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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Ramón Pérez Mantilla (1926-2008) In memoriam]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Ram&oacute;n P&eacute;rez Mantilla (1926-2008)</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"> <font size="3" face="verdana"><b>In memoriam</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p> <b>ciro rold&aacute;n jaramillo*</b></p>     <p> Universidad Nacional de Colombia * <a href="mailto:ciroldan@hotmail.com">ciroldan@hotmail.com</a></p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> El Ram&oacute;n P&eacute;rez que yo conoc&iacute; tiene que ver con un amigo, m&aacute;s que con cualquier otra cosa; y debo hablar como tal, pues ning&uacute;notro t&iacute;tulo acredita mi intervenci&oacute;n en este rito.<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup></p>     <p>   Conoc&iacute; a Ram&oacute;n P&eacute;rez Mantilla hace treinta a&ntilde;os &ndash;cuando yo era un reci&eacute;n llegado a la Capital y &eacute;l ya gozaba de una brillante carrera profesoral&ndash;. Gracias a su mano generosa encontr&eacute; arraigo en su c&iacute;rculo intelectual de entonces, donde iniciamos un di&aacute;logo   cotidiano que habr&iacute;a de prolongarse por tres d&eacute;cadas. Ram&oacute;n hab&iacute;a participado en la Reforma Universitaria del 68, y hab&iacute;a acompa&ntilde;ado desde el departamento de Filosof&iacute;a la reestructuraci&oacute;n emprendida por Jos&eacute; F&eacute;lix Pati&ntilde;o para renovar sus claustros.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Muchos conocen mejor esa &eacute;poca y esas ejecutorias tempranas. Supe todo de o&iacute;das como amigo, disc&iacute;pulo y contertulio menor de una barra de notables &ndash;encabezada por Jaime Jaramillo Uribe y Mario Latorre&ndash;, la misma que m&aacute;s tarde instal&oacute; su sede en el Club Suizo, donde se intercambiaban opiniones, an&aacute;lisis y propuestas sobre toda la vida pol&iacute;tica, social y cultural de la ciudad, la naci&oacute;n y el mundo entero. Nada ni nadie escapaba al escrutinio y al severo an&aacute;lisis de Ram&oacute;n y el c&iacute;rculo de amigos.</p>     <p>   All&iacute; aparec&iacute;a la primera imagen del incipiente fil&oacute;sofo como una especie de S&oacute;crates bohemio, que deambulaba ebrio por la ciudad, y se paseaba por librer&iacute;as y caf&eacute;s bogotanos sin privarse de tumbar prejuicios y demoler &iacute;dolos de la caverna y de la tribu. A veces fung&iacute;a como polemista tenaz, un escandalizador profesional cuyo esp&iacute;ritu burl&oacute;n pon&iacute;a al enemigo contra las cuerdas hasta reducirlo al absurdo con su iron&iacute;a sarc&aacute;stica. Y finalmente aparentaba poseer un esp&iacute;ritu inquisidor, como incansable escrutador de los hechos de la pol&iacute;tica &ndash;una de sus pasiones juveniles&ndash; desde que frecuentaba la acci&oacute;n intr&eacute;pida de las camisas negras.</p>     <p> Otro fue el Ram&oacute;n que conoc&iacute;. Era un profesor y un conversador amable, cuyas pasiones mayores eran sus libros y sus clases. El lado dionisiaco del gozador insaciable de la vida, ansioso por &ldquo;beber la copa para todos llena&rdquo;, s&oacute;lo correspond&iacute;a a una de sus facetas. Ram&oacute;n ten&iacute;a m&uacute;ltiples rostros o m&aacute;scaras, detr&aacute;s de los cuales ocultaba una timidez incurable y un sentimiento tr&aacute;gico de la vida. Un hombre que naci&oacute; viejo, al decir de sus amigos. Ese viejo ten&iacute;a una secreta vena metaf&iacute;sica o, como dir&iacute;a Marx &ndash;al comparar a los hombres con las formas de cambio&ndash;, era un compuesto &ldquo;f&iacute;sicamente metaf&iacute;sico&rdquo;. Al tiempo que interrogaba el devenir de la vida en su eterno retorno de lo mismo, mostraba su angustia existencial por la nada que anonada y aniquila. Le preocupaba saber qu&eacute; eran los seres devorados por el tiempo y la sociedad, que permutaban su trabajo como fracciones de tiempo vuelto cosas. Pero tambi&eacute;n soltaba una carcajada hom&eacute;rica sobre el mundo como f&aacute;bula, al igual que sobre el nihilismo capitalista que lo envolv&iacute;a en fetiches. Odiaba el culto al oro, que ahora funge como deidad suprema. Una semana antes de morir llam&oacute; a decirme que en esta sin-salida s&oacute;lo val&iacute;a la pena preparar su entierro. Pero poco antes descre&iacute;a de todo pensador en trance de resolver conflictos o ambivalencias en teor&iacute;as. Las contradicciones &ndash;dec&iacute;a&ndash; no se resuelven del todo, y finalmente toca vivir con ellas.</p>     <p>   Este era su talante cotidiano. Unas veces se levantaba por la izquierda y la emprend&iacute;a contra posiciones medianas o no suficientemente izquierdistas; otras se levantaba por la derecha y defend&iacute;a el orden y seguridad como primeros. As&iacute; era el amigo Ram&oacute;n. Amante de la contradicci&oacute;n, en la que se mov&iacute;a como si fuera su terreno preferido. De fondo no estaba atado a nada, ni apegado a creencia fija. Padec&iacute;a de un escepticismo radical y, cual transe&uacute;nte sin morada fija, manten&iacute;a el pathos de la distancia. Una vez me dio la clave para investigarlo: me ley&oacute; el aparte de El Nacimiento de la Tragedia donde se esboza la figura de Hamlet:</p>     <p> El hombre dionisiaco se parece a Hamlet. Ambos han visto una vez la esencia eterna de las cosas, sienten que es rid&iacute;culo o afrentoso el que se les exija volver a ajustar el mundo que se ha salido de quicio. El conocimiento mata el obrar; para obrar es preciso verse envuelto por el velo de la ilusi&oacute;n.</p>     <p> Ahora ha dejado de pensar, un cerebro que no se cansaba de reiniciar cada d&iacute;a la fatigosa empresa de las ideas y que tomaba en serio su oficio de fil&oacute;sofo. Alguien que no tem&iacute;a ponerse en contra de sus propias posturas, y que apenas terminaba un razonamiento, se pon&iacute;a en la otra orilla para argumentar en contra, al empezar su infinita faena desde cero. Cuando uno cre&iacute;a haberse puesto de acuerdo con &eacute;l acerca de algo o de alguien, volv&iacute;a sobre sus pasos y se opon&iacute;a a lo dicho para obligar al contrincante a empezar de nuevo. Su mal era su misma lucidez, y su enemigo m&aacute;s constante era &eacute;l mismo. Nunca he visto a nadie desbaratar dichos y hechos como si obtuviese un goce adicional en destruirlos, incluso al precio de destruirse &eacute;l mismo. Esa era su enfermedad: no darse por satisfecho con nada, y encontrar defectos y problemas donde otros ve&iacute;an virtudes y soluciones.</p>     <p> El perfeccionismo de Ram&oacute;n P&eacute;rez le sali&oacute; caro, al punto de no haber llevado a cabo una obra escrita. Dej&oacute; inconclusos sus apuntes de clase, sus art&iacute;culos dispersos, sus esbozos de ensayos y su anhelado libro final, para el cual no tuvo la energ&iacute;a de reunirlo todo y escribir un pr&oacute;logo de su pu&ntilde;o y letra. Creo que Ram&oacute;n P&eacute;rez no quiso ser recordado como un pensador sistem&aacute;tico, ni como un compilador de pensamientos ajenos. Era, en el mejor sentido de su maestro, un pensador intempestivo. Quer&iacute;a ser recordado como lo que fue: un genuino profesor, un simple empleado del conocimiento, que agradec&iacute;a a la vida hab&eacute;rsela ganado a pulso, jug&aacute;ndose su suerte cada d&iacute;a ante un auditorio encandilado con su manera de exponer y poner problemas.</p>     <p> Nos queda muy poco escrito suyo, pero mucha memoria viva. Si a los hombres se los juzga m&aacute;s por su manera de vivir que por lo que ellos de s&iacute; mismo piensan, Ram&oacute;n P&eacute;rez era lo m&aacute;s parecido a s&iacute; mismo, y se mantuvo fiel a su proyecto de vida y a su idea del mundo. Y si la altura de un hombre se mide por la soledad &iacute;ntima de su pensamiento, Ram&oacute;n era un coloso solitario cuya elegancia para vivir y morir se mantuvo intacta en medio de los crueles dolores de la enfermedad. Muri&oacute; en su ley como un caballero indomable ante la adversidad, indeclinable ante las convenciones y favores cortesanos, que prefiri&oacute; vivir como un &aacute;guila angustiada igual que el bigotudo maestro germano.</p>     <p>   Al final lo que m&aacute;s tem&iacute;a perder era la memoria y la vista. Ten&iacute;a m&aacute;s miedo a olvidarlo todo que a caer en el olvido de los dem&aacute;s. Tem&iacute;a que el envejecimiento de su cerebro y de sus ojos no le permitieran leer, porque este era su &uacute;ltimo refugio. La noche anterior a su fallecimiento recobr&oacute; la conciencia para darle instrucciones a Flor, su fiel empleada de confianza, para que dispusiese lo necesario para la siguiente operaci&oacute;n de los ojos. Quer&iacute;a ver hasta el final y no perderse esa plegaria matutina de la lectura diaria del peri&oacute;dico.</p>     <p>   As&iacute; lo sorprendi&oacute; la muerte. La parca &ndash;dec&iacute;a&ndash; al igual que la moira, son las &uacute;nicas divinidades que rigen el destino El &uacute;nico amo, dec&iacute;a, es la muerte, y no se sent&oacute; a esperarla, sino que le dio batalla hasta el &uacute;ltimo amanecer. Pregunt&eacute; a Lis&iacute;maco Parra, el otro compa&ntilde;ero de tertulia del fin de semana, si sab&iacute;a de su voluntad de vivir o morir pronto. No supo responderme. Finalmente amaba el destino, y quer&iacute;a quedar en un &aacute;rbol o en una estrella para mantener el contacto con todo lo querido en esta tierra. Ha muerto el amigo fiel, el cual no es nada distinto al hermano que se ha escogido. Nos va a hacer mucha falta a sus amigos. Debemos acostumbrarnos &ndash;con su hijo Alberto&ndash; a vivir sin su voz al tel&eacute;fono, sin su mirada maliciosa y sin el rictus agridulce de su boca. &Eacute;l mismo se hubiese burlado de la solemnidad de esta despedida. S&oacute;lo nos queda agradecer a la vida el reconocimiento de su generosa amistad y probidad intelectual. Hoy rendimos un tributo a su l&uacute;cida mente, a su dicha y desdicha de haberse sabido consciente y a mantener entera su noble memoria. Queda el testigo fiel de su &eacute;poca, que s&oacute;lo rindi&oacute; tributo a lo mejor de la inteligencia. Hasta siempre Ram&oacute;n, te decimos tus compa&ntilde;eros de rutas e inquietudes. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><sup><a href="#s2" name="#2">2</a></sup> Palabras le&iacute;das en el sepelio llevado a cabo en la Capilla de la Universidad Nacional de Colombia el mi&eacute;rcoles 5 de marzo de 2008.</p> <hr size="1"> </font>      ]]></body>
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