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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p>    <center><font size="4"><b>La forma del di&aacute;logo y la forma de la filosof&iacute;a en Plat&oacute;n</b></font></center></p>     <p>    <center><i>Alfonso Fl&oacute;rez</i><sup>*</sup></center></p>  <sup>*</sup>Doctor en Filosof&iacute;a por la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido Decano de la Facultad de Filosof&iacute;a y actualmente es profesor de planta de la misma Universidad. Contacto: <a href="mailto:alflorez@javeriana.edu.co">alflorez@javeriana.edu.co</a>.</p>  <hr>     <p>Hablar de Plat&oacute;n encierra una paradoja, toda vez que en sus di&aacute;logos el Ateniense nunca habla en primera persona, por lo que, en cierto sentido, al hablar de Plat&oacute;n el int&eacute;rprete no sabe de qu&eacute; o de qui&eacute;n habla o tendr&iacute;a que hablar. Ya desde la Antig&uuml;edad los diferentes comentaristas y escuelas buscaron escapar de esta dificultad mediante diversos procedimientos, encaminados todos ellos a configurar el pensamiento del fil&oacute;sofo seg&uacute;n doctrinas, teor&iacute;as, categor&iacute;as o conceptos. Como producto de estos enfoques surgieron la legendaria "teor&iacute;a de las Ideas", las "pruebas" de la inmortalidad del alma, la "doctrina" de la metempsicosis y un sinn&uacute;mero de argumentos similares, cuyo conjunto lleg&oacute; a conocerse con el vago apelativo de 'platonismo'. Cuando en el siglo XIX un vociferante Nietzsche despotrique contra el platonismo, quiz&aacute;s no se imagine que ese gesto rebelde har&aacute; m&aacute;s por la recuperaci&oacute;n de Plat&oacute;n que las apolog&iacute;as de todos los plat&oacute;nicos coet&aacute;neos del pensador de Sils Maria. Se trata de esas iron&iacute;as que cruzan de un extremo a otro la obra de Plat&oacute;n y que aparecen por necesidad en las lecturas de sus int&eacute;rpretes. Aunque hoy ya no cabe montar una defensa del conjunto de doctrinas atacadas con tanta eficacia por el autor del <i>Zaratustra, </i>quiz&aacute;s s&iacute; pueda entenderse el multisecular &eacute;xito del platonismo como la supervivencia de un Plat&oacute;n secuestrado en uno de sus viajes de ultramar, encadenado y vendido como esclavo. Que a partir de este Plat&oacute;n desvirtuado hubiera podido constituirse un movimiento como el platonismo es testimonio elocuente de la riqueza de recursos de la obra del Ateniense. Queda claro as&iacute; que el primer cuidado que hay que tomar al estudiar a Plat&oacute;n consiste en no identificarlo de ning&uacute;n modo con el platonismo, si bien en esta doctrina o grupo de doctrinas se albergan retazos de temas que pueden encontrarse en los di&aacute;logos.</p>     <p>Con esto, empero, a&uacute;n no se ha dicho nada en relaci&oacute;n con el problema hermen&eacute;utico aludido. Como orientaci&oacute;n en su resoluci&oacute;n, conviene, m&aacute;s all&aacute; de la mera enunciaci&oacute;n, construir dicho problema. Para ello hay que constatar, en primer lugar, que el <i>corpus </i>de Plat&oacute;n se compone m&aacute;s o menos de treinta y cinco obras, escritas todas en forma de di&aacute;logo. El n&uacute;mero de treinta y cinco es aproximado, dado el desacuerdo entre los estudiosos para pronunciarse sobre la autenticidad de algunos di&aacute;logos menores. Al delimitar la obra por los di&aacute;logos se toma una instancia interpretativa frente a las cartas, en especial la <i>Carta VII, </i>y los testimonios indirectos que componen la llamada 'doctrina no escrita' de Plat&oacute;n. Incluso en caso de que la <i>Carta VII </i>fuera aut&eacute;ntica, en cierto sentido no formar&iacute;a parte del <i>corpus </i>plat&oacute;nico, esto es, de aquellas obras que el autor compuso con intenci&oacute;n filos&oacute;fica y se propuso publicar como tales. De todos modos, y con ser importante como tal, el peso espec&iacute;fico de la <i>Carta VII </i>dentro del conjunto de la obra de Plat&oacute;n no amerita que a partir de ella se establezca una l&iacute;nea interpretativa determinante. Por el contrario, tanto la autenticidad como el contenido de esta carta dependen de lo que se encuentra en los di&aacute;logos; en otras palabras, debe interpretarse a partir de ellos y no viceversa. El caso de las doctrinas no escritas es diferente. La decisi&oacute;n preliminar entre moverse en la direcci&oacute;n esot&eacute;rica de las doctrinas no escritas o permanecer en la seguridad del <i>corpus </i>establecido es casi cuesti&oacute;n de gusto y del peso que se le atribuya a la tradici&oacute;n. Suele argumentarse a favor del conjunto de los di&aacute;logos que con dificultad se entiende que el autor hubiera llevado a cabo un trabajo ingente como &eacute;ste, si debiese de operar como una mera mascarada de la obra verdadera, que ser&iacute;a predominantemente oral y habr&iacute;a quedado, por ende, consignada a fragmentos de dif&iacute;cil recuperaci&oacute;n filol&oacute;gica. La explicaci&oacute;n apenas s&iacute; tiene peso para quienes de antemano se hallan convencidos de la intriga en que consiste la ense&ntilde;anza oral. Quien est&eacute;, en realidad, dispuesto a examinar con razones si ha de optar por la aceptaci&oacute;n del <i>corpus </i>tradicional o si, por el contrario, va a suscribir la escuela de la ense&ntilde;anza oral, deber&aacute; al menos considerar con seriedad la cuesti&oacute;n interpretativa que plantean los di&aacute;logos, fuera de todo platonismo. Valga decir, en este contexto, que la escuela de las doctrinas no escritas hace uso abundante, aunque selectivo, de los di&aacute;logos, semej&aacute;ndose en este respecto al proceder del platonismo. En &uacute;ltimas, la obra sustantiva de Plat&oacute;n la constituyen los di&aacute;logos, sin los cuales no existir&iacute;a ni el Plat&oacute;n pol&iacute;tico de la <i>Carta VII, </i>ni el Plat&oacute;n oculto de las doctrinas no escritas.</p>     <p>Que la obra de Plat&oacute;n est&eacute; conformada por di&aacute;logos no parece, a primera vista, un asunto de mayor monta. A fin de cuentas, a lo largo de la historia los fil&oacute;sofos han recurrido a inn&uacute;meras formas de expresi&oacute;n, desde el poema hasta el teatro del absurdo, pasando por el aforismo, el tratado, la ep&iacute;stola, el serm&oacute;n, la suma, la cuesti&oacute;n, la pl&aacute;tica, el ensayo, la meditaci&oacute;n, la autobiograf&iacute;a, la demostraci&oacute;n <i>more geometrico, </i>el discurso, la proclama, la novela, el escolio y el art&iacute;culo period&iacute;stico. En ese abigarrado universo, la reducci&oacute;n contempor&aacute;nea del estilo filos&oacute;fico a los g&eacute;neros del art&iacute;culo de revista, de la ponencia o <i>paper </i>y del libro acad&eacute;mico, no puede presentarse sino como un empobrecimiento inadmisible de una disciplina que ha perdido su propia fuerza de afirmaci&oacute;n en el concierto de los saberes. Por lo dem&aacute;s, son legi&oacute;n los autores que en un momento u otro han recurrido al g&eacute;nero del di&aacute;logo para presentar sus ideas; valga mencionar, sin ir m&aacute;s lejos, a Arist&oacute;teles, Cicer&oacute;n, Minucio F&eacute;lix, San Agust&iacute;n, Boecio, San Anselmo, Pedro Abelardo, Nicol&aacute;s de Cusa, Jean Bodin, Bruno, Galileo, Malebranche, Diderot, Berkeley, Hume, Rousseau, Schelling, Val&eacute;ry, Wittgenstein, Heidegger, Edith Stein, Iris Murdoch, Ernst Tugendhat. Entre todos ellos, &iquest;por qu&eacute; habr&iacute;a de gozar Plat&oacute;n de cierta preeminencia hermen&eacute;utica? Por supuesto que, en alg&uacute;n sentido, el di&aacute;logo plat&oacute;nico opera como modelo para la composici&oacute;n de cualquier otro di&aacute;logo filos&oacute;fico, pero ello no basta para su singularizaci&oacute;n hermen&eacute;utica o filos&oacute;fica. Sin embargo, una consideraci&oacute;n m&aacute;s atenta permite una mejor delimitaci&oacute;n de este g&eacute;nero literario de la filosof&iacute;a. En efecto, a pesar de la larga lista de autores de di&aacute;logos filos&oacute;ficos, aparte de sus m&eacute;ritos te&oacute;ricos, pocos entre ellos habr&iacute;an alcanzado la inmortalidad literaria. Y ninguno puede, en realidad, parangonarse con Plat&oacute;n desde la perspectiva de la obra de arte. Quiz&aacute;s podr&iacute;a replicarse en este punto que, aunque no en el g&eacute;nero del di&aacute;logo, s&iacute; ha habido otros autores filos&oacute;ficos de indudable valor literario, por lo que tampoco cabr&iacute;a asignarle por este motivo un lugar de exclusividad a Plat&oacute;n. Acept&aacute;ndose este razonamiento, puede ya consignarse, por lo menos, un primer resultado de la indagaci&oacute;n: Plat&oacute;n es el &uacute;nico autor filos&oacute;fico de di&aacute;logos con alt&iacute;simo valor literario. Esta declaraci&oacute;n, por lo pronto, es meramente contingente y, como argumento, de escaso peso filos&oacute;fico, si bien, de considerable mordiente literario.</p>     <p>Ahora bien, la cuesti&oacute;n del di&aacute;logo en Plat&oacute;n -es decir, la decisiva importancia filos&oacute;fica que tiene el hecho de que su obra est&eacute; compuesta de di&aacute;logos- recibe una caracterizaci&oacute;n determinante desde el momento en que se constata que Plat&oacute;n, si bien no es el &uacute;nico autor filos&oacute;fico que ha compuesto di&aacute;logos, s&iacute; es el &uacute;nico que <i>s&oacute;lo </i>ha compuesto di&aacute;logos. Este dato comienza a ser inquietante para el int&eacute;rprete. En efecto, a su luz la forma de di&aacute;logo como expresi&oacute;n de la filosof&iacute;a debe dejar de entenderse como una pura opci&oacute;n literaria por un g&eacute;nero en lugar de otro cualquiera de los muchos posibles y empieza a aparecer como quiz&aacute;s una decisi&oacute;n fundamental relacionada con la esencia misma de la filosof&iacute;a. Ahora el di&aacute;logo plat&oacute;nico se desdibuja como modelo de di&aacute;logo de los dem&aacute;s autores filos&oacute;ficos que han compuesto di&aacute;logos, toda vez que para estos el di&aacute;logo ha ofrecido una posibilidad de expresi&oacute;n entre muchas otras, mientras que para el Ateniense ha constituido la &uacute;nica forma posible en la cual componer su pensamiento filos&oacute;fico. Aunque de mayor peso que la observaci&oacute;n anterior, &eacute;sta, aunque parece decisiva, todav&iacute;a no ofrece una pista clara sobre la cuesti&oacute;n del di&aacute;logo en Plat&oacute;n; a fin de cuentas, con ella todav&iacute;a no se supera el plano de lo contingente, y podr&iacute;a ocurrir que se tratase tan s&oacute;lo de una cuesti&oacute;n de estilo, m&aacute;s que de una nota fundamental del filosofar.</p>     <p>Empero, el exclusivo car&aacute;cter dialogal de la obra de Plat&oacute;n apunta ya, por eso mismo, a una dificultad hermen&eacute;utica capital de su obra, cual es la imposibilidad de entender sus di&aacute;logos por referencia a una obra suya de otro tipo. La forma dialogal no s&oacute;lo abre la obra de Plat&oacute;n a su lector sino que as&iacute; mismo la cierra sobre s&iacute;. Por necesidad, un di&aacute;logo se inscribe en una constelaci&oacute;n de otros di&aacute;logos que, quiz&aacute;s, dialogan entre s&iacute;. El int&eacute;rprete, en todo caso, debe asumir la radicalidad de la composici&oacute;n del conjunto de la obra de Plat&oacute;n y renunciar a cualquier aliento exterior que no fuera dialogal que le permitir&iacute;a al menos un atisbo sobre c&oacute;mo comenzar a entender los di&aacute;logos. En otras palabras, el hecho de que la totalidad del <i>corpus </i>de Plat&oacute;n est&eacute; constituido por di&aacute;logos crea una situaci&oacute;n hermen&eacute;utica particular que obliga al lector a asumir la forma del di&aacute;logo en toda su pureza y problematicidad. Si bien todav&iacute;a podr&iacute;a ser cuesti&oacute;n de estilo, que la totalidad de la obra del Ateniense est&eacute; conformada por di&aacute;logos constituye un espacio hermen&eacute;utico que lleva al lector a confrontarse con la forma del di&aacute;logo como &uacute;nico medio de expresi&oacute;n de la filosof&iacute;a de Plat&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esta situaci&oacute;n se clausura en s&iacute; misma tan pronto se presta atenci&oacute;n a dos aspectos relacionados con ella. En primer lugar, la vida del propio autor ofrece muy escasas posibilidades de servir como punto de referencia para una condici&oacute;n algo menos fluida de lectura de su obra. En efecto, a pesar de que en la Antig&uuml;edad pudo crearse una completa y pintoresca "hagiograf&iacute;a" de Plat&oacute;n, ocurre con &eacute;sta lo mismo que con la referida <i>Carta VII </i>y las doctrinas no escritas, a saber, que depende por entero de la obra transmitida, m&aacute;s que arrojar luces sobre ella. No, por cierto, porque en los di&aacute;logos haya abundancia de referencias a la vida de su autor, sino porque la hagiograf&iacute;a sobre Plat&oacute;n lleg&oacute; a crearse por el car&aacute;cter casi sobrenatural de la obra plat&oacute;nica. La perfecci&oacute;n divina de cada uno de los di&aacute;logos y de su conjunto forz&oacute; a la imaginaci&oacute;n de los bi&oacute;grafos a inventar el grupo de leyendas que cristaliza alrededor del "hijo de Apolo", pues no de otro modo se entend&iacute;a que un mero mortal hubiera podido componer aquel portento que es la obra plat&oacute;nica, a menos que su autor hubiera recibido los dones preeminentes del dios de la m&uacute;sica y de las artes todas. Juzgados por los fr&iacute;os criterios del historiador de profesi&oacute;n, los datos que se conocen de la vida de Plat&oacute;n casi que fuerzan a afirmar de &eacute;l lo que Heidegger present&oacute; alguna vez como biograf&iacute;a de Arist&oacute;teles, que naci&oacute;, trabaj&oacute; y muri&oacute;. Aunque la anotaci&oacute;n de Heidegger no deja de ser incompleta en relaci&oacute;n con el Estagirita, de quien se conocen datos hist&oacute;ricos de particular relevancia, el Friburgu&eacute;s quiere apuntar con ello a una instancia interpretativa contempor&aacute;nea que se centra en la obra sola como su propio criterio de interpretaci&oacute;n, fuera de los perfiles que una vida humana pudiera prestarle a su comprensi&oacute;n. Sin entrar a discutir los m&eacute;ritos y dem&eacute;ritos de esta posici&oacute;n interpretativa, sus razones y sinrazones, puede decirse que respecto de la interpretaci&oacute;n de Plat&oacute;n debe aplicarse este criterio, pues no hay otro, tan poco es lo que con certeza hist&oacute;rica se sabe de su vida.</p>     <p>El segundo aspecto por el cual la obra de Plat&oacute;n, dialogal toda ella, se clausura sobre s&iacute; misma tiene que ver con los personajes que aparecen en los di&aacute;logos. A diferencia de los di&aacute;logos que el joven Arist&oacute;teles compuso mientras perteneci&oacute; a la Academia, donde &eacute;l mismo era el interlocutor principal, Plat&oacute;n como personaje nunca aparece en los di&aacute;logos que &eacute;l mismo escribi&oacute;, si bien se encuentra mencionado dos veces en la <i>apolog&iacute;a </i>(34a1; 38b6) y una vez en el <i>Fed&oacute;n </i>(59b10), en un calculado prop&oacute;sito dram&aacute;tico. En efecto, en la <i>apolog&iacute;a </i>S&oacute;crates hace expl&iacute;cito que Plat&oacute;n se halla entre los presentes y que incluso ofrece con tres condisc&iacute;pulos ser fiador de su maestro por la considerable suma de treinta minas, se entiende, en el caso de que los jueces estimen apropiado imponerle una multa al acusado, cosa que no suceder&aacute;. De todos modos, y a diferencia de lo que padecen los sofistas con la ingratitud de sus seguidores, la mitad de quienes habr&iacute;an podido ser testigos de S&oacute;crates se ofrecen como fiadores de su maestro, actitud que &eacute;ste acepta. M&aacute;s all&aacute; del motivo forense, parece que Plat&oacute;n quiere dejar constancia de su presencia en la &uacute;ltima aparici&oacute;n p&uacute;blica de S&oacute;crates, all&iacute; donde &eacute;ste expone su ideal del ser fil&oacute;sofo. En contraste con ello, el Ateniense tambi&eacute;n quiere hacer expl&iacute;cita su ausencia en el d&iacute;a final de S&oacute;crates. "Plat&oacute;n estaba enfermo, creo", dice con toda concisi&oacute;n Fed&oacute;n, sin ocultar lo ambigua que resulta la ausencia de Plat&oacute;n en ese d&iacute;a. Estas tres menciones de Plat&oacute;n en el conjunto de su obra son preciosas, pues hacen caer en cuenta al int&eacute;rprete de que la casi universal ausencia de Plat&oacute;n en los di&aacute;logos de ninguna manera es casual, ni tampoco puede reducirse a un rasgo de su estilo, como habr&iacute;a podido derivarse de no haber aparecido de modo alguno en el <i>corpus. </i>A partir de aqu&iacute; cabe pensar que el autor busca enfatizar que su ausencia como personaje no puede menos de ser que absoluta. En sus propios di&aacute;logos Plat&oacute;n no le ha ofrecido al lector el menor rastro sobre su autor. Esta constataci&oacute;n de orden dram&aacute;tico coincide con la pobreza hist&oacute;rica de su biograf&iacute;a y confirma que con gran probabilidad Plat&oacute;n ha anticipado la instancia hermen&eacute;utica contempor&aacute;nea que pide prescindir del autor para interpretar su obra. Al excluirse como personaje, &eacute;l mismo suprime toda pista sobre su identidad en cuanto autor como posibilidad de interpretaci&oacute;n de los di&aacute;logos. El lector de Plat&oacute;n se halla as&iacute; en aquella situaci&oacute;n deseada por cualquier autor, pero que s&oacute;lo en Plat&oacute;n, por circunstancias hist&oacute;ricas y de composici&oacute;n dram&aacute;tica, ha alcanzado la perfecci&oacute;n: la soledad del lector frente a la obra.</p>     <p>Ahora bien, esta condici&oacute;n interpretativa encuentra una correspondencia puntual con la tarea propia de la interpretaci&oacute;n. Gadamer, en efecto, ha insistido en que la comprensi&oacute;n correcta de la labor interpretativa encuentra en la figura del di&aacute;logo su modelo fundamental. En este orden de ideas, toda interpretaci&oacute;n es ya un esfuerzo dialogal del lector con la obra y, en otro sentido, an&aacute;logo, del espectador con la obra de arte. Valga subrayar que estos dos aspectos se hallan presentes a la vez en el acercamiento a la obra de Plat&oacute;n, que corresponde interpretar como obra de arte no menos que como texto de filosof&iacute;a. Dentro de esta perspectiva, es notable que el esfuerzo de Plat&oacute;n como autor que lleva al lector a aquella situaci&oacute;n hermen&eacute;utica de soledad frente a la obra, para que pueda en verdad entrar en di&aacute;logo con &eacute;sta, tenga como objeto siempre ni m&aacute;s ni menos que un di&aacute;logo. Dentro de ese di&aacute;logo, y s&oacute;lo dentro de ese di&aacute;logo que el lector establece con la obra de Plat&oacute;n, que a su vez es un di&aacute;logo, cabe interpretar aquel di&aacute;logo. En otras palabras, el autor Plat&oacute;n lleva a su int&eacute;rprete a que, en la interpretaci&oacute;n que de &eacute;l hace, adelante a su vez una interpretaci&oacute;n de s&iacute; mismo. No puede ocurrir de otro modo, dado que la obra plat&oacute;nica se compone de di&aacute;logos, de s&oacute;lo di&aacute;logos y de nada m&aacute;s que di&aacute;logos, en los cuales di&aacute;logos el autor nunca aparece, salvo en aquellas escasas menciones en las que su aparici&oacute;n se cumple para decir que no aparece. Esta asombrosa situaci&oacute;n hermen&eacute;utica del <i>corpus </i>plat&oacute;nico obliga a que su obra, m&aacute;s que la de cualquier otro autor, deba ser interpretada desde el principio con alg&uacute;n compromiso interpretativo. Su lector no puede, en efecto, desconocer que con Plat&oacute;n se halla en presencia de di&aacute;logos, y no m&aacute;s que di&aacute;logos, y que sabe muy poco, casi nada de su autor, que tampoco aparece en la obra. El lector impaciente o esc&eacute;ptico quiz&aacute;s desestime todo esto y se apresure a se&ntilde;alar que los di&aacute;logos son meras ficciones que expresan el pensamiento de Plat&oacute;n en boca de S&oacute;crates o de alguno de los otros interlocutores principales. Es l&iacute;cito asumir esta posici&oacute;n interpretativa, frecuente por lo dem&aacute;s en la historia de la filosof&iacute;a; lo que es menos aceptable es que dicha instancia hermen&eacute;utica pretenda justificarse como v&aacute;lida de suyo, como si fuese algo natural la exclusi&oacute;n de los aspectos dram&aacute;ticos y de los problemas hermen&eacute;uticos que se han venido se&ntilde;alando, pues ya se ha decidido de antemano su irrelevancia para la comprensi&oacute;n del fil&oacute;sofo. La obra plat&oacute;nica se protege contra esta clase de dogmatismos y no le entrega a quien as&iacute; la aborda m&aacute;s que oropel, "oro del tonto", a quien cree haber encontrado una veta del metal precioso all&iacute; donde s&oacute;lo luce el brillo fatuo de un mineral vulgar.</p>     <p>Por su estructura y valor art&iacute;stico, no pocas veces se ha comparado la obra de Plat&oacute;n a la de Shakespeare. En efecto, ambos autores obligan al int&eacute;rprete a sumergirse en la entra&ntilde;a de la obra, buscando al autor en todos lados, sin que est&eacute; en ninguno. La ambici&oacute;n, la venganza, los celos, el amor son propiedad de Shakespeare no menos que la amistad, el valor, la piedad, el erotismo son propiedad de Plat&oacute;n. All&iacute; nos encontramos con Falstaff, Hamlet, Otelo, Romeo y Julieta; aqu&iacute;, con Lisis, Laques, Eutifr&oacute;n, Alcib&iacute;ades. Los personajes hablan por s&iacute; mismos, pero su padre se halla en todos y cada uno de ellos. Y no s&oacute;lo en los personajes o situaciones principales, sino hasta en los menores detalles de la composici&oacute;n. Quiz&aacute;s se diga que esto vale para cualquier autor literario, pero el punto es que s&oacute;lo los mayores autores de la literatura pueden parangonarse con Plat&oacute;n. El caso de Shakespeare es particularmente apropiado puesto que desborda a sus cr&iacute;ticos, tal como Plat&oacute;n excede a sus int&eacute;rpretes. Como lo ha expuesto sin ambages Harold Bloom, Shakespeare es m&aacute;s inteligente que cualquiera de sus cr&iacute;ticos y, de modo an&aacute;logo, Plat&oacute;n es m&aacute;s sabio que cualquiera de sus int&eacute;rpretes. Esta aseveraci&oacute;n es punzante en extremo, no siendo la menor raz&oacute;n para ello que contradice de frente el acercamiento de Kant a Plat&oacute;n, que estim&oacute; poder entender al autor mejor de lo que &eacute;ste se entendi&oacute; a s&iacute; mismo, inaugurando con ello un libreto interpretativo que ha conocido gran fortuna en la contemporaneidad. Sin embargo, el &uacute;nico t&iacute;tulo que pueden aducir los modernos para semejante extravagancia interpretativa es que, al ser modernos, han tomado ventaja respecto de todo el saber de sus antecesores. Hay que proseguir el examen de la obra de Plat&oacute;n para que vaya quedando claro por qu&eacute; raz&oacute;n ocupa un lugar de preeminencia en el pante&oacute;n de los autores, sean filos&oacute;ficos o no.</p>     <p>Habiendo dilucidado la naturaleza singular de la obra plat&oacute;nica en cuanto di&aacute;logo, hay que decir unas palabras sobre su composici&oacute;n. Contra lo que puede sugerir una mirada superficial, un di&aacute;logo plat&oacute;nico se ofrece como producto de una cuidada elaboraci&oacute;n, donde, para decirlo con Leo Strauss, todo detalle cuenta. Empero, para que todo detalle cuente, el lector debe apercibirse de qu&eacute; cuenta como detalle. Y aqu&iacute; la preciosa orfebrer&iacute;a de Plat&oacute;n nos seduce con su delicada t&eacute;cnica, preservada incluso a trav&eacute;s de la larga y peligrosa traves&iacute;a de los siglos de la historia de la transmisi&oacute;n. La primera palabra cuenta, como cuenta la &uacute;ltima. T&oacute;mese el caso del delicioso <i>Hipias mayor, </i>que algunos representantes del platonismo vacilaron en incluir en el canon, a pesar de estar atestiguada su autenticidad por las fuentes m&aacute;s antiguas. Suele presentarse como un di&aacute;logo sobre lo bello. Y comienza as&iacute;: "&iexcl;Hipias el bello y sabio!". Una minucia se dir&aacute;, pero una minucia que contiene todo. Hipias, noble y sobresaliente, es el interlocutor adecuado para que S&oacute;crates investigue el asunto de la nobleza y la excelencia, esto es, de la belleza. Hipias, el sofista, lo sabe y por eso se presta para la indagaci&oacute;n socr&aacute;tica. Hay una armon&iacute;a hermen&eacute;utica en recurrir a quienes encarnan una determinada cualidad para investigar en qu&eacute; consiste dicha cualidad. Pero es Plat&oacute;n quien ha creado dicho modo de abordaje, que hoy por corriente ya no nos asombra. Pero si perdemos la capacidad de asombro, estamos perdidos. Heidegger, en medio de todas sus reservas, pudo aprender de Plat&oacute;n que la pregunta por el sentido del ser s&oacute;lo puede plantearse en aquel ente a cuyo ser pertenece preguntarse por el sentido del ser. Aqu&iacute; tenemos a S&oacute;crates pregunt&aacute;ndole al noble y excelente Hipias por la nobleza y la excelencia. Y entonces viene la segunda parte del saludo de S&oacute;crates, cuya fin&iacute;sima alusi&oacute;n fue captada entre los estudiosos s&oacute;lo por Sydenham, un <i>scholar </i>del siglo xviii, para despu&eacute;s caer en el olvido de los dem&aacute;s comentaristas. "&iexcl;Cu&aacute;nto tiempo hace que no recalabas en Atenas!". Parece un saludo normal, casual, pero no lo es, pues ya S&oacute;crates est&aacute; haciendo referencia al car&aacute;cter viajero del sofista, que va de ciudad en ciudad, de puerto en puerto, sin estabilizarse jam&aacute;s, como no se estabilizan sus opiniones, siempre cambiantes, siempre variables seg&uacute;n las circunstancias. El di&aacute;logo que est&aacute; empezando mostrar&aacute; dicha veleidad del sofista, cuando en el tema de la belleza pase de una opini&oacute;n a otra, seg&uacute;n se lo vayan pidiendo las circunstancias del di&aacute;logo. &iexcl;Y estamos en las primeras dos l&iacute;neas! Cabe hacer reflexiones parecidas sobre otras primeras palabras, como el "s&iacute; mismo" del <i>Fed&oacute;n, </i>di&aacute;logo donde se explora aquello que es en s&iacute; mismo, esto es, la Idea, o el "baj&eacute;" de S&oacute;crates en la <i>Rep&uacute;blica, </i>di&aacute;logo donde son conspicuos todos los movimientos que ocurren en el eje vertical, como los del famoso prisionero de la caverna, que primero sale de ella, subiendo, para despu&eacute;s retornar, bajando, o el "uno, dos, tres" del <i>Timeo, </i>di&aacute;logo que presenta el desarrollo del cosmos en sus tres dimensiones geom&eacute;tricas. En fin, valgan estas alusiones de pasada para ofrecer una noci&oacute;n no s&oacute;lo de qu&eacute; significa cuidar cada detalle sino incluso de qu&eacute; cuenta como detalle.</p>     <p>Tomando una perspectiva m&aacute;s amplia, es preciso decir que, como todos los escritores de la Antig&uuml;edad, Plat&oacute;n compone sus obras seg&uacute;n principios estructurales que ya no nos son familiares. Pensamos, en efecto, que es natural que todo escrito te&oacute;rico se organice a partir de una introducci&oacute;n, a la que sigue un planteamiento y un desarrollo del problema en sus diversas etapas, para cerrar con una conclusi&oacute;n. Pero para abordar un di&aacute;logo de Plat&oacute;n hay que tomar distancia de este tipo de esquemas lineales y aprender a reconocer la organizaci&oacute;n circular o anular propia de la Antig&uuml;edad. En este modelo, el escrito se organiza a partir de un eje central, alrededor del cual, hacia adelante y hacia atr&aacute;s, los diversos temas se estructuran en correspondencias sim&eacute;tricas, de modo que la &uacute;ltima parte viene a corresponderse con la primera. Por eso se habla de una estructura circular o anular. As&iacute;, en lugar de una progresi&oacute;n A-B-C-D-E se tiene el anillo A-B-C-B'-A, donde C es el elemento central alrededor del cual se organizan los elementos B y B' y, m&aacute;s afuera a&uacute;n, los elementos A y A. Estos distintos componentes no suelen tener el mismo peso argumentativo, sino que se organizan en orden creciente de relevancia, primero A y luego B, hasta llegar al componente central, principal por eso, C en este caso, para volver a decrecer a partir de ah&iacute;, primero en B' y, por &uacute;ltimo, en A. Entonces, junto con la estructura anular, estos elementos se organizan de forma "pedimental", por as&iacute; llamarla, esto es, seg&uacute;n la forma de doble tri&aacute;ngulo propia del pedimento del templo griego, donde las figuras son tanto m&aacute;s peque&ntilde;as cuanto se hallen m&aacute;s hacia los extremos, mientras la figura central es la de mayor tama&ntilde;o y, por ende, de mayor importancia. Para citar un caso famoso y t&iacute;pico, baste pensar en la estructura de la <i>Rep&uacute;blica, </i>con los libros I y X que se corresponden entre s&iacute; en los extremos y constituyen una especie de pre&aacute;mbulo y de ep&iacute;logo m&iacute;tico respectivamente de la discusi&oacute;n central; a su alrededor se organizan, por un lado, los libros II, III y IV y, por el otro lado, los libros VIII y IX, lugares donde se exponen en la palabra las condiciones y los resultados del r&eacute;gimen propuesto, mientras que en los libros V, VI y VII se pone en obra la propuesta central del di&aacute;logo, con las famosas tres im&aacute;genes del sol, la l&iacute;nea y la caverna. Se notar&aacute; en dicha distribuci&oacute;n no s&oacute;lo la organizaci&oacute;n anular de las diferentes partes del di&aacute;logo sino su diferente car&aacute;cter, que va pasando del <i>muthos </i>al <i>logos </i>y de &eacute;ste al <i>ergon </i>para retornar al <i>logos </i>y terminar en el <i>muthos. </i>Le corresponde al int&eacute;rprete identificar para cada uno de los di&aacute;logos una estructura correspondiente, con sus variaciones y excepciones.</p>     <p>Las &uacute;ltimas anotaciones permiten tambi&eacute;n se&ntilde;alar un aspecto decisivo de la composici&oacute;n del di&aacute;logo plat&oacute;nico. En efecto, si en la estructura pedimental se asocian elementos de peso diverso en raz&oacute;n de su tema, se sigue de all&iacute; que la forma y el contenido del di&aacute;logo no s&oacute;lo se corresponden entre s&iacute; sino que se encuentran en una relaci&oacute;n intr&iacute;nseca que no permite que se disocien. La forma se corresponde con el contenido y el contenido con la forma. Esto puede ilustrarse con el caso del <i>Fed&oacute;n, </i>el afamado di&aacute;logo que relata el &uacute;ltimo d&iacute;a de la vida de S&oacute;crates. Con frecuencia se lo considera como una obra sobre la inmortalidad del alma, pero, m&aacute;s all&aacute; de este motivo escolar, en el di&aacute;logo S&oacute;crates se esfuerza por liberar a sus amigos del miedo a la muerte y ello ocurre en la forma de una liberaci&oacute;n del laberinto de los argumentos, al modo como Teseo libera a sus compa&ntilde;eros del laberinto del Minotauro. Captar la forma del di&aacute;logo conlleva entender su tema y viceversa, la comprensi&oacute;n del tema recibe una ilustraci&oacute;n decisiva del modo como se ha organizado. Como ya lo vio Schleiermacher, la unidad de forma y contenido constituye uno de los aspectos determinantes del di&aacute;logo plat&oacute;nico y es una de las razones por las que entra en la esfera del arte. A diferencia, sin embargo, de la mera obra de arte, un di&aacute;logo de Plat&oacute;n trata de algo, versa sobre algo, sea la justicia, la belleza, la templanza, el erotismo, y en ninguno de estos casos el tema simplemente se estudia; muy por el contrario, la investigaci&oacute;n del asunto suscita su propia realizaci&oacute;n, de modo que el examen de los temas mentados crea entre los interlocutores relaciones de justicia, de belleza, de templanza o de erotismo, seg&uacute;n sea el caso. De este modo se alcanza el extremo contrapuesto al del comienzo del di&aacute;logo, pues as&iacute; como se dec&iacute;a que ya hay que estar involucrado en el tema para poderlo indagar -con el valiente se mira el valor, con el enamorado el amor, con el justo la justicia-, ahora resulta que dicha indagaci&oacute;n contribuye a suscitar el tema mismo, el valor, el amor, la justicia. En este sentido, todo di&aacute;logo hace lo que dice. En el orden hermen&eacute;utico, el di&aacute;logo no s&oacute;lo establece las condiciones de precomprensi&oacute;n del asunto sino que en su decurso lleva esa precomprensi&oacute;n a su realizaci&oacute;n, a su cumplimiento, que quiz&aacute;s sea el modo por excelencia de la plena comprensi&oacute;n. Cabe hacer una &uacute;ltima observaci&oacute;n en este sentido y es que, del mismo modo que el di&aacute;logo no admite un lector no comprometido, la realizaci&oacute;n interna del di&aacute;logo producir&aacute; tambi&eacute;n su efecto en el lector. No s&oacute;lo los interlocutores del di&aacute;logo terminar&aacute;n siendo valerosos, enamorados, justos, sino que el propio lector devendr&aacute; as&iacute; o ser&aacute; productor del efecto que se alcanza dentro del di&aacute;logo. Esto puede expresarse como que el plano horizontal del interior del di&aacute;logo, el libro sobre la mesa, se completa y se cumple con el plano vertical que se establece entre el lector y la obra. De all&iacute; que un ejercicio de lectura del di&aacute;logo que no se cumpla en el lector puede considerarse como un fracaso; all&iacute; no hubo verdadera comprensi&oacute;n.</p>     <p>Las observaciones anteriores pueden dar la idea err&oacute;nea de que los di&aacute;logos se construyen seg&uacute;n un modelo general aplicable a todos y discernible en todos. Nada m&aacute;s alejado de la realidad. Estas anotaciones s&oacute;lo quieren apuntar a aspectos determinados de la estructura y el funcionamiento de los di&aacute;logos, pero es imposible establecer de antemano y seg&uacute;n un patr&oacute;n universal c&oacute;mo se van a dar en cada caso particular los aspectos se&ntilde;alados. Una de las caracter&iacute;sticas, sin duda sobresalientes del autor que es Plat&oacute;n, radica en la cantidad y variedad de su obra. Ya por la sola longitud, se encuentran di&aacute;logos de todos los tama&ntilde;os, desde los muy cortos de apenas una decena de p&aacute;ginas, como el <i>Crit&oacute;n, </i>el <i>Ion </i>y el <i>Eutifr&oacute;n, </i>hasta los masivos <i>Rep&uacute;blica </i>y <i>Las leyes, </i>de trescientas y cuatrocientas p&aacute;ginas, pasando por aquellos de mediana extensi&oacute;n, como el <i>Men&oacute;n </i>y el <i>Eutidemo </i>con treinta p&aacute;ginas, el <i>Banquete, </i>el <i>Fedro, </i>el <i>Prot&aacute;goras, </i>con unas cincuenta, y el <i>Timeo </i>y el <i>Gorgias, </i>con unas ochenta. Es como si el autor se complaciera en exhibir su destreza a todo nivel, pues, en cierto sentido, la concisi&oacute;n de un di&aacute;logo breve le exige mayor precisi&oacute;n al autor.</p>     <p>M&aacute;s interesante que la mera dimensi&oacute;n f&iacute;sica es la estrategia narrativa adoptada, puesto que mientras algunos di&aacute;logos se presentan como escenificaciones directas que ocurren en el momento de la lectura, otros se ofrecen como el recuento de un di&aacute;logo que se narra o que se lee dentro de otro. Valga aclarar que, en este &uacute;ltimo caso, el narrador no siempre es S&oacute;crates. Los di&aacute;logos narrados son nueve, de los cuales S&oacute;crates es el narrador directo en cuatro de ellos <i>-Los rivales, Lisis, C&aacute;rmides </i>y la <i>Rep&uacute;blica-, </i>mientras que en otros dos, <i>Prot&aacute;goras </i>y <i>Eutidemo, </i>asume el rol narrativo tras una presentaci&oacute;n dram&aacute;tica. Los di&aacute;logos <i>Parm&eacute;nides, Banquete </i>y <i>Fed&oacute;n </i>constituyen los tres di&aacute;logos narrados en los cuales S&oacute;crates no es el narrador. A diferencia de la gran mayor&iacute;a de int&eacute;rpretes, que no le conceden peso interpretativo a este motivo de la composici&oacute;n de los di&aacute;logos, Catherine Zuckert ha logrado identificar dentro de este esquema un fino prop&oacute;sito del autor. &Eacute;ste se discrimina seg&uacute;n los tres tipos de di&aacute;logos narrados, as&iacute;: aqu&eacute;llos donde &eacute;l es el narrador directo recogen una preocupaci&oacute;n especial de S&oacute;crates respecto de la educaci&oacute;n de los j&oacute;venes; los dos que se narran tras unos proleg&oacute;menos dram&aacute;ticos tienen la particularidad de aludir a intercambios de S&oacute;crates con los sofistas Prot&aacute;goras, Eutidemo y Dionisodoro y, en esa medida, anticipan la acusaci&oacute;n que se le imputar&aacute; a S&oacute;crates de ser &eacute;l mismo un sofista corruptor de la juventud. Lo importante es se&ntilde;alar que el procedimiento narrativo se halla asociado al motivo de la educaci&oacute;n de los j&oacute;venes, sea este tema bien entendido, y entonces la narraci&oacute;n es inmediata, sea mal entendido, y entonces la narraci&oacute;n es mediata. Los tres di&aacute;logos que no son narrados por S&oacute;crates versan sobre momentos claves de la vida filos&oacute;fica de S&oacute;crates, los cuales, por ende, no corresponder&iacute;a que narrara el propio S&oacute;crates. Que no tengan tampoco un car&aacute;cter dram&aacute;tico directo lleva a que el lector considere de un modo reflexivo lo que all&iacute; ocurre. Y es que en estos tres di&aacute;logos se recogen los tres momentos cardinales de la vida filos&oacute;fica de S&oacute;crates. Cuando en uno de sus cursos sobre Arist&oacute;teles el joven profesor Heidegger mencione que lo que hay que saber de la biograf&iacute;a del Estagirita es que naci&oacute;, trabaj&oacute; y muri&oacute;, querr&aacute; indicar con ello la nula relevancia que tiene el conocimiento de los pormenores de la vida del pensador para la comprensi&oacute;n de su pensamiento. Los tres di&aacute;logos de que aqu&iacute; se trata dicen, por el contrario, que S&oacute;crates naci&oacute;, am&oacute; y muri&oacute;, y que estos tres momentos son fundamentales en la comprensi&oacute;n de su trayectoria filos&oacute;fica y del conjunto de la obra de Plat&oacute;n. Un S&oacute;crates jovenc&iacute;simo nace a la vida filos&oacute;fica cuando se encuentra con el anciano Parm&eacute;nides en una visita que el fil&oacute;sofo ele&aacute;tico hace a Atenas; este es el escenario dram&aacute;tico del di&aacute;logo <i>Parm&eacute;nides. </i>&quot;Mientras en una reuni&oacute;n nocturna un S&oacute;crates ya adulto habla sobre el amor con sus amigos m&aacute;s queridos, recuerda c&oacute;mo fue instruido en los secretos del amor y del di&aacute;logo por la sacerdotisa Diotima. De esa experiencia inolvidable y central de la vida de S&oacute;crates queda el testimonio imperecedero del di&aacute;logo <i>el Banquete&quot;. </i>Por &uacute;ltimo, un S&oacute;crates anciano, que vive las &uacute;ltimas horas de su vida, se esfuerza en esos momentos cruciales por espantar de sus amigos el desasosiego ante la muerte, confundido aqu&iacute; con el miedo al filosofar mismo. El di&aacute;logo <i>Fed&oacute;n </i>recoge este encuentro memorable. Estos son los tres di&aacute;logos que S&oacute;crates mismo no narra, pero que son narrados de &eacute;l. Si se tiene a la vista el S&oacute;crates de Plat&oacute;n, Heidegger ten&iacute;a raz&oacute;n en un sentido m&aacute;s profundo del que cre&iacute;a, pues si de &eacute;l, como del Estagirita, s&oacute;lo importa saber que naci&oacute;, am&oacute; y muri&oacute; -donde hay que notar la variaci&oacute;n entre un trabajador Arist&oacute;teles y un amante S&oacute;crates-, con ello el lector se introduce de lleno en la vida de S&oacute;crates, que se identifica entonces con su decurso filos&oacute;fico y con la propia filosof&iacute;a. La mirada reflexiva sobre S&oacute;crates que permiten los di&aacute;logos narrados, y en este momento se trata de los narrados por otro, se da en momentos cruciales: cuando nace, cuando ama, cuando muere; momentos en que el propio S&oacute;crates est&aacute; muy alterado, muy fuera de s&iacute;, como para que un drama directo pueda recoger todo lo que le est&aacute; ocurriendo y, por esta raz&oacute;n, tampoco &eacute;l mismo estar&iacute;a en condiciones de ser el narrador directo. En suma, la coexistencia de di&aacute;logos dram&aacute;ticos con di&aacute;logos narrados permite que la presentaci&oacute;n de un S&oacute;crates exterior, actor directo de la acci&oacute;n dram&aacute;tica, se complemente de un modo decisivo con un S&oacute;crates interior, que recoge una dimensi&oacute;n reflexiva presente s&oacute;lo en su esp&iacute;ritu y que el omnisciente primer narrador, Plat&oacute;n, entrega al lector.</p>     <p>La consideraci&oacute;n de las diferencias estructurales narrativas de los di&aacute;logos ha puesto bajo la lupa la figura de S&oacute;crates. Esto es natural, pues S&oacute;crates aparece en todos los di&aacute;logos, salvo en <i>Las leyes, </i>y en la mayor&iacute;a de ellos es el interlocutor principal. En un autor que posee un dominio completo de los recursos de la composici&oacute;n literaria, dif&iacute;cilmente cabe pensar que la aparici&oacute;n persistente del personaje central sea casual o trivial. En todo caso, el lugar que se le asigne al personaje de S&oacute;crates dentro del conjunto del <i>corpus </i>plat&oacute;nico ser&aacute; un factor determinante de su interpretaci&oacute;n. As&iacute;, el lector para quien la estructura dram&aacute;tica de los di&aacute;logos es por completo secundaria, entender&aacute; el personaje de S&oacute;crates como un mero lugar de elocuci&oacute;n de argumentos que hay que asumir y evaluar en su dimensi&oacute;n te&oacute;rica y nada m&aacute;s. Dada esta instancia interpretativa, cuando el interlocutor principal sea diferente de S&oacute;crates, ese cambio no representar&aacute; nada sustantivo; querr&aacute; decir que Plat&oacute;n estim&oacute; m&aacute;s apropiado, por meras razones de estilo, expresar su pensamiento por boca de otro personaje. Por el contrario, el int&eacute;rprete para quien la estructura dram&aacute;tica de la obra de Plat&oacute;n es un motivo esencial de su pensamiento, le otorgar&aacute; a la persistencia del personaje de S&oacute;crates un sentido filos&oacute;fico. Ello puede ocurrir, sin embargo, de dos modos diferentes, a saber, en la sincron&iacute;a de cada di&aacute;logo y en la diacron&iacute;a del conjunto de los di&aacute;logos. En el primer caso, los di&aacute;logos componen unidades dram&aacute;ticas independientes que, como tales, pueden ser objeto de una interpretaci&oacute;n discriminada. Los motivos dram&aacute;ticos importan, pero no importa la continuidad entre ellos. Por eso, en relaci&oacute;n con el personaje de S&oacute;crates, esta posici&oacute;n deriva hacia la anterior, puesto que all&iacute; donde S&oacute;crates no es el interlocutor principal, y as&iacute; pueda hacerse valer todav&iacute;a el motivo dram&aacute;tico, &eacute;ste se halla centrado en quien ahora es el interlocutor principal. En otras palabras, el enfoque sincr&oacute;nico termina reduciendo la aparici&oacute;n de S&oacute;crates como interlocutor principal a un asunto accidental, a pesar de la voluntad de contar con la estructura dram&aacute;tica. Cuando, por el contrario, se le otorga peso interpretativo completo al aspecto dram&aacute;tico de los di&aacute;logos, y ello en la diacron&iacute;a de su conjunto, la persistencia del personaje de S&oacute;crates pasa a tener relevancia filos&oacute;fica y, as&iacute; mismo, cuando deja de ser el interlocutor principal, ello no puede menos que tener una profunda carga filos&oacute;fica, que el int&eacute;rprete debe dilucidar. Es claro que esta &uacute;ltima es la instancia interpretativa que aqu&iacute; se propone, por lo que, a diferencia de las otras posiciones, el juego de interlocutores de todos los di&aacute;logos debe ser considerado con el mayor cuidado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Frente a la persistencia del personaje de S&oacute;crates, hay que hacer notar la variedad de los dem&aacute;s interlocutores y personajes de los di&aacute;logos. Los personajes principales son varias decenas, mientras que los secundarios y los mencionados son varios centenares, sin contar las figuras mitol&oacute;gicas o ahist&oacute;ricas. En su conjunto, los personajes de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos ofrecen un panorama completo de la Atenas de la segunda mitad del siglo <i>V, </i>pero, m&aacute;s importante, con ello el autor expresa su convicci&oacute;n de que la verdad puede y debe investigarse en cualquiera de los escenarios donde se desarrolla la vida humana y en todos ellos. Esta indagaci&oacute;n tiene como n&uacute;cleo fundamental la interacci&oacute;n dialogal entre personas particulares que, desde su situaci&oacute;n concreta, realizan una b&uacute;squeda com&uacute;n de la verdad. Por eso, incluso las obras sin ambientaci&oacute;n dram&aacute;tica se construyen como di&aacute;logos, pues en ning&uacute;n caso la investigaci&oacute;n de la verdad se entiende como s&oacute;lo argumentativa y abstracta. La forma del di&aacute;logo que comprende una gran diversidad de interlocutores se&ntilde;ala que el ser humano, cualquiera que &eacute;l sea, desde el esclavo hasta el general, desde el joven hasta el anciano, desde el ignorante hasta el sabio, incluyendo tanto al hombre como a la mujer, es un buscador de la verdad y, bajo las condiciones apropiadas, puede alcanzar a vislumbrarla. As&iacute; se hace patente que la idea de filosof&iacute;a que se trasluce del conjunto de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n es participativa e incluyente y, en ese sentido, y m&aacute;s all&aacute; de sus argumentos particulares, ofrece al mundo contempor&aacute;neo un modelo de indagaci&oacute;n conjunta de la verdad en el espacio constituido por la palabra en di&aacute;logo. Quiz&aacute;s quepa en este punto hacer una observaci&oacute;n m&aacute;s precisa sobre la interacci&oacute;n de los personajes en el di&aacute;logo plat&oacute;nico, y es que su participaci&oacute;n en cada caso es siempre muy diferenciada. El lector novato percibe en el intercambio entre S&oacute;crates y su interlocutor una desigualdad inaceptable, pero el propio Plat&oacute;n asume esa cr&iacute;tica y en ciertas ocasiones ha llevado a que el interlocutor se rebele contra S&oacute;crates, denunciando como ama&ntilde;adora su forma de interrogar y queriendo obligarlo m&aacute;s bien a que responda. Como lo constata Gadamer, el desarrollo de tales pasajes muestra que, contra lo que la ingenuidad o la ignorancia hacen creer, es m&aacute;s dif&iacute;cil preguntar que responder y, en &uacute;ltimas, aunque Gadamer no llega a tanto, tambi&eacute;n se constata que en el di&aacute;logo hay una asimetr&iacute;a necesaria entre quien pregunta y quien responde. Eso s&iacute;, todo el tiempo S&oacute;crates hace notar que dicha asimetr&iacute;a no proviene de un mayor acervo de conocimientos -pues todo lo que &eacute;l sabe es que no sabe nada-, sino de una voluntad y un compromiso con la verdad que cala la vida entera de quien la busca con ardor, esto es, del fil&oacute;sofo. Es decisivo reconocer que no cabe entender de suyo esta diferencia entre los interlocutores del di&aacute;logo filos&oacute;fico como una diferencia pol&iacute;tica. El destino de S&oacute;crates quedar&aacute; sellado cuando su tarea filos&oacute;fica se lea en clave exclusivamente pol&iacute;tica. En un sentido que trasciende las dimensiones del poder pol&iacute;tico, la filosof&iacute;a tiene una funci&oacute;n pol&iacute;tica, pero se hace sospechosa y culpable cuando se la reduce a aqu&eacute;l.</p>     <p>Esclarecido el sentido de la persistencia del personaje de S&oacute;crates, es necesario decir una palabra sobre aquellos di&aacute;logos en los que S&oacute;crates no es el interlocutor principal. S&oacute;crates aparece en todos los di&aacute;logos, salvo en <i>Las leyes, </i>y en la mayor&iacute;a es el interlocutor principal. Ello obliga al int&eacute;rprete a reflexionar sobre el hecho de que en algunos di&aacute;logos S&oacute;crates no sea el interlocutor principal. La direcci&oacute;n que tome esta reflexi&oacute;n depende, por supuesto, de la posici&oacute;n del int&eacute;rprete respecto del trasunto dram&aacute;tico de los di&aacute;logos. Para quienes ignoran o minimizan la naturaleza dram&aacute;tica de los di&aacute;logos, este cambio del interlocutor principal no significa mayor cosa: se trata de un procedimiento estil&iacute;stico con el cual Plat&oacute;n apunta a manifestar un cierto desacuerdo con lo sostenido en otros di&aacute;logos, anteriores a estos donde se da el cambio. En todo caso, el pensamiento de Plat&oacute;n sigue estando en boca del interlocutor principal, as&iacute; &eacute;ste ya no sea S&oacute;crates. Esta posici&oacute;n minimizadora o conciliadora es cuestionable desde la instancia interpretativa aqu&iacute; adoptada. Para entender por qu&eacute; ello es as&iacute;, es preciso hacer un recuento de los di&aacute;logos en los que S&oacute;crates no es el interlocutor principal. Se trata de seis di&aacute;logos, que pueden enunciarse seg&uacute;n el siguiente patr&oacute;n: en el <i>Parm&eacute;nides, </i>como ya se mencion&oacute;, S&oacute;crates es el interlocutor de un agudo anciano Parm&eacute;nides, a quien su joven interlocutor no da la talla. En el <i>Timeo </i>y el <i>Critias, </i>tras su aparici&oacute;n al comienzo de cada uno de los di&aacute;logos, S&oacute;crates es silenciado por el discurso del astr&oacute;nomo pitag&oacute;rico Timeo, a la vez que concede su benevolencia para que el pol&iacute;tico Critias presente el suyo; como hay razones para pensar que estos dos di&aacute;logos constituyen una unidad, y dada la condici&oacute;n particular del <i>Critias, </i>no es necesario considerar a Critias como interlocutor principal aparte de Timeo. En el <i>sofista, </i>S&oacute;crates introduce el di&aacute;logo principal, que tendr&aacute; lugar entre un Extranjero El&eacute;ata, desconocido por lo dem&aacute;s, y Teeteto, mientras que en el <i>Pol&iacute;tico, </i>en la misma ambientaci&oacute;n, S&oacute;crates introduce el di&aacute;logo que el mismo Extranjero El&eacute;ata sostendr&aacute; con el compa&ntilde;ero de Teeteto, S&oacute;crates El Joven. En el di&aacute;logo <i>Las leyes </i>S&oacute;crates no aparece y la conversaci&oacute;n tiene lugar entre tres personajes, un innominado Extranjero Ateniense, que es el interlocutor principal, y dos ancianos d&oacute;ricos, el cretense Clinias y el lacedemonio Megilo. Esta enumeraci&oacute;n parece casual, pero un examen atento revela un patr&oacute;n del interlocutor principal en el conjunto de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n. En total, se encuentran cinco interlocutores principales: el propio S&oacute;crates, dos Extranjeros innominados, uno Ateniense y uno El&eacute;ata, y dos fil&oacute;sofos, Parm&eacute;nides y Timeo. Para la interpretaci&oacute;n del significado del interlocutor principal en la obra de Plat&oacute;n debe recurrirse a una cuesti&oacute;n fundamental que hasta el momento se ha evitado, pero cuyo abordaje no puede diferirse por m&aacute;s tiempo, cual es la de la unidad de la obra plat&oacute;nica.</p>     <p>Puede afirmarse sin ambages que el tema del orden de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n constituye uno de los aspectos menos comprendidos de su obra. Tan s&oacute;lo la presentaci&oacute;n del asunto encara ingentes dificultades de todo tipo, hist&oacute;rico, hermen&eacute;utico, filos&oacute;fico, literario, psicol&oacute;gico, pedag&oacute;gico y acad&eacute;mico. El problema que plantea el conjunto de los di&aacute;logos es que su comprensi&oacute;n depende del orden que se adopte para su lectura. Sin embargo, el orden adoptado depende a su vez de la comprensi&oacute;n que ya se tenga de lo que es el pensamiento de Plat&oacute;n. Si a este c&iacute;rculo se a&ntilde;ade que cada periodo hist&oacute;rico por necesidad entiende a un autor desde sus propios presupuestos espirituales, se comprender&aacute; de qu&eacute; grado es la dificultad que aqu&iacute; se afronta. Dada esta situaci&oacute;n, parece prudente, por lo pronto, dejar sentada una tesis inusual en los estudios sobre el Ateniense: "la determinaci&oacute;n del orden del conjunto de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n constituye un problema fundamental para la comprensi&oacute;n de su pensamiento". La importancia de esta tesis se constata tan pronto se lanza una ojeada a uno cualquiera de los innumerables estudios sobre la filosof&iacute;a del Ateniense e incluso a las ediciones de su obra. Tanto en uno como en otro caso, es usual encontrar que la exposici&oacute;n del pensamiento de Plat&oacute;n sigue un cierto orden de los di&aacute;logos que se da por sentado. Seg&uacute;n este orden, el pensamiento de Plat&oacute;n habr&iacute;a pasado por una serie de etapas, que comprender&iacute;an su adscripci&oacute;n irrestricta a su maestro S&oacute;crates, la primera propuesta de su propio pensamiento, la exposici&oacute;n madura de sus ideas, la cr&iacute;tica propia que hace de ellas y la obra de ancianidad. A cada una de estas etapas pertenecer&iacute;a un grupo de di&aacute;logos, los primeros de los cuales son los llamados "di&aacute;logos socr&aacute;ticos", <i>Apolog&iacute;a, Crit&oacute;n, Eutifr&oacute;n, Laques, Lisis, C&aacute;rmides, </i>a los cuales siguen unos di&aacute;logos m&aacute;s independientes del pensamiento del S&oacute;crates hist&oacute;rico, aunque a&uacute;n dentro de su &oacute;rbita, <i>Prot&aacute;goras, Men&oacute;n, Eutidemo, Gorgias, </i>para arribar as&iacute; a los grandes di&aacute;logos de madurez, <i>Fed&oacute;n, Banquete, Fedro </i>y <i>Rep&uacute;blica, </i>tras los cuales vienen los di&aacute;logos del periodo cr&iacute;tico, <i>Parm&eacute;nides, Teeteto, Sofista, Pol&iacute;tico, </i>para terminar con los di&aacute;logos de ancianidad, <i>Filebo, Timeo </i>y <i>Las leyes. </i>Al reflejar el orden descrito un presunto consenso de los estudiosos principales del pensamiento plat&oacute;nico se ha arribado a la situaci&oacute;n de que dicho orden ni siquiera requiere justificaci&oacute;n, mucho menos discusi&oacute;n. Pues bien, hay que decir que a pesar de lo difundida que est&eacute; esta ordenaci&oacute;n de los di&aacute;logos, las voces disidentes de ella no son pocas ni de poca monta, ni siquiera son recientes. Ya en la Antig&uuml;edad, por ejemplo, entre varias otras propuestas, Trasilo, siguiendo el orden dictado por los festivales tr&aacute;gicos, organiz&oacute; los di&aacute;logos en nueve tetralog&iacute;as, las dos primeras de las cuales comprend&iacute;an, por un lado, los di&aacute;logos <i>Eutifr&oacute;n, Apolog&iacute;a, Crit&oacute;n </i>y <i>Fed&oacute;n </i>y, por el otro, los di&aacute;logos <i>Cr&aacute;tilo, Teeteto, Sofista </i>y <i>Pol&iacute;tico. </i>Tal fue, por lo dem&aacute;s, el orden adoptado por los editores de Oxford, tanto en la edici&oacute;n de Burnet de comienzos del siglo XX, como en la edici&oacute;n de 1995. Arist&oacute;fanes de Bizancio hab&iacute;a propuesto una organizaci&oacute;n menos arbitraria en trilog&iacute;as, mientras que Albino los hab&iacute;a dispuesto de modo tal que se correspondieran con las varias disciplinas en que la filosof&iacute;a se divid&iacute;a en la &eacute;poca helen&iacute;stica.</p>     <p>La ordenaci&oacute;n de los di&aacute;logos que hoy permea la gran mayor&iacute;a de los estudios sobre Plat&oacute;n depende de un modo esencial de la conciencia hist&oacute;rica del pensamiento del siglo XIX. Sin entrar a discutir los m&eacute;ritos que pueda haber en aquella conciencia, hay que decir que su aplicaci&oacute;n a la obra de Plat&oacute;n se funda en supuestos que, evidentes alguna vez, hoy son cuestionables. Para evitar una discusi&oacute;n t&eacute;cnica del asunto, baste insistir en lo ya mencionado: el orden que se adopte de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n depende ya de una cierta comprensi&oacute;n de su pensamiento. As&iacute;, la opci&oacute;n de establecer unos di&aacute;logos como m&aacute;s cercanos a S&oacute;crates y otros como de vejez no se afirma porque el estudio de los di&aacute;logos muestre inequ&iacute;vocamente que unos di&aacute;logos sean de juventud y otros de ancianidad sino que ocurre al contrario, como el int&eacute;rprete ya ha determinado que unos di&aacute;logos son de un periodo y otros de otro, su lectura <i>ve </i>rasgos juveniles en aqu&eacute;llos y rasgos seniles en estos. Pero por s&iacute; mismos ninguno de los di&aacute;logos expresa la fecha de su composici&oacute;n. &Eacute;ste, sin embargo, no es el principal problema con la ordenaci&oacute;n cronol&oacute;gica de los di&aacute;logos. La dificultad esencial reside en el supuesto no cuestionado de que el int&eacute;rprete lograr&aacute; adentrarse en el pensamiento de Plat&oacute;n de la mano de una determinaci&oacute;n de la cronolog&iacute;a de la composici&oacute;n de sus escritos. Fuera cual fuera dicha cronolog&iacute;a, y suponiendo que de ella pudiera darse una determinaci&oacute;n independiente -que es un supuesto excesivo-, no hay ninguna raz&oacute;n para pensar que dicho enfoque interpretativo permite una comprensi&oacute;n adecuada del pensamiento de Plat&oacute;n. En efecto, a la base de dicho acercamiento se encuentra una comprensi&oacute;n atomizada de los di&aacute;logos, cuya unidad ser&iacute;a s&oacute;lo biogr&aacute;fica, con el resultado de que entender a Plat&oacute;n consistir&iacute;a en dar cuenta de aquella sucesi&oacute;n. Todo lo que se sabe de Plat&oacute;n lleva a pensar que esta aproximaci&oacute;n a su obra es equ&iacute;voca y que la contraria es plausible: Plat&oacute;n entiende el conjunto de sus di&aacute;logos como la unidad de una obra. El enfoque biogr&aacute;fico-filol&oacute;gico reinante hasta ahora deber&iacute;a, seg&uacute;n esto, dar paso a un enfoque dram&aacute;tico-filos&oacute;fico. N&oacute;tese que el modelo vigente obliga al int&eacute;rprete a la adopci&oacute;n de un punto de vista extr&iacute;nseco y exterior a la obra misma, donde, aparte del reconocimiento de las excelencias literarias de su obra, el mordiente filos&oacute;fico del pensamiento de Plat&oacute;n queda limitado a un grupo de di&aacute;logos seleccionados. Bajo la nueva propuesta, el int&eacute;rprete debe hacerse cargo del significado de su pensamiento desde el interior mismo de la obra plat&oacute;nica, de un modo intr&iacute;nseco a ella. En otras palabras, Plat&oacute;n cuida no s&oacute;lo cada detalle de cada uno de sus di&aacute;logos sino que con el mismo esmero se preocupa de su conjunto.</p>     <p>Esta comprensi&oacute;n de la obra de Plat&oacute;n se apoya de un modo decisivo en su naturaleza dram&aacute;tica. A semejanza del conjunto de dramas hist&oacute;ricos de Shakespeare, que forman una unidad desde <i>El rey Juan </i>hasta <i>Enrique VIII, </i>con independencia de su fecha de composici&oacute;n, y, por lo tanto, m&aacute;s en la l&iacute;nea de los episodios de la novela, tal como Bakhtin lo destac&oacute; en reflexiones de orden sincr&oacute;nico en las que rastre&oacute; el origen de la novela en el di&aacute;logo plat&oacute;nico, el conjunto de los di&aacute;logos de Plat&oacute;n recoge una acci&oacute;n completa y unitaria, cuyo h&eacute;roe es S&oacute;crates, y que habla de los trabajos de la filosof&iacute;a. El grupo de obras que ofrece la clave decisiva para esta instancia interpretativa est&aacute; constituido por los ocho di&aacute;logos del final de la vida de S&oacute;crates. En una tensi&oacute;n dram&aacute;tica que va increment&aacute;ndose con cada nuevo texto, en los di&aacute;logos <i>Teeteto, Eutifr&oacute;n, Cr&aacute;tilo, sofista, Pol&iacute;tico, apolog&iacute;a, Crit&oacute;n </i>y <i>Fed&oacute;n </i>no s&oacute;lo se recogen los acontecimientos de los &uacute;ltimos d&iacute;as y horas de S&oacute;crates, sino que tambi&eacute;n, y esto es lo fundamental, se construyen los dos juicios a que S&oacute;crates es sometido en este periodo conclusivo de su vida, el juicio pol&iacute;tico, que desembocar&aacute; en su muerte, y el juicio filos&oacute;fico, asociado con el anterior y que, de alg&uacute;n modo, lo justifica. Ante ambos, S&oacute;crates montar&aacute; una defensa, diferenciada, pero &uacute;nica, pues se identifica con su comprensi&oacute;n &uacute;ltima de la filosof&iacute;a. Esta octolog&iacute;a del final de la vida de S&oacute;crates permite entender que los di&aacute;logos en su conjunto no se presentan de un modo aislado o independiente unos de otros sino en relaciones dram&aacute;ticas articuladas que permiten discernir su unidad. Seg&uacute;n el recuento de Zuckert, que se basa a su vez en el trabajo decimon&oacute;nico de Munk respaldado tambi&eacute;n por Vidal-Naquet, la serie dram&aacute;tica de los di&aacute;logos se inicia con el joven S&oacute;crates en su encuentro con el viejo Parm&eacute;nides, en el di&aacute;logo del mismo nombre, y avanza con unos primeros di&aacute;logos donde S&oacute;crates, ya ilustrado por la sacerdotiza Diotima, adelanta con sus contempor&aacute;neos indagaciones sobre lo noble y lo bueno, en <i>Prot&aacute;goras, Alcib&iacute;ades, C&aacute;rmides, Laques, Hipias mayor </i>e <i>Hipias menor. </i>El momento determinante de la vida filos&oacute;fica de S&oacute;crates hab&iacute;a comenzado con la experiencia amorosa que se encuentra en el <i>Banquete </i>y la nueva comprensi&oacute;n que desde ella gana de la tarea de la filosof&iacute;a, inseparable en lo sucesivo de este compromiso er&oacute;tico. En el <i>Fedro </i>el eros lleva a S&oacute;crates a hablar como poeta, en una lid que alcanzar&aacute; su culmen en la <i>Rep&uacute;blica. </i>Desde aqu&iacute; puede explorarse en qu&eacute; consiste el bien humano en el <i>Filebo. </i>Con el <i>Timeo </i>este proyecto, en el que S&oacute;crates ha sido la figura central, recibe desde el pitagorismo su primer reto de importancia, del que quiz&aacute;s sale fortalecido para adelantar la pr&aacute;ctica filos&oacute;fica que se halla en <i>Eutidemo, Lisis, Gorgias </i>y <i>Men&oacute;n. </i>Despu&eacute;s viene la octolog&iacute;a final de la que ya se habl&oacute;, donde primero se exploran los l&iacute;mites de la inteligencia humana, en <i>Teeteto, Euti&iacute;r&oacute;n </i>y <i>Cr&aacute;tilo, </i>para despu&eacute;s montarse la acusaci&oacute;n filos&oacute;fica m&aacute;s fuerte en labios del Extranjero El&eacute;ata en el <i>Sofista </i>y el <i>Pol&iacute;tico, </i>que se resuelve en el juicio pol&iacute;tico-filos&oacute;fico de la <i>Apolog&iacute;a, Grit&oacute;n </i>y <i>Fed&oacute;n. </i>El <i>Men&eacute;xeno </i>se ofrece como una oraci&oacute;n funeraria. En este contexto el di&aacute;logo <i>Las leyes </i>ocupa un lugar especial, puesto que por forma y contenido cabe entenderlo, desde el pensamiento de los presocr&aacute;ticos e ideas pol&iacute;ticas arcaicas, como una gran preparaci&oacute;n para la entrada en escena de S&oacute;crates. Valga destacar que el orden as&iacute; establecido para el conjunto de los di&aacute;logos, con la salvedad de <i>Las leyes, </i>se adecua al esquema pedimental que se reconoc&iacute;a en cada uno de ellos. En este sentido, los grupos de di&aacute;logos iniciales y finales ocupan un espacio menor, tanto textual como tem&aacute;ticamente, que los importantes di&aacute;logos centrales. Esto no significa ni para el conjunto, ni para cada uno de los di&aacute;logos, que la acci&oacute;n dram&aacute;tica no vaya ganando en tensi&oacute;n y que no se resuelva en el final, pero es caracter&iacute;stico de este esquema de composici&oacute;n la coexistencia de una arquitect&oacute;nica de las partes con una linealidad cronol&oacute;gica de la acci&oacute;n dram&aacute;tica.</p>     <p>Dentro de la perspectiva as&iacute; esbozada, la aparici&oacute;n de interlocutores principales diferentes de S&oacute;crates se entiende como un recurso esencial que sirve para poner en cuesti&oacute;n el proyecto socr&aacute;tico de la filosof&iacute;a tal como lo presenta Plat&oacute;n. Quiz&aacute;s no haya obras m&aacute;s adecuadas para entender la extraordinaria complejidad de la escritura plat&oacute;nica que estos di&aacute;logos donde S&oacute;crates, por un motivo u otro, calla. Antes de dilucidar este asunto y para entenderlo en toda su dimensi&oacute;n, conviene hacer referencia a un aspecto del modo plat&oacute;nico de composici&oacute;n que todav&iacute;a no se ha tratado. En el proyecto plat&oacute;nico en general, pero tambi&eacute;n en cada uno de los di&aacute;logos, e incluso en pasajes particulares, es conspicua la coexistencia de los momentos de seriedad con los momentos de juego. Ya la mera superposici&oacute;n de estos dos aspectos puede considerarse como algo serio y como algo divertido a la vez, con lo que se satisfacen aquellos criterios de la autorreferencialidad y de la realizaci&oacute;n de aquello que se dice. El g&eacute;nero de los di&aacute;logos plat&oacute;nicos participa tanto de la tragedia como de la comedia. El destino &uacute;ltimo de S&oacute;crates es tr&aacute;gico, pero &eacute;l mismo no es un personaje de la tragedia; con un fino toque de iron&iacute;a desestima considerarse como tal: "Pero a m&iacute; ahora ya me llama, dir&iacute;a un actor tr&aacute;gico, el destino" <i>(Fed&oacute;n, </i>115a), exclama al terminar su &uacute;ltimo discurso, poco antes de beber la cicuta. Hasta el final tiene gestos de distensi&oacute;n, de humor, en medio de la situaci&oacute;n de condena a la pena capital. Incluso sus &uacute;ltimas palabras, despu&eacute;s de haber exhortado a sus amigos a un silencio ritual, tienen tanto de seriedad como de broma: "Crit&oacute;n, le debemos un gallo a Asclepio. As&iacute; que p&aacute;gaselo y no lo descuides" <i>(Fed&oacute;n, </i>118a). Asclepio, como se sabe, era el dios de la salud, pero la inmediata muerte del fil&oacute;sofo nos impide saber si tras el gesto piadoso se esconde una referencia a la salud imperecedera del alma, conjugado todo ello con la condici&oacute;n de la que ya ni siquiera el dios de la medicina puede salvarlo y a quien, sin embargo, se le adeuda un sacrificio. Una nota estructural de los di&aacute;logos es su desarrollo sobre este doble registro de seriedad y de juego. Algunos interlocutores de S&oacute;crates lo caracterizan as&iacute;: "Aqu&iacute; est&aacute; S&oacute;crates con su acostumbrada iron&iacute;a" <i>(Rep&uacute;blica, </i>337a), lo que indica que es una nota propia del fil&oacute;sofo que sus contempor&aacute;neos reconocen en &eacute;l. En este sentido se habla de la 'iron&iacute;a socr&aacute;tica' como de aquella actitud de sobrevaloraci&oacute;n y de infravaloraci&oacute;n de los propios argumentos y de los de sus interlocutores. Pero el autor Plat&oacute;n, bajo la guisa de seriedad, tambi&eacute;n juega con su lector. No son pocos los int&eacute;rpretes que han huido espantados de las p&aacute;ginas del Ateniense porque situaciones, personajes, historias o argumentos les han parecido incre&iacute;bles, absurdos, humillantes, piadosos, sof&iacute;sticos. El lector de Plat&oacute;n tiene que estar dispuesto en cada caso a pensar si por ventura una determinada p&aacute;gina o l&iacute;nea no se ha escrito por &eacute;l como lector, m&aacute;s que por los personajes del di&aacute;logo. Como ya se mencion&oacute;, el di&aacute;logo transcurre no s&oacute;lo en la dimensi&oacute;n horizontal de los personajes entre s&iacute; sino tambi&eacute;n, y quiz&aacute;s sobre todo, en la dimensi&oacute;n vertical del lector con el conjunto del di&aacute;logo, si se quiere, del lector con el autor. En correspondencia con lo anterior, el conjunto de recursos por los que el autor busca conmover la entrega inmediata del lector se denomina 'iron&iacute;a plat&oacute;nica'.</p>     <p>Pues bien, en este contexto conviene examinar una tercera dimensi&oacute;n en la que se despliega la correlaci&oacute;n entre lo serio y lo gracioso. Ello ocurre, por supuesto, en aquellas situaciones en las que S&oacute;crates no es el interlocutor principal. Puede considerarse como paradigm&aacute;tico el caso del di&aacute;logo el <i>sofista. </i>Aqu&iacute; la interlocuci&oacute;n central tiene lugar entre el Extranjero El&eacute;ata y el joven matem&aacute;tico Teeteto. Despu&eacute;s de varias argucias que los comentaristas suelen denominar 'dial&eacute;cticas', pero que tienen que ver m&aacute;s con procedimientos de divisi&oacute;n, y tras haber examinado el poder del sofista como constructor de im&aacute;genes, lo que conduce a una importante indagaci&oacute;n sobre el ser y el no-ser, que lleva aparejada la propuesta de los cinco g&eacute;neros supremos de movimiento y reposo, de identidad y diferencia, y de ser, el resultado de este di&aacute;logo, donde se busca atrapar al sofista, parece ser que el sofista &iexcl;es nadie menos que S&oacute;crates! Dado su lugar en la octolog&iacute;a final, de suyo este resultado no tendr&iacute;a que causar mucha sorpresa, pues el di&aacute;logo elabora la construcci&oacute;n filos&oacute;fica de una de las principales acusaciones pol&iacute;ticas que hubo de enfrentar S&oacute;crates, a saber, que &eacute;l era un sofista que pervert&iacute;a a los j&oacute;venes. La dificultad no se encuentra all&iacute;. La cuesti&oacute;n es que el di&aacute;logo el <i>sofista </i>se ha considerado siempre como una de las obras centrales de Plat&oacute;n en lo que tiene que ver con la reflexi&oacute;n ontol&oacute;gica. Ahora bien, y en esta encrucijada se impone obrar con la mayor precisi&oacute;n, el hecho de que el resultado del di&aacute;logo sea inaceptable desde la perspectiva socr&aacute;tica no quiere decir que todos los medios por los cuales se ha llegado a este resultado sean igualmente inaceptables. Esta situaci&oacute;n parad&oacute;jica ocurre en raz&oacute;n de que la construcci&oacute;n de la acusaci&oacute;n filos&oacute;fica contra S&oacute;crates se da en el seno y con los recursos de un di&aacute;logo plat&oacute;nico. As&iacute; el resultado sea inadmisible, el di&aacute;logo mismo manifiesta tal potencia de comunicaci&oacute;n <i>(sofista, </i>254c), que sus resultados particulares no pueden desestimarse sin m&aacute;s como inaceptables. Aqu&iacute; es el propio Plat&oacute;n el que se mira a s&iacute; mismo con una sonrisa. Esta dimensi&oacute;n de la iron&iacute;a podr&iacute;a llamarse 'meta-plat&oacute;nica'. La consideraci&oacute;n de lo que ocurre en el di&aacute;logo el <i>sofista </i>sirve, a la vez, para precisar los l&iacute;mites del di&aacute;logo plat&oacute;nico. En efecto, el di&aacute;logo no es un instrumento bueno o apropiado por s&iacute; mismo. En las manos inadecuadas, puede producir resultados inaceptables o indeseables. Pero incluso en estos casos logra generar un acervo de productos interesantes y &uacute;tiles. Ello significa que un di&aacute;logo no puede recibir una interpretaci&oacute;n ajustada por fuera del conjunto de los otros di&aacute;logos. Es la totalidad de los di&aacute;logos la que ofrece el cuadro completo que permite la comprensi&oacute;n de cada uno de ellos. Valga decir, empero, que dicha totalidad ha de construirse desde la reflexi&oacute;n sobre di&aacute;logos particulares. La iron&iacute;a, pues, entendida en el sentido general expuesto, permite discernir las tres dimensiones que configuran el espacio del pensamiento plat&oacute;nico: la dimensi&oacute;n horizontal, en que discurren los intercambios dram&aacute;ticos de S&oacute;crates con sus interlocutores; la dimensi&oacute;n vertical, en que discurren los intercambios interpretativos del lector con el autor; y la dimensi&oacute;n de profundidad, en que discurren los intercambios reflexivos del autor consigo mismo.</p>     <p>El espacio as&iacute; determinado no es, sin embargo, uniforme, pues en &eacute;l surgen agujeros creados por la presencia del elemento m&iacute;tico en los di&aacute;logos de Plat&oacute;n. Se trata de uno de los aspectos m&aacute;s desconcertantes para el int&eacute;rprete contempor&aacute;neo de la obra plat&oacute;nica, as&iacute; sea tan s&oacute;lo por el orden de la relaci&oacute;n con el resto del discurso. En efecto, y contra las expectativas modernas, el recurso al mito se ofrece como un apoyo que ilustra la argumentaci&oacute;n. Plat&oacute;n tiene cuidado en no presentar los mitos en boca de S&oacute;crates, no al menos como algo suyo o mientras se encuentra en estado de lucidez. Lo cierto es que los mitos, algunos adaptados, otros inventados, potencian las posibilidades interpretativas de los di&aacute;logos, y se constituyen como un recurso que no se deja controlar por la raz&oacute;n. En varios pasajes Plat&oacute;n indica que "todo discurso debe estar compuesto como un organismo vivo" <i>(Fedro, </i>264c), en el sentido de disponerse seg&uacute;n miembros diferenciados y estructurados, pero, en el contexto del relato m&iacute;tico, relaciona el car&aacute;cter de ser vivo con el discurso pronunciado <i>(Pol&iacute;tico, </i>277b-c), y ya no con su estructura. Es como si gracias a las innumerables posibilidades que le ofrece el mito, el texto pudiese respirar, tuviese esp&iacute;ritu, y no se ahogase as&iacute; dentro de los l&iacute;mites argumentativos. Por la magistral capacidad de asociar ambos tipos de discurso, el racional y el m&iacute;tico, y en la genialidad de este &uacute;ltimo, se ha podido juzgar a Plat&oacute;n como un artista de primer orden. En este sentido, ha sido objeto de larga e intensa discusi&oacute;n la posici&oacute;n que el Ateniense adopta respecto de la poes&iacute;a, que parece criticar con acritud, al tiempo que sus propias palabras expresan su pasi&oacute;n po&eacute;tica. Aunque sean legi&oacute;n los fil&oacute;sofos que han recurrido al g&eacute;nero del di&aacute;logo, ninguno, por cierto, se acerca a la perfecci&oacute;n art&iacute;stica que Plat&oacute;n manifiesta en su obra, entre otras razones porque despu&eacute;s de &eacute;l la filosof&iacute;a ha sido pudorosa en exceso, mojigata, a la hora de expresarse bajo la forma del mito, de modo que se articule con el juego de los argumentos.</p>     <p>Cuando Plat&oacute;n ofrece el di&aacute;logo como la forma privilegiada para la tarea de la filosof&iacute;a, en esa decisi&oacute;n entran en juego numerosos recursos cuya conjunci&oacute;n se identifica sin m&aacute;s con la filosof&iacute;a misma. Dentro de esa configuraci&oacute;n hay aspectos formales, decisivos, que, sin embargo, son propios de Plat&oacute;n e irrepetibles, y que constituyen un horizonte ideal del ejercicio filos&oacute;fico, como son la exclusividad de la forma del di&aacute;logo en Plat&oacute;n, su independencia de referencias al autor, la perfecci&oacute;n de su ejecuci&oacute;n desde el nivel de detalle hasta la totalidad del conjunto, incluida su estructura, e incluso, y relacionado con esto &uacute;ltimo, la interrelaci&oacute;n dram&aacute;tica entre cada uno de los di&aacute;logos y su agrupaci&oacute;n completa. El estudio de los di&aacute;logos ense&ntilde;a, empero, otros aspectos del acto filos&oacute;fico que le son inherentes como tal, cuales son la determinaci&oacute;n de la obra como su propio criterio de interpretaci&oacute;n y la figura del di&aacute;logo como modelo hermen&eacute;utico privilegiado, desde el cual se reconoce la necesaria correspondencia de la dimensi&oacute;n horizontal de lo que ocurre dentro de la obra con la dimensi&oacute;n vertical de lo que ocurre entre el lector y la obra. Esta &uacute;ltima nota manifiesta un compromiso que no es propio de Plat&oacute;n, pero que est&aacute; al alcance s&oacute;lo de los grandes creadores, como es la exacta correspondencia entre forma y contenido, gracias a la cual puede darse en la acci&oacute;n el cumplimiento de lo indagado en el discurso. Tambi&eacute;n es esencial para la obra filos&oacute;fica la constituci&oacute;n de instancias tanto reflexivas como cr&iacute;ticas, que, como se vio, en el <i>corpus </i>plat&oacute;nico se logra, por una parte, gracias a la distinci&oacute;n entre di&aacute;logos actuados y di&aacute;logos narrados y, por otra, mediante los desplazamientos del interlocutor principal de S&oacute;crates hacia otros fil&oacute;sofos. Dentro de esta recapitulaci&oacute;n, ordenada, pero no axiom&aacute;tica, hay que mencionar la interacci&oacute;n entre la seriedad y el juego, ella misma seria y graciosa, mediante la cual el autor crea espacios de distanciamiento al interior mismo del di&aacute;logo, entre el di&aacute;logo y el lector, e incluso respecto de s&iacute; mismo, lo que le permite evitar que los interlocutores, el lector y hasta el mismo autor caigan en la trampa de la identidad absoluta. Por &uacute;ltimo, la presencia del elemento m&iacute;tico se&ntilde;ala a recursos que escapan del control de la t&eacute;cnica interpretativa y que en su desbordamiento ofrecen infinitas posibilidades de leer y de asumir la obra filos&oacute;fica. Queda por mencionar el lugar que S&oacute;crates ocupa dentro de la comprensi&oacute;n de la filosof&iacute;a que se encuentra en los di&aacute;logos plat&oacute;nicos. Plat&oacute;n compone el conjunto de los di&aacute;logos y cada uno en particular para exaltar a S&oacute;crates como la figura heroica de la filosof&iacute;a. En su pensamiento, este modelo es perdurable y se identifica con la filosof&iacute;a misma, pero con el paso de los siglos el personaje que lo inspir&oacute; se fue desvaneciendo y, en su lugar, el creador del modelo pas&oacute; a ocupar el sitial que una vez S&oacute;crates tuviera para &eacute;l. As&iacute;, en un sentido diferente, Plat&oacute;n ha llegado a ser el h&eacute;roe filos&oacute;fico por excelencia, y ello hasta el punto de que puedo aseverar <i>Plat&oacute;n, la filosof&iacute;a.</i></p>  </font>      ]]></body>
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