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</front><body><![CDATA[ <p>    <center><font size=4 face="verdana"><b>TRADUCCI&Oacute;N</b></font></center></p>  <hr>      <p>    <center><font size=4 face="verdana"><b>CARTA SOBRE EL PROYECTO DE UN LENGUAJE UNIVERSAL</b></font></center></p>      <p>    <center><font size=2 face=verdana><b>R. Descartes</b></font></center></p>      <p>    <center><font size=2 face="verdana">Traducci&oacute;n y Notas:    <br> <b><i>Juan Francisco Manrique</i></b>    <br> Universidad del Minuto de Dios</font></center></p>  <hr>  <font size=3 face="verdana">      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>1. Introducci&oacute;n</b></p>      <p>La carta del 20 de noviembre de 1629 dirigida al famoso padre franciscano Marin Mersenne puede ser considerada como el documento en que Descartes consigna su opini&oacute;n respecto al proyecto de un lenguaje universal. Emprender la b&uacute;squeda de un lenguaje universal, artificial y perfecto, era una meta muy popular en el siglo XVII, que seg&uacute;n algunos es la que mejor refleja el ideal filos&oacute;fico de la &eacute;poca (Cf. Mungello. 2003. p. 92). Es necesario explicar un poco esto. Para dicha centuria, Europa ha perdido su unidad ling&uuml;&iacute;stica, debido al nacimiento de los Estados nacionales, cuyo s&iacute;mbolo principal, junto con la monarqu&iacute;a y una historia com&uacute;n, es la lengua nacional. Montaigne compone sus famosos <i>Ensayos</i> en franc&eacute;s, Shakespeare y Thomas Brown pueden escribir sin problema en ingl&eacute;s, Lutero traduce la Biblia al dialecto saj&oacute;n que dar&aacute; origen a la lengua alemana, Cervantes y Quevedo escriben en espa&ntilde;ol y Dante, tres siglos antes, compone su <i>Divina Comedia</i> en el dialecto toscano, la fuente del italiano. Es claro que las lenguas europeas ya se hab&iacute;an diferenciado durante la Edad Media, al menos hasta cierto punto, como lo demuestran el <i>Cantar del Mio Cid</i>, el <i>Cantar de Roldan</i>, o el <i>Cantar de los Nibelungos</i>. La cuesti&oacute;n es que el mundo acad&eacute;mico todav&iacute;a consideraba al lat&iacute;n como la lengua en la que el conocimiento deb&iacute;a ser vertido, y en esa medida, el mundo intelectual europeo, manten&iacute;a una cierta unidad ling&uuml;&iacute;stica. Pero en los siglos XVI y XVII la unidad ling&uuml;&iacute;stica de Europa se rompe. No s&oacute;lo comienza a aparecer esta "literatura nacional" al estilo de Montaigne, Shakespeare o Cervantes (al margen de las universidades), sino que Europa misma se encuentra con naciones cuyas lenguas no tienen parentesco alguno con el lat&iacute;n, como las de tribus ind&iacute;genas de Am&eacute;rica o las del imperio chino. El relato b&iacute;blico de Babel parece hacerse realidad de nuevo, y claramente, s&oacute;lo un milagro podr&iacute;a redimir al hombre de esta "ca&iacute;da".</p>      <p>La idea de una lengua universal es la soluci&oacute;n planteada para este "segundo Babel". Se piensa que las lenguas han de tener patrones comunes, pero hay disputas sobre cuales son ellos. Al menos hubo tres tipos de propuestas a este respecto. La primera proven&iacute;a de los seguidores de la c&aacute;bala y otros judaizantes. Piensan que todas las lenguas son dialectos o modificaciones del hebreo, que Ad&aacute;n y Eva hablaron hebreo, y que s&oacute;lo el pueblo jud&iacute;o mantuvo viva esta lengua sagrada luego del suceso de Babel, de modo que ella ha de ser la lengua universal, mediante la cual todas las lenguas del mundo han de entenderse y unificarse. La segunda propuesta proven&iacute;a de simpat&iacute;as nacionalistas, y naci&oacute; como respuesta a los judaizantes. La Biblia no explicita que la lengua hebrea fuese la que hablaron Ad&aacute;n y Eva; pudo ser cualquier otra, y basados en ello, cada nacionalista postul&oacute; la lengua de su propio pa&iacute;s como la lengua originaria de la cual se derivaban las otras. La tercera propuesta es de car&aacute;cter racionalista. Se piensa que lo verdaderamente universal entre los hombres es la raz&oacute;n, y la manifestaci&oacute;n m&aacute;s clara de la raz&oacute;n humana son las matem&aacute;ticas. As&iacute;, la construcci&oacute;n de las lenguas ha de regirse por patrones racionales, del mismo modo en que se construye geom&eacute;tricamente una figura. Se cree que la raz&oacute;n construye las lenguas bajo los mismos patrones siempre, s&oacute;lo que &eacute;stos son obscurecidos por expresiones vulgares e in&uacute;tiles a&ntilde;adidas a la lengua por la fuerza de la costumbre. As&iacute;, una lengua universal en este sentido, es el conjunto de los patrones de construcci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica compartidos por todas las lenguas, depurados de expresiones in&uacute;tiles, a&ntilde;adidas, o meramente particulares.</p>      <p>Es claro que de las tres propuestas, la que tuvo m&aacute;s importancia filos&oacute;fica fue la &uacute;ltima, al menos durante el siglo XVII. No obstante, pierde fuerza en el siglo siguiente como lo denuncia el art&iacute;culo "lenguas" del <i>Diccionario Filos&oacute;fico</i> de Voltaire. Esta b&uacute;squeda de la lengua universal tiene una relaci&oacute;n muy cercana con la obsesi&oacute;n de la &eacute;poca con la certeza en el conocimiento, as&iacute;, el estudio del lenguaje est&aacute; anclado en c&oacute;mo &eacute;ste puede aclarar u obscurecer el conocimiento (Cf. Dascal. 1994, p.15-16); raz&oacute;n por la cual se busca una lengua libre de los problemas que presentan las lenguas corrientes.</p>      <p>La carta que aqu&iacute; presentamos es una respuesta a una carta previa de Mersenne en la que se enumeran seis proposiciones que, al parecer, resumen la doctrina de un tal Hardy respecto a la construcci&oacute;n de un lenguaje universal, las cuales postulan una propuesta de corte racionalista. Este "Hardy" es un personaje dif&iacute;cil de identificar. Umberto Eco identifica a Hardy con un tal Des Vall&eacute;es, cuyo nombre pudo ser cambiado en la carta quiz&aacute; a causa de los problemas que tuvo con Richelieu (Cf. Eco. 1994, p. 183). Gaukroger apoya la identificaci&oacute;n de Des Vall&eacute;es como el Hardy de la carta de Descartes, argumentando que escritores de la &eacute;poca como Charles Sorel y Tallement de Reaux le atribuyen el descubrimiento de una <i>langue matrice</i>, la cual, seg&uacute;n el propio Des Vall&eacute;es, ser&iacute;a un lenguaje secreto al que s&oacute;lo &eacute;l mismo y los &aacute;ngeles pod&iacute;an acceder (Cf. Gaukroguer. 1994, p. 445 nota). Derrida suspende el juicio afirmando que en la actualidad nada sabemos de Hardy (Cf. Derrida. 1995, p. 73), no obstante, el nombre hace probable que fuese un ingl&eacute;s, y si ello es as&iacute;, tal vez su proyecto estuviese influenciado por la amonestaci&oacute;n de Francis Bacon frente a los enga&ntilde;os del lenguaje popular o <i>&iacute;dolos del foro</i> (Cf. Bacon. 1984. I, &sect; 59-60). Sin embargo, el apellido se encuentra tambi&eacute;n entre los franceses. No hay evidencia alguna para creer que pudiera ser el dramaturgo franc&eacute;s Alexandre Hardy (1570-1632). Rodis-Lewis no habla de la carta, pero menciona a un jurista y matem&aacute;tico franc&eacute;s llamado Claude Hardy (1598-1678) que ser&iacute;a un jurado en la disputa respecto a la geometr&iacute;a anal&iacute;tica entre Descartes y sus contradictores (Rodis-Lewis. 1996, p. 154). El perfil de este Hardy es en mi concepto el que m&aacute;s se adecua al Hardy de la carta, pues es un hombre cuyo dominio de los idiomas (entre ellos el &aacute;rabe) lo capacit&oacute; para hacer una traducci&oacute;n latina de Euclides. Esta opini&oacute;n es compartida por el editor de las obras de Mersenne, De Waard (Cf. Gaukroger 1994, p. 445n.), y parece acomodarse al "difunto se&ntilde;or Hardy" que Leibniz menciona en los <i>Nuevos Ensayos sobre el Entendimiento Humano</i> como un gran ge&oacute;metra y orientalista de la primera mitad del siglo XVII (Leibniz. 1977, p. 490-491).</p>      <p>Ahora bien, en la carta, Descartes deja notar que tanto &eacute;l mismo como Mersenne s&oacute;lo conocen el proyecto de Hardy a trav&eacute;s de estas seis proposiciones; la meta de Descartes es hacer conjeturas con base en ellas y esperar a que Mersenne juzgue sobre su pensamiento cuando tenga la oportunidad de ver el sistema en su totalidad, quiz&aacute; en una obra impresa de autor&iacute;a de Hardy. La costumbre de enviar doctrinas o descubrimientos resumidos en proposiciones es tan antigua que ya Arqu&iacute;medes en su <i>M&eacute;todo sobre los Teoremas Mec&aacute;nicos</i> le escrib&iacute;a a Erat&oacute;stenes que, en esa ocasi&oacute;n, le mandaba las demostraciones de los teoremas que previamente le hab&iacute;a enviado s&oacute;lo enunciados (Cf. Arqu&iacute;medes. 2005, p. 163). La pr&aacute;ctica se retoma en los albores de la modernidad como lo muestran los concursos matem&aacute;ticos organizados por Pascal, en los cuales se enviaba a los concursantes el enunciado de un teorema y se esperaba que fuese devuelto junto con su demostraci&oacute;n. La correspondencia entre Arnauld y Leibniz por los a&ntilde;os de 1680 es una prueba de que esta pr&aacute;ctica se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVII. Leibniz env&iacute;a a Arnauld una lista de proposiciones que resumen su <i>Discurso de Metaf&iacute;sica</i>, y toda la correspondencia se ancla en una discusi&oacute;n sobre una de ellas.</p>      <p>La carta de Descartes a Mersenne puede ser dividida en tres partes: Descartes dedica la primera parte a exponer su opini&oacute;n sobre las proposiciones de Hardy, las cuales no trata en orden; la segunda es una exposici&oacute;n de dos inconvenientes que Descartes encuentra en un proyecto tal; y la tercera es la exposici&oacute;n de lo que el propio Descartes a&ntilde;adir&iacute;a al proyecto para que fuese viable. No es dif&iacute;cil captar en Descartes un cierto escepticismo hacia el proyecto, de tal modo que, seg&uacute;n &eacute;l mismo, los requerimientos son tan altos (conocer la verdadera filosof&iacute;a y tener en el lenguaje un orden semejante al que hay en los n&uacute;meros) que ser&iacute;a necesario que el mundo fuese un para&iacute;so terrenal para llevarse a t&eacute;rmino. Al tiempo, parece que el propio Mersenne s&iacute; simpatiz&oacute; con la idea como lo denuncia su obra de 1636 llamada <i>Harmonie Universelle</i>, y ya la Cuesti&oacute;n XXVII de sus <i>Questions Inouyes</i> de 1634 trata la cuesti&oacute;n de la igualaci&oacute;n de la pronunciaci&oacute;n con la escritura de palabras, como forma de facilitar el aprendizaje de una lengua (Cf. Mersenne. 1985, p. 73-75). No tengo informaci&oacute;n sobre si Mersenne simpatizaba con la idea en 1629, pero lo que es cierto es que el proyecto de Hardy llam&oacute; su atenci&oacute;n en una medida suficiente como para exponer la idea al escrutinio de Descartes. Quiz&aacute; el simpatizante m&aacute;s conocido y entusiasta del proyecto haya sido Leibniz, quien se empe&ntilde;&oacute; en llevar a t&eacute;rmino el lenguaje universal a pesar de conocer las objeciones de Descartes, como lo denuncia una trascripci&oacute;n suya de esta carta que Louis Couturat incluye en los fragmentos in&eacute;ditos del fil&oacute;sofo (Cf. Leibniz. 1988, p. 27-28).</p>      <p>La carta ha sido traducida directamente del franc&eacute;s de la versi&oacute;n en que aparece titulada como <i>carta XV</i>, en el primer tomo de las <i>Oeuvres de Descartes</i> editadas por Charles Adam y Paul Tannery. Me he servido tambi&eacute;n de la versi&oacute;n que presenta Andr&eacute; Bridoux en su recopilaci&oacute;n de las obras y cartas de Descartes, y tambi&eacute;n de la traducci&oacute;n inglesa de Anthony Kenny. Mi criterio fue conservar el contenido por encima del estilo y otras consideraciones, y debo admitir que tom&eacute; prestadas m&aacute;s cosas de la traducci&oacute;n de Kenny de lo que hubiera preferido. Debo agradecer al profesor Gonzalo Serrano Escall&oacute;n y a mis colegas Marco Steve Macraigne y Jos&eacute; &Aacute;lvarez, quienes leyeron la traducci&oacute;n y aportaron valiosos comentarios y correcciones a la misma. Tambi&eacute;n a la fil&oacute;loga cl&aacute;sica y estudiante de Maestr&iacute;a en filosof&iacute;a Liliana Carolina S&aacute;nchez por su aporte en la correcci&oacute;n de la traducci&oacute;n de las citas en lat&iacute;n.</p>      <p><b>2. Traducci&oacute;n de la Carta de Descartes al Padre Mersenne del 20 de Noviembre de 1629. A-T. I, 76-82.</b></p>      <p>Reverendo Padre: Esta propuesta de una nueva lengua parece m&aacute;s admirable a primera vista que cuando la considero detenidamente, porque no hay sino dos cosas que aprender en todas las lenguas, a saber, la significaci&oacute;n de las palabras y la gram&aacute;tica. Respecto a la significaci&oacute;n de las palabras vuestro hombre no promete nada particular; pues &eacute;l dice en la cuarta proposici&oacute;n: <i>interpretar esta lengua con ayuda de un diccionario</i>,<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup> que es lo que un hombre un poco versado en lenguas puede hacer sin ella en todas las lenguas comunes. Y estoy seguro que si usted diese al se&ntilde;or Hardy<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup> un buen diccionario de chino<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup> o de alguna otra lengua que sea, y un libro escrito en la <b>(77)</b> misma lengua, &eacute;l se propondr&iacute;a aclarar su sentido.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Aquello que impide que todo el mundo pueda hacerlo es la dificultad de la gram&aacute;tica. E imagino que este es todo el secreto de vuestro hombre, pero esto no es nada que no sea muy f&aacute;cil, porque el hacer una lengua donde no hay m&aacute;s que un solo patr&oacute;n de conjugaci&oacute;n, de declinaci&oacute;n y de construcci&oacute;n de las palabras, no hay defectivos ni irregulares, los cuales son cosas introducidas por la corrupci&oacute;n del uso, e igual que la inflexi&oacute;n y construcci&oacute;n de los nombres y los verbos, se hacen por afijos o delante o detr&aacute;s de las palabras primitivas<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>, y aquellos afijos son completamente especificados en el diccionario, no ser&aacute; de sorprender que los esp&iacute;ritus vulgares aprendan, en menos de seis horas, a componer &#91;Frases y discursos&#93; en esta lengua con la ayuda del diccionario, lo cual es la meta de la primera proposici&oacute;n.<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup></p>      <p>La segunda, a saber: <i>conocida esta lengua, conocer todas las dem&aacute;s, como sus dialectos</i>.<sup><a name="nu65"></a><a href="#num6">6</a></sup> Esto es s&oacute;lo para hacer valer la droga<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>, pues &eacute;l no pone un l&iacute;mite respecto al tiempo en que se las podr&iacute;a aprender, s&oacute;lo &#91;dice&#93; que se les considerar&iacute;an como dialectos de &eacute;sta, la cual se toma por primitiva, porque no tiene las irregularidades gramaticales de las otras.<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup> Y adem&aacute;s &eacute;l advierte que en su diccionario, respecto a las palabras primitivas, puede servirse de aquellas que est&aacute;n en uso en todas las lenguas como de sin&oacute;nimos. Por ejemplo, para significar "el amor", tomar&aacute; <i>aimer, amare, &Phi;&iota;&lambda;&epsilon;&iota;&nu;, etc</i>. Y un franc&eacute;s, adicionando a "aimer" el afijo que marca el nombre sustantivo, formar&aacute; el nombre correspondiente a amour, un griego adicionar&aacute; el mismo afijo a <i>&Phi;&iota;&lambda;&epsilon;&iota;&nu;</i>, y as&iacute; los otros. <b>(78)</b> A continuaci&oacute;n, su sexta proposici&oacute;n es muy f&aacute;cil de entender: <i>Inventar (hallar) una escritura</i><sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>, pues si vuestro hombre puede poner en su diccionario un solo s&iacute;mbolo<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup> que corresponda con <i>aimer, amare, &Phi;&iota;&lambda;&epsilon;&iota;&nu;</i>, y sus sin&oacute;nimos, el libro escrito con esos caracteres podr&aacute; ser interpretado por todos aquellos que posean este diccionario.</p>      <p>La quinta proposici&oacute;n, al parecer, no sirve m&aacute;s que para hacer valer su mercanc&iacute;a<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>, y tan pronto como veo la palabra <i>misterio</i> en alguna proposici&oacute;n, comienzo a tener de ella una mala opini&oacute;n.<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup> M&aacute;s creo que vuestro hombre no quiere decir otra cosa sino que tiene un gran conocimiento de las gram&aacute;ticas de todas esas lenguas que &eacute;l nombra, para abreviar la suya, de tal modo que puede ense&ntilde;arlas m&aacute;s f&aacute;cilmente que los maestros ordinarios. Queda la tercera proposici&oacute;n, que es todo un misterio para m&iacute;, pues vuestro hombre dice que explicar&aacute; los pensamientos de los antiguos, por medio de las palabras que ellos usaron, al tomar cada palabra como expresando la verdadera definici&oacute;n de la cosa, lo que propiamente dicho significa que expondr&aacute; los pensamientos de los antiguos dando a las palabras de &eacute;stos un sentido que no tienen y que no tomaron jam&aacute;s. Esto repugna, pero quiz&aacute; vuestro hombre lo entiende de modo distinto.<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup></p>      <p>Ahora bien, este pensamiento de reformar la gram&aacute;tica, o m&aacute;s bien, de hacer una nueva que se pueda aprender en cinco o seis horas, y que se pueda volver com&uacute;n para todas las lenguas, no dejar&iacute;a de ser una invenci&oacute;n &uacute;til al p&uacute;blico, si todos los hombres quisieran concordar en su puesta en uso, sin dos inconvenientes que preveo.</p>      <p>El primero es la mala reuni&oacute;n de las letras que con frecuencia producir&iacute;a <b>(79)</b> sonidos desagradables e insoportables al o&iacute;do, pues todas las diferencias de inflexiones de palabras son hechas por el uso &#91;precisamente&#93; para evitar este defecto; y es imposible que vuestro autor haya podido remediar ese inconveniente haciendo su gram&aacute;tica universal para toda clase de naciones, pues lo que es f&aacute;cil y agradable a nuestra lengua es rudo e insoportable para los alemanes, y as&iacute; para otros. Si bien, todo lo que &eacute;l pudo haber hecho fue evitar esta mala reuni&oacute;n de s&iacute;labas en una o dos lenguas, y as&iacute;, esa lengua universal no ser&iacute;a m&aacute;s que para un &#91;solo&#93; pa&iacute;s. Pero nosotros no necesitamos aprender una nueva lengua para hablar solamente entre franceses.<sup><a name="nu14"></a><a href="#num14">14</a></sup></p>      <p>El segundo inconveniente est&aacute; en aprender las palabras de esta lengua. Porque si cada uno usa como palabras primitivas las palabras de su propia lengua, ciertamente no tendr&aacute; tanta dificultad. M&aacute;s &eacute;l no ser&aacute;, de ese modo, entendido por algunos de su pa&iacute;s sino por escrito, en el momento en que, quien le quiera entender, se tome la molestia de buscar todas las palabras en el diccionario, lo cual es demasiado aburrido para que se ponga en uso. Si vuestro hombre requiere gente que aprenda las palabras primitivas comunes a todas las lenguas, no encontrar&aacute; jam&aacute;s persona que se tome esta molestia. Ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil hacer que todos los hombres concordasen en aprender la lengua latina, o alguna otra de aquellas que est&aacute;n en uso, que &eacute;sta en la que no hay todav&iacute;a libros escritos para practicar, ni hombres que la conozcan con los que se pueda adquirir el uso de hablarla<sup><a name="nu15"></a><a href="#num15">15</a></sup>. As&iacute; pues, toda la utilidad que veo puede conseguirse de esta invenci&oacute;n <b>(80)</b> est&aacute; en la palabra escrita. Supongamos que vuestro autor hizo imprimir un gran diccionario de todas las lenguas en las que se quiere hacer entender, y pone para cada palabra primitiva un s&iacute;mbolo correspondiente al significado y no a las s&iacute;labas, un mismo caracter para, por ejemplo, <i>aimer, amare, &Phi;&iota;&lambda;&epsilon;&iota;&nu;</i>, de tal modo que quien tiene el diccionario y conoce su gram&aacute;tica, puede buscar todos esos caracteres uno despu&eacute;s del otro e interpretar en su lengua lo que est&aacute; escrito. Pero esto no ser&aacute; bueno sino para leer misterios y revelaciones, en otros casos, nadie que tenga algo mejor que hacer pasar&aacute; por la pena de buscar todas esas palabras en un diccionario. As&iacute;, no veo esto de gran uso. M&aacute;s quiz&aacute; yo me equivoque. Solamente a usted he querido escribir todo lo que puedo conjeturar acerca de estas seis proposiciones que usted me ha enviado, con el fin de que cuando tenga usted vista la invenci&oacute;n, pueda decir si la he descifrado bien.<sup><a name="nu16"></a><a href="#num16">16</a></sup></p>      <p>De resto, encuentro que ser&iacute;a posible a&ntilde;adir a esto &#91;otra&#93; invenci&oacute;n, tanto para componer las palabras primitivas de esta lengua como para sus caracteres, de suerte que ella pueda ser ense&ntilde;ada en muy poco tiempo, y esto es por medio del orden; es decir, estableciendo un orden entre todos los pensamientos que puedan entrar en el esp&iacute;ritu humano, de forma semejante al orden establecido naturalmente entre los n&uacute;meros. Y como se puede aprender en un d&iacute;a a nombrar todos los n&uacute;meros hasta el infinito, de igual modo se aprender&aacute; a escribir una infinidad de palabras diferentes en una lengua desconocida. Y se puede hacer lo mismo con todas las otras palabras necesarias <b>(81)</b> para expresar todas las otras cosas que caen en el esp&iacute;ritu de los hombres. Si este orden se encontrase, no dudo que esta lengua pronto se esparcir&iacute;a por el mundo, pues mucha gente emplear&iacute;a gustosamente cinco o seis d&iacute;as de tiempo para poder hacerse entender por todos los hombres. Pero no creo que vuestro autor haya pensado en esto, tanto porque no hay nada en esas seis proposiciones que lo pruebe, como porque la invenci&oacute;n de esa lengua depende de la verdadera filosof&iacute;a. Pues de otro modo es imposible enumerar todos los pensamientos de los hombres y ponerlos en orden; ni siquiera distinguirlos clara y simplemente, que es, en mi parecer, el m&aacute;s grande secreto que se puede tener para adquirir la buena ciencia.<sup><a name="nu17"></a><a href="#num17">17</a></sup>Y si alguno hubiera explicado bien cuales son las ideas simples que est&aacute;n en la imaginaci&oacute;n de los hombres, aquellas de las que se componen todos los pensamientos, y si tal explicaci&oacute;n fuese aprobada por todo el mundo, me atrever&iacute;a a esperar una lengua universal muy f&aacute;cil de aprender, de pronunciar y de escribir, y principalmente, que ayudar&iacute;a al juicio, represent&aacute;ndole tan distintamente todas las cosas, que le ser&iacute;a casi imposible equivocarse. Al contrario, casi todas nuestras palabras tienen significados confusos; y el esp&iacute;ritu de los hombres est&aacute; tan acostumbrado a ellas que esto le causa que no entienda casi nada perfectamente.<sup><a name="nu18"></a><a href="#num18">18</a></sup> Ahora bien, yo mantengo que esta lengua es posible, y que se puede encontrar la ciencia de la cual ella depende por medio de la cual los campesinos podr&iacute;an juzgar mejor de la verdad de</p>      <p>las cosas, que como lo hacen ahora <b>(82)</b> los fil&oacute;sofos. Mas no espere verla jam&aacute;s en uso; ello presupone grandes cambios en el orden de las cosas, y necesitar&iacute;a que el mundo entero fuese un para&iacute;so terrenal, lo cual no es una buena propuesta m&aacute;s que en el pa&iacute;s de las novelas.<sup><a name="nu19"></a><a href="#num19">19</a></sup></p>  <hr>  <font face="verdana" size="2">      <p><b>Notas</b></p>  <sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>Aunque la carta fue escrita en franc&eacute;s, Descartes cita las proposiciones en lat&iacute;n, pues seg&uacute;n parece fue en este idioma en el que las recibi&oacute;. La proposici&oacute;n que aqu&iacute; se cita dice en lat&iacute;n: <i>linguam ilam interpretari ex dictionario</i>. N&oacute;tese tambi&eacute;n que Descartes no cita literalmente todas las proposiciones, y las estudia en desorden; comienza por la cuarta, sigue con la primera, continua con la segunda, luego la sexta, luego la quinta y termina por la tercera.    <br>  <sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>Ya hemos hablado de las dificultades para la identificaci&oacute;n de Hardy.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>La menci&oacute;n de la lengua china no es para nada gratuita en el contexto del siglo XVII. Lo que fue Am&eacute;rica para el siglo XVI, o el medio oriente para el siglo XIX, lo ser&aacute; China para el siglo XVII; es decir, el territorio ex&oacute;tico por antonomasia. Es casi generalizado que el europeo nunca concibe al habitante del territorio ex&oacute;tico como un igual, siempre lo rebaja o lo diviniza. Frente al problema concreto de la lengua universal, China fue tenida por la &uacute;nica naci&oacute;n del mundo que ten&iacute;a una lengua perfecta. El ingl&eacute;s John Webb (1611-1672), basado en la historia de China del misionero jesuita Martini, argument&oacute; que los chinos descienden de una tribu semita que se asent&oacute; en el extremo oriente antes de que ocurriese la confusi&oacute;n de las lenguas en Babel. Eso querr&iacute;a decir, nada menos, que la lengua china era la lengua m&aacute;s cercana a la lengua ad&aacute;nica, es decir, a la lengua con la que Ad&aacute;n habl&oacute; con Dios y nombr&oacute; a los animales, y principalmente, con la que Dios cre&oacute; el mundo. Se crey&oacute; que la lengua ad&aacute;nica, la lengua perfecta, se hab&iacute;a perdido en Babel, pero si hubo una tribu semita que no sufri&oacute; las consecuencias de la confusi&oacute;n bab&eacute;lica, como sostiene Webb, entonces nos encontramos con la lengua m&aacute;s cercana a la lengua de la creaci&oacute;n del universo. Van Helmont (1614-1699) sigue defendiendo la idea medieval de que el hebreo es la lengua ad&aacute;nica, frente a Webb quien piensa que incluso la Biblia fue traducida del chino al hebreo (Cf. Mungello. 2003, p. 92-93; Dascal. 1994, p. 19). Los testimonios de Bacon y de Mersenne muestran la fascinaci&oacute;n de los europeos con los caracteres chinos en tiempos de Descartes (Cf. Bacon. 1988, p. 144-147; Mersenne. 1985, p. 73-74).    <br>  <sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>Jos&eacute; &Aacute;lvarez sugiere la siguiente traducci&oacute;n: "Pero dicho secreto no es muy dif&iacute;cil; ya que haciendo una lengua en la que no haya sino una manera de construir las palabras en la que no hayan verbos defectivos ni irregulares, que en todo caso vienen de la corrupci&oacute;n del uso, e incluso con nombres y verbos cuya inflexi&oacute;n y construcci&oacute;n se hagan por afijos delante y al final de las palabras primitivas..."    <br>  <sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>La anterior es la descripci&oacute;n de lo que se pensaba, en t&eacute;rminos generales, que deb&iacute;a ser una lengua universal perfecta. Se parte de unas palabras primitivas cuyas modificaciones por medio de afijos y sufijos (afijos delante y detr&aacute;s de las palabras) formar&iacute;an otras palabras como nombres, verbos, y quiz&aacute; tambi&eacute;n adjetivos. Es interesante la menci&oacute;n de que los verbos defectivos e irregulares fueron introducidos por <i>la corrupci&oacute;n del uso</i>. Ya Bacon advierte que muchas de nuestras palabras provienen de la mente sencilla y vulgar de la gente del com&uacute;n, raz&oacute;n por la cual los sabios terminan confundidos y teniendo que llevar a cabo disputas sobre las palabras mismas que usan (Bacon. 1984. I, &sect; 59). Es contra la corrupci&oacute;n del uso que la lengua universal debe ser postulada, pero si busca mantenerse como lengua perfecta debe entonces no ser una lengua popular, lo que en principio contradice su car&aacute;cter de universal. Esto lleva a pensar que la lengua universal era concebida como una lengua para las elites cient&iacute;ficas; un nuevo "lat&iacute;n" fabricado exclusivamente para la ciencia. Descartes no conserv&oacute; en su carta la formulaci&oacute;n de esta primera proposici&oacute;n, ni tampoco lo har&aacute; con la quinta y la tercera.    <br>  <sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup><i>Cognita hac lingua caeteras omnes, ut eius dialectos, cognoscere.</i>    <br>  <sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup>Literalmente: "ce n'est que pour faire valoir la drogue". Kenny traduce "This is just sales talk". Derrida ve en esta afirmaci&oacute;n una acusaci&oacute;n de Descartes a Hardy de introducir "drogas" en la cultura, no obstante, no desecha que sea una alabanza de Hardy a su propia "mercanc&iacute;a". Creo que tambi&eacute;n podr&iacute;a traducirse, de forma m&aacute;s libre, como "esto no es m&aacute;s que regateo".    <br>  <sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>Los europeos del siglo XVII deb&iacute;an enfrentar dos problemas referentes al lenguage: a) &iquest;C&oacute;mo explicar la gran cantidad de lenguas distintas en el mundo que se ha hecho m&aacute;s amplio desde los descubrimientos geogr&aacute;ficos de los siglos XV y XVI?, y b) &iquest;C&oacute;mo explicar que ciertas palabras tuvieran un cierto parecido tanto en su forma como en su significado perteneciendo a distintos idiomas, como por ejemplo el ingl&eacute;s "people", el franc&eacute;s "peuple", el espa&ntilde;&oacute;l "pueblo" y el italiano "popolo"? La respuesta a la primera pregunaba la daba el pasaje b&iacute;blico sobre la confusi&oacute;n de las lenguas, m&aacute;s conocido como el relato de la Torre de Babel (G&eacute;nesis 11, 1-9). La respuesta a la segunda se daba recurriendo a la lengua ad&aacute;nica. Esta era la lengua perfecta por antonomas&iacute;a, la lengua del conocimiento de acuerdo a la cual Ad&aacute;n coloc&oacute; los nombres de los animales, y se comunic&oacute; con Dios (G&eacute;nesis 2, 19-20). El hombre, buscando igualarse a Dios, erige la torre de Babel. All&iacute; Dios confunde sus lenguas haciendo imposible la comunicaci&oacute;n entre ellos, pero no de forma absoluta. As&iacute;, Babel explica la diversidad lingu&iacute;stica, mientras la lengua ad&aacute;nica explica el parecido entre lenguas lejanas, las cuales podr&iacute;an considerarse como dialectos de lengua ad&aacute;nica. Estos dial&eacute;ctos son a su vez lenguas madres de otros dialectos. En el ejemplo mencionado, la palabra latina "populus" es la fuente de la similaridad de las expresiones en los idiomas mencionados arriba. El lat&iacute;n es el punto de encuentro de estas lenguas (unas m&aacute;s cernanas al lat&iacute;n que otras), lo que lo convierte en una lengua madre. Es claro que no todos los parecido lingu&iacute;sticos se pod&iacute;an explicar por la mediaci&oacute;n del lat&iacute;n como el del ingl&eacute;s "understand" y el alem&aacute;n "Verstanden", o como el del lat&iacute;n "rex, regis" y el s&aacute;nscrito "raja". No obstante, en el siglo XVII era posible explicarlas, o bien postulando otras lenguas madre, o bien desde la misma lengua ad&aacute;nica. Los proyectos de lenguas universales son un intento por reconstruir la lengua ad&aacute;nica, la lengua madre de todas las lenguas madre.    <br>  <sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup><i>Scripturam invenire.</i>    <br>  <sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup>Aqu&iacute; sigo la traducci&oacute;n inglesa que traduce "Chiffre" por "Symbol", no obstante, valga destacar que el uso de "Chiffre" (cifra) relaciona el proyecto de lengua universal con las matem&aacute;ticas, algo que aparecer&aacute; de forma m&aacute;s clara en el proyecto de Leibniz. Steve Macraigne sugiere que "Chiffre" tambi&eacute;n podr&iacute;a entenderse como "item".    <br>  <sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup>Es decir, su proyecto.    <br>  <sup><a name="num12"></a><a href="#nu12">12</a></sup>Descartes siente reticencia por las ciencias ocultas que florecieron en los dos siglos anteriores y que todav&iacute;a tienen gran popularidad en el XVII. Un testimonio contra estas doctrinas lo encontramos en <i>Discurso del M&eacute;todo</i>, A-T, VI, 9. Es probable que Descartes fuese esc&eacute;ptico respecto a la idea de un lenguaje universal debido a que fueron los magos y alquimistas del renacimiento los que la popularizaron. Es probable que Descartes mismo conociera proyectos similares en las obras de Cornelio Agrippa (1486-1535), mago y alquimista, quien era un autor muy popular entre los rosacruces, movimiento que Descartes conoce entre 1619 y 1620, y del que se separa pronto. Las obras de Agrippa retoman puntos cruciales de las obras de Raimundo Lulio (1235-1313)(entre las que se cuenta un comentario al <i>arte breve</i> de Lulio), quien es el primero en postular un lenguage completo y autom&aacute;tico para el razonamiento (Cf. Nidditch. 1987, p. 24-25). Gaukroguer destaca, no sin incomodidad, las similtudes entre este proyecto de lengua universal de Lulio retomado por Agrippa y el m&eacute;todo cartesiano (Gaukroguer. 1994, p. 50-51). La incomodidad est&aacute; en que Descartes descalifica expl&iacute;citamente el proyecto luliano. V&eacute;ase <i>Discurso del M&eacute;todo</i> A-T. VI, 17.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a name="num13"></a><a href="#nu13">13</a></sup>Aqu&iacute; terminan las conjeturas sobre las seis proposiciones, que es la primera parte de la carta.    <br>  <sup><a name="num14"></a><a href="#nu14">14</a></sup>Descartes es conciente de que el agrado es causa del uso de ciertas expresiones, y que &eacute;ste no es universal. La preocupaci&oacute;n de Descartes podr&iacute;a, as&iacute;, desembocar en una discusi&oacute;n puramente est&eacute;tica: &iquest;C&oacute;mo hacer para que las palabras de la lengua universal sean agradables para todo el mundo? Si lo son, no tendremos que temer que las cambien por palabras que les parezcan agradables, de modo que la lengua se corrompa por el uso. No obstante, en toda naci&oacute;n el gusto parece distinto, raz&oacute;n por la cual, la corrupci&oacute;n de la lengua parece inevitable. El problema se resumen entonces en que esta lengua no puede ser universal e incorruptible al mismo tiempo.    <br>  <sup><a name="num15"></a><a href="#nu15">15</a></sup>Literalmente: "acqu&eacute;rir l’usage de la parler". (Adquirir el uso de hablarla).    <br>  <sup><a name="num16"></a><a href="#nu16">16</a></sup>En esta segunda objeci&oacute;n, Descartes argumenta a favor de lo poco pr&aacute;ctico de una lengua tal, pues ser&iacute;a engorroso estar buscando en el diccionario las palabras que conforman un tratado escrito en esta lengua. Ser&iacute;a mejor ense&ntilde;ar a todos lat&iacute;n o alguna otra lengua en uso. Hay un ejemplo similar acerca del lenguaje de signos de los sordomudos en <i>Discurso del M&eacute;todo</i> (A-T, VI, 57-58). Aqu&iacute; termina, seg&uacute;n la divisi&oacute;n presentada en la introducci&oacute;n, la segunda parte de la carta que consiste en objeciones generales respecto al proyecto.    <br>  <sup><a name="num17"></a><a href="#nu17">17</a></sup>Lo que est&aacute; diciendo Descartes, en resumidas cuentas, es que un lenguaje universal requiere de la verdadera ciencia, la cual depende a su vez de un m&eacute;todo para ordenar los pensamientos, el cual es semejante al que se sigue en el ordenamiento de los n&uacute;meros. Es muy probable que Descartes est&eacute; pensando aqu&iacute; en las <i>Reglas para la Direcci&oacute;n del Esp&iacute;ritu</i> que escribi&oacute; en 1628, un a&ntilde;o antes de esta carta, donde sostiene que el recto camino de la verdad s&oacute;lo se alcanza estudiando objetos que ofrezcan una certeza semejante a la proporcionada por la aritm&eacute;tica y la geometr&iacute;a (A-T. X, 366). La certeza de las ciencias matem&aacute;ticas proviene de su m&eacute;todo, de modo que la manera en que un cierto saber puede convertirse en ciencia es tomar el m&eacute;todo matem&aacute;tico y aplicarlo a los objetos propios de este saber. As&iacute;, de la aplicaci&oacute;n del m&eacute;todo de las m&aacute;tem&aacute;ticas o <i>mathesis universalis</i> a todo objeto de conocimiento proviene la verdadera ciencia, mientras que el lenguaje es s&oacute;lo el medio en que esta ciencia se transmite. El lenguaje universal es s&oacute;lo el instrumento transparente de la Mathesis Universalis presentada en la <i>regla IV</i> (Cf. Ser&iacute;s. 1992, p. 188). N&oacute;tese el contraste con Leibniz, quien cre&iacute;a que una lengua tal pod&iacute;a inventarse a pesar de que nuestro conocimiento no fuese perfecto. Al contrario de Descartes, Leibniz piensa que esta lengua ser&iacute;a una herramienta excelente para servirnos de lo que sabemos, para darnos cuenta de lo que nos hace falta y para encontrar los medios de su alcance (Cf. Leibniz. 1988, p. 28). Descartes no le da un papel al lenguaje en el descubrimiento de nuevos conocimientos, al contrario, &eacute;ste s&oacute;lo es como un espejo que refleja (o debe reflejar) los pensamiento de la mente. El lenguaje es reducido a una funci&oacute;n meramente comunicativa, secundaria respecto al conocer (Cf. Dascal. 1994, p. 27). Hay un famoso pasaje del <i>Discuso del M&eacute;todo</i> (A-T, VI, 57-58) que Chomsky y Belaval tienen como un lugar importante a la hora de hablar del lenguaje en Descartes (Cf. Chomsky. 1969, p. 19-20; Belaval, p. 181). All&iacute;, Descartes sostiene que si bien el lenguaje es una facultad humana de la cual los animales est&aacute;n excluidos, no se requiere mucha capacidad racional para ejercerla. Esto plantea un serio divorcio entre lenguaje y conocimiento. Podemos hablar y expresarnos sin que, en principio, nuestro nivel cognoscitivo tenga alguna importancia relevante para ello.    <br>  <sup><a name="num18"></a><a href="#nu18">18</a></sup>Esta &uacute;ltima consideraci&oacute;n est&aacute; en consonancia con las afirmaciones de Bacon sobre el lenguaje que varias veces hemos traido a colaci&oacute;n.    <br>  <sup><a name="num19"></a><a href="#nu19">19</a></sup>La expresi&oacute;n en franc&eacute;s es "pays des romans"; el "pa&iacute;s de las novelas". N&oacute;tese que Descartes sostiene la posibilidad de la lengua y de la ciencia que la sustenta, pero luego se da cuenta que los requerimientos de la primera se salen del plano de lo posible. As&iacute;, Descartes s&iacute; cre&iacute;a en la posibilidad de esta ciencia, como parece mostrarlo en las <i>Reglas</i>, m&aacute;s no en la del lenguaje universal. De ese modo, el que Descartes crea posible un lenguaje tal s&oacute;lo si cumple tan altos requerimientos, podr&iacute;a ser un artificio ret&oacute;rico para no ofender a Mersenne quien podr&iacute;a ser partidario del proyecto ya en 1629. Podr&iacute;a estarle diciendo, de forma muy cort&eacute;s, que es un sue&ntilde;o demasiado ambicioso. No obstante, la formulaci&oacute;n de la cuesti&oacute;n por Descartes no deja de ser tremendamente ambigua. La cuesti&oacute;n hace que Derrida llame a esta lengua <i>posible-imposible</i>, en tanto Descartes habla de la posibilidad de una lengua imposible (Cf. Derrida. 1995, p. 69). Decir que esa lengua s&oacute;lo ser&iacute;a posible si "el mundo fuese un para&iacute;so terrenal" es tambi&eacute;n ambiguo, lo que no es necesariamente negativo: por un lado, implica retomar la lengua ad&aacute;nica, la lengua hablada en el para&iacute;so. Por otro, hace alusi&oacute;n a lo ilusorio del proyecto.    <br>  </font>  <hr>      <p><b>Referencias Bibliogr&aacute;ficas</b></p>      <p><i>Primaria</i>    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> Descartes, R. (1987). <i>Oeuvres</i>. Publi&eacute;es par Charles Adam y Paul Tannery. I. <i>Correspondence. Avril 1622- F&eacute;vrier 1638</i>. Paris. Librairie Philosophique J. Vrin. p. 76-82.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-4688200900020001100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Descartes, R. (1966). <i>Oeuvres et Lettres</i>. Textes Pr&eacute;sent&eacute;s par Andr&eacute; Bridoux. Bruges. Biblioth&egrave;que de la Pl&eacute;iade. p. 911-915.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0120-4688200900020001100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Descartes, R. (1970). <i>Philosophical Letters</i>. Translated and edited by Anthony Kenny. Oxford, Clarendon Press, p. 3-6.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-4688200900020001100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><i>Secundaria</i>    <!-- ref --><br> Arqu&iacute;medes (2005). <i>M&eacute;todo sobre los Teoremas Mec&aacute;nicos</i>. En: Hawking, S. <i>Dios Cre&oacute; los N&uacute;meros</i>. Traducci&oacute;n de Pedro Miguel Gonz&aacute;lez y Joan Vaqu&eacute; Jordi. Barcelona. Editorial Cr&iacute;tica. p. 163.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0120-4688200900020001100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bacon, F. (1988). <i>El Avance del Saber</i>. Traducci&oacute;n. y notas Mar&iacute;a Luisa Balseiro. Madrid. Alianza Editorial. p. 144-147.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0120-4688200900020001100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bacon, F. (1984) <i>Novum Organum</i>. Traducci&oacute;n de Crist&oacute;bal Litr&aacute;n. Barcelona. Ediciones Orbis.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0120-4688200900020001100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Belaval, Y. (1960). <i>Leibniz critique de Descartes</i>. Paris : Gallimard. P. 181.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0120-4688200900020001100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Chomsky, N. (1969). <i>Ling&uuml;&iacute;stica Cartesiana</i>. Traducci&oacute;n de Enrique Wulff. Madrid. Editorial Gredos. p. 19-20.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0120-4688200900020001100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dascal, M. (1994). <i>Lenguaje y Conocimiento en la Filosof&iacute;a Moderna</i>. En: Olaso, E. (ed.) <i>Del Renacimiento a la Ilustraci&oacute;n I</i>. Enciclopedia Iberoamericana de Filosof&iacute;a. v. 6. Madrid. Editorial Trotta. p. 15-51.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0120-4688200900020001100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Derrida, J. (1995). <i>Las Novelas de Descartes</i>. En: Derrida, J. <i>El Lenguaje y las Instituciones Filos&oacute;ficas</i>. Traducci&oacute;n del Grupo Decontra. Barcelona. Editorial Pa&iacute;dos. p. 55-83.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0120-4688200900020001100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Descartes, R. (1980). <i>Reglas para la Direcci&oacute;n del Esp&iacute;ritu</i>. En: Descartes, R. <i>Obras Escogidas</i>. Traducci&oacute;n de Ezequiel Olaso y Tom&aacute;s Zwanck. Buenos Aires. Editorial Charcas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0120-4688200900020001100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Eco, U. (1994). <i>La B&uacute;squeda de la Lengua Perfecta</i>. Traducci&oacute;n de Mar&iacute;a Pons. Barcelona. Editorial Cr&iacute;tica. p. 183.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0120-4688200900020001100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Garber, D &#38; Ayers, M. (Eds.). (2003). <i>The Cambridge History of Seventeenth- Century Philosophy</i>. 2 v. Cambridge. Cambridge University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0120-4688200900020001100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gaukroger, S. (1995). <i>Descartes. An Intellectual Biography</i>. Oxford. Clarendon Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0120-4688200900020001100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gaukroger, S. (1994). <i>The Sources of Descartes's Procedure of Deductive Demonstration in Metaphysics and Natural Philosophy</i>. En: Cottingham, J. (ed.) <i>Reason, Will, and Sensation. Studies in Descartes Metaphisics</i>. Oxford. Clarendon Press. p. 200-202; 445n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0120-4688200900020001100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Leibniz, G. W. (1977). <i>Nuevos Ensayos sobre el Entendimiento Humano</i>. Traducci&oacute;n de Javier Echeverria. Madrid, Editora Nacional.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0120-4688200900020001100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Leibniz, G. W. (1988). <i>Opuscules et Fragments In&eacute;dits de Leibniz</i>. Editados por L. Couturat. Hildesheim. Olms. p. 29.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0120-4688200900020001100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mersenne, M. (1986). <i>Harmonie Universelle</i>. Paris. Centre Nacional de la Reserche Scientifique.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0120-4688200900020001100018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mersenne, M. (1985). <i>Questions Inouyes ou Recreation des Scavans</i>. Dir. Michel Serres; Texte revu par Andr&eacute; Pessel. Tours. 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Traducci&oacute;n de C&aacute;rmen Garc&iacute;a-Trevijano. Madrid. Editorial C&aacute;tedra. p. 27-28&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0120-4688200900020001100021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rodis-Lewis, G. (1996). <i>Descartes</i>. Traducci&oacute;n de Isabel Sancho. Barcelona. Ediciones Pen&iacute;nsula. p. 154.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0120-4688200900020001100022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rutherford, D. (1998). <i>Universal Language</i>. En: Craig, E. (ed.) <i>Routledge Encyclopedia of Philosophy</i>. London and New York. 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