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<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Susan Neiman: ([2002]2004)Evil in Modern Thought. An Alternative History of Philosophy. Princeton - Oxford: Oxford U. P.358 p.]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">      <p><font size="4">        <center><b>Susan Neiman: (&#91;2002&#93;2004)<i>Evil in Modern Thought. An Alternative      History of Philosophy</i>. Princeton - Oxford: Oxford U. P.358 p. </b></center></font></p>      <p><font size="3">    <center><b>Susan Neiman: EVIL IN MODERN THOUGHT</b></center></font> </p>      <p><b>Hern&aacute;n Dar&iacute;o Caro A.</b></p>     <p>Universidad Humboldt de Berl&iacute;n</p>     <p><a href="mailto:herrcaro@gmx.de">herrcaro@gmx.de</a></p>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>Las historias de la filosof&iacute;a convencionales nos han habituado a comprender    el pensamiento moderno como una sucesi&oacute;n de conflictos epistemol&oacute;gicos.    Seg&uacute;n ellas, el motor de la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica post-cartesiana    se ha de identificar ante todo con la preocupaci&oacute;n por la posibilidad    del conocimiento, por su car&aacute;cter, la solidez a la que puede pretender,    por la relaci&oacute;n de los contenidos de nuestros conocimientos con la configuraci&oacute;n    real de lo conocido, etc. Las voces preferidas por los historiadores convencionales    de la filosof&iacute;a moderna (pienso en Kuno Fischer, en Richard Rorty, en    Roger Scruton) han sido, as&iacute;, &#8220;realidad&#8221;, &#8220;apariencia&#8221;,    &#8220;ideas&#8221;, &#8220;mente&#8221;, &#8220;sujeto&#8221;, &#8220;objeto&#8221;,    &#8220;percepci&oacute;n&#8221;, &#8220;conocimiento&#8221;, etc.; igual estima    han recibido los sobrenombres &#8220;racionalista&#8221;, &#8220;empirista&#8221;,    &#8220;dogm&aacute;tico&#8221;, &#8220;esc&eacute;ptico&#8221;, etc.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   La presente obra descree de aquella visi&oacute;n ortodoxa. En ella, la fil&oacute;sofa    norteamericana Susan Neiman relata en cuatro amplios cap&iacute;tulos una historia    alternativa de la filosof&iacute;a, desde las postrimer&iacute;as del siglo    XVII hasta pasada la primera mitad del siglo XX. Este proyecto de un panorama    alterno se apoya sobre un postulado que se distingue radicalmente de las hip&oacute;tesis    que sustentan los recuentos tradicionales de la historia de la filosof&iacute;a,    a saber: &#8220;El problema del mal es el motivo que gu&iacute;a el pensamiento    moderno&#8221; (2).    <br>   &iquest;Qu&eacute; es el problema del mal? La formulaci&oacute;n &#8220;cl&aacute;sica&#8221;    del problema se halla en el cap&iacute;tulo XIII de Sobre la c&oacute;lera de    Dios de Lactancio, quien hace hablar as&iacute; a Epicuro:</p>     <p>O bien Dios quiere arrancar el mal de este mundo y no puede hacerlo, o bien    puede hacerlo y no quiere; o bien ni puede, ni quiere; o, finalmente, quiere    y puede. Si quiere y no puede, es impotente, algo contrario a la naturaleza    de Dios; si lo puede y no quiere, es maldad, cosa no menos contraria a su naturaleza;    si ni quiere ni puede, es a un tiempo maldad e impotencia; si lo quiere y puede    (la &uacute;nica de estas posibilidades acorde con Dios) &iquest;de d&oacute;nde    procede el mal en la tierra?</p>     <p>Esta enunciaci&oacute;n, al involucrar categor&iacute;as te&iacute;stas, podr&iacute;a    hacer pensar que la pregunta por el mal incumbe exclusivamente a la filosof&iacute;a    de la religi&oacute;n. Neiman piensa que esto no es as&iacute;. En la Introducci&oacute;n    al libro, donde se adelantan algunas aclaraciones conceptuales y metodol&oacute;gicas    sobre el proyecto que en &eacute;l se lleva a cabo, ella aboga por una comprensi&oacute;n    m&aacute;s general del problema del mal y deja en claro que, aunque la pregunta    por el mal puede ser expresada seg&uacute;n diferentes registros, la inquietud    subyacente es siempre la misma: la preocupaci&oacute;n humana, no limitada a    una esfera religiosa, por hallar sentido en el mundo que conocemos y padecemos.    Escribe:</p>     <p>El problema del mal puede ser expresado en t&eacute;rminos teol&oacute;gicos    o seculares, pero es fundamentalmente un problema sobre la inteligibilidad del    mundo como un todo. As&iacute;, no pertenece ni a la &eacute;tica ni a la metaf&iacute;sica,    sino forma un v&iacute;nculo entre las dos (8).</p>     <p>El problema del mal no es, pues, un problema religioso -o no solamente. Es    una pregunta por el sentido y la posible explicaci&oacute;n de los dolores y    los infortunios cotidianos, los desastres naturales y el mal moral. Una pregunta    que no presupone la creencia en una Providencia bondadosa, en un dise&ntilde;o    inteligente del mundo, etc., sino simplemente la capacidad org&aacute;nica de    sentir (es decir, de sufrir) y la necesidad humana de encontrar razones.     <br>   Respecto al m&eacute;todo de su proyecto, Neiman sostiene en la Introducci&oacute;n    que desea menos ocuparse de modo especulativo del problema del mal, que documentar    y analizar la forma en que la filosof&iacute;a ha comprendido aquel problema    desde comienzos de la Ilustraci&oacute;n. No se trata, pues, seg&uacute;n Neiman,    de un intento por inquirir sobre lo que el mal pueda ser en s&iacute; mismo,    y menos a&uacute;n por establecer una distinci&oacute;n regulativa entre acciones    malvadas/inmorales y acciones buenas/morales, sino m&aacute;s bien de reconstruir    la historia del pensamiento moderno sobre la base heterodoxa de las respuestas    ofrecidas por algunas figuras centrales (y otras no tan centrales) de la tradici&oacute;n    filos&oacute;fica moderna a las preguntas por el sentido de las miserias del    mundo. Esta limitaci&oacute;n metodol&oacute;gica al campo de la historia de    la filosof&iacute;a no implica, sin embargo, una limitaci&oacute;n de las pretensiones    de Neiman respecto a la importancia de su propuesta de una historia alternativa.    As&iacute;, en ciertos momentos parecer&iacute;a que la autora se propone ofrecer    no s&oacute;lo una posible versi&oacute;n del desarrollo del pensamiento moderno,    sino que quiere m&aacute;s bien presentar la mejor versi&oacute;n posible de    ese relato: afirma que el problema del mal, en tanto principio ordenador para    entender la historia de la filosof&iacute;a, es mejor que principios diferentes    (mejor que el principio epistemol&oacute;gico tradicional), dado que compromete    inquietudes y angustias humanas m&aacute;s apremiantes, permite comprender una    mayor cantidad de textos, es m&aacute;s fiel a las intenciones de los autores    y es, adem&aacute;s, m&aacute;s interesante (6ss). Con lo que se entiende, al    final de la introducci&oacute;n, que aquello de &#8220;alternativo&#8221; no    expresa precisamente un &aacute;nimo pluralista, sino el inter&eacute;s -m&aacute;s    ambicioso, m&aacute;s atrevido, m&aacute;s arriesgado- de proponer un giro en    la forma en que hasta hoy se ha apreciado la historia de la filosof&iacute;a    moderna.    <br>   El primer cap&iacute;tulo (Fire from Heaven) examina los intentos de seis pensadores    modernos por vindicar el mal y el sufrimiento: Leibniz, Pope, Rousseau, Kant,    Hegel y Marx. Las diferentes propuestas que en esta parte se reconstruyen no    parten de la misma noci&oacute;n de &#8220;mal&#8221;, ni emplean los mismos    argumentos para elaborar una teodicea<sup><a href="#1">1</a></sup>. Como reconoce    Neiman, el grupo examinado en este cap&iacute;tulo es heterog&eacute;neo, y    es probable que cada uno de los pensadores que lo conforman no se hubiera sentido    a gusto en compa&ntilde;&iacute;a del resto. Incluso, hasta cierto punto, no    es del todo claro que alguno de ellos (Kant) articule de hecho una teodicea    (al menos no en el mismo sentido en que lo hacen los otros). Neiman piensa,    sin embargo, que todos estos autores s&iacute; est&aacute;n emparentados, y    no s&oacute;lo en virtud de un supuesto inter&eacute;s por resolver el problema    del mal, sino ante todo porque sus respuestas tienen -al menos seg&uacute;n    la reconstrucci&oacute;n que se ofrece en el libro- una estructura argumentativa    com&uacute;n: en todas se apela a un orden de cosas distinto al aparente/emp&iacute;rico,    en el que las desdichas est&aacute;n llenas de sentido -o podr&iacute;an llegar    a estarlo- o son incluso necesarias. (Este otro orden real/racional ha sido,    dependiendo del abogado defensor de turno, el universo considerado como un todo,    el orden de la acci&oacute;n libre humana, la faceta noum&eacute;nica del mundo,    el devenir hist&oacute;rico, etc.) La estrategia de las doctrinas aqu&iacute;    exploradas para solucionar el problema del mal consiste, entonces, en sostener    que las cosas no son lo que parecen, que hay otro aspecto del mundo en el cual    lo terrible, lo doloroso, lo absurdo, tiene al fin de cuentas, y aunque cueste    mucho creerlo, una raz&oacute;n de ser (cf. 11, 41, 202).    <br>   En el cap&iacute;tulo 2 (Condemning the Architect) se inspecciona la otra cara    de la moneda: aquellos pensadores modernos que descreen de cualquier posible    vindicaci&oacute;n racional de nuestras desgracias, que se niegan a buscar un    significado trascendente de nuestras miserables experiencias, que no desmienten    los hechos ni intentan ofrecer consuelo, que piensan, en pocas palabras, a diferencia    de los rese&ntilde;ados en el primer cap&iacute;tulo, que las cosas &#8220;son    como son&#8221; (114-5). Los nombres centrales de esta parte son: Bayle, Voltaire,    Hume, Sade, Schopenhauer. Todos ellos reniegan de una soluci&oacute;n al problema    del mal que apele a una perspectiva de la realidad desde la cual el mundo resulta    no ser un desastre -estrictamente hablando, estos fil&oacute;sofos no creen    que sea posible salir de la paradoja que subyace al problema del mal en t&eacute;rminos    que puedan satisfacer a los dogmas cristianos o a una actitud racionalista (como    la de la mayor&iacute;a de los pensadores del cap&iacute;tulo anterior). Y as&iacute;,    sus &#8220;respuestas&#8221; al problema se convierten m&aacute;s bien en vigorosos    ataques a las &iacute;nfulas de desentra&ntilde;ar por v&iacute;as racionales    el mundo, a la ficci&oacute;n de un creador bondadoso, a la idea de la perfecci&oacute;n    general del Universo, etc.     <br>   En la medida en que los protagonistas de este cap&iacute;tulo se resisten a    una explicaci&oacute;n trascendente del mal, y consideran las apariencias como    instancia &uacute;ltima explicativa, Neiman admite que, de querer buscar un    calificativo que los designara como grupo, ellos podr&iacute;an ser llamados    &#8220;empiristas&#8221; (los examinados en el cap&iacute;tulo anterior ser&iacute;an    los &#8220;racionalistas&#8221;). Pero ya que esta categorizaci&oacute;n en    t&eacute;rminos epistemol&oacute;gicos es justo la que se pone en tela de juicio    en esta obra, la autora rechaza una taxonom&iacute;a de este tipo (cf. 114s).    Es interesante, en todo caso, observar que el criterio de clasificaci&oacute;n    seguido en los dos primeros cap&iacute;tulos -basado en la concepci&oacute;n    de &#8220;realidad&#8221; de cada uno de los fil&oacute;sofos examinados&#8211;    sea un criterio que tambi&eacute;n es central en las historias de la filosof&iacute;a    convencionales, que parten de un principio epistemol&oacute;gico.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   El tercer cap&iacute;tulo (Ends of an Illusion) se ocupa de dos figuras cardinales    del pensamiento de los siglos XIX y XX, cuyo escrutinio del problema del mal    evade cualquier posibilidad de clasificaci&oacute;n seg&uacute;n el criterio    aplicado en los cap&iacute;tulos anteriores: Nietzsche y Freud. Ninguno de los    dos se propone, seg&uacute;n la versi&oacute;n de Neiman, una elucidaci&oacute;n    de la existencia del mal en el mundo; pero tampoco afirman que el universo sea    una cat&aacute;strofe y punto. Su discurso es de hecho menos sobre el mundo    que sobre el hombre, y menos metaf&iacute;sico que psicol&oacute;gico, o mejor,    geneal&oacute;gico. &#8220;Geneal&oacute;gico&#8221; en la medida en que, tanto    Nietzsche como Fre&iacute;d, quieren hallar las ra&iacute;ces de la pregunta    por el sentido del mal, y no tanto resolver esa pregunta (al menos no antes    de determinar su origen); &#8220;sobre el hombre&#8221; porque es precisamente    all&iacute;, en el hombre, donde encuentran aquellas ra&iacute;ces: bien en    el impulso de medir el mundo seg&uacute;n un enga&ntilde;oso ideal de bondad    y perfecci&oacute;n, bien en temores y fantas&iacute;as de la infancia, que    explican que veamos la vida como una faena ingrata y exijamos de ella m&aacute;s    de lo que nos puede dar (preguntando, por ejemplo, por la raz&oacute;n de ser    de nuestros males). Nietzsche y Freud convierten as&iacute; el problema del    mal en un problema acerca de nosotros mismos, inaugurando una forma de encarar    la pregunta por el sufrimiento que se aleja de las estrategias filos&oacute;ficas    aplicadas hasta entonces.    <br>   El cap&iacute;tulo final (Homeless) es acaso el m&aacute;s estimulante, aunque    tambi&eacute;n el m&aacute;s inquietante de todo el libro. Neiman emprende aqu&iacute;    varias tareas. Contin&uacute;a con el siglo XX su recuento alternativo examinando    las opiniones de Camus, Hannah Arendt, Horkheimer, Adorno y Rawls entorno al    problema del mal. Pero esta continuaci&oacute;n s&oacute;lo aparece despu&eacute;s    de un dilatado par&eacute;ntesis, donde parecer&iacute;a que Neiman trasciende    los l&iacute;mites metodol&oacute;gicos que hab&iacute;a impuesto a su proyecto,    y se interna en una discusi&oacute;n que merecer&iacute;a ya un libro completo:    el cuarto cap&iacute;tulo abre con una presentaci&oacute;n de ciertos &#8220;casos&#8221;    hist&oacute;ricos donde la idea del mal jug&oacute;/juega un papel determinante,    y a trav&eacute;s de los cuales cambi&oacute; o est&aacute; cambiando nuestra    concepci&oacute;n del mal. Se trata del terremoto de Lisboa de 1755, del conjunto    de cr&iacute;menes contra la humanidad ocurridos en el siglo pasado y cuyo s&iacute;mbolo    es la palabra &#8220;Auschwitz&#8221;, y de la nueva amenaza global terrorista-fundamentalista,    que empez&oacute; a hacerse evidente a partir del 11 de septiembre de 2001.        <br>   A lo largo del examen de estos &#8220;casos&#8221; hist&oacute;ricos se tiene    la impresi&oacute;n de que Neiman de repente deja de hacer una historia intelectual,    y emprende una reflexi&oacute;n filos&oacute;fica sobre la historia moderna    misma y sobre el papel que el concepto del mal ha jugado en ella. Neiman parece    querer presentar el germen de una propuesta para periodizar la historia moderna,    donde el criterio principal es la manera en que se ha enfrentado la pregunta    por el sentido del mal a ra&iacute;z de los acontecimientos hist&oacute;ricos    antes nombrados. Seg&uacute;n esta propuesta, el talante racionalista que muchos    contempor&aacute;neos adoptaron para explicar el terremoto de Lisboa llev&oacute;    a la decadencia de la Teodicea tradicional (leibniziana), la cual interpretaba    los males naturales como siendo consecuencia de los males morales<sup><a href="#2">2</a></sup>.    Pero aquel talante ser&iacute;a tambi&eacute;n la manifestaci&oacute;n de una    nueva actitud racionalista-cient&iacute;fica frente a los misterios de la naturaleza    y del hombre, y de aquella confianza en los poderes de la raz&oacute;n humana    que es caracter&iacute;stica del mundo moderno. Lisboa, as&iacute;, para Neiman,    marcar&iacute;a el inicio de la Modernidad misma. Por otra parte, la imposibilidad    de hacer frente racionalmente a las atrocidades de Auschwitz representar&iacute;a    no s&oacute;lo el fin de toda posible teodicea -de toda posible respuesta sistem&aacute;tica    a la pregunta por el mal-, sino tambi&eacute;n, de manera m&aacute;s devastadora,    la p&eacute;rdida radical de la confianza en la raz&oacute;n humana y en su    capacidad para comprender y explicar el mundo y a nosotros mismos: representar&iacute;a,    en opini&oacute;n de Neiman, el fracaso y el fin de la Modernidad<sup><a href="#3">3</a></sup>.    (Las respuestas al problema del mal de los pensadores examinados en este cap&iacute;tulo    se inscribir&iacute;an en este marco hist&oacute;rico-filos&oacute;fico, donde    toda posible forma de teodicea se ha vuelto insostenible.) Por &uacute;ltimo,    aunque en apariencia admite que la pregunta acerca de qu&eacute; modo el terrorismo    cambiar&aacute; nuestra visi&oacute;n del mal y de la historia s&oacute;lo se    podr&aacute; responder en el futuro, Neiman sostiene -en p&aacute;ginas que    producen la sensaci&oacute;n de haber sido escritas con algo de premura- que    la amenaza terrorista no representa una nueva forma del mal (como s&iacute;    lo hicieron Lisboa y Auschwitz), sino&#8230; Este apartado sobre el problema    del terrorismo es de hecho confuso, en cuanto no es claro si pretende dilucidar    el problema en el mismo contexto en que se examinan los casos de Lisboa y Auschwitz,    o quiere m&aacute;s bien hacer, en el variopinto cap&iacute;tulo cuarto, otra    &#8220;reflexi&oacute;n filos&oacute;fica pertinente&#8221; sobre un problema    actual relacionado de modo directo con el tema del mal. As&iacute; mismo, como    se indicar&aacute; m&aacute;s adelante, el discurso de Neiman sobre las &#8220;formas&#8221;    del mal, que parece ser un discurso que traspasa los l&iacute;mites de la simple    historia de la filosof&iacute;a, no est&aacute; exento de problemas, y constituye    uno de los puntos d&eacute;biles de la arquitectura del libro.    <br>   Este cuarto cap&iacute;tulo termina con una reflexi&oacute;n filos&oacute;fica    de tono intensamente kantiano sobre los or&iacute;genes de la pregunta por el    mal. Neiman sostiene que el problema del mal es el resultado inevitable de nuestra    configuraci&oacute;n mental: la consecuencia necesaria de la permanente aplicaci&oacute;n    del principio de raz&oacute;n suficiente, que, como Kant bien sab&iacute;a y    no cesaba de repetir, determina nuestra actividad mental y define nuestra racionalidad.    Neiman rechaza aqu&iacute; toda explicaci&oacute;n de corte religioso, que afirme    que el impulso hacia la teodicea surge de la necesidad de afirmar la existencia    de un creador, que confiere sentido a nuestras vidas, etc., as&iacute; como    una explicaci&oacute;n freudiana (que a su vez pretende dar raz&oacute;n de    la necesidad de la idea de una Providencia), seg&uacute;n la cual el deseo de    explicar el mal deviene de angustias de la ni&ntilde;ez, de la b&uacute;squeda    de protecci&oacute;n frente a dolores y temores infantiles, etc. La opci&oacute;n    de Neiman es decididamente racionalista (ya se ha dicho: kantiana), y consiste    en retrotraer la pregunta por el sentido de las miserias del mundo al principio    b&aacute;sico de la racionalidad humana: a nuestra constante necesidad de buscar    explicaciones.</p>     <p>* * *</p>     <p>El proyecto llevado a cabo en esta obra es bastante ambicioso. Lo que da raz&oacute;n    de su valor, pero tambi&eacute;n da pie a algunas incomodidades respecto a los    logros finales del libro, pues, a decir verdad, no es evidente que la autora    cumpla todas las metas que se impone (o que pretende de antemano haber cumplido).    M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n de cu&aacute;n adecuada sea la    interpretaci&oacute;n de los textos y las doctrinas que Neiman selecciona -cuesti&oacute;n    que en esta rese&ntilde;a no se examina-, Evil in Modern Thought presenta al    menos tres problemas metodol&oacute;gicos centrales.    <br>   En primer lugar, como se dijo al inicio, el postulado que sustenta el repaso    de la historia de la filosof&iacute;a presentado en el libro se aleja radicalmente    del modo habitual de entender y exponer el desarrollo intelectual europeo desde    finales del siglo XVII. Lo cual no es de modo alguno problem&aacute;tico, si    se tiene en cuenta que Neiman admite que su versi&oacute;n de la historia de    la filosof&iacute;a es simplemente una versi&oacute;n alternativa. El inconveniente,    sin embargo, surge cuando Neiman insin&uacute;a (en algunos momentos de manera    rotunda) que esa ex&eacute;gesis alterna es de hecho mejor que versiones convencionales    de la historia del pensamiento moderno. Lo cual no es del todo cierto; y este    es el primer problema central del libro. Puede ser verdad que el recuento de    Neiman involucre ansiedades humanas m&aacute;s reales, m&aacute;s urgentes,    m&aacute;s cotidianas, que las historias de la filosof&iacute;a que giran en    torno a discusiones epistemol&oacute;gicas. Tambi&eacute;n, quiz&aacute;, se    trate de una narraci&oacute;n m&aacute;s cautivadora desde un punto de vista,    digamos, literario. Pero es claro que estos argumentos dependen en gran medida    de las obsesiones particulares del lector, y no son un criterio para determinar    la superioridad de un recuento hist&oacute;rico sobre otros. Criterios m&aacute;s    s&oacute;lidos, como la cantidad de textos y autores que la narraci&oacute;n    abarca, o la capacidad de hacer evidentes v&iacute;nculos entre ellos, etc.,    parecen dejar a Neiman, de hecho, en una posici&oacute;n desfavorable frente    a otros historiadores convencionales de la filosof&iacute;a. Neiman, ciertamente,    da raz&oacute;n de parte del canon tradicional de grandes pensadores occidentales    modernos, pero &iquest;y los pensadores (o los textos) que no encajan tan bien    en la versi&oacute;n alternativa? Si el problema del mal es el motivo que gu&iacute;a    el pensamiento desde comienzos de la Modernidad &iquest;qu&eacute; pasa entonces    con Descartes y Wittgenstein y Locke y Heidegger y Spinoza y Quine? La historia    de la filosof&iacute;a de Neiman no da raz&oacute;n de ellos; y deber&iacute;a    darla (si pretende sentar un nuevo criterio para el historiador de las ideas),    o ejercer un tanto de modestia, y reconocerse como lo que es: una (otra) apasionante    y sugestiva historia heterodoxa de la filosof&iacute;a.    <br>   En segundo lugar, se dijo que el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo es el m&aacute;s    estimulante y al mismo tiempo el m&aacute;s inquietante de todos. Esta afirmaci&oacute;n    se refiere a la propuesta hist&oacute;rica que Neiman elabora al inicio del    cap&iacute;tulo. Es sin duda una propuesta estimulante, en la medida en que    se interpreta el desarrollo hist&oacute;rico moderno desde una perspectiva original,    tanto para el fil&oacute;sofo como para el historiador. Y sin embargo, inquieta    (o irrita) el hecho de que tal propuesta aparezca al interior de una historia    de la filosof&iacute;a con un marco metodol&oacute;gico en apariencia estricto,    flirteando con una discusi&oacute;n filos&oacute;fica sobre el concepto del    mal que Neiman sugiere, pero en la que no profundiza, cuyos objetivos y l&iacute;mites    no est&aacute;n claramente demarcados (ya antes se habl&oacute; de lo ambiguo    del apartado dedicado al terrorismo), y en la que se usan algunas nociones de    modo a-cr&iacute;tico. Este es el caso del concepto de &#8220;forma del mal&#8221;    (form of evil). Como se indic&oacute; antes, la autora sostiene que Lisboa y    Auschwitz fueron formas distintas del mal (mientras que el terrorismo no lo    es), a partir de lo cual construye su propuesta hist&oacute;rica sobre el comienzo    y el fin de lo moderno. Pero Neiman no parece (querer) ofrecer una explicaci&oacute;n    de lo que entiende exactamente por &#8220;forma del mal&#8221; y, adem&aacute;s,    descarta sin m&aacute;s cualquier reflexi&oacute;n filos&oacute;fica acerca    de una posible &#8220;esencia&#8221; del mal &#8211;acerca de aquello de lo    que Lisboa y Auschwitz son &#8220;formas&#8221; (cf. 8ss, 286). Lo cual es sucumbir    a la tentaci&oacute;n de hacer filosof&iacute;a, pero sin comprometerse a hacerla    de veras, y queriendo arriesgar en ello lo menos posible.    <br>   La tercera inquietud se refiere a las p&aacute;ginas finales del libro, donde    Neiman (continuando con el &aacute;nimo ambivalente referido en el p&aacute;rrafo    anterior) intenta determinar el origen del problema del mal. Como se dijo m&aacute;s    arriba, la autora sit&uacute;a ese origen en el principio de raz&oacute;n suficiente.    Su soluci&oacute;n de corte kantiano es ciertamente plausible, en la medida    en que es obvia (&#8220;la necesidad humana de buscar una raz&oacute;n del mal    surge de la necesidad humana de buscar razones&#8221;), pero no por ello deja    de ser dogm&aacute;tica y, como toda soluci&oacute;n de este tipo, limitada.    Sorprende que rechace soluciones menos &#8220;racionalistas&#8221; (religiosas)    o simplemente psicol&oacute;gicas a la cuesti&oacute;n del origen de la pregunta    por el mal, que sin duda, m&aacute;s que extraviar o contaminar, podr&iacute;an    enriquecer un an&aacute;lisis como el que se plantea en la &uacute;ltima secci&oacute;n.    <br>   He indicado unos pocos problemas del proyecto de Neiman. A pesar de estos desaciertos    (y de otros que pueda contener), Evil in Modern Thought es una obra relevante.    Al car&aacute;cter desafiante de su tesis central, se suman los m&eacute;ritos    de una escritura amena e inteligente, heredera de la mejor tradici&oacute;n    anglosajona. Se trata de un libro agudo y provocador, asequible para no-especialistas,    sin por ello dejar de ser acad&eacute;mico, que propone una nueva forma de ver    la historia del pensamiento moderno, y viene a recordar en buen momento que    las ansiedades y los problemas fundamentales del ser humano son la historia    de la filosof&iacute;a, y que siempre vale la pena echar otro vistazo (sea &eacute;ste    concluyente o no) para descubrir esa historia y esos problemas de nuevo.</p> <hr size="2">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="1">1</a>. Si bien el t&eacute;rmino, acu&ntilde;ado por Leibniz en    1710, significa originalmente &#8220;defensa de Dios&#8221; (frente a los cargos    de impiedad surgidos de la experiencia de la desdicha humana, expuestos ante    todo por Pierre Bayle en su Diccionario hist&oacute;rico-cr&iacute;tico en 1697),    Neiman (y en general la literatura contempor&aacute;nea) lo usa para referirse    a cualquier tentativa sistem&aacute;tica de solucionar el problema del mal.</p>     <p><a name="2">2</a>. Los paradigmas de esta respuesta racionalista al desastre    de Lisboa son, seg&uacute;n Neiman, las reflexiones de Kant en torno al terremoto    (tres textos publicados en 1756 y el cl&aacute;sico &#8220;Sobre el fracaso    de todo ensayo filos&oacute;fico en la teodicea&#8221;, de 1791), y la actitud    pragm&aacute;tica del Marqu&eacute;s de Pombal, el Primer Ministro de Portugal,    frente a la cat&aacute;strofe.</p>      <p><a name="3">3</a>. Seg&uacute;n Neiman, la frase de Adorno de que escribir    poes&iacute;a despu&eacute;s de Auschwitz ser&iacute;a un acto de barbarismo,    y la escena de la novela de Primo Levi Si esto es un hombre, en la que se declara    que &#8220;aqu&iacute; &#91;en Auschwitz&#93; no hay por qu&eacute;&#8221;, ser&iacute;an,    entre otras muchas citas famosas, expresi&oacute;n del fracaso de la raz&oacute;n    motivado por los cr&iacute;menes del siglo XX.</p>    </font>       ]]></body>
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