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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL HECHIZO DE PITÁGORAS, EL DISCRETO ENCANTO DE LA GEOMETRÍA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The paper points out the fascination exerted by Mathematics on some thinkers, ancient and modern, and it poses a possible explanation based on the usefulness of Mathematics, the certainty of its statements, and the elegance of its procedures.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face=verdana>      <p> <font size="4">     <center> <b> EL HECHIZO DE PIT&Aacute;GORAS, EL DISCRETO ENCANTO DE LA GEOMETR&iacute;A </b> </center> </font> </p>       <p>&nbsp;</p>      <p> <font size="3">     <center> <b>PITAGORAS SPELL </b> </center> </font> </p>       <p>&nbsp;</p>      <p> <b>Alonso Takahashi </b> </p>      <p>Universidad Nacional de Colombia, E-mail: <a href="mailto:alonso.takahashi@gmail.com">alonso.takahashi@gmail.com </a></p>       <p>&nbsp;</p>  <hr size="1">      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <b> Resumen: </b> El art&iacute;culo se&ntilde;ala la fascinaci&oacute;n ejercida por la Matem&aacute;tica sobre algunos pensadores, antiguos y modernos, y sugiere una posible explicaci&oacute;n basada en la utilidad de la Matem&aacute;tica, la certeza de sus afirmaciones y la elegancia de sus procedimientos.</p>       <p> <b> Palabras clave: </b> Pit&aacute;goras, Plat&oacute;n, Matem&aacute;tica, Lo Bueno, lo Cierto y lo Bello. </p>       <p> <b> Abstract: </b> The paper points out the fascination exerted by Mathematics on some thinkers, ancient and modern, and it poses a possible explanation based on the usefulness of Mathematics, the certainty of its statements, and the elegance of its procedures. </p>      <p> <b> Keywords: </b> Pythagoras, Plato, Mathematics, The Good, the True, and the Beautiful. </p>  <hr size="1">      <p>&nbsp;</p>      <p> En 1629 Thomas Hobbes tuvo una revelaci&oacute;n. Ese a&ntilde;o el fil&oacute;sofo y pensador pol&iacute;tico ingl&eacute;s estaba de visita en Par&iacute;s y un cronista, amigo suyo, registr&oacute; el episodio para la posteridad: </p>      <p> Alcanz&oacute; los 40 a&ntilde;os sin haber prestado atenci&oacute;n a la geometr&iacute;a y, cuando por fin lo hizo, fue por casualidad. Estando en la biblioteca de un caballero, vio, sobre una mesa, <i> Los Elementos </i> de Euclides, abierto en la Proposici&oacute;n 47 del libro I. Ley&oacute; el enunciado y exclam&oacute; &quot;¡V&aacute;lgame Dios!, esto es imposible.&quot; As&iacute; que ley&oacute; la demostraci&oacute;n, la cual lo remit&iacute;a a otra proposici&oacute;n, la cual tambi&eacute;n ley&oacute;. <i>Et sic deinceps </i> hasta quedar convencido, por v&iacute;a demostrativa, de esa verdad. Fue as&iacute; como se enamor&oacute; de la geometr&iacute;a (Bronowski, J. 1968, Aubrey, J. 1957: 69). </p>      <p> Este suceso cambi&oacute; el rumbo de su vida intelectual llev&aacute;ndolo a consagrarse a la filosof&iacute;a y a las ciencias. Como no hay adepto m&aacute;s fan&aacute;tico que el converso, su entusiasmo lo llev&oacute; a poner las matem&aacute;ticas como requisito para todo estudio superior. &quot;No entiende teolog&iacute;a quien no entiende filosof&iacute;a&quot; y &quot;no entiende filosof&iacute;a quien no sabe matem&aacute;ticas&quot;, dec&iacute;a; afirmaciones que los mismos matem&aacute;ticos consideraban salidas de tono. En todo caso, y aunque no fue un matem&aacute;tico profesional, ayud&oacute; a consolidar la contribuci&oacute;n de la matem&aacute;tica a la revoluci&oacute;n cient&iacute;fica que estaba comenzando.</p>      <p>En el ensayo titulado &quot;El h&aacute;bito de la verdad&quot;, Jacob Bronowski se refiere a la conversi&oacute;n de Hobbes como &quot;uno de los grandes momentos de la ciencia moderna&quot;. El relato supone que todos saben cu&aacute;l es la Proposici&oacute;n 47 del Libro I de <i>los Elementos</i>, &quot;quien lo ignore&quot; –dice– &quot;perder&aacute; la fuerza explosiva que de este relato dimana&quot; (Bronowski, J. 1968: 69). La Proposici&oacute;n 47 es el Teorema de Pit&aacute;goras, un enunciado que, adem&aacute;s de cierto, es &uacute;til y elegante, y tambi&eacute;n extra&ntilde;o. No es algo que ha pasado desapercibido y que despu&eacute;s se torna evidente; tampoco es algo que uno pueda llegar a sospechar examinando tri&aacute;ngulos. Es, por el contrario, algo que no podemos creer a menos que nos lo demuestren. Y aunque las demostraciones se cuentan por centenares, y varias deslumbran por su nitidez y contundencia, nadie ha explicado de manera convincente c&oacute;mo pudo alguien llegar a sospechar que en cualquier tri&aacute;ngulo rect&aacute;ngulo el cuadrado del lado mayor es  igual a la suma de los cuadrados de los otros dos. Richard J. Trudeau, en su libro <i>The Noneuclidean Revolution</i>, lo dice con palabras dif&iacute;ciles de mejorar: </p>      <p>Para m&iacute;, el Teorema de Pit&aacute;goras es muy sorprendente. Aunque en este mundo moldeado por el hombre abundan los &aacute;ngulos rectos, yo los percibo m&aacute;s bien como fen&oacute;menos naturales afines al trueno o a la Osa Mayor. De pie en un prado, formo un &aacute;ngulo recto con el suelo. Si estoy mirando al Este, debo girar en &aacute;ngulo recto para quedar mirando al Sur. Una fruta que cae del &aacute;rbol sigue una trayectoria en &aacute;ngulo recto con respecto al horizonte. Pero, por otra parte, &quot; c<sup>2</sup> = a<sup>2</sup> = b<sup>2</sup> &quot; no evoca ninguna clase de vivencia. Los n&uacute;meros no son parte de la naturaleza; y si lo fueran, es improbable que me tope con tres de ellos que est&eacute;n as&iacute; relacionados. Debido a que la ecuaci&oacute;n es abstracta y precisa, es extra&ntilde;a. No puedo imaginar que una cosa como esa tenga algo que ver con los &aacute;ngulos rectos cotidianos. Por eso, cuando el velo de familiaridad se levanta, como a veces ocurre, veo el Teorema de Pit&aacute;goras en su forma pr&iacute;stina, y quedo mudo de asombro (Trudeau, R. J. 1987: 97).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Sin embargo, por asombrosa que sea la relaci&oacute;n pitag&oacute;rica, no parece suficiente para explicar el efecto instant&aacute;neo y desmesurado que tuvo sobre Hobbes. Presentimos algo m&aacute;s. Decir que se enamor&oacute; de la matem&aacute;tica no es suficiente. Quisi&eacute;ramos saber cu&aacute;l es su encanto y tambi&eacute;n quisi&eacute;ramos saber c&oacute;mo empez&oacute; todo. Para captar el sentido y el alcance de estas dos preguntas es bueno saber que no estamos ante un episodio aislado, por pintoresco y c&eacute;lebre que sea. Esa no fue la primera vez, ni ser&iacute;a la &uacute;ltima, en que una mente curiosa e inquisitiva fuera seducida por la matem&aacute;tica. Bertrand Russell, el fil&oacute;sofo m&aacute;s conocido del siglo XX, cuenta en su autobiograf&iacute;a: &quot;A los once a&ntilde;os empec&eacute; a estudiar a Euclides con mi hermano como tutor.&quot; &quot;Fue &eacute;ste uno de los acontecimientos m&aacute;s grandes de mi vida, tan deslumbrante como el primer amor. No hab&iacute;a imaginado que existiese algo tan placentero en el mundo.&quot; Desde ese momento y hasta los 38 a&ntilde;os, &quot;las matem&aacute;ticas fueron mi inter&eacute;s primordial y mi mayor fuente de felicidad&quot; (Russell, B. 1975: 30). M&aacute;s tarde, en su libro <i>Misticismo y L&oacute;gica</i>, exalta las matem&aacute;ticas como una fortaleza frente al escepticismo: &quot;su edificio de verdades&quot; –dice– &quot;se yergue inconmovible e inexpugnable ante todas las armas del cinismo dubitativo&quot; (Russell, B. 1961: 80). Albert Einstein y Werner Heisenberg, cuyos nombres est&aacute;n ligados a las dos teor&iacute;as que, al expulsar los absolutos y admitir la incertidumbre, transformaron la concepci&oacute;n del mundo f&iacute;sico despu&eacute;s de Newton, tambi&eacute;n cayeron bajo el hechizo de la matem&aacute;tica. Einstein recordaba dos experiencias maravillosas de su ni&ntilde;ez. En sus notas autobiogr&aacute;ficas habla del asombro y la sensaci&oacute;n de misterio que tuvo a los cinco a&ntilde;os cuando su pap&aacute; le mostr&oacute; una br&uacute;jula, y agrega: </p>      <p> A los doce a&ntilde;os experiment&eacute; una segunda maravilla, de una naturaleza totalmente diferente, en un librito de Geometr&iacute;a euclidiana que cay&oacute; en mis manos, al principio del a&ntilde;o escolar. All&iacute; hab&iacute;a aserciones, como por ejemplo que las tres alturas de un tri&aacute;ngulo se encuentran en un punto, las cuales –aunque en modo alguno evidentes– pod&iacute;an sin embargo ser probadas con tal certidumbre que cualquier duda parec&iacute;a estar fuera de lugar. Esta claridad y certeza me causaron una impresi&oacute;n indescriptible. (Einstein 1988) </p>      <p> Recuerda tambi&eacute;n que, antes de esta experiencia, un t&iacute;o le habl&oacute; del teorema de Pit&aacute;goras y que, con mucho esfuerzo, logr&oacute; demostrarlo, y a&ntilde;ade esta reflexi&oacute;n: &quot;es por dem&aacute;s maravilloso que el hombre sea del todo capaz de alcanzar tal grado de certeza y diafanidad en el pensamiento puro como por primera vez los griegos nos mostraron que es posible lograr en geometr&iacute;a&quot; (Einstein 1988). A&ntilde;os despu&eacute;s, quiz&aacute;s rememorando su propia carrera cient&iacute;fica, dir&iacute;a &quot;Si Euclides no logra encender su entusiasmo juvenil, entonces usted no naci&oacute; para ser un pensador cient&iacute;fico.&quot; En su evoluci&oacute;n intelectual Einstein sigui&oacute; el orden de sus asombros infantiles: empez&oacute; siendo un f&iacute;sico extraordinario que no conoc&iacute;a mucha matem&aacute;tica para m&aacute;s tarde llegar a ser, m&aacute;s que un f&iacute;sico, un devoto de la matem&aacute;tica. Sin duda era el matem&aacute;tico el que hablaba cuando, en una conferencia sobre los m&eacute;todos de la f&iacute;sica te&oacute;rica, afirm&oacute;: </p>      <p> La experiencia justifica hasta ahora nuestra creencia en que la naturaleza es la realizaci&oacute;n de las m&aacute;s simples ideas matem&aacute;ticas que puedan concebirse. Estoy convencido de que, por medio de puras construcciones matem&aacute;ticas, podemos descubrir los conceptos y las leyes que los conectan unos con otros, proporcionando as&iacute; la clave para entender los fen&oacute;menos naturales. La experiencia puede sugerir los conceptos matem&aacute;ticos apropiados, pero &eacute;stos ciertamente no pueden deducirse de ella. La experiencia sigue siendo, por supuesto, el &uacute;nico criterio para la utilidad de una construcci&oacute;n matem&aacute;tica, pero el principio creativo reside en las matem&aacute;ticas. En cierto sentido, por lo tanto, sostengo que el pensamiento puro puede aprehender la realidad, como so&ntilde;aron los antiguos (Einstein 1954: 274).</p>      <p> Recordando sus tiempos de estudiante en el liceo, Heisenberg dec&iacute;a:</p>      <p> Los programas de la escuela inclu&iacute;an entonces los elementos de Geometr&iacute;a. La materia me pareci&oacute; al principio bastante &aacute;rida; tri&aacute;ngulos y cuadril&aacute;teros conmueven la fantas&iacute;a menos que las flores o las poes&iacute;as. Pero un d&iacute;a unas palabras de Wolff, nuestro excelente profesor de matem&aacute;ticas, nos dieron a entender que sobre esas figuras era posible enunciar proposiciones de validez general, y que ciertos resultados pueden ser, no s&oacute;lo comprobados e intuidos sobre un dibujo, sino tambi&eacute;n demostrados matem&aacute;ticamente.</p>      <p> A Heisenberg le impresionaba sobre todo el hecho de que &quot;la Matem&aacute;tica se acomoda de alg&uacute;n modo a los objetos de nuestra experiencia, idea que, seg&uacute;n la escuela me ense&ntilde;&oacute;, fue ya concebida por los griegos, por Pit&aacute;goras y Euclides&quot; (Heisenberg 1993: 47). Estos ejemplos pueden multiplicarse: a trav&eacute;s de los siglos la geometr&iacute;a de Euclides ha despertado la admiraci&oacute;n y el asombro en diversas clases de pensadores. Incluso Kant, tan cauteloso en sus apreciaciones, recurri&oacute; a la matem&aacute;tica como prueba reina de su sint&eacute;tico <i>a priori</i> y, en los Proleg&oacute;menos, para quejarse del lamentable estado de la filosof&iacute;a antes de su llegada, escribi&oacute;: &quot;En metaf&iacute;sica no tenemos un libro como el que s&iacute; tenemos en matem&aacute;ticas. Si usted quiere saber qu&eacute; es la matem&aacute;tica, basta que lea los Elementos de Euclides.&quot;. Pero, ¿qu&eacute; son <i>los Elementos</i>?</p>      <p> <b> <i>Los Elementos</i> y su autor </b> </p>      <p> Los Elementos es el libro de texto de m&aacute;s &eacute;xito jam&aacute;s escrito. Despu&eacute;s de la Biblia, es el libro m&aacute;s difundido, y uno de los m&aacute;s influyentes en el mundo occidental. Pero, por supuesto, la geometr&iacute;a no naci&oacute; con los Elementos. La obra recoge resultados matem&aacute;ticos desarrollados durante dos o m&aacute;s siglos. Pero no es un mero compendio de recetas o saberes geom&eacute;tricos pr&aacute;cticos para uso de arquitectos y agrimensores. Esto ya lo ten&iacute;an los egipcios y los babilonios. Con los griegos hay un salto cualitativo que se traduce en un cambio radical. Lo nuevo no est&aacute; en el contenido, lo nuevo es la forma: la manera de organizar, disponer y presentar los resultados. Los Elementos es una obra cuya redacci&oacute;n requiri&oacute; m&aacute;s conocimientos y m&aacute;s pericia que la construcci&oacute;n del Parten&oacute;n, y que lo sobrevivir&aacute;. Se trata del cuidadoso ensamble de multitud de componentes donde cada parte est&aacute; en el sitio que le corresponde de acuerdo con un orden l&oacute;gico estricto. Cada teorema se deduce de resultados anteriores, cada definici&oacute;n se formula en t&eacute;rminos de nociones previas y todo el edificio descansa en unos pocos enunciados y conceptos que se consideran autoevidentes y bien conocidos. Esa es la forma que a&uacute;n conserva la matem&aacute;tica en nuestros d&iacute;as. Por mucho tiempo Euclides fue sin&oacute;nimo de geometr&iacute;a y geometr&iacute;a significaba matem&aacute;ticas. Pero si alguien nos pregunta qui&eacute;n fue Euclides s&oacute;lo podemos contestar que Euclides es el autor de los Elementos, pues con &eacute;l se cumple el ideal de Flaubert del autor que desaparece detr&aacute;s de su obra. Del hombre Euclides hay que suponer que vivi&oacute; en Alejandr&iacute;a alrededor del a&ntilde;o 300 aC. Fuera de eso s&oacute;lo se conocen dos an&eacute;cdotas posiblemente ap&oacute;crifas (interesantes como aforismos pero no como datos biogr&aacute;ficos) y una o dos referencias de autores muy posteriores.  Pero, ¿c&oacute;mo empez&oacute; todo? Se sabe que hubo intentos anteriores a Euclides de sistematizar la geometr&iacute;a y podr&iacute;amos vernos tentados a buscar el autor de los primeros elementos. Pero esto s&oacute;lo cambiar&iacute;a un nombre por otro, por Teudio, Hip&oacute;crates o Le&oacute;n, de quienes se sabe a&uacute;n menos que de Euclides (cf. Waerden 1954: 90). Puede ser menos est&eacute;ril preguntar d&oacute;nde pudo el autor de los Elementos adquirir la maestr&iacute;a necesaria para realizar su obra. Parece que hay una sola respuesta posible: en la Academia.</p>      <p> <b> Plat&oacute;n y su Academia </b> </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> La Academia de Atenas era el centro de estudios de mejor nivel en su &eacute;poca. Considerada por muchos como la primera universidad, era m&aacute;s bien lo que hoy llamar&iacute;amos un instituto de estudios avanzados. El ingreso a la Academia ten&iacute;a un requisito, consignado en esta advertencia escrita sobre su entrada: </p>      <center><font face="symbol">a g e w m e t r h t o V m h d e i V e i s i t w</font> </center>     <center>(Que no entre quien no sepa geometr&iacute;a)</center>      <p> Esto puede ser una f&aacute;bula, pero aun as&iacute; es significativo: nos dice que entre la gente ilustrada de la &eacute;poca era fama que all&iacute; la matem&aacute;tica ocupaba un lugar privilegiado. El hecho es que la Academia tuvo una marcada preferencia por las matem&aacute;ticas. No s&oacute;lo acogi&oacute; a los mejores matem&aacute;ticos sino que la filosof&iacute;a que all&iacute; se forj&oacute;, bajo la direcci&oacute;n de su fundador, es de clara estirpe matem&aacute;tica.  A diferencia del casi desconocido autor de <i>los Elementos</i>, el fundador de la Academia no habr&iacute;a podido ser m&aacute;s famoso; y a diferencia de su maestro S&oacute;crates, quien nada escribi&oacute;, Plat&oacute;n fue un escritor magistral y prol&iacute;fico cuyas obras son cl&aacute;sicos de la literatura y la filosof&iacute;a. El entusiasmo de Plat&oacute;n por las matem&aacute;ticas dej&oacute; su impronta en todo su pensamiento y en toda la filosof&iacute;a occidental, aun si no aceptamos que &eacute;sta sea s&oacute;lo una colecci&oacute;n de notas a la filosof&iacute;a de Plat&oacute;n, como dijera Whitehead, para esc&aacute;ndalo de los fil&oacute;sofos. La presencia de la matem&aacute;tica en los di&aacute;logos de Plat&oacute;n es notoria: en el <i>Timeo</i>, la estructura del universo se basa en los poliedros regulares (que por eso se llamaron s&oacute;lidos plat&oacute;nicos), los cuales a su vez se analizan en t&eacute;rminos de dos tri&aacute;ngulos rect&aacute;ngulos fundamentales con lados inconmensurables, inseparables como los <i>quarks</i>. En el <i>Men&oacute;n</i>, el di&aacute;logo sobre la excelencia (<i>aret&eacute;</i>), asistimos a la clase de matem&aacute;ticas m&aacute;s c&eacute;lebre de todos los tiempos. En ella S&oacute;crates, es decir, Plat&oacute;n, aprovecha el problema de la duplicaci&oacute;n del cuadrado, un caso especial del teorema de Pit&aacute;goras, para sostener que el conocimiento es reminiscencia (<i>anamnesis</i>) y, de paso, ilustrar la pedagog&iacute;a interactiva mediante preguntas y respuestas (<i>may&eacute;utica</i>), todo ello basado en la transmigraci&oacute;n de las almas (<i>metempsicosis</i>). En el <i>Teeteto</i>, as&iacute; como en las <i>Leyes</i>, se discute el tema de las magnitudes inconmensurables. En la <i>Rep&uacute;blica</i> se propone el curr&iacute;culo ideal para los ciudadanos ideales de la polis ideal, el cual, por supuesto, est&aacute; basado en las cuatro mathemata: aritm&eacute;tica, geometr&iacute;a, astronom&iacute;a y  m&uacute;sica (armon&iacute;a o teor&iacute;a musical). Pero donde la influencia de las matem&aacute;ticas, aunque menos expl&iacute;cita, es m&aacute;s profunda y significativa, es en la teor&iacute;a m&aacute;s identificada con el nombre de Plat&oacute;n: la teor&iacute;a de las Formas (tambi&eacute;n llamadas Ideas), discutida en varios de sus di&aacute;logos, en especial en la <i>Rep&uacute;blica</i> y en el <i>Parm&eacute;nides</i> (cf. Plat&oacute;n 1979).</p>      <p> <b> Las formas y el mundo inteligible </b> </p>      <p> Digamos de una vez que se trata de una teor&iacute;a desatinada e insostenible y que el mismo Plat&oacute;n, ya viejo, la puso en entredicho, en lo que Russell considera como &quot;uno de los casos m&aacute;s notables de autocr&iacute;tica de un fil&oacute;sofo&quot;. La teor&iacute;a supone un dualismo que contrapone realidad y apariencia. Para la caricatura que estoy a punto de perpetrar podemos partir de la geometr&iacute;a. Todos han o&iacute;do decir que la geometr&iacute;a es el arte de razonar bien con figuras mal hechas. Creo que este aforismo puede ayudar a entender la teor&iacute;a de las formas; a&uacute;n m&aacute;s, es probable que &eacute;ste haya sido el origen de dicha teor&iacute;a. En una clase de geometr&iacute;a dibujamos tri&aacute;ngulos y c&iacute;rculos. Pero sabemos que nuestras definiciones y teoremas no se refieren a esas figuras chuecas e imperfectas. Como tampoco se refieren a objetos f&iacute;sicos triangulares o circulares, aunque despu&eacute;s los resultados obtenidos puedan aplicarse a ellos. Nuestras figuras son s&oacute;lo ilustraciones auxiliares, &uacute;tiles como medio para hablar y razonar acerca de las formas mismas, es decir, la triangularidad y la circularidad. Hablamos de estas formas como figuras en las cuales los puntos carecen de dimensiones, las l&iacute;neas s&oacute;lo tienen longitud y las superficies no tienen espesor, y decimos que estas figuras perfectas son nuestros verdaderos objetos de conocimiento y constituyen la realidad que estudia el matem&aacute;tico. El c&iacute;rculo plat&oacute;nico, o C&iacute;rculo (con may&uacute;scula) es la figura que tiene todas las propiedades del c&iacute;rculo y ninguna otra; y as&iacute; con las otras figuras.  El paso siguiente es la generalizaci&oacute;n: al lado del c&iacute;rculo ideal tenemos la mesa  ideal o la Mesa, es decir, la forma o idea de mesa; lo que tienen en com&uacute;n todas las mesas, lo que les confiere un aire de familia. Y as&iacute; mismo tenemos el Tigre y el Tri&aacute;ngulo, la Blancura y el Coraje, la Rosa y la Justicia, y todo lo dem&aacute;s. Anotemos de pasada que cuando hablamos del ciudadano ideal o de la mujer ideal estamos aludiendo, quiz&aacute;s sin saberlo, a la teor&iacute;a de Plat&oacute;n. Todo esto es bastante raro. Pero falta la jugada final, la que pone todo patas arriba: en lugar de considerar que estas ideas son meras abstracciones obtenidas a partir de los correspondientes objetos reales, Plat&oacute;n dijo que, por el contrario, esas ideas, perfectas e indestructibles, tienen existencia plena y aut&oacute;noma fuera de nuestras mentes y son lo &uacute;nico real, mientras que los objetos materiales ordinarios son meros reflejos deficientes que se deterioran y perecen. Y as&iacute;, el mundo que nosotros tomamos por real es una ilusi&oacute;n, copia imperfecta y deleznable del mundo eterno de las formas, s&oacute;lo un poco m&aacute;s persistente que las sombras y los sue&ntilde;os. Esto es descabellado. Y sin embargo, como dijo Einstein: &quot;Parece que la mente humana tiene que primero construir formas, independientemente, antes de que podamos hallarlas en las cosas&quot;. </p>      <p> <b> La trinidad plat&oacute;nica </b> </p>      <p> Para ilustrar su concepci&oacute;n jer&aacute;rquica del universo, Plat&oacute;n us&oacute; la alegor&iacute;a conocida como la l&iacute;nea dividida. En ella los niveles de realidad y de conocimiento se representan por medio de una l&iacute;nea vertical dividida, primero, en dos partes. La parte inferior corresponde al mundo sensible (objeto de la mera opini&oacute;n, <i>doxa</i>) y la superior al mundo inteligible de las formas (objeto de aut&eacute;ntico conocimiento, <i>episteme</i>). Cada una de estas partes se divide a su vez en dos, de modo que la l&iacute;nea original queda dividida en cuatro segmentos o niveles. El nivel inferior, es decir, el primer segmento de abajo hacia arriba, representa los reflejos y las sombras; encima de &eacute;l est&aacute; el segundo segmento que corresponde a las cosas materiales ordinarias. Estos dos segmentos constituyen la mitad inferior de la l&iacute;nea original que, como ya dijimos, corresponde al mundo sensible. El tercer nivel (primero del mundo inteligible), corresponde a los objetos matem&aacute;ticos (accesibles a trav&eacute;s del m&eacute;todo axiom&aacute;tico deductivo). En el cuarto nivel, est&aacute;n las formas superiores a cuyo conocimiento s&oacute;lo se llega a trav&eacute;s de la dial&eacute;ctica plat&oacute;nica.  Dominando el &uacute;ltimo nivel, y por lo tanto todo el resto, est&aacute; la tr&iacute;ada de lo Cierto, lo Bello y lo Bueno, formas estas que, en un &uacute;ltimo esfuerzo de abstracci&oacute;n m&iacute;stica, se funden en el Bien Supremo, tambi&eacute;n llamado el Uno. En este contexto hay que entender la palabra &quot;bueno&quot; no s&oacute;lo en su sentido moral absoluto sino como bueno en algo o para algo, como al hablar de un buen vino, un buen atleta o una buena teor&iacute;a. Se refiere a lo que cumple ciertos requisitos de excelencia y calidad, y tambi&eacute;n a lo &uacute;til, lo que sirve para alg&uacute;n fin, lo aplicable. Como advierte Werner Jaeger en su <i>Paideia</i>: &quot;la palabra bueno en griego (<i>agathos</i>) no tiene solamente el sentido &eacute;tico estricto que hoy se le da, sino que es el adjetivo correspondiente al sustantivo <i>aret&eacute;</i>, designando, por tanto, toda clase de virtud o excelencia&quot; (Jaeger 1992: 534). Algo parecido ocurre con las palabras griegas que se traducen como verdad y belleza. Las concepciones plat&oacute;nicas, examinadas con rigor, parecen surrealistas y pueden ser confutadas y hasta ridiculizadas con facilidad. Pero, despojadas de sus pretensiones metaf&iacute;sicas, pueden ser apreciadas como met&aacute;foras de profundas y poderosas intuiciones que forman el tejido de la civilizaci&oacute;n intelectual que nos legaron los griegos. La trinidad plat&oacute;nica, en particular, est&aacute; formada por los tres valores fundamentales que deben ser cultivados por igual si se quiere aspirar a la <i>aret&eacute;</i> (excelencia) humana y que, quiz&aacute;s, son uno solo. Aqu&iacute; recordamos una vez m&aacute;s a Einstein cuando dice: &quot;Los ideales que han iluminado mi camino y que, una y otra vez, me han dado coraje para enfrentar la vida con alegr&iacute;a, han sido el Bien, la Verdad, y la Belleza&quot;.  Seg&uacute;n Plat&oacute;n, para acceder a la dial&eacute;ctica y al conocimiento de las formas superiores, la preparaci&oacute;n m&aacute;s adecuada es la matem&aacute;tica; n&oacute;tese que hoy sostenemos esto mismo cuando decimos que la matem&aacute;tica es buena para ejercitar la mente. De acuerdo con ello, en el plan de estudios expuesto en la <i>Rep&uacute;blica</i>, un lugar prominente lo ocupan las cuatro <i>mathemata</i>. Andando el tiempo las <i>mathemata</i>, con el nombre de <i>quadrivium</i> (las cuatro v&iacute;as) fueron adoptadas por las nacientes universidades medievales, donde, junto con el <i>trivium</i> (l&oacute;gica, ret&oacute;rica y gram&aacute;tica), constituyeron las llamadas siete artes liberales. De all&iacute; pasaron a nuestros planes de estudios actuales de modo que, como observara Russell en su <i>Historia de la Filosof&iacute;a Occidental</i>, si preguntamos por qu&eacute; todos los ni&ntilde;os se ven hoy forzados a estudiar matem&aacute;tica en la escuela, la respuesta la encontraremos en el Libro VII de la <i>Rep&uacute;blica</i> (Russell 1973: 142). Desde entonces la matem&aacute;tica ha extendido y profundizado su influjo, de tal manera que hoy, en la entrada de casi todas nuestras escuelas y universidades, podr&iacute;a ponerse alguna versi&oacute;n actualizada de la advertencia de Plat&oacute;n. Pero, aunque Plat&oacute;n lleg&oacute; a conocer bien las matem&aacute;ticas de su tiempo, no fue lo que hoy llamamos un matem&aacute;tico profesional. Adem&aacute;s, hay razones para pensar que s&oacute;lo en su madurez se despert&oacute; su admiraci&oacute;n y su entusiasmo por las matem&aacute;ticas: en las <i>Leyes</i> hay un pasaje donde el Ateniense, quien se supone no es otro que Plat&oacute;n, le dice a su interlocutor (Clinias, el cretense), hablando de matem&aacute;ticas: &quot;Yo mismo, tarde en la vida y con asombro, supe de nuestro estado de ignorancia en estos temas.&quot; Y, m&aacute;s adelante, con un celo que creemos reconocer, fustiga a sus conciudadanos dici&eacute;ndoles que ignorar esos hechos rebaja a los hombres al nivel de las bestias. Estas, dice, son cosas tan necesarias que saberlas no es nada meritorio pero ignorarlas deber&iacute;a ser motivo de vergüenza.  Parece que su primer contacto con la matem&aacute;tica avanzada tuvo lugar en su primera visita al sur de Italia, hacia el final de sus a&ntilde;os perdidos (399-388 aC), cuando ten&iacute;a alrededor de 40 a&ntilde;os. Fue entonces que, quiz&aacute;s por intermedio de Eudoxo o de Teodoro, Plat&oacute;n conoci&oacute; a Arquitas de Tarento, matem&aacute;tico brillante y uno de los personajes m&aacute;s interesantes de la historia.</p>      <p> <b> Arquitas y la secta del Uno </b> </p>      <p> Si bien sus posturas intelectuales son dis&iacute;miles, hay cierto paralelismo entre Plat&oacute;n y Hobbes. Dos mil a&ntilde;os antes de Hobbes y varias d&eacute;cadas antes de que naciera Euclides, Plat&oacute;n tambi&eacute;n tuvo una revelaci&oacute;n. Era el a&ntilde;o 388 aC y estaba de visita en la Magna Grecia, al sur de Italia, pero no hubo un cronista que relatara el episodio para la posteridad. Algunos piensan que el motivo de su asombro fueron los poliedros regulares, pero hay mejores razones para pensar que fueron los inconmensurables. En efecto, la existencia de segmentos inconmensurables pudo interpretarse entonces como una seria deficiencia de la aritm&eacute;tica frente a la geometr&iacute;a, como fundamento de toda la ciencia. Eso debi&oacute; dejarlo estupefacto. Al a&ntilde;o siguiente fundar&iacute;a la Academia, conminando a todos a estudiar geometr&iacute;a si quer&iacute;an entender el universo.      ]]></body>
<body><![CDATA[La conversi&oacute;n de Plat&oacute;n marc&oacute; un momento estelar para la civilizaci&oacute;n. Tambi&eacute;n aqu&iacute;, para no perder la fuerza explosiva del acontecimiento, hay que saber qu&eacute; son los inconmensurables. Dos segmentos son inconmensurables cuando no tienen una medida com&uacute;n, esto es, cuando no pueden medirse con una misma unidad de medida. En forma m&aacute;s expl&iacute;cita: cuando no existe un tercer segmento que cabe un n&uacute;mero exacto de veces en cada uno de ellos. La existencia de segmentos inconmensurables choca con la intuici&oacute;n desprevenida. En efecto, la experiencia parece decirnos que, dados dos segmentos cualesquiera, uno siempre puede medirlos con exactitud: basta que adopte una unidad suficientemente fina (el cent&iacute;metro, el mil&iacute;metro, la micra…). El asombro al hallar que esto no es siempre as&iacute; lo expres&oacute; ya Arist&oacute;teles cuando escribi&oacute;: &quot;Porque para todos debe ser motivo de gran pasmo que pueda existir una cosa que no pueda ser medida ni a&uacute;n con la medida m&aacute;s peque&ntilde;a posible&quot; (Met 983a); en otra parte de su obra Arist&oacute;teles alude al ejemplo m&aacute;s conocido de segmentos inconmensurables, a saber, el lado y la diagonal de un cuadrado (<i>Prior Anal</i>. 41a).      Como el teorema de Pit&aacute;goras, este hecho es extra&ntilde;o y uno se pregunta c&oacute;mo pudo alguien llegar siquiera a sospechar algo as&iacute;. Adem&aacute;s, &eacute;ste es un hecho que no es visualizable y que no puede ser comprobado con mediciones aproximadas, como s&iacute; sucede con el teorema de Pit&aacute;goras. Pero hay algo m&aacute;s desconcertante a&uacute;n: una vez formulada la conjetura, hay que demostrarla. Pero ¿c&oacute;mo demuestra uno la inexistencia de algo? ¿C&oacute;mo se demuestra que ning&uacute;n segmento puede caber un n&uacute;mero exacto de veces en el lado y en la diagonal de un cuadrado? Vemos entonces que, por desconcertantes que sean el hecho y su descubrimiento, la manera de establecer su verdad lo es m&aacute;s a&uacute;n.      Pues bien, los griegos encontraron la manera de hacerlo. Hablamos de esa forma indirecta de razonar llamada reducci&oacute;n al absurdo. Tan fino y potente es este m&eacute;todo, basado en la consistencia l&oacute;gica, que algunos historiadores han visto aqu&iacute; el origen del concepto de demostraci&oacute;n y de su uso sistem&aacute;tico para esclarecer la verdad en matem&aacute;ticas.     Pero, ¿c&oacute;mo empez&oacute; todo? La Academia tuvo un antecedente. M&aacute;s de un siglo antes existi&oacute;, en la Magna Grecia, una comunidad m&iacute;stica dedicada al estudio y contemplaci&oacute;n de los n&uacute;meros engendrados por el Uno, los cuales eran considerados como los componentes fundamentales del Todo, es decir, del universo. Sus maestros m&aacute;s prominentes se llamaron <i>mathematikoi</i> y entre ellos se cuenta al descubridor de los inconmensurables. Pues bien, uno de los &uacute;ltimos miembros de esta secta, y uno de los m&aacute;s prominentes, fue Arquitas de Tarento.     Hemos seguido un rastro que nos ha llevado del teorema de Pit&aacute;goras y la geometr&iacute;a de Euclides, pasando por la Academia y Plat&oacute;n, hasta llegar a Arquitas y la secta que descubri&oacute; los inconmensurables. Aqu&iacute; podr&iacute;amos decir que hemos vuelto al principio de nuestra narraci&oacute;n pues el fundador de esta secta no fue otro que Pit&aacute;goras.     Pit&aacute;goras es un personaje con un pie en la historia y otro en el mito. De &eacute;l se cuentan tantas maravillas que unos dicen que todo es mera leyenda, mientras otros piensan que no todo puede ser imaginario, que s&oacute;lo un personaje real y extraordinario pudo suscitar tanta admiraci&oacute;n y reverencia (cf. Guthrie 1987). Lo que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de la duda razonable es que, como dice Russell, casi todas las ideas de Plat&oacute;n son de origen pitag&oacute;rico. Pitag&oacute;rica es la primac&iacute;a de la forma sobre la materia, pitag&oacute;ricas eran las <i>mathemata</i> y la idea de que la matem&aacute;tica es el substrato del universo; pitag&oacute;ricas la <i>anamnesis</i> y la <i>metempsicosis</i>; pitag&oacute;ricas son palabras como teorema y matem&aacute;tica; armon&iacute;a, cosmos y filosof&iacute;a. Y pitag&oacute;rica es tambi&eacute;n la m&aacute;s antigua definici&oacute;n de la belleza como la unidad en la diversidad, la armon&iacute;a de las partes entre s&iacute; y con el todo.     Sabemos que todo precursor tiene precursores y que todo principio es provisional. Pero retroceder m&aacute;s atr&aacute;s de Pit&aacute;goras ser&iacute;a entrar en el tiempo de los dioses, de Prometeo y de las Musas, cuando el alfabeto era joven y la prosa no exist&iacute;a. Nunca sabremos c&oacute;mo empez&oacute; todo pero ahora sabemos que el rastro del hechizo conduce hasta Pit&aacute;goras.     Pasemos entonces a la segunda cuesti&oacute;n: la naturaleza del hechizo de Pit&aacute;goras. ¿Cu&aacute;l es el secreto de ese discreto encanto que puede cautivar a j&oacute;venes y viejos y extender su influjo a toda una civilizaci&oacute;n? Veremos que, como a menudo sucede, es una mezcla de amor e inter&eacute;s…     Aunque los protagonistas que hemos convocado son personajes nada ordinarios, es posible que sus experiencias no sean extraordinarias. Que, dadas unas condiciones propicias, pueden ser experiencias m&aacute;s bien corrientes. Imaginemos una persona con mente abierta e inquisitiva, que se hace preguntas y busca respuestas. Pronto se da cuenta de lo parcial y mudable que es la opini&oacute;n humana y de lo variadas y contrapuestas que pueden ser las explicaciones que sobre las mismas cosas sostienen personas distintas y hasta la misma persona en distintas circunstancias. Sabe que hasta nuestros propios sentidos nos decepcionan. No le son extra&ntilde;os los muchos y enormes absurdos que se han tenido y se tienen por verdades absolutas; y no s&oacute;lo por la gente com&uacute;n sino por personas eminentes, por cient&iacute;ficos, intelectuales y fil&oacute;sofos. As&iacute; las cosas, no es imposible que haya llegado a desesperar de hallar algo cierto en este mundo. Pero un d&iacute;a, la curiosidad o el azar lo ponen en contacto con la matem&aacute;tica, y entonces ve algo que no ha visto jam&aacute;s. Es posible que una afirmaci&oacute;n ins&oacute;lita, quiz&aacute;s incre&iacute;ble, llame su atenci&oacute;n. Pero lo que en realidad cautiva su inter&eacute;s es que la afirmaci&oacute;n viene acompa&ntilde;ada por una prueba. Una prueba que no apela a la experiencia, ni los sentidos, ni a la autoridad, ni a la tradici&oacute;n, ni a la ley, ni a la fe; ni siquiera al llamado sentido com&uacute;n. S&oacute;lo apela a algo que, ahora comprende, ha llevado siempre consigo, su raz&oacute;n. Y su raz&oacute;n, sin ayuda ni presi&oacute;n de nadie, le dice que la afirmaci&oacute;n es irrebatible. Entonces siente que, por primera vez en su vida, ha encontrado la certeza sobre la tierra. Y el coraz&oacute;n le da un vuelco.     Tambi&eacute;n es posible que, despu&eacute;s de haber avanzado con esfuerzo por los corredores y escaleras de un edificio conceptual como el de la geometr&iacute;a, un d&iacute;a se detenga y eche una ojeada a la estructura en su conjunto y perciba por vez primera la armon&iacute;a entre el todo y sus partes, la sencillez y la extrema econom&iacute;a de su arquitectura y entonces comprenda que est&aacute; frente a esa cualidad cuyo &aacute;mbito habitual es el mundo del arte y que los matem&aacute;ticos prefieren llamar elegancia.      ]]></body>
<body><![CDATA[Pero aun si la solidez y armon&iacute;a del edificio matem&aacute;tico no le impresionan, puede sentir curiosidad ante la extraordinaria utilidad de la matem&aacute;tica, ante la eficacia de sus resultados y procedimientos en los campos m&aacute;s diversos. Y cuando sepa de casos en los cuales esa aplicabilidad es inexplicable, la curiosidad se transformar&aacute; en asombro. Ese asombro al cual alude Eugene Wigner cuando habla de &quot;la irrazonable efectividad de las matem&aacute;ticas&quot; (Wigner 1970).     En resumen, la matem&aacute;tica tiene tres facetas que pueden cautivar la inteligencia y encantar la imaginaci&oacute;n: la elegancia de sus procedimientos, la certeza de sus afirmaciones y la utilidad de sus aplicaciones. Por eso, cuando el velo de familiaridad se levanta, como a veces ocurre, permite vislumbrar, tal vez por un instante, el Bien, la Verdad y la Belleza.</p>     <p> <b> Ep&iacute;logo </b> </p>      <p>Terminar la exposici&oacute;n en este punto podr&iacute;a dejar una impresi&oacute;n enga&ntilde;osa. La realidad es siempre compleja, todo lo que brilla tiene su lado opaco y las cualidades conviven con defectos. Como muestra, valgan estos comentarios:  1. "Tan cierto como que dos y dos son cuatro" es una expresi&oacute;n que refleja la confianza en la verdad matem&aacute;tica. Son escasas las cosas sobre las cuales podemos tener menos dudas. Sin embargo, la verdad matem&aacute;tica ha sufrido dos conmociones que, al final, la privaron para siempre de su posici&oacute;n como paradigma de la verdad absoluta. La primera fue la llamada Revoluci&oacute;n No-euclidiana que, en el primer tercio del siglo XIX, derroc&oacute; a la geometr&iacute;a euclidiana de su largo reinado como la aut&eacute;ntica ciencia del espacio y puso en evidencia que, considerados como aserciones acerca del mundo f&iacute;sico, los teoremas matem&aacute;ticos pueden no ser ciertos o, como dijo Einstein, mientras m&aacute;s ciertos son, menos dicen acerca de la realidad.  El significado y la verdad pueden transmitirse, mas no establecerse.  Por eso Russell dijo que &quot;la matem&aacute;tica puede definirse como la ciencia en la cual nunca sabemos de qu&eacute; hablamos, ni si lo que decimos es verdad&quot; (Russell 1961: 84); una descripci&oacute;n que no por parad&oacute;jica deja de ser exacta. Perdido su anclaje en la realidad, la verdad matem&aacute;tica s&oacute;lo pod&iacute;a aspirar a ser entendida como consistencia, es decir, no contradicci&oacute;n entre los supuestos en los cuales se basan las demostraciones. En vista de ello los matem&aacute;ticos se propusieron demostrar que la matem&aacute;tica es consistente. Pero entonces vino Gödel y, en 1930, demostr&oacute; que, si lo es, entonces es imposible demostrarlo (cf. Nagel 1979). Despu&eacute;s de haber tenido que conformarse con la consistencia en lugar de la certeza, la matem&aacute;tica tuvo que renunciar tambi&eacute;n a la consistencia. Hay que registrar en su favor que tan dr&aacute;sticos ajustes salieron de su propio seno pues fueron matem&aacute;ticos quienes los llevaron a cabo.  2. Los matem&aacute;ticos han hablado siempre de la belleza presente en su ciencia. Y no nos referimos a dise&ntilde;os gr&aacute;ficos que exhiben simetr&iacute;as m&aacute;s o menos complejas. Dirac dec&iacute;a &quot;Es m&aacute;s importante la belleza en nuestras ecuaciones que su ajuste al experimento.&quot; Para Russell: &quot;las matem&aacute;ticas poseen no s&oacute;lo verdad sino suprema belleza –una belleza fr&iacute;a y austera, como la de una escultura&quot; y para Henri Poincar&eacute; el rasgo distintivo del pensamiento matem&aacute;tico no es la l&oacute;gica sino la est&eacute;tica. Sin embargo, para un gran n&uacute;mero de personas, la matem&aacute;tica es s&oacute;lo un lejano y desapacible recuerdo de sus tiempos de estudiantes. Una materia &aacute;rida y t&eacute;cnica, ajena a la imaginaci&oacute;n y al sentido est&eacute;tico. Para ellos parece imposible que all&iacute; pueda haber jam&aacute;s algo que pueda llamarse bello. En contraste con la verdad, que parece m&aacute;s objetiva, la belleza, que sin duda es m&aacute;s subjetiva, ha resultado ser m&aacute;s persistente. Pero en matem&aacute;ticas la belleza puede ser dif&iacute;cil de apreciar. La apreciaci&oacute;n de cualquier arte depende en buena parte del aprendizaje. En nuestro caso casi todo debe ser aprendido. El teorema no s&oacute;lo debe ser bello, primero debe ser cierto. Pero percibir la verdad de una proposici&oacute;n matem&aacute;tica supone no s&oacute;lo comprender su significado sino seguir y entender su demostraci&oacute;n, todo lo cual, puede exigir una preparaci&oacute;n extensa y dif&iacute;cil. Es por esto que, de los atributos de las matem&aacute;ticas, el m&aacute;s rec&oacute;ndito es sin duda la belleza.  3. Que la matem&aacute;tica es buena para muchas cosas, no tiene discusi&oacute;n. La utilidad de la matem&aacute;tica ha sido la principal causa de su difusi&oacute;n y aceptaci&oacute;n no s&oacute;lo en la ciencia y la tecnolog&iacute;a sino en la sociedad en general. Sus &eacute;xitos han sido tan notorios que el p&uacute;blico ha llegado a profesar por ella un respeto reverencial que se parece mucho a la superstici&oacute;n. Quiz&aacute;s por ello Norbert Wiener dec&iacute;a que &quot;uno de los principales deberes del matem&aacute;tico, como asesor de cient&iacute;ficos de campos menos precisos, es disuadirlos de esperar demasiado de la matem&aacute;tica&quot; (Wiener 1964: 285). A la ignorancia se une el enga&ntilde;o cuando el af&aacute;n matematizador llega al exceso. Hace varios a&ntilde;os Jacob Schwartz, en un art&iacute;culo con el sugerente t&iacute;tulo &quot;The Pernicious Influence of Mathematics on Science&quot;, se&ntilde;alaba que la matem&aacute;tica se presta para vestir, tanto a la ciencia como al disparate, con el mismo uniforme hecho de f&oacute;rmulas y teoremas, y a&ntilde;ad&iacute;a: &quot;Por desgracia, un disparate en uniforme es mucho m&aacute;s persuasivo que un disparate vestido de civil&quot; (Nagel 1962: 358). Los infundios con pasaporte matem&aacute;tico tampoco son raros en las ciencias sociales y humanas; el <i>affaire</i> Sokal puso en evidencia muchos embustes de autores bien conocidos que usan t&eacute;rminos y f&oacute;rmulas matem&aacute;ticas para decir sandeces con aires de profundidad (cf. Sokal 1998). Estas glosas no quieren dejar una sensaci&oacute;n de frustraci&oacute;n o desenga&ntilde;o. Confiamos en que, a pesar de las vicisitudes, el edificio de la matem&aacute;tica prevalecer&aacute; y preferimos pensar que Arist&oacute;teles no erraba cuando escribi&oacute;: &quot;aquellos que afirman que las ciencias matem&aacute;ticas nada dicen sobre el bien y la belleza est&aacute;n en un error&quot; (Met. 1078a). Y que tal vez Baudelaire no estaba tan equivocado al pensar que &quot;todo lo que es noble y bello es el resultado de la raz&oacute;n y del c&aacute;lculo&quot;. Sabemos que la matem&aacute;tica es una actividad humana, falible como las otras; que ni la perfecci&oacute;n ni la eternidad son bienes de este mundo. Pero los ideales, inaccesibles por naturaleza, pueden iluminar nuestra ef&iacute;mera existencia.  Parece que las tareas que valen la pena son interminables y, entre ellas, ninguna tan ardua y prometedora como la b&uacute;squeda permanente del bien, la verdad y la belleza.</p>  <i>Para &aacute;ngel Zapata</i>       <p> <b> Bibliograf&iacute;a </b> </p>       <!-- ref --><p> 1. Arist&oacute;teles. (1996). Metaphysics. Britannica Great Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0120-0062200600020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 2. Arist&oacute;teles. (1996). Prior Analytics. Britannica Great Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0120-0062200600020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 3. Aubrey, J. (1957). &quot;A Brief Life of Thomas Hobbes, 1588-1679&quot;. En: Oliver L. Dick (ed.), Aubrey's Brief Lives. Nonpareil Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0120-0062200600020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 4. Bronowski, J. (1968). Ciencia y valores humanos. Lumen.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0120-0062200600020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 5. Einstein, A. (1988). &quot;Autobiographical Notes&quot;. En: Paul A. Schlipp (ed.). Albert Einstein: Philosopher-Scientist, The Library of Living Philosophers VII. Open Court.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0120-0062200600020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 6. Einstein, A. (1954). Ideas and Opinions. Wing Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0120-0062200600020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 7. Guthrie, K. S. (1987). The Pythagorean Sourcebook and Library. Phane Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0120-0062200600020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 8. Heisenberg, W. (1993). La imagen de la Naturaleza en la f&iacute;sica actual. Planeta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0120-0062200600020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 9. Jaeger, W. (1992). Paideia. Fondo de cultura econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0120-0062200600020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 10. Nagel, E. y James R. N. (1979). El Teorema de Gödel. Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0120-0062200600020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 11. Nagel, Ernest et al. (eds.). (1962). Logic, Methodology, and Philosophy of Science. Stanford U. Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0120-0062200600020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 12. Plat&oacute;n. (1979). Di&aacute;logos. Porr&uacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0120-0062200600020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 13. Russell, B. (1975). The Autobiography of Bertrand Russell. Unwin.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0120-0062200600020000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 14. Russell, B. (1973). Historia de la filosof&iacute;a occidental. Aguilar.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0120-0062200600020000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 15. Russell, B. (1961). Misticismo y l&oacute;gica. Paidos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0120-0062200600020000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 16. Sokal, A. y Jean B. (1998). Fashionable Nonsense. Postmodern intellectuals’ abuse of science. 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