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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Jonathan Edwards: Una Investigación Cuidadosa y Estricta de las Nociones Modernas Prevalecientes de la Libertad de la Voluntad: Parte III Sección VI "La libertad de indiferencia no sólo es innecesaria para la virtud, sino que es completamente inconsistente con ella; y todas las inclinaciones y los hábitos, ya sean virtuosos o viciosos, son inconsistentes con las nociones arminianas de la libertad y de la agencia moral"]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2"></font>     <p align="right"><font size="2" face="verdana"><b>LECTURAS EJEMPLARES</b></font></p> <font face="verdana" size="2"><font face="verdana" size="3"></font>     <p align="center"><font size="3" face="verdana">Jonathan Edwards:    <br>   Una Investigación Cuidadosa y Estricta    <br> de las Nociones Modernas Prevalecientes    <br> de la Libertad de la Voluntad </font></p>     <p align="center"><font size="2" face="verdana"><font size="3">Parte III Secci&oacute;n VI    <br> &quot;<i>La libertad de indiferencia no s&oacute;lo es innecesaria para    <br>   la virtud, sino que es completamente inconsistente con   ella;    <br>   y todas las inclinaciones y los h&aacute;bitos,    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    ya sean   virtuosos o viciosos, son inconsistentes con las nociones    <br> arminianas de la libertad y de la agencia moral</i>&quot;</font></font></p> <font face="verdana" size="3">    <p></font>     <p align="right"><font size="2" face="verdana">Introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas    <br><b>CARLOS G. PATARROYO G.</b>    <br>      Departamento de Filosof&iacute;a    <br>   Universidad Nacioanal de Colombia    <br> <a href="mailto:cgpatarr@cable.net.co"><i>cgpatarr@cable.net.co</i></a></font></p> <hr size="1">     <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p align="justify">Jonathan Edwards (1703-1758) fue, para muchos, uno de los   fil&oacute;sofos estadounidenses tempranos m&aacute;s agudos y uno de los te&oacute;logos   norteamericanos m&aacute;s brillantes (<i>cf</i>. Marsden 1). La influencia de   su pensamiento en el desarrollo de la historia de los Estados Unidos es innegable:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>Despu&eacute;s de la revoluci&oacute;n estadounidense, el calvinismo de Nueva   Inglaterra &mdash;con una profunda marca dejada por Edwards&mdash; emergi&oacute;   como uno de los movimientos m&aacute;s importantes &#91;…&#93;. El congregacionalismo   de Nueva Inglaterra y sus aliados presbiterianos llevaron   las campa&ntilde;as evang&eacute;licas calvinistas al noroccidente del pa&iacute;s. Para la   d&eacute;cada de 1830 sus organizaciones de voluntarios para las misiones,   el evangelismo y la reforma hab&iacute;an combinado presupuestos mayores   que los del gobierno federal. Antes de la guerra civil los herederos del   legado de Edwards y sus contrapartes cercanas controlaban la mayor   parte de los colegios mayores, incluyendo las universidades estatales. (Marsden 6-7)</blockquote> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">En vida, Edwards logr&oacute; ocupar cargos de suma importancia, en   los que su influencia fue tambi&eacute;n notoria. Fue, por ejemplo, tutor en Yale desde 1724 hasta 1726, y fue nombrado presidente del Colegio   Mayor de New Jersey (hoy conocido como la Universidad de   Princeton), cargo que no desempe&ntilde;&oacute; por mucho tiempo, ya que muri&oacute; ese mismo a&ntilde;o.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">De fuertes convicciones calvinistas, la mayor parte de su   copiosa producci&oacute;n se dedic&oacute; al estudio y divulgaci&oacute;n de este   cuerpo de creencias y al inclemente ataque hacia las prevalecientes   creencias arminianas de su tiempo. Los arminianos, seguidores   de las ense&ntilde;anzas de Jacobo Arminio (1560-1609), defend&iacute;an el libertarismo   humano, es decir, la capacidad del hombre de poder   elegir sus propias acciones, e incluso de sobreponerse a inclinaciones   anteriores. Esta noci&oacute;n de libertad fue el objeto central del   ataque de Edwards en su obra m&aacute;s c&eacute;lebre, publicada en 1754: <i>Una     investigaci&oacute;n cuidadosa y estricta de las nociones modernas prevalecientes     de la libertad de la voluntad, que se supone es esencial para     la agencia moral, la virtud y el vicio, la recompensa y el castigo, el elogio y la culpa</i>.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">El objetivo de Edwards es mostrar que la libertad arminiana   es plenamente incoherente y absurda. Para poder hacer una breve   reconstrucci&oacute;n de la estructura general de su ataque, es necesario   recordar cu&aacute;les caracter&iacute;sticas dice el arminiano que ha de tener la libertad que defiende:</font></p> <font face="verdana" size="2">     <blockquote>Esto pertenece a su noci&oacute;n de libertad: 1. Que consiste en un   poder de autodeterminaci&oacute;n de la voluntad, o una cierta soberan&iacute;a   que la voluntad tiene sobre s&iacute; misma y sobre sus propios actos, de   manera que determina sus propias voliciones y no es dependiente en   sus determinaciones de ninguna causa exterior ni es determinada por   ninguno de sus propios actos anteriores. 2. La indiferencia pertenece   a esta libertad, esto es, la mente ha de estar, previamente al acto   de volici&oacute;n,<i> in equilibrio</i>. 3. La contingencia es otra caracter&iacute;stica   que le pertenece y le es esencial, no en la acepci&oacute;n com&uacute;n de la   palabra, sino como opuesta a toda necesidad &#91;…&#93;. Ellos suponen que   la esencia de la libertad consiste en estas tres cosas, y que, a menos   que el hombre sea libre en este sentido, no tiene en realidad libertad. (Edwards 18-9)</blockquote> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Edwards ataca sistem&aacute;ticamente cada uno de estos tres puntos.   En lo referente al primero, procura demostrar que un acto de autodeterminaci&oacute;n   de la voluntad ha de llevar al arminiano a un   inevitable y demoledor dilema. Comienza por afirmar que esta autodeterminaci&oacute;n   de la voluntad ha de ser, ella misma, un acto. Y si   se desea defender que no tiene (como afirma el arminiano) su causa   en nada externo, entonces, ha de ser un acto <i>voluntario</i>; de donde se   sigue que ha de haber una voluntad previa que determine ese acto   de autodeterminaci&oacute;n. Se ha de preguntar qu&eacute; ha determinado a   esa voluntad previa, de donde se llega a un acto anterior que ha debido ser voluntario a su vez y as&iacute; <i>ad infinitum</i>.<a href="#1" name="s1"><sup>1</sup></a> El regreso se puede   detener &uacute;nicamente con la suposici&oacute;n de un primer acto de la voluntad.   Pero es all&iacute; donde el arminiano cae en el dilema, pues se puede   preguntar qu&eacute; causa este acto. Si, por un lado, el arminiano responde   que es causado por otro acto de la voluntad, entonces, no se trata   realmente de un <i>primer acto</i> y el regreso contin&uacute;a. Si, por el otro lado,   responde que no es causado por un acto de la voluntad, entonces, no   est&aacute; determinado por la voluntad, no es una autodeterminaci&oacute;n de   &eacute;sta y no cumple, entonces, con uno de los requisitos fundamentales para la libertad (<i>cf</i>. Edwards 21 y Harris 115).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Edwards considera varias l&iacute;neas de defensa que el arminiano   puede explorar para evadir este dilema, ninguna de las cuales encuentra   satisfactoria. El arminiano puede alegar, en primer lugar,   que este primer acto no es causado en absoluto. Sin embargo, esta   opci&oacute;n caer&iacute;a presa del segundo cuerno del dilema antes visto, y,   adem&aacute;s, ser&iacute;a absurda, pues &quot;nada ocurre sin una causa. Si algo es   autoexistente debe serlo desde siempre y debe ser inmodificable;   pero todas las cosas que comienzan una existencia no son autoexistentes   y, por lo tanto, deben tener alg&uacute;n fundamento de su existencia   fuera de s&iacute; mismas&quot; (Edwards 26-7); lo &uacute;nico autoexistente y, por lo tanto, incausado, es, a los ojos de Edwards, Dios (<i>cf</i>. Storms 204).</font></p> <font face="verdana" size="2">     <p align="justify">La segunda l&iacute;nea de defensa del arminiano puede ser la   afirmaci&oacute;n de que este primer acto de volici&oacute;n no debe presuponer   algo que ocurra anteriormente, sino que la voluntad se puede autodeterminar en la volici&oacute;n misma:</p>     <blockquote>&#91;E&#93;s cierto que, para que la voluntad determine sus propias   voliciones, debe ser activa al hacerlo y la determinaci&oacute;n misma debe   ser un acto; sin embargo, no hay necesidad de suponer que este acto   sea previo a la volici&oacute;n determinada; la voluntad determina el acto de   la voluntad en la volici&oacute;n misma, determina su propia volici&oacute;n en la volici&oacute;n misma. (Edwards 23-4)</blockquote> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Para Edwards esta confusa afirmaci&oacute;n puede ser interpretada de   tres maneras: (a) Lo que se afirma es que la determinaci&oacute;n <i>primera</i> no es antecedente en el tiempo, sino en la <i>naturaleza </i>misma del acto   de volici&oacute;n. Independientemente de lo que esto signifique, Edwards   encuentra que no ayuda a solucionar el problema, pues el regreso al infinito se sigue presentando, ya no en el orden del tiempo, sino en   el de la naturaleza. (b) Puede interpretarse como una afirmaci&oacute;n de   que ambos actos (la volici&oacute;n primera y la volici&oacute;n determinada) son   un mismo acto. A lo que Edwards responde que es una contradicci&oacute;n   afirmar que hay dos cosas, una de las cuales determina a la otra,   y que sin, embargo, no sean en absoluto diferentes (<i>cf</i>. Harris 117).   (c) Puede interpretarse como una negaci&oacute;n de la causa misma de la   volici&oacute;n primera, pero, como ya se ha visto, esta opci&oacute;n ya ha sido rechazada por Edwards.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="verdana">La segunda caracter&iacute;stica esencial para la libertad arminiana es   el equilibro o indiferencia de la mente en el momento de realizar la   elecci&oacute;n. Es al ataque de esta condici&oacute;n al que se dedica la traducci&oacute;n   de la secci&oacute;n que el lector puede leer al final de esta introducci&oacute;n. El   principal problema que encuentra Edwards con esta condici&oacute;n reside   en que parece lograr precisamente lo contrario de lo que pretende   el arminiano al postularla. Seg&uacute;n el arminiano, si la voluntad est&aacute;   determinada por una inclinaci&oacute;n previa, el acto no se realiza libremente   y, al no ser libre, el agente no es moralmente responsable por   lo que hace. La libertad es una condici&oacute;n de la imputaci&oacute;n moral, y   la indiferencia de la mente en el momento de la acci&oacute;n es una condici&oacute;n   de la libertad. Sin embargo, Edwards dice que, si se siguen los   principios arminianos, se llega a la absurda conclusi&oacute;n de que no hay   raz&oacute;n alguna para rechazar a aquel que act&uacute;a de manera malvada siguiendo   una inclinaci&oacute;n al mal, o de que no hay virtud alguna en un   hombre cuyo esp&iacute;ritu prefiere m&aacute;s fuertemente al bien sobre el mal.   La libertad, de ser posible, consistir&iacute;a s&oacute;lo en un primer momento   de elecci&oacute;n por parte del agente, ya que si ese momento produce una   inclinaci&oacute;n de su voluntad hacia el bien, toda acci&oacute;n que provenga de   esta voluntad en desequilibrio en un futuro no ser&aacute; una acci&oacute;n libre   y, por lo tanto, el agente no podr&aacute; ser elogiado por ella. No habr&iacute;a,   adicionalmente, inclinaciones o caracteres buenos o malos, ya que   la censura y el elogio se aplicar&iacute;an s&oacute;lo a lo neutral, a lo indiferente.   No se podr&iacute;a felicitar a un hombre por su constante inclinaci&oacute;n hacia   la rectitud, ni se podr&iacute;a censurar a otro por su propensi&oacute;n hacia   el mal. Toda influencia de un car&aacute;cter previo debe desaparecer en   el momento de tomar una decisi&oacute;n para que &eacute;sta sea libre y, por lo   tanto, &quot;la tendencia previa no es de ninguna consideraci&oacute;n respecto del acto en el que la voluntad es libre&quot; (Edwards 41).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">La tercera y &uacute;ltima condici&oacute;n de la libertad arminiana es la   contingencia. Que la libertad de la voluntad se caracterice por ser   &quot;contingente&quot; debe ser entendido como una relaci&oacute;n especial que   &eacute;sta tiene con sus estados antecedentes, con inclinaciones previas e   incluso con los estados f&iacute;sicos precedentes del mundo. Ning&uacute;n estado   previo, sea f&iacute;sico o mental, puede determinar a la voluntad en   el momento de una elecci&oacute;n, so pena de que &eacute;sta pierda su libertad.   Pero, para Edwards, lo que esto significa es que la voluntad act&uacute;a sin causa alguna, algo que, como ya se ha visto, implicar&iacute;a que es eterna   e inmutable, caracter&iacute;sticas que s&oacute;lo Dios tiene. No ha de tener causa   alguna porque &quot;aquellas cosas que tienen un fundamento previo y   una raz&oacute;n de su existencia, que tienen una causa que las determina   previamente, y las determina a ser tal como son, no ocurren contingentemente&quot;   (Edwards 25). En otras palabras, si la voluntad ha   de autodeterminarse, esta autodeterminaci&oacute;n ha de ser la acci&oacute;n de   una causa (la voluntad) sobre un efecto (sobre s&iacute; misma). Y puede   preguntarse qu&eacute; determina a esta primera causa. Si es una causa anterior   (otro acto de la voluntad), entonces, no es contingente. Si no   tiene causa alguna, se ha de aceptar que tiene que ser algo autoexistente   y eterno, cosa que ning&uacute;n arminiano aceptar&iacute;a acerca de una   acci&oacute;n o decisi&oacute;n. No hay en este asunto puntos intermedios a los ojos de Edwards:</font></p> <font face="verdana" size="2">     <blockquote>O bien el efecto es completamente determinado por su causa, o   no lo es; si no lo es, entonces, el &quot;efecto&quot; es un evento sin causa. La   noci&oacute;n de un efecto que tenga s&oacute;lo una relaci&oacute;n contingente con su causa es una contradicci&oacute;n. (Harris 120)</blockquote> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Edwards considera que ha logrado refutar las tres condiciones   fundamentales de la noci&oacute;n arminiana de la libertad: la autodeterminaci&oacute;n,   la indiferencia y la contingencia. Afirma que no s&oacute;lo son   condiciones inherentemente contradictorias e imposibles, sino que,   adem&aacute;s, son inconsistentes con los prop&oacute;sitos para los que los arminianos las postulan.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Vale la pena advertir que la escritura de Edwards, sobre todo   en su <i>Investigaci&oacute;n cuidadosa y estricta</i>…, puede ser en ocasiones   repetitiva. Con el deseo de preservar el estilo del autor, la traducci&oacute;n   se ha hecho<i> literal </i>m&aacute;s que <i>literaria</i>, es decir, no se han cambiado   t&eacute;rminos que se repiten constantemente por pronombres demostrativos,   por ejemplo. Si bien esto puede hacer que la lectura sea menos   fluida, &eacute;ste es un peque&ntilde;o precio a pagar por poder acceder al estilo de argumentaci&oacute;n y redacci&oacute;n caracter&iacute;stico de Edwards.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><b>Traducci&oacute;n</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Suponer que una libertad de la voluntad, como aquella de la que   los arminianos hablan, es requisito para la virtud y para el vicio, es de muchas maneras contrario al sentido com&uacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Si la indiferencia perteneciese a la libertad de la voluntad, tal   como suponen los arminianos, y si fuese esencial para la acci&oacute;n virtuosa   que fuese realizada en un estado de libertad, como tambi&eacute;n   ellos suponen, se seguir&iacute;a que es esencial a la acci&oacute;n virtuosa que sea   realizada en un estado de indiferencia; y si es realizada en un estado   de indiferencia, entonces, sin duda debe ser realizada en un momento   de indiferencia. Y as&iacute; se seguir&iacute;a que, para que un acto sea virtuoso,   el coraz&oacute;n debe ser indiferente en el momento de su realizaci&oacute;n; y cuanto m&aacute;s indiferente y fr&iacute;o sea el coraz&oacute;n en relaci&oacute;n con el acto   que es realizado, tanto mejor, porque ser&aacute; realizado con mucha m&aacute;s   libertad. Pero &iquest;es esto acorde con la luz de la naturaleza? &iquest;Es acorde   con las nociones que la humanidad, en todas las &eacute;pocas, ha tenido   de la virtud? Seg&uacute;n estas nociones, la virtud yace en aquello que es   contrario a la indiferencia; m&aacute;s a&uacute;n, yace en la tendencia e inclinaci&oacute;n   del coraz&oacute;n hacia la acci&oacute;n virtuosa; y cuanto m&aacute;s fuerte sea la   inclinaci&oacute;n y, por tanto, m&aacute;s lejana de la indiferencia, ser&aacute; mucho m&aacute;s elogiable el acto que procede de ella.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Supongamos (contrario a lo que ha sido demostrado anteriormente)   que puede haber un acto de la voluntad en estado de   indiferencia; por ejemplo, el acto de la voluntad con la que &eacute;sta   sale de su estado de indiferencia y se da a s&iacute; misma preponderancia   hacia una cierta opci&oacute;n. De ello se seguir&iacute;a, seg&uacute;n los principios   arminianos, que la virtud consiste s&oacute;lo en este &uacute;nico acto de   determinaci&oacute;n de la voluntad porque &eacute;ste es el &uacute;nico que es realizado   mientras la mente permanece en un estado de indiferencia y, por   lo tanto, en estado de libertad. Una vez que la mente est&aacute; fuera de   este equilibrio, todos los actos que se siguen de ella, al proceder de la   inclinaci&oacute;n, no pueden tener la naturaleza del vicio ni de la virtud.   O si aquello que la voluntad puede hacer en estado de indiferencia   y, por tanto, de libertad es s&oacute;lo suspender la acci&oacute;n y determinarse   a tomar el asunto en consideraci&oacute;n, entonces, esta determinaci&oacute;n es   lo &uacute;nico en lo que consiste la virtud, y no en el proceder a la acci&oacute;n   despu&eacute;s de que la balanza ha sido inclinada por la consideraci&oacute;n.   As&iacute; que se sigue de estos principios que todo lo que es hecho despu&eacute;s   de que la mente ha sido sacada de este equilibrio, por cualquier   medio que sea, y es pose&iacute;da por la inclinaci&oacute;n no tiene nada de la   naturaleza de la virtud ni del vicio, ni es digno de elogio o castigo.   Pero &iexcl;cu&aacute;n claramente es esto contrario al sentido universal   de la humanidad y a la noci&oacute;n que &eacute;sta tiene de las acciones sinceramente   virtuosas!, esto es, que hay acciones que proceden de un   coraz&oacute;n bien dispuesto e inclinado; y cuanto m&aacute;s fuerte, m&aacute;s firme   y determinada sea la disposici&oacute;n del coraz&oacute;n, m&aacute;s grande ser&aacute; la   sinceridad de la virtud y mayores su verdad y realidad. Pero si hay   acciones que son realizadas en estado de equilibrio, o que brotan   inmediatamente de la indiferencia absoluta y de la frialdad del coraz&oacute;n,   no pueden surgir de ning&uacute;n buen principio o disposici&oacute;n del   coraz&oacute;n y, consecuentemente, de acuerdo con el sentido com&uacute;n, no   tienen sincera bondad ni virtud en ellas. Tener un coraz&oacute;n virtuoso   es tener un coraz&oacute;n que favorece la virtud y es amigable con ella; y no uno perfectamente fr&iacute;o e indiferente respecto de ella.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Adicionalmente, las acciones que son realizadas en un estado de   indiferencia, o que surgen inmediatamente de un estado tal, no pueden   ser virtuosas porque no son determinadas por ninguna elecci&oacute;n   precedente. Pues si hubiese una elecci&oacute;n tal, &eacute;sta intervendr&iacute;a entre el acto y el estado de indiferencia, lo que es contrario a la suposici&oacute;n   de que el acto debe surgir inmediatamente de la indiferencia. Pero   aquellos actos que no son determinados por una elecci&oacute;n previa no   pueden ser virtuosos ni viciosos, seg&uacute;n los principios arminianos,   pues no son determinados por la voluntad. As&iacute; que ni de una manera   ni de otra pueden ser las acciones virtuosas o viciosas, seg&uacute;n los   principios arminianos. Si la acci&oacute;n es <i>determinada</i> por un acto de   elecci&oacute;n precedente, no puede ser virtuosa porque no es realizada en   estado de indiferencia ni surge inmediatamente de dicho estado, y   as&iacute; no se realiza en estado de libertad. Si la acci&oacute;n <i>no es determinada</i> por un acto de elecci&oacute;n precedente, no puede ser virtuosa porque,   entonces, la voluntad no est&aacute; autodeterminada en ella. As&iacute; que se   hace evidente que ni la virtud ni el vicio pueden encontrar jam&aacute;s lugar en el universo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="verdana">M&aacute;s a&uacute;n, que sea necesario para una acci&oacute;n virtuosa que se   realice en un estado de indiferencia, donde este estado se entiende   como uno de libertad, es contrario al sentido com&uacute;n; ya que &eacute;ste   dicta que la indiferencia en s&iacute; misma, en muchos casos, es viciosa y   en alto grado: como cuando veo a mi vecino, a mi amigo cercano o a   alguno que ha merecido altamente mi aprecio en aprietos y a punto   de perecer, y encuentro en mi coraz&oacute;n una indiferencia respecto de   cualquier cosa que pueda hacer f&aacute;cilmente para su alivio. Tambi&eacute;n   ser&iacute;a altamente vicioso y vil que fuese indiferente a blasfemar de   Dios, a matar a mi padre o a un sinn&uacute;mero de cosas m&aacute;s que puedan ser mencionadas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Puede observarse, adem&aacute;s, que suponer que esta libertad de   indiferencia es esencial al vicio y a la virtud destruye la gran diferencia   de grados de culpa en los distintos cr&iacute;menes, y remueve   la atrocidad de las iniquidades m&aacute;s viles y horribles, tales como el   adulterio, la bestialidad, el asesinato, el perjurio, la blasfemia, etc.   Pues de acuerdo con estos principios no hay mal en tener la mente   en estado de perfecta indiferencia respecto de estos cr&iacute;menes; &iexcl;no!,   es absolutamente necesario para que haya virtud al evitarlos o vicio   al cometerlos. Pero que la mente est&eacute; en un estado de indiferencia   respecto de ellos es estar a punto de cometerlos, es estar infinitamente   cerca de elegir y as&iacute; de realizar el acto; pues el equilibro es el   paso anterior a un grado de preponderancia, y un grado, as&iacute; sea m&iacute;nimo,   de preponderancia (hechas todas las consideraciones) es una   elecci&oacute;n. Pero no es s&oacute;lo esto; para que la voluntad est&eacute; en un estado   de perfecto equilibrio con respecto a dichos cr&iacute;menes, la mente debe   estar en un estado tal que est&eacute; tan cercana a elegirlos como a rechazarlos,   a hacerlos tanto como a omitirlos. Y si nuestras mentes han   de estar en este estado, en donde se est&aacute; tan cerca a elegirlos como a   rechazarlos, y donde por necesidad, de acuerdo con la naturaleza de   estas consideraciones, se es tan propenso a cometerlos como a rehusarlos,   &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la atrocidad excedente de elegirlos y realizarlos? Si no hubiese mal alguno en estar regularmente en ese estado, donde   la probabilidad de realizar un crimen y de abstenerse de ello es exactamente   la misma, habiendo all&iacute; un equilibrio y ninguna tendencia   hacia uno m&aacute;s que hacia el otro, entonces, de acuerdo con las leyes y la   naturaleza de esta contingencia, puede esperarse como consecuencia <i>inevitable</i> de dicha disposici&oacute;n que elijamos realizarlos tan frecuentemente   como elegimos abstenernos. Que esto ocurriera as&iacute; ser&iacute;a   necesario, ya que la igualdad en el efecto es la consecuencia natural   de la tendencia igual de la causa, o del estado de cosas antecedente   del que el efecto se deriva. &iquest;Por qu&eacute;, entonces, ser&iacute;amos tan excesivamente culpables si &eacute;ste fuera el caso?</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">De muchas maneras es evidente que el esquema arminiano   de la libertad es completamente inconsistente con que haya cosas   tales como h&aacute;bitos o disposiciones, tanto virtuosos como viciosos.   Si la libertad de <i>indiferencia</i> es esencial para la agencia moral,   entonces, no puede haber virtud en las inclinaciones habituales del   coraz&oacute;n, que son contrarias a la indiferencia e implican en su naturaleza   su destrucci&oacute;n y su exclusi&oacute;n. Los arminianos suponen que   nada en lo que la libertad no haya sido ejercida puede ser virtuoso;   &iexcl;pero cu&aacute;n absurdo es hablar de ejercer indiferencia bajo la inclinaci&oacute;n y la preponderancia!<a href="#2" name="s2"><sup>2</sup></a></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Si el <i>poder de autodeterminaci&oacute;n</i> de la voluntad es necesario   para la agencia moral, para la culpa, el castigo, etc., entonces, nada   que sea hecho por la voluntad merece elogio o castigo, a menos   que la voluntad sea movida, dirigida y determinada por s&iacute; misma   y que la balanza sea inclinada por el poder soberano que la voluntad   tiene sobre s&iacute;. Por lo tanto, la voluntad no ha de ser puesta   fuera de equilibrio con anterioridad, as&iacute; como la preponderancia   no la debe afectar de antemano, con lo cual se anticipar&iacute;a al acto   de autodeterminaci&oacute;n. &Eacute;sta es, entonces, otra manera en la que la inclinaci&oacute;n habitual es inconsistente con aquella libertad que los   arminianos suponen que es necesaria para la virtud y para el vicio;   de donde se sigue que la inclinaci&oacute;n habitual no puede ser, en s&iacute; misma, ni virtuosa ni viciosa.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">El mismo resultado se obtiene de su doctrina concerniente a la   inconsistencia de la <i>necesidad</i> con la libertad, el elogio, el castigo,   etc. Nadie puede negar que la tendencia y la inclinaci&oacute;n puedan ser   tan fuertes que sean invencibles y no permitan la posibilidad de que   la voluntad se determine de manera contraria a ellas, la cual, de esta   manera, las sigue necesariamente. Esto es lo que dice el Dr. Whitby<a href="#3" name="s3"><sup>3</sup></a> sobre la voluntad de Dios, de los &aacute;ngeles y de los santos glorificados   respecto del bien; y de la voluntad de los demonios respecto del mal.   Por lo tanto, si la necesidad es inconsistente con la libertad, cuando   la inclinaci&oacute;n es firme con un grado de fuerza tal, excluye completamente   toda virtud, vicio, elogio o castigo. Y si esto es as&iacute;, entonces,   cuanto m&aacute;s cercanos est&eacute;n los h&aacute;bitos a esta fuerza, m&aacute;s impedir&aacute;n   la libertad y disminuir&aacute;n el elogio y la culpa. Si los h&aacute;bitos muy   fuertes destruyen la libertad, los menos fuertes la obstaculizan en   proporci&oacute;n a su grado de fuerza. Por lo tanto, un acto es virtuoso o   vicioso cuando es realizado absolutamente sin inclinaci&oacute;n alguna porque es realizado con la libertad m&aacute;s grande.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Toda predisposici&oacute;n o inclinaci&oacute;n de la mente conlleva un   grado de inhabilidad moral para lo contrario; pues cuanto m&aacute;s est&eacute;   inclinada o predispuesta la mente, m&aacute;s impedimento habr&aacute; para lo   opuesto. Por lo tanto, si la inhabilidad moral es inconsistente con la   agencia moral, o con la naturaleza del vicio y de la virtud, entonces,   en cuanto haya algo como la disposici&oacute;n del coraz&oacute;n hacia el mal,   la inclinaci&oacute;n habitual a la depravaci&oacute;n, a la codicia, al orgullo, a   la malicia, a la crueldad o a cualquier otra cosa, m&aacute;s excusables ser&aacute;n   las personas, y sus actos mal&eacute;volos no tendr&aacute;n la naturaleza del   vicio. Igualmente, cualesquiera que sean las disposiciones o inclinaciones   excelentes que las personas tengan, sus actos no tendr&aacute;n la naturaleza de la virtud.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Es evidente que ninguna disposici&oacute;n habitual del coraz&oacute;n, ya   sea &eacute;sta de un mayor o menor grado, puede ser en lo m&aacute;s m&iacute;nimo   viciosa o virtuosa; ni pueden las acciones que proceden de ella ser <i>en absoluto</i> elogiables o censurables. Pues debemos suponer que el h&aacute;bito no tiene tanta fuerza como para eliminar toda habilidad moral   y todo poder de autodeterminaci&oacute;n, o como para impedirlos completamente;   y pese a que el acto procede en parte de la inclinaci&oacute;n, puede   proceder tambi&eacute;n de la autodeterminaci&oacute;n; y, en este caso, todo lo   que provenga de la inclinaci&oacute;n antecedente debe ser dejado de lado   como no digno de consideraci&oacute;n, y en la estimaci&oacute;n del grado de virtud   o vicio de la acci&oacute;n nada m&aacute;s ha de ser considerado que lo que   proviene del poder de autodeterminaci&oacute;n &mdash;sin influencia alguna de   esa inclinaci&oacute;n&mdash;, pues la libertad no se ejerce sino all&iacute;. As&iacute; que todo   lo que corresponde al ejercicio de la inclinaci&oacute;n habitual es desechado,   por no pertenecer a la moralidad de la acci&oacute;n. De donde parece   claro que ning&uacute;n ejercicio de estos h&aacute;bitos, sean ellos fuertes o d&eacute;biles, puede tener jam&aacute;s algo de la naturaleza del vicio o de la virtud.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Alguno podr&iacute;a decir que, pese a todo lo anterior, los h&aacute;bitos de   la mente pueden tener la naturaleza del vicio y de la virtud porque   ellos son los efectos de los actos en los que la mente ha ejercido la   libertad. Pues todas las razones antes mencionadas s&oacute;lo prueban que   los h&aacute;bitos naturales, o los que nacen o son creados junto con nosotros,   no pueden ser viciosos o virtuosos; pero no prueban lo mismo   de los h&aacute;bitos que han sido adquiridos y establecidos mediante la repetici&oacute;n de actos libres.<a href="#4" name="s4"><sup>4</sup></a></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">A este opositor le responder&iacute;a diciendo que esta evasi&oacute;n no   soluciona en absoluto el asunto; pues si la libertad de la voluntad   fuese esencial a la<i> naturaleza</i> misma del vicio y de la virtud, no   habr&iacute;a vicio ni virtud sino s&oacute;lo en aquello en donde esa libertad es   ejercida. Si un hombre ejerce su libertad en una o m&aacute;s acciones, y   mediante esos actos es llevado a las circunstancias en las que su libertad   cesa y le sigue una larga serie de actos o eventos que ocurren   necesariamente, esos actos no son virtuosos ni viciosos, elogiables   ni censurables; s&oacute;lo lo ser&aacute;n los actos libres que establecieron esta necesidad, pues s&oacute;lo en ellos era el hombre libre. Los efectos que   siguen despu&eacute;s, que son necesarios, no tienen m&aacute;s de la naturaleza   del vicio o de la virtud que lo que la salud o la enfermedad del cuerpo   tienen de esa naturaleza por ser los efectos de los actos libres   de la temperancia o el exceso; ni de lo que la tendr&iacute;an las buenas   cualidades de un reloj, por ser &eacute;stas los efectos de los actos libres   del relojero. Tampoco son la frescura y la dulzura de las frutas de   un jard&iacute;n virtudes morales, por ser ellas efectos de los actos libres   del jardinero. Si la libertad es un requisito absoluto para la moralidad   de las acciones, y la necesidad es inconsistente con ella &mdash;como   insisten los arminianos&mdash;, entonces, ning&uacute;n tipo de efectos necesarios,   sea su causa tan buena o mala como se quiera, puede ser   virtuoso o vicioso; ya que la virtud y el vicio deben estar solamente   en la <i>causa libre</i>. Seg&uacute;n esto, el Dr. Whitby supone que la necesidad   que caracteriza a los h&aacute;bitos buenos de los santos en los cielos y a   los malos de los condenados en el infierno, que son consecuencia   de sus actos libres en su estado de prueba, no son recompensables ni censurables.<a href="#5" name="s5"><sup>5</sup></a></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana">Parece, entonces, que si fuesen verdaderas las nociones de los   arminianos concernientes a libertad y a la agencia moral, se seguir&iacute;a   que no habr&iacute;a virtud en h&aacute;bitos o cualidades como la humildad, la   mansedumbre, la paciencia, la piedad, la gratitud, la generosidad; no   habr&iacute;a nada elogiable en amar a Cristo m&aacute;s que a los propios padres,   a la esposa y a los hijos, o a la propia vida; ni lo habr&iacute;a en el regocijo   en la santidad ni en el hambre y la sed por la rectitud, el amor a los   enemigos, la benevolencia con la humanidad. De igual manera, no   habr&iacute;a ning&uacute;n vicio ni nada que merezca desprecio en las disposiciones   m&aacute;s s&oacute;rdidas, bestiales, malignas y diab&oacute;licas; ni lo habr&iacute;a   en ser ingrato, profano, en odiar habitualmente a Dios y a las cosas   sagradas y divinas; ni en ser el m&aacute;s traicionero, envidioso y cruel con   los hombres; pues todas estas son <i>disposiciones e inclinaciones</i> del   coraz&oacute;n. En suma, no hay cosa tal como una <i>cualidad de la mente</i> que sea viciosa o virtuosa; nada a lo que le sea inherente la virtud y la santidad o el vicio y el pecado; y cuanto m&aacute;s fuertes sean estos   h&aacute;bitos, que sol&iacute;an ser llamados virtuosos o viciosos, m&aacute;s lejos est&aacute;n   ellos de serlo en realidad; cuanto m&aacute;s violentos sean los deseos de los   hombres, cuanto m&aacute;s firmes sean su orgullo, su envidia, su ingratitud   y su malignidad, m&aacute;s lejos estar&aacute;n de ser censurables. Si hubiese   un hombre que, mediante sus propios actos repetidos o por cualquier   otro medio, llegase a tener las disposiciones m&aacute;s infernales y   se inclinase desesperadamente a tratar a sus vecinos injuriosamente,   con desprecio y malignidad, ellos no podr&iacute;an formar una disposici&oacute;n   a sentir ira contra &eacute;l o a culparlo en lo m&aacute;s m&iacute;nimo. De igual   manera, si hubiese una persona cuyo excelente esp&iacute;ritu lo inclinara   hacia las acciones m&aacute;s amables, admirables, benevolentes, etc., esta   persona estar&iacute;a tan lejos de algo elogiable o recompensable como   el anterior hombre lo estar&iacute;a de la censura. Seg&uacute;n estos principios,   Jesucristo no era elogiable por sus actos de santidad y bondad, ya   que &eacute;stas eran propensiones fuertes en su coraz&oacute;n. Y, sobre todo, el   Dios infinitamente sagrado y misericordioso estar&iacute;a infinitamente   lejos de cualquier acto elogiable, ya que sus inclinaciones hacia el   bien son infinitamente fuertes; y &Eacute;l estar&iacute;a a la mayor distancia posible   de ser libre. En todos los casos, cuanto m&aacute;s fuertes sean las   inclinaciones de cualquiera hacia la virtud, cuanto m&aacute;s las ame,   menos virtuosas ser&aacute;n. Y cuanto m&aacute;s amor se tenga hacia la maldad,   menos viciosa ser&aacute;. Si esto es acorde con la Sagrada Escritura   o no, es algo que cada cristiano y cada hombre que ha le&iacute;do la Biblia   habr&aacute; de juzgar; y si es o no acorde con el sentido com&uacute;n, habr&aacute; de juzgarlo cada quien que ejerza el entendimiento humano.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="verdana">Si seguimos estos principios, habremos de concluir que la virtud   y el vicio est&aacute;n completamente excluidos del mundo y que nunca   hubo, ni podr&aacute; haber, ni una cosa ni la otra, ya sea en Dios, en los   &aacute;ngeles o en el hombre. Ninguna propensi&oacute;n, disposici&oacute;n o h&aacute;bito   puede ser virtuoso o vicioso, como se ha demostrado, pues ellos, en   el momento en que intervienen, destruyen la libertad de la voluntad,   que es el fundamento de toda agencia moral, y excluyen toda capacidad   para el vicio y la virtud. Y si los h&aacute;bitos y las disposiciones en   s&iacute; mismos no son ni virtuosos ni viciosos, tampoco podr&aacute; serlo su   ejercicio, pues el ejercicio de la <i>inclinaci&oacute;n </i>no es el ejercicio de la   <i>voluntad autodeterminante</i> y as&iacute; no hay ejercicio de la libertad en   ella. Consiguientemente, ning&uacute;n hombre es virtuoso o vicioso ni al   estar bien o mal dispuesto ni al actuar seg&uacute;n una disposici&oacute;n buena   o mala. Y el que esta inclinaci&oacute;n o disposici&oacute;n sea o no habitual,   que aparezca s&oacute;lo en el momento previo al acto de la voluntad, del   que &eacute;ste es efecto, no altera la situaci&oacute;n, ya que se trata de un efecto   necesario. Y si no hubiera en absoluto una disposici&oacute;n previa, bien   sea habitual u ocasional, que determinara al acto, entonces, no ser&iacute;a   la elecci&oacute;n lo que lo determinar&iacute;a; ser&iacute;a, por lo tanto, una contingencia   que le sucede al hombre y que no procede de nada en &eacute;l que sea necesario, como una inclinaci&oacute;n o una elecci&oacute;n que sean suyos.   Por consiguiente, en un caso as&iacute;, un hombre no puede ser mejor o   peor que otro m&aacute;s de lo que un &aacute;rbol puede ser mejor que otros   &aacute;rboles porque con frecuencia es embellecido por un cisne o por un   ruise&ntilde;or; o una roca puede ser m&aacute;s viciosa que otras porque ocurre   con frecuencia que las serpientes se arrastran sobre ella. As&iacute; que no   hay ni virtud ni vicio en las disposiciones malas o buenas, sean &eacute;stas   firmes o transitorias; ni hay vicio o virtud en actuar seg&uacute;n una inclinaci&oacute;n   previa buena o mala; y no hay tampoco vicio ni virtud en   actuar sin inclinaci&oacute;n previa alguna. &iquest;D&oacute;nde hemos de encontrar, entonces, lugar para el vicio y para la virtud?</font></p> <font face="verdana" size="2"> <hr size="1"> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><a href="#s1" name="1"><sup>1</sup></a> Edwards era un juicioso lector de Locke, y la influencia del <i>Ensayo sobre el entendimiento humano</i> en sus ideas es patente. Este argumento es un ejemplo de ello, pues antes de Edwards hab&iacute;a sido Locke quien lo hab&iacute;a formulado de la siguiente manera: &quot;&#91;e&#93;s tanto como preguntar si un hombre puede tener volici&oacute;n respecto de lo que tiene volici&oacute;n &#91;<i>is to ask whether a man can will what he wills</i>&#93;, o si puede placerle aquello que le place; una pregunta que, creo, no merece respuesta, y quienes hagan cuesti&oacute;n de ella tendr&aacute;n que suponer que una voluntad determine los actos de otra voluntad y que otra determine los de &eacute;sta y as&iacute; hasta el infinito&quot; (Locke II XXX &sect;25).</font></p> <font face="verdana" size="2">    <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><a href="#s2" name="2"><sup>2</sup></a></font> Dos son las razones por las que esto puede verse como absurdo. La primera es que este estado de indiferencia exige que el hombre ignore cualquier inclinaci&oacute;n previa en el momento de hacer la elecci&oacute;n. Y lo absurdo aqu&iacute; est&aacute; en que si se cree que el mal es mejor que el bien, por ejemplo, esto puede ser visto como una inclinaci&oacute;n previa y, por ello, debe ser ignorado. &iquest;Sobre qu&eacute; bases ha de escoger el hombre entonces? La otra raz&oacute;n, muy relacionada con la anterior, es que Edwards considera que una elecci&oacute;n se hace porque una de las alternativas se encuentra como algo m&aacute;s aceptable, m&aacute;s agradable o m&aacute;s conveniente (<i>cf</i>. Edwards 36). Pero decir que la mente ha de estar en un estado de perfecta indiferencia lleva a afirmar que no puede encontrar una opci&oacute;n m&aacute;s conveniente que la otra; y esto lleva a la absurda conclusi&oacute;n de que la mente elige sin elegir: &quot;&#91;s&#93;uponer que la voluntad ha de estar en un perfecto estado de indiferencia, ya sea para determinarse a s&iacute; misma, o para hacer cualquier otra cosa, es afirmar que la mente elige sin elegir. Decir que cuando es indiferente la voluntad puede hacer lo que le plazca, es decir que puede seguir su placer, cuando no hay placer alguno que pueda seguir&quot; (<i>&iacute;d</i>. 37).</p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><a href="#s3" name="3"><sup>3</sup></a></font> Edwards se refiere a Daniel Whitby (1638-1726), opositor profundo del calvinismo y fuerte defensor del arminianismo. Whitby hab&iacute;a escrito en 1710 su famoso <i>Discourse on the Five Points</i>, donde atacaba los cinco pilares fundamentales del calvinismo. Este libro gener&oacute; en&eacute;rgicas respuestas de calvinistas como John Gill en su libro <i>The Cause of God and Truth</i> (1735). Si bien parte del presente texto de Edwards es una respuesta a esta obra, su ataque principal est&aacute; destinado a otra obra anterior de Whitby: <i>Seis discursos</i> (1652) y, espec&iacute;ficamente, al cuarto discurso dedicado a &quot;La libertad de la voluntad del hombre en estado de prueba&quot; (<i>cf</i>. Whitby 229-290).</p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><a href="#s4" name="4"><sup>4</sup></a></font> En el debate contempor&aacute;neo acerca del libre albedr&iacute;o sigue habiendo, por parte de los libertaristas, una l&iacute;nea de defensa similar a la que Edwards menciona aqu&iacute;; ejemplo de ello es el libertarismo de Robert Kane. Defienden que no toda acci&oacute;n ha de ser el producto de una elecci&oacute;n, ni que ha de provenir directamente de un estado de libertad previo. Puede, sin duda, ser el resultado de un cierto car&aacute;cter del agente que se inclina m&aacute;s hacia cierto tipo de acciones. Se puede tener un car&aacute;cter altruista, por ejemplo, o uno ego&iacute;sta. Sin embargo, dicen que si estas acciones necesarias seg&uacute;n el car&aacute;cter del sujeto han de poder serle imputadas, entonces, el car&aacute;cter mismo del agente ha debido ser escogido por &eacute;l libremente. Esto no es sino otra manera de decir que las primeras acciones realmente libres del sujeto son las que forman un cierto h&aacute;bito o inclinaci&oacute;n en &eacute;l, y que, al ser &eacute;stas realizadas en un estado de libertad, el h&aacute;bito o inclinaci&oacute;n que ellas determinan (y las acciones que de &eacute;l se siguen) son su responsabilidad. Estas primeras acciones son denominadas por Kane acciones <i>autoformadoras</i>, y una de sus caracter&iacute;sticas es que la mente ha de estar en estado de equilibrio respecto de las distintas opciones, en el momento previo a la elecci&oacute;n (<i>cf</i>. Kane 13-38).</p>     <p align="justify"><a href="#s5" name="5"><sup>5</sup></a> Edwards se refiere a un pasaje del discurso de Whitby sobre &quot;La libertad de la voluntad del hombre en estado de prueba&quot;, particularmente a la secci&oacute;n ii del cap&iacute;tulo i. Whitby defiende que la culpa y el elogio se han de juzgar en las acciones que el hombre realiza en la tierra. &quot;El estado del hombre en este mundo es un estado de juicio y de prueba&quot;, afirma Whitby (228). Si un esp&iacute;ritu, en su estado de prueba, ha formado una inclinaci&oacute;n hacia el mal, las acciones que realiza una vez ha dejado este estado de prueba &quot;no lo hacen merecedor de castigo adicional&quot; (231). Las acciones que siguen necesariamente a un car&aacute;cter mal&eacute;volo no son, ellas mismas, realizadas en estado de libertad. Pero el estado de prueba es aquel en el que el hombre escoge, sin determinaci&oacute;n previa alguna, su car&aacute;cter y sus inclinaciones, y es por estos actos libres por los que es juzgado, y no por los que ocurren en el estado de necesidad posterior.</p> <hr size="1">      <p><font size="2" face="verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <p>Edwards, J. A <i>Careful and Strict Inquiry Into the Modern Prevailing Notions of That Freedom of The Will Which is Supposed to Be Essential to Moral Agency, Virtue and Vice, Reward and Punishment, Praise and Blame</i> &#91;1754&#93;. New York: Leavitt &amp; Allen, 1852. &#91;Reimpreso en edici&oacute;n facsimilar por Whitefish-Minessotta: Kessinger Publishing, 2007&#93;</p>      <p>Harris, J. <i>Of Liberty and Necessity: The Free Will Debate in Eighteen- Century British Philosophy</i>. New York: Oxford University Press, 2005.</p>      <p>Kane R. &quot;Libertarianism&quot;. <i>Four Views on Free Will</i>, Kane, R., Fischer, J. M., Pereboom, D. & Vargas, M., eds. Malden: Blackwell, 2007. 5-43.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Locke, J. <i>Ensayo sobre el entendimiento humano</i> &#91;1690&#93;, O’Gorman, E., trad. M&eacute;xico: Fondo de cultura econ&oacute;mica, 1994.</p>      <p>Marsden, G. <i>Jonathan Edwards: A Life.</i> New Haven: Yale University Press, 2003.</p>      <p>Storms, S. &quot;The Will: Fettered Yet Free (Freedom of the Will)&quot;. <i>A God Entranced Vision of All Things: The Legacy of Jonathan Edwards</i>, Piper, J. & Taylor, J., eds. Weaton-Illinois: Crossway Books, 2004. 201-220.</p>      <p>Whitby, D. <i>Six Discourses Concerning, i. Election and Reprobation, ii. Extent of Christ’s Redemption, iii. The Grace of God, iv. Liberty of the Will of Man in a State of Trial and Probation, v. Defectibility of the Saints, vi. Answer to Three Objections</i> &#91;1652&#93;. Worchester- Massachusetts: Isaiah Thomas Press, 1801.</p>      <p></p>      <p></p>      <p></p> </font>      ]]></body>
</article>
