<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0120-1263</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Escritos]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar.]]></abbrev-journal-title>
<issn>0120-1263</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad Pontificia Bolivariana]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0120-12632013000200001</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Hacia una cultura del encuentro]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Towards a culture of Meeting]]></article-title>
<article-title xml:lang="pt"><![CDATA[Rumo a uma cultura do encontro]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Fernández Ochoa]]></surname>
<given-names><![CDATA[Luis Fernando]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad Pontificia Bolivariana  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[Medellín ]]></addr-line>
<country>Colombia</country>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>07</month>
<year>2013</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>07</month>
<year>2013</year>
</pub-date>
<volume>21</volume>
<numero>47</numero>
<fpage>335</fpage>
<lpage>339</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0120-12632013000200001&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0120-12632013000200001&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0120-12632013000200001&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font size="4"><b>Hacia una cultura del encuentro </b></font></p>      <p align="center"><font size="3"><b>Towards a culture of Meeting</b></font></p>      <p align="center"><font size="3"><b>Rumo a uma cultura do encontro</b></font></p>      <p align="center"><I>Luis Fernando Fern&aacute;ndez Ochoa</I><Sup>*  </Sup> </p>      <p>* Doctor en Filosof&iacute;a y Letras por la Universidad Pontificia de Salamanca (Espa&ntilde;a). Director de la Facultad de Filosof&iacute;a de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medell&iacute;n, Colombia). Profesor de Antropolog&iacute;a Filos&oacute;fica y Filosof&iacute;a Moral. Miembro del grupo de investigaci&oacute;n Religi&oacute;n y cultura. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:luis.fernandez@upb.edu.co">luis.fernandez@upb.edu.co</a> </p>  <hr>      <p>En los tiempos que corren parece ser que se ha ido gestando un nuevo tipo de sociedad en la que el consumismo es el n&uacute;cleo moral de la vida. Todo hoy est&aacute; sometido a la l&oacute;gica de un mercado que tiene como nota preponderante la seducci&oacute;n; de ah&iacute; que lo l&uacute;dico y lo est&eacute;tico pretendan operar hoy en d&iacute;a como ejes integradores de la cultura. Embellecerse exteriormente y divertirse han devenido deberes, tanto que la gente suele sentirse avergonzada de trabajar mucho y no gozar m&aacute;s, de no disponer de m&aacute;s tiempo libre para disfrutar m&aacute;s, con lo cual resulta evidente que seguimos viviendo bajo el signo de la desmesura: en la Modernidad vivimos para trabajar, hoy trabajamos para consumir.</p>      <p>Lo anterior nos permite ver que una de las tareas m&aacute;s urgentes de la actualidad consiste en descubrir el valor &eacute;tico del trabajo e impedir que la cultura materialista disuelva su potencial humanizador y lo degrade a un simple medio para conseguir recursos para consumir y, de ese modo, consumirse.</p>      <p>Es preciso, por tanto, descubrir que a trav&eacute;s de nuestras labores cotidianas nos podemos realizar personalmente, ayudar a los dem&aacute;s a desarrollar sus talentos y hacer m&aacute;s humana y m&aacute;s justa la sociedad. En otras palabras, uno de los aprendizajes primordiales ha de ser procurar que el trabajo diario deje de ser una "tragedia cotidiana" y se convierta en una "sonrisa cotidiana", como dijo alguna vez el Cardenal Albino Luciani, pero para ello ser&aacute; preciso que accedamos a la virtud de la mesura, que aprendamos a vivir equilibradamente, sosegadamente, que le dediquemos el tiempo justo al trabajo, para que las otras facetas de la vida no sufran menoscabo por una desordenada dedicaci&oacute;n a nuestras ocupaciones profesionales.</p>      <p>Lo anterior exige que aprendamos a trabajar, pero tambi&eacute;n a descansar y a brindarnos la oportunidad de embellecernos interiormente mediante eso que Pierre Hadot llama "ejercicios espirituales", es decir, emprender el vuelo cada d&iacute;a, al menos durante un momento, por breve que sea, mientras resulte intenso; practicar cada un "ejercicio espiritual" -solo o en compa&ntilde;&iacute;a de alguien que, por su parte aspire a mejorar-; escapar de las vanidades y del ruido, huir de la maledicencia, liberarse de toda pena y odio, amar a todos los hombres y optar por hacerse un hombre digno.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Nos aturdimos haciendo mil cosas de una manera agitada y febril y la vida se nos pasa yendo de un lado para el otro sin tener tiempo para lo "esencial", como dice Heidegger en <I>&iquest;Qu&eacute; significa pensar?;</I> somos como una ardilla girando incesantemente en su jaula: nos afanamos, nos movemos sin parar, trabajamos para consumir (objetos tangibles e intangibles), nos dispersamos, y nos consumimos a nosotros mismos, y todo sin otra finalidad que la de subsistir, sobresalir o divertirnos, y olvidamos lo m&aacute;s importante: ser felices.</p>      <p>Quiz&aacute;s esa permanente agitaci&oacute;n sea un s&iacute;ntoma de algo mucho m&aacute;s profundo: el hombre no cree ya ni en su perfecci&oacute;n por el ocio ni en su perfecci&oacute;n por el trabajo, y esto porque ha perdido la noci&oacute;n de la perfecci&oacute;n y considera que todo es de suyo falible. El ocio ha perdido todo su sentido positivo y se hace sin&oacute;nimo de hast&iacute;o. El hombre no es capaz de soportar un esparcimiento tranquilo y suele entregarse a fren&eacute;ticas diversiones, que lo excitan pero no pueden darle contenido a su vida. Parad&oacute;jicamente, mientras m&aacute;s nos agitamos, menos nos alcanza el tiempo, se nos escapa sin que podamos detenerlo, porque como asegura Aranguren, en <I>&Eacute;tica de la felicidad y otros lenguajes,</I> corremos tras &eacute;l sin tener nada importante con qu&eacute; llenarlo, o como bien lo ha dicho Juli&aacute;n Mar&iacute;as, porque cuando decimos que "no tenemos tiempo para nada", la verdad es que, en el fondo, "no tenemos nada para el tiempo".</p>      <p>Sin embargo, no es que esto ocurra por una personal frivolidad, sino por una suerte de "pecado hist&oacute;rico" que nos impide vivir un tiempo esencial, sereno, verdadero, y nos impele a vivir alocadamente, a sentir que el tiempo se nos echa encima y nos ahoga. Lo que sucede es que la organizaci&oacute;n de la vida social como est&aacute; montada hoy es incompatible con el sosiego, y nos empuja a ir siempre en pos de lo "urgente" y a postergar una y otra vez lo "importante", como dice Zubiri; un proceder que nos va volviendo fr&iacute;volos y nos acostumbra sin ning&uacute;n desgarramiento a lo "peor" y a lo "vulgar", y que nos hace perseguir todo lo que signifique bienestar y distracci&oacute;n e inconscientemente nos fuerza a renunciar a todo lo dram&aacute;tico de la vida. En definitiva, un modo de vida "vac&iacute;o" que nos hace desertar de los valores y finalidades y nos conduce al abandono del sentido y a la absolutizaci&oacute;n de lo privado, de lo cual las pel&iacute;culas de Woody Allen son una estupenda expresi&oacute;n.</p>      <p>&iquest;Qu&eacute; actitud debemos asumir, entonces, frente al activismo y la propensi&oacute;n a la diversi&oacute;n? Frente a ese modo de vivir inquieto y siempre apremiante que nos envuelve, podemos hacer con Carl Honor&eacute; el <I>Elogio de la lentitud </I>y reservarnos cada d&iacute;a un tiempo &iacute;ntimamente nuestro, para la lectura, para la conversaci&oacute;n y el ejercicio de la amistad, para un paseo en silencio, para la audici&oacute;n de una hermosa composici&oacute;n musical, para un tranquilo esparcimiento, para compartir con la familia y los amigos, para la meditaci&oacute;n y la oraci&oacute;n.</p>      <p>En suma, habr&iacute;a que conquistar la vida contemplativa que eleva el esp&iacute;ritu y que conduce a eso que el Papa Francisco llama "cultura del encuentro". En otras palabras, estamos llamados a oponer resistencia a la "cultura del naufragio" que lo &uacute;nico que hace es derribar referentes, hundir todo fundamento y dejar al hombre a la intemperie, arrasar la idea de finalidad y destruir todo aquello que proporciona sentido; una mal llamada cultura que nos sumerge en una incertidumbre contagiada de mediocridad y cinismo, nos repliega en el subjetivismo ego&iacute;sta que sabe calcular y competir pero no entregarse y que nivela por lo bajo; una civilizaci&oacute;n enferma que sacrifica las certezas y las convicciones para instaurar el reino de la opini&oacute;n, en el que "todo vale" y de donde hay pocos pasos al "nada vale"; una pseudocultura en la que los hombres poseen mucha informaci&oacute;n pero carecen de unidad vital, y en la que se caricaturiza jocosamente la verdad y el bien favoreciendo de ese modo el envilecimiento de la vida.</p>      <p>Frente a esta "cultura del naufragio" es menester que generemos una "cultura del encuentro" en la que la persona humana ocupe el centro de todos los cometidos; en la que los seres humanos sean tenidos en cuenta por lo que son; en la que le seamos fieles a la realidad y no se le rinda culto a la apariencia; en la que la sabidur&iacute;a cuente m&aacute;s que la vana suficiencia; en la aprendamos a dialogar para vivir en armon&iacute;a, de modo que no se diga m&aacute;s que somos "hijos de la informaci&oacute;n y hu&eacute;rfanos de la comunicaci&oacute;n"; una cultura en la que las palabras no carezcan de sustancia y las ideas no sean usadas como armas para aplastar sino como antorchas para iluminar; una cultura en la que se admita que la fe posee una fuerza creativa capaz de dinamizar la existencia humana y en la que Dios no siga siendo el gran marginado; una cultura que no est&eacute; hecha de neutralidad e indiferencia, sino de compromiso y respeto por cada ser humano, especialmente por los m&aacute;s d&eacute;biles, que ya no son s&oacute;lo el hu&eacute;rfano y la viuda a los que se refiere L&eacute;vinas sino todos aquellos que se atreven a contravenir los dictados de la cultura establecida, quienes no cuentan con los recursos necesarios para mantenerse comprando todo lo que impone la sociedad de consumo y aquellos que por su avanzada edad o debido a alguna enfermedad que los incapacita ya no son productivos.</p>      <p>La "cultura del encuentro" requiere que el arte de educar no sea <I>light</I>, no est&eacute; bien licuado y a resguardo de cualquier convicci&oacute;n, sino que constituya una apuesta decidida por lo bueno, lo verdadero y lo bello, en lugar de seguirse empeque&ntilde;eciendo en la mera distribuci&oacute;n del saber, que lo &uacute;nico que produce son profesionales que saben mucho pero tienen un coraz&oacute;n raqu&iacute;tico que siente poco; requiere que la educaci&oacute;n tenga como prop&oacute;sito primordial la formaci&oacute;n de los corazones y la convivencia en sociedad; una educaci&oacute;n que forme para la rectitud en el modo de entender la existencia y que favorezca el reconocimiento del otro.</p>      <p>Desde luego, semejante tarea requiere educadores id&oacute;neos, maestros y maestras que tengan mucho de padre y de madre; que sean capaces de hacerse cargo de la formaci&oacute;n interior de sus alumnos y est&eacute;n dotados de autoridad, o sea que sepan nutrir y hacer crecer (esa es la etimolog&iacute;a de <I>auctoritas</I>) y de propiciar el encuentro con la propia interioridad y con las otras personas; maestros y maestras capaces de fomentar el "&eacute;xodo de s&iacute; mismo" para lograr el encuentro con el pr&oacute;jimo que nos espera y que es la condici&oacute;n de posibilidad para realizarse y alcanzar una paz interior duradera, puesto que el secreto de la plenitud personal que en el fondo anhela todo hombre es desvivirse para que otros vivan, es decir, vivir el amor fraternal que consiste en la capacidad de compartir.</p>      <p>En suma, como dijo el Papa Francisco en una conferencia que dict&oacute; en un curso de rectores en Argentina en 2006, la "cultura del encuentro" exige que el camino pedag&oacute;gico no sea desvirtuado por la aplicaci&oacute;n indiscreta de modelos importados que ponen el acento en las t&eacute;cnicas y los procedimientos y descuidan el encuentro educativo que vincula cordialmente al docente con su alumno; porque la educaci&oacute;n s&oacute;lo es aut&eacute;ntica si pone en el centro a la persona humana, pero se degrada cuando estructuras, curr&iacute;culos, programas, contenidos, evaluaci&oacute;n y modos de gesti&oacute;n acaparan el primer plano.</p>      <p>Quienes nos dedicamos a la educaci&oacute;n necesitamos confiar m&aacute;s en los afectos que en las t&eacute;cnicas; es preciso que queramos lo que hacemos y que queramos a nuestros alumnos y tambi&eacute;n a nuestros colegas, porque es la calidez de ese afecto la que configura la actitud sapiencial que de veras forma personas de bien.</p> </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
</article>
