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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Parra, Lisímaco. Estética y Modernidad. Un estudio sobre la teoría de la belleza de Immanuel Kant. Bogotá: Colección Sapere Aude - Universidad Nacional de Colombia, 2007]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Parra, Lis&iacute;maco. Est&eacute;tica y Modernidad. Un estudio sobre la teor&iacute;a de la belleza de Immanuel Kant. Bogot&aacute;: Colecci&oacute;n Sapere Aude - Universidad Nacional de Colombia, 2007.</b></font></p>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   1. Desde el primer p&aacute;rrafo de la introducci&oacute;n   queda muy en claro cu&aacute;l es el prop&oacute;sito de este libro sobre el gusto y la belleza en Kant: &ldquo;concibo la Cr&iacute;tica del juicio como una empresa filos&oacute;fica que busca responder a determinados retos que plantea la convivencia social en la modernidad&rdquo; (13). Las reflexiones de Kant sobre la est&eacute;tica aparecen tratadas en estas p&aacute;ginas principalmente por sus v&iacute;nculos con procesos de moralidad y civilizaci&oacute;n.   El autor afirma que en las primeras fases de la modernidad, siglos XVII y XVIII, en Francia e Inglaterra respectivamente,   la experiencia est&eacute;tica cumpli&oacute; un papel pedag&oacute;gico civilizador: fue, seg&uacute;n &eacute;l, &ldquo;un dispositivo complementario de los mecanismos de monopolio de la violencia f&iacute;sica&rdquo; (83-84). El libro sigue, con acopio de erudici&oacute;n y esmerada minucia, los vaivenes de la idea utilitaria del arte y la belleza en esos dos siglos, las tentativas de emancipaci&oacute;n   y algunos momentos de proclamada autonom&iacute;a con respecto a las sumisiones y normas que imponen las tareas civilizadoras,   sin llegar hasta la &eacute;poca del romanticismo.   Tal vez podr&iacute;a anticiparse que su conclusi&oacute;n, no expl&iacute;cita, apunta a la indisolubilidad   del v&iacute;nculo entre arte y moralidad. O, por lo menos, a sugerir que la significaci&oacute;n   social del arte se encuentra, a&uacute;n hoy, en estrecha relaci&oacute;n con la producci&oacute;n de consensos, raz&oacute;n por la cual resulta tan importante reconstruir su forma comunicativa   y el sentido de sus responsabilidades con el p&uacute;blico receptor.</p>     <p>   Si hay alguna afirmaci&oacute;n que d&eacute; por s&iacute; misma la t&oacute;nica de este ensayo, podr&iacute;a arriesgarse la conjetura de que se encuentra en el primer cap&iacute;tulo, p&aacute;gina 36, donde el autor se&ntilde;ala que en el &aacute;mbito est&eacute;tico aprendi&oacute; la modernidad a confrontar, de manera civilizada, las divergencias entre juicios opuestos, y tom&oacute; plena conciencia de que la carencia de fundamentos inexpugnables   obliga a los contrincantes a abandonar los m&eacute;todos de avasallamiento   o destrucci&oacute;n del otro, sin renunciar por ello a la b&uacute;squeda de la unanimidad. Los juicios de gusto son, pues, en su fragilidad probatoria, los modelos iniciales del comportamiento   civilizado, y una especie de avanzada hist&oacute;rica de la tolerancia. &ldquo;El enfrentamiento est&eacute;tico&rdquo;, afirma el autor, &ldquo;conserva no s&oacute;lo la fuerza, sino tambi&eacute;n la precariedad demostrativa del enfrentamiento   que funda la sociedad&rdquo;.</p>     <p>   Esta hip&oacute;tesis adquiere un valor de actualidad, si se admite que, por distantes que parezcan en el tiempo los autores estudiados y sus l&eacute;xicos, algunas de las cuestiones en debate, lo mismo que cierto tono en la manera de aproximarse a ellas, han recobrado su validez para hoy, con lo cual se justifica, de sobra, un trabajo de investigaci&oacute;n   como &eacute;ste, tan documentado y bien sostenido en su andamiaje argumentativo.   El texto, adem&aacute;s, se lee con placer, por la transparencia del estilo al servicio de una reflexi&oacute;n empe&ntilde;ada en hacerse entender sin ceder en complejidad. Hay un esfuerzo deliberado del autor en este sentido. Y un logro innegable. Podr&iacute;a reproch&aacute;rsele   que, en aras de la claridad y, quiz&aacute;, de la did&aacute;ctica, se vuelva por momentos repetitivo. Sin embargo, las repeticiones   se ponen al servicio del lector como variaciones de formulaci&oacute;n o de contexto que ayudan a despejar dudas, a afinar la comprensi&oacute;n, a retener lo fundamental para avanzar con cierta seguridad en un terreno dif&iacute;cil y a veces &aacute;rido. D&iacute;gase lo mismo de los frecuentes res&uacute;menes que van apareciendo a lo largo de la exposici&oacute;n, cada vez que el autor lo considera indispensable   o &uacute;til, una forma de cortes&iacute;a en la que se expresa el pacto de accesibilidad que el escritor ha sellado con su lector.</p>     <p>   Est&eacute;tica y modernidad parece, en algunos momentos, un debate contra el romanticismo,   sin nombrarlo. Este debate aparece en el primer cap&iacute;tulo en forma de contraste entre &ldquo;la delicadeza del gusto&rdquo; y &ldquo;la delicadeza de la pasi&oacute;n&rdquo;, t&eacute;rminos tomados del ensayo de Hume Of the Delicacy of Taste and Passion. El profesor Parra lee el texto de Hume como una respuesta anticipada a las diatribas de Rousseau contra los refinamientos   de la civilizaci&oacute;n, y a los elogios de la vida r&uacute;stica y la espontaneidad de la pasi&oacute;n. En opini&oacute;n de Hume, es el cultivo del gusto m&aacute;s refinado el que nos permite juzgar adecuadamente la conducta de los hombres, las obras de arte, las conversaciones,   las costumbres y el trato social en general. La delicadeza del gusto, el car&aacute;cter formado por la frecuentaci&oacute;n de la belleza, produce no s&oacute;lo distinci&oacute;n y sociabilidad,   sino &ldquo;elegancia de sentimiento&rdquo;, en oposici&oacute;n a la delicadeza de la pasi&oacute;n con sus explosiones emotivas, su proclividad a la irreflexi&oacute;n, y al comportamiento rudo y poco civilizado. El mundo moderno ya no es escenario adecuado para la pasi&oacute;n, y por ello el gusto viene a representar una especie de remedio contra esa enfermedad y un correctivo para sus excesos. El argumento central, en este contexto, reza m&aacute;s o menos de esta manera: si a la pasi&oacute;n le es inherente la barbarie, la delicadeza del gusto es eminentemente civilizadora; la civilizaci&oacute;n en la conducta, propia de la modernidad, abre la posibilidad de nuevos v&iacute;nculos sociales, una vez reconocido el hundimiento de los tradicionales basados en creencias religiosas y normas comunitarias.   Podr&iacute;a utilizarse la expresi&oacute;n de Hegel y hablar de &ldquo;la prosa del mundo&rdquo;, para referirse a una modernidad fundada sobre convenciones sociales, es decir, sobre civilizadas relaciones jur&iacute;dicas, morales y pol&iacute;ticas, frente a la tradici&oacute;n sostenida en configuraciones ideales, producto de la imaginaci&oacute;n religiosa y po&eacute;tica. El prosa&iacute;smo moderno se convierte en jaula de zool&oacute;gico para la pasi&oacute;n, y el arte asume una nueva tarea: confrontar el aburrimiento   propio de la vida moderna.</p>     <p>   2. El segundo cap&iacute;tulo toma como punto de partida una cita de Nietzsche, en la cual se sobrevalora la importancia art&iacute;stica de las severas normas formales impuestas por el clasicismo franc&eacute;s del siglo XVII. Seg&uacute;n Nietzsche, limitarse del modo m&aacute;s estricto, atarse a las m&aacute;s dif&iacute;ciles exigencias   de la forma, es la &uacute;nica manera de salir del estado de naturaleza. Se trata de marchar con gracia sobre los vertiginosos precipicios, no de caer en ellos. La contraposici&oacute;n   inevitable entre Shakespeare y los cl&aacute;sicos franceses sale a escena, y Nietzsche reprocha a Lessing haber desacreditado en Alemania la forma francesa, &ldquo;&uacute;nica forma art&iacute;stica moderna&rdquo;. Volver a Shakespeare es dar un salto atr&aacute;s al naturalismo, &ldquo;a una especie de rousseauniano estado natural del arte&rdquo;. La cita es perfecta para impulsar la tesis del arte como disciplina y civilizaci&oacute;n.   No se trata, dice el profesor Parra, de negar el contenido natural en nombre de los principios formales, sino de impedir que el flujo inmediato y ca&oacute;tico corra por fuera de los cauces que hacen posible la comunicaci&oacute;n   con el p&uacute;blico. El arte consiste en la voluntad de forma, es decir, en &ldquo;saber atarse&rdquo;, &uacute;nica manera de lograr el fin pedag&oacute;gico   de la experiencia est&eacute;tica.</p>     <p>   Kant, por su parte, distingue dos posibilidades   de fundaci&oacute;n del principio del gusto: una emp&iacute;rica y otra racionalista   a priori. Aplicadas al clasicismo franc&eacute;s, el momento empirista estar&iacute;a en los consensos de las &eacute;lites, cuya funci&oacute;n consist&iacute;a en distinguirse socialmente de las otras clases. El fundamento racional, por el contrario, requiere universalidad, m&aacute;s all&aacute; de los consensos emp&iacute;ricos y de las imposiciones de gusto propias de los grupos dominantes. Esto implicar&iacute;a un canon racional de obras que hayan trascendido   los arbitrios emp&iacute;ricos y logrado un consentimiento a trav&eacute;s de diferentes &eacute;pocas, con lo cual parecer&iacute;a configurarse   una normatividad de validez objetiva, independiente de gustos particulares y de condicionamientos hist&oacute;ricos. La fundamentaci&oacute;n   racional del gusto est&eacute;tico en un canon universal s&oacute;lo resulta posible si se sobrepasa el disfrute emp&iacute;rico como distinci&oacute;n social, y se asocia el placer con elementos extra-est&eacute;ticos, como la utilidad moral, aunque en este caso, advierte Kant, ya no quedar&iacute;a lugar para la belleza en el mundo, y esa palabra pasar&iacute;a a significar la mezcla de dos tipos de satisfacci&oacute;n: la de lo agradable y la de lo bueno. Volviendo al contexto del cap&iacute;tulo, y al paradigma de la corte de Luis XIV en Versalles, afirma el profesor Parra:</p>     <p>   Si las rigurosas prescripciones de la etiqueta cortesana estipulaban el comportamiento deseado para nobles guerreros en proceso de civilizaci&oacute;n, las tambi&eacute;n rigurosas prescripciones de la po&eacute;tica complementaban el complejo dispositivo que acabar&iacute;a por transformar la personalidad ruda de guerrero en la de un elegante y, para la posteridad tal vez amanerado, cortesano. (90)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Y no se trataba s&oacute;lo de la corte, sino tambi&eacute;n de la vida urbana en general, de burgueses acomodados, nobles apartados de la corte, bur&oacute;cratas estatales, abogados, financistas, consejeros, todos con tendencias   al ascenso social, a compartir las demandas de lujo de la nobleza y a apartarse progresivamente de las ocupaciones   productivas. Para ellos, el arte, y sobre todo el teatro, respond&iacute;a a sus exigencias   de otium cum dignitate. &Eacute;ste es el p&uacute;blico de la &eacute;poca, la cour et la ville, destinatario   de la producci&oacute;n po&eacute;tica, cuyas caracter&iacute;sticas sociales explican tanto los alcances como las carencias de las prescripciones   est&eacute;ticas.</p>     <p>   En lo que respecta a la utilidad moral de la tragedia cl&aacute;sica francesa, el profesor Parra afirma que se encuentra inscrita en todo un proyecto socio-cultural: &ldquo;el arte es aqu&iacute; exploraci&oacute;n   del complejo mundo pasional, y de &eacute;l se esperan orientaciones para obrar&rdquo;. Si el arte, como lo quiere Boileau, es imitaci&oacute;n de la naturaleza, para el caso de la tragedia se entiende en el sentido de naturaleza humana, con su tortuosa complejidad pasional:</p>     <p>   El drama franc&eacute;s del siglo XVII no conoce l&iacute;mites para explorar y representar los m&aacute;s altos grados de la pasi&oacute;n, salvo los que se derivan de las exigencias ret&oacute;rico-estil&iacute;sticas. Pero justamente con &eacute;stas garantiza el cumplimiento de sus prop&oacute;sitos did&aacute;cticos: la frialdad formal, caracter&iacute;stica de esta dramaturgia, representa la distancia racional a partir de la cual es posible conocer y manejar las pasiones, sin ser arrastrado por ellas. (106)</p>     <p>   Sin embargo, Corneille y Racine no cumplen de la misma manera esta misi&oacute;n pedag&oacute;gica con respecto al conocimiento   y dominio de las pasiones. Escribe Paul B&eacute;nichou en Im&aacute;genes del hombre en el clasicismo franc&eacute;s:</p>     <p>   La tragedia, tal como se hab&iacute;a reconstituido en Francia en la primera mitad del siglo XVII, buscaba ante todo producir en el p&uacute;blico el &iacute;mpetu de la admiraci&oacute;n moral. Los h&aacute;bitos, las convenciones incluso del g&eacute;nero, todo estaba orientado hacia lo grande. (134)</p>     <p>   Los personajes de Corneille ostentan una actitud arrogante, un tono exaltado, una exhibici&oacute;n   de la fuerza, y al mismo tiempo de grandeza moral en el orgullo y la b&uacute;squeda de la gloria, rasgos caracter&iacute;sticos del hero&iacute;smo guerrero que se oponen a las tendencias m&aacute;s modernas de la nobleza hacia la elegancia moral y la honestidad cortesana. B&eacute;nichou aplica el t&eacute;rmino &ldquo;feudal&rdquo; a esta psicolog&iacute;a caballeresca   de Corneille y sus contempor&aacute;neos de la primera mitad del siglo, y afirma que se trata de la persistencia de una tradici&oacute;n que proviene de las antiguas ideas del hero&iacute;smo, la magnanimidad y el amor ideal. La sublimidad   nace, en los dramas de Corneille, de un impulso humano que se eleva por encima de la necesidad, y que, surgido de la naturaleza,   la excede, pues en el h&eacute;roe se trata de una naturaleza superior.</p>     <p>   La tragedia de Racine, en cambio, nace del &ldquo;encuentro de un g&eacute;nero literario tradicionalmente   alimentado de sublimidad   con un nuevo esp&iacute;ritu naturalista deliberadamente   hostil a la idea misma de lo sublime&rdquo; (B&eacute;nichou 134). La revoluci&oacute;n de Racine en la tragedia cl&aacute;sica francesa pasa por el rechazo simult&aacute;neo del hero&iacute;smo y del sentimentalismo idealizante, en nombre de la naturaleza. En esto reside su originalidad, que lo separa de Corneille. Andromaque es la obra que inaugura esta nueva tendencia. Aqu&iacute; el instinto habla un lenguaje incompatible con las tradiciones   de la moral heroica. Luego en Bajazet y en Ph&egrave;dre se profundiza esta psicolog&iacute;a del amor, violento y homicida, contrario a la condici&oacute;n caballeresca en la cual la sublimaci&oacute;n   de los impulsos es la condici&oacute;n previa de la posesi&oacute;n. En estos dramas de Racine ya no hay fidelidad abnegada, sino &ldquo;un deseo celoso, &aacute;vido, que se aferra al ser amado como una presa; ya no es un culto rendido a una persona ideal en quien residen todos los valores de la vida&rdquo; (139). Lejos de pertenecer a la tradici&oacute;n heroica del amor ideal caballeresco, la concepci&oacute;n del amor en Racine pertenece a la filosof&iacute;a de la pasi&oacute;n de Port-Royal. Con Pascal y La Rochefoucauld, tiene en com&uacute;n la intenci&oacute;n de rebajar al hombre al nivel de la naturaleza   y de mostrar las pasiones como extrav&iacute;o de la raz&oacute;n, negaci&oacute;n de la libertad y refutaci&oacute;n   del orgullo heroico.</p>     <p>   Seg&uacute;n B&eacute;nichou, hay personajes de Racine que s&iacute; pod&iacute;an encarnar el ideal de los cortesanos de su &eacute;poca, pero son los personajes m&aacute;s d&eacute;biles, los protagonistas   simp&aacute;ticos, &ldquo;tiernos, galantes, afables y discretos&rdquo;, como dice Voltaire, lejan&iacute;simos   de las terribles hero&iacute;nas que aparecen en sus grandes tragedias. Aunque trat&oacute; de hacerlos viriles y conmovedores, la &eacute;poca le traz&oacute; sus l&iacute;mites. En cuanto a Corneille, por el contrario, era ya un anacronismo   viviente para la &eacute;poca de Luis XIV. La atm&oacute;sfera de sus tragedias corresponde mejor a las actitudes e ideas de la aristocracia   francesa durante el reinado de Luis XIII, si le damos cr&eacute;dito al an&aacute;lisis de B&eacute;nichou. No obstante, la tesis sostenida en Est&eacute;tica y modernidad conserva su validez en lo fundamental,   pues el argumento se sostiene, ante todo, en la fuerza pedag&oacute;gica del &ldquo;atarse&rdquo;, seg&uacute;n la expresi&oacute;n de Nietzsche, de atenerse a normas estrictas. Y en eso s&iacute; coincidieron   Racine y Corneille. Lo que se edific&oacute; entre el Renacimiento y la Revoluci&oacute;n, dice B&eacute;nichou en la conclusi&oacute;n de su libro sobre el humanismo cl&aacute;sico franc&eacute;s, puede definirse por tres elementos: conquista de lo agradable, suavizamiento de la contradicci&oacute;n entre lo agradable y lo grandioso, y uni&oacute;n de la idea de lo grandioso con la idea del hombre. Como suele suceder, estas amplias conclusiones pueden contradecir momentos importantes del propio an&aacute;lisis, como ser&iacute;a, para el caso, el de &ldquo;la repugnancia del hombre hacia su naturaleza&rdquo;, presente en la filosof&iacute;a de Port-Royal tanto como en algunas tragedias de Racine. Ya en el siglo siguiente, en plena Ilustraci&oacute;n, Voltaire preguntar&iacute;a a Pascal: &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; inspirarnos el horror de nuestro ser?&rdquo; Sin embargo, B&eacute;nichou no considera esta pregunta como s&iacute;ntoma de una distancia entre los dos siglos. Para &eacute;l, el siglo XVII profano est&aacute; muy cerca en pensamiento   al siglo XVIII, s&oacute;lo que todav&iacute;a no son tan claras las tendencias. Pero hay un punto en el cual la coincidencia con la tesis de Est&eacute;tica y modernidad es muy clara: la primac&iacute;a del placer como criterio de lo bello que se traslada de lo est&eacute;tico a lo &eacute;tico en la forma de una moral m&aacute;s civilizada,   m&aacute;s propensa al goce y menos al prestigio de la violencia.</p>     <p>   3. El tercer cap&iacute;tulo, dedicado a la est&eacute;tica inglesa del siglo XVIII, parte de un supuesto hist&oacute;rico: la madurez pol&iacute;tica de los procesos e instituciones sociales ingleses tuvo como consecuencia la posibilidad   de un arte cada vez m&aacute;s emancipado   de su antigua carga &eacute;tico-pedag&oacute;gica. Una monarqu&iacute;a restringida constitucionalmente   y un sistema parlamentario s&oacute;lido fueron los fundamentos para la creciente racionalizaci&oacute;n de la vida social. Libre, relativamente,   de la inestabilidad pol&iacute;tica y sus sobresaltos, el arte cambia de funci&oacute;n: deja a un lado sus tareas morales y did&aacute;cticas   para responder a nuevas demandas, propias de la vida moderna, entre las cuales se subraya la satisfacci&oacute;n de una necesidad de sacudimiento y vivificaci&oacute;n, frente al aburrimiento y la rutina que produce la civilizaci&oacute;n   urbana. El placer se convierte en la cuesti&oacute;n central de la est&eacute;tica, aunque no siempre se niegue la funci&oacute;n de utilidad. Es como la expresi&oacute;n de la &ldquo;mayor&iacute;a de edad&rdquo; del juicio est&eacute;tico, seg&uacute;n el profesor Parra. Quien mejor encarna esta nueva posici&oacute;n es Edmund Burke, si bien el cap&iacute;tulo se inicia con una presentaci&oacute;n de las ideas de Hutcheson como &ldquo;antecesor de Kant&rdquo; y te&oacute;rico del placer de lo bello.</p>     <p>   La contemplaci&oacute;n de un elevado orden en el universo, en el cual reinan la uniformidad,   la proporci&oacute;n y la similitud, es la premisa inicial de Hutcheson. Es Dios, el autor de ese orden, quien ha determinado que el placer de la belleza que se deriva de la uniformidad y la armon&iacute;a, sea, a su vez, el que impulse al hombre hacia el conocimiento,   puesto que se trata de un orden racional, regido por leyes. En una nota de pie de p&aacute;gina, el profesor Parra sugiere que, en Hutcheson, la belleza de las acciones, es decir, la pr&aacute;ctica de la virtud, no es otra cosa que la conducta racionalizada, pues su concepci&oacute;n es unitaria y en ella coinciden raz&oacute;n, virtud y belleza.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Esa cotidianidad racionalizada es todav&iacute;a valorada por Hutcheson como fuente de placer. Pero una vez asegurada su posesi&oacute;n, el racionalismo de la vida social se tornar&aacute; en fuente de aburrimiento, y el placer de lo bello resultar&aacute; insuficiente para exorcizarlo. (140-141)</p>     <p>   Nuestro sentido de la belleza, afirma Hutcheson, no es un producto de la costumbre o de la educaci&oacute;n: las antecede, porque es natural. Poseemos, por tanto, un criterio universal de la belleza, basado en el supuesto de una naturaleza humana fundamental, de donde se deriva una necesaria unanimidad en los juicios humanos, posici&oacute;n que Kant comparte con Hutcheson. La tesis que se sostiene en el libro Est&eacute;tica y modernidad es la contraria: la experiencia est&eacute;tica no es natural sino hist&oacute;rica. Una experiencia unitaria, en la que se anudan valoraciones de distinta &iacute;ndole, es posible s&oacute;lo en circunstancias sociales que garanticen la solidez de los lazos comunitarios, pues de &eacute;stos depende la unanimidad del juicio. En la modernidad se desintegra la unidad de la experiencia y es sustituida por una diversidad de experiencias   espec&iacute;ficas. Sin embargo, el profesor Parra no se abstiene, aun a riesgo de contradicci&oacute;n,   de afirmar que &ldquo;la experiencia del gusto por lo bello alude de alguna manera a fundamentos comunes&rdquo; (144).</p>     <p>   Si, para Hutcheson, una organizaci&oacute;n social racionalizada y previsible merec&iacute;a ser considerada como un caso de belleza moral y condici&oacute;n de felicidad, para Burke, por el contrario, era m&aacute;s bien una fuente de sensaciones de hast&iacute;o y aburrimiento. Vale la pena citar por extenso el pasaje del libro en el que se habla de este tema:</p>     <p>   Aunque para la &eacute;poca de redacci&oacute;n del ensayo est&eacute;tico burkeano (Una investigaci&oacute;n filos&oacute;fica acerca del origen de nuestras ideas sobre lo sublime y lo bello, 1757), la Revoluci&oacute;n Francesa &ndash;&ldquo;lo m&aacute;s asombroso que ha ocurrido hasta ahora en el mundo&rdquo;, seg&uacute;n el juicio que en su momento emitir&iacute;a Burke&ndash; no ha tenido lugar, es evidente que la inactividad y rutina propias de la vida moderna podr&iacute;an conducir no s&oacute;lo al suicidio individual, sino tambi&eacute;n a ese &ldquo;suicidio colectivo&rdquo; que representa para &eacute;l una revoluci&oacute;n, suceso equiparable a un retorno al bellum omnium contra omnes hobbesiano. La reflexi&oacute;n est&eacute;tica de Burke, m&aacute;s preocupada por la producci&oacute;n art&iacute;stica que por la belleza natural, se propone un estudio de las pasiones humanas que facilite la producci&oacute;n de objetos aptos para suscitarlas de manera controlada, de modo que puedan conjurarse los peligros de la vida moderna, dejando no obstante intactos sus cimientos. Lo que ahora se espera de los objetos art&iacute;sticos es que, sin alterar la racionalidad ya instalada en la vida cotidiana, permitan al espectador sacudirse de la monoton&iacute;a por &eacute;sta producida. (161)</p>     <p>   La nueva funci&oacute;n del arte encuentra aqu&iacute; una formulaci&oacute;n muy cercana al ox&iacute;moron: suscitar las pasiones de manera controlada, incitar al espectador a sacudirse la monoton&iacute;a de la vida social sin alterar sus cimientos. Hasta la revoluci&oacute;n se ve desde la &oacute;ptica del aburrimiento. Sin embargo, es el mismo Burke quien, al diferenciar lo bello de lo sublime, define la belleza como aquella cualidad de los cuerpos que causa amor o alguna pasi&oacute;n parecida (III 1 67), mientras lo sublime se construye sobre el terror, o alguna pasi&oacute;n parecida (IV 5 99). Lo sublime causa la emoci&oacute;n m&aacute;s fuerte que la mente es capaz de sentir, mientras la belleza, de categor&iacute;a inferior, posee una intensidad menor. La belleza produce una languidez af&iacute;n a la melancol&iacute;a; lo sublime, una tensi&oacute;n violenta y sobrecogedora. Lo sublime causa admiraci&oacute;n; lo bello, amor. Y, dice Burke, hay una gran diferencia entre la admiraci&oacute;n y el amor: la primera se refiere a objetos grandes y terribles; el segundo, a cosas peque&ntilde;as y placenteras. Pero la afirmaci&oacute;n m&aacute;s diciente de Burke es &eacute;sta: &ldquo;nos sometemos a lo que admiramos; amamos lo que se nos somete&rdquo; (III 13 84). Uno de los apartes m&aacute;s famosos del tratado sobre lo bello y lo sublime se titula El poder (II 5 48). En su primera frase dice el autor que, aparte de aquellas cosas que directamente   sugieren la idea de peligro, no conoce nada sublime que no sea una modificaci&oacute;n del poder. Ambas, por lo dem&aacute;s, son ramas del mismo tronco de lo sublime, que es el terror. Podr&iacute;a pensarse que lo bello suscita las pasiones de manera controlada e incita al espectador a sacudirse la monoton&iacute;a de la vida social sin alterar sus cimientos, al contrario de lo sublime, que suscita pasiones incontroladas y tiende a alterar los cimientos de la vida social. El placer de la belleza puede ejercer su funci&oacute;n civilizadora,   estabilizadora, pues para el disfrute del placer no se necesitan grandes esfuerzos de poder. El placer no se puede imponer. La fuerza, la violencia, el dolor y el terror se imponen siempre por parte de un poder superior que no aceptamos de buena gana. Burke no se cansa de repetir, a lo largo de todo el tratado, que la idea del dolor y de lo sublime, en su grado m&aacute;s alto, es m&aacute;s fuerte que el grado de placer m&aacute;s alto, y de ah&iacute; deduce su superioridad.</p>     <p>   Sin duda tiene raz&oacute;n el profesor Parra al mantener su planteamiento en los t&eacute;rminos del placer y la belleza, sin permitir la irrupci&oacute;n b&aacute;rbara de lo sublime. Podr&iacute;a aducirse que el terror es una pasi&oacute;n que produce deleite, siempre y cuando no se nos aproxime demasiado. Por ello mismo, las obras art&iacute;sticas, m&aacute;s que terror, producir&iacute;an la apariencia de una presencia amenazante. Sus efectos, pues, podr&iacute;an asimilarse a los que produce el placer de lo bello. Sin embargo, Burke no estar&iacute;a del todo de acuerdo, si nos tomamos en serio su reflexi&oacute;n sobre las relaciones entre lo sublime y la muerte. El efecto de lo sublime es el m&aacute;s fuerte que la mente humana pueda sentir, precisamente porque el dolor es un emisario de la &ldquo;reina de los terrores&rdquo;, y &eacute;sta nos afecta mucho m&aacute;s que el dolor, as&iacute; como las afecciones del dolor son mucho m&aacute;s poderosas que las que proceden del placer. Lo sublime, pues, tiene una funci&oacute;n diferente a la belleza; lejos de ser controlable y estabilizar, desestabiliza con la idea del dolor, la amenaza de un poder m&aacute;s fuerte que el que nos protege, y el presagio de la muerte. El arte serio no solamente no puede renunciar a esa misi&oacute;n, sino que con frecuencia la acent&uacute;a hasta el l&iacute;mite y descarga todo su peso sobre el espectador.</p>     <p>   4. Kant considera b&aacute;rbaro todo gusto que requiera atractivos y emociones para complacerse,   y que haga de &eacute;stos la medida de su aprobaci&oacute;n. Pero son precisamente atractivo y emoci&oacute;n los criterios que determinan los juicios de gusto en Burke, seg&uacute;n la cr&iacute;tica a Kant, expuesta en Est&eacute;tica y modernidad como un debate no expl&iacute;cito. El profesor Parra lleva esta controversia directamente a su campo de inter&eacute;s: no es el hombre b&aacute;rbaro, sino, por el contrario, el civilizado, quien demanda atractivos y emociones como respuesta a su necesidad de sacudimiento y vivificaci&oacute;n. Se trata de sentimientos m&aacute;s complejos que el simple agrado, y cumplen a cabalidad la funci&oacute;n social asignada al arte en la sociedad moderna. Kant, por su parte, insiste en que &ldquo;lo esencial en todo arte bello est&aacute; en la forma, que es conforme a fin para la contemplaci&oacute;n y para el juicio, en donde el placer es al mismo tiempo cultura, y que dispone al esp&iacute;ritu para las ideas&rdquo; (233). En el atractivo y la emoci&oacute;n se trata s&oacute;lo de goce, que embota el esp&iacute;ritu y produce poco a poco asco del objeto.</p>     <p>   Cuando las bellas artes, afirma Kant, sirven s&oacute;lo de distracci&oacute;n y se alejan de las ideas morales, que son las que producen la satisfacci&oacute;n   propia del esp&iacute;ritu, han olvidado su finalidad propia. Hay en esta discusi&oacute;n ciertas resonancias que la asemejan a la que hoy sostienen los partidarios de la autonom&iacute;a del arte con los adelantados de la industria cultural productora de entretenimiento. Escribe el profesor Parra:</p>     <p>   En confrontaci&oacute;n con las doctrinas est&eacute;ticas de Burke Kant resalta los efectos parad&oacute;jicos que suele tener una producci&oacute;n art&iacute;stica encaminada primordialmente a la excitaci&oacute;n sensible; adem&aacute;s de su restringida validez, ella suele conducir r&aacute;pidamente al hast&iacute;o, al cansancio y la repulsi&oacute;n. (261)</p>     <p>   Sin embargo, en otros lugares del texto   cambia los acentos para enfatizar lo que considera positivo de la parte criticada por Kant, esto es, que &ldquo;la doctrina est&eacute;tica de Burke apunta de manera certera a la satisfacci&oacute;n   de esa necesidad de sacudimiento y vivificaci&oacute;n propia del hombre urbano y moderno&rdquo; (173).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Para Kant, el placer fundado en atractivos y emociones no puede aspirar a reconocimiento universal, y se hunde, por el contrario, en la arbitrariedad y el capricho individual. En buena parte del cap&iacute;tulo IV, el profesor Parra se dedica a mostrar que la universalidad del juicio de gusto es una pretensi&oacute;n dif&iacute;cil de sostener: siempre habr&iacute;a que a&ntilde;adirle la anticipaci&oacute;n de que tal pretensi&oacute;n ser&aacute; negada por otros. A la dificultad de no poseer un concepto de belleza un&aacute;nimemente reconocido, sino ideas &ldquo;normales&rdquo; de lo bello que son apenas generalizaciones emp&iacute;ricas sin validez universal, se agrega el hecho de que el juicio de gusto es &ldquo;est&eacute;tico&rdquo;, es decir, que su referencia al objeto es indirecta, y el peso referencial del juicio recae sobre los efectos que, en t&eacute;rminos de placer o displacer, tiene el objeto sobre el sujeto que emite el juicio. El argumento de Kant, fraseado por el profesor Parra, dice as&iacute;:</p>     <p> Aunque en principio todo sentimiento es incomunicable, la &uacute;nica posibilidad para pensar que un tipo de placer sea no obstante universalmente comunicable es que &eacute;ste sea el resultado necesario de una relaci&oacute;n entre facultades, de las cuales podemos afirmar que son comunes al g&eacute;nero humano. [&hellip;] Dado que en un juicio de gusto no se trata de una relaci&oacute;n de determinaci&oacute;n de los contenidos de la imaginaci&oacute;n a partir de los conceptos del entendimiento, la relaci&oacute;n que se da entre dichas facultades tiene (&iquest;tendr&iacute;a?) que ser distinta: Kant la llama relaci&oacute;n de libre juego entre imaginaci&oacute;n y entendimiento, y afirma que ella es el fundamento del placer expresado por el juicio de gusto. (200)</p>     <p>   Hutcheson defin&iacute;a la belleza como &ldquo;unidad de lo m&uacute;ltiple&rdquo;. Para Kant, la s&iacute;ntesis entre unidad y multiplicidad se realiza en el sujeto, entre el entendimiento   como facultad de la unidad y la imaginaci&oacute;n   como facultad de lo m&uacute;ltiple. La diferencia entre el placer de la sensaci&oacute;n y el placer al cual hace referencia el juicio de gusto consiste en que este &uacute;ltimo es conciencia del libre juego de las facultades, y no simplemente alteraci&oacute;n fisiol&oacute;gica. Si la excitaci&oacute;n de los sentidos puede pasar del placer al agotamiento, el libre juego de las facultades deja al espectador en una disposici&oacute;n   an&iacute;mica propicia para el cultivo de las ideas.</p>     <p>   En el juicio del gusto, dice Kant, se debe considerar a la imaginaci&oacute;n en su libertad, productiva y activa por s&iacute; misma, no reproductiva,   como cuando est&aacute; sometida a las leyes emp&iacute;ricas de asociaci&oacute;n. La espontaneidad de la imaginaci&oacute;n es tambi&eacute;n su posibilidad de crear formas arbitrarias, con independencia de las formas de los objetos exteriores aprehendidos   por los sentidos y de los modelos art&iacute;sticos prefijados. &ldquo;En este tipo de productividad   de la imaginaci&oacute;n&rdquo;, comenta el profesor Parra, &ldquo;reside justamente el esp&iacute;ritu de las obras de arte, y ella es causa de que se susciten ideas est&eacute;ticas en el espectador&rdquo; (273). Podr&iacute;a suceder, a&ntilde;ade, que la libertad entrara en conflicto con el gusto y se convirtiera en elemento perturbador para su comunicabilidad   universal. Seg&uacute;n Kant, sin embargo, por fuera de los l&iacute;mites normativos del arte bello, el genio s&oacute;lo producir&iacute;a obras ingeniosas pero incomunicables y, en consecuencia, meramente privadas. La libertad imaginativa del genio podr&iacute;a llevar a un reto en contra del entendimiento, sobrepasando su legalidad, con lo cual arruinar&iacute;a la universalidad de la obra. Por eso advierte Kant que, en caso de ser preciso un sacrificio, habr&iacute;a que sacrificar la libertad y riqueza de la imaginaci&oacute;n para preservar las leyes del entendimiento.</p>     <p>   El cap&iacute;tulo quinto de Est&eacute;tica y modernidad se ocupa de la relaci&oacute;n entre arte y conocimiento. Kant sostiene que las ideas est&eacute;ticas no pueden llegar a ser conocimiento,   porque son intuiciones de la imaginaci&oacute;n   para las cuales no puede hallarse un concepto adecuado, es decir, que no son subsumibles en conceptos. No obstante, dice el profesor Parra, hay un campo en el que Kant ha reconocido el t&iacute;tulo de conocimiento   a una relaci&oacute;n entre concepto e intuici&oacute;n distinta a la de subsunci&oacute;n: se trata de las ideas de raz&oacute;n, cuyo conocimiento   se obtendr&iacute;a mediante el s&iacute;mbolo. As&iacute; como las intuiciones de la imaginaci&oacute;n no pueden encontrar concepto adecuado, las ideas de la raz&oacute;n, a la inversa, son conceptos para los cuales no hay intuici&oacute;n que pueda ser adecuada. En el s&iacute;mbolo no se trata de encontrar un concepto com&uacute;n con miras a clasificar varios objetos singulares, sino de establecer un puente, una analog&iacute;a, entre dos polos heterog&eacute;neos, uno constituido por una construcci&oacute;n sensible de la imaginaci&oacute;n, y el otro, un referente que permanecer&iacute;a en la oscuridad de no ser por el s&iacute;mbolo, como se ve en el ejemplo kantiano por excelencia: &ldquo;lo bello es el s&iacute;mbolo del bien moral&rdquo;, algo que eleva, sin duda, la belleza por encima del mero placer sensible. </p>     <p>En este punto de la exposici&oacute;n, el autor parece vislumbrar en el s&iacute;mbolo una forma m&aacute;s adecuada para plantear la funci&oacute;n del arte, por su valor de conocimiento. Si en alg&uacute;n momento se trat&oacute; de distinci&oacute;n social, luego de utilidad moral, m&aacute;s adelante de placer est&eacute;tico o de sacudimiento y vivificaci&oacute;n del receptor urbano, al final del libro se abren las perspectivas y se penetra en el campo de visi&oacute;n del romanticismo:</p>     <p>   En tanto concreci&oacute;n simb&oacute;lica de una intuici&oacute;n, la obra de arte pretende m&aacute;s bien arrojar luz sobre aspectos espec&iacute;ficos de una realidad que escapa a las anteriores relaciones cognoscitivas. Tal puede ser el caso cuando intenta aprehender la especificidad de objetos individuales que no obstante escapan a la experiencia cotidiana que de ellos se tiene, o cuando muestra relaciones desconocidas o desatendidas de los mismos, o incluso cuando crea mundos o relaciones posibles que relativizan lo que se tiene por real, y que a menudo anticipan sentidos de realidad hasta entonces inexistentes. La obra de arte es entonces el lenguaje de una idea est&eacute;tica que disputa su realidad, y que s&oacute;lo all&iacute;, y no en los conceptos, encuentra su expresi&oacute;n adecuada. (282)</p>     <p>   Sin embargo, no es &eacute;sta la &uacute;ltima palabra. Hay otra l&iacute;nea de argumentaci&oacute;n que parece m&aacute;s satisfactoria y m&aacute;s en consonancia   con los planteamientos centrales del libro. Hablar del s&iacute;mbolo como forma de conocimiento deja abierto el problema de la comunicabilidad, de manera que las analog&iacute;as no se conviertan en claves herm&eacute;ticas de orden individual o caprichos de inspiraci&oacute;n, problema que, de hecho, marc&oacute; gran parte de la poes&iacute;a moderna, desde el romanticismo. Una soluci&oacute;n que implique fundamentos trascendentales, presupuestos   a priori que garanticen la universalidad   de las analog&iacute;as, ser&iacute;a inapropiada, puesto que permanecer&iacute;a en pie la cuesti&oacute;n emp&iacute;rica de los s&iacute;mbolos en relaci&oacute;n con sus contextos culturales. La v&iacute;a que se abre es &ldquo;el recurso a una noci&oacute;n de comunicaci&oacute;n   no entendida trascendentalmente&rdquo;, sino en el sentido en que Kant la entrevi&oacute;: como sentido com&uacute;n regulativo y no constitutivo.   Dos extensas citas de Fiedler en las cuatro &uacute;ltimas p&aacute;ginas del libro le sirven al autor para proponer, con respecto a la obra de arte, &ldquo;el car&aacute;cter intelectual y no est&eacute;tico de los juicios&rdquo;. No es el gusto, dice Fiedler, el que descubre algo que no es accesible a otras facultades del alma, sino el entendimiento   el que comprende el mundo de representaciones   intuitivas configurado en la obra de arte.</p>     <p>   El planteamiento final de Est&eacute;tica y modernidad vuelve a los cap&iacute;tulos iniciales, en los que se insiste en la importancia de los cambios hist&oacute;ricos del p&uacute;blico que van desde el reducido y m&aacute;s o menos uniforme del Ancien R&eacute;gime, hasta la aparici&oacute;n de otro m&aacute;s amplio y heterog&eacute;neo que libera al artista de las presiones de la uniformidad y permite el surgimiento del genio rom&aacute;ntico, no s&oacute;lo insumiso a la norma, sino con pretensiones de ser el creador aut&oacute;nomo de sus propias normas, con las consecuentes implicaciones   para la comunicabilidad antes vigente. Es aqu&iacute; donde la idea de un sentido com&uacute;n l&oacute;gico, que act&uacute;e como principio regulativo, se presenta como soluci&oacute;n adecuada para el nuevo tipo de producci&oacute;n art&iacute;stica que reclama para s&iacute; el t&iacute;tulo de conocimiento.   Cuando se trata de obras de arte, dice Fiedler, el juicio de gusto recae sobre su constituci&oacute;n est&eacute;tica, pero es muy dudoso que con ello se haya tocado la esencia propia de la obra de arte. El profesor Parra termina su reflexi&oacute;n con un p&aacute;rrafo en el que, despu&eacute;s de constatar la desorientaci&oacute;n contempor&aacute;nea con respecto al concepto de obra de arte, se&ntilde;ala, con palabras de Hume, c&oacute;mo &ldquo;el sentir com&uacute;n sigue distinguiendo entre buenas y malas obras, entre buenos y malos juicios&rdquo;. M&aacute;s que para demostraciones,   el campo queda abierto para persuadir mediante argumentos, como en cualquier asunto humano discutible, sobre conceptos de obra de arte y sobre el eventual valor de conocimiento de algunas obras. En consecuencia,   las dos &uacute;ltimas palabras del libro no pueden ser sino &ldquo;consenso&rdquo; y &ldquo;sentido com&uacute;n regulativo&rdquo;.</p>     <p>   <b>DAVID JIM&Eacute;NEZ</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Universidad Nacional de Colombia   <a href="mailto:jimepan@gmail.com">jimepan@gmail.com</a></p> </font>      ]]></body>
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