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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[POSMODERNIDAD Y HUMANISMO CRISTIANO]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Presidente de Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización  ]]></institution>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Where is the starting point to think over christian humanism? What is the role that should play the concept of natural law in christian humanism? These are the questions stated in this article by Dr. Fisichella. He starts his narrative by dealing with the changing of time which could be represented by this moment in history; ¿what does it mean? (an end or a a beginning?). The author approaches the concern of "choosing rights à la carte" and, after going through this notion and its developments, he proposes the concept of natural law as a basis for his reflection]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">      <p align="center"><font size="4"><b>POSMODERNIDAD Y HUMANISMO CRISTIANO</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b><i>Postmodernity and Christian Humanism</i></b></font></p>      <p align="center">Rino Fisichella<sup>*</sup></p>     <br>     <p><sup>*</sup> Doctor en Teolog&iacute;a. Presidente de Consejo Pontificio para la Promoci&oacute;n de la Nueva Evangelizaci&oacute;n. Ciudad del Vaticano.    <br> Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:gerardo.galetto@novaevangelizatio.va">gerardo.galetto@novaevangelizatio.va</a></p>     <p>Art&iacute;culo recibido el 15 de noviembre de 2010 y aprobado para su publicaci&oacute;n el 21 de abril de 2011.</p>  <hr>     <p><font size="3"><b>Resumen</b></font></p>     <p>&iquest;Desde d&oacute;nde reflexionar sobre el humanismo cristiano? &iquest;Cu&aacute;l es el papel que deber&iacute;a jugar la noci&oacute;n de ley natural en el humanismo cristiano? Estas dos preguntas est&aacute;n en la base de este art&iacute;culo del Dr. Fisichella. Inicia su narraci&oacute;n en el cambio de tiempo que pareciera representar este momento de la historia, cu&aacute;l es su significado (&iquest;un final o un comienzo?), recoge la preocupaci&oacute;n sobre la cuesti&oacute;n de los "derechos a la carta" y luego de dar un atisbo al recorrido de la noci&oacute;n, propone a la noci&oacute;n de ley natural como la base de la reflexi&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Palabras clave: </b>Humanismo, Ley natural, Humanismo cristiano, &Eacute;tica.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Abstract</b></font></p>     <p>Where is the starting point to think over christian humanism? What is the role that should play the concept of natural law in christian humanism? These are the questions stated in this article by Dr. Fisichella. He starts his narrative by dealing with the changing of time which could be represented by this moment in history; &iquest;what does it mean? (an end or a a beginning?). The author approaches the concern of "choosing rights &agrave; la carte" and, after going through this notion and its developments, he proposes the concept of natural law as a basis for his reflection.</p>     <p><b>Key words: </b>Humanism, Natural Law, Christian Humanism, Ethics, Postmodernity.</p> <hr>     <p>&quot;Cuando veo que se otorga el derecho y la facultad de hacer cualquier cosa a cualquier poder, se llame pueblo o rey, democracia o aristocracia, sea que se ejercite en una monarqu&iacute;a o en una rep&uacute;blica, afirmo que ah&iacute; est&aacute; ya el germen de la tiran&iacute;a; y busco otro lugar para vivir sometido a otras leyes" (Toqueville, 1968, p. 299). Aunque lejana en el tiempo, la expresi&oacute;n de Toqueville mantiene una indiscutible actualidad. El per&iacute;odo que estamos viviendo claramente indica el fin de una &eacute;poca y proyecta elementos que podr&iacute;an caracterizar fuertemente la nueva etapa que asoma en el horizonte. Justamente se habla de &quot;fin de la modernidad&quot; porque de hecho es esta etapa la que concluye; pero no quisiera a&uacute;n hablar de &quot;posmodernidad&quot; como si ya estuvi&eacute;ramos en el inicio de una nueva &eacute;poca. Si con la expresi&oacute;n &quot;posmodernidad&quot; se quiere expresar el fin de la modernidad, entonces no tengo problemas; si en cambio se quiere indicar el inicio de un per&iacute;odo nuevo, entonces se me presentan muchas perplejidades. La conclusi&oacute;n de una &eacute;poca no coincide inmediatamente con el comienzo de una nueva. Siempre son necesarios largos momentos de transformaci&oacute;n que implican la capacidad de poder orientar los cambios sin tener que sufrirlos pasivamente. Si se quiere, esta consideraci&oacute;n encuentra su fundamento en el concepto de libertad humana, la cual se ejercita en los momentos de cambio cultural con la capacidad de otorgar a los acontecimientos una direcci&oacute;n que pueda imprimirles, como si fuera una s&iacute;ntesis original, el desarrollo del patrimonio cultural que hemos recibido, pero reelaborado con el esp&iacute;ritu propio de nuestro tiempo. Se trata, en suma, de ser originales frente a los acontecimientos hist&oacute;ricos para poder expresar de la mejor manera posible nuestro ser como "hijos" de una cultura y al mismo tiempo como "padres" de otra. Esta dimensi&oacute;n permite verificar una din&aacute;mica permanente capaz de dejar nuestra huella original no s&oacute;lo en la vivencia de los acontecimientos, sino sobre todo en el orientarlos para entregar a las futuras generaciones un patrimonio de la cultura que din&aacute;micamente se ha incrementado y afirmado.</p>     <p>Uno de los rasgos que surgen al comienzo del fin de la modernidad, parecer&iacute;a ser el reconocimiento de una especie de extensi&oacute;n sin l&iacute;mites a los derechos individuales, que no puede no alarmar a quienes se interesan de coraz&oacute;n por el bien de toda la sociedad. Parece obvio que los contenidos de la <i>Declaraci&oacute;n Universal de los Derechos del Hombre </i>de las Naciones Unidas de 1948 forman ya parte del patrimonio cultural del mundo. Como ha dicho Benedicto XVI en su Discurso a las Naciones Unidas el 18 de abril de 2008, este documento sit&uacute;a en evidencia: &quot;el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo com&uacute;n de poner a la persona humana en el coraz&oacute;n de las instituciones, leyes y acciones de la sociedad, y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religi&oacute;n y de la ciencia". En sus intervenciones, esta idea aparece continuamente como si fuera un <i>leimotiv </i>de su ense&ntilde;anza, y se reafirma con insistencia de qu&eacute; manera los derechos de la persona deben ser respetados y promovidos, sobre todo en lo que refiere a la verdad de la vida, a la dignidad de la mujer, al derecho elemental a la alimentaci&oacute;n y a la educaci&oacute;n. Como puede verse, al centro de esta concepci&oacute;n se pone el tema de la persona.</p>     <p>Quisiera solamente se&ntilde;alar el rol determinante que el cristianismo ha desempe&ntilde;ado al incluir como patrimonio de la humanidad la originalidad del concepto <i>de persona. </i>Si se quiere, en torno a este t&eacute;rmino se puede releer la historia del progreso y la maduraci&oacute;n civil, cultural, social y pol&iacute;tica. Hasta el siglo IV, el t&eacute;rmino estuvo sujeto a una larga discusi&oacute;n sobre su significado m&aacute;s apropiado. En la acepci&oacute;n latina -que obedece a or&iacute;genes etruscos- el t&eacute;rmino <i>persona </i>nos reconduce al &aacute;mbito del teatro, indica la m&aacute;scara que cubr&iacute;a el rostro del actor. En la sem&aacute;ntica griega, el t&eacute;rmino <i>pr&oacute;sopon </i>indica la m&aacute;scara teatral pero tambi&eacute;n aquello que &quot;cae bajo los ojos&quot;, &quot;aquello que se ve&quot;. La discusi&oacute;n sobre el t&eacute;rmino nace justamente en el momento en que se quiere explicar la fe en la Trinidad y la presencia de tres personas con una &uacute;nica naturaleza; al mismo tiempo los primeros cristianos deb&iacute;an explicar en relaci&oacute;n a Jesucristo, el hecho de que la &uacute;nica persona divina estuviera presente en la naturaleza humana y tambi&eacute;n en la naturaleza divina. Se debe a la gran inteligencia de Agust&iacute;n la soluci&oacute;n m&aacute;s apropiada que permanecer&aacute; hasta nuestros d&iacute;as. &Eacute;l, ha sabido armonizar el t&eacute;rmino con el concepto, mostrando que la persona es ella misma en relaci&oacute;n con el otro. Seguidamente ser&aacute;n los concilios los que establecer&aacute;n dogm&aacute;ticamente la precisi&oacute;n de la f&oacute;rmula; lo que importa, en todo caso, es verificar que sobre la base de la clarificaci&oacute;n trinitaria y cristol&oacute;gica del concepto se arrib&oacute; a una de las conquistas m&aacute;s revolucionarias de la cultura universal. Persona es una identidad propia que se cualifica en su relaci&oacute;n con otro. Para captar en profundidad su valor sem&aacute;ntico es necesario comprender su procedencia derivada de la fe en la Trinidad. En la unidad de la naturaleza divina, indivisa pero participada totalmente, las tres Personas se cualifican y diferencian como Padre, Hijo y Esp&iacute;ritu Santo; cada una de las tres personas vive s&oacute;lo en relaci&oacute;n con la otra en una forma de donaci&oacute;n y acogida que permite identificarlas como Padre que todo lo entrega, Hijo que todo lo recibe y Esp&iacute;ritu Santo como fruto del dar y recibir totalmente. La persona, en definitiva, se cualifica por la relaci&oacute;n de amor que le permite ser lo que es.</p>     <p>A la luz de esta perspectiva se puede comprender el valor que trae la persona al mundo contempor&aacute;neo y el desarrollo que ella ha tenido en las diversas instancias cient&iacute;ficas. Del concepto de persona brota en consecuencia el concepto de su dignidad y de su valor universal, y por tanto la atenci&oacute;n debida a <i>cada </i>persona, a <i>toda </i>la persona y al <i>bien de todas </i>las personas. No es por tanto exagerado afirmar que si se quiere salvaguardar el concepto de persona y de su dignidad ambos deben permanecer ligados a Dios, que garantiza la exacta comprensi&oacute;n y explicitaci&oacute;n. En la medida en que se olvida a Dios se olvida tambi&eacute;n la persona, portadora de su imagen y semejanza; en la medida en que se olvida a la persona, tambi&eacute;n se olvida a Dios, que es su garant&iacute;a fundamental. La consecuencia inevitable que parece proyectarse en el horizonte es la de una ulterior <i>Wende; </i>este giro, sin embargo, no impide que el hombre quede reducido a un rol marginal dentro de la naturaleza; no es el hombre, el centro; lo es la t&eacute;cnica. Por otra parte, si la t&eacute;cnica est&aacute; en condiciones de determinar la existencia personal desde sus inicios y ni siquiera la ciencia siente la necesidad de poner l&iacute;mites a la experimentaci&oacute;n sobre la c&eacute;lula humana, avasallando las mismas reglas que se hab&iacute;an dado precedentemente, entonces s&oacute;lo cabe esperar las consecuencias l&oacute;gicas de una tal actitud. El hombre, en la escena del teatro de este mundo, ya no podr&aacute; ejercer el rol de protagonista al que se hab&iacute;a acostumbrado desde siglos, sino que debe dejar su puesto a quien ahora pretende determinar su misma existencia. Vuelve a aparecer sobre la escena del mundo la figura de Medea que asesina a sus hijos; y as&iacute; la t&eacute;cnica creada por el hombre para hacer m&aacute;s humana su existencia, parece arrinconar al hombre mismo como si se tratase de un nuevo y nunca superado complejo de Edipo. Se puede ampliamente compartir el an&aacute;lisis seg&uacute;n el cual el hombre contempor&aacute;neo ha delegado de tal manera en la t&eacute;cnica la tarea de producir todo, que ya no comprende el grave peligro en que ha ca&iacute;do. De hecho, la t&eacute;cnica ha asumido el rol de <i>domina </i>no s&oacute;lo de la naturaleza, sino tambi&eacute;n del hombre, reduci&eacute;ndolo a un simple objeto de su experimentaci&oacute;n sin atender a sus consecuencias. Si crece la t&eacute;cnica pero no aumenta paralelamente el horizonte <i>espiritual </i>del hombre y la persona no permanece en una din&aacute;mica de maduraci&oacute;n hacia la trascendencia, entonces nos vemos privados de aquello que es m&aacute;s precioso: la conciencia de s&iacute;, del propio l&iacute;mite y de la apertura al infinito hacia el que tendemos. Situaci&oacute;n mortal, porque as&iacute; no s&oacute;lo acaba el verdadero progreso, sino que el hombre mismo muere por asfixia. De hecho, ya no posee un espacio espiritual que le permita ir m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; mismo, hacia el horizonte de sentido &uacute;ltimo que responda a sus interrogantes fundamentales. Por paradojal que pueda parecer, la t&eacute;cnica aleja toda pregunta por el l&iacute;mite, enga&ntilde;ando con una eternidad que no puede ser producida por el hombre. Habr&aacute; que estar atento a c&oacute;mo se pensar&aacute; en un futuro pr&oacute;ximo sobre el sufrimiento y la muerte. Las propuestas de M. Heidegger, por dar s&oacute;lo un ejemplo, llegar&aacute;n a ser arqueolog&iacute;a filos&oacute;fica; la muerte ya no ser&aacute; m&aacute;s el &uacute;ltimo baluarte a enfrentar desde la libertad propia de la decisi&oacute;n vital, sino un acontecimiento a exorcizar por la ilusi&oacute;n de inmortalidad. La muerte no ser&aacute; m&aacute;s interpretada como un suceso natural e inevitable de la vida, sino m&aacute;s bien como una desgracia a evitar como cualquier otra enfermedad. &iquest;C&oacute;mo se ubicar&aacute; el hombre delante de la muerte despu&eacute;s que la t&eacute;cnica lo ha ilusionado de apartarla para siempre? &iquest;Con la dignidad propia de la libertad consciente o con la tonta conclusi&oacute;n de que era inevitable? Y si la vida ser&aacute; m&aacute;s o menos indefinida, &iquest;habr&aacute; alguno todav&iacute;a dispuesto a ofrecer la propia vida por los otros? &iquest;Las biotecnolog&iacute;as favorecer&aacute;n un fuerte v&iacute;nculo con la vida o la har&aacute;n m&aacute;s insoportable? Preguntas para nada obvias ni inactuales; aparecer&aacute;n inmediatamente en la escena del desarrollo del pensamiento.</p>     <p>Todos somos testigos de la crisis de identidad que Occidente est&aacute; viviendo. Quitado el concepto de persona se aleja tambi&eacute;n el de sacralidad de la vida, y todo cede ante la arrogancia del m&aacute;s fuerte. De ah&iacute; deriva la pretensi&oacute;n de imponer el derecho individual sobre el derecho social y la consecuente destrucci&oacute;n de los modelos sobre los que se funda la cultura occidental. Imponer la supremac&iacute;a del derecho individual lleva a imprimir en la sociedad la voluntad de los individuos, destruyendo as&iacute; el concepto mismo de persona como relaci&oacute;n. Contradicci&oacute;n insanable, fruto del individualismo que reina soberano, destruyendo toda posible tendencia hacia el bien com&uacute;n. La primera consecuencia de esta crisis en la que ha ca&iacute;do el hombre contempor&aacute;neo es la <i>soledad. </i>Privado de una relaci&oacute;n s&oacute;lida que le permita comprenderse, se ha convertido en un extra&ntilde;o para s&iacute; mismo, y as&iacute; tiende a recluirse en s&iacute; con la consecuente ausencia de amor y de donaci&oacute;n gratuita. Las relaciones se transforman en objeto de inter&eacute;s individual y as&iacute; f&aacute;cilmente surge la violencia de uno sobre otro. En este contexto debe mirarse la crisis del matrimonio y de la familia. Incapaz de ser &eacute;l mismo y atemorizado por la dificultad para las relaciones estables y el amor, f&aacute;cilmente cede a modelos que destruyen toda relaci&oacute;n social. El ya bastante socavado concepto de matrimonio monog&aacute;mico entre personas de diferente sexo, es uno de los &uacute;ltimos bastiones que una cultura en crisis intenta derrocar para imponer un proyecto - extra&ntilde;o al mundo, a la naturaleza y a la misma cultura - que no tiene otro objetivo que eliminar al hombre mismo.</p>     <p>En este contexto no se pueden olvidar acontecimientos que suceden delante de nosotros y que afectan a poblaciones enteras. &iquest;Qu&eacute; decir de los recientes genocidios y de los conflictos religiosos? &iquest;De la defensa de la vida desde su concepci&oacute;n hasta su t&eacute;rmino natural y de la dignidad de la familia? &iquest;De la distancia cada vez mayor entre los pocos ricos del planeta que disponen de recursos financieros inmensos y los millones de hombres, mujeres y ni&ntilde;os que viven en absoluta pobreza? &iquest;Somos capaces todav&iacute;a de mirar a las naciones que est&aacute;n en constante situaci&oacute;n de subdesarrollo? &iquest;Permanece vivo el desprecio y la preocupaci&oacute;n ante la tortura y la arbitrariedad de las ejecuciones capitales como tambi&eacute;n ante el estado permanente de centenares de miles de personas que dejan los propios pa&iacute;ses, para refugiarse en otros, con la esperanza de, al menos, salvar la vida? &iquest;Qu&eacute; podemos decir del ensordecedor silencio internacional a prop&oacute;sito de las masacres injustificadas de cristianos en las diversas regiones del mundo? Si nos trasladamos al tema de los aspectos culturales no podemos negar que en las diversas sociedades est&aacute; sucediendo algo extraordinario. Tecnolog&iacute;as revolucionarias, sobre todo en el campo biom&eacute;dico, provocan nuevas preguntas de naturaleza &eacute;tica que muchas veces no encuentran una respuesta adecuada. Los descubrimientos del genoma, de la clonaci&oacute;n, de los organismos gen&eacute;ticamente modificados, la donaci&oacute;n y el tr&aacute;fico de &oacute;rganos humanos, la experimentaci&oacute;n salvaje con c&eacute;lulas humanas como tambi&eacute;n el mismo l&iacute;mite de la vida personal, para dar algunos ejemplos, ponen en evidencia, por una parte, el recurso a derechos in&eacute;ditos del individuo y, por otra, un aut&eacute;ntico vac&iacute;o &eacute;tico y de valores que contrasta tremendamente con la gravedad de lo que est&aacute; en juego. Estas problem&aacute;ticas no pueden encontrar una soluci&oacute;n compartida a nivel pol&iacute;tico si antes no se afrontan, con la debida cautela e inteligencia, en el &aacute;mbito de una formaci&oacute;n cultural que sepa ir m&aacute;s all&aacute; de un f&aacute;cil relativismo de moda, para verificar qu&eacute; concepci&oacute;n del hombre est&aacute; a la base de ellas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>UNA PREGUNTA NECESARIA</b></font></p>     <p>&iquest;Qu&eacute; har&aacute;n en el futuro los pa&iacute;ses occidentales ante la presi&oacute;n cada vez mayor para el reconocimiento de nuevos derechos? Viene a la mente con frecuencia una imagen, tomada de un antiguo mito. El rey de Frigia, Midas, se encontr&oacute; un d&iacute;a en su jard&iacute;n con el viejo Silene, preceptor de Dionisio. El anciano, torpemente, se hab&iacute;a ca&iacute;do del burro y se perdi&oacute; vagando por el jard&iacute;n. El rey Midas, sabiendo de quien se trataba, lo acogi&oacute; con grandes honores para llevarlo ante Dionisio. Como gratitud por su ayuda, Dionisio pregunt&oacute; al rey como podr&iacute;a recompensarlo. Famoso por su avidez de riquezas, el rey pidi&oacute; que todo lo que tocase se transformare en oro; su exigencia fue r&aacute;pidamente acogida. El rey Midas se puso muy contento: todo lo que tocaba se transformaba de verdad en oro. Sin embargo, r&aacute;pidamente se dio cuenta de lo desafortunado de su solicitud; tambi&eacute;n se transformaba en oro lo que se llevaba la boca, todo tipo de alimento o de bebida. Para no morir de hambre y de sed, el rey busc&oacute; de nuevo al dios Dionisio pidi&eacute;ndole renunciar al don recibido. Su solicitud fue acogida a condici&oacute;n de lavarse primero en las aguas del r&iacute;o Pact&oacute;lo que, desde ese d&iacute;a, se llen&oacute; de pepitas de oro.</p>     <p>Sabemos que Dionisio representa en la mitolog&iacute;a griega todo lo instintivo, sensual e irracional de la vida; no es casualidad, por lo mismo, que el encuentro con la avidez de Midas haya producido una mezcla explosiva. El antiguo mito es una par&aacute;bola para el hombre contempor&aacute;neo. Si se quiere seguir adelante por el camino de querer que todo lo que se desea sea reconocido como derecho, llegaremos al momento de reconocer la incapacidad de vivir en sociedad. Cerrado en s&iacute; mismo, el hombre no puede ir demasiado lejos, la savia de su existencia le viene de la relacionalidad, sin la cual no queda m&aacute;s que la soledad m&aacute;s oscura y por lo tanto, la esterilidad por no poder reproducirse con la inevitable conclusi&oacute;n de la imposibilidad de mantener la vida. El rey Midas tuvo que realizar un gesto simb&oacute;lico: el ba&ntilde;o en las aguas del r&iacute;o. Lo mismo ser&aacute; necesario para el hombre contempor&aacute;neo si quiere sobrevivir: tiene necesidad de purificaci&oacute;n y de renuncia. Es un camino que no se quiere recorrer por la presunci&oacute;n de no tener nada de lo cual privarse que no sea un derecho propio; sin embargo, sin esta renuncia es dif&iacute;cil ver un futuro real para la sociedad. El derecho es fundamental, pero la avidez de tener siempre m&aacute;s derechos lleva a la autodestrucci&oacute;n. Es el momento para distinguir aquello que vale la pena y lleva al progreso de aquello, en cambio, que es s&oacute;lo fruto del deseo y de una visi&oacute;n ideol&oacute;gica solips&iacute;stica e imposible de sostener.</p>     <p>El tema del humanismo se conjuga con una visi&oacute;n antropol&oacute;gica que determina su horizonte de interpretaci&oacute;n, que implica la centralidad de la persona como ser relacional. <i>Los hombres no son islas. </i>No se trata del t&iacute;tulo de la famosa novela de Thomas Merton. Indica, precisamente, la verdad impl&iacute;cita de una visi&oacute;n del hombre que lleva a cada uno a entrar<i>por naturaleza </i>en relaci&oacute;n con los dem&aacute;s para formar una sociedad de personas. Las mismas neurociencias, mientras investigan el misterio de la existencia en la mente humana, llegan a la conclusi&oacute;n de que el hombre encuentra su espacio vital en la relaci&oacute;n interpersonal y social. Solos y encerrados en nosotros mismos no podr&iacute;amos producir demasiado; no existir&iacute;a el lenguaje, la ciencia no habr&iacute;a nacido, el pensamiento tampoco habr&iacute;a tenido un desarrollo l&oacute;gico. Estas realidades evidentes, para mantenernos a nivel de ejemplos, requieren la apertura de nosotros mismos hacia los dem&aacute;s como lugar de encuentro y de complementariedad. Esta relacionalidad no se agota en los propios semejantes, sino que se abre a la trascendencia; a partir de esta apertura, de hecho, cada uno reconoce al otro como sujeto de la misma dignidad, porque todos est&aacute;n encerrados en el mismo abrazo de un Dios que ama y crea. La centralidad de la persona, por lo tanto, no anula al individuo ni humilla a la conciencia; al contrario exalta sus cualidades y le permite alzar la mirada.</p>     <p><font size="3"><b>UNA PERSPECTIVA COM&Uacute;N</b></font></p>     <p>La <i>Declaraci&oacute;n universal de los derechos del hombre, </i>a la que se ha hecho referencia, es ciertamente un logro considerable de la &eacute;poca moderna en el intento de fundamentar una visi&oacute;n &quot;human&iacute;stica&quot;, capaz de comprometer a la humanidad entera en el momento de zozobra que sigui&oacute; a las dos guerras mundiales. Desgraciadamente a nadie escapa que los resultados conseguidos no corresponden con las intenciones y con los prop&oacute;sitos originales. La propuesta de un <i>Weltethos </i>formulada en 1990 por Hans K&uuml;ng (1993; 2005) por la cual quer&iacute;a expresar: &quot;Un contenido fundamental de valores obligatorios, de medidas inmutables y de opciones personales fundamentales que no deben ser buscados o descubiertos como algo nuevo, sino que ya desde siglos forman el gran tesoro de la experiencia humana. Una &eacute;tica de la humanidad que se encuentra en todas las grandes tradiciones religiosas y filos&oacute;ficas de los pueblos" (p. 9; pp. 23-45) no me convence plenamente. Los cuatro principios esenciales sobre los que se apoya, y que representan el consenso m&iacute;nimo para los parlamentos, por una parte muestran la urgencia de una &eacute;tica de validez universal, pero por otra deja abierta la cuesti&oacute;n acerca del origen de su reconocimiento y del fundamento de cuanto sea moralmente bueno. Aquello que consideramos como m&aacute;s universal y capaz de dar fundamento al vivir social parecer&iacute;a ser, sobre todo, lo que llamamos <i>ley natural. </i>Ella, al tiempo que pone las bases para una &eacute;tica normativa, expresa la plena libertad al afrontar la cuesti&oacute;n de c&oacute;mo se deben realizar los derechos. Hay que admitir que s&oacute;lo contemplando la naturaleza es posible verificar la presencia de un orden que la raz&oacute;n puede descubrir y la voluntad captar como su norma de vida. Una ley, en suma, no escrita que muestra evidentes rasgos de universalidad que superan las diferencias de raza, pertenencia, l&iacute;mites de espacio y tiempo para erigirse como principio de juicio y obligatoriedad que la conciencia percibe como forma de libertad para la plena realizaci&oacute;n de s&iacute; en el respeto a la dignidad de la persona y de toda persona (Maritain, 1977).</p>     <p>La ley natural no es una invenci&oacute;n del cristianismo como sostienen algunos que quieren liquidar este concepto, para no enfrentar debidamente un tema tan importante y actual. Detr&aacute;s de esta expresi&oacute;n se esconde la maduraci&oacute;n de la raz&oacute;n humana en diferentes &eacute;pocas hist&oacute;ricas, en su intento de saber captar la realidad y dar respuesta inteligente y permanente a los interrogantes que ella misma plantea. Las primeras experiencias filos&oacute;ficas, por otro lado, est&aacute;n vinculadas a la pregunta por la naturaleza; antes de cualquier otro problema, la raz&oacute;n ha tratado de responder a la pregunta sobre qu&eacute; es <i>hphysis, </i>la naturaleza, t&eacute;rmino equ&iacute;voco, aunque fundamental para entendernos. Es necesario volver a los libros de la F&iacute;sica y de la Metaf&iacute;sica de Arist&oacute;teles para encontrar la primera expresi&oacute;n articulada del concepto: &quot;la naturaleza es un principio y una causa del movimiento y de la quietud de todo aquello que existe por s&iacute; mismo y no por accidente&quot; (F&iacute;sica II, 1, 192b 20-23); en otras palabras, la naturaleza es la generaci&oacute;n de todo lo que tiene vida y que se desarrolla. El <i>t&eacute;rminophysis </i>se deriva del verbo <i>phyein </i>que indica todo aquello que es generado, que nace y que crece; en definitiva, lo que tiene forma y sustancia est&aacute; contenido en el t&eacute;rmino &quot;naturaleza&quot;. Para llegar a una visi&oacute;n todav&iacute;a m&aacute;s elaborada de la ley natural es necesario recurrir al famoso texto de Cicer&oacute;n: &quot;la ley natural es la recta raz&oacute;n, conforme a la naturaleza, universal, constante y eterna, la cual, con sus mandatos, indica el deber y con sus prohibiciones, nos aparta del mal. Ella no manda y proh&iacute;be nada en vano a los honestos a&uacute;n cuando no disuade a los malvados. Esta ley no puede ser modificada ni se le puede quitar parte alguna, tampoco es posible abolirla totalmente; ni a trav&eacute;s del Senado o del pueblo nos podemos librar de ella ni es necesario buscar quien la explique o la interprete. Y no habr&aacute; una ley en Roma, y una en Atenas, una ahora y otra despu&eacute;s; sino una sola ley eterna e inmutable gobernar&aacute; a todos los pueblos de todos los tiempos, y un solo dios ser&aacute; como la gu&iacute;a y el se&ntilde;or de todos: &eacute;l, precisamente, que ha concebido, redactado y promulgado esta ley; que el hombre no puede desobedecer sin huir de s&iacute; mismo y sin renegar su naturaleza humana y sin, por lo mismo, incurrir en una grav&iacute;sima pena a&uacute;n cuando pudiera escaparse de los castigos ordinarios" (Cicer&oacute;n, 3, 22, 33). Las palabras de Cicer&oacute;n no tienen necesidad de demasiado comentario; lo que escribe el romano, se encuentra ya en el fil&oacute;sofo griego y tambi&eacute;n en Israel bajo la expresi&oacute;n "ley de Dios". En la concepci&oacute;n b&iacute;blica, el derecho no se limita a la ley. Es concebido como un orden que Dios mismo ha puesto en la creaci&oacute;n y ha establecido para su pueblo para que aprenda a encontrar su voluntad y a ponerla en pr&aacute;ctica como premisa y condici&oacute;n para la felicidad. No es casual que en la Sagrada Escritura el tema del derecho se asocie frecuentemente a la justicia. La relaci&oacute;n pone de  manifiesto el primado de la conciencia que se siente siempre comprometida en la b&uacute;squeda de la justicia mediante la aplicaci&oacute;n de un derecho que no puede ser &uacute;nicamente aquel codificado, sino que debe captar el sentido profundo de la voluntad del creador. Por ese motivo, la concepci&oacute;n b&iacute;blica agrega una originalidad propia a la concepci&oacute;n griega y romana: la justicia no consiste &uacute;nicamente en respetar una norma, aunque fuera la m&aacute;s perfecta que se pueda formular, y no se concluye en garantizar la igualdad entre todos los sujetos. La justicia, que se conjuga con el derecho, tiene que ser capaz de hacer aflorar la verdadera necesidad de toda persona de encontrar su lugar y desarrollar el papel que le corresponde en la comunidad.</p>     <p>Como puede verse, m&aacute;s all&aacute; de prejuicios o visiones ideol&oacute;gicas, nos encontramos en todas partes con la misma idea de fondo: existe una ley, tiene que existir una ley que no tiene al hombre por autor. Esta ley, m&aacute;s a&uacute;n, le es dada para que pueda dirigir sus actos de modo de buscar siempre el bien, para ser feliz, y evitar el mal para no incurrir en la pena. Lo que los griegos llamaban &quot;justo por naturaleza&quot;, se transforma en los romanos en <i>tus natumle </i>y en el pueblo escogido en <i>mi&scaron;pat Jhwh. </i>Las diferencias manifiestan m&aacute;s una sensibilidad propia que un verdadero cambio. En &eacute;pocas diversas y en diferentes lugares surge, a pesar de todo, una idea fundamental y compartida: existe un contenido &eacute;tico que el hombre reconoce por s&iacute; mismo, inmediatamente, casi de modo instintivo, como una norma que debe obedecer para poder vivir conforme a lo que es y que se refleja en aquel espacio inmenso y diversificado que es la naturaleza. Para decirlo con una expresi&oacute;n sint&eacute;tica de santo Tom&aacute;s de Aquino (a&ntilde;o), la ley natural es &quot;la participaci&oacute;n de la criatura racional en la ley eterna de Dios&quot; (I-II, q. 91, a2). En palabras breves santo Tom&aacute;s logra describir el sentido profundo de la ley natural como el ejercicio que todo hombre realiza de la propia raz&oacute;n y de la libertad, las cuales reconocen lo que es conforme, coherente y conveniente para que la persona alcance la plena realizaci&oacute;n de s&iacute; misma.</p>     <p>El contexto contempor&aacute;neo es igualmente complejo; por diversos decenios, de hecho, el tema de la ley natural ha sido ampliamente olvidado. Las causas son muchas, pero lo que se nota inmediatamente es que la indiferencia hacia esos contenidos ha empobrecido no solamente la investigaci&oacute;n sino sobre todo los comportamientos de las personas. Dichos comportamientos, cuando carecen de un fundamento en la naturaleza, son orientados en gran parte por el deseo ef&iacute;mero, se pierde la libertad y se cae en manos del arbitrio. Es muy triste constatar que de esta general debilidad no se han salvado ni siquiera diversos parlamentos nacionales, que han legislado, no s&oacute;lo dejando de lado lo que est&aacute; inscrito en la ley de la naturaleza, sino llegando incluso a justificar comportamientos en claro contraste con ella. La ley natural, como fue concebida en la antig&uuml;edad, ten&iacute;a su propio espacio vital porque se colocaba en una lectura religiosa del mundo; hoy las diversas formas de secularizaci&oacute;n han modificado nuestra actitud hacia el mundo y, por consiguiente, la misma ley natural ha sufrido una comprensible, aunque injustificada, marginaci&oacute;n.</p>     <p>Si se pierde la conexi&oacute;n con una ley impresa en la naturaleza, que va m&aacute;s all&aacute; de las diversas culturas, se da entonces un primado de la cultura que domina y que condiciona todo. Nadie, sin embargo, puede ser prisionero de la cultura. En la medida en que ella es un producto de la acci&oacute;n personal y social debe expresar una tensi&oacute;n hacia la plenitud de la verdad y no una cadena que hace imposible esta conquista. Por ello, es necesario mantener el v&iacute;nculo con la ley de la naturaleza, garant&iacute;a para que toda persona sea libre y responsable a fin de afirmar la propia dignidad, no con referencia a las convenciones de los hombres, sino conforme a la verdad profunda de la propia esencia. Es de esperar que se inicie el caminar hacia una comprensi&oacute;n renovada de la ley natural -de los derechos y deberes que brotan de ella- y de un lenguaje m&aacute;s coherente con las instancias del mundo contempor&aacute;neo, para que se pueda percibir el valor de una ley no escrita que permanece como instrumento de unidad de todo el g&eacute;nero humano y como signo concreto de la huella de Dios en la creaci&oacute;n, reflejo de su amor. Retomar la problem&aacute;tica sobre la ley y el derecho natural corresponde a la empresa, permanentemente presente en la historia del pensamiento, de responder a la pregunta sobre la posibilidad de un conocimiento objetivo en el campo &eacute;tico, independientemente de la revelaci&oacute;n cristiana. En s&iacute;ntesis, &iquest;hay algo com&uacute;n a toda la humanidad, valores, normas, v&aacute;lidas siempre, para todos, m&aacute;s all&aacute; de la propia cultura, de las religiones y del sistema jur&iacute;dico? A&uacute;n m&aacute;s. &iquest;Es posible un discernimiento para poder descubrir estos valores y realizarlos? Los esfuerzos existentes en el mundo contempor&aacute;neo hacia la justicia, la paz, la tutela de la creaci&oacute;n, la dignidad humana y los derechos universales ser&aacute;n vanos, a pesar de todas nuestras buenas intenciones, si no est&aacute;n basados en un fundamento de valor que vaya m&aacute;s all&aacute; del voluntarismo pol&iacute;tico. Un verdadero humanismo, entonces, tiene necesidad de volver a proponer, de manera convincente y creativa, el valor fundamental de la ley natural como una contribuci&oacute;n que la raz&oacute;n universal ha sabido aportar a la historia de la humanidad; contribuci&oacute;n que no excluye los aportes originales y profundos del cristianismo.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>REFERENCIAS</b></font></p>     <!-- ref --><p>Arist&oacute;teles (1995). <i>F&iacute;sica II. </i>Madrid: Gredos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000034&pid=S0120-131X201100010000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Benedicto XVI. (2008, abril 18). <i>Discurso a las Naciones Unidas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000036&pid=S0120-131X201100010000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>     <!-- ref --><p>Cicer&oacute;n. (1989). <i>La Rep&uacute;blica. </i>Madrid: Akal.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000038&pid=S0120-131X201100010000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>De Aquino, Tomas. (1970). <i>Summa Theologiae. </i>Cambridge: Cambridge University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000040&pid=S0120-131X201100010000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>De Toqueville, A. (1968). <i>La democrazia in America. </i>Torino: UTET.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000042&pid=S0120-131X201100010000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>K&uuml;ng, H. &amp; Kuschel, K, J. (1993). <i>Erkl&auml;rung zum Weltethos. </i>M&uuml;nchen: Piper; Auflage: 3. A.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000044&pid=S0120-131X201100010000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>K&uuml;ng, H. &amp; Rinn-Mauer. (2005). <i>Weltethos. </i>Freiburg.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000046&pid=S0120-131X201100010000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Maritain, J. (1977). <i>I diritti dell'uomo e la legge naturale. </i>Milano: Vita e Pensiero.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000048&pid=S0120-131X201100010000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>  </font>      ]]></body><back>
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