<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0120-386X</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Revista Facultad Nacional de Salud Pública]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Rev. Fac. Nac. Salud Pública]]></abbrev-journal-title>
<issn>0120-386X</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad de Antioquia]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0120-386X2007000100014</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Una reseña desde los afectos]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Arias V]]></surname>
<given-names><![CDATA[Samuel Andrés]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Instituto Nacional de Cancerología  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[Bogotá ]]></addr-line>
<country>Colombia</country>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<volume>25</volume>
<numero>1</numero>
<fpage>118</fpage>
<lpage>119</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0120-386X2007000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0120-386X2007000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0120-386X2007000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font size="3" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">     <p align="center"><strong>Una reseña desde los afectos</strong></p> </font>    <font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">      <p align="left">Samuel Andr&eacute;s Arias V.</p>      <p>M&eacute;dico y escritor. Instituto Nacional de cancerolog&iacute;a.  Bogot&aacute;. Colombia.</p><hr>        <p>Hace pocos minutos termin&eacute; de leer <em>El olvido que seremos, </em>de H&eacute;ctor Abad Faciolince. Quisiera poder escribir con objetividad sobre su estructura narrativa, la evoluci&oacute;n de la obra del autor, la relaci&oacute;n de este libro con la de otros escritores que le han escrito a su padre; que si es una novela, una biograf&iacute;a, un perfil, unas memorias; pero no puedo, y no tendr&iacute;a mucho sentido, pues est&aacute; escrito desde los afectos y desde los afectos escribo tambi&eacute;n esta nota.</p>      <p>En 1987, año en que asesinaron a H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez, yo ten&iacute;a catorce años. Tal vez la noticia la haya visto en la televisi&oacute;n, pero para m&iacute; no habr&aacute; significado mucho. Mis prioridades eran las aventuras a campo abierto, como voluntario juvenil de la Cruz Roja, y a campo cerrado, &iacute;ntimas, naturales de la ebullici&oacute;n hormonal de la adolescencia. La muerte de l&iacute;deres sindicales, de defensores de derechos humanos, el exterminio de la Uni&oacute;n Patri&oacute;tica no eran parte de mis preocupaciones juveniles.</p>      <p>En el 2001 ingres&eacute; a la Facultad Nacional de Salud P&uacute;blica H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez a estudiar la maestr&iacute;a en epidemiolog&iacute;a. En esos catorce años mis expectativas cambiaron de ser un h&eacute;roe que rescataba heridos y muertos en las faldas de Monserrate al deseo de hacer un trabajo que tuviera una repercusi&oacute;n m&aacute;s amplia sobre la salud de las poblaciones.</p>      <p>Dice H&eacute;ctor Abad Faciolince en su libro que su padre "soñaba con que hubiera un nuevo tipo de m&eacute;dico, un <em>poliatra,</em> dec&iacute;a &eacute;l, el sanador de la polis, y quer&iacute;a dar ejemplo de c&oacute;mo deb&iacute;a comportarse ese nuevo m&eacute;dico de la sociedad, que no se ocupar&iacute;a de atacar y curar la enfermedad, caso por caso, sino intervenir en sus causas m&aacute;s profundas y lejanas". Un deseo similar fue el que me impuls&oacute; a convertirme en epidemi&oacute;logo despu&eacute;s de conocer, en mi pr&aacute;ctica rural y como m&eacute;dico general en los Llanos Orientales y las selvas de la Amazon&iacute;a, las condiciones y desventuras que viven muchos colombianos, con la fe de poder contribuir de manera m&aacute;s eficaz a la soluci&oacute;n de los problemas de los colectivos humanos y no solo de los individuos. O expresado de manera m&aacute;s simple por H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez en su tesis de grado (y trascrito por su hijo en <em>El olvido que seremos</em>): "La epidemiolog&iacute;a ha salvado m&aacute;s vidas que todas las terap&eacute;uticas".</p>      <p>H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez es el icono de la salud p&uacute;blica y de la lucha por los derechos humanos en la Universidad de Antioquia y en el pa&iacute;s. La Facultad Nacional de Salud P&uacute;blica lleva su nombre y su busto es testigo de todos los movimientos desde el centro del jard&iacute;n principal del edificio. El fen&oacute;meno es similar a las millones de im&aacute;genes del Che que vemos en afiches, pocillos, camisetas y gorras, pero que a la hora del t&eacute; muy pocos saben algo de &eacute;l. Asimismo pasa con H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez en la universidad. Para algunos estudiantes, el &uacute;nico significado que representa el maestro es la foto obligada que hay que tomar junto a su estatua como prueba de que se han graduado. </p>      <p>Cuando llegu&eacute; a Medell&iacute;n no sab&iacute;a mayor cosa de &eacute;l: que hab&iacute;a sido un gran salubrista, fundador de la Escuela Nacional de Salud P&uacute;blica hac&iacute;a casi cuarenta años y que hab&iacute;a muerto por defender los derechos humanos en Antioquia, nada m&aacute;s. A pesar de ser el gran h&eacute;roe de la facultad, durante la maestr&iacute;a, en ning&uacute;n curso se propuso alguna de sus obras como bibliograf&iacute;a.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hace varios años, en una feria universitaria del libro, encontr&eacute; en oferta la compilaci&oacute;n de sus escritos en el <em>Manual de tolerancia,</em> editados por la Universidad de Antioquia. La curiosidad por descubrir qui&eacute;n hab&iacute;a sido el hombre que mereci&oacute; que una Facultad llevara su nombre me hizo comprarlo en la secci&oacute;n de ofertas por la &iacute;nfima suma de dos mil pesos.</p>      <p>Aunque el libro esta conformado por una serie de escritos que probablemente no ten&iacute;an la intenci&oacute;n de ser publicados en un solo volumen, y por eso no guardaban una unidad tem&aacute;tica coherente, s&iacute; conservaban una unidad &eacute;tica. En todos era clara la postura honesta, transparente y, casi siempre, rom&aacute;ntica del profesor sobre la vida, la medicina, la salud p&uacute;blica y la pol&iacute;tica. Uno de sus textos en especial me ha marcado en mi breve carrera docente; fue el art&iacute;culo "Hace quince años estoy tratando de enseñar". Trascribo su &uacute;ltimo p&aacute;rrafo:</p>      <p>El mero conocimiento no es sabidur&iacute;a. La sabidur&iacute;a sola tampoco basta. Son necesarias la sabidur&iacute;a y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres. Aunque podr&iacute;amos decir que todo hombre sabio, si verdaderamente lo es, tiene que ser bueno. Porque la sabidur&iacute;a y la bondad son dos cosas &iacute;ntimamente entremezcladas. Lo que deber&iacute;amos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirle humildemente perd&oacute;n a nuestros disc&iacute;pulos por el mal que les hicimos.</p>      <p>Desde el d&iacute;a en que lo le&iacute;, de cuando en cuando, agobiado por la lucha de clases en la universidad: clase por la mañana, clase por la tarde y clase por la noche, o por los proyectos de investigaci&oacute;n que estaba ejecutando, me deten&iacute;a un rato frente a la imagen congelada del maestro en el patio de la facultad y le preguntaba desde mis adentros si estaba haciendo bien la tarea; si mi esfuerzo y cansancio contribuir&iacute;an en algo a defender los ideales que &eacute;l ten&iacute;a y que comparto. La respuesta&  m&iacute;a, no desde el m&aacute;s all&aacute;, era variable, a veces positiva y otras tantas negativa. Pero el solo hecho de pregunt&aacute;rmelo era un indicio de autocr&iacute;tica (tan dif&iacute;cil en los profesores universitarios), que me ayudaba a no caer en la trampa com&uacute;n del ejercicio docente e investigativo fr&iacute;o y mec&aacute;nico. </p>      <p>La reflexi&oacute;n es frecuente y necesaria. Cuando la calidad de la educaci&oacute;n superior p&uacute;blica contin&uacute;a decayendo vertiginosamente, las condiciones de los maestros e investigadores son m&aacute;s paup&eacute;rrimas y el acceso de los j&oacute;venes a la universidad es m&aacute;s restringido, el pensamiento de H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez es urgente. Cuenta su hijo que en la &uacute;ltima columna que dej&oacute; preparada para el peri&oacute;dico El Mundo de Medell&iacute;n dec&iacute;a: "Vivimos una &eacute;poca violenta, y esta violencia nace del sentimiento de desigualdad. Podr&iacute;amos tener mucha menos violencia si todas las riquezas, incluyendo la ciencia, la tecnolog&iacute;a y la moral -esas grandes creaciones humanas-estuvieran mejor repartidas sobre la Tierra. Este es el gran reto que se nos presenta hoy, no solo a nosotros, sino a la humanidad".</p>      <p>Hace m&aacute;s de un año que no trabajo como profesor de tiempo completo en la Universidad de Antioquia. Me traslad&eacute; a Bogot&aacute;, he trabajado como epidemi&oacute;logo en una aseguradora de salud y desde hace pocos meses coordino el &aacute;rea de investigaciones del Instituto Nacional de Cancerolog&iacute;a y mantengo algunas labores de c&aacute;tedra con la misma universidad. Siempre, peri&oacute;dicamente, me viene la imagen en piedra de H&eacute;ctor Abad G&oacute;mez y me invita a la misma reflexi&oacute;n: ¿s&iacute; estar&eacute; haciendo con mi trabajo algo que valga la pena? No lo s&eacute;, pero la fe, la ilusi&oacute;n, ingenua o franca, de que lo estoy intentando me mantiene a flote en la cotidianidad. </p>      <p><em>El olvido que seremos</em> me ha permitido conocer el lado m&aacute;s humano del maestro, presentado por el sesgo afectuoso de su hijo. Su intenci&oacute;n, m&aacute;s que hacer gran literatura, que no es excluyente, es desatorarse de esa deuda que ten&iacute;a con su padre y su pasado y permitirnos reconstruir no solo la historia &iacute;ntima del hombre y su familia, sino los oscuros recovecos que llevaron a exterminar buena parte de la inteligencia del pa&iacute;s en la d&eacute;cada de los ochenta. </p>      <p>Dice el autor en el &uacute;ltimo p&aacute;rrafo:</p>      <p>"Y si mis recuerdos entran en armon&iacute;a con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejar&eacute; de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes tambi&eacute;n sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante m&aacute;s, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras".</p>        <p>Noviembre del 2006 </p></font>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
</article>
