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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[¿Primado de la certeza? Sobre la pérdida de realidad en el realismo "moderno"]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p><a href="http://dx.doi.org/10.15446/ideasyvalores.v65n161.57441" target="_blank">http://dx.doi.org/10.15446/ideasyvalores.v65n161.57441</a></p>      <p align="center"><font size="4"><b>&iquest;Primado de la certeza?    <BR> Sobre la p&eacute;rdida de realidad  en el realismo "moderno"</b></font></p>     <P align="right">Berthold Wald</p>       <p align="center"><font size="3"><b>Nota del traductor</b></font></p>      <p>La presente traducci&oacute;n est&aacute; hecha seg&uacute;n el texto original alem&aacute;n    &bdquo;Primat der Gewissheit? Zum Wirklichkeitsverlust im modernen    Realismus" publicado en la <I>Revista Internacional d'Humanitats</I> 14.23 (2011): 5-20. Agradecemos al Prof. Dr. Berthold Wald y al Prof. Jean Lauand (director de la <I>Revista Internacional d'Humanitats</I>) por la autorizaci&oacute;n para traducir y publicar este art&iacute;culo. Tambi&eacute;n  hacemos extensivo nuestro agradecimiento al Prof. Dr. Mart&iacute;n Zubir&iacute;a por la revisi&oacute;n y cotejo de nuestra traducci&oacute;n con el original alem&aacute;n.</p>      <P align="right">Mariano F. Mart&iacute;n    <br> Traducci&oacute;n    <br> CONICET - Universidad Nacional de Cuyo - Mendoza - Argentina    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <I><a href="mailto:mmartin@mendoza-conicet.gob.ar">mmartin@mendoza-conicet.gob.ar</a></I></p> <hr>      <p><B>I. Certeza del saber y dignidad del objeto de conocimiento</b></p>      <p><I>Primac&iacute;a de la dignidad del objeto del conocimiento en Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino </I></p>      <p>Como es sabido, la <I>Metaf&iacute;sica </I>de Arist&oacute;teles comienza con la constataci&oacute;n: "Todos los hombres se dirigen por naturaleza hacia el saber" (980a 21). Esto de ninguna manera es tan trivial y evidente, como puede parecer en un primer momento. La posici&oacute;n ya hab&iacute;a sido presentada por los antiguos sofistas, y se renov&oacute; en el comienzo de la filosof&iacute;a moderna. Fue formulada por primera vez en el di&aacute;logo plat&oacute;nico <I>Gorgias</I> por el sofista Calicles, y reza: por naturaleza los hombres no aspiran al saber sino al poder (<I>cf. </I>484 y ss.). "<I>To know something means to know what can I do with it when I have it</I>", reza la frase que se atribuir&aacute;, dos mil a&ntilde;os m&aacute;s tarde, a Thomas Hobbes. Su contempor&aacute;neo, aunque m&aacute;s viejo que &eacute;l, Francis Bacon, ya antes hab&iacute;a exigido, bajo una apelaci&oacute;n al <I>Organon</I> de Arist&oacute;teles, un <I>Novum Organum</I>,<Sup>1</Sup> una renovaci&oacute;n de las ciencias; buscar el conocimiento ya no por s&iacute; mismo, sino por su utilidad. Pues tambi&eacute;n, para Bacon, vale aquello de "saber es poder".</p>      <p>Para este nuevo concepto pr&aacute;ctico de la ciencia, la dignidad del saber ya no se determina a partir el objeto, sino que descansa exclusivamente en la certeza del saber asequible.<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup> En comparaci&oacute;n, Tom&aacute;s de Aquino hab&iacute;a apelado de manera muy obvia, a prop&oacute;sito de la pregunta por el rango de la teolog&iacute;a como ciencia, a la distinci&oacute;n aristot&eacute;lica entre la dignidad del objeto de conocimiento y la certeza del saber. "En las ciencias especulativas se habla, en efecto, de una primac&iacute;a de la ciencia frente a las otras, tanto a causa de la certeza de sus conocimientos, como tambi&eacute;n a causa de la dignidad de su objeto" (ST I, Q. 1, A 5).</p>      <p>El rango m&aacute;s elevado de la teolog&iacute;a frente a la metaf&iacute;sica quiere decir: su mayor dignidad como ciencia no se determina por una certeza superior de su conocimiento, sino que se establece por su objeto que no puede ser sobrepujado: la propia Revelaci&oacute;n hist&oacute;rica de Dios. Contrario que para Bacon, la utilidad del saber no debe coincidir con la certeza de lo sabido; esto lo confirma la continuaci&oacute;n del argumento, en el que Tom&aacute;s nuevamente invoca a Arist&oacute;teles: "No obstante, el conocimiento &iacute;nfimo que podamos alcanzar de las verdades supremas es m&aacute;s digno &#91;<I>dignior</I>&#93;, y nuestro anhelo por ese conocimiento m&aacute;s adecuado, que el conocimiento m&aacute;s seguro de las cosas &iacute;nfimas" (<I>ibd.</I>).</p>      <p>Pero se alud&iacute;a aqu&iacute; a una utilidad existencial distinta; no a la ventaja para la supervivencia mediante el saber, sino al aporte de este a una vida llena de sentido.</p>      <p><I> Primac&iacute;a de la certeza en Descartes</I></p>      <p>Ahora bien, &iquest;c&oacute;mo se lleg&oacute;, al comienzo de la Edad Moderna, a este cambio radical de perspectiva, que transform&oacute; de manera m&aacute;s eficaz que toda la cr&iacute;tica posterior el sentido del filosofar y la comprensi&oacute;n de la metaf&iacute;sica? Tambi&eacute;n para Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino la certeza del conocimiento era algo propio de la dignidad de la ciencia, pero, por cierto, no con esa exclusividad que se advierte hacia el inicio de la filosof&iacute;a moderna. Y si para la nueva fundamentaci&oacute;n de la ciencia y la filosof&iacute;a, hecha por Bacon y Descartes, fue decisiva la duda met&oacute;dica, esto es, la sospecha de todo lo que en realidad puede ser puesto en duda, entonces hay que recordar, en este punto, que tambi&eacute;n el escepticismo, esto es, el tema "duda y certeza", ocupa ya en la teolog&iacute;a y la filosof&iacute;a medieval un amplio espacio (<I>cf.</I> Perler 2006).<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup> Incluso la pregunta radical de la duda, c&oacute;mo sabemos que no so&ntilde;amos, se ha alegado desde siempre como una posible objeci&oacute;n contra el realismo (<I>cf.</I> Gehring 2008). Se encuentra ya en Plat&oacute;n e igualmente en San Agust&iacute;n. Pero la funci&oacute;n del argumento cambi&oacute; con Descartes. La confusi&oacute;n y la deficiente coherencia de los sue&ntilde;os se convierten en el criterio de distinci&oacute;n para la referencia de los conceptos de la raz&oacute;n a la realidad. Podemos confiar en que "todo lo que comprendemos de manera clara y distinta, tambi&eacute;n es verdad en esa misma manera como nosotros lo entendemos" (AT VII 2).<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup></p>      <p>Desde las investigaciones de Richard Popkin sobre la historia de las ideas de la temprana edad moderna, sabemos que la pregunta por el primado moderno de la certeza del conocimiento no puede ser respondida sin una referencia a la Reforma. Dos cambios decisivos, de los cuales la primac&iacute;a de la pregunta por la certeza es el que m&aacute;s salta a la vista, forman parte de los efectos de la Reforma en la autocomprensi&oacute;n del ser humano. La pregunta "&iquest;c&oacute;mo vuelvo misericordioso a Dios?" fue respondida por primera vez por Lutero, &#91;diciendo&#93; que la carencia de certeza ha de equipararse con la falta de fe. Quien cree y conf&iacute;a en la palabra de la Escritura puede estar absolutamente cierto de la misericordia de Dios. Para eso necesita exclusivamente la Escritura y la fe, por lo cual la teolog&iacute;a, como "ense&ntilde;anza pura" de la palabra de Dios, debe desprenderse de toda tradici&oacute;n y, especialmente, de toda dependencia del magisterio de la Iglesia. Richard Popkin describe de la siguiente manera la significaci&oacute;n hist&oacute;rico-filos&oacute;fica, investigada por &eacute;l, de la ruptura reformista con la hermen&eacute;utica eclesial: </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>     <p>Advert&iacute;a a estas alturas que el cuestionamiento de Lutero y Calvino a las pretensiones del saber en materia religiosa del catolicismo planteaba la cl&aacute;sica pregunta del criterio. El redescubrimiento de Sexto &#91;Emp&iacute;rico&#93; suministr&oacute; munici&oacute;n intelectual para destruir el criterio de ambos lados. La primera traducci&oacute;n latina completa de Sexto vali&oacute; como <I>la </I>respuesta a Calvino. Montaigne adopt&oacute; el inflamado escepticismo que acababa de renacer y lo transmiti&oacute; tanto a la filosof&iacute;a como a las ciencias naturales. Y Montaigne ofreci&oacute; una nueva soluci&oacute;n, sea que el creyese o no en ella: el fide&iacute;smo. (34 y ss.)</p> </blockquote>      <p>La extraordinaria influencia de <I>Compendio del escepticismo pirr&oacute;nico</I>, redactado por el fil&oacute;sofo de la antig&uuml;edad Sexto Emp&iacute;rico, tambi&eacute;n conocido en la Edad Media, en cierto modo plantea, en los siguientes t&eacute;rminos, la apor&iacute;a irresoluble de la situaci&oacute;n que acababa de surgir: si ya no hay un criterio &uacute;ltimo, com&uacute;n y reconocible de verdad, entonces la pretensi&oacute;n de conocimiento de los fil&oacute;sofos es puro dogmatismo y la certeza de la fe de los te&oacute;logos, puro fide&iacute;smo. De aqu&iacute; se comprende, de manera inmediata, por qu&eacute; motivo la posibilidad de la duda fue empleada por Descartes met&oacute;dicamente con vistas a buscar un nuevo punto de partida para la metaf&iacute;sica y la ciencia, uno que estuviese libre, en principio, de toda duda. Debido a que la metaf&iacute;sica aristot&eacute;lica comienza con los objetos de la percepci&oacute;n sensible, a sus conceptos les falta aquella certeza y necesidad requerida para la buscada refundaci&oacute;n del saber.</p>      <p>La antigua metaf&iacute;sica no solo carece de "indubitabilidad" y certeza. Hay adem&aacute;s otra marcada diferencia que se&ntilde;ala hacia el acontecimiento de la Reforma. En el contexto de <I>sola fide </I>de la Reforma, que vuelve independiente la certeza de la fe respecto de las obras de los hombres, al saber de la metaf&iacute;sica le falta tambi&eacute;n aquella dignidad que ata&ntilde;e a la existencia humana, precisamente aquella <I>dignitas </I>que Arist&oacute;teles y tambi&eacute;n Tom&aacute;s de Aquino consideraron esencial. Pues lo que es necesario para la salvaci&oacute;n del ser humano est&aacute; ya mediado por la fe, raz&oacute;n por lo cual la relaci&oacute;n del conocimiento con las "cosas m&aacute;s altas" no est&aacute; en condiciones de contribuir al sentido de una aut&eacute;ntica vida humana. El conocimiento como realizaci&oacute;n existencial, el conocimiento por el conocimiento mismo, se torn&oacute; no solo superfluo, sino tambi&eacute;n un estorbo. Seg&uacute;n esta objeci&oacute;n, la actitud contemplativa de la metaf&iacute;sica dificultar&iacute;a el progreso del saber referido a la praxis, que ser&iacute;a exclusivamente &uacute;til para los hombres. Por ello, el nuevo conocimiento pr&aacute;ctico est&aacute; orientado como un saber hegem&oacute;nico para la utilizaci&oacute;n de las cosas &ndash;sin tener en cuenta su naturaleza&ndash;.</p>      <p>La metaf&iacute;sica como filosof&iacute;a primera es remplazada, con Descartes, por el racionalismo y por la f&iacute;sica. La metaf&iacute;sica racionalista se basa en la suposici&oacute;n de que el orden del conocimiento de la raz&oacute;n fundamenta el del ser de las cosas. Lo que es captado en el concepto <I>clare et distincte</I> no puede ser de otra manera en la realidad. Con esto, la filosof&iacute;a deja de referirse al <I>real</I> ser de las cosas y se convierte en ciencia del ser<I> necesario y posible</I>. La f&iacute;sica, a su vez, se transforma en una ciencia emp&iacute;rico-experimental que pretende explicar todos los hechos de la naturaleza exclusivamente por fuerzas externas. Ya no hay que buscar explicaciones teleol&oacute;gicas en las ciencias particulares a partir de la operaci&oacute;n de fuerzas internas. As&iacute; mismo, Francis Bacon niega de plano como in&uacute;tiles dichas explicaciones teleol&oacute;gicas: "La observaci&oacute;n de los procesos naturales bajo su aspecto de causa final es est&eacute;ril y, como una virgen consagrada a Dios, no pare nada" (III, 5; 298).<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup> En la primac&iacute;a de la raz&oacute;n frente al ser, en cuanto superioridad de lo pensable-posible respecto a la realidad del ser, se basa la p&eacute;rdida de realidad de la filosof&iacute;a moderna y es, justamente, en eso donde ella, al replegarse sobre la claridad del concepto, pretende brindar el conocimiento m&aacute;s seguro de la realidad.</p>      <p><B>II. Realismo metaf&iacute;sico y realismo interno</b></p>      <p><I>Formas del realismo interno</I></p>      <p>Fuera del empirismo ingl&eacute;s, cr&iacute;tico de la metaf&iacute;sica, el racionalismo metaf&iacute;sico defini&oacute; la autocomprensi&oacute;n de la filosof&iacute;a, sobre todo en Alemania, durante dos siglos. Su punto m&aacute;s alto lo alcanz&oacute; en el idealismo alem&aacute;n, en la metaf&iacute;sica de Hegel, para la cual lo real y lo racional coinciden. Las principales corrientes en la filosof&iacute;a del siglo XIX, el historicismo y el psicologismo, coinciden en querer desprenderse del realismo metaf&iacute;sico de la filosof&iacute;a de Hegel, sin volver a caer en el escepticismo de la temprana modernidad. Ambas tendencias pretenden para s&iacute; un realismo que, en correspondencia con Hillary Putnam, puede denominarse "realismo interno" (<I>cf.</I> 1987 17; 1988 109). El realismo interno niega que pueda diferenciarse la realidad y su modo de existencia, como lo hace el realismo metaf&iacute;sico. Para este, la relaci&oacute;n con lo objetivo real, que es al mismo tiempo lo racional objetivo, constituye el criterio para diferenciar las proposiciones verdaderas y falsas. La teor&iacute;a de la correspondencia con la verdad, en la que se basa el realismo metaf&iacute;sico, supone, entonces, una diferenciaci&oacute;n entre la realidad y su representaci&oacute;n conceptual. Para el realismo interno, por el contrario, debe renunciarse a la teor&iacute;a de la correspondencia, en favor de una teor&iacute;a de la coherencia de la verdad, porque la realidad coincide con su modo de existencia y ya ni siquiera con ella puede ser comparada.</p>      <p>Esta oposici&oacute;n entre el realismo interno y el metaf&iacute;sico no es, sin embargo, algo nuevo, puesto que determin&oacute; la filosof&iacute;a tard&iacute;a de Plat&oacute;n en el rechazo de la tesis de Prot&aacute;goras del "hombre como medida", as&iacute; como tambi&eacute;n la metaf&iacute;sica aristot&eacute;lica de la sustancia. Esto se muestra en que, por ejemplo, si se pregunta, con Plat&oacute;n, si S&oacute;crates sano y S&oacute;crates enfermo son tambi&eacute;n dos entes distintos (dependiente de los diferentes modos de existencia) o, por el contrario, solo uno, o sea S&oacute;crates, solo que diferente en cada caso, es decir, sano o enfermo (<I>cf. Teeteto </I>152a).<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup> Para responder "uno, solo que diferente en cada caso", se supone que yo puedo distinguir el ser en s&iacute; de S&oacute;crates, esto es, su ser sustancial como ser humano, de los modos accidentales, en virtud de los cuales es esto o aquello, y por eso tambi&eacute;n de sus diferentes modos de existencia. Con la pertenencia de las determinaciones accidentales al ser de la sustancia se refuta, en principio, el realismo interno. Hay, entonces, objetos de referencia identificables, que pueden reconocerse como los mismos, incluso bajo las diferentes descripciones.</p>      <p>La renovaci&oacute;n eficaz del realismo interno en la filosof&iacute;a del siglo XVIII y, por eso, al mismo tiempo, el final del realismo metaf&iacute;sico en su forma racionalista comienzan con la filosof&iacute;a de Kant. Si la condici&oacute;n de posibilidad de la experiencia debe ser simult&aacute;neamente la de los objetos de la experiencia, como piensa Kant, entonces la diferencia ontol&oacute;gica de sustancia y accidente pasa a un segundo plano frente a la distinci&oacute;n entre el "fen&oacute;meno" &#91;<I>Erscheinung</I>&#93; y la "cosa en s&iacute;". No puedo saber lo que la sustancia o la "cosa en s&iacute;" es. Lo dado para m&iacute; son solo fen&oacute;menos que, en verdad, siempre son fen&oacute;menos de algo, pero que no son reconocibles en su "ser en s&iacute;", m&aacute;s all&aacute; de sus modos fenom&eacute;nicos.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El psicologismo del siglo XIX transfiri&oacute; en cierto modo la distinci&oacute;n de Kant, legitimada en el plano del conocimiento te&oacute;rico, desde un contexto trascendental a uno emp&iacute;rico, y remplaz&oacute; la funci&oacute;n de las categor&iacute;as del entendimiento, para los modos de existencia de la realidad, por la funci&oacute;n de los procesos de la vida. Resulta de all&iacute;, en el historicismo, una teor&iacute;a de los mundos de la vida, que comprende los diferentes modos de existencia de lo real, tambi&eacute;n como generados por los sujetos colectivos de la historia, los pueblos y culturas, y los describe como cosmovisiones &#91;<I>Weltanschauungen</I>&#93;. El resultado es el perspectivismo de la <I>Doctrina de las cosmovisiones </I>&#91;<I>Weltanschauungslehre</I>&#93; de Dilthey: "La ra&iacute;z &uacute;ltima de la cosmovisi&oacute;n es la vida" (78). Y eso significa: "Cada una es verdadera en este sentido. Pero tambi&eacute;n cada una es parcial. Nos est&aacute; vedado ver estos aspectos juntos" (<I>id. </I>224). La proximidad espiritual de la doctrina de las cosmovisiones de Dilthey con la proposici&oacute;n del hombre-medida de Prot&aacute;goras, como justificaci&oacute;n de un realismo interno indiferente a la verdad, queda acreditada casi textualmente en la proposici&oacute;n de Dilthey: "El mundo es siempre solo un correlato del yo mismo" (<I>id.</I>17) "Nosotros somos capaces de vivenciarlo, pero no de 'adentrarnos' en &eacute;l por medio de conceptos" (<I>id.</I> 23). En otras palabras: los variados modos de existencia de la realidad son impenetrables para nosotros, porque ellos no son separables de los procesos vitales que los engendran.</p>      <p>Martin Heidegger reemplaz&oacute; "vida", la categor&iacute;a central de Dilthey, por la noci&oacute;n de <I>Dasein</I>. La relaci&oacute;n fundante del <I>Dasein</I> con el mundo no es, para Heidegger, teor&eacute;tica, sino pr&aacute;ctica. Toda relaci&oacute;n con el mundo proviene de la autocomprensi&oacute;n del <I>Dasein</I>. Este "se destaca &oacute;nticamente, por el hecho de que a este ente <I>le va </I>en su ser este mismo ser" (Heidegger 1972 12). Es as&iacute;, al mismo tiempo, aquel ente en el que puede "leerse el sentido del ser" (<I>id.</I> 7). El conocimiento te&oacute;rico del ente se mantiene siempre dentro de la autorrealizaci&oacute;n pr&aacute;ctica, que no puede traspasar hacia el ser-en-s&iacute; de lo real. Precisamente por eso, se debe reemplazar la ontolog&iacute;a esencial, esto es el realismo metaf&iacute;sico, por una ontolog&iacute;a fundamental, que ve que los actos que comprenden el ser se fundan en la comprensi&oacute;n pr&aacute;ctica que el <I>Dasein </I>tiene de s&iacute; y, de esa manera, entiende el ser del ente desde la historicidad de las diversas realizaciones del <I>Dasein</I>. La posici&oacute;n de Heidegger en <I>Ser y tiempo </I>es as&iacute; una continuaci&oacute;n del realismo interno, que solo dio un nuevo giro al pensamiento sobre la constituci&oacute;n impenetrable de la referencia al mundo, introducidos por Kant y retomados por Dilthey. No ya la espontaneidad del intelecto, como en Kant, ni tampoco el proceso de la vida, como en Dilthey, sino la preocupaci&oacute;n del <I>Dasein</I> por s&iacute; mismo ofrece, seg&uacute;n Heidegger, las categor&iacute;as que permiten comprender de qu&eacute; modo la realidad se nos muestra en cada caso.</p>      <p><I>Formas del realismo metaf&iacute;sico</I></p>      <p>La cr&iacute;tica m&aacute;s aguda a todas las formas de un realismo meramente interno la realiz&oacute; Edmund Husserl. Su conocido escrito de 1911, titulado <I>Filosof&iacute;a como ciencia estricta</I>, se dirigi&oacute;, por cierto, contra el psicologismo en la l&oacute;gica. Sin embargo, por medio de la distinci&oacute;n entre las explicaciones naturalistas de los procesos de la conciencia, por un lado, y del contenido del conocimiento objetivo, independiente de la validez de esto, por el otro, Husserl lleva adelante la cr&iacute;tica del psicologismo para la renovaci&oacute;n del realismo metaf&iacute;sico en la filosof&iacute;a del siglo XX . El fin de Husserl es una "fenomenolog&iacute;a pura" y esta puede "ser solo una investigaci&oacute;n sobre la esencia y no, en modo alguno, una investigaci&oacute;n de la existencia" (Husserl 1965 43). La investigaci&oacute;n de la existencia, como exploraci&oacute;n de las condiciones de las que dependen tanto la existencia de las cosas como la existencia de la conciencia de los objetos, carece de relaci&oacute;n con el contenido objetivo de la esencia de las cosas y la validez de un pensamiento. Hay "validez sin m&aacute;s o 'en s&iacute;', que es lo que es, aun cuando nadie puede verificarla ni ninguna humanidad hist&oacute;rica pudiese verificarla jam&aacute;s" (<I>id.</I> 51).<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup> El &uacute;ltimo Husserl interpret&oacute;, sin embargo, el pensamiento de una objetividad estricta e independiente del sujeto nuevamente en el sentido de una fundamentaci&oacute;n mundano-vital de todo lo relacionado con la comprensi&oacute;n y retorn&oacute; con ello al realismo interno. Algunos de sus alumnos, no obstante, continuaron con la idea originaria de la objetividad pura, como fue especialmente el caso de los sucesores cat&oacute;licos de Husserl: Alexander Pf&auml;nder, Edith Stein y Dietrich von Hildebrand.</p>      <p>Independientemente de Husserl, tambi&eacute;n Max Scheler persever&oacute; en el objetivismo de la fenomenolog&iacute;a y fund&oacute; un camino aut&oacute;nomo dentro de la metaf&iacute;sica realista. Su inter&eacute;s en la fenomenolog&iacute;a persigue, sobre todo, un nuevo fundamento de la &eacute;tica. El nombre "fenomenolog&iacute;a" representa un cambio de actitud en la filosof&iacute;a, que debe conducir "de nuevo a las cosas" y que debe mostrar la moderna escisi&oacute;n sujeto-objeto, de mundo y esp&iacute;ritu, como un problema aparente. Todo conocimiento de la realidad &#91;se&#93; fundamenta en la intencionalidad del conocer. Hay tan pocos actos espirituales sin referencia a objetos, como actos de percepci&oacute;n sin algo percibido. Distinto de como lo pens&oacute; Kant, la "percepci&oacute;n" y el "conocimiento" no consisten en construir el objeto a partir de un material dado de est&iacute;mulos sensibles, sino en captarlo en aquello, tal como &eacute;l se muestra en cada caso (<I>cf. </I>Scheler dt 433).<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup> "Lo primero", que por lo tanto es exigible de "una filosof&iacute;a fundada en la fenomenolog&iacute;a", es "el m&aacute;s viviente, el m&aacute;s intenso y el <I>m&aacute;s directo intercambio de vivencias con el mundo mismo</I>" (Scheler pe 380).<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup></p>      <p>Es verdad que, con la reapropiaci&oacute;n del concepto de <I>intentio</I> como de un concepto central de la filosof&iacute;a de la Edad Media, la actitud fenomenol&oacute;gica avanza, en principio, sobre el constructivismo de la metaf&iacute;sica kantiana del conocimiento. "La correlatividad y compatibilidad fundamental del esp&iacute;ritu y el mundo se pueden denominar como el primer axioma fundamental de la filosof&iacute;a fenomenol&oacute;gica de Scheler" (Henckmann 47). Pero, en lugar de eso, se plantean preguntas totalmente nuevas por la naturaleza de las "cosas" conocidas, que aparecen en la "correlaci&oacute;n" del esp&iacute;ritu y el mundo. Sin embargo, el hecho de que un estado de cosas "se muestra" y c&oacute;mo lo hace depende de la actitud del conocimiento, seg&uacute;n la cual nos relacionamos con el mundo.</p>      <p>Para Scheler, hay diferentes modos de experiencia de mundo que resultan, en cada caso, de la diferencia entre 1) la actitud natural, 2) la cient&iacute;fica y 3) la fenomenol&oacute;gica hacia el mundo.</p>      <p>1. En la <I>actitud natural</I> hacia el mundo nos encontramos con "hechos" que no est&aacute;n libres de necesidades e intereses. Un hecho es, "por as&iacute; decirlo, la respuesta que el mundo concede al interrogante que plantean nuestros estados corporales y sus unidades &#91;y&#93; nuestras necesidades al universo" (DT X 436). Los hechos, en la "cosmovisi&oacute;n natural", forman "por as&iacute; decirlo un <I>reino intermedio</I> entre las cosas mismas y nuestros estados en su experiencia" (<I>ibd.</I>).</p>      <p>2. Pero tampoco nos encontramos con "las cosas mismas" en la <I>actitud cient&iacute;fica </I>(y menos que en ninguna otra), porque aqu&iacute; "las cosas y acontecimientos" no son, en absoluto, "dados, sino que son <I>construidos y pensados de manera inmediata</I>" (DT X 453). Lo dado, el mundo de los colores, tonos, cosas y los sucesos vivenciables, se reemplaza por lo no-vivenciable y se explica causalmente: los colores por la longitud de onda, los tonos por vibraciones, las cosas por &aacute;tomos y conexiones moleculares, los acontecimientos por medio de relaciones regulares entre fuerzas. Los objetos de la ciencia no son en absoluto objetos de vivencia, sino que son "'dados' reci&eacute;n solo <I>a trav&eacute;s</I> de su definici&oacute;n" (DT X462). En ese sentido se reemplazan, en cierto modo, las cosmovisiones "naturales" por una cosmovisi&oacute;n "artificial" (<I>cf. </I>DT X452).</p>      <p>En ambos casos, es el mundo &#91;as&iacute;&#93; captado &#91;<I>erschlossen</I>&#93;, un mundo reducido fenom&eacute;nicamente, lo que "entra en el contenido de la <I>cosmovisi&oacute;n natural</I>" y se halla "dentro de las barreras del ambiente del g&eacute;nero <I>ser humano</I>". Lo que est&aacute; dado como contenido de la cosmovisi&oacute;n cient&iacute;fica se halla ya bajo el dominio de un principio eficaz de car&aacute;cter selectivo, "que ya no tiene nada m&aacute;s que ver con el conocimiento del mundo, y que podr&iacute;amos denominar el <I>principio de un posible objetivo t&eacute;cnico</I>" (PE X 428 y ss.).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>3. Junto a los objetos de la actitud natural y cient&iacute;fica est&aacute;n los objetos que reci&eacute;n a trav&eacute;s de la actitud fenomenol&oacute;gica alcanzan la condici&oacute;n propia de lo dado, "un reino de 'hechos' de tipo peculiar" (PE X 380). Tales objetos son aquellos dados solo en actos "del ver espiritual". Esto significa, en primer lugar, que lo visto, lo mismo que los objetos de la actitud del conocimiento, la cient&iacute;fica y la natural, se da solo dentro de una correlaci&oacute;n. Es "<I>dado </I>solo en el <I>acto mismo que vivencia</I> &#91;<I>er-lerbenden</I>&#93; <I>y que ve conceptualmente</I> &#91;<I>er-schauenden</I>&#93; en su ejecuci&oacute;n: aparece <I>en</I> &eacute;l, y solo en &eacute;l" (<I>ibd</I>.). Esta dependencia de la ejecuci&oacute;n del acto no hay que entenderla, empero, como si lo dado en su contenido fuese relativo a un sujeto cognoscente (como en el caso de la actitud natural) o relativo a un fin (como en la actitud cient&iacute;fica).<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup> El correlato objetivo del acto es, antes bien, "el <I>darse-a-s&iacute;-mismo </I>propio lo mentado en la evidencia de la visi&oacute;n inmediata" (PE X 382). Como algo evidente por s&iacute; mismo de manera originaria no es deducible de algo distinto, tampoco puede, por ende, juzg&aacute;rselo como verdadero o falso mediante algo diferente. Solo se puede en un acto de conocimiento intuitivo comprenderse o equivocarse, verse o no. Solo son las "<I>Quididades</I> &#91;<I>Washeiten</I>&#93; puras" (PE X 388) o los "hechos puros" los que se dan (<I>a priori</I>) como "esencias y relaci&oacute;n de esencias vistas &#91;conceptualmente, <I>erschauen</I>&#93; antes de toda experiencia inductiva" (<I>ibd.</I>).</p>      <p>Scheler explicita lo que esto significa con el ejemplo de la percepci&oacute;n de los colores. Dentro de la cosmovisi&oacute;n natural, hay por cierto objetos coloridos. Pero nunca "se presentan all&iacute; como tales". Est&aacute;n dados con las cosas de la percepci&oacute;n natural, por ejemplo, "esto rojo en el &aacute;rbol verde"&ndash;pero "solo en cuanto resulta necesario para que se&ntilde;ale la cereza al ser humano que la pretende"&ndash;, y en la actitud cient&iacute;fica solo en cuanto que "ese color rojo corresponde a este proceso nervioso, a este acto de percepci&oacute;n sensible" (PE X 385). Para que el contenido puro de la cosa "rojo" pueda ponerse de manifiesto, debe diferenciarse radicalmente de otros hechos de la observaci&oacute;n y del contenido casual de las cosas, junto con las que ella aparece en la vivencia (lo rojo de la cereza, que adem&aacute;s puede ser dulce y redonda). Esto ocurre en un proceso que Scheler denomina con Husserl "reducci&oacute;n fenomenol&oacute;gica". Durante la ejecuci&oacute;n de esta reducci&oacute;n se debe prescindir de todas las condiciones de la existencia real ("la ejecuci&oacute;n real del acto", "las &iacute;ndoles de su portador", "de los coeficientes de realidad"), hasta que los colores como hechos puros, por ejemplo, el contenido objetivo "rojo" (o tambi&eacute;n la cualidad de sabor propia de "lo dulce"), permanecen exclusivamente en la visi&oacute;n (<I>cf. </I>PE X 394). "Hecho puro" significa que antes se quit&oacute;, met&oacute;dicamente, toda caracter&iacute;stica distintiva que est&eacute; relacionada con la existencia real de, por ejemplo, "rojo". "Una esencialidad de este tipo, como pura quididad, no es, en este caso, en s&iacute; <I>ni general ni individual</I>, conceptos ambos que ganan sentido reci&eacute;n por su relaci&oacute;n con objetos" (PE X 396).</p>      <p>Porque las cosas como portadoras de distintas cualidades, como "rojo", "dulce" y "redondo", son solo signos o s&iacute;mbolos de puros contenidos objetivos, Scheler tambi&eacute;n denomina la eficacia cognoscitiva de la "filosof&iacute;a fenomenol&oacute;gica" como "una continua des-simbolizaci&oacute;n del mundo" (PE X 384).<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup> De ah&iacute; que la experiencia fenomenol&oacute;gica sea una "experiencia asimb&oacute;lica" (DT X433). Lo que se pone a la luz como lo dado por s&iacute; mismo &#91;<I>selbstgegeben</I>&#93;, en el desprendimiento del contexto de existencia real y la vivencia, no es solo entidades singulares, sino tambi&eacute;n relaciones entitativas, como, por ejemplo, la relaci&oacute;n de vista y color o de dulce y gusto. Tales relaciones pertenecen "a cada mundo posible"; son, por esto, "independientes de la organizaci&oacute;n particular de sus portadores" y "podr&iacute;an seguir siendo tales, sin que importe la variaci&oacute;n de tal organizaci&oacute;n" (<I>cf. </I>PE X 395). A los hechos puros, como objetos de la visi&oacute;n espiritual, cuyo contenido objetivo se comporta de manera indiferente frente a cada realizaci&oacute;n posible, les corresponde un "ser absoluto", mientras que todos los otros objetos del conocimiento deben llamarse relativos en cuanto a la existencia, puesto que est&aacute;n ligados a la forma de actos pertenecientes, o bien a los portadores correspondientes (<I>cf.</I> PE X 398 y ss.). Esta diferencia de los tipos de experiencia y de las clases de objetos correlativos se descubre en la actitud fenomenol&oacute;gica, que, con la exposici&oacute;n de los hechos puros, "supera la relatividad de la experiencia natural y de la cient&iacute;fica" (DT X450).</p>      <p>Si la descripci&oacute;n fenomenol&oacute;gica de los "hechos puros" debe ser una empresa filos&oacute;fica con sentido, entonces la fenomenolog&iacute;a est&aacute; atada a la afirmaci&oacute;n seg&uacute;n la cual "habr&iacute;a hechos, y ellos ser&iacute;an en rigor los que subyacen en todos los otros hechos, a los de la cosmovisi&oacute;n natural y a los de la cient&iacute;fica, cuyas conexiones subyacen en todas las dem&aacute;s conexiones" (DT X433).<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup> Pero, prescindiendo de la poca claridad del <I>status</I> ontol&oacute;gico de "los hechos puros", una ontolog&iacute;a tal cargar&iacute;a  tambi&eacute;n con la paradoja de que a las cosas reales, como "simbolizaciones" de "hechos puros", les corresponde solo un valor derivado. No ser&iacute;a entonces el ente lo que se reconoce y valora, sino un ser que subyace, y no ser&iacute;a tampoco la persona quien es amada, sino las cualidades simb&oacute;licas representadas en su ser.</p>      <p><B>III. Antirrealismo</b></p>      <p>La caracterizaci&oacute;n que hace Scheler del m&eacute;todo fenomenol&oacute;gico, como "continua des-simbolizaci&oacute;n del mundo", permite volver m&aacute;s f&aacute;cilmente comprensible el sentido y legitimaci&oacute;n del movimiento antirrealista. La cr&iacute;tica se dirige contra la desvalorizaci&oacute;n del individuo, en cuanto ente concreto en cada caso, a favor de "hechos entitativos" esenciales, entre los cuales, el realismo metaf&iacute;sico entiende exactamente aquellas "entidades puras" que se dan en la "experiencia asimb&oacute;lica" y que valen como ontol&oacute;gicamente primarias. La cr&iacute;tica por parte del moderno antirrealismo llega, sin embargo, m&aacute;s lejos que las formas tradicionales del antiplatonismo. Lo espec&iacute;fico de este movimiento de oposici&oacute;n yace en la tesis de que el ser del individuo concreto se extiende m&aacute;s all&aacute; de lo dado f&aacute;cticamente y que, en atenci&oacute;n a esto, no es en absoluto definible teor&eacute;ticamente. La renuncia a la teor&iacute;a es por eso una precondici&oacute;n necesaria para mantener abierta la posibilidad genuina del ser de la existencia respectiva, cuya realizaci&oacute;n pendiente todav&iacute;a solo puede ser atisbada y esperada, pero no puede definirse ni asegurarse (filos&oacute;fica, cient&iacute;fica, ni t&eacute;cnicamente). La cr&iacute;tica al primado de la teor&iacute;a se dirige, entonces, contra la pretensi&oacute;n absolutista de las ciencias y contra <I>toda</I> metaf&iacute;sica anterior, porque aqu&iacute; el ente ser&iacute;a entendido primariamente desde su presente, esto significa, como una &uacute;nica "consistencia entitativa u ontol&oacute;gica", "sustancia" &#91;<I>Seinsbestand</I>&#93; o como "sistema" (funci&oacute;n). En el fondo de la cr&iacute;tica antirrealista de la raz&oacute;n est&aacute; la escatolog&iacute;a judeo-cristiana. Su utilizaci&oacute;n se realiza a trav&eacute;s de im&aacute;genes m&aacute;s que mediante conceptos, pero de tal modo que, no obstante, se excluye toda aquella continuidad con la realidad existente, en el sentido de la perfecci&oacute;n por medio de una transfiguraci&oacute;n (como en el caso de Tom&aacute;s de Aquino). Pensar la todav&iacute;a pendiente, futura, realidad como aut&eacute;ntico e inamisible nuevo comienzo de paz, felicidad y justicia, implica, antes bien, una ruptura radical con el ser actual del ser humano y el mundo (como ya en la interpretaci&oacute;n reformista de San Pablo que ofrece Mart&iacute;n Lutero). La negaci&oacute;n de la capacidad metaf&iacute;sica para vincularse con las posibilidades naturales (y asequibles de modo natural) del ser humano vale, as&iacute;, como supuesto de las relaciones de la realidad, que &uacute;nicamente se pueden salvaguardar en la "utop&iacute;a" (Ernst Bloch) o en la dial&eacute;ctica "negaci&oacute;n de lo que actualmente es" (Theodor Adorno).</p>      <p><I>Esp&iacute;ritu de la utop&iacute;a</I></p>      <p>Todav&iacute;a en la Primera Guerra Mundial, bajo la impresi&oacute;n de los cruentos combates realizados de manera t&eacute;cnica y nunca antes vistos, aparece, en 1918, <I>El esp&iacute;ritu de la utop&iacute;a</I> de Ernst Bloch. Ante el mundo de la civilizaci&oacute;n tecno-cient&iacute;fica, vac&iacute;o de sentido de manera creciente, Bloch busca un nuevo acceso a la realidad que somos nosotros mismos. El cap&iacute;tulo introductorio ("Prop&oacute;sito") comienza, en la segunda edici&oacute;n de 1923, ligeramente retocado pero sustancialmente m&aacute;s claro, con las palabras "Yo soy. Nosotros somos. Esto es suficiente. Ya tenemos para empezar". Y entonces contin&uacute;a invariable el texto de la primera edici&oacute;n: "En nuestras manos est&aacute; dada la vida. Por s&iacute; misma se ha vuelto vac&iacute;a desde hace largo tiempo" (Bloch 1964 11). El libro trata fundamentalmente, como reza el t&iacute;tulo de un cap&iacute;tulo, "De nosotros mismos" y ve en eso "La forma de la pregunta inconstruible" (<I>id. </I>209). Si la pregunta por nosotros mismos es la &uacute;nica cuesti&oacute;n real, entonces todas las objetivaciones del ser en la metaf&iacute;sica especulativa y en la ciencia moderna no pueden prescindir de una referencia existencial. &#91;M&aacute;s a&uacute;n,&#93; son formas del olvido de s&iacute; mismo, que solo son superables en el recuerdo de aquello "que solo vive en el yo, pero normalmente no est&aacute; corroborado" (Bloch 1980<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup> 231). Ese interior se expresa hoy sobre todo en la m&uacute;sica como "a&ntilde;oranza" y "misterio", y se realiz&oacute; desde hace mucho en las im&aacute;genes de la redenci&oacute;n de la religi&oacute;n mesi&aacute;nica.<sup><a name="nu14"></a><a href="#num14">14</a></sup> Para Bloch, no es casualidad que reci&eacute;n en la Edad Moderna &ndash;y, a la vez, con el dominio de la raz&oacute;n pura&ndash; el lenguaje de la m&uacute;sica comienza, por medio de lo "comprensible-incomprensible en ella", a desprenderse del "antiguo primado de la vista" (<I>id.</I> 232 y ss.), pues lo experimentado en la audici&oacute;n musical no es un objeto, que ya existe y podr&iacute;a ser descrito, pero tampoco algo inexistente, sino "otro, innombrable". Bloch nombra a este otro a&uacute;n oculto como "nuestra gloria secreta" (<I>id. </I>233 ss.). Para diferenciarla de todo ente emp&iacute;rico se sirve de una ret&oacute;rica dial&eacute;ctica de las demarcaciones y de las oposiciones, que m&aacute;s tarde Horkheimer y Adorno siguen desarrollando en la teor&iacute;a cr&iacute;tica, pero que solo all&iacute; se mantiene pura. El pensamiento central de Bloch insiste en contraponer "<I>lo meramente objetivo</I> &#91;<I>Tats&auml;chlich</I>&#93; a simple vista" al "concepto ut&oacute;pico por principio" (<I>id. </I>9).<sup><a name="nu15"></a><a href="#num15">15</a></sup> Por un lado, est&aacute;n "<I>lo meramente objetivo</I> &#91;<I>Tats&auml;chlich</I>&#93; y su l&oacute;gica" y, por el otro, "<I>lo meramente objetivo</I> ut&oacute;pico", que est&aacute; situado "quiz&aacute; totalmente fuera del &aacute;mbito de toda posibilidad de experiencia actual en general" (Bloch 1985 443) y "y con lo cual, solo por ello, nada se corresponde, porque fuera nada m&aacute;s podr&iacute;a corresponderle" (<I>id. </I>231). Se vislumbra en la m&uacute;sica, en las im&aacute;genes de la Redenci&oacute;n aparece frente a los ojos y se anhela mediante la esperanza. Es solamente esta "esperanza", la de que "no seamos defraudados, porque el alma humana abarca todo, tambi&eacute;n lo allende, lo que todav&iacute;a no es" (<I>id.</I> 443). En la correlaci&oacute;n de la a&ntilde;oranza y satisfacci&oacute;n se halla, para Bloch, "el centro absoluto de toda realidad", "el nacimiento e instauraci&oacute;n de todas las cosas y todos los seres en su propiedad" (<I>cf. id. </I>430). La a&ntilde;oranza y la esperanza por la todav&iacute;a ausente realidad se oponen al hast&iacute;o y al vac&iacute;o del mero cerciorarse de lo existente. La secci&oacute;n central del libro ("Filosof&iacute;a de la m&uacute;sica") termina con la alabanza de la m&uacute;sica de un modo que verdaderamente casi parece un himno. Ella es "una te&uacute;rgia &uacute;nica. Ella nos lleva a un rinc&oacute;n del interior, c&aacute;lido, profundo, g&oacute;tico, que solo brilla en medio de la poco clara oscuridad" y que "en la ma&ntilde;ana del &uacute;ltimo d&iacute;a ser&aacute; como el Reino de los Cielos manifiesto". Ha quedado atr&aacute;s, entonces, "el caos, el poder est&eacute;ril del mero Ente, el andar a tientas torpe y sediento de persecuci&oacute;n de la ceguera demi&uacute;rgica; el f&eacute;retro del ser mismo abandonado por Dios que est&aacute; destruido y reventado" (<I>cf. </I>Bloch 1980 430).</p>      <p>La continuidad tem&aacute;tica con su obra principal, m&aacute;s tard&iacute;a, <I>El principio de la esperanza </I>(1954-1959), la resalt&oacute; Bloch en el pr&oacute;logo mismo de la nueva edici&oacute;n de <I>El esp&iacute;ritu de la utop&iacute;a </I>(<I>cf. </I>1964 347). La "dimensi&oacute;n fut&uacute;rica del mundo" anhela una nueva "Ontolog&iacute;a del no-ser-todav&iacute;a", con la que se piensa la superaci&oacute;n de un puro "concepto de ser est&aacute;tico".<sup><a name="nu16"></a><a href="#num16">16</a></sup> Pero m&aacute;s tarde Bloch no quiso o no pudo mantener su pensamiento fundamental, la imposibilidad de presentar el momento ut&oacute;pico de la realidad todav&iacute;a ausente, si malinterpreta la realizaci&oacute;n de la esperanza en la "vida plena" y la "existencia completa" en su libro sobre la esperanza, en &uacute;ltima instancia como una pregunta pol&iacute;tica.<sup><a name="nu17"></a><a href="#num17">17</a></sup></p>      <p><I>Teor&iacute;a cr&iacute;tica</I></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hay aqu&iacute; una serie de puntos llamativos en com&uacute;n con la anterior <I>Utop&iacute;a de la esperanza </I>de Ernst Bloch: en primer lugar, la experiencia del potencial de autodestrucci&oacute;n del dominio de la raz&oacute;n moderna, m&aacute;s incrementado todav&iacute;a en los horrores de la Segunda Guerra Mundial; &#91;en segundo lugar,&#93; el motivo del antiplatonismo en la cr&iacute;tica a la p&eacute;rdida de concreci&oacute;n de individuo y al resultar este indiferente; y, finalmente, el inter&eacute;s de Adorno por el potencial de descubrimiento de la m&uacute;sica. La  filosof&iacute;a tiene, despu&eacute;s de las experiencias de la Modernidad, "su verdadero inter&eacute;s en lo sin concepto, lo individual y particular; en lo que desde Plat&oacute;n se obliter&oacute; por ef&iacute;mero e insignificante" (Adorno 1966 19 y ss.). Por eso, Adorno exige una metaf&iacute;sica distinta, en la que lo real individual no es meramente "ejemplar o representativo" (<I>id.</I> 152) de lo general (en su "pura quididad"), sino que es tomado en serio en su ser real.</p>      <p>La ra&iacute;z de la teor&iacute;a cr&iacute;tica, en su rebeli&oacute;n contra lo "existente", es tambi&eacute;n, otra vez aqu&iacute;, la escatolog&iacute;a judeo-cristiana. En ella se encuentra la confirmaci&oacute;n de "la a&ntilde;oranza de que este mundo espantoso no ser&iacute;a el &uacute;nico verdadero" (Adorno 1966 466). La insuficiencia se muestra en que no es posible esperar en &eacute;l la liberaci&oacute;n de todo mal, ya sea una injusticia, de la culpa no expiada y, sobre todo, de la muerte. Toda esperanza debe pasar, por  la "negatividad completa", esto es, pasar a trav&eacute;s del <I>rechazo de este</I> mundo, que, "tendido en la luz mesi&aacute;nica", "revela sus roturas y grietas". Reci&eacute;n entonces, en la negaci&oacute;n de lo existente, el mundo presente se une "a la escritura en espejo de su contrario" (<I>id. </I>373), que resulta aconceptual y es accesible solo a una interpretaci&oacute;n por medio de im&aacute;genes. Un aporte de Max Horkheimer, en forma de di&aacute;logo, presenta de un modo inequ&iacute;vocamente claro que "el mesianismo m&iacute;stico de Bloch", con su muy terrenal "reino del socialismo", contradice al esp&iacute;ritu de la teor&iacute;a cr&iacute;tica. "La esperanza de que en la tierra todo ser&aacute; bueno alguna vez" no la comparten Adorno y Horkheimer, "porque podr&iacute;a ser que lo existente frente a eso, lo que deber&iacute;a ser, <I>en principio </I>fuese lo peor", porque no hay ni habr&aacute; nada en este mundo "que <I>pueda</I> corresponder a la idea de lo absolutamente acertado" (<I>cf.</I> Horkheimer 1985 433).<sup><a name="nu18"></a><a href="#num18">18</a></sup> Por eso, el "momento ut&oacute;pico" de la negatividad completa no puede ni presentarse positivamente ni realizarse pol&iacute;ticamente; se puede preservar &uacute;nicamente en la a&ntilde;oranza de lo "enteramente otro". All&iacute; donde "se vuelve objetivo como utop&iacute;a", ya se "ha saboteado su realizaci&oacute;n. El pensamiento abierto se&ntilde;ala m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; mismo". "En cuanto que no se interrumpe, mantiene la posibilidad" (Adorno 1977 798).</p>      <p>Se rechaza aqu&iacute; un filosofar desde el primado de la certeza. Pero se deber&iacute;a reconocer que un desaf&iacute;o para el pensamiento est&aacute; conectado con la muerte: la imposibilidad del verdadero consuelo y una restituci&oacute;n para las v&iacute;ctimas de la violencia si la muerte es el final definitivo. Lo &uacute;nico adecuado aqu&iacute; ser&iacute;a un "pensamiento que no se decapite a s&iacute; mismo", uno que "desemboque en la trascendencia, hasta la idea de la constituci&oacute;n de un mundo, en el que no solo no se quite del medio el padecimiento presente, sino que adem&aacute;s lo pasado irrevocable fuese revocable" (Adorno 1966 40). Por eso, la banalidad de la muerte biol&oacute;gica no puede ser la &uacute;ltima verdad sobre el ser humano. Lo existencialmente m&aacute;s verdadero y convincente es la a&ntilde;oranza del individuo por sobre ese l&iacute;mite. Lo positivo de la negaci&oacute;n de lo existente, a lo que tambi&eacute;n pertenece la muerte, no es, en verdad, directamente descriptible, pero s&iacute; es dado de otro modo: "Su a&ntilde;oranza ser&iacute;a la resurrecci&oacute;n de la carne" (<I>ibd</I>.).</p>      <p>All&iacute; donde el pensamiento se orienta hacia lo venidero y definitivo, hacia la posibilidad extrema de la propia existencia, una posibilidad pendiente todav&iacute;a, no es posible certeza alguna. Aqu&iacute; el conocimiento se asocia con la esperanza o la desesperaci&oacute;n. Pero la verdadera esperanza se extiende m&aacute;s all&aacute; de lo que existe &#91;<I>Vorhandene</I>&#93; emp&iacute;ricamente y lo definible conceptualmente. Ella "se prende al cuerpo transfigurado" (Adorno 1966 393). "La metaf&iacute;sica especulativa", como forma del platonismo moderno, no desea saber nada de esta corporalidad ni tampoco una Ilustraci&oacute;n que se resguarda en el empirismo y el positivismo. El estado de &aacute;nimo de la Modernidad, que se expresa en el deseo de certeza incondicional &ndash;"la angustia radical que se vuelve m&iacute;tica"&ndash;, despu&eacute;s de todo es, al mismo tiempo, causa y efecto de la Ilustraci&oacute;n. El fin de conocimiento no es la verdad, sino el control del mundo humano. "No puede haber, en t&eacute;rminos generales, ya nada m&aacute;s fuera, porque la mera representaci&oacute;n de lo fuera es la fuente real de la angustia" (Horkheimer y Adorno 18). La ra&iacute;z m&aacute;s profunda de la filosof&iacute;a realista de la modernidad no es, precisamente, el af&aacute;n por la verdad, sino la huida en la certeza, "en temor frente a la verdad" (Adorno 1966 3).</p>      <p><B> VI. La ambig&uuml;edad del realismo</b></p>      <p><I>P&eacute;rdida de realidad en el realismo y antirrealismo modernos</I></p>      <p>En una mirada retrospectiva a la historia del realismo moderno se muestran, en verdad, algunas diferencias, pero tambi&eacute;n una coincidencia fundamental. La forma del realismo metaf&iacute;sico moderno est&aacute; marcada por el rechazo del escepticismo. El ser real de las cosas reales puede ser puesto en duda, puede darse en distintas perspectivas y puede, seg&uacute;n su posibilidad, coincidir con sus modos de existir de diversas maneras, como sostiene el realismo interno. Brevemente, un realismo metaf&iacute;sico, que comienza por el ser real de las cosas, es dif&iacute;cilmente defendible frente a las objeciones esc&eacute;pticas o relativistas. El realismo moderno intent&oacute; deshacerse de estas dificultades de una vez por todas por medio de un artificio, en el cual no parte del ser, sino de los fundamentos del ser en los conceptos de la raz&oacute;n. Al desaf&iacute;o planteado por el escepticismo, se a&ntilde;adi&oacute; luego, a final del siglo XIX, el desaf&iacute;o planteado por el nihilismo, que no pone en duda el car&aacute;cter de las cosas en cuanto a ser, sino en cuanto a valor. Quiz&aacute; ser&iacute;a en verdad mejor si no existiese nada, en lugar de esta realidad a la que fuimos arrojados sin ser consultados. De ambas formas de la duda, la esc&eacute;ptica y la nihilista, aparece, hacia comienzos del siglo XX, una forma de realismo que se denomin&oacute; como una "forma de pensar de 'la realizaci&oacute;n desrealizante'" (Fellmann 71). Ella une el realismo con el antirrealismo, a trav&eacute;s de la desvalorizaci&oacute;n del mundo real. El hombre del siglo XX perdi&oacute; "la confianza ingenua en la realidad de lo dado &#91;...&#93; protesta contra lo inmodificable y cree en la posibilidad de lo absolutamente nuevo, que limita el mundo dado".<sup><a name="nu19"></a><a href="#num19">19</a></sup> Robert Musil, un escritor del expresionismo, formado filos&oacute;ficamente casi al mismo tiempo del apogeo de la fenomenolog&iacute;a alemana, titula el cap&iacute;tulo cuarto de su novela <I>El hombre sin atributos</I> con la oraci&oacute;n: "Si hay un sentido de la realidad, debe haber tambi&eacute;n un sentido de la posibilidad", y a este lo define "como la capacidad &#91;...&#93; de pensar todo lo que bien podr&iacute;a ser (sea lo que fuere), y aquello que es no tomarlo como m&aacute;s importante que lo que no es" (<I>cf. </I>Musil 16).</p>      <p>La misma actitud de indiferencia ante la realidad mueve tambi&eacute;n a Edmund Husserl para no apuntar nada "en el libro fundamental de la fenomenolog&iacute;a que hay que preparar", que se refiere al existir emp&iacute;rico, para al menos, en medio del pensamiento, ingresar en aquel otro mundo, que "lleva en s&iacute; todos los mundos reales posibles y todos los mundos de cada sentido ampliado" (<I>Hua. </I>III 152; 73). La validaci&oacute;n comparativa de lo real a favor de la posibilidad real determina, finalmente, tambi&eacute;n el antirrealismo de la teor&iacute;a cr&iacute;tica. La espera de un mundo mejor se relaciona aqu&iacute; con la condici&oacute;n de una "negatividad completa" del mundo real. "La esperanza de que en la tierra todo ser&aacute; bueno alguna vez" no la comparten Adorno y Horkheimer, "porque podr&iacute;a ser que lo existente frente a eso, lo que deber&iacute;a ser, <I>en principio</I>, fuese lo peor", porque no hay ni habr&aacute; nada en este mundo "que <I>pueda</I> corresponder a la idea de lo absolutamente acertado" (<I>cf. </I>Horkheimer 1985 433).</p>      <p>En contra de la primera apariencia, la forma m&aacute;s radical de la p&eacute;rdida de realidad no es el antirrealismo, sino la fenomenolog&iacute;a. El abandono fenomenol&oacute;gico de todo lo dado real a favor del contenido de las cosas de visi&oacute;n esencial exige, en cierta medida, el ingreso a un mundo de un espiritualismo puro. Es una forma de desencarnaci&oacute;n, de descorporizaci&oacute;n o de "des-simbolizaci&oacute;n" del mundo, como dice Scheler, que no est&aacute; orientada en un modo diverso y mejor de corporalidad. Al antirrealismo metaf&iacute;sico, por el contrario, le importa mucho el ser de un mundo real. Es, en cierto modo, la forma de la a&ntilde;oranza del verdadero realismo. Al negar la realidad existente, espera, sin embargo, el encuentro con un mundo que no se hace todav&iacute;a presente.</p>      <p><I>Filosof&iacute;a realista en el sentido de Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino</I></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La filosof&iacute;a realista, en el sentido de Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino, se diferencia en m&aacute;s de un sentido de la filosof&iacute;a realista moderna. Martin Heidegger vio lo distintivo de la metaf&iacute;sica de Descartes, en que all&iacute; "por primera vez &#91;...&#93; se definen el ente en cuanto objetividad de la representaci&oacute;n y la verdad como certeza" (Heidegger 1977 87). "El ser de los entes se busca y se encuentra en la representaci&oacute;n de los entes" (<I>id.</I> 91). Esto se muestra para &eacute;l en que </p>      <blockquote>     <p>Cuanto m&aacute;s completa y absolutamente est&eacute; disponible el mundo en cuanto que mundo conquistado, tanto m&aacute;s objetivo aparecer&aacute; el objeto, tanto m&aacute;s subjetivamente o, lo que es lo mismo, imperiosamente se alzar&aacute; el <I>subjectum</I> y de modo tanto m&aacute;s incontenible se transformar&aacute; la contemplaci&oacute;n del mundo y la teor&iacute;a del mundo en una teor&iacute;a del hombre, en una antropolog&iacute;a. (Heidegger 1977 87, 91 y 93)</p> </blockquote>      <p>Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino intentaron, de forma contraria, definir el ser del ente desde &eacute;l mismo. La diferencia fundamental entre el ser real del ente y el ser en la representaci&oacute;n conceptual tiene toda una serie completa de implicaciones. El ser real mismo (el <I>actus essendi</I>) no puede ser definido, pero puede determinarse de manera m&aacute;s precisa de dos modos: en vista de lo que es com&uacute;n a todo lo real en cuanto que es algo real (determinaci&oacute;n <I>trascendental</I>, especialmente el ser verdadero y el ser bueno). Y el ser real puede ser definido en cuanto a la diversidad de las cosas reales (distinguidas <I>categorialmente</I> como entes sustanciales y accidentales). Nuevamente, la sustancialidad, esto es, ser una cosa real de esta o aquella especie, incluye que la concreci&oacute;n del ser de cosas esencialmente diferentes tiene tambi&eacute;n distintos grados de intensidad respectivamente. Metodol&oacute;gicamente, esto tiene como consecuencia que el ser real de las cosas en cada caso solo es definible por analog&iacute;a.</p>      <p>Las dos implicaciones m&aacute;s importantes del ser real de las cosas, empero, son de tipo existencial y por ello fundamentales para la referencia a la existencia de una filosof&iacute;a realista, en el sentido de Arist&oacute;teles y Tom&aacute;s de Aquino. Punto primero: la relaci&oacute;n cognoscente y amante con el ser de las cosas es aquello a partir de lo cual el ser humano vive. Su riqueza existencial, esto es, su felicidad, reside en el encuentro con lo que es. No el ser representado en el concepto sino el ser real de las cosas reales es lo m&aacute;s importante para el esp&iacute;ritu humano. Lo segundo es esto: se abre en la relaci&oacute;n con las cosas reales un espacio de mayor misterio cuanto m&aacute;s rico en cada caso, esto es, cuanto mayor es la plenitud de realidad de algo, y as&iacute; el conocimiento pleno de lo real por parte del ser humano puede ser m&aacute;s anhelado que pose&iacute;do. La certeza del conocimiento no deber&iacute;a hasta aqu&iacute; tener la prerrogativa frente a la dignidad del objeto del conocimiento, si la existencia espiritual del hombre debiera quedar abierta para la posibilidad extrema de su realizaci&oacute;n.</p>      <p>La filosof&iacute;a realista moderna invirti&oacute; la relaci&oacute;n. La espontaneidad necesaria del entendimiento para la formaci&oacute;n de conceptos se convierte en un fundamento determinante en la relaci&oacute;n con la realidad. A causa de la certeza del conocimiento, toda realidad conocida ha de depender de la comprensi&oacute;n humana. No obstante, este fundamento antropol&oacute;gico de la metaf&iacute;sica se ve afectado por la paradoja de hallarse en contradicci&oacute;n con la antropolog&iacute;a. De lo que el hombre puede darse a s&iacute; mismo, no es capaz de existir ni f&iacute;sica ni espiritualmente. En cuanto ser espiritual, dotado de cuerpo, anhela una realidad, que es m&aacute;s rica que &eacute;l mismo y que, por ello, sobrepasa su capacidad intelectual.</p>      <p>Es un hecho apenas observado que el &eacute;nfasis con que Arist&oacute;teles alaba la felicidad del conocer y la primac&iacute;a de la forma de vida contemplativa (<I>cf. &Eacute;tica nicom&aacute;quea </I>x, cap. 7 y 8) no encuentra ning&uacute;n apoyo en el final especulativo, discutido de manera sobria en su <I>Metaf&iacute;sica</I>, <I>despu&eacute;s </I>de que se lleg&oacute; a ese final. La intelecci&oacute;n, seg&uacute;n el concepto y la funci&oacute;n del pensar que se capta a s&iacute; mismo como el principio supremo de todo ser, con el que tiene que ver la metaf&iacute;sica en cuanto que teor&iacute;a filos&oacute;fica, no puede ser el objeto y fundamento mismo de la sostenida admiraci&oacute;n y fascinaci&oacute;n del que filosofa, sino solo la relaci&oacute;n inmediata con la realidad en el acto del <I>theorein</I>: la mirada fascinada e inm&oacute;vil sobre la realidad que jam&aacute;s puede volverse completamente lenguaje e interpretaci&oacute;n. Lo que el cognoscente busca no es simplemente saber y certeza, sino sabidur&iacute;a y plenitud de realidad. As&iacute; pues, quien habla de la esencia del ser humano y de la filosof&iacute;a como una b&uacute;squeda amorosa de la sabidur&iacute;a, ha dicho dos veces lo mismo.</p> <HR>     <p><b>Notas</b></p>      <P><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup> El t&iacute;tulo program&aacute;tico completo de la <I>Opus Magnum</I> planeada reza: <I>Magna instauratio imperii humani in naturam </I>(1620). El cap&iacute;tulo segundo lleva el t&iacute;tulo de <I>Novum organum</I>.    <br>  <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup> El t&iacute;tulo del cap&iacute;tulo i es el siguiente: <I>De dignitate et augmentis scientarum.</I>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup> Nota del traductor: todas las citas textuales en alem&aacute;n, a partir de aqu&iacute; y con excepci&oacute;n de las obras de Martin Heidegger, est&aacute;n traducidas seg&uacute;n el original citado por el Dr. Berthold Wald. Las obras de Heidegger se toman seg&uacute;n las traducciones "can&oacute;nicas".    <br>  <sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup> Sin embargo, el sue&ntilde;o perdi&oacute; en Descartes su funci&oacute;n primaria, la de ser un acceso propio a la realidad que necesita de una interpretaci&oacute;n realizada seg&uacute;n un cierto m&eacute;todo. Reci&eacute;n con la interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os, elaborada por Sigmund Freud, se redescubri&oacute; el significado originario del sue&ntilde;o.    <br>  <sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup> "<I>Nam causarum finalium inquisitio sterilis est, et, tanquam virgo Deo consecrate, nihil parit</I>".    <br>  <sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup> "Prot&aacute;goras &#91;...&#93; ha dicho lo mismo de otra manera, pues viene a decir que 'el hombre es medida de todas las cosas, tanto del ser de las que son como del no ser de las que no son'". Este perspectivismo antropol&oacute;gico provoca, entonces, la pregunta si de "un S&oacute;crates sano y de un S&oacute;crates enfermo &iquest;diremos que uno es semejante al otro o desemejante de &eacute;l?"(<I>Teeteto </I>159c.) Arist&oacute;teles retoma la pregunta de "si S&oacute;crates y el S&oacute;crates sentado son el mismo" (<I>Metaf&iacute;sica </I>iv, 2 1004b 1).    <br>  <sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup> Hay coincidencia en este punto entre Husserl y el realismo de los universales, que desde Avicena distingue entre los <I>universalia ante rem</I> (&aacute;mbito de las esencialidades puras), <I>in re</I> (&aacute;mbito de la realizaci&oacute;n en el ser de las cosas) y <I>post rem</I> (&aacute;mbito de su representaci&oacute;n en la conciencia o bien en el concepto).    <br>  <sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup> &bdquo;<I>Der Fehler ist, dass man, anstatt schlicht zu fragen</I>, was in einer meinenden Intention gegeben ist, au&szlig;er <I>intentionale, objektive, ja kausale Theorien in die Frage hineinmischt</I>" <I>Die Lehre von den drei Tatsachen </I>(<I>La doctrina de los tres hechos</I>), en adelante dt.    <br>  <sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup> <I>Ph&auml;nomenologie und Erkenntnis </I>(<I>Fenomenolog&iacute;a y conocimiento</I>), en adelante PE.    <br>  <sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup> &bdquo;<I>Gerade die Ph&auml;nomenologie bricht mit allem Ichidealismus nach der Art der Lehren von Descartes, Berkeley, Fichte, Schopenhauer, die allesamt die ph&auml;nomenologische Unmittelbarkeit mit psychischer Gegebenheit oder auch nur mit Ichbezogenheit verwechseln. Beides weist sie zur&uuml;ck</I>" (PE X 388).    <br>  <sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup> &bdquo;<I>Wenn alles Transzendente und nur Gemeinte einem Erleben und Anschauen</I> &sbquo;immanent'<I>geworden ist, hat &ndash;in irgendeiner Frage&ndash; Ph&auml;nomenologie ihr Ziel erreicht: da wo keine Transzendenz und kein Symbol mehr ist. Alles dort noch Formale wird hier noch zu einer </I>Materie der Anschauung. <I>Und genauso wie gegen&uuml;ber der Farbe rot wird sich ph&auml;nomenologische Philosophie einem religi&ouml;sen Gegenstand oder einem sittlichen Werte gegen&uuml;ber verhalten</I>" (PE X 386).    <br>  <sup><a name="num12"></a><a href="#nu12">12</a></sup> Scheler formula esta conexi&oacute;n, en t&eacute;rminos de la teor&iacute;a del conocimiento, tambi&eacute;n as&iacute;: "Ning&uacute;n conocimiento sin saber previo, ning&uacute;n saber sin un previo existir por s&iacute; mismo y un ser dado en s&iacute; mismo de cosas". Una explicaci&oacute;n acerca del estatus ontol&oacute;gico, no aclarado por Scheler, de los "hechos puros" o "esencialidades puras" la da la discusi&oacute;n medieval sostenida en relaci&oacute;n con Avicena, a prop&oacute;sito del concepto de la <I>natura communis</I>, que hizo su entrada efectiva en la fenomenolog&iacute;a a trav&eacute;s de Brentano. Puntualmente, las diferencias entre Tom&aacute;s de Aquino y Juan Duns Scoto acerca de este punto central de la metaf&iacute;sica permite reconocer un d&eacute;ficit en la reflexi&oacute;n ontol&oacute;gica de Max Scheler (<I>cf</I>. de x 494-504).    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num13"></a><a href="#nu13">13</a></sup> Facs&iacute;mil de la primera edici&oacute;n de 1918.    <br>  <sup><a name="num14"></a><a href="#nu14">14</a></sup> El cap&iacute;tulo m&aacute;s extenso del libro se titula "Filosof&iacute;a de la m&uacute;sica". En el recurso a la vivencia de la m&uacute;sica, como entrada a un mundo real opuesto (al presente), se muestra la influencia m&aacute;s notoria de Nietzsche en el pensamiento de Ernst Bloch.    <br>  <sup><a name="num15"></a><a href="#nu15">15</a></sup> Resaltado por Berthold Wald.    <br>  <sup><a name="num16"></a><a href="#nu16">16</a></sup> Cu&aacute;n poco est&aacute;tica ha sido la "vieja ontolog&iacute;a" lo ha hecho patente Josef Pieper en su cr&iacute;tica a Bloch, pero tambi&eacute;n en escritos posteriores sobre la esperanza.    <br>  <sup><a name="num17"></a><a href="#nu17">17</a></sup> Para la instrumentalizaci&oacute;n posterior de la representaci&oacute;n de la esperanza religiosa, v&eacute;ase la estremecedora proposici&oacute;n: "&iexcl;<I>Ubi Lenin, ibi Jerusal&eacute;n</I>!" (Bloch 1959 711).    <br>  <sup><a name="num18"></a><a href="#nu18">18</a></sup> Nota del traductor: resaltado por Berthold Wald.    <br>  <sup><a name="num19"></a><a href="#nu19">19</a></sup> &bdquo;<I>In diesem Sinne speist das expressionistische Denken den f&uuml;r das Deutschland des 20. Jahrhunderts spezifischen Geist der Utopie</I>" (<I>id.</I> 13).</P> <HR>      <p><B>Bibliograf&iacute;a</b></p>      <!-- ref --><p>Arist&oacute;teles. <I>&Eacute;tica nicom&aacute;quea</I>. Trad. Julio Pall&iacute; Bonet. Barcelona: RBA, 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637013&pid=S0120-0062201600020001700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Arist&oacute;teles. <I>Metaf&iacute;sica</I>. Trad. Tom&aacute;s Calvo Mart&iacute;nez. Madrid: Gredos, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637015&pid=S0120-0062201600020001700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Aquino, T. <I>Suma de Teolog&iacute;a</I>. Trad. Jos&eacute; Martorell et al.<I> </I>Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2009.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637017&pid=S0120-0062201600020001700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Adorno, T. <I>Negative Dialektik</I>. Suhrkamp: Frankfurt am Main, 1966.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637019&pid=S0120-0062201600020001700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Adorno, T. "<I>Resignation."Gesammelte Schriften</I>. <I>Kulturkritik und Gesellschaft i.</I> Band 10.2. Frankfurt am Main: Surhkamp, 1977. 794-799.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637021&pid=S0120-0062201600020001700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Adorno, T. "Resignaci&oacute;n: sobre teor&iacute;a y praxis." <I>Laguna. Revista de filosof&iacute;a </I>1(1991): 95-100.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637023&pid=S0120-0062201600020001700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Adorno, T. <I>Dial&eacute;ctica negativa. La jerga de la autenticidad</I>. Trad. Alfredo Brotons. Madrid: Ediciones Akal, 2005.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637025&pid=S0120-0062201600020001700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bacon, F.<I> De dignitate et augmentis scientarum</I>. Vol II. of <I>The Works of Lord Bacon</I>. Ed. James Spedding, Robert Leslie Ellis and Douglas Denon Heath. Boston: Houghton Mifflin and co, 1900.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637027&pid=S0120-0062201600020001700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bloch, E.<I> Das Prinzip Hoffnung.</I> 3 vols.Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1959.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637029&pid=S0120-0062201600020001700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bloch, E. <I>Geist der Utopie</I>. Frankfurt am Main: Suhrkamp 1964.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637031&pid=S0120-0062201600020001700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bloch, E. <I>El principio esperanza.</I> Madrid: Aguilar, 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637033&pid=S0120-0062201600020001700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Descartes, R. <I>Meditationes de prima philosophia</I>. Vol. VII de <I>Oeuvres de Descartes</I>. Ed. Adam y Tannery. Paris: Leopold Cerf, 1904.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637035&pid=S0120-0062201600020001700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Dilthey, W. <I>Weltanschauungslehre: Abhandlungen zur Philosophie der Philosophie</I>. <I>Gesammelte Schriften</I>.Vol. VIII. Stuttgart; G&ouml;ttingen: &nbsp;Teubner/Vandenhoeck &amp; Ruprecht&nbsp; 1991.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637037&pid=S0120-0062201600020001700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Fellmann, F. <I>Ph&auml;nomenologie und Expressionismus</I>. Freiburg; M&uuml;nchen: Karl Alber Verlag, 1982.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637039&pid=S0120-0062201600020001700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gehring, P. <I>Traum und Wirklichkeit. Zur Geschichte einer Unterscheidung. </I>Frankfurt am Main; New York: Campus, 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637041&pid=S0120-0062201600020001700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Heidegger, M. "La &eacute;poca de la imagen del mundo<I>.</I>" <I>Caminos de bosque.</I> &#91;1938&#93;. Trad. Helena Cort&eacute;s y Arturo Leyte. Madrid: Alianza, 1996.63-79.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637043&pid=S0120-0062201600020001700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Heidegger, M. <I>Sein und Zeit</I>. T&uuml;bingen: Max Niemeyer, 1972.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637045&pid=S0120-0062201600020001700017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Heidegger, M. "Die Zeit des Weltbildes<I>.</I>" <I>Holzwege. </I>Frankfurt am Main: Vitorio Klostermann, 1977. 75-96.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637047&pid=S0120-0062201600020001700018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Heidegger, M. <I>Ser y Tiempo</I>. Traducci&oacute;n, introducci&oacute;n y notas de Jorge Eduardo Rivera, Santiago de Chile: Trotta, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637049&pid=S0120-0062201600020001700019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Henckmann, W. <I>Max Scheler</I>. M&uuml;nchen: Beck, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637051&pid=S0120-0062201600020001700020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Horkheimer, M. und Adorno, T. <I>Dialektik der Aufkl&auml;rung</I>. Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1971.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637053&pid=S0120-0062201600020001700021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Horkheimer, M. y Adorno, T. <I>Dial&eacute;ctica de la Ilustraci&oacute;n</I>. Trad. Joaqu&iacute;n Chamorro. Madrid: Ediciones Akal, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637055&pid=S0120-0062201600020001700022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Horkheimer, M. "Zur Zukunft der kritischen Theorie." &#91;1971&#93;. <I>Gesammelte Schriften</I>, Vol. 7. Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1985. 419-433.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637057&pid=S0120-0062201600020001700023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Husserl, E. <I>Philosophie als strenge Wissenschaft.</I> Frankfurt am Main: Klostermann 1965.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637059&pid=S0120-0062201600020001700024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Husserl, E. <I>La filosof&iacute;a como ciencia estricta</I>. Trad. Elsa Tabernig. Buenos Aires: Editorial Nova, 1969.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637061&pid=S0120-0062201600020001700025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Musil, R. <I>Der Mann ohne Eigenschaften</I>. Ed. Adolf Fris&eacute;. Hamburg: Reinbeck-Rowohlt, 1992.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637063&pid=S0120-0062201600020001700026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Musil, R. <I>El hombre sin atributos</I>. 2 vols. Buenos Aires: Seix Barral, 2004.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637065&pid=S0120-0062201600020001700027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Perler, D. <I>Zweifel und Gewissheit. Skeptische Debatten im Mittelalter.</I> Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, 2006.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637067&pid=S0120-0062201600020001700028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Plat&oacute;n, "Gorgias." <I>Di&aacute;logos. </I>Trad. Julio Calonge Ruiz. Vol II. Madrid: Gredos, 1987. 23-145.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637069&pid=S0120-0062201600020001700029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Plat&oacute;n, "<I>Teeteto</I>." <I>Di&aacute;logos. </I>Trad. &Aacute;lvaro Vallejo Campos. Vol V. Madrid: Gredos, 1988. 173-317.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637071&pid=S0120-0062201600020001700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Putnam, H. <I>The Many Faces of Realism.</I> La Salle, Illinois: Open Court, 1987.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637073&pid=S0120-0062201600020001700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Putnam, H. <I>Representation and Reality</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637075&pid=S0120-0062201600020001700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Putnam, H. <I>Representaci&oacute;n y realidad: un balance cr&iacute;tico del funcionalismo</I>. Trad. Gabriela Ventureira. Barcelona: Gedisa, 1990.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637077&pid=S0120-0062201600020001700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Putnam, H. <I>Las mil caras del realismo.</I> Trad. Margarita V&aacute;zquez Campos y Antonio Manuel Liz Guti&eacute;rrez. Introducci&oacute;n de Miguel &Aacute;ngel Quintanilla Barcelona: Paid&oacute;s, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637079&pid=S0120-0062201600020001700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Popkin, R. <I>Mit allen Makeln. Erinnerungen eines Philosophiehistorikers.</I> Hamburg: Meiner Verlag, 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637081&pid=S0120-0062201600020001700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Scheler, M. Die Lehre von den drei Tatsachen"(DT). <I>Gesammelte Werke</I>. Vol. X. Bonn: Bouvier Verlag, 1986a.431-474.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637083&pid=S0120-0062201600020001700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Scheler, M. Ph&auml;nomenologie und Erkenntnistheorie" (PE). <I>Gesammelte Werke</I>. Vol. X. Bonn: Bouvier Verlag, 1986b. 377-430.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1637085&pid=S0120-0062201600020001700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>  </font>      ]]></body><back>
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