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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La mística como experiencia analógica del ser]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[From a pragmatic perspective it is accepted the impossibility of "knowledge of the truth", of being, but argues that such knowledge is not necessary to propose the eve of a metaphysics whose starting point is, not knowledge, but our "system of beliefs "which can be object of interpretation. The beliefs do not require verification but an adequate justification, from this, can be established pragmatically their "truth" for human life. The belief in the reality of absolute can explain the science, art, philosophy, as experiences where it is an intent to achieve in analogic way-and only approximately, the unity with the Absolute, the Being. However, the desire for the absolute, following Plato and St. Augustine, is carried out fully in the mystique in which it is empowered and redefined the human life by enabling a more encompassing perspective.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">      <p align="center"><font size="4"><b>La m&iacute;stica como experiencia anal&oacute;gica del ser</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>The mystical and analog experience of being</b></font></p>      <p align="center"><i>Rafael G&oacute;mez Pardo*</i></p>     <p><sup>*</sup> Realiz&oacute; estudios de Licenciatura en Filosof&iacute;a (1990) y Maestr&iacute;a en Filosof&iacute;a Latinoamericana en la Universidad Santo Tom&aacute;s (1992). Ha publicado numerosos ensayos en varias revistas de Filosof&iacute;a como <i>Ideas y Valores </i>(Universidad Nacional), <i>Franciscanum, Cuadernos latinoamericanos de Filosof&iacute;a, N&oacute;madas </i>y <i>Hojas Universitarias</i>. Es coautor del libro <i>Pensamiento ambiental contempor&aacute;neo </i>(2001) y autor del libro <i>La ense&ntilde;anza de la filosof&iacute;a </i>(2007) publicado por la Universidad de San Buenaventura, sede Bogot&aacute;. Ha trabajado como docente en varias universidades de Bogot&aacute;. Contacto: <a href="mailto:r_filosofi@hotmail.com">r_filosofia@hotmail.com</a>.</p>     <p><i>Recibido: 25 de marzo de 2011 Aceptado: 24 de septiembre de 2011</i></p>   <hr>     <p><font size="3"><b>Resumen</b></font></p>      <p>Desde una perspectiva pragm&aacute;tica se acepta la imposibilidad de un "conocimiento de la verdad", del <i>ser, </i>pero se plantea que tal conocimiento no es necesario para proponer los proleg&oacute;menos de una metaf&iacute;sica cuyo punto de partida sea, no un conocimiento, sino nuestro "sistema de creencias" el cual puede ser objeto de interpretaci&oacute;n. Las creencias no requieren de verificaci&oacute;n sino de una adecuada justificaci&oacute;n; desde esta se puede establecer pragm&aacute;ticamente su "verdad" para la vida humana. La creencia en la realidad de lo absoluto permite explicar la ciencia, el arte, la filosof&iacute;a, como experiencias donde se intenta alcanzar de manera anal&oacute;gica -y solo aproximada- la <i>unidad </i>con lo absoluto, el <i>Ser. </i>Sin embargo, el deseo de lo absoluto, siguiendo a Plat&oacute;n y San Agust&iacute;n, se realiza cabalmente en la m&iacute;stica donde se potencia y resignifica la vida humana, d&aacute;ndole una perspectiva m&aacute;s abarcadora.</p>     <p><b>Palabras clave</b>: Pragmatismo, creencia, absoluto, m&iacute;stica, analog&iacute;a.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Abstract</b></font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>From a pragmatic perspective it is accepted the impossibility of "knowledge of the truth", of being, but argues that such knowledge is not necessary to propose the eve of a metaphysics whose starting point is, not knowledge, but our "system of beliefs "which can be object of interpretation. The beliefs do not require verification but an adequate justification, from this, can be established pragmatically their "truth" for human life. The belief in the reality of absolute can explain the science, art, philosophy, as experiences where it is an intent to achieve in analogic way-and only approximately, the unity with the Absolute, the Being. However, the desire for the absolute, following Plato and St. Augustine, is carried out fully in the mystique in which it is empowered and redefined the human life by enabling a more encompassing perspective.</p>     <p><b>Keywords</b>: Pragmatism, belief, absolute, mystic, analogy.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Introducci&oacute;n: creencias y justificaci&oacute;n</b></font></p>     <p>La metaf&iacute;sica tradicional es la indagaci&oacute;n sobre el ser. La metaf&iacute;sica de Plat&oacute;n toma como punto de partida su descripci&oacute;n del mundo de la caverna con el fin de establecer c&oacute;mo es posible salir de ella y poder atisbar el <i>Eidos, </i>el ser de las cosas. La metaf&iacute;sica moderna indaga sobre el ser a partir del conocer; para ello, si mencionamos el caso de Descartes, el punto de partida supone llevar a cabo una minuciosa investigaci&oacute;n acerca del mundo de los sentidos. La metaf&iacute;sica que aqu&iacute; se postula (sin desarrollarla), sirvi&eacute;ndonos de ella como un marco de referencia, no trata de dar cuenta del ser como una realidad objetiva, que se puede conocer, que existe ya como un hecho determinado. Pragm&aacute;ticamente, aqu&iacute; se trata de dar cuenta del ser en tanto que creencia; es decir, en tanto que el ser se "produce", es algo que creamos, como quien se traza una meta en la vida o como quien inventa un ideal que no solo es realizable sino que es el mejor de todos y puede ser experimentado<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>. Para ello se parte por examinar de manera solo aproximada nuestro "sistema de creencias".</p>     <p>Si no se trata de "conocer el ser", &iquest;cu&aacute;l es entonces el criterio de verdad que orienta las siguientes afirmaciones? No es un criterio basado en verificaciones emp&iacute;ricas, ni en la l&oacute;gica impecable de ciertos argumentos. Se trata de indagar desde cierto pragmatismo acerca de lo que m&aacute;s nos conviene creer respecto al ser<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>. Seg&uacute;n Davidson, la verdad, desde una perspectiva pragm&aacute;tica, es la justificaci&oacute;n adecuada de nuestras creencias<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>. Podemos partir de una hip&oacute;tesis, de una creencia, para luego intentar justificarla. Pero si afirmamos, por el contrario, que las creencias no necesitan justificaci&oacute;n, puesto que son creencias, entonces sobre ellas hay que guardar silencio. Son s&oacute;lo los argumentos los que necesitan justificaci&oacute;n y demostraciones. En este caso, una cosa es creer y otra argumentar, saber. Saber supone poder representarse el mundo o cualquier objeto tal y como es, o como parece ser (fen&oacute;meno). Creer, por su parte, es la &uacute;nica posibilidad que nos queda cuando no podemos conocer. Ambas posiciones son extremas, y por ello, insuficientes. No podemos conocerlo todo pero tampoco podemos pretender que desconocemos todo. Hay, por otra parte, asuntos que necesitan ser no solamente cre&iacute;dos, sino a la vez, conocidos en parte. Y hay asuntos en los que no podemos creer, pero que son veros&iacute;miles, es decir, nos ofrecen la sensaci&oacute;n de ser reales aunque sabemos que no lo son. Hay cosas en las que debemos creer y no conocer como se conoce en la ciencia; pero podemos, gracias a la hermen&eacute;utica, tener de ellas un entendimiento. Tener un entendimiento de algo es verse implicado personalmente en ese entendimiento que afecta mi visi&oacute;n de la vida y mi actuar en el mundo. Tener un conocimiento de algo, por el contrario, al ser este algo un "objeto", no necesariamente afecta mis emociones y la manera como asumo subjetivamente la vida y mi relaci&oacute;n con los dem&aacute;s.</p>     <p>Quiz&aacute;s la metaf&iacute;sica parte de una creencia espec&iacute;fica y esta es su posibilidad. Es decir: para poder hacer metaf&iacute;sica necesitamos creer en ella. Para negar la validez de esta tarea, necesitamos, de igual modo, no creer en ella. Si no hay un modo en que el mundo es y no hay un modo en que pueda ser fielmente representado, s&iacute; hay un punto de partida que me puede mostrar un mundo de cuyo entendimiento (no conocimiento) se derivan consecuencias. Deseo proponer que ese punto de partida es nuestro "sistema de creencias"<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>. Las creencias son nuestra <i>filosof&iacute;a primera, </i>son nuestro <i>ethos. </i>Pero, &iquest;c&oacute;mo establecer la "verdad" de unas creencias? Y, &iquest;por qu&eacute; o para qu&eacute; establecer&iacute;amos la "verdad" de unas creencias? Desde el sentido com&uacute;n la creencia es creencia porque y s&oacute;lo porque corresponde a aquello cuya verdad no podemos establecer o conocer. Seg&uacute;n ello creemos porque no sabemos qu&eacute; es la verdad. Se olvida que la verdad metaf&iacute;sica no tiene nada que ver con el conocimiento o con el no-conocimiento. Pragm&aacute;ticamente, podemos dilucidar la necesidad de una verdad o su conveniencia, y por ende, la necesidad de una creencia. Puesto que no podemos conocer lo fundamental, podemos, sin embargo, dilucidar el entendimiento acerca de una creencia sobre lo fundamental, que es el asunto que aqu&iacute; se propone como propio de la metaf&iacute;sica. Y, a la vez, establecer cu&aacute;les son las consecuencias pragm&aacute;ticas o pr&aacute;cticas (no solo utilitaristas) de tal creencia. Si un hombre cree en Dios, por ejemplo, de esa determinada creencia en Dios se pueden derivar siempre consecuencias pr&aacute;cticas, aunque es claro que no todas las creencias en Dios son id&eacute;nticas ni son equivalentes (o deseables) en sus consecuencias pr&aacute;cticas.</p>     <p>De toda creencia se derivan consecuencias pr&aacute;cticas, y especialmente, del entendimiento que se tiene de tal creencia. Puesto que un asesino<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup>, que tambi&eacute;n es un hombre, puede afirmar que cree en Dios o en un dios (como &eacute;l lo entiende) podemos decir que puede tener un entendimiento errado de su creencia en Dios, creencia que, en s&iacute; misma, puede ser considerada verdadera. Tambi&eacute;n de la "no creencia" en Dios se pueden derivar consecuencias pr&aacute;cticas importantes dependiendo de c&oacute;mo esa "no creencia" se conciba a s&iacute; misma. &iquest;Pueden existir creencias que no tienen consecuencias pr&aacute;cticas que corresponden a ellas? Por supuesto que s&iacute;. Un hombre puede afirmar que algo es bueno, pero no lo hace. Se peca por omisi&oacute;n o incluso se act&uacute;a en contra de esa creencia, con lo cual se experimenta la culpa. Se puede cometer errores porque esa fe verdadera es algo que se profesa como una convicci&oacute;n intelectual, como un "conocimiento", en el cual "creemos", como cuando decimos: "yo creo que existen extraterres-tres". Creo en ello, pero eso no me afecta realmente como persona en mi relaci&oacute;n con los dem&aacute;s y con el mundo. Tal creencia no proviene de una conversi&oacute;n de coraz&oacute;n y no ha transformado mi voluntad hacia la caridad y no se expresa correctamente en el actuar<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup>. &iquest;C&oacute;mo puede una "fe verdadera" no impedir que quien la profese obre mal? Porque se ha olvidado de ella, porque ha "ca&iacute;do" o porque no se vive en ella (es lo mismo). Pragm&aacute;ticamente una fe es verdadera, no porque con ella (con solo afirmar que se cree en el se&ntilde;or Jesucristo como salvador, por ejemplo), se pueda alguien salvar, sino por las obras. Y la primera obra de la que esa fe puede dar testimonio de su verdad es aquello en lo que ella se ha convertido. Desde una perspectiva cristiana, el valor de todas las dem&aacute;s obras tiene su fundamento en esta y no al contrario.</p>     <p>Desde un criterio pragm&aacute;tico, la pregunta no es si Dios existe (y c&oacute;mo podemos conocer su existencia, si primero debo creer o no para conocerlo), sino si puedes creer en un Dios y si tal creencia puede edificar la vida humana; en otras palabras, si se es lo suficientemente generoso como para "hacer que exista en el coraz&oacute;n humano un Dios de amor" y tal creencia pueda conducir, mediante una conversi&oacute;n (que implica un entendimiento adecuado de tal creencia), la existencia en un sentido ideal, es decir, en un sentido edificante, provechoso para el que cree y para los dem&aacute;s<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>, dejando a un lado el asunto de "su conocimiento" como algo relevante. Despu&eacute;s de todo, si Dios existe, pero no se cree en &Eacute;l, es como si no existiera; y si no existe, pero se cree en &Eacute;l, es como si <i>existiera.</i></p>     <p>Pragm&aacute;ticamente podemos "verificar algo" (verificar c&oacute;mo corroborar la necesidad de tal creencia) en la medida en que partimos de una creencia que muestra, en primer lugar, que de ella se derivan consecuencias y, en segundo lugar, que tales consecuencias son deseables. No se trata de limitar nuestras creencias desde un canon de conocimiento, como hacen los fil&oacute;sofos modernos, sino de potenciarlas y establecer mejores condiciones de posibilidad para la experiencia humana, que incluyan todo lo que la dignifique: la ciencia, la est&eacute;tica, la &eacute;tica y la pol&iacute;tica, la literatura y, porqu&eacute; no, lo religioso. La mejor de todas las creencias no es s&oacute;lo aquella que es m&aacute;s bella y buena sino que, adem&aacute;s, puede ser realizada (al menos en parte), y cuyos resultados pueden ser deseables para la mayor&iacute;a de los hombres. Seg&uacute;n Leibniz el mejor de los mundos posible no es el mejor de los mundos. No deseamos el mal y, sin embargo, para este autor, es necesaria la existencia del mal en el mundo si deseamos creer en la libertad<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>. Un mundo sin mal supone la no existencia de la libertad, y este es, parad&oacute;jicamente, un mundo que pocos deseamos. Por ello debemos desear lo mejor dentro de lo posible. Ahora bien: afirmar que no existe algo que por todos es deseable es una creencia tan leg&iacute;tima como afirmar que s&iacute; existe. Establecer su verdad como algo referido a un objeto representable est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de nuestro alcance. Sin embargo, "imaginar" su verdad, "producir" su verdad, creer en la necesidad de tal verdad, es algo que est&aacute; a nuestro alcance. La imaginaci&oacute;n es una fuente de "conocimiento" (o mejor, de entendimiento), y permite ser regulada por lo viable y lo deseable y este es el &aacute;mbito del <i>ser </i>(y de los ideales), propio de la metaf&iacute;sica<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>.</p>     <p><font size="3"><b>1. El deseo de lo contingente y el deseo de lo absoluto</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Una vez aclarado el criterio pragm&aacute;tico de verdad nos interesa indagar, dilucidar, de qu&eacute; sistema de creencias se pueden obtener las mejores consecuencias para la vida humana, pues no hay un conocimiento de lo absoluto, pero siempre hay una creencia (sea la que fuere) y un entendimiento (una imagen, un s&iacute;mbolo de &eacute;l, una analog&iacute;a), y con ello nos basta. Necesito de la mejor de todas las creencias posibles, la de lo absoluto, la de lo cumplido en s&iacute; mismo, la de lo deseable por s&iacute; mismo y, a la vez, necesito que esa creencia sea viable, que pueda ser entendida apropiadamente (no como conoce la ciencia). Inspirado en tal creencia y con un entendimiento adecuado de ella, mi acci&oacute;n pr&aacute;ctica queda comprometida. Si es una creencia en lo mejor y, en lo posible, es una creencia deseable y, por ende, "verdadera".</p>     <p>El sistema de creencias en el que vivimos est&aacute; indisolublemente vinculado a todo aquello que es deseable, que puede ser alcanzado y, por tanto, tiende a una finalidad. Tanto Plat&oacute;n como Arist&oacute;teles consideran que toda acci&oacute;n humana tiende a una finalidad. El acto de alimentarse tiende a la conservaci&oacute;n de la vida biol&oacute;gica, por ejemplo. Pero para estos fil&oacute;sofos la finalidad de los actos no es algo que se encuentra en la estructura de la subjetividad, no es algo subjetivo; se encuentra en la estructura de toda acci&oacute;n humana y en el principio mismo de la vida. La vida es reproducci&oacute;n, es deseo de ser m&aacute;s vida o de perseverar en el ser<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup> y la vida humana es espec&iacute;ficamente reproducci&oacute;n de la vida racional y espiritual, desde la cual, la salud y la riqueza material son un medio. De tal manera que, a diferencia del animal, en el hombre lo biol&oacute;gico es un medio para la vida espiritual. Toda acci&oacute;n humana es teleol&oacute;gica y relacional. A su manera esto ya lo hab&iacute;a afirmado Plat&oacute;n.</p>     <p>Este sentido teleol&oacute;gico es tanto &eacute;tico como pol&iacute;tico. La acci&oacute;n no es gratuidad absoluta. No se considera lo contingente como el nuevo absoluto ni como un seudo arquetipo inmanente del sin sentido. De la gratuidad absoluta es muy dif&iacute;cil derivar consecuencias deseables. Si la vida es una pasi&oacute;n in&uacute;til, &iquest;porqu&eacute; no ser inmoral? No podemos absolutizar lo contingente sin caer en el absurdo y estar amenazado por el "todo vale". Por lo dem&aacute;s, si hemos de absolutizar algo, &iquest;porqu&eacute; no absolutizar aquello que puede ser lo <i>absoluto </i>de manera adecuada? Al absolutizar lo contingente, coloc&aacute;ndolo como absoluto y no como lo que es, s&oacute;lo podemos derivar consecuencias "nihilistas"<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>. &iquest;Por qu&eacute; habr&iacute;amos de creer que es m&aacute;s bella y deseable una vida que no reconoce una finalidad que la trasciende, como sucede con los animales? &iquest;No es m&aacute;s bello morir como S&oacute;crates, rodeado de amigos, sin saber qu&eacute; habr&aacute; despu&eacute;s de la muerte, pero con esperanza? De cualquier modo, lo que est&aacute; en cuesti&oacute;n no es el conocimiento adecuado del objeto de la metaf&iacute;sica (y de la m&iacute;stica), sino la creencia que me puede hacer m&aacute;s feliz y, sobre todo, m&aacute;s libre, no s&oacute;lo a m&iacute; sino a los dem&aacute;s (la creencia que al compartirla puede hacernos libres), y cuyo valor de verdad est&aacute; en lo deseable de sus consecuencias. Desde una perspectiva <i>voluntarista</i>,<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup> se trata de un movimiento de la voluntad. Esta puede ir m&aacute;s all&aacute; de lo que desea de ordinario, y partir de la creencia de que existe algo m&aacute;s profundo en lo inmediato, que no se confunde con lo inmediato.</p>     <p>Si todo deseo es el deseo de alcanzar de manera mediata la <i>unidad </i>con lo absoluto y, equ&iacute;vocamente, el deseo de algo inmediato, entonces, tal deseo, dirigi&eacute;ndose exclusivamente a lo inmediato, va a quedar no solo atrapado en ello, sino "frustrado"; pero dirigi&eacute;ndose de manera adecuada (no definitiva) a aquello desde lo cual ese deseo puede ser "correspondido" (por ejemplo, en la m&iacute;stica) puede no tan solo llegar a una satisfacci&oacute;n, sino a alcanzar el referente que le corresponde (seg&uacute;n la &iacute;ndole del deseo), incluso dando sentido y plenitud al deseo por lo contingente. Demos un ejemplo. Es diferente el hombre que trabaja por su hijos, guiado por el deseo de no morir y la necesidad de encontrar o ver en ellos el s&iacute;mbolo de su perpetuidad, al hombre que ve en sus hijos una oportunidad para servir a Dios. Este puede creer que Dios lo ha colocado en esa situaci&oacute;n (que no se opone a sus deseos, sino los puede realizar) para aprender algo de ella y poder realizar aquello que se le ha dado realizar como parte de su felicidad. Sin entrar a profundizar en este ejemplo que puede dar lugar a muchas interpretaciones, solo quiero hacer ver que en cada caso la creencia que opera (respecto a ser padre de familia) es diferente y, como es de esperarse, puede tener consecuencias diferentes, no solo en lo que hace efectivamente el padre con sus hijos sino en el valor de lo que hace; en el segundo caso, el referente "Dios" no tiene que ser algo conocido. Puede incluso escapar a toda identificaci&oacute;n, no es una cosa, no es tampoco el concepto dios. Es una <i>experiencia </i>que los m&iacute;sticos coinciden en considerar inefable y en la que alguien puede creer sin tener mucho conocimiento. Aun as&iacute;, tiene el poder de inspirar la vida y otorgar esperanza. El "deseo de lo absoluto"<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup> no alcanza nunca una satisfacci&oacute;n, como se persigue, por ejemplo, con el deseo de poder conseguir un auto, un vestido, una casa. Estas "satisfacciones" suelen desaparecer una vez que se vuelve costumbre la posesi&oacute;n de tal objeto y comienza, por ejemplo, la preocupaci&oacute;n por conservarlo en buen estado o el deseo de adquirir uno mejor<sup><a name="nu14"></a><a href="#num14">14</a></sup>. A cada instante se desea otra cosa; lo que se obtiene ya no se quiere y se a&ntilde;ora lo que no se tiene. Esto no es solo algo negativo de los deseos, sino, adem&aacute;s, algo "positivo": su no consumaci&oacute;n es el est&iacute;mulo a su constante "expresividad", a su progreso, y al hecho de que permanezca vivo, insaciable. Es su <i>a priori. </i>El que no lo podamos satisfacer no nos condena a vivir insatisfechos. Nos condena a seguir deseando. Muchos comenzaron comprando una casa y luego no se pudieron detener. Buscan la satisfacci&oacute;n de "lograrlo", el momento en que la acci&oacute;n y el ideal del deseo proyectado concuerdan por un instante de "satisfacci&oacute;n personal", antes de perderse para siempre, incorpor&aacute;ndose a la costumbre, a lo que ya poseen. Como afirma Blondel: "no parece sino que uno se llena para estar m&aacute;s vac&iacute;o"<sup><a name="nu15"></a><a href="#num15">15</a></sup>.</p>     <p>Aparentemente el deseo por lo absoluto se opone al deseo por lo contingente. Ello es as&iacute; solo en algunos casos en los que hay que abandonar algo que ya no se necesita o que se valor&oacute; demasiado en alguna &eacute;poca. Demos un ejemplo. Algunos religiosos optan por la pobreza como un valor de vida, y renuncian a la posesi&oacute;n de ciertas riquezas materiales, para as&iacute; servir mejor a Dios. Pero ello es as&iacute; en el caso de ellos, no en el caso de todos los hombres. La pobreza puede convertirse en un valor, pero eso no quiere decir que la riqueza no lo sea o no lo pueda ser. Ni la riqueza ni la pobreza son valores absolutos. Absolutizar lo contingente, o mejor, buscar en lo contingente lo absoluto, considerarlo como algo absoluto, como un valor en s&iacute;, es peligroso. De esta manera el hombre reduce su &aacute;mbito de acci&oacute;n, su capacidad de valorar y de proyectar su existencia singular, a unos l&iacute;mites muy reducidos y precarios, a un c&oacute;digo moral. Esos l&iacute;mites tienen por fuerza que causarle dolor y frustraci&oacute;n cuando se pretende que todos los hombres realicen los mismos valores, las mismas tareas (ser padre, por ejemplo) pues todos los hombres son, aunque iguales en tanto que humanos, diferentes en su manera de serlo. Pero cuando se disocia lo absoluto de lo contingente, sin "oponer" el uno al otro, se est&aacute; preparado para una experiencia m&aacute;s abarcadora, m&aacute;s libre y plena, m&aacute;s rica; la pobreza en algunos casos puede devenir en un aut&eacute;ntico valor de vida y en otros contextos hay que combatirla. De esta manera se alcanza un referente m&aacute;s adecuado de lo absoluto y de lo contingente. El referente de lo absoluto no es posible sin la creencia en <i>algo </i>que es deseable y supera lo contingente. Al buscarlo no por ello se abandona todo lo contingente y sus necesidades propias (la necesidad de alimento y un techo donde vivir, por ejemplo); se lo puede reubicar ahora desde una "visi&oacute;n" donde se los concibe como medios.</p>     <p>En este sentido, podemos creer que todo deseo es entonces el aprendizaje anal&oacute;gico por medio del cual llegamos alg&uacute;n d&iacute;a a desear lo absoluto, despu&eacute;s de muchas metas alcanzadas, de muchos "extrav&iacute;os" y aciertos, donde intentamos confundirlo con lo temporal, con lo contingente... Y es, como dir&iacute;a Plat&oacute;n, la aspiraci&oacute;n en el tiempo a la belleza y a la bondad en s&iacute; misma. Esta tesis no puede ser demostrada sino en la medida en que creemos en ella y nos imaginamos como posible aquello a lo cual se refiere, a partir de s&iacute;mbolos, met&aacute;foras y alegor&iacute;as. No otra cosa hizo Plat&oacute;n en muchos de sus textos fundamentales. No puede ser demostrada a partir de datos sobre lo contingente que lo mismo sirven para negar la tesis o para afirmarla. Las ciencias no tratan las finalidades, sino de sus objetos. La psicolog&iacute;a puede estudiar los deseos, pero no como cualidades existenciales y de sentido, sino como objetos que tienen su mecanismo propio. El sentido existencial y teleol&oacute;gico de los deseos puede ser dilucidado mediante la hermen&eacute;utica. Plat&oacute;n vio en esta tendencia de la acci&oacute;n el deseo amoroso de recobrar la unidad con el origen<sup><a name="nu16"></a><a href="#num16">16</a></sup> perdido en medio del mundo y de las sombras. Lo que hay entre las sombras y las Ideas o arquetipos es un proceso anal&oacute;gico por medio del cual recordamos la Belleza en s&iacute;, a trav&eacute;s de las cosas bellas y contingentes del mundo. Ello implica que no hay "dualismo" en la filosof&iacute;a de Plat&oacute;n. Desde esta interpretaci&oacute;n, para Plat&oacute;n todo lo que existe no es sino un solo plano de realidad, en el cual hay diferentes grados, como los pelda&ntilde;os de una escalera. Pero los primeros pelda&ntilde;os, donde se encuentran las cosas materiales, como una bella escultura, nos recuerdan la Belleza. Seg&uacute;n Plat&oacute;n, del deseo que tiene el amante por la belleza de un cuerpo se llega por rememoraci&oacute;n (por dial&eacute;ctica) y "ascensi&oacute;n" a poseer el deseo divino de la belleza en s&iacute; misma. Lo sublime, que se encuentra, parad&oacute;jicamente, en el alma de un sabio est&aacute; m&aacute;s cerca de la belleza en s&iacute; que la belleza de cualquier objeto o cuerpo visible.</p>     <p>Quien cree que el deseo no se remite por analog&iacute;a a lo absoluto, seguir&aacute; deseando lo contingente como absoluto, como si su deseo se agotara en lo contingente (Rorty). Cuando se "agota en lo contingente" pierde el poder latente de proyectarse m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; mismo, buscando afrontar mayores desaf&iacute;os que los que exige el abandonarse a la contingencia. &iquest;No es esa satisfacci&oacute;n que se agota en lo contingente la muerte del deseo y la muerte de la satisfacci&oacute;n m&aacute;s plena y la m&aacute;s exigente? El deseo como la vida parece decirnos siempre: "quiero m&aacute;s". No s&oacute;lo porque sea insaciable, o porque quiera m&aacute;s..., o por una especie de codicia, sino especialmente porque quiere ser m&aacute;s deseo y m&aacute;s vida m&aacute;s all&aacute; de la muerte y encontrar formas m&aacute;s complejas y elaboradas en donde realizarse, recrearse y, en suma, conocerse. En esas formas el deseo se prueba a s&iacute; mismo, se conoce y se transforma, y con &eacute;l cada uno de nosotros. En este sentido, y siguiendo a Plat&oacute;n, el deseo es nuestra primitiva aspiraci&oacute;n a la eternidad. En principio la eternidad no es una realidad paralela a esta, sino lo profundo de esta realidad. La eternidad se hace patente como un rapto de nuestro esp&iacute;ritu, m&aacute;s all&aacute; del espacio y del tiempo. Como sucede con la lectura de un bello poema, este nos "saca" del tiempo ordinario, nos "rapta", por decirlo as&iacute;, hacia una visi&oacute;n de algo extraordinario en un tiempo y espacio diferente (que llamamos eternidad en la medida en que perdemos durante tal experiencia el sentido de lo temporal) que est&aacute; afuera del tiempo y el espacio ordinario. Nos puede "elevar" a una nueva visi&oacute;n, incluso de nosotros mismos y de la vida, con poder de transformarnos si la experiencia es muy intensa<sup><a name="nu17"></a><a href="#num17">17</a></sup>. De este rapto surgen visiones y emergen aquellas obras humanas (art&iacute;sticas, cient&iacute;ficas, filos&oacute;ficas, etc&eacute;tera) que tienen un "vestigio de <i>eternidad"</i>, pues lo espiritual no es algo est&aacute;tico, sino se hace patente all&iacute; donde es posible un acto de creaci&oacute;n permanente. El esp&iacute;ritu vive a trav&eacute;s de las obras donde el hombre se trasciende a s&iacute; mismo.</p>     <p>Recapitulemos. Tenemos que vivir con creencias respecto a las cuestiones m&aacute;s fundamentales y quiz&aacute;s solo a partir de ellas podemos tener alg&uacute;n entendimiento acerca de estas cuestiones fundamentales. Incluso algunos esc&eacute;pticos tendr&aacute;n que justificar la creencia de que no existen tales cuestiones fundamentales. Desde nuestra creencia, si fuera cierto que el deseo puede "terminar" en cualquier cosa contingente, que tal satisfacci&oacute;n es el final del deseo, no seguir&iacute;a deseando, y la acci&oacute;n quedar&iacute;a paralizada, y el hombre postrado en una especie de asc&eacute;tica improductiva. Pero ello no es posible. No desear nada sigue siendo tambi&eacute;n un deseo. El deseo puede desear lo contingente y ello es as&iacute; por una analog&iacute;a con el deseo acerca de lo absoluto: esa analog&iacute;a la entendi&oacute; Plat&oacute;n como rememoraci&oacute;n. S&oacute;lo de esta manera se puede entender la naturaleza del deseo y ubicarlo en el contexto m&aacute;s amplio al cual pertenece y con &eacute;l, la condici&oacute;n humana. Esta, como tambi&eacute;n lo vio Espinosa, es deseo<sup><a name="nu18"></a><a href="#num18">18</a></sup>. Y el deseo es una aspiraci&oacute;n an&aacute;loga a lo absoluto. La creencia que debemos justificar es aquella que me permite entender mejor la cuesti&oacute;n planteada y, por otro lado, pragm&aacute;ticamente, la que mejores consecuencias &eacute;ticas y pol&iacute;ticas se derivan de ella.</p>     <p><font size="3"><b>2. M&iacute;stica y analog&iacute;a</b></font></p>     <p>Cuando afirmamos que la m&iacute;stica es una "experiencia anal&oacute;gica del ser", nos referimos no a un conocimiento (de un objeto), sino a una creencia que puede ser plenamente justificada y que ha sido justificada en el pasado, por ejemplo, en la filosof&iacute;a de Plat&oacute;n. Para nuestro caso, tales justificaciones no se estiman como un conocimiento del ser, sino como una creencia que puede ser fecunda y en ello estriba, para nosotros, su valor de verdad. Las creencias son matrices de experiencias posibles. No podemos considerar y examinar exhaustivamente todas nuestras creencias pues ello rebasa el prop&oacute;sito de este escrito. Tan solo nos podemos detener en la creencia que se ha enunciado y avanzar en su plena justificaci&oacute;n. Para ello nos vamos a detener en dos asuntos: qu&eacute; entendemos por m&iacute;stica y qu&eacute; consecuencia pr&aacute;ctica tiene esa manera de entenderla.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El com&uacute;n de la gente cree que la m&iacute;stica trata de negar los deseos y escapar a un mundo irreal que no existe. Se cree tambi&eacute;n que la m&iacute;stica pertenece exclusivamente al orbe de lo religioso, esto es, al "m&iacute;stico"; pero la m&iacute;stica en tanto que experiencia del misterio<sup><a name="nu19"></a><a href="#num19">19</a></sup>, devoci&oacute;n y entrega pertenece a la vida de todo hombre. La devoci&oacute;n y la apertura al misterio con la que un artista, un comerciante, un padre de familia, realiza un trabajo muestra, en primer lugar, la calidad y el sentido de su entrega, es decir, su m&iacute;stica, y en segundo lugar, el sistema de creencias que fundamenta esa entrega, pues todo hombre se entrega a aquello en lo que cree. La m&iacute;stica de un padre de familia (respecto a sus hijos, por ejemplo) y la de un religioso es la misma en esencia, pero su expresi&oacute;n y su forma (hacia quien o quienes va dirigida) es diferente. En todas las experiencias de entrega hay una estructura anal&oacute;gica similar. En todas ellas se consuma una experiencia en la que se trasciende el ego&iacute;smo al ser una oportunidad de darse a los dem&aacute;s, a la <i>otredad, </i>la cual ofrece una nueva perspectiva de ser "uno mismo" y conocerse. El otro me ofrece una imagen que nunca termino de conocer por completo. La m&iacute;stica del religioso, por la &iacute;ndole de su tarea, requiere quiz&aacute;s de una mayor abnegaci&oacute;n, responsabilidad y entrega, pues con frecuencia se la concibe como un modelo o un s&iacute;mbolo de toda otra experiencia de entrega.</p>     <p>Por otra parte, la m&iacute;stica no consiste en una total y est&eacute;ril renuncia a todo. No se trata en ella de anular los deseos porque se consideren "malos" o porque existe una regla moral que impone esa renuncia. No se puede escapar de un deseo sino porque se tiene otro<sup><a name="nu20"></a><a href="#num20">20</a></sup>. Tampoco se puede escapar de un deseo mediante la represi&oacute;n, pues esta confirma que se est&aacute; atado a &eacute;l. La represi&oacute;n con frecuencia aguarda el descuido de quien la padece para manifestarse en formas m&aacute;s peligrosas. Los deseos no se niegan sino que se entregan, se ofrecen, se transforman, se comprenden. A trav&eacute;s de algunos deseos podemos atentar contra nuestra integridad. A trav&eacute;s de otros podemos crecer, dependiendo de muchos factores, por ejemplo, de lo que nos ha sido dado <i>realizar </i>a cada uno. Es diferente el que anda detr&aacute;s de sus deseos, con el fin de encontrar su propia satisfacci&oacute;n, a aquel que puede trascender su deseo y, consciente de &eacute;l, no se entrega a su realizaci&oacute;n de manera apresurada, sino puede demorarse y examinarlo, estableciendo una distancia, un silencio, que le permite observarlo y pensar en su conveniencia. Ello implica que "entrega" o suelta tal deseo para que se le <i>ilumine, </i>le permita poner en claro si es correcto entregarse a &eacute;l o transformarlo. La renuncia en la m&iacute;stica siempre tiene un sentido y, por consiguiente, parad&oacute;jicamente, no es "renuncia". Un determinado deseo puede convertirse en una experiencia de entrega aut&eacute;ntica o de transformaci&oacute;n de s&iacute; mismo y ello en lugar de quitar algo ofrece plenitud.</p>     <p>Partimos de la creencia de que todo deseo es (anal&oacute;gicamente) una b&uacute;squeda de lo eterno vali&eacute;ndose de algo temporal. El tiempo tiene infinitos caminos (todos ellos anal&oacute;gicos respecto a lo absoluto) para intentar llegar desde &eacute;l a la eternidad (al Ser), a lo absoluto. No cuestionamos, como hace Rorty, el car&aacute;cter nost&aacute;lgico de todo deseo<sup><a name="nu21"></a><a href="#num21">21</a></sup>, ni se&ntilde;alamos que conocemos mejor que &eacute;l la din&aacute;mica de los deseos. En otras palabras, no estamos definiendo una creencia como m&aacute;s verdadera, sino partiendo de ella y examinando sus consecuencias e implicaciones. &iquest;Qu&eacute; implicaciones positivas tiene la creencia metaf&iacute;sica de que el deseo sea una nostalgia de lo absoluto? Seg&uacute;n Anselm Gr&uuml;n, (monje benedictino):</p> <ol>El anhelo, la nostalgia, es lo m&aacute;s valioso que el ser humano lleva en s&iacute;. Es el anzuelo que Dios arroj&oacute; en nuestros corazones para que recordemos que s&oacute;lo en &eacute;l nuestro inquieto coraz&oacute;n halla sosiego. La nostalgia introduce en nuestras vidas algo que sobrepasa este mundo, y sobre lo cual, por esto mismo, el mundo no tiene poder... Para la persona que est&aacute; y permanece en contacto con su propia nostalgia, sus problemas, enfermedades y heridas se hacen relativos. M&aacute;s aun: percibe que los sufrimientos que lo agobian espolean todav&iacute;a m&aacute;s su nostalgia de Dios. &iexcl;En su nostalgia llega a tocar a Dios! La nostalgia es la huella de Dios. Huella que &eacute;l puso en nuestros corazones. Cuando nos duele nuestra nostalgia nos duele Dios. Es entonces cuando experimentamos la presencia de Dios en medio del helado y tenebroso fr&iacute;o de este mundo<sup><a name="nu22"></a><a href="#num22">22</a></sup>.    </ol>     <p>Desde esta creencia, en todo deseo est&aacute; hablando de manera anal&oacute;gica la nostalgia del hombre por Dios, la necesidad de darse a los dem&aacute;s, de trascenderse a s&iacute; mismo. La aspiraci&oacute;n a lo absoluto se da de manera imperfecta en muchas experiencias: en el deseo del amante por un cuerpo bello; en la imagen que un pintor es capaz de crear mediante su trabajo ante el lienzo. Todo arte se puede considerar, desde estos presupuestos, como la aspiraci&oacute;n a lo absoluto mediante lo contingente de la materia, ya sea imagen, sonido o palabra. Todas estas experiencias son simulacros de lo absoluto, abrazos finitos hacia el infinito, formas de reemplazar la necesidad de unidad o de buscarla donde no est&aacute;, pero anal&oacute;gicamente, son tambi&eacute;n plegarias, cultos a la vida, ofrecimientos nacidos de la entrega.</p>     <p>En la cultura occidental esta capacidad de entrega se suele encontrar preferiblemente a partir de la devoci&oacute;n por el conocimiento, hasta el punto que muchos hombres en nuestra cultura no pueden creer en nada si no creen conocerlo. Y desde la modernidad, la devoci&oacute;n por el conocimiento se ha convertido en devoci&oacute;n por el conocimiento cient&iacute;fico. Sin embargo, la aspiraci&oacute;n a lo absoluto no se "opone" a la ciencia. Incluso un pensador muy poco dado a elaboraciones metaf&iacute;sicas como Bertrand Russel reconoce que: "hasta la cauta y paciente investigaci&oacute;n de la verdad por la ciencia, puede ser favorecida y alimentada por el mismo esp&iacute;ritu de reverencia en que vive y se desenvuelve el misticismo"<sup><a name="nu23"></a><a href="#num23">23</a></sup>. Con frecuencia la verdadera ciencia supone la m&iacute;stica (esto es, la m&iacute;stica del cient&iacute;fico, su capacidad de entrega). La m&iacute;stica en tanto que experiencia de entrega al misterio de la vida es el fundamento existencial de toda experiencia vital. Esta experiencia o capacidad de <i>entrega </i>aut&eacute;ntica, no se confunde con la capacidad de complacer a los dem&aacute;s. Incluso puede oponerse a ello. El cient&iacute;fico suele estar insatisfecho con las explicaciones dadas a ciertos fen&oacute;menos. A veces no permite que un determinado conocimiento o teor&iacute;a le explique de manera satisfactoria y definitiva la naturaleza, por ejemplo, del mundo f&iacute;sico, o de cualquier objeto de conocimiento. No desconoce tales explicaciones, sino que conoci&eacute;ndolas, no le satisfacen. El misterio aparece cuando aceptamos que no hay una descripci&oacute;n verdadera de la realidad. Entonces es posible experimentar y entender tales fen&oacute;menos y convertirlos en "problemas" que demandan trabajo e investigaci&oacute;n. El misterio no se opone al conocimiento sino que lo supone. Esta experiencia puede llegar a ser en el hombre de ciencia tan radical que lo anime a <i>entregarse </i>a la investigaci&oacute;n, entendida como una manera personal (no profesional solamente) de vivir tales problemas.</p>     <p>El sentimiento acerca de lo insondable, del misterio, lo tiene todo hombre, consiente o inconscientemente, pero el hombre de ciencia <i>lo tiene </i>(o es tenido por &eacute;l) de una manera m&aacute;s pavorosa, m&aacute;s inquietante, y tambi&eacute;n m&aacute;s espec&iacute;fica y molesta, pues, &iquest;qui&eacute;n ha de desear sufrir toda clase de obst&aacute;culos por parte de una comunidad de cient&iacute;ficos que se oponen al surgimiento de un nuevo paradigma? Albert Einstein afirmaba que "lo m&aacute;s hermoso de la vida es lo insondable, lo que est&aacute; lleno de misterio. Es este el sentimiento b&aacute;sico que se halla junto a la cuna del arte verdadero y de la aut&eacute;ntica ciencia. Quien no lo experimenta, el que no est&aacute; en condiciones de admirar o asombrarse, est&aacute; muerto, por as&iacute; decir, y con la mirada apagada"<sup><a name="nu24"></a><a href="#num24">24</a></sup>. De la tensi&oacute;n que surge entre la experiencia del misterio y lo que se conoce puede surgir un nuevo paradigma, una nueva luz o hip&oacute;tesis con un mayor poder explicativo. Para poder ser admitida esta nueva explicaci&oacute;n por la comunidad cient&iacute;fica, los hombres de ciencia, seg&uacute;n Thomas Kuhn, tuvieron que convertirse<sup><a name="nu25"></a><a href="#num25">25</a></sup> primero a esa nueva "fe", a esa nueva teor&iacute;a explicativa para poder aprender a escucharla y luego comprenderla. La magnitud de las creaciones de los hombres de ciencia est&aacute; directamente proporcionada con la intensidad de su experiencia de lo misterioso y su capacidad de acceder, en los comienzos de una teor&iacute;a, a una experiencia de "fe". Sin tal experiencia, lo &uacute;nico que podemos hacer modestamente es dedicarnos a la tarea de normalizar el viejo paradigma, escribiendo comentarios did&aacute;cticos o haciendo simples extrapolaciones. Despu&eacute;s de todo, basta con detenerse en el bello sistema que cre&oacute; Hegel o Kant para quedar seducido y admirado por el resto de la vida en sus logros, en sus opiniones, en sus "soluciones", en su manera de negar el misterio y (o) de asumirlo. Esta tarea "menor" no es despreciable. En ella tambi&eacute;n hay cierta devoci&oacute;n y entrega por un trabajo acad&eacute;mico, por una investigaci&oacute;n en la que se cree y a la que se dedica tanto tiempo. Quien admira de ese modo a una filosof&iacute;a ya a&ntilde;eja, posee quiz&aacute;s una m&iacute;stica m&aacute;s modesta, pero no por ello menos aut&eacute;ntica.</p>     <p>La gran tragedia del hombre actual no es la de su ignorancia o la de la falta de conocimiento, ni siquiera la de su pobreza: tiene que ver con su incapacidad para sentir la poderosa fuerza de lo sencillo y el misterio que hay en todas las cosas, e incluso el asombro de su singular existencia insondable. &iquest;Por qu&eacute; algunos hombres son llevados por fuerzas que los atormentan y apasionan durante toda la vida? Porque est&aacute;n llenos de la experiencia del misterio. No "solucionaron" la vida con lo biol&oacute;gico o con una ideolog&iacute;a. Se permitieron arriesgarse por algo que no comprend&iacute;an y que estaba m&aacute;s all&aacute; de las ordinarias preocupaciones. Einstein agrega: "La comodidad y la felicidad nunca me han parecido una meta. Estas bases &eacute;ticas semejan los ideales del reba&ntilde;o de cerdos... Las metas comunes del esfuerzo humano, obtener posesiones, &eacute;xito exterior y lujo, siempre se me han presentado como despreciables, desde que era muy joven"<sup><a name="nu26"></a><a href="#num26">26</a></sup>. El ascetismo del que habla en esta cita Einstein es semejante por analog&iacute;a al de cualquier m&iacute;stico. Este "renuncia" a los deseos del mundo, no por renunciar a los deseos, ni porque el mundo sea "malo", sino porque su pasi&oacute;n se concentra en algo m&aacute;s abstracto, m&aacute;s voluptuoso. Es una renuncia que no se experimenta como tal. Y, sin embargo, no se opone a todo lo que es necesario. Como afirma el evangelio: "busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo dem&aacute;s se les dar&aacute; por a&ntilde;adidura"<sup><a name="nu27"></a><a href="#num27">27</a></sup>. Su esp&iacute;ritu no se concentra en los asuntos de la sobrevivencia, sino que se eleva m&aacute;s all&aacute; de lo contingente hacia algo menos espec&iacute;fico, m&aacute;s absoluto, que se experimenta como algo m&aacute;s <i>real </i>que todas las ordinarias preocupaciones de los hombres. Es en el ascetismo de la despreocupaci&oacute;n nacida de la confianza y de la entrega mediante el trabajo paciente, m&aacute;s que en la violencia y en la pasi&oacute;n, donde se consume una enorme energ&iacute;a. Sin embargo, para el com&uacute;n de la gente, el ascetismo es una simple negaci&oacute;n de la vida, sin ninguna intensidad ni pasi&oacute;n, sin capacidad productiva y creadora. Pero lo que sucede aqu&iacute; es que el com&uacute;n de la gente proyecta la propia insatisfacci&oacute;n de su vida (constantemente condicionada a reaccionar a los est&iacute;mulos del medio), pues para el com&uacute;n de la gente la vida se reduce a saciar los numerosos "apetitos" y concentrar toda la energ&iacute;a en ellos. Desde esta perspectiva el misterio no tiene ning&uacute;n sentido. Hablar de &eacute;l es algo absurdo, cuyo sentido no deja de ser un verdadero misterio. Pero es todo lo contrario. Lo que caracteriza al hombre moderno es su falta de pasi&oacute;n por la vida. No tiene tiempo para que una verdadera pasi&oacute;n lo transforme. Sus deseos no superan el plano de lo biol&oacute;gico, de las exigencias econ&oacute;micas y cotidianas, y como ya lo mostraba Espinosa, se enajena en ellas de una manera vergonzosa<sup><a name="nu28"></a><a href="#num28">28</a></sup>.</p>     <p>El misterio y el asombro no son meras proezas de las mentes inteligentes, muy bien informadas o afortunadas gen&eacute;ticamente; son experiencias posibles gracias a la capacidad de sentir lo extraordinario, de conmoverse ante el misterio, de experimentar que, debajo de nuestros conocimientos, de todas las metas que hemos alcanzado, los viejos problemas siguen siendo j&oacute;venes. Para ello se requiere sensibilidad y la sensibilidad necesita de concentraci&oacute;n, devoci&oacute;n, atenci&oacute;n por lo extraordinario, adem&aacute;s de tiempo y energ&iacute;a. Quien dilapida toda su energ&iacute;a en sobrevivir no puede tener energ&iacute;a para asombrarse, para ser hombre. Al igual que en la ciencia</p> <ol>Un fil&oacute;sofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sue&ntilde;a cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos le golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar de acontecimientos y rayos; acaso &eacute;l mismo sea una tormenta que camina gr&aacute;vida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gru&ntilde;idos y aullidos y acontecimientos inquietantes. Un fil&oacute;sofo: ay un ser que con frecuencia huye de s&iacute; mismo, que con frecuencia tiene miedo de s&iacute;, pero que es demasiado curioso para no &laquo;volver a s&iacute;&raquo; una y otra vez...<sup><a name="nu29"></a><a href="#num29">29</a></sup>.    </ol>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Muchos creadores (todos deber&iacute;amos serlo) dejan de serlo, quiz&aacute;s porque teniendo sensibilidad ante los problemas, ante lo misterioso, abandonan esta determinaci&oacute;n a empecinarse, contra viento y marea, en aquello que les dicta su <i>daimon, </i>su intuici&oacute;n, su visi&oacute;n, su propia voluntad, su <i>locura divina. </i>No tienen una perspectiva adecuada para afrontar los problemas aparentes o reales que se les presentan y pronto reaccionan a ellos como si fueran su presa. De esta manera destruyen toda m&iacute;stica y toda pasi&oacute;n. Piensan que la entrega debe estar condicionada a algo: "si yo tuviera solucionado lo econ&oacute;mico, me dedicar&iacute;a a..."En lo personal, yo no recomendar&iacute;a a nadie esperar a que suceda una supuesta y muy improbable "revoluci&oacute;n proletaria" para escuchar su propia vocaci&oacute;n. Marx mismo no esper&oacute; que existiera una revoluci&oacute;n proletaria para sentarse a escribir <i>El Capital. </i>Lo escribi&oacute; en medio de toda clase de problemas. No es una comodidad, ni en ella hay una garant&iacute;a contra el fracaso, pero en ello hay m&iacute;stica. Es un riesgo y se lo asume como tal. Es en medio de todas las dificultades cuando es necesario alzar la vista por encima de ellas para tener una perspectiva adecuada que permita obtener una visi&oacute;n de aquello a lo que se est&aacute; llamado a realizar (su propio "esp&iacute;ritu"), y entregarse plenamente. Einstein afirmaba: "La mayor parte de las veces, hago lo que mi naturaleza me impulsa a realizar"<sup><a name="nu30"></a><a href="#num30">30</a></sup>. Las grandes intuiciones, cuando son escuchadas, siempre encuentran su camino y, en &eacute;l, toda clase de dificultades que otros nunca afrontan y, a la vez, toda clase de oportunidades inesperadas donde su intuici&oacute;n madura, se aclara y se expresa. El <i>destino </i>(esto es, la libertad) siempre encuentra su expresi&oacute;n precisamente por lo que <i>es. </i>Como es de esperarse, no fue f&aacute;cil el camino para Einstein, para Freud, Espinosa, Galileo, Giordano Bruno, Leonardo de Vinci, etc&eacute;tera. &iquest;Por qu&eacute; tendr&iacute;a acaso que ser f&aacute;cil y para qu&eacute; si el obst&aacute;culo puede convertirse en <i>acontecimiento, </i>si todas las heridas pueden ser transformadas en una canci&oacute;n? Es entonces cuando podemos decir que hay m&iacute;stica, no porque nos hemos alejado del mundo, sino porque estamos en &eacute;l, afrontando toda clase de obst&aacute;culos. La tradici&oacute;n es el primer obst&aacute;culo. Tal camino representa la batalla del creador frente a las viejas tablas de la ley y el creador lo asume sin resentimientos. Si hubiera nacido en la &eacute;poca de la Inquisici&oacute;n, dijo Freud en una entrevista, no s&oacute;lo hubieran quemado mis libros, sino a m&iacute; mismo. Esa aceptaci&oacute;n generosa de su vocaci&oacute;n hace parte de su m&iacute;stica, de su amor, de su locura.</p>     <p>Todo hombre necesita descubrir honestamente la experiencia o la vocaci&oacute;n en donde puede entregarse a los dem&aacute;s (y a Dios) con verdadera m&iacute;stica. &iquest;Qu&eacute; sucede cuando la educaci&oacute;n nos "educa" para no tener m&iacute;stica, para matarla? &iquest;Para conseguir una profesi&oacute;n y lucrarnos de ella? &iquest;Para ocuparnos en apenas sobrevivir? Aceptamos trabajos que terminan por enfermarnos. Se va a lo contingente con actitud mezquina porque se est&aacute; reprimido respecto a lo absoluto y frente a su propio esp&iacute;ritu. No es que los hombres busquen la m&iacute;stica como una evasi&oacute;n, sino que buscan experiencias contingentes como una evasi&oacute;n a su frustraci&oacute;n respecto a su deseo por lo absoluto y respecto al llamado de su propio esp&iacute;ritu. En ausencia de toda m&iacute;stica, puede ocurrir que se refugien en lo contingente (sexo, drogas, etc&eacute;tera), sublimando sin &eacute;xito la b&uacute;squeda del amor verdadero, la val&iacute;a de s&iacute; mismos, su propia vocaci&oacute;n, en experiencias que no edifican, ni se encuentra en ellas la plenitud que buscan. Cuando existe una experiencia aut&eacute;ntica de lo absoluto en la que se incluye siempre la revelaci&oacute;n de una vocaci&oacute;n, entonces lo contingente (un encuentro casual, una reuni&oacute;n de trabajo, etc&eacute;tera) no se considera necesariamente como opuesto a ello, sino que brilla bajo la luz de su resplandor. Irradia en las cosas, en los rostros, en los gestos, con inocencia, poder y plenitud. Es algo inefable. Lo contingente ya no se absolutiza ni refleja la orfandad en la que se est&aacute; abandonado. Entonces el trabajo, la paternidad, etc&eacute;tera, dignifican, no se experimentan como experiencias de dolor y de negaci&oacute;n de s&iacute; mismo. No hay frustraci&oacute;n ni resentimiento. Sin embargo, adem&aacute;s de estas experiencias donde puede brillar "algo m&aacute;s" en ellas, adem&aacute;s de un conocimiento cient&iacute;fico donde puede brillar la m&iacute;stica de la entrega, necesitamos de una entrega quiz&aacute;s m&aacute;s radical y temeraria. Una experiencia que deje abierta la posibilidad del sentido y de la esperanza, que su inspiraci&oacute;n otorga y que una sociedad y un individuo necesitan para ser transformados.</p>     <p>El &aacute;mbito propio de la consumaci&oacute;n del deseo por lo absoluto se da en la experiencia m&iacute;stica entendida como experiencia de entrega total, religiosa, "sin mediaciones" (ni siquiera la mediaci&oacute;n del conocimiento). Como afirma San Agust&iacute;n, en ella el hombre "descansa en Dios": <i>Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te, </i>"nuestro coraz&oacute;n est&aacute; inquieto, hasta que descanse en ti"<sup><a name="nu31"></a><a href="#num31">31</a></sup>. Ese "descanso" no es una seguridad intelectual, esto es, la seguridad que se obtiene de saber algo, de una teor&iacute;a o conocimiento (que se transforma en un dogma al cual todos han de obedecer), sino una confianza que proviene de la experiencia directa de la entrega total, momento a momento, a aquello que siendo Dios no es un objeto a conocer sino alguien (o en el caso de una visi&oacute;n secular, la vida, los ideales, etc&eacute;tera<b>) </b>en lo que se conf&iacute;a plenamente porque es la <i>verdad </i>y la <i>vida. </i>Este "descanso en Dios" no es solo una finalidad, sino tambi&eacute;n un comienzo y algo en lo que hay que perseverar. Aunque se lo pueda experimentar, dif&iacute;cilmente puede ser comprendido. Quiz&aacute;s no haga falta comprenderlo como comprendemos muchas otras cosas que no son experiencias verdaderamente transformadoras. Es un devenir<sup><a name="nu32"></a><a href="#num32">32</a></sup> puro que pide todo de quien lo experimenta, pero que asimismo otorga todo sin necesidad de exigencias. En este &aacute;mbito o en esta experiencia no hay un t&eacute;rmino definitivo, un definitivo "por fin llegu&eacute;", sino una permanente y creadora re-significaci&oacute;n de la vida humana, de su transcurrir, una potenciaci&oacute;n de ella. No hay tampoco un lenguaje un&iacute;voco que pueda expresar esta experiencia, sino un lenguaje que se caracteriza por las analog&iacute;as, paradojas, contradicciones, met&aacute;foras, etc&eacute;tera.</p>     <p><font size="3"><b>3. Algunas conclusiones</b></font></p>     <p>La madurez de la modernidad, cuyo paradigma es Hegel, intent&oacute; representarse lo absoluto como racional y desde un concepto. La representaci&oacute;n de lo absoluto solo como un concepto, y no como una experiencia (cuya estructura es anal&oacute;gica y cuyo lenguaje requiere de analog&iacute;as) termina por negar la experiencia y, con ella, lo absoluto. Tambi&eacute;n termina por negar toda m&iacute;stica y ello nos convierte en m&aacute;quinas que trabajan "porque s&iacute;", o solo por las necesidades materiales, o por las demandas de un abstracto esp&iacute;ritu absoluto, etc&eacute;tera. Los griegos (y en especial Plat&oacute;n) fueron m&aacute;s modestos cuando se trataba de representarse lo absoluto; con frecuencia lo expresaron mediante alegor&iacute;as. Tambi&eacute;n durante la Edad Media se utiliz&oacute; la analog&iacute;a, evitando con ello el uso de los conceptos cuyo significado era demasiado un&iacute;voco. La luz del entendimiento es an&aacute;loga a la luz del esp&iacute;ritu, a la iluminaci&oacute;n<sup><a name="nu33"></a><a href="#num33">33</a></sup>. En Latinoam&eacute;rica un pensador como Mauricio Beuchot propone un "contacto ic&oacute;nico" refiri&eacute;ndose al referente de la metaf&iacute;sica y de la m&iacute;stica<sup><a name="nu34"></a><a href="#num34">34</a></sup>. Propone no negar este referente y tampoco convertirlo en un "objeto" de la raz&oacute;n, en un concepto, con lo cual la experiencia implicada y su entendimiento se "debilita", sino considerar, de manera m&aacute;s serena, que no podemos acercarnos a &eacute;l pretendiendo envolverlo en nuestras redes, como si fuera un animal de presa. Hay ciertos l&iacute;mites que esta tarea nos impone y es necesario respetar el car&aacute;cter borroso, el "clarooscuro" de esos l&iacute;mites como de la misma vida. Esta se aclara al caminar el camino al cual todos los d&iacute;as nos invita, siempre nuevo y misterioso.</p>     <p>El conocimiento es s&oacute;lo un camino de nuestro deseo de lo absoluto. El camino preferido por Occidente y m&aacute;s aun por la modernidad. Sin embargo, el deseo mismo por lo absoluto no requiere de mediaciones; puede alcanzar su complexi&oacute;n en la m&iacute;stica en tanto que entrega al misterio. En tal caso la analog&iacute;a no es superada (pues no hay un conocimiento mejor de lo absoluto que el que provee la analog&iacute;a), sino llevada a su propio &aacute;mbito de realizaci&oacute;n. Este &aacute;mbito no "cancela" toda otra b&uacute;squeda sino que la puede reconducir, inspirar, potenciar. De ah&iacute; que el hombre de ciencia se alimente del misterio, pero al que le es dado la experiencia de la m&iacute;stica de una manera m&aacute;s radical, a diferencia del hombre de ciencia, le es dado el poder de saltar, de una manera tambi&eacute;n m&aacute;s radical (acudiendo a otra fuerza que no proviene de &eacute;l mismo) por encima del conocimiento hacia lo que no se puede conocer. El m&iacute;stico es aquel que por la &iacute;ndole de su vocaci&oacute;n se ahorra cierto trecho del camino y salta por todos nosotros m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de todo conocimiento, anticip&aacute;ndose con un movimiento temerario e incomprensible al paso que quiz&aacute;s alg&uacute;n d&iacute;a todos tendremos que dar. M&aacute;s all&aacute; de lo espec&iacute;fico de todo deseo hacia lo no espec&iacute;fico, hacia lo absoluto. Es un salto demasiado escandaloso para la raz&oacute;n moderna que todo lo quiere conocer (&iquest;querr&iacute;amos saber qu&eacute; tan maravillosa es una aventura antes de emprenderla?) pero no quiere creer en nada ni quiere arriesgarse ni experimentar nada que pueda amenazar su aparente autonom&iacute;a.</p>     <p>Quiz&aacute;s tal "salto" sea un don que a&uacute;n no nos es dado. Ese "salto", sin embargo, puede ser el supremo ofrecimiento que no espera nada. En &eacute;l, se ofrece &eacute;l mismo completamente, perdi&eacute;ndose y gan&aacute;ndose en la misma medida en que se ofrece. Ello no quiere decir que el hombre de fe supera todos los problemas y se encuentre "m&aacute;s all&aacute; del bien y del mal". Los supera, no porque los haya solucionado, sino porque los vive desde la esperanza y la fe, no desde el conocimiento. En este punto Rorty acierta cuando muestra que el conocimiento no necesariamente libera, no ofrece esperanza. No es posible el absoluto mediante el conocimiento cient&iacute;fico ni filos&oacute;fico, sino solo como fuerza inspiradora y como experiencia aproximada, anal&oacute;gica. Tampoco es posible mediante la esperanza la soluci&oacute;n a todos los problemas, pero s&iacute; la disoluci&oacute;n de los problemas como problemas sin soluci&oacute;n. Ello, desde una perspectiva pragm&aacute;tica, tiene consecuencias deseables, pues nos anima a trabajar todos los d&iacute;as por la soluci&oacute;n a tales problemas sin pretender alcanzar soluciones definitivas, dogm&aacute;ticas, sino teniendo presente lo inacabado y lo proped&eacute;utico de esta tarea en el mundo. En &uacute;ltimo caso, es preferible un hombre que lucha por lo que nunca ha de alcanzar, a un hombre que se resigna a vegetar en un nihilismo improductivo. Es preferible un hombre que ve una luz donde parece no estar o donde efectivamente se encuentra, a un hombre que ha renunciado a toda luz.</p>     <p>La &uacute;nica experiencia donde la m&iacute;stica se "realiza directamente" en lo eterno (al menos en un <i>instante </i>perfecto), es en la m&iacute;stica "religiosa" (no como una exigencia institucional), donde lo absoluto (lo no-espec&iacute;fico) se da en la entrega total, no desde mediaciones (representaciones), sino como una acci&oacute;n pura, inefable, que a la postre puede devenir en una experiencia constante y personal de transformaci&oacute;n, a la que le puede seguir la experiencia (o el don) de la gracia que se extiende a los dem&aacute;s<sup><a name="nu35"></a><a href="#num35">35</a></sup>. La gracia es el remanente del &eacute;xtasis sagrado. En todas las dem&aacute;s experiencias humanas diferentes a la m&iacute;stica, la entrega, la devoci&oacute;n, la ascesis, est&aacute; mediada por algo temporal: el conocimiento o la materia, la belleza de algo, el fanatismo o la crueldad. Los simulacros son el reino de las mediciones, donde se sublima (se esquiva) nuestro deseo por lo absoluto. Cada cual es v&iacute;ctima de la verdad de sus "mentiras" y, a la vez, disfruta y sufre por ellas, haciendo concesiones seg&uacute;n la magnitud de su deseo y la profundidad de su desesperaci&oacute;n. La verdad solo florece sobre las ra&iacute;ces misteriosas de un coraz&oacute;n desesperado. Pero s&oacute;lo en la entrega total se da lo absoluto como lo que es, es decir, no como <i>negaci&oacute;n. </i>El vac&iacute;o infinito s&oacute;lo puede ser llenado por el infinito. Por ello el m&iacute;stico ha de ir desnudo, incluso de sus conocimientos espirituales que no son pocos (por ejemplo, su creencia de que es un ser especial, "espiritual", con una identidad propia), como lo se&ntilde;ala San Juan de la Cruz<sup><a name="nu36"></a><a href="#num36">36</a></sup>.</p>     <p>Absolutizar lo contingente, como lo hace Rorty, es la manera secular de aspirar a lo absoluto. Es su inversi&oacute;n pagana, propia de una sociedad opulenta. Su afirmaci&oacute;n por la v&iacute;a de la negaci&oacute;n, cuyo &uacute;nico dios es la "comodidad". Es elegir la muerte para buscar la vida eterna donde no hay nada eterno. Ello no descalifica ni subestima el valor de tales b&uacute;squedas; cada una de ellas es necesaria y tiene su tiempo, su propio valor y, por otro lado, no todos han de realizar las mismas tareas. No afirmamos dogm&aacute;ticamente que ciertas b&uacute;squedas son v&aacute;lidas y otras no, con la ingenuidad de quien coloca una cerca entre el bien y el mal. La mayor&iacute;a de las experiencias son y ser&aacute;n siempre "necesarias" precisamente en tanto que son analog&iacute;as del deseo de lo absoluto en lo contingente y porque tienen un sentido que est&aacute; innegablemente asegurado en el plan general de lo existente, plan que inevitablemente se nos escapa. Algunas de tales b&uacute;squedas sin embargo, son m&aacute;s profundas y radicales y requieren de menos mediaciones, y eso depende de factores subjetivos y objetivos<sup><a name="nu37"></a><a href="#num37">37</a></sup>. Podemos ubicar por analog&iacute;a el sitio que les corresponde en el cielo o en el infierno de este mundo, respecto a lo siempre inalcanzable, respecto a la totalidad a la que aspiran, respeto a la desesperaci&oacute;n que las animan y respecto a su capacidad para no transigir y tener la capacidad de aceptar (creer).</p>     <p>En el contexto cristiano, quien cree verdaderamente en Dios, no por ello ha escapado por fin de la contingencia, como si fuera don Quijote, ni puede dar por sabido todo lo que le concierne saber sobre la vida, el misterio y el amor, precisamente porque hemos afirmado que no hay un conocimiento un&iacute;voco de lo absoluto. Todo lo contrario. El que es cristiano incluso puede dudar a veces del Dios en el que cree. Como humano que es puede ser tentado por la desesperaci&oacute;n. Todos los d&iacute;as tiene que aprender a aprender como lo hace todo hombre sensato (ateo, budista, cristiano o de cualquier denominaci&oacute;n ideol&oacute;gica o religiosa); aprender la fe no en lo que sabe, sino en Dios; y si no es cristiano, en la vida o en la referencia m&aacute;s adecuada que posea de la condici&oacute;n humana o en el <i>ideal </i>que elija creer. En el budismo tibetano existe la experiencia de lo ef&iacute;mero, mediante el arte de los mandalas<sup><a name="nu38"></a><a href="#num38">38</a></sup>, gracias a los cuales se recuerda la impermanencia, el cambio y lo ef&iacute;mero de todas las experiencias que valoramos; pero, simult&aacute;neamente, existe una referencia de lo absoluto (el nirvana), que la misma contingencia de toda experiencia hace posible y lleva a ella. Solo en Occidente lo contingente se suele interpretar como opuesto a lo absoluto, ya que poseemos representaciones demasiado racionales, un&iacute;vocas, r&iacute;gidas, de lo absoluto. Hace falta en nuestra cultura un lenguaje m&aacute;s anal&oacute;gico, m&aacute;s indirecto sobre lo absoluto, donde la contingencia se experimente como no como opuesta a lo absoluto ni como lo absoluto (Rorty), sino como lo que es, como contingencia. Creo que esta creencia puede ser m&aacute;s f&eacute;rtil a la hora de sacar las mejores consecuencias pr&aacute;cticas (creadoras) para la vida humana. Sin embargo, si soy responsable de mis propios "prejuicios" o anticipaciones y deseo un mundo rico en experiencias, desacuerdos, donde la <i>verdad </i>coexista con ellos pac&iacute;ficamente y en di&aacute;logo, no puedo imponer estas creencias sino solo se&ntilde;alar pragm&aacute;ticamente la "verdad" (no s&eacute; si debidamente justificadas) que subyace en ellas.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>  <sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>En un sentido similar Rilke afirma que el hombre tiene que "producir", engendrar, permitir que Dios nazca en &eacute;l. En una de sus cartas, pregunta: "&iquest;Qu&eacute; le impide proyectar su nacimiento a los tiempos que ser&aacute;n y vivir su vida propia como un d&iacute;a doloroso y hermoso en la historia de una sublime pre&ntilde;ez?" Marie Rilke, <i>Cartas a un joven poeta </i>(Buenos Aires: Siglo Veinte, 1974), 80.    <br>  <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>Como se puede observar, no estamos entendiendo la metaf&iacute;sica como la entiende Richard Rorty cuando la define como "el despliegue de la conciencia que trata cada vez mejor de adecuarse a la realidad para reflejarla con mayor exactitud". Jos&eacute; Olimpo Su&aacute;rez Molano, <i>Richard Rorty: El neo pragmatismo norteamericano </i>(Colombia: Universidad de Antioquia, 2005), 74. Acorde con un criterio pragm&aacute;tico que proviene de los planteamientos del mismo Rorty, no nos preguntamos por qu&eacute; es el ser, sino: &iquest;qu&eacute; deber&iacute;amos creer respecto al ser? Con esta pregunta nos situamos en una zona ambigua: entre Rorty o, mejor, fuera de &eacute;l, ya que su pensamiento no propone de manera expl&iacute;cita una metaf&iacute;sica, si bien, parad&oacute;jicamente, trata lo contingente como el "gran absoluto".    <br>  <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>Citado por Richard Rorty en su obra <i>&iquest;Esperanza o conocimiento? Una introducci&oacute;n al pragmatismo </i>(Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1994), 32, donde agrega: "No hay ninguna actividad llamada conocimiento que tenga una naturaleza a descubrir y para la cual los cient&iacute;ficos naturales est&aacute;n especialmente dotados. Existe, sencillamente, el proceso de justificar las creencias frente a una audiencia".    <br>  <sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>Tambi&eacute;n en San Agust&iacute;n vemos cierta preeminencia (o punto de partida) del creer sobre el saber, cuando dice: "El creyente debe creer lo que todav&iacute;a no ve, pero esperando y amando la futura visi&oacute;n" (Cartas 120, 2.8).    <br>  <sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>Por supuesto, no nos referimos a la creencia que Hitler ten&iacute;a en su dios o en sus dioses; por un lado, no es algo deseable tal dios para todos (puesto que excluye a los jud&iacute;os), y la creencia cristiana supone la igualdad entre los hombres (cosa que el nazismo no acepta) y, por otro lado, es un dios que proviene de cierta lectura evolucionista y biol&oacute;gica de la especie humana, o mejor, del intento de comprender lo espiritual como determinado por lo biol&oacute;gico. No es una reflexi&oacute;n rigurosa ni metaf&iacute;sica acerca de la especie humana. Sigue siendo un desafortunado esfuerzo por aplicar lo que ha sido provechoso en las ciencias biol&oacute;gicas a terrenos cuyos "objetos" de estudio exigen otro tipo de acercamientos. Cf. Adolf Hitler, <i>Mi lucha </i>(Santiago de Chile: M&aacute;s all&aacute;, 1920).    <br>  <sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup>Por ello Juan Pablo II pudo pedir perd&oacute;n a Dios por los pecados cometidos por cat&oacute;licos en nombre de la fe verdadera.    <br>  <sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup>Tenemos muchos ejemplos de c&oacute;mo cierta "creencia en Dios" no tiene nada de edificante y, por el contrario, puede considerarse perniciosa para la vida humana. Desde la Inquisici&oacute;n hasta la Conquista espa&ntilde;ola en Am&eacute;rica latina los ejemplos abundan. Pero no confundamos al dios de un fan&aacute;tico con la creencia en Dios aut&eacute;ntica, o el hacer un mal uso de una "fe". Incluso pueden existir personas que tuvieron "experiencias de lo eterno" en el tiempo y luego regresaron al tiempo, al mundo, para absolutizarlas (institucionalizarlas), establecerlas, para convertirlas en cosas, en objetos, en doctrinas intolerantes, donde todo est&aacute; tan claro que no hay misterio alguno, ni m&iacute;stica.    <br>  <sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>Seg&uacute;n Leibniz "es cierto que pueden imaginarse mundos posibles sin pecado ni miserias, haciendo con ellos novelas y utop&iacute;as; pero esos mismos mundos ser&iacute;an muy inferiores en bien al nuestro". Gottfried Leibniz, <i>Teodicea </i>(Buenos Aires: Claridad, 1946), par&aacute;grafo 10. "Dios quiere el orden y el bien; pero sucede a veces que lo que es desorden en la parte, es orden en el todo<b>" </b>(par&aacute;grafo 128).    <br>  <sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup>Hace falta escribir una "historia del deseo", es decir, de todos los s&iacute;mbolos que nos inspiran, desde nuestra infancia hasta la vida adulta; desde h&eacute;roes, &aacute;ngeles, superh&eacute;roes, etc&eacute;tera; una historia de c&oacute;mo la literatura, la teolog&iacute;a, la ciencia, la filosof&iacute;a, participan o no en la creaci&oacute;n de esos s&iacute;mbolos o c&oacute;mo, con el tiempo y la secularizaci&oacute;n, se les da muerte. Esta historia del deseo es sin duda una historia del erotismo humano, de nuestras creencias, es decir, de todo aquello que le da a la vida m&aacute;s poder de recrearse continuamente en todos nosotros, produciendo consecuencias deseable o no a nivel &eacute;tico y pol&iacute;tico. Esta historia podr&iacute;a mostrar que el mejor de los mundos posibles es aquel en el que las creencias m&aacute;s poderosas, arriesgadas, potencian los deseos m&aacute;s productivos, luminosos y liberadores. No es un mundo qu&iacute;mico, positivista, avaro, enclaustrado en un conocimiento verificable, sino un mundo sin l&iacute;mites, en constante creaci&oacute;n.    <br>  <sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup>Sobre la idea de que la vida humana busca perseverar en el ser, cf. Baruch Espinosa, <i>&Eacute;tica demostrada seg&uacute;n el orden geom&eacute;trico </i>(Barcelona: Orbis, 1980), proposici&oacute;n XX, 266.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup>El nihilismo se puede entender en muchos sentidos. Una forma de nihilismo es el &laquo;nihilismo budista&raquo; desarrollado por Nagarjuna, en el siglo II despu&eacute;s de J.C. Nagarjuna propuso una concepci&oacute;n &laquo;media&raquo;, <i>Madhyamika, </i>de Buda, que busca negar toda alternativa a una posici&oacute;n dada y la negaci&oacute;n de esta negaci&oacute;n, situ&aacute;ndose en el &laquo;vac&iacute;o&raquo;, <i>sunya, </i>el cual siendo inefable es el verdadero Absoluto. Este nihilismo no es el nihilismo del sinsentido que conduce a la depresi&oacute;n, a la desesperaci&oacute;n, sino que es el absoluto mismo y, a la vez, no es &laquo;nada&raquo; espec&iacute;fico. Con frecuencia, en cierto tipo de cristianismo muy popular, al determinar lo absoluto como "dios" se lo convierte en algo espec&iacute;fico, que es la negaci&oacute;n de lo absoluto. Luego que "dios" queda determinado as&iacute;, hay que esperar de &eacute;l toda clase de favores y componendas donde solo se expresan deseos personales. Eso no es fe sino resistencia a la fe y desesperaci&oacute;n. En este sentido el nihilismo budista de Nagarjuna es el mismo Absoluto, el reino sin formas de lo no espec&iacute;fico, Dios mismo que solo se "conoce" por la fe, mientras que el nihilismo que aqu&iacute; se cuestiona es la ausencia de valores creadores y reveladores de sentido. Este nihilismo proviene de no poder "deshacer " lo espec&iacute;fico, de no poder vaciarse de todo lo espec&iacute;fico o de encontrarse en conflicto con lo espec&iacute;fico y hacer de ello (de lo contingente) lo "&uacute;nico", lo "absoluto"; este vac&iacute;o se encuentra por ejemplo en la experiencia de decepci&oacute;n, en la ausencia de un ser querido, etc&eacute;tera.    <br>  <sup><a name="num12"></a><a href="#nu12">12</a></sup>Jos&eacute; Antonio Merino afirma: "Buenaventura, siguiendo a San Agust&iacute;n, dice que el apetito precede la generaci&oacute;n intelectual, de la cual nace el conocimiento de aquello que queremos saber. El amor es el inicio del conocimiento, lo acompa&ntilde;a en todo el proceso cognoscitivo y lo completa en la uni&oacute;n entre el cognoscente y lo conocido". Cf. Jos&eacute; Antonio Merino, <i>Historia de la filosof&iacute;a franciscana </i>(Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993), 76.    <br>  <sup><a name="num13"></a><a href="#nu13">13</a></sup>En este mismo sentido entiende Levinas la "metaf&iacute;sica como Deseo", cuando afirma: "Hemos descrito el Deseo como la medida de lo Infinito que ning&uacute;n t&eacute;rmino, ninguna satisfacci&oacute;n detiene (deseo opuesto a Necesidad)." Emmanuel Levinas, <i>Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad </i>(Salamanca: S&iacute;gueme, 1977), 308.    <br>  <sup><a name="num14"></a><a href="#nu14">14</a></sup>Sobre la tendencia del deseo a la uni&oacute;n con algo inmediato o con algo mediato (propio de la m&iacute;stica) cf. Maurice Blanchot, <i>Di&aacute;logo inconcluso </i>(Caracas: Monte &Aacute;vila editores, 1970), 123.    <br>  <sup><a name="num15"></a><a href="#nu15">15</a></sup>Mauricio Blondel, <i>La</i><i> </i><i>acci&oacute;n</i><i> </i>(Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, MCMXCVI, 1996), 22.    <br>  <sup><a name="num16"></a><a href="#nu16">16</a></sup>Momento de separaci&oacute;n que Plat&oacute;n describe en su mito o "alegor&iacute;a del carro alado". Fedro, (246 d 3- 248 d).    <br>  <sup><a name="num17"></a><a href="#nu17">17</a></sup>Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en la conversi&oacute;n de San Agust&iacute;n. Encontr&aacute;ndose desesperado por la vida que llevaba, sinti&oacute; dentro de s&iacute; una rebeli&oacute;n que lo llev&oacute; a exclamar: ...&iquest;Hasta cu&aacute;ndo voy a seguir diciendo ma&ntilde;ana, ma&ntilde;ana? &iquest;Por qu&eacute; no ahora mismo? &iquest;Por qu&eacute; no poner fin ahora mismo a mis torpezas?... Oy&oacute; entonces la voz de un ni&ntilde;o de una casa vecina que le dec&iacute;a: &laquo;&iexcl;Toma y lee!&iexcl;Toma y lee!&raquo;. Y cogiendo las cartas de San Pablo ley&oacute; el pasaje de Romanos 13,13: &laquo;Nada de comilonas y borracheras... lujurias y desenfrenos...Revest&iacute;os, m&aacute;s bien, del Se&ntilde;or Jesucristo y no os preocup&eacute;is de la carne para satisfacer sus concupiscencias&raquo;..., nos dice San Agust&iacute;n en sus Confesiones IX 1,1: &laquo;Todo el fondo del problema estribaba en esto: en dejar de querer lo que yo quer&iacute;a y en comenzar a querer lo que quer&iacute;as T&uacute;&raquo;... Y como consecuencia de la revoluci&oacute;n de estas palabras que &eacute;l pudo escuchar como en un "rapto del esp&iacute;ritu" se consagr&oacute; al estudio de las escrituras y su vida cambio en el a&ntilde;o 386. No fue solo lo que las palabra dicen por s&iacute; mismas (muchos las hemos le&iacute;do, sin que nos inmutemos), sino lo que le dijeron a &eacute;l, desde un clamor que le permiti&oacute; "abrirse" a escucharlas fuera del tiempo y el espacio ordinario. Llegando a sentir incluso que el mismo Dios le hablaba. Cf. San Agust&iacute;n, <i>Confesiones </i>(Madrid: Editorial Gredos, 2010).    <br>  <sup><a name="num18"></a><a href="#nu18">18</a></sup>Baruch Espinosa, <i>op. cit</i>., proposici&oacute;n XVIII, 263.    <br>  <sup><a name="num19"></a><a href="#nu19">19</a></sup>Si se quiere aclarar m&aacute;s este concepto v&eacute;ase mi ensayo: Rafael G&oacute;mez Pardo, "M&iacute;stica y revoluci&oacute;n, un acercamiento laico a la m&iacute;stica y a la religiosidad cristiana", en <i>Memorias del II Congreso Internacional, tomo 2 </i>(Bogot&aacute;: Universidad de San Buenaventura, 2009), 372-389.    <br>  <sup><a name="num20"></a><a href="#nu20">20</a></sup>Esta misma idea la expresa Espinosa con las siguientes palabras: "Un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sino por medio de otro afecto contrario, y m&aacute;s fuerte que el que ha de ser reprimido", <i>Ib&iacute;d., </i>Parte IV, proposici&oacute;n VII, 255.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num21"></a><a href="#nu21">21</a></sup>Sobre el tema de la nostalgia y la metaf&iacute;sica puede verse el ensayo de Richard Rorty, "Heidegger, contingencia y pragmatismo", en <i>Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contempor&aacute;neos. Escritos filos&oacute;ficos 2 </i>(Barcelona: Paid&oacute;s, 1993), 49-77.    <br>  <sup><a name="num22"></a><a href="#nu22">22</a></sup>Anselm Gr&uuml;n, "El Camino espiritual como camino saludable", en <i>Cuadernos Mon&aacute;sticos, </i>n.&deg; 151 (2004): 515. <a href="http://www.monasterio.org.ar/cuadmon/151-grun.pdf" target="_blank">http://www.monasterio.org.ar/cuadmon/151-grun.pdf</a>. Anselm Gr&uuml;n es un monje benedictino de la abad&iacute;a de M&uuml;nsterschwarzach (Alemania), reconocido como maestro espiritual de nuestro tiempo y autor de numerosos libros sobre espiritualidad y sicolog&iacute;a.    <br>  <sup><a name="num23"></a><a href="#nu23">23</a></sup>Bertrand Russell, <i>Misticismo y l&oacute;gica </i>(Barcelona: Dldhasa, 1987), 30.    <br>  <sup><a name="num24"></a><a href="#nu24">24</a></sup>Albert Einstein, <i>Mi credo humanista </i>(Buenos Aires: Leviat&aacute;n, 1991), 68.    <br>  <sup><a name="num25"></a><a href="#nu25">25</a></sup>Thomas Kuhn, <i>La estructura de las revoluciones cient&iacute;ficas </i>(M&eacute;xico D.F: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1992), 236.    <br>  <sup><a name="num26"></a><a href="#nu26">26</a></sup>Albert Einstein, <i>op.</i><i> </i><i>cit.,</i><i> </i>17.    <br>  <sup><a name="num27"></a><a href="#nu27">27</a></sup><i>La</i><i> </i><i>Sagrada</i><i> </i><i>Biblia</i>, Sociedades B&iacute;blicas Unidas, San Mateo 6,24-34.    <br>  <sup><a name="num28"></a><a href="#nu28">28</a></sup>Sobre este tema v&eacute;ase Baruch Espinosa, <i>op.</i><i> </i><i>cit</i>., parte cuarta: De la servidumbre humana o de la fuerza de los afectos.    <br>  <sup><a name="num29"></a><a href="#nu29">29</a></sup>Friedrich Nietzsche, <i>M&aacute;s all&aacute; del bien y del Mal </i>(Madrid: Alianza Editorial, 1993), frag. 292.    <br>  <sup><a name="num30"></a><a href="#nu30">30</a></sup>Albert Einstein, <i>op. cit</i>., 18.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num31"></a><a href="#nu31">31</a></sup>San Agust&iacute;n, <i>Ciudad de Dios. Libros </i><i>I</i><i>-</i><i>VHI </i>(Madrid: Editorial Gredos, 2007), I, 1,1,9.    <br>  <sup><a name="num32"></a><a href="#nu32">32</a></sup>Utilizo el t&eacute;rmino "devenir puro" (imperceptible) a partir de Deleuze, pero d&aacute;ndole un sentido m&aacute;s metaf&iacute;sico. Sobre el t&eacute;rmino devenir Cf. Gilles Deleuze, <i>Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia </i>(Valencia: Pre-textos, 1988), 244.    <br>  <sup><a name="num33"></a><a href="#nu33">33</a></sup>Ejemplo de ello lo encontramos en la m&iacute;stica y la metaf&iacute;sica de la luz del Maestro Eckhart. Este tema se encuentra muy bien expuesto en: Mauricio Beuchot, <i>op. cit., </i>cap&iacute;tulo III.    <br>  <sup><a name="num34"></a><a href="#nu34">34</a></sup>Cf. <i>I</i><i>h</i><i>&iacute;d., </i>41.    <br>  <sup><a name="num35"></a><a href="#nu35">35</a></sup>En los libros II y VI, de Fedor Dostoievski, <i>Los hermanos Karam&aacute;zov </i>(Madrid: Edicomunicaci&oacute;n, 2001), se ilustra de manera genial y con muchos detalles este tipo de m&iacute;stica religiosa en la vida de servicio activo del Padre Z&oacute;simo. Esta no consiste en un mero ascetismo, sino en una actividad de entrega total a los dem&aacute;s, que supera la entrega que los seres humanos suelen establecer de ordinario, a partir de sus "necesidades" e intereses. Lo que este padre ofrece es un amor no meramente humano sino inspirado en Dios, en lo absoluto.    <br>  <sup><a name="num36"></a><a href="#nu36">36</a></sup>Para el m&iacute;stico espa&ntilde;ol San Juan de la Cruz, el no saber nada es la mayor tiniebla espiritual que lleva directamente a la fe y al verdadero "abandono en Dios". En otras palabras, la noche espiritual es m&aacute;s oscura que la noche de los sentidos. "Noche espiritual, que es la fe, todo lo priva, as&iacute; en entendimiento como en sentido; y por eso dice el alma en esta que iba a oscuras y segura." San Juan de la Cruz, <i>Vida y obras de San Juan de la Cruz </i>(Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1978), 487. Pero la seguridad no proviene del entendimiento sino del "abandono" en la fe; proviene de Dios. Esto es por supuesto algo que racionalmente no se puede comprender, sino solo en la medida en que se consuma la experiencia de tal fe.    <br>  <sup><a name="num37"></a><a href="#nu37">37</a></sup>Respecto a los factores objetivos (adem&aacute;s de los subjetivos), cabe se&ntilde;alar que un campo de concentraci&oacute;n puede precipitar a un hombre (por supuesto que no a todos, ni siquiera a la mayor&iacute;a) a una experiencia espiritual y m&iacute;stica profunda. Un ejemplo de ello lo describe Viktor Frankl, quien sobrevivi&oacute; al Holocausto nazi, en su libro <i>El hombre en busca de sentido </i>(Barcelona: Herder, 1993), donde describe su vida de prisionero en un campo de concentraci&oacute;n y se&ntilde;ala que, incluso en las condiciones m&aacute;s extremas de deshumanizaci&oacute;n y sufrimiento, un hombre puede encontrar una raz&oacute;n para vivir, basada en una aut&eacute;ntica espiritualidad.    <br>   <sup><a name="num38"></a><a href="#nu38">38</a></sup>Algunos de los Mandalas (pinturas simb&oacute;licas para propiciar la meditaci&oacute;n o para sanar) se conservan y otros se destruyen con el fin de experimentar o recordar la futilidad de los esfuerzos humanos. Cf. Giuseppe Tucci, <i>Teor&iacute;a y pr&aacute;ctica del mandala </i>(Barcelona: Barral editores, 1974).    <br>   <hr>     <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Aubenque, Pierre. <i>El problema del ser en Arist&oacute;teles. </i>Madrid: Taurus, 1981.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0120-1468201200010001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>La prudencia en Arist&oacute;teles. </i>Barcelona: Cr&iacute;tica, 1999.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0120-1468201200010001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Beuchot, Mauricio. <i>Tratado de hermen&eacute;utica anal&oacute;gica. </i>M&eacute;xico D.F.: Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0120-1468201200010001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____<i>. Antropolog&iacute;a filos&oacute;fica. </i>Madrid: Fund. Emmanuel Mounier, 2004.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0120-1468201200010001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Beuchot, Mauricio. <i>Las caras del s&iacute;mbolo: el &iacute;cono y el &iacute;dolo. </i>Madrid: Caparr&oacute;s Editores, 1999.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0120-1468201200010001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Bernab&eacute;, Alberto. <i>Fil&oacute;sofos presocr&aacute;ticos: de Tales a Dem&oacute;crito. </i>Barcelona: Altaya, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0120-1468201200010001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Blanchot, Maurice. <i>Di&aacute;logo inconcluso. </i>Caracas: Monte &Aacute;vila editores, 1970.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0120-1468201200010001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Blondel, Mauricio. <i>La Acci&oacute;n. </i>Introducci&oacute;n, versi&oacute;n y notas de Juan Maria Isasi. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0120-1468201200010001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>El punto de partida de la Investigaci&oacute;n filos&oacute;fica. </i>Traducci&oacute;n de Jorge Hourton. Barcelona: Herder, 1967.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0120-1468201200010001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Calvo Mart&iacute;nez, T. <i>De los sofistas a Plat&oacute;n: Pol&iacute;tica y pensamiento. </i>Madrid: Ediciones Pedag&oacute;gicas, 1995.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0120-1468201200010001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Cornford, Francis Macdonald. <i>La teor&iacute;a plat&oacute;nica del conocimiento. </i>Buenos Aires: Paid&oacute;s, 1968.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0120-1468201200010001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Crombie, I.M. <i>An&aacute;lisis de las doctrinas de Plat&oacute;n </i>I-II. Madrid: Alianza, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0120-1468201200010001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, Gilles. <i>Di&aacute;logos. </i>Traducido por J. V&aacute;zquez P&eacute;rez, Valencia: Pre-textos, 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0120-1468201200010001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. </i>Traducido por J. V&aacute;zquez P&eacute;rez, Valencia: Pre-textos, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0120-1468201200010001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Dostoievski, Fedor. <i>Los hermanos Karam&aacute;zov. </i>Madrid: Edicomunicacion, 2001.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0120-1468201200010001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Einstein, Albert. <i>Mi credo humanista. </i>Buenos Aires: Leviat&aacute;n, 1991.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0120-1468201200010001000016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Espinosa, Baruch. <i>&Eacute;tica demostrada seg&uacute;n el orden geom&eacute;trico. </i>Traducido por V Pe&ntilde;a, Barcelona: Orbis, 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-1468201200010001000017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Tratado de la reforma del entendimiento y otros escritos.</i> Traducido por L. Fern&aacute;ndez y J. P. Margot, Bogot&aacute;: Universidad Nacional de Colombia, 1984.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-1468201200010001000018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Frankl, Viktor. <i>El hombre en busca de sentido. Prefacio de Gordon W. Allport. </i>Barcelona: Herder, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-1468201200010001000019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Ante el vac&iacute;o existencial. </i>Traducido por M. Villanueva, Barcelona: Herder, 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0120-1468201200010001000020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Grube, G. M. A. <i>El pensamiento de Plat&oacute;n. </i>Madrid: Gredos, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0120-1468201200010001000021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Guthrie, W.K.C. <i>Historia de la filosof&iacute;a griega, </i>vol. I-VI. Madrid: Gredos, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0120-1468201200010001000022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Heidegger, Mart&iacute;n. <i>Sendas perdidas. </i>Buenos Aires: Losada, 1960.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0120-1468201200010001000023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____<i>. Serenidad. </i>Versi&oacute;n Castellana de Yues Zimmermann. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1989.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0120-1468201200010001000024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Hitler, Adolf. <i>Mi lucha. </i>Santiago de Chile: M&aacute;s all&aacute;, 1920.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0120-1468201200010001000025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Jaeger, Werner. <i>Arist&oacute;teles. </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1984.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0120-1468201200010001000026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Paideia. Los ideales de la cultura griega. </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1992.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0120-1468201200010001000027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Kahn, Ch. <i>Plato and the Socratic Dialogues. </i>Cambridge: CUP, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0120-1468201200010001000028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Kirk, G., Raven, J., Schofield, M. <i>Los fil&oacute;sofos presocr&aacute;ticos. </i>Madrid: Gredos, 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0120-1468201200010001000029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Kuhn, T. S. <i>La estructura de las revoluciones cient&iacute;ficas. </i>Traducido por A. Cont&iacute;n, M&eacute;xico D.F: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1992.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0120-1468201200010001000030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Leibniz, Gottfried. <i>Teodicea. </i>Buenos Aires: Claridad, 1946.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0120-1468201200010001000031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Levinas, Emmanuel. <i>Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. </i>Salamanca: S&iacute;gueme, 1977.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0120-1468201200010001000032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lled&oacute;, Emilio. <i>La memoria del Logos. </i>Madrid: Alianza, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0120-1468201200010001000033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Mardones, Jos&eacute; Mar&iacute;a. <i>Neoliberalismo y religi&oacute;n. La religi&oacute;n en la &eacute;poca de la globalizaci&oacute;n. </i>Navarra: Editorial Verbo Divino, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0120-1468201200010001000034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>La vida del s&iacute;mbolo. La dimensi&oacute;n simb&oacute;lica de la religi&oacute;n.</i> Santander: Editorial Sal Terrae, 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0120-1468201200010001000035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Maturana, Humberto. <i>El sentido de lo humano. </i>Bogot&aacute;: Tercer mundo, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0120-1468201200010001000036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Max, Born. "La f&iacute;sica de mi generaci&oacute;n". <i>Universitas </i>vol. II, N.&deg; 3 (1964): 225-235.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0120-1468201200010001000037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Merino, Jos&eacute; Antonio<i>. Historia de la filosof&iacute;a franciscana. </i>Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0120-1468201200010001000038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Montoya, J. y Conill, J. <i>Arist&oacute;teles, sabidur&iacute;a y felicidad. </i>Madrid: Cincel, 1985.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0120-1468201200010001000039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Nagarjuna. <i>Fundamentos de la v&iacute;a media. </i>Madrid: Siruela, 2004.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0120-1468201200010001000040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>_____<i>. Abandono de la discusi&oacute;n. </i>Madrid: Siruela, 2006.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0120-1468201200010001000041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Nietzsche, Friedrich. <i>M&aacute;s all&aacute; del bien y del Mal. </i>Traducido por Andr&eacute;s S&aacute;nchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0120-1468201200010001000042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Plat&oacute;n. <i>Di&aacute;logos. Obra completa en 9 vol&uacute;menes. </i>Madrid: Editorial Gredos, 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0120-1468201200010001000043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rilke, Marie. <i>Cartas a un joven poeta. </i>Buenos Aires: Siglo Veinte, 1974.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0120-1468201200010001000044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rorty, Richard. <i>Contingencia, iron&iacute;a y solidaridad. </i>Traducci&oacute;n de Alfredo Eduardo Sinnot. Barcelona: Paid&oacute;s, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0120-1468201200010001000045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>_____. <i>Cultura y modernidad. </i>Perspectivas filos&oacute;ficas de Oriente y Occidente. Traducci&oacute;n del Ingl&eacute;s de David Sempau. Barcelona: Kair&oacute;s, 2001.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S0120-1468201200010001000046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contempor&aacute;neos.</i> Traducci&oacute;n de Jorge Vigil Rubio. Barcelona: Paid&oacute;s, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0120-1468201200010001000047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>&iquest;Esperanza o conocimiento? Una introducci&oacute;n al pragmatismo. </i>Traducci&oacute;n de Eduardo Rabosi. Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0120-1468201200010001000048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>El giro ling&uuml;&iacute;stico. Dificultades metafilos&oacute;ficas de la filosof&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica. </i>Traducci&oacute;n de Bagriel Bello. Barcelona: Paid&oacute;s, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0120-1468201200010001000049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rorty, Richard. <i>La filosof&iacute;a en la historia. Ensayos de historiograf&iacute;a de la filosof&iacute;a. </i>Barcelona: Paid&oacute;s, 1991.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0120-1468201200010001000050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>_____. <i>La filosof&iacute;a y el espejo de la naturaleza. </i>Traducci&oacute;n de Jes&uacute;s Fern&aacute;ndez Zulaica. Madrid: Ediciones C&aacute;tedra, 1979.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0120-1468201200010001000051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Objetividad, relativismo y verdad. </i>Traducci&oacute;n de Jorge Vigil Rubio. Barcelona: Paid&oacute;s, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0120-1468201200010001000052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Ross, William David. <i>Teor&iacute;a de las ideas de Plat&oacute;n. </i>Madrid: C&aacute;tedra, 1989.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S0120-1468201200010001000053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Russell, Bertrand. <i>Misticismo y l&oacute;gica. </i>Barcelona: Dldhasa, 1987.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0120-1468201200010001000054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>San Agust&iacute;n. <i>Obras completas de San Agust&iacute;n. </i>41 vol&uacute;menes. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0120-1468201200010001000055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>_____. <i>Confesiones. </i>Madrid: Editorial Gredos, 2010.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0120-1468201200010001000056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>La ciudad de Dios; Vida de San Agust&iacute;n. </i>Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2009.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0120-1468201200010001000057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Sobre la m&uacute;sica. Seis libros. </i>Madrid: Editorial Gredos, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0120-1468201200010001000058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>_____. <i>Ciudad de Dios (libros </i><i>I</i><i>-</i><i>VIII</i><i>). </i>Madrid: Editorial Gredos, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0120-1468201200010001000059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Su&aacute;rez Molano, Jos&eacute; Olimpo. <i>Richard Rorty: El neo pragmatismo norteamericano. </i>Medell&iacute;n: Universidad de Antioquia, 2005.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0120-1468201200010001000060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Tucci, Giuseppe. <i>Teor&iacute;a y pr&aacute;ctica del mandala. </i>Barcelona: Barral editores, 1974.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0120-1468201200010001000061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Vattimo, Gianni. <i>Creer que se cree. </i>Traducci&oacute;n de Carmen Revilla. Barcelona: Paid&oacute;s, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0120-1468201200010001000062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Vattimo, Gianni y Derrida, Jacques. <i>La religi&oacute;n. </i>Buenos Aires: Ediciones La flor, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0120-1468201200010001000063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Villoro, Luis. <i>Creer, saber y conocer. </i>M&eacute;xico: Siglo Veintiuno, 1982.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0120-1468201200010001000064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>      ]]></body><back>
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