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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[A pesar de los múltiples experimentos y observaciones realizados sobre las relaciones entre television y violencia, todavía no es posible ofrecer una conclusión definitiva, La mayoría de las investigaciones observan una correlación positiva entre la exposición habitual a violencia en los medios de comunicación y el actuar agresivamente en los sujetos expuestos, si bien estas correlaciones no tienen porqué explicarse necesariamente en términos causales; ambas variables podrían depender de un tercer factor, responsable de su correlación. Aunque la mayoría de los los autores defiende que el possible influjo causal de los medios de comunicación sobre los comportamientos agresivo y antisocial en la vida real, esto solo se ha observado a corto plazo. Para otros, por el contrario, la causalidad se mostraría justo en dirección contraria: quienes prefieren ver más televisión y las escenas más violentas son los que se comportan más agresivamente. Y no faltan quienes apuntan más bien hacia una posible causalidad bidireccional entre ambas variables, o incluso quienes piensan en su efecto catártico. Concluimos sugiriendo algunos posibles modelos psicológicos podrían explicar las eventuales relaciones -causales o no-entre ambas variables.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">      <p align="RIGHT"><b>ART&Iacute;CULOS</b></p>      <p align="center"><b><font size="4">TELEVISI&Oacute;N Y VIOLENCIA</font></b></p>     <p align="center"><b><font size="3">TELEVISION AND VIOLENCE</font></b></p>     <p align="center">J. MART&Iacute;N RAM&Iacute;REZ<sup>2</sup>     <br>   Universidad Complutense de Madrid, Espa&ntilde;a </p>     <p><sup>1</sup> Este trabajo ha sido realizado dentro del proyecto BSO2001-1224    del programa I+D+I del Ministerio de Ciencia y Tecnolog&iacute;a Espa&ntilde;ol.</p>     <p><sup>2</sup> Correspondencia: J. MART&Iacute;N RAM&Iacute;REZ. Departamento    de Psicobiolog&iacute;a. Universidad Complutense de Madrid, Espa&ntilde;a. Correo    electr&oacute;nico: mramirez@med.ucm.es.<a href="mailto:vgomez@uniandes.edu.co">vgomez@uniandes.edu.co</a></p> <hr size="1">     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>In spite the many observational and experimental studies on the relations between    television and violence found in the literature, there is still no agreement    about an eventual causal relationship. Even if most authors have observed a    positive correlation between both variables, these do not have to be necessarily    causal; both might depend of a third factor. Although most results show eventual    short term causal effects of mass media on violent behavior, some ones suggest    the opposite direction of the effect, a third group suggest rather bidirectional    influences, and finally other authors talk about the cathartic effects of some    violent programs. The final part of the article suggests some possible psychological    models as explanation of the eventual relationship between both variables.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Key words:</b> television,violence. </p>    <hr size="1">        <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>A pesar de los m&uacute;ltiples experimentos y observaciones realizados sobre    las relaciones entre television y violencia, todav&iacute;a no es posible ofrecer    una conclusi&oacute;n definitiva, La mayor&iacute;a de las investigaciones observan    una correlaci&oacute;n positiva entre la exposici&oacute;n habitual a violencia    en los medios de comunicaci&oacute;n y el actuar agresivamente en los sujetos    expuestos, si bien estas correlaciones no tienen porqu&eacute; explicarse necesariamente    en t&eacute;rminos causales; ambas variables podr&iacute;an depender de un tercer    factor, responsable de su correlaci&oacute;n. Aunque la mayor&iacute;a de los    los autores defiende que el possible influjo causal de los medios de comunicaci&oacute;n    sobre los comportamientos agresivo y antisocial en la vida real, esto solo se    ha observado a corto plazo. Para otros, por el contrario, la causalidad se mostrar&iacute;a    justo en direcci&oacute;n contraria: quienes prefieren ver m&aacute;s televisi&oacute;n    y las escenas m&aacute;s violentas son los que se comportan m&aacute;s agresivamente.    Y no faltan quienes apuntan m&aacute;s bien hacia una posible causalidad bidireccional    entre ambas variables, o incluso quienes piensan en su efecto cat&aacute;rtico.    Concluimos sugiriendo algunos posibles modelos psicol&oacute;gicos podr&iacute;an    explicar las eventuales relaciones -causales o no-entre ambas variables.</p>     <p><b>Palabras clave:</b> televisi&oacute;n, violencia.</p> <hr size="1">     <p><b><font size="3">INTRODUCCI&Oacute;N</font></b> </p>     <p>Mientras que la manipulaci&oacute;n biol&oacute;gica es ciencia-ficci&oacute;n    (Cerv&oacute;s Navarro &amp; Ram&iacute;rez, 1976; Ram&iacute;rez, 1976), la    manipulaci&oacute;n cultural, por el contrario, es un peligro real. El ambiente    ejerce un potente influjo moderador sobre la conducta (Ram&iacute;rez, 1984),    principalmente a trav&eacute;s de los medios de comunicaci&oacute;n impresos    y audiovisuales, y especialmente de la televisi&oacute;n, dada su influyente    funci&oacute;n creadora sobre la opini&oacute;n p&uacute;blica, determinando    y condicionando mucho de lo que suele pensar, decir y hacer la gente. Su influencia    es tan grande que incluso se suele conocer a los medios de comunicaci&oacute;n    con el sobrenombre de Cuarto Poder, en cuanto que act&uacute;an como contrapeso    del poder pol&iacute;tico. Esto implica una enorme responsabilidad en la selecci&oacute;n    de noticias y en la aplicaci&oacute;n de los necesarios criterios &eacute;ticos.    As&iacute;, Karl Popper, tras insistir sobre el enorme poder de la televisi&oacute;n    sobre la mente humana, suger&iacute;a la conveniencia de una autodisciplina    por parte de sus productores porque &laquo;una televisi&oacute;n sin reglas    est&aacute; provocando la corrupci&oacute;n moral de la humanidad&raquo;. No    es sorprendente que los personajes televisivos que se adoptan como modelos,    suelen dejar mucho que desear moralmente.</p>     <p> Este influjo resulta especialmente importante cuando la capacidad    cr&iacute;tica de los espectadores no es muy elevada, como suele ocurrir con    personas inmaduras: adultos poco formados y ni&ntilde;os, tan influenciables    al estar en pleno desarrollo mental. De ah&iacute; la preocupaci&oacute;n social    y cient&iacute;fica sobre sus posibles efectos, tanto beneficiosos, ayudando    en su prevenci&oacute;n mediante la educaci&oacute;n (Covarrubias, 1980), como    nocivos, fomentando el desencadenamiento de conductas violentas. Nos encontramos    ante una de las instituciones que m&aacute;s pueden influir sobre la educaci&oacute;n    infantil.</p>     <p> Un campo especialmente delicado es el relacionado con la violencia.    La televisi&oacute;n muestra cada vez con m&aacute;s frecuencia e intensidad    escenas de violencia: asesinatos, robos, secuestros y tantas otras escenas inapropiadas    durante la infancia. Los programas infantiles muestran incluso mayor cantidad    de actos violentos que los programados para adultos: la National Coalition on    Television Violence (NCTV) ha calculado que, a los 8 a&ntilde;os, un ni&ntilde;o    norteamericano ya ha visto unos 15.000 homicidios en televisi&oacute;n. Y seg&uacute;n    la Asociaci&oacute;n Espa&ntilde;ola de Teleespectadores y Radioyentes, cada    semana se ven 670 homicidios, 420 tiroteos, 8 suicidios, 30 torturas, y un sinfin    de violaciones, sexo, robos y otros episodios violentos. Los ni&ntilde;os est&aacute;n    expuestos a demasiadas escenas violentas en televi-si&oacute;n. Williams y col.    (1982), por ejemplo, han contado una media de 17 agresiones -f&iacute;sicas    o verbales- por cada hora de programa televisivo. </p>     <p> &iquest;Influir&aacute; este &#39;exceso de dieta violenta&#39;    en el desencadenamiento o aumento de las tendencias agresivas de los teleespectadores,    impuls&aacute;ndoles a actuar de modo similar a lo que ven en la pantalla? La    poblaci&oacute;n en general intuye que s&iacute;, tal como ha confirmado una    encuesta nacional llevada a cabo en Estados Unidos (Harris, 1977). El 43% de    los adultos encuestados pensaba que la excesiva presencia de programas televisivos    de tipo violento influir&iacute;a de alguna manera en que la sociedad sea cada    vez m&aacute;s violenta; otro 37% lo consideraba al menos como una afirmaci&oacute;n    plausible; s&oacute;lo un 16% no cre&iacute;an en su influjo. La propia American    Medical Association (1976) declaraba que &quot;la violencia en televisi&oacute;n    amenaza la salud y el bienestar de los j&oacute;venes norteamericanos&raquo;,    comprometiendose consecuentemente a buscar los remedios oportunos, y a fomentar    &laquo;la oposici&oacute;n a programas televisivos que contengan violencia y    a sus patrocinadores&quot;. </p>     <p>Pronto el mundo cient&iacute;fico empieza a interesar-se tambi&eacute;n    en el tema, convirtiendose en uno de los campos psicol&oacute;gicos sobre los    que m&aacute;s se ha investigado en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os. Aunque    no resulta nada f&aacute;cil interpretar los muy distintos resultados obtenidos    en la ya gran cantidad de investigaciones llevadas a cabo, una primera aproximaci&oacute;n    sugiere un amplio consenso en favor de que la exposici&oacute;n a la violencia    televisiva de alguna manera fomenta la agresividad en ni&ntilde;os (apenas se    ha investigado a&uacute;n el tema en adultos). Da la impresi&oacute;n, por tanto,    que los modelos agre-sivos que m&aacute;s preocupan a padres e investigadores    son precisamente los ofrecidos en la pantalla televisiva.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> A continuaci&oacute;n, se presentar&aacute;n los m&eacute;todos    para el estudio de la relaci&oacute;n entre TV y violencia, la validez cient&iacute;fica    de sus posibles efectos, su duraci&oacute;n y los posibles modelos explicativos.  </p>     <p><b><font size="3">PRINCIPALES M&Eacute;TODOS DE ESTUDIO</font></b> </p>     <p> Los muy variados estudios cient&iacute;ficos sobre las eventuales    relaciones entre televisi&oacute;n y violencia, pueden agruparse en las siguientes    categor&iacute;as: surveys o encuestas, estudios correlacionales, estudios experimentales    de laboratorio, y estudios observacionales de campo, a corto plazo y longitudinales.    Comentemos brevemente en qu&eacute; consiste cada uno de ellos. </p>     <p> Encuestas</p>     <p> Analizan si los medios de comunicaci&oacute;n fomentan o no    una subsiguiente agresividad y, en caso de que as&iacute; fuere, de qu&eacute;    tipo y en qu&eacute; medida, hacia qui&eacute;nes se dirigir&aacute;, en qu&eacute;    circunstancias, etc. As&iacute;, la NCTV valora el grado de violencia de los    telefilms seg&uacute;n el n&uacute;mero de actos violentos f&iacute;sicos o    verbales- por unidad de tiempo, y observa la cantidad aparente de imitaci&oacute;n    directa desencadenada por cada tipo de actos. Su continua preocupaci&oacute;n    porque disminuya la presencia de violencia en la televisi&oacute;n norteamericana    empieza a verse recompensada: mientras que crec&iacute;a incesantemente hasta    mediados de los a&ntilde;os ochenta, en los noventa disminuy&oacute; en un 40%    (Renfrew, 1996). </p>     <p> Otra encuesta actualmente en marcha es el National Television    Violence Study (NTVS), programado por la National Cable Television Association.    Su principal objetivo consiste en valorar y analizar los niveles de violencia    encontrados en todo tipo de programas, incluyendo emisoras de radio, a las distintas    horas de la parrilla de programaci&oacute;n, a lo largo de tres a&ntilde;os,    para ver c&oacute;mo va evolucionando la violencia en la televisi&oacute;n norteamericana.    Una primera conclusi&oacute;n de inter&eacute;s es la importancia del contexto    en el que aparece la violencia (Donnerstein, 1998). </p>     <p> Las encuestas suelen limitarse a analizar el contenido de    los programas, por ejemplo, determinando el n&uacute;mero de episodios agresivos    encontrados, qui&eacute;n participa, d&oacute;nde y cu&aacute;ndo, cu&aacute;les    son sus consecuencias y otras caracter&iacute;sticas similares, as&iacute; como    su mayor o menor fantas&iacute;a o realismo. Aunque no pretenden demostrar ninguna    relaci&oacute;n causal -ni siquiera suelen medir el comportamiento de    la audien-cia-, s&iacute; permiten sugerir el papel &#39;reforzante&#39;    de los medios de comunicaci&oacute;n, y especialmente de la TV, influyendo sobre    las actitudes de los espectadores m&aacute;s vulnerables. As&iacute;, muchos    programas inculcan en el subconsciente del espec-tador ideas preconcebidas,    tales como que somos agresivos por naturaleza, la vida es violencia, que la    lucha por la vida a menudo exige una cierta dosis de violencia, que la violencia    abre las puertas del &eacute;xito, que los violentos son los ajenos a nuestro    grupo -extranjeros y gente de otras etnias-, y otras por el estilo.    M&aacute;s a&uacute;n, dada la popularidad de los programas violentos, y por    ende su rentabilidad econ&oacute;mica, su atracci&oacute;n por la industria    audiovisual resulta indiscutible, dado que su principal objetivo no es otro    que hacer dinero. </p>     <p>Estudios correlacionales </p>     <p> Comparan la cantidad y el tipo de violencia emitida en televisi&oacute;n    con el comportamiento agresivo o antisocial observado en los tele-spectadores    por ejemplo, luchas u otros incidentes de delincuencia, medido indirectamente,    mediante apreciaciones propias o ajenas -normalmente compa&ntilde;eros,    padres o maestros- y, a veces, incluso mediante observaciones directas,    lo m&aacute;s imparciales posibles, hechas por los propios investigadores. </p>     <p> Con frecuencia se han observado correlaciones positivas entre    la cantidad de tiempo ante el televisor -sea cuales fuere el tipo de escenas    vistas y nivel de agresi&oacute;n infantil, en ambos sexos, en los ambientes    socioecon&oacute;micos m&aacute;s variados, y en muy diversos grupos &eacute;tnicos    (por ejemplo, McCarthy &amp; cols., 1975). As&iacute;, seg&uacute;n Juan Rey    Calero, de la Real Academia Espa&ntilde;ola de Medicina, el nivel de conducta    agresiva detec-tada en las consultas pedi&aacute;tricas var&iacute;a seg&uacute;n    la cantidad de tiempo dedicado a ver televisi&oacute;n: un 5% entre quienes    ven 5 a 10 horas a la semana; un 6,15% entre quienes ven de 10 a 15 horas a    la semana; y m&aacute;s del 9,41% entre quienes ven m&aacute;s de 25 horas a    la semana. La propia Academia Norteamericana de Pediatr&iacute;a (American Academy    of Pediatrics, 1990), ha llegado a hacer la siguiente declaraci&oacute;n institucional:    &quot;los pediatras deber&iacute;an recomendar a los padres que limiten a una    o dos horas diarias el tiempo que sus hijos ven televisi&oacute;n&quot;. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En un interesante estudio transnacional, Brandon Centerwall    (1989) compar&oacute; el nivel total de homicidios entre la poblaci&oacute;n    blanca de pa&iacute;ses con similar nivel de lectura de libros y prensa o audiencia    radiof&oacute;nica pero en los que la televisi&oacute;n se hab&iacute;a implantado    con un cuarto de siglo de diferencia entre s&iacute;: mientras que en EE.UU.    y Canad&aacute; la televisi&oacute;n se introdujo en los a&ntilde;os 50, en    Sud&aacute;frica, por motivos pol&iacute;ticos relacionados con el apartheid,    no empez&oacute; a emitirse hasta 1975. Pues bien, en todos ellos se observ&oacute;    una correlaci&oacute;n paralela entre la aparici&oacute;n de la televi-si&oacute;n    y el subsiguiente aumento del nivel de homicidios, cuya tasa se doblaba unos    10-15 a&ntilde;os despu&eacute;s, es decir cuando se hac&iacute;an adultos aquellos    ni&ntilde;os que ya pod&iacute;an ver televisi&oacute;n. Estos datos, apoyados    en las teor&iacute;as que defienden que las ra&iacute;ces del comportamiento    antisocial pueden encontrarse en la infancia, resultaban tentadores, en cuanto    que suger&iacute;an que la mera exposici&oacute;n a la televisi&oacute;n durante    la infancia mostraba efectos modificadores de la conducta a largo plazo, tal    como refleja, a&ntilde;os despu&eacute;s, una actividad primordialmente adulta,    como es el homicidio. Quiz&aacute; tambi&eacute;n podr&iacute;a ampliarse dicha    sugerencia a otras formas de agresi&oacute;n interpersonal, no estudiadas en    el mencionado estudio. Id&eacute;ntico tipo de an&aacute;lisis, sin embargo,    no ha encontrado efectos significativos por lo que se refiere a la tasa de suicidios    (Centerwall, 1996).</p>     <p> Otro estudio igualmente interesante en cuanto que fue realizado    pr&aacute;cticamente cuando comenzaba a emitirse televisi&oacute;n en Sud&aacute;frica    (entre 1977 y 1981), consisti&oacute; en autoinformes sobre la cantidad total    de televisi&oacute;n vista por adolescentes blancos de ambos sexos, entre 13    y 17 a&ntilde;os, y su agresividad: mostr&oacute; igualmente una correlaci&oacute;n    positiva, si bien sus eventuales efec-tos parec&iacute;an ser menores que los    producidos por otros influjos familiares y sociales (Botha &amp; Mels, 1990).</p>     <p> Una amplia encuesta efectuada en repetidas ocasiones por la    cadena norteamericana NBC a lo largo de los a&ntilde;os setenta en alumnos de    ense&ntilde;anza elemental de ambos sexos, tambi&eacute;n encontr&oacute; una    correlaci&oacute;n positiva significativa tanto entre la cantidad total de televisi&oacute;n    vista y su nivel de agresividad, valorada por sus compa&ntilde;eros, como entre    la cantidad de escenas violentas televisadas y dicha agresividad. Sus datos,    sin embargo, aunque no excluyen la hip&oacute;tesis de que la exposici&oacute;n    habitual a programas violentos aumenta la agresividad ulterior de sus telespectadores,    tampoco parecen lo suficientemente tajantes como para apoyarla: apenas se encontraron    diferencias ente ambas situaciones (r = 0,13 para televisi&oacute;n en general,    y r = 0,23 para escenas agresivas) (Milavsky &amp; cols., 1982). </p>     <p> El posible influjo espec&iacute;fico de programas violentos    no presenta resultados consistentes. Seg&uacute;n unos estudios, comparando    las tasas de violencia televisiva y la de cr&iacute;menes violentos en Estados    Unidos durante la d&eacute;cada de los ochenta, descubren un aumento paralelo    de ambas s&oacute;lo durante los dos primeros a&ntilde;os; luego aparecen tendencias    opuestas: cuando aumenta la violencia en televisi&oacute;n, disminuye el crimen,    y viceversa, si bien de modo no proporcional entre s&iacute; (Renfrew, 1996).  </p>     <p> Por el contrario, seg&uacute;n otras encuestas, entre un 22%    y un 34% de los j&oacute;venes encarcelados por cr&iacute;menes violentos reconoc&iacute;an    haber imitado conscientemente t&eacute;cnicas criminales aprendidas en televisi&oacute;n    (Heller &amp; Polsky, 1976). Desde esta perspectiva, y en relacion con la influencia    negativa de los medios de comunicacion social, en un art&iacute;culo sobre el    comportamiento criminal en Colombia, Samudio (2001) afirma textualmente que    &laquo;estos medios contribuyen secundariamente a la construccion del delincuente    y s&oacute;lo cuan-do en &eacute;l se ha dado un desarrollo que les concede    a sus mensajes un sentido que para otros no tienen. En estos medios el muchacho    puede encontrar conocimientos que contribuyan a la eficacia de sus actividades    delictivas asi como valores que pueden fortalecer los suyos como el pragmatismo    y la valoracion positiva de la violencia&raquo; (p&aacute;g. 70).</p>     <p> Obviamente, las correlaciones observadas no tiene porqu&eacute;    explicarse necesariamente en t&eacute;rminos causales, pues la simple correlaci&oacute;n    sincr&oacute;nica entre dos variables dependientes, como la exposici&oacute;n    a la violencia televisiva y el tipo y frecuencia de comportamientos agresivos    observables en la audiencia, nunca podr&aacute; demostrar una conexi&oacute;n    causal3 . Por ejemplo, el ver mucha televisi&oacute;n podr&iacute;a explicarse    por la falta de otras alternativas mejores a las qu&eacute; dedicar el tiempo    libre, tales como hacer deporte, desarrollar manualidades u otras habilidades    art&iacute;sticas, pasear o ejercitar actividades al aire libre, cultivar amistades    que ayuden al desarrollo de la inteligencia y al fomento de la creatividad leyendo,    escribiendo o compartiendo experiencias con padres y amigos, etc. En una palabra,    aunque meros resultados correlacionales no permiten concluir la existencia de    una rela-ci&oacute;n de causalidad, sus datos tampoco resultar&iacute;an inconsistentes    con ella. </p>     <p> Estudios experimentales de laboratorio </p>     <p> Buscan posibles conexiones causales entre la &#39;agresi&oacute;n    simb&oacute;lica&#39; derivada de escenas violentas proyectadas en pel&iacute;culas    o en televisi&oacute;n (no se puede olvidar su gran contenido emocional) (Aguilar    &amp; Ramirez, 1997) y la &#39;agresi&oacute;n real&#39; de los sujetos    expuestos, mediante la valoraci&oacute;n de los cambios comportamentales subsi-guientes    a dicha proyecci&oacute;n. </p>     <p> La primera investigaci&oacute;n experimental que se plante&oacute;    la posibilidad de que la violencia en los medios pod&iacute;a contribuir a aumentar    la violencia en la sociedad, la llev&oacute; a cabo Albert Bandura en Stanford    durante los a&ntilde;os sesenta. Consist&iacute;a en analizar la conducta de    ni&ntilde;os de ense&ntilde;anza preescolar ante objetos inanimados -mu&ntilde;ecos    de pl&aacute;stico inflados, llamados Bobo Dolls- imitando lo que acababan    de ver hacer a los adultos durante breves pel&iacute;culas que se les proyectaba    previamente. Se basaba por tanto en sus fuertes efectos imitadores de modelos.    El propio Bandura (1965), sin embargo, puntualiz&oacute; que del hecho que los    ni&ntilde;os aprendieran dichas respuestas contra los mu&ntilde;ecos no podr&iacute;a    colegirse necesariamente que tambi&eacute;n las utilizaran contra personas,    ni siquiera que pudieran interpretarse como verdaderas agresiones, pues las    circunstancias expuestas en las pel&iacute;culas de los Bobo Dolls eran muy    lejanas de las que suelen encontrarse durante la realidad cotidiana. Sus estudios,    por tanto, no permit&iacute;an concluir que la observaci&oacute;n de pel&iacute;culas    violentas fomentase la agresi&oacute;n interpersonal. </p>     <p> De ah&iacute; que se ingeniaran otra serie de experimentos    de laboratorio en los que se proyectaban pel&iacute;culas con escenas de violencia    m&aacute;s cercanas a lo que suele verse en televisi&oacute;n o en cine, y con    medidas m&aacute;s &#39;reales&#39;: la agresi&oacute;n contra otros ni&ntilde;os    -y no contra meros mu&ntilde;ecos-, medida mediante t&eacute;cnicas    de observaci&oacute;n o cuantificada mediante el uso de determinados botones.    Por ejemplo, se analizaban las tendencias a ayudar o a da&ntilde;ar a otros    ni&ntilde;os tras proyectarles unas breves escenas de tipo agresivo escenas    de la c&eacute;lebre serie televisiva &quot;Los Intocables&quot;- o    no agresivo -ve&iacute;an pruebas atl&eacute;ticas-: la breve exposici&oacute;n    a episodios agresivos facilitaba la agre-sividad inmediatamente posterior -apretaban    con mayor frecuencia un bot&oacute;n que supuestamente desencadenaba quemaduras    sobre otra perso-na- en sujetos de ambos sexos; pero esto no ocurr&iacute;a    si s&oacute;lo ve&iacute;an pruebas atl&eacute;ticas (Liebert &amp; Baron, 1972).  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Por su parte, Josephson (1987) not&oacute; que la exposici&oacute;n    a se&ntilde;ales que acababan de verse en una pel&iacute;cula violenta resultaba    especialmente potente como desencadenante de la agresividad contra sus compa&ntilde;eros,    y Bushman y Geen (1990) observaron que tambi&eacute;n aumentaba la presi&oacute;n    arterial sist&oacute;lica. Este aumento de la agresividad cotidiana y de una    mayor facilidad en su provocaci&oacute;n en situaciones experimentales tras    ver pel&iacute;culas violentas, se ha observado tanto en chicos previamente    catalogados como agresivos, como en otros &#39;no agresivos&#39; (Parke    y cols, 1977). De modo paralelo, la proyecci&oacute;n de pel&iacute;culas con    modelos pro-sociales fomentaba en los ni&ntilde;os un comportamiento menos agresivo    (Pitkannen-Pulkkinen, 1979). </p>     <p> La visi&oacute;n de escenas violentas tambi&eacute;n afectaba    el nivel de castigo (Goldstein y cols., 1975). Sin embargo, aunque se tomaba    esto como me-dida de agresi&oacute;n, podr&iacute;a haberse interpretado igualmente    como reflejo de una mayor percepci&oacute;n de la necesidad de controlar la    violencia, de modo similar a c&oacute;mo, tras ver un programa sobre los efectos    nocivos del tabaco, uno se puede sentir m&aacute;s restrictivo respecto al fumar.  </p>     <p> En resumen, la mayor&iacute;a de los resultados obtenidos    en laboratorio, bajo condiciones bien controladas, sugieren que la exposici&oacute;n    de ni&ntilde;os a escenas violentas tanto en cine como en televisi&oacute;n    facilitan comportamientos similares inmediatamente despu&eacute;s, es decir    a corto plazo… al menos en algunos sujetos (v. revisiones en: Comstack,    1975, 1980; Geen, 1990). </p>     <p> Estudios observacionales de campo </p>     <p> La realidad de la vida, sin embargo, no puede captarse del    todo en el ambiente artificial de un laboratorio (Freedman, 1984). La exposici&oacute;n    de ni&ntilde;os a breves escenas violentas y la observaci&oacute;n de sus reacciones    inmediatamente despu&eacute;s, no logran acercarse lo suficiente al &#39;realismo&#39;    deseado como para contribuir de modo decisivo a la comprensi&oacute;n de tan    complejo efecto cultural. De ah&iacute; la necesidad de acercarse a condiciones    m&aacute;s &#39;naturales&#39;, a&uacute;n a riesgo de no poder aplicar    con todo rigor los apropiados controles procedimentales exigibles en un experimento    cient&iacute;fico. Y esto es lo que se proponen los estudios observacionales    de campo; por ejemplo, se observa si se dan eventuales respuestas verdaderamente    agresivas en la escuela o en casa, en vez de en el contexto artificial de un    laboratorio, tras proyectar pel&iacute;culas enteras, en las que hay tanto escenas    violentas como noviolentas, tal como suele ocurrir en la realidad. </p>     <p>Estudios muy variados hechos con ni&ntilde;os suelen coincidir    aunque no siempre- en la existencia de una correlaci&oacute;n estad&iacute;sticamente    significativa y altamente replicable entre ambas variables. Sin ser muy fuerte,    tiene suficiente magnitud como para reflejar una significaci&oacute;n social    (Rosenthal, 1986). As&iacute;, Leyens y cols., (1975), tras proyectar pel&iacute;culas    durante cinco noches consecutivas a dos grupos de chicos internos en un colegio    -violentas a unos y no violentas a otros-, observaron que aquellos    chi-cos expuestos a pel&iacute;culas violentas mostraban un aumento en algunas    respuestas agresivas - aunque no en todas- durante los d&iacute;as    subsiguientes, pero no encontraron cambios consistentes en el grupo que vio    pel&iacute;culas no violentas. </p>     <p> Zillmann (1993) llev&oacute; a cabo dos experimentos para    estudiar la conducta hostil interpersonal. En el primero, tras una semana viendo    pel&iacute;culas violentas o &#39;inocuas&#39;, los sujetos eran tratados    de manera abusiva o cort&eacute;s por una persona desconocida. Cuando se les    daba la oportunidad de responder a dicho comportamiento, lo hac&iacute;an con    mayor hostilidad aquellos que hab&iacute;an visto pel&iacute;culas violentas;    aunque la exposici&oacute;n prolongada a la violencia divulgada por los medios    tambi&eacute;n afectaba a quienes, lejos de haber sido provocados, hab&iacute;an    sido tratados con cortes&iacute;a, las represalias eran mayores en los sujetos    provocados; su hostilidad se ve&iacute;a intensificada por la previa exposici&oacute;n    prolongada a la violencia en los medios. En un segundo experimento, personas    &#39;compinchadas&#39; con el experimentador provocaban a los sujetos haciendo    comentarios inc&oacute;modos y desagradables sobre ellos. Posteriormente, &eacute;stos    ten&iacute;an la oportunidad de tomarse una represalia, al pedirseles que valoraran    el trabajo de dichas personas, d&aacute;ndoles a entender que su opini&oacute;n    ser&iacute;a tenida en cuenta a la hora de decidir si se les segu&iacute;a contratando    o no. Pues bien, la intensidad de la represalia era directamente proporcional    al grado de excitaci&oacute;n causada por la pel&iacute;cula que hab&iacute;an    visto previamente: tras proyectarles las pel&iacute;culas m&aacute;s desagradables,    se enfadaban m&aacute;s y su valoraci&oacute;n del &#39;compinche&#39; era    peor. </p>     <p> Otros estudios de campo, sin embargo, mostraron conclusiones    muy distintas. Feshbach y Singer (1971), por ejemplo, tras proyectar pel&iacute;culas    violentas y no violentas a dos grupos de chicos con un pasado de delincuencia,    observaron un mayor n&uacute;mero de interacciones agresivas en aquellos que    hab&iacute;an visto pel&iacute;culas no violentas; seg&uacute;n su interpretaci&oacute;n,    este aparente aumento de la agresividad tras ver pel&iacute;culas no violentas    ser&iacute;a m&aacute;s bien fruto de la frustraci&oacute;n, pues las pel&iacute;culas    resultaban demasiado aburridas. Y Milgran y Shottland (1973), tras proyectar    programas televisivos en los que se observaban diversos comportamientos antisociales,    como robar o utilizar el tel&eacute;fono de modo abusivo, tampoco observaron    cambios significativos en la conducta. </p>     <p> Un meta-an&aacute;lisis de estudios a corto plazo (Wood, Wong    &amp; Cachere, 1991) analizando 30 comparaciones en 23 estudios en los que se    med&iacute;a la agresi&oacute;n en interacciones sociales no estructuradas,    mostr&oacute; un aumento significativo del nivel de agresividad en ni&ntilde;os    tras su exposici&oacute;n a violencia en cine o televisi&oacute;n, si bien este    efecto no era uniforme en todos los estudios analizados. Por el contrario, estudios    de campo en adultos s&oacute;lo han mostrado correlaci&oacute;n significativa    en raras ocasiones. </p>     <p> Otro metaan&aacute;lisis m&aacute;s amplio se analizaron m&aacute;s    de un millar de comparaciones encontradas en 185 estudios experimentales y observacionales-    tambi&eacute;n encontr&oacute; una fuerte asociaci&oacute;n entre la exposici&oacute;n    a la violencia divulgada y la conducta agresiva y antisocial de los telespectadores,    si bien sus autores (Comstock &amp; Paik, 1991) no se aventuraron a ofrecer    posibles explicaciones causales. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En resumen, aunque sigue en pie la controversia sobre la interpretaci&oacute;n    de los datos, dada la dificultad de medir con exactitud el nivel de agresividad    desencadenada, la mayor&iacute;a de los trabajos apuntan a que los chicos que    se comportan m&aacute;s agresivamente son los que, tomados en su conjunto, ven    m&aacute;s televisi&oacute;n y prefieren las escenas violentas (Bachrach, 1986;    Comstock, 1980; Huesman &amp; Eron, 1986). </p>     <p><i>Estudios longitudinales de campo </i></p>     <p> Son m&aacute;s din&aacute;micos, pues comparan dichas relaciones    en distintas ocasiones a lo largo del desarrollo con el fin de evaluar su din&aacute;mica    y el eventual valor predictivo del comportamiento infantil. Aunque en este tipo    de estudios no es posible separar con certeza absoluta causas y efectos, un    an&aacute;lisis adecuado de los datos obtenidos permite sugerir la mayor o menor    plausibilidad de un posible efecto causal, pudiendo resultar cruciales a la    hora de valorar m&aacute;s directamente el significado pr&aacute;ctico de la    relaci&oacute;n entre comportamiento agresivo y exposici&oacute;n habitual a    esce-nas violentas en los medios de comunicaci&oacute;n. En concreto, nos dicen    si la violencia televisiva a la que se exponen durante la infancia sirve como    &iacute;ndice predictivo de futuras conductas agresivas y antisociales en la    edad adulta. </p>     <p> Una interesante coincidencia -problemas de recepci&oacute;n    de se&ntilde;ales impidieron que la televisi&oacute;n llegara a una peque&ntilde;a    regi&oacute;n del norte de Canad&aacute; hasta 1973- permiti&oacute; analizar    su impacto en una comunidad hasta entonces &acute;virgen&acute; de dicho hipot&eacute;tico    influjo, compar&aacute;ndola con otras dos comunidades similares, pero con televisi&oacute;n:    mien-tras que en las comunidades &#39;control&#39; los niveles de agresividad    f&iacute;sica (pegar, empujar y morder) y verbal en ni&ntilde;os de seis y siete    a&ntilde;os no cambiaron significativamente durante los dos a&ntilde;os que    dur&oacute; el estudio, en la ciudad &#39;virgen&#39; el nivel de agresi&oacute;n    infantil aument&oacute; en un 160% respecto al nivel existente antes de la introducci&oacute;n    de la televisi&oacute;n (Joy, Kimball &amp; Zabrack, 1986). Esto, a pesar de    que los niveles de violencia de la televisi&oacute;n canadiense suelen ser relativamente    bajos, unas cuatro veces menores que los estadounidenses, seg&uacute;n un estudio    de la NCTV hecho en 1981. En una palabra, la mera posibilidad de acceso a la    programaci&oacute;n televisiva, aunque sea no violenta, acarrear&iacute;a un    aumento en la agresividad de la audiencia infantil. </p>     <p> Huesmann, Eron y cols. (1984) hicieron un estudio longitudinal    en la Norteam&eacute;rica semi-rural, durante m&aacute;s de dos decenios, aplicando    en tres ocasiones una serie de medidas a un mismo grupo de personas del Columbia    County (Nueva York), cuando ten&iacute;an 8, 18 y 30 a&ntilde;os, respectivamente.    Su aportaci&oacute;n m&aacute;s importante consisti&oacute; en observar una    correlaci&oacute;n significativa entre la agresi&oacute;n en edad temprana y    la conducta antisocial y criminal en edad adulta. A los ocho a&ntilde;os, los    chicos -pero no las chicas- mostraban una correlaci&oacute;n entre    la cantidad de violencia televisiva que ve&iacute;an, seg&uacute;n sus madres,    y su nivel de agresi&oacute;n, evaluado por sus compa&ntilde;eros (r = 0,21);    dicha correlaci&oacute;n ya no se daba a los 18 a&ntilde;os, aunque s&iacute;    se constat&oacute; que aquellos chicos que prefer&iacute;an m&aacute;s escenas    violentas diez a&ntilde;os antes, eran los que se comportaban de modo m&aacute;s    agresivo (r = 0,34) [en Finlandia, seg&uacute;n estudios hechos por Viemer&ouml;    (1986), esto ocurr&iacute;a en sujetos de ambos sexos, y no s&oacute;lo en varones];    a los treinta a&ntilde;os, tampoco se encontr&oacute; relaci&oacute;n alguna    entre sus actuales h&aacute;bitos televisivos y su conducta, pero s&iacute;    se observ&oacute; c&oacute;mo los h&aacute;bitos de ver televisi&oacute;n adquiridos    por los chicos en edades tempranas (a los ocho a&ntilde;os) s&iacute; se correlacionaban    con su comportamiento agresivo en la edad adulta, sirviendo consiguientemente    para predecir sus niveles de criminalidad. </p>     <p> El mismo equipo de investigaci&oacute;n ha ampliado sus datos    haciendo una comparaci&oacute;n transnacional (Huesman &amp; Bachrach, 1988;    Huesman, Lagerspetz &amp; Eron, 1984). Aunque, como era de esperar, encontraron    variaciones sustanciales entre los pa&iacute;ses estudiados (Australia, Estados    Unidos, Finlandia, Israel y Polonia), tambi&eacute;n pudieron sacarse interesantes    conclusiones generales: los ni&ntilde;os m&aacute;s agresivos ve&iacute;an m&aacute;s    televisi&oacute;n, prefer&iacute;an los programas m&aacute;s violentos, se identificaban    m&aacute;s con los personajes y percib&iacute;an las escenas violentas como    m&aacute;s cercanas a la realidad que los menos agresivos. </p>     <p>Adem&aacute;s, excepto en la muestra australiana, tambi&eacute;n    se detect&oacute; un posible efecto longitudinal entre la exposici&oacute;n    habitual a la violencia televisiva y el ulterior aumento de agresividad, sirviendo    aquella como &iacute;ndice predictivo del comportamiento agresivo a&ntilde;os    despu&eacute;s (Huesman &amp; Miller, 1994; Viemer&ouml;, 1986). Lo contrario,    sin embargo, no se ha observado: el nivel de agresividad infantil no permite    predecir la cantidad de violencia que ser&aacute; observada en los medios en    su edad adulta (Viemer&ouml;, 1986; Viemer&ouml;, Olafsen &amp; Lagerspetz,    1998). </p>     <p> Este estudio longitudinal sugiere un influjo peque&ntilde;o,    d&eacute;bil y ligero -solo se encontr&oacute; una clara correlaci&oacute;n    en los varones y adem&aacute;s limitada &uacute;nicamente a entre un 1% y un    23% de las conductas agresivas medidas en ni&ntilde;os-, apuntando m&aacute;s    bien a relaciones que entreveen un efecto causal bidireccional y complejo. En    cierta medida, no obstante, tambi&eacute;n apoya las conclusiones aportadas    por experimentos de laboratorio, seg&uacute;n las cu&aacute;les la exposici&oacute;n    a la violencia divulgada en los medios estimular&iacute;a la conducta agresiva,    sugiriendo que en los varones podr&iacute;a encontrarse una relaci&oacute;n    longitudinal entre dicha exposici&oacute;n habitual a la violencia en la infancia    y el crimen violento en la edad adulta. As&iacute; pues, una vez que se desarrolla    un tipo caracter&iacute;stico de respuesta agresiva, &eacute;sta persistir&iacute;a    durante largo tiempo; la agresividad temprana, reflejada en la edad escolar,    tiene una cierta probabilidad de convertirse en una severa conducta antisocial    en los j&oacute;venes adultos, pudi&eacute;ndose manifestar como agresi&oacute;n    f&iacute;sica, conducta criminal, abuso u otras conductas antisociales similares.  </p>     <p> La predisposici&oacute;n a ver televisi&oacute;n y a comportarse    agresivamente podr&iacute;an deberse tambi&eacute;n a la participaci&oacute;n    a&ntilde;adida -y quiz&aacute; m&aacute;s importante- de otros muchos    factores que podr&iacute;an afectar a ambas variables: el ver televisi&oacute;n    durante la infancia afectar&iacute;a al desarrollo cognitivo, el cual, a su    vez, influir&iacute;a en una mayor agresividad durante la vida adulta. </p>     <p> Hasta ahora se pensaba que el periodo cr&iacute;tico se centraba    en la preadolescencia, no mostr&aacute;ndose efectos adecuados cuando los excesos    televisivos ten&iacute;an lugar a edades posteriores (Hennigan &amp; cols. 1982;    Milavsky &amp; cols., 1982). Dolf Zillmann est&aacute; investigando si la exposici&oacute;n    continuada a violencia en televisi&oacute;n tambi&eacute;n influye negativamente    en aquellos tele-spectadores adultos m&aacute;s propensos a cometer actos violentos.    Ya ha estudiado su efecto sobre actitudes hacia la violencia, como medios para    resolver conflictos, encontrando diferencias duraderas entre sexos: mientras    que una exposici&oacute;n prolongada a la violencia no parece afectar esencialmente    a las mujeres, los hombres s&iacute; se ven claramente influidos, aunque no    de modo general ni uniforme, sino m&aacute;s bien dependiendo de sus peculiares    rasgos de personalidad y, de modo m&aacute;s concreto, de su sensibilidad. Parece    ser que los hombres que tienen mayores probabilidades de ser influidos a actuar    violentamente son aquellos m&aacute;s insensibles y crueles, mientras que, como    ocurr&iacute;a con las mujeres, apenas se afectan los m&aacute;s &#39;emp&aacute;ticos&#39;,    es decir los m&aacute;s sensibles a los sentimientos ajenos. Cuanta mayor cantidad    de violencia televisiva se vea, m&aacute;s agresivo ser&aacute; tambi&eacute;n    el comportamiento a corto plazo en individuos impulsivos, pues les predis-pone    hacia la hostilidad, mientras que disminui-r&aacute; la agresividad en individuos    con dificultades para vivenciar o enfrentarse abiertamente a sus sentimientos    agresivos, ya que les servir&iacute;a de catarsis o purga ps&iacute;quica contra    la violencia reprimida. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> En resumen, los datos longitudinales disponibles parecen apoyar    la hip&oacute;tesis de que la exposici&oacute;n habitual durante la infancia    a la violencia divulgada en los medios de comunicaci&oacute;n influye en el    desarrollo de la conducta agresiva en una magnitud suficiente como para mostrar    importantes diferencias sociales, y con efectos relativamente independientes    de otros factores, quiz&aacute; m&aacute;s influyentes en s&iacute;. </p>     <p> <i>Dificultades de Interpretaci&oacute;n </i></p>     <p> La interpretaci&oacute;n de estos resultados, tan variados    y con solo correlaciones relativamente modestas, cuando no incluso inconsistentes,    no est&aacute; exenta de dificultades, maxime dadas las no pocas diferencias    encontradas en los m&eacute;todos aplicados, en las medidas utilizadas y en    los contextos culturales estudiados. </p>     <p>En primer lugar, la metodolog&iacute;a aplicada puede resultar    problem&aacute;tica. Resulta peligroso generalizar a situaciones naturales,    como son el conflicto social o la violencia presente en la sociedad, resultados    obtenidos en ambientes artificiales como los experimentales de un laboratorio:    el golpear un mu&ntilde;eco de goma o el apretar un bot&oacute;n parecen poco    representativos de las agresiones presentes en &#39;la vida real&#39;. Incluso    el medir el eventual comportamiento agresivo desencadenable tras ver una pel&iacute;cula    violenta -por lo general algo mas bien trivial-, y pretenderlo equiparar    a la agresi&oacute;n desencadenada en conflictos sociales, mucho m&aacute;s    severa, como intentan inferir algunos investigadores, resulta ciertamente &#39;atrevido&#39;,    por decirlo suavemente.</p>     <p> Adem&aacute;s, el sentimiento de punibilidad ante dichas acciones    experimentales puede ser me-nor, pues parecen como alentadas por el experimentador    que las propone. Algo similar podr&iacute;a ocurrir con el contenido de una    pel&iacute;cula: por muy violento que resulte en s&iacute;, por el mero hecho    de haber sido seleccionado por el experimentador puede suponerse aceptable (Freedman,    1984).</p>     <p> En cuanto a los estudios de campo, es dif&iacute;cil controlar    en su totalidad las m&uacute;ltiples variables eventualmente presentes. Por    ejemplo, no resulta f&aacute;cil medir con exactitud el comportamiento agresivo    en ambientes donde, lejos de aplicarse los estrictos controles caracter&iacute;sticos    de los labo-ratorios, contribuyen a la varianza muchas otras variables incontroladas.    Tambi&eacute;n parece olvi-darse el hecho de que otras escenas no violentas    o incluso prosociales probablemente tendr&iacute;an tambi&eacute;n un efecto    en sentido opuesto, disminu-yendo la agresi&oacute;n subsiguiente (Bar&oacute;n    y Robertson, 1995). </p>     <p> Los resultados sobre los que se quiere basar una interpretaci&oacute;n    causal de los efectos de la exposici&oacute;n a la televisi&oacute;n, son igualmente    modestos. Si los efectos televisivos fueran verdaderamente potentes, sus correlaciones    se acercar&iacute;an a la unidad, en vez de solo ese r = 0,31 encontra-do entre    la exposici&oacute;n habitual a la televisi&oacute;n a los ocho a&ntilde;os    y el nivel de agresividad a los diecinueve (Eron &amp; cols., 1972), y el influjo    televisivo contar&iacute;a para m&aacute;s de ese entre el 1% y el 23% contabilizado    por Huesmann. Algunos muestran incluso efectos inconsistentes; por ejemplo,    se observa mayor nivel de agresividad en los grupos control en casi un tercio    de un total de 23 estudios analizados por Wood y cols. (1991), es decir, en    siete. </p>     <p> Adem&aacute;s, los estudios realizados suelen analizar efectos    demasiado a corto plazo como para especular sin riesgo sobre c&oacute;mo un    peque&ntilde;o cambio observado durante la infancia pueda irse acumulando a    lo largo del tiempo hasta producir un efecto tan significativo socialmente como    es el de influir sobre la violencia en la edad adulta (Wood &amp; cols, 1991).    Tampoco he encontrado en la literatura cient&iacute;fica ni datos experimentales    ni teor&iacute;as que sirvan para soportar con una cierta &#39;decencia&#39;    cient&iacute;fica el por qu&eacute; lo que puede incrementar agresi&oacute;n    a corto plazo, tenga que aumentarla tambi&eacute;n a largo plazo. Por ejemplo,    es un hecho que la excitaci&oacute;n tiende a aumentar la agresividad a corto    plazo -no hay m&aacute;s que observar c&oacute;mo suelen responder los    ni&ntilde;os ante situaciones frustrantes-, pero no est&aacute; en modo    alguno relacionada con niveles generales de una agresividad m&aacute;s permanente.</p>     <p> A la hora de analizar eventuales correlaciones, tampoco puede    dejarse a un lado toda otra serie de factores que predisponen a una persona    a ser m&aacute;s o menos susceptible al influjo de la violencia televisiva:    la edad, el nivel previo de agresividad, el proceso de socializaci&oacute;n    a que est&aacute; sometido, su propio tipo de personalidad, su nivel de inteligencia    y de desarrollo cognitivo, el origen cultural, las expectativas morales, la    normativa existente y, por supuesto, la individualidad y libertad de cada sujeto    (Ram&iacute;rez, 1993). Todo ello influir&aacute; sobre la percepci&oacute;n    de la violencia. </p>     <p>Por &uacute;ltimo, entre los cient&iacute;ficos no faltan posibles    prejuicios tanto personales como ideo-l&oacute;gicos. Hay quienes, en su af&aacute;n    entusiasta por convencer a la sociedad sobre la necesidad de limitar la exposici&oacute;n    a la violencia televisiva, exageran sus eventuales efectos nocivos. Por ejemplo,    en un lugar leemos que hay 2.500 investigaciones que demuestran su efecto negativo,    cuando en realidad el total de estudios cient&iacute;ficos publicados sobre    el tema en revistas de prestigio no pasa del centenar, y de ellos muy pocos    aportan datos experimentales propios. Otros hacen un uso selectivo de la informaci&oacute;n,    ignorando aquellos datos que no &#39;casan&#39; con sus teor&iacute;as preconcebidas,    cerrando sus ojos, por ejemplo, a otros posibles efectos beneficiosos, que presumiblemente    tambi&eacute;n tendr&aacute; la televisi&oacute;n, o al influjo paralelo de    otras conductas igualmente reflejadas en los programas proyectados.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Y en cuanto a sus eventuales implicaciones pol&iacute;ticas,    solo mencionaremos, como ejemplo, la interpretacion marxista dada por Murdock    (1982), presentando la violencia juvenil como parte de la lucha de clases, y    la televisi&oacute;n como un importante medio para cambiar la percepci&oacute;n    de las clases sociales. </p>     <p> Resumen de resultados</p>     <p> La mayor&iacute;a de las investigaciones muestran una correlaci&oacute;n    positiva entre la exposici&oacute;n ha-bitual a violencia en los medios de comunicaci&oacute;n    y el actuar agresivamente en los sujetos expuestos. Esta correlaci&oacute;n    se observa m&aacute;s claramente en aquellos sujetos previamente menos agresivos    (Viemer&ouml;, 1986). </p>     <p> Una mera correlaci&oacute;n, maxime si es a bajo nivel como    las aqu&iacute; encontradas, no asegura su eventual causalidad -podr&iacute;a    reflejar meras diferencias en la estabilidad de las medidas (Rogosa, 1980) -.    De ah&iacute; que no haya podido demostrarse a&uacute;n su relaci&oacute;n causal,    y menos a&uacute;n la direccionalidad de &eacute;sta, si bien tampoco se ha    podido negar. No es de extra&ntilde;ar, por tanto, que encontremos explicaciones    muy distintas entre s&iacute;. </p>     <p> La mayor&iacute;a de los trabajos apoyan un posible efecto    causal: la exposici&oacute;n a la violencia en los medios de comunicaci&oacute;n    aumentar&iacute;a la conducta agresiva subsiguiente del espectador. No obstante,    conviene hacer una serie de salvedades. En primer lugar, hay que recordar que    la mayor&iacute;a de las investigaciones se han llevado a cabo en ni&ntilde;os;    de ah&iacute; que, salvo que se advierta lo contrario, los resultados aqu&iacute;    comentados se limiten a la edad infantil. Aunque la exposici&oacute;n de los    adultos a la violencia televisiva apenas se ha estudiado, su influjo sobre el    desencadenamiento de la conducta agresiva no parece que sea tan influyente como    durante la infancia (Huesmann y Miller, 1994). En segundo lugar, los eventuales    efectos causales se han observado en laboratorio, por lo que resulta arriesgado    generalizar sus resultados a contextos naturales propios de la vida real. Por    &uacute;ltimo, la mayor&iacute;a de los estudios, tanto los experimentales en    laboratorio como los observacionales est&aacute;ticos, se han limitado a analizar    posibles efectos inmediatos, a corto plazo, durante el periodo inmediatamente    subsiguiente a la visi&oacute;n de una escena violenta. &iquest;Ser&iacute;an    duraderos los efectos observados? Parece ser que los eventuales efectos de la    exposici&oacute;n habitual a la violencia difundida en los medios se disipar&iacute;an    r&aacute;pidamente, influyendo &uacute;nicamente sobre la conducta inmediata.    Intentos de analizar eventuales efectos a largo plazo -por ejemplo midiendo    el nivel de agresi&oacute;n sexual un mes despu&eacute;s de la exposici&oacute;n    televisiva- no han mostrado la existencia de efectos significativos (Malamuth,    1986). </p>     <p> Para otros, por el contrario, la causalidad mostrar&iacute;a    justo la direcci&oacute;n contraria: lo que ocurre en realidad no es que los    programas violentos desencadenen mayor agresividad en los telespectadores, sino    que los chicos que se comportan m&aacute;s agresivamente son los que pre-fieren    ver m&aacute;s televisi&oacute;n y las escenas m&aacute;s violentas (Bachrach,    1986; Comstock, 1980; Gunter, 1994; Huesman &amp; Eron, 1986). Viemer&ouml;    (1986), por ejemplo, observ&oacute; que las escenas violentas de las pel&iacute;culas    les gustaban m&aacute;s a las chicas m&aacute;s agresivas que a las m&aacute;s    pac&iacute;ficas. Las pel&iacute;culas agresivas se limitar&iacute;an a &#39;mantener&#39;    una agresi&oacute;n ya existente con anterioridad (Zillmann, 1982), en vez de    facilitarla. Sin embargo, y a pesar de utilizarse los an&aacute;lisis estad&iacute;sticos    m&aacute;s variados, han resultado infructuosos los intentos de verificar esta    hip&oacute;tesis seg&uacute;n la cual la agresi&oacute;n causar&iacute;a un    aumento en la visi&oacute;n de escenas violentas. </p>       <p>   No faltan tampoco quienes apuntan m&aacute;s bien hacia una posible causalidad    bidireccional entre ambas variables (por ejemplo, Huesman y Eron, 1984); la    exposici&oacute;n a la violencia en los medios aumentar&iacute;a la agresi&oacute;n    y, al mismo tiempo, los sujetos agresivos preferir&iacute;an ver m&aacute;s    escenas violentas. Su &uacute;nico apoyo experimental parece haberse encontrado    en un an&aacute;lisis de regresi&oacute;n m&uacute;ltiple realizado con el material    recogido durante tres a&ntilde;os por los mencionados autores en diversos pa&iacute;ses.    Pero cuando se ampli&oacute; a los datos recogidos durante seis a&ntilde;os,    no se lograron resultados id&eacute;nticos. </p>     <p> Otros, no encontrando suficiente base cient&iacute;fica para    afirmar necesariamente una relaci&oacute;n causal, prefieren defender la existencia    de una mera correlaci&oacute;n no causal (por ejemplo, Freedman, 1984, 1992).    Ambas variables de-pender&iacute;an de un tercer factor, responsable de su correlaci&oacute;n.    Podr&iacute;an verse afectadas tanto por algunos factores psicobiol&oacute;gicos,    como las diferencias sexuales, el nivel cognitivo o los rasgos de la personalidad    de cada uno, como por algunos otros socioculturales, quiz&aacute; incluso m&aacute;s    influyentes que los propios medios de comunicaci&oacute;n, como el ambiente    socioecon&oacute;mico en el que uno se desenvuelve, la familia, los compa&ntilde;eros,    y dem&aacute;s circunstancias ambientales. </p>     <p> Estos &#39;terceros&#39; factores influir&iacute;an en    la facilitaci&oacute;n de la conducta violenta en el teleespectador, ya sea    como posibles mediadores o instigadores -motivando la agresividad y afectando    indirectamente su aprendizaje-, ya sea incluso m&aacute;s directamente,    como verdaderos componentes o fuentes moldeadoras de las res-puestas y de la    socializaci&oacute;n del ni&ntilde;o, desarrollando o inhibiendo tanto un excesivo    apego a ver televisi&oacute;n, y especialmente programas violentos, cuanto un    posible comportamiento pos-terior violento y antisocial o, por el contrario,    prosocial. </p>     <p> Nadie duda de la importancia de la edad como mediador, aunque    quiz&aacute; act&uacute;e en m&uacute;tuo refuerzo con otros factores. Mientras    que en estudios realizados en Estados Unidos (Eron &amp; cols., 1983) los h&aacute;bitos    de ver televisi&oacute;n muestran un periodo sensitivo alrededor de los nueve    a&ntilde;os, en ni&ntilde;os finlandeses Vappu Viemer&ouml; (1986) ha observado    su cont&iacute;nuo aumento a lo largo de los a&ntilde;os. Tambi&eacute;n hay    opiniones variadas respecto a la estabilidad de la agresividad y su consistencia    a lo largo del tiempo: mientras que algunos autores (por ejemplo Olweus, 1979)    dicen que &eacute;sta tiende a estabilizarse con la edad, otros han observado    importantes fluctuaciones durante la pubertad, y no faltan quienes consta-tan    diferencias sexuales, con una mayor estabilidad en varones (ver, por ejemplo,    Pulkkinen &amp; Ram&iacute;rez, 1989). El tema tiene su inter&eacute;s, pues    si la conducta reflejada durante la infancia sirve para pronosticar con razonable    aproximaci&oacute;n la conducta que se tendr&aacute; en la edad adulta, entonces    merecer&aacute; la pena investigar cu&aacute;les son los influjos tempranos    sobre la adquisici&oacute;n de agresi&oacute;n. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Como dec&iacute;amos, tambi&eacute;n se encuentran diferencias    sexuales; las mujeres distinguen mejor entre realidad y ficci&oacute;n, mientras    que los varones tienden a interpretar lo que ven en televisi&oacute;n como algo    m&aacute;s cercano a la realidad de lo que a veces pudiera esperarse, y consecuentemente    se identifican m&aacute;s con los personajes agresivos; de ah&iacute; que se    encuentre entre los varones un mayor nivel predictivo entre la violencia observada    en televisi&oacute;n durante la infancia y su ulterior comportamiento agresivo    en la juventud (Huesman &amp; cols., 1998). Igualmente una exposici&oacute;n    prolongada a la violencia parece afectar esencialmente a los hombres, aunque    no de modo general ni uniforme, sino m&aacute;s bien dependiendo de sus peculiares    rasgos de personalidad, mientras que las mujeres no suelen ser tan sensibles    (Zillmann, 1993).</p>     <p> &iquest;Se han encontrado posibles diferencias seg&uacute;n    la personalidad del individuo? &iquest;Hay personas m&aacute;s sensitivas que    otras ante el influjo de los medios? Viemer&ouml; (1986), a&uacute;n defendiendo    el valor predictivo de la exposici&oacute;n a la violencia en todo tipo de ni&ntilde;os,    observ&oacute; que el aumento del comportamiento agresivo resultaba m&aacute;s    pa-tente en aquellos originariamente menos agresivos, mientras que, por el contrario    y en contraste con lo indicado por Bj&ouml;rkqvist (1985), no encontr&oacute;    un influjo sistem&aacute;tico en el grupo de ni&ntilde;os m&aacute;s agresivos.    Zillmann (1993) tampoco encontr&oacute; diferencias en cuanto al comportamiento    hostil interpersonal, tras estudiarlo entre toda una variedad de tipos de personalidad.  </p>     <p>&iquest;Influir&iacute;an m&aacute;s los medios de comunicaci&oacute;n    en los m&aacute;s d&eacute;biles intelectualmente hablando? &iquest;Ser&iacute;a    el nivel de inteligencia del expectador o, m&aacute;s ampliamente, su capacidad    cognitiva en general ese tercer factor principal? Un informe del gobierno norteamericano    (Pearl &amp; cols, 1982) apuntaba hacia la existencia de una correlaci&oacute;n    negativa entre la cantidad de tiempo dedicado por un ni&ntilde;o a ver televisi&oacute;n    y su nivel de inteligencia y rendimiento escolar. Un bajo nivel de inteligencia    podr&iacute;a desencadenar tanto una con-ducta m&aacute;s agresiva ya sea por    frustraci&oacute;n, ya por incapacidad de aprender estrategias de actuaci&oacute;n    no agresiva-, cuanto una mayor tendencia a ver televisi&oacute;n, quiz&aacute;    para obtener vicariamente lo que echan de menos en su propia vida. En efecto,    el tiempo dedicado a la televisi&oacute;n podr&iacute;a haberse dedicado a actividades    m&aacute;s estimulantes, creativas y &#39;productivas&#39;, al menos en    ambientes socialmente elevados y con buen nivel intelectual. El mencionado informe,    sin embargo, no se olvida de mencionar que la exposici&oacute;n a la televisi&oacute;n    tambi&eacute;n tiene efectos beneficiosos, especialmente para ni&ntilde;os desarrollados    en ambientes poco estimulantes, como suele ser el caso en clases sociales bajas    y con poco nivel intelectual, en las que la televisi&oacute;n podr&iacute;a    covertirse en un estupendo estimulante del h&aacute;bito de lectura y del trabajo    escolar (Huston, 1984; ver tambi&eacute;n Covarrubias, 1980).</p>     <p> Si se considera el rendimiento escolar como un indicador de    inteligencia, no se ha observado correlaci&oacute;n alguna del mismo con la    cantidad de violencia vista en los medios, pero s&iacute; una correlaci&oacute;n    negativa con la conducta agresiva: los ni&ntilde;os m&aacute;s agresivos obten&iacute;an    peores notas, y el ver excesiva televisi&oacute;n o muchas escenas violentas    no les motivaba a hacer los deberes escolares (Viemer&ouml;, 1986). </p>     <p> El estudio longitudinal llevado a cabo por Eron y Huesman    a lo largo de m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, y mencionado anteriormente,    ha mostrado que la interferencia de la agresi&oacute;n infantil sobre el desarrollo    intelectual adulto era mayor que lo contrario, es decir, que la del fallo intelectual    infantil sobre la agresividad adulta. Esto sugiere que el aprendizaje de comportamientos    agresivos mediante la observaci&oacute;n de excesiva violencia en televisi&oacute;n    durante la infancia podr&iacute;a tener como efecto secundario una disminuci&oacute;n    del rendimiento intelectual en la edad adulta. </p>     <p> Sin embargo, Wiegman y cols. (1984), al analizar la posibilidad    de que el cociente intelec-tual fuera la &uacute;nica variable relacionada con    ambas, y por tanto el responsable causal de su posible intercorrelaci&oacute;n,    observaron que dicha correlaci&oacute;n permanec&iacute;a incluso cuando el    factor intelectual estaba parcialmente fuera; por tanto, &eacute;ste no podr&iacute;a    explicar por s&iacute; solo la mencionada correlaci&oacute;n negativa. </p>     <p> Otro factor con quiz&aacute; mayor peso en el desencadenamiento    de violencia que la capacidad cognitiva, podr&iacute;a ser la falta de auto-con-trol.    La agresividad es un sentimiento m&aacute;s que com&uacute;n en los humanos    -y obviamente tambi&eacute;n en otras especies-, pero en la mayor    parte de las ocasiones logramos moderarla con &eacute;xito, evitando as&iacute;    que se convierta en una expresi&oacute;n violenta seria. Aquellas personas caracterizadas    por una mayor propensi&oacute;n a la violencia, por tanto, ver&iacute;an explicada    su conducta agresiva no tanto por ser de una naturaleza o personalidad propensa    a la agresi&oacute;n, cuanto por ser m&aacute;s impulsivos y faltos de auto-control    (Cabanac &amp; Ramirez, 2002). </p>     <p> Los datos obtenidos respecto al eventual influjo del nivel    socioecon&oacute;mico no son consistentes. Estudios elaborados en Estados Unidos    parecen encontrar una cierta correlaci&oacute;n negativa entre ambos: un bajo    nivel social se corresponder&iacute;a con un mayor nivel de agresi&oacute;n,    tanto en la cantidad de escenas violentas vistas cuanto en su comportamiento    en la vida real, quiz&aacute; por frustraci&oacute;n o por menor probabilidad    de aprendizaje de conductas prosociales. Esta correlaci&oacute;n, sin em-bargo,    no se observa en pa&iacute;ses con una mayor homogeneidad social (Huesmann &amp;    Eron, 1986). As&iacute; pues, la situaci&oacute;n socioecon&oacute;mica -al    igual que ocurr&iacute;a con la capacidad cognitiva- tampoco parece responder    de modo completo a dichas espectativas causales; la eventual correlaci&oacute;n    entre ambas variables es independiente de dichas circunstancias (Huesman &amp;    cols., 1998; Singer &amp; Singer 1981). </p>     <p>La valoraci&oacute;n moral, la identificaci&oacute;n con el    personaje y la interpretaci&oacute;n de lo proyectado como algo real forman    tambi&eacute;n una red m&uacute;tuamente reforzante sobre el joven espectador.    En efecto, la justificaci&oacute;n moral de las esce-nas difundidas juega un    papel interesante en el ulterior comportamento del espectador. Cuanto m&aacute;s    se justifica moralmente, o cuando mayores sean las expectativas sociales al    respecto, m&aacute;s aceptable resulta (Ramirez, 1991, 1993). Lo que satisface    nuestras necesidades reales tiende a verse como aceptable, mientras que cuanto    m&aacute;s las obstaculiza, m&aacute;s inaceptable y condenable se considera;    y cuanto m&aacute;s aceptable sea, m&aacute;s imitable resulta. Geen (1981)    observ&oacute; un aumento del criticismo agresivo en los espectadores, tras    ver en televisi&oacute;n agresiones &#39;justificadas&#39;. </p>     <p>S&oacute;lo a&ntilde;adir&iacute;amos que los ni&ntilde;os de una cultura pueden    mostrar expectativas normativas distintas a los de otras (Fujihara &amp; cols.,    1999; Musazadek 1999; Ram&iacute;rez, 1991, 1993, 2001b; Ram&iacute;rez &amp;    Fujihara, 1997; Ram&iacute;rez &amp; cols., 1998). Por ejemplo, la correlaci&oacute;n    entre ver escenas violentas en televisi&oacute;n y su comportamiento agresivo    resulta muy baja en kibbutzs, ya que en ellos se fomenta entre los ni&ntilde;os    el rechazo de todo comportamiento agresivo en las relaciones sociales, por lo    que, adem&aacute;s de que suelen ver muy poca violencia en la televisi&oacute;n,    cuando lo hacen, la acompa&ntilde;an de una discusi&oacute;n sobre las implicaciones    sociales de lo que han visto (Bachrach, 1986). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Por su parte, la capacidad de imitaci&oacute;n de lo visto    es uno de los principales factores predictivos de la agresi&oacute;n futura    (Viemer&ouml;, 1986). Muchos estudios muestran un mayor nivel de agresividad    cuanto m&aacute;s se identifican los ni&ntilde;os con el agresor. A mayor identificaci&oacute;n    con los personajes de una pel&iacute;cula violenta, mayor identificaci&oacute;n    de su conducta y mayor disponibilidad para imitarla: &eacute;stos se convierten    en &#39;h&eacute;roes&#39; a imitar. Este claro proceso de aprendizaje ser&iacute;a    mayor cuanto m&aacute;s realistas y m&aacute;s cercanos a sus circunstancias    consideren a los &#39;actores&#39; y cuanto m&aacute;s reales parezcan los    personajes y las escenas observados.</p>     <p> &iquest;Desde cu&aacute;ndo distinguen los ni&ntilde;os entre    realidad y ficci&oacute;n? La importancia de los &#39;h&eacute;roes&#39;,    en cuanto imitables, empezaba a disminuir a partir de los 10-11 a&ntilde;os;    hasta entonces apenas se distingu&iacute;a entre personajes ficiticios y reales;    y luego, la identificaci&oacute;n tend&iacute;a a limitarse a aquellos personajes    m&aacute;s cercanos al contexto de su propia realidad o a su edad. Por ejemplo,    los &#39;h&eacute;roes&#39; de la misma edad que el expectador resultaban    los modelos que mayor influjo inme-diato mostraban sobre el proceso imitador    (Hichs, 1965). Mientras que, seg&uacute;n Lefkowitz y cols. (1977), la percepci&oacute;n    de realismo disminuir&iacute;a con la edad, para Viemer&ouml; (1986; Janis,    1980), por el contrario, a mayor edad, m&aacute;s cercano a su propia vida juzgaban    el contenido de las pel&iacute;culas violentas, valorando dicha violencia como    algo nor-mal, cotidiano y aceptable, y, en consecuencia, con mayor propensi&oacute;n    a imitarlo actuando ellos mismos de modo violento. El sexo del &#39;heroe&#39;,    sin embargo, no parec&iacute;a ser tan importante: as&iacute; Bokander y Lindblom    (1967) han descrito c&oacute;mo chicos de 15-17 a&ntilde;os se identificaban    con caracteres femeninos de tal manera que esta identificaci&oacute;n serv&iacute;a    para predecir su comportamiento seis a&ntilde;os despu&eacute;s.</p>     <p> Tambi&eacute;n se ha analizado el posible papel del castigo    o de la popularidad como posibles causas desencadenantes. Respecto al castigo,    no se encuentra relaci&oacute;n a largo plazo, y no faltan razones para ello    (Huesman y Miller, 1994). Y en cuanto a la popularidad, se ha observado en EEUU    que tanto los ni&ntilde;os m&aacute;s agresivos como los que ven m&aacute;s    violencia televisiva son los menos populares entre sus compa&ntilde;eros. </p>     <p>No faltan quienes, al no encontrar relaci&oacute;n causal alguna    entre ambas variables, entienden que la televisi&oacute;n se ha convertido en    la cabeza de turco o chivo expiatorio al que mentes con prejuicios echan toda    una serie de culpas de la que no es responsable, present&aacute;ndola como la    causante principal de una violencia que impregna nuestra sociedad actual4 ,    ignorando que otros factores bioculturales, como la falta de desarrollo, contribuyen    a la violencia social de manera mucho m&aacute;s importante (Kaplan &amp; Singer,    1976). El verdadero problema no consistir&iacute;a en que se vea violencia en    la pantalla, sino en que la violencia est&aacute; omnipresente en la sociedad    (pobreza, crimen, drogas). Aunque muchos cr&iacute;ticos culpan a la TV de envenenar,    narcotizar y embrutecer la mente de los espectadores, arruinando su creatividad,    lo que hace en realidad es aprovechar su constante acceso a la violencia gr&aacute;fica    en la vida diaria para ofrecernos el producto que buscamos, amold&aacute;ndose    a nuestros deseos, porque su negocio con-siste en vender audiencia a los patrocinadores.</p>     <p> Tampoco no podemos olvidar, como muy bien apunta Rojas Marcos    (2001), el cont&iacute;nuo atractivo l&uacute;dico de las im&aacute;genes violentas,    del sadismo y de la crueldad. Su poder embriagador es un efecto pernicioso similar    a la inquietud que causa nuestra atracci&oacute;n por las escenas violentas,    descrita por S. Agust&iacute;n en el Libro VI de sus Confesiones: el joven romano    Alipio se dej&oacute; arrastrar por la insistencia de sus amigos y acudi&oacute;    a rega&ntilde;adientes a presenciar un espect&aacute;culo de gladiadores. Aprensivo    de lo que iba a presenciar, cerr&oacute; los ojos; pero, al rato, despertado    por el griter&iacute;o de la multitud que le rodeaba, los abri&oacute; para    ver lo que ocurr&iacute;a: &laquo;la herida que recibi&oacute; en su alma fu&eacute;    m&aacute;s grave que la que hab&iacute;a recibido el gladiador en su cuerpo.    Cay&oacute; y cay&oacute; m&aacute;s miserablemente que el luchador, cuya ca&iacute;da    levant&oacute; el griter&iacute;o de la multitud. El clamor de la muchedumbre    hab&iacute;a taladrado sus oidos, oblig&aacute;ndole a abrir los ojos, dejando    abierta su alma para recibir la herida que le derrib&oacute;. Un alma m&aacute;s    presuntuosa que fuerte, pues, tan pronto como vi&oacute; la sangre correr, bebi&oacute;    la crueldad y no apart&oacute; los ojos. Mir&oacute; muy atento y se emocion&oacute;    sin darse cuenta, deleitandose con la maldad de aquella pelea y embriag&aacute;ndose    con aquel sangriento placer. Desde aquel momento Alipio ya no fu&eacute; el    mismo que hab&iacute;a entrado en el circo, sino uno m&aacute;s del populacho    que all&iacute; concurr&iacute;a, verdadero compa&ntilde;ero de quienes le hab&iacute;an    arrastrado. &iquest;Necesito decir m&aacute;s? Vi&oacute; el espect&aacute;culo,    grit&oacute; y qued&oacute; enardecido. Cuando dej&oacute; el coliseo, ya llevaba    consigo la locura que le empujar&iacute;a despu&eacute;s a volver una y otra    vez, no solamente con los amigos que le hab&iacute;an llevado por la fuerza,    sino tambi&eacute;n &eacute;l solo o llevando a otros amigos&raquo;. Algo parecido    ocurrir&iacute;a hoy d&iacute;a con los combates de boxeo o de lucha y, por    supuesto, con la violencia televisiva. </p>     <p> Desde esta perspectiva, se insiste en que los eventuales efectos    nocivos de la televisi&oacute;n son menores que los efectos beneficiosos que    tambi&eacute;n aporta; &eacute;stos afectar&iacute;an en mayor medida, incluso    sobre la propia violencia ambiental. En efecto, los medios de comunicaci&oacute;n    ofrecen tambi&eacute;n un contenido prosocial cuyo influjo positi-vo, constructivo,    sobre el comportamiento prosocial del espectador, ayudando a neutralizar muchas    de las fuerzas sociales conflictivas que invaden nuestra sociedad, suele ser    mayor que el influjo negativo de su contenido antisocial, fomentando el comportamiento    agresivo y antisocial. Estas facetas positivas, como formaci&oacute;n, cultura    y ocio, obviamente conviene fomentarlas. No en vano nos encontramos ante una    de las instituciones que m&aacute;s pueden influir sobre la educaci&oacute;n    (Covarrubias, 1980).</p>     <p>   Por ejemplo, seg&uacute;n un informe del gobierno norteamericano antes mencionado,    en clases sociales bajas y con poco nivel intelectual, la televisi&oacute;n    podr&iacute;a covertirse en un estupendo estimulante del h&aacute;bito de lectura    y del trabajo escolar (Huston, 1984). Sin embargo, seg&uacute;n otros, y estoy    pensando en el excanciller alem&aacute;n Gerhard Schr&ouml;der, estamos ante    una &#39;Sociedad escindida&#39;, seg&uacute;n los distintos ambientes familiares,    en la que hay ni&ntilde;os que por la ma&ntilde;ana van desayunados a la escuela    y otros que dejan su casa hambrientos, ni&ntilde;os a los que por la noche les    leen algo y otros que tras ver la tele durante horas se quedan dormidos en las    horas de clase, ni&ntilde;os que aprenden a leer y a escribir en la escuela,    y los dem&aacute;s. Los ni&ntilde;os en ambientes familiares desfavorables sufren    un exceso de im&aacute;genes de televisi&oacute;n y videojuegos, que se refleja    negativamente en una peor capacidad de abstracci&oacute;n y concentraci&oacute;n    en un texto. Estos ni&ntilde;os no pueden renunciar ni a una brizna de su tiempo    escolar en materias b&aacute;sicas, como leer, escribir y calcular, para dedicarlas    a Internet. </p>     <p> Adem&aacute;s, este posible papel beneficioso de la televisi&oacute;n,    por ejemplo a trav&eacute;s de campa&ntilde;as publicitarias de tipo preventivo,    a veces no resulta todo lo &uacute;til que ser&iacute;a de esperar, por falta    de claridad en el significado del mensaje que quiere transmitirse. Las campa&ntilde;as    preventivas ser&iacute;an quiz&aacute; m&aacute;s eficaces dentro de un contexto    de socializaci&oacute;n, como el ofrecido por la escuela, y facilitando la transmisi&oacute;n    de los mensajes a trav&eacute;s de figuras relevantes para el sujeto: al actuar    como modelos, su influencia ser&iacute;a mayor e inequ&iacute;voca. </p>     <p>Hay tambi&eacute;n quienes, basados en la noci&oacute;n de catarsis (la observaci&oacute;n    de violencia podr&iacute;a inducir a un desahogo de sentimienos agresivos, reduciendo    sus emociones personales de enfado y hostilidad), piensan (p.ej. Feshbach, 1956)    que la mera exposici&oacute;n a la violencia en medios tales como televisi&oacute;n    y deporte reducir&iacute;a la probabilidad de agresi&oacute;n: los telefilms    y las pel&iacute;culas violentas, as&iacute; como los juegos b&eacute;licos,    lejos de hacer que los ni&ntilde;os se vuelvan violentos, &laquo;constituyen    mecanismos de descarga de la agresividad, que ayudan a neutralizar la violencia,    como en el psicodrama o en el teatro&raquo;, seg&uacute;n se lee en un informe    de la Comisi&oacute;n Nacional Espa&ntilde;ola del D&iacute;a del Ni&ntilde;o    de 1998, en el que se asegura que &laquo;los ni&ntilde;os violentos lo son porque    han sido violentados, no por haber jugado a pelear con juguetes b&eacute;licos    o por haber visto pel&iacute;culas, aun-que cada edad tiene las pel&iacute;culas    que le corresponden. El juego -concluye el informe- permite al ni&ntilde;o canalizar    su natural agresi&oacute;n&raquo;, sirviendo, por tanto, para liberarnos de    nuestros impulsos interiores. La observaci&oacute;n de violencia, por tanto,    podr&iacute;a reducir el sentimiento agresivo. La acepta-ci&oacute;n de esta    postura, sin embargo, no repugna el poder aceptar tambi&eacute;n la de quienes    propugnan que la exposici&oacute;n a la violencia televisiva probablemente engendre    la ejecuci&oacute;n de actos violen-tos en sus espectadores. </p>     <p> Conviene puntualizar, no obstante, que la hipotesis de catarsis    no parece contar con suficiente soporte emp&iacute;rico. Muchos de los estudios    acerca de dicha hip&oacute;tesis (por ejemplo, Baron 1977; Heiligenberg &amp;    Kramer, 1972; Hokanson 1970; Liebert &amp; cols., 1973; Tavris 1982) muestran    que la expresion de conductas agresivas en lugar de disminuir la agresividad    del individuo en el futuro, puede producir no cambio, o incluso tiende a aumentarla.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Por &uacute;ltimo, y a pesar de los m&uacute;ltiples experimentos    y observaciones realizados a lo largo de los muchos a&ntilde;os que se lleva    investigando sobre este tema, todav&iacute;a no es posible ofrecer una conclusi&oacute;n    definitiva, pues resulta imposible separar causa y efecto. Menos a&uacute;n    est&aacute; claro en qu&eacute; medida podr&iacute;a influir la violencia presente    en los medios de comunicaci&oacute;n en el ambiente de violencia social presente    en la vida real, cambiando la opini&oacute;n sobre la prevalencia y localizaci&oacute;n    de cr&iacute;menes violentos, y de quienes se ven da&ntilde;ados por ellos.    Mientras que la literatura muestra una investigaci&oacute;n bastante convincente    respecto a las conexiones entre la exposici&oacute;n a la violencia en los medios    y la delinquencia y criminalidad individuales, a&uacute;n no se ha detenido    a describir adecuadamente c&oacute;mo los medios de comunicaci&oacute;n tambi&eacute;n    reproducen una cultura general de violencia en la que se definen las normas    y expectaciones. </p>     <p><b><font size="3">POSIBLES MODELOS EXPLICATIVOS</font></b> </p>     <p> &iquest;Qu&eacute; posibles modelos psicol&oacute;gicos podr&iacute;an    explicar las eventuales correlaciones observadas entre la exposici&oacute;n    habitual a la televisi&oacute;n, y m&aacute;s en concreto a sus escenas violentas,    y la conducta violenta de la propia audiencia? Sin &aacute;nimo de ser exhaustivos,    y sin que la aceptaci&oacute;n de una explicaci&oacute;n signifique necesariamente    la exclusi&oacute;n de otras -por el contrario, factores y mecanismos    muy diferentes pueden participar conjuntamente-, mencionaremos brevemente    alguno de los principales modelos posibles (Viemer&ouml;, 1986)</p>     <p> Modelamiento e imitaci&oacute;n </p>     <p> De acuerdo con la teor&iacute;a del aprendizaje social (Bandura,    1965, 1977), uno de los cl&aacute;sicos hallazgos de la psicolog&iacute;a social    es que a menudo nos vemos fuertemente influidos por las acciones de quienes    nos rodean, la familia, la escuela, el ambiente de trabajo, los medios de comunicaci&oacute;n,    etc.; especialmente los ni&ntilde;os aprenden a comportarse mediante el refuerzo    directo y la observaci&oacute;n de la conducta ajena. Estas diversas fuentes    o componentes sociales servir&aacute;n de modelos para sentimientos, pensa-mientos    y acciones. Por tanto, la exposici&oacute;n al comportamiento ajeno -en    nuestro caso a la violencia divulgada en medios de comunicaci&oacute;n-    puede desencadenar reacciones similares en quienes la observan, favoreciendo    su adqui-sici&oacute;n y subsiguiente repetici&oacute;n, mediante el aumento    de sentimientos hostiles y pensamientos agresivos (Anderson, 1997).</p>     <p>   &iquest;C&oacute;mo actuar&iacute;a este modelado? Su impacto sobre los observadores    suele atribuirse a cuatro factores principales. Primero, quienes observan escenas    violentas suelen aprender nuevos modos de comportarse violentamente, hasta entonces    desconocidos por ellos, mediante el llamado aprendizaje observacional; as&iacute;,    una cuarta parte de los criminales entrevistados en una c&aacute;rcel norteamericana    confesaron que hab&iacute;an utilizado m&eacute;todos criminales aprendidos    viendo la televisi&oacute;n; y hace s&oacute;lo unos a&ntilde;os, en 1993, dos    j&oacute;venes mataron a golpes a un ni&ntilde;o de dos a&ntilde;os, tras ver    escenas similares en la pel&iacute;cula &#39;El Mu&ntilde;eco Diab&oacute;lico&raquo;;    algo similar comenta Samudio (2001) respecto a los criminales colombianos. Segundo,    el verse expuesto a acciones agresivas desencadena en el sujeto una serie de    efectos desinhibidores: &#39;&iquest;si otros act&uacute;an con dicha impunidad    -vendr&aacute; a razonar porqu&eacute; no puedo yo tambi&eacute;n actuar    as&iacute;?&#39;. Tercero, la observaci&oacute;n frecuente de ciertas escenas    de contenido violento, aunque sean fant&aacute;sticas, va fomentando gradualmente    una desensibilizaci&oacute;n emocional ante la violencia, que acabar&iacute;a    considerandose como algo cotidiano, habitual, normal, sin mayor importancia,    y tolerable por la sociedad, cuando no incluso excitante y eficaz en las relaciones    socia-les. Finalmente, se puede acabar alterando la imagen de la realidad: el    ver con frecuencia escenas violentas, aunque sean producto de la &#39;fantas&iacute;a&#39;    del artista, tienden a crear en el observador el prejuicio de que dicha violencia    y hostilidad campean normalmente en su derredor -la sociedad act&uacute;a    as&iacute;, el mundo es un ambiente hostil, la vida es violencia-, y consiguientemente,    al sentirse f&aacute;cilmente amenazado, tambi&eacute;n &#39;se siente con    derecho&#39; a responder de modo igual-mente amenazante y agresivo para resolver    situa-ciones problem&aacute;ticas. </p>     <p> Seg&uacute;n una de sus formulaciones m&aacute;s recientes    (Bandura, 1986), lo m&aacute;s importante en el aprendizaje ser&iacute;a la    valoraci&oacute;n cognitiva de los m&uacute;ltiples hechos que tienen lugar    en su derredor: c&oacute;mo los interpreta el ni&ntilde;o y cu&aacute;n competente    se siente para responder ante los mismos. Cuanto m&aacute;s poderoso y cercano    a la realidad sea el modelo, m&aacute;s imitable resulta. La imitaci&oacute;n    de comportamientos agresivos observados ser&aacute; m&aacute;s probable si se    sienten provocados (por ejemplo, por frustraci&oacute;n), si tienen a su disposici&oacute;n    los instrumentos necearios para ello (por ejemplo, un arma) y si as&iacute;    obtienen los resultados deseados (Bandura, 1968).</p>     <p> Desensibilizaci&oacute;n fisiol&oacute;gica</p>     <p> Una excesiva exposici&oacute;n a la violencia televisiva disminuir&iacute;a    el nivel de excitaci&oacute;n ante nuevas escenas violentas (Bjorkqvist, 1985),    fomentando lo que Zillmann (1982) denomina una &#39;habituaci&oacute;n excitadora&#39;,    entendiendo por tal la utilizaci&oacute;n de la violencia por el observador    para lograr una cierta excitaci&oacute;n, a cuyo nivel se habit&uacute;a, necesitando    entonces una mayor dosis de violencia para sentir una excitaci&oacute;n similar.    Este proceso producir&iacute;a un cambio en actitudes y valores, disminuyendo    el umbral desencadenante de conducta agresiva. Seg&uacute;n Berkowitz (1984),    esta disminuci&oacute;n del nivel de excitaci&oacute;n fisiol&oacute;gica podr&iacute;a    reflejar la reducci&oacute;n del conflicto interno, al reducirse la ansiedad,    pero no necesariamente un descenso en las eventuales inclinaciones agresivas    del observador. </p>     <p>Desensibilizaci&oacute;n cognitiva </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Este modelo se basa en la sugerencia de que la exposici&oacute;n    a la violencia tiene un influjo modificador sobre actitudes y valores (Comstock,    1978; Gerbner, 1983). Los medios de comunicaci&oacute;n, al informar a los ni&ntilde;os    sobre las actitudes y valores del mundo adulto -a veces llegan a glorificar    la propia violencia-, les inducir&iacute;an a cambiar sus propias actitudes,    desensibilizando a sus inmaduros espectadores, quienes acabar&iacute;an pensando    que no hay nada malo en comportarse como el actor violento cuya pel&iacute;cula    ven (Janis, 1980). La excesiva oferta de contenidos violentos hace que el p&uacute;blico    llegue a aceptarlas como normales y tolerables, cambiandose as&iacute; actitudes    sobre la utilidad de la violencia en la sociedad. As&iacute;, por ejemplo, se    est&aacute; investigando bajo qu&eacute; circunstancias la gente aprueba el    uso de la violencia como medio para resolver conflictos (Zillmann, 1993). </p>     <p> Procesamiento de la informaci&oacute;n</p>     <p> A modo de un gui&oacute;n o estrategia cognitiva (Huesman,    1988), la exposici&oacute;n habitual a violencia, principalmente a trav&eacute;s    de cine y televisi&oacute;n, fomentar&iacute;a en los ni&ntilde;os una serie    de h&aacute;bitos agresivos que controlan su comportamiento social, persistiendo    hasta bien entrada la edad adulta. El ni&ntilde;o procesar&iacute;a la informaci&oacute;n    almacenandola en su memoria a modo de esquemas o guiones, entendidos como estrategias    o representaciones cognitivas de programas de conducta, que influir&aacute;n    en su conducta ulterior, como pautas generales de agresividad, refuerzo, aceptaci&oacute;n.    Estos guiones deben codificarse, almacenarse, ensayarse y encontrarse del mismo    modo que otras estrategias comportamentales: cuanto m&aacute;s las practique    el ni&ntilde;o, codificando, ensayando y buscando hechos y escenas agresivas    en su alrededor -por ejemplo, en la televisi&oacute;n, en los tebeos,    o en el juego-, con mayor facilidad los encontrar&aacute;, y consiguientemente    lo m&aacute;s probable ser&aacute; que se comporte agresivamente en situaciones    sociales similares. De modo paralelo, si almacena guiones prosociales, se comportar&aacute;    de modo no agresivo. As&iacute; pues, el ni&ntilde;o reaccionar&aacute; de modo    apropiado a los diversos est&iacute;mulos y situaciones sociales mediante toda    una serie de procesos cognitivos, aunque, una vez incorporados firmemente a    su repertorio personal a modo de guiones, parezca que los ejecuta de manera    aparentemente autom&aacute;tica, como si no pensara en lo que hace. El comportamiento    adulto depender&iacute;a en gran medida de la mayor o menor pr&aacute;ctica    previa de los guiones, por ejemplo, mediante fantas&iacute;a. </p>     <p> <i>Modelo cognitivo-neoasociacionista</i></p>     <p>Un pensamiento activo desencadenar&aacute; comportamientos del mismo tipo: los    medios de comunicaci&oacute;n ofrecer&iacute;an ideas que luego pueden hacer    realidad los espectadores (Berkowitz, 1984). La frecuente visi&oacute;n de escenas    violentas activar&iacute;a pensamientos relacionados con lo observado, llevando    a una estimaci&oacute;n exagerada de su aceptaci&oacute;n social, de su justificaci&oacute;n    moral o meramente de sus eventuales beneficios. Estos pensamientos e ideas relacionados    con la violencia se activar&iacute;an despu&eacute;s transform&aacute;ndose    en sentimientos y tendencias agresivas. Ni que decir tiene que este sentimiento    de mayor &#39;aceptabilidad&#39; de la violencia, fomentado por una exposici&oacute;n    habitual a la misma, disminuir&iacute;a su ansiedad y acabar&iacute;a aumentando    su comportamiento agresivo, dada la correlaci&oacute;n negativa entre agresi&oacute;n    y violencia observada por Vappu Viemer&ouml; (1986). Los medios de comunicaci&oacute;n,    por tanto, ser&iacute;an meras fuentes o esquemas cognitivos &#39;asociados    con agresi&oacute;n. </p>     <p><b><font size="3">CONCLUSI&Oacute;N</font></b> </p>     <p> La literatura cient&iacute;fica muestra datos contradictorios    sobre si la violencia televisiva realmente engendra actos violentos en sus espectadores,    o simplemente se limita a ejercer una modulacion sobre la conducta de ni&ntilde;os    y j&oacute;venes. Aunque la mayor&iacute;a defiende que la exposici&oacute;n    habitual a escenas violentas en los medios puede influir de alguna manera sobre    la estimulaci&oacute;n del comportamiento agresivo y antisocial en la vida real    [cuando los ni&ntilde;os se ven expuestos a modelos agresivos en TV, puede incrementarse    su agresi&oacute;n futura por el refuerzo de la imitaci&oacute;n social], otros    autores, basados en la noci&oacute;n del efecto cat&aacute;rtico, piensan lo    contrario, que su mera observaci&oacute;n reduce el sentimiento agresivo y consiguientemente    la probabilidad de agresi&oacute;n. Si intentamos poner de acuerdo ambas posturas    extremas, podr&iacute;amos concluir diciendo que, mientras la observaci&oacute;n    de violencia puede reducir el sentimiento agresivo, probablemente aumentar&aacute;    la ejecuci&oacute;n de actos agresivos. No obstante, a&uacute;n no es posible    ofrecer una conclusi&oacute;n definitiva. Si resulta poco menos que imposible    separar su direccionalidad -&iquest;causa o efecto? -, menos claro    estar&aacute; a&uacute;n en qu&eacute; medida podr&iacute;an influir entre s&iacute;.  </p>     <p>Tampoco puede negarse a priori que la exposici&oacute;n habitual    durante la infancia a una excesiva difusi&oacute;n de la violencia en los medios    de comunicaci&oacute;n pueda acarrear posibles efectos a largo plazo, influyendo    sobre el actual nivel de criminalidad en la vida adulta y en la violencia social    que nos oprime, incluso en una magnitud suficiente como para explicar importantes    diferencias sociales. No faltan modelos psicol&oacute;gicos que puedan explicarlo    de modo plausible: el aprendizaje social, la desensibilizaci&oacute;n, el procesamiento    cognitivo de la informaci&oacute;n, el cognitivismo-neoasociacionista, etc.  </p>     <p> Pero, aunque los efectos de la exposici&oacute;n a la televisi&oacute;n    -sean o no violentas sus escenas- puedan no ser triviales en cuanto    contribuyentes potenciales al aprendizaje, fomentando el desarrollo de pautas    agresivas en la vida real, pocos investigadores se atrever&iacute;an a sugerir    hoy d&iacute;a que la violencia en los medios sea la principal causa del estado    de violencia social que nos rodea. Quiz&aacute; convenga evitar una sobrevaloraci&oacute;n    de su influjo, olvidando la participaci&oacute;n causal de otros factores (Huesmann    &amp; Millar, 1994). En la actualidad, por tanto, aunque el tema contin&uacute;a    siendo de relevancia social y diciplinar, la intensidad del debate acerca de    la influencia negativa de la violencia televisiva parece haber disminuido en    todo el mundo</p>     <p> La conducta agresiva es producto de la convergencia, en continua    y din&aacute;mica interacci&oacute;n, de toda una serie de fuerzas psicobiosociales,    peculiares de cada persona: factores gen&eacute;ticos y epigen&eacute;ticos,    fisiol&oacute;gicos y psicol&oacute;gicos, peculiaridades de la personalidad    y de las circunstancias biogr&aacute;ficas propias de cada uno -por ejemplo,    el estr&eacute;s (Poveda &amp; cols. , 2002; Ram&iacute;rez, 1986, 2001a)-,    as&iacute; como su interacci&oacute;n con el ambiente sociocultural, econ&oacute;mico    y educativo en el que cada uno se desenvuelve -televisi&oacute;n y otros    medios de aprendizaje incluidos-, criminalidad, drogadicci&oacute;n, a    lo largo de un proceso de socializaci&oacute;n en el que participan agentes    muy diversos (Ram&iacute;rez, 1994, 1998; Ram&iacute;rez &amp; Ra&ntilde;ada,    1996). Podr&iacute;a resultar m&aacute;s productivo, por tanto, buscar posibles    causas m&aacute;s importantes de la agresi&oacute;n en otros lugares, tales    como las diferencias ambientales y culturales, los modelos familiares y cognitivos    y, por supuesto, las peculiaridades psicobiol&oacute;gicas de cada sujeto (Ram&iacute;rez,    1996; Wood &amp; cols., 1991). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Por &uacute;ltimo, tambi&eacute;n debemos conocer c&oacute;mo    la violencia presente en los medios de comunicaci&oacute;n influye en la discusi&oacute;n    p&uacute;blica sobre violencia en la vida real, cambiando la opini&oacute;n    sobre la prevalencia y localizaci&oacute;n de cr&iacute;menes violentos, y de    quienes se ven da&ntilde;ados por ellos. Mientras que la literatura muestra    una investigaci&oacute;n bastante convincente respecto a las conexiones entre    la exposici&oacute;n a la violencia en los medios y la delinquencia y criminalidad,    es decir, concentrando sus efectos sobre el individuo, a&uacute;n no se ha detenido    a describir adecuadamente c&oacute;mo los medios de comunicaci&oacute;n tambien    reproducen una cultura general de violencia en la que se definen las normas    y expectativas.</p>     <p><b>REFERENCIAS</b> </p>     <!-- ref --><p>Aguilar, A. &amp; Ram&iacute;rez, B. (1997). Escenas televisivas: validaci&oacute;n    de su contenido emocional. Revista Latinoamericana de Psicolog&iacute;a, 29,    287-301. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-0534200700020000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> American Academy of Pediatrics. Committee on Communications    (1990). Children, adolescents, and television. Pediatrics,85, 1119-1120.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0120-0534200700020000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> American Medical Association (1976). Resolution 38. Proceedings    of the House of Delegates. June-July 1976. Chicago: AMA,280. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-0534200700020000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Anderson, C. (1997). Effects of violent movies and trait hostility    on hostile feelings and aggressive thoughts. Aggressive Behavior, 33, 161-178.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0120-0534200700020000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bachrach, R. (1986). The differential effect of observation    of violence on kibbutz and city children in Israel. En L.R. Huesmann &amp; L.D.    Eron (Eds.), Television and the aggressive Child . Hillsdale: Erlbaum. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-0534200700020000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bandura, A. (1965). Influence of models&#39; reinforcement    contingencies on the acquisition of imitative responses.Journal of Personality    and Social Psychology, 1, 589-595.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0120-0534200700020000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bandura, A. (1968). What TV-violence can do to your child.    En N.O. Larssen (Ed.), Violence and the mass media. New York: Harper &amp; Row.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0120-0534200700020000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bandura, A. (1977). Social learning theory. Englewood Cliffs:    Prentice-Hall&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0120-0534200700020000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bandura, A. (1986). Social foundations of thought and action:    A social cognitive theory. Englewood Cliffs: Prentice-Hall. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0120-0534200700020000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Baron, R.A. (1977). Human aggression. New York: Plenum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0120-0534200700020000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Berkowitz, L. (1984). Some effects of thoughts on anti- and    prosocial influences of media events: a cognitive-neoassociation analysis. Psychological    Bulletin,95, 410-427. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0120-0534200700020000900011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bj&ouml;rkqvist, K. (1985). Violent films, anxiety and aggression.    Helsinki: Societas Scienciarum Fennica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0120-0534200700020000900012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bokander, I. &amp; Lindblom, K. (1967). Upplevelsef&ouml;r&auml;ndringar hos    barn och ungdom efter visning av aggressionm&auml;ttad spelfilm. Nordisk Psykologi:    Monografserien 21. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0120-0534200700020000900013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Botha, M.P. &amp; Mels, G. (1990). Stability of aggression    among adolescents over time. A Southafrican study. Aggressive Behavior, 16, 361-380. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0120-0534200700020000900014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bushman, B.J. &amp; Geen, R.G. (1990). Role of cognitive-emotional    mediators and individual differences in the effect of media violence on aggression.    Journal of Personality and Social Psychology, 67, 1-7.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0120-0534200700020000900015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Cabanac, M.  &amp; Ram&iacute;rez, J.M. (2002, Julio). Pleasure, impulsiveness, and aggression in people of different ages. XV Congreso Mundial de la International Society for Research on Aggression, Montreal, Canada .&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0120-0534200700020000900016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Centerwall, B.S. (1989). Exposure to television as a risk    factor for violence. American Journal of Epidemiology, 129, 643-652. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0120-0534200700020000900017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Centerwall, B.S.  (1996, Septiembre). Televison and violence: The scale of the problem and where to go from here. International Meeting on Biology and Sociology of Violence. Valencia, Espa&ntilde;a .&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0120-0534200700020000900018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Cerv&oacute;s Navarro, J. &amp; Ram&iacute;rez, J.M. (1976).    La manipulaci&oacute;n psicosom&aacute;tica de la personalidad, Persona y Derecho,    3, 275-295 &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0120-0534200700020000900019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Comstock, G.A. (1975). Television and human Behavior: The    key studies. Santa Monica: Rand. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0120-0534200700020000900020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Comstock, G.A. (1978). The impact of television on American    institutions. Journal of Communication, 28, 12-28. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0120-0534200700020000900021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Comstock, G.A. (1980). New emphases in research on the effects    of television and film violence. En E.L. Paler, &amp; A. Durr (Eds.), Children    and the faces of television. New York: Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0120-0534200700020000900022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Comstock, G.A. &amp; Paik, H. (1991). The effects of television    violence on aggressive behavior. A meta-analysis. Informe no publicado para    National Academy of Sciences Panel on the Understanding and Control of Violent    Behavior. Washington, D.C.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0120-0534200700020000900023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Covarrubias, A.C. (1980). La television en la solucion de    problemas sociales: necesidad de dar educacion por television. Revista Latinoamericana    de Psicolog&iacute;a, 12, 145-157.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0120-0534200700020000900024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Donnerstein, E.  ( 1998, Julio). The National TV Violence monitoring study. XIII Congreso Mundial de la International Society for Research on Aggression, Mahwah. N.J. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0120-0534200700020000900025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Eron, L.D., Huesmann, L.R., Brice, P., Fischer, P. &amp; Mermelstein,    R. (1983). Age trends in the development of aggression, sex typing and related    television habits. Developmental Psychology, 19, 71-77.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0120-0534200700020000900026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Eron. L.E., Huesmann, L.R., Lefkowitz, M.M. &amp; Walder, O.    (1972). Does television violence cause aggression? American Psychologists, 27,    253-263.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0120-0534200700020000900027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Feshbach, S. (1956). The catharsis hypothesis and some consequences    of interactions with aggressive and neutral play objects. Journal of Personality,    24, 449-462.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0120-0534200700020000900028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Feshbach, S. &amp; Singer, R.D. (1971). Television and aggression.    San Francisco: Jossey-Bass. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0120-0534200700020000900029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Freedman, J.L. (1984). Effects of television violence on aggressiveness.    Psychological Bulletin,96, 227-246. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0120-0534200700020000900030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Freedman, J.L.  (1992). Television violence and agresi&oacute;n. What psychologists should tell the public.  En P. Suedfeld, &amp; P.E. Tetlock (Eds.), Psychology and social policy. New York: Hemisphere Publishing. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0120-0534200700020000900031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Fujihara, T., Kohyama, T., Andreu, J.M. &amp; Ramirez, J.M.    (1999). Justification of interpersonal aggression in Japanese, American and    Spanish students. Aggressive Behavior, 25, 185-195.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0120-0534200700020000900032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Geen, R.G. (1981). Behavioral and physiological reactions    to observed violence: Effects of prior exposure to aggressive stimuli. Journal    of Personality and Social Psychology, 40, 868-875.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0120-0534200700020000900033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Geen, R.G. (1990). Human aggression. Pacific Grove: Brooks    Cole. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0120-0534200700020000900034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Gerbner, G. (1983). The importance of being critical - in    one&#39;s own fashion. Journal of Communication, 33, 355-262. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0120-0534200700020000900035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Goldstein, J.H., Rosnow, R.L., Raday, T., Silverman, I. &amp;    Gaskell, G.D. (1975). Punitiveness in response to films varying in content:    a cross-national field study of aggression. European Journal of Social Psychology,    5, 149-165.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0120-0534200700020000900036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Gunter, B. (1994). The question of media violence. En J.    Bryant, &amp; D. Zillmann (Eds.),Media effects: Advances in theory and research.    Hillsdale: Lawrence Erlbaum. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0120-0534200700020000900037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Harris, L. (1977, 4 Agosto). Too much TV violence. Harris    Survey.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0120-0534200700020000900038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Heiligenberg, W. &amp; Kramer, U. (1972). Aggression as a    fuction of external stimulation. Journal of Comparative Physiology, 77, 332-    340.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0120-0534200700020000900039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Heller, M.S. &amp; Polsky, S. (1976). Studies in violence    and television. New York: American Broadcasting Co.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0120-0534200700020000900040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Hennigan, K., Heath, L., Wharton, J.D., Del Rosario, M.L.,    Cook, T.D. &amp; Calder, B.J. (1982). Impact of introduction of television on    crime in the United States: Empirical findings and theoretical implications.    Journal of Personality and Social Psychology, 42, 461-477.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0120-0534200700020000900041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Hichs, D.J. (1965). Imitation and retention of film-mediated    aggressive peer and adult models. Journal of Personality and Social Psychology,2,    97-100.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0120-0534200700020000900042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Hokanson, J.E. (1970). Psychophysiological evaluation of the    catharsis hypothesis. En E.I. Megargee &amp; J.E. Hokanson (Eds.), The dynamics    of aggression. New York: Harper.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0120-0534200700020000900043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesman, L.R. (1988). An information processing model for    the development of aggression. Aggressive Behavior, 14, 13-24.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0120-0534200700020000900044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesman, L.R. &amp; Bachrach, R.S. (1988). Differential effects    of television violence in kibbutz and city children. En R. Patterson, &amp;    P. Drummond (Eds.), Television and its audience London: BFI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0120-0534200700020000900045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesman, L.R. &amp; Eron, L.D. (1984). Cognitive processes    and the persistence of aggressive behavior. Aggressive Behavior, 10, 243- 251.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0120-0534200700020000900046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesman, L.R. &amp; Eron, L.D. (1986). The development of    aggression in children of different cultures. En L.R. Huesman, &amp; L.D. Eron    (Eds.), Television and the aggressive child. Hillsdale: Erlbaum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0120-0534200700020000900047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesmann, L.R., Eron, L.D., Lefkowitz, M.M. &amp; Walder,    L.D. (1984). The stability of aggression over time and generations. Developmental    Psychology,20, 1120-1134.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0120-0534200700020000900048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesman, L.R.,    Moise, J.F.,  Podolski, C.L. &amp;&nbsp;&nbsp; Eron, L.D. ( 1998, Julio). The prediction of young adult aggression in the 1990s from childhood exposure to violence in the 1970s. XIII Congreso Mundial de la International Society for Research on Aggression, Mahwah. N.J.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0120-0534200700020000900049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesmann, L.R., Lagerspetz, K. &amp; Eron, L.D. (1984). Intervening    variables in the TV violence - aggression relation. Developmental Psychology,    20, 746-775.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0120-0534200700020000900050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Huesmann, L.R. &amp; Miller, L.S. (1994). Long-term effects    of repeated exposure to media violence in childhood. En L.R. Huesmann (Ed.),    Aggressive behavior. New York: Plenum. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0120-0534200700020000900051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Huston, A. (1984). Mass media and education. XVI Pan American    Child Conference. Washington DC: OEA.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0120-0534200700020000900052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Janis, I. (1980). The influence of television on personal decision-making.    En S.B. Withey, &amp; B. Abels (Eds.), Television and social behavior: Beyond    violence and children. Hillsdale: L. Erlbaum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0120-0534200700020000900053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Josephson, W.L. (1987). Television violence and children&#39;s    aggression: testing the priming, social script, and disinhibition predictions.    Journal of Personality and Social Psychology, 53, 882-890. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0120-0534200700020000900054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Joy, L.A., Kimball, M.M. &amp; Zabrack, M.L. (1986). Television    and children&#39;s aggressive behavior. En T.M. Williams (Ed.),The impact    of television: A natural experiment in three communities. Orlando: Academic    Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0120-0534200700020000900055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Kaplan, R.M. &amp; Singer, R.D. (1976). Television violence    and viewer aggression: A reexamination of the evidence. Journal of Social Issues,    32(4), 35-70. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0120-0534200700020000900056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Lefkowitz, M.M., Eron, L.D., Walder, L.O., &amp; Huesmann,    L.R. (1977). Growing up to be violent. New York: Pergamon. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0120-0534200700020000900057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Leyens, J.P., Parke, R.D., Camino, L. &amp; Berkowitz, L.    (1975). Effects of movie violence on aggression in a field setting as a function    of group dominance and cohesion. Journal of Personality and Social Psychology,    32, 346-360. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S0120-0534200700020000900058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Liebert, R.M. &amp; Baron, R.A. (1972). Some immediate effects    of televised violence on children&#39;s behavior.Developmental Psychology,    6, 469-475. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S0120-0534200700020000900059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Liebert, R.M., Neale, J.M. &amp; Davidson, G.C. (1973). The    early window: The effects of television on children and youth. Elmsford, NY:    Pergamon. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0120-0534200700020000900060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Malamuth, N.M. (1986). Predictors of naturalistic sexual aggression.    Journal of Personality and Social Psychology, 50, 953-962. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0120-0534200700020000900061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> McCarthy, E.D., Langner, T.S., Gerstein, J.C., Eisenberg,    J.G. &amp; Orzek, L. (1975). Violence and behavior disorders. Journal of Communication,    25, 71-85. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0120-0534200700020000900062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Milavsky, J.K., Kessler, R., Sipp, H. &amp; Rubens, W.S. (1982).    Television and aggression: Results of a panel study. En D. Pearl, L. Bouthilet    &amp; J. Lazar (Eds.), Television and behavior. Vol 2. Technical Reviews Washington,    DC: Government Printing Office. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0120-0534200700020000900063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Milgram, S. &amp; Shotland, R.L. (1973). Television and antisocial    behavior: Field experiments. New York: Academic Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0120-0534200700020000900064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Murdock, G. (1982). Mass communication and social violence.    En P. Marsh, &amp; A. Campbell (Eds.), Aggression and violence. New York: St.    Martin&#39;s Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0120-0534200700020000900065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Musazadek, Z (1999). La agresi&oacute;n y su justificaci&oacute;n:    un estudio comparado en estudiantes iran&iacute;es y espa&ntilde;oles. Tesis    doctoral, Universidad Complutense Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0120-0534200700020000900066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Olweus, D. (1979). Stability of aggressive reaction patterns    in males: a review. Psychological Bulletin,86, 852-875. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0120-0534200700020000900067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Parke, R.D., Berkowitz, L., Leyens, S.P., West, S. &amp; Sebastian,    R.S. (1977). Some effects of violent and nonviolent movies on the behavior of    juvenile delinquents. En L. Berkowitz (Ed.), Advances in experimental social    Psychology. Vol 10. New York: Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0120-0534200700020000900068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Pearl, D., Bouthilet, L. &amp; Lazar,J. (Eds.) (1982), Television    and behavior. Vol 2. Technical Reviews Washington, DC: Government Printing Office.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0120-0534200700020000900069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Pitkannen-Pulkkinen, L. (1979). Self-control as a prerequisite    for constructive behavior. En S. Fesbach, &amp; A. Fraczek (Eds.), Aggression    and behavior change . New York: Praeger. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0120-0534200700020000900070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Poveda, J.M., Iciarte, E., Toro-Lira, E, Rodr&iacute;guez,    R., Poveda, J. &amp; Ram&iacute;rez, J.M. (2002). Reduction of stress by relaxation    techniques: their possible use in the reduction of aggression En M. Martinez    (Ed.), Prevention and control of aggression and the impact on its victims, (pp.    189-194) London, Kluwer Academic. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0120-0534200700020000900071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Pulkkinen, L. &amp; Ram&iacute;rez, J.M. (1989). Aggression    in children. Sevilla: Ediciones Universidad. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0120-0534200700020000900072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ramirez, J.M. (1976). Robotizaci&oacute;n cerebral, Revista    de Psicolog&iacute;a General y Aplicada, 140, 449-469.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S0120-0534200700020000900073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ramirez, J.M. (1984). Vida, ambiente y biolog&iacute;a, Madrid:    Centreur. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0120-0534200700020000900074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ramirez, J.M. (1986). Biolog&iacute;a y personalidad. Barcelona:    Cient&iacute;fico-M&eacute;dica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0120-0534200700020000900075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ramirez, J.M. (1991). Similarities in attitudes toward interpersonal    aggression in Finland, Poland, and Spain. Journal of Social Psychology, 13,    737-739.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0120-0534200700020000900076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M. (1993). Acceptability of aggression in    four Spanish regions and a comparison with other European countries. Aggressive    Behavior, 19, 185-197. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0120-0534200700020000900077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ram&iacute;rez, J.M. (1994). The nature of violence. En J.M.    Ram&iacute;rez (Ed.), Violence: Some alternatives. Madrid: Centreur.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0120-0534200700020000900078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M. (1996). Aggression: causes and functions.    Hiroshima Forum for Psychology, 17, 21-37. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0120-0534200700020000900079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M. (1998). Aggression. En G. Greenberg,    &amp; M.M. Haraway (Eds.), Comparative psychology: A handbook, New York: &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0120-0534200700020000900080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ram&iacute;rez, J.M. (2001a). An unhealthy effect of war: the    PTSD. En J. Rotbalt (Ed.), The long roads to peace. Singapur: World Scientific.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0120-0534200700020000900081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M. (2001b). Moral approval of aggressive    acts by urban students (A cross-national study in four continents). En J. M.  Ramirez &amp; D. R. Richardson(Eds.), Cross-cultural approaches    to aggression and reconciliation. Huntington:NovaScience. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0120-0534200700020000900082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M., Andreu, J.M., &amp; Fujihara, T. (1998).    Attitudes toward aggression. A cross-cultural comparison of Japanese and Spanish    students. En F. Rodao, &amp; A. L&oacute;pez Santos (Eds.), El jap&oacute;n    contempor&aacute;neo. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0120-0534200700020000900083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M., &amp; Fujihara, T. (1997). Cross-cultural    study of attitudes toward interpersonal aggression. Kwansei Gakuin University    Sociology Studies, 78, 97-103 (en Japon&eacute;s). &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0120-0534200700020000900084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ram&iacute;rez, J.M. &amp; Ra&ntilde;ada, A.F. (1996). De    la agresi&oacute;n a la guerra nuclear. Oviedo: Editorial Nobel&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0120-0534200700020000900085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Renfrew, J.W. (1996). Aggression and its causes. New York:    Oxford University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0120-0534200700020000900086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rogosa, D. (1980). A critique of cross-lagged correlation.    Psychological Bulletin, 88, 245-259.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0120-0534200700020000900087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rojas Marcos, L. (2001). Las semillas de la Violencia. Madrid: Espasa-Calpe.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0120-0534200700020000900088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rosenthal, R. (1986). The social consequences of small effects.    Journal of Social Issues, 42, 141-154.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0120-0534200700020000900089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Samudio, J. (2001). El comportamiento criminal en Colombia.    Revista Latinoamericana de Psicologia, 33, 59-71.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0120-0534200700020000900090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Singer, J.L. &amp; Singer, D.G. (1981). Television, imagination,    and aggression: A study of preschoolers. Hillsdale: Erlbaum.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0120-0534200700020000900091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Tavris, C. (1982). Anger: The misunderstood emotion. 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Cross-sectional and longitudinal connections between exposure to TV viewing and aggressive behavior.&nbsp;XIII Congreso Mundial de la International Society for Research on Aggression, Mahwah. N.J. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0120-0534200700020000900094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wiegman. O., Kuttschreuter, M. &amp; Baarda, B. (1984). Dutch    contribution to the cross-national study on television and aggression as well    as prosocial behavior. 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