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<journal-title><![CDATA[Ensayos sobre POLÍTICA ECONÓMICA]]></journal-title>
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<article-id pub-id-type="doi">10.1016/j.espe.2014.11.002</article-id>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La incidencia de la migración sobre las diferencias salariales de género en Colombia]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Incidence of migration on urban gender wage gap in Colombia]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper analyzes the gender wage gap among rural-urban migrants in 13 cities and their metropolitan areas in Colombia. In particular, it is demonstrated that the difference between male and female wages are wider when the comparison is made exclusively with the rural-born women. This suggests that wages paid to rural women are consequence of a double penalty; one for being women and another one for coming from a rural district. An additional observation in the article is obtained from taking a centile approach, in which it is observed that gender wage gap is not uniform across the population income, with higher differentials at the bottom.]]></p></abstract>
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<kwd lng="es"><![CDATA[Migración]]></kwd>
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<kwd lng="es"><![CDATA[Brecha salarial]]></kwd>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">      <p><a href="http://dx.doi.org/10.1016/j.espe.2014.11.002" target="_blank">http://dx.doi.org/10.1016/j.espe.2014.11.002</a></p>      <p align="center"><font size="4"><b>La incidencia de la migraci&oacute;n sobre las diferencias salariales de g&eacute;nero en Colombia</b></font></p>      <p align="center"><font size="3"><b>Incidence of migration on urban gender wage gap in Colombia</b></font></p>      <p>Ricardo Jos&eacute; Salas D&iacute;az</p>        <p><i>Fedesarrollo, Bogot&aacute;, Colombia</i></p>      <p><i>Correos electr&oacute;nicos:</i> <a href="mailto:jssalas@gmail.com">jssalas@gmail.com</a>, <a href="mailto:rj.salas81@uniandes.edu.co">rj.salas81@uniandes.edu.co</a></p>      <p><i>Historia del art&iacute;culo: </i>    <br> Recibido el 8 de julio de 2014 Aceptado el 28 de noviembre de 2014 <i>On-line </i>el 7 de febrero de 2015</p>  <hr>      <p><b>RESUMEN</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En este art&iacute;culo se muestra que en las ciudades colombianas la brecha salarial entre hombres y mujeres var&iacute;a al tener en cuenta el lugar de origen de las mujeres. En particular, el estudio evidencia que el diferencial salarial es mayor entre los hombres que siempre han residido en la ciudad y las mujeres que provienen de zonas rurales, en comparaci&oacute;n con el presentado cuando se compara a hombres y a mujeres que han vivido desde su nacimiento en una ciudad. Lo anterior sugiere que las remuneraciones al trabajo de las mujeres rurales en los n&uacute;cleos urbanos son fruto de una doble penalidad por parte del mercado laboral: una por ser mujeres y otra por provenir de un municipio rural. Un resultado adicional del documento se obtiene al dividir la poblaci&oacute;n por percentiles de ingreso, pues all&iacute; se observa que las diferencias salariales se profundizan en los percentiles de ingresos bajos, afectando en mayor medida a las mujeres migrantes.</p>      <p><i><b>Palabras clave</b>:</i> Migraci&oacute;n, G&eacute;nero, Brecha salarial, Regresi&oacute;n por percentiles, Caracter&iacute;sticas no observables.</p>      <p><i><b>C&oacute;digos JEL</b>:</i> J31, J71, R23, C1.</p>  <hr>      <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>This paper analyzes the gender wage gap among rural-urban migrants in 13 cities and their metropolitan areas in Colombia. In particular, it is demonstrated that the difference between male and female wages are wider when the comparison is made exclusively with the rural-born women. This suggests that wages paid to rural women are consequence of a double penalty; one for being women and another one for coming from a rural district. An additional observation in the article is obtained from taking a centile approach, in which it is observed that gender wage gap is not uniform across the population income, with higher differentials at the bottom.</p>       <p><i><b>Keywords</b>:</i> Migration, Gender, Wage gap, Quantile regression, Unobservable characteristics.</p>      <p><i><b>JEL classification</b>:</i> J31, J71, R23, C1.</p>    <hr>      <p><font size="3"><b>1. Introducci&oacute;n</b></font></p>      <p>Una caracter&iacute;stica fundamental del desarrollo latinoamericano es la acelerada migraci&oacute;n del campo a la ciudad como parte del proceso de urbanizaci&oacute;n (Kemper, 1971; Dufour y Piperata, 2004; Rodr&iacute;guez y Busso, 2009). En particular, las migraciones internas en Colombia han sido una parte fundamental de su conformaci&oacute;n como Estado Naci&oacute;n; un ejemplo de ello son las colonizaciones de Antioquia, Valle y Santander en el siglo XIX que determinaron el desarrollo de 3 de los centros productivos m&aacute;s importantes del pa&iacute;s; asimismo, las migraciones causadas por las bajas condiciones econ&oacute;micas en el campo de mediados del siglo XX que condujeron a dar la forma actual de las principales ciudades del pa&iacute;s, y tambi&eacute;n los procesos de desplazamiento forzado que se profundizaron en las v&iacute;speras del cambio de siglo (Acci&oacute;n Social, 2010; Gaviria, 2010; Iba&ntilde;ez y Velez, 2005; PNUD, 2011).</p>      <p>En la teor&iacute;a econ&oacute;mica los movimientos de poblaci&oacute;n del campo a la ciudad son explicados por modelos de desarrollo dual<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>. Espec&iacute;ficamente, la migraci&oacute;n se ve como una herramienta para mitigar la pobreza o mejorar las condiciones de vida (Lewis, 1954; Harris y Todaro, 1970), y en el caso de las mujeres un cambio de residencia implicar&iacute;a una liberaci&oacute;n de los roles sociales asignados en su lugar de nacimiento (Schultz, 1971; Iba&ntilde;ez y Velez, 2005). En Colombia debe hacerse una consideraci&oacute;n adicional sobre la decisi&oacute;n de desplazarse a &aacute;reas urbanas, dado que esta tambi&eacute;n ha estado influenciada por la falta de un imperio de la ley en las zonas rurales m&aacute;s apartadas, lo que ha incidido en migraciones que no tienen como resultado mayores niveles en la vida material (Calder&oacute;n, G&aacute;faro e Ib&aacute;nez, 2011; Centro de Memoria Hist&oacute;rica, 2012; Iba&ntilde;ez y Velez, 2005).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sin embargo, la ciudad no solo representa mejoras sobre los niveles de vida de los migrantes; de hecho, la migraci&oacute;n del campo a la ciudad tambi&eacute;n puede implicar una desmejora en el bienestar de las personas. En cuanto a la posibilidad de emplearse, los diferenciales en la educaci&oacute;n formal y en las habilidades, as&iacute; como la p&eacute;rdida de sus redes sociales, hacen que las personas inmigrantes tengan mayores dificultades para obtener un empleo en un nuevo entorno (Friedberg, 2000). Incluso los inmigrantes que consiguen un empleo no necesariamente lo hacen en las mismas condiciones que los residentes, pues entran en una nueva din&aacute;mica de segmentaci&oacute;n de mercado, ya no basada necesariamente en el destino econ&oacute;mico y la dependencia de los recurso naturales, sino en la insuficiencia de los sectores formales para absorber esta nueva mano de obra (Fields, 2007; Murad, 2003).</p>      <p>Los anteriores efectos son mucho m&aacute;s marcados en la poblaci&oacute;n de ingresos bajos, en la poblaci&oacute;n desplazada y en particular en los hombres rurales, ya que las habilidades otorgadas por los roles tradicionales en el campo a las mujeres, como cocinar o cuidar ni&ntilde;os, les facilitan a estas su inserci&oacute;n a la econom&iacute;a urbana (Crummett, 1986; Arias, Iba&ntilde;ez y Pena, 2013; Calder&oacute;n et al., 2011). A pesar de ello, las mayores posibilidades de inserci&oacute;n en el mercado laboral, y el hecho de que sean las mujeres las que aporten la mayor parte del mantenimiento del hogar, no otorga a las mujeres rurales un mayor empoderamiento frente a los hombres en sus hogares (Calder&oacute;n et al., 2011).</p>      <p>Aunque el tema de brechas salariales ha sido ampliamente discutido en la literatura (Badel y Pena, 2010; Bener&iacute;a y Rold&aacute;n, 1987; Chzhen y Mumford, 2009, 2010), sus cuestionamientos siguen siendo de vital importancia. Para el caso espec&iacute;fico de Colombia, a pesar de que en los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os la participaci&oacute;n de las mujeres en el mercado laboral se ha incrementado, y que los a&ntilde;os de educaci&oacute;n promedio de las mujeres ya superan a los de los hombres (Galvis, 2010; Gaviria, 2010), la brecha persiste, haciendo que las mujeres con iguales caracter&iacute;sticas a las de sus pares del otro sexo reciban una menor remuneraci&oacute;n por el mercado laboral (Hoyos, Nopo y Pena, 2010). Sin embargo, en la literatura a&uacute;n no se ha estudiado si la magnitud de estas relaciones es la misma para las mujeres independientemente de su lugar de procedencia. Por su parte, la literatura sobre migraci&oacute;n ha expuesto que las personas cambian su lugar de residencia cuando ven en esta acci&oacute;n una mejora de sus condiciones sociales o econ&oacute;micas (Lewis, 1954; Schultz, 1971). La literatura tambi&eacute;n sustenta que las diferencias salariales entre nativos e inmigrantes, que fueron causadas por una transferencia imperfecta del capital humano o por la falta de conocimientos sobre el nuevo mercado laboral, se desvanecen sobre el tiempo (Chiswick, Cohen y Zach, 1997). En adici&oacute;n a esto, hay evidencia de que las ganancias asociadas por la experiencia y la educaci&oacute;n adquiridas despu&eacute;s de la migraci&oacute;n pueden llegar a ser mejor remuneradas que las de los habitantes originarios (Friedberg, 2000). En Colombia existe evidencia de que los inmigrantes urbanos logran incrementar sus salarios por encima del de los nativos (Hern&aacute;ndez, 2008).</p>      <p>En 2013, 2 de cada 5 colombianos residentes en las 13 mayores ciudades del pa&iacute;s hab&iacute;a nacido en otro municipio; m&aacute;s a&uacute;n, un 55% de los inmigrantes nacidos en el &aacute;rea rural son mujeres. Sin embargo, en la actualidad no existe un grupo de estudios que relacione el proceso de migraci&oacute;n econ&oacute;mica con las brechas salariales de g&eacute;nero urbanas. Por tanto, para medir la brecha salarial, su composici&oacute;n y su comportamiento a lo largo de la distribuci&oacute;n de ingresos se usaron los datos provenientes de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) para el primer semestre del a&ntilde;o 2013. Asimismo, se implementaron 3 aproximaciones metodol&oacute;gicas, una regresi&oacute;n de m&iacute;nimos cuadrados ordinarios para medir la brecha salarial, la descomposici&oacute;n de Blinder-Oaxaca para estimar el peso que tienen sobre la brecha las caracter&iacute;sticas observables y las no observables, y finalmente una regresi&oacute;n por percentiles que permita calcular el modo en que los ingresos se ven reflejados en el comportamiento de la brecha salarial.</p>      <p>Por lo general, la brecha salarial se mide entre grupos con caracter&iacute;sticas similares, si no homog&eacute;neas, sea el caso de los residentes de una misma &aacute;rea geogr&aacute;fica con distinto lugar de nacimiento (Hern&aacute;ndez, 2008), mujeres y hombres residentes en el mismo pa&iacute;s o la misma &aacute;rea urbana (Galvis, 2010; Badel y Pena, 2010), o mujeres y hombres inmigrantes (Magnani y Zhu, 2012), entre otros posibles paralelos. Las anteriores comparaciones permiten medir la diferencia entre los ingresos de los grupos migrantes y no migrantes para el primer caso, la brecha tradicional de g&eacute;nero para el segundo, o la brecha de g&eacute;nero entre la poblaci&oacute;n inmigrante para el tercero; sin embargo, no permiten medir los diferenciales salariales por g&eacute;nero y lugar de origen. Dado que el objeto del estudio es determinar si en las ciudades existe alguna penalidad negativa adicional para las mujeres inmigrantes que la existente para sus pares citadinas, se tom&oacute; fijo el grupo de comparaci&oacute;n, en este caso los hombres nacidos en las aglomeraciones urbanas, y con este ejercicio observar si la brecha laboral se mantiene ante los controles impuestos y cu&aacute;l es el rol de las categor&iacute;as observadas y las no observadas en este diferencial.</p>      <p>En este sentido, las principales contribuciones de este art&iacute;culo son 2. La primera, incorporar el componente de migraci&oacute;n al estudio de la brecha de g&eacute;nero, con el fin de estudiar si existe una retribuci&oacute;n desigual marcada por el lugar de nacimiento. La segunda, evaluar si la migraci&oacute;n incide en un cambio similar sobre las diferencias salariales entre hombres y mujeres a lo largo de la distribuci&oacute;n de ingresos.</p>      <p>Si bien la localizaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n migrante en las &aacute;reas urbanas no se da en forma aleatoria a trav&eacute;s del pa&iacute;s, de hecho se reconoce que existe un efecto atracci&oacute;n de ciertas ciudades para determinada poblaci&oacute;n migrante. En este documento se presenta que en las 13 ciudades principales de Colombia y sus respectivas &aacute;reas metropolitanas existe una mayor brecha salarial entre los hombres urbanos y las mujeres que provienen de &aacute;reas rurales que entre los hombres urbanos y las mujeres urbanas. En adici&oacute;n, que esta diferencia est&aacute; explicada por una diferencia en la remuneraci&oacute;n a las mismas caracter&iacute;sticas entre las 3 poblaciones a evaluar. Finalmente, se muestra que la divergencia de salarios y sus componentes no es est&aacute;tica a lo largo de la distribuci&oacute;n tal y como lo sugiere la literatura reciente.</p>      <p>Despu&eacute;s de esta introducci&oacute;n, que corresponde a la primera parte del art&iacute;culo, este est&aacute; organizado de la siguiente forma: en la segunda secci&oacute;n se presenta una revisi&oacute;n de los trabajos similares realizados en otros pa&iacute;ses y el estado de la literatura en g&eacute;nero y migraci&oacute;n relacionada con el mercado laboral en Colombia. En la secci&oacute;n tercera se muestran las estad&iacute;sticas descriptivas de los datos para los grupos evaluados. En la cuarta secci&oacute;n se expone el m&eacute;todo a seguir. En la quinta, se describen los resultados. En la sexta, se concluye.</p>      <p><font size="3"><b>2. Revisi&oacute;n de la literatura</b></font></p>      <p>La literatura econ&oacute;mica propone a la migraci&oacute;n como un mecanismo balanceador entre regiones. Por un lado, muestra que las personas deciden cambiar su residencia buscando una mayor remuneraci&oacute;n o un mejor empleo (Lewis, 1954; Harris y Todaro, 1970). Por el otro, explica que la decisi&oacute;n de migrar se toma en b&uacute;squeda de una mejora en las condiciones sociales; por ejemplo, incrementar los niveles educativos, escapar de las relaciones de violencia o romper pr&aacute;cticas discriminatorias, siendo esta &uacute;ltima una de las razones v&aacute;lidas para explicar la movilidad interna de las mujeres en Am&eacute;rica Latina (Crummett, 1986; Tannuri, Pianto y Arias, 2004; Arias et al., 2013; Schultz, 1971).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Asimismo, existe fuerte evidencia que sustenta que los trabajadores for&aacute;neos en un inicio reciben una menor remuneraci&oacute;n que los nativos. Por un lado, parte del desempleo de los trabajadores inmigrantes puede asociarse con las dificultades presentadas en el proceso de ajuste al nuevo mercado laboral, en espec&iacute;fico, estas corresponden a una asimetr&iacute;a en la informaci&oacute;n sobre los procesos de vinculaci&oacute;n y contrataci&oacute;n, y a las limitadas redes de apoyo y un capital social de los inmigrantes (Friedberg, 2000). Por el otro, existe una omisi&oacute;n de las habilidades laborales de los trabajadores inmigrantes por parte de los empleadores; de hecho, variables observables como la escolaridad y la experiencia tienen una menor relevancia al definir la empleabilidad de los trabajadores inmigrantes que la de los nativos (Chiswick et al., 1997). Pese a lo anterior, estas condiciones solo afectan a los migrantes reci&eacute;n llegados; con el paso del tiempo, los inmigrantes adquieren m&aacute;s informaci&oacute;n, credenciales y habilidades espec&iacute;ficas, obteniendo as&iacute; una reducci&oacute;n en sus tasas de desempleo e incrementando su salario. M&aacute;s a&uacute;n, incluso la combinaci&oacute;n de sus caracter&iacute;sticas propias con la adquisici&oacute;n de capital humano posterior a la migraci&oacute;n los hace m&aacute;s apetecidos por el mercado laboral que a sus pares nativos (Chiswick et al., 1997; Friedberg, 2000).</p>      <p>La literatura tambi&eacute;n reconoce que existe una diferenciaci&oacute;n en la remuneraci&oacute;n a hombres y mujeres que comparten las mismas caracter&iacute;sticas (Zellner, 1972; Blinder, 1973; Oaxaca, 1973). De hecho, a 2013 en todos los pa&iacute;ses del mundo el salario de las mujeres se encuentra entre un 50 y un 80% con relaci&oacute;n al de los hombres que ocupan posiciones laborales similares (World Economic Forum, 2013).</p>      <p>Continuando, tambi&eacute;n existe evidencia que plantea una la brecha laboral que dista de ser homog&eacute;nea para distintos niveles de ingresos; de hecho, la evidencia en varios pa&iacute;ses muestra una forma de U en el diferencial de las remuneraciones entre g&eacute;neros (Pham y Reilly, 2004; Nicodemo, 2009; Heinze, 2010; Badel y Pena, 2010; Chzhen y Mumford, 2010; Magnani y Zhu, 2012; Hoyos et al., 2010).</p>      <p>La amplitud en la cola izquierda de la distribuci&oacute;n se sustenta como un efecto de los &laquo;suelos pegadizos&raquo;<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>. Entre las causas de este fen&oacute;meno se encuentran la baja productividad de las empresas que suelen contratar a las mujeres de m&aacute;s bajos ingresos, limitando as&iacute; sus oportunidades de crecimiento (Heinze, 2010), el problema de selecci&oacute;n de empleo asociado a los roles tradicionales (Nicodemo, 2009), o en la misma v&iacute;a menores posibilidades de negociaci&oacute;n salarial para poder atender el cuidado de la casa o los hijos, en favor del desarrollo profesional de los hombres (Arulampalam, Booth y Bryan, 2007).</p>      <p>Por su parte, la mayor brecha salarial en niveles de ingresos altos est&aacute; explicada por los &laquo;techos de cristal&raquo;<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>; la literatura asociada a este efecto muestra que este problema aparece desde ciertos niveles de ingresos y no es f&aacute;cil de eliminar a trav&eacute;s de la pol&iacute;tica p&uacute;blica. El efecto de una amplitud en la brecha para los ingresos altos ha sido ampliamente estudiado, ya que se presenta como un gran impedimento para superar las brechas de g&eacute;nero una vez los pa&iacute;ses adquieren cierto nivel de ingresos (Albrecht, Bj&ocirc;rklund y Vroman, 2001; Arulampalam et al., 2007; Kee, 2005; Jellal, Nordman y Wolff, 2008; Nordman y Wolff, 2007, 2008). Por un lado, las remuneraciones por escalas salariales acordes a las caracter&iacute;sticas observables de los individuos no pueden imponerse a todas las instituciones privadas (Kee, 2005); por el otro, estas remuneraciones a las caracter&iacute;sticas no evitan que ciertas posiciones jer&aacute;rquicas no sean destinadas por las mujeres (Chzhen y Mumford, 2010).</p>      <p>El efecto anterior es parcialmente explicado por un sesgo tradicional de las mujeres por profesiones menos remuneradas. Sin embargo, estudios recientes muestran que al controlar por posiciones ocupadas la brecha se reduce pero no desaparece (Albrecht et al., 2001; Meyersson, Petersen y Snartland, 2001).</p>      <p>Un trabajo similar al presentado en este escrito fue realizado por Magnani y Zhu (2012), que analiza las disparidades en la brecha de g&eacute;nero entre los migrantes del campo a la ciudad en China. El autor concluye que existe una diferencia salarial en la remuneraci&oacute;n entre las mujeres migrantes y las nativas que no est&aacute; relacionada con las categor&iacute;as observables de los individuos; por tanto, las mujeres migrantes en los mercados laborales urbanos se ven expuestas a una doble penalidad salarial.</p>      <p>En Colombia, uno de los estudios pioneros sobre la migraci&oacute;n rural urbana fue el realizado por Paul Schultz (1971). En este trabajo el autor apoya la idea de que la migraci&oacute;n est&aacute; determinada principalmente por las desigualdades en los retornos econ&oacute;micos entre campo y ciudad (Lewis, 1954). En particular, Schultz describe 2 fuentes de migraci&oacute;n: las presiones a la movilizaci&oacute;n de mano de obra excedente por el crecimiento poblacional en las zonas rurales y los mayores niveles de educaci&oacute;n permitieron que los habitantes rurales se abrieran espacios en los mercados laborales urbanos. Sin embargo, el autor expone que otros factores inciden sobre la decisi&oacute;n de migrar, entre estos: el diferencial de oportunidades educativas, los impactos desiguales de la violencia entre regiones, o incluso los incentivos particulares de un grupo poblacional espec&iacute;fico. Por ejemplo, el &eacute;xodo de los j&oacute;venes a regiones m&aacute;s pr&oacute;speras les implicar&iacute;a mayores ganancias relativas que las que obtendr&iacute;an las personas mayores, a la vez que las mujeres podr&iacute;an tener mayores ganancias al abandonar las tradiciones de la sociedad rural.</p>      <p>Por tanto, adem&aacute;s de ser una estrategia para mitigar la pobreza de las &aacute;reas rurales, la migraci&oacute;n se convierte para las mujeres en un camino para poder desarrollar distintos empleos o reducir la vulnerabilidad de las sociedades tradicionales (Arias et al., 2013; Schultz, 1971). De hecho, la evidencia muestra que en las ciudades las mujeres desplazadas tienen mayor posibilidad de encontrar un empleo; sin embargo, esto no se transforma en un mayor empoderamiento o el poder de negociaci&oacute;n en el hogar (Britto, 2010; Calder&oacute;n et al., 2011).</p>      <p>Para 2003, 3 d&eacute;cadas despu&eacute;s de la publicaci&oacute;n del trabajo de Schultz (1971), las explicaciones de la migraci&oacute;n interna permanec&iacute;an vigentes. Los datos sustentan que la pobreza rural, la baja demanda de mano de obra salarial en el campo y la violencia permanec&iacute;an como los determinantes fundamentales de la migraci&oacute;n (P&eacute;rez, 2003). De la mano con estas condiciones, la literatura tambi&eacute;n rese&ntilde;a que la brecha salarial de g&eacute;nero en el pa&iacute;s ha sido persistente, ya que si bien se observ&oacute; una ca&iacute;da en la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres a finales de siglo, esta permaneci&oacute; constante en los primeros a&ntilde;os del siglo xxi (Hoyos et al., 2010).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>M&aacute;s a&uacute;n, en lo corrido del siglo la evidencia en Colombia sugiere que las brechas no son homog&eacute;neas en 2 sentidos. Por un lado, y acorde a los resultados internacionales, se observa que las diferencias salariales tienen forma de U con respecto a los ingresos (Badel y Pena, 2010; Hoyos et al., 2010). El comportamiento de esta distribuci&oacute;n de la brecha salarial en el pa&iacute;s ha sido explicado como consecuencia de mercados laborales informales (Pena et al., 2013), en los que las discriminaciones de g&eacute;nero se recrudecen; la existencia de un salario m&iacute;nimo que homogeniza la retribuci&oacute;n para ciertos grupos de categor&iacute;as de forma indistinta del g&eacute;nero y a los topes que tienen las mujeres en los puestos p&uacute;blicos o privados, independiente de su educaci&oacute;n o experiencia laboral.</p>      <p>Por otro lado, se ha demostrado que la diferencia en la remuneraci&oacute;n a hombres y a mujeres no es neutral en las ciudades colombianas. Mientras estas diferencias se reducen en las ciudades grandes, en las ciudades intermedias los salarios de las mujeres son relativamente menores en comparaci&oacute;n al de los hombres (Galvis, 2010). A su vez, se ha determinado que las brechas salariales obedecen m&aacute;s a variables no observadas que favorecen la retribuci&oacute;n salarial de los hombres, que a una diferencia en las caracter&iacute;sticas observables, como los niveles educativos, la experiencia o el estado civil.</p>      <p>En resumen, la literatura en Colombia se ha encaminado a explicar los fen&oacute;menos migratorios, a analizar la no neutralidad de g&eacute;nero tanto en las causas como en los resultados de la migraci&oacute;n interna, e independientemente a evaluar las diferencias en la remuneraci&oacute;n a hombres y mujeres, incluso corrigiendo por sesgos de selecci&oacute;n del mercado laboral y calculando el impacto de la misma por percentiles.</p>      <p>Por tanto, a&uacute;n queda un espacio inexplorado en la literatura para evaluar la inserci&oacute;n de las inmigrantes rurales de primera generaci&oacute;n al mercado laboral urbano. El hecho de que existan diferencias en la remuneraci&oacute;n relativa entre mujeres urbanas y rurales con respecto a los hombres implica que existe una retribuci&oacute;n desigual a las caracter&iacute;sticas propias de una secci&oacute;n del mercado laboral. Lo anterior resulta importante para el dise&ntilde;o de pol&iacute;ticas focalizadas en contra de la discriminaci&oacute;n, dado que una amplia brecha por caracter&iacute;sticas observables implicar&iacute;a la necesidad de un aumento de infraestructura y programas de capacitaci&oacute;n para el trabajo focalizadas en las mujeres; en contrav&iacute;a, una diferencia por caracter&iacute;sticas no observables implica la destinaci&oacute;n de recursos para fortalecer la demanda laboral de la mano de obra inmigrante.</p>      <p><font size="3"><b>3. Datos y estad&iacute;sticas descriptivas</b></font></p>      <p>La fuente de informaci&oacute;n para este trabajo es la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) que realiza el Departamento Administrativo Nacional de Estad&iacute;stica (DANE). Esta encuesta proporciona informaci&oacute;n mensual representativa a nivel nacional sobre las caracter&iacute;sticas generales de la poblaci&oacute;n (sexo, edad, estado civil y nivel educativo) y el mercado laboral (ingresos, empleo, condiciones laborales y seguridad social). En particular, en este trabajo se usaron los datos correspondientes al primer semestre del a&ntilde;o 2013.</p>      <p>La muestra usada para el estudio corresponde a los individuos que superan la edad de estudios universitarios<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>, que reportaron entre 12 y 84horas de trabajo semanal y tuvieron una ganancia superior a un d&oacute;lar a la tasa de cambio promedio de la &eacute;poca. Asimismo, se usa el salario por hora para evitar los posibles sesgos que podr&iacute;an generar los trabajadores a medio tiempo o a tiempo parcial<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup>. Para las regresiones se tom&oacute; el logaritmo del salario<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup> por hora como variable dependiente, mientras las variables independientes que fueron incluidas son: una variable dic&oacute;toma de migraci&oacute;n rural-urbana<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>, a&ntilde;os de educaci&oacute;n<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>, t&iacute;tulos educativos obtenidos<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>, a&ntilde;os de vida (se usa como una aproximaci&oacute;n de la experiencia laboral)<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup>, acceso a los componentes de seguridad social, estado civil, tipo de relaci&oacute;n en el mercado laboral<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup> y &aacute;rea urbana.</p>      <p>En las estad&iacute;sticas descriptivas (<a href="#tab1">tabla 1</a>) se observa que el ingreso mensual promedio de una mujer que siempre ha residido en una de las &aacute;reas urbanas es un 6,2% mayor al de una mujer migrante promedio. Al ver la relaci&oacute;n con los salarios de los hombres urbanos se observa que el de una mujer urbana es equivalente al 87,6%, mientras que el de las mujeres migrantes rurales es tan solo de un 82,4%.</p>      <p align="center"><a name="tab1"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02t1.jpg"></a></p>      <p>La literatura y la evidencia emp&iacute;rica muestran que las diferencias salariales entre hombres y mujeres se reducen al tomar el ingreso laboral por hora. Lo anterior, debido a una menor participaci&oacute;n en horas de trabajo de las mujeres a causa del rol en la econom&iacute;a del cuidado que tradicionalmente se les es asignado (Folbre, 2006). Sin embargo, esta reducci&oacute;n relativa de las mujeres con respecto al salario de los hombres no se traduce en una disminuci&oacute;n de la distancia que presentan los salarios de las mujeres urbanas frente al de sus pares provenientes de las zonas rurales; de hecho se incrementa la brecha en los grupos en cerca de 7,4%.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En cuanto al nivel educativo, las estad&iacute;sticas evidencian una clara diferencia entre los 3 grupos. En oposici&oacute;n a los resultados salariales en las ciudades, se evidencia que las mujeres que siempre han residido en un &aacute;rea metropolitana tienen casi un a&ntilde:o m&aacute;s de educaci&oacute;n formal que los hombres urbanos. Con relaci&oacute;n a sus pares provenientes de &aacute;reas rurales, se observa que el tiempo de estudios promedio de la mujer urbana es superior en casi 1,3 a&ntilde;os.</p>      <p>Al observar el estado civil se advierte que no existe una diferencia significativa en el porcentaje de mujeres casadas o que cohabitan con un compa&ntilde;ero en ambos grupos. No siendo as&iacute; con respecto a la poblaci&oacute;n de mujeres solteras, que es mayor en las mujeres nacidas en las ciudades, ni con respecto a la cantidad de mujeres viudas o divorciadas, mucho mayor en las mujeres provenientes de las &aacute;reas rurales. En particular, una de cada 4 mujeres se encuentra casada y un 28% tienen un compa&ntilde;ero permanente. De las mujeres urbanas, un 23,3% son solteras y un 25,3% han enviudado o est&aacute;n divorciadas; las cifras correspondientes a las mujeres rurales son del 19,1 y del 28,7%. Tambi&eacute;n, el aseguramiento al sistema de pensiones presenta una diferencia significativa: mientras que un 54,5% de las mujeres que siempre han residido en las ciudades est&aacute;n realizando aportes a un fondo de pensiones, tan solo un 46,5% de las mujeres rurales lo hacen<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup>.</p>      <p>Otra informaci&oacute;n relevante (<a href="#tab2">tabla 2</a>) sobre la muestra a trabajar incluye el grado educativo, la relaci&oacute;n laboral vigente y la proporci&oacute;n de personas residentes en cada &aacute;rea metropolitana<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup>. Los t&iacute;tulos obtenidos muestran que si bien una mayor proporci&oacute;n de las mujeres rurales tienen un nivel reducido de estudios, a nivel de posgrado universitario superan a los hombres y a las mujeres urbanas. De las relaciones laborales se concluye que no hay grandes diferencias entre los grupos para las categor&iacute;as de empleados del gobierno o empleadores, mas se observa una marcada proporci&oacute;n de mujeres rurales relacionadas con el servicio dom&eacute;stico en las &aacute;reas urbanas, as&iacute; como una proporci&oacute;n mucho m&aacute;s baja de estas mujeres empleadas en empresas privadas.</p>      <p align="center"><a name="tab2"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02t2.jpg"></a></p>      <p>La mayor&iacute;a de los inmigrantes provenientes de las zonas rurales son mujeres; lo anterior acompa&ntilde;a la tesis de que estas ven en este mecanismo una ganancia por abandonar sus sociedades de origen altamente dependientes de los roles tradicionales (Schultz, 1971). Se ha rese&ntilde;ado tambi&eacute;n que las caracter&iacute;sticas que determinan la migraci&oacute;n inciden favorablemente en el desempe&ntilde;o en los mercados laborales y el hecho de que las mujeres rurales tienen mayor facilidad para hallar empleo en la ciudad que los hombres. Sin embargo, esta liberaci&oacute;n de los roles tradicionales y la posibilidad de tener un empleo no necesariamente implica una libertad en la toma de decisiones. Por un lado, estos ingresos no aseguran un incremento en su poder de negociaci&oacute;n en el hogar (Arulampalam et al., 2007; Calder&oacute;n et al., 2011). Por el otro, muchas veces estas mujeres no tienen gran poder de negociaci&oacute;n ante las empresas que las contratan, que a su vez suelen pertenecer a sectores con baja productividad (Heinze, 2010).</p>      <p>Para concluir esta secci&oacute;n, se realiza una revisi&oacute;n de las diferencias entre los grupo por percentiles de ingresos por hora (<a href="#fig1">fig. 1</a>), en la que se observa una diferencia salarial significativa entre los ingresos laborales entre los hombres urbanos, las mujeres urbanas y las mujeres provenientes de &aacute;reas rurales. Tambi&eacute;n se evidencia que la brecha salarial es mucho m&aacute;s acentuada en la cola izquierda y se reduce conforme los ingresos se incrementan: cerca del percentil 80 los ingresos entre los grupos se hacen semejantes, y al 90% de la distribuci&oacute;n las mujeres reciben, en promedio, un ingreso mayor que el de los hombres.</p>      <p align="center"><a name="fig1"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02f1.jpg"></a></p>      <p><font size="3"><b>4. Marco metodol&oacute;gico</b></font></p>      <p>El punto de partida de las estimaciones salariales modernas son los trabajos de Mincer (1958,1974); en ellos se relata en qu&eacute; forma los ingresos promedio de un individuo son explicados por medio de una combinaci&oacute;n entre los a&ntilde;os de estudio y la experiencia laboral. En adici&oacute;n a esto, se incluye la experiencia al cuadrado, pues se considera que si bien un a&ntilde:o m&aacute;s de trabajo genera nuevas habilidades que influyen en un salario mayor, con el paso del tiempo esta contribuci&oacute;n es decreciente, pues los procesos de aprendizaje laboral no mantienen una tendencia constante. Siendo la ecuaci&oacute;n:</p>      <p align="center"><a name="for1"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02for1.jpg"></a></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por tanto, si <i>Y<sub>i</sub> </i>denota el logaritmo del salario por hora, para cada g&eacute;nero <i>i </i>= <i>h, m, </i>y <i>X<sub>i</sub> </i>es el vector de las caracter&iacute;sticas de las personas en el mercado laboral. Los estimadores de m&iacute;nimos cuadrados ordinarios <i>&beta;<sub>i</sub> </i>calculan el impacto de cada una de las <i>X<sub>i</sub> </i>sobre la media del ingreso para el g&eacute;nero <i>i.</i></p>      <p>La correcci&oacute;n de Heckman se realiza en presencia de sesgo de selecci&oacute;n, cuando una de las variables dependientes se encuentra truncada<sup><a name="nu14"></a><a href="#num14">14</a></sup>. Para ello se estima, a trav&eacute;s de un modelo probit, la relaci&oacute;n entre las funciones de densidad de probabilidad y la acumulada <i>(inverse Mills ratio) </i>y luego se corrige la distribuci&oacute;n a estimar al integrarla dentro de la regresi&oacute;n de m&iacute;nimos cuadrados (Heckman, 1979).</p>      <p>A inicios de los a&ntilde;os setenta Alan Blinder (1973) y Ronald Oaxaca (1973) desarrollaron de forma paralela e independiente una descomposici&oacute;n en dos t&eacute;rminos para las diferencias entre las medias de dos grupos. El primero de estos recoge el efecto base, es decir, la parte de la brecha explicada por las diferencias entre las caracter&iacute;sticas medias entre los grupos. El segundo es un efecto &laquo;precio&raquo;, y recoge la parte del diferencial que proviene de retribuciones desiguales ante las mismas caracter&iacute;sticas en ambos grupos. Para conseguirlo, a la diferencia entre las medias de las regresiones MCO se le suma y resta un contra factual en el que se asume que los par&aacute;metros   son  exactamente   iguales   para  ambos grupos <img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02i1.jpg"></p>      <p align="center"><a name="for2a"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02for2a.jpg"></a></p>      <p align="center"><a name="for2b"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02for2b.jpg"></a></p>      <p>Siendo <img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02i2.jpg"> la parte de la brecha correspondiente a la diferencia entre las caracter&iacute;sticas entre los grupos, y <img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02i3.jpg"> el factor que mide la contribuci&oacute;n de las diferencias por el componente no explicado de la brecha salarial<sup><a name="nu15"></a><a href="#num15">15</a></sup>.</p>      <p>A pesar de que esta divisi&oacute;n permite entender las diferencias salariales en la media, deja de lado el comportamiento a lo largo de la distribuci&oacute;n. Por tanto, en este trabajo se realizar&aacute; un an&aacute;lisis en el que se capturen las diferencias entre los grupos para un set de percentiles; en espec&iacute;fico, se recurrir&aacute; a la metodolog&iacute;a de Firpo (2007)<sup><a name="nu16"></a><a href="#num16">16</a></sup>, dado que permite capturar el efecto de un tratamiento sobre un percentil espec&iacute;fico a lo largo la distribuci&oacute;n y ante la presencia de una variable de inter&eacute;s ex&oacute;gena.<sup><a name="nu17"></a><a href="#num17">17</a></sup></p>      <p>Lo interesante de una aproximaci&oacute;n por percentiles es que permite estimar el efecto de un tratamiento en un punto de la distribuci&oacute;n de los salarios dado un conjunto de variables independientes. Lo anterior evita tener que asumir que el efecto es homog&eacute;neo a lo largo de la distribuci&oacute;n, y m&aacute;s a&uacute;n que este efecto es igual al efecto de la diferencia entre el grupo de control y el de tratamiento en la media de la regresi&oacute;n (Koenker y Hallock, 2001; Marguerita, 2014).</p>      <p>En otras palabras, para el percentil t, dado el tratamiento observado j = 0,1, el efecto percentil de tratamiento corresponder&aacute; a la distancia horizontal entre las distribuciones acumuladas, es decir:</p>      <p align="center"><a name="for3"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02for3.jpg"></a></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>5. Resultados</b></font></p>      <p>Los resultados por m&iacute;nimos cuadrados ordinarios muestran una diferencia entre las brechas salariales entre hombres y mujeres residentes de las ciudades, y hombres residentes con mujeres migrantes (<a href="#tab3">tabla 3</a>)<sup><a name="nu18"></a><a href="#num18">18</a></sup>. En el primer grupo las mujeres reciben un 18,5% menos que los hombres con las mismas caracter&iacute;sticas, mientras en el segundo las mujeres restan un 21,2% de sus ingresos laborales<sup><a name="nu19"></a><a href="#num19">19</a></sup>.</p>      <p align="center"><a name="tab3"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02t3.jpg"></a></p>       <p>Asimismo, las estimaciones muestran que los retornos a la educaci&oacute;n son similares para ambos grupos<sup><a name="nu20"></a><a href="#num20">20</a></sup>, mas no para la experiencia acumulada. En espec&iacute;fico, un a&ntilde;o de edad implica un incremento salarial del 2,5% para los habitantes urbanos, pero este retorno se reduce a un 2,1% cuando se incluye a las mujeres provenientes de &aacute;reas rurales. Al tener en cuenta el estado civil se observa que convivir o haber convivido con otra persona incrementa los ingresos salariales frente al de las personas que permanecen solteras. Finalmente, el estar adscrito a un sistema pensional refleja un incremento salarial del 29,3% para los residentes y del 28% para el grupo que incluye las mujeres migrantes; lo anterior indica que la formalizaci&oacute;n refleja un menor beneficio para las mujeres inmigrantes que para sus pares citadinas.</p>      <p>Tambi&eacute;n se observa que los empleados p&uacute;blicos reciben un premio salarial frente a los empleados privados. Esta diferencia se explica en gran medida porque todos estos ingresos equiparan o superan el m&iacute;nimo, al mismo tiempo que el proceso por convocatoria y las tablas salariales autoseleccionan a los concursantes por el mismo. En espec&iacute;fico, se puede decir que manteniendo constantes las otras caracter&iacute;sticas, un trabajador p&uacute;blico recibe un 25% m&aacute;s en el caso de ser urbanos o un 20% en caso de incluir en las estimaciones las mujeres de zonas rurales.</p>      <p>Cuando el grupo incluye exclusivamente trabajadores urbanos, el trabajo dom&eacute;stico presenta una diferencia significativa del 10% frente al grupo base, increment&aacute;ndose a un 31,4% en el caso de que se incluya a las mujeres rurales en la regresi&oacute;n. Lo anterior es consecuente con la literatura previa, en la que se expone que el mercado laboral urbano favorece la contrataci&oacute;n de las mujeres provenientes de &aacute;reas rurales para este tipo de empleos.</p>      <p>Por su parte, la descomposici&oacute;n de Blinder-Oaxaca (<a href="#tab4">tabla 4</a>) divide la diferencia total en una parte que obedece exclusivamente a las caracter&iacute;sticas observables, y otra al pago diferencial a las mismas. El componente de la brecha que corresponde a la parte explicada mide las diferencias entre las caracter&iacute;sticas observables de ambos grupos y se interpreta como la variaci&oacute;n porcentual del salario que tendr&iacute;a una mujer promedio en el caso que tuviera las caracter&iacute;sticas del hombre promedio; en particular, las mujeres que siempre han residido en &aacute;reas urbanas ver&iacute;an su salario reducido en 12,5%, mientras que las mujeres que tienen una procedencia rural tendr&iacute;an una disminuci&oacute;n del 7,8%, lo que indica que si bien ambos grupos de mujeres tienen caracter&iacute;sticas que favorecen su participaci&oacute;n en el mercado laboral frente a los hombres, las mujeres urbanas cuentan con la mejor preparaci&oacute;n de los grupos presentados<sup><a name="nu21"></a><a href="#num21">21</a></sup>.</p>      <p align="center"><a name="tab4"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02t4.jpg"></a></p>      <p>El segundo componente de la brecha mide las diferencias salariales que no pueden ser explicadas por las caracter&iacute;sticas observables<sup><a name="nu22"></a><a href="#num22">22</a></sup>. Es decir, si asumi&eacute;ramos que el mercado remunerara igual las caracter&iacute;sticas observables de los hombres que las de las mujeres, una mujer que siempre ha vivido en la ciudad tendr&iacute;a un aumento en sus ingresos de un 18,5%; de forma equivalente, una mujer que migr&oacute; hacia la ciudad recibir&iacute;a un 21,2% adicional en sus ingresos salariales.</p>      <p>De lo anterior se puede concluir que no son solo las menores caracter&iacute;sticas observables de las mujeres rurales las que determinan sus menores salarios en las zonas urbanas, sino que la mayor parte de la brecha de estas mujeres obedece a una remuneraci&oacute;n desigual. Sin embargo, este segundo estimador no explica los componentes de esta diferencia en las retribuciones; por tanto, esta puede estar asociada tanto a una preferencia de las empresas por la mano de obra urbana, como al sector de la econom&iacute;a al que se vincula la poblaci&oacute;n migrante. Otros 2 efectos importantes, pero que se desdibujan en el largo plazo, son las diferencias en la calidad del capital humano y las asimetr&iacute;as de informaci&oacute;n con respecto al funcionamiento del mercado laboral.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El m&eacute;todo de Blinder-Oaxaca tambi&eacute;n permite entender la incidencia de la educaci&oacute;n al mantener las dem&aacute;s caracter&iacute;sticas fijas. De esta se pueden apreciar diferencias marcadas entre los 2 grupos. Por un lado, si una mujer urbana promedio reduce sus a&ntilde;os de educaci&oacute;n a los que posee el hombre urbano medio, ver&iacute;a una reducci&oacute;n en su salario de un 3,9%; sin embargo, si a esta le remunerasen los a&ntilde;os de educaci&oacute;n de la misma forma que a un hombre promedio, sus ingresos se incrementar&iacute;an en un 9,4%. Por el otro, una mujer inmigrante que incrementara sus a&ntilde;os de educaci&oacute;n al nivel promedio de los hombres solo ver&iacute;a un incremento salarial del 1,2%; en caso de que la educaci&oacute;n de las mujeres se remunerara igual que la de los hombres, sus ingresos se incrementar&iacute;an en 4,5%<sup><a name="nu23"></a><a href="#num23">23</a></sup>.</p>       <p>En adici&oacute;n a lo anterior se analiz&oacute; la composici&oacute;n de la diferencia en remuneraci&oacute;n entre mujeres nativas e inmigrantes y la correspondiente entre hombres y mujeres migrantes (<a href="#tab5">tabla 5</a>). Del primer ejercicio se concluye que son las caracter&iacute;sticas observables las que determinan el diferencial de ingresos entre las mujeres; en espec&iacute;fico, la descomposici&oacute;n expone que una mejora de las caracter&iacute;sticas observables de las mujeres inmigrantes rurales, al mismo nivel que el que tienen las urbanas, incrementar&iacute;a sus salarios en un 8,1%. Asimismo, se observa que no existe una diferencia estad&iacute;stica significativa en la remuneraci&oacute;n a las caracter&iacute;sticas, mostrando que la doble penalidad de las mujeres rurales puede resolverse por medio de programas de capacitaci&oacute;n.</p>      <p align="center"><a name="tab5"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02t5.jpg"></a></p>       <p>Del segundo ejercicio se puede observar que las mujeres rurales reciben en promedio salarios inferiores a los de sus pares masculinos, a pesar de que sus caracter&iacute;sticas observables se adaptan mejor a los mercados laborales urbanos. En particular, si una mujer rural tuviera las caracter&iacute;sticas del hombre inmigrante promedio ver&iacute;a reducido su salario en un 7,2%; ahora bien, en el caso de que esta mujer recibiera una compensaci&oacute;n igual a la de este hombre, sus ingresos se incrementar&iacute;an en una cuarta parte.</p>      <p>Estos resultados podr&iacute;an estar relacionados con los roles de las mujeres en las zonas rurales del pa&iacute;s, pues t&iacute;picamente son ellas las que se encargan de desarrollar actividades relacionadas con el sostenimiento del hogar, el trato de los animales, el trabajo en las huertas familiares y las actividades de cuidado. La dedicaci&oacute;n a estas labores tiene 2 implicaciones negativas sobre la experiencia femenina. Por un lado, reducen el tiempo disponible para dedicarse a actividades remuneradas en forma directa. Por el otro, estas actividades no se reconocen en el mercado laboral como un trabajo en un sentido tradicional, reduciendo a&uacute;n m&aacute;s su experiencia laboral frente a la de sus pares hombres para los mismos a&ntilde;os de vida (Folbre, 2006; PNUD, 2011; Arias et al., 2013).</p>      <p>En adici&oacute;n a lo anterior, una segunda causa de este fen&oacute;meno podr&iacute;a asociarse a la productividad de las empresas que contratan mano de obra femenina. Pese a que a&uacute;n es necesario ampliar en este sentido los trabajos en Colombia, en Europa existe fuerte evidencia que sustenta parte de los suelos pegadizos como consecuencia de la baja productividad asociada a las empresas que contratan mano de obra femenina, una caracter&iacute;stica que se ahonda en los niveles inferiores de remuneraci&oacute;n (Heinze, 2010).</p>       <p>Al revisar las brechas salariales entre hombres urbanos y mujeres urbanas y la correspondiente entre hombres urbanos y mujeres rurales se observa que, a trav&eacute;s de la distribuci&oacute;n de ingresos, ambas mantienen el mismo comportamiento, mas difieren en sus niveles. Particularmente, se evidencia una brecha m&aacute;s amplia en el decil m&aacute;s bajo de la distribuci&oacute;n y una igualaci&oacute;n en los percentiles mayores al 45% (<a href="#fig2">fig. 2</a>).</p>      <p align="center"><a name="fig2"><img src="img/revistas/espe/v33n77/v33n77a02f2.jpg"></a></p>      <p>De los anteriores, la amplitud de la brecha en los deciles inferiores obedece al menor poder de negociaci&oacute;n de las mujeres y a la baja productividad de las empresas que absorben la mano de obra femenina en el sector informal, siendo este comportamiento mucho m&aacute;s marcado para las migrantes del &aacute;rea rural. Por su parte, el nivel m&aacute;s bajo de la brecha laboral de g&eacute;nero podr&iacute;a estar relacionado con el salario m&iacute;nimo, dado que ambos efectos coinciden cerca al percentil 45%<sup><a name="nu24"></a><a href="#num24">24</a></sup>.</p>      <p>A diferencia de la literatura existente, no se observa un gran pronunciamiento de la brecha salarial en los percentiles altos. Este hecho tradicionalmente se ha explicado por las restricciones sociales que evitaban que las mujeres alcanzaran cargos de elecci&oacute;n popular y tuvieran dificultades de acceso a altos esca&ntilde;os en las empresas y los gobiernos (Zellner, 1972; Chzhen y Mumford, 2009; Badel y Pena, 2010; Hoyos et al., 2010). No obstante, como se observ&oacute; en las estad&iacute;sticas descriptivas, la proporci&oacute;n de mujeres con t&iacute;tulos de posgrado duplica la de los hombres; lo anterior, junto con las caracter&iacute;sticas del mercado laboral colombiano, en el que la mano de obra calificada obtiene un diferencial salarial positivo y una demanda menos el&aacute;stica (Vargas, 2013; Arias et al., 2013), implica que el incremento en los a&ntilde;os de educaci&oacute;n promedio de las mujeres -y m&aacute;s a&uacute;n los t&iacute;tulos de educaci&oacute;n superior conseguidos- pueda reducir el efecto de los techos de cristal, aplanando la brecha en los niveles superiores de la distribuci&oacute;n.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>6. Conclusiones</b></font></p>      <p>A trav&eacute;s de este art&iacute;culo se corrobora la existencia de una brecha salarial entre hombres y mujeres, y que esta var&iacute;a cuando se tiene en cuenta el lugar de procedencia. En particular, se concluye que para las 13 mayores ciudades del pa&iacute;s y sus respectivas &aacute;reas metropolitanas la brecha salarial entre los hombres urbanos y las mujeres inmigrantes es del 21,2%, mientras que entre los hombres urbanos y las mujeres urbanas esta brecha es del 18,5%. Sin embargo, la mayor parte esta diferencia entre ambos grupos obedece a que las mujeres en las ciudades cuentan con una mejor preparaci&oacute;n que la de sus pares rurales para el mercado laboral.</p>      <p>M&aacute;s a&uacute;n, la descomposici&oacute;n de la brecha entre los efectos que pueden ser atribuidos a caracter&iacute;sticas observables y los que se deben a un efecto no observable muestra que las mujeres, pese a estar mejor preparadas para el mercado laboral, tienen una menor remuneraci&oacute;n. De hecho, si estas tuviesen las caracter&iacute;sticas de un hombre urbano promedio ver&iacute;an reducidos sus ingresos en un 12,5% si han vivido toda su vida en la ciudad y un 7,8% si son inmigrantes de un &aacute;rea rural.</p>      <p>Las estimaciones proveen 3 resultados adicionales. Primero, se sustenta la existencia de <i>suelos pegadizos </i>en las &aacute;reas urbanas colombianas, siendo mayor su efecto en la poblaci&oacute;n femenina proveniente de &aacute;reas rurales. Segundo, se evidencia una reducci&oacute;n en la brecha salarial de g&eacute;nero en el percentil en el que se ubica el salario m&iacute;nimo. Tercero, no se halla evidencia sobre la existencia de <i>techos de cristal </i>para las habitantes de ingresos altos, lo que podr&iacute;a estar relacionado con la mayor demanda que ha tenido el pa&iacute;s por trabajo calificado en el periodo reciente (Arango, G&oacute;mez y Posada, 2009).</p>      <p>Al revisar el recorrido de la brecha salarial para los grupos de mujeres urbanas y mujeres rurales se puede concluir que la diferencia entre la remuneraci&oacute;n media de ambas poblaciones est&aacute; altamente relacionada con la gran desigualdad del primer decil de ingreso; una diferencia que podr&iacute;a estar asociada a la baja productividad de las empresas que contratan mano de obra no cualificada, lo que afecta m&aacute;s a la poblaci&oacute;n inmigrante, y al cambio en los salarios de reserva que tienen las mujeres con familia en las &aacute;reas urbanas.</p>      <p>Dado lo anterior, se puede concluir que una pol&iacute;tica eficiente para mejorar las condiciones de vida de las mujeres inmigrantes debe estar destinada a la mejora de las caracter&iacute;sticas observables, en particular dirigir recursos en la educaci&oacute;n para el empleo en actividades no relacionadas con la econom&iacute;a del cuidado. Sin embargo, este efecto resulta limitado en cuanto a que solo permitir&iacute;a igualar sus condiciones a las de sus pares citadinas o superarlo dado el premio salarial que obtiene esta poblaci&oacute;n por sus caracter&iacute;sticas propias.</p>      <p><b><i>6</i><i>.1. Limitaciones y ampliaciones</i></b></p>       <p>Existe un sesgo de selecci&oacute;n con respecto a la poblaci&oacute;n migrante en las &aacute;reas metropolitanas. La literatura concuerda en que las personas que migran desde las zonas rurales son las m&aacute;s capacitadas y poseen habilidades intr&iacute;nsecas que las hacen tener mejores desempe&ntilde;os en los mercados urbanos, frente a los que obtendr&iacute;a un habitante promedio de las &aacute;reas rurales.</p>      <p>Un segundo efecto que podr&iacute;a cambiar los estimadores proviene de no diferenciar entre desplazados y migrantes econ&oacute;micos, puesto que la poblaci&oacute;n desplazada, en la mayor&iacute;a de los casos, no cuenta con una base material en sus lugares de origen y no tiene relativos o experiencias previas de acceso a la ciudad, lo que hace que estas personas enfrenten mayores condiciones de incertidumbre y por lo mismo tengan un salario de reserva inferior que el de un migrante econ&oacute;mico con condiciones similares (Calder&oacute;n et al., 2011). Si bien, lo anterior no crea grandes variaciones en los ingresos promedio, se debe tener en cuenta, pues el mayor proceso de desplazamiento en el pa&iacute;s se ha dado en los &uacute;ltimos a&ntilde;os (Acci&oacute;n Social, 2010). De hecho, seg&uacute;n el Centro de Memoria Hist&oacute;rica (2012) el n&uacute;mero de migrantes internos por condiciones de violencia supera los 4,7 millones de personas.</p>      <p>Finalmente, las futuras ampliaciones de esta l&iacute;nea de trabajo podr&iacute;an enfocarse en medir, con una mayor muestra, los efectos por municipio de procedencia y sector productivo en el que se realiza la actividad remunerada. Asimismo deber&iacute;an incluirse controles relacionados con la cantidad de hijos nacidos vivos, la pertenencia a grupos &eacute;tnicos y minor&iacute;as (C&aacute;rdenas, Nopo y Casta&ntilde;eda, 2012). Finalmente, ser&iacute;a necesario ahondar en indicativos de las diferentes condiciones de vivienda, as&iacute; como de la ubicaci&oacute;n espacial de la poblaci&oacute;n migrante en las ciudades.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Conflicto de intereses</b></font></p>      <p>El autor declara no tener ning&uacute;n conflicto de intereses.</p>      <p><font size="3"><b>Agradecimientos</b></font></p>      <p>El autor agradece a la profesora Ximena Pena por su constante apoyo y su invaluable labor como asesora de tesis; a Paula Jaramillo por su gu&iacute;a en el seminario de investigaci&oacute;n; a Luis Eduardo Arango y Ana Mar&iacute;a Iba&ntilde;ez por sus constructivos comentarios, a Christian G&oacute;mez y Juan Guillermo Bedoya por su valiosa ayuda econom&eacute;trica; a Daniel G&oacute;mez por sus pertinentes y continuas sugerencias; a Iv&aacute;n Zubieta, Rodrigo Galindo, Felipe Balcazar y Camila Uribe por sus recomendaciones; finalmente, a los asistentes al Seminario Semanal de Fedesarrollo del 28 de febrero de 2014, en especial a Juan Mauricio Ram&iacute;rez, Astrid Mart&iacute;nez, Jairo Nu&ntilde;ez y Carlos Casta&ntilde;eda por sus relevantes comentarios. Los posibles errores u omisiones del documento corresponden plenamente al autor y no comprometen a ninguna instituci&oacute;n o a terceros.</p>  <hr>     <p><font size="3"><b>Notas</b></font></p>        <p><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup> A trav&eacute;s del modelo de Lewis (1954) se expone como al ser mayor la productividad del trabajo en el sector moderno, lentamente los trabajadores del sector tradicional, con una menor productividad laboral, migrar&aacute;n para conseguir beneficios del diferencial salarial. En el modelo Harris-Todaro (Harris y Todaro, 1970) la decisi&oacute;n de migrar, adem&aacute;s de depender de las diferencias en remuneraci&oacute;n, tambi&eacute;n est&aacute; sujeta a las probabilidades de encontrar un empleo.</p>      <p><sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup> Sticky floors </i>o &laquo;suelos pegadizos&raquo; se refiere a que ciertos grupos de poblaci&oacute;n est&aacute;n atados a un determinado grupo de trabajos, generalmente asociados a una baja remuneraci&oacute;n y pocas posibilidades de un ascenso o cambios a otro tipo de empleo.</p>      <p><sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup> Glass ceiling </i>o &laquo;techo de cristal&raquo; se refiere a que un grupo de la poblaci&oacute;n tiene un crecimiento hasta determinados cargos y no existen nuevas promociones, a pesar de que no existe ninguna barrera formal que lo impida.</p>      <p><sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup> Mayores de 23 a&ntilde;os seg&uacute;n la clasificaci&oacute;n del Ministerio de Educaci&oacute;n Nacional.</p>  <sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup> Un problema mayor si se tiene en cuenta que existe un diferencial de g&eacute;nero en las horas mensuales dedicadas al trabajo remunerado.</p>      <p><sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup> El ingreso mensual total fue construido como la suma de los ingresos percibidos por remuneraci&oacute;n al trabajo, m&aacute;s el estimativo de los pagos en especie, menos los subsidios reportados dentro del estimativo salarial.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup> En la construcci&oacute;n de la variable migraci&oacute;n se defini&oacute; la categor&iacute;a residentes (migraci&oacute;n = 0) como aquellas personas que contestaron afirmativamente a la pregunta &iquest;Siempre ha vivido en este municipio?, y la categor&iacute;a migrantes (migraci&oacute;n = 1) como el complemento de la respuesta anterior, eliminando de esta segunda definici&oacute;n a las personas que expusieron venir de otro pa&iacute;s y a aquellos que, pese a migrar desde otro municipio, proven&iacute;an de un centro urbano. En esta definici&oacute;n no solo se encuentran los migrantes econ&oacute;micos, sino que tambi&eacute;n se incluyen todas las personas que a la fecha cambiaron su domicilio de un &aacute;rea rural a una urbana en alg&uacute;n punto de su vida.</p>      <p><sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup> Los a&ntilde;os de educaci&oacute;n se miden como una variable continua; es equivalente a los a&ntilde;os de educaci&oacute;n reportados en la encuesta por las personas, controlando por el nivel de educativo con el fin de evitar errores de medici&oacute;n o de registro.</p>      <p><sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup> Los t&iacute;tulos obtenidos son variables multinivel, es decir, una persona que logr&oacute; un t&iacute;tulo de educaci&oacute;n universitaria tambi&eacute;n debi&oacute; cumplir con los grados de escolaridad b&aacute;sica y media.</p>      <p><sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup> Un n&uacute;mero cr&iacute;tico de estudios usa como aproximaci&oacute;n de la experiencia una combinaci&oacute;n entre edad y educaci&oacute;n; esta variable no fue construida para este estudio. Al quitar la variabilidad expuesta por la poblaci&oacute;n que est&aacute; en edad laboral mas se encuentra estudiando, se propone en el estudio que los a&ntilde;os de edad pueden ser una buena aproximaci&oacute;n de la experiencia de los individuos.</p>      <p><sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup> Como lo rese&ntilde;aron anteriormente Hoyos, Pena y Nopo (2010), el tipo de vinculaci&oacute;n laboral (empleador, empleado privado, empleado del gobierno, independiente, trabajador dom&eacute;stico entre otros) no es neutral al nivel de ingresos. M&aacute;s a&uacute;n, el tipo de vinculaci&oacute;n tambi&eacute;n se puede relacionar con el pago igual o superior salario m&iacute;nimo, siendo este el caso de los trabajadores p&uacute;blicos; dedicaciones orientadas por sesgos de g&eacute;nero, el trabajo dom&eacute;stico o el jornaleo; o incluso la capacidad de incorporaci&oacute;n de capital a una actividad productiva, para aquellos que se registran como empleadores espec&iacute;ficamente.</p>      <p><sup><a name="num12"></a><a href="#nu12">12</a></sup> Pese a que estos valores sobre el aseguramiento son superiores a los consolidados nacionales, estas altas tasas se deben a que se est&aacute; hablando de mercados laborales urbanos. El indicador de formalidad promedio del DANE para el 2013 fue del 50,5%</p>      <p><sup><a name="num13"></a><a href="#nu13">13</a></sup> Se presentan las agrupaciones de ciudades y sus &aacute;reas metropolitanas seg&uacute;n el nombre del departamento y Bogot&aacute;.</p>      <p><sup><a name="num14"></a><a href="#nu14">14</a></sup> Este procedimiento es pertinente en cuanto a que los hombres residentes y las mujeres inmigrantes no comparten una distribuci&oacute;n similar en su participaci&oacute;n laboral. De hecho, existen m&uacute;ltiples diferencias en las decisiones de los hombres y las mujeres para ingresar al mercado laboral, as&iacute; como en sus condiciones de ingreso. Algunas explicaciones a este fen&oacute;meno se pueden encontrar en Loutfi (2001) y en Folbre (2006).5 La estimaci&oacute;n de las diferencias entre los grupos se realiz&oacute; en STATA siguiendo el m&eacute;todo propuesto en Jann (2008).</p>      <p><sup><a name="num15"></a><a href="#nu15">15</a></sup> La estimaci&oacute;n de las diferencias entre los grupos se realiz&oacute; en STATA siguiendo el m&eacute;todo propuesto en Jann (2008).</p>      <p><sup><a name="num16"></a><a href="#nu16">16</a></sup> En el <a href="#apna">anexo A</a> se profundiza sobre el m&eacute;todo propuesto por Firpo.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="num17"></a><a href="#nu17">17</a></sup> Para realizar las estimaciones por percentiles se sigui&oacute; la metodolog&iacute;a propuesta por Frolich y Melly (2010).</p>      <p><sup><a name="num18"></a><a href="#nu18">18</a></sup> Las estimaciones del modelo probit usado para calcular el Mills ratio se presentan en el <a href="#apnb">anexo B</a>.</p>      <p><sup><a name="num19"></a><a href="#nu19">19</a></sup> Al tener en cuenta exclusivamente las mujeres que han migrado en los &uacute;ltimos 5 a&ntilde;os esta diferencia se reduce al 16,5% (<a href="#apnc">anexo C</a>). A pesar de que lo anterior parece contradecir la idea de que el tiempo reduce las asimetr&iacute;as de los migrantes, no lo hace, en cuanto a que esta diferencia obedece a las caracter&iacute;sticas diferenciales de las nuevas cohortes, que las hacen tener un mejor desempe&ntilde;o en los mercados laborales urbanos (Hern&aacute;ndez, 2008).</p>      <p><sup><a name="num20"></a><a href="#nu20">20</a></sup> El retorno a la educaci&oacute;n cercano al 4% se debe a la inclusi&oacute;n de los t&iacute;tulos educativos dentro de la regresi&oacute;n de MCO.</p>      <p><sup><a name="num21"></a><a href="#nu21">21</a></sup> Los resultados de la regresi&oacute;n por B-O se encuentran en el <a href="#apnd">anexo D</a>; en el <a href="#apne">anexo E</a> los lectores podr&aacute;n revisar las diferencias entre las mujeres (urbanas y rurales), y la poblaci&oacute;n rural migrante (hombres y mujeres).</p>      <p><sup><a name="num22"></a><a href="#nu22">22</a></sup> Por construcci&oacute;n, este indicador debe resultar igual al estimador asociado al sexo en MCO.</p>      <p><sup><a name="num23"></a><a href="#nu23">23</a></sup> Parte de esta diferencia en la remuneraci&oacute;n est&aacute; explicada por la calidad asociada a la educaci&oacute;n. Lo anterior en cuanto a que, en las ciudades colombianas, se concentran la mayor cantidad de instituciones educativas; por tanto, es de esperar que algunas empresas asocien la educaci&oacute;n rural con una capacitaci&oacute;n inferior del capital humano.</p>      <p><sup><a name="num24"></a><a href="#nu24">24</a></sup> Los resultados de la regresi&oacute;n por percentiles se encuentran como el <a href="#apnf">anexo F</a> del documento.</p>    <hr>      <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <!-- ref --><p>Acci&oacute;n Social. (2010). Desplazamiento forzado en Colombia. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0120-4483201500020000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>Albrecht, J., Bj&otilde;rklund, A. y Vroman, S. (2001). Is there a glass ceiling in Sweden? <i>IZA Discussion</i><i> </i><i>Paper,</i><i> </i><i>282.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0120-4483201500020000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>Arango, L. E., G&oacute;mez, M. A. y Posada, C. E. (2009). La demanda de trabajo formal en Colombia: determinantes e implicaciones de pol&iacute;tica. <i>Borradores</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>Econom&iacute;a, 563.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0120-4483201500020000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Arias, M. A., Iba&ntilde;ez, A. M. y Pena, X. (2013). Mujeres rurales j&oacute;venes y migraci&oacute;n en Colombia. <i>Documento</i><i> </i><i>CEDE,</i><i> </i><i>206.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0120-4483201500020000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>Arulampalam, W., Booth, A. y Bryan, M. (2007). Is there a glass ceiling over Europe? Exploring the gender pay gap across the wage distribution. <i>Industrial</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>Labor Relations</i><i> </i><i>Review,</i><i> </i>60(2), 163-186. January.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0120-4483201500020000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Badel, A. y Pena, X. (2010). Decomposing the gender wage gap with sample selection adjustment: Evidence from Colombia. <i>An&aacute;lisis</i><i> </i><i>Econ&oacute;mico,</i><i> </i>25(2), 169-191.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0120-4483201500020000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bener&iacute;a, L. y Rold&aacute;n, M. (1987). <i>Las</i><i> </i><i>encrucijadas</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>clase y</i><i> </i><i>g&eacute;nero</i><i> </i><i>trabajo</i><i> </i><i>a</i><i> </i><i>domicilio, subcontrataci&oacute;n</i><i> </i><i>y</i><i> </i><i>din&aacute;mida</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>la</i><i> </i><i>unidad</i><i> </i><i>dom&eacute;stica</i><i> </i><i>en</i><i> </i><i>la</i><i> </i><i>ciudad</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>M&eacute;xico.</i><i> </i>Ciudad de M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0120-4483201500020000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Blinder, A. (1973). Wage discrimination: Reduced form and structural estimates. <i>The Journal</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Human</i><i> </i><i>Resources,</i><i> </i>8(4 Autumn, 1973), 436-455.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0120-4483201500020000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Britto, D. (2010). El desplazamiento forzado tiene rostro de mujer. <i>La</i><i> </i><i>Manzana</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>la Discordia,</i><i> </i><i>5</i>(1), 65-78.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0120-4483201500020000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Calder&oacute;n, V., G&aacute;faro, M. y Ib&aacute;nez, A. M. (2011). Desplazamiento forzoso, participaci&oacute;n laboral femenina y poder de negociaci&oacute;n en el hogar &iquest;Empodera el conflicto a las mujeres? <i>Documento</i><i> </i><i>CEDE</i><i> </i><i>45.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0120-4483201500020000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>C&aacute;rdenas, J. C., Nopo, H. y Castaneda, J. L. (2012). Equidad en la diferencia: Pol&iacute;ticas para la movilidad social de grupos de identidad Misi&oacute;n de Movilidad Social y Equidad. <i>Documento</i><i> </i><i>CEDE</i><i> </i><i>39.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0120-4483201500020000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>Centro de Memoria Hist&oacute;rica. (2012). &iexcl;Basta Ya! Memorias de guerra y dignidad. Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0120-4483201500020000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>Chiswick, B., Cohen, Y. y Zach, T. (1997). The labor market status of inmigrants: Effects of the unemployment rate at arrival and duration of residence. <i>Industrial &amp;</i><i> </i><i>Labor</i><i> </i><i>Relations</i><i> </i><i>Review,</i><i> </i>50(2), 289-303.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0120-4483201500020000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Chzhen, Y. y Mumford, K. (2009). Gender Gaps Across the Earnings Distribution in Britan: Are Women Bossy Enough? <i>IZA</i><i> </i><i>Discussion</i><i> </i><i>Paper</i><i> </i><i>No.</i><i> </i><i>4331.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0120-4483201500020000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>Chzhen, Y. y Mumford, K. (2010). Gender gaps across the earnings distribution for full-time employees in Britan: Allowing for sample selection. <i>Labour Economics, 18</i>(6), 837-844.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0120-4483201500020000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Crummett, M. d. (1986). <i>Rural</i><i> </i><i>Women</i><i> </i><i>and Migration</i><i> </i><i>in</i><i> </i><i>Latin</i><i> </i><i>America:</i><i> </i><i>Research</i><i> </i><i>Review and</i><i> </i><i>Agenda.</i><i> </i>Kellog Institute.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0120-4483201500020000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Dufour, D. y Piperata, B. (2004). Rural-to-urban migration in Latin America: An update and thoughts on the model. <i>American</i><i> </i><i>Journal</i><i> </i><i>of Human</i><i> </i><i>Biology,</i><i> </i><i>16</i>(4), 395-404.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0120-4483201500020000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Fields, G. (2007). Employment in low-income countries: Beyond labor market segmentation? In P. Paci y P. Serneels (Eds.), <i>Employment</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>Shared</i><i> </i><i>Growth: Rethinking</i><i> </i><i>the</i><i> </i><i>Role</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Labor</i><i> </i><i>Mobility</i><i> </i><i>for</i><i> </i><i>Development</i><i> </i>(pp. 23-34). Washington, DC: The World Bank.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0120-4483201500020000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Firpo, S. (2007). Efficient semiparametric estimation of quantile treatment effects. <i>Econometrica,</i><i> </i>75(1), 259-276.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0120-4483201500020000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Folbre, N. (2006). Measuring care: Gender, empowerment, and the care economy. <i>Journal</i><i> </i><i>of Human</i><i> </i><i>Development,</i><i> </i><i>2</i>(7), 183-200.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0120-4483201500020000200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Friedberg, R. (2000). You can't take it with you? Immigrant assimilation and the portability of human capital. <i>Journal</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Labor</i><i> </i><i>Economics,</i><i> </i>18(2), 221-251.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0120-4483201500020000200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Fr&otilde;lich, M. y Melly, B. (2010). Estimation of quantile treatment effects with Stata. <i>Stata</i><i> </i><i>Journal,</i><i> </i><i>10,</i><i> </i>423-457.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0120-4483201500020000200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Galvis, L. A. (2010). Diferenciales salariales por g&eacute;nero y regi&oacute;n en Colombia: Una aproximaci&oacute;n con regresi&oacute;n por cuantiles. <i>Revista</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>Econom&iacute;a</i><i> </i><i>del</i><i> </i><i>Rosario,</i><i> </i>13(2), 235-277.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0120-4483201500020000200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gaviria, A. (2010). Cambio social en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX. <i>Documento</i><i> </i><i>CEDE</i><i> </i><i>30.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0120-4483201500020000200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Harris, J. y Todaro, M. (1970). Migration, unemployement and development: A two sector analysis. <i>The</i><i> </i><i>American</i><i> </i><i>Economic</i><i> </i><i>Review,</i><i> </i>60(1), 126-142.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0120-4483201500020000200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Heckman, J. (1979). Sample selection as a specification error. <i>Econometrica,</i><i> </i>47(1), 153-161.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S0120-4483201500020000200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Heinze, A. (2010). Beyond the Mean Gender Wage Gap Decomposition of Differences in Wage Distribuions Using Quantile Regression. <i>ZEW</i><i> </i><i>Discussion</i><i> </i><i>Paper</i><i> </i><i>No.</i><i> </i><i>10-043.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0120-4483201500020000200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Hern&aacute;ndez, C. (2008). <i>Inmigrantes</i><i> </i><i>urbanos</i><i> </i><i>en</i><i> </i><i>Colombia:</i><i> </i><i>&iquest;Complementan</i><i> </i><i>o</i><i> </i><i>sustituyen a</i><i> </i><i>los</i><i> </i><i>trabajadores</i><i> </i><i>nativos?</i><i> </i><i>&#91;tesis</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>maestr&iacute;a</i><i> </i><i>PEG&#93;</i><i> </i>Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0120-4483201500020000200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Hoyos, A., Nopo, H. y Pena, X. (2010). The Persistent Gender Earnings Gap in Colombia, 1994-2006. <i>IDB</i><i> </i><i>Working</i><i> </i><i>Paper</i><i> </i><i>Series</i><i> </i><i>174.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0120-4483201500020000200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Iba&ntilde;ez, A. M. y Velez, C. E. (2005). Civil conflict and forced migration: The micro determinantes and the welfare losses of displacement in Colombia. <i>Documento CEDE,</i><i> </i>35.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0120-4483201500020000200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Jann, B. (2008). The Blinder-Oaxaca decomposition for linear regression models. <i>The Stata</i><i> </i><i>Journal,</i><i> </i><i>8</i>(4), 453-479.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0120-4483201500020000200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Jellal, M., Nordman, C. y Wolff, F. (2008). Evidence on the glass ceiling efffect in France using matched worker-firm data. <i>Applied</i><i> </i><i>Economics,</i><i> </i>40(24), 3233-3250.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0120-4483201500020000200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Kee, H. J. (2005). Glass Ceiling or Sticky Floor? Exploring the Australian Gender Pay Gap using Quantile Regression and Counterfactual Decomposition Methods. <i>CEPR</i><i> </i><i>Discussion</i><i> </i><i>Paper</i><i> </i><i>No.</i><i> </i><i>487.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0120-4483201500020000200033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Kemper, R. (1971). Rural-urban migration in Latin America: A framework for the comparative analysis of geographical and temporal patterns. <i>International Migration</i><i> </i><i>Review,</i><i> </i><i>5</i>(1), 36-47.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0120-4483201500020000200034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Koenker, R. y Hallock, K. (2001). Quantile regression. <i>Journal</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Economic</i><i> </i><i>Perspectives, </i>15(4), 143-156.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0120-4483201500020000200035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Lewis, A. (1954). <i>Economic</i><i> </i><i>Development</i><i> </i><i>with</i><i> </i><i>Unlimited</i><i> </i><i>Supplies</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Labour.</i><i> </i>The Manchester School.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0120-4483201500020000200036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Loutfi, M. (2001). <i>Women,</i><i> </i><i>Gender</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>Work:</i><i> </i><i>What</i><i> </i><i>is</i><i> </i><i>Equality</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>How</i><i> </i><i>We</i><i> </i><i>Do</i><i> </i><i>Get There?</i><i> </i>Geneva: ILO.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0120-4483201500020000200037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Magnani, E. y Zhu, R. (2012). Gender wage differentials among rural-urban migrants in China. <i>Regional</i><i> </i><i>Science</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>Urban</i><i> </i><i>Economics,</i><i> </i><i>42</i>(5), 779-793.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0120-4483201500020000200038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Marghuerita, F. (2014). Unconditional and Conditional Quantile Treatment Effects: Identification Strategies and Interpretations. <i>SSRN working paper series.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0120-4483201500020000200039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </i></p>      <!-- ref --><p>Meyersson, E., Petersen, T. y Snartland, V. (2001). Equal pay for equal work? Evidence from Sweden and a comparisson with Norway and the U.S. <i>The</i><i> </i><i>Scandinavian Journal</i><i> </i><i>of Economics,</i><i> </i><i>103</i>(4), 559-583.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0120-4483201500020000200040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Mincer, J. (1958). Investment in human capital an personal income distribution. <i>Journal</i><i> </i><i>of</i><i> </i><i>Political</i><i> </i><i>Economy,</i><i> </i>66(4), 281-302.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0120-4483201500020000200041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>Mincer, J. (1974). <i>Schooling,</i><i> </i><i>Experience</i><i> </i><i>and</i><i> </i><i>Earnings.</i><i> </i>New York: National Buerau of Economic Resarch.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0120-4483201500020000200042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Murad R (2003). Estudio sobre la distribuci&oacute;n espacial de la poblaci&oacute;n en Colombia. Serie: Poblaci&oacute;n y Desarrollo, No. 48, CEPAL, 27-51.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0120-4483201500020000200043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Nicodemo, C. (2009). Gender Pay Gap and Quantile Regression in European Families. <i>IZA</i><i> </i><i>Discussion</i><i> </i><i>Paper</i><i> </i><i>No.</i><i> </i><i>3978.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0120-4483201500020000200044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Nordman, C. y Wolff, F. (2007). Is there a glass ceiling in Morocco? Evidence from matched worker firm data. <i>DIAL</i><i> </i><i>Document</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>Travail</i><i> </i><i>04.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0120-4483201500020000200045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Nordman, C. y Wolff, F. (2008). Island throught the glass ceiling? Evidence of gender wage gaps in Madagascar and Mauritius. <i>DIAl</i><i> </i><i>Document</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>Travail</i><i> </i><i>02.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0120-4483201500020000200046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Oaxaca, R. (1973). Male-female wage differentials in urban labor markets. <i>International</i><i> </i><i>Economic</i><i> </i><i>Review,</i><i> </i><i>14</i>(3), 693-709.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0120-4483201500020000200047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Pe&ntilde;a, X., C&aacute;rdenas, J. C., Nopo, H., Casta&ntilde;eda, J. L., Mu&ntilde;oz, J. S. y Uribe, C. (2013). Mujer y movilidad social. <i>Documentos</i><i> </i><i>CEDE</i><i> </i><i>05.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0120-4483201500020000200048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>P&eacute;rez, F. (2003). <i>Evidencia</i><i> </i><i>reciente</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>comportamiento</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>la</i><i> </i><i>migraci&oacute;n</i><i> </i><i>interna</i><i> </i><i>en Colombia</i><i> </i><i>a</i><i> </i><i>partir</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>la</i><i> </i><i>Encuesta</i><i> </i><i>Continua</i><i> </i><i>de</i><i> </i><i>Hogares.</i><i> </i>Bogot&aacute;: DANE.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0120-4483201500020000200049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Pham, H. y Reilly, B. (2004). The gender pay gap in Vietnam, 1993-2002: A quantile regression approach. <i>MPRA</i><i> </i><i>No.</i><i> </i><i>6475.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0120-4483201500020000200050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>P.N.U.D. 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The Global Gender Gap Report. <i>Cologny.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0120-4483201500020000200056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>      <!-- ref --><p>Zellner, H. (1972). 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