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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Danilo Cruz V élez (1920-2008)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2"></font>     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Danilo Cruz V &eacute;lez   (1920-2008)</b></font></p> <font face="verdana" size="2">     <p align="center">   <b>In memoriam</b></p>     <p>   <b>Rub&eacute;n Sierra Mej&iacute;a*</b></p>     <p>   Universidad Nacional de Colombia, <a href="mailto:rsierramejia@cable.net.co">rsierramejia@cable.net.co</a></p>   <hr size="1">      <p>   Cruz V&eacute;lez naci&oacute; en Filadelfia (Caldas) en 1920. Muri&oacute;    en   Bogot&aacute;, en 2008, luego de una larga enfermedad que lo mantuvo   recluido en una cl&iacute;nica, ajeno al mundo que lo rodeaba y olvidado   de aquellos momentos que constituyeron su historia personal. Su   infancia y parte de su juventud transcurrieron en Riosucio, Popay&aacute;n   y Manizales. A esta &uacute;ltima ciudad se traslad&oacute; en 1937 para terminar   los estudios de bachillerato. All&iacute; inici&oacute; sus lecturas de filosof&iacute;a   moderna y contempor&aacute;nea en las traducciones que publicaban las   editoriales espa&ntilde;olas. En varias ocasiones hablamos de los libros   le&iacute;dos durante aquella &eacute;poca de colegial que m&aacute;s impresiones   duraderas le produjeron, algunos de los cuales, me dec&iacute;a, le   demandaron, por su complejidad, largas horas de dedicaci&oacute;n.   Eran sobre todo libros de literatura como La monta&ntilde;a m&aacute;gica de   Thomas Mann o Juan Crist&oacute;bal de Romain Rolland, y en ocasiones   de filosof&iacute;a como la Decadencia de Occidente de Oswald Spengler,   que hab&iacute;a sido vertida a nuestra lengua hac&iacute;a algunos a&ntilde;os    y que   a&uacute;n gozaba de una amplia y entusiasta acogida en los pa&iacute;ses hispanohablantes.   Su vocaci&oacute;n de escritor empezaba a perfilarse, pues   por entonces publicaba con regularidad en uno de los peri&oacute;dicos   locales sus art&iacute;culos y comentarios bibliogr&aacute;ficos.</p>     <p>   Cuando se traslad&oacute; a Bogot&aacute; a realizar estudios universitarios,   entr&oacute; en relaciones con c&iacute;rculos de escritores de la   capital colombiana, en particular con los poetas de Piedra y   Cielo. Inici&oacute; pronto sus colaboraciones sobre temas literarios   en El Tiempo, pero ahora alternados con los filos&oacute;ficos. Eran   art&iacute;culos sobre Eugene O'Neill, Aldous Huxley, Jorge Luis   Borges, Francisco Romero, Wilhelm Dilthey y otros fil&oacute;sofos   y escritores que en aquellos a&ntilde;os ocupaban la atenci&oacute;n de las   editoriales y de la prensa escrita. Entre tanto cursaba sus estudios   de derecho con la sola finalidad de hacer la obligante concesi&oacute;n familiar    de realizar una carrera universitaria pero sin ning&uacute;n   prop&oacute;sito de dedicarse a su ejercicio.</p>     <p>   El inter&eacute;s inicial por la literatura, aunque desplazado por   la filosof&iacute;a, nunca desapareci&oacute; del todo: hasta los &uacute;ltimos    a&ntilde;os   de su vida intelectualmente activa, la poes&iacute;a en espa&ntilde;ol y en   alem&aacute;n fueron sus lecturas m&aacute;s constantes. Cuando la ocasi&oacute;n    se   presentaba, durante sus conversaciones sol&iacute;a recitar pasajes de sus   poetas predilectos, intercalando comentarios pertinentes sobre   una met&aacute;fora, sobre sus aspectos musicales o su m&eacute;trica, sobre    un   pensamiento esencial en el poema que le&iacute;a, sobre el sentido mismo   del fen&oacute;meno po&eacute;tico. A lo largo de su vida mantuvo una afectuosa   amistad con algunos de los poetas de su generaci&oacute;n, que admiraba   y le&iacute;a con especial cuidado. Eduardo Carranza, Aurelio Arturo y   Fernando Charry Lara fueron sus amigos entra&ntilde;ables, a los que   dedic&oacute; en alg&uacute;n momento la atenci&oacute;n de lector cr&iacute;tico.    Una muestra   de esas preocupaciones puede encontrarse en los ensayos dedicados   a Arturo y a Carranza, incluidos en El misterio del lenguaje.</p>     <p>   Jos&eacute; Ortega y Gasset, Nicolai Hartmann y Max Scheler fueron   los fil&oacute;sofos de los que en la etapa de su formaci&oacute;n filos&oacute;fica    recibi&oacute;   mayores est&iacute;mulos. Su primer libro tiene la impronta del &uacute;ltimo    de   los fil&oacute;sofos citados, sobre quien lleg&oacute; a afirmar que fue la    mayor   influencia que recibi&oacute; en aquellos a&ntilde;os, y que la lectura de El    puesto   del hombre en el cosmos constituy&oacute; el momento de su "instalaci&oacute;n    en   la filosof&iacute;a". En v&iacute;speras de su viaje a Alemania, en 1951,    escribi&oacute; un   ensayo sobre el concepto de "philosophia perennis" en Hartmann,   a quien consideraba "el fil&oacute;sofo m&aacute;s importante en la filosof&iacute;a   reciente". M&aacute;s importante, pero no el m&aacute;s original, honor    &eacute;ste que le   corresponde a Martin Heidegger, como lo advierte en ese entonces.   No obstante el desconocimiento directo de su obra, reconoc&iacute;a que   el autor de Ser y Tiempo representaba un nuevo punto de partida en   la historia de la filosof&iacute;a, de la misma importancia que la revoluci&oacute;n   de Descartes en el mundo moderno. Su viaje a Alemania tuvo el   prop&oacute;sito de profundizar en su estudio. El inter&eacute;s por Ortega    y   Gasset, en cambio, fue superado con los a&ntilde;os, y es notoria la poca   huella que se encuentra en sus escritos de la lectura del autor de La   rebeli&oacute;n de las masas, a quien sin embargo profes&oacute; hasta el final    de   sus d&iacute;as una gran reverencia. En Tabula Rasa, estudia su significado   para la cultura espa&ntilde;ola de ambos continentes, valorando con   mesura la tarea que asumi&oacute; de conducir a Espa&ntilde;a por la ruta del   pensamiento europeo contempor&aacute;neo hasta situarla a una altura   digna de la edad moderna.</p>     <p>   En 1948 public&oacute;, en Bogot&aacute;, su primer libro: un peque&ntilde;o   volumen titulado Nueva imagen del hombre y de la cultura. Sus   compa&ntilde;eros de generaci&oacute;n y la comunidad filos&oacute;fica que    empezaba   a formarse en el pa&iacute;s recibieron la obra con entusiasmo y saludaron   al autor como a un verdadero maestro. Esa primera obra versa sobre un problema    filos&oacute;fico que en aquel momento estaba en auge, si bien   ya las cuestiones acerca del hombre y de su naturaleza se las estaba   tratando desde orientaciones distintas a la que acogi&oacute; Cruz V&eacute;lez.   A partir de la publicaci&oacute;n de Nueva imagen, su actividad como   escritor estar&aacute; centrada en la filosof&iacute;a.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Me parecen oportunas unas pocas observaciones acerca de la   generaci&oacute;n a la que perteneci&oacute; Cruz V&eacute;lez y el significado    que tiene   en la historia cultural colombiana. Se ha hablado con insistencia   del papel renovador que jugaron en nuestra literatura los poetas   y escritores agrupados en torno a la revista Mito. Pero ninguna   atenci&oacute;n se ha puesto sobre el hecho de que el grupo de Jorge Gait&aacute;n   Dur&aacute;n s&oacute;lo realizaba en literatura y en artes pl&aacute;sticas    lo que otros   miembros de su generaci&oacute;n estaban haciendo en ciencias sociales:   ponerse al d&iacute;a con la situaci&oacute;n cultural de los principales centros   productores de conocimientos y de arte. Como generaci&oacute;n irrumpe   en la vida nacional al finalizar la d&eacute;cada de 1940. A ella perteneci&oacute;   Cruz V&eacute;lez como representante del saber filos&oacute;fico.</p>     <p>   Ese ambiente de renovaci&oacute;n se debi&oacute; en parte a las reformas   educativas promovidas por los gobiernos de la llamada Rep&uacute;blica   Liberal y en parte a la presencia en nuestro pa&iacute;s, promovida en   muchos casos por aquellas reformas, de un grupo de acad&eacute;micos   e intelectuales europeos que hab&iacute;an inmigrado a Colombia para   protegerse de las persecuciones de que eran v&iacute;ctimas en sus pa&iacute;ses   de origen. Espa&ntilde;oles republicanos y alemanes adversos al r&eacute;gimen   nazi, en particular jud&iacute;os, le dieron en ese momento un clima de   cosmopolitismo a nuestro mundo cultural, ambiente que nunca   antes hab&iacute;a tenido y que desapareci&oacute; pronto, es cierto, pero dejando   una profunda huella. Ellos trajeron nuevos nombres de cient&iacute;ficos,   pensadores y escritores, as&iacute; como nuevos m&eacute;todos para el estudio   de las ciencias sociales, los cuales ayudaron a superar el atraso por   el que ven&iacute;a atravesando Colombia. En la c&aacute;tedra universitaria,   en programas radiales o en charlas de caf&eacute;, a esos europeos se les   debe en buena medida la orientaci&oacute;n del grupo generacional que   comparti&oacute; con los integrantes de Mito la tarea de darle un nuevo   rumbo, moderniz&aacute;ndola, a la cultura del pa&iacute;s.</p>     <p>   En la misma d&eacute;cada de 1940, adem&aacute;s, surgi&oacute; un fen&oacute;meno   nuevo en Colombia: el cultivo de la filosof&iacute;a, particularmente de   la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea, como una actividad enmarcada dentro   del "com&uacute;n cauce cultural" y no &uacute;nicamente como una    actividad   pedag&oacute;gica o como el instrumento encargado de justificar   programas pol&iacute;ticos o doctrinas religiosas. Las circunstancias   favorecieron la aparici&oacute;n de este fen&oacute;meno: el auge de la industria   editorial en los pa&iacute;ses hispanoamericanos que hab&iacute;a iniciado la   divulgaci&oacute;n masiva del pensamiento contempor&aacute;neo, y el impacto   que ejerci&oacute; entre nosotros la figura de Jos&eacute; Ortega y Gasset,    crearon   el clima propicio para la recepci&oacute;n de la filosof&iacute;a del siglo    XX. A estas coordenadas externas habr&iacute;a que agregar que, en el interior,   las reformas educativas ejecutadas por el liberalismo, en el poder   desde 1930, permitieron un ambiente favorable para la difusi&oacute;n de   nuevas formas de pensamiento distintas a las que desde la &eacute;poca de la   Regeneraci&oacute;n se ven&iacute;an imponiendo desde las aulas universitarias.</p>     <p>   Por la &eacute;poca en que Cruz V&eacute;lez se instala en Bogot&aacute; e inicia    sus   amistades con los poetas de entonces, otras relaciones, las de un   grupo de j&oacute;venes interesados en la filosof&iacute;a, le habr&iacute;an    de ayudar   a encontrar el camino hacia esta disciplina. La creaci&oacute;n en la   Universidad Nacional del Instituto de Filosof&iacute;a, en 1945, le ofrece   adem&aacute;s la oportunidad de incorporarse a &eacute;l como docente. Fueron   siete a&ntilde;os de profesorado que, seg&uacute;n declar&oacute; m&aacute;s    tarde, constituyeron   un verdadero aprendizaje de esta &aacute;rea del saber. All&iacute;, en   ese centro acad&eacute;mico, un peque&ntilde;o grupo formado por Cayetano   Betancur, Rafael Carrillo, Abel Naranjo Villegas y el propio Cruz   V&eacute;lez asumieron la tarea de introducir corrientes filos&oacute;ficas    que en   el momento estaban en auge en Europa, en especial en Alemania.   Eran corrientes de las que se conoc&iacute;a muy poco, si se except&uacute;an   espor&aacute;dicas menciones en textos y lecciones universitarias sin   ning&uacute;n impacto en nuestra cultura p&uacute;blica.</p>     <p>   Debo precisar la anterior aseveraci&oacute;n y para esto quiero   recordar lo que al respecto suced&iacute;a en el pa&iacute;s. A diferencia del    resto   del continente, donde la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea se abri&oacute;    paso en   pol&eacute;mica con el positivismo que se hab&iacute;a impuesto desde el siglo   XIX, en Colombia la aparici&oacute;n de las nuevas corrientes filos&oacute;ficas   signific&oacute; un abandono, m&aacute;s que una discusi&oacute;n o una superaci&oacute;n,    de   la tradici&oacute;n neotomista promovida por Rafael Mar&iacute;a Carrasquilla   desde su c&aacute;tedra en el Colegio del Rosario. El positivismo   colombiano, o "filosof&iacute;a experimental", como se la llamaba    en   los a&ntilde;os finales del siglo XIX, hab&iacute;a pr&aacute;cticamente desaparecido    a   comienzos del XX, tras un prolongado debate filos&oacute;fico en el que sus   cr&iacute;ticos se apropiaron de instrumentos conceptuales procedentes   de diversas escuelas, en general de la tradici&oacute;n cat&oacute;lica. El   resultado fue la implantaci&oacute;n del estudio de filosof&iacute;as de tendencia   neotomista, que sustituyeron la orientaci&oacute;n positivista perceptible   en ciertas corrientes de pensamiento cultivadas en nuestras instituciones   de ense&ntilde;anza superior. Cuando Carrasquilla inici&oacute;   la tarea de divulgaci&oacute;n del neotomismo, obedec&iacute;a al mandato de   Le&oacute;n XIII en su enc&iacute;clica Aeterni Patris de restaurar la filosof&iacute;a   de Santo Tom&aacute;s, la que tendr&iacute;a la misi&oacute;n de "defender    religiosamente   las verdades reveladas por Dios". El Concordato que firm&oacute;   el gobierno colombiano en 1887, al conceder a la Iglesia Cat&oacute;lica   el control del contenido de la ense&ntilde;anza, desterr&oacute; de los planes   de estudio cualquier pensamiento que se considerara adverso a   la doctrina cristiana, entre ellos el positivismo, que coincid&iacute;a con    "el materialismo ateo", seg&uacute;n la opini&oacute;n de Marco    Fidel Su&aacute;rez. El   neotomismo prolonga su predominio hasta pasada la d&eacute;cada del 30,   aunque hay que reconocer que ya en algunos ensayistas como Luis   L&oacute;pez de Mesa se observaba una actitud distinta de la adoptada por   Carrasquilla: a L&oacute;pez de Mesa se le debe buena parte de la secularizaci&oacute;n   del pensamiento filos&oacute;fico en Colombia y, por consiguiente,   el tratamiento de los problemas sin referirlos al cuerpo de doctrina   de la iglesia cat&oacute;lica.</p>     <p>   Pero la verdadera ruptura con la tradici&oacute;n neotomista est&aacute;   representada en tres libros de filosof&iacute;a, aparecidos todos en la   d&eacute;cada de 1940: L&oacute;gica, fenomenolog&iacute;a y formalismo jur&iacute;dico    (1942),   de Luis Eduardo Nieto Arteta; Ambiente axiol&oacute;gico de la teor&iacute;a   pura del derecho (1947), de Rafael Carrillo, y el ya citado de Danilo   Cruz V&eacute;lez, Nueva imagen del hombre y de la cultura (1948). Los   temas estudiados y los procedimientos te&oacute;ricos seguidos por sus   autores, se&ntilde;alan las nuevas corrientes filos&oacute;ficas que en el pa&iacute;s   aparecen en escena: la fenomenolog&iacute;a de Edmund Husserl, en   especial el tratamiento que le dio Max Scheler, y la teor&iacute;a pura del   derecho de Hans Kelsen. El pensamiento de Kelsen lleg&oacute; a tener   alguna aceptaci&oacute;n en las universidades colombianas, no sin cierta   resistencia por parte de los representantes del jusnaturalismo. Es   necesario advertir, sin embargo, que una tendencia generalizada   entre los fil&oacute;sofos colombianos fue la de relacionar la teor&iacute;a    pura   del derecho con otras corrientes filos&oacute;ficas o interpretarla desde   perspectivas distintas a las sugeridas por el propio Kelsen. La fenomenolog&iacute;a   de Husserl y la axiolog&iacute;a de Scheler, en s&iacute;ntesis,   constituyeron los espacios te&oacute;ricos que sirvieron para interpretar e   intentar superar el formalismo kelseniano. Bien fuese directamente,   pero con m&aacute;s frecuencia a trav&eacute;s de pensadores que utilizaron   la fenomenolog&iacute;a para su aplicaci&oacute;n a esferas de investigaci&oacute;n   filos&oacute;fica ajenas al pensamiento husserliano, se puede decir que   fue la influencia de Husserl la que marc&oacute; la aparici&oacute;n de la filosof&iacute;a   contempor&aacute;nea en Colombia. Scheler, en cambio, fue quien m&aacute;s   nutri&oacute; de problemas a nuestros fil&oacute;sofos, sobre todo por medio    de   su axiolog&iacute;a y su antropolog&iacute;a. Su influencia es manifiesta en    todos   los colombianos que en aquellos a&ntilde;os iniciaron la renovaci&oacute;n de    los   estudios filos&oacute;ficos. En un comienzo Jos&eacute; Ortega y Gasset, como   ya lo record&eacute;, sirvi&oacute; de veh&iacute;culo para su divulgaci&oacute;n    en el mundo   espa&ntilde;ol, a trav&eacute;s de sus propios libros y, en especial, de las    obras que   hac&iacute;a traducir la Revista de Occidente, que &eacute;l fund&oacute; y    dirigi&oacute;.</p>     <p>   El problema del hombre, de su esencia, fue una de las &aacute;reas   tem&aacute;ticas que m&aacute;s atenci&oacute;n recibieron por parte de los    fil&oacute;sofos   alemanes durante las primeras d&eacute;cadas del siglo XX. Es &eacute;ste el   problema de Nueva imagen del hombre y de la cultura, libro que Cruz   V&eacute;lez consagr&oacute; a la fundamentaci&oacute;n metaf&iacute;sica de    la antropolog&iacute;a filos&oacute;fica. Para ello dedica la primera parte    de la obra a la exposici&oacute;n   y cr&iacute;tica del antropologismo de Scheler y del culturalismo de Ernst   Cassirer. El error fundamental de ambas filosof&iacute;as radica, para el   escritor colombiano, en que establecen una subordinaci&oacute;n entre el   hombre y la cultura, y no una correlaci&oacute;n: en Scheler una subordinaci&oacute;n   de la cultura al hombre y en Cassirer del hombre a la cultura.   Si el autor de La filosof&iacute;a de las formas simb&oacute;licas no suscribe    la   afirmaci&oacute;n scheleriana de que el hombre es un ser portador de   esp&iacute;ritu, es debido, en primer lugar, a que la espiritualidad es una   nota de car&aacute;cter metaf&iacute;sico, lo que, de suscribirla, lo hubiera    llevado a   adoptar una posici&oacute;n contradictoria con la actitud del neokantismo,   de cuya orientaci&oacute;n era una de las figuras m&aacute;s relevantes; y porque,   en segundo lugar y como consecuencia de su posici&oacute;n neokantiana,   el hombre debe ser estudiado por sus funciones, es decir, desde el   simbolismo, o formas simb&oacute;licas, que es lo que el hombre hace.   Pero, para Cruz V&eacute;lez, una investigaci&oacute;n de esta naturaleza debe   preguntarse primero por el sujeto de la funci&oacute;n, por aquello que   funciona, antes de dar una respuesta sobre el efecto de la funci&oacute;n   misma. Scheler, en cambio, define al hombre desde la espiritualidad.   Porque es un portador de esp&iacute;ritu, el hombre crea el mito, la   religi&oacute;n, el arte, etc., y en esta forma le da vida a la cultura, actos    que   s&oacute;lo la espiritualidad hace posible. Cruz V&eacute;lez considera en cambio   que la creaci&oacute;n de la cultura no hace posible s&oacute;lo la espiritualidad,   sino tambi&eacute;n al hombre, ya que la cultura es su sitio en el mundo:   deja de ser hombre en el momento en que abandone el universo   de las formas simb&oacute;licas. Una conciliaci&oacute;n de las dos posiciones   se logra en la medida que interpretemos 'hombre' y 'cultura'    como   t&eacute;rminos correlativos, no subordinados: no se puede imaginar al uno   sin el otro. Para lograr esta nueva imagen, interpretada desde esta   correlaci&oacute;n, se requiere una meditaci&oacute;n metaf&iacute;sica, que    est&aacute; ausente   tanto en la obra de Scheler como en la de Cassirer: &eacute;ste considera a   la cultura como un factum, pero comete el error de buscar en ella los   fundamentos de una teor&iacute;a del hombre; y a su vez, Scheler, aunque   reconoce una nota metaf&iacute;sica en la naturaleza humana, trata la cultura   desde la dimensi&oacute;n del hombre. Hay que advertir, sin embargo, que   la soluci&oacute;n de Cruz V&eacute;lez se mueve dentro de las l&iacute;neas    trazadas por   Scheler, naturalmente con variaciones a veces sutiles. El esp&iacute;ritu &mdash;es   su conclusi&oacute;n&mdash;, unido al principio vital, da origen al hombre.    &Eacute;ste   es entonces un ser vivo que se constituye en un centro espiritual, de "actos espirituales", de realizaciones culturales.</p>     <p>   La situaci&oacute;n pol&iacute;tica colombiana sufri&oacute; un giro radical    al   finalizar la d&eacute;cada de 1940, que se agudiz&oacute; con el ascenso a la   Presidencia de la Rep&uacute;blica de Laureano G&oacute;mez, en 1950. Ese   giro se dej&oacute; sentir en la universidad p&uacute;blica, en particular en    la   Universidad Nacional. Con el prop&oacute;sito de sujetarla a la pol&iacute;tica    oficial que buscaba reorientar la acci&oacute;n del Estado en asuntos de   educaci&oacute;n y cultura, en 1951 esta instituci&oacute;n de ense&ntilde;anza    superior   fue dr&aacute;stica y abusivamente intervenida por el Gobierno nacional,   creando dentro de ella un clima poco propicio a la investigaci&oacute;n   y al pensamiento: se excluyeron de sus programas la ense&ntilde;anza   de la filosof&iacute;a moderna y todo pensamiento que no se ajustara a   los modelos de cristianismo e hispanidad que hab&iacute;a adoptado el   Gobierno central. Cruz V&eacute;lez fue retirado de su c&aacute;tedra, junto    con   otros profesores. Decide entonces poner en ejecuci&oacute;n su proyecto   de viajar a Alemania para realizar estudios formales de filosof&iacute;a.   En aquel a&ntilde;o, Martin Heidegger hab&iacute;a sido reintegrado a su c&aacute;tedra   en la Universidad de Friburgo, de la que el gobierno de ocupaci&oacute;n   franc&eacute;s lo hab&iacute;a separado en 1945, debido a su colaboraci&oacute;n    con el   r&eacute;gimen nazi. Como ya lo observ&eacute;, muy poco era lo que Cruz V&eacute;lez   conoc&iacute;a de la filosof&iacute;a heideggeriana. Opta sin embargo por viajar   a Friburgo a seguir sus cursos y seminarios. Fueron siete a&ntilde;os de   estudio, concentrados en el pensamiento de Husserl y sobre todo   de Heidegger. En Alemania, comienza a tomar notas para su libro   Filosof&iacute;a sin supuestos, que termin&oacute; en Colombia y public&oacute;    en   Buenos Aires en 1970. Esos a&ntilde;os en Europa fueron decisivos para   darle una nueva orientaci&oacute;n a su pensamiento, que estar&aacute; definido   en adelante por la influencia del fil&oacute;sofo de la Selva Negra.</p>     <p>   A su regreso a Colombia, en 1959, se incorpor&oacute; como profesor a   la Universidad de Los Andes, donde centr&oacute; su actividad acad&eacute;mica,   y reinici&oacute; enseguida el trabajo de escritor que hab&iacute;a interrumpido   durante su estancia en Europa. Al a&ntilde;o siguiente, en 1960, con otros   pocos acad&eacute;micos colombianos formados en Alemania, acompa&ntilde;&oacute;   al librero Karl Buchholz en la fundaci&oacute;n de Eco, que en sus m&aacute;s    de   veinte a&ntilde;os de existencia lleg&oacute; a ser la revista colombiana de    mayor   presencia en toda Am&eacute;rica Latina. No s&oacute;lo ayud&oacute; a orientarla    en   sus primeros a&ntilde;os de circulaci&oacute;n, sino que adem&aacute;s fue colaborador   y durante alg&uacute;n tiempo traductor, tarea esta &uacute;ltima que muy   pronto abandon&oacute;. Con los a&ntilde;os, los escritores que publicaron Mito,   con su desaparici&oacute;n despu&eacute;s de la muerte de Jorge Gait&aacute;n    Dur&aacute;n,   se reagruparon en torno a Eco. La revista, que en un comienzo   fue ostensiblemente un medio de divulgaci&oacute;n de la cultura   alemana, se convirti&oacute; en &oacute;rgano de comunicaci&oacute;n con la    cultura   europea en general y de difusi&oacute;n de la literatura y el pensamiento   latinoamericanos.</p>     <p>   Para atender a una invitaci&oacute;n de la Universidad Nacional, se   hizo cargo por dos a&ntilde;os de un seminario de filosof&iacute;a. All&iacute;    lo conoc&iacute;   cuando adelantaba mis estudios universitarios. En un ensayo   sobre su personalidad, no es impertinente dedicar unas pocas   l&iacute;neas a su trabajo como profesor. Debo decir que un curso suyo   sobresal&iacute;a por el rigor en la exposici&oacute;n y por la amplitud y solidez    de sus conocimientos sobre el tema que trataba. Sus lecciones eran   meticulosamente preparadas, sin dejar el menor margen a la improvisaci&oacute;n.   Las ideas se suced&iacute;an sin atropellarse, surg&iacute;an siempre   en el momento oportuno. La argumentaci&oacute;n era impecable: nada   quedaba sin demostrar. Y los textos que comentaba, de Plat&oacute;n o de   Hegel, estaban siempre a mano, en su lengua original, los cuales   iba analizando, explicando el sentido exacto de los t&eacute;rminos   y los conceptos, y se&ntilde;alando con claridad los pasos l&oacute;gicos de    la   secuencia argumentativa. Era un verdadero maestro de la exposici&oacute;n   acad&eacute;mica, de la que estaban ausentes los excesos ret&oacute;ricos. Mucho   de ese trabajo para sus cursos y conferencias fue utilizado despu&eacute;s   en sus libros y art&iacute;culos. Quien no tuvo la ocasi&oacute;n de haberlo   escuchado en la c&aacute;tedra o en una conferencia p&uacute;blica, puede   encontrar esas mismas cualidades en su obra escrita. La exposici&oacute;n   y estudio del pensamiento pol&iacute;tico de Plat&oacute;n que nos ofrece en    su   libro El mito del rey fil&oacute;sofo, es un buen ejemplo de las virtudes que   he se&ntilde;alado. Es &eacute;ste un texto ejemplar por sus an&aacute;lisis    filos&oacute;ficos,   ejemplar tambi&eacute;n por el manejo puramente idiom&aacute;tico del lenguaje.   El lenguaje fue una preocupaci&oacute;n que podemos apreciar en Cruz   V&eacute;lez desde muy temprano en su vida de escritor. No me refiero al   problema relativo a su naturaleza, a los problemas propios de una   filosof&iacute;a del lenguaje, que fue uno de los temas fundamentales de su   reflexi&oacute;n filos&oacute;fica, y al que dedic&oacute; la primera parte    de El misterio   del lenguaje, sino al idioma como instrumento de expresi&oacute;n del   pensamiento. Y as&iacute; como estudi&oacute; en profundidad a los fil&oacute;sofos   griegos y alemanes para nutrirse de ideas y problemas, as&iacute; mismo   frecuent&oacute; la lectura de los escritores espa&ntilde;oles &mdash;los de    Europa y   los de Am&eacute;rica&mdash; para adue&ntilde;arse de los secretos de la lengua    en   la que escribi&oacute;. Un ejercicio eminentemente literario que dio por   resultado una prosa limpia, clara, precisa, que evita la jerga y el   neologismo innecesario.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Aunque renunci&oacute; a la c&aacute;tedra que ejerc&iacute;a en la Universidad    de los   Andes porque aquella &mdash;dec&iacute;a&mdash; obstaculizaba su trabajo de    escritor,   hay que advertir que esos a&ntilde;os de profesorado fueron tambi&eacute;n a&ntilde;os   de f&eacute;rtil cosecha intelectual. Aparte de su libro org&aacute;nico, Filosof&iacute;a   sin supuestos, a ese per&iacute;odo corresponden la mayor&iacute;a de los art&iacute;culos   que compil&oacute; en Aproximaciones a la filosof&iacute;a, publicado en 1977.    En   este &uacute;ltimo libro Cruz V&eacute;lez ofrece una nueva versi&oacute;n de    su primera   obra bajo el t&iacute;tulo m&aacute;s modesto de "El hombre y la cultura".    Hab&iacute;a   quedado insatisfecho con la soluci&oacute;n que le dio al problema en Nueva   imagen. Y aunque en cierta forma conserv&oacute; su inicial orientaci&oacute;n,   ofrece ahora un tratamiento nuevo para explicar la correlaci&oacute;n que   hab&iacute;a vislumbrado en su libro de juventud. Los problemas planteados   en su primera obra, son tratados ahora bajo la &oacute;ptica de Heidegger,   y la relaci&oacute;n propuesta en 1948 es estudiada, consecuentemente, desde    la existencia, de ese modo de ser del hombre, y de la libertad   o trascendencia como nombres fundamentales del ser de este ente.   El car&aacute;cter trascendente de la existencia indica que el hombre sale   de la naturaleza para ir hacia la cultura o el mundo, entendiendo &eacute;ste como "el conjunto de posibilidades esbozadas por el hombre    en   cada caso". En s&iacute;ntesis, el fundamento de la relaci&oacute;n entre    hombre   y cultura lo sit&uacute;a, en esta nueva versi&oacute;n de su libro, en la existencia   humana, pues la "existencia es un modo peculiar&iacute;simo de ser en   otro", el cual "otro" no es nada distinto a la cultura.</p>     <p>   Dos de los ensayos recogidos en Aproximaciones a la filosof&iacute;a ("La   filosof&iacute;a y la cultura" y "La metaf&iacute;sica y las ciencias    del lenguaje"),   ya hab&iacute;an sido publicados en forma de libro con el t&iacute;tulo de &iquest;Para   qu&eacute; ha servido la filosof&iacute;a? (1967). El tema fundamental de la    obra   es el problema de lo que es esta disciplina y de cu&aacute;l es su objeto. Se   coloca pues en la misma l&iacute;nea de intereses de Filosof&iacute;a sin supuestos,   sin duda su obra m&aacute;s importante por su estructura, sus ambiciones   y el tratamiento del problema. Este libro est&aacute; dedicado a sacar a luz   los supuestos de una filosof&iacute;a que buscaba prescindir de ellos y a   discutir el car&aacute;cter de ciencia que se le ha dado. Procede entonces   a mostrar c&oacute;mo Husserl, que se mueve dentro de la metaf&iacute;sica de    la   subjetividad, que es su culminaci&oacute;n, no puede socavar, en su tarea de   lograr una filosof&iacute;a como ciencia rigurosa, el suelo en que se apoya,   es decir, no puede superar la metaf&iacute;sica de la subjetividad, cuyos   conceptos utiliza de manera operativa. Se limit&oacute; Husserl a tematizar   los supuestos que ca&iacute;an del lado del objeto. Heidegger contin&uacute;a    la   tarea de su maestro y lleva la "cr&iacute;tica de los supuestos del lado    del   subjetivismo", buscando en esta forma superar la metaf&iacute;sica que    se   inicia con Descartes, para reorientar, en una direcci&oacute;n totalmente   nueva, el pensamiento filos&oacute;fico.</p>     <p>   Entre los supuestos impl&iacute;citos en la obra de Husserl, se destaca   el car&aacute;cter de ciencia, y de ciencia fundamental, que le reconoce   a la filosofa. Sin embargo, tanto desde un punto de vista te&oacute;rico   como por la naturaleza de los juicios de ambas disciplinas, tenemos   que negarle tal car&aacute;cter. Los argumentos de Cruz V&eacute;lez est&aacute;n   encaminados a demostrar que la filosof&iacute;a no fundamenta sus   juicios como las ciencias particulares, retrotray&eacute;ndolos al objeto,   pues mientras a las ciencias les es dado &eacute;ste, a la filosof&iacute;a    le toca   construir el suyo, pero sobre todo porque no se ocupa de ning&uacute;n   ente en particular sino del ser en tanto "condici&oacute;n de posibilidad   de la permanencia" de los entes; e hist&oacute;ricamente, por cuanto ha   precedido a la formaci&oacute;n de los sistemas cient&iacute;ficos. En Cruz    V&eacute;lez   es fundamental la distinci&oacute;n heideggeriana entre ser y ente, y es   ella la que en s&iacute;ntesis determina las relaciones entre la filosof&iacute;a    y   las ciencias. La negaci&oacute;n del car&aacute;cter cient&iacute;fico de la    filosof&iacute;a y la   separaci&oacute;n entre el ser, como el campo de su investigaci&oacute;n, y    los entes como objetos de las ciencias particulares, no anula sin embargo la   relaci&oacute;n entre la metaf&iacute;sica, que se identifica con la filosof&iacute;a,    y las   ciencias, pues aquella es la que ofrece a &eacute;sta "un concepto previo   de su objeto" como tambi&eacute;n "los conceptos fundamentales para   llevar a cabo su labor". Con una met&aacute;fora de origen cartesiano    a la   que a Cruz V&eacute;lez le gustaba apelar, puede decirse que la metaf&iacute;sica   es la ra&iacute;z del &aacute;rbol de la ciencia, lo cual significa que las    ciencias   encuentran en ella su fundamento. Desde aquella direcci&oacute;n estudia   los nexos que el saber metaf&iacute;sico ha mantenido siempre con el saber   cient&iacute;fico. En "La filosof&iacute;a y la cultura", por ejemplo,    se ocupa de   las relaciones con las ciencias sociales, con el fin de responder a la   pregunta por la utilidad de la filosof&iacute;a. No se trata de una cuesti&oacute;n   pragm&aacute;tica. En realidad lo que pretendi&oacute; fue, como ya dijimos,   abordar el problema de lo que es la filosof&iacute;a, para cuya respuesta   analiza sus v&iacute;nculos con otras ciencias. "La metaf&iacute;sica    y las ciencias   del lenguaje" contin&uacute;a el an&aacute;lisis del problema, pero concentr&aacute;ndose   en el caso particular de la ling&uuml;&iacute;stica. La metaf&iacute;sica tiene   como tarea elaborar el objeto propio de las ciencias, pues ella es el   campo en donde se han construir los conceptos con que trabajan   las disciplinas particulares: esos conceptos son precient&iacute;ficos,   no porque sean ingenuos, sino porque son previos a la actividad   propiamente cient&iacute;fica. Tenemos as&iacute; que la historia de la filosof&iacute;a    del   lenguaje, que se inicia con el Cratilo de Plat&oacute;n y se prolonga hasta   el siglo XIX con las investigaciones de Wilhelm von Humboldt, ha   tenido como resultado elaborar el concepto metaf&iacute;sico que servir&aacute;   de objeto a las ciencias que se ocupan del lenguaje.</p>     <p>   Cuando apareci&oacute; publicado el libro Aproximaciones a la   filosof&iacute;a, escrib&iacute; una rese&ntilde;a a manera de ensayo en la    que se&ntilde;alaba   algunos aspectos de su razonamiento, o mejor, de su concepci&oacute;n del   problema, que me parec&iacute;an impugnables. Cre&iacute; necesario discutirle   a Cruz V&eacute;lez el concepto de ciencia, presente en toda su argumentaci&oacute;n   sobre las relaciones entre filosof&iacute;a y ciencia y del cual part&iacute;a   para negarle a la primera su car&aacute;cter cient&iacute;fico y para asignarle    las   funciones epistemol&oacute;gicas que le conced&iacute;a. Prescind&iacute;, porque    no lo   cre&iacute; oportuno, de una cr&iacute;tica a su teor&iacute;a de la naturaleza    de los juicios   cient&iacute;ficos, para referirme al concepto de objeto que utilizaba. Si la   historia de la ling&uuml;&iacute;stica &mdash;dije&mdash;, la detenemos arbitrariamente    en   Wilhelm von Humboldt, es decir, en los umbrales de esta historia,   podemos concederle la raz&oacute;n a Cruz V&eacute;lez. Pero si damos un paso   hacia adelante para analizar el problema a partir de la ling&uuml;&iacute;stica   moderna, nos encontramos con una situaci&oacute;n distinta. La primera   tarea a la que tuvo que enfrentarse Ferdinand de Saussure fue la de   la construcci&oacute;n del objeto de la ling&uuml;&iacute;stica en la concepci&oacute;n    que &eacute;l   le dio. Ese objeto &mdash;continu&eacute; en mi razonamiento&mdash; no le fue    dado   por la filosof&iacute;a sino que se construy&oacute; en el interior de la ciencia    misma. Podemos decir que la ling&uuml;&iacute;stica se ha podido constituir   como ciencia en cuanto ella ha logrado construir su propio objeto.   Un paso m&aacute;s adelante &mdash;agregu&eacute;&mdash; nos topamos con Noam    Chomsky,   y si bien en &eacute;ste hallamos un regreso al cartesianismo, podr&iacute;amos   decir que al pensamiento de Humboldt, para elaborar una cr&iacute;tica de   la raz&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica, ese regreso no significa que se haya    recuperado   el objeto de la vieja ling&uuml;&iacute;stica, sino que se elabor&oacute; uno    nuevo. El   gran drama de las ciencias sociales &mdash;insist&iacute;a&mdash;, o de las    ciencias de   la cultura, ha sido la necesidad apremiante de construir su propio   objeto. Aceptamos que en esta construcci&oacute;n la filosof&iacute;a ha tenido    un   papel importante, pero no es en el interior de la filosof&iacute;a donde se   construyen para darse como positum a las ciencias. Las relaciones   entre ciencia y filosof&iacute;a &mdash;terminaba mi comentario&mdash; deben   plantearse desde otras direcciones: desde una direcci&oacute;n l&oacute;gica    y   desde una direcci&oacute;n cr&iacute;tica, en la que la ciencia se convierte    en el   objeto de la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica.</p>     <p>   Cruz V&eacute;lez ten&iacute;a un alto concepto de la cr&iacute;tica. Sus obras    fueron   por lo general acogidas favorablemente por la comunidad filos&oacute;fica   latinoamericana. Lo fue sobre todo Filosof&iacute;a sin supuestos. Los   comentarios que se&ntilde;alaron aspectos negativos de sus libros los ley&oacute;   con atenci&oacute;n, sin mostrar menosprecio por las objeciones que se le   hicieran. Pude apreciar esa actitud cuando discut&iacute; sus juicios acerca   del objeto de la ciencia al que acabo de referirme. Y recuerdo su   actitud a las rese&ntilde;as que escribieron Jorge Aurelio D&iacute;az y Rodrigo   Zuleta sobre &Eacute;poca de la crisis (1996), el libro de entrevistas que   publiqu&eacute; en 1996. Aunque respetuosas, eran abiertamente reprobatorias   de algunas de sus afirmaciones. Le envi&eacute; sendos ejemplares   de las revistas en que fueron publicadas. Me llam&oacute; enseguida las   ley&oacute;. Y despu&eacute;s de unas observaciones sobre el rigor de las rese&ntilde;as,   me dijo como comentario final: "Es grato ver que a uno se lo lee con   seriedad". Otra rese&ntilde;a, en exceso elogiosa, producto de una lectura   superficial y entusi&aacute;stica, simplemente la desde&ntilde;&oacute;.</p>     <p>   En 1972, Cruz V&eacute;lez decidi&oacute; retirarse de la vida acad&eacute;mica   y dedicarse s&oacute;lo a la profesi&oacute;n que desde muy temprano hab&iacute;a   elegido, la de escritor. Hay que reconocer que ese a&ntilde;o no fue el m&aacute;s   propicio para ejercer la c&aacute;tedra universitaria con las condiciones de   autonom&iacute;a y tolerancia que requiere esta misi&oacute;n. Movimientos estudiantiles   buscaban imponer al pensamiento filos&oacute;fico orientaciones   que no le permit&iacute;an a &eacute;ste manifestarse con la libertad que le    ha sido   propia. No puedo afirmar que aquellas condiciones determinaron   la decisi&oacute;n de Cruz V&eacute;lez. Las veces que abordamos el tema, neg&oacute;   que la situaci&oacute;n que se&ntilde;alo hubiera determinado su retiro de la   c&aacute;tedra. Sin duda hubo razones m&aacute;s profundas que lo llevaron   a abandonar una carrera en la que hab&iacute;a sobresalido con brillo y   sabidur&iacute;a. Pero lo indudable para m&iacute; es que volvi&oacute; a aprovechar    las circunstancias &mdash;como cuando hizo su viaje a Alemania&mdash; para dar   el paso que ya hab&iacute;a meditado. Por otra parte, si antes escrib&iacute;a    y   hablaba para un auditorio restringido &mdash;el acad&eacute;mico&mdash;, a partir    de   ese momento decidi&oacute; hacerlo tambi&eacute;n para un p&uacute;blico m&aacute;s    amplio.   Acept&oacute; entonces colaborar regularmente en Correo de los Andes, la   revista que dirig&iacute;a Germ&aacute;n Arciniegas en Bogot&aacute;, y en La    Naci&oacute;n,   de Buenos Aires. Como en su &eacute;poca inicial de escritor, durante los   a&ntilde;os en que escribe para los &oacute;rganos period&iacute;sticos citados,    hizo   uso de una mayor libertad en la elecci&oacute;n de sus temas, a veces   eminentemente circunstanciales. Algunas de esas colaboraciones   obedecieron, por as&iacute; decirlo, a "las exigencias de la actualidad".</p>     <p>   A la &eacute;poca del retiro de la actividad docente pertenecen sus   tres &uacute;ltimos libros, El mito del rey fil&oacute;sofo, Tabula rasa y El    misterio   del lenguaje. El primero, al menos la primera parte ("Plat&oacute;n y    el   mito del rey fil&oacute;sofo"), tiene, sin embargo, su origen en el ejercicio   docente. Las otras dos partes y los otros dos libros se acercan m&aacute;s   a la escritura p&uacute;blica, y exhiben un fuerte acento ensay&iacute;stico.    La   unidad que quiso darle a El mito del rey fil&oacute;sofo s&oacute;lo se logr&oacute;    por   el tema general del que se ocupa, pero el tratamiento de las tres   partes que lo conforman la desarticulan y permiten que se las lea   independientemente, sin que sea necesaria la lectura de cualquiera   de ellas para la comprensi&oacute;n de las otras. Es innegable y un tanto   sorprendente la desproporci&oacute;n de las tres partes y sin duda tambi&eacute;n   su desarrollo. La primera cubre m&aacute;s de la mitad del libro. Es una   obra en s&iacute; misma. Es por lo dem&aacute;s una ex&eacute;gesis del pensamiento   pol&iacute;tico de Plat&oacute;n, que se ajusta con mucho rigor a los requerimientos   de la escritura que tiene como destino un p&uacute;blico versado en el   tema. Los otros dos libros se adaptan al car&aacute;cter aproximativo del   ensayo y tratan cuestiones muy actuales en su momento. Tabula   rasa y El misterio del lenguaje son compilaciones de textos independientes   entre s&iacute;, aunque algunos muestren parentescos tem&aacute;ticos. El   primero, originado en sus colaboraciones de El correo de los Andes,   se distancia de las maneras de expresi&oacute;n de Filosof&iacute;a sin supuestos   y aun de Aproximaciones a la filosof&iacute;a. Es el lenguaje p&uacute;blico    el que   los caracteriza, un lenguaje sin tecnicismos filos&oacute;ficos. No puedo   afirmar, apoy&aacute;ndome en las anteriores observaciones, que Cruz   V&eacute;lez hubiese abandonado la escritura acad&eacute;mica en busca de un   lector que, aun siendo culto, exija un lenguaje del que est&eacute; ausente   la parafernalia argumentativa que se impone cuando se escribe para   colegas, para una comunidad cient&iacute;fica.</p>     <p>   En alguna ocasi&oacute;n me habl&oacute; de una obra sobre el nihilismo en   la que estaba trabajando, pero ignoro si lleg&oacute; a escribirla. Quiz&aacute;   permanece in&eacute;dita entre los papeles de su archivo. No es riesgoso,   me parece, suponer que algunos ensayos que contin&uacute;an dispersos   en revistas americanas pertenecen al cuerpo de doctrina del libro   que preparaba. Cruz V&eacute;lez, quiero hacer esta observaci&oacute;n, no ten&iacute;a    af&aacute;n de publicar. Cuando lo hizo fue para atender a la solicitud   de un editor. Pero tambi&eacute;n hay que reconocer que en sus &uacute;ltimos   a&ntilde;os ya no ten&iacute;a la recepci&oacute;n de su &eacute;poca de mayor    rendimiento   como escritor, debido en parte al retiro voluntario, al aislamiento   de ermita&ntilde;o en que vivi&oacute; despu&eacute;s de la disminuci&oacute;n    considerable de   su sentido auditivo, pero adem&aacute;s &mdash;y sobre todo&mdash; porque su    trabajo   no armonizaba con los problemas que en la actualidad ocupan la   atenci&oacute;n de la comunidad filos&oacute;fica mundial.</p>     <p>   Entre los ensayos que quiz&aacute; sean fragmentos del libro del   que me habl&oacute;, algunos est&aacute;n dedicados a Friedrich Nietzsche.   Su estudio est&aacute; en conexi&oacute;n con el inter&eacute;s que se observa    en sus &uacute;ltimos escritos. De esos textos se destacan los que dedic&oacute; a los temas &eacute;ticos. Fue la &eacute;tica el campo de problemas que mayor atenci&oacute;n recibi&oacute; en el per&iacute;odo final de su vida productiva.    Como   en sus anteriores obras, el espacio conceptual y te&oacute;rico de estos   ensayos est&aacute; construido con elementos procedentes de la filosof&iacute;a   de Heidegger, una orientaci&oacute;n que no abandon&oacute; nunca, lo que dio   origen a un sesgo dogm&aacute;tico que lo llevaba a rechazar el trabajo   que se realizara desde otras perspectivas. Esa orientaci&oacute;n es   manifiesta en "El puesto de Nietzsche en la filosof&iacute;a", en    "Nihilismo   e inmoralismo" y en "Hegel y el problema del fin de la &eacute;tica"<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>.    En el   primero, Cruz V&eacute;lez considera que las interpretaciones que tradicionalmente   se han ofrecido de Nietzsche han desatendido el centro   de su filosof&iacute;a: toda su pol&eacute;mica contra la filosof&iacute;a occidental    no es   m&aacute;s que una discusi&oacute;n contra la metaf&iacute;sica. Planteado el    problema   en estos t&eacute;rminos, el puesto del autor de As&iacute; habl&oacute; Zaratustra    debe   buscarse, entonces, dentro de la metaf&iacute;sica, y no fuera de ella como   fue su propia pretensi&oacute;n. Despu&eacute;s de haber llegado con Hegel la   filosof&iacute;a occidental a su madurez en la l&iacute;nea del ego cogito,    Nietzsche   elabora una nueva forma de pensamiento basado en el ego volo, el   cual toma forma en una "metaf&iacute;sica de la voluntad de poder".</p>     <p>   En los art&iacute;culos dedicados a Hegel y al nihilismo, la reflexi&oacute;n   tambi&eacute;n est&aacute; hecha desde una direcci&oacute;n metaf&iacute;sica,    reconstruida   a partir de la historia de la filosof&iacute;a. Hegel como culminaci&oacute;n    de   la &eacute;tica occidental y Nietzsche como heraldo del fin de la &eacute;tica,    son "los grandes protagonistas de la crisis m&aacute;s grave que ha sufrido    la &eacute;tica en toda su historia". Pero, &iquest;cu&aacute;l es la relaci&oacute;n    entre el problema &eacute;tico, mejor, entre el problema del fin de la &eacute;tica, y la metaf&iacute;sica? La respuesta se la ofreci&oacute; la lectura de Nietzsche, para quien los problemas de la metaf&iacute;sica y de la &eacute;tica est&aacute;n de tal manera    unidos   que casi llegan a confundirse. Aunque el origen del nihilismo se encuentra en    la metaf&iacute;sica, tambi&eacute;n podemos buscarlo de igual   manera en la moral. Con el fin de clarificar el concepto, Cruz   V&eacute;lez se apoya en la distinci&oacute;n entre nihilismo te&oacute;rico    y nihilismo   pr&aacute;ctico; &eacute;ste &uacute;ltimo recibe el nombre m&aacute;s preciso    de inmoralismo:   se genera en la pregunta por el deber ser y las normas que rigen la   conducta humana, y no, como el nihilismo te&oacute;rico, en la pregunta   por el ser de los entes. "El nihilismo te&oacute;rico se presenta cuando    todo   ente nos parece, en el fondo, nada; y el nihilismo pr&aacute;ctico, cuando   las normas que han regido nuestro comportamiento pierden su   validez, y ya no sabemos c&oacute;mo debemos obrar". Es en el &aacute;mbito    de   la praxis donde el fil&oacute;sofo colombiano vislumbra la posibilidad de   superaci&oacute;n del inmoralismo, pues es all&iacute;, en la praxis, donde    surge &eacute;ste. Al hombre hay que interpret&aacute;rselo, entonces, como ethos    (pues   de lo que se trata es del ser del hombre), ya que el ethos se constituye   en la morada de este multifac&eacute;tico ente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   El mito del rey fil&oacute;sofo, libro publicado en 1989, obedece en   cierta manera a las mismas preocupaciones &eacute;ticas que caracterizan   la &uacute;ltima orientaci&oacute;n de su pensamiento. El origen del problema   de que se ocupa aqu&iacute; se encuentra en la crisis de la sociedad   griega, que hab&iacute;a llevado a Plat&oacute;n no s&oacute;lo a plantearse    el tema de la   justicia y a ofrecer un modelo de Estado en el que aquella tuviera   su dominio, sino adem&aacute;s a participar en la pol&iacute;tica activa, con    el &aacute;nimo de realizar el modelo que hab&iacute;a propuesto. Pero no era s&oacute;lo una decisi&oacute;n personal, sino que adem&aacute;s pens&oacute; que el fil&oacute;sofo    deb&iacute;a   convertirse en rey, o que los reyes deb&iacute;an aprender a filosofar, como   garant&iacute;a de que la justicia reinase en las sociedades humanas. Este   problema tiene, en el estudio que propone Cruz V&eacute;lez, su g&eacute;nesis   en el pensamiento que Plat&oacute;n ofrece en La Rep&uacute;blica y la posterior   reelaboraci&oacute;n de Karl Marx. Analiza, en s&iacute;ntesis el programa   plat&oacute;nico de unir el poder pol&iacute;tico y la filosof&iacute;a, que    en el fil&oacute;sofo   griego no pas&oacute; de ser un anhelo, pero que en manos del autor de El   Capital logr&oacute; que la filosof&iacute;a se convirtiera en actividad revolucionaria,   abandonando as&iacute; su esencia te&oacute;rica para ser entonces praxis.   La filosof&iacute;a tuvo que recorrer un largo camino para modificar las   tareas que se hab&iacute;a asignado de interpretar el mundo y asumir   ahora la misi&oacute;n de transformarlo.</p>     <p>   Estas relaciones de la filosof&iacute;a con la pol&iacute;tica, analizadas en   las dos primeras partes de la obra, adquieren su sesgo &eacute;tico en el   tercer cap&iacute;tulo, donde Cruz V&eacute;lez aborda el estudio de la adhesi&oacute;n   de Martin Heidegger al nazismo, quien lleg&oacute; a afirmar en una   alocuci&oacute;n como rector de la Universidad de Friburgo: "El F&uuml;hrer   mismo, y s&oacute;lo &eacute;l, es hoy y en lo futuro la realidad alemana y    su ley".   Son palabras que expl&iacute;citamente proponen un nuevo absolutismo en   el que el tirano es la &uacute;ltima fuente del derecho y el &uacute;nico cimiento    del   Estado, y que niegan por consiguiente "los derechos de la filosof&iacute;a    en la conducci&oacute;n de la polis"'. La conducta de Heidegger    fue, pues,   una deslealtad con la tarea que el fil&oacute;sofo ha realizado siempre, esto   es, la propia de la vida teor&eacute;tica, aun en los momentos en que el   problema de que se ocupa sea un problema relacionado con la vida   pr&aacute;ctica, como es el caso de la pol&iacute;tica. La conclusi&oacute;n    final de El   mito del rey fil&oacute;sofo queda claramente sintetizada en las palabras   de Kant, que cita el propio Cruz V&eacute;lez: "La posesi&oacute;n del    poder echa   a perder inevitablemente el libre uso de la raz&oacute;n". Pero si bien,    a   nuestro parecer, es esa la conclusi&oacute;n de toda la obra, a la luz de   otros textos del escritor colombiano la actividad pol&iacute;tica del fil&oacute;sofo   queda abierta de acuerdo con las exigencias de la circunstancia.   En uno de los ensayos compilados en El misterio del lenguaje, "La   crisis del mundo actual y la filosof&iacute;a", donde retoma el problema    del   mito plat&oacute;nico del rey fil&oacute;sofo, ofrece una conclusi&oacute;n    que recupera   la tarea cr&iacute;tica del fil&oacute;sofo y en general del intelectual en    la &eacute;poca   moderna. Y al final de nuestra conversaci&oacute;n sobre "El fil&oacute;sofo    y la   pol&iacute;tica" fue contundente en su respuesta de no negar en todos    los   casos la participaci&oacute;n del fil&oacute;sofo en actividades conducentes    al   manejo de los asuntos p&uacute;blicos.</p>     <p>   El sesgo &eacute;tico de que venimos hablando, abri&oacute; a nuestro parecer   un nuevo problema en los intereses de Danilo Cruz V&eacute;lez: la tarea   propia del intelectual en la sociedad moderna. Al tema le dedic&oacute; el &uacute;ltimo ensayo de Tabula rasa, titulado "El ocaso de los intelectuales en la &eacute;poca de la t&eacute;cnica", en el que lleg&oacute; a resultados    que podemos   vincular con las conclusiones de sus reflexiones sobre la actividad   pol&iacute;tica del fil&oacute;sofo. En este ensayo, el an&aacute;lisis sigue    una direcci&oacute;n   hist&oacute;rica, para concluir, ante el declive del poder del intelectual en   nuestro tiempo, que pareciera que &eacute;ste es absorbido por la t&eacute;cnica,   perdiendo as&iacute; su libertad de pensar y de proponer nuevas alternativas   y nuevas soluciones &mdash;o nuevas utop&iacute;as&mdash; a los problemas de    la sociedad   en que vive. "Sus tareas y sus metas las recibe de las instituciones   a cuyo servicio est&aacute;, ya sea el departamento de un ministerio, la   universidad, la secci&oacute;n de planeaci&oacute;n de una gran industria o    la   casa editorial". Una situaci&oacute;n con la que no se conforma el fil&oacute;sofo   colombiano, pues cree que a&uacute;n es posible recuperar la tarea cr&iacute;tica   que ha tenido el intelectual desde que apareci&oacute; como protagonista   en la historia moderna.</p>     <p>    El origen de Tabula rasa (1991) se encuentra en los ensayos   que public&oacute; en Correo de los Andes. La ordenaci&oacute;n y la reelaboraci&oacute;n   en parte de algunos de los textos originales, le da unidad a   la obra, en especial a las secciones primera y tercera. Al igual que   en El mito del rey fil&oacute;sofo, el problema parece hab&eacute;rsele presentado,   al inicio, en fragmentos y que su dimensi&oacute;n unitaria hubiese sido   un trabajo posterior, de ordenamiento de un material que obedec&iacute;a   a requerimientos diferentes. Una novedad en el tratamiento de los problemas    se hace evidente en aquel libro y es la incorporaci&oacute;n del   an&aacute;lisis hist&oacute;rico para alcanzar la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica.    Los problemas   tratados as&iacute; se lo exig&iacute;an. El primero de ellos es el de arrojar    luz   sobre el desarrollo del ideal de hacer filosof&iacute;a en el mundo hispanoamericano.   Es una cuesti&oacute;n que se viene planteando desde   mediados del siglo XIX, pero siempre con prop&oacute;sitos program&aacute;ticos   y sin haber parado mientes en que la filosof&iacute;a es un hecho hist&oacute;rico   en el que intervienen una serie de procesos hasta lograr su plenitud,   y no la simple consecuencia de un acto de la voluntad. Y la secci&oacute;n   tercera est&aacute; dedicada a mostrar los momentos de la p&eacute;rdida de   poder que vive el intelectual en nuestra &eacute;poca. Es una obra sin duda   que tiene el prop&oacute;sito expl&iacute;cito de pensar nuestra propia situaci&oacute;n   hist&oacute;rica. Los temas y los autores all&iacute; estudiados &mdash;sea    Inmanuel   Kant o Jean-Paul Sartre, Miguel de Unamuno o Francisco Romero,   o tambi&eacute;n la posibilidad de una filosof&iacute;a latinoamericana&mdash;    est&aacute;n   todos en relaci&oacute;n directa con la actual situaci&oacute;n, en particular    la del   hombre latinoamericano.</p>     <p>   Para terminar este ensayo de memoria de Danilo Cruz V&eacute;lez,   es conveniente no pasar por alto las observaciones que expuso   en el pr&oacute;logo del libro acerca del concepto "tabula rasa".    Llamo   la atenci&oacute;n sobre esas observaciones, as&iacute; sea de manera breve,   porque ellas no s&oacute;lo expresan los objetivos del autor en relaci&oacute;n   con el contenido del libro, sino porque representan, por as&iacute; decirlo,   un principio de su conducta como escritor. El concepto no alude   a la teor&iacute;a empirista de una mente limpia de contenidos, previa a   todo proceso cognoscitivo, sino a las intenciones de toda actitud   filos&oacute;fica frente a los saberes adquiridos a trav&eacute;s de las m&uacute;ltiples   formas de aprendizaje, es decir, de someterlos al m&aacute;s riguroso   examen, con el fin de desenmascarar sus falacias y los supuestos   en que se apoyan. En este sentido, su v&iacute;nculo est&aacute; m&aacute;s    pr&oacute;ximo a la   doctrina de los &iacute;dolos que desarroll&oacute; Francis Bacon, doctrina    que   tiene como finalidad despojar de prejuicios a la mente humana y   abrir un terreno apropiado para el avance del conocimiento. Las   falsas nociones, las palabras sin sentido, los dogmas en que se ha   convertido el saber, son el objeto de los an&aacute;lisis que ofrecen los   textos de los que est&aacute; conformado el volumen. Es el esp&iacute;ritu,    podr&iacute;a   decirse, que rige toda la obra de Cruz V&eacute;lez. Porque, aun cuando   en otra direcci&oacute;n y con objetivos estrictamente filos&oacute;ficos, puede   vincularse ese principio a las prop&oacute;sitos que animaron la escritura   de Filosof&iacute;a sin supuestos. Sin lugar a dudas, la intenci&oacute;n en    el uso   del concepto de tabula rasa es m&aacute;s evidente en los &uacute;ltimos libros,   sobre todo en el que lleva este t&iacute;tulo, cuyos ensayos se refieren a   aspectos del saber que por haberse enquistado tan fuertemente en   amplias zonas de la sociedad, se los ha considerado construidos en   s&oacute;lidos fundamentos y libres por lo tanto de cualquier duda. </p>     <p>&nbsp; </p>     <p>   <hr size="1"> </p>     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> "El puesto de Nietzsche en la filosof&iacute;a", en Lefebvre,    H.: Nietzsche. M&eacute;xico: FCE, 1972.   Reproducido en Nietzsche: Fragmentos p&oacute;stumos. Bogot&aacute;: Editorial    Norma, 1992.   "Nihilismo e inmoralismo", en Eco (153). Bogot&aacute;, 1973. "Hegel    y el problema del fin de   la &eacute;tica", en Revista Latinoamericana de Filosof&iacute;a 1. Buenos    Aires, 1975. </p>     <p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> Se trata de una nueva edici&oacute;n de Aproximaciones a la filosof&iacute;a,    pero con algunas variantes:   lo esencial de los cambios consiste en la supresi&oacute;n de algunos ensayos    y en la   inclusi&oacute;n de otros. Los ensayos suprimidos son los siguientes: "La    metaf&iacute;sica y las ciencias   del lenguaje" y "El otro". Los agregados son: "Las vicisitudes    del yo en Husserl", "El   porvenir de la fenomenolog&iacute;a" y "La utop&iacute;a de Marcuse".    En El misterio del lenguaje, el   ensayo titulado "&iquest;Qu&eacute; es el lenguaje?" reelabora ideas    provenientes de "La metaf&iacute;sica   y las ciencias del lenguaje". Segunda edici&oacute;n: Bogot&aacute;: Universidad    Santo Tom&aacute;s, 1986.   Reproduce la edici&oacute;n venezolana, y agrega como introducci&oacute;n la    entrevista "Danilo   Cruz V&eacute;lez: un itinerario filos&oacute;fico", concedida a Rub&eacute;n    Sierra Mej&iacute;a, que hab&iacute;a sido   publicada inicialmente en Bolet&iacute;n cultural y bibliogr&aacute;fico XXII    4. Bogot&aacute;, 1986.</p>     <p>   <hr size="1"> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Bibliograf&iacute;a de Danilo Cruz V&eacute;lez</b></p>     <p>   Nueva imagen del hombre y de la cultura. Bogot&aacute;: Universidad Nacional, 1948.</p>     <p> &iquest;Para qu&eacute; ha servido la filosof&iacute;a? Bogot&aacute;: Revista    colombiana, 1967.</p>     <p>   Filosof&iacute;a sin supuestos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1970.   Segunda edici&oacute;n sin variaciones: Manizales: Universidad de Caldas,   2001.</p>     <p>   Aproximaciones a la filosof&iacute;a. Bogot&aacute;: Instituto Colombiano de Cultura,   1977.</p>     <p>   De Hegel a Marcuse. Valencia: Universidad de Carabobo, 1981.<sup><a href="#s2" name="s2">2</a></sup></p>     <p>   Nietzscheana. Manizales: Imprenta Departamental, 1982.</p>     <p>   La t&eacute;cnica y el humanismo. Bogot&aacute;: Universidad de los Andes, 1983.</p>     <p>   El mito del rey fil&oacute;sofo. Bogot&aacute;: Planeta, 1989.</p>     <p>   Tabula rasa. Bogot&aacute;: Planeta, 1991.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   El misterio del lenguaje. Bogot&aacute;: Planeta, 1995.</p>     <p>   La &eacute;poca de la crisis (Conversaciones con Rub&eacute;n Sierra Mej&iacute;a).    Cali:   Universidad del Valle, 1996. </p> </font>      ]]></body>
</article>
