una persona familiarizada con bellezas m&aacute;s complejas y elevadas    afirmar&iacute;a que su ritmo es tosco o su letra poco interesantes&#8221; (SNG    39: 238).</p>     <p><a name="14">14</a>.Aqu&iacute; tomo distancia de No&euml;l Carrol (cf. 1984: 183, 189-190) y de Peter  Kivy (cf. 1967: 57-66).</p>     <p><a name="15">15</a>.Dickie objeta que de esta forma s&oacute;lo se podr&iacute;a convencer a alguien  &quot;potencialmente sensible&quot;, no al antagonista insensible que, seg&uacute;n  &eacute;l, Hume considerar&iacute;a cuando se refiere al &#8220;mal cr&iacute;tico&#8221;  (1966: 133). A mi modo de ver, el problema es que Dickie ha identificado al mal  cr&iacute;tico o interlocutor renuente con alguien insensible. Pero, por lo que  comenta Hume, aquellos agrupados bajo el apelativo &#8220;mal cr&iacute;tico&#8221;  har&iacute;an parte de un g&eacute;nero m&aacute;s amplio que comprende personas  ignorantes, con poca pr&aacute;ctica, prejuiciosas, etc, dentro del cual, las  personas insensibles, constituir&iacute;an un caso extremo, incorregible. Adem&aacute;s,  con este &uacute;ltimo tipo de personas no cabr&iacute;a siquiera discutir y,  evidentemente, el antagonista que a Hume le ocupa es aquel con quien pueda ser  posible la discusi&oacute;n.</p>     <p><a name="16">16</a>.Se indica la paginaci&oacute;n de la versi&oacute;n al espa&ntilde;ol usada (ver  Bibliograf&iacute;a), seguida por la paginaci&oacute;n de la edici&oacute;n de  Selby-Bigge.</p>   <hr size="2">     <p><b>Bibliograf&iacute;a </b></p>     <p><b><i>Primaria</i></b></p>     <!-- ref --><p>1. Hume, D. (1985). Of the Standard of Taste. En: Essays &#8211; moral, political,    literary. Indianapolis: Liberty Fund: 226-249. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0120-0062200600010000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. ___________. (1989). &#91;SNG&#93; Sobre la norma del gusto. Barcelona:    Ediciones pen&iacute;nsula. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0120-0062200600010000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. ___________. (1981).Tratado de la Naturaleza humana. Traducci&oacute;n de    Felix Duque. Madrid: editora nacional: vol II.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0120-0062200600010000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><b><i>Secundaria </i></b></p>     <!-- ref --><p>4. Carrol, N. (1984). &#8220;Hume&#8217;s Standard of Taste&#8221;. En: The    journal of Aesthetics and Art Criticism 43 : 181-184.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0120-0062200600010000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. Dickie, G. (1996). &#8220;Beauties and Blemishes: David Hume&#8221;. En:    The Century of Taste. 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En: The British Journal of Aesthetics: 57-66.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0120-0062200600010000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. Mason, M. (2001) &#8220;Moral prejudice and Esthetic deformity: rereading    Hume&#8217;s &#8216;of the Standard of Taste&#8217;&#8221;. En: Journal of Aesthetics    and Art Criticism 59: 59-71.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0120-0062200600010000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11. Marshall, D. (1995) &#8220;Arguing by analogy: Hume&#8217;s Standard of    Taste&#8221;. En: Eighteenth-Century Studies Vol. 28, No 3. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0120-0062200600010000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12. Parra, L. (2001). &#8220;Entre la belleza y el gusto&#8221;. En: Est&eacute;tica    y modernidad en la Cr&iacute;tica del juicio de Immanuel Kant, tesis doctoral    in&eacute;dita, Universidad Nacional: cap. 4.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0120-0062200600010000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13. Perelman, C. (1997). El imperio ret&oacute;rico. Traductor Adolfo Le&oacute;n    G&oacute;mez Giraldo. Bogot&aacute;: Norma.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-0062200600010000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>14. Sennett, R. (1992). The Fall of the Public Man. New York, London: Norton.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0120-0062200600010000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>15. Shelley, J. (1994) &#8220;Hume&#8217;s double Standard of Taste&#8221;.    En: The journal of Aesthetics and Art Criticism 52: 437-445.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-0062200600010000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>16. Shiner, R. (1996). &#8220;Hume and the causal theory of Taste&#8221;. En:    The journal of Aesthetics and Art Criticism 54: 237-248.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0120-0062200600010000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>17. Sverdlik, S. (1986). &#8220;Hume&#8217;s Key and Aesthetic Rationality&#8221;.    En: The journal of Aesthetics and Art Criticism 45: 69-76.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-0062200600010000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>18. Towsend, D. (1991) &#8220;Lockean Aesthetics&#8221;. En: The Journal of    Aesthetics and Art criticism 49: 349-361. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0120-0062200600010000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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