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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Dawkins, R. El espejismo de Dios. Madrid: Espasa Calpe, 2007. 450pp.</b></font></p>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   Richard Dawkins, el famoso bi&oacute;logo   y profesor titular de la c&aacute;tedra Charles   Simonyi de divulgaci&oacute;n p&uacute;blica de la   ciencia de la universidad de Oxford, no   debe su celebridad tan s&oacute;lo al ingenio y   brillantez para exponer temas cient&iacute;ficos   de forma clara y amena. En su prontuario   intelectual se registran tambi&eacute;n su   condici&oacute;n de investigador y te&oacute;rico original   en temas de biolog&iacute;a evolutiva, lo   mismo que su profesi&oacute;n p&uacute;blica de una "fe inversa" tan probada al fuego, que este libro sobre Dios y la religi&oacute;n resulta todo menos inesperado, y contiene el potencial y las credenciales para convertirse en el evangelio para ese ins&oacute;lito "reba&ntilde;o de gatos" en que consiste la dispersa y seguro minoritaria comunidad de ateos. El espejismo de Dios se nos ofrece con un cu&aacute;druple prop&oacute;sito de concientizaci&oacute;n: primero, concientizarnos de que ser ateo es una opci&oacute;n realista, valiente y espl&eacute;ndida. Segundo, que las explicaciones naturalistas, como la teor&iacute;a darwiniana, mejoran nuestra comprensi&oacute;n del cosmos y son superiores a las explicaciones m&iacute;sticas y religiosas. Tercero, que etiquetar a los ni&ntilde;os con las religiones que profesan sus padres es abusivo. Cuarto, que ser ateo no tiene por qu&eacute; constituir motivo alguno de verg&uuml;enza. Es claro que estos mensajes pueden reducirse a tres, dada la afinidad tem&aacute;tica del primero con el cuarto. El tercer mensaje se ampl&iacute;a suficientemente en la obra (caps. 8 y 9), al punto que se podr&iacute;a expresar mejor como advertencia contra el car&aacute;cter pernicioso, adem&aacute;s de infundado, de las religiones.</p>     <p>   El conjunto de tesis, argumentadas   y ejemplificadas con el estilo claro,   creativo y directo de Dawkins, pueden   compendiarse del siguiente modo: es   abrumadoramente improbable que Dios   exista, de modo que, aunque no es posible   demostrar taxativamente su nulidad,   la balanza se inclina del lado del ate&iacute;smo.   Ahora bien, somos universalmente   proclives a la religi&oacute;n o instintivamente   inclinados a forjar dioses por una serie   de causas que podemos explicar con   razones no religiosas sino cient&iacute;ficas.   Asimismo, podemos explicar por id&eacute;nticas   razones cient&iacute;ficas nuestras conductas   morales, as&iacute; que tampoco es cierto   que la moral derive de las religiones, o   lo que viene a significar algo muy parecido:   que no necesitamos a Dios para ser   buenos. La argumentaci&oacute;n se extiende   hacia dos consideraciones adicionales:   la religi&oacute;n merece nuestra desconfianza,   pero tambi&eacute;n nuestro repudio. Es,   en efecto, no s&oacute;lo infundada sino perniciosa.   Este car&aacute;cter pernicioso genera   los da&ntilde;os conspicuos derivados del fanatismo,   el cual se origina en la costumbre   no criticada de educar a los ni&ntilde;os en   la aceptaci&oacute;n de creencias absurdas que   se refuerzan por el principio de que creer   es una virtud. Al final, cap. 10, el autor   afronta una &uacute;ltima trinchera de los creyentes:   puede que incluso no exista Dios,   mas &iquest;qu&eacute; hacer con el vac&iacute;o que Dios llena en nosotros?</p>     <p>   El propio autor divide y categoriza su   argumentaci&oacute;n en dos bloques, el primero   y m&aacute;s importante de los cuales llega   hasta la conclusi&oacute;n del cap&iacute;tulo cuarto,   conclusi&oacute;n de la cual da cuenta su propio   t&iacute;tulo: Por qu&eacute; es casi seguro que no hay   Dios. &Eacute;ste es el asunto teol&oacute;gico de la religi&oacute;n.   El segundo bloque lo constituyen   los aspectos antropol&oacute;gico, moral, sociopol&iacute;tico y psicol&oacute;gico de las religiones.</p>     <p>   Ese primer bloque comienza con un   primer cap&iacute;tulo que hace las veces de   estrategia de preparaci&oacute;n del escenario   de la discusi&oacute;n. Expresadas con un juego   de palabras en sus respectivos subt&iacute;tulos,   este cap&iacute;tulo desarrolla dos ideas:   la primera viene a decirnos que el merecido   respeto que debemos a lo religioso   surge de la confrontaci&oacute;n con un universo   portentoso en todas sus formas. Sin   embargo, llamar Dios o declarar divino   al cosmos por su car&aacute;cter magnificente   y misterioso, como acostumbran a menudo   muchos cient&iacute;ficos, constituye un   modo inadecuado de hablar y un principio   de traici&oacute;n intelectual. La segunda   idea consiste en que el respeto inmerecido   de que goza la religi&oacute;n es un prejuicio   extendido, un t&aacute;cito convenio, siempre   arbitrario y muchas veces absurdo, por el cual nos concedemos el derecho   de cultivar creencias fant&aacute;sticas que acorazamos   y hacemos inmunes a los argumentos.   Ligado a ello existe tambi&eacute;n la   presunci&oacute;n infundada de que la militancia   en la religi&oacute;n otorga especiales poderes   a ciertos l&iacute;deres para opinar sobre   temas de inter&eacute;s p&uacute;blico para los cuales   se precisa un juicio experto, siendo dudoso   que la fe o la formaci&oacute;n teol&oacute;gica alcancen a conferir dicha experticia.</p>     <p>   El Dios contra el cual arremete   Dawkins no es un Dios particular. Es lo   sobrenatural en todas sus versiones: animistas,   polite&iacute;stas, monote&iacute;stas. No le interesa   la abigarrada fenomenolog&iacute;a de la   credulidad humana, nos dice (cap. 2), as&iacute;   que ataca la hip&oacute;tesis de Dios en cuanto   existencia de una inteligencia sobrenatural   y sobrehumana que crea el universo   y se preocupa de nosotros. En el Dios   de Abraham, que sostiene las religiones   monote&iacute;stas de Occidente, tendr&iacute;amos la   ejemplificaci&oacute;n t&iacute;pica y familiar a nuestras   intuiciones de una tal hip&oacute;tesis cuya   nulidad cobija incluso su versi&oacute;n de&iacute;sta, "descafeinada", en la que creen muchos cient&iacute;ficos y fil&oacute;sofos. La parte final de su argumentaci&oacute;n teol&oacute;gica comienza en este cap&iacute;tulo segundo con su discusi&oacute;n del agnosticismo. &Eacute;ste consiste en una suerte de suspensi&oacute;n del juicio ante problemas para los cuales no parece haber forma de probar las tesis a ellos referidas, sea en un sentido afirmativo, sea en uno negativo. Sin embargo, contrario a lo que muchos cient&iacute;ficos y fil&oacute;sofos sostienen, el agnosticismo no ser&iacute;a aplicable al problema de la existencia de Dios. La raz&oacute;n es que podemos ser agn&oacute;sticos en torno a ciertos problemas de ciencia o filosof&iacute;a, ya que se nos impone la certeza de que nunca obtendr&aacute;n una respuesta afirmativa o negativa. Es el caso, por ejemplo, de saber si las cualidades crom&aacute;ticas de las cosas las podemos percibir todos, o incluso dos sujetos, de modo id&eacute;ntico. Es imposible que afirmemos o neguemos dicha posibilidad, y sobre ella podemos ser agn&oacute;sticos. Esta actitud, sin embargo, es inaplicable a la existencia de Dios, porque, afirma Dawkins, &eacute;sta es una cuesti&oacute;n cient&iacute;fica sobre cuya improbabilidad se pueden avanzar muchos argumentos, mientras que sobre su probabilidad existen muy pocos. As&iacute; que, aunque las tesis enfrentadas acerca de su existencia son irrespondibles, no son equiprobables, esto es, no est&aacute;n en equilibrio estable en sus respectivas fuerzas probatorias.</p>     <p>   A continuaci&oacute;n se presentan las pruebas   tradicionales a favor de la existencia   de Dios (cap. 3), todas las cuales van   a ser despachadas r&aacute;pidamente como sofismas.   El cap&iacute;tulo cuarto se consagra a   rebatir el argumento, si no m&aacute;s s&oacute;lido,   por lo menos el que se reviste hoy de m&aacute;s   oropeles en el mercado de las pruebas de   la existencia de Dios: el argumento del   dise&ntilde;o, presentado ahora pomposamente   como argumento de la complejidad irreductible.</p>     <p>   Los creacionistas arguyen que ante un   evento estad&iacute;sticamente muy improbable   (y toda estructura viva lo es sin duda), la   alternativa para explicarlo es la casualidad   o el dise&ntilde;o o dise&ntilde;ador inteligente.   Este argumento ha hecho carrera en   nuestros d&iacute;as como una versi&oacute;n tecnol&oacute;gicamente   actualizada del argumento   del reloj autoensamblado que hizo famoso   William Paley en el siglo XVIII. Se   trata de la idea, atribuida a Fred Hoyle,   seg&uacute;n la cual la probabilidad de que la   vida se haya originado en la tierra no es   mayor que la de que un hurac&aacute;n pudiera   ensamblar un Boeing 747 soplando en   un desguazadero. El efecto dram&aacute;tico es   grande, pero su l&oacute;gica es impecablemente inexacta, pues ciertamente tan improbable   como que el viento ensamble un 747,   es que la casualidad genere un ser vivo.   Pero la alternativa que invocan los creacionistas   es todav&iacute;a m&aacute;s improbable,   fant&aacute;sticamente improbable: que haya   un dise&ntilde;ador, o sea, en t&eacute;rminos de aeronavegaci&oacute;n,   que el 747 no sea efectivamente   ensamblado por el viento, sino   por un ingeniero, el cual a su vez tendr&iacute;a   que haber surgido del viento. Esto es lo   que dice el argumento de Dawkins. Dios   no puede explicar el origen de la vida, ni   del universo, porque &eacute;l, como dise&ntilde;ador,   se erige en problema de dise&ntilde;o m&aacute;s portentoso   todav&iacute;a. No hay que usar a Dios   como explicaci&oacute;n del origen de nada,   porque &eacute;l es m&aacute;s dif&iacute;cil de explicar a&uacute;n; &eacute;l es el Boeing 747 definitivo. Los creacionistas tratan el origen de la improbabilidad estad&iacute;stica como un evento singular. No comprenden, ni admiten siquiera, el poder de la acumulaci&oacute;n de peque&ntilde;os cambios como posible alternativa de la casualidad. Muchos de ellos andan a la caza de presuntas complejidades irreductibles, rarezas que son tan manifiestamente improbables que, dicen, no podr&iacute;an sino haber sido dise&ntilde;adas. Estos razonamientos se alinean con la ya famosa y denostable estrategia del Dios de los vac&iacute;os: buscar vac&iacute;os en el registro f&oacute;sil y llenarlos con Dios, y, en general, tapar con Dios todo vac&iacute;o no explicado por la ciencia. Esto, dice Dawkins, es razonar no cient&iacute;ficamente, lo cual implica asumir como virtud el estar satisfechos con el desconocimiento. Es una actitud derrotista y perezosa, nos dice. La verdadera alternativa, tanto a la casualidad como al dise&ntilde;ador sobrenatural, es, para la vida, la teor&iacute;a darwiniana de la selecci&oacute;n natural, y para el cosmos en general, alg&uacute;n an&aacute;logo que no hemos construido todav&iacute;a y para cuya consecuci&oacute;n el principio antr&oacute;pico puede constituir una buena gu&iacute;a. Se tratar&iacute;a de forjar modelos explicativos a modo de "gr&uacute;as autopropulsadas", vale decir explicaciones naturalistas, en reemplazo de los "ganchos celestiales" o hip&oacute;tesis fant&aacute;sticas y autoinmunes que no explican nada. En todo caso, tanto el origen de la vida como el del propio universo constituyen vac&iacute;os m&aacute;s portentosos que cualquiera, y ni siquiera en estos casos la hip&oacute;tesis del dise&ntilde;o se sostiene, aunque no faltan los que dicen que no admitir un creador es contravenir la ley l&oacute;gica del ex nihilo nihil. Pero es manifiesto que si aplicamos la pregunta en t&eacute;rminos del origen causal, ni Dios mismo queda exento.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   El argumento de la improbabilidad   de Dios es, dice Dawkins, un argumento   irrefutable o, como lo se&ntilde;al&oacute; Dennet,   una refutaci&oacute;n irrefutable. Constituye   por dem&aacute;s una actualizaci&oacute;n del argumento   de Hume. Es famoso el criterio o   principio de que "ning&uacute;n testimonio es   suficiente para establecer un milagro, a   no ser que el testimonio sea tal que su   falsedad fuera m&aacute;s milagrosa que el hecho   que intenta establecer" (Blackburn,   189). Este razonamiento trata los testimonios   como premisas en las cuales   creemos sobre la base de una inferencia   que se apoya en el tipo de relaciones   que nuestra experiencia encuentra en el   mundo. Haciendo extensivo este criterio   para los relatos de milagros a las afirmaciones   sobre la existencia de Dios, tenemos   que la carga de la prueba acerca de   ella le corresponder&iacute;a, dado su car&aacute;cter   fant&aacute;stico, no a quien niega, sino a quien   afirma que Dios existe. Por eso Dawkins   puede decir tranquilamente que el hecho   de que no pueda negarse en &uacute;ltimas una   hip&oacute;tesis sobre Dios es algo sin importancia.   Lo importante es que hay muchas   razones que lo hacen improbable. Esta   conclusi&oacute;n es, seg&uacute;n confesi&oacute;n expresa,   el argumento central del texto. Antes de comentarla vamos a sintetizar lo que,   con todo, constituye cerca del 60% del   texto restante, y a lo que el autor se refiere   como a las diversas cuestiones que siguen ahora.</p>     <p>   La primera de las cuestiones que siguen   es la relativa al origen de la religi&oacute;n.   Existen 3 elementos que se complementan   para conformar un bloque explicativo   acerca de nuestra universal propensi&oacute;n   religiosa. El primero y menos fuerte   es el postulado de la conspiraci&oacute;n, que ha   sido ridiculizado al menos desde Hegel.   La religi&oacute;n no es el producto de la manipulaci&oacute;n   de pol&iacute;ticos y sacerdotes para   someter al pueblo ignorante. Mas algo   de ello existe tambi&eacute;n, una vez que el virus   religioso se comienza a propagar. El   segundo elemento explicativo es el epid&eacute;mico:   habr&iacute;an virus religiosos que se   propagan como los genes. Son los replicadores   mentales o memes, cuya postulaci&oacute;n   debemos al propio Dawkins. Pero   tambi&eacute;n podemos avanzar argumentos   propiamente darwinianos, los cuales   apuntalar&aacute;n los posibles rendimientos   adaptativos de las conductas claramente   derrochadoras de las religiones, en t&eacute;rminos   de econom&iacute;a evolutiva. Muchos   psic&oacute;logos evolutivos han propuesto teor&iacute;as   que explican la conducta religiosa   como subproducto de caracter&iacute;sticas   psicol&oacute;gicas normales. Dawkins se suma   a la lista con una hip&oacute;tesis: la idea de que   las mentes infantiles del Homo sapiens   est&aacute;n hechas por la selecci&oacute;n natural   para absorber informaci&oacute;n sin cr&iacute;tica. La   contraparte perjudicial de ello es la vulnerabilidad   a las creencias fant&aacute;sticas, a   los virus mentales. La religi&oacute;n se explicar&iacute;a   pues en t&eacute;rminos de epidemiolog&iacute;a,   a partir de comienzos darwinistas relativos   a la satisfacci&oacute;n por v&iacute;as religiosas de   necesidades e impulsos muy b&aacute;sicos de nuestras mentes.</p>     <p>   La moral tendr&iacute;a tambi&eacute;n ra&iacute;ces   darwinianas. Los genes ego&iacute;stas pueden   programar a los organismos para   ser altruistas. La moral ser&iacute;a entonces   un subproducto, esta vez no pernicioso   como la religi&oacute;n, de conductas afines al   principio de selecci&oacute;n natural. La moral   entra en juego aqu&iacute; por la raz&oacute;n de que   casi todo el mundo soporta sus asunciones   morales en la religi&oacute;n. Dawkins se   esmera en mostrar que podemos explicar   la moralidad por razones naturales,   y socavar as&iacute; la afirmaci&oacute;n de que necesitamos   a Dios para ser buenos. Y, en &uacute;ltima   instancia, aunque necesit&aacute;ramos   un Dios para conducirnos moralmente,   eso no har&iacute;a su existencia m&aacute;s probable,   am&eacute;n de que se tratar&iacute;a de una moralidad bien deplorable.</p>     <p> &Eacute;sta es la segunda de las cuestiones     que se abordan en la segunda parte     del texto. El argumento se extiende     a la consideraci&oacute;n seg&uacute;n la cual la religi&oacute;n     nos habr&iacute;a provisto de los principios     morales que claramente, se dice, hemos     extra&iacute;do de los textos sagrados. La     r&eacute;plica de Dawkins es que, ni por instrucci&oacute;n     directa, ni por ejemplificaci&oacute;n,     estos textos, y la Biblia en particular, son     las fuentes reales de nuestra moralidad.     El Antiguo Testamento est&aacute; plagado de     monstruosidades, y el nuevo, sin ser tan     abominable, comporta la base para doctrinas     inmorales como la del infierno o     la del pecado original. Quienes son creyentes     y adem&aacute;s son sujetos moralizados,     lo son gracias a una criba aleg&oacute;rica     o simb&oacute;lica de sus textos sagrados.     Ello habla de que existe un criterio moral     universal, extrab&iacute;blico o extrarreligioso,     y est&aacute; disponible para todos. Es el     Zeitgeist moral, una especie de consenso     que prevalece extensamente y que soporta     nuestros principios &eacute;ticos liberales.     En el largo plazo se manifiesta como una tendencia progresiva moralizadora,     al margen y aun en contra de los principios   religiosos.</p>     <p>   La tercera cuesti&oacute;n versa sobre la hostilidad   merecida hacia la religi&oacute;n. No   s&oacute;lo es malo y merecedor de repudio el   fundamentalismo religioso por inspirar   conductas brutales e inhumanas.   Tambi&eacute;n es mala la religi&oacute;n moderada,   pues proporciona el clima en el que naturalmente   florece el fanatismo. Al inculcarnos   desde ni&ntilde;os la idea de que creer   es una virtud, se sientan las bases para la   abdicaci&oacute;n intelectual y el extremismo.   No es tampoco de menor cuant&iacute;a el da&ntilde;o   que produce el sectarismo, ese prurito   etnoc&eacute;ntrico af&iacute;n a toda religi&oacute;n "saludable".   El hecho de que todo Dios sea t&iacute;picamente   exclusivista (Yahv&eacute; en primer   lugar) y que haya tanto dioses, es un handicap   para nuestra idea de una humanidad com&uacute;n.</p>     <p>   La consecuencia de lo anterior, en t&eacute;rminos   de nuestra necesaria toma de conciencia,   es que los ni&ntilde;os no tienen por   qu&eacute; tener religi&oacute;n. As&iacute; como les denegamos   otras cargas, t&iacute;tulos o responsabilidades,   como la toma de postura pol&iacute;tica,   as&iacute; tambi&eacute;n deber&iacute;amos escandalizarnos   de llamar a los ni&ntilde;os con los apellidos   religiosos de la cultura de sus padres.   Entendida como adoctrinamiento no   consentido, la religi&oacute;n es un tipo de abuso   infantil. Deber&iacute;amos ense&ntilde;ar religiones   comparadas y conceder a los ni&ntilde;os   el derecho de elegir sus creencias cuando   sean adultos y capaces de razonar sobre   ellas. Es pues rid&iacute;culo y pernicioso pensar   que es normal adoctrinar a los ni&ntilde;os   en una religi&oacute;n cualquiera. El etiquetarlos   luego es apenas una consecuencia de este prejuicio.</p>     <p>   La cuarta y &uacute;ltima de las cuestiones   es el aspecto psicol&oacute;gico de la religi&oacute;n.   Si tenemos un vac&iacute;o que Dios llena, eso   no aumentar&iacute;a un &aacute;pice la posibilidad de   su existencia. La cuesti&oacute;n l&oacute;gica es as&iacute; de   simple. Pero el autor se detiene a intentar   comprender aquello de que sin religi&oacute;n   o sin Dios no se podr&iacute;a vivir plenamente.   Y, de hecho, no lo comprende. No ve   c&oacute;mo la religi&oacute;n pueda proveer consuelo   sobre cimientos tan fr&aacute;giles. La religi&oacute;n,   defendida como necesidad sentimental,   es pues un infantilismo; y cuando se razona   a favor de Dios sobre esta base, se   incurre en un tajante non sequitur (no se   sigue). Si la ausencia de Dios origina un   vac&iacute;o, hay muchas mejores formas de llenarlo.   Con la inspiraci&oacute;n que proveen la   ciencia y la b&uacute;squeda de la verdad, por   ejemplo. El autor cierra el texto con un   ensayo de descripci&oacute;n inspiradora de   c&oacute;mo el conocimiento cient&iacute;fico nos ampl&iacute;a   la ranura estrecha (la Burka) por la   cual miramos lo real, en tanto usamos el   cerebro s&oacute;lo para sobrevivir, es decir, en   tanto que iluminamos como con un proyector   las porciones del mundo que necesitamos   para mantenernos vivos, entregando el resto a la oscuridad.<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup></p>     <p>   La conclusi&oacute;n del argumento contra   la teolog&iacute;a natural es irrebatible, en efecto.   Sin embargo, no s&oacute;lo los creacionistas   fundamentalistas mantienen sus posiciones   un tanto desesperadas, sino que,   adem&aacute;s, de vez en cuando aparecen cient&iacute;ficos   intentando pruebas cosmol&oacute;gicas   sobre la existencia de un creador. A ellas   les salen casi siempre al paso las reservas   basadas en el principio, del todo af&iacute;n a   los raciocinios de Hume, de que ninguna   ley f&iacute;sica puede implicar la existencia de un infinito actual (cf. K&uuml;ng 2007: 79).</p>     <p>   Sin embargo, la creencia en Dios es   del todo refractaria a las pruebas en contra.   Uno podr&iacute;a casi decir que Dios no   es el tipo de cosa en la que se cree o no   con base en pruebas, incluso con base en argumentos y l&oacute;gica. La fuerza impelente   que abre camino a la fe proviene de lo   que Pascal llamara razones del coraz&oacute;n.   Estas razones tienen su din&aacute;mica propia,   al margen de la ciencia y viviendo   con ella en diversos grados de afinidad   y discordia. En efecto, la admisi&oacute;n de   Dios no produce un quiebre catastr&oacute;fico   en la unidad mental de muchos cient&iacute;ficos   creyentes, ni en la cordura de todos   aquellos humanos que conviven con la fe   y usan a su vez su razonamiento emp&iacute;rico   y l&oacute;gico. Mas tampoco puede pasarse   por alto el conflicto. Parece un poco extra&ntilde;a   la afirmaci&oacute;n de que la ciencia no   tenga nada que ver con el creer o no, tal   como sostuvo Chesterton (cf. Gardner   1989 296). Cuando se cree con un nivel   alto de exigencia mental, que para el   caso debe valer como sin&oacute;nimo de cientificidad,   es muy dif&iacute;cil comulgar con las   grandes ruedas de molino de las religiones   positivas. Se produce casi siempre   una depuraci&oacute;n de elementos fant&aacute;sticos   y antropom&oacute;rficos, y por ah&iacute; mismo   se cuela el escepticismo bajo la forma de   reclamo por parte de nuestra raz&oacute;n natural   de hasta d&oacute;nde admitir lo absurdo, hasta d&oacute;nde tolerar el esc&aacute;ndalo.</p>     <p>   As&iacute; que la refutaci&oacute;n irrefutable del   Boeing 747 no termina con el problema.   Es paradigm&aacute;tico a este respecto   el propio Hume, tra&iacute;do a cuenta por   Dawkins y muchos otros como patrono   de su escepticismo. El propio ensayo   sobre los milagros, que sienta las bases   de esta desconfianza irreprochable,   concluye preguntando c&oacute;mo Hume, la   propia mano que escribe, puede admitir   los milagros del cristianismo. Y &eacute;l mismo   se responde de esta inmortal manera,   para usar un giro ret&oacute;rico copiado de   Dawkins: porque se opera en m&iacute; el renovado milagro de creer en ellos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Pero, volviendo a las razones del coraz&oacute;n,   hay que decir que no todo el mundo   da p&aacute;bulo a sus demandas. Por lo dem&aacute;s,   ellas nacen con un &iacute;mpetu proporcional   a cu&aacute;n susceptible sea uno a escuchar o   no el ta&ntilde;ido de la campana de la tarde   que llama a duelo por nosotros. En este   punto hay que decir que Dawkins manifiesta   de modo muy cre&iacute;ble una envidiable   sordera, y que los humanos quiz&aacute; no   nos dividamos de modo tan esencial en   aristot&eacute;licos o plat&oacute;nicos, cuanto en hiper   o hipoac&uacute;sicos con relaci&oacute;n a estos ta&ntilde;idos de campana vespertina.<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup></p>     <p>   La cr&iacute;tica devastadora del extremismo   religioso, que se extiende incluso a la religi&oacute;n   moderada, hace de este texto un   documento pol&iacute;tico tambi&eacute;n. Las cuestiones   religiosas alcanzan connotaciones   pol&iacute;ticas cuando, como en muchos   casos, las actitudes y los credos religiosos   desbordan los cauces de lo privado   e influencian la &oacute;rbita de la normatividad   externa que rige la ley y el derecho.   Es claro que el monstruo del fundamentalismo   religioso est&aacute; bien domesticado   en las democracias liberales. Pero no est&aacute;   muerto. El texto que rese&ntilde;amos es rico en   ejemplos escalofriantes de actitudes fundamentalistas   extremas en los Estados   Unidos de hoy. Se oyen voces que evocan   tiempos dif&iacute;ciles para la convivencia humana.   La idea es que el fundmentalismo   rompe el pacto de separaci&oacute;n de las esferas   privada y p&uacute;blica, que ha sido una   importante conquista civilizatoria del liberalismo   occidental. La f&oacute;rmula de este   pacto consiste en una especie de doctrina   de la doble verdad: se admite toda   creencia en privado, pero no se admite   usar coacci&oacute;n alguna para imponerla   a otros (cf. Marina 2005 53 ss.). Aqu&iacute; radica tambi&eacute;n la justificaci&oacute;n del respeto   por las creencias religiosas como derivado   del m&aacute;s amplio derecho de libertad   de conciencia. La postura de Dawkins   no es en este caso intentar hacer que la   religi&oacute;n obedezca este pacto, civilizarla,   sino procurar su exterminio, pues ve   una continuidad con pocas fisuras entre   fundamentalismo y religiosidad moderada.   Esto confiere al texto un especial   tono pol&eacute;mico, un cierto aire de desesperaci&oacute;n   y una cota de jocundidad, que   constituyen la ganancia en oro literario para el lector.</p>     <p>   Por &uacute;ltimo, su negativa a ver en la religi&oacute;n,   y espec&iacute;ficamente en el cristianismo,   un factor determinante de la moralidad   moderna, comporta todos los   ingredientes de la ceguera hist&oacute;rica y sociol&oacute;gica.   No comprende que su propio   canon moral, el Zeitgeist moral moderno,   ha sido producto de un proceso evolutivo.   Aplic&aacute;ndole una frase de El&iacute;as a   prop&oacute;sito del conocimiento, dir&iacute;amos   que Dawkins no puede imaginar cu&aacute;nto   de lo que sabe que es correcto es posible   no saber que lo es (cf. Elias 2002: 119).   Lo que es digno de ser aclarado es c&oacute;mo,   de fuentes tan moralmente sembradas   de minas, se pudo con todo decantar un   conjunto de principios tan intachables   como la libertad, la igualdad, la solidaridad. &iexcl;Qu&eacute; m&eacute;rito extra&ntilde;o el de unos textos sagrados como esos! &iexcl;Y qu&eacute; tortuosa debi&oacute; ser su depuraci&oacute;n, su asimilaci&oacute;n como valores laicos!</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1"> <font face="verdana" size="1">      <p><sup><a href="#s1" name="#1">1</a></sup> La imagen del proyector es de Edward O. Wilson (143 )</p>      <p><sup><a href="#s2" name="#2">2</a></sup> La imagen de la conciencia de la propia    mortalidad como el escuchar el triste    toque de una campana en la tarde, se refiere    con detalle en la obra antes citada de  Martin Gardner (Gardner 1989 307 ss.).</p>  </font>    <hr size="1">      <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <p>   Blackburn, S. Pensar. Barcelona: Paid&oacute;s,   2001.</p>     <p>   Wilson, E. Consilience. Barcelona   C&iacute;rculo de Lectores, 1999.</p>     <p>   K&uuml;ng, H. El principio de todas las cosas.   Madrid: Trotta, 2007.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Gardner, M. Los porqu&eacute;s de un escriba fil&oacute;sofo.   Barcelona: Tusquets, 1989.</p>     <p>   Marina, J. Por qu&eacute; soy cristiano.   Barcelona: Anagrama, 2005.</p>     <p>   Elias, N. Compromiso y distanciamiento.   Barcelona: Pen&iacute;nsula, 2002.</p>     <p>   <b>Ramiro Ceballos M.</b></p>     <p>   Universidad de Pamplona, Colombia   <a href="mailto:ramirocem@yahoo.es">ramirocem@yahoo.es</a> </p> </font>      ]]></body>
</article>
