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<journal-title><![CDATA[Praxis Filosófica]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL REQUERIMIENTO EN EL NUEVO REINO DE GRANADA: DOS FORMAS DE SER DEL MAL MORAL*]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The purpose of this article is to show that two of the paradigms of evil most known in the history of morals are not exclusive. Taking account of the judgment made by Bartolomé de Las Casas about the requirement, the first part of the article emphasizes in the possibility of explaining the origin of evil through the platonic paradigm of ignorance. In the second part, and considering Las Casas description of the way the conquerors applied the requirement, a second source of evil is described, that is, the one which according to Aristotle, takes place in an agent's incontinent disposition.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">       <p align="center"><font size="4"><b>EL REQUERIMIENTO EN EL NUEVO REINO DE GRANADA:   DOS FORMAS DE SER DEL MAL MORAL<sup><a href="#*" name="s*">*</a></sup></b></font></p>     <p>   <b>&Aacute;ngela Uribe Botero<sup><a href="#†" name="s†">†</a></sup></b></p>     <p>   Universidad Nacional de Colombia</p>     <p align="center"><sup><a href="#s*" name="*">*</a></sup> Recibido Noviembre de 2005; aprobado Marzo de 2006.</p> <hr size="1">      <p>   <b>RESUMEN</b></p>     <p>   El prop&oacute;sito de este texto es mostrar que dos de los m&aacute;s conocidos    paradigmas   del mal en la historia de la filosof&iacute;a moral no son excluyentes. A partir    del   juicio que Bartolom&eacute; de Las Casas emite sobre la instituci&oacute;n del   requerimiento, en la primera parte del trabajo se intenta explicar el origen   del mal a partir del paradigma plat&oacute;nico de la ignorancia. En la segunda   parte, y teniendo en cuenta la descripci&oacute;n que hace Las Casas de la forma   como es aplicado el requerimiento, se aclara aquella otra fuente del mal que,   seg&uacute;n Arist&oacute;teles, tiene lugar en la disposici&oacute;n incontinente    de un agente.</p>     <p>   <b>Palabras clave:</b> Plat&oacute;n, Arist&oacute;teles, Bartolom&eacute; de Las Casas,    Conquista de   Am&eacute;rica, mal moral, akrasia, requerimiento.</p><hr size="1">      <p>   <b>ABSTRACT</b></p>     <p>   The purpose of this article is to show that two of the paradigms of evil most   known in the history of morals are not exclusive. Taking account of the   judgment made by Bartolom&eacute; de Las Casas about the requirement, the first   part of the article emphasizes in the possibility of explaining the origin of   evil through the platonic paradigm of ignorance. In the second part, and   considering Las Casas description of the way the conquerors applied the   requirement, a second source of evil is described, that is, the one which   according to Aristotle, takes place in an agent's incontinent disposition.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <b>Key words</b>: Plato, Aristotle, Bartolom&eacute; de Las Casas, Conquest of America,   moral evil, akrasia, "requerimiento".</p> <hr size="1">     <p>   En su libro Historia de las indias, Bartolom&eacute; de Las Casas dedica   algunos cap&iacute;tulos a la reflexi&oacute;n en torno a lo que se conoce en    la historia   de Am&eacute;rica como "el requerimiento". En t&eacute;rminos generales, el   requerimiento era un documento real, a trav&eacute;s del cual, a su llegada    a tierra firme, los espa&ntilde;oles trasmit&iacute;an a los nativos americanos    las razones   por las cuales &eacute;stos &uacute;ltimos deb&iacute;an obediencia y sometimiento    a la Iglesia   Cat&oacute;lica y a la Corona espa&ntilde;ola. Con la lectura del requerimiento    los   conquistadores hac&iacute;an saber a los nativos que habr&iacute;a libertad    y buen   tratamiento para aquellos que, voluntariamente, se acogieran al mandato   real y que, por el contrario, se impondr&iacute;an la guerra y la esclavitud    contra   quienes se resistieran a lo "requerido". De esta forma, el documento   constitu&iacute;a uno de los medios a trav&eacute;s de los cuales se cumpl&iacute;a    la voluntad   general del Rey Don Fernando de definir la condici&oacute;n pac&iacute;fica    del indio   para diferenciarla de la belicosa y para, con ello, justificar la ocupaci&oacute;n   violenta de los territorios conquistados, s&oacute;lo donde fuese necesario    (Friede,   1965, 201).</p>     <p>   La reflexi&oacute;n de Las Casas sobre el requerimiento procede a partir de    dos   momentos. En el primero el autor de la Historia de las indias llama la   atenci&oacute;n sobre la ignorancia y la frivolidad contenidas en el documento.    En   el segundo de los momentos, Las Casas llama la atenci&oacute;n sobre los efectos   "horripilantes" de la aplicaci&oacute;n del requerimiento por parte de uno de    los   conquistadores en las costas de Nuevo Reino de Granada. Las caracter&iacute;sticas   de la reflexi&oacute;n llevada a cabo por Las Casas en cada uno de estos momentos   hacen pensar que su juicio es diferente en cada caso. Mientras que en el   primero el juicio recae sobre el car&aacute;cter anodino del contenido del   requerimiento, en el segundo el juicio se transforma en una condena a la   manera "bestial" y "b&aacute;rbara" a trav&eacute;s de la cual se cumplieron    ama&ntilde;adamente   las instrucciones del Rey en tierra firme. Estas diferencias y el hecho de que   los dos momentos a los que aplica el juicio de Las Casas remiten a   circunstancias distintas (la creaci&oacute;n y la aplicaci&oacute;n de la ley)    sirven para   caracterizar lo que llamar&eacute; "dos fuentes del mal".</p>     <p>   El prop&oacute;sito de este texto es, por una parte, describir esas dos fuentes   del mal y, por otra, ofrecer argumentos para mostrar que dos de los m&aacute;s   conocidos paradigmas que en filosof&iacute;a moral se proponen explicarlas (el   plat&oacute;nico y el aristot&eacute;lico) no son, como suele pensarse, excluyentes.<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>   Mostrar&eacute; en qu&eacute; medida el origen del mal puede ser explicado de    diversas   formas y que, por lo tanto, en filosof&iacute;a moral no es preciso negar la   plausibilidad, ya sea del modelo plat&oacute;nico o aristot&eacute;lico, para    entender por   qu&eacute; los seres humanos actuamos mal. Proceder&eacute; de la siguiente    manera:   vali&eacute;ndome del juicio que Las Casas hace recaer sobre el requerimiento,    en   la primera parte del art&iacute;culo, har&eacute; &eacute;nfasis en la posibilidad    de explicar el   origen del mal teniendo en cuenta el paradigma plat&oacute;nico de la ignorancia.</p>     <p>En la segunda parte, a la luz de la descripci&oacute;n que hace Las Casas de    la   forma como los primeros conquistadores hicieron valer el requerimiento en   las costas americanas, describir&eacute; la segunda fuente del mal a la luz    del   concepto aristot&eacute;lico de akrasia.</p>     <p>   <b><font size="3">1. Las buenas intenciones non simpliciter del Rey</font></b></p>     <p>   La llegada de los espa&ntilde;oles a las costas de tierra firme, a comienzos    del   siglo XVI, se hac&iacute;a acompa&ntilde;ar de un discurso real que conten&iacute;a    las razones   de la Conquista (Las Casas, 1956, 203-212). A trav&eacute;s de este documento,    el   requerimiento, los espa&ntilde;oles le notificaban a los ind&iacute;genas americanos    que   los reyes de Espa&ntilde;a eran, por la gracia divina, domadores de b&aacute;rbaros;    que   los conquistadores, enviados reales, ten&iacute;an la obligaci&oacute;n de hacerle    saber a   los ind&iacute;genas que el dios cat&oacute;lico hab&iacute;a creado el cielo    y la tierra; que ese   mismo dios hab&iacute;a creado a Ad&aacute;n y a Eva, y que ellos, los ind&iacute;genas,    eran   sus descendientes. El documento contin&uacute;a con la explicaci&oacute;n que,    seg&uacute;n la   Corona, justificaba el poder de los designados por Dios (San Pedro y sus   sucesores) sobre la tierra. Gracias a ese poder, dice el requerimiento, el   &uacute;ltimo de los papas don&oacute; las tierras descubiertas a los reyes    con todo lo que   en ellas hab&iacute;a. El documento es presentado ante los ind&iacute;genas    como una   suerte un ruego. Con &eacute;l se le "requer&iacute;a" a aquellos ante quienes    fuese le&iacute;do   para que deliberaran acerca de las razones de Dios y con ellas, acerca de la   donaci&oacute;n; se les rogaba que reconocieran a la Iglesia como superiora    del   universo y a los reyes de Espa&ntilde;a como superiores en Tierra Firme. Una   respuesta positiva por parte de los indios al requerimiento promet&iacute;a    libertad,   exenciones, privilegios y mercedes. Una respuesta negativa, sin embargo,   promet&iacute;a, "con la ayuda de Dios", la guerra. Dicha guerra y sus   consecuencias, en caso de que los espa&ntilde;oles se viesen obligados a   emprenderla, contin&uacute;a el requerimiento, no habr&iacute;a de ser nunca    imputable,   ni a "Sus Altezas" ni los conquistadores ni a sus soldados.</p>     <p>   En sus comentarios al requerimiento, Las Casas admite la posibilidad de   que la intenci&oacute;n con la cual &eacute;ste fue redactado haya sido non    simpliciter,   buena (Las Casas, 1956, 203). Non simpliciter quiere decir "no de una manera   directa", "no sin discusi&oacute;n". El hecho de que la intenci&oacute;n del    Rey y de sus   consejeros al redactar el requerimiento no fuese directamente hacer la guerra   contra los indios de Am&eacute;rica no significaba que, tanto lo que se "requer&iacute;a"   como la forma de requerirlo fuesen buenos y que, por lo tanto, lo malo del   contenido del requerimiento no fuese imputable a los reyes y a los consejeros.   Para explicar esto Las Casas recurre a afirmaciones como la siguiente: los   consejeros y el Rey "deber&iacute;an saber" que el t&iacute;tulo real no otorgaba    derechos   sobre la libertad y sobre las tierras de los ind&iacute;genas; deber&iacute;an,    por lo tanto,   saber que los sitios ocupados en tierra firme ten&iacute;an ya due&ntilde;os.    Por las historias acerca de la forma como llegaron los primeros conquistadores    a las Islas   del Caribe, el Rey y sus consejeros deber&iacute;an, tambi&eacute;n, haber sabido    que los   espa&ntilde;oles no sol&iacute;an esperar una agresi&oacute;n para sentirse    justificados a agredir   a los indios. El requerimiento, en esa medida, era, para Las Casas, el mejor   ejemplo de un absurdo profundo, de la "mayor ceguera", de la m&aacute;s torpe   inocuidad. Con esa inocuidad, con esa profusa ignorancia, dice &eacute;l, se    fundaba   "la m&aacute;s horrible y da&ntilde;ada de las tiran&iacute;as" (Las Casas,    1956, 203-204).</p>     <p>   En el Prot&aacute;goras de Plat&oacute;n se discute la posibilidad de que la    virtud   pueda ser ense&ntilde;ada. Pasando por la discusi&oacute;n acerca de si la virtud    consiste   en una sola cosa, indivisible y &uacute;nica o si alguien podr&iacute;a ser    virtuoso sin   tener todas las virtudes, el di&aacute;logo avanza hasta llegar a una de las   afirmaciones m&aacute;s conocidas de la doctrina plat&oacute;nica:</p>     <p>   Resulta absurda vuestra afirmaci&oacute;n, cuando dec&iacute;ais que, a pesar    de conocer el   hombre que las cosas malas son malas, sin embargo las pone en pr&aacute;ctica    -aunque   le ser&iacute;a posible dejar de hacerlo- arrastrado y seducido por los placeres.    Y, por otra   parte, tambi&eacute;n dec&iacute;s que el hombre, a pesar de conocer lo que    es bueno, no quiere   practicarlo por los sufrimientos moment&aacute;neos, dominado por ellos. (Plat&oacute;n,   Prot&aacute;goras, 355a-b)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Con la prueba del car&aacute;cter absurdo de la opini&oacute;n del sofista pretende   S&oacute;crates convencer a sus interlocutores de que existe un patr&oacute;n    para comparar   los grados de bondad y de maldad producidos por las acciones. El patr&oacute;n   del que, desde esta perspectiva, se vale un agente para elegir entre lo bueno   y lo malo lo ofrece el conocimiento cient&iacute;fico, esto es, la ciencia de    la   comparaci&oacute;n (o ciencia m&eacute;trica), el saber acerca del exceso y    la inferioridad   (Plat&oacute;n, Prot&aacute;goras, 357a). En aras de la simplicidad y del rigor,    en El   Prot&aacute;goras, S&oacute;crates se preocupa por delimitar el sentido de los    t&eacute;rminos   "bueno" y "malo", para hacerlos coincidir con las expresiones "placer" y   "dolor", respectivamente. Seg&uacute;n la doctrina plat&oacute;nica, entonces,    el   conocimiento cient&iacute;fico informa a las personas sobre el orden del mundo    y   con &eacute;l, a la hora de actuar, informa al agente sobre los grados en los    cuales   puede el placer ser disfrutado. Quien conoce el patr&oacute;n sobre el que informa   la ciencia de la m&eacute;trica habr&aacute; de elegir correctamente, aut&eacute;nticamente,   aquello que produce m&aacute;s placer. El mal, en ese sentido, es el resultado    de un   vac&iacute;o en la informaci&oacute;n contenida en el juicio te&oacute;rico    acerca del orden del   mundo y, por ende, el resultado de la ignorancia acerca del orden en el que   los grados de placer y de dolor son vividos y producidos. La fuente de la   moralidad, entonces, se sit&uacute;a en el &aacute;mbito del conocimiento te&oacute;rico.    La   relaci&oacute;n entre &eacute;ste y la bondad es m&aacute;s clara si se tiene    en cuenta en qu&eacute;   medida pueden las creencias acerca del mundo ser transformadas (Nussbaum,   1990, 80). Bien se puede creer que algo sea bueno porque resulta atractivo en    un momento determinado y sin embargo, esa creencia no tiene por qu&eacute;   ser estable. Dado el car&aacute;cter conmensurable de la relaci&oacute;n entre    diversas   manifestaciones del placer y dada la posibilidad humana de descubrir el   orden que constituye el mundo, la creencia superficial acerca de que algo es   bueno puede transformarse en una creencia genuina acerca de que eso mismo   es bueno s&oacute;lo en apariencia y que, por lo tanto, ha de haber algo mejor.    De   all&iacute; que el conocimiento constituya para Plat&oacute;n lo &uacute;nico    que nos previene   del mal. De all&iacute; tambi&eacute;n que sea absurdo creer que alguien que    conozca el   grado en el que una acci&oacute;n pude producir un efecto desagradable, sin   embargo, elija dicha acci&oacute;n.</p>     <p>   &iquest;Podr&iacute;a la atribuci&oacute;n que hace Bartolom&eacute; de las    Casas al car&aacute;cter bueno   non simpliciter de la intenci&oacute;n del Rey con el requerimiento ser explicada   bajo el modelo plat&oacute;nico de la ignorancia como fuente del mal? Al parecer,   s&iacute;. El requerimiento era, en palabras de de Las Casas el resultado de    un   grave "defecto de ignorancia", de creer que &eacute;l hac&iacute;a bien a la    conservaci&oacute;n   de los indios y a su conversi&oacute;n (Las Casas, 1956, 203). La creencia fr&iacute;vola   e infundada acerca de que el requerimiento contribuir&iacute;a a los prop&oacute;sitos    de   la Conquista, mina, en &uacute;ltimas, las posibilidades de promover dichos   prop&oacute;sitos. El car&aacute;cter impositivo e inconsistente del requerimiento    era, a   los ojos de Las Casas, el peor de los medios para obtener el fin que, se   supone, buscaba con &eacute;l la corona: asegurar la disposici&oacute;n libre    del los indios   a hacer parte del reino de Espa&ntilde;a, y con ello, fortalecer el gobierno    real en   las tierras conquistadas. La creencia acerca de que el requerimiento har&iacute;a   bien a los prop&oacute;sitos de la conquista, en palabras de Las Casas "estaba    por   fuera del orden", se fundaba sobre un principio inocuo. Y aquello que se   funda sobre un principio inocuo, en t&eacute;rminos plat&oacute;nicos, delata    una falta de   informaci&oacute;n sobre los grados en los que el placer puede ser disfrutado    y en   t&eacute;rminos de Las Casas, f&aacute;cilmente produce</p>     <p>   Mil inconvenientes, hasta corromper y enervar y colocar en el m&aacute;s cualificado    y   consumado estado de malicia el moral o pol&iacute;tico edificio. (Las Casas,    1956,   210)</p>     <p>   El hecho de que solamos "pecar por ignorancia" no nos exime del juicio   moral. Si cualquiera dotado de raz&oacute;n puede, a trav&eacute;s del aprendizaje,   transformar sus creencias a favor del conocimiento de lo mejor, entonces   debe hacerlo y, por lo tanto, no hacerlo le es imputable. Si cualquiera puede   caer en cuenta acerca de su capacidad de pensar, entonces cualquiera puede,    tambi&eacute;n, atenerse a ella. Si cualquiera puede atenerse a su capacidad    de   pensar, cualquiera puede tambi&eacute;n prevenir el mal.<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup>    Bajo el punto de vista   de una doctrina moral que, como la plat&oacute;nica, no hace concesiones a ninguna   forma de determinismo moral, "pecar por ignorancia" no es nunca una raz&oacute;n   que justifique haber pecado. Bajo el punto de vista Las Casas, pecar por   ignorancia tampoco matiza el juicio: si bien con &eacute;l no se descalifica   directamente la disposici&oacute;n moral del agente, s&iacute; se le atribuye    a &eacute;ste la   culpabilidad de ignorar aquello que estaba obligado a saber. De all&iacute;    el non   simpliciter. Adem&aacute;s de creer, de manera infundada, que el requerimiento    le   har&iacute;a bien a la conservaci&oacute;n y a la conversi&oacute;n de los indios,    el Rey y sus   consejeros cometieron el profundo error de creer que eso, adem&aacute;s, justificaba   la ocupaci&oacute;n y el sometimiento violentos porque "para recibir la fe &#91;estas   gentes&#93; no pueden ser forzadas y con pena ser requeridas" (Las Casas, 1956,   216).</p>     <p>   El hecho de que Las Casas hubiese atribuido buena intenci&oacute;n (non   simpliciter) a las razones por las cuales fue concebido el requerimiento no   hizo, a su juicio, menos malo el acto expresado en &eacute;l. El hecho de que    no   haya sido la disposici&oacute;n del Rey y de sus consejeros lo que se juzg&oacute;   negativamente en este primer momento de la reflexi&oacute;n del autor de la    Historia   de las indias no hace menos condenable el acto de haber concebido el   requerimiento. La maldad, en esa medida, no adquiere m&aacute;s sentido por    el   hecho de que pueda ser atribuible a las intenciones, no es menos condenable   y tampoco es, por ello, menos escandalosa.</p>     <p>   Queda luego manifiesta la ignorancia del Consejo del rey (y plega a Dios que    les   haya sido remisible), y cuan injusto, imp&iacute;o, escandaloso, irracional    y absurdo fue   aquel su requerimiento. (Las Casas, 1965, 215)</p>     <p>   Ni Plat&oacute;n en el Prot&aacute;goras, ni Las Casas en su Historia, parecen    creer   que sea siempre necesario determinar el grado en el que un agente puede   verse arrastrado por los placeres inferiores para que la maldad de sus acciones   sea concebible. Ni Plat&oacute;n ni Las Casas, al parecer, consideran necesario   adivinar los contenidos de la conciencia de un agente para determinar el   car&aacute;cter imputable de sus acciones. Basta con reconocer el grado de la   frivolidad en la ignorancia que precede a ellas para calificarlas como imp&iacute;as   e injustas.</p>     <p><font size="3"><b>2. Akrasia</b></font></p>     <p>   En 1513, designado por los reyes Don Fernando y Do&ntilde;a Juana, el capit&aacute;n   general Pedrarias D&aacute;vila lleg&oacute; como gobernador a lo que se conocer&iacute;a    m&aacute;s   tarde como la provincia del Dari&eacute;n. A su llegada, Pedrarias envi&oacute;    a uno de   sus acompa&ntilde;antes, el bachiller Enciso, a tierras del cacique Cin&uacute;.    El   encuentro entre el cacique y el conquistador se inaugur&oacute; con la lectura    del   requerimiento. A trav&eacute;s de ella Enciso le hizo al cacique las referencias    de   rigor al G&eacute;nesis de la Biblia, a la historia del papado en Roma, a las    razones   por las cuales los ind&iacute;genas deb&iacute;an sometimiento a la doctrina    cat&oacute;lica y,   por &uacute;ltimo, a la voluntad del Papa de donar las tierras del cacique a    los   reyes, de los cuales, &eacute;l, Enciso, era nada m&aacute;s que un criado.    En su informe   al Rey sobre dicho encuentro, Enciso se preocupa por hacerle saber acerca   de la manera como el cacique Cin&uacute; respondi&oacute; a las ordenes contenidas    en el   requerimiento.</p>     <p>   Respondi&eacute;ronme que en lo que dec&iacute;a que no hab&iacute;a sino un    Dios y que &eacute;ste gobernaba   en el cielo y en la tierra y que era se&ntilde;or de todo, que les parec&iacute;a    bien y que as&iacute; deb&iacute;a   ser, pero que en lo que dec&iacute;a que el papa era se&ntilde;or de todo el    Universo, en lugar de   Dios, y que &eacute;l hab&iacute;a hecho merced de aquella tierra, al rey de    Castilla, dijeron que el   papa deb&iacute;a estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo,    y que el rey,   que ped&iacute;a y tomaba la merced, deb&iacute;a ser alg&uacute;n loco, pues    ped&iacute;a lo que era de otros,   y que fuese all&aacute; a tomarla, que ellos le pondr&iacute;an la cabeza en    un palo, como ten&iacute;an   otras, que mostraron, de enemigos suyos, puestas encima de sendos palos, cabe    el   lugar; y dijeron que ellos eran se&ntilde;ores de su tierra y que no hab&iacute;a    menester otro   se&ntilde;or. (Las Casas, 1956, 231)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <b>A la respuesta del cacique Cin&uacute; siguen, de parte de Enciso, las amenazas   de rigor; en otras palabras, el pre&aacute;mbulo de la guerra:</b></p>     <p>   Les torn&eacute; a requerir que lo hiciesen; sino que les har&iacute;a la guerra,    que les tomar&iacute;a el   lugar y que matar&iacute;a a cuantos tomase, o los prender&iacute;a y los vender&iacute;a    por esclavos. Y   respondi&eacute;ronme que ellos me pondr&iacute;an primero la cabeza en un palo,    y trabajaron   por lo hacer, pero no pudieron porque les tomamos el lugar por fuerza. (Las    Casas,   1956, 231)</p>     <p>   En el segundo momento de su reflexi&oacute;n sobre el requerimiento Bartolom&eacute;   de Las Casas insiste en condenar la ignorancia supina y la ceguedad de   Enciso en relaci&oacute;n con la serie de hechos que obviamente derivaban de    la   lectura y de la intenci&oacute;n de imponer el mandato real en las tierras   conquistadas. El cacique Cin&uacute; no estar&iacute;a nunca dispuesto a seguir    las &oacute;rdenes   contenidas en un papel le&iacute;do en lengua extra&ntilde;a. &Eacute;l y su    gente nunca se   someter&iacute;an, de una vez y para siempre, a un dios nuevo y sobre el cual    se   ten&iacute;a noticia s&oacute;lo a trav&eacute;s de un documento. El cacique    Cin&uacute; no se someter&iacute;a   nunca a una amenaza contra la resistencia de los indios a entregar las tierras    que hab&iacute;an sido siempre suyas. A estos hechos obvios y al hecho de que   fuesen ignorados por Enciso no pod&iacute;a m&aacute;s que seguir lo obvio:    los mandatos   reales ten&iacute;an que ser impuestos, a cualquier costo y por la fuerza. La    evidencia   constatada de la ejecuci&oacute;n forzada del mandato del Rey obliga al autor    de la   Historia de las indias a cambiar el contenido de sus juicios sobre el   requerimiento; a pasar del juicio sobre la ignorancia y la ceguera del   conquistador al juicio sobre el acto de injusticia directa con el cual &eacute;ste   dispuso para s&iacute; mismo de lo ordenado en el requerimiento.</p>     <p>   &iquest;Qu&eacute; evidencia les hizo Anciso para constituirlos en culpa de    contumencia y que &eacute;l   tuviese legitima causa de invadirlos, tomarles el pueblo, mat&aacute;ndolos    y cautiv&aacute;ndolos?   &iquest;Qu&eacute; injurias representaba haber el Rey de Castilla o Espa&ntilde;a    o el mismo Anciso   dellos recibido? (Las Casas, 1956, 231)</p>     <p>   Si bien es cierto que la respuesta del cacique Cin&uacute; a la lectura del   requerimiento no fue precisamente acogedora, tambi&eacute;n es cierto que a    partir   de ella dif&iacute;cilmente podr&iacute;a deducirse un peligro inminente contra    los   espa&ntilde;oles. Y sin embargo, aquello que f&aacute;cilmente podr&iacute;a    haber sido   reconocido por los conquistadores como una escaramuza, constitu&iacute;a para   ellos la f&oacute;rmula que sellaba el derecho a hacerles la guerra a los ind&iacute;genas    y   a tomarlos por esclavos (Friede, 1965, 201).</p>     <p>   &iquest;C&oacute;mo explicar el origen del mal contenido en la forma "bestial"    con la   cual el bachiller Enciso utiliz&oacute; el requerimiento para llevar a cabo,    la mantaza   y la rapi&ntilde;a? Seg&uacute;n Arist&oacute;teles un agente puede actuar mal,    a&uacute;n cuando el   origen de sus acciones no sea la ignorancia sobre las cosas del mundo y   sobre el orden en el que ellas est&aacute;n dispuestas, como pensaba Plat&oacute;n.    Bien   se puede, en este sentido, poseer la ciencia de la m&eacute;trica y, sin embargo,   fallar a la hora de actuar. La explicaci&oacute;n del procedimiento a trav&eacute;s    del cual   un agente no hace honor a lo que sabe, en la &Eacute;tica a Nic&oacute;maco,    procede de   la siguiente manera. Hay, para Arist&oacute;teles, dos formas de saber: (Arist&oacute;teles,   &Eacute;tica a Nic&oacute;maco, 1146b30-147b15) seg&uacute;n la primera, alguien    puede tener   cierto conocimiento acerca de un aspecto del mundo. Dicho conocimiento,   en el &aacute;mbito de los asuntos pol&iacute;ticos, suele estar contenido en    una serie de   normas generales. En t&eacute;rminos de Arist&oacute;teles, cada una de esas    normas se   expresa en la premisa mayor. Un ejemplo de este tipo de premisa puede ser   aquella contenida en el prop&oacute;sito general con el cual se redact&oacute;    el   requerimiento: "no se har&aacute; la guerra a los indios all&iacute; donde no    sea necesario".   La segunda forma de saber es aquella contenida en la premisa menor, esto   es, aquella que expresa una opini&oacute;n sobre un objeto sensible (Arist&oacute;teles,   &Eacute;tica a Nic&oacute;mco, 1147b10-15). Un ejemplo de este tipo de premisa    es aquella   que contiene lo que podr&iacute;a leerse como la opini&oacute;n del bachiller    Enciso acerca   de la situaci&oacute;n concreta que enfrent&oacute; ante el cacique Cin&uacute;:    "el cacique Cin&uacute; y su gente son belicosos". Dado que las acciones se    refieren s&oacute;lo a lo   particular, el hecho de fallar en la acci&oacute;n remite, directamente, a un    defecto   en el uso del conocimiento que se posee. La expresi&oacute;n "no saber usar"   aclara esta forma de saber sin saber; esto es, de no saber (ejercitar) a favor   de lo que se sabe. Para el caso que nos ocupa el bachiller Enciso, claramente,   no supo hacer uso del conocimiento que ten&iacute;a acerca del requerimiento    y   por lo tanto, fall&oacute; a la hora de aplicarlo; no supo diferenciar una escaramuza   de una verdadera situaci&oacute;n amenazante.</p>     <p>   &iquest;Qu&eacute; hace que a un agente falle en esta forma de saber? &iquest;Qu&eacute;    hace que   un agente no ejercite el conocimiento contenido en la premisa mayor? Seg&uacute;n   Arist&oacute;teles la akrasia (incontinencia) expresa la condici&oacute;n de    los que est&aacute;n   dominados por sus pasiones. El agente incontinente, en ese sentido, no hace   honor al conocimiento que posee, ya sea por pasi&oacute;n o por debilidad. La   descripci&oacute;n que hace Las Casas de la situaci&oacute;n en la que llegaron    los   conquistadores a tierra firme podr&iacute;a explicar la debilidad y la fuerza    de las   pasiones caracter&iacute;sticas de la condici&oacute;n que precede a la akrasia.</p>     <p>   Luego otro d&iacute;a despu&eacute;s de llegados y aposentados todos, comenz&oacute;    Pedrarias a inquirir   y a informarse de los que en la tierra estaban, si eran verdad las grandezas    que Vasco   N&uacute;&ntilde;ez hab&iacute;a escrito al Rey de la Mar del Sur, y de las    perlas de las islas della, y de   las minas ricas de oro y de todo lo dem&aacute;s; &#91;...&#93; La gente toda reci&eacute;n    venida no se   descuidaba de preguntar d&oacute;nde y c&oacute;mo el oro con redes se pescaba,    y, seg&uacute;n yo creo,   comenz&oacute; desde luego a desmayar como no ve&iacute;a las redes y los aparejos    con que se   pescaba &#91;...&#93;; as&iacute; fue que, o&iacute;dos los trabajos que los hu&eacute;spedes    les contaban haber   pasado, y c&oacute;mo el oro que ten&iacute;an no era pescado, sino a los indios    robado, y puesto   que hab&iacute;a muchas minas y muy ricas en la tierra, pero que se sacaba con    inmenso   trabajo, comenzaron luego a desenga&ntilde;arse y hallarse del todo burlados.    (Las Casas,   1956, 222)</p>     <p>   El desenga&ntilde;o y la sensaci&oacute;n de sentirse burlado bien pueden conducir    a   un agente a traicionar una norma que reconoce v&aacute;lida. Si la sensaci&oacute;n    de   desenga&ntilde;o es puesta en el contexto de la avidez de riquezas propia de    la   situaci&oacute;n que caracteriz&oacute; la llegada de los espa&ntilde;oles al    Nuevo Mundo, no   es dif&iacute;cil imaginar en qu&eacute; medida la situaci&oacute;n concreta    fue propicia para   que los conquistadores traicionaran la norma contenida en el requerimiento.   Ante el desenga&ntilde;o y ante la avidez por el oro, &iquest;c&oacute;mo no    justificar la matanza   en la respuesta beligerante de un ser extra&ntilde;o? &iquest;C&oacute;mo no    desfallecer cuando   despu&eacute;s de un largo y tortuoso viaje se frustran las expectativas de    ver el   oro pescado con redes? No resulta dif&iacute;cil imaginar la situaci&oacute;n    que provoca   en Enciso la dificultad de ejecutar lo que sabe. Cansado, desenga&ntilde;ado    y   ansioso, el conquistador prefiere ignorar (no ejercitar) su saber. Adem&aacute;s    de   las tantas otras cosas que el desenga&ntilde;o le hace ignorar, Enciso opta    por   pasar de largo sobre aquello que para el caso es lo m&aacute;s decisivo; parafraseando    a Las Casas, que la rebeld&iacute;a del cacique Cin&uacute; y de su gente   no significaban una verdadera injuria contra los Reyes o contra Enciso.   Enciso delata en la lectura que hace de la situaci&oacute;n concreta y que se    expresa   en la premisa menor ("son de naturaleza belicosa") su debilidad y, a partir   de ella, su incapacidad para usar el saber que tiene sobre lo ordenado en el   requerimiento.</p>     <p>   Sin embargo, al parecer aquello que condiciona la akrasia en Enciso   puede llevar m&aacute;s lejos; puede, incluso, remitir, tanto al contenido del   requerimiento (al hecho de que, &eacute;l es la expresi&oacute;n de un acto    de profunda   ignorancia) como a un contexto social m&aacute;s amplio. Hemos visto que la   interpretaci&oacute;n que hace Enciso de la orden contenida en el requerimiento   (que obliga a diferenciar la condici&oacute;n pac&iacute;fica de la belicosa    en los indios)   es ama&ntilde;ada y torpe. Hemos visto en qu&eacute; medida Enciso no sabe usar    lo que   sabe que ordena el documento sobre las condiciones de su aplicaci&oacute;n.    Sin   embargo, el prop&oacute;sito de entender mejor cu&aacute;l es la fuente de esta    forma de   ignorancia en Enciso lleva al an&aacute;lisis de un contexto m&aacute;s amplio    que aquel   en el que se pone en juego la aplicaci&oacute;n de una norma contenida en el   documento. Dicho contexto conduce, desde una primera perspectiva, al   car&aacute;cter non simpliciter, bueno de las intenciones del rey y de su Consejo   con el requerimiento, y con &eacute;l al hecho de que el documento constituye    lo   que podr&iacute;a denominarse, en t&eacute;rminos de Avishai Margalit, "una    instituci&oacute;n   humillante"(Margalit, 1997).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La caracter&iacute;stica m&aacute;s importante de las instituciones humillantes    es, seg&uacute;n   Margalit, su car&aacute;cter excluyente: a trav&eacute;s de sus instituciones    un gobierno   establece la diferencia entre qui&eacute;nes hacen parte de la comunidad humana    y   qui&eacute;nes no. El requerimiento es un buen ejemplo de ello. Gracias a su    supina   ignorancia el Rey y sus consejeros pretenden se&ntilde;alar las diferencias    entre   quienes son nombrados en el documento. El Rey Don Fernando y la Reina   Do&ntilde;a Juana (que disponen el requerimiento) son, seg&uacute;n el documento,   "domadores de b&aacute;rbaros"; los conquistadores por su parte, son los emisarios;   ellos llevan a los indios un doble mensaje: que ellos, las gentes conquistadas,   son b&aacute;rbaros y que, como tales, han de ser domados. El car&aacute;cter    humillante   del la instituci&oacute;n del requerimiento claramente autoriza, promueve y    legitima   al conquistador para que a trav&eacute;s suyo se ejerza la funci&oacute;n "domadora"    que   define a los Reyes. Esto explica las &uacute;ltimas palabras del bachiller Enciso    en   su carta al Rey: "les torn&eacute;, entonces, a requerir que lo hiciesen, que    les   tomar&iacute;a el lugar y que matar&iacute;a a cuantos tomase o los prender&iacute;a    y los vender&iacute;a   por esclavos y respondi&eacute;ronme que ellos me pondr&iacute;an primero la    cabeza en   un palo y trabajaron por lo hacer, pero no pudieron, porque les tomamos el   lugar por fuerza."</p>     <p>Parafraseando a Arist&oacute;teles, "es dif&iacute;cil encontrar &#91;...&#93;    la direcci&oacute;n recta   hacia la virtud, si uno se ha educado bajo tales leyes" (Arist&oacute;teles,    &Eacute;tica a   Nic&oacute;maco, 1179b30)<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup> . La educaci&oacute;n hacia la virtud, y con ella    la educaci&oacute;n   hacia el mal, est&aacute;n estrechamente relacionadas con las instituciones    sociales.   El papel de estas instituciones en la fuerza que conduce a que la disposici&oacute;n   a actuar sea buena o mala es decisivo; su car&aacute;cter obligatorio promueve    o   disuade en los agentes la adquisici&oacute;n de los h&aacute;bitos que conducen,    ya sea a   la virtud o al vicio. De all&iacute; que la disposici&oacute;n a la akrasia    que caracteriz&oacute; la   forma como el bachiller Enciso hizo valer el requerimiento en tierras del   cacique Cin&uacute; no pueda ser explicada s&oacute;lo a partir de la psicolog&iacute;a    individual   de Enciso en el momento de actuar contra Cin&uacute;. Su debilidad y el haberse   visto movido por las pasiones no son, en rigor, la &uacute;nica fuente del defecto   moral de su acci&oacute;n. Enciso no estaba, en ese sentido, solo; su acci&oacute;n    acr&aacute;tica   no fue aislada. La debilidad que caracteriz&oacute; su disposici&oacute;n hacia    el mal (a   pesar de que conoc&iacute;a y aceptaba la norma) fue tambi&eacute;n el resultado    de la   autorizaci&oacute;n que procede en el requerimiento en el sentido de ser un    emisario   entre el Rey y los b&aacute;rbaros. Es, entonces, su papel de emisario lo que    lo   incita y lo legitima a "tomar &#91;impunemente&#93; por fuerza el lugar". En contextos   como este se destacan lo que se conoce en la literatura como "las fuentes   sociales del la akrasia (Oksemberg, 1997).</p>     <p>   Al lado de la fuente social de la akrasia contenida en el requerimiento,   y, teniendo en cuenta una segunda perspectiva sobre el caso, es posible   identificar otra fuente social del mal y que, junto a la primera, puede servir   para aclarar aquello que Arist&oacute;teles entiende como la condici&oacute;n    habitual de   la akrasia. La agitaci&oacute;n social y econ&oacute;mica que caracteriz&oacute;    el renacimiento   en Espa&ntilde;a parece haber dado lugar a lo que en su trabajo sobre la conquista   del Nuevo Reino de Granada el historiador Juan Friede caracteriza como   "los desesperados"; esto es, los excluidos social y pol&iacute;ticamente del    grupo   al cual, por su origen, pertenec&iacute;an. Independientemente de cu&aacute;l    fuese el   grupo social al cual pertenec&iacute;an (el de los artesanos, el de los arist&oacute;cratas,    el   de los burgueses, el de los campesinos, el de intelectuales, el de los curas)    lo cierto es que estos desarraigados no encontraban para s&iacute; un lugar    en su   patria de origen. Las tierras de Indias significaron, entonces, para ellos,    la   ocasi&oacute;n que habr&iacute;a de abrirles las puertas ante el hecho de que    no ten&iacute;an   nada que perder. En su libro Friede hace un perfil del car&aacute;cter del   desesperado.</p>     <p>   La situaci&oacute;n social de este grupo de gentes desarraigadas define el car&aacute;cter    t&iacute;pico   del conquistador. Es un resentido social, rebelde y violento cuyo complejo de   inferioridad se convierte en complejo de superioridad en cuanto desaparecen    las   barreras impuestas por la r&iacute;gida estructura social de su patria. (Friede,    1965, 138-   140)</p>     <p>   Si a la condici&oacute;n humillante de la instituci&oacute;n del requerimiento    se suma   el perfil del conquistador as&iacute; definido, hay lugar, en el contexto de    la   Conquista, para hablar de aquello que Arist&oacute;teles define como el   "incontinente por h&aacute;bito" (Arist&oacute;teles, &Eacute;tica a Nic&oacute;maco,    1152a25-30).   Desde la perspectiva del autor, el incontinente habitual es el m&aacute;s dif&iacute;cil    de   curar. Alguien que ha vivido en un contexto que no s&oacute;lo lo autoriza (a    trav&eacute;s   de ley) sino que no le deja m&aacute;s alternativa que perseguir desesperadamente   un lugar donde vivir, no puede m&aacute;s que ceder reiterativamente a sus pasiones   y a sus debilidades. Tras estar habituado a aquello que &eacute;l mismo puede   llegar a considerar malo, al desesperado bien puede resultarle imposible   hacer suyos los h&aacute;bitos que conducir&iacute;an a la virtud, aunque pueda   identificarlos. Un incontinente por h&aacute;bito padece de lo que se conoce    en la   literatura anglosajona como character disorder. Si se tiene en cuenta la   relaci&oacute;n sistem&aacute;tica entre la acci&oacute;n individual y el contexto    social que la   causa, es posible deducir en qu&eacute; medida el contexto social que rodea    a un   incontinente por h&aacute;bito necesariamente es, tambi&eacute;n, enfermizo.</p>     <p>   Al finalizar su carta al Rey el propio Enciso reconoce que "casi de esta   forma se hacen all&aacute; todas las guerras". Admitir de esta manera (c&iacute;nica,    para   Las Casas) la comisi&oacute;n sistem&aacute;tica de "las tan horribles e imp&iacute;as    guerras"   hace dudar acerca de la posibilidad de determinar, en los incontinentes por   h&aacute;bito, en qu&eacute; medida ellos est&aacute;n siendo, en efecto, incontinentes.    Seg&uacute;n   Arist&oacute;teles aquello que define la incontinencia es la actitud de quien    "hace   lo contrario de lo que cree que debe hacer"(Arist&oacute;teles, &Eacute;tica    a Nic&oacute;maco,   1146a25). Sin embargo, como vimos, bien puede hablarse de disposiciones   recurrentes a la akrasia y con ellas del character disorder. El car&aacute;cter    de   una persona puede llegar a estar tan mal formado que resulta dif&iacute;cil   determinar en qu&eacute; medida ella reconoce que act&uacute;a mal cuando lo    hace. El   desconcierto que suele producirnos la actitud c&iacute;nica de un agente se    refiere   precisamente a esto. Ante la admisi&oacute;n abierta de que hace mal, el c&iacute;nico    nos   sustrae de la posibilidad de determinar si, en efecto, sabe que act&uacute;a    mal o m&aacute;s bien, padece una enfermedad moral, con lo cual, no act&uacute;a    de manera   incontinente; simplemente act&uacute;a mal y no ve nada malo en ello.</p>     <p>   <font size="3"><b>3. Conclusi&oacute;n</b></font></p>     <p>   La diferencias en las caracter&iacute;sticas que definen las dos fuentes del    mal   que salen a relucir en la reflexi&oacute;n de Las Casas, por una parte, sobre    el   requerimiento como instituci&oacute;n y, por otra, sobre su aplicaci&oacute;n    en el Nuevo   Reino de Granada, hacen pensar que el mal se produce de una u otra forma   dependiendo de cu&aacute;l sea el caso del que se trate. En el primer momento    de   la reflexi&oacute;n sobre el requerimiento, como vimos, el an&aacute;lisis de    Las Casas   conduce a concluir la ignorancia de los Reyes y de su Consejo en relaci&oacute;n   con lo que podr&iacute;amos llamar "el orden del mundo". Es decir, la supina   vacuidad expresada en el requerimiento no habla acerca de que los reyes y   sus consejeros desconociesen, en particular, la situaci&oacute;n concreta que    ir&iacute;an   a enfrentar los conquistadores en tierras de indias; habla, sobre todo, de la   frivolidad con la que ellos ignoraron aspectos decisivos del orden del mundo   social que enfrentaba Europa por entonces: habla de la ignorancia acerca de   que dos grupos de personas que habitan mundos distintos, muy   probablemente se expresan tambi&eacute;n en lenguas distintas; habla, acerca    del   desconocimiento de los Reyes sobre su propia doctrina religiosa y habla, en   &uacute;ltimas, acerca de la forma en la que la Corona y su Consejo desconoc&iacute;an    la   relaci&oacute;n entre sus propios prop&oacute;sitos y los medios dispuestos    para obtenerlos.   Por otra parte, la reflexi&oacute;n de Las Casas sobre la aplicaci&oacute;n    del requerimiento   en el Nuevo Reino de Granada, habla, sobre todo, acerca de la disposici&oacute;n   incontinente con la cual el conquistador no supo llevar a cabo la orden que   le obligaba a diferenciar entre una escaramuza y un peligro real.</p>     <p>   Las condiciones a trav&eacute;s de las cuales se produce el mal, en cada una    de   las situaciones relacionadas con el requerimiento son distintas. En la primera   de ellas, el acto se identifica con el proceso a trav&eacute;s del cual es emitida    una   ley. Dicho proceso podr&iacute;a ser descrito de la siguiente manera: el rey    y sus   consejeros son ignorantes acerca de las cosas del mundo y del orden en el   que ellas est&aacute;n dispuestas (en este sentido no saben c&oacute;mo promover    el bien   que quieren obtener). Esta ignorancia tiene como consecuencia la torpeza   de la imaginaci&oacute;n a la hora de prefigurar la relaci&oacute;n entre todos    aquellos   que pueden tener que ver con la ley (la forma en la que los ind&iacute;genas   recibir&iacute;an lo mandado por la ley y la forma en que la ley ser&iacute;a    impuesta por   los conquistadores). La imagen torpe que el Rey y sus consejeros tienen   acerca de la relaci&oacute;n entre la ley y su aplicaci&oacute;n limita, por    &uacute;ltimo, las   posibilidades de prever las implicaciones de aplicar la ley (que se produzca   una matanza tan pronto como los indios se nieguen a aceptar la ley). En la   segunda de las situaciones el acto constituye la aplicaci&oacute;n directa de    la ley por parte de un agente. En este caso, &eacute;l no act&uacute;a sobre    el papel; &eacute;l convierte   lo dicho en el papel, en t&eacute;rminos de Las Casas, en su manera de excusar    la   guerra y el robo (Las Casas, 1956, p. 231). Enciso no cuenta con la   disposici&oacute;n para hacer cumplir aquello que se ordena; a&uacute;n cuando    conoce   la ley y la acepta; &eacute;l no sabe actuar a favor de ella. Esta forma de    ignorancia,   como vimos, se identifica con su falta de voluntad, y, en &uacute;ltimas, con    su mal   car&aacute;cter.</p>     <p>   Cada una de las situaciones que se relaciona con el requerimiento   ejemplifica, entonces, uno u otro de los dos m&aacute;s importantes modelos    que   en la historia de la filosof&iacute;a moral han servido para explicar el mal.    Dichos   modelos, ni son irreductibles uno al otro, ni son excluyentes. La explicaci&oacute;n   del origen del mal, en la primera de ellas, s&oacute;lo con dificultad podr&iacute;a    ser   reducida al modelo aristot&eacute;lico. Por lo que se lee en la reflexi&oacute;n    de Las   Casas no contamos, en esa medida, con la posibilidad de hablar acerca de la   incontinencia y del mal car&aacute;cter del Rey y sus consejeros para saber    en qu&eacute;   medida se vieron, si se quiere, presos de una situaci&oacute;n adversa. La descripci&oacute;n   del contexto en el cual Enciso actu&oacute;, parece acomodarse mejor al modelo   aristot&eacute;lico sobre el origen del mal. Dado que la situaci&oacute;n descrita    por la   historia resulta bastante plausible, en el caso de Enciso no es f&aacute;cil    concluir   que la ignorancia te&oacute;rica sea la fuente del mal que &eacute;l provoc&oacute;.    Por otra   parte, el hecho de que para explicar cada una de las situaciones moralmente   negativas descritas arriba sea preciso acudir en cada caso a uno de los dos   paradigmas del mal, no significa que una de las fuentes del mal (la ignorancia   y/o la incontinencia) constituya la &uacute;nica alternativa para explicar,    de una   vez y para siempre, la existencia del mal. En esa medida con el principio   plat&oacute;nico seg&uacute;n el cual la falta de ciencia es el origen del mal,    bien se puede   dar cuenta de ciertas situaciones negativas moralmente, aunque no de todas.   As&iacute; mismo, con los conceptos de akrasia y de h&aacute;bito, en Arist&oacute;teles,    se   puede responder a la pregunta acerca de por qu&eacute; alguien actu&oacute;    mal s&oacute;lo en   determinadas situaciones; a saber, en aquellas en las cuales la relaci&oacute;n    entre   un acto malo y el contexto enfermizo en el cual &eacute;ste se produce es, no    s&oacute;lo   sistem&aacute;tica, sino veros&iacute;mil y plausible. A&uacute;n cuando Plat&oacute;n    as&iacute; lo creyese,   para efectos del trabajo filos&oacute;fico, no parece necesario reducir, en    todos los   casos, la fuente del mal al modelo de la ignorancia te&oacute;rica; a&uacute;n    cuando   actualmente el modelo aristot&eacute;lico del origen del mal parece haber ganado   m&aacute;s adeptos entre la comunidad acad&eacute;mica, siempre habr&aacute;    situaciones   irreductibles a &eacute;l y que, por lo tanto, obliguen a una referencia al    modelo   plat&oacute;nico. Es m&aacute;s, en el libro III de la &Eacute;tica a Nic&oacute;maco    parece admitirse   expl&iacute;citamente esta &uacute;ltima posibilidad. En esta medida, la reflexi&oacute;n    de   Arist&oacute;teles no solamente no excluye, sino que parece recoger el modelo   plat&oacute;nico. Si "la ignorancia sobre lo universal" es admitida como la    expresi&oacute;n de un acto voluntario, en ciertas ocasiones hay lugar a que    dicha ignorancia   sirva para explicar tanto la maldad como su car&aacute;cter imputable:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   &#91;...&#93; la ignorancia en la elecci&oacute;n no es causa de lo involuntario sino    de la mandad,   como tampoco lo es la ignorancia universal (pues &eacute;sta es censurada).    (Arist&oacute;teles,   &Eacute;tica a Nic&oacute;maco, 1110b30)</p>     <p>   La doble manera de ser del mal que se ejemplifica en el an&aacute;lisis llevado   a cabo por Las Casas muestra en qu&eacute; medida las dos fuentes del mal no   pueden ser reducidas a una sola. Sin embargo, el hecho de que las dos   perspectivas de an&aacute;lisis del autor de la Historia de las indias remitan    al   requerimiento muestra tambi&eacute;n en qu&eacute; medida pueden ellas ser   complementarias. Es decir, la raz&oacute;n de ser del car&aacute;cter humillante    de la   instituci&oacute;n del requerimiento es un profundo acto de ignorancia. Con    &eacute;l   parece tomar forma una de las fuentes sociales del mal llevado a cabo por el   conquistador: esto es, de la forma incontinente y perversa con la cual el   prop&oacute;sito general para el que se ordena requerimiento es precipitadamente   obviado por quien lo ejecuta. En este sentido, se entiende mejor el contexto   desde el cual Las Casas afirma que Enciso utiliz&oacute; el requerimiento como   una excusa para emprender la matanza y el robo.</p> <hr size="1">     <p><sup><a href="#s†" name="†">†</a></sup> Agradezco a Leonardo Ord&oacute;&ntilde;ez, Adolfo Chaparro    y Wilson Herrera por sus comentarios a   una versi&oacute;n previa de este texto.</p>       <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> Confrontar: M. Nussbaum, 1994 pp. 85-121 y 241-263.</p>       <p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> Es importante tener en cuenta que esta concepci&oacute;n acerca de la relaci&oacute;n entre la educaci&oacute;n   y el bien no parece mantenerse en La Rep&uacute;iblica. En este texto Plat&oacute;n parece sugerir que los apetitos animales del alma son deseos no calificados que pueden persistir en un agente,   independientemente de la educaci&oacute;n que se le imparta. Ver. M Nussbuam, 1990, p. 121 y   Plat&oacute;n, La Rep&uacute;blica, 503a-e.</p>        <p><sup><a href="#s3" name="3">3</a></sup> El texto original dice lo siguiente    "es dif&iacute;cil encontrar &#91;...&#93; la direcci&oacute;n recta hacia la virtud,    si uno no se ha educado bajo tales leyes.". Con el t&eacute;rmino "leyes" se    refiere, Arist&oacute;teles al conjunto de preceptos propios de la vida p&uacute;blica    que a trav&eacute;s del castigo y la recompensa sirven para afianzar en los    agentes los h&aacute;bitos buenos. La inclusi&oacute;n de la par&aacute;frasis    en este contexto sugiere una interpretaci&oacute;n distinta del t&eacute;rmino    "ley", a saber, el conjunto de preceptos que impone un gobierno con el prop&oacute;sito    de que sus designios sean conocidos y aplicados. En esa medida, el requerimiento    constituir&iacute;a una parte de lo que, en cualquier caso, "har&iacute;a dif&iacute;cil    la direcci&oacute;n recta hacia la virtud". En esa medida, mi interpretaci&oacute;n    del t&eacute;rmino "ley" y con ella, la par&aacute;frasis, dejar&iacute;a intacta    la relaci&oacute;n que pretende establecer Arist&oacute;teles entre las virtudes    y las instituciones p&uacute;blicas.</p> <hr size="1">      <p><b><font size="3">Referencias Bibliogr&aacute;ficas</font></b></p>     <!-- ref --><p>   Arist&oacute;teles &#91;1985&#93;: &Eacute;tica a Nic&oacute;maco, Madrid, Gredos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0120-4688200600020000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Friede, Juan &#91;1965&#93;: Descubrimiento y conquista del Nuevo Reino de Granada en:   Historia extensa de Colombia, Volumen II, Bogot&aacute;, Ediciones Lerner.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0120-4688200600020000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Las Casas de Bartolom&eacute; &#91;1956&#93;: Historia de las India, Vol. III. Caracas,    Biblioteca   Ayacucho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0120-4688200600020000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Margalit, Avishai &#91;1997&#93;: La sociedad decente, Barcelona, Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0120-4688200600020000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Nussbaum, Marttha &#91;1990&#93;: Love&acute;s Knowledge. New York, Oxford University    Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0120-4688200600020000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   ___________ The Fragility of Goodness.&#91;1994&#93;: New Yorrk, Cambridge   Universisty Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0120-4688200600020000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Oksenberg Rorty, Am&eacute;lie &#91;1997&#93;: "The Social and Political Sources of    Akrasia",   en: Ethics, 107, pp. 644-657.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0120-4688200600020000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Plat&oacute;n: "Prot&aacute;goras", en Di&aacute;logos I, Madrid, Gredos, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0120-4688200600020000100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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