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<abstract abstract-type="short" xml:lang="fr"><p><![CDATA[Le bonheur ne saurait se réduire au bien-être affectif d´un organisme adapté à son milieu. L´homme doit réfléchir pour construire sa vie selon certaines valeurs. Il ne peut négliger ni sa liberté, ni sa responsabilité devant l´engagement volontaire de son action. Être heureux suppose que l´homme soit capable d´atteindre un équilibre qui dépasse ses contradictions et ses conflits. Si l´homme veut être heureux, il ne doit pas oublier que le bonheur est le résultat d´une conquête, d´abord de soi-même, puis d´un monde où il doit tenir compte non seulement des forces naturelles, mais aussi des autres hommes.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>LA FELICIDAD*</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p> <b>Jean-Paul Margot</b></p>     <p> Universidad del Valle</p>     <p align="center">* <b>Recibido</b> Abril de 2007; <b>aprobado</b> Mayo de 2007.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> <b>RESUMEN</b></p>     <p>   La felicidad no se reduce al bienestar afectivo de un organismo adaptado a   su medio. El hombre debe reflexionar para construir su vida seg&uacute;n unos   valores. No puede desatender ni su libertad, ni su responsabilidad ante el   compromiso voluntario de su acci&oacute;n. Ser feliz supone que el hombre sea   capaz de lograr un equilibrio que supere sus contradicciones y sus conflictos.   Si el hombre quiere ser feliz, no debe olvidar que la felicidad es el resultado   de una conquista primero sobre &eacute;l mismo y luego sobre un mundo en el   que debe tener en cuenta no solamente las fuerzas naturales, sino tambi&eacute;n a los dem&aacute;s hombres.</p>     <p> <b>Palabras clave:</b> Felicidad, soberano bien, civilizaci&oacute;n, deseo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> <b>R&Eacute;SUM&Eacute;</b></p>     <p>   Le bonheur ne saurait se r&eacute;duire au bien-&ecirc;tre affectif d&acute;un organisme adapt&eacute; &agrave; son milieu. L&acute;homme doit r&eacute;fl&eacute;chir pour construire sa vie selon certaines valeurs. Il ne peut n&eacute;gliger ni sa libert&eacute;, ni sa responsabilit&eacute; devant l&acute;engagement volontaire de son action. &Ecirc;tre heureux suppose que l&acute;homme soit capable d&acute;atteindre un &eacute;quilibre qui d&eacute;passe ses contradictions et ses conflits. Si l&acute;homme veut &ecirc;tre heureux, il ne doit pas oublier que le bonheur est le r&eacute;sultat d&acute;une conqu&ecirc;te, d&acute;abord de soi-m&ecirc;me, puis d&acute;un monde o&ugrave; il doit tenir compte non seulement des forces naturelles, mais aussi des autres hommes.</p>     <p>   <b>Mots-cl&eacute;s:</b> Bonheur, souverain bien, civilisation, d&eacute;sir.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>"Je ne respecte rien au monde   comme le bonheur   (No respeto nada en el mundo   como la felicidad)" Stendhal</p>     <p><font size="3" face="verdana"><b>1. La noci&oacute;n de felicidad</b></font></p>      <p>   Beatos esse nos volumus? La pregunta de si, &iquest;todos queremos ser felices?,   que San Agust&iacute;n dirige a sus interlocutores en De la vida feliz <sup><a href="#1" name="#s1">1</a></sup> , se la   hace cada hombre, bajo una u otra forma, en el curso de su vida. Si intentamos   entender lo que significa la felicidad, proponiendo una definici&oacute;n, nos   enfrentamos con una cierta confusi&oacute;n, con una indeterminaci&oacute;n dif&iacute;cil de   disipar<sup><a href="#2" name="#s2">2</a></sup> . El intento por esclarecer esta noci&oacute;n de felicidad, ser&aacute; del que nos ocuparemos ahora.</p>     <p>   La idea de salvaci&oacute;n es una nueva moda. Vivimos una &eacute;poca de gran desolaci &oacute;n. La soledad se percibe en el seno de la considerable algarab&iacute;a de ciencias y t&eacute;cnicas que no colman algunas de nuestras demandas: las de la felicidad, por un lado, es decir, la salvaci&oacute;n terrenal; las del porvenir, por otra parte, esto es, la salvaci&oacute;n del alma. &iquest;Existe una felicidad eterna? Y si la hay, &iquest;tendr&iacute;amos derecho a ella? He aqu&iacute; dos interrogantes a los cuales la idea de salvaci&oacute;n responde. La idea de salvaci&oacute;n nace al principio de la Edad Media: se trata de reencontrar el jard&iacute;n de Ed&eacute;n, el mundo antes del pecado original del cual habla la Biblia, la conversaci&oacute;n a solas con Dios, que procura la felicidad eterna. San Agust&iacute;n ha teorizado mucho acerca de la noci&oacute;n de salvaci&oacute;n y sus palabras son de una sorprendente actualidad. Por mucho tiempo Agust&iacute;n transit&oacute; lejos de Dios, principalmente en la secta de los Maniqueos, para quienes exist&iacute;a el bien por un lado y el mal por el otro. La pregunta que se plantea es la siguiente: &iquest;d&oacute;nde encontrar la fuerza de salvarse a uno mismo cuando se es un pecador y se vive en un mundo interior donde uno est&aacute; perdido y est&aacute; abandonado todo entero al mal? San Agust&iacute;n cree que la libertad del hombre no puede salvarlo, puesto que el hombre est&aacute;, por naturaleza, separado de Dios desde la ca&iacute;da original. Su concepci&oacute;n de la salvaci&oacute;n lo conduce entonces a decir: "Busca como si tuvieras que encontrar. Y, cuando hayas encontrado, sigue buscando". Tal es la salvaci&oacute;n, en la Edad Media como en nuestra &eacute;poca: buscar siempre por s&iacute; mismo para estar a la disposici&oacute;n del m&aacute;s all&aacute; extraordinario al cual se aspira. Esta concepci&oacute;n de la salvaci&oacute;n es la de un agn&oacute;stico m&iacute;stico, un poco como Adso de Melk, el narrador de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, quien termina perdi&eacute;ndose en la divinidad, ah&iacute; donde el alma piadosa sucumbe<sup><a href="#3" name="#s3">3</a></sup> .</p>     <p>   Es f&aacute;cil enumerar las condiciones generales de la felicidad: buena salud,   amor, libertad, comodidad econ&oacute;mica, etc. Con todo, ya el acuerdo deja de   ser un&aacute;nime: aunque estas condiciones son m&aacute;s o menos indispensables, se   pueden presentar todas sin que seamos felices; es decir, al intentar definir lo   que sea felicidad estas condiciones son necesarias pero no suficientes. Es   obvio que estas condiciones generales son necesarias. Si un hombre vive en   la miseria f&iacute;sica y moral, si su libertad y su dignidad de ser humano no son   m&aacute;s que palabras, resulta hasta indecente hablar de felicidad. Pero, la felicidad   est&aacute; siempre m&aacute;s all&aacute; de estas condiciones generales, por ello, no son   suficientes; la felicidad est&aacute; ligada a una apreciaci&oacute;n personal, una apreciaci &oacute;n subjetiva que var&iacute;a seg&uacute;n la condici&oacute;n social, el grado de cultura, la edad, etc., y &eacute;sta es la raz&oacute;n por la cual ella puede ser objeto de discusi&oacute;n. Decir que nuestra idea de felicidad tiene un elemento subjetivo no implica que cada uno de nosotros invente su ideal de felicidad: este ideal se construye seg&uacute;n las formas y los criterios que son suministrados por la cultura y la sociedad: la concepci&oacute;n de la felicidad var&iacute;a seg&uacute;n la &eacute;poca y el tipo de sociedad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Se puede se&ntilde;alar, siguiendo a R. Benedict (&Eacute;chantillos de civilisation),   dos tendencias fundamentales en las sociedades, una apol&iacute;nea y otra   dionis&iacute;aca. Las sociedades apol&iacute;neas ven a la felicidad como un estado duradero,   un equilibrio que es el resultado de la reuni&oacute;n armoniosa de varios   valores que definen lo que es bueno, bello y &uacute;til; un estado de bienestar del   esp&iacute;ritu y del cuerpo, ligado al apaciguamiento de los conflictos interiores, a   la conquista de un equilibrio personal. Las sociedades dionis&iacute;acas, en cambio,   buscan un estado de felicidad salvaje, placeres tan diversos como numerosos.   En las sociedades dionis&iacute;acas los placeres no procuran una saciedad   definitiva, su b&uacute;squeda es infinita. El recuerdo de los intensos placeres que conocieran est&aacute; asimilado a un para&iacute;so perdido, mas no saben en qu&eacute; valores fundar su felicidad futura.</p>     <p>   Cuando se trata de sociedades vastas y complejas, estas dos tendencias se   mezclan, si bien siempre predomina una. As&iacute;, nuestra civilizaci&oacute;n occidental   contempor&aacute;nea est&aacute; comprometida con una carrera hacia una felicidad de   tipo dionis&iacute;aco &#150; se suscitan numerosas necesidades que el individuo se   esfuerza vanamente en satisfacer &#150; pero trata a menudo de aplacar su   malestar reencontrando los valores apol&iacute;neos: vida simple y tranquila, b&uacute;squeda   de un equilibrio interior. Junto a esta tensi&oacute;n entre lo dionis&iacute;aco y lo   apol&iacute;neo existen otros factores que determinan lo que una sociedad entiende   por felicidad. Las circunstancias hist&oacute;ricas son un ejemplo de ello: durante   un per&iacute;odo de calma, de seguridad y de abundancia, no se considera la felicidad   bajo el mismo &aacute;ngulo que durante los per&iacute;odos de guerra o de penuria.   Adem&aacute;s, en una misma sociedad, la concepci&oacute;n de la felicidad cambia seg &uacute;n las clases sociales. La sociolog&iacute;a nos ense&ntilde;a que existe un umbral de miseria por debajo del cual el individuo ya no tiene ninguna idea de lo que se puede llamar felicidad. Esta relatividad de las concepciones acerca de la felicidad explica, en gran medida, el halo de oscuridad que envuelve esta noci&oacute;n.</p>     <p>   La felicidad est&aacute; ligada al tiempo: exige estabilidad y continuidad. Pensar   que la felicidad puede llegar a acabarse es viciar el momento feliz que vivimos,   con la angustia de que cesar&aacute;. Este car&aacute;cter temporal permite distinguir   entre felicidad y placer. Felicidad no es placer, ya que este &uacute;ltimo indica   la satisfacci&oacute;n moment&aacute;nea de una tendencia particular; sigue siendo limitado,   superficial y ef&iacute;mero. La felicidad es, por el contrario, la tonalidad global   de toda una vida, al menos de un per&iacute;odo de &eacute;sta y, parad&oacute;jicamente, es   poco com&uacute;n que la felicidad sea vivida como un presente que se eterniza. Si   la desdicha entra&ntilde;a el repliegue sobre s&iacute; mismo y aguza la conciencia de s&iacute;,   el hombre feliz generalmente se deja vivir sin darse claramente cuenta de su   estado, sin interrogarse acerca de la naturaleza de su felicidad. Prueba del   car&aacute;cter temporal de la felicidad es la de que se suele hablar en pasado del   tiempo feliz: fuimos felices durante un per&iacute;odo de nuestra vida. Contrastamos   la felicidad pasada con las desgracias presentes, y nuestro pasado,   decantado por la memoria, se ve revalorizado. Y en este pasado sacamos   nuevas fuerzas, hasta nuevas razones de esperar. Es entonces en el futuro   que proyectamos nuestra felicidad. Vivimos demasiado a menudo el presente   de manera pasiva y neutra. La banalidad cotidiana, ni feliz ni infeliz,   llena de tareas mon&oacute;tonas, se desenvuelve bajo el modo del aburrimiento, de   la distracci&oacute;n o de la espera. Arrastrada por la hu&iacute;da del tiempo, rechazada   en el pasado, proyectada en el futuro, la felicidad parece, en efecto, dif&iacute;cil   de captar.</p>     <p>&iquest;Es la felicidad inseparable de una reflexi&oacute;n, de la toma de conciencia de   un acuerdo armonioso entre todas las potencias de nuestro ser? La felicidad,   de hecho, no se reduce al bienestar afectivo de un organismo adaptado   a su medio. El hombre debe reflexionar para construir su vida seg&uacute;n unos   valores. No puede desatender ni su libertad, ni su responsabilidad ante el   compromiso voluntario de su acci&oacute;n. Ser feliz supone que el hombre sea   capaz de lograr un equilibrio que supere sus contradicciones y sus conflictos.   Si el hombre quiere ser feliz, no debe olvidar que la felicidad es el   resultado de una conquista primero sobre &eacute;l mismo y luego sobre un mundo   en el que debe tener en cuenta no solamente las fuerzas naturales, sino tambi&eacute;n a los dem&aacute;s hombres.</p>     <p>   Buscar la felicidad en un mundo tan trastornado por las injusticias y los   dramas puede parecer ego&iacute;sta. Nuestra propia felicidad est&aacute; siempre ligada   a la b&uacute;squeda de la felicidad de los dem&aacute;s. Esta b&uacute;squeda nos ayuda a vivir.   En el valor de la felicidad, R. Polin ve uno de los "polos de referencia" de la   existencia. Con todo, la condici&oacute;n humana parece muy poco favorable para   la felicidad. El hombre es un ser para la muerte. Est&aacute; preso del tiempo que   lo arrastra inexorablemente hacia la decadencia. El hombre es un ser limitado   en su potencia, condenado al fracaso, a la duda y a la insatisfacci&oacute;n. El   hombre necesita al otro, pero &eacute;ste se escurre. La mayor&iacute;a de estos temas   cl&aacute;sicos han sido retomado por los moralistas cristianos, para subrayar la   miseria del hombre ca&iacute;do: aunque el hombre puede buscar el olvido de su   miseria en la "diversi&oacute;n"<sup><a href="#4" name="#s4">4</a></sup> , no podr&aacute; encontrar la felicidad sino en la salvaci &oacute;n.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>2. Felicidad y soberano bien</b></font></p>      <p>   Para toda la filosof&iacute;a antigua el objeto de la moral es lo que nos permite   definir y alcanzar el soberano bien que es el fin supremo de nuestra actividad.   Este fin es un bien perfecto, acabado, que se basta a s&iacute; mismo y que nos llena totalmente. Aunque todos concuerden en decir que sea la felicidad, o   eudaimon&iacute;a, Arist&oacute;teles advierte en la &Eacute;tica nicomaquea que cada hombre   la concibe a su manera. Para liberarse de este subjetivismo, es preciso buscar cu&aacute;l es el bien propio del hombre.</p>     <p>   Para Arist&oacute;teles la virtud, aret&eacute; <sup><a href="#5" name="#s5">5</a></sup> , es decir la excelencia en el hacer del   hombre, es su aptitud para la vida racional: el alma humana encuentra su   m&aacute;s alta satisfacci&oacute;n en la pr&aacute;ctica de las virtudes intelectuales, en el ejercicio   de sus facultades racionales. La felicidad se&ntilde;ala la perfecta satisfacci&oacute;n, la   plenitud del hombre que ha alcanzado el completo desarrollo de su ser   verdadero, en plena conformidad consigo mismo y con el orden del cosmos.   La felicidad, que es a la vez el fin supremo y el sentido de la existencia   humana, no es un don gratuito; es el fruto de toda una vida moral, que se   independiza del tiempo cuando se alcanza. El fin de la moral es la perfecci&oacute;n,   y va acompa&ntilde;ada del puro goce. Este eudemonismo es el rasgo principal de la tradici&oacute;n hel&eacute;nica.</p>     <p>   En Plat&oacute;n el Bien est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de lo que podemos aprehender y, m&aacute;s que   pensarlo, lo presentimos m&iacute;sticamente. El Bien est&aacute; en la fuente de los   inteligibles y proporciona el modelo, o paradigma, seg&uacute;n el cual se introduce   en la vida de la p&oacute;lis, ciudad-estado, y en la de los individuos. El conocimiento   racional nos permite determinar la naturaleza del hombre, su sitio en esta   totalidad racionalmente estructurada, y, por lo tanto, comprensible, que es la   naturaleza, physis. Mientras el hombre no viva seg&uacute;n su verdadera naturaleza   no podr&aacute; liberarse del estado de insatisfacci&oacute;n, de desgarramiento y de   desdicha interior. La p&oacute;lis es la que asegura la mediaci&oacute;n entre el individuo   y el cosmos; el orden de la ciudad corresponde al orden del mundo, estriba en los mismos principios de organizaci&oacute;n jer&aacute;rquica.</p>     <p> "Hemos de recordar, por tanto, [dice Plat&oacute;n] que cada uno de nosotros ser&aacute;   justo y har&aacute; lo que le compete, cuando cada una de las partes que en &eacute;l hay         haga lo suyo&#133; &iquest;Y no es a la raz&oacute;n a quien compete mandar, por ser ella sabia         y tener a su cuidado el alma toda entera, y a la c&oacute;lera, a su vez, el obedecerle         y secundarla?&#133; Y estas dos partes, as&iacute; nutridas y verdaderamente instruidas         y educadas en su respectiva funci&oacute;n, gobernar&aacute;n la parte concupiscible,         que es la m&aacute;s extendida en cada alma, y por naturaleza insaciable de bienes.         Sobre ella han de velar las otras dos, no sea que, atiborr&aacute;ndose de los llamados         placeres del cuerpo, se haga grande y fuerte, y dejando de hacer lo suyo, trate de esclavizar y gobernar a aquella que, por su condici&oacute;n natural, no le   corresponde, y trastorne por entero la vida de todos"<sup><a href="#6" name="#s6">6</a></sup> .</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La felicidad consiste en vivir en plena conformidad con el orden enteramente   racional del mundo. Se entiende, entonces, por qu&eacute; en la filosof&iacute;a antigua un   conocimiento del universo, o k&oacute;smos, es esencial: el ideal de liberaci&oacute;n y de   felicidad no puede ser alcanzado m&aacute;s que en y por el conocimiento de lo que   es verdaderamente, y en casi toda esta filosof&iacute;a antigua, la fuerza de la   felicidad es la contemplaci&oacute;n. &Eacute;sta es la m&aacute;s alta funci&oacute;n del alma racional   y supone el ejercicio de la facultad intelectual, el no&ucirc;s, que aprehende los   primeros principios, la raz&oacute;n suprema de las cosas. La virtud del intelecto, la   soph&iacute;a, o sabidur&iacute;a teor&eacute;tica, es la m&aacute;s alta virtud del alma humana. Entre   todas las actividades del alma, la actividad contemplativa, o theor&iacute;a, es la   m&aacute;s pura: no necesita, para ejercerse, de un auxilio ajeno. Su fin &uacute;ltimo est&aacute;   en ella misma, dice Arist&oacute;teles. Con todo, esta vida feliz sigue siendo un   ideal muy pocas veces alcanzado. La vida contemplativa es la caracter&iacute;stica   propia del elemento divino que habita en nosotros<sup><a href="#7" name="#s7">7</a></sup> . La virtud pr&aacute;ctica, al   contrario, est&aacute; ligada a la condici&oacute;n humana; se ejerce en las relaciones   humanas, requiere la direcci&oacute;n de la prudencia, phr&oacute;nesis, e implica unas   disposiciones de car&aacute;cter &#150; virtudes &eacute;ticas &#150; que tienen sus ra&iacute;ces en lo   natural y se desarrollan mediante el ejercicio o h&aacute;bito. Si el hombre de bien   encuentra su felicidad en el ejercicio de la virtud pr&aacute;ctica, su felicidad es   menos independiente que la del sabio entregado a la contemplaci&oacute;n. No se basta a s&iacute; misma. A la virtud pr&aacute;ctica le pueden hacer falta los medios o la   oportunidad de ejercitarse.Adem&aacute;s de la virtud pr&aacute;ctica, la felicidad requiere   de un conjunto de bienes exteriores. Finalmente, para ejercerse plenamente,   esta actividad virtuosa supone un desarrollo completo del ser racional y, por   ende, un cierto modo de vivir, es decir, de vivir seg&uacute;n la raz&oacute;n, kat&agrave; l&oacute;gos, y   no seg&uacute;n la pasi&oacute;n, kat&agrave; p&aacute;thos. La actividad virtuosa debe ser la tarea de una vida entera<sup><a href="#8" name="#s8">8</a></sup> .</p>     <p>   La vida virtuosa no exige el adorno del placer: es placentera en s&iacute; misma.   Aunque el epicurismo asimila placer y felicidad, conviene evitar el frecuente   contrasentido que hace del epicureo un libertino. La verdadera felicidad   no es placeres en movimiento, sino que es "el placer en reposo", aqu&eacute;l que   resulta de la ausencia de deseo y de dolor, o sufrimiento. Epicureo<sup><a href="#9" name="#s9">9</a></sup> distingue   tres especies de placeres: (i) los que son "naturales y necesarios" &#151;   beber, comer y hacer el amor: hay que satisfacer las exigencias vitales del   cuerpo humano&#151;; (ii) los que son "naturales" mas no necesarios &#151;las   fantas&iacute;as culinarias y sexuales y, de forma general, todo lo que depende del   desenfreno de los deseos naturales y necesarios&#151;; y, finalmente, (iii) la   mayor&iacute;a de los placeres "ni naturales, ni necesarios", que son el producto de   opiniones vanas y vac&iacute;as &#151;los deseos sociales: los honores, la riqueza, el   poder, la gloria, o la inmortalidad, y que debemos siempre evitar. El epicurismo   es ascetismo que se funda en el rechazo de los placeres vanos, en el culto   de la amistad, del arte, de la ciencia, y en el desprecio a la muerte: "Para   quien ordena su vida seg&uacute;n la verdadera sabidur&iacute;a [escribe Lucrecio en De   la naturaleza] la suprema riqueza es saber vivir contento con poco, es   poseer la igualdad de alma. De este poco, en efecto, nunca se carece".   Liberados de la angustia, que es el temor a Dios y a la muerte, podemos   entregarnos a vivir el instante presente lo m&aacute;s intensamente posible. El poeta   Horatio, disc&iacute;pulo de Epicuro, va a&uacute;n m&aacute;s lejos: "Carpe diem", dice, "gocemos plenamente del instante", porque el presente solo es el tiempo de la pura felicidad de existir. En una concepci&oacute;n materialista del hombre, Epicuro ense&ntilde;a una felicidad basada en la raz&oacute;n y la voluntad libre.Aprimera vista, la sabidur&iacute;a epic&uacute;rea parece asc&eacute;tica. Pero, si el sabio epic&uacute;reo no es el libertino que tan a menudo se pint&oacute;, tiene el m&eacute;rito de reconocer la inocencia del deseo que se practica con moderaci&oacute;n. </p>     <p>Como respuesta al silencio que se hace en el eudemonismo aristot&eacute;lico cuando   la fortuna da la espalda a los hombres, dej&aacute;ndolos as&iacute; desahuciados desde el   punto de vista de la vida moral, el estoicismo quiere ofrecer una actitud   "filos&oacute;fica" para preservar la capacidad personal aun en la mayor adversidad.   El g&eacute;nero de vida del sabio estoico, que se funda en una metaf&iacute;sica   muy diferente, es muy pr&oacute;ximo al del epicureo. Para el estoico, una ley   imprescriptible y establecida para la eternidad rige el mundo y el destino del   hombre: el fatum. Este orden del mundo es perfectamente racional y la   sabidur&iacute;a consiste en vivir "seg&uacute;n la naturaleza"; es decir, seg&uacute;n la raz&oacute;n.   Para ello, es preciso hacerse due&ntilde;o de s&iacute; mismo y no dedicarse m&aacute;s que a   los bienes verdaderos, no temer a la muerte. La virtud consiste en distinguir   "las cosas que dependen de nosotros" de "las que no dependen de nosotros   "<sup><a href="#10" name="#s10">10</a></sup> . El hombre debe ser capaz, merced a su voluntad racional, de   dominar sus pasiones y alcanzar el m&aacute;s alto grado de libertad, en la paz   perfecta del alma. Podr&aacute; entonces "contemplar la divinidad" con serenidad,   ya que acept&oacute; voluntariamente la necesidad racional del universo. &iquest;Qu&eacute;   podemos concluir de estas breves consideraciones acerca de las grandes   &eacute;ticas antiguas? El hombre es feliz cuando, gracias al conocimiento racional   de un universo de valores y a una voluntad recta, llega a poseer los verdaderos   bienes, o cuando logra en su quehacer, una armon&iacute;a conforme con esos   valores. Esta b&uacute;squeda de la felicidad da su sentido a la existencia humana:   el sabio es aqu&eacute;l que ha entendido la unidad de la verdad, del bien y de la felicidad.</p>     <p>   Pero, &iquest;conserva la felicidad el mismo sentido cuando definimos al hombre   en virtud de la libertad, es decir, cuando afirmamos que el hombre crea   libremente su orden de valores, y que depende de &eacute;l, por medio de una   acci&oacute;n libremente escogida, transformar el mundo y transformarse a s&iacute; mismo?   Aparece ahora una conciencia cristiana desgarrada en su oposici&oacute;n al   mundo: la naturaleza humana ha sido pervertida por el pecado original, su   libertad es el principio de la aparici&oacute;n del mal y solamente la fe puede guiar   al hombre hacia la salvaci&oacute;n. Aunque el plan divino le es inasequible, el   hombre es capaz de aprehender ciertas verdades; pero &eacute;l est&aacute; aislado en un   mundo hostil. En la moral cristiana, la b&uacute;squeda de la felicidad persiste, pero   la felicidad ya no pertenece a este mundo. El mundo temporal es sufrimiento   y dolor y no es sino en la Ciudad de Dios donde todo est&aacute; claro. El   verdadero reino de Dios ser&aacute; asequible a aquellos que lo han merecido,   optando por el bien mediante una libre elecci&oacute;n de la conciencia moral.</p>     <p>Nada m&aacute;s opuesto a la felicidad concebida como placer subjetivo que la   idea antigua de eudaimon&iacute;a. El denominador com&uacute;n de la filosof&iacute;a moral de   la Antig&uuml;edad es el hecho de que el agente humano est&aacute; orientado por fines   que se representa al mismo tiempo que se desean y que por su encadenamiento   llega al fin &uacute;ltimo, y cuya posesi&oacute;n permite la realizaci&oacute;n objetivamente   perfecta de la naturaleza humana. El inicio de la &Eacute;tica Nicomaquea de Arist&oacute;teles da claramente cuenta de este hecho:</p>     <p> "Toda arte y toda investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, y del mismo modo toda acci&oacute;n y         elecci&oacute;n, parecen tender a alg&uacute;n bien; por esto se ha dicho con raz&oacute;n que el         bien es aquello a que todas las cosas tienden [&#133;] Si existe, pues, alg&uacute;n fin de         nuestros actos que queramos por &eacute;l mismo y los dem&aacute;s por &eacute;l, y no elegimos         todo por otra cosa &#150; pues as&iacute; se seguir&iacute;a hasta el infinito, de suerte que el         deseo ser&iacute;a vac&iacute;o y vano &#150;, es evidente que ese fin ser&aacute; lo bueno y lo mejor         [t&ograve; &aacute;giston]. Y as&iacute;, &iquest;no tendr&aacute; su conocimiento gran influencia sobre nuestra         vida [pr&ograve;s t&ograve;n b&iacute;on], y, como arqueros que tienen un blanco, no alcanzaremos   mejor el nuestro?"<sup><a href="#11" name="#s11">11</a></sup> .</p>     <p>   Este fin, o t&eacute;los, que significa a la vez el t&eacute;rmino de un movimiento &#150; el fin de un proceso o de una serie &#150; y el fin de una acci&oacute;n humana &#150; el fin de una conducta o de una vida &#150; define y determina las acciones del hombre, en general, y sus acciones morales, en particular. La vida moral del hombre que est&aacute; enraizada en el deseo, o bo&uacute;lesis, encuentra la realizaci&oacute;n de su naturaleza en este fin &uacute;ltimo que los antiguos concuerdan en llamar eudaimon&iacute;a, o felicidad.</p>     <p>   Siglos despu&eacute;s, en los albores de la Modernidad, es volviendo sobre   el De la vida bienaventurada de S&eacute;neca c&oacute;mo Descartes reflexiona sobre   la felicidad. Descartes sigue siendo en moral el heredero del ideal griego   transmitido a los tiempos modernos por la escol&aacute;stica medieval y el estoicismo   cristiano del siglo XVI; el fin &uacute;ltimo de la filosof&iacute;a moral es el Soberano   Bien. Pero, a diferencia de los antiguos, en general, y de S&eacute;neca, en particular,   Descartes establece ahora una distinci&oacute;n entre la ventura o dicha, "l&acute;heure", y la felicidad o beatitud, "b&eacute;atitude":</p>     <p> "La dicha [l&acute;heure] no depende m&aacute;s que de cosas que est&aacute;n fuera de nosotros,         de donde resulta que se estima m&aacute;s dichosos [heureux] que sabios a         aquellos a quienes ha acontecido alg&uacute;n bien que no han conseguido por s&iacute;   mismos; mientras que, a mi parecer, la felicidad [b&eacute;atitude] consiste en un         perfecto contento de esp&iacute;ritu y en una satisfacci&oacute;n interior [un parfait         contentement d&acute;esprit et une satisfaction int&eacute;rieure] que no suelen poseer         los m&aacute;s favorecidos por la fortuna, y que los sabios adquieren sin ella. As&iacute;, [vivere beate], vivir con felicidad [b&eacute;atitude], no es otra cosa que tener el         esp&iacute;ritu perfectamente contento y satisfecho [l&acute;esprit parfaitement content   et satisfait]"<sup><a href="#12" name="#s12">12</a></sup> .</p>     <p>   Esta distinci&oacute;n permite que la &eacute;tica cartesiana evite el debate entre   dos bienes o fines, y abre el camino hacia el sentido moderno del concepto   de felicidad. Ilustremos lo que queremos decir con un texto de Cicer&oacute;n, quien retoma la c&eacute;lebre imagen del arquero:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> "Pues, as&iacute; como si alguien se propone dirigir una pica o una flecha hacia un         blanco determinado, lo mismo que nosotros hablamos del &uacute;ltimo bien, as&iacute; &eacute;l         debe hacer todo lo posible para dar en el blanco: en un ejemplo como &eacute;ste, el         tirador debe intentarlo todo para alcanzar su prop&oacute;sito lo que corresponde a         lo que nosotros, referido a la vida, llamamos supremo bien; en cambio, el dar         en el blanco es algo, por decirlo as&iacute;, que merece ser elegido, pero no deseado   por s&iacute; mismo"<sup><a href="#13" name="#s13">13</a></sup> .</p>     <p>   Contra una moral del contenido de inspiraci&oacute;n aristot&eacute;lica, Descartes   propone una moral de la intenci&oacute;n o, mejor, del estilo del acto, ilustrada   en la cita anterior de Cicer&oacute;n por el arquero que, si bien trata de dar en el   blanco, se preocupa sobre todo por apuntar bien. Descartes identifica el   bien moral con la manera de buscar la felicidad, es decir, identifica el bien   moral con los medios que est&aacute;n en nuestro poder para alcanzar la felicidad.   La meta &#150; skop&oacute;s &#150; del arquero es alcanzar el blanco al que apunta;   aunque alcanzar el blanco es algo que no dependa enteramente de &eacute;l, ya que   existe un sinn&uacute;mero de circunstancias que, por muy h&aacute;bilmente que la flecha   hubiese sido lanzada, podr&iacute;an desviarla. Sin embargo, su fin &#150; t&eacute;los &#150; es   hacer todo lo que dependa de &eacute;l, y de su habilidad como arquero para alcanzar el blanco.Aeste respecto, ning&uacute;n obst&aacute;culo puede interponerse entre &eacute;l   y su fin, ya que precisamente, por definici&oacute;n misma, s&oacute;lo de &eacute;l depende   hacer todo lo que depende de &eacute;l. Descartes retoma de Epicteto la famosa   distinci&oacute;n entre "lo que depende de nosotros" y "lo que no depende de nosotros ", y unifica la virtud desde el punto de la voluntad o raz&oacute;n pr&aacute;ctica. La vida moral y, por ende, la b&uacute;squeda de la felicidad, es, y s&oacute;lo puede ser, asunto de lo que depende enteramente de nosotros, a saber, "la libre disposici &oacute;n de nuestra voluntad", y en ello consiste la virtud cardinal de la generosidad, la que hace que un hombre se estime en el m&aacute;s alto grado que puede leg&iacute;timamente estimarse:</p>     <p> "No advierto en nosotros sino una sola cosa que pueda dar justa raz&oacute;n para         estimarnos, a saber, el uso de nuestro libre albedr&iacute;o y el dominio que tenemos         sobre nuestras voliciones. Porque s&oacute;lo por las acciones que dependen         de ese libre albedr&iacute;o podemos ser alabados o censurados con raz&oacute;n, y &eacute;l nos         hace, en cierto modo, semejantes a Dios, haci&eacute;ndonos due&ntilde;os de nosotros   mismos, siempre que no perdamos por cobard&iacute;a los derechos que nos da"<sup><a href="#14" name="#s14">14</a></sup> .</p>     <p>   Por encima del Medioevo, Descartes reencuentra la magnanimidad,   o m&eacute;galopsyche<sup><a href="#15" name="#s15">15</a></sup> , de Arist&oacute;teles, una cierta estima de s&iacute;, una conciencia   de su valor basado en el conocimiento de las condiciones del acto   moral que funda a la vez, y al mismo tiempo, la virtud y la responsabilidad   del agente moral.</p>     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>3. Felicidad y civilizaci&oacute;n</b></font></p>      <p>   Si el hombre es un ser libre que siempre se hace, capaz de transformar al   mundo, y a &eacute;l mismo por el trabajo que realiza, &iquest;no puede adaptar la   realidad a los valores humanos? Se trata entonces de un caminar hacia la   verdad, obra hist&oacute;rica en la que participan todas las generaciones. La felicidad   ya no est&aacute; ligada a la contemplaci&oacute;n de un orden perfecto e inm&oacute;vil;   debe ser construida por todos, para todos, en una historia del devenir. Esto   no significa que el individuo deba abandonar toda b&uacute;squeda personal, pero la   realizaci&oacute;n del bien com&uacute;n debe poder acrecentar para cada hombre las   condiciones favorables para su propia felicidad.</p>     <p>   Para responder a la indiferencia burlona del pueblo ante la descripci&oacute;n del   superhombre, Zaratustra predice lo que ser&aacute; la vida del "&uacute;ltimo hombre":</p>     <p>"Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre   plante la semilla de la m&aacute;s alta esperanza. Todav&iacute;a es bastante f&eacute;rtil su terreno   para ello. Mas alg&uacute;n d&iacute;a ese terreno ser&aacute; pobre y manso, y de &eacute;l no podr&aacute;   ya brotar ning&uacute;n &aacute;rbol elevado. &iexcl;Ay! Llega el tiempo en que el hombre dejar&aacute;   de lanzar la flecha de su anhelo m&aacute;s all&aacute; del hombre, y en que la cuerda de su   arco no sabr&aacute; ya vibrar [&#133;] La tierra se ha vuelto peque&ntilde;a entonces, y sobre   ella da saltos el &uacute;ltimo hombre, que todo lo empeque&ntilde;ece. Su estirpe es   indestructible, como el pulg&oacute;n; el &uacute;ltimo hombre es el que m&aacute;s tiempo vive.   "Nosotros hemos inventado la felicidad" &#150; dicen los &uacute;ltimos hombres, y   parpadean. Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la   gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino, y se restriega contra &eacute;l:   pues necesita calor. Enfermar y desconfiar consid&eacute;ranlo pecaminoso: [&#133;]   Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sue&ntilde;os agradables. Y   mucho veneno al final, para tener un morir agradable. La gente contin&uacute;a   trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento   no canse. La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas   son demasiado molestas. &iquest;Qui&eacute;n quiere a&uacute;n gobernar? &iquest;Qui&eacute;n a&uacute;n obedecer?   Ambas cosas son demasiado molestas. &iexcl;Ning&uacute;n pastor y un solo reba-   &ntilde;o! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos   distintos marcha voluntariamente al manicomio. "En otro tiempo todo el   mundo desvariaba" &#150; dicen los m&aacute;s sutiles, y parpadean. "Nosotros hemos   inventado la felicidad" &#150; dicen los &uacute;ltimos hombres y parpadean [&#133;] &lt;Lejos   de levantarse contra esta imagen de la vida futura, la multitud se regocija&gt;   "&iexcl;Danos este &uacute;ltimo hombre, Zaratustra, &#150; gritaban &#150; haz de nosotros esos   &uacute;ltimos hombres. El superhombre te lo regalamos!". Y todo el pueblo daba gritos de j&uacute;bilo y chasqueaba la lengua"<sup><a href="#16" name="#s16">16</a></sup> .</p>     <p>   Tratemos de identificar cu&aacute;l es la imagen de la felicidad que nos propone   nuestra sociedad y que aprovecha las t&eacute;cnicas de vanguardia. &iquest;No tendr&iacute;amos   nosotros algunos puntos en com&uacute;n con estos "&uacute;ltimos hombres"? Todo   tiende en nuestra sociedad a identificar la felicidad con el bienestar. La   televisi&oacute;n, la prensa, la radio y el cine nutren, alimentan y estimulan incesantemente   nuevos deseos, y parece que no podemos ser felices si no aceptamos "como los dem&aacute;s" tal estilo de vida en boga, si rechazamos los medios t&eacute;cnicos de nuestro bienestar.</p>     <p> "Producci&oacute;n y consumo son los pechos de la sociedad moderna, escribe           RaoulVaneigem.Amamantada de esta forma, la humanidad crece en fuerza y           belleza: elevaci&oacute;n del nivel de vida, facilidades innummerables, diversiones           variadas, cultura para todos, confort de ensue&ntilde;o&#133; En el reino del consumo           el ciudadano es rey. Una realeza democr&aacute;tica: igualdad ante el consumo (1), fraternidad en el consumo (2), libertad seg&uacute;n el consumo (3). La dictadura de           lo consumible ha borrado las barreras de la sangre, del linaje y de la raza;           habr&iacute;a que alegrarse sin reservas, si el consumo no hubiera prohibido mediante           la l&oacute;gica de las cosas toda diferenciaci&oacute;n cualitativa, para no tolerar   entre los valores y los hombres m&aacute;s que diferencias de cantidad"<sup><a href="#17" name="#s17">17</a></sup> .</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Unos cuantos seres "privilegiados" son el s&iacute;mbolo vivo de esta felicidad: las   estrellas del entretenimiento han tomado el lugar de los h&eacute;roes antiguos. Son   ricos, j&oacute;venes, amados: encarnan la felicidad asimilada a un &eacute;xito espectacular.   Viven a un nivel superior de intensidad y de calidad, gozan de una   libertad ligada a su riqueza. Aunque est&eacute;n entre la realidad y el sue&ntilde;o, no   son personajes enteramente ficticios. El nuevo Olimpo conoce la tristeza, la   soledad, las neurosis y los suicidios. Ellos tambi&eacute;n simbolizan la angustia y el   mal vivir. A trav&eacute;s de su vida &#150; o, mejor, de la vida que se les presta &#150; se   afirma, sin embargo, el mito de la felicidad como b&uacute;squeda de satisfacciones   materiales que justifica todos los sacrificios y todos los atropellos. El   hombre tiene derecho a la felicidad; puede y debe obtenerla con el &eacute;xito econ&oacute;mico.</p>     <p> &iquest;Cu&aacute;les son las condiciones de la felicidad moderna? Una de ellas es la de           que hay que eliminar de nuestra vida el dolor y la enfermedad. Eliminar la           muerte es m&aacute;s dif&iacute;cil, pero la ciencia progresa y la duraci&oacute;n de la vida aumenta.           El mundo moderno est&aacute; hecho para los j&oacute;venes porque, para ser           feliz, hay que poder gustar. El derecho al amor y al placer f&iacute;sico, tanto para           el hombre como para la mujer, exige la belleza corp&oacute;rea. La felicidad moderna           exige tambi&eacute;n la seguridad material, la casa, el carro, la televisi&oacute;n.           Todo esto es el signo del &eacute;xito social. La casa es una isla de reposo, el carro           nos permite salir a contemplar el espect&aacute;culo de la naturaleza, la televisi&oacute;n           por cable nos lleva a domicilio un entretenimiento libre de cualquier esfuerzo           f&iacute;sico e intelectual. Obviamente, quedan los problemas ligados al trabajo: el           progreso t&eacute;cnico facilita un dominio casi total sobre la naturaleza; la           automatizaci&oacute;n deber&iacute;a liberar al hombre de la esclavitud del trabajo. Pero,           si a primera vista algunos "privilegiados" parecen escapar de esta esclavitud,           sigue siendo para la mayor&iacute;a de la gente la fuente principal de alienaci &oacute;n.</p>     <p>   La b&uacute;squeda del buen vivir, de la alegr&iacute;a, es uno de los rasgos fundamentales   del ocio. Cuando se pierde este car&aacute;cter hedonista se pierde todo. Se le   debe permitir al hombre defenderse contra las agresiones de la vida moderna, realizar todas las potencialidades de su personalidad, recuperar un ritmo   biol&oacute;gico m&aacute;s normal, liberar su poder creativo y salirse de las rutinas para   recuperar el placer del esfuerzo libremente escogido. En un mundo orientado   hacia la fabricaci&oacute;n estandarizada y normalizada de las relaciones humanas,   el ocio impugna la transformaci&oacute;n utilitarista de la naturaleza, rehabilita   la contemplaci&oacute;n desinteresada, el contacto y la simpat&iacute;a con una naturaleza   preservada. Pero, si el ocio permite que el "homo ludens" alcance su plenitud,   en la vida moderna este ocio est&aacute; a su vez organizado y comercializado.   Los viajes est&aacute;n cronometrados y racionalizados para evitar cualquier imprevisto.   Los sitios de moda est&aacute;n se&ntilde;alados, recomendados, impuestos y se   vuelven concentracionarios, bullosos, artificiales y el c&iacute;rculo se cierra. &iquest;Quiere   decir que debemos condenar el ocio y neg&aacute;rselo al hombre? Claro que   no. Pero es preciso reconocer que este nuevo producto de consumo nos   deja tambi&eacute;n insatisfechos. Una sociedad tiene la oportunidad de colmar las   aspiraciones de los individuos cuando suscita im&aacute;genes de la felicidad que   son coherentes con las posibilidades de realizaci&oacute;n que ofrece. Nuestra   sociedad actual propone un conjunto de t&eacute;cnicas materiales de la felicidad   que est&aacute;n efectivamente ligadas al desarrollo industrial. Tiende a difundir un   modo de vida uniformizado. Con todo, existen contradicciones internas en   esta noci&oacute;n de una felicidad fabricada sobre medidas. Al proyectar sus m&aacute;s &iacute;ntimas aspiraciones sobre unas im&aacute;genes exteriores que jam&aacute;s podr&aacute; encarnar y que est&aacute;n, ellas tambi&eacute;n, sometidas a continuos cambios, el hombre se despersonaliza poco a poco. Busca una felicidad que le es ajena, confunde ideal y espect&aacute;culo<sup><a href="#18" name="#s18">18</a></sup> , olvida que es en &eacute;l mismo donde se encuentran las posibilidades de construir su felicidad personal y de construir una sociedad que lo permita. A la luz natural del d&iacute;a, los &iacute;dolos se muestran fr&aacute;giles y el p&uacute;blico se queda insatisfecho, inadaptado y angustiado.</p>     <p> &iquest;Se deber&aacute; ayudar al hombre a ser feliz recurriendo a las "t&eacute;cnicas del           alma"? Si el psicoan&aacute;lisis no se presenta como una "receta" de la felicidad,           logra, sin embargo, mejorar la psiquis del hombre moderno, lo ayuda a adaptarse           a las condiciones de vida de nuestra civilizaci&oacute;n, le permite reabsorber           sus conflictos internos para integrarse mejor a la vida social. Ahora, es precisamente           lo que le reprocha Marcuse al psicoan&aacute;lisis en Eros y civilizaci &oacute;n: "El concepto del hombre que surge de la teor&iacute;a freudiana es la acusaci &oacute;n m&aacute;s irrefutable contra la civilizaci&oacute;n occidental &#150; y al mismo tiempo, es   la m&aacute;s firme defensa de esta civilizaci&oacute;n"<sup><a href="#19" name="#s19">19</a></sup> .</p>     <p>En la reflexi&oacute;n freudiana sobre la civilizaci&oacute;n, la sociedad moderna es fundamentalmente   represiva: estriba en la "sujeci&oacute;n permanente" de los instintos   humanos. La satisfacci&oacute;n de los instintos b&aacute;sicos del hombre es incompatible   con la vida social, que exige el respeto al trabajo, al orden social, a la   reproducci&oacute;n mon&oacute;gama. Cuando el principio de placer quiere satisfacerse,   se enfrenta con el entorno natural y humano. Su plena realizaci&oacute;n es imposible   porque es incompatible con cualquier forma de asociaci&oacute;n, es decir, de   vida social. Es menester refrenar y encauzar el flujo de vida primitiva que   habita en cada uno de nosotros. Debemos desviar los instintos de su objetivo.   S&oacute;lo entonces puede haber "civilizaci&oacute;n": el "principio de placer" se   sustituye por el "el principio de realidad". El ser humano ya no es un haz de   pulsiones animales, sino un "yo" organizado, un sujeto consciente sujeto a   una racionalidad que le viene de la sociedad. Al crecer en un sistema de   instituciones, el individuo aprende a someterse a las exigencias de la ley y   del orden, exigencias que transmitir&aacute; a las generaciones futuras. Esta represi   &oacute;n de los instintos por parte de la sociedad se complementa con una represi   &oacute;n interior: el hombre integra los entredichos sociales en su propio psiquismo   (autorepresi&oacute;n). Sin embargo, la sociedad no puede nunca dominar completamente   el principio de placer: su fuerza sobrevive en el inconsciente y amenaza   siempre el equilibrio de la psiquis. Este equilibrio, que es de por s&iacute;   fr&aacute;gil, se ve amenazado por la lucha entre Eros y Thanatos. Uno estar&iacute;a   tentado a decir, con Freud, que la felicidad no entr&oacute; en el programa de la creaci&oacute;n.</p>     <p>   Este sacrificio de la libido del individuo ha posibilitado que la civilizaci&oacute;n   haya logrado la conquista, casi completa, de la naturaleza. En esta sociedad "unidimensional", es decir, fundada en una racionalidad que se inspira de los principios de la econom&iacute;a capitalista, el progreso, por el conformismo y la disciplina que exige, est&aacute; ligado a una intensa esclavitud: el progreso tiene un car&aacute;cter de alienaci&oacute;n y de represi&oacute;n nunca alcanzado antes. En semejantes condiciones, el hombre no puede ser feliz. Marcuse reprocha a la cura psicoanal&iacute;tica el no ser m&aacute;s que un medio de reinserci&oacute;n del individuo en el seno de una sociedad alienante. Freud se limita a predicar el conformismo, al tratar de suprimir las angustias y las inhibiciones del hombre. El psicoan&aacute;lisis pretende curar una enfermedad de origen sociol&oacute;gico y, en realidad, todo lo que puede hacer es ayudar al hombre a reinsertarse en una sociedad que genera su mal. La verdadera soluci&oacute;n, seg&uacute;n Marcuse, es de orden pol&iacute;tico: suprimir el estado de penuria y miseria que ha suscitado todas las coacciones y permitir a cada cual que disponga de suficientes bienes para liberarse del trabajo embrutecedor. Solamente una revoluci&oacute;n podr&aacute; poner fin a esta vida alienante y represiva. Esta misi&oacute;n subversiva es, para Marcuse, la esencia misma de la filosof&iacute;a.</p>     <p>Esta concepci&oacute;n de la felicidad basada en la insaciable b&uacute;squeda del bienestar   y de la comodidad<sup><a href="#20" name="#s20">20</a></sup> , en un ideal de conformismo, no se encuentra, sin   embargo, en todas las capas de la sociedad actual. No debemos olvidar que   para muchos tal ideal permanece inalcanzable. No nos olvidemos de aquellos   que apenas logran sobrevivir y para quienes la felicidad no puede ser ni   siquiera concebida como una posibilidad. Para estos "olvidados" no queda   sino una actitud de rebeli&oacute;n contra una sociedad que los rechaza. Como dice   Gide: "Hay en en la tierra tales inmensidades de miseria, angustia, malestar   y horror que el hombre feliz no puede pensar en la felicidad sin avergonzarse de ella"<sup><a href="#21" name="#s21">21</a></sup> .</p>     <p>   Pero tambi&eacute;n son muchos los que ponen en tela de juicio una concepci&oacute;n de   la felicidad en la cual el dinero impone su l&oacute;gica perversa a la sociedad.   Existen las soluciones desesperadas: para escapar a la angustia de una sociedad   de consumo, vulgar y agresiva, algunos buscan la embriaguez de los   paraisos artificiales. Tal embriaguez, sin embargo, no puede sino simbolizar   un fracaso. La huida del yo lleva al hombre a un deterioro f&iacute;sico y espiritual   inevitable e implacable. Esta hu&iacute;da de la realidad se le oculta moment&aacute;neamente   bajo una ilusi&oacute;n peligrosa al individuo, quien es preso de tendencias exacerbadas e insostenibles que no puede asumir.</p>     <p>   Otros tratan de encontrar nuevos derroteros, un modo de vivir que permita   el libre desarrollo del hombre en armon&iacute;a con la naturaleza, e imitan o   reinventan esas comunidades que florecieron en Estados Unidos y en Europa   en las d&eacute;cadas de los a&ntilde;os 1960 y 1970 y se esmeran en recuperar y   mantener unas relaciones humanas basadas en el respeto mutuo, la libertad,   la fraternidad, y no en la competencia, el ego&iacute;smo o la explotaci&oacute;n. En estos   grupos que buscan el para&iacute;so arcadio, el trabajo est&aacute; de nuevo muy cerca   del ocio y de la fiesta: m&uacute;sica, danza, sue&ntilde;o ocupan el lugar principal. La "fiesta" afirma la alteraci&oacute;n de los entredichos y de las barreras sociales; busca la fusi&oacute;n en una inmensa fraternidad. Por oposici&oacute;n a la vida social que clasifica y separa, intenta reencontrar la juventud del mundo y el "estado de naturaleza". Estas nuevas asociaciones humanas son "abiertas", flexibles y dejan que se desarrollen las aspiraciones libertarias. La religiosidad se une al budismo y al erotismo. Lejos de los tab&uacute;s tradicionales se afianza, tal vez, un nuevo sistema cultural. Es cierto que, frente al poder de los estados donde surgen y a las contradicciones fundamentales entre su organizaci&oacute;n econ&oacute;mica y la de los pa&iacute;ses capitalistas, la existencia de estos grupos es precaria. Estos grupos est&aacute;n adem&aacute;s condenados, por su principio mismo, a no acoger sino a unos pocos y es, sin duda, ut&oacute;pico proyectar este modelo de organizaci&oacute;n en las grandes comunidades humanas. Independientemente de su suerte, no se puede ignorar o descalificar a priori un camino que recuerda a los hombres que existen valores que no se pueden sofocar si quieren ser felices.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>4. El deseo, esencia del hombre</b></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Recordemos la lecci&oacute;n de sabidur&iacute;a y de civismo de los antiguos fil&oacute;sofos:   no hay felicidad ni paz para los hombres si ellos rechazan la moderaci&oacute;n de   los deseos y el respeto a la justicia. Epicuro nos ense&ntilde;a que hay que pasar   los deseos por el tamiz de la raz&oacute;n y eliminar todos los que no son ni naturales   ni necesarios, todos los que son vanos, artificiales y superfluos. &Eacute;sta es   la condici&oacute;n para alcanzar la ataraxia, el estado de ausencia de turbaci&oacute;n   del alma, es decir, la felicidad. La moral de Epicuro es, ante todo, una ascesis:   un dominio de las pasiones. &iquest;Qu&eacute; cr&iacute;tica le podemos hacer a la sabidur&iacute;a   epicurea? En primer lugar, aunque Epicuro identifica al placer con la ausencia   de sufrimiento, es claro que hay una diferencia entre felicidad y placer,   ya que la ausencia de sufrimiento no implica la felicidad: evitar el sufrimiento   no es ser feliz. En segundo lugar, &iquest;tiene la raz&oacute;n el poder de suprimir el   deseo? En tercer lugar, &iquest;no nos aparta igualmente el m&eacute;todo de Epicuro de   metas m&aacute;s elevadas que la mera satisfacci&oacute;n personal? Epicuro nos proh&iacute;be   tener grandes deseos, por ejemplo, proyectos humanitarios, filantr&oacute;picos o   art&iacute;sticos. Tambi&eacute;n nos proh&iacute;be deseos irrazonables, que no son ni naturales,   ni necesarios, y as&iacute; reduce Epicuro al hombre a un simple ser de sensaci&oacute;n, puramente ego&iacute;sta.</p>     <p>       El estoicismo nos ense&ntilde;a que el hombre que es esclavo de sus deseos no       tiene ni felicidad, ni libertad. La sabidur&iacute;a consiste en limitar los deseos del       hombre a aquellos que dependen de &eacute;l, a lo que el hombre sabe que puede       poseer y conservar. S&oacute;lo hay una cosa que depende de &eacute;l, sobre la que &eacute;l       tiene un poder absoluto: su voluntad. Como bien lo ha dicho P. Hadot, lo       que depende de m&iacute; es una "delimitaci&oacute;n de nuestra esfera propia de libertad,       de un islote inexpugnable de autonom&iacute;a en el centro del r&iacute;o inmenso de los       acontecimientos, del destino"<sup><a href="#22" name="#s22">22</a></sup> . La libertad interior que es nuestro poder de     ]]></body>
<body><![CDATA[  juzgar, nuestro "asentimiento", es sin&oacute;nima de la indiferencia con respecto       a las causas exteriores y al destino. &iquest;Cu&aacute;l es, entonces, el secreto de la       felicidad seg&uacute;n los estoicos? Consiste en poca cosa: saber usar bien mi voluntad, no querer sino lo que tengo y lo que me sucede. En otros t&eacute;rminos,       no desear lo que excede mi poder. No sirve de nada desear otras cosas       que lo que sucede o rebelarse contra lo que es, porque todo es necesario; si       hici&eacute;ramos esto solamente podr&iacute;amos ser infelices. Tal es el principio del       consuelo: "No busques que lo que sucede suceda como quieres, mas procura       que lo que sucede suceda como sucede, y el curso de tu vida ser&aacute; feliz     "<sup><a href="#23" name="#s23">23</a></sup> . Amar al destino es a lo que hay que llegar para ser sabio. &iquest;Qu&eacute;     cr&iacute;tica le podemos hacer al estoicismo? En primer lugar, esta exaltaci&oacute;n de     ]]></body>
<body><![CDATA[la voluntad es, como lo anota Hegel, una voluntad vac&iacute;a, abstracta y formal<sup><a href="#24" name="#s24">24</a></sup>     , que no quiere nada o, al menos, que no quiere nada m&aacute;s que lo que     es. La voluntad estoica es toda resignaci&oacute;n y mutila al hombre. En segundo     lugar, el estoicismo no es una sabidur&iacute;a eficaz. Los estoicos afirman que     puedo dominar mis deseos con mi voluntad, sin embargo esto no es lo que     experimento. Por el contrario, lo que experimento en mi es un conflicto     entre mis deseos y mi voluntad. A veces es el deseo que prevalece, y no     siempre la voluntad. En tercer lugar, el estoicismo piensa que dado que la     naturaleza est&aacute; ordenada de manera buena y razonable, la voluntad humana     debe aceptar este orden. Entonces, las necesidades y los deseos de los     ]]></body>
<body><![CDATA[hombres deben ser considerados como naturalmente buenos. Ahora bien,     aunque algunos deseos lo son &#150; los que garantizan nuestra supervivencia,     por ejemplo, &#150; otros son excesivos y malos. El estoicismo no da cuenta de la     dualidad que hay en cada uno de nosotros entre el deseo y la voluntad. Mis     deseos se imponen a m&iacute; como si fueran determinados por algo exterior, y     que no depende de m&iacute;. &iquest;C&oacute;mo es posible tal desgarramiento en m&iacute; mismo?     Arist&oacute;teles nos ense&ntilde;a que la felicidad radica en la "vida seg&uacute;n el l&oacute;gos"     que se encuentra en la excelencia, la virtud m&aacute;s elevada del hombre. Con     todo, si bien es cierto que es la contemplaci&oacute;n la que nos libera de los     caprichos de la fortuna, el hombre no es espont&aacute;neamente, inmediatamente     ]]></body>
<body><![CDATA[o, por naturaleza, racional. El hombre es solamente capaz de devenirlo: no     es razonable sino en potencia, no en acto. La naturaleza del hombre &#150; que     hay que conocer si la felicidad, como la define Arist&oacute;teles, consiste en vivir     de acuerdo con su naturaleza o en el desarrollo progresivo de su ser &#150; es la     de ser un animal potencialmente razonable, susceptible de devenirlo, con la     condici&oacute;n de que haga esfuerzos para ejercer y desarrollar su pensamiento.     El hombre es el ser que no es por nacimiento lo que debe ser, sino que ha de     devenirlo. El hombre debe realizar su naturaleza, devenir en acto lo que es primero en potencia. Es en el horizonte del devenir de la naturaleza, o physis,     que Arist&oacute;teles abandona la concepci&oacute;n puramente plat&oacute;nica de la phr&oacute;nesis     que implica la identidad del conocimiento teor&eacute;tico y de la conducta pr&aacute;ctica.     ]]></body>
<body><![CDATA[En el libro VI de la &Eacute;tica Nicomaquea, Arist&oacute;teles le da a la sabidur&iacute;a     pr&aacute;ctica, o phr&oacute;nesis, el significado que tiene en el lenguaje usual,     despoj&aacute;ndola de todo su alcance teor&eacute;tico: "En el lenguaje vulgar, [escribe     W. Jaeger], es una facultad pr&aacute;ctica que se ocupa de dos cosas, la elecci&oacute;n     de lo &eacute;ticamente deseable y el prudente descubrimiento de lo ventajoso para     uno mismo [&#133;] En relaci&oacute;n a la &eacute;tica significa ahora una disposici&oacute;n habitual     del esp&iacute;ritu a deliberar pr&aacute;cticamente sobre cuanto concierne al bien y al     mal humano [h&eacute;xis praktik&eacute;]. Arist&oacute;teles insiste en que no es especulaci&oacute;n,     sino deliberaci&oacute;n; en que no se refiere a lo universal, sino a los fluctuantes     detalles de la vida; y en que, por consiguiente, no tiene por objeto las cosas     ]]></body>
<body><![CDATA[m&aacute;s altas y m&aacute;s valiosas del universo, y de hecho no es en absoluto una     ciencia"<sup><a href="#25" name="#s25">25</a></sup> . Con el abandono de la teor&iacute;a plat&oacute;nica de las ideas se advierte la     separaci&oacute;n entre el ser y el valor, entre el conocimiento y la acci&oacute;n, separaci&oacute;n     que significa paraArist&oacute;teles una distinci&oacute;n mucho m&aacute;s tajante entre metaf&iacute;sica     y &eacute;tica, que la que exist&iacute;a antes, y que lo aleja de un "intelectualismo" que     funda la acci&oacute;n &eacute;tica exclusivamente en el conocimiento del ser. "Arist&oacute;teles     traz&oacute; una l&iacute;nea entre la una y el otro. Descubri&oacute; las ra&iacute;ces psicol&oacute;gicas de la     acci&oacute;n y la valoraci&oacute;n moral en el car&aacute;cter [&ecirc;thos], y desde entonces el     examen del &ecirc;thos ocup&oacute; el primer t&eacute;rmino en lo que se vino a llamar     pensamiento &eacute;tico, y suprimi&oacute; la phr&oacute;nesis transcendental. El resultado fue     ]]></body>
<body><![CDATA[la fecunda distinci&oacute;n entre raz&oacute;n teor&eacute;tica y raz&oacute;n pr&aacute;ctica, que hasta entonces     hab&iacute;an estado confundidas en la phr&oacute;nesis"<sup><a href="#26" name="#s26">26</a></sup> . La felicidad consiste     ciertamente en vivir conforme a la virtud, en vivir conforme a la naturaleza     del hombre, pero, ahora, con Arist&oacute;teles, la vida es tanto teor&iacute;a como pr&aacute;ctica     y, de manera m&aacute;s precisa, la vida feliz se enra&iacute;za en el deseo, en un deseo     hablado, comprendido, en una bo&uacute;lesis que tiene una estructura de sentido     que le es fundamental. Si Arist&oacute;teles define la felicidad por la funci&oacute;n propia     del hombre, es decir, por la actividad de la parte racional del alma, debemos     ahora entender que se trata de la vida pr&aacute;ctica de esta virtud reflexiva     de todas las dem&aacute;s virtudes que es la phr&oacute;nesis, de una constante reflexi&oacute;n     ]]></body>
<body><![CDATA[que pone en juego una raz&oacute;n capaz de hacer siempre, pero en condiciones     siempre diferentes, el camino que va de la norma al caso singular. Tal camino     es el que, partiendo de un deseo general &#150; bo&uacute;lesis &#150;, y por ende ineficaz, pasa por la deliberaci&oacute;n &#150; bo&uacute;leusis &#150; acerca de los medios que, para     nosotros, nos permiten hacer la mejor elecci&oacute;n &#150; proa&iacute;resis.</p>     <p>   La filosof&iacute;a spinozista reencuentra a Arist&oacute;teles en la b&uacute;squeda de un conocimiento   verdadero de la naturaleza humana y en la afirmaci&oacute;n de que el   deseo &#150; affectus y cupiditas &#150; atraviesa la experiencia humana y la constituye   como tal: "De todos los afectos [affectus] que se refieren al alma en   cuanto que obra, no hay ninguno que no se remita a la alegr&iacute;a o al deseo   [quid ad laetitiam, vel cupiditatem referentur]"<sup><a href="#27" name="#s27">27</a></sup> . La esencia del hombre   es el deseo, y en &eacute;l reside el fundamento de la &eacute;tica. Es la afectividad y no   la racionalidad que define al "esp&iacute;ritu humano (mens humana)". El hombre   es un ser de deseo o, mejor, el deseo es la esencia del hombre, y no la se&ntilde;al   de su miseria o de su finitud. El deseo es la potencia de actuar del individuo: "Cada cosa se esfuerza, seg&uacute;n su potencia de ser, por perseverar en el ser [Unaquaeque res, quantium in se est, in suo esse perseverare conatur]"<sup><a href="#28" name="#s28">28</a></sup> . De ah&iacute; que el esfuerzo perpetuo de vivir que Spinoza llama conatus, sea la vida misma y que se oponga a la tristeza y a la muerte. El deseo es, entonces, un movimiento de afirmaci&oacute;n y no sufrimiento de vivir o de carecer. Es el esfuerzo constante por desplegar su existencia, es decir, a la vez conservarla y acrecentarla. Todos nuestros deseos particulares son modos de expresi&oacute;n y de realizaci&oacute;n de este deseo primero de perseverar en su ser. Todo deseo es en el fondo deseo de s&iacute;, deseo de realizarse. Este oscuro objeto del deseo, soy yo mismo. As&iacute;, el objeto del deseo es secundario con respecto al deseo mismo o, dicho de otra manera, el deseo es creador de la "deseabilidad" de los objetos. De ah&iacute; que ninguna cosa sea buena o mala en s&iacute;. El deseo que nos lleva hacia ella nos hace encontrarla buena. No deseamos las cosas porque sean buenas: nos parecen buenas porque las deseamos. Es el sujeto mismo como deseo quien es la fuente de la definici &oacute;n de los bienes y el fundamento de los valores. Spinoza invierte la tesis de una objetividad absoluta de los valores. Las cosas no son buenas en s&iacute; mismas sino relativamente a nuestro deseo y a nuestra constituci&oacute;n<sup><a href="#29" name="#s29">29</a></sup> .</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo es posible entonces que los hombres inviertan el orden y la conexi&oacute;n   de las cosas y est&eacute;n &iacute;ntimamente convencidos de que la representaci&oacute;n de   un fin juzgado bueno es la causa primera del deseo? Se trata aqu&iacute; de una   ilusi&oacute;n que se debe al hecho de que los hombres ignoran la causa de sus   deseos; esta ilusi&oacute;n es el fruto de una conciencia parcial que se cree total<sup><a href="#30" name="#s30">30</a></sup> .   De ah&iacute; la idea, en el fundamento de la &eacute;tica spinozista, de que solamente un   conocimiento verdadero de la naturaleza humana permite comprender y   regular la pr&aacute;ctica del hombre, de la manera m&aacute;s ventajosa, es decir, buscando   lo &uacute;til<sup><a href="#31" name="#s31">31</a></sup> . Es menester comprender la necesidad del deseo y deducir   de ella todas las propiedades. Seg&uacute;n Spinoza, es la servidumbre nacida de   las pasiones &#150; deseos pasivos y no deseos como tales &#150; la que hay que   entender, comprendi&eacute;ndola primero y conociendo luego sus causas. En   Spinoza, la libertad es la condici&oacute;n sine qua non de la felicidad. &iquest;Cu&aacute;l   es entonces la naturaleza de la servidumbre? La respuesta es inequ&iacute;voca: la   pasi&oacute;n; la pasi&oacute;n es el estado en el que no obramos exclusivamente por   nosotros mismos, sino que obramos con respecto a causas externas que no   entran en la constituci&oacute;n de nuestra naturaleza. La servidumbre est&aacute; ligada,   por lo tanto, a la tristeza, es decir, a la reducci&oacute;n de esa potencia de existir   que es el conatus. El deseo aumenta o se reduce, produciendo bien la alegr   &iacute;a, bien la tristeza. La servidumbre pasional proviene de un uso err&oacute;neo de   la imaginaci&oacute;n y de un conocimiento parcial, truncado y oscuro de nuestro   deseo. La pasividad es el despliegue de un deseo que no es aut&oacute;nomo, es la   alienaci&oacute;n de los actos que no dependen solamente de nosotros, sino de una   causa exterior. La servidumbre no se refiere a una debilidad de la voluntad,   sino a una confusi&oacute;n de nuestro conocimiento. Nuestra felicidad, al igual   que nuestra desdicha, procede de la modalidad de nuestra relaci&oacute;n con el   objeto, de la naturaleza del conocimiento que tenemos de &eacute;l. La servidumbre de las pasiones no nace, entonces, del deseo en tanto que tal, sino de la falta de conocimiento que nos reduce a no ser m&aacute;s que la causa parcial de nuestros actos. Para llegar a la alegr&iacute;a, para alcanzar la felicidad, es preciso una liberaci&oacute;n cuyo prop&oacute;sito es conseguir una verdadera autonom&iacute;a del sujeto: vivir seg&uacute;n su ser propio y seg&uacute;n la especificidad de su propia esencia individual. Cuando conocemos nuestros sentimientos clara y distintamente, cuando las ideas que nos hacemos de ellos son ideas totales y totalizantes, encontramos una satisfacci&oacute;n absoluta en lo verdadero y somos as&iacute; liberados de las pasiones. Cuando comprendemos nuestras pasiones, cuando integramos el objeto de nuestra pasi&oacute;n en todo un sistema de cosas donde pierde su individualidad y su prestigio, nos liberamos al mismo tiempo de su poder fascinante. La alegr&iacute;a apacigua los tormentos que pueden resultar de las pasiones, al hacer de nuestra afectividad el objeto de un conocimiento verdadero. El conocimiento verdadero libera por lo tanto al deseo de los falsos bienes: no lo suprime, transforma un deseo ignorante, alienado y pasivo en un deseo ilustrado, aut&oacute;nomo y activo.</p>     <p>   El deseo no debe ser reprimido, como en Freud, o subyugado, como en   Plat&oacute;n, aun bajo la forma disfrazada de su racionalizaci&oacute;n. Debe, por el   contrario, abrirse, desarrollarse y volverse l&uacute;cido, es decir, reflexionarse a s&iacute;   mismo. Solamente en la pasi&oacute;n es el deseo ciego: el hombre apasionado est&aacute;   alienado, disminuido y triste. La liberaci&oacute;n ser&aacute; aumento de potencia. Todo   conocimiento verdadero es alegr&iacute;a: el deseo es tanto m&aacute;s fuerte cuanto m&aacute;s   vasto es el saber; resulta de un conocimiento y no de una represi&oacute;n del   deseo. Lo que el hombre libre alcanza es la alegr&iacute;a permanente, es decir, la   felicidad, la satisfacci&oacute;n de s&iacute; entendida como amor de s&iacute; que no es ni egoismo   ni narcisismo. Se trata de valores universales, asequibles a todos, a partir del   momento en que los hombres son conducidos por la raz&oacute;n. Alegr&iacute;a de existir   obrando seg&uacute;n su propia naturaleza y sus propias normas, en la perspectiva   de la generosidad y de la amistad. El hombre libre y feliz es a la vez plenamente &eacute;l mismo y siempre abierto al otro.</p>      <p> <font size="3" face="verdana"><b>5. Conclusi&oacute;n</b></font></p>      <p>   La &eacute;tica es la pregunta filos&oacute;fica acerca de los caminos que pueden   conducir la experiencia de la vida hacia la felicidad<sup><a href="#32" name="#s32">32</a></sup> . El fin de la filosof&iacute;a   como &eacute;tica es la b&uacute;squeda efectiva de los medios que permiten construir la   vida como se construye una casa<sup><a href="#33" name="#s33">33</a></sup> . La &eacute;tica es tambi&eacute;n el esfuerzo por construir la libertad: la construccci&oacute;n de la libertad es una exigencia implicada   en la idea misma de una vida feliz. Una felicidad vivida en la opresi&oacute;n   no ser&iacute;a una aut&eacute;ntica felicidad, una felicidad coaccionada ser&iacute;a un sufrimiento:   la felicidad debe ser vivida en la independencia y en la libertad al   igual que la libertad debe ser experimentada como felicidad y satisfacci&oacute;n.   La &eacute;tica como b&uacute;squeda de los caminos que conducen a la felicidad tiene   repercusiones pol&iacute;ticas, en la medida en que el combate personal y reflexivo   por la felicidad tan s&oacute;lo es posible mediante la elaboraci&oacute;n de una organizaci &oacute;n pol&iacute;tica de la sociedad. La democracia aparece como el mejor de los reg&iacute;menes, porque defiende la libertad de los individuos. La democracia es el reconocimiento del papel fundador del sujeto libre. Al igual que el sujeto es el origen de su propia vida, y que, como lo muestra Spinoza, es el sujeto mismo el que es la fuente de las significaciones del mundo, el ciudadano es el origen de las instituciones que van a administrar su vida social.</p>     <p>   Como bien lo advirtiera Kant, no es posible pensar en la felicidad de manera   ego&iacute;sta<sup><a href="#34" name="#s34">34</a></sup> . Nuestro destino individual est&aacute; ligado al de la humanidad entera.   La felicidad de unos no puede edificarse sobre la desdicha y la explotaci&oacute;n   de otros: la justicia social es necesaria. Si mi existencia est&aacute; siempre   amenazada, si siempre tengo hambre o si debo trabajar sin parar para ganar   apenas lo que me permite subsistir, si el miedo y la preocupaci&oacute;n nunca me   abandonan, es obvio que no puedo avanzar en la b&uacute;squeda de la felicidad.   La t&eacute;cnica sirve para nuestras necesidades; tan pronto como nuestros deseos   aumentan &#150; deseos que a menudo no son "ni naturales ni necesarios" &#150; exigen para su satisfacci&oacute;n una cooperaci&oacute;n mayor entre los hombres. Pero esta cooperaci&oacute;n es a menudo buscada con fines ego&iacute;stas. Esta uni&oacute;n entre todos los hombres, que nace irresistiblemente de los progresos de la t&eacute;cnica, caracteriza la civilizaci&oacute;n industrial, corresponde a nuestra codicia insaciable y tiene su principio en el egoismo. Para satisfacer nuestros deseos superfluos, dependemos de nuestros semejantes. Mas esta dependencia, lejos de inclinarnos hacia la benevolencia y la solidaridad, exacerba nuestras pasiones, nos precipita hacia feroces rivalidades y nos encadena a nuestras pasiones. La sociedad da nuevas fuerzas al que ya tiene demasiado, mientr&aacute;s que el d&eacute;bil, perdido, ahogado y aplastado en y por por la multitud no encuentra ning&uacute;n refugio, ninguna ayuda y finalmente perece v&iacute;ctima de esta uni&oacute;n enga&ntilde;osa de la que esperaba su propia felicidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Recordemos, pues, la lecci&oacute;n de sabidur&iacute;a y de civismo de los antiguos fil&oacute;-   sofos: no hay felicidad ni paz para los hombres si ellos rechazan la moderaci &oacute;n de los deseos y el respeto a la justicia. Pero recordemos tambi&eacute;n la generosidad cartesiana, porque &iquest;c&oacute;mo estimar a los dem&aacute;s sin estimarse a uno mismo? Entonces, uno ya no depende del todo de los dem&aacute;s y se convierte en un punto s&oacute;lido, capaz de ser feliz, de dar felicidad y de "procurar el bien general de todos los hombres en la medida en que est&aacute; a nuestro alcance"<sup><a href="#35" name="#s35">35</a></sup> . No debemos contemplar con pesimismo y resignaci&oacute;n que no somos felices y que las circunstancias no son favorables. Debemos actuar, debemos construir la felicidad: debemos jurar ser felices<sup><a href="#36" name="#s36">36</a></sup> .</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1"> <font face="verdana" size="1">      <p><a href="#s1" name="#1">1</a> Obras de San Agust&iacute;n en edici&oacute;n biling&uuml;e, preparada por el padre Victorino Capanaga,   Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1979, T. I, 2, 10, p. 553. San Agust&iacute;n no pone en   el umbral de la filosof&iacute;a la admiraci&oacute;n (thaum&aacute;zein) sino el ansia de felicidad: "Com&uacute;nmente,   &#150; escribe en el Serm&oacute;n 150 &#150; todos los fil&oacute;sofos en sus estudios, en sus investigaciones, en sus   disputas, en su vida toda buscaban la felicidad (vitam beatam)". La literatura antigua sobre la   felicidad es inmensa. No se trata, desde luego, ni de recorrerla ni de dar cuenta de ella. La   elecci&oacute;n se impone; hubi&eacute;ramos podido citar, por ejemplo, a Plat&oacute;n, quien pregunta en el   Eutidemo 278e: "&iquest;No deseamos acaso todos nosotros, hombres, ser dichosos (eu prattein)?",   Plat&oacute;n, Di&aacute;logos II, traducciones, introducciones y notas por J. Calonge Ru&iacute;z, E. Acosta M&eacute;ndez, F. J. Olivieri, J. L. Calvo, Madrid, Gredos, 1983.</p>     <p>   <a href="#s2" name="#2">2</a> S&eacute;neca ya lo hab&iacute;a advertido: "No hay quien no quiera, oh hermano Gali&oacute;n, vivir felizmente   (vivere, Gallio frater, omnes beate volunt), pero para ver qu&eacute; es lo que hace la vida feliz, todos   andan ciegos; por eso no es nada f&aacute;cil conseguir una vida bienaventurada (beatam vitam) hasta   el punto de que tanto m&aacute;s se separa de ella quien con m&aacute;s vehemencia la busca, si se equivoca   de camino (si via lapsus est), pues si va por el contrario, la misma velocidad es causa de un   mayor distanciamiento", De la vida bienaventurada, LucioAnneo S&eacute;neca, Tratados morales,   Introducci&oacute;n, versi&oacute;n espa&ntilde;ola y notas por Jos&eacute; M. Gallegos Rocafull, M&eacute;xico, Universidad   Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, 1944, Tomo I, p. 6.</p>     <p><a href="#s3" name="#3">3</a> V&eacute;ase, Jean-Paul Margot, La modernidad. Una ontolog&iacute;a de lo incomprensible, Cali, Programa editorial Universidad delValle, Segunda edici&oacute;n, 2004, pp. 53-71.</p>     <p><a href="#s4" name="#4">4</a> Pascal, Les pens&eacute;es, Secci&oacute;n II, fragmento 171: "Miseria. &#150; La &uacute;nica cosa que nos consuela   de nuestras miserias es la diversi&oacute;n (divertissement) y, sin embargo, es la m&aacute;s grande de   nuestras miserias. Porque es ella la que nos impide principalmente pensar en nosotros, y la   que nos hace perdernos insensiblemente. Sin esto, estar&iacute;amos en el aburrimiento, y este   aburrimiento nos llevar&iacute;a a buscar un medio m&aacute;s s&oacute;lido para salir de &eacute;l. Pero la diversi&oacute;n nos   entretiene y nos lleva insensiblemente a la muerte", Pens&eacute;es et Opuscules, Publi&eacute;s avec une   introduction, des notices et des notes par M. L&eacute;on Brunschvicg, Paris, Classiques Hachette,   1968, p. 407. La diversi&oacute;n es el medio por el cual, voluntaria o inconscientemente, nos   apartamos de la dura y triste realidad, o sea todo lo que nos impide "pensar en nosotros   mismos". Pero, "pensar en nosotros mismos" no significa para Pascal entregarse al culto del   yo. "Pensar en nosotros mismos" es mirar de frente lo tr&aacute;gico de nuestra existencia: vista insostenible.</p>     <p><a href="#s5" name="#5">5</a> Durante mucho tiempo el t&eacute;rmino aret&eacute;, que solemos traducir por "virtud", ha significado,   con respecto a cualquier orden de realidad o de actividad, "una disposici&oacute;n permanente para   producir ciertos efectos, una perfecci&oacute;n cualitativa definida y especial, una excelencia profunda   con relaci&oacute;n a lo que est&aacute; en cuesti&oacute;n:&#133;", L. Robin, La morale antique, Paris, Presses universitaires de France (1938), 1963, p. 72.</p>     <p><a href="#s6" name="#6">6</a> La Rep&uacute;blica, IV, 441 e-442b, versi&oacute;n de Antonio G&oacute;mez Robledo, M&eacute;xico, Universidad   Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, 2000. Las tres partes que hay en el alma son el l&oacute;gos, raz&oacute;n,   el thum&oacute;s, c&oacute;lera o fogosidad, y la epithum&iacute;a, concupiscencia. Acerca de la analog&iacute;a entre el   alma &#150; psych&eacute; &#150; y la ciudad &#150; p&oacute;lis -, v&eacute;ase J. Lear, "Inside and Outside The Republic" en,   Phronesis, 1992, vol. XXXVII/2, pp. 184-215. V&eacute;ase tambi&eacute;n, Jean-Paul Margot, "Plat&oacute;n:   discurso y poder" en, Los fil&oacute;sofos, la pol&iacute;tica y la guerra, Cali, Universidad delValle, Grupo Pr&aacute;xis, 2002, pp. 17-39.</p>     <p>   <a href="#s7" name="#7">7</a> "Tal vida [la vida contemplativa], sin embargo, ser&iacute;a demasiado excelente para el hombre.   En cuanto hombre, en efecto, no vivir&aacute; de esta manera, sino en cuanto hay en &eacute;l algo divino,   y en la medida en que ese algo es superior al compuesto humano, en esa medida lo es tambi&eacute;n   su actividad a la de las otras virtudes. Si, por tanto, la mente es divina respecto del hombre,   tambi&eacute;n la vida seg&uacute;n ella es divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de tener, como   algunos hombres aconsejan, pensamientos humanos puesto que somos hombres, ni mortales   puesto que somos mortales, sino en la medida de lo posible inmortalizarnos y hacer todo lo   que est&aacute; a nuestro alcance por vivir de acuerdo con lo m&aacute;s excelente que hay en nosotros; en   efecto, aun cuando es peque&ntilde;o en volumen, excede con mucho a todo lo dem&aacute;s en potencia y   dignidad", Arist&oacute;teles, &Eacute;tica a Nicomaco, X, 7, 1177b25 - 1178a1, edici&oacute;n biling&uuml;e y traducci &oacute;n por M. Araujo y J. Mar&iacute;as, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1985.</p>     <p><a href="#s8" name="#8">8</a> Recordemos la famosa frase de Arist&oacute;teles: "Porque una golondrina no hace verano, ni un   solo d&iacute;a, y as&iacute; tampoco hace venturoso (mak&aacute;rios) y feliz (euda&iacute;monos) un solo d&iacute;a o un   poco tiempo". &Eacute;tica Nicomaquea, 1098a 19-20. La felicidad es el ejercicio de la virtud "en una vida entera": v&eacute;ase el caso de Pr&iacute;amo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <a href="#s9" name="#9">9</a> V&eacute;ase la carta a Meneceo, Epicuro, Obras, Barcelona, Altaya, 1995, pp. 57-65.</p>     <p><a href="#s10" name="#10">10</a> Epicteto, Manual, pensamiento 1; Manuel d&acute;&Eacute;pict&egrave;te, introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas   por P. Hadot, Paris, Le livre de poche, 2000, p. 161 y Disertaciones por Arriano, I, 1, traducci&oacute;n, introducci&oacute;n y notas de P. Ortiz Garc&iacute;a, Madrid, Gredos, 1993, pp. 56-60.</p>     <p><a href="#s11" name="#11">11</a> 1094&ordf; 1-24.</p>     <p><a href="#s12" name="#12">12</a> Carta a Elisabeth del 4 de agosto de 1645,A.T, IV, 263, 3-14, en la cual Descartes comenta   el texto de S&eacute;neca al que nos referimos en la nota 2. Todas las citas de Descartes se refieren a   la edici&oacute;n: Oeuvres de Descartes publicadas por CharlesAdam&amp;Paul Tannery (12 vol&uacute;menes,   Paris, 1897-1909), nueva edici&oacute;n, 13 vol&uacute;menes, Paris, Vrin, 1974-1983. Usamos las   inicialesA.T, y se&ntilde;alamos el n&uacute;mero del volumen (en caracteres romanos), seguido del n&uacute;mero de la p&aacute;gina y del n&uacute;mero de la primera y la &uacute;ltima l&iacute;nea (en caracteres ar&aacute;bigos).</p>     <p>   <a href="#s13" name="#13">13</a> M. Tulio Cicer&oacute;n, Del supremo bien y del supremo mal (De finibus bonorum et malorum),   Introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas: V&iacute;ctor-Jos&eacute; Herrero-Llorente, Madrid, Planeta DeAgostini,   p. 190. Quint&iacute;n Racionero cree, a diferencia de los int&eacute;rpretes que siguen a Bonitz e identifican "skop&oacute;s", o meta, y "t&eacute;los", o fin, que "skop&oacute;s tiene un campo sem&aacute;ntico propio y que, en determinados contextos, forma, con t&eacute;los, una oposici&oacute;n significativa. Es plausible pensar, en consecuencia, que skop&oacute;s-t&eacute;los cumplen, en el &aacute;mbito de la filosof&iacute;a pr&aacute;ctica, el mismo papel que Arist&oacute;teles le concede, en la filosof&iacute;a teor&eacute;tica, a la distinci&oacute;n entre "fin en s&iacute;" y "fin por el que algo se hace" cfr. Arist&oacute;teles, Ret&oacute;rica, introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas por Quint&iacute;n Racionero, Madrid, Editorial Gredos, 1990, p. 205, nota 98.</p>     <p><a href="#s14" name="#14">14</a> R. Descartes, Las pasiones del alma, Art&iacute;culo 152, A.T, XI, 445. Las cursivas son nuestras.   Notemos que el libre albedr&iacute;o de Descartes es, a diferencia del de San Agust&iacute;n y del de Lutero, independiente de la gracia.</p>     <p>   <a href="#s15" name="#15">15</a> &Eacute;tica Nicomaquea, IV, 7-9, 1123&ordf; 34 -1125&ordf; 35.</p>     <p><a href="#s16" name="#16">16</a> F. Nietzsche, As&iacute; habl&oacute; Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, 1983, traducci&oacute;n de A., S&aacute;nchez Pascual, pp. 38-40.</p>     <p><a href="#s17" name="#17">17</a> Raoul Vaneigem, Tratado del saber vivir para uso de las j&oacute;venes generaciones (1967), Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 67-70.</p>     <p><a href="#s18" name="#18">18</a> V&eacute;ase G. Debord, La soci&eacute;t&eacute; du spectacle (1967), Paris, Le livre de poche, 2003.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <a href="#s19" name="#19">19</a> H. Marcuse, Eros y civilizaci&oacute;n (1953), Madrid, Sarpe, 1983, p. 27.</p>     <p><a href="#s20" name="#20">20</a> V&eacute;ase G. Lipovetsky, la era del vac&iacute;o. Ensayos sobre el individualismo contempor&aacute;neo, Barcelona, Anagrama, 1996.</p>     <p>   <a href="#s21" name="#21">21</a> A. Gide, Les nourritures terrestres (1897) suivi de Les nouvelles nourritures (1935),   Paris, Le livre de poche, 1967, p. 199.</p>     <p><a href="#s22" name="#22">22</a> P. Hadot, La citadelle int&eacute;rieure, Paris, Fayard, 1992, pp. 99-100.</p>     <p><a href="#s23" name="#23">23</a> Epicteto, Manual, pensamiento 8; Manuel d&acute;&Eacute;pict&egrave;te, Op. Cit., p. 169.</p>     <p>   <a href="#s24" name="#24">24</a> G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la historia de la filosof&iacute;a, traducci&oacute;n de W. Rooces,   M&eacute;xico, F. C. E., 1977, tomo II, pp. 340-375.</p>     <p><a href="#s25" name="#25">25</a> W. Jaeger, Arist&oacute;teles, M&eacute;xico, F.C.E. 1946, pp. 101-102.</p>     <p>   <a href="#s26" name="#26">26</a> Ib&iacute;d., p. 103. Acerca de la noci&oacute;n de &ecirc;thos, v&eacute;ase Jean-Paul Margot, "Acerca del car&aacute;cter",   Estudios de filosof&iacute;a, Instituto de Filosof&iacute;a, Universidad de Antioquia, Medell&iacute;n, 2003, pp. 9-21.</p>     <p><a href="#s27" name="#27">27</a> B. Spinoza, &Eacute;tica, III, prop. LIX. V&eacute;ase &Eacute;tica III, Definiciones de los afectos, Definici&oacute;n   I: "El deseo es la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer   algo en virtud de una afecci&oacute;n cualquiera que se da en ella". El afecto (afectus y no afectio) es   un dinamismo consciente: es una modificaci&oacute;n del cuerpo acompa&ntilde;ada por la idea (conciencia)   de esta modificaci&oacute;n. Todas las citas de Spinoza remiten a la edici&oacute;n de Carl Gebhardt, B.   Spinoza, Opera, ImAuftrag der Heidelberger Akademie derWissenschaften herausgegeben von Carl Gebhardt, Carl Winters Universit&auml;tsbuchhandlung, Heidelberg (1925), 1972.</p>     <p>   <a href="#s28" name="#28">28</a> B. Spinoza, &Eacute;tica, III, prop. VI; y &Eacute;tica IV, prop. XXV: "Nadie se esfuerza por conservar   su ser a causa de otra cosa". Esta ley del conatus vale para toda la naturaleza.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <a href="#s29" name="#29">29</a> "As&iacute; pues, queda claro, en virtud de todo esto, que nosotros no intentamos, queremos,   apetecemos ni deseamos [nihil nos conari, velle, appetere, neque cupere] algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos,   queremos, apetecemos y deseamos [sed contra nos propterea, aliquid bonum esse, judicare,   quia id conamur, volumus, appetimus, atque cupimus]", &Eacute;tica, III, prop. IX, esc.; v&eacute;ase tambi&eacute;n, &Eacute;tica, III, prop. XXXIX, esc.</p>     <p>   <a href="#s30" name="#30">30</a> V&eacute;ase Jean-Paul Margot, "El hombre bajo la conducta de la raz&oacute;n y la libertad en Spinoza", Raz&oacute;n y f&aacute;bula, Universidad de los Andes, Bogot&aacute;, 1976, Nos. 40-41, pp. 113-127.</p>     <p>   <a href="#s31" name="#31">31</a> V&eacute;ase &Eacute;tica IV, Definici&oacute;n I: "Entiendo por bueno lo que sabemos con certeza que nos es &uacute;til". Esta definici&oacute;n debe entenderse en la perspectiva del final del Prefacio de la parte IV de la &Eacute;tica, y &eacute;sta, a su vez en la perspectiva del par&aacute;grafo 13 del Tratado de la reforma del entendimiento. "Bueno" y "malo" son vocablos que se refieren a lo que nos permite o no acercarnos al "modelo de naturaleza humana" que Spinoza se propone. V&eacute;ase B. Spinoza, Tratado de la reforma del entendimiento, Estudio preliminar, traducci&oacute;n y notas de Lelio Fern&aacute;ndez y Jean-Paul Margot, Madrid, Tecnos, 1989, pp. XIX-XXI.</p>     <p><a href="#s32" name="#32">32</a> "Esperamos de la filosof&iacute;a que nos saque de este estado que llamar&eacute; un estado de crisis, un   estado de inquietud, de trastorno [bouleversement], de angustia a veces. Esperamos de la   filosof&iacute;a que nos d&eacute; indicaciones para existir, principios de acci&oacute;n, en una palabra que nos d&eacute; una &eacute;tica", R. Misrahi, Le sujet et son d&eacute;sir, Paris, &Eacute;ditions Pleins Feux, 2003, p. 8.</p>     <p>   <a href="#s33" name="#33">33</a> V&eacute;ase la imagen de la casa de Descartes en el Discurso del m&eacute;todo, parte III, imagen que tambi&eacute;n utiliza Spinoza en el Prefacio a la parte IV de su &Eacute;tica &#150; ya no en el contexto de una   causalidad final, sino en el de una causalidad eficiente.</p>     <p>   <a href="#s34" name="#34">34</a> "[&#133;] el ego&iacute;sta moral es aquel que reduce todos los fines a s&iacute; mismo, que no ve m&aacute;s   provecho que el que hay en lo que le aprovecha, y que incluso como eudemonista pone   meramente en el provecho y en la propia felicidad, no en la idea del deber, el supremo   fundamento determinante de su voluntad. Pues como cada hombre se hace un concepto   distinto de lo que considera como felicidad, es justamente el ego&iacute;smo quien llega a no tener una   piedra de toque del verdadero concepto del deber, la cual ha de ser un principio de validez   universal. &#150; Todos los eudemonistas son, por ende, ego&iacute;stas pr&aacute;cticos", I. Kant, Antropolog&iacute;a   en sentido pragm&aacute;tico, versi&oacute;n espa&ntilde;ola de J. Gaos, Madrid, Alianza Editorial, 1991, Primera   parte, Did&aacute;ctica antropol&oacute;gica, par&aacute;grafo 2: "Del ego&iacute;smo", p. 19. Para Kant, la moral de la   felicidad [Gl&uuml;ckseligkeit] no contiene imperativos categ&oacute;ricos sino imperativos hipot&eacute;ticos &#150;   prudencia, habilidad &#150; que tienen que ver con los medios para alcanzar nuestra felicidad:   Fundamentaci&oacute;n de la metaf&iacute;sica de las costumbres, edici&oacute;n biling&uuml;e y traducci&oacute;n de J.   Mardonimgo, Barcelona, Ariel, 1996, Segunda secci&oacute;n.</p>     <p><a href="#s35" name="#35">35</a> R. Descartes, Discurso del m&eacute;todo parte VI, A.T, VI, 61, 26-28.</p>     <p>   <a href="#s36" name="#36">36</a> V&eacute;ase Alain, Propos sur le bonheur (1928), Paris, Gallimard, Folio essais, sf., pp. 211-   213. "&iquest;C&oacute;mo una consigna emancipadora de las Luces, el derecho a la felicidad, ha podido   convertirse en dogma, en catequismo colectivo?" (p. 17); tal es la aventura que P. Bruckner   intenta describir en L&acute;Euphorie perp&eacute;tuelle. Essai sur le devoir de bonheur, Paris, Le livre de   poche/Grasset, 2000.</p> </font> <hr size="1"> </font>      ]]></body>
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