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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Granés S., José. (2005). Isaac Newton: Obra y Contexto; Una introducción. Universidad Nacional de Colombia, XVI, 298 p. Índice, bibliografía. Apéndice: La investigación científica según Boyle, 31 p. Cárdenas José Luis]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face=verdana>      <p><font size="4">     <center><b>     Gran&eacute;s S., Jos&eacute;. (2005). <i>Isaac Newton: Obra y Contexto</i>;      Una introducci&oacute;n. Universidad Nacional de Colombia, XVI, 298 p. &Iacute;ndice,      bibliograf&iacute;a. Ap&eacute;ndice: <i>La investigaci&oacute;n cient&iacute;fica      seg&uacute;n Boyle</i>, 31 p. C&aacute;rdenas      Jos&eacute; Luis</b></center> </font></p>              <p><font size="3">     <center><b>Granés, J.: ISAAC NEWTON. WORK AND CONTEXT </b> </center></font> </p>     <p><b>Tom&aacute;s Barrero</b></p>     <p>  Universidad Nacional de Colombia</p>      <p><a href="mailto:atomas@lycos.com">atomas@lycos.com</a></p> <hr>         <p>En el monumental fresco hist&oacute;rico del siglo XVII una de las figuras    centrales es la del cient&iacute;fico puritano y alquimista Sir Isaac Newton,    fundador de la f&iacute;sica moderna y presidente por largos a&ntilde;os de    la Royal Society inglesa. Personalidad parad&oacute;jica, reservada y profundamente    religiosa, el autor de los Philosophiae Naturalis Principia Mathem&aacute;tica    (obra s&oacute;lo comparable a los Elementos de Euclides en la Antig&uuml;edad,    o a la publicaci&oacute;n de los trabajos de Einstein sobre relatividad en el    siglo XX) constituye un enigma tan fascinante como su obra para el historiador    de la ciencia y el epistem&oacute;logo, como lo atestigua buena parte de la    producci&oacute;n acad&eacute;mica del profesor Gran&eacute;s. En &eacute;ste,    su m&aacute;s reciente libro, presenta una visi&oacute;n panor&aacute;mica de    las principales ideas y logros de Newton, y del contexto hist&oacute;rico y    las disputas cient&iacute;ficas que las motivaron. Completa el volumen una presentaci&oacute;n    del m&eacute;todo cient&iacute;fico de Boyle a cargo de Jos&eacute; Luis C&aacute;rdenas.    El objetivo del texto es servir como &#8220;introducci&oacute;n documentada    a temas sobresalientes&#8221; (XIV) y realizar una evaluaci&oacute;n epistemol&oacute;gica    de la obra de Newton a la luz de su importancia hist&oacute;rica. Se trata,    entonces, de un texto de divulgaci&oacute;n en el mejor sentido del t&eacute;rmino.        <br>   La primera parte, fundamentalmente hist&oacute;rica, introduce la obra de Galileo    como precursora de la de Newton, realiza una breve reconstrucci&oacute;n cultural    de Cambridge en sus a&ntilde;os estudiantiles, y resalta la importancia del    empirismo imperante en la cultura cient&iacute;fica inglesa de la &eacute;poca.    En un lenguaje sencillo y directo, el primer cap&iacute;tulo presenta la figura    y las ideas de Galileo, fundamentalmente su propuesta de matematizaci&oacute;n    de la ciencia natural basada en una concepci&oacute;n -de raigambre plat&oacute;nica-    de una naturaleza legible o representable en t&eacute;rminos de figuras geom&eacute;tricas.    Con este objetivo se presentan tres aspectos de la obra del astr&oacute;nomo    italiano: su defensa del sistema copernicano, su teor&iacute;a sobre la inercia    y el uso de la geometr&iacute;a para la teor&iacute;a sobre &#8220;la ca&iacute;da    de los graves&#8221;. Estos tres ejemplos le permiten al profesor Gran&eacute;s    llamar la atenci&oacute;n sobre algunos puntos de vista compartidos por la propuesta    de Newton, como por ejemplo el dise&ntilde;o matem&aacute;tico de un experimento    que pretenda validar una teor&iacute;a f&iacute;sica, el car&aacute;cter formal    y muchas veces emp&iacute;ricamente imperceptible de las leyes naturales, y    la representaci&oacute;n geom&eacute;trica de los problemas f&iacute;sicos.    El segundo cap&iacute;tulo describe el medio cient&iacute;fico y cultural de    la obra de Newton, compar&aacute;ndolo con el Renacimiento italiano (marco de    la obra galileana), y enfatizando el peso que la Reforma tuvo en las convicciones    puritanas, de origen calvinista, del cient&iacute;fico ingl&eacute;s. De particular    importancia resulta la breve biograf&iacute;a estudiantil, la descripci&oacute;n    de las presiones sociales y la falta de afecto que forjaron su car&aacute;cter    desconfiado y retra&iacute;do, su pasi&oacute;n por los temas religiosos y aun    m&iacute;sticos, en abierto contraste con la atm&oacute;sfera de practicidad    y creaci&oacute;n colectiva que gobernaba la Royal Society.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   El tercer cap&iacute;tulo se ocupa del empirismo cient&iacute;fico ingl&eacute;s,    de sus motivaciones filos&oacute;ficas y de su ideal de ciencia como reacci&oacute;n    a la especulaci&oacute;n &aacute;rida y libresca de los escol&aacute;sticos.    Orientado por estos objetivos, el profesor Gran&eacute;s presenta las contribuciones    fundamentales de Francis Bacon como ide&oacute;logo del nuevo tipo de ciencia    en la Inglaterra del siglo XVII, articulando cuatro elementos de su propuesta:    la idea de separar claramente el &aacute;mbito religioso de la revelaci&oacute;n    del propiamente cient&iacute;fico, a pesar de las propuestas sint&eacute;ticas    del aristotelismo tard&iacute;o; la idea de que el mundo tiene de suyo una estructura    legaliforme y ordenada que el hombre de ciencia debe descubrir superando las    barreras y prejuicios de su educaci&oacute;n; el m&eacute;todo radicalmente    emp&iacute;rico de la ciencia, donde la dudosa generalizaci&oacute;n no puede    reemplazar la observaci&oacute;n directa y la cuidadosa recolecci&oacute;n de    datos que permitan descubrir las causas inherentes de los cambios en los objetos;    y, por &uacute;ltimo, la concepci&oacute;n profundamente pr&aacute;ctica de    la ciencia que persigue una utilidad ostensible: el dominio t&eacute;cnico sobre    el mundo natural. Como parte de la producci&oacute;n de la &eacute;poca, el    autor nos presenta la Micrographia de Robert Hooke -corresponsal de Newton en    varias disputas cient&iacute;ficas-, resaltando el proyecto de una historia    natural como herencia de Bacon y la necesidad de la construcci&oacute;n de los    instrumentos adecuados para la observaci&oacute;n de animales, plantas y para    el estudio de los colores, es decir, de una superaci&oacute;n de la simple percepci&oacute;n    a favor de una verdadera observaci&oacute;n cient&iacute;fica. Completa el cap&iacute;tulo    una minuciosa reconstrucci&oacute;n de los experimentos de Robert Boyle sobre    neum&aacute;tica -uno de los cuales permiti&oacute; formular la famosa ley que    lleva su nombre- en la cual dos elementos parecen fundamentales: el anecd&oacute;tico    estilo literario de Boyle, y su refutaci&oacute;n de la antigua y arraigada    idea del horror vacui a trav&eacute;s de una m&aacute;s racional explicaci&oacute;n    del peso del aire en funci&oacute;n del volumen de l&iacute;quido desplazado.    <br>   La segunda parte, m&aacute;s extensa, aborda cuatro &aacute;reas del trabajo    cient&iacute;fico de Newton: la teor&iacute;a de los colores, la naturaleza    del tiempo y el espacio, la gravitaci&oacute;n y la alquimia. En el primer cap&iacute;tulo    el autor expone tres explicaciones mecanicistas para experimentos de refracci&oacute;n    con prisma -la de Descartes, la de Grimaldi y la de Hooke-, contrast&aacute;ndolas    metodol&oacute;gicamente con la de Newton. Cada una de ellas, a partir de suposiciones    diferentes sobre la luz (ya sea como un conjunto de &#8220;bolas&#8221;, como    un fluido muy sutil o como un pulso simple), llega a una conclusi&oacute;n an&aacute;loga:    el color surge como una modificaci&oacute;n de la luz en contacto con el prisma.    Lo que incomoda a Newton en todas estas teor&iacute;as es que no responden a    un modelo explicativo un&iacute;voco, pues se originan en la disposici&oacute;n    de un determinado experimento -de una cierta imagen o relato-, y por esa misma    raz&oacute;n parecen tan evidentes. Adem&aacute;s, son meramente cualitativas,    inconmensurables matem&aacute;ticamente. La propuesta de Newton parte de una    contradicci&oacute;n en la ley de refracci&oacute;n de Descartes -la forma oblonga    y no circular de los colores proyectados sobre la superficie blanca-, pretende    corregir cualquier margen de error proveniente del experimento, e idea una disposici&oacute;n    de la entrada de la luz y de su paso a trav&eacute;s de dos prismas con el &uacute;nico    objetivo de presentar de la manera m&aacute;s inapelable su propia teor&iacute;a.    Su experimento es producto de una cuidadosa reflexi&oacute;n, que dista mucho    del car&aacute;cter aleatorio de la comprobaci&oacute;n mecanicista; su conclusi&oacute;n    es clara, elegante y simple: los colores hacen parte de la luz blanca y se refractan    en el prisma, pero cada uno con un &iacute;ndice de refrangibilidad diferente,    lo que explica la forma del espectro en la pared; la forma en que se hila es    deductiva, rigurosa y geom&eacute;trica; la evidencia ha sido cuidadosamente    seleccionada y parece tener la certeza de una proposici&oacute;n apod&iacute;ctica.    El cap&iacute;tulo concluye con una reconstrucci&oacute;n de la teor&iacute;a    de Newton desde las estudiantiles Quaestiones quaedam Philosophicae, y del agrio    intercambio epistolar que, por su concepci&oacute;n del color, mantuvo con Hooke    y con un grupo de jesuitas.     <br>   El segundo cap&iacute;tulo aborda uno de los puntos m&aacute;s relevantes y    discutidos de la propuesta newtoniana: la concepci&oacute;n absoluta del tiempo    y el espacio. Usando a Galileo como referencia obligada, el autor aborda la    representaci&oacute;n matem&aacute;tica del tiempo y el espacio como continuos,    y se&ntilde;ala la pretensi&oacute;n de describir el movimiento planetario,    que lleva a Newton, inspirado en Galileo y Kepler, a concebir el espacio como    una realidad inm&oacute;vil que contiene todos los entes y el tiempo como un    permanente fluir denominado duraci&oacute;n. Ambos conceptos pueden ser abordados    con relaci&oacute;n al movimiento de los cuerpos y a la relaci&oacute;n entre    instantes respectivamente, pero esta ejemplificaci&oacute;n no puede ser considerada    una definici&oacute;n precisa. El tiempo usado por los astr&oacute;nomos, por    ejemplo, pretende m&aacute;s acercarse a una noci&oacute;n absoluta que a una    cotidiana y relativa de duraci&oacute;n, de igual forma sucede con el espacio;    sin embargo, muchas definiciones de Newton -como la del movimiento inercial-,    y no pocos de sus experimentos -como el de los cambios en la superficie de agua    en un balde que rota- s&oacute;lo adquieren sentido cuando suponemos tales conceptos    no s&oacute;lo como realidades, sino como principios l&oacute;gicos e instrumentos    a trav&eacute;s de los cuales Dios inunda todas las cosas con su presencia.    Necesidad ontol&oacute;gica, l&oacute;gica y cosmol&oacute;gico-teol&oacute;gica    se encuentran as&iacute; imbricadas en estas ideas de espacio y tiempo.     <br>   El profesor Gran&eacute;s rastrea los or&iacute;genes de la madura definici&oacute;n    de los Principia hasta la influencia de More y las propuestas seminales de algunos    escritos del propio Newton anteriores a la publicaci&oacute;n de su obra magna.    Cierra el cap&iacute;tulo una breve rese&ntilde;a de la propuesta relativista    de Leibniz y de su disputa con Clarke, de la cual es importante resaltar el    principio de raz&oacute;n suficiente que aqu&eacute;l usa para refutar la concepci&oacute;n    absolutista de &eacute;ste.     <br>   El tercer cap&iacute;tulo presenta la teor&iacute;a de la gravitaci&oacute;n    a la luz de los Principia. El autor parte de la comparaci&oacute;n entre las    diferentes im&aacute;genes del mundo, desde el geocentrismo aristot&eacute;lico    hasta la multiplicidad cartesiana de mundos, pasando por el heliocentrismo copernicano,    y reconstruye hist&oacute;ricamente la propuesta de Newton desde el De gravitatione,    los c&aacute;lculos sobre la gravedad de la luna y la correspondencia con Hooke    sobre la fuerza de atracci&oacute;n entre los planetas. Vale la pena resaltar    la necesidad de universalidad que Newton reclama para su propuesta, extendiendo    y corrigiendo la propuesta de Galileo para la Tierra a todos los planetas. El    profesor Gran&eacute;s presenta con claridad las tres leyes de Kepler para el    movimiento planetario, se&ntilde;alando la superaci&oacute;n del paradigma cient&iacute;fico    del c&iacute;rculo por el de las &oacute;rbitas el&iacute;pticas y las minuciosas    observaciones y sofisticados modelos geom&eacute;tricos que le dieron la soluci&oacute;n    al astr&oacute;nomo alem&aacute;n. A continuaci&oacute;n entra en escena la    obra fundamental de Newton y el recorrido que le permite proponer la ley de    gravitaci&oacute;n universal. Muestra la estructura deductiva de la obra, comenta    la definici&oacute;n de los tres tipos de fuerza -&iacute;nsita, impresa y centr&iacute;peta-    y los tres axiomas del movimiento, llamando la atenci&oacute;n sobre la profunda    cohesi&oacute;n matem&aacute;tica y la coherencia que gobiernan el tratado.    Su reflexi&oacute;n sobre el m&eacute;todo de Newton en el libro primero destaca    la preocupaci&oacute;n por la universalidad de la explicaci&oacute;n ideal,    que puede descender f&aacute;cilmente hasta el caso concreto y dar cuenta de    &eacute;l s&oacute;lo con algunas precisiones. Este orden se percibe en los    casos que le sirven a Newton para llegar a demostrar en su sistema las leyes    de Kepler: la fuerza centr&iacute;peta impresa en una part&iacute;cula, la atracci&oacute;n    mutua entre part&iacute;culas, la atracci&oacute;n mutua de varias part&iacute;culas    y, por &uacute;ltimo, las fuerzas de atracci&oacute;n entre los cuerpos esf&eacute;ricos.    Se&ntilde;ala tambi&eacute;n las &#8220;reglas para filosofar&#8221; del libro    tercero, caracterizadas por la econom&iacute;a de explicaci&oacute;n, la reducci&oacute;n    de las propiedades de un cuerpo a sus m&iacute;nimos componentes, y el car&aacute;cter    provisional de las leyes naturales, para presentar luego la ley de gravitaci&oacute;n    universal como una generalizaci&oacute;n gradual de la ley aplicada a la tierra,    la luna, los planetas y, por &uacute;ltimo, a cada cuerpo en el universo. Discute    a continuaci&oacute;n el Escolio General que cierra los Principia, en el contexto    de la imagen de mundo que se deduce de la obra: regido por la ley universal    de la gravitaci&oacute;n, ordenado en &oacute;rbitas el&iacute;pticas y aparentemente    regulares, pero sin justificaci&oacute;n f&iacute;sica o mec&aacute;nica de    la causa de tal ley. El origen divino que se le otorga y la necesidad demostrativa    de que exista para explicar todos los fen&oacute;menos, constituyen para muchos    lectores un motivo de extra&ntilde;eza, comenzando por los mecanicistas cartesianos    que, pese a reconocer la destreza matem&aacute;tica de Newton, criticaron esa    indebida intervenci&oacute;n divina, ese asomo de irracionalidad en el mundo    mec&aacute;nico dominado hasta entonces por el &eacute;ter.     <br>   El cuarto cap&iacute;tulo descubre la faceta oculta del sabio ingl&eacute;s:    su pasi&oacute;n por la alquimia. Intentando no eliminar de un tajo la importancia    de tal pr&aacute;ctica en la obra de Newton, pero sin exagerarla hasta el punto    de convertirlo en un ocultista, Gran&eacute;s emprende la descripci&oacute;n    del alquimista t&iacute;pico: su simbolismo cosmol&oacute;gico y sexuado, su    inter&eacute;s por la transmutaci&oacute;n e integraci&oacute;n en la Obra c&oacute;smica,    su vitalismo y animismo y, por supuesto, su car&aacute;cter resueltamente anticient&iacute;fico,    sin preocupaciones por la objetividad o la evidencia. En un segundo momento    describe el papel de Dios en la f&iacute;sica de Newton: un gran ser todopoderoso    que puede intervenir a voluntad en el mundo y modificar sus leyes, que debe    impulsar la materia presa de la fuerza de inercia y fermentar las sustancias    qu&iacute;micas, totalmente ajeno al relojero despreocupado de Leibniz, y en    abierta oposici&oacute;n al de&iacute;smo de Descartes: &#8220;Este &#91;Dios&#93; rige    todas las cosas, no como alma del mundo, sino como due&ntilde;o de los universos.    Y debido a esa dominaci&oacute;n suele llam&aacute;rsele se&ntilde;or Dios,    pantokrator o amo universal&#8221; (266). Dios voluntarista, arcano y de designios    insondables, al que debemos acercarnos no s&oacute;lo a trav&eacute;s de la    comprensi&oacute;n emp&iacute;rico-racional de su obra, sino de los secretos    caminos de la iniciaci&oacute;n m&iacute;stica. La alquimia de Newton, aunque    pretende reconocer la racionalidad que gobierna los procesos de transformaci&oacute;n    de la materia, la explicaci&oacute;n matem&aacute;tica de la fermentaci&oacute;n    en t&eacute;rminos de la forma de las part&iacute;culas involucradas, y la l&oacute;gica    de la corrupci&oacute;n, pierde su caparaz&oacute;n estrictamente cient&iacute;fica    cuando se acerca a los procesos vitales, donde la vegetaci&oacute;n es descrita    como producto de un &#8220;esp&iacute;ritu latente&#8221;. El vocabulario vitalista    termina reduciendo el elemento cient&iacute;fico de la explicaci&oacute;n a    la fuerza que re&uacute;ne las part&iacute;culas, es decir, a la fuerza de gravedad,    que no tiene una causa propiamente f&iacute;sica.    <br>   El Newton del profesor Gran&eacute;s, como lo se&ntilde;ala &eacute;l mismo    en el ep&iacute;logo, conserva la complejidad de las personalidades geniales:    sobrio cient&iacute;fico y sincero creyente, enemigo de las explicaciones hilem&oacute;rficas    en f&iacute;sica, pero vitalista convencido, personalidad retra&iacute;da y    poco amiga de la disputa directa, &#8220;el primero de los sabios y el &uacute;ltimo    de los brujos&#8221;, como lo describi&oacute; Keynes al descubrir sus manuscritos    sobre alquimia. Tal vez valdr&iacute;a la pena a&ntilde;adir una posible clave    en la comprensi&oacute;n de esta dualidad, tan presente en los fil&oacute;sofos    y cient&iacute;ficos de su siglo: como ya lo not&oacute; Deleuze, la expresi&oacute;n    fundamenta la preocupaci&oacute;n epistemol&oacute;gica y el lugar del hombre    en el mundo, expresi&oacute;n de la sustancia en sus infinitos atributos, expresi&oacute;n    de las propiedades esenciales de la m&oacute;nada en su movimiento, expresi&oacute;n    de Dios en su &#8220;sensorio&#8221; espacial y en el tiempo de su obra. Spinoza,    Leibniz y Newton, entonces, parecer&iacute;an recoger, cada uno a su manera,    la preocupaci&oacute;n por la forma en que la naturaleza se desarrolla a trav&eacute;s    de leyes expresivas que, en ninguno de los tres casos, son humanas.     <br>   El ap&eacute;ndice de Jorge Luis C&aacute;rdenas sobre el m&eacute;todo cient&iacute;fico    en Boyle aborda cuatro cuestiones fundamentales: la cr&iacute;tica radical al    aristotelismo y su cimentaci&oacute;n en principios auto-evidentes que permiten    deducir el resto de las proposiciones, as&iacute; como a la perspectiva cerrada    y sistem&aacute;tica, reemplaz&aacute;ndola por un sistema hipot&eacute;tico    m&aacute;s d&eacute;bil, pero m&aacute;s acorde con los experimentos e impresiones    particulares. En segundo lugar, la concepci&oacute;n limitada del conocimiento    humano, la posibilidad expl&iacute;cita de que encontremos problemas &#8220;incomprensibles,    inexplicables o intratables&#8221;, bien por falta de desarrollo cient&iacute;fico,    bien por falta de herramientas adecuadas, bien, en fin, por voluntad divina.    A esta modestia intelectual humana corresponde, en tercer lugar, una idea del    mundo como una automaton, creado y mantenido por Dios, pero que, en s&iacute;    mismo, encierra la respuesta a los interrogantes del cient&iacute;fico: ontolog&iacute;a    mec&aacute;nica sujeta al arbitrio divino, y al mismo tiempo legaliforme y claramente    perceptible, que exige un Dios demiurgo, artesano. Por su sabidur&iacute;a,    pero sobre todo por su poder, &Eacute;l est&aacute; en capacidad de modificar    en cualquier momento el mundo, como en Newton, y de crear fen&oacute;menos cuya    finalidad escapa a nuestra inteligencia. El cient&iacute;fico debe desconfiar    sistem&aacute;ticamente de los an&aacute;lisis que pospongan los fen&oacute;menos    a favor de la especulaci&oacute;n puramente l&oacute;gica; su labor consiste    en reconocer la naturaleza particular de los objetos, y la naturaleza general    de las leyes de origen divino que los gobiernan. Por &uacute;ltimo, el autor    reflexiona sobre los aspectos m&aacute;s importantes de la filosof&iacute;a    experimental desde el punto de vista metodol&oacute;gico: la necesidad de un    avance lento y seguro en la comprensi&oacute;n del mundo -que incluye siempre    un desarrollo tecnol&oacute;gico- sobre bases experimentales, y la desconfianza    en las matem&aacute;ticas como lenguaje adecuado para la ciencia natural.     <br>   Un libro bien escrito y muy bien documentado, al que, sin embargo, pueden hac&eacute;rsele    algunos reparos m&aacute;s de forma que de contenido: el sistema de referencias    bibliogr&aacute;ficas es redundante y pesado, pues el mismo t&iacute;tulo se    repite una y otra vez a lo largo de la obra. Un lunar m&aacute;s perceptible    son los m&uacute;ltiples errores de digitaci&oacute;n, presentes tambi&eacute;n    en el ap&eacute;ndice (por ejemplo, la repetida confusi&oacute;n entre c&oacute;mo    y como), que s&oacute;lo en dos casos producen incomodidad en el lector: en    la p&aacute;gina XV se lee Berkely por Berkeley y en el cuadro de la p&aacute;gina    164 se lee tenciona por tensiona o tensa.</p>    </font>      ]]></body>
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