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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>De la inexistencia de la materia</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center">   <font size="3" face="verdana"><b>Segunda parte, Cap&iacute;tulo II, Secci&oacute;n 2 del Ensayo sobre la naturaleza     e inmutabilidad de la verdad, en oposici&oacute;n a la sofister&iacute;a y al escepticismo de James Beattie.</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p> <b>Introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas:</b></p>     <p> <b>Carlos G. Patarroyo</b></p>     <p>   Universidad Nacional de Colombia <a href="mailto:cgpatarr@cable.net.co">cgpatarr@cable.net.co</a></p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>Introducci&oacute;n</b></font></p>      <p>   James Beattie (1735&ndash;1803) fue profesor de L&oacute;gica y Filosof&iacute;a Moral   en el Marischal College de Aberdeen. Perteneci&oacute; a la Sociedad filos&oacute;fica   de Aberdeen, fundada por Thomas Reid, y es conocido por ser   uno de los defensores m&aacute;s asiduos de la doctrina del sentido com&uacute;n   en una &eacute;poca que &eacute;l mismo ve&iacute;a caracterizada por el escepticismo.   Su obra m&aacute;s conocida es el Ensayo sobre la naturaleza e inmutabilidad   de la verdad, en oposici&oacute;n a la sofister&iacute;a y al escepticismo (1770) &mdash;en adelante Ensayo&mdash;, que se convirti&oacute; en un best-seller de la &eacute;poca. Pese a que su intenci&oacute;n era la de completar un trabajo sistem&aacute;tico en la filosof&iacute;a moral, sus quebrantos de salud, y la inestabilidad mental en la que cay&oacute; su esposa, s&oacute;lo le permitieron publicar otra obra a la que pudiese dedicar su total atenci&oacute;n; se trata de su defensa del cristianismo titulada Evidencias de la religi&oacute;n cristiana (1786). Sus dem&aacute;s escritos tuvieron que limitarse a versiones revisadas y ampliadas de los apuntes que guardaba para dictar sus clases: Disertaciones morales y cr&iacute;ticas (1783) y Elementos de la ciencia moral (1790).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Tras su publicaci&oacute;n, el Ensayo tuvo &eacute;xito instant&aacute;neo. A Beattie   le fue otorgado un doctorado honor&iacute;fico de Oxford, as&iacute; como tambi&eacute;n   le permiti&oacute; obtener una audiencia privada con Jorge III y una   pensi&oacute;n de 200 libras al a&ntilde;o concedida por la Corona. El Ensayo fue   traducido r&aacute;pidamente al franc&eacute;s y al alem&aacute;n, y su fama alcanz&oacute; el   nuevo continente, hasta el punto que lleg&oacute; a ser nombrado miembro   de la Sociedad Americana de Filosof&iacute;a.</p>     <p>   Sin embargo, no todos alababan el Ensayo. David Hume, en contra   de quien se profiere la gran mayor&iacute;a de argumentos que componen   la obra, dijo acerca de &eacute;l: &ldquo;&iquest;Verdad?, no hay verdad en &eacute;l. Es una larga   y horrible mentira en octavo&rdquo;. En 1775 Joseph Priestley publica su   Estudio de la Investigaci&oacute;n sobre la mente humana seg&uacute;n los principios   del sentido com&uacute;n del Dr. Reid; del Ensayo sobre la naturaleza e inmutabilidad   de la verdad del Dr. Beattie; y de la Apelaci&oacute;n al sentido   com&uacute;n en nombre de la religi&oacute;n del Dr. Oswald &mdash;en adelante Estudio&mdash;.</p>     <p>Ac&eacute;rrimo enemigo de la doctrina del sentido com&uacute;n, Priestley hace un   meticuloso examen de los argumentos de Reid y de Beattie, los cuales   refuta uno a uno. Se debe notar que, pese a que tanto la teor&iacute;a de   Reid como la de Beattie son igualmente erradas a los ojos de Priestley,   &eacute;ste se muestra m&aacute;s indolente hacia el segundo que hacia el primero.   Priestley reconoce que Reid ha entrado en un debate filos&oacute;fico y   ha intentado, mediante argumentos, sustentar sus ideas y rechazar el   empirismo y sus consecuencias. Beattie, por el contrario, parece no   ofrecer argumentos dignos de un debate acad&eacute;mico, y m&aacute;s bien ofrece   reacciones viscerales y promulga injurias en contra de quienes piensan   de manera distinta a la suya. Esto es en parte cierto. El lector podr&aacute;   ver, en la traducci&oacute;n que sigue, que la escritura de Beattie se caracteriza   por la iron&iacute;a, por el cinismo y por la indolencia hacia su opositor.   Por mucho que intente disimularlo (y en realidad parece no hacerlo   demasiado), sus l&iacute;neas reflejan un aire de superioridad e irreverencia;   esto es, he de admitirlo, parte de su atractivo. En cuanto a la carencia   de argumentos dignos de un debate filos&oacute;fico, se ha de tener en   cuenta que Beattie es un seguidor de la teor&iacute;a de Reid. Ve en &eacute;l y en su   obra la refutaci&oacute;n argumentativa, si puede realmente haber alguna, en   contra del escepticismo. Por su parte, Beattie no desea ser innovador,   dice de s&iacute; mismo en el Prefacio a la sexta edici&oacute;n del Ensayo: &ldquo;[N]unca   fue mi objetivo proponer paradojas o ser innovador en filosof&iacute;a; odio   las paradojas, y no soy amigo de la innovaci&oacute;n&rdquo; (Ensayo vi). Su m&eacute;todo   para refutar al esc&eacute;ptico difiere del usado por Reid, en tanto que   comienza por las consecuencias que sobrevendr&iacute;an si el escepticismo   triunfara, y de ah&iacute; intenta mostrar lo inaceptable de tales teor&iacute;as. Las   consecuencias que imagina son, por supuesto, las m&aacute;s dram&aacute;ticas, de   ah&iacute; su respuesta visceral; no en vano Priestley las califica de &ldquo;quijotadas&rdquo;.   Pero su respuesta es directamente proporcional a la preocupaci&oacute;n   que siente ante el tema, y a la responsabilidad que cree tener para con   los j&oacute;venes bajo su cuidado: &ldquo;[h]e sido honrado con el cuidado de una   parte de la juventud inglesa; y consider&aacute;ndolo como mi deber indispensable   (del que conf&iacute;o jam&aacute;s desviarme), he de guardar sus mentes   contra la impiedad y el error&rdquo; (Ensayo viii). Dejo al criterio del lector   opinar si Beattie presenta o no argumentos dignos de la verdadera filosof&iacute;a.   S&oacute;lo quiero resaltar que, para sus opositores, Beattie ofreci&oacute; m&aacute;s   un da&ntilde;o que una ayuda a la Escuela escocesa del sentido com&uacute;n. Por   ejemplo, Beanblossom y Lehrer, editores contempor&aacute;neos de la obra de Reid, dicen:</p>     <p>   Esta organizaci&oacute;n [refiri&eacute;ndose a la Sociedad filos&oacute;fica de   Aberdeen] sirvi&oacute; como un foro para la presentaci&oacute;n de escritos de   los miembros del grupo, que inclu&iacute;an a George Campbell, Alexander   Gerard y James Beattie, cuyo Ensayo sobre la verdad hizo mucho para   popularizar la filosof&iacute;a del sentido com&uacute;n (sin embargo, la vulgarizaci&oacute;n   que Beattie hace de Reid tambi&eacute;n ayud&oacute; a desacreditar la doctrina   del sentido com&uacute;n entre fil&oacute;sofos como Kant). (Reid xi) </p>     <p>Seguramente por esto el mismo Kant se muestra, tanto detractor   de la doctrina de Reid, como de la de Beattie. En defensa de la importancia de Hume para la metaf&iacute;sica dice en los Proleg&oacute;menos:</p>     <p>   No se puede contemplar, sin experimentar cierta pena, c&oacute;mo sus   adversarios: Reid, Oswald, Beattie, y &uacute;ltimamente tambi&eacute;n Priestley,   erraron completamente el punto decisivo de su problema, y dando   siempre por admitido precisamente lo que &eacute;l pon&iacute;a en duda, y demostrando   con pasi&oacute;n y muchas veces con gran inmodestia aquello de lo   que a &eacute;l nunca se le habr&iacute;a ocurrido dudar, desconocieron de tal modo   su indicaci&oacute;n para un mejoramiento, que todo qued&oacute; en el mismo estado   en el que estaba, como si no hubiese ocurrido nada. (P 25&ndash;7)</p>     <p>   El objetivo de Beattie en el Ensayo es doble: mediante una defensa   del sentido com&uacute;n, pretende desacreditar a las escuelas esc&eacute;pticas   reinantes:</p>     <p>   Todas las ciencias, y en especial la filosof&iacute;a moral, deben regular las   pr&aacute;cticas humanas. Estas pr&aacute;cticas son reguladas por principios, y todos   los principios presuponen una convicci&oacute;n. Sin embargo, el objetivo   de algunos de nuestros m&aacute;s celebrados sistemas morales es despojar a   la mente de todo principio y de toda convicci&oacute;n; y, consecuentemente,   inhabilitar al hombre para la acci&oacute;n, y dejarlo in&uacute;til y desgraciado. En   breve, el escepticismo es ahora la profesi&oacute;n de nuestras investigaciones   de moda acerca de la naturaleza humana. (Ensayo xvi)</p>     <p>   El auge del escepticismo de la &eacute;poca se debe &mdash;dice Beattie&mdash; a   una falta de distinci&oacute;n entre la raz&oacute;n y el sentido com&uacute;n. A la primera   la define como &ldquo;aquella facultad mediante la cual percibimos   la verdad por medio de una prueba&rdquo; (Ensayo 6). Al sentido com&uacute;n   lo define diciendo que es &ldquo;el poder de la mente que percibe la verdad,   y gobierna a la creencia, no por la argumentaci&oacute;n progresiva,   sino por un impulso instant&aacute;neo y decisivo; no derivado ni de la   educaci&oacute;n ni del h&aacute;bito, sino de la naturaleza, actuando de manera   independiente de nuestra voluntad&rdquo; (Ensayo 11). La raz&oacute;n no podr&aacute;   contradecir al sentido com&uacute;n, en tanto que ning&uacute;n argumento racional   producir&aacute; ning&uacute;n cambio en las creencias de la humanidad,   si se opone a las que el sentido com&uacute;n comanda. &Eacute;sta es la base fundamental   de la teor&iacute;a de Beattie en el Ensayo.</p>     <p>   La traducci&oacute;n que sigue corresponde a una parte del Ensayo, espec&iacute;ficamente,   a la segunda secci&oacute;n del cap&iacute;tulo dos de la segunda   parte. No se trata de un ataque hacia la teor&iacute;a de Hume, como es caracter&iacute;stico   de casi todo el Ensayo, sino de una respuesta a Descartes,   a Malebranche y a Berkeley, respecto a la inexistencia de la materia.   En esta breve secci&oacute;n se puede ver el &iacute;mpetu, el ardor, la pasi&oacute;n de   Beattie al contradecir a sus enemigos, a la vez que se puede apreciar   c&oacute;mo defiende la supremac&iacute;a del sentido com&uacute;n, frente a cualquier   argumento racional que vaya en su contra.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>He decidido conservar la manera de identificar las notas al pie   del autor (*, &dagger;, &Dagger;, etc.); para distinguir mis comentarios al pie de   los de &eacute;l, los he marcado con el s&iacute;mbolo &clubs;. Todo lo que est&eacute; entre   corchetes [&hellip;] es una interpolaci&oacute;n m&iacute;a; tambi&eacute;n entre corchetes   he incluido los n&uacute;meros de la paginaci&oacute;n original. Para inter&eacute;s del   lector, he incluido como comentarios marginales las cr&iacute;ticas que Priestley hace a Beattie en su Estudio.</p>      <p align="center"> <font size="3" face="verdana"><b>***</b></font></p>      <p> <font size="3" face="verdana"><b>De la inexistencia de la materia</b></font></p>      <p>   En la secci&oacute;n precedente he hecho un breve estudio de los principios   y el m&eacute;todo de investigaci&oacute;n adoptados por los m&aacute;s c&eacute;lebres   promotores del escepticismo moderno<sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup>. Y parece que ellos no han   atendido a la distinci&oacute;n entre raz&oacute;n y sentido com&uacute;n, tal como ha   sido explicada en la primera parte de este Ensayo, y como es aceptada   por matem&aacute;ticos y fil&oacute;sofos naturales. Nociones err&oacute;neas, absurdas   y auto&ndash;contradictorias han sido el resultado de ello. Ahora, al entrar   en detalles m&aacute;s particulares, podemos mostrar con facilidad que   muchos de estos absurdos que averg&uuml;enzan a la filosof&iacute;a de la naturaleza   humana, no habr&iacute;an existido nunca si los hombres hubiesen   aceptado y atendido a esta distinci&oacute;n, regulando sus investigaciones   seg&uacute;n el criterio antes mencionado, y jam&aacute;s llevando a cabo una   cadena de argumentos m&aacute;s all&aacute; de principios auto&ndash;evidentes. He   de confinarme a dos casos, uno est&aacute; conectado con la evidencia del sentido externo y el otro con la del interno.</p>     <p>   La materia o cuerpo tiene existencia real, separada e independiente<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup>;   que hay un sol real sobre nosotros, aire real a nuestro   alrededor, y tierra real bajo nuestros pies, ha sido desde la creaci&oacute;n la   creencia de todos los hombres que no estuviesen dementes. Se cree esto, no porque es, o puede ser, probado [151] mediante argumentos,   sino porque la constituci&oacute;n de nuestra naturaleza es tal que debemos   creerlo. Es absurdo, no, es imposible creer lo contrario. Con la   misma facilidad podr&iacute;a creer entonces que no existo, que dos m&aacute;s   dos son iguales a diez, que lo que es, no es; que no tengo manos, ni   pies, ni cabeza, ni ropa, ni casa, ni pa&iacute;s, ni conocidos; que el sol, la   luna, las estrellas, el oc&eacute;ano, las tempestades, los rel&aacute;mpagos y truenos,   las monta&ntilde;as, los r&iacute;os y las ciudades no tienen existencia sino   como ideas o pensamientos en mi mente, y que, independientemente   de m&iacute; y de mi facultades, no existen en absoluto, y no podr&iacute;an existir   si yo fuese aniquilado; que el fuego, el ardor y el dolor que siento, el   recuerdo del dolor pasado y la idea del dolor que no he sentido, son   todos, en el mismo sentido, ideas o percepciones en mi mente y nada   m&aacute;s; que las cualidades de la materia no son cualidades de la materia,   sino afecciones del esp&iacute;ritu; y que no tengo evidencia de que alg&uacute;n   ser exista en la naturaleza sino yo mismo. Los fil&oacute;sofos pueden decir   lo que quieran, y el mundo entero, que es lo suficientemente susceptible   para admirar lo que es monstruoso, puede darles cr&eacute;dito; pero   yo afirmo que no est&aacute; en el poder, ni del ingenio ni de la locura, idear   una noci&oacute;n m&aacute;s absurda o m&aacute;s disparatada que &eacute;sta: que el mundo material no tiene existencia sino en mi mente.</p>     <p>   Descartes admite que toda persona debe ser persuadida de la   existencia de un mundo material; pero no reconoce esto como auto&ndash;   evidente, o como tan seguro para no admitir duda alguna, porque,   dice, descubrimos en la experiencia que nuestros sentidos est&aacute;n   errados en ocasiones, y porque en los sue&ntilde;os frecuentemente confundimos   ideas con cosas externas realmente existentes. Por lo tanto, &eacute;l comienza su filosof&iacute;a de los cuerpos con una prueba formal de la existencia del cuerpo<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup>.</p>     <p>   Pero por m&aacute;s imperfectos y por m&aacute;s falaces que reconozcamos   que son nuestros sentidos en otros asuntos, es cierto que [152] ning&uacute;n   hombre jam&aacute;s los consider&oacute; falaces respecto a la existencia de   los cuerpos. No, cada hombre de mente sana est&aacute; convencido, por la   ley de su naturaleza, de que al menos en lo que a esto respecta, no   est&aacute; ni puede estar equivocado. En ocasiones los hombres han sido   enga&ntilde;ados por argumentos filos&oacute;ficos, porque en algunos respectos,   de hecho en muchos, el entendimiento humano es falible; pero &iquest;se sigue   de ello que no podamos estar seguros de nada sin prueba alguna? &iquest;Ni siquiera de nuestra propia existencia, ni tampoco de la verdad de un axioma geom&eacute;trico? Algunas enfermedades son tan fatales para la mente, que llegan a confundir incluso las nociones del hombre acerca de su propia identidad; pero &iquest;se sigue de ello que no puedo estar seguro de ser la misma persona hoy que ayer, y que hace veinte a&ntilde;os, hasta no haber probado primero esto mediante un argumento?</p>     <p>Y porque en ocasiones somos enga&ntilde;ados por nuestros sentidos, &iquest;se   sigue entonces que no podemos estar seguros de no estar siendo enga&ntilde;ados   por ellos, hasta que nos hayamos convencido primero, por   medio del razonamiento, de que no son enga&ntilde;osos? Si un cartesiano   puede probar que ha habido algunas personas de sano entendimiento   que, a partir de una convicci&oacute;n de lo enga&ntilde;oso de sus sentidos,   hayan llegado a dudar seriamente, o dejado de creer en la existencia   del mundo material, he de conceder que una convicci&oacute;n tal sea la   base para una duda o falta de creencia en una o algunas instancias. Y   si &eacute;l puede probar que dicha duda o falta de creencia ha sido general   a la humanidad en alg&uacute;n momento, he de conceder que puede ser as&iacute;   de nuevo. Pero si es cierto, como creo que lo es, que ning&uacute;n hombre   de sano entendimiento, por m&aacute;s desconfiado que fuera de la veracidad   de sus sentidos, jam&aacute;s dej&oacute; de creer, ni dud&oacute; seriamente de la   existencia del mundo material, entonces esto es algo auto&ndash;evidente y   un principio del sentido com&uacute;n, aun bajo la suposici&oacute;n de que nuestros   sentidos son enga&ntilde;osos, tal como Descartes y Malebranche han   decidido presentarlos. Pero anteriormente hemos probado que no se   debe suponer que nuestros sentidos son enga&ntilde;osos, excepto cuando   somos conscientes de que nuestra experiencia es parcial o nuestra   observaci&oacute;n imprecisa<sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup> y que aun entonces la falacia [153] es detectada   y rectificada s&oacute;lo mediante la evidencia del sentido, ubicado en   circunstancias m&aacute;s favorables para la observaci&oacute;n precisa. Respecto   a la existencia de la materia no puede haber sospecha de que nuestra   observaci&oacute;n es imprecisa, o de que nuestra experiencia es parcial,   y, por lo tanto, no es posible que jam&aacute;s lleguemos a desconfiar de   nuestros sentidos en este asunto particular. Si fuese posible, nuestra   desconfianza nunca podr&iacute;a ser removida, ni mediante el razonamiento, ni mediante la experiencia.</p>     <p>   En lo referente a la sospecha acerca de la existencia de la materia   que, se supone, surge de nuestra experiencia de los delirios o del sue&ntilde;o,   debemos tener en cuenta, en primer lugar, que si se acepta esto como   fundamento suficiente para sospechar que nuestras percepciones   en la vigilia son igualmente enga&ntilde;osas, desaparece inmediatamente   toda verdad, razonamiento y sentido com&uacute;n. Ciertamente s&eacute; que   ahora estoy despierto y no dormido; pero no lo puedo probar, pues   para distinguir las fantas&iacute;as del sue&ntilde;o de las percepciones de la vigilia   no hay criterio que sea m&aacute;s evidente que mi estar despierto ahora,   y &eacute;ste es el punto en cuesti&oacute;n. Como frecuentemente hemos resaltado,   es esencial a toda prueba ser m&aacute;s evidente que aquello que es probado.</p>     <p>Que ahora estoy despierto debe cargar entonces con su propia evidencia;   si es evidente en absoluto, debe ser auto&ndash;evidente. Tambi&eacute;n   lo es esto: podemos confundir los sue&ntilde;os con realidades, pero ning&uacute;n   hombre racional ha confundido jam&aacute;s la realidad con un sue&ntilde;o.   Si tuvi&eacute;ramos el dominio de nuestro entendimiento y de nuestra memoria   en el sue&ntilde;o, probablemente nos dar&iacute;amos cuenta de que las   apariencias de nuestros sue&ntilde;os son todas enga&ntilde;osas, lo que, de hecho,   es en ocasiones cierto; por lo menos yo he sido consciente en ocasiones   de que mi sue&ntilde;o era un sue&ntilde;o, y cuando era desagradable, hice   esfuerzos exitosos para despertarme. Pero el sue&ntilde;o tiene un poder   maravilloso sobre todas nuestras facultades. En ocasiones parecemos   haber perdido nuestra facultad moral; como cuando so&ntilde;amos hacer,   sin escr&uacute;pulos o remordimientos, aquello que en la vigilia nos ser&iacute;a   insoportable siquiera pensar. En ocasiones [154] nuestra memoria   se extingue; como cuando so&ntilde;amos que conversamos con nuestros   amigos difuntos, sin recordar nada de su muerte, pese a que fue, tal   vez, uno de los incidentes m&aacute;s impactantes que hayamos experimentado,   y nunca, o raras veces, est&eacute; fuera de nuestros pensamientos   mientras estamos despiertos. En ocasiones nuestro entendimiento   parece habernos abandonado; como cuando so&ntilde;amos hablar con un   amigo fallecido, recordando al mismo tiempo que est&aacute; muerto, pero   sin ser conscientes de nada absurdo o inusual en la circunstancia de   estar hablando con un hombre muerto. Considerando estos y otros   efectos del sue&ntilde;o sobre la mente, no debemos sorprendernos de que   &eacute;ste nos haga confundir nuestras propias ideas por cosas reales, y   que las primeras nos afecten de la misma manera que las segundas.   Pero en el momento en el que despertamos y recuperamos el uso de   nuestras facultades, nos damos cuenta de que el sue&ntilde;o fue un enga&ntilde;o,   y de que los objetos que ahora solicitan nuestra atenci&oacute;n son reales.   Exigir una raz&oacute;n a favor de la confianza impl&iacute;cita que reposa en   nuestras percepciones de la vigilia, o demandar que probemos que   las cosas son como se presentan ante nuestros sentidos en la vigilia,   y no como se nos presentan en el sue&ntilde;o, es tan absurdo como exigir   una raz&oacute;n a favor de la creencia en nuestra propia existencia. En ambos   casos nuestra creencia es necesaria e inevitable, el resultado de   una ley de la naturaleza que no podemos contradecir en la pr&aacute;ctica, sino para nuestra verg&uuml;enza y perdici&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Adicionalmente: si Descartes pens&oacute; que un argumento era necesario   para convencerse de que su percepci&oacute;n del mundo externo   no era imaginaria sino real, yo preguntar&iacute;a: &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a saber que   su argumento era real y no imaginario? &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a saber que   estaba despierto, y no dormido, cuando escribi&oacute; sus Principios de   la filosof&iacute;a, si sus pensamientos en la vigilia no tra&iacute;an consigo, previamente   a todo razonamiento, evidencia innegable de su realidad?   Estoy despierto, &eacute;ste es un principio que &eacute;l debi&oacute; haber tomado por   cierto, aun antes de que pudiera satisfacerse con la verdad del que &eacute;l pens&oacute; era el primero [155] de todos los principios, Cogito, ergo   sum. A esto podemos agregar que, si hay en el mundo personas que   jam&aacute;s sue&ntilde;an en absoluto<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup> (y creo que las hay), y cuya creencia en   la existencia del mundo material no es ni una pizca m&aacute;s fuerte de   la de aquellos para quienes el dormir siempre est&aacute; acompa&ntilde;ado de   sue&ntilde;os, &eacute;sta ser&iacute;a una prueba emp&iacute;rica de que los enga&ntilde;os del sue&ntilde;o   no afectan en lo m&aacute;s m&iacute;nimo nuestra convicci&oacute;n en la autenticidad   de las percepciones que recibimos y de las facultades que ejercemos cuando estamos despiertos.</p>     <p>   La primera parte del argumento de Descartes a favor de la existencia   de los cuerpos prueba la realidad de las ideas imaginarias que   percibimos en los sue&ntilde;os, pues ellas, al igual que los cuerpos, se nos   presentan independientemente de nuestra voluntad. Pero la parte principal   de su argumento est&aacute; basada en la veracidad de Dios, que &eacute;l ha   inferido previamente de nuestra conciencia de la idea de un ser infinitamente   perfecto, independiente y necesariamente existente. Nuestros   sentidos nos informan de la existencia de cuerpos, nos dan informaci&oacute;n   en conformidad con una ley establecida por la voluntad divina,   pero Dios no es enga&ntilde;ador, por lo tanto su informaci&oacute;n es verdadera.   Ya he dado mi opini&oacute;n sobre este argumento y he demostrado que, tal   como est&aacute; formulado por el autor, es un sofisma. Hemos de creer en   la veracidad de nuestras facultades antes de poder ser convencidos, ya   sea por pruebas o por evidencia intuitiva. Si nos rehusamos a creer en   nuestras facultades hasta que su veracidad sea asegurada por un razonamiento, nunca podremos creer en ellas en absoluto<sup><a href="#" name="s"></a></sup>.</p>     <p>   [156] Malebranche dice que los hombres est&aacute;n m&aacute;s seguros de   la existencia de Dios que de la existencia de los cuerpos<sup><a href="#" name="s"></a></sup>. Acepta que Descartes ha probado la existencia de los cuerpos mediante los   argumentos m&aacute;s fuertes que la sola raz&oacute;n puede proporcionar, m&aacute;s   a&uacute;n, &eacute;l parece reconocer estos argumentos como irreprochables<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup>. Sin   embargo, no admite que ellos lleven a una demostraci&oacute;n completa de la   existencia de la materia. En la filosof&iacute;a, dice, debemos mantener nuestra   libertad tanto como nos sea posible, y no creer nada distinto a lo que la   evidencia nos compele a creer. Para estar enteramente convencidos de   la existencia de los cuerpos, es necesario que se nos demuestre no s&oacute;lo   que hay un Dios y que no es enga&ntilde;ador, sino tambi&eacute;n que Dios nos ha   asegurado que ha creado realmente dichos cuerpos, y esto, dice, no lo encuentro demostrado en los trabajos de M. Descartes.</p>     <p>   De acuerdo con Malebranche, no hay sino dos maneras en las   que Dios habla a la mente y la compele (u obliga) a creer: por la evidencia y por la fe.</p>     <p>   La fe nos obliga a creer que los cuerpos existen, pero en cuanto a   la evidencia de esta verdad, ciertamente no es completa. Y [157] tambi&eacute;n   es cierto que no estamos invenciblemente determinados a creer   que hay algo m&aacute;s que existe, sino Dios y nuestra propia mente. Es   verdad que tenemos una propensi&oacute;n extrema a creer que estamos rodeados   de seres corporales; hasta aqu&iacute; estoy de acuerdo con Descartes.   Pero esta propensi&oacute;n, al ser natural, no fuerza nuestra creencia mediante   la evidencia, s&oacute;lo nos inclina a creer por impresiones. Ahora   bien, no debemos ser determinados en nuestros juicios libres por nada   que no sea la luz y la evidencia; si nos dejamos guiar por la impresi&oacute;n sensible, habremos de estar equivocados casi siempre<sup><a href="#" name="s"></a></sup>.</p>     <p>   El autor propone entonces en breve la substancia del argumento en   contra de la existencia de los cuerpos, que despu&eacute;s Berkeley encontrar&aacute;   tan dif&iacute;cil de ilustrar, y descubre que, como inter&eacute;s de la filosof&iacute;a, la   existencia de la materia no es sino una probabilidad ante la que est&aacute; en   nuestro poder asentir o no asentir seg&uacute;n nos plazca. En una palabra, es   por la fe, y no por la evidencia, que nos convencemos de esta verdad. &Eacute;ste no es el lugar apropiado para analizar el pasaje citado arriba, de lo contrario, ser&iacute;a f&aacute;cil mostrar que la doctrina que el autor proporciona (tal como est&aacute;), no es [158] reconciliable con otras partes de su sistema. S&oacute;lo deseo decir que lo que se afirma aqu&iacute; acerca de nuestra creencia en la existencia de los cuerpos como algo no necesario, sino como algo de lo que podemos abstenernos si nos place, es contrario a mi experiencia. Que mi cuerpo, y este l&aacute;piz y papel, y los otros objetos corporales que me rodean, realmente existen, es tan evidente para m&iacute; como que mi propia alma existe. De hecho es tan evidente, que nada es ni puede serlo en mayor grado; y pese a que mi vida dependiera de su resultado, no podr&iacute;a llevarme a dudar de ello, ni siquiera por un momento.</p>     <p>   Por tanto, debo afirmar que la existencia de la materia no puede   ser refutada por argumentos, m&aacute;s de lo que puede serlo mi propia   existencia o la verdad de un axioma auto&ndash;evidente de la geometr&iacute;a.   Arg&uuml;ir en contra de ello es colocar a la raz&oacute;n en oposici&oacute;n al sentido   com&uacute;n, lo cual corrompe indirectamente el fundamento de todo   razonamiento justo, y pone en cuesti&oacute;n la distinci&oacute;n entre la verdad   y la falsedad. Sin embargo, se nos dice que un gran fil&oacute;sofo ha   demostrado realmente que la materia no existe. &iexcl;Demostrado! En   verdad &eacute;sta es una informaci&oacute;n extra&ntilde;a. A este paso cualquier falsedad   puede ser probada como verdadera, y cualquier verdad como   falsa, pues es imposible que alguna verdad sea m&aacute;s evidente que &eacute;sta: que la materia existe. Veamos de todos modos lo que Berkeley tiene que decir a favor de esta extraordinaria doctrina. A las demostraciones y a los argumentos sensatos les es natural el producir convicci&oacute;n, o al menos un grado de asentimiento, en las personas que les prestan su atenci&oacute;n y los entienden. Le&iacute; Los principios del conocimiento humano, junto con Los di&aacute;logos entre Hylas y Philonous; los argumentos, he de confesarlo, son sutiles y bien adaptados para el prop&oacute;sito de desconcertar y confundir. Tal vez no emprenda una refutaci&oacute;n contra ellos; tal vez est&eacute; ocupado, o sea indolente, o no est&eacute; familiarizado con los principios de esta filosof&iacute;a, o sea poco versado en su l&oacute;gica metaf&iacute;sica. Pero &iquest;estoy convencido, a partir de esta supuesta demostraci&oacute;n, de que la materia [159] no tiene existencia sino como una idea en mi mente? En lo m&aacute;s m&iacute;nimo. Mi creencia ahora es precisamente la misma que antes. &iquest;Es antifilos&oacute;fico no estar convencido por argumentos que no puedo refutar? Tal vez lo sea, pero no puedo evitarlo. Que se me tache de la lista de los fil&oacute;sofos como un inconformista, si as&iacute; se desea. Se me puede llamar inflexible, irracional o inadaptado, un hombre con el que no vale la pena discutir; pero hasta que la estructura de mi naturaleza no se desarme, y no me sea dado un nuevo juego de facultades, no puedo creer esta extra&ntilde;a doctrina, pues es perfectamente incre&iacute;ble. Pero si se me permitiera hacer una torpe consulta, de buena gana preguntar&iacute;a: &iquest;d&oacute;nde est&aacute; el da&ntilde;o en continuar con mi vieja opini&oacute;n y creer, con el resto del mundo, que no soy el &uacute;nico ser creado en el universo, sino que hay muchos otros, cuya existencia es independiente de la m&iacute;a, y la m&iacute;a de la de ellos? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el da&ntilde;o en creer que si me cayera en aquel precipicio y me partiera el cuello, ya no ser&iacute;a m&aacute;s un hombre de este mundo? Mi cuello, Se&ntilde;or, puede ser una idea para usted, pero es una realidad para m&iacute;, bastante importante adem&aacute;s. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el da&ntilde;o en creer que, si en este clima severo, me rehusara a poner (lo que usted llama) la idea de un abrigo sobre la idea de mis hombros, la idea del fr&iacute;o podr&iacute;a producir las ideas de un dolor y enfermedad, que posiblemente terminen en mi muerte real? &iquest;Qu&eacute; gran ofensa cometer&iacute;a contra Dios, o el hombre, o la iglesia o el estado, contra la filosof&iacute;a o el sentido com&uacute;n, si continuara creyendo que la comida material me nutre, mientras que la idea de ella no lo hace; que el sol real me ilumina y me calienta, pero que la idea m&aacute;s vivaz de &eacute;l no har&aacute; lo mismo; y que para obtener paz mental y auto&ndash; aprobaci&oacute;n no debo solamente formar ideas de compasi&oacute;n, justicia y generosidad, sino que debo ejercer estas virtudes en comportamientos externos? &iquest;Qu&eacute; da&ntilde;o hay en todo ello?</p>     <p> &mdash;&iexcl;Oh!, ning&uacute;n da&ntilde;o en absoluto, Se&ntilde;or; pero, la verdad&hellip; la   verdad&hellip; &iquest;cerrar&iacute;a usted sus ojos ante la verdad?</p>     <p> &mdash;Ning&uacute;n hombre honesto [160] lo har&aacute; jam&aacute;s: conv&eacute;nzame de   que su doctrina es verdadera y la acoger&eacute; instant&aacute;neamente.</p>     <p> &mdash;&iquest;Acaso no lo he convencido?, obstinado, irresponsable, inexorable.   Responda a mis argumentos si puede.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> &mdash;&iexcl;Ay, Se&ntilde;or!, me ha dado argumentos en abundancia, pero no             me ha dado ninguna convicci&oacute;n. Si sus argumentos no producen             convicci&oacute;n, no valen nada para m&iacute;. Son como billetes falsos: algunos             de ellos han sido falsificados con tal destreza, que ni su ojo ni el m&iacute;o             los pueden detectar, sin embargo, miles de ellos no valdr&iacute;an nada en             el banco, y aun el fabricante de papel me recompensar&iacute;a mejor si le             diera harapos viejos. No necesita molestarse en decirme que debo             estar convencido; yo debo estar convencido solamente cuando siento   convicci&oacute;n, y cuando no la siento, no debo estarlo.</p>     <p>   Se ha dicho de algunas doctrinas y razonamientos que su absurdidad   extrema impide que sean susceptibles a refutaciones racionales. &iquest;Se supone que debo creer esta doctrina? &iquest;Debo estar convencido por este razonamiento? Nunca escuch&eacute; de una doctrina m&aacute;s escandalosamente absurda que &eacute;sta de la inexistencia de la materia. Podr&iacute;a creer con mayor facilidad cualquier ficci&oacute;n de las Historias persas. La presunci&oacute;n m&aacute;s tonta de la superstici&oacute;n m&aacute;s despreciable que jam&aacute;s haya avergonzado a la naturaleza humana, no es m&aacute;s impactante para el sentido com&uacute;n, ni m&aacute;s repugnante para cualquier principio de la creencia humana. &iquest;Y debo aceptar esta jerga como verdadera, porque no puedo refutar los argumentos de un hombre que es un disputante m&aacute;s sutil que yo? &iquest;Acaso la filosof&iacute;a requiere que haga esto? De ser as&iacute;, entonces ella debe suponer que la verdad es tan variable como las fantas&iacute;as, los caracteres y las habilidades intelectuales de los hombres, y que no hay nada como el sentido com&uacute;n.</p>     <p>   Pero tal vez se me diga que todo esto no es sino cr&iacute;tica   y declamaci&oacute;n.</p>     <p> &mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa si, despu&eacute;s de todo, esta doctrina es cre&iacute;da, y la             sofister&iacute;a de Berkeley (como usted la llama), es admitida como un             argumento sensato y como una prueba leg&iacute;tima? &iquest;Qu&eacute; ocurre entonces   [161] con su sentido com&uacute;n y con sus convicciones instintivas?</p>     <p> &mdash;&iquest;Qu&eacute; ocurre entonces, pregunta? Entonces acepto el hecho             como algo extraordinario, y no puedo evitar sufrir por las consecuencias,   que deben ser importantes y fatales.</p>     <p>   Si un hombre, ya sea por vanidad, por un deseo de estar a la   moda o para hacerse pasar por maravillosamente sabio, dice que la   doctrina de Berkeley es verdadera, mientras que su creencia es precisamente   la misma que la m&iacute;a, est&aacute; bien; lo dejo disfrutar de los   frutos de su hipocres&iacute;a que, sin duda alguna, contribuir&aacute;n poderosamente   a su mejor&iacute;a en candor, felicidad y sabidur&iacute;a. Si un hombre   que profesa esta doctrina act&uacute;a como otros hombres en los asuntos   comunes de la vida, no creer&eacute; sincera su profesi&oacute;n. Pues esta doctrina,   al remover a los cuerpos del universo, produce un cambio total   en las circunstancias del hombre, y, por lo tanto, si no se trata de algo   meramente verbal, debe producir un cambio total en su conducta.   Cuando un hombre es expulsado de su casa, o despojado de sus ropas,   o se le ha robado su dinero, debe cambiar su comportamiento y   actuar de manera diferente a como act&uacute;an otros hombres que disfrutan   de esas ventajas. Persuada a un hombre de que es un pordiosero   y un vagabundo, y lo ver&aacute; cambiar instant&aacute;neamente sus maneras. Si   los argumentos en contra de la existencia de la materia alguna vez   han tra&iacute;do consigo la convicci&oacute;n, entonces deben haber producido   al mismo tiempo un cambio extraordinario en la conducta. Pero si   no han causado dicho cambio, debo insistir, nunca han tra&iacute;do convicci&oacute;n   consigo, sin importar la vehemencia de la protesta con la que   los hombres confiesan dicha convicci&oacute;n. Si usted dice que, pese a que   el entendimiento del hombre est&eacute; convencido, hay ciertos instintos   en su naturaleza que no le permiten alterar su conducta, o que si lo   hiciera, el resto de la humanidad lo tomar&iacute;a por un lun&aacute;tico, por lo   primero permite que la creencia en la inexistencia de los cuerpos sea   inconsistente con las leyes de la naturaleza, y por lo segundo permite que sea inconsistente con el sentido com&uacute;n.</p>     <p>   [162] Pero si un hombre se convence de que la materia no tiene   existencia, y cree este dogma con tanta firmeza y tan poca desconfianza   como yo creo lo contrario, temo que tendr&aacute; pocas razones   para elogiarse sobre esta nueva adquisici&oacute;n en la ciencia; pronto   comprender&aacute; que hubiese sido mejor para &eacute;l razonar, creer y actuar   como el resto de la gente. Si se cae por un precipicio, o es pisoteado por caballos, le ser&aacute; de poco provecho el haber tenido alguna vez   el honor de ser disc&iacute;pulo de Berkeley, y creer que esos objetos peligrosos   no son nada m&aacute;s que ideas en la mente. Y sin embrago, si   se ve a dicho hombre evitar el precipicio, o apartarse del paso de   un coche con seis caballos a todo galope, act&uacute;a tan inconsistentemente   con su creencia, como si huyera del retrato de un hombre   enojado, aun sabiendo que es un retrato. Puede suponer que su vida   ser&aacute; preservada por el cuidado de sus amigos, o por la fuerza del   instinto natural exhort&aacute;ndolo a actuar contrariamente a sus creencias,   pero esto le costar&aacute; caro, pues si la evidencia m&aacute;s clara y la   convicci&oacute;n m&aacute;s completa son falaces, ruego que se me informe de   qu&eacute; tipo de evidencia, de qu&eacute; grado de convicci&oacute;n nos podemos fiar. &iexcl;Si la naturaleza fuese ilusionista de profesi&oacute;n, nos tocar&iacute;a a nosotros, pobres reptiles medio ciegos, intentar penetrar los misterios de su coraz&oacute;n, y encargarnos de decidir cu&aacute;ndo nos presenta una apariencia verdadera y cu&aacute;ndo una falsa! Sin embargo, no dir&eacute; que este hombre corre un riesgo m&aacute;s grande de caer en el escepticismo universal que en la credulidad universal. O bien lo uno, o lo otro, o los dos, deben ser su destino; y cualquiera de ellos ser&aacute; suficiente para amargar su vida entera y para descalificarlo de cualquier deber de una criatura racional. Aquel que pueda creer en alg&uacute;n caso en contra del sentido com&uacute;n, en contra de la evidencia m&aacute;s clara y en contra de la convicci&oacute;n m&aacute;s completa, puede hacerlo en otro; consecuentemente, puede convertirse en el embaucado de cualquier pendenciero que sea m&aacute;s astuto que &eacute;l, y entonces, si no se le aparta de la humanidad, su libertad y felicidad [163] desaparecer&aacute;n para siempre. Por supuesto, un temperamento alegre, fuertes h&aacute;bitos hacia la virtud y la compa&ntilde;&iacute;a de los buenos y los sabios, lo pueden salvar de la perdici&oacute;n si no se encuentra con tentaciones ni dificultades. Pero el fin de todo arte &uacute;til es ense&ntilde;arnos a superar las dificultades, no incapacitarnos para enfrentarlas. Se sabe de hombres que vivieron muchos a&ntilde;os en una habitaci&oacute;n c&aacute;lida, hasta que se volvieron muy delicados como para soportar el aire libre, pero &iquest;qui&eacute;n dir&iacute;a que este es un h&aacute;bito deseable? &iquest;Qu&eacute; m&eacute;dico recomendar&iacute;a un r&eacute;gimen as&iacute; a un hombre sano?</p>     <p>   Se me dice que no puedo seguir suponiendo lo que considero imposible:   que la humanidad en general, o siquiera un ser racional, podr&iacute;a,   mediante argumentos, estar convencido de que esta absurda doctrina   es verdadera. &iquest;Qu&eacute; ocurre si todos los hombres son privados en   un instante de su entendimiento por un poder superior, y son llevados   a creer que la materia no tiene existencia alguna, sino como una   idea en la mente, mientras todas las dem&aacute;s cosas terrenales permanecen   tal como est&aacute;n? Sin duda esta cat&aacute;strofe arrojar&iacute;a, de acuerdo   con nuestros metaf&iacute;sicos, una maravillosa luz sobre todas las ramas   del conocimiento. No deseo ni siquiera conjeturar ni el n&uacute;mero, ni la extensi&oacute;n, ni la calidad de descubrimientos sorprendentes que comenzar&iacute;an   a mostrarse ante la vista. Pero estoy seguro de esto, menos   de un mes despu&eacute;s no podr&iacute;a haber, sin alg&uacute;n otro milagro, ninguna criatura humana con vida sobre la faz de la tierra<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup><sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup>.</p>     <p>   Berkeley previ&oacute; estas objeciones, e hizo lo que pudo para evitar algunas   de ellas. Realiz&oacute; un gran esfuerzo por probar dos puntos: el primero   es [164] que su sistema no difiere de las creencias del resto de la humanidad;   el segundo, que nuestra conducta no puede verse afectada por nuestra incredulidad acerca de la existencia del mundo material.</p>     <p>   1. El primer punto es ciertamente falso. El mismo Sr. Hume parece   dispuesto a abandonarlo. He conocido a muchos que no pueden   responder a los argumentos de Berkeley, pero nunca conoc&iacute; a uno que   creyera su doctrina<sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup>. Se la he mencionado a algunos que no estaban   familiarizados con la filosof&iacute;a, y que por lo tanto se supone no ten&iacute;an   prejuicio alguno a favor de ning&uacute;n sistema, y todos la tomaron como la   jerga m&aacute;s despreciable que ning&uacute;n hombre en sus cabales jam&aacute;s haya   podido, o podr&iacute;a, creer. He prestado cuidadosa atenci&oacute;n a los efectos   que esta doctrina ha producido en mi mente, y se me presenta en este   momento tal como cuando la escuch&eacute; por primera vez: incre&iacute;ble e incomprensible.   Digo incomprensible, pues, pese a que al leerla una y otra vez he memorizado un conjunto de frases y de argumentos que   me permitir&iacute;an, si estuviese dispuesto, hablar, arg&uuml;ir y escribir &ldquo;acerca   de ella y acerca de ella&rdquo;; cuando dejo de lado los sistemas y los silogismos,   cuando entro a alg&uacute;n dominio del negocio de la vida, o cuando   remito el asunto a la decisi&oacute;n imparcial de mi mente, veo con claridad   que jam&aacute;s tuve un significado preciso para mis palabras, cuando dec&iacute;a   que el mundo material no tiene existencia sino en la mente que lo percibe.   En breve, si este autor ha afirmado que yo, y toda la humanidad,   aceptamos y creemos Las mil y una noches como una historia verdadera,   no podr&iacute;a tener una mejor raz&oacute;n para contradecir esa afirmaci&oacute;n   que la que tengo para contradecir &eacute;sta: &ldquo;que los principios de Berkeley   en lo referente a la existencia de la materia, no difieren de las creencias del resto de la humanidad.&rdquo;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   2. A favor del segundo punto, &eacute;l dice que nada nos proporciona   un inter&eacute;s en el mundo material, excepto los sentimientos placenteros   o dolorosos que acompa&ntilde;an a nuestras percepciones; que estas   percepciones son las mismas tanto si creemos [165] que el mundo   material existe, como si creemos que no existe; consecuentemente,   que nuestros sentimientos placenteros o dolorosos son tambi&eacute;n   los mismos, y que, por lo tanto, nuestra conducta, que depende de   nuestros sentimientos y percepciones, debe ser la misma tanto si creemos, como si no creemos en la existencia de la materia.</p>     <p>   Pero si fuese cierto que por la ley de la naturaleza estamos determinados   inevitablemente a creer en la existencia de la materia, y a actuar   de acuerdo con esta creencia (y pienso que nada es m&aacute;s cierto), &iquest;c&oacute;mo   podr&iacute;a imaginarse que una creencia contraria no producir&iacute;a ninguna   alteraci&oacute;n en nuestra conducta y en nuestros sentimientos? Con seguridad   las leyes de la naturaleza no son cosas insignificantes, al punto   de que sea un asunto de perfecta indiferencia si pensamos y actuamos   de acuerdo con ellas o no<sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup>. Yo creo que la materia existe; yo debo   creer que la materia existe; y debo actuar constantemente de acuerdo   con esta creencia: &eacute;sta es la ley de mi constituci&oacute;n. Sup&oacute;ngase que mi   constituci&oacute;n cambiara en cuanto a esto y todo lo dem&aacute;s permaneciera   igual. &iquest;No habr&iacute;a entonces ning&uacute;n cambio en mis sentimientos y   en mi conducta? Si no lo hubiera, esta ley de la naturaleza ser&iacute;a, en primer lugar, in&uacute;til, porque los hombres podr&iacute;an estar igual de bien   sin ella; en segundo lugar, inconveniente, porque su fin ser&iacute;a mantenernos   ignorantes respecto a la verdad, y, en tercer lugar, absurda,   porque ser&iacute;a insuficiente para lograr su fin, ya que el obispo de Cloyne,   y otros, parecen haber logrado alcanzar la verdad a pesar de ella. &iquest;Es   esto concordante con la econom&iacute;a usual de la naturaleza? &iquest;Es posible   idear sentimientos o m&aacute;ximas m&aacute;s subversivos para la verdad, y m&aacute;s repugnantes para el esp&iacute;ritu de la verdadera filosof&iacute;a?</p>     <p>   Adicionalmente: todos los objetos externos tienen algunas cualidades   en com&uacute;n; pero entre un objeto externo y una idea, o un   pensamiento de la mente, no hay ni es posible que haya ninguna semejanza.   Un grano de arena y el globo terrestre, un carb&oacute;n ardiente   y un trozo de hielo, una gota de tinta y una hoja de papel blanco;   todos ellos se parecen en que son extensos, s&oacute;lidos, con figura, con   color y divisibles. Pero una [166] idea o un pensamiento no tienen   extensi&oacute;n, solidez, figura, color ni divisibilidad, de manera que dos   objetos externos no pueden ser tan diferentes, como un objeto externo   y (lo que los fil&oacute;sofos llaman) la idea de &eacute;l. Ahora bien, Berkeley   nos ense&ntilde;&oacute; que los objetos externos (esto es, las cosas que tomamos   por objetos externos) no son sino ideas en nuestras mentes; en otras   palabras, que ellos son, en todo respecto, diferentes de lo que parecen   ser. Parece ser que esta vela no posee ninguna de las cualidades que   aparenta tener: no es blanca, ni luminosa, ni redonda, ni divisible, ni   extensa; pues ninguna de estas cualidades puede posiblemente pertenecer   a una idea de la mente. &iquest;C&oacute;mo puedo saber lo que realmente   es? No puedo concluir nada a partir de lo que parece ser; al menos   no m&aacute;s de lo que puede juzgar acerca del color de la nieve o la apariencia   visible del cielo estrellado, un hombre ciego que manipula un   poco de cera negra. La vela puede ser una pir&aacute;mide egipcia, el rey   de Prusia, un perro rabioso o nada en absoluto; puede ser la isla de   Madagascar, el anillo de Saturno, o una de las Pl&eacute;yades; esto es todo   lo que s&eacute;, o puedo saber, a menos que se me permita juzgar su naturaleza   a partir de su apariencia, lo que, sin embargo, no puedo hacer   razonablemente si su apariencia y su naturaleza son en todo respecto   tan diferentes como para no tener ni una sola cualidad en com&uacute;n.   Por lo tanto, debo creer que esto es lo que aparenta ser, un objeto externo   real y corp&oacute;reo; y debo rechazar el sistema de Berkeley, o no   podr&eacute; creer jam&aacute;s, con ning&uacute;n atisbo de raz&oacute;n, nada concerniente a &eacute;l. &iquest;Se dir&aacute; a&uacute;n que la creencia de este sistema no puede afectar en lo m&aacute;s m&iacute;nimo a los sentimientos o a la conducta? Con la misma verdad se puede decir que los sentimientos y la conducta de Newton no habr&iacute;an sido afectados en lo m&aacute;s m&iacute;nimo de haber sufrido una metamorfosis en un idiota, o en un mont&oacute;n de sal.</p>     <p>   Algunos lectores pueden mostrarse insatisfechos con estos razonamientos,   a causa de la ambig&uuml;edad de las palabras objeto externo e idea;   las que, sin embargo, [167] no han sido explicadas completamente por   los defensores de la inexistencia de la materia. Otros pueden pensar que   debo haber malinterpretado al autor, pues &eacute;l era un l&oacute;gico demasiado   agudo como para dejar su sistema expuesto a objeciones tan decisivas   y obvias. Para complacer a dichos lectores, no insistir&eacute; en estas objeciones.   Que pueda haber malinterpretado la doctrina del autor no s&oacute;lo   es posible, sino altamente probable; m&aacute;s bien, tengo razones para pensar   que no fue perfectamente comprendido ni siquiera por &eacute;l. &iquest;Acaso   Berkeley no escribi&oacute; sus Principios del conocimiento humano con la   intenci&oacute;n expresa (lo que le produce mucho orgullo) de desterrar al escepticismo   tanto de la ciencia como de la religi&oacute;n? &iquest;No era optimista en   la esperanza de triunfar en ello? &iquest;Y no han probado los hechos que estaba   horriblemente equivocado? &iquest;Acaso no es evidente, por el uso que   otros autores han hecho de &eacute;l, que su sistema lleva al ateismo y al escepticismo   universal? Y si una m&aacute;quina decepciona a su inventor, al punto   de producir efectos contrarios a los deseados y esperados, &iquest;no podemos   concluir, sin quebranto en la claridad, que &eacute;l no entendi&oacute; perfectamente   su plan? En todo caso, parece ser que el autor no previ&oacute; todas las objeciones   a las que es susceptible su teor&iacute;a. No previ&oacute; que pod&iacute;a haber   construido el fundamento de un sistema esc&eacute;ptico; si lo hubiera hecho, sabemos que habr&iacute;a renunciado a &eacute;l con aborrecimiento.</p>     <p>   Hay entonces una objeci&oacute;n (en la que pienso que no puedo estar   equivocado) que me permitir&aacute; alcanzar completamente mi presente   prop&oacute;sito: la doctrina de nuestro autor es contraria a la creencia com&uacute;n,   y lleva al escepticismo universal. Sup&oacute;ngase que es aceptada universal y   seriamente; sup&oacute;ngase a todos los hombres despojados de toda creencia   y, consecuentemente, de todo principio; &iquest;no suceder&iacute;a necesariamente la disoluci&oacute;n de la sociedad y la destrucci&oacute;n de la humanidad?</p>     <p>   De todas formas, se me dice que Berkeley fue un hombre bueno, y   que sus principios no le hicieron ning&uacute;n da&ntilde;o. Reconozco esto; &eacute;l era en   verdad una persona de suma excelencia, nadie puede reverenciar su memoria   m&aacute;s que yo. Pero, &iquest;parece &eacute;l haber [168] actuado de acuerdo con   sus principios, o parece haberlos entendido a cabalidad? &iquest;Parece acaso   que, si los hubiera puesto en pr&aacute;ctica, no hubiera ocurrido nunca un   da&ntilde;o hacia &eacute;l<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup> o hacia la sociedad? &iquest;Parece que era un esc&eacute;ptico o un amigo del escepticismo? &iquest;Parece que los hombres pueden adoptar   sus principios sin riesgo de volverse esc&eacute;pticos? Lo contrario a todo esto se muestra con evidencia incontrovertible.</p>     <p>   Con seguridad el orgullo no fue hecho para el hombre. El genio   m&aacute;s eminente puede encontrar en s&iacute; muchos recuerdos conmovedores   de la fragilidad humana, tales que lo convierten en objeto de   compasi&oacute;n para quienes son, en virtud y entendimiento, muy inferiores   a &eacute;l. Compadezco la debilidad de Berkeley al defender una teor&iacute;a   tan absurda y peligrosa. No dudo que debe haber nublado muchos de   sus d&iacute;as con un abatimiento, que ni la aprobaci&oacute;n de su conciencia,   ni la serenidad natural de su temperamento, pudieran disipar enteramente <sup><a href="#?" name="s?">&clubs;</a></sup>. Y si yo creyera que estaba intoxicado con su teor&iacute;a, y que se regocijaba con ella, a&uacute;n me compadecer&iacute;a de esa intoxicaci&oacute;n como una debilidad. El candor no me permite darle un nombre m&aacute;s severo, pues veo en sus escritos, y s&eacute; por el testimonio de sus contempor&aacute;neos, particularmente Pope y Swift, que era un amigo de la virtud y de la naturaleza humana.</p>     <p>   No debemos suponer que una doctrina falsa es inofensiva, solamente   [169] porque no logr&oacute; corromper el coraz&oacute;n de un hombre bueno.   Tampoco debemos suponer que, porque unos pocos esc&eacute;pticos no tienen   autoridad para volver a la ciencia despreciable, o el poder para   trastornar a la sociedad, el escepticismo no es peligroso para la ciencia   o para la humanidad. Los efectos del escepticismo general ser&iacute;an   horribles y fatales. Por lo tanto, debemos permitirnos afirmar, a pesar   de nuestra reverencia por el car&aacute;cter de Berkeley, que hemos probado   suficientemente que su doctrina es subversiva para los intereses m&aacute;s importantes del hombre, como ser moral, inteligente y percipiente.</p>     <p>   Despu&eacute;s de todo, aun si concediera que la incredulidad en la existencia   de la materia no podr&iacute;a producir ning&uacute;n cambio considerable   en los principios de la acci&oacute;n y el razonamiento, el lector encontrar&aacute;,   en lo que sigue<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup>, que el objetivo que tengo en mente no se ver&aacute; afectado ni siquiera por esta concesi&oacute;n. No digo esto siendo difidente o   esc&eacute;ptico respecto de lo que he dicho acerca del tema actual. Nunca   recomendar&eacute; a otros las doctrinas que no creo. Estoy absolutamente   seguro de que para m&iacute; el sistema de Berkeley traer&iacute;a las consecuencias   m&aacute;s fatales, y que ser&iacute;a igualmente peligroso para el resto de la   humanidad; no puedo dudar de ello mientras crea que su naturaleza y la m&iacute;a son iguales.</p>     <p>   Pese a que es absurdo intentar ofrecer una prueba de lo que es   auto&ndash;evidente, es meritorio y de hombres refutar las objeciones que la   sofister&iacute;a tiene contra ello. Con respecto al tema en cuesti&oacute;n, esto ha   sido hecho de una manera decisiva y magistral por el ilustrado y sagaz   Dr. Reid<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup>, quien prueba que el razonamiento de Berkeley, y de otros,   respecto a las cualidades primarias y secundarias<sup><a href="#" name="s"></a></sup>, debe sus [170] diferencias   solamente a la ambig&uuml;edad de las palabras. He probado que,   aun si este error fundamental nunca hubiese sido detectado, la filosof&iacute;a   de Berkeley es absurda por su propia naturaleza, porque supone que   los principios originales del sentido com&uacute;n son controvertibles y falaces. &Eacute;sta es una suposici&oacute;n repugnante para el genio de la verdadera filosof&iacute;a, y lleva a la credulidad universal o al escepticismo universal, y, consecuentemente, a la subversi&oacute;n de todo conocimiento y virtud. Antes de continuar es apropiado hacer uno o dos comentarios acerca de lo que se ha dicho.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   1. Tenemos aqu&iacute; una muestra de una doctrina adoptada por algunos   fil&oacute;sofos, en contradicci&oacute;n directa con la creencia general de   todos los hombres en todas las &eacute;pocas.</p>     <p>   2. El razonamiento que la sostiene, pese a que ha sido durante   mucho tiempo irrefutable, nunca produjo una convicci&oacute;n seria   y estable. Aun as&iacute;, el sentido com&uacute;n siempre consider&oacute; falsa esta   doctrina. Lamentamos encontrar que los poderes de la raz&oacute;n humana   son tan limitados como para no poder producir una refutaci&oacute;n l&oacute;gica de ella; est&aacute;bamos convencidos de que ameritaba una refutaci&oacute;n,   y nos jact&aacute;bamos de que tarde o temprano ser&iacute;a refutada [171].</p>     <p>   3. La creencia real y general de esta doctrina ser&iacute;a aceptada con   consecuencias fatales para la ciencia y para la naturaleza humana,   pues es una doctrina de acuerdo a la cual el hombre no podr&iacute;a actuar   ni razonar en los asuntos comunes de la vida, sin incurrir en la   locura o la estupidez, e involucrarse en la angustia y la perdici&oacute;n.</p>     <p>   4. A partir del sentimiento de la tendencia maligna de esta doctrina,   un hombre ingenioso se dedica a examinar los principios en   los que est&aacute; basada y descubre que son err&oacute;neos. Luego prueba, con   la convicci&oacute;n total de jueces competentes, que desde el principio al   fin es todo misterio y falsedad, levant&aacute;ndose desde las palabras ambiguas   y la admisi&oacute;n gratuita de principios, que nunca habr&iacute;an sido   aceptados de haber sido entendidos completamente.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><sup><a href="#s?" name="#?">&clubs;</a></sup> Beattie se refiere a la secci&oacute;n I del cap&iacute;tulo II de la segunda parte de su Ensayo, titulada   Observaciones generales. Surgimiento y progreso del escepticismo moderno, que comienza diciendo:</p>     <p>   La filosof&iacute;a cartesiana debe ser considerada como el fundamento del escepticismo   moderno. La fuente de los razonamientos de Locke en contra de la existencia independiente   de las cualidades secundarias de la materia, de los razonamientos de   Berkeley en contra de la existencia del mundo material, y de los razonamientos de   Hume en contra de la existencia tanto del cuerpo como del alma, puede ser encontrada   en la primera parte de los Principios de Descartes. Sin embargo, nada parece haber   sido m&aacute;s lejano a las intenciones de este valioso e ingenioso fil&oacute;sofo, que el dar pie   para la irreligi&oacute;n y el libertinaje. (122)</p>     <p>   Beattie avanza a trav&eacute;s de las distintas teor&iacute;as con el &aacute;nimo de mostrar que es por el   hecho de que estos autores no han distinguido entre raz&oacute;n y sentido com&uacute;n, que sucumben   en el escepticismo.</p>     <p>   <sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Por existencia independiente queremos decir una existencia que no depende de   nosotros, ni, hasta donde sabemos, de ning&uacute;n ser, excepto el Creador. Berkeley y otros   dicen que la materia no existe sino en la mente que la percibe, y que consecuentemente   depende, en lo que respecta a su existencia, de esa mente.</p>     <p><sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Descartes, Los principios de la filosof&iacute;a, Parte 1, &sect; 4; Parte 2, &sect;1.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s&clubs;" name="#&clubs;">&clubs;</a></sup> Beattie se refiere a los argumentos que ha ofrecido en la secci&oacute;n anterior de su Ensayo   en contra de la teor&iacute;a de Descartes. Analiza all&iacute; varios fragmentos de las Meditaciones,   con el fin de probar que las ideas de Descartes encierran, en el fondo, una petici&oacute;n   de principio acerca de la veracidad de nuestras facultades. Si Descartes llegara a desconfiar   verdaderamente de ellas, dice Beattie, jam&aacute;s podr&iacute;a avanzar ni un paso en su sistema (cf. Ensayo 124).</p>     <p><sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Yo conoc&iacute; una vez a un hombre, criado en letras y de no mala memoria, que me dijo   que nunca hab&iacute;a so&ntilde;ado en toda su vida, hasta que tuvo esas calenturas de las que   acababa de sanar, que ser&iacute;a a los veinticinco o veintis&eacute;is a&ntilde;os de edad. (Locke, Ensayo   sobre el entendimiento humano, Libro segundo, Cap&iacute;tulo I, &sect;14)   Un joven conocido m&iacute;o jam&aacute;s sue&ntilde;a en absoluto, excepto cuando su salud est&aacute; trastornada.</p>     <p> <sup><a href="#s" name="#"></a></sup> Ver la secci&oacute;n precedente. [En esa secci&oacute;n Beattie acude a una argumentaci&oacute;n en la             que intenta mostrar que la &uacute;nica manera en la que el argumento de Descartes puede funcionar, es si se acepta de antemano que las facultades son dignas de confianza:</p>     <p>   Partiendo de esta noci&oacute;n innata e irresistible, que mis facultades son confiables, infiero,   por el razonamiento m&aacute;s justo, que Dios existe&hellip; Pero Descartes argumenta de una   manera diferente. Porque Dios existe (dice), y porque es perfecto, se sigue que mis facultades   son confiables. Bien, &mdash;Pero, &iquest;c&oacute;mo sabe que Dios existe? &mdash;Lo infiero del segundo   principio de mi filosof&iacute;a que ya ha sido establecido, Cogito, ergo sum. &mdash;&iquest;C&oacute;mo sabe que   su inferencia es justa? &mdash;Porque satisface a mi raz&oacute;n. &mdash;&iquest;Acaso su argumento no parte de   la suposici&oacute;n de que lo que satisface a su raz&oacute;n es verdadero? &mdash;S&iacute;, lo hace. &mdash;&iquest;No da por   sentado entonces que su raz&oacute;n no es una facultad falaz, sino una confiable? &mdash;Esto debe   darse por sentado, de lo contrario el argumento no sirve para nada. &mdash;Si es as&iacute;, su argumento   parte de la suposici&oacute;n de que el punto que debe ser probado es verdadero. En otras   palabras, usted pretende probar la veracidad de sus facultades, mediante un argumento que evidente y necesariamente presupone su veracidad. (Ensayo 125&ndash;6)]</p>     <p> <sup><a href="#s" name="#"></a></sup> Recherche de la verit&eacute;. Tom. 3 P. 30. A Paris, chez Palard, 1679. [Beattie se refiere a la &ldquo;Sexta elucidaci&oacute;n&rdquo; de Malebranche. Cf. Malebranche 569].</p>     <p><sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> &ldquo;Pero pese a que Descartes ha ofrecido las pruebas m&aacute;s fuertes que la sola raz&oacute;n   puede formar para la existencia de los cuerpos, y pese a que es evidente que Dios   no es enga&ntilde;ador, y que podemos decir que nos enga&ntilde;a si nos enga&ntilde;amos nosotros   mismos al hacer el uso debido de nuestra mente y de otras facultades de las que &Eacute;l es   el Autor; a&uacute;n as&iacute; podemos decir que la existencia de la materia no est&aacute; perfectamente   demostrada, i.e. con rigor geom&eacute;trico. Pues en las cuestiones filos&oacute;ficas no debemos   creer nada hasta que la evidencia nos obligue a hacerlo. Debemos hacer tanto uso de   nuestra libertad como nos sea posible [&hellip;] As&iacute;, para estar enteramente convencidos   de que hay cuerpos, nos debemos haber demostrado no s&oacute;lo que hay un Dios y que no   es enga&ntilde;ador, sino tambi&eacute;n que &Eacute;l nos ha asegurado que ha creado realmente dicho   mundo, prueba que no he encontrado en las obras de Descartes&rdquo; (Tom. 3. p. 37, 38, 39). [En la edici&oacute;n en ingl&eacute;s cf. 572&ndash;573.]</p>     <p> <sup><a href="#s" name="#"></a></sup> Tom. 3, P. 39 [en la versi&oacute;n en ingl&eacute;s cf. 573].</p>     <p><sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Creo que esto se debe seguir si aceptamos que nuestros sentidos externos son necesarios   para nuestra preservaci&oacute;n, y no puedo imaginar c&oacute;mo esto podr&iacute;a ser negado. Un   hombre ciego, o sordo, puede vivir c&oacute;modamente en la sociedad de aquellos que ven o   escuchan; pero si toda la humanidad fuese ciega o sorda, o privada de su raz&oacute;n hasta   no creer a sus ojos, o&iacute;dos y otras facultades perceptuales, no concibo c&oacute;mo podr&iacute;a preservarse la vida humana sin un milagro.</p>     <p> <sup><a href="#s&clubs;" name="#&clubs;">&clubs;</a></sup> Priestley cita las &uacute;ltimas l&iacute;neas de este p&aacute;rrafo en su Estudio, con el fin de mostrar que             Beattie procede de manera muy diferente a la de Reid en su ataque a Berkeley. Para             Priestley, Beattie no da a Berkeley jam&aacute;s el beneficio de la duda. Al respecto escribe:             El Dr. Reid encuentra justamente a su enemigo, lo vence, lo desolla [la palabra de             Priestley es &ldquo;flays&rdquo;, utilizada para referirse al acto de criticar severamente] y lo entierra,             todo en su orden apropiado. Pero el Dr. Beattie comienza con el &uacute;ltimo acto, el             entierro, sin molestarse por saber si su contrincante est&aacute; vivo o muerto, pensando que   el acto de enterrarlo ser&aacute; suficiente para todo lo dem&aacute;s. (Estudio 149)</p>     <p>   El proceder de Beattie desagrada profundamente a Priestley, quien cree que su m&eacute;todo   de adscribir nefastas consecuencias a las teor&iacute;as de los fil&oacute;sofos que desea refutar,   para, a partir de ellas, rechazar sus sistemas, dista mucho de ser una manera justa de entablar un debate filos&oacute;fico:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   El Sr. Beattie adopta su sistema general de principios instintivos de la verdad, descubriendo   mucho de sus maneras y de su esp&iacute;ritu, los cuales son en extremo decisivos e   insolentes hacia aquellos que piensan de una manera distinta a la suya. Logra exceder   al Dr. Reid en arrojar odio sobre aquellos cuyos sentimientos desea censurar, al adscribirles   peligrosas y temerosas consecuencias, de las que ellos est&aacute;n lejos de poder ser acusados justamente. (Estudio 16)</p>     <p> <sup><a href="#s&clubs;" name="#&clubs;">&clubs;</a></sup> Despu&eacute;s de citar las primeras l&iacute;neas de este p&aacute;rrafo, Priestley dice:</p>     <p>   Encuentro que he viajado un poco m&aacute;s lejos que el Dr. Beattie, pues me he encontrado   con un hombre muy ingenioso que defend&iacute;a la doctrina de Berkeley con gran seriedad,   y he conocido a otros que se han comprometido con esta opini&oacute;n. Pero tal vez el   Dr. Beattie tenga la indulgencia de un jurado, del que he escuchado que no crey&oacute; a un   hombre que se confesaba culpable y lo liber&oacute;. (Estudio 151) </p>     <p><sup><a href="#s&clubs;" name="#&clubs;">&clubs;</a></sup> Priestley considera que la reacci&oacute;n de Beattie en contra de Berkeley obedece a un sentimiento   visceral, producido m&aacute;s por su imaginaci&oacute;n al pensar en las consecuencias de   vivir en un mundo sin materia, que por el an&aacute;lisis de los argumentos de la teor&iacute;a que   refuta. Para Beattie parece haber tanto en juego, piensa Priestley, que cae en delirios similares a los de Don Quijote:</p>     <p>   No me sorprende m&aacute;s el ardor del Dr. Beattie en el caso, al imaginar que tanto depend&iacute;a   de &eacute;l, que lo que me sorprende el entusiasmo heroico de Don Quijote cuando   confundi&oacute; hoster&iacute;as con castillos, un reba&ntilde;o de ovejas con un ej&eacute;rcito y una bac&iacute;a de   barbero con el yelmo de Mambrino. &ldquo;Con seguridad&rdquo;, dice nuestro autor, &ldquo;las leyes de   la naturaleza no son cosas insignificantes, al punto de que sea un asunto de perfecta   indiferencia si pensamos y actuamos de acuerdo con ellas o no&rdquo;. Creo que si no hubiese   informado al lector de antemano, no se habr&iacute;a dado cuenta de que, en esta frase solemne, nuestro autor no tiene m&aacute;s en mente que la teor&iacute;a inocente de Berkeley; y esto   habr&iacute;a ocurrido especialmente si no hubiese visto, en la cita anterior, que el exterminio   de la especie humana es la consecuencia de esta estratagema, lo cual me parece tan delirante   como cualquier cosa que el mismo Don Quijote pudiera pensar. (Estudio 155)</p>     <p><sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Que no se piense que un hombre puede ser incr&eacute;dulo de sus sentidos sin peligro o   inconveniente alguno. Pirr&oacute;n (tal como se encuentra en Di&oacute;genes Laercio), profesaba   no creer en sus sentidos, y no aprehender nada de ninguno de los objetos que los afectaban.   La aparici&oacute;n de un precipicio o una bestia salvaje no eran nada para Pirr&oacute;n, o   as&iacute; lo dec&iacute;a; no intentaba evitarlos, pues sab&iacute;a que no eran nada en absoluto, o al menos   que no eran lo que parec&iacute;an ser. Sup&oacute;ngase que hablaba en serio, y sup&oacute;ngase que sus cuidanderos hubiesen adoptado los mismos principios. &iquest;Acaso sus extremidades afecy sus vidas no habr&iacute;an estado en gran peligro, como las extremidades y la vida de un hombre ciego que deambula s&oacute;lo en un lugar desconocido, con sus manos atadas tras la espalda? Tan pronto como consiga decir que podemos ser incr&eacute;dulos de nuestros sentidos sin da&ntilde;o o inconveniente, dir&eacute; entonces que son facultades in&uacute;tiles.</p>     <p> <sup><a href="#s&clubs;" name="#&clubs;">&clubs;</a></sup> Priestley cierra la secci&oacute;n de su Estudio dedicada a comentar la respuesta de Beattie a             Berkeley, con un intento por mostrar que el sentido com&uacute;n es relativo y no invariable,   como pensaba Beattie:</p>     <p>   No puedo ver ninguna dificultad en concebir que yo mismo he podido adoptar esta   opini&oacute;n, y sin embargo haber sido alegre, virtuoso, religioso y feliz; a la expectativa   constante de una recompensa en una vida futura, tan real como la que disfruto en el   presente, pero en circunstancias infinitamente superiores. En ocasiones vemos las   mismas cosas bajo luces tan diferentes, pese a que poseemos, o pensamos que poseemos, el mismo est&aacute;ndar infalible para la verdad, i.e. el sentido com&uacute;n. (Estudio 156)</p>     <p>   <sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Parte 2, cap&iacute;tulo 3. [Beattie se refiere al &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de la segunda parte de su   Ensayo, titulado Recapitulaci&oacute;n e inferencia. En sus tres breves p&aacute;ginas, explica que su   prop&oacute;sito a lo largo de los dos cap&iacute;tulos anteriores ha sido el de mostrar &ldquo;en qu&eacute; punto el razonamiento debe detenerse, y la autoridad del sentido com&uacute;n debe ser admitida como decisiva&rdquo; (Ensayo 218)].</p>     <p> <sup><a href="#s*" name="#*">*</a></sup> Investigaci&oacute;n sobre la mente humana seg&uacute;n los principios del sentido com&uacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <sup><a href="#s" name="#"></a></sup> Descartes, Locke y Berkeley suponen que aquello a lo que llamamos cuerpo no es sino             un conjunto de cualidades, a las que dividen en primarias y secundarias. De la primera             clase son la extensi&oacute;n, la magnitud, la solidez, etc., que Locke y los cartesianos afirman             que pertenecen a los cuerpos en todo momento, sean percibidos o no. De la segunda clase             son el calor del fuego, el olor y el sabor de una rosa, etc., que, seg&uacute;n los mismos autores y             Berkeley, no existen en los cuerpos, sino s&oacute;lo en la mente que los percibe. &Eacute;ste es un error             al que son llevados al suponer que las palabras calor, gusto, olor, etc., no significan otra             cosa que una percepci&oacute;n, mientras que, como hemos visto, significan tambi&eacute;n una cosa             externa. Berkeley, siguiendo las pistas que encontr&oacute; en Descartes, Malebranche y Locke,             ha aplicado el mismo razonamiento para probar que las cualidades primarias, igual que             las secundarias, no tienen existencia externa y, consecuentemente, que los cuerpos (que             consisten solamente de estos dos tipos de cualidades) existen s&oacute;lo como una idea en la   mente que los percibe, y que existen solamente mientras son percibidos.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">      <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <p>   Beattie, James. An Essay on the Nature and Immutability of Truth in Opposition   to Sophistry and Skepticism. London: James Cornish, 1770. [Reimpreso en   edici&oacute;n facsimilar por USA: Kessinger Publishing, 2004].</p>     <p>   Berkeley, George. A Treatise Concerning the Principles of Human Knowledge.   USA: Hard Press [1710], 2003.</p>     <p>   Berkeley, George. Three Dialogues between Hylas and Philonous. USA:   Green Integer [1713], 2007.</p>     <p>   Descartes, Ren&eacute;. Los principios de la filosof&iacute;a. Traducci&oacute;n directa de Gregorio   Halperin. Buenos Aires: Losada [1644], 1951.</p>     <p>   Kant, Immanuel. [P] Proleg&oacute;menos a toda metaf&iacute;sica futura que haya de poder presentarse   como ciencia. Traducci&oacute;n de Mario Caimi. Madrid: Istmo [1783], 1999.</p>     <p>   Locke, John. Ensayo sobre el entendimiento humano. Traducci&oacute;n de Edmundo   O&rsquo;Gorman. M&eacute;xico D.F.: Fondo de cultura econ&oacute;mica [1690], 1994.</p>     <p>   Malebranche, Nicolas. The Search after Truth. Lennon, T. &amp; Olscamp, P.   (eds.). Cambridge: Cambridge University Press [1675], 1997.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Priestley, Joseph. Examination of Dr. Reid&rsquo;s Inquiry into the Human Mind   on the Principles of Common Sense, Dr. Beattie&rsquo;s Essay on the Nature   and Immutability of Truth and Dr. Oswald&rsquo;s Appeal to Common Sense   in Behalf of Religion. London: J. Johnson, 1775. [Reimpreso en edici&oacute;n   facsimilar por USA: Kessinger Publishing, 2003].</p>     <p>   Reid, Thomas. &ldquo;An Inquiry into the Human Mind on the Principles of Common   Sense&rdquo;, en: Beanblossom, R. &amp; Lehrer, K. (eds.). Thomas Reid: Inquiry and   Essays. Indian&aacute;polis: Hackett Publishing Company [1764], 1983.</p>     <p>&nbsp;</p> </font>      ]]></body>
</article>
