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</front><body><![CDATA[ <font size="2" face="verdana"> </font>     <p  align="center"><font size="3" face="verdana"><b>Di&eacute;guez Lucena, Antonio.</i></b> <br />   <i>La evoluci&oacute;n del  conocimiento. De la mente animal a la mente humana</i>. <br />   Madrid:  Editorial Biblioteca Nueva, 2011. 240 pp.</font></p> <font size="2" face="verdana"> <hr size="1" />     <p  align="justify">La  teor&iacute;a de la evoluci&oacute;n tiene un impacto te&oacute;rico, cient&iacute;fico y cultural  sorprendente. Su poder explicativo ha comenzado a aplicarse recientemente a  nuestros rasgos mentales y cognitivos, de tal manera que parece proporcionarnos  grandes beneficios y ubicarnos por encima de la mayor&iacute;a de los organismos. El  texto de Di&eacute;guez, articulado en cinco cap&iacute;tulos, pretende examinar la evidencia  que en la actualidad poseemos acerca del origen y evoluci&oacute;n de estas capacidades  y, a partir de ello, analizar el problema epistemol&oacute;gico tradicional acerca de  lo que es nuestro conocimiento, su validez, origen y l&iacute;mites. A pesar del  escepticismo de muchos fil&oacute;sofos acerca de este enfoque, que vincula la  explicaci&oacute;n y la justificaci&oacute;n del conocimiento, Di&eacute;guez anota, con raz&oacute;n, que  la epistemolog&iacute;a evolucionista &quot;ha llegado para quedarse&quot; (16). </p>     <p  align="justify">En  su primer cap&iacute;tulo, Di&eacute;guez analiza el paso de la epistemolog&iacute;a tradicional a  la epistemolog&iacute;a evolucionista. Desde la antigua Grecia, la filosof&iacute;a se ha  preocupado de una forma fundamental por problemas epistemol&oacute;gicos, esto es,  cuestiones en torno al conocimiento, sus rasgos definitorios, l&iacute;mites, condiciones  y posibilidades, habiendo llegado a su c&uacute;spide en la modernidad. Pero su estilo  aprior&iacute;stico y su tajante separaci&oacute;n entre justificaci&oacute;n y explicaci&oacute;n fueron  cuestionadas en la &uacute;ltimas d&eacute;cadas del siglo XX  por fil&oacute;sofos que reclamaban la superaci&oacute;n de la filosof&iacute;a tradicional como  b&uacute;squeda insaciable de certezas, fundamentos y verdades atemporales. Ejemplo de  ello son J. Dewey (1952), V. W. Quine (1969) y R. Rorty (1979). La epistemolog&iacute;a  naturalizada, en su forma moderada, distinta a la tesis radical del &quot;reemplazo&quot;  o disoluci&oacute;n de la epistemolog&iacute;a en ciencia emp&iacute;rica, considera su m&eacute;todo en  continuidad con el de las ciencias naturales y construye y desarrolla sus  hip&oacute;tesis en franca relaci&oacute;n con los avances de las ciencias emp&iacute;ricas. Como  afirma Di&eacute;guez (24), esta versi&oacute;n de la epistemolog&iacute;a naturalizada es m&aacute;s  extendida y promisoria que la versi&oacute;n radical de Quine en su <i>Epistemology  Naturalized</i> (1969), para quien la epistemolog&iacute;a debe convertirse  en una parte de las ciencias emp&iacute;ricas, a saber, en una rama de la psicolog&iacute;a. </p>     <p  align="justify">La naturalizaci&oacute;n no implica que la filosof&iacute;a y la epistemolog&iacute;a  deban desaparecer, ni que sus prop&oacute;sitos, problemas y preocupaciones deban ser  superados, deconstruidos o disueltos -m&aacute;s que resueltos-, como algunos  fil&oacute;sofos influyentes han afirmado de manera reiterada (Wittgenstein,  Heidegger, Derrida, Rorty, entre otros). En efecto, la epistemolog&iacute;a  naturalizada sostiene que los problemas tradicionales en torno al conocimiento  contin&uacute;an siendo cuestiones con sentido, problemas interesantes, &uacute;tiles y  valiosos, pero que deben enfrentarse aprovechando los conocimientos alcanzados  en la &uacute;ltimas d&eacute;cadas por las ciencias cognitivas y las reflexiones sobre la  evoluci&oacute;n de la mente y la cognici&oacute;n. As&iacute;, la naturalizaci&oacute;n es un paso  necesario para poder apreciar la epistemolog&iacute;a evolucionista. </i></p>     <p  align="justify">Seg&uacute;n Di&eacute;guez, la epistemolog&iacute;a se compromete  esencialmente con dos tareas: la comprensi&oacute;n y la validaci&oacute;n del conocimiento  (22). En relaci&oacute;n con la segunda tarea -la validaci&oacute;n o justificaci&oacute;n del conocimiento-,  desde la filosof&iacute;a tradicional se han planteado dos objeciones cruciales a la  naturalizaci&oacute;n. Una dice que el recurso a las ciencias cognitivas o  evolucionistas puede proporcionar explicaciones de c&oacute;mo llegamos a conocer,  pero nunca podr&iacute;an dar justificaciones o validaciones de las creencias. Esto no  es del todo cierto, pues las ciencias pueden darnos criterios para distinguir  entre los procesos cognitivos exitosos y los que no lo son. Obviamente, esto  supone que ya sabemos distinguir entre &eacute;xito y fracaso en el conocimiento. Y  aqu&iacute; se instala la segunda objeci&oacute;n: el recurso a las ciencias de la  epistemolog&iacute;a naturalizada equivale a asumir como dado lo que es tarea de la  epistemolog&iacute;a, a saber, argumentar que nuestro conocimiento es v&aacute;lido. Pero  esta objeci&oacute;n se alimenta de una versi&oacute;n fundacionalista de la epistemolog&iacute;a,  que entra en el juego del esc&eacute;ptico radical y, una vez ah&iacute;, no puede ya salir.  Cualquier epistemolog&iacute;a razonable debe abandonar esas pretensiones  fundacionalistas y aceptar que la circularidad es tan inevitable como virtuosa. </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  pasa a clasificar las epistemolog&iacute;as evolucionistas (EE)  en un cuadro de dos por dos: seg&uacute;n se aplique el principio de la selecci&oacute;n  natural (SN) de manera literal (EE de mecanismos) o anal&oacute;gica (EE  de teor&iacute;as), y seg&uacute;n se expliquen las capacidades o mecanismos cognitivos por  un lado, o las creencias y/o productos culturales individuales por otro. La EE de mecanismos afirma que los mecanismos cognitivos  fueron seleccionados por aumentar la aptitud (<i>fitness</i>) del organismo. Esta  es una aplicaci&oacute;n literal de la SN. La EE de teor&iacute;as habla anal&oacute;gicamente de una &quot;lucha por la  supervivencia&quot; entre teor&iacute;as como portadoras de una aptitud por definir (no  coincide con la aptitud de los organismos). Aqu&iacute; tambi&eacute;n se incluye a la mem&eacute;tica,  que explicar&iacute;a la proliferaci&oacute;n de productos culturales individuales por su aptitud,  en un sentido anal&oacute;gico por definir. Di&eacute;guez agrega una tercera posibilidad, a  saber, creencias o productos culturales individuales que se han seleccionado  porque mejoran la aptitud biol&oacute;gica de los organismos que los portan. A esta  versi&oacute;n la llama la EE de contenidos. Es el caso  de la sociobiolog&iacute;a y de las ideas de Nietzsche sobre la utilidad biol&oacute;gica de  creencias falsas, como, por ejemplo, la creencia en la persistencia de objetos  f&iacute;sicos (aunque, a nuestro juicio, esta creencia no califica como creencia individual,  sino como parte de la estructura mental propia de la f&iacute;sica <i>folk</i> y,  por tanto, est&aacute; m&aacute;s cerca de un mecanismo general que de una creencia  individual). Di&eacute;guez discute con alg&uacute;n detalle esta posibilidad. Si se extiende  este proyecto a contenidos individuales particulares, es dif&iacute;cil sostener su  codificaci&oacute;n gen&eacute;tica y el proyecto tiende a confundirse con la mem&eacute;tica, en  donde la aptitud de los memes es independiente de la de los organismos. Si se  restringe a contenidos con valor adaptativo para el organismo, entonces tiende  a concentrarse en tipos de contenidos m&aacute;s que en contenidos particulares, en  estructuras y esquemas mentales para acercarse a la realidad, como cuando se  postula una f&iacute;sica o una biolog&iacute;a <i>folk</i>, por ejemplo. Y en este caso se confunde con una EE de mecanismos. </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  se&ntilde;ala que la EE de mecanismos es la versi&oacute;n m&aacute;s  aceptable. Recientemente, bajo la influencia de R. Lewontin, algunos defensores  han propuesto una EE de mecanismos  no-adaptacionista. Se trata de aplicar a la EE  una idea de Lewontin, a saber, que los organismos no se adaptan pasivamente al  entorno, sino que son activos y muchas veces modifican y construyen el entorno  seg&uacute;n sus necesidades. Sin embargo, no han logrado dar un contenido emp&iacute;rico a  la idea de una construcci&oacute;n epist&eacute;mica del entorno que se distinga de la  construcci&oacute;n de nichos (por ejemplo, cuando la nutria construye diques). Aqu&iacute;  hay una analog&iacute;a de por medio, pero hace falta precisarla para entender sus  consecuencias propiamente epistemol&oacute;gicas. Esa precisi&oacute;n necesaria es lo que la  propuesta no ofrece. </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  concluye el cap&iacute;tulo con unas observaciones generales sobre el escepticismo  relativo a teor&iacute;as de la evoluci&oacute;n de la mente. Lewontin, por ejemplo, duda  acerca de la posibilidad de teorizar sobre la evoluci&oacute;n de la mente, aunque no  pone en duda que la selecci&oacute;n natural haya influido y moldeado la cognici&oacute;n  como rasgo biol&oacute;gico, m&aacute;s bien duda que podamos saber c&oacute;mo sucedi&oacute; esto. Los  cap&iacute;tulos 2 y 3 del libro contienen una respuesta a estas dudas. J. Fodor  desarrolla una cr&iacute;tica confusa, argumentando que la magnitud de un cambio  gen&eacute;tico nada dice sobre la magnitud de un cambio fenot&iacute;pico. Eso es verdad, pero  de ah&iacute; no puede extraerse ninguna cr&iacute;tica clara a la concepci&oacute;n adaptacionista  de la mente. Otro esc&eacute;ptico es H. Putnam, quien sostiene que la EE est&aacute; comprometida con una concepci&oacute;n realista infundada  e insostenible. El cap&iacute;tulo 4 desarrolla este asunto con mayor detenimiento y  dejamos su discusi&oacute;n para m&aacute;s adelante. </p>     <p  align="justify">En el cap&iacute;tulo 2, Di&eacute;guez se propone examinar la  historia natural de la mente y la utilidad del concepto de representaci&oacute;n que  subyace en ella. Argumenta que si bien podemos aceptar que todos los seres  vivos tienen cognici&oacute;n si procesan o manipulan informaci&oacute;n, no podemos afirmar  que todos ellos tengan conocimiento. Ese t&eacute;rmino implica procesos complejos con  pr&aacute;cticas de justificaci&oacute;n y racionalizaci&oacute;n. Dado este marco conceptual, s&oacute;lo  podremos hablar propiamente de conocimiento en el &aacute;mbito humano. La EE podr&aacute; examinar el origen y evoluci&oacute;n de las  capacidades cognitivas no humanas, con el &aacute;nimo de responder cuestiones relativas  a los mecanismos cognitivos antecesores de los procesos y mecanismos humanos. Y  esto es lo que pretende Di&eacute;guez en esta parte de su libro. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p  align="justify">Muchos bi&oacute;logos y fil&oacute;sofos afirman a menudo que el  mero procesamiento de informaci&oacute;n es suficiente para la atribuci&oacute;n de cognici&oacute;n  a un sistema (org&aacute;nico o artificial) y, en tal caso, organismos tan simples  como las bacterias y las amebas desplegar&iacute;an estas capacidades en sus  actividades de b&uacute;squeda de alimento y rechazo de ambientes da&ntilde;inos. Otros  te&oacute;ricos, en cambio, sostienen que para considerar que un organismo tiene  estados y mecanismos cognitivos debemos poder atribuirle representaciones. Pero  &iquest;qu&eacute; entendemos como &quot;representaci&oacute;n&quot;? Seg&uacute;n Di&eacute;guez, una representaci&oacute;n es un  estado de un sistema u organismo que responde a un est&iacute;mulo que proviene de su  ambiente y que le permite reaccionar de manera adecuada e este (75). De esta  forma, una representaci&oacute;n es un estado que co-var&iacute;a con un rasgo del mundo, que  representa y se dirige (que es intencional o tiene <i>aboutness</i>, como se suele decir) hacia ese rasgo  y, en consecuencia, determina causalmente la conducta del organismo o sistema.  Y, m&aacute;s all&aacute; de esto, como las representaciones tienen un contenido por el mismo  hecho de ser intencionales, entonces tienen un car&aacute;cter normativo seg&uacute;n el cual  pueden ser correctas o incorrectas, podr&iacute;amos decir: verdaderas o falsas, como  las creencias que constituyen conocimiento. </p>     <p  align="justify">Si  las representaciones son estados internos que se dirigen a otros rasgos del  mundo y que pueden ser incorrectos, entonces las bacterias y las amebas pueden  tener representaciones, puesto que pueden equivocarse al tomar, por ejemplo, un  entorno qu&iacute;mico da&ntilde;ino por uno benigno. Uno de los tipos de representaci&oacute;n m&aacute;s  interesante es el que se caracteriza como capaz de objetividad (siguiendo a  Jo&euml;lle Proust). Se trata de un tipo de representaci&oacute;n que puede ser  re-calibrado a partir de otras representaciones y en ese proceso no dispara  ninguna conducta fija (81). Se puede decir que est&aacute; desacoplado de las  conductas. Permitir&iacute;a a los organismos evaluar inputs o percepciones en cuanto  a posibles errores y ajustarlas antes de llevar a cabo cualquier acci&oacute;n. Seg&uacute;n  Di&eacute;guez, incluso organismos tan simples como los insectos est&aacute;n equipados con  esas representaciones. Por ejemplo, las abejas y las hormigas parecen tener  mapas cognitivos que les permiten ubicarse a trav&eacute;s de grandes extensiones  espaciales y, utilizando esos mapas de una forma desacoplada, llevar  informaci&oacute;n desde sitios lejanos a sus colmenas y hormigueros y, una vez all&iacute;,  desplegar conductas que transmiten la informaci&oacute;n almacenada, que es de vital  importancia para su supervivencia y reproducci&oacute;n. </p>     <p  align="justify">Parece  que entre m&aacute;s complejo sea el sistema nervioso del animal, m&aacute;s capacidad tiene  para procesar informaci&oacute;n y, con ello, para producir representaciones  abstractas y proto-inferencias. Di&eacute;guez cita experimentos que muestran c&oacute;mo los  loros y los cuervos pueden manejar conceptos abstractos como &quot;esfericidad&quot;,  &quot;igualdad&quot; y &quot;diferencia&quot;, y desarrollar razonamientos causales, tener  conductas muy flexibles, imaginaci&oacute;n e incluso simulaci&oacute;n (88-91). Pero el ser  humano tiene unas capacidades representacionales y cognitivas que sobrepasan  notoriamente a las de los dem&aacute;s animales. Fue el desarrollo del lenguaje  articulado, que seg&uacute;n los &uacute;ltimos estudios paleo-antropol&oacute;gicos apareci&oacute; en el  intervalo que va entre hace 250 mil y 60 mil a&ntilde;os, lo que le permiti&oacute; potenciar  y desarrollar sus capacidades mentales heredadas de sus ancestros y que le han  capacitado no s&oacute;lo para rastrear el mundo y sus rasgos, sino para desarrollar  meta-representaciones en relaci&oacute;n consigo mismo (auto-conocimiento), con los  dem&aacute;s <i>(mind-reading</i>),  explicitar articuladamente las razones que tiene para pensar o hacer algo y  llegar a construir ciencia, teor&iacute;as y tecnolog&iacute;a. </p>     <p  align="justify">En el cap&iacute;tulo 3, Di&eacute;guez se da a la tarea </i>de describir tanto el origen como la paticularidad de la inteligencia  humana. Sostiene que no hay razones para establecer una diferencia abismal y  absoluta entre los seres humanos y los dem&aacute;s animales. Aunque es cierto que hay  una diferencia bastante marcada, s&oacute;lo es de naturaleza gradual. </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  nos recuerda que hasta hace muy poco tiempo era com&uacute;n que se negara la  capacidad mental y de inteligencia a los animales no humanos. Sin embargo, en 1980,  Seyfarth, Cheney y Marler demostraron la capacidad de los monos tota para  comunicar la presencia de tres tipos de depredadores, &aacute;guilas, serpientes y  leopardos, mediante tres tipos distintos de llamadas. Hoy por hoy es  ampliamente aceptado y reconocido que los primates son muy inteligentes y  poseen habilidades cognitivas de muy variados tipos, desde el uso de  herramientas hasta la planificaci&oacute;n, pasando por la categorizaci&oacute;n de clases  naturales, artificiales e incluso funcionales (110-113). </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  se pregunta luego por la diferencia esencial entre estos animales inteligentes  y los humanos. Recoge y examina varias posibilidades. Algunos te&oacute;ricos, entre  los que Di&eacute;guez incluye a Kant, sostienen que el rasgo definitorio del ser  humano es su autoconsciencia, es decir, su &quot;conocimiento&quot; o representaci&oacute;n de  segundo orden de sus estados mentales de primer orden (116-117). Sin embargo,  existen experimentos con primates que muestran que se pueden reconocer en  espejos y fotos y que, por tanto, poseen la capacidad de autoconsciencia. Otro  rasgo que se ha sostenido como definitorio del ser humano es su moralidad. No  obstante, primat&oacute;logos con intereses filos&oacute;ficos, como Frans de Waal, sostienen  que hay una proto-moralidad en los monos superiores. Despliegan conductas  altruistas, de lealtad, de ayuda, conductas que son innatas y que tienen valor  adaptativo. Di&eacute;guez concuerda con la idea de que la moralidad humana tiene un  componente innato y heredado de sus ancestros, que est&aacute; basado en emociones  como la empat&iacute;a (120). Otra posible particularidad humana es la capacidad de  comprender otras mentes. Sobre este punto, Di&eacute;guez afirma que, aunque no hay  evidencia concluyente, parece que algunos primates tambi&eacute;n la tienen (122).  Relata c&oacute;mo Michael Tomasello, uno de los investigadores l&iacute;deres en este tema,  pas&oacute; de ser esc&eacute;ptico a defender que los chimpanc&eacute;s atribuyen estados mentales  a otros individuos. La &uacute;ltima caracter&iacute;stica que el autor examina es la  posesi&oacute;n de cultura, entendida como la transmisi&oacute;n de informaci&oacute;n mediante  aprendizaje social. Aqu&iacute; revisa algunas investigaciones que sugieren que  algunos primates tienen actividades que podr&iacute;an considerarse culturales, por  ejemplo, ciertas posturas de acicalado, uso de ciertas herramientas, cascado de  nueces, lavado de batatas, etc. (126). </p>     <p  align="justify">En  el cap&iacute;tulo 4, el m&aacute;s propositivo del libro, Di&eacute;guez argumenta que el realismo  epistemol&oacute;gico no puede ser probado a partir de la tesis de la evoluci&oacute;n de  nuestras capacidades cognitivas, pero esta &uacute;ltima tesis es completamente coherente  con &eacute;l y en algunos aspectos parece sugerirlo. En este cap&iacute;tulo, titulado  &quot;&iquest;Est&aacute; la verdad ah&iacute; afuera?&quot;, Di&eacute;guez se da a la tarea de analizar la relaci&oacute;n  entre la evoluci&oacute;n de nuestras capacidades cognitivas y las posiciones  realistas y antirrealistas en la tradici&oacute;n epistemol&oacute;gica. Para ello distingue  tres maneras de entender el realismo. </p>     <p  align="justify">En  primer lugar, se encuentra el realismo ontol&oacute;gico: esta tesis sostiene que el  mundo con sus objetos, eventos y propiedades existe independientemente de los  sistemas, organismos o sujetos que los representan. Desde un punto de vista  evolucionista, esta posici&oacute;n se convierte, como afirma Di&eacute;guez siguiendo a  Donald Campbell, en un realismo ontol&oacute;gico hipot&eacute;tico, puesto que la existencia  del mundo se presupone en la construcci&oacute;n de cualquier teor&iacute;a biol&oacute;gica  evolucionista que afirme que algunos organismos llegan a adquirir y desarrollar  mecanismos cognitivos (151-152). En este sentido, la creencia realista  constituye una condici&oacute;n necesaria para concebir la evoluci&oacute;n de capacidades  cognitivas, pues estas evolucionaron en un mundo precedente seg&uacute;n sus propias  regularidades y procesos. En rigor, parece que la creencia en un mundo  independiente no es una mera creencia entre otras, sino m&aacute;s bien un presupuesto  necesario de toda creencia.<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a> Di&eacute;guez sostiene que el realismo ontol&oacute;gico &quot;es poco interesante  desde el punto de vista del debate actual del realismo&quot; (154). Constituye un  presupuesto esencial del quehacer cient&iacute;fico y epistemol&oacute;gico y, por ello  mismo, es coherente con casi cualquier tipo de epistemolog&iacute;a tanto realista  como antirrealista, siendo in&uacute;til a la hora de elegir entre posiciones epistemol&oacute;gicas  encontradas. </p>     <p  align="justify">En  segundo lugar, est&aacute; el realismo sem&aacute;ntico: tal y como lo caracteriza Di&eacute;guez,  este tipo de realismo afirma que las creencias y las teor&iacute;as son verdaderas o  falsas en funci&oacute;n de su correspondencia con la realidad independiente. Como  bien afirma Di&eacute;guez, aunque la tesis del realismo sem&aacute;ntico ha sido confundida  con la del realismo epistemol&oacute;gico, existe una diferencia conceptual que nos  permite examinarlas por separado. Di&eacute;guez examina &uacute;nicamente las dos teor&iacute;as  sem&aacute;nticas m&aacute;s extendidas, a saber, la de coherencia y la de correspondencia,  para defender que la tesis de la evoluci&oacute;n de nuestros mecanismos cognitivos  respalda la segunda teor&iacute;a, la de la verdad como correspondencia. El argumento  de Di&eacute;guez para mostrar que la teor&iacute;a coherentista no puede articularse dentro  de una propuesta evolucionista, apela a la idea tradicional seg&uacute;n la cual la  mera coherencia &quot;no garantiza un contacto de nuestras creencias con la  realidad, ni permite que la experiencia juegue un papel causal en dichas  creencias&quot; (150-151). Pero aqu&iacute; Di&eacute;guez se apresura: los coherentistas no  asumen que la mera coherencia produce verdad. Al contrario, aceptan que la mera  coherencia no es suficiente para dar cuenta de la relaci&oacute;n entre creencias y  mundo, pues puede haber conjuntos de proposiciones internamente coherentes pero  contradictorias entre s&iacute;. Por eso sostienen que, para dar sentido a la idea de  que los organismos tienen creencias que son mayoritariamente verdaderas por ser  coherentes, debemos recordar que las creencias -a diferencia de las meras  proposiciones-, son estados de organismos f&iacute;sicos en un mundo f&iacute;sico, con  necesidades, deseos, intenciones, propensiones y dem&aacute;s. En consecuencia,  contrario a lo que nos dice Di&eacute;guez, el coherentista afirma que una creencia  tiene una presunci&oacute;n de ser verdadera, si es coherente con la mayor parte de  las creencias del organismo y, adem&aacute;s, est&aacute; conectada causalmente con el resto  de estados mentales del organismo y con el mundo, porque superviene a estados  f&iacute;sicos del organismo causalmente conectados entre s&iacute; y con el mundo (<i>cf.</i> Davidson 1986). La relaci&oacute;n de superveniencia y causaci&oacute;n asegura el contacto  necesario entre organismo y mundo para hablar tanto de verdad como de  adaptaci&oacute;n. </p>     <p  align="justify">Di&eacute;guez  nos dice que un realismo sem&aacute;ntico es defendible en cuanto permite explicar &quot;un  incremento en nuestras posibilidades de supervivencia y reproducci&oacute;n&quot; (151). Si  nuestra aptitud biol&oacute;gica depende de que podamos movernos satisfactoria y  exitosamente en el mundo, aun reconociendo la incapacidad que tenemos para  confrontar y comparar nuestras creencias con el mundo, parece plausible que la  evoluci&oacute;n nos haya provisto de creencias que correspondan a como son las cosas.  El problema con esta l&iacute;nea de argumentaci&oacute;n es que puede ser parafraseada en  t&eacute;rminos de verdad como coherencia, si incluimos en ella la superveniencia y la  causaci&oacute;n: creencias coherentes entre s&iacute; son verdaderas si supervienen a  estados f&iacute;sicos causalmente conectados entre s&iacute; y con el mundo, y por eso, son  &uacute;tiles y nos permiten actuar con &eacute;xito, nos ayudan a sobrevivir y a  reproducirnos. Creemos que Di&eacute;guez concluye de una forma apresurada en contra  de la teor&iacute;a coherentista (150-151). Esta constituye una v&iacute;a bastante plausible,  especialmente en la perspectiva evolucionista. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p  align="justify">&nbsp;En tercer y &uacute;ltimo lugar, el realismo  epistemol&oacute;gico: esta tesis sostiene, seg&uacute;n Di&eacute;guez, que los organismos pueden  conocer, es decir, tener representaciones verdaderas de un mundo que existe con  independencia de que se lo conozca. Aunque el realismo epistemol&oacute;gico quiere  presentar argumentos a favor de la posibilidad de creencias verdaderas en todos  los organismos y, en ese sentido, justificar su verdad, extendido a otros  animales no afirma que ellos tengan conocimiento -que implica pr&aacute;cticas de  justificaci&oacute;n que s&oacute;lo puede ser desarrollada en contextos sociales humanos-,  sino s&oacute;lo que pueden tener creencias verdaderas. </p>     <p  align="justify">La idea de la evoluci&oacute;n de la cognici&oacute;n puede  llevar a dos posiciones antag&oacute;nicas, en relaci&oacute;n con la posibilidad de  justificar la verdad de las creencias cotidianas sobre el mundo: la que asevera  que la evoluci&oacute;n por SN favorece la posibilidad  de tener creencias verdaderas y la que lo niega y m&aacute;s bien arguye que la evoluci&oacute;n  por SN favorece la fijaci&oacute;n de creencias  mayoritariamente falsas, pero &uacute;tiles, pues muchas representaciones falsas  pueden ser m&aacute;s &uacute;tiles que las verdaderas (163-164). Es innegable que existen  creencias falsas que juegan un papel positivo en la adaptaci&oacute;n de los  organismos: creencias falsas compartidas socialmente y que ayudan a la cohesi&oacute;n  en los grupos, como cuando los miembros de una tribu creen que sus enemigos no  son humanos, o creencias falsas que llevan a falsos positivos, cuando se cree  err&oacute;neamente que cierto rasgo es un signo fiable de un peligro inminente y la  creencia se mantiene porque, aunque es falsa, en ocasiones decisivas promueve  la supervivencia. La SN puede dotar a los  organismos con representaciones falsas, pero &uacute;tiles. Por su parte, el realista  responde que, aunque es cierto que algunas creencias falsas pueden ser  adaptativas, tambi&eacute;n es cierto que en muchas situaciones es necesario disponer  de creencias verdaderas, como cuando ellas motivan acciones muy precisas que  &quot;exigen una gran capacidad predictiva y de planificaci&oacute;n, y que dif&iacute;cilmente  podr&iacute;an realizarse con &eacute;xito sin una representaci&oacute;n b&aacute;sicamente correcta del  entorno, &#91;como&#93; los movimientos bal&iacute;sticos, como arrojar una piedra o una  lanza, o clavar un clavo&quot; (168). El problema con esta respuesta es que, aun  cuando sea correcta, no llega a mostrar que la mayor parte de las creencias de  los organismos deban ser verdaderas y que, por lo tanto, los mecanismos cognitivos  sean b&aacute;sicamente fiables. Sin embargo, el antirrealista no est&aacute; en una mejor  posici&oacute;n. Como arguye Di&eacute;guez, el antirrealista no tiene una explicaci&oacute;n  plausible, ni mucho menos &quot;convincente de c&oacute;mo nuestras capacidades cognitivas  podr&iacute;an dar lugar a creencias falsas que sistem&aacute;ticamente, y no s&oacute;lo aisladamente,  conduzcan a conductas adaptativas&quot; (179). Mientras que el realista cuenta con  una explicaci&oacute;n plausible, interesante y m&aacute;s bien convincente de por qu&eacute;  tenemos mecanismos cognitivos fiables que producen creencias mayoritariamente  verdaderas: &quot;las creencias verdaderas son todas ellas, por el hecho de ser  adecuadas a la realidad, potencialmente capaces de dar lugar a conductas  adaptativas&quot; (id.), esto es, potencialmente capaces de producir conductas  acordes a la realidad, porque la representan como efectivamente es. En  conclusi&oacute;n, aunque el argumento evolutivo no muestra que nuestras creencias son  en su mayor parte   verdaderas, es completamente compatible con esta &uacute;ltima idea y parece m&aacute;s af&iacute;n  a ella que a la idea de que son mayoritariamente falsas. </p>     <p  align="justify">A  pesar de esta interesante l&iacute;nea de argumentaci&oacute;n, insistimos en que el realismo  epistemol&oacute;gico no tiene que ir de la mano de la teor&iacute;a de la verdad como  correspondencia. Uno de los aciertos del texto de Di&eacute;guez es sostener una  distinci&oacute;n conceptual entre la tesis del realismo sem&aacute;ntico y la del realismo  epistemol&oacute;gico. As&iacute;, es posible defender que los organismos tienen creencias  verdaderas acerca del mundo (realismo epistemol&oacute;gico) y adoptar, sin embargo,  una caracterizaci&oacute;n de la verdad como utilidad y coherencia. La cr&iacute;tica del  antirrealismo epistemol&oacute;gico puede hacerse sin tener que aceptar de antemano  una caracterizaci&oacute;n correspondentista de la verdad. De hecho, habr&iacute;a que  analizar y replantear, sobre la base de una teor&iacute;a evolucionista de las  capacidades cognitivas, el concepto mismo de creencia verdadera. Una teor&iacute;a de  la verdad basada en la coherencia, la superveniencia y la causalidad f&iacute;sica  pueden ser interesantes para la EE. </p>     <p  align="justify">En su &uacute;ltimo cap&iacute;tulo, Di&eacute;guez examina la posici&oacute;n  perspectivista y antirrealista de Nietzsche, quien, en palabras de Di&eacute;guez, es  considerado como uno de los antecedentes m&aacute;s claros de la actual epistemolog&iacute;a  evolucionista. La tesis antirrealista de Nietzsche se apoya en la idea de que  el mundo est&aacute; en absoluto y constante devenir. Por lo tanto, al utilizar  nuestras capacidades conceptuales y ling&uuml;&iacute;sticas que nos ayudan a categorizar y  a &quot;disecar&quot; la realidad, no hacemos sino falsear el mundo, aunque ello sea &uacute;til  para sobrevivir. Como vimos en el cap&iacute;tulo 4, la teor&iacute;a evolucionista no nos  permite conclusiones dogm&aacute;ticas en este punto. El antirrealismo de Nietzsche se  basa en la afirmaci&oacute;n dogm&aacute;tica y metaf&iacute;sica de la realidad como puro devenir. </p>     <p  align="justify">No  podemos concluir sin felicitar al autor por haber proporcionado en lengua  castellana una presentaci&oacute;n muy completa de la perspectiva evolucionista y  naturalista en epistemolog&iacute;a. Se trata de un libro que proporciona a sus  lectores informaci&oacute;n actualizada, concisa y detallada en el espacio disponible;  y es tambi&eacute;n un modelo de claridad en la exposici&oacute;n y en la presentaci&oacute;n  equilibrada de los argumentos a favor y en contra de la idea de una ciencia de  la evoluci&oacute;n de la mente, todav&iacute;a controversial entre fil&oacute;sofos, pero que &quot;ha  llegado para quedarse&quot;. </p> <hr size="1" />     <p  align="justify"><b>Bibliograf&iacute;a</b> </p>     <!-- ref --><p  align="justify">Dancy, J.<i> Introducci&oacute;n a la epistemolog&iacute;a contempor&aacute;nea</i>. Prades  Celma, J.L. (trad.). Madrid:  Tecnos, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000029&pid=S0120-0062201200030001700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p  align="justify">Davidson,  D. &quot;A Coherence Theory of Truth and Knowledge&quot;. <i>Truth and Interpretation. Perspectives on  the Philosophy of Donald Davidson</i>, LePore, E. (ed.). Oxford UK  and Cambridge MA: Blackwell, 1989.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000031&pid=S0120-0062201200030001700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p  align="justify">Dewey, J. <i>La busca de la certeza: un estudio de la relaci&oacute;n entre el conocimiento  y la acci&oacute;n</i>. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1952.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000033&pid=S0120-0062201200030001700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p  align="justify">Rorty, R. (1979). <i>Philosophy and the  Mirror of Nature</i>. New Jersey: Princeton University Press. (<i>La  filosof&iacute;a y el espejo de la naturaleza</i>. Madrid: Ediciones  C&aacute;tedra, 1989).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000035&pid=S0120-0062201200030001700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p  align="justify">Quine, W. V. O.  &quot;Naturalizaci&oacute;n de la epistemolog&iacute;a&quot;. <i>Relatividad ontol&oacute;gica y otros ensayos</i>.  Madrid: Tecnos, 1969.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000037&pid=S0120-0062201200030001700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p> <hr size="1" />     <p  align="justify"><span class="NotaalpieCONTENIDO"><a href="#spie1" name="pie1">1</a> Es interesante notar  que Wittgenstein, en su texto Sobre la certeza, sostuvo una tesis similar: la  creencia en un mundo externo, independiente de la mente, no es propiamente un  conocimiento (que se deba justificar) o una creencia ordinaria, sino una  certeza. </span></p> <hr size="1" />     <p  align="right"><b>JUAN DIEGO MORALES</b><br />   Universidad  Nacional de Colombia<br /> <a href="mailto:audiopticaeshacer@gmail.com"><i>audiopticaeshacer@gmail.com</i></a></p>     <p  align="right"><b>ALEJANDRO ROSAS</b><br />   Universidad  Nacional de Colombia<br /> <a href="mailto:arosasl@unal.edu.co"><i>arosasl@unal.edu.co</i></a></p> </font>      ]]></body><back>
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