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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Trad. Raúl Gabas. Barcelona: Herder, 2013. 96 pp]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p><a href="http://dx.doi.org/10.15446/ideasyvalores.v63n156.47043" target="_blank">http://dx.doi.org/10.15446/ideasyvalores.v63n156.47043</a></p>     <p align="center"><font size="4"><b>Han, Byung-Chul. </B><I>La sociedad de la transparencia. </I>Trad. Ra&uacute;l Gabas. Barcelona: Herder, 2013. 96 pp.</font></p>     <p>Lo hemos visto muchas veces en la historia del pensamiento, pero no deja de asombrar lo potentes e iluminadoras que pueden resultar algunas obras filos&oacute;ficas cuando son breves. Hace casi diez a&ntilde;os, Harry G. Frankfurt se encaram&oacute; en las listas de <I>best sellers</I> con su op&uacute;sculo <I>On Bullshit: sobre la manipulaci&oacute;n de la verdad</I>. Aquel memorable ensayo comenzaba anunciando la gran cantidad de charlataner&iacute;a que se da en nuestra cultura, denunciaba c&oacute;mo la falta de un concepto claro de esta contribu&iacute;a a nuestra incapacidad de valorar su significado e importancia, ensayaba distintas definiciones de charlataner&iacute;a y, tras establecer que esta es peor que la mentira, cerraba la obra ofreciendo dos causas de por qu&eacute; abunda en nuestros d&iacute;as. </p>     <p>Uno pod&iacute;a discutir el m&eacute;todo anal&iacute;tico de Frankfurt &ndash;sobre todo, en su ardua disecci&oacute;n de los t&eacute;rminos sem&aacute;nticamente cercanos a la charlataner&iacute;a&ndash; e incluso sus presupuestos de fondo cartesianos &ndash;al fin y al cabo, su punto de partida era que la falta de una idea clara y distinta de charlataner&iacute;a nos resta libertad de maniobra&ndash;. Pero su conclusi&oacute;n te&oacute;rica y l&oacute;gica resultaba tan deslumbrante como incontestable, pues sosten&iacute;a que all&iacute; donde prolifera el escepticismo sobre la posibilidad de conocer las cosas como realmente son es, desde todo punto, normal que surja la charlataner&iacute;a &ndash;que, justamente, es la ausencia de inter&eacute;s por la verdad, o la indiferencia ante el modo de ser de las cosas&ndash;. Aqu&iacute; se advert&iacute;a la sustancia <I>filos&oacute;fica</I> del librito de Frankfurt: el escepticismo es la causa <I>&uacute;ltima</I> de la charlataner&iacute;a. Conclusi&oacute;n a la que llegaba en apenas ochenta p&aacute;ginas que, en realidad, ten&iacute;an m&aacute;s que ver con el formato de encuadernaci&oacute;n que con la extensi&oacute;n de su contenido. </p>     <p><I>La sociedad de la transparencia </I>comparte este af&aacute;n por abordar un asunto que est&aacute; en boga, y ahondar en sus implicaciones para la vida humana. Byung-Chul Han es un fil&oacute;sofo alem&aacute;n de origen coreano, con estudios en filosof&iacute;a, literatura alemana y teolog&iacute;a cat&oacute;lica, doctorado en 1994 por la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Heidegger, y actualmente profesor de filosof&iacute;a y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berl&iacute;n. Muchos lo consideran un fil&oacute;sofo ascendente y no es de extra&ntilde;ar: domina varios temas de inter&eacute;s social (internet, racionalidad digital, seguridad, amor, narcisismo y des&oacute;rdenes psicol&oacute;gicos) y sabe encuadrarlos en el discurso de la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea que los explica. Tanto el asunto elegido para <I>La sociedad de la transparencia</I>, como el modo de enfocarlo, no ser&aacute;n extra&ntilde;os para aquellos hispanohablantes que hayan le&iacute;do a Daniel Innerarity o Vicente Verd&uacute;. Los juegos de palabras, el retorcimiento del lenguaje para dar lugar a significados imprevistos o la mirada atenta que busca entender un fen&oacute;meno dentro de un marco de cambio sociol&oacute;gico, son los principales recursos de Han, junto con el esperable aparato cr&iacute;tico moderno y posmoderno: Rousseau, Kant, Nietzsche, Simmel, Benjamin, Baudrillard, Barthes, Agamben, Sennett o &#381;i&#382;ek son los principales fil&oacute;sofos y soci&oacute;logos que Han elige para explicarnos un fen&oacute;meno &ndash;el del af&aacute;n de transparencia&ndash; hoy tan extendido como desconcertante. &iquest;Resultado? Una peque&ntilde;a joya que quiz&aacute; no deslumbre por la heterodoxia de sus tesis, pero que, sin duda, ampl&iacute;a nuestra comprensi&oacute;n del mundo que nos rodea. </p>     <p>"Ning&uacute;n otro lema domina hoy tanto el discurso p&uacute;blico como la transparencia" (11), afirma Han en la primera frase del libro, y en un r&aacute;pido repaso mental puede el lector corroborar la verdad de dicho aserto: ya sea como libertad de informaci&oacute;n, como exigencia en la gesti&oacute;n pol&iacute;tica, en la administraci&oacute;n de empresas, en la regulaci&oacute;n de los mercados o en las directrices de responsabilidad social, pareciera que la transparencia es, de hecho, la clave de moda para el buen funcionamiento de todas estas iniciativas humanas. Pero es m&aacute;s que eso. Para Han, de hecho, la ubicua exigencia de transparencia indica en realidad un cambio de paradigma: de la sociedad de la negatividad a la <I>sociedad positiva</I>, que es como se manifiesta primeramente la sociedad de la transparencia, y como titula Han el primer cap&iacute;tulo de esta obrita. En los ocho siguientes ir&aacute; desgranando cr&iacute;ticamente las diversas formas en que se manifiesta la exigencia de transparencia: como exposici&oacute;n, como evidencia, como pornograf&iacute;a, como aceleraci&oacute;n, como intimidad, como informaci&oacute;n, como revelaci&oacute;n y como control. </p>     <p>En un primer acercamiento, no deja de resultar parad&oacute;jico que la sociedad positiva se articule en torno a un mont&oacute;n de problem&aacute;ticas negaciones: no a las lagunas de informaci&oacute;n (<I>pero sin laguna de saber el pensamiento degenera en c&aacute;lculo</I>), no a la dial&eacute;ctica (<I>que se demora en lo negativo</I>); no a la hermen&eacute;utica; no al sentimiento negativo, como el sufrimiento y el dolor (<I>aunque sea lo que haga nacer y crecer el esp&iacute;ritu humano</I>); no a la teor&iacute;a, porque selecciona (<I>aunque es imposible prescindir por completo de ella</I>); no a la pol&iacute;tica, por estrat&eacute;gica y partidaria (<I>cosa que tambi&eacute;n es imposible</I>) y, en todo caso, s&iacute; a una pol&iacute;tica "despolitizada", sin ideolog&iacute;a, solo con opiniones y administraci&oacute;n de necesidades sociales que dejan intacto lo ya existente (<I>cf. </I>17-22). </p>     <p>Todo se hace transparente cuando se inserta sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicaci&oacute;n y la informaci&oacute;n. Y as&iacute; la acci&oacute;n "transparente" pasa a ser <I>operaci&oacute;n</I>, sometida a procesos de c&aacute;lculo, direcci&oacute;n y control. El tiempo resulta transparente cuando es la sucesi&oacute;n de un presente disponible, sin destino ni eventos. Las im&aacute;genes se vuelven transparentes cuando carecen de profundidad hermen&eacute;utica y sentido. Las cosas en general "transparecen" cuando se despojan de su singularidad y se expresan en precio. El mismo lenguaje se hace transparente como lengua formal, maquinal, operacional y sin ambivalencia (<I>cf. </I>11-13). El inconveniente, claro est&aacute;, es que m&aacute;s transparencia (ling&uuml;&iacute;stica) no equivale a m&aacute;s verdad, sino acaso a m&aacute;s abundancia informativa. La verdad "es una negatividad en cuanto se pone e impone declarando falso todo lo <I>otro</I>" (23), y, por eso, a menos verdad, m&aacute;s informaci&oacute;n, remata provocativamente Han, y, aunque no se cite, uno no puede dejar de hacer la conexi&oacute;n con la idea de Frankfurt de que a m&aacute;s escepticismo (<I>menos verdad</I>), m&aacute;s charlataner&iacute;a (<I>m&aacute;s informaci&oacute;n</I>). </p>     <p>En la sociedad positiva, las cosas, convertidas en mercanc&iacute;a, han de <I>exponerse</I> para <I>ser</I>, y desaparece as&iacute; su <I>valor cultual </I>&ndash;el que tienen las cosas por existir&ndash; a favor del <I>valor de exposici&oacute;n</I> &ndash;el que tienen por ser vistas (Benjamin) (<I>cf. </I>25-26)&ndash;. La econom&iacute;a capitalista, se&ntilde;ala Han, somete a un tipo especial de coacci&oacute;n donde las cosas y el sujeto se miden por su valor de exposici&oacute;n: "El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violencia" (31). Se renuncia a toda <I>peculiaridad de las cosas</I> y, as&iacute;, lo esencial o invisible no existe, porque no engendra ninguna atenci&oacute;n. Lo cual, llevado al extremo, tiene consecuencias muy graves para la vida humana, pues si el mundo en general se convierte en un espacio de exposici&oacute;n, el habitar que construye la identidad deja de ser posible. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La transparencia, prosigue Han, va unida a un <I>vac&iacute;o de sentido</I>, pues el sentido requiere una comunicaci&oacute;n menos r&aacute;pida y m&aacute;s compleja que la informaci&oacute;n y las im&aacute;genes inequ&iacute;vocas, a las que les falta toda la <I>ruptura </I>que desatar&iacute;a una reflexi&oacute;n, una revisi&oacute;n, una meditaci&oacute;n. Todo ello, concluye Han, tiene que ver con m&aacute;s negaciones que exige la sociedad de la transparencia cuando se manifiesta como sociedad de la exposici&oacute;n; a saber, no a la distancia, no a la contemplaci&oacute;n, no a la mirada (<I>aunque, l&oacute;gicamente, s&iacute; al contacto</I>), no a la cercan&iacute;a (<I>que es rica en espacio</I>) y, en definitiva, s&iacute; a la uniformidad (<I>cf. </I>32-33). "El sistema social", insiste Han, "somete hoy todos sus procesos a una coacci&oacute;n de transparencia para hacerlos operacionales y acelerarlos" (12), incluido todo lo que tenga que ver con la vida personal. "La coacci&oacute;n de la transparencia nivela al hombre mismo hasta convertirlo en un elemento funcional de un sistema. Ah&iacute; est&aacute; la violencia de la transparencia" (14). El problema es que los rasgos que constituyen la vida en general &ndash;la espontaneidad, el acontecer, la libertad&ndash; no admiten ninguna transparencia. Ni siquiera es posible ni deseable la transparencia interpersonal, pues las relaciones humanas est&aacute;n vivas y son f&eacute;rtiles cuando detr&aacute;s de toda revelaci&oacute;n se presiente y espera un <I>ultim&iacute;simo</I> (Simmel). A la imposici&oacute;n de la transparencia, de hecho, le falta la <I>ternura</I>, que "no es sino el respeto a una <I>alteridad </I>que no puede eliminarse por completo". De ah&iacute; que, como subraya Han con mucha lucidez, "ante el af&aacute;n de transparencia que se est&aacute; apoderando de la sociedad actual, ser&iacute;a necesario ejercitarse en la <I>actitud de la distancia</I>" (15-16). </p>     <p>La sociedad de la transparencia es, tambi&eacute;n, sociedad de la evidencia, que quita encanto a las cosas y las hace evidentes para as&iacute; introducirlas en procedimientos que otorgan al ser humano la sensaci&oacute;n de dominio y control sobre lo real. El problema es que, al hacerlo, perdemos las cosas, pues la <I>procedimentalizaci&oacute;n</I>, que presenta lo real como evidente, lo hace al precio de intelectualizar las cosas y restarles consistencia. Por eso, insin&uacute;a Han, la coacci&oacute;n de la transparencia hace de la imaginaci&oacute;n un excedente in&uacute;til. La imaginaci&oacute;n, seg&uacute;n Kant, juega con las cosas en un espacio donde nada est&aacute; definido con firmeza ni delimitado con claridad, y  no es transparente para s&iacute; misma; la autotransparencia es, m&aacute;s bien, t&iacute;pica del entendimiento, que no "juega" sino que "trabaja" con ideas claras (<I>cf. </I>35, 37). Frente a la obsesi&oacute;n de hacerlo todo transparente, Han reivindica la defensa nietzscheana de la apariencia, la m&aacute;scara, el secreto, el enigma, el ardid y el juego. "Hay mucha bondad en la astucia", dir&aacute; Nietzsche en <I>M&aacute;s all&aacute; del bien y del mal</I>. "Todo esp&iacute;ritu profundo necesita una m&aacute;scara", porque lo <I>completamente otro</I>, lo <I>nuevo</I>, solo prospera detr&aacute;s de una m&aacute;scara que protege de lo <I>igual</I> (<I>cf. </I>41). Y, as&iacute;, concluye Han la tercera parte de su libro, donde la transparencia se manifiesta como evidencia, se produce una extinci&oacute;n del <I>eros</I>, desaparece la habilidad de buscar lo otro, lo extra&ntilde;o, lo indisponible y, con ello tambi&eacute;n &ndash;como explicar&aacute; en su siguiente obra <I>La agon&iacute;a del eros</I>&ndash;, la capacidad de pensar, que se apoya justamente en el deseo de algo que a&uacute;n no se entiende. Una idea que Han corrobora rescatando el pensamiento de Agust&iacute;n, para quien ni siquiera la Sagrada Escritura es evidente, sino oscura y metaf&oacute;rica, pues la capa figurada erotiza la palabra y la convierte en objeto de deseo (<I>cf. </I>42-43). </p>     <p>La p&eacute;rdida de esta capacidad er&oacute;tica en el sujeto actual va unida a la presencia desmesurada de pornograf&iacute;a en la vida corriente, en que el cuerpo humano (sobre todo el femenino) aparece como reclamo para todo. La s&iacute;ntesis de teolog&iacute;a, est&eacute;tica y semi&oacute;tica, que Han lleva a cabo para criticar este estado de cosas, es muy brillante. La desnudez de la criatura, dir&aacute;, no es pornogr&aacute;fica: es <I>sublime</I>, porque es signo que apunta a otra cosa, al ser del creador. En cambio, la desnudez pornogr&aacute;fica &ndash;sin misterio&ndash; es violenta, porque hace parecer al cuerpo lo que no es &ndash; solo carne&ndash;. El capitalismo agudiza la sociedad porno, en cuanto lo expone todo como mercanc&iacute;a hipervisible para maximizar su valor de exposici&oacute;n (<I>cf. </I>46, 48, 51). Por eso, el problema de la sociedad porno va m&aacute;s all&aacute; de la exposici&oacute;n indiscriminada del cuerpo. Es obscena la transparencia que entrega <I>todo</I> a la mirada, dir&aacute; Han. Y, en cierta manera, hoy todas las im&aacute;genes medi&aacute;ticas son m&aacute;s o menos pornogr&aacute;ficas, pues, por complacientes, les falta todo <I>punctum</I>, toda interrupci&oacute;n y demora contemplativa. A lo sumo, son objeto de <I>studium</I>, de un "me gusta" que acumula datos sin pasi&oacute;n ni comprensi&oacute;n. Las im&aacute;genes pornogr&aacute;ficas no necesitan interpretaci&oacute;n ni contexto cultural, son puro espect&aacute;culo sin informaci&oacute;n (<I>cf. </I>55, 57). </p>     <p>Este car&aacute;cter pornogr&aacute;fico, acultural y poshermen&eacute;utico de la imagen contempor&aacute;nea habla bien del temple ahist&oacute;rico de las actuales sociedades occidentales. "La sociedad de la transparencia elimina todos los rituales y ceremonias, en cuanto que estos no pueden hacerse operacionales, porque son un impedimento para la aceleraci&oacute;n de los ciclos de informaci&oacute;n, la comunicaci&oacute;n y la producci&oacute;n" (60). En efecto, solo puede acelerarse un proceso <I>aditivo </I>(como la operaci&oacute;n de un procesador, que no tiene final), pero no uno <I>narrativo</I> (como las procesiones, los rituales y las ceremonias, que tienen un sentido, un final y un tiempo propios). Por eso, se&ntilde;ala Han, la sociedad de la transparencia se manifiesta en su relaci&oacute;n con el tiempo como una sociedad de la aceleraci&oacute;n, en la medida en que  la coacci&oacute;n de la transparencia destruye el aroma de las cosas y el aroma del tiempo, que transcurre sin direcci&oacute;n y se descompone en una mera sucesi&oacute;n de presentes atomizados. "Con ello, el tiempo se hace aditivo y queda vac&iacute;o de toda narratividad" (65), como sab&iacute;amos desde que Lyotard defini&oacute; la &eacute;poca posmoderna como la &eacute;poca del rechazo de los "grandes relatos" que pretenden explicar objetivamente el sentido de la vida, de la historia, del hombre y de Dios. Esta ca&iacute;da de las grandes narraciones &ndash;singularmente, la idea de progreso&ndash; tendr&aacute; consecuencias directas sobre el individuo y su identidad, que el soci&oacute;logo Zygmunt Bauman ha visto bien al contrastar la figura moderna del <I>peregrino </I>&ndash;que se plantea la vida como un viaje al t&eacute;rmino del cual se encuentra a s&iacute; mismo&ndash; con la figura posmoderna del <I>turista</I>, el <I>comprador </I>o el <I>vagabundo</I>, que deambulan por la vida como una sucesi&oacute;n o acumulaci&oacute;n de experiencias aisladas, sin hilo narrativo que les otorgue sentido, aprovechando las oportunidades que ofrece la sociedad de consumo y renunciando a la construcci&oacute;n de su identidad. </p>     <p>Quiz&aacute; la sociedad contempor&aacute;nea haya renunciado a la idea de progreso como descriptor objetivo de la historia, pero eso no significa que haya renunciado al af&aacute;n, singularmente del individuo, de conocer y de conocerlo todo. Por eso, la sociedad de la transparencia es, tambi&eacute;n, una sociedad &iacute;ntima. El mundo de hoy no es, desde luego, lugar de representaci&oacute;n teatral de acciones y sentimientos, sino de la exposici&oacute;n mercantil de intimidades para consumir. Pero la prensa del coraz&oacute;n o la incesante publicaci&oacute;n de "estados" en las redes sociales son fen&oacute;menos en modo alguno inofensivos. Pues, de hecho, la coacci&oacute;n de exponer la intimidad rompe la sociabilidad, que si algo pide es una cierta distancia entre personas. La sociedad &iacute;ntima, se&ntilde;ala Han, elimina signos rituales, ceremoniales &ndash;en los que uno se evadir&iacute;a de <I>s&iacute; mismo</I>&ndash;, y, al final, est&aacute; poblada por narcisistas sujetos &iacute;ntimos que se encuentran a s&iacute; mismos en todas partes (<I>cf. </I>68, 70-71). Nuevamente, como vemos, m&aacute;s informaci&oacute;n no incrementa el conocimiento, solo lo banaliza y oscurece. Desde la antig&uuml;edad hasta la ilustraci&oacute;n, el discurso filos&oacute;fico y teol&oacute;gico ha empleado la met&aacute;fora de la luz, que brota de una <I>fuente </I>o un <I>origen </I>que obliga, promete o proh&iacute;be (Dios o la raz&oacute;n) y, as&iacute;, desarrolla una <I>negatividad</I>. Pero a la sociedad de la transparencia le falta esa tensi&oacute;n metaf&iacute;sica, pues no la ilumina la luz que brota de una fuente trascendente. Por eso, es sociedad de la informaci&oacute;n que, <I>como tal</I>, es un fen&oacute;meno de transparencia, porque le falta toda negatividad y, con ello, verdad. Un aumento de informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n, de hecho, no inyecta ninguna <I>luz</I> ni esclarece por s&iacute; solo el mundo, sino que lo hace m&aacute;s intrincado (<I>cf. </I>76-77, 79-80). </p>     <p>Pues bien, en las dos &uacute;ltimas secciones del libro, Han propone dos causas &ndash;una m&aacute;s &uacute;ltima que otra&ndash; que esclarecer&iacute;an el fen&oacute;meno de la transparencia. Este tendr&iacute;a, en primer lugar, una causa hist&oacute;rica. El af&aacute;n de transparencia nace en el siglo XVIII (el del teatro del mundo) como reacci&oacute;n ante la hipocres&iacute;a y la apariencia: la expresi&oacute;n no ha de ser una pose, sino un reflejo del coraz&oacute;n transparente, como dir&iacute;a Rousseau, cuyo ideal era que el car&aacute;cter fuera igual al comportamiento (<I>cf. </I>81, 84-85). El problema es que la ininterrumpida exhibici&oacute;n interconectada de hoy ha desembocado en una suerte de esclavitud obligatoria, de p&eacute;rdida de libertad alegremente asumida y de mayor control por parte de todos sin un centro claro. Por eso, la sociedad de la transparencia se manifiesta, en su vertiente m&aacute;s peligrosa, como sociedad del control, y </p>    <blockquote>     <p>&#91;...&#93; la sociedad del control se consuma all&iacute; donde su sujeto se desnuda no por coacci&oacute;n externa, sino por la necesidad engendrada en s&iacute; mismo, es decir, all&iacute; donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e &iacute;ntima cede a la necesidad de exhibirse sin verg&uuml;enza (89-90). </p></blockquote>     <p>&iquest;Por qu&eacute; surge, entonces, esta necesidad y exigencia de autoexhibici&oacute;n? Para Han, la causa &uacute;ltima es antropol&oacute;gica: a menos confianza, se impone una mayor vigilancia y se exige m&aacute;s transparencia: </p>    <blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La confianza solo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relaci&oacute;n con el otro, construir una relaci&oacute;n positiva con &eacute;l. La confianza hace posibles acciones a pesar de la falta de saber &#91;...&#93; &#91;Por eso&#93; donde domina la transparencia, no se da ning&uacute;n espacio para la confianza &#91;...&#93; La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que, a causa de la desaparici&oacute;n de la confianza, se apoya en el control. (91-92) </p></blockquote>     <p>De hecho, la coacci&oacute;n de la transparencia no es, al final, un imperativo moral, sino fundamentalmente econ&oacute;mico, pues cuando se esfuma la confianza en el otro, la convivencia solo es posible si sabemos en todo momento las intenciones de los dem&aacute;s, si sus actos son trazables y si su vida, en definitiva, est&aacute; expuesta a la mirada vigilante de todos. </p>     <p align="right"><b>JUAN PABLO SERRA</b>    <br> Universidad Francisco de Vitoria Madrid - Espa&ntilde;a    <br> <I><a href="mailto:j.serra.prof@ufv.es">j.serra.prof@ufv.es</a></I></p>  </font>      ]]></body>
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