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</front><body><![CDATA[ <p>    <center><font size=4 face="verdana">      <p>    <center><b>RESE&Ntilde;A</b></center></p> <hr>  <b>FRANCIS S. COLLINS<sup>*</sup></b></font></br>  <font size=3 face="verdana"><i>&iquest;C&oacute;mo habla Dios? La evidencia cient&iacute;fica de la fe</font></i>    <br> <font size=2 face=verdana>Planeta, Bogot&aacute;, 2008, 315 pp.</p>     <p><b><i>Ramiro Ceballos Melguizo</i></b></br> Universidad de Pamplona</center></font></p>  <hr>  <font size=3 face="verdana">      <p>El Dr. Francis S. Collins, sucesor de Jim Watson en la direcci&oacute;n del famoso proyecto Genoma Humano, actualmente dirige el NIH (Instituto Nacional para la investigaci&oacute;n del genoma humano) y es miembro del Instituto de Medicina y de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de Am&eacute;rica.</p>      <p>El t&iacute;tulo original del texto que rese&ntilde;aremos es <b>The language of God</b>. Se trata de una obra que combina, en un lenguaje sencillo y nada pretencioso, la autobiograf&iacute;a intelectual, la confesi&oacute;n de fe y la divulgaci&oacute;n cient&iacute;fica. No creo que pertenezca a la lista de t&iacute;tulos que vayan, como dir&iacute;an en Espa&ntilde;a, a por el <i>Templeton</i>, premio conocido y jugoso que concede la fundaci&oacute;n del mismo nombre a las obras (no s&oacute;lo a libros, creo) que representen una valiosa contribuci&oacute;n a la religi&oacute;n. Sin embargo, el libro centra sus mejores esfuerzos en una defensa de lo que el autor denomina <i>Biologos</i>, una propuesta para armonizar las visiones cient&iacute;ficas con los principios de la fe cristiana.</p>      <p>&iquest;<b>C&oacute;mo habla Dios</b>? se sit&uacute;a en el contexto de las disputas intelectuales en torno a la compatibilidad o no entre la ciencia y la fe, las cuales tienen un car&aacute;cter de marcada controversia p&uacute;blica en la Norteam&eacute;rica de hoy d&iacute;a. Collins es un cient&iacute;fico de renombre que defiende la racionalidad de la creencia en Dios, en un Dios personal al estilo cristiano, y al mismo tiempo defiende el valor de la ciencia como &uacute;nico modo de acceso a una descripci&oacute;n y explicaci&oacute;n verdaderas de la naturaleza.</p>      <p>La obra se desarrolla en 3 partes: en la primera el autor relata su infancia y los a&ntilde;os de formaci&oacute;n acad&eacute;mica, hasta cuando se convierte en un m&eacute;dico profesional adscrito a la escuela de medicina de la Universidad de Carolina del Norte. Este relato autobiogr&aacute;fico, no excento de cierto dramatismo que Collins minimiza con gran tacto, dice pretender mostrarnos c&oacute;mo el autor lleg&oacute; a adoptar la fe sin que haya sido determinante en ello el adoctrinamiento infantil. Otro elemento de esta primera parte lo constituye la discusi&oacute;n de algunos obst&aacute;culos filos&oacute;ficos que el autor dice haber superado antes de adoptar la fe y que son tomados de las obras de C.S. Lewis. Estos argumentos pretenden rebatir cuatro dudas recurrentes a la hora de admitir a Dios: que acaso sea una ilusi&oacute;n, una proyecci&oacute;n desiderativa; que las religiones han sido y son agencias del mal y de hipocres&iacute;as; que un Dios amoroso tolera muy mal las lacras de este mundo suyo: el mal f&iacute;sico y el mal moral; por &uacute;ltimo, el problema de la admisibilidad de los milagros: &iquest;C&oacute;mo una persona racional ha de admitir hechos irracionales?</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La segunda parte aborda la cuesti&oacute;n de los l&iacute;mites de la ciencia de cara a tres preguntas fundamentales que son motivo de inter&eacute;s existencial y fronteras de la investigaci&oacute;n. Ellas son: el origen del universo, el advenimiento de la vida en la tierra y la naturaleza del mecanismo evolutivo develado por la moderna investigaci&oacute;n gen&eacute;tica.</p>      <p>La cosmolog&iacute;a moderna condujo las pesquisas hasta un primer origen inexplicable del mundo: el <i>Big bang</i>. Piensa el autor que en este punto se precisa una explicaci&oacute;n divina, pues la ciencia nos obliga a pensar un origen definido de la naturaleza y nos coloca ante el dilema de una autocreaci&oacute;n de la nada o de un origen sobrenatural. Collins colige que es m&aacute;s racional esta &uacute;ltima opci&oacute;n. En lo atinente al origen de la vida en la tierra, las ciencias de la vida se enfrentan a otra frontera misteriosa: no se ha dado soluci&oacute;n cient&iacute;fica al problema de c&oacute;mo surgi&oacute; la capacidad de alguna mol&eacute;cula primordial para hacer r&eacute;plicas de s&iacute; misma y la complejidad y diversidad de formas org&aacute;nicas subsecuentes. En este punto el autor es menos expl&iacute;cito con respecto a la invocaci&oacute;n de un Dios Creador. Sin embargo, deja entrever que, aunque el origen de la vida a partir de la materia inanimada pudiera no ser un enigma absoluto para la ciencia como parece ser el del antes del <i>Big bang</i>, de todos modos Dios estar&iacute;a tras el milagro de la vida, con iguales derechos creativos que tras el origen del mundo en una colosal explosi&oacute;n. En cuanto a los descubrimientos de la gen&eacute;tica moderna, estos constituyen un modo de descifrar el mecanismo por el cual "Dios dict&oacute; vida al ser" (p.136). Es decir, toda la evidencia que nos proporciona la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica del genoma permite develar los pasos causales por los cuales opera el continuo natural de las especies, incluidos los humanos. Esto libera a Dios de los actos especiales de creaci&oacute;n, sin excluirlo totalmente del proceso. En conclusi&oacute;n, Dios no queda depuesto como creador porque se develen los mecanismos de la vida, particularmente el c&oacute;digo gen&eacute;tico, develamiento que da soporte evidencial a las tesis darwinistas de una unidad de los seres vivos en cuanto a su naturaleza y en cuanto a su origen en un ancestro com&uacute;n. Esta segunda parte conducir&iacute;a a la conclusi&oacute;n de que la evoluci&oacute;n es un hecho irrebatible que no cuestiona, sin embargo, la idea de un Dios creador. S&oacute;lo de &eacute;l podemos derivar adem&aacute;s los atributos humanos que la ciencia no nos explica, especialmente estos dos: la presencia en nosotros del sentido moral (la conciencia de lo correcto e incorrecto) y nuestro af&aacute;n por hallar a Dios como fuente de sentido.</p>      <p>La tercera parte constituye la entrada en el debate actual entre la ciencia y la fe. Este se viene produciendo casi exclusivamente en el terreno de las ciencias biol&oacute;gicas y espec&iacute;ficamente en lo que se consideran las incompatibilidades entre teor&iacute;a evolutiva darwiniana y fe (Fe cristiana para m&aacute;s se&ntilde;as). El autor parte de la evocaci&oacute;n de la controversia del copernicanismo enfrentado a los argumentos teol&oacute;gicos de la iglesia. Este debate se sald&oacute; a favor de las evidencias cient&iacute;ficas y dej&oacute; mal paradas algunas interpretaciones en exceso literales de algunos textos sagrados. Pero, sobre todo, consolid&oacute; la legitimidad del uso de la raz&oacute;n en las pesquisas acerca de la naturaleza, quit&aacute;ndole a la Biblia la presunta funci&oacute;n de responder por el esclarecimiento del mundo natural. Collins cree que lo mismo est&aacute; destinado a acontecer en las disputas actuales entre evolucionismo y fe.</p>      <p>El an&aacute;lisis de las posturas en el actual debate lo llevan a criticar tanto el punto de vista ateo y agn&oacute;stico (cap. 7) como el punto de vista del creacionismo en su versi&oacute;n fundamentalista y literalista que sostienen l&iacute;deres e iglesias evang&eacute;licas, y seg&uacute;n el cual la tierra no tendr&iacute;a las edades geol&oacute;gicas que las ciencias le atribuyen y habr&iacute;a sido creada en los 6 d&iacute;as de 24 horas de los cuales habla el G&eacute;nesis (cap. 8) La cr&iacute;tica de la teor&iacute;a del dise&ntilde;o inteligente (D.I.) ocupa el cap. 9 y muestra c&oacute;mo &eacute;sta no es m&aacute;s que una versi&oacute;n remozada del viejo "argumento de la incredulidad personal" de Paley. El punto de vista del autor, expuesto en el cap. 10 y denominado <i>Biologos</i> o evoluci&oacute;n teista, se resume en unas pocas premisas que permitir&iacute;an concluir que... "Dios, quien no est&aacute; limitado ni por el espacio ni por el tiempo, cre&oacute; el universo y estableci&oacute; leyes naturales que lo gobiernan. Al tratar de poblar con seres vivos este universo, que de otro modo ser&iacute;a est&eacute;ril, Dios eligi&oacute; el elegante mecanismo de la evoluci&oacute;n para crear microbios, plantas y animales de todas clases. Lo m&aacute;s notable es que Dios eligi&oacute; intencionalmente el mismo mecanismo para dar lugar a criaturas especiales, dotadas de inteligencia, conocimiento del bien y el mal, libre albedr&iacute;o, y un deseo de buscar amistad con &eacute;l." (pp. 215-216).</p>      <p>El cap. 11 es la parte testimonial de la fe cristiana del autor; de c&oacute;mo lleg&oacute; a abrazar dicha fe y c&oacute;mo desde este "salto" puede exhortar a las partes enfrentadas (los creacionistas fundamentalistas y los ateos y agn&oacute;sticos) para que piensen en esta s&iacute;ntesis armoniosa que permite concebir un Dios que no es amenazado en su gloria por los avances cient&iacute;ficos y cuya existencia admitida por fe no degrada el valor de la ciencia y complementa la comprensi&oacute;n de un mundo que genera interrogantes a los que las ciencias no dan respuesta. Tal s&iacute;ntesis no constituye una prueba de la existencia de Dios a partir de evidencias cient&iacute;ficas, como fraudulentamente da a entender el subt&iacute;tulo de la versi&oacute;n en espa&ntilde;ol. El autor es m&aacute;s que claro en decir que esta visi&oacute;n unificadora es adoptable sin perjuicio de la racionalidad cient&iacute;fica, aunque siempre desde una previa aceptaci&oacute;n de lo que &eacute;l denomina "interpretaci&oacute;n espiritual del mundo", que se traduce en la aceptaci&oacute;n de la existencia de lo sobrenatural y de Dios mismo, y de Cristo como su enviado y salvador, en el caso particular de nuestro autor.</p>      <p>El libro concluye con un ap&eacute;ndice sobre bio&eacute;tica que expone algunas de las problem&aacute;ticas morales relativas a los dominios de la biolog&iacute;a y la medicina. Es una aproximaci&oacute;n sencilla a algunas cuestiones debatidas hoy en esos terrenos; no es una presentaci&oacute;n exhaustiva ni de los dilemas &eacute;ticos ni de los argumentos. Se nos recuerda al final que la urgencia de llegar a soluciones exitosas en estas problem&aacute;ticas constituye un motivo adicional para procurar el acuerdo entre visiones alineadas de un modo dogm&aacute;tico y agon&iacute;stico en torno a la fe o a la ciencia.</p>      <p>Este libro, de f&aacute;cil lectura, no tiene el prop&oacute;sito de agotar los argumentos en contra de ateos y creacionistas. M&aacute;s parece un mensaje dirigido a los seguidores no expertos de estas visiones enfrentadas. Los lectores m&aacute;s versados hallar&aacute;n algunas debilidades o simplificaciones en algunas problem&aacute;ticas que son materia de controversia filos&oacute;fica tradicional.</p>      <p>El argumento contra los ateos es particularmente d&eacute;bil. El autor reconoce que nada en el saber cient&iacute;fico avala la postulaci&oacute;n de la existencia de Dios; s&oacute;lo afirma que creer en Dios es m&aacute;s racional que no hacerlo. Sin embargo, la r&eacute;plica del ateo es adivinable: Dios es un agente supererogatorio del raciocinio puramente natural. Si creer en &eacute;l es m&aacute;s racional que no hacerlo ser&aacute; porque se est&aacute; invocando otro tipo de racionalidad.</p>      <p>Collins argumenta que la creencia en Dios se afincar&iacute;a en nuestra condici&oacute;n de agentes morales y seres sedientos de Dios, dos asuntos que la ciencia no explica. Adem&aacute;s, la fe hallar&iacute;a sustento adicional en esos misterios c&oacute;smicos que, como el origen de la vida y del universo, la ciencia no ha podido descifrar a&uacute;n. Los ateos, por su parte, dir&aacute;n con toda raz&oacute;n que de lo desconocido es posible inferir cualquier cosa, siendo sin embargo m&aacute;s racional no inferir nada, aguantando nuestra ignorancia por ahora o incluso por siempre. Y en lo que respecta a nuestra condici&oacute;n de agentes morales y seres sedientos de hallar a Dios, estas circunstancias tampoco avalan su existencia, pues, en el primer caso, uno podr&iacute;a hallar humanos virtuosos que sin embargo no creen en &eacute;l (como dijo una vez Kant refiri&eacute;ndose a Spinoza). Y, en cuanto que la sed de Dios pudiera servir de asidero para admitir su existencia, la objeci&oacute;n es que este deseo en particular puede perfectamente carecer de objeto real.</p>      <p>Lo que queda claro es que, seg&uacute;n el autor, puede creerse en Dios y ser un cient&iacute;fico (o fil&oacute;sofo, o cualquier otro agente racional) sin lesionar internamente tales proyectos por el hecho de admitir algo efectivamente sobrenatural. El problema se traslada entonces de la posible coexistencia de tales opciones te&oacute;ricas con la fe, en el plano de sus objetivaciones, al posible conflicto interno, subjetivo. Dios se torna entonces un reto colosal para el creyente mismo, es decir, para aquel a quien tal cuesti&oacute;n se le manifieste como exigencia perentoria o como problema que demande en todo caso respuesta. Mientras tanto, la evidencia "emp&iacute;rica" nos autoriza concebir un Dios que tolera muy bien el ate&iacute;smo, incluida una modalidad muy sobresaliente que, m&aacute;s que profesar, practican muchos de quienes en otros momentos son sus adoradores y adalides.</p>  </font>     ]]></body>
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