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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Santiago Castro-Gómez La hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font size="4"><b>Santiago Castro-G&oacute;mez</b></font></p>     <p align="center"><font size="4"><b>La hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustraci&oacute;n    en la Nueva Granada (1750-1816)</b></font></p>     <p>Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogot&aacute;, 2005. Pp. 345. </p>     <p><b>Lina Rocio Medina M.</b></p>     <p>Pontificia Universidad Javeriana (Colombia) <a href="mailto:lina-medina@javeriana.edu.co">lina-medina@javeriana.edu.co</a> </p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>La teor&iacute;a postcolonial surge como una corriente de pensamiento cr&iacute;tica    inspirada en la idea, hasta cierto punto obvia, de que los esquemas de categor&iacute;as    que se manejan hasta hoy en las ciencias sociales son productos humanos orientados    por intereses humanos. De esta idea se desprende que las ciencias sociales,    m&aacute;s que continuar recavando nuevas evidencias, deben reflexionar sobre    las condiciones de la producci&oacute;n de los discursos y sobre la posici&oacute;n    de quien los enuncia. Tal como afirma Dispey Charabarty, una de las voces m&aacute;s    autorizadas de esta orientaci&oacute;n te&oacute;rica, el estudio de las categor&iacute;as    universales de las ciencias humanas surgidas en el siglo XVIII es, por definici&oacute;n,    parte de la agenda de la perspectiva postcolonial que, a partir de una cr&iacute;tica    geneal&oacute;gica de dichas categor&iacute;as, intenta develar el car&aacute;cter    colonial del pensamiento ilustrado (Charabarty, 2000:5).</p>     <p>El libro de Santiago Castro titulado la Hibrys del punto cero se ubica justamente    en esta l&iacute;nea de pensamiento y se constituye en una de las primeras aproximaciones    emp&iacute;ricas al tema desde esta perspectiva te&oacute;rica. Entender por    qu&eacute; las &eacute;lites criollas del siglo XVIII realizaron una traducci&oacute;n    in situ de la ciencia ilustrada, con independencia de los condicionamientos    espaciales que supon&iacute;a la calidad de colonia espa&ntilde;ola del territorio    neogranadino, es la pregunta que gu&iacute;a la investigaci&oacute;n del autor.    Castro se&ntilde;ala, a manera de hip&oacute;tesis, que los pensadores neogranadinos    son responsables de haber traducido y enunciado el discurso del pensamiento    ilustrado sin tener en cuenta las particularidades &eacute;tnicas y culturales    de su lugar de enunciaci&oacute;n y atribuye este proceder a la pretensi&oacute;n    que ten&iacute;an los criollos de ser limpios de sangre. El autor concluye que    al enunciar el discurso ilustrado y el de la limpieza de sangre como una unidad,    los criollos intentaban posicionarse como un grupo dominante frente a los grupos    de mestizos, negros e ind&iacute;genas.</p>     <p>Santiago Castro da inicio al libro con un primer cap&iacute;tulo en el que    expone los principios te&oacute;ricos de la investigaci&oacute;n. Se&ntilde;ala    que las ciencias humanas del siglo XVIII, encarnadas principalmente por Hume,    Kant y Smith, construyeron un discurso en el que los pueblos colonizados por    Europa aparec&iacute;an en la escala m&aacute;s baja del desarrollo y sus ideas    como parte del pasado remoto de la ciencia, al mismo tiempo que erig&iacute;an    la econom&iacute;a de mercado, las instituciones pol&iacute;ticas y la ciencia    ilustrada como el estadio m&aacute;s avanzado del desarrollo de la humanidad.    Aclara que aunque Edward Said traz&oacute; adecuadamente la relaci&oacute;n    existente entre ilustraci&oacute;n, colonialismo y ciencias humanas, en su trabajo    titulado Orientalismo, el an&aacute;lisis de esta relaci&oacute;n desde Am&eacute;rica    Latina introduce un aporte fundamental a la perspectiva poscolonial, en la medida    en que las colonias m&aacute;s grandes e importantes de Europa fueron las colonias    occidentales. Sin embargo, quiz&aacute; lo m&aacute;s importante de estas primeras    precisiones te&oacute;ricas es el compromiso que el autor establece con las    tesis de Walter Mi&ntilde;olo, Enrique Dussel y An&iacute;bal Quijano y, especialmente,    con la idea de que el imaginario de blancura es el primer imaginario geocultural    del sistema-mundo, imaginario a partir de cual se legitima la divisi&oacute;n    &eacute;tnica del trabajo, as&iacute; como la transferencia de capital y materias    primas a nivel global.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Los siguientes tres cap&iacute;tulos conforman el n&uacute;cleo central del    trabajo. En el segundo cap&iacute;tulo, Santiago Castro argumenta que los &laquo;cuadros    de castas&raquo; surgidos en el siglo XVIII constitu&iacute;an una forma de    clasificaci&oacute;n que como recurso en manos de las &eacute;lites dieciochescas    justificaron la divisi&oacute;n &eacute;tnica del trabajo y la servidumbre como    pilar de la dominaci&oacute;n. Le interesa demostrar que el habitus de blancura,    como &eacute;l lo llama, estaba asociado con rasgos distintivos que las elites    neogranadinas exhib&iacute;an como capital simb&oacute;lico, tales como, el    ingreso a los colegios mayores, el uso del &laquo;Don&raquo; y la conformaci&oacute;n    de uniones matrimoniales legalizadas por la Iglesia Cat&oacute;lica. Asimismo    afirma que estas pr&aacute;cticas funcionaban como estrategias de concentraci&oacute;n    del capital econ&oacute;mico, social y cultural por parte las &eacute;lites    criollas.</p>     <p>En el siguiente cap&iacute;tulo, el autor explora la hip&oacute;tesis de que    las elites criollas rechazaron las pol&iacute;ticas del Estado Borb&oacute;n    porque involucraron medidas que estaban dirigidas a transformar el orden establecido,    expropiando a los criollos de la administraci&oacute;n, del manejo de los mecanismos    de control social y de los privilegios de clase que hasta el momento hab&iacute;an    logrado escalar. No obstante, explica Castro, a pesar de que los criollos rechazaron    desde el principio las Reformas Borb&oacute;nicas, apropiaron su esp&iacute;ritu,    es decir, su car&aacute;cter cientificista,con el prop&oacute;sito de desarrollar    nuevos dispositivos de dominaci&oacute;n. De este modo, el inter&eacute;s de    los criollos por formar en las universidades una burocracia cient&iacute;fico-t&eacute;cnica    capaz de administrar bienes del Estado como hospitales, hospicios, servicios    generales de salud y el Protomedicato, estar&iacute;a relacionado con la necesidad    de consolidar su dominaci&oacute;n.</p>     <p>Una vez el autor ha conseguido situar a los criollos en el &laquo;punto cero&raquo;,    intentar&aacute; mostrar, en el cuarto cap&iacute;tulo, que la apropiaci&oacute;n    que ellos hicieron de la ciencia ilustrada ten&iacute;a como objetivo fundamental    establecer una clara distinci&oacute;n con las castas, al diferenciar el conocimiento    del que eran poseedores, de los saberes locales. Seg&uacute;n Castro, la defensa    de la ciencia ilustrada aprueba un acto de expropiaci&oacute;n epist&eacute;mica,    que cuando no mostraba como absurdos los saberes locales, los identificaba como    la prehistoria del conocimiento, cuando resultaban &uacute;tiles. El autor concluye    que dicho acto de expropiaci&oacute;n empieza con la traducci&oacute;n de los    lenguajes y los saberes locales al lenguaje universal del m&eacute;todo cient&iacute;fico.</p>     <p>Menci&oacute;n aparte merece el quinto y &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de la    investigaci&oacute;n cuya articulaci&oacute;n con el resto del texto no parece    tan clara. Efectivamente, el autor anuncia que intentar&aacute; poner a prueba    la relaci&oacute;n entre imaginario ilustrado e imaginario de blancura desde    un &laquo;&aacute;ngulo diferente&raquo;. Cuando el prop&oacute;sito central    de la investigaci&oacute;n hab&iacute;a sido indagar por la funci&oacute;n que    cumplieron los aparatos ideol&oacute;gicos de Estado en la implementaci&oacute;n    de dispositivos de dominaci&oacute;n sobre las castas, apoyados en los postulados    del pensamiento ilustrado; ahora, el estudio se concentrar&aacute; en el an&aacute;lisis    de la lectura que los criollos hicieron del debate europeo sobre el origen del    nuevo mundo. El autor argumentar&aacute; que las expediciones acad&eacute;micas    europeas convirtieron el conocimiento geogr&aacute;fico en una herramienta para    introducir a las colonias en la din&aacute;mica del capitalismo mundial y que    dicho objetivo tambi&eacute;n fue funcional al proyecto de los criollos interesados    en proveer conocimientos al Estado para controlar la actividad econ&oacute;mica.    Lo que en rigor desea subrayar el autor, es que las tesis geogr&aacute;ficas    y ambientalistas de los cient&iacute;ficos ilustrados del siglo XVIII, fueron    utilizadas por los criollos con dos objetivos b&aacute;sicos: primero, refutar    su supuesta inferioridad, dado que ellos hab&iacute;an sido favorecidos por    el clima y las condiciones geogr&aacute;ficas propias de las monta&ntilde;as    de los Andes y, segundo, confirmar que la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena constitu&iacute;a    un obst&aacute;culo para el desarrollo en la medida en que estos aspectos naturales    no les favorecieron. Destaca, en favor de su argumentaci&oacute;n, la tesis    de Jorge Tadeo Lozano seg&uacute;n la cual los hijos de las razas trasplantadas    a Am&eacute;rica aprendieron a controlar racionalmente el clima y pudieron explicar    satisfactoriamente la ausencia de contribuciones a la ciencia y a las artes    como el retrazo propio de una &laquo;naci&oacute;n joven&raquo;.</p>     <p>El texto finaliza, a manera de ep&iacute;logo, con un conjunto de aclaraciones    metodol&oacute;gicas que, con toda seguridad, debieron haber hecho parte de    la introducci&oacute;n. No se trata, como pudiera pensarse, de una recapitulaci&oacute;n    de las reflexiones precedentes, sino de informaci&oacute;n precisa acerca de    c&oacute;mo leer los conceptos utilizados a lo largo del texto. De hecho, me    atrevo a sugerir que, para tener una mejor compresi&oacute;n del libro, se debe    comenzar con una lectura del ep&iacute;logo, pues las indicaciones que en este    apartado se realizan est&aacute;n relacionadas con los aspectos m&aacute;s problem&aacute;ticos    del texto. Aunque se debe reconocer que no existen textos completamente acabados    y que la aproximaci&oacute;n del autor no tiene muchos antecedentes conocidos,    tambi&eacute;n es necesario decir que a lo largo del texto surgen varios interrogantes    que hacen dudar de la coherencia te&oacute;rica y metodol&oacute;gica de la    investigaci&oacute;n.</p>     <p>Me parece, en primera instancia, que si los estudios orientados desde la perspectiva    poscolonial, como se&ntilde;ala Arturo Escobar, deben aspirar a inaugurar una    nueva epistemolog&iacute;a o a constituirse en un nuevo espacio para la producci&oacute;n    de conocimiento, las investigaciones que se orientan desde esta perspectiva    deben estar en capacidad como m&iacute;nimo de develar rupturas epistemol&oacute;gicas    mediante la implementaci&oacute;n de propuestas metodol&oacute;gicas novedosas    (Escobar, 2003:51). No obstante, la propuesta metodol&oacute;gica de esta investigaci&oacute;n    exhibe varios problemas: el autor no revis&oacute; fuentes originales; utiliz&oacute;    fuentes secundarias que aportan conclusiones poco novedosas; no hizo menci&oacute;n    alguna al hecho de que los trabajos que presenta como sus principales registros,    es decir, los trabajos que proceden de los Estudios Sociales de la Ciencia,    est&aacute;n orientados desde una perspectiva te&oacute;rica diferente a la    postcolonial y, finalmente, realiz&oacute; una lectura carente de profundidad    hist&oacute;rica de fuentes que est&aacute;n en el centro de un debate historiogr&aacute;fico    que intenta comprender el car&aacute;cter epistemol&oacute;gico de las tesis    que sobre la naturaleza del nuevo mundo surgieron en los siglos XVI, XVII y    XVIII.</p>     <p>La afirmaci&oacute;n de Santiago Castro seg&uacute;n la cual su inter&eacute;s    no es realizar un trabajo hist&oacute;rico le permite tomarse algunas licencias    como referirse, por ejemplo, a la Nueva Granada o a Colombia de forma indistinta    cuando sus comentarios aluden al siglo XVIII; o como, para el mismo siglo, dar    por hecho una estructura burocr&aacute;tica tecno-cient&iacute;fica que s&oacute;lo    aparecer&aacute; en Colombia durante el siglo XX y, por supuesto, la existencia    de sectores de clase media asociados a dicha estructura; el autor, incluso,    se permite ignorar trabajos que han puesto en cuesti&oacute;n la existencia    de una &uacute;nica &eacute;lite criolla con un &uacute;nico proyecto nacionalista    y los argumentos que han hablado en favor de la existencia de un proyecto alternativo    de las clases subordinadas frente a las &laquo;elites blancas&raquo;<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup>.</p>     <p>Pero lo que en verdad resulta problem&aacute;tico, es que la falta de claridad    del profesor Castro respecto al lugar historiogr&aacute;fico que ocupan sus    fuentes termine por contradecir sus propios argumentos. As&iacute;, por ejemplo,    decide dar por sentado el trabajo de Antonello Gerbi y citarlo como criterio    de verdad, cuando desde la propia historiograf&iacute;a orientada por la perspectiva    postcolonial se han puesto en evidencia sus limitaciones. Jorge Ca&ntilde;izares-Esguerra    se&ntilde;ala que hoy no es posible acercarse de modo acr&iacute;tico al trabajo    de Gerbi, ya que aunque no estaba de acuerdo con las perspectivas denigrantes    sobre el nuevo mundo reproduce en sus propios escritos varias de ellas. Ca&ntilde;izares    se&ntilde;ala, por ejemplo, que Gerbi se refer&iacute;a a la historia de Francisco    Clavijero como grotesca y rid&iacute;cula y a la literatura de autores hispano-americanos    como despreciable. Nos recuerda que para Gerbi aquellos autores hispano-americanos    que rechazaron las tesis de Buffon, Paw y Roberson lo hicieron desde nociones    beligerantes, airadas y muy resentidas, pero no desde un cuerpo org&aacute;nico    de argumentos y datos (Ca&ntilde;izares, 2001:347-348). Esto para decir que    siendo los principales registros del autor obras que aparecen en el centro de    un debate sobre el m&eacute;todo hist&oacute;rico no es posible sencillamente    automarginarse argumentando que no ha pretendido realizar un trabajo hist&oacute;rico.</p>     <p>En segunda instancia, pienso que el uso de los conceptos de Pierre Bourdieu    que hace el autor abren serios interrogantes acerca de la coherencia te&oacute;rica    de su investigaci&oacute;n. Si dentro de la perspectiva postcolonial existen    dudas acerca del alcance de los aportes cr&iacute;ticos realizados por el postestructuralismo    y el deconstruccionismo y sobre la continuidad que pueden tener estas teor&iacute;as    dentro de la cr&iacute;tica poscolonial, cabe preguntarse c&oacute;mo es posible    vincular a la agenda postcolonial una obra que, como la de Pierre Bourdieu,    plantea una cr&iacute;tica a la modernidad a&uacute;n menos radical que las    perspectivas mencionadas con anterioridad.</p>     <p>Ahora bien, m&aacute;s all&aacute; del uso indiscriminado que el autor hace    de los conceptos de capital cultural, capital simb&oacute;lico e imaginario    cultural para referirse a la limpieza de sangre, resulta evidente que el tratamiento    que da a la categor&iacute;a de habitus es impreciso. Primero, porque ser&iacute;a    necesario diferenciar un proceso de configuraci&oacute;n de las estructuras    sociales internalizadas, estructuradas y estructurantes -para utilizar las palabras    de Bourdieu-, de lo que en el texto s&oacute;lo puede afirmarse como un proceso    de identificaci&oacute;n o construcci&oacute;n de representaciones sociales.    Y, segundo, porque al hacer referencia a la categor&iacute;a de habitus, el    autor tambi&eacute;n se obliga a hacer referencia a los mecanismos de reproducci&oacute;n    social, que no son lo mismo que los aparatos ideol&oacute;gicos de Estado. Si    bien el an&aacute;lisis social de Pierre Bourdieu puede ser identificado con    una orientaci&oacute;n reproductivista de la sociedad, lo cierto es que su teor&iacute;a    se aparta de la determinaci&oacute;n estructuralista de la acci&oacute;n, luego    no parece muy afortunado utilizar el t&eacute;rmino de aparatos ideol&oacute;gicos    de Estado, con toda su carga estructuralista, cuando adem&aacute;s se supone    que debe emerger un sujeto capaz de transformar las tradiciones culturales en    su propio beneficio. Por &uacute;ltimo, tal como se&ntilde;ala Bourdieu, el    uso del concepto de capital simb&oacute;lico es apropiado s&oacute;lo cuando    un determinado valor es percibido por los dominados como tal, es decir, si hay    consenso social en torno al valor del valor (Bourdieu, 1997:108). As&iacute;,    al referirse a la limpieza de sangre como capital simb&oacute;lico, el autor    tendr&iacute;a que confirmar que exist&iacute;a consenso social acerca del valor    de dicha condici&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Me resta s&oacute;lo referirme a lo que considero el problema metodol&oacute;gico    m&aacute;s complicado de la investigaci&oacute;n. Si se asume desde la perspectiva    postcolonial que las voces de los subalternos habitan en el cuerpo y en las    m&aacute;rgenes del texto y que es probable recuperar dichas voces mediante    el uso de t&eacute;cnicas ret&oacute;ricas desarrolladas por la cr&iacute;tica    literaria, cabe indagar porqu&eacute;, siendo &eacute;ste el proyecto central    de los investigadores poscoloniales, Santiago Castro ignora a los sujetos subalternos    como lugares de enunciaci&oacute;n. Es probable, incluso, que sin las aclaraciones    te&oacute;ricas del primer cap&iacute;tulo, un lector poco informado acerca    de las pretensiones de la perspectiva postcolonial no encuentre demasiada diferencia    entre este trabajo y una t&iacute;pica investigaci&oacute;n sobre la asimilaci&oacute;n    de ideas metropolitanas por parte de las elites neogranadinas. En el p&aacute;rrafo    final del ep&iacute;logo, el autor se&ntilde;ala que aunque la referencia a    los &laquo;conocimientos subalternos&raquo; est&aacute; en el coraz&oacute;n    mismo de la teor&iacute;a postcolonial, este tema no fue plenamente abordado    en su trabajo; entonces, parece oportuno preguntar si no resulta incoherente    la exhortaci&oacute;n inicial a la construcci&oacute;n de pluralismo epistemol&oacute;gico    cuando el an&aacute;lisis insiste en una denuncia de la apropiaci&oacute;n que    realizaron los criollos del conocimiento ilustrado y de los aparatos ideol&oacute;gicos    de Estado para proteger los privilegios que se derivaban de su condici&oacute;n    &eacute;tnica.</p>     <p>No obstante lo expuesto, pienso que el libro de Santiago Castro tiene la enorme    bondad de intentar un an&aacute;lisis de la condici&oacute;n de los criollos    del siglo XVIII desde una perspectiva te&oacute;rica novedosa. Considero que    la intenci&oacute;n de realizar estudios sim&eacute;tricos acerca de las mutuas    determinaciones que producen las relaciones de localidad y globalidad, marca    una ruta que puede ofrecer desarrollos sustantivos especialmente en el campo    de los estudios hist&oacute;ricos del siglo XVIII y de la historiograf&iacute;a    de las ciencias sociales. La investigaci&oacute;n de Santiago Castro debe ser    entendida como un aporte en esta l&iacute;nea de an&aacute;lisis y como una    contribuci&oacute;n inicial, en un escenario en el que todav&iacute;a son pocos    los que han dado pasos para construir una nueva narrativa del siglo XVIII.</p> <hr size="1"> <font face="verdana" size="1">      <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> V&eacute;ase, por ejemplo, el trabajo de Alfonso Munera titulado &laquo;Jos&eacute;    Ignacio de Pombo: poblador de las tinieblas&raquo; (Cient&iacute;ficos criollos    e ilustraci&oacute;n, 1999), o los estudios de Luis Fernando Restrepo: Un nuevo    reino imaginado: Las Eleg&iacute;as de varones ilustres de Indias de Juan de    Castellanos. (Instituto Colombiano de Cultura Hisp&aacute;nica, 1999), &#8220;Narrating    Colonial Interventions: Don Diego de Torres, cacique of Turmeque&#8221; (Colonialism    Past and Present, 2002). &#8220;Sacred and Imperial Topographies in Juan de    Castellanos&#8217;s Eleg&iacute;as de varones ilustres de Indias&#8221; (Mapping    Colonial Spanish America, 2002). V&eacute;ase tambi&eacute;n los trabajos de    Francisco Ortega: &laquo;Crisis social, trauma y el mundo colonial: nuevas propuestas    desde la historiograf&iacute;a cultural&raquo; (Anuario Colombiano de Historia    Social y de La Cultura. Bogot&aacute;, 2003. v.30) y &#8220;The Staging of the    Fatalidad Lastimosa or the Creole Nation&acute;s Unviability (International    Seminar on the History of the Atlantic World, 1500-1825, 2002).</p> </font>  <hr size="1">     <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <p>Chakrabarty, Dipesh. 2000. Provincializing Europe: Postcolonial thought and    historical difference. Princeton University Press. </p>     <p>Escobar, Arturo. 2003. &laquo;Mundos y conocimientos de otro modo&raquo;. Tabula    Rasa. 1: 51-86.</p>     <p>Ca&ntilde;izares-Esguerra, Jorge. ?2001.2001. How to Write the History of the    New World: History, Epistemology, and Identities in the Eighteenth-Century Atlantic    World. Stanford University Press. </p>     <p>Bourdieu, Pierre. 1997. Razones pr&aacute;cticas. Barcelona:.Anagrama.</p> </font>       ]]></body>
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