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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p>    <center><font size="4"><b>Esperar</b></font><sup>*</sup></center></p>      <p align="right"><i>Claude Romano** </i>    <br> Traducci&oacute;n de Enoc Mu&ntilde;oz y Patricio Mena Malet***</p>      <p align="right"><i>"Aquello que yo soy" es una espera permanente,</i>    <br> <i>general... -{...}-Vivimos en una preparaci&oacute;n o</i>    <br> <i>disposici&oacute;n perpetua.</i>    <br> <i>Val&eacute;ry, Cahiers, i, p. 1270.</i></p>   <sup>*</sup> Esta traducci&oacute;n se ha realizado en el marco del proyecto Fondecyt n.&ordm; 11100061, a cargo del Dr. Patricio Mena Malet    <br> <sup>**</sup> Es <i>ma&icirc;tre de conf&eacute;rences </i>de la Universidad de la Sorbonne, Paris IV En el a&ntilde;o 2010 recibi&oacute; el Gran Premio Moron de la Academia Francesa por el conjunto de sus obras de fenomenolog&iacute;a. Algunas de sus obras son: <i>L'&eacute;v&eacute;nement et le monde </i>(Paris: PUF, 1998), <i>L&eacute;v&eacute;nement et le temps </i>(Paris: PUF, 1999), <i>Le chant de la vie. Ph&eacute;nom&eacute;nologie de Faulkner </i>(Paris: Gallimard, 2005), <i>Lo posible y el acontecimiento. introducci&oacute;n a la hermen&eacute;utica acontecial </i>(Santiago de Chile: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2008), <i>au c&oelig;ur de la raison, la ph&eacute;nom&eacute;nologie </i>(Paris: Gallimard, 2010), <i>Laventure temporelle. Trois essais pour introduir &agrave; l'herm&eacute;neutique &eacute;v&eacute;nementiale </i>(Paris: PUF, 2010).    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <sup>***</sup> Enoc Mu&ntilde;oz es Licenciado en Filosof&iacute;a por la Universidad Cat&oacute;lica de Valpara&iacute;so y Doctor en Filosof&iacute;a por la Universidad de Chile. Contacto: <a href="mailto:enocman@gmail.com">enocman@gmail.com</a>. Patricio Mena Malet es Doctor en Filosof&iacute;a por la Pontificia Universidad Cat&oacute;lica de Valpara&iacute;so, profesor auxiliar de la Universidad Alberto Hurtado y coordinador del Grupo de investigaciones fenomenol&oacute;gicas (GIF). Contacto: <a href="mailto:pa-menam@uahurtado.cl">pa-menam@uahurtado.cl</a>.</p>  <hr>     <p>&iquest;Qu&eacute; es lo que la espera puede ense&ntilde;arnos acerca de la fenomenolog&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; es lo que la fenomenolog&iacute;a puede ense&ntilde;arnos acerca de la espera? En el quiasmo de estas preguntas, ya se hace a la luz algo del desaf&iacute;o de una fenomenolog&iacute;a de la espera. Una fenomenolog&iacute;a de la espera es tambi&eacute;n, y a la vez, una fenomenolog&iacute;a del tiempo. La acometida fenomenol&oacute;gica consiste en la efectuaci&oacute;n de una descripci&oacute;n de nuestra experiencia en el sentido vivo de su aparecer; y el aparecer como tal, la fenomenicidad de los fen&oacute;menos, se caracteriza por la novedad. Por esto, examinar una cosa, volver a verla, es verla, solamente ahora, por primera vez. Lo que aparece, aquello de lo que hago experiencia, en cierto sentido es siempre in&eacute;dito, sorprendente. &iquest;Pero en qu&eacute; sentido? Toda apresentaci&oacute;n, inversamente, no es del orden de una protenci&oacute;n<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>. Por ejemplo, existe el mentar vac&iacute;o que se dirige no hacia algo invisible (o imperceptible) <i>actualmente </i>-hacia potencialidades implicadas en las actualidades de la conciencia, que dise&ntilde;ar&iacute;an as&iacute; los horizontes de una compleci&oacute;n posible-, sino hacia algo invisible o imperceptible <i>absolutamente. </i>Como sucede con aquello que es objeto de los an&aacute;lisis de la quinta de las <i>meditaciones cartesianas </i>de Husserl, donde la otra conciencia, el <i>alter ego, </i>es apresentada -sin poder jam&aacute;s ser presentada- sobre la base de su donaci&oacute;n como carne. Adem&aacute;s, conviene precisar que, a los ojos de Husserl, la anticipaci&oacute;n vac&iacute;a de la protenci&oacute;n difiere por principio de la espera, pues mientras que la espera es un vac&iacute;o ocasional, <i>toda </i>conciencia es <i>en todo instante </i>protencional. La protenci&oacute;n pertenece a su constituci&oacute;n temporal inmanente. &iquest;Nos permiten estas descripciones precisar la naturaleza y el estatuto de las anticipaciones que acompa&ntilde;an por ejemplo a toda percepci&oacute;n en cada uno de sus momentos constitutivos? Nada es menos seguro. Puesto que, cualquiera sea la relaci&oacute;n que mantienen la protenci&oacute;n y la apresentaci&oacute;n, generalmente entrelazadas la una a la otra en el proceso teleol&oacute;gico de la percepci&oacute;n, ellas platean un mismo tipo de problema.</p>     <p>En efecto, lo que define a estas dos modalidades del mentar vac&iacute;o de la conciencia, es que ambas son a la vez determinadas e indeterminadas. La apresentaci&oacute;n que, en la percepci&oacute;n actual de un cubo, se remite a sus caras disimuladas, debe enfocarlas a la vez como caras en n&uacute;mero determinado, susceptibles de presentarse de un modo determinado, con sus aristas de &aacute;ngulo recto, sus proporciones id&eacute;nticas, etc., y de una manera relativamente indeterminada: en la aparici&oacute;n presente del cubo, nada permite anticipar, por ejemplo, el color de sus otras superficies. &iquest;Pero se puede dar cuenta de esa determinaci&oacute;n <i>y </i>de esta indeterminaci&oacute;n, si se piensa la apresen-taci&oacute;n a la manera de una <i>conciencia de objeto? </i>&iquest;Qu&eacute; se entiende, en efecto, por "conciencia de objeto"? El objeto -sea sensible o ideal-, es para Husserl algo <i>dado, </i>a lo menos potencialmente. Pero todo aquello que se da en la conciencia posee una cierta completud intuitiva. Si el objeto es algo dado potencial, debe ya estar determinado por la conciencia que lo mienta. Y, sin embargo, este objeto es mentado <i>en vac&iacute;o, </i>es decir en la ausencia de tal determinaci&oacute;n. Pero entonces, &iquest;c&oacute;mo una misma conciencia puede ser a la vez determinada y vaga? &iquest;C&oacute;mo ella puede ser saturada por "el mismo objeto" que ella mienta y mentarlo de manera "vac&iacute;a"? Porque es requisito para toda la conceptualidad de Husserl que se pueda hablar aqu&iacute; del "mismo objeto": es <i>el mismo objeto </i>el que debe ser mentado en vac&iacute;o y el que proporcione la compleci&oacute;n intuitiva de este mentar. &iquest;Pero qu&eacute; quiere decir aqu&iacute; "el mismo objeto"? &iquest;C&oacute;mo el objeto de mi mentar vac&iacute;o puede ser el mismo que el objeto intuido, si el primero es indeterminado en varios aspectos desde el punto de vista de su contenido, mientras que el segundo se caracteriza por su riqueza y su plenitud intuitivas? Desde la partida, son excluidas aqu&iacute; dos soluciones: aquella que consistir&iacute;a en pensar la anticipaci&oacute;n como una predonaci&oacute;n, <i>ya intuitiva, </i>del objeto (por ejemplo en el modo de una conciencia imaginaria que se diera por anticipado el futuro bajo la forma de fantasmas<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>). Esto significar&iacute;a dotar a la conciencia de un poder demi&uacute;rgico de adelantarse a toda percepci&oacute;n posible y, literalmente, de pre-verla. Tambi&eacute;n se excluye aquella que consistir&iacute;a en negar que la conciencia se caracterice, no obstante, por anticiparse a ella misma, en situaci&oacute;n de previsi&oacute;n y de espera. &iquest;De cu&aacute;l soluci&oacute;n podemos disponer entonces? &iquest;C&oacute;mo caracterizar ese "vac&iacute;o" de nuestro mentar que corresponde, en Husserl, a la indeterminaci&oacute;n de nuestras esperas?</p>     <p>En el marco de la fenomenolog&iacute;a husserliana no encontraremos respuesta a estas preguntas. La raz&oacute;n de esto, es que los an&aacute;lisis de Husserl dejan de lado el momento ling&uuml;&iacute;stico inherente a todo esperar... cuya consideraci&oacute;n, &uacute;nicamente, permite formular el problema con claridad. Aquello que anticipo, lo que espero cuando percibo un cubo, corresponde a lo que yo <i>puedo decir </i>a prop&oacute;sito de esta espera. Por ejemplo, que aquello que percibo es precisamente un cubo. Al decir esto, describo el contenido de mi anticipaci&oacute;n de sentido, y este contenido es rigurosamente definido por el empleo del t&eacute;rmino "cubo" en la frase; y diciendo que yo percibo un cubo, no digo todav&iacute;a nada del color de sus caras ocultas. Asimismo, si digo que yo espero que el suelo no se quite bajo mis pies cuando me desplazo en tierra firme, yo expreso muy exactamente el grado de indeterminaci&oacute;n <i>y </i>de determinaci&oacute;n que posee mi espera: yo espero que el suelo soporte mi peso, pero no espero que su textura o su composici&oacute;n sean tales o cuales. En rigor, el grado de determinaci&oacute;n y de indeterminaci&oacute;n de mis expectativas es aquel que puedo expresar por medio de frases dotadas de sentido; no aquel de un "objeto" en el sentido como lo entiende Husserl, el que tendr&iacute;a que ser a la vez enteramente determinado, puesto que susceptible de darse intuitivamente, y en parte indeterminado, puesto que mentado solamente "en vac&iacute;o". En otros t&eacute;rminos, la met&aacute;fora del vac&iacute;o y de la compleci&oacute;n, que sostiene todo el an&aacute;lisis husserliano del esperar... en tanto que conciencia de objeto, de ning&uacute;n modo permite concebir hasta d&oacute;nde mi espera es indeterminada y en qu&eacute; medida ella permanece vaga. <i>Esta frontera solo puede ser trazada por el lenguaje. </i>Nuestras expectativas a nivel perceptivo corresponden a aquellas que <i>podemos decir </i>de nuestra percepci&oacute;n actual cuando acometemos su descripci&oacute;n. Su objeto no es del orden de un dato potencial, que no podr&iacute;a ser determinado m&aacute;s que en algunos de sus aspectos, ni de un vac&iacute;o integral que impidiera la concepci&oacute;n de mi mentar como una <i>espera </i>de sea lo que fuere.</p>     <p>Estas consideraciones se aplican, por lo dem&aacute;s, lo mismo a la segunda modalidad de la espera que examinaremos m&aacute;s adelante, aquella de una actitud que puedo adoptar con respecto a un hecho futuro. Cuando cito a alguien a una hora determinada, a un lugar determinado, son muchos los hechos que pueden corresponder a mi espera: "Yo espero a Emily en el Caf&eacute; Torre hacia las 18 horas" se satisface por la llegada de una Emily alegre o triste, vestida de traje o de impermeable, a las 17 horas con 59 minutos o a las 18 con 2. El grado de determinaci&oacute;n de mi espera es rigurosamente definido por el grado de determinaci&oacute;n de la <i>frase </i>que le expreso, y no por el grado vacuidad (suponiendo que esta expresi&oacute;n tenga un sentido) de actos de conciencia silenciosos que mientan en vac&iacute;o un contenido intuitivo potencialmente dado o "donable".</p>     <p>As&iacute;, al pensar la apresentaci&oacute;n y la protenci&oacute;n (e incluso la espera en general) como actos de conciencia, y esta conciencia como una conciencia de objetos, Husserl cae en la dificultad seg&uacute;n la cual nuestro mentar o pre-mentar debiera, a pesar de todo, ser <i>en parte </i>determinado, puesto que &eacute;l debiera poder ser ya sea completado de alguna manera conforme a lo que mienta, ya sea contradicho por la experiencia. Pero Husserl no nos dice en qu&eacute; consisten esa determinaci&oacute;n y esa indeterminaci&oacute;n. Y <i>no puede </i>dec&iacute;rnoslo debido a los principios que sostienen su descripci&oacute;n. Pues hablar aqu&iacute; de "determinaci&oacute;n" y de "indeterminaci&oacute;n" no tiene sentido m&aacute;s que en relaci&oacute;n a las <i>expresiones </i>posibles de esta espera. No hay expectativas para una conciencia muda, sino solamente para un ser humano cuyo ser-en-el-mundo se encuentra determinado esencialmente por la palabra. Como lo dice Wittgenstein: "Es en el lenguaje que la espera y su compleci&oacute;n entran en contacto"<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>. &iquest;Se quiere decir con esto que el objeto de nuestras esperas ser&iacute;a de naturaleza intr&iacute;nsecamente ling&uuml;&iacute;stica? Es preciso resistir a esta conclusi&oacute;n. Aquello que yo espero y me demora, es la llegada de Emily y no la expresi&oacute;n de la llegada de Emily por medio de una frase citada. Es un estado de cosas posible, y no la proposici&oacute;n que le corresponde en el lenguaje. M&aacute;s precisamente, es un hecho del mundo o un estado de cosas posible en cuanto que estos no pueden ser circunscritos y determinados m&aacute;s que por su expresi&oacute;n. Esta observaci&oacute;n nos permite extender la noci&oacute;n de anticipaci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de los seres provistos de palabra (una fiera puede acechar su presa, esperar a que ella se desplace en tal o cual direcci&oacute;n, anticipar su movimiento), a condici&oacute;n de precisar que la descripci&oacute;n de una conducta animal en t&eacute;rminos de previsi&oacute;n y de anticipaci&oacute;n, sobre la base de sus aspectos caracter&iacute;sticos (inmovilidad, preparaci&oacute;n para la persecuci&oacute;n), permanece una "manera de hablar". Pero sobre todo, estas consideraciones conducen a dos conclusiones de orden m&aacute;s general. Primeramente, si el objeto de la espera no puede ser determinado m&aacute;s que por medio del lenguaje, de ello no se sigue que la espera sea una actitud ling&uuml;&iacute;stica o "pro-posicional": puedo esperar algo sin haber formulado por ello lo que yo espero, y sin ninguna necesidad de tener que hacerlo. Espero que el suelo no desaparezca bajo mis pies, que mi experiencia prosiga sin hiato, y sin embargo, jam&aacute;s pienso en esto (y si lo he pensado, lo ha sido &uacute;nicamente en tanto que fil&oacute;sofo). La espera -en el sentido de la anticipaci&oacute;n o del esperar que...- de ninguna manera se deja <i>reducir </i>a comportamientos ling&uuml;&iacute;sticos determinados. Incluso si ella no es pensable independientemente de la posibilidad de <i>todo </i>comportamiento ling&uuml;&iacute;stico. Ella no es de orden ling&uuml;&iacute;stico, es una aptitud que sostiene numerosos comportamientos (lo que muestra que aquello que yo espero no es solamente lo que digo, sino tambi&eacute;n todo aquello que hago: por ejemplo, caminar sin temor sobre tierra firme), y, por consiguiente, una modalidad de nuestra relaci&oacute;n con el mundo. Su an&aacute;lisis no puede satisfacerse &uacute;nicamente con los recursos de una filosof&iacute;a del lenguaje -ello compete a una fenomenolog&iacute;a, pero a una fenomenolog&iacute;a atenta a la dimensi&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica de nuestra presencia con las cosas y los entes-. En segundo lugar, puesto que el <i>objeto </i>de nuestras expectativas no puede ser determinado m&aacute;s que por medio de determinaciones ling&uuml;&iacute;sticas, el "sujeto" de la espera no puede ser sino un sujeto comprometido pr&aacute;cticamente en el mundo y provisto de aptitudes, de capacidades (entre las cuales la aptitud para la palabra) que poseen necesariamente un basamento corporal. En ning&uacute;n caso es del orden de la conciencia representativa, que se presenta a ella misma los objetos, ni, por otro lado, de una conciencia ling&uuml;&iacute;stica (suponiendo que algo as&iacute; sea pensable). Para pensar la previsi&oacute;n y la anticipaci&oacute;n, no nos queda sino tomar como punto de partida a un existente que se remite pr&aacute;cticamente al mundo y a &eacute;l mismo. Por tanto, no podemos hacerlo de otra manera que adoptando la inflexi&oacute;n que Heidegger ha hecho sufrir a la fenomenolog&iacute;a husserliana en el sentido de una fenomenolog&iacute;a hermen&eacute;utica.</p>     <p>Esta inflexi&oacute;n se revela a&uacute;n menos posible de esquivar si nos interrogamos sobre las relaciones que la espera mantiene con la memoria. En efecto, &iquest;qu&eacute; es lo que permite anticipar los aspectos disimulados de un objeto, sus horizontes interno y externo, y, m&aacute;s generalmente, las determinaciones del mundo como aquella de la solidez del suelo para el caminar, la relativa estabilidad de las cosas, la permanencia de los entes, etc.? La respuesta no puede sino ser: "la memoria". &iquest;Pero cu&aacute;l memoria? &iquest;C&oacute;mo pensar la memoria para as&iacute; dar cuenta de esas anticipaciones a la vez elementales y arquitect&oacute;nicas que confieren a la experiencia, por ejemplo perceptiva, su estilo y su continuidad? Aqu&iacute;, la insuficiencia de la caracterizaci&oacute;n husserliana de nuestras anticipaciones tiene por correlato la insuficiencia de su caracterizaci&oacute;n de la memoria. En efecto, lo profundo de la aproximaci&oacute;n de Husserl a este problema no est&aacute; tanto en la soluci&oacute;n por &eacute;l aportada, sino m&aacute;s bien en haber sido uno de los primeros en formularlo en toda su claridad. Problema que radica en esa forma de anticipaci&oacute;n permanente que pertenece al estilo de la experiencia como tal, y que confiere a &eacute;sta su coherencia, su unidad -estilo al que se debe que aquello que nos sorprende, aquello que decepciona nuestras esperas particulares, no rompa la unidad de la experiencia, no introduzca en &eacute;sta un hiato absoluto, sino que precisamente aquello aparezca como lo inesperado sobre el fondo de una espera m&aacute;s fundamental-. Pero, &iquest;c&oacute;mo pensar justamente esas anticipaciones perceptivas, esa espera que de ning&uacute;n modo es una espera particular de esto o de aquello, sino m&aacute;s bien la espera general e indeterminada seg&uacute;n la cual la experiencia continuar&aacute; desarroll&aacute;ndose siguiendo el mismo "estilo constitutivo"? Es manifiesto que las nociones de protenci&oacute;n y de apresentaci&oacute;n no alcanzan la medida del problema planteado. No solamente porque ellas nos arrastran a dificultades inextricables -&iquest;de cu&aacute;ntas protenciones estamos hablando? &iquest;C&oacute;mo enumerarlas? &iquest;Hay una que corresponda a <i>cada uno </i>de los aspectos de lo real, y de lo que pudiera decir, llegado el caso, que yo lo esperaba? Y si as&iacute; fuere, &iquest;c&oacute;mo se organizan esas intenciones (vis&eacute;es) en n&uacute;mero casi infinito las unas con las otras?-, sino, m&aacute;s fundamentalmente, porque la anticipaci&oacute;n en cuesti&oacute;n no es del orden de un dato de la conciencia; su orden es de naturaleza esencialmente pr&aacute;ctica. No solamente <i>no tengo conciencia </i>de anticipar tal o cual aspecto de mi experiencia por venir, sino que adem&aacute;s soy incapaz de <i>decir </i>todo aquello que anticipo, de establecer la lista bajo la forma de aserciones. Voy al encuentro de la experiencia por medio de una prolepsis que es primeramente e indisociablemente gestual y perceptiva, y que frecuenta las potencialidades mismas de mi cuerpo. Dicho de otro modo, la memoria aqu&iacute; solicitada, que habita las potencias de mi cuerpo y me confiere este asidero indiviso en el mundo, es una memoria pr&aacute;ctica que se sustrae a toda rendici&oacute;n de cuenta expl&iacute;cita y exhaustiva. Las creencias y certezas que frecuentan mi percepci&oacute;n y mi manera de moverme en el mundo no son ni intenciones de conciencia de las que podr&iacute;a tomar &iacute;ntegramente conciencia, ni "datos" ling&uuml;&iacute;sticos de los que podr&iacute;a formular exhaustivamente su contenido. Ellas son aptitudes que dependen de una memoria encarnada y en conformidad a las cuales mi pasado est&aacute; presente en cada instante, en las disposiciones mismas de mi cuerpo, sin por ello estar a mi disposici&oacute;n de una manera expresa. Esto nos obliga a pensar la memoria de una manera distinta a como lo ha hecho Husserl: no, en primer lugar, como retenci&oacute;n y recuerdo, relaci&oacute;n intencional con objetos y episodios pasados, sino como capacidad encarnada bajo la forma de aptitudes y h&aacute;bitos. Esta memoria no tiene ninguna necesidad de una conciencia tem&aacute;tica del pasado; no reposa sobre &eacute;sta. Anterior a toda forma de relaci&oacute;n consciente, esta memoria no reproduce el pasado bajo una forma cualquiera, incluso ling&uuml;&iacute;stica; es una forma de la atenci&oacute;n y de la apertura al presente. Mi reconocimiento de los rostros y de las cosas, mi capacidad de orientarme en el espacio dependen de una familiaridad ciega que es la fina punta de una memoria disimulada -y sin embargo l&uacute;cida-, de un olvido obrante que resume y condensa toda nuestra experiencia bajo una forma sustra&iacute;da y subterr&aacute;nea; consiste en esta memoria activa que vive de inconsciencia y olvido. Anticipamos el porvenir porque <i>somos </i>de alguna manera nuestro pasado, porque &eacute;l se instala en los arcanos de nuestro cuerpo vivo y vibrante o, m&aacute;s bien, porque &eacute;l nos hace, en cada instante, lo que somos, a la manera de ese cuerpo encaramado sobre los zancos del tiempo, del que Proust forj&oacute; la imagen.</p>      <p><font size="3"><b>Lo inesperado</b></font></p>     <p>Quiz&aacute;s estamos ahora en condiciones de responder a una de las principales dificultades de una fenomenolog&iacute;a de la espera y de la sorpresa. &iquest;C&oacute;mo pensar a la vez la anticipaci&oacute;n permanente que sostiene la menor de nuestras percepciones y la posibilidad de la sorpresa? &iquest;C&oacute;mo conciliar el car&aacute;cter regular de nuestra experiencia, el car&aacute;cter "pre-esbozado" de nuestros horizontes perceptivos con el surgimiento de fen&oacute;menos imprevisibles?</p>     <p>Un primer elemento de respuesta nos lo proporcion&oacute; la tesis de acuerdo a la cual el "objeto" de la espera es algo que yo debo poder expresar, algo que moviliza mis capacidades ling&uuml;&iacute;sticas, y de ninguna manera un "objeto" concebido como un dato potencial de la conciencia. Ni objeto determinado por anticipado, ni objeto indeterminado (pues, &iquest;qu&eacute; podr&iacute;a significar "objeto indeterminado" si el objeto se define como aquello que es susceptible de ser <i>dado </i>en una conciencia?), aquello no es del todo un objeto en el sentido de un contenido de conciencia que me ser&iacute;a necesario pre-ver para en seguida verlo. Con raz&oacute;n Wittgenstein subray&oacute; que la met&aacute;fora visual que sostiene generalmente las concepciones de la espera -y que es tan t&iacute;pica de la concepci&oacute;n husserliana de la intencionalidades una fuente de confusiones: "Yo quiero decir: 'Si alguien pudiera ver el proceso de la espera, debiera ver lo que es esperado'. Cuando m&aacute;s correcto ser&iacute;a: aquel que ve la expresi&oacute;n de la espera ve lo que es esperado. &iquest;Y de qu&eacute; otra manera, en qu&eacute; otro sentido podr&iacute;a v&eacute;rselo?"<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>. Si aquello que espero no tuviera a la vez la determinaci&oacute;n y la indeterminaci&oacute;n <i>que le confiere el lenguaje, </i>no ser&iacute;a posible ni que mi anticipaci&oacute;n fuera satisfecha (pues las caras del cubo que se ocultan actualmente ser&iacute;an siempre <i>otras, </i>m&aacute;s brillantes o m&aacute;s mates, m&aacute;s claras o m&aacute;s oscuras que todo lo que yo hab&iacute;a anticipado), ni que mi anticipaci&oacute;n fuera contradicha (pues ella ser&iacute;a <i>siempre </i>contradicha, y por lo tanto, jam&aacute;s lo ser&iacute;a). El paisaje que se extiende m&aacute;s all&aacute; de un promontorio, &iquest;es ondulado, como yo lo espero, o es plano? Si la espera fuera del orden del "ver", si ella tuviera que pre-ver y pre-darse su objeto cualquiera sea el sentido de &eacute;ste, es claro que ninguna ondulaci&oacute;n particular podr&iacute;a corresponder a mi espera, pues ser&iacute;a siempre diferente de aquella que habr&iacute;a anticipado. Pero si nada puede satisfacer mi espera, nada podr&iacute;a ya contradecirla: no habr&iacute;a jam&aacute;s ni sorpresa ni confirmaci&oacute;n. Por el contrario, si solamente es por la intermediaci&oacute;n del lenguaje que la espera y su compleci&oacute;n se reencuentran, entonces deviene a la vez posible decir que mi espera es confirmada -pues se trata de un paisaje ondulado- y que la sorpresa de lo descubierto es total: ese paisaje particular es as&iacute; tan nuevo e inaudito como aquel que podr&iacute;a pintar un Ruysdael o un Courbet. La posibilidad de compleci&oacute;n de mis expectativas y aquella de su no-compleci&oacute;n son, por tanto, estrechamente solidarias la una de la otra: es preciso poder pensar juntos el hecho de que mi experiencia se efect&uacute;e de manera coherente en la compleci&oacute;n continua de sus horizontes perceptivos, y el que ella da lugar, sin cesar, a lo irreductiblemente nuevo. O m&aacute;s bien, el sentido de lo nuevo, del <i>novum, </i>se desdobla: hay una novedad que es, en cierto modo, <i>de derecho </i>y que pertenece a la fenomenicidad del fen&oacute;meno, incluso si &eacute;ste no provocara ninguna sorpresa, no desbaratara ninguna espera; hay una novedad que es aquella de la sorpresa cuando nuestras esperas, en lo que ellas tienen sin embargo de indeterminado, son asaltadas por una experiencia ins&oacute;lita. &iquest;C&oacute;mo dar cuenta de este &uacute;ltimo fen&oacute;meno?</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&iquest;Qu&eacute; es una espera contradicha? &iquest;C&oacute;mo pensar lo inesperado? Al menos, ahora comprendemos como no puede ser pensado. La dificultad en la que se encierran la mayor parte de las concepciones de la espera es, en efecto, la siguiente: si bien es claro que es la realidad futura lo que es esperado, &iquest;c&oacute;mo puede ella ser esperada, si ella es siempre nueva, si ella sorprende nuestras esperas? Pero esta dificultad reposa sobre un mal entendido. Aquello que constituye el objeto de nuestras esperas, como lo hemos subrayado, no es la realidad futura tomada en ella misma -que permanece, en efecto, inanticipable-, sino que es esa realidad <i>en cuanto que ella es determinada por lo que yo puedo decir de mi espera. </i>De manera que es posible sostener a la vez que lo que es esperado es el futuro (y no, por ejemplo, una representaci&oacute;n mental que me la presentar&iacute;a por anticipado), pero que no es el futuro tal como &eacute;l se producir&aacute; de hecho -del cual, verdaderamente, ignoro todo-. Es el futuro y no es el futuro: lo es en tanto que objeto de pensamiento, es decir por lo que de &eacute;l puede ser circunscrito mediante su expresi&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica. En otros t&eacute;rminos, el objeto de la espera no es el mismo objeto que el objeto perceptible que vendr&aacute; a completarla; pero tampoco es un objeto diferente. El asunto es que aqu&iacute;, m&aacute;s bien, tenemos dos acepciones de la palabra "objeto". El futuro tal como &eacute;l se producir&aacute; no se abulta con el objeto de mi espera, con el futuro-en-tanto-que-esperado, porque el primero es un fen&oacute;meno siempre nuevo y el segundo es un "objeto de pensamiento", es decir, algo que no "se da" m&aacute;s que a trav&eacute;s de la descripci&oacute;n que lo expresa. Se puede decir entonces, que <i>todo fen&oacute;meno, </i>con igual derecho, es inesperado, si con esto se quiere decir que es imposible preverlo en el detalle, en su riqueza y concreci&oacute;n inanticipables, y que &eacute;l puede ser esperado -y habitualmente lo es, de hecho- si se le considera esta vez en su relaci&oacute;n con la <i>formulaciones </i>posibles de la espera. Si no se hace esta distinci&oacute;n, se est&aacute; obligado a decir ya sea que todo es siempre por principio inesperado, ya sea que nada puede serlo, puesto que el objeto de la espera es el futuro mismo -y entonces, se llega inevitablemente a la conclusi&oacute;n desastrosa de Husserl que deniega toda especificidad al futuro, y seg&uacute;n la cual la protenci&oacute;n de la conciencia no es sino una retenci&oacute;n invertida-<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup>.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo puede el presente conformarse con nuestras anticipaciones y aparecer sin embargo nuevo -por tanto imprevisto-? Es que no es anticipado y sorprendente <i>bajo la misma referencia. </i>Por lo tanto, es posible sostener sin contradicci&oacute;n, con Bergson, que la fenomenicidad es siempre nueva e imprevisible, que esa novedad define el presente; y que el presente se conforma muy a menudo con nuestras esperas cuando su novedad no suscita ninguna sorpresa. Es importante subrayar que la anticipaci&oacute;n no tiene que ser <i>formulada </i>para ser una anticipaci&oacute;n "efectiva". Es necesario y basta con que <i>pueda </i>serlo. Ciertamente, <i>habr&iacute;amos podido decir </i>que el cubo tiene seis caras, que m&aacute;s all&aacute; del promontorio el paisaje sigue siendo ondulado, como el que hemos atravesado para llegar hasta este punto panor&aacute;mico. Pero generalmente es con posterioridad, una vez que la sorpresa ha desgarrado la trama de nuestras esperas, que nos damos cuenta que habr&iacute;amos podido decirlo, expresar esas esperas -que entre tanto se han revelado falsas-, aunque no hayamos experimentado hasta entonces ninguna necesidad de hacerlo. Es la sorpresa misma la que nos revela las disposiciones que la precedieron y que cogi&oacute; en falta. Pues, si experimentamos la necesidad de expresar nuestra sorpresa, nuestras esperas, se trata con ellas de algo que va de suyo. El mundo se reanuda a solas, sin cesar, indiferente a nosotros, luego de los &iacute;nfimos choques que por un instante lo sacudieron.</p>     <p>Por tanto, hay la novedad de toda percepci&oacute;n presente -incluso si fue esperada- y hay la novedad de lo que contradice nuestras esperas: ellas no se sit&uacute;an en el mismo plano. Pero incluso esta &uacute;ltima novedad &iquest;sorprende <i>enteramente </i>nuestras esperas? Es manifiesto que no. Supongamos que, para nuestra sorpresa, el paisaje que se extiende m&aacute;s all&aacute; del promontorio no sea ni llano ni ondulado: supongamos que es un paisaje marino. Nosotros no sab&iacute;amos que el mar estaba tan cerca, nada nos hab&iacute;a preparado para ello, ni este olor yodado que reconocemos bien, ahora, ni ese grandioso viento de alta mar que hab&iacute;amos tomado equivocadamente como una brisa com&uacute;n. Y, sin embargo, el mar, el vasto mar que se extiende a nuestros pies se integra en seguida a nuestra experiencia, se vuelve parte integrante de ella, y no amenaza ni su continuidad ni su integridad. Es as&iacute; que la sorpresa que &eacute;l nos procura sigue vinculada a nuestras esperas, no ciertamente a esa espera particular que era la nuestra -desembocar en nuevas colinas, en un paisaje semejante-, sino a una espera m&aacute;s vasta y m&aacute;s indeterminada, la del <i>tipo </i>de paisaje que, en general, puede suceder a las colinas de una regi&oacute;n con borde costero, expectativa que resulta del conjunto de nuestras experiencias pasadas y que se prolongan en el presente.</p>     <p>Tratamos aqu&iacute;, por tanto, con un sentido d&eacute;bil de sorpresa, con un sentido d&eacute;bil de lo inesperado. Lo inesperado, lo que desbarata nuestras esperas, sigue siendo una modalidad de lo esperado: desbarata una espera parcial, se integra a una espera general. No la hace entrar en crisis. &iquest;Sucede siempre as&iacute;? &iquest;No hay acaso un sentido fuerte de lo inesperado, el cual pone en crisis no solo una espera parcial, sino nuestras esperas globales, nuestros h&aacute;bitos e incluso nuestras aptitudes (por ejemplo, en esas situaciones cuando nos preguntamos &iquest;qu&eacute; ocurre?), desgarrando la experiencia, desestructurando su unidad, introduciendo all&iacute; un hiato imposible de colmar? Tales pueden ser las experiencias traum&aacute;ticas, marcadas con el sello del estupor: el encuentro palpable con una muerte omnipresente en un campo de batalla, por ejemplo, experiencia invivible, imposible de contar, que trastorna nuestros v&iacute;nculos de familiaridad con el mundo, irrealiz&aacute;ndolo hasta conferirle una atm&oacute;sfera cuasi-on&iacute;rica. El estupor no es solo una sorpresa m&aacute;s intensa. Destruye la posibilidad de la sorpresa por el exceso de lo sorprendente, vuelve imposible toda apropiaci&oacute;n del acontecimiento traumatizante y arremete contra las bases de nuestra presencia en el mundo. En el estupor perdemos el mundo como base. Lo que se revela a nosotros con el peso de lo insostenible, en un cara a cara aplastante, lo que nos alcanza y nos descompone, una realidad tan real que linda con la irrealidad, es por ejemplo la muerte de los otros en su espantosa materialidad. Por tanto tambi&eacute;n nuestra muerte. El estupor a menudo viene con el pavor en el que nos encontramos heridos de impotencia, incapaces de la menor respuesta frente a lo que nos petrifica. Esta experiencia en los l&iacute;mites de toda experiencia posible se vuelve por lo mismo inasimilable a la experiencia anterior: la suspende y la quiebra -por exceso-.</p>     <p>Pero esto no es propio solo de las experiencias traum&aacute;ticas. Experiencias muy ins&oacute;litas pueden hacer que el suelo sobre el que edificamos nuestras vidas tambalee con una intensidad comparable. El nacimiento de una vocaci&oacute;n art&iacute;stica, por ejemplo. Alberto Giacometti cuenta el siguiente recuerdo: a los diecinueve a&ntilde;os, hace un viaje por Italia donde descubre la pintura de los grandes maestros, Tintoret en Venecia y Giotto en Padua; al salir de una iglesia, todav&iacute;a choqueado por lo que hab&iacute;a visto, no lograba ya percibir a los que paseaban por la calle bajo su aspecto ordinario: "La misma tarde, todas esas sensaciones contradictorias se trastornaron por la visi&oacute;n de dos o tres muchachas que caminaban delante de m&iacute;. Ellas me parecieron inmensas, m&aacute;s all&aacute; de toda noci&oacute;n de medida, y de todo su ser y todos sus movimientos estaban cargados de una violencia espantosa. Yo las miraba alucinado, invadido por una sensaci&oacute;n de terror. Fue como un desgarramiento en la realidad. Todo el sentido y la relaci&oacute;n con las cosas hab&iacute;a cambiado"<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup>. El terror, la alucinaci&oacute;n dicen lo inesperado en su sentido fuerte, pr&oacute;ximo al estupor. Los cuerpos humanos se vuelven aerolitos en un espacio gal&aacute;ctico, despojado de todo reparo. Ya a nada se arriman en el espacio continuo; flotan, desproporcionados, tan inmensos, tan &iacute;nfimos. El estupor no es ya una espera negativa, una sorpresa que una nueva continuidad podr&iacute;a esfumar: es una ruptura, una brecha en la cohesi&oacute;n y la unidad de sentido de la experiencia. Para el escultor, el espacio no est&aacute; dado de una vez por todas ante la escultura, es esa Esfinge que no deja de interrogar y que no aporta a toda respuesta m&aacute;s que la reiteraci&oacute;n de su enigma. No es sorprendente que en el nacimiento de la vocaci&oacute;n de un escultor ocurra esta renovada percepci&oacute;n de un espacio sin profundidad medible, literalmente inmenso y espantoso en su ausencia de proporciones. Un poco m&aacute;s tarde, tendr&aacute; lugar una experiencia an&aacute;loga: "La verdadera revelaci&oacute;n, el verdadero choque que hizo tambalear toda mi concepci&oacute;n del espacio, y que me ha puesto definitivamente en la v&iacute;a en la que ahora estoy, yo la recib&iacute; en la misma &eacute;poca, en 1945, en un cine. Me encontraba mirando las noticias. Bruscamente, en lugar de ver figuras, personas que se movieran en un espacio de tres dimensiones, vi machas sobre una tela plana. No pod&iacute;a creerlo. Mir&eacute; a mi vecino. Fue fant&aacute;stico. <i>En contraste, </i>&eacute;l adquiri&oacute; una profundidad enorme. Repentinamente, ten&iacute;a conciencia de la profundidad en la que nos encontramos todos sumergidos y que no destaca porque estamos habituados a ella. Sal&iacute; de all&iacute;. Descubr&iacute; un bulevar desconocido en Montparnasse, on&iacute;rico. Todo era distinto. La profundidad metamorfoseaba a las personas, a los &aacute;rboles, a los objetos"<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>. Esta mirada metamorfoseada lanzada al mundo entorno no revela nada asimilable a una experiencia com&uacute;n. El mundo se revela all&iacute; fuera de alcance e inesperado. No se trata aqu&iacute; de una espera particular que aparece rota o suspendida, sino de una espera m&aacute;s vasta, general, inmemorial, aquella de nuestra memoria pr&aacute;ctica encarnada, la que vuelve nuestro mundo habitual y habitable. No solo no habr&iacute;amos podido prever lo que hizo irrupci&oacute;n bajo la figura de lo inaprehensible, adem&aacute;s nos encontramos imposibilitados de decir, incluso posteriormente, qu&eacute; se puede esperar de ello, pues permanecemos impedidos, desprovistos, incapaces de reacci&oacute;n: son algunas de nuestras capacidades fundamentales las que aparecen repentinamente indisponibles, y el conjunto de los posibles que se ordenan a partir de ellas. Y puesto que nuestros cimientos en el mundo son precisamente los que conducen nuestras aptitudes y nuestros h&aacute;bitos, es la estabilidad del mundo la que se revela aqu&iacute; amenazada, el z&oacute;calo de nuestras posibilidades, la textura misma de nuestra relaci&oacute;n con las cosas. Un mundo inhabitable, absolutamente enigm&aacute;tico, sobreviene en este naufragio generalizado.</p>     <p>Si lo estupefacto es la figura de lo inesperado que revisten un cierto n&uacute;mero de acontecimientos, ser&iacute;a sin embargo inadecuado sostener que todo acontecimiento se nos anuncia con este rostro. Hay acontecimientos que a primera vista no nos sorprenden de ning&uacute;n modo -o muy poco-. No tienen nada de excepcional; parecen integrarse sin dificultad a nuestras existencias. Un encuentro que se revelar&aacute; capital puede parecer al comienzo anodino; una enfermedad incurable puede tomar al comienzo la forma de una afecci&oacute;n benigna; una decisi&oacute;n cuyas consecuencias parecen limitadas puede modificar de punta a cabo el curso de una existencia. Sin embargo, &iquest;hay algo com&uacute;n entre estos acontecimientos casi silenciosos y las experiencias sobrecogedoras de hace un rato? Seguramente. Lo que ha cambiado, en un caso como en otro, no es tal o cual posibilidad, es lo posible en total. M&aacute;s precisamente, no es solo lo posible tal y como lo esperamos y anticipamos, <i>sino tambi&eacute;n y primeramente lo posible tal y como lo proyectamos y nos proyectamos en &eacute;l, </i>lo posible como lo que estructura nuestra existencia misma como proyecto de s&iacute; lo que aparece afectado de imposibilidad, present&aacute;ndose a nosotros con una nueva luz. Esta metamorfosis de lo posible -y del mundo tal como articula lo posible- no se efect&uacute;a de golpe, incluso parece excluido que se produzca de esta manera. Es solamente con posterioridad que un acontecimiento deviene el acontecimiento que era. Un acontecimiento no <i>es; habr&aacute; sido </i>un acontecimiento. Su tiempo es el futuro anterior: contrariamente a las apariencias, esta nota se aplica tambi&eacute;n a las experiencias m&aacute;s sobrecogedoras. Que se presente al comienzo como apabullante o anodino, no es la intensidad o novedad apercibidas y reconocidas en el momento lo que confiere a un hecho su car&aacute;cter de acontecimiento. El acontecimiento no aparece como tal sino retrospectivamente, en concordancia con el trastorno de los proyectos por &eacute;l suscitado -y esto, cualquiera que haya sido la intensidad con la que se ha manifestado al comienzo-. As&iacute;, para retomar nuestro ejemplo, es toda la reforma del espacio tal como la pone en obra la escultura de Giacometti lo que permite comprender el acontecimiento que reporta, y no a la inversa. Es ese rebozar, en &eacute;l, de posibilidades a&uacute;n no realizadas, lo que <i>a posteriori </i>lo aclara y le confiere su car&aacute;cter inaugural -por tanto destinal-. El exceso de una experiencia con relaci&oacute;n a nuestras esperas y a nuestros proyectos no es del orden de una demas&iacute;a de manifestaci&oacute;n que pudi&eacute;semos acoger inmediatamente, sino m&aacute;s bien el de una laguna, de un suspenso, de una falla. Lo que es eminentemente fen&oacute;meno, lo que encubre en &eacute;l, a t&iacute;tulo eminente, el sello de la novedad en su surgimiento an&aacute;rquico e inanticipable, es justamente lo que no aparece sino retrayendo y aplazando su propia fenomenizaci&oacute;n. Mientras m&aacute;s nueva es una experiencia, m&aacute;s perturba lo esperado, m&aacute;s trastorna nuestros proyectos y nuestros posibles, y mientras m&aacute;s se sustrae a la experiencia, la demas&iacute;a se invierte en falta, en inapariencia. Como lo escribe Levinas, "hablando propiamente, las grandes 'experiencias' de nuestra vida no han sido nunca vividas"<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>. Porque la temporalidad del acontecimiento es la de una novedad que ya ha pasado cuando se anuncia, la de una memoria que, cuando retorna a s&iacute;, est&aacute; ya siempre excedida por lo que se hurta al recuerdo, la de una experiencia que, en el momento que comienza a recoger el sentido de aquello que la ha atravesado y descompuesto, por todo esto, el acontecimiento ya no puede ser contempor&aacute;neo: irreductiblemente dia-cr&oacute;nico, el acontecimiento es lo que desarticula toda sincron&iacute;a de la conciencia, toda presencia infalible de lo que lo hizo presente; &eacute;l no <i>habr&aacute; sido </i>presente m&aacute;s que posteriormente, por la metamorfosis misma del presente y de la presencia al mundo entero que suscit&oacute;. Presencia en instancia de presente ausent&aacute;ndose de &eacute;l mismo y present&aacute;ndose por primera vez en la posterioridad de su retrospecci&oacute;n. Y, sin embargo, incluso esta presencia diferida, a contrapelo de lo que afirma a veces Levinas, depende todav&iacute;a de una fenomenolog&iacute;a, pues solo una concepci&oacute;n ingenua del fen&oacute;meno puede igualarlo al presentemente presente.</p>     <p>A trav&eacute;s de estos an&aacute;lisis, un nuevo sentido de lo inesperado se hace claro. El acontecimiento es sorprendente <i>de otro modo </i>a como lo es un hecho inesperado. Como su sobrevenida, la sorpresa que lo acompa&ntilde;a es, tambi&eacute;n, retrospectiva, lo que tiene por consecuencia que dura siempre. Los grandes acontecimientos de nuestra vida no pierden nunca su car&aacute;cter sorprendente, esta sorpresa perenne es su sello inalienable. Incluso una vez que el asombro "pas&oacute;", los acontecimientos contin&uacute;an sobrepas&aacute;ndonos. M&aacute;s a&uacute;n, sucede que no nos asombran al comienzo. Esta paradoja se atiene al hecho de que la sorpresa que los acontecimientos provocan no es del orden de una espera decepcionada. Ella corresponde m&aacute;s bien al orden de una conmoci&oacute;n cr&iacute;tica de nuestros posibles en total, no solo de nuestras esperas, sino tambi&eacute;n y primeramente de nuestros proyectos articulados y coordinados unos con otros. Es una ruptura del sentido en la cohesi&oacute;n de nuestra historia. Esta sorpresa, que no cesa una vez que nuestras esperas son restablecidas, es acompa&ntilde;ada de la evidencia inmemorial de lo que est&aacute; ah&iacute; desde siempre.</p>      <p><font size="3"><b>Esperar algo - no esperar nada</b></font></p>     <p>Podemos ahora venir al an&aacute;lisis de la segunda modalidad de la espera. Hasta aqu&iacute;, en efecto, hemos privilegiado la espera entendida como disposici&oacute;n permanente (esperar que...), que es co-extensiva a nuestra presencia en el mundo en tanto que tal. Existir es constantemente esperar que..., por tanto estar expuesto por esencia a lo inesperado. Pero lo inesperado ha revestido tres formas principales: lo irreductible a una espera determinada (bien que parcialmente indeterminada, y determinable solamente por intermedio del lenguaje); lo irreductible a la espera general e indivisa que se confunde con nuestras aptitudes en general, con la manera misma como habitamos el mundo, por tanto lo inesperado en el sentido fuerte, <i>lo estupefacto, </i>lo imposible a la mirada, no de tal o cual posible, sino de nuestros poderes en total, y que a menudo, en el pavor, nos afecta de impotencia; por &uacute;ltimo, lo que pone en crisis nuestra existencia en proyecto en tanto que tal, por tanto nuestra manera de vincularnos a nosotros mismos y de comprendernos nosotros mismos a la luz de nuestros posibles: lo inesperado en el sentido de <i>lo indefinidamente sorprendente, </i>el acontecimiento, sea vistoso y sobrecogedor o, al contrario, "portado en pies de paloma".</p>     <p>La espera, en el sentido que la hemos examinado, es una prolepsis permanente de nuestras existencias, no es del orden de una actitud que podr&iacute;amos tomar o no tomar, adoptar o rechazar: ella gu&iacute;a nuestros gestos y nuestras percepciones, es inherente a todas nuestras conductas. Sucede de otro modo con la espera en su sentido m&aacute;s corriente, en la que podemos colocarnos o no, que es una manera de ser o una actitud.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Yo espero algo. Yo espero por ejemplo la llegada del tren de las 11:15 hrs. La espera as&iacute; entendida reposa sobre una previsi&oacute;n, una expectativa: solo aquel que espera algo puede tambi&eacute;n, y por ello mismo, esperar. Nadie puede esperar algo sin esperar que eso advenga. Es al menos lo que parece primeramente. Se puede anhelar lo imposible, desear lo imposible, no se puede esperar lo imposible. Considerar algo como imposible excluye la espera de esta cosa. No hay espera sino de lo posible, e incluso de lo probable.</p>     <p>Sin embargo, la espera de algo no se confunde sin m&aacute;s con la previsi&oacute;n de que esta cosa se producir&aacute;. Mis previsiones (como mis creencias) no tienen que ser formuladas: yo vivo en ellas, est&aacute;n amalgamadas a mi ser. Pero esperar es una actitud que yo tomo en determinadas circunstancias. No ata&ntilde;e sino a m&iacute; esperar o no esperar. &iquest;Se sigue, sin embargo, que la espera examinada en este sentido sea del orden de una actividad, de un comportamiento? La espera no es un comportamiento. Si existen comportamientos caracter&iacute;sticos de la espera, ninguno de ellos define a la espera ni se confunde con ella. Puedo hacer como que espero, tomar la pose. Inversamente, puedo fingir no esperar mientras contin&uacute;o esperando. La espera tampoco es un estado o una disposici&oacute;n afectiva en las que se encuentra aquel que espera. Se puede esperar alegremente o abrumado por el tedio, y el tedio y la alegr&iacute;a podr&iacute;an repentinamente desaparecer, pero la espera no "desaparece" a menos que <i>deje (je cesse) </i>de esperar. No confundamos la espera con la agitaci&oacute;n dolorosa que la acompa&ntilde;a a veces. La espera es una actitud en la que me sit&uacute;o. Ciertamente, puede suceder que no pueda impedirme esperar, que espero por as&iacute; decir contra mi voluntad. Las estrategias para disuadirme de la espera, las distracciones fracasan. Pero, incluso en este &uacute;ltimo caso, el simple hecho que las distracciones existan pone de manifiesto, a pesar de todo, que la espera es de mi resorte, incluso cuando lo hago a rega&ntilde;adientes. Esta actitud est&aacute; vuelta y tendida hacia el futuro, hacia un hecho o una acci&oacute;n por venir que me absorben. La espera en que espero algo es una tensi&oacute;n de mi ser que no me deja respiro, de ah&iacute; su permanente riesgo de volverse tedio e insensibilidad al presente.</p>     <p>De seguro, el tedio no amenaza a toda espera. Hay esperas alegres que son acompa&ntilde;adas m&aacute;s bien de entusiasmo y de impaciencia. Sin embargo, sobre todo cuando tiende a prolongarse m&aacute;s all&aacute; de un cierto punto, la espera est&aacute; &iacute;ntimamente expuesta a ese riesgo. El tedio sitia: revela indirectamente, por eso mismo, algunos rasgos fenomenol&oacute;gicos. El tedio nos coagula con el tiempo en su languidez, en su lentitud: "extensi&oacute;n de tiempo" sin paciencia, impaciencia y elongaci&oacute;n del tiempo, que son un estancamiento, un estasis (stasis) de la existencia. En el tedio, encontramos el tiempo largo; el tedio es siempre "largo", es el largor mismo del tiempo, su estancamiento paralizante. A&uacute;n m&aacute;s, ninguna ocupaci&oacute;n parece ya por lo mismo llenar el odre roto del presente, pues ninguna cosa, ninguna tarea, ning&uacute;n ser nos retiene. Ya no tenemos gusto por nada. El tedio suspende nuestras curiosidades ordinarias y nos sumerge en una mon&oacute;tona aton&iacute;a. Es una "mon&oacute;tona incuriosidad"<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>, seg&uacute;n la expresi&oacute;n de Baudelaire, mon&oacute;tona o morosa, pues, como Arist&oacute;teles lo hab&iacute;a ya se&ntilde;alado a prop&oacute;sito de la melancol&iacute;a en la que la angustia se profundiza, ella nos afecta de <i>m&ocirc;r&ocirc;sis, </i>de embotamiento<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup>, no deja m&aacute;s que un presente vac&iacute;o, desierto, y una conciencia desligada de todo anclaje en las ocupaciones y los intereses del momento. Es porque nada puede colmar ese vac&iacute;o que huimos del tedio ocup&aacute;ndonos en diversiones que nos lo vuelven, en verdad, m&aacute;s sensible y m&aacute;s pesado. Esas diversiones, estos pasatiempos que sirven para "burlar al tedio", no son sino su expresi&oacute;n palpable: pues no solo nos atediamos de lo fastidioso, como cuando el tedio se profundiza y alcanza al conjunto de nuestra existencia, nos atediamos tambi&eacute;n de lo entretenido, de lo agradable, de lo divertido. Las pasiones, los asuntos, las aplicaciones aumentan el vac&iacute;o del tedio en lugar de aliviarnos; solo llenan el presente para mejor evacuar el tonel de las Danaides. No enga&ntilde;an al tedio, lo intensifican, pues este tedio m&aacute;s profundo no recae sobre tal o cual ocupaci&oacute;n con la que ser&iacute;a posible distraerse, o como dice el franc&eacute;s, desatarse; su desinter&eacute;s engloba todo y no deja nada fuera de &eacute;l. Lo que nos distrae es siempre, en el fondo, lo tedioso, lo que prolonga y profundiza el tedio, lo que no lo disipa sino solo en apariencia y, de hecho, lo perpet&uacute;a. En el tedio <i>(inodium), </i>todo me es odioso <i>(est mihi in odio) </i>comprendido all&iacute; y primeramente los pasatiempos que me alejar&iacute;an de &eacute;l. La languidez mortal del tedio recubre la existencia con una bruma persistente donde no atraviesa ya ning&uacute;n resplandor. Su vac&iacute;o es un vac&iacute;o que oprime y hace del tiempo distendido y suspendido una parodia de eternidad.</p>     <p>El riesgo del tedio se insin&uacute;a en toda espera incluso si no es tan penosa. En ella, "ya no tenemos lugar". Todo se desliza y nada colma el presente, nada despierta nuestro inter&eacute;s, no nos empe&ntilde;amos en nada, a excepci&oacute;n de lo que vendr&iacute;a a colmarla o realizarla. Tendida enteramente hacia lo esperado, lo que espera hace dif&iacute;cil cualquier otra actitud, casi imposible: la reduce a la insignificancia. Nos ocupa al punto que nada m&aacute;s puede ocuparnos, pues esta ocupaci&oacute;n misma es una desocupaci&oacute;n. La espera tiende as&iacute; a desertar el presente para no poblar m&aacute;s que un porvenir moment&aacute;neamente inaccesible. Es una tensi&oacute;n de todo nuestro ser, un tropismo donde el tiempo es deportado en direcci&oacute;n del &uacute;nico futuro, o m&aacute;s bien de lo que, en &eacute;l, nos retiene y nos obsesiona. Para la espera, no hay m&aacute;s que los ma&ntilde;anas; pero esos ma&ntilde;anas ya no son aprehendidos sino como el emplazamiento de una novedad relativa: todo lo que no satisface a los requerimientos de la espera se vuelve generalmente indiferente, la novedad del futuro ya no es medida con la vara de un solo posible. Se comprende que Heidegger haya podido decir que esta espera tiende a realizar de antemano el futuro y por ello mismo a "desposibilizarlo". La espera no enfrenta lo posible en general con la vara de lo posible esperado, es una obnubilaci&oacute;n, una anquilosis de la existencia.</p>     <p>Pero hay otro tipo de espera. &iquest;No es posible, en efecto, rescindir toda espera de algo, incluso una espera de algo enteramente vago e indeterminado, y esperar <i>puramente y simplemente? </i>Ya no esperar algo, sino esperar simplemente, &iquest;sumergirse en una espera vac&iacute;a, decantada, neutra, vasta, insondable, incesante y sin comienzo?      <p>&iquest;Esperar, no hacer m&aacute;s que esperar, estar enteramente en espera, pero no esperar nada, esperar <i>sin m&aacute;s, </i>aceptar que la espera misma se estire y no se estire hacia... nada. Situarse en una espera vac&iacute;a y sin objeto que no es sino retornar de la espera, como la ola es el retornar insistente del mar, una espera tendida hacia nada, escapada de todas nuestras esperas? "La espera comienza cuando ya no hay nada que esperar, escribe Blanchot, ni incluso el fin de la espera. La espera ignora y destruye lo que espera. La espera no espera nada"<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>. Pero &iquest;es posible una modalidad tal de la espera? Y si lo es, &iquest;qu&eacute; nos ense&ntilde;a de la espera y de su relaci&oacute;n con lo posible, con el futuro?</p>     <p>Una tal espera es seguramente posible. Nos invita a reconsiderar la idea de que no hay espera m&aacute;s que de lo que se espera. Al contrario, hacia lo que est&aacute; tendida esta espera, no es un hecho futuro por indeterminado que pueda ser; es hacia lo inesperado en el sentido fuerte de lo que puede conmocionar el conjunto de nuestros proyectos, reconfigurando lo posible en total, el mundo. Esta espera que no espera nada nos alivia y nos libera de nuestras esperas, entendidas como esperas de algo, nos abre a lo inesperado que deshace nuestras esperas, a lo imposible que estremece nuestros posibles y que es, de la posibilidad, el nombre m&aacute;s puro. Nos dispone no solo para lo que no podemos esperar, sino a lo que es imposible de esperar. Nos prepara no solamente para lo que no nos encuentra preparados, sino tambi&eacute;n para lo que nada puede prepararnos. Esta espera que no est&aacute; tendida hacia nada se asemeja m&aacute;s a un esparcimiento; porque no anticipa nada, est&aacute; abierta a todo; porque no excluye nada, puede acoger todo. Podemos llamarla "disponibilidad". Mientras que la espera de algo se despliega siempre en la vecindad del tedio, puesto que desertando del presente lo vuelve indiferente, distray&eacute;ndose y alej&aacute;ndolo no le presta atenci&oacute;n y le da la espalda, la disponibilidad es una presencia renovada del presente, una atenci&oacute;n a este en su novedad inanticipable, una vigilancia. Mientras que la paciencia de la espera de algo se despliega siempre al borde de la impaciencia, esta espera que no espera nada nos conduce a los confines de una vacante y de una vigilancia que son lo opuesto al estar el ojo alerta, y que son m&aacute;s bien del orden de la paz. Esta espera que absorbe y nos absorbe en ella, en su vac&iacute;o autosuficiente, es desde entonces lo que nos aleja del tedio. Lo que espero aqu&iacute; no es nada; sin embargo, esta nueva figura del vac&iacute;o tiene un sentido opuesto al de antes. Hay un vac&iacute;o que nos oprime y otro que nos serena. No es ya el reposo mortal del estancamiento del tiempo, sino que es el reposo profundo que aleja a la espera de ella misma, que le permite olvidarse, la vuelve contra s&iacute; misma en direcci&oacute;n de lo inesperado. Aqu&iacute;, lo inesperado ya no es solo lo que contradice la espera -es decir, lo que contin&uacute;a dependiendo de &eacute;sta- sino aquello que es sin proporci&oacute;n con ella. Tal disponibilidad es sin garant&iacute;as, desprovista de certezas. No es una actitud que se adopta, sino m&aacute;s bien la actitud de renuncia a toda actitud que se podr&iacute;a tomar o decidir tomar. Es aloj&aacute;ndonos en su centro que podemos por ejemplo comenzar a pensar: "Saber cuestionar significa: saber esperar, incluso toda una vida"<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup>, escribe H&ouml;lderlin. &iquest;No es este tambi&eacute;n el precio de la creaci&oacute;n art&iacute;stica? "El poeta encuentra su expresi&oacute;n ya no buscando palabras, escribe Claudel, sino al contrario poni&eacute;ndose en estado de silencio y haciendo pasar en &eacute;l la naturaleza"<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup>. Esta espera que no espera nada &iquest;no est&aacute; en el trasfondo de toda plegaria? La verdadera plegaria &iquest;no es aquella en la que no se pide nada, no se espera nada, no se le plantea a Dios sus peticiones y esperas?</p>     <p>La filosof&iacute;a no dice gran cosa del esperar confiado <i>(espoir). </i>Sin duda debido al aroma teol&oacute;gico que posee este t&eacute;rmino. El esperar confiado est&aacute; omnipresente en toda vida humana: es dif&iacute;cil remitirse a lo porvenir de otro modo que confiando siempre. Pero este esperar -que hay que distinguir de la esperanza <i>(esp&eacute;rance)- </i>&iquest;est&aacute; en condiciones de dar a nuestras existencias su sost&eacute;n y su oriente? Si cuento con la espera, &iquest;no cuento tambi&eacute;n con esa espera paradojal que habita el m&aacute;s grande desamparo y que conduce a la renuncia? Pues la espera enga&ntilde;ada y traicionada puede llegar a desear <i>(esp&eacute;rer) </i>no esperar <i>(esp&eacute;rer) </i>m&aacute;s. Si nada es m&aacute;s fuerte que la espera, como se dice a veces, entonces, nada es m&aacute;s fuerte que el desesperar. Pero, &iquest;no es posible volverse, por breves momentos al menos, m&aacute;s ac&aacute; de este esperar y desesperar, a un m&aacute;s ac&aacute; de pura neutralidad, que es el de la espera intransitiva o, mejor, de la disponibilidad? Lo que en medio de las peores experiencias puede conferir un resplandor a nuestras vidas no es tanto ese esperar <i>(espoir) </i>como s&iacute; la disponibilidad, esta antena de nuestra fr&aacute;gil libertad -y finita-. Esta espera <i>(attente) </i>que, habiendo renunciado a lo prometido <i>(espoir), </i>y justamente <i>porque </i>ha renunciado a ello, puede permanecer abierta a lo inesperado en medio de las peores experiencias. Pues es cuando no se espera lo inesperado, para invertir la f&oacute;rmula de Her&aacute;clito, que todav&iacute;a se le puede esperar -sin esper&aacute;rselo-.</p>     <p>Esta disponibilidad, &iquest;no es el verdadero nombre de la esperanza? La esperanza &iquest;no es m&aacute;s pr&oacute;xima a la disponibilidad que la confianza? Estas preguntas desbordan lo que una filosof&iacute;a puede responder. No le pertenece a &eacute;sta intentar una respuesta -incluso tampoco, por otra parte, sin duda, plantearlas-. Pero si la esperanza es siempre esperanza de esto o aquello, si ella no est&aacute; despojada de sus restos de expectativa, si no ha alcanzado el apaciguamiento y la ligereza, absorbida en una espera que no espera nada, &iquest;no arriesga constantemente a convertirse en su contrario? Con semejante pregunta (que incluso no es del todo una pregunta), hemos llegado a los l&iacute;mites de lo que la filosof&iacute;a puede pensar -esperar pensar-. Tal vez el lector est&aacute; en el derecho de esperar que yo me aventure m&aacute;s lejos.</p>     <p>Esta espera, debo confesarlo, ser&aacute; decepcionada.</p>  <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Pie de p&aacute;gina</b></font></p> <a name="num1"></a><a href="#nu1"><sup>1</sup></a> Ni, a fortiori, de una espera. Cf. Husserl, Recherches logiques, VI, &sect;10, trad. de A. L. Kelkel y R. Sch&eacute;rer (Par&iacute;s: PUF, 1974), tomo III, 56 : "Intenci&oacute;n no es espera, no le es esencial estar orientada hacia una realizaci&oacute;n futura. Cuando veo un dise&ntilde;o incompleto, por ejemplo aquel de este tapis que est&aacute; parcialmente cubierto de muebles, el pedazo que veo est&aacute;, de alguna manera, cargado de intenciones que remiten a complementos (sentimos, por as&iacute; decirlo, que las l&iacute;neas y las formas coloreadas contin&uacute;an en el 'sentido' de aquello que fue visto); pero no esperamos nada. Podr&iacute;amos esperar si el movimiento nos permitiera ver m&aacute;s lejos. Pero las esperas posibles o las ocasiones de espera no son ellas mismas, claro est&aacute;, esperas".    <br> <a name="num2"></a><a href="#nu2"><sup>2</sup></a> Husserl rechaza expresamente la "construcci&oacute;n fenomenol&oacute;gicamente ingenua" seg&uacute;n la cual las intenciones vac&iacute;as que apuntan a los aspectos disimulados del objeto har&iacute;an intervenir actos de la imaginaci&oacute;n inconscientes o desapercibidos como tales, pues esta afirmaci&oacute;n, en el caso de la imaginaci&oacute;n de una cosa espacial, nos llevar&iacute;a a una regresi&oacute;n al infinito, ya que har&iacute;a necesario suponer que el mentar vac&iacute;o en la imaginaci&oacute;n hacen intervenir, a su vez, compleciones imaginarias, con lo cual se abolir&iacute;a la diferencia entre intenciones completas e intenciones vac&iacute;as, es decir, la diferencia misma que se quiere explicar: Ding und Raum, Vorlesungen 1907, Hua, Bd. XVI, p. 56; trad. De J.-F. Lavigne, Chose et Espace, Le&ccedil;ons de 1907 (Paris: PUF, 1989), 80.    <br> <a name="num3"></a><a href="#nu3"><sup>3</sup></a> L. Wittgenstein, Philosophische Untersuchungen, Blackwell Publishers Ltd, 1953; trad. de F. Dastur, M. &Eacute;lie, J.-L. Gautero, D. Janicaud y &Eacute;. Rigal, Recherches philosophiques (Paris: Gallimard, 2004), &sect; 445.    <br> <a name="num4"></a><a href="#nu4"><sup>4</sup></a> L. Wittgenstein, Philosophische Grammatik (Oxford: Basil Blackwell, 1969); trad. De M.-A. Lescourret, Grammaire philosophique, &sect;86, 178.    <br> <a name="num5"></a><a href="#nu5"><sup>5</sup></a> E. Husserl, Le&ccedil;ons pour une ph&eacute;nom&eacute;nologie de la conscience intime du temps, trad. de H. Dussort (Paris: PUF, 1964), &sect; 26.    <br> <a name="num6"></a><a href="#nu6"><sup>6</sup></a> Esto es relatado por Charles Juliet, Giacometti (Paris: Hazan, 1985), 9. Cf. Tambi&eacute;n Giacometti, &Eacute;crits (Paris: Hermann, 1990-1997), 247.    <br> <a name="num7"></a><a href="#nu7"><sup>7</sup></a> Esto es referido por Jean Clay, in "Alberto Giacometti...", R&eacute;alit&eacute;s, n.&deg; 215 (1963): 143.    <br> <a name="num8"></a><a href="#nu8"><sup>8</sup></a> E. Levinas, "&Eacute;nigme et ph&eacute;nom&egrave;ne", in En d&eacute;couvrant l'existence avec Husserl et Heidegger (Paris: Vrin, 3e &eacute;d., 1982), 211.    <br> <a name="num9"></a><a href="#nu9"><sup>9</sup></a> Baudelaire, Les Fleurs du mal, Spleen LXXXVI, in OEuvres compl&egrave;tes, tome I (Paris: Gallimard, Biblioth&egrave;que de la Pl&eacute;iade, 1975), 73.    <br> <a name="num10"></a><a href="#nu10"><sup>10</sup></a> Arist&oacute;teles, Problemata, XXX, 953 b5-6.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <a name="num11"></a><a href="#nu11"><sup>11</sup></a> M. Blanchot, L'attente, l'oubli (Paris: Gallimard, 1962), r&eacute;&eacute;d. &laquo; L'imaginaire &raquo;, 39.    <br> <a name="num12"></a><a href="#nu12"><sup>12</sup></a> Carta de enero de 1799 a su madre.    <br> <a name="num13"></a><a href="#nu13"><sup>13</sup></a> Paul Claudel, Prefacio a Rimbaud, Choix de po&egrave;mes (Paris: Gallimard, 1960).</p>  </font>      ]]></body>
</article>
