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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The suffocating presence of the body A brief reflection is presented on tuberculosis as a paradigm of disease and its relationship with human behavior based on Thomas Mann's The magic mountain. The romantic myth of tuberculosis is analyzed as a disease prevailing among psychologically sensitive people. This myth is compared with present day health expectations as a consequence of widespread information produced by the tireless efforts of the medical sciences]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <B><FONT FACE="Arial" SIZE=4>La presencia asfixiante del cuerpo</P> </B></FONT><FONT FACE="Arial" SIZE=2>    <P ALIGN="CENTER">Marta Renza</P>     <P ALIGN="CENTER">Instituto Nacional de Salud, Bogot&aacute;, D.C., Colombia</FONT><FONT FACE="Arial" COLOR="#ff0000"> </P> </FONT><FONT FACE="Arial">    <P>Se hace una breve reflexi&oacute;n sobre la tuberculosis como paradigma de la enfermedad y sus relaciones con los comportamientos humanos con base en una lectura de <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica </I>de Thomas Mann. Se analiza el mito rom&aacute;ntico de la tuberculosis como dolencia de seres especialmente sensibles y se plantea un paralelo con las expectativas actuales de salud como producto de la popularizaci&oacute;n de los hallazgos incesantes de la ciencia m&eacute;dica. </P> <B>    <P>The suffocating presence of the body</B> </P>     <P>A brief reflection is presented on tuberculosis as a paradigm of disease and its relationship with human behavior based on Thomas Mann's <I>The magic mountain.</I> The romantic myth of tuberculosis is analyzed as a disease prevailing among psychologically sensitive people. This myth is compared with present day health expectations as a consequence of widespread information produced by the tireless efforts of the medical sciences.</P>     <P>"... a su cuerpo, forma carnal l&aacute;nguida y pl&aacute;stica, infinitamente acentuada por la enfermedad; a su cuerpo convertido doblemente en cuerpo." </P>     <P>Thomas Mann </P> <I>    <P>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> </P>     <P>En 1944 se comenz&oacute; a utilizar la estreptomicina para el tratamiento de la tuberculosis. Hasta ese momento, y especialmente durante el siglo XIX y comienzos del XX, esta enfermedad, la llamada 'peste blanca', sirvi&oacute; de combustible a una imaginer&iacute;a rom&aacute;ntica que la situ&oacute; como una dolencia que atacaba particularmente a seres creativos, dotados de una sensibilidad exacerbada, proclives a entregarse a la pasi&oacute;n y a la elevaci&oacute;n m&iacute;stica. Como lo anota Susan Sontag en su conocido ensayo <I>La enfermedad y sus met&aacute;foras</I> (1), la tuberculosis bien podr&iacute;a llamarse la primera enfermedad percibida como dolencia del individuo, en contraposici&oacute;n a otras dolencias humanas que arrasaban a poblaciones enteras, extendiendo su manto destructor masivamente, a la manera de las pestes medioevales. Esta mitificaci&oacute;n rom&aacute;ntica de la tuberculosis se debi&oacute;, tal vez, m&aacute;s que a las caracter&iacute;sticas de la enfermedad misma, cuyos s&iacute;ntomas, en su mayor&iacute;a, poco ten&iacute;an que ver con la languidez serena que la literatura le ha atribuido, al hecho de que fueron muchos los artistas e intelectuales que en los dos siglos pasados la padecieron y murieron por su causa. Para constatarlo bastar&iacute;a mencionar los nombres de poetas y escritores como Keats, Poe, Chejov, Simone Weil, Emily Br&ouml;nte, Katherine Mansfield o Kafka, a quienes la tuberculosis llev&oacute; a la tumba. Curiosamente, el tratamiento en cierto modo privilegiado que muchos escritores le dieron a la tuberculosis evit&oacute; que, al menos a partir del romanticismo, la enfermedad cargara consigo la estigmatizaci&oacute;n que otras enfermedades como la lepra, la s&iacute;filis, el c&aacute;ncer y, m&aacute;s recientemente, el sida han representado. </P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P>As&iacute; pues, la estreptomicina primero y m&aacute;s tarde drogas como la isoniacida, le asestaron un golpe mortal a la entelequia de la tuberculosis como enfermedad 'noble' y 'espiritual', muchas veces alimentada por los mismos escritores que la padecieron. La aparici&oacute;n de los medicamentos, m&aacute;s que la utilizaci&oacute;n de la vacuna contra la tuberculosis que comenz&oacute; a aplicarse en 1921 y que a pesar de su capacidad de generar anticuerpos no modific&oacute; mucho la incidencia de la enfermedad (2), condujo a la desaparaci&oacute;n <!-- Generation of PM publication page 14 -->paulatina de los establecimientos en los que se internaba a los pacientes para tratamiento y dej&oacute; sin piso la ecuaci&oacute;n que igualaba la dolencia con la muerte casi segura, aspecto &eacute;ste que contribuy&oacute; igualmente a darle a la tuberculosis su aureola de sublimidad. </P>     <P>Volviendo al terreno de lo literario, tal vez la excepci&oacute;n m&aacute;s ilustre de este tratamiento distorsionado y, valga decirlo, bastante alejado de la terrible realidad de la tuberculosis, lo constituye una de las obras cumbres de la literatura de todos los tiempos, <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> de Thomas Mann. Seg&uacute;n lo refiere Estanislao Zuleta en su brillante an&aacute;lisis de la novela, <I>Thomas Mann, la monta&ntilde;a m&aacute;gica y la llanura prosaica</I>, Mann comenz&oacute; a escribir la obra despu&eacute;s de una visita que hiciera a su esposa aquejada de tuberculosis e internada en uno de los sanatorios que entonces se dedicaban a recibir a los enfermos para someterlos a un tratamiento que, en algunos casos, pod&iacute;a prolongarse durante varios a&ntilde;os, cuando no desembocaba en la muerte (3). <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> desmonta esa mitificaci&oacute;n de la que he hablado, presentando con sutiliza e iron&iacute;a insuperables las caracter&iacute;sticas de una enfermedad que convierte al cuerpo en una presencia amenazante. La maestr&iacute;a insuperable de Mann para mostrar matices y desplegar oposiciones reveladoras nos entrega una de las reflexiones m&aacute;s profundas sobre el car&aacute;cter no solamente de la tuberculosis sino de la enfermedad en general y de sus efectos f&iacute;sicos y psicol&oacute;gicos sobre el ser humano. La novela es un fresco gigantesco que, adem&aacute;s de presentar un compendio sobre la etiolog&iacute;a, la sintomatolog&iacute;a, el desarrollo y el desenlance de la tuberculosis, tal como la ciencia m&eacute;dica la entend&iacute;a en ese entonces (Mann comenz&oacute; a escribir su obra en 1924), constituye un tratado profundo y complejo sobre el comportamiento del ser humano cuando se ve confrontado con una dolencia f&iacute;sica que lo reduce a la inactividad y al internamiento continuo en un cosmos cerrado, el del sanatorio, con reglas firmemente establecidas y una rutina r&iacute;gidamente observada, cuyo ambiente asfixiante, adem&aacute;s, sirve como met&aacute;fora de la atm&oacute;sfera de una Europa enferma que - poco despu&eacute;s - se embarcar&iacute;a en la ordal&iacute;a sangrienta del fascismo y de la Segunda Guerra Mundial. </P>     <P>Aunque el t&iacute;tulo de la novela y las observaciones de muchos de los personajes que la pueblan podr&iacute;an propiciar juicios que respaldan la mitificaci&oacute;n rom&aacute;ntica de una enfermedad propia de seres con una sensibilidad exacerbada y apasionada, al hacer alusi&oacute;n a un sitio m&aacute;gico que se contrapone a la cotidianidad prosaica y que es, precisamente, la oposici&oacute;n que m&aacute;s destaca Zuleta en su estudio, la verdad es que <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> nos entrega la descripci&oacute;n muchas veces despiadada de toda la miseria, la banalidad y la irrisi&oacute;n de las que solemos ser presa los seres humanos a&uacute;n ante las situaciones que tradicionalmente consideramos las m&aacute;s solemnes y dignas de respeto. En este sentido, uno de los episodios que mejor refleja el absurdo que surge en medio de una situaci&oacute;n que usualmente deber&iacute;a tener visos de tragedia, es el encuentro de Castorp, el protagonista de la novela de Mann, con el grupo de pensionistas llamados los "medio pulm&oacute;n", por haber sido sometidos a la operaci&oacute;n del neumot&oacute;rax, en el que una joven, sin abrir la boca, le silba al pasar a su lado, produciendo el sonido desde su t&oacute;rax demediado (4), lo que provoca en Castorp una carcajada retrospectiva cuando su primo Joachim le explica el origen del suceso. Poco a poco, Castorp se ir&aacute; acostumbrando a ese mundo del sanatorio y a todas sus excentricidades y lo veremos desenvolverse como uno m&aacute;s de los iniciados en sus laberintos, en una din&aacute;mica de seducci&oacute;n que, casi se podr&iacute;a decir, termina arroj&aacute;ndolo a los brazos de la enfermedad. </P>     <P>Ese cosmos cerrado del sanatorio de tuberculosos de Davos sirvi&oacute; a Thomas Mann para realizar un examen minucioso de la relaci&oacute;n del hombre con su cuerpo y con las reacciones de su psique ante la enfermedad, que en el caso de la tuberculosis en la &eacute;poca en que se escenifica la trama de la novela, no representaba otra cosa que la muerte. Casi me atrever&iacute;a a decir que una de las lecturas posibles de <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> permite apreciarla como un estudio cl&iacute;nico y psicol&oacute;gico que describe fotogr&aacute;ficamente los estados de los pacientes y la aparente contradicci&oacute;n de sus compor-tamientos. Los seres que habitan la monta&ntilde;a, en su mayor&iacute;a condenados a muerte por la <!-- Generation of PM publication page 15 -->enfermedad, se entregan a la libertad y, en ocasiones, al exceso que permite esa cercan&iacute;a con el f&iacute;n. As&iacute;, en lugar de inclinarse ante las cortes&iacute;as y la discreci&oacute;n del amor vivido de acuerdo con las normas establecidas, copulan sin reparo, como la pareja de rusos vecina de la habitaci&oacute;n de Castorp, a quien sus resuellos y gemidos hacen ruborizar; en el comedor, estos enfermos casi terminales m&aacute;s que comer devoran las viandas que de manera abundante les ofrece la administraci&oacute;n del sanatorio y en sus conversaciones, algunos, en lugar de departir con medida, deliran acariciando la idea de poner fin a sus d&iacute;as, divulg&aacute;ndola abiertamente. </P>     <P>Los matices que ofrecen las descripciones de la novela permiten apreciar en toda su complejidad el planteamiento, tan com&uacute;n hoy en d&iacute;a, de la enfermedad como un fen&oacute;meno no s&oacute;lo org&aacute;nico sino tambi&eacute;n ps&iacute;quico, en el que uno y otro &aacute;mbito se alimentan mutuamente y modifican el curso de la enfermedad, intensific&aacute;ndolo o aten&uacute;andolo. Desde el punto de vista de lo que podr&iacute;a ser la historia de los tratamientos m&eacute;dicos, <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> constituye un documento valios&iacute;simo, en el que se encuentran los detalles del manejo que se daba a la tuberculosis hasta la aparici&oacute;n de los medicamentos que pusieron fin a las famosas curas en los sanatorios de la &eacute;poca. Mann describe con lujo de detalles el horario estricto de los reposos en las famosas <I>chaises longues</I>; la toma rigurosa de la temperatura; el procedimiento de los rayos X a que se somet&iacute;a a los pacientes; las operaciones quir&uacute;rgicas que muchos deb&iacute;an padecer, hasta los momentos finales de aqu&eacute;llos que sucumb&iacute;an del todo a la acci&oacute;n insidiosa del bacilo. </P>     <P>Habr&iacute;a que se&ntilde;alar, sin embargo, que estos tratamientos y el ambiente de lujo, higiene, luz y cuidados especiales de los sanatorios al estilo de <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> no pueden llevarnos a olvidar la forma en que la tuberculosis, sometida al eufemismo por la literatura y el arte, constitu&iacute;a un flagelo terrible para la gran masa de la poblaci&oacute;n que la deb&iacute;a padecer sumergida en el fango, la humedad, el fr&iacute;o y el hambre, en medio de condiciones de vida infrahumanas. Una de las expresiones art&iacute;sticas que recoge esta triste realidad es la &oacute;pera <I>La Bohemia</I>, en la que Mimi languidece en medio del hambre y el fr&iacute;o, recordemos su <I>gelida manina</I>, en un &aacute;tico parisino. Eso, sin embargo, no alcanza, como s&iacute; lo hace <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I>, a empa&ntilde;ar el espejismo al que me refer&iacute;a al comienzo, de una dolencia propia de seres especialmente sensibles, pues Mimi, tuberculosa y todo, logra atraer la atenci&oacute;n y el amor apasionado de Rodolfo. </P>     <P>En otro art&iacute;culo de este n&uacute;mero de <I>Biom&eacute;dica</I>, Maldonado y Hern&aacute;ndez hacen un recuento pormenorizado del tipo de instalaciones, los equipos y la atenci&oacute;n que se brindaba en el sanatorio del Hospital San Carlos, construido en Bogot&aacute; por voluntad testamentaria de don Gustavo Restrepo Mej&iacute;a para alojar a los enfermos de tuberculosis. En este sanatorio se recib&iacute;a a pacientes de todas las condiciones econ&oacute;micas y se les somet&iacute;a al mismo tratamiento de primera, lo que de alguna manera se contrapone a la idea de lugares establecidos para recibir a una poblaci&oacute;n que contaba con los medios econ&oacute;micos suficientes para pagar una mensualidad que, por las varias alusiones de Mann en <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I>, no deb&iacute;a ser poca. </P>     <P>De todas maneras, hay que reconocer que la mayor&iacute;a de quienes contra&iacute;an la tuberculosis en los siglos precedentes seguramente sufrieron sus rigores sin ninguno de los atenuantes que permite la disponibilidad de medios econ&oacute;micos holgados y que, muy probablemente, &eacute;sta se extendi&oacute; a tasas de morbilidad y mortalidad incontrolables debido a las condiciones de miseria de quienes la padec&iacute;an, tal como ocurre con las epidemias y pandemias actuales, que, en su mayor&iacute;a, se ven intensificadas por factores externos como la pobreza y la ausencia de las m&iacute;nimas condiciones para una vida digna. De otra parte, en el caso de la tuberculosis resulta ir&oacute;nico que a comienzos de este tercer milenio, con el magn&iacute;fico despliegue de conocimiento anunciado por el desciframiento del mapa del genoma humano, nos veamos enfrentados con su reemergencia furiosa aupada de la que, quiz&aacute;s, sea la pandemia m&aacute;s atroz de los &uacute;ltimos a&ntilde;os, el sida. Aqu&iacute;, de nuevo, somos testigos, a veces impotentes, de la agudizaci&oacute;n de la incidencia de una enfermedad que a finales del siglo pasado se ve&iacute;a como un mal recuerdo del pasado y que vuelve a cobrar su cuota de <!-- Generation of PM publication page 16 -->sufrimiento y muerte, sobre todo entre esa mayor&iacute;a privada de los recursos m&iacute;nimos necesarios para prevenirla o enfrentarla con &eacute;xito. </P>     <P>La lectura de la novela de Mann necesariamente suscita reflexiones inquietantes sobre el fen&oacute;meno de la enfermedad y la salud en este comienzo del tercer milenio. Hoy, cuando la ciencia, en particular los avances en el campo de la medicina y la biomedicina han convertido la posibilidad de erigir mitos en algo quim&eacute;rico, nos enfrentamos, sin embargo, a situaciones contradictorias. Por un lado, la inmediatez de la informaci&oacute;n sobre los descubrimientos que se suceden d&iacute;a a d&iacute;a en estos campos pone al alcance del gran p&uacute;blico los pormenores de sus dolencias, nos familiariza a todos con conceptos que hasta hace relativamente poco eran dominio exclusivo de los especialistas. Hoy, quienes padecen de sida pueden f&aacute;cilmente preguntarle a sus m&eacute;dicos en qu&eacute; va el recuento de sus c&eacute;lulas T y, muy probablemente, saben a qu&eacute; se refieren cuando lo hacen; muchos diab&eacute;ticos se inyectan ellos mismos la dosis necesaria de insulina; muchos enfermos de c&aacute;ncer poseen el conocimiento suficiente para discutir con los m&eacute;dicos qu&eacute; clase de quimioterapia es la m&aacute;s adecuada para su tipo espec&iacute;fico de mal. En fin, en la ctualidad la ciencia y la popularizaci&oacute;n de sus hallazgos han reducido la brecha entre especialistas y legos, aunque todav&iacute;a los m&eacute;dicos mantienen algo de aquella aureola de brujos que durante tantos siglos los acompa&ntilde;&oacute; y que recibe un tratamiento cargado de complejidad en <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I> a trav&eacute;s de la descripci&oacute;n de las personalidades del doctor Behrens y de su ayudante Krokowski, cuyas figuras dibujadas al claroscuro reflejan sabiamente el papel tristemente omnipotente que la sociedad ha obligado a desempe&ntilde;ar a los ep&iacute;gonos de Hip&oacute;crates. Como dec&iacute;a, ese acercamiento entre los saberes de quien padece un mal y quien act&uacute;a para contrarrestarlo podr&iacute;a verse como algo positivo, como la necesaria ampliaci&oacute;n de la frontera de los derechos de los pacientes ante quienes velan por su salud y, no obstante, eso mismo ha propiciado, casi tanto como la enfermedad, lo que trata de resumir el t&iacute;tulo de esta reflexi&oacute;n, la asfixiante presencia del cuerpo, la cual tambi&eacute;n se expresa como resultado de la abrumadora cantidad de informaci&oacute;n de la que hoy disponemos. El bombardeo permanente de datos sobre todo tipo de enfermedades y los detalles sobre su origen y tratamiento, parecen habernos arrojado a lo que me atrever&iacute;a a calificar como la esclavitud de la salud. Vivimos pendientes de los requerimientos de vitaminas, nutrientes y micronutrientes que reclama nuestro organismo; del ejercicio f&iacute;sico aer&oacute;bico que debemos realizar al menos tres veces por semana; de los compuestos cancer&iacute;genos presentes en los alimentos que consumimos; de las emisiones de gases en la atm&oacute;sfera y su efecto sobre el funcionamiento de nuestras c&eacute;lulas; del sol que calentaba a nuestros abuelos y que a nosotros nos produce c&aacute;ncer de piel. Con estas alusiones de ninguna manera pretendo caer en la conclusi&oacute;n facilista de que todo tiempo pasado fue mejor, cuando cualquier infecci&oacute;n menor pod&iacute;a conducirnos a la tumba. No; se trata de matizar y complicar nuestra posici&oacute;n ante los fen&oacute;menos que como la enfermedad y el famoso 'silencio de los &oacute;rganos' de Bichat, forman parte del insondable misterio de la vida, al cual, a pesar de los inveros&iacute;miles avances de la ciencia, seguramente seguiremos pagando tributo. </P>     <P>Hoy, cuando cada d&iacute;a nos sorprende con un nuevo conocimiento que roba espacio a la oscuridad, seguimos atados a las miserias de nuestro cuerpo y han aparecido, en contraposici&oacute;n a lo que ya anotaba sobre la pobreza y su incidencia en la enfermedad, dolencias propias de la abundancia, como la actual epidemia de obesidad en Estados Unidos, catalagoda por las autoridades de salud norteamericanas como un verdadero problema de salud p&uacute;blica. </P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P>As&iacute;, presos todav&iacute;a, a pesar de toda la luz de nuestro conocimiento, de la eterna batalla entre lo que en nuestro cuerpo se hunde en la tierra y lo que se eleva hacia el cielo, tendremos que acompa&ntilde;ar a Thomas Mann en las hermosas palabras que cierran <I>La monta&ntilde;a m&aacute;gica</I>, cuando al decirle adi&oacute;s a Castorp se&ntilde;ala que ni siquiera la tuberculosis pudo salvarlo de otro destino a&uacute;n m&aacute;s cruel, el de perecer como materia deleznable en la locura inveros&iacute;mil de la guerra, y aventura una &uacute;ltima esperanza cifrada en el amor (4): </P>     <P>"Las aventuras de la carne y del esp&iacute;ritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el esp&iacute;ritu lo que no podr&aacute;s sobrevivir con la carne. Hubo instantes en los que surgi&oacute; en ti un sue&ntilde;o de amor, lleno de presentimientos - sue&ntilde;o que "gobernabas" -, fruto de la muerte y de la lujuria del cuerpo. De esta fiesta mundial de la muerte, de esta mala fiebre que incendia en torno tuyo el cielo de esta noche lluviosa, ¿se elevar&aacute; el amor alg&uacute;n d&iacute;a?". </P>     <P>Correspondencia: </P>     <P>Marta Renza </P>     <P><a href="mailto:mcrenza@hotmail.com">mcrenza@hotmail.com</a></P>     <P>Recibido: 01/09/03; aceptado: 17/09/03</P> <B>    <P>Referencias</B> </P>     <!-- ref --><P>1. <B>Sontag S.</B> La enfermedad y sus met&aacute;foras. Barcelona: Muchnik editores; 1984. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000030&pid=S0120-4157200400050000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P>2. <B>Torres CA.</B> Tuberculosis y otras enfermedades micobacterianas del pulm&oacute;n. En: Chalem J, Escand&oacute;n J, Campos J, Esguerra R, editores. Medicina Interna. Santa Fe de Bogot&aacute;, D.C.: Fundaci&oacute;n Instituto de Reumatolog&iacute;a e Inmunolog&iacute;a; 1998. p. 1470. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000031&pid=S0120-4157200400050000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P>3. <B>Zuleta E. </B>Thomas Mann, la monta&ntilde;a m&aacute;gica y la llanura prosaica. Bogot&aacute;: Instituto Colombiano de cultura; 1977. p. 24. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000032&pid=S0120-4157200400050000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P>4. <B>Mann T. </B>La monta&ntilde;a m&aacute;gica. Barcelona: Plaza &amp; Jan&eacute;s; 1967. p. 802.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000033&pid=S0120-4157200400050000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     ]]></body><back>
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