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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Cavilaciones sobre la esperanza: entre los intersticios de la antropología y la política]]></article-title>
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<article-title xml:lang="pt"><![CDATA[Cogitações sobre a esperança: entre os interstícios da antropologia e a política]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font size="4"><b>Cavilaciones sobre la esperanza: entre los    intersticios de la antropolog&iacute;a y la pol&iacute;tica<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup></b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>Reflections About Hope: In the Space Between    Anthropology and Politics </b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>Cogita&ccedil;&otilde;es sobre a esperan&ccedil;a:    entre os interst&iacute;cios da antropologia e a pol&iacute;tica.</b></font></p>     <p><b>M&oacute;nica Godoy Ferro</b><sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup></p>     <p>Programa de Antropolog&iacute;a - Universidad Externado de Colombia <a href="mailto:monicagodoyf@yahoo.com">monicagodoyf@yahoo.com</a>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">    <p></p>     <p>En octubre de 2006, durante las actividades de conmemoraci&oacute;n de los    40 a&ntilde;os del departamento de antropolog&iacute;a de la Universidad Nacional    de Colombia, un grupo de estudiantes me invit&oacute; &#8211;junto con otros    egresados de distintas generaciones&#8211; a hablar de mi experiencia profesional.    Este evento tuvo por objetivo reflexionar sobre nuestro papel en la antropolog&iacute;a    e intercambiar opiniones acerca de la &eacute;tica del cient&iacute;fico social    en la actualidad. Ante ese auditorio mi intenci&oacute;n fue, y tambi&eacute;n    lo es ahora, encontrar, a trav&eacute;s de la narraci&oacute;n de mi trayectoria    personal, experiencias similares que nos hermanaron como generaci&oacute;n en    los noventas y que a&uacute;n contin&uacute;an enmarcando nuestro quehacer.</p>     <p>En ese sentido, esta ponencia es una reflexi&oacute;n inacabada que parte desde    la experiencia propia, entretejida a varias voces, con las vivencias de algunos    colegas. Su objetivo es aportar una mirada cr&iacute;tica acerca de las actuales    condiciones de trabajo de los y las investigadoras sociales en Colombia. Lejos    de ser resultado de una investigaci&oacute;n concienzuda &#8211;una de las tareas    pendientes&#8211;, este texto debe ser considerado como una invitaci&oacute;n    para abrir un debate amplio sobre el impacto que tienen las nuevas l&oacute;gicas    del capital &#8211;visibles en las transformaciones del mundo laboral y en la    guerra&#8211; en la creaci&oacute;n de conocimiento desde las ciencias sociales.    Para ello, echo mano de mi historia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Yo pertenezco a esa generaci&oacute;n que ingres&oacute; a la universidad con    la ca&iacute;da del muro de Berl&iacute;n y el estallido de la Uni&oacute;n    Sovi&eacute;tica. Encaramos el repliegue y la desesperanza que para algunos    significaron estos hechos y crecimos intelectualmente con la avanzada de los    nuevos paradigmas en las ciencias sociales.</p>     <p>En ese contexto, las expresiones de organizaci&oacute;n estudiantil eran d&eacute;biles.    Si bien el ingreso a la universidad p&uacute;blica nos dio la oportunidad de    recibir formaci&oacute;n profesional, algunos de nosotros no limit&aacute;bamos    a ello nuestras expectativas. Esper&aacute;bamos encontrar espacios de participaci&oacute;n    en el movimiento estudiantil que lleg&oacute; a nuestros o&iacute;dos envuelto    en historias de rebeld&iacute;a de las d&eacute;cadas de los sesentas y setentas.    Sin embargo, los primeros a&ntilde;os de los noventas eran tiempos de incertidumbre    y desconcierto.</p>     <p>Como sobrevivientes del naufragio de los sue&ntilde;os, un poco aturdidos por    el derrumbe del ejemplo vivo del comunismo, algunos nos convertimos en miembros    de organizaciones gremiales, culturales y colectivos de estudio, entre otros.    Por lo general, nos reunimos en grupos peque&ntilde;os &#8211;que a su vez generaban    disidencias y &eacute;stas otras m&aacute;s&#8211; y enfrentamos muchas dificultades    para lograr acuerdos. Con tama&ntilde;a fragilidad organizativa, insistimos    en la defensa del car&aacute;cter p&uacute;blico de la educaci&oacute;n y en    la necesidad de hacer ciencia para el pueblo. Un pueblo que &#8211;de manera    frecuente&#8211; aparec&iacute;a masificado, ex&oacute;geno y sin rostro. Un    pueblo dibujado en los discursos ideol&oacute;gicos o acad&eacute;micos y en    la iconograf&iacute;a mural estudiantil, pero distante de la mayor parte de    aquellos que est&aacute;bamos en la universidad.</p>     <p>En el intento de zanjar dicho alejamiento, revivi&oacute; el entusiasmo por    los trabajos barriales y rurales que, para algunos de nosotros, ri&ntilde;eron    con el ejercicio intelectual reticente del debate pol&iacute;tico que, por ese    entonces, era ya una tendencia en auge. Durante los noventas &#8211;y creo que    en buena parte de la historia del departamento de antropolog&iacute;a de la    U. Nacional&#8211; fue una excepci&oacute;n terminar la carrera en menos de    diez a&ntilde;os. Est&aacute;bamos aprendiendo del mundo en un vaiv&eacute;n    entre el adentro y el afuera de las mallas de la Ciudad Universitaria.</p>     <p>En el sal&oacute;n de clases la generaci&oacute;n de los setentas fue nuestra    maestra. Algunos de esos profesores asumieron que las discusiones sobre el compromiso    pol&iacute;tico y la &eacute;tica del cient&iacute;fico social eran &laquo;viejos    enfoques&raquo; o anquilosamientos del pensamiento que recordaban las preocupaciones    panfletarias de los intelectuales de la izquierda, quienes se quedaron viviendo    para siempre en los sesentas. Hubo un llamado generalizado a correr al feliz    encuentro de la renovaci&oacute;n, una renovaci&oacute;n que en el campo cient&iacute;fico    prometi&oacute; enfocar sus fuerzas para hacer de las ciencias sociales una    fuente de conocimiento liberado de totalitarismos, en especial, de aquellos    impuestos por los marxismos y otras teor&iacute;as que pretendieron dar una    explicaci&oacute;n general de la realidad humana.</p>     <p>Tambi&eacute;n fue este el tiempo de la fragmentaci&oacute;n de esa realidad    e incluso de su completa desaparici&oacute;n. Este hecho trajo consigo el reconocimiento    de la derrota sufrida por la etnograf&iacute;a cl&aacute;sica intentando conocer    &laquo;desde el punto de vista de los nativos&raquo; y nos dej&oacute; en la    v&iacute;a de la interpretaci&oacute;n, la ficci&oacute;n cientificista y la    performancia etnogr&aacute;fica. El trabajo de campo intensivo, que hab&iacute;a    sido la principal herramienta para generar conocimiento etnogr&aacute;fico y,    adem&aacute;s, era el rito inici&aacute;tico antropol&oacute;gico m&aacute;s    importante, cay&oacute; en desuso.</p>     <p>Durante los noventas, en las ciencias sociales tomaron fuerza los enfoques    del &laquo;giro ling&uuml;&iacute;stico&raquo;, donde la cultura fue reinventada    como texto, discurso y representaci&oacute;n. Desde estas perspectivas, la etnograf&iacute;a    qued&oacute; constre&ntilde;ida a una ret&oacute;rica disciplinar cercana a    la ficci&oacute;n literaria, a trav&eacute;s de la cual el investigador erige    su experiencia en el trabajo de campo &#8211;a manera de testificaci&oacute;n    o autor-izaci&oacute;n&#8211; como &uacute;nica fuente de su texto-etnograf&iacute;a.    &Eacute;sta ya no con el inter&eacute;s de conocer otras gentes y culturas,    sino con el peso insoslayable de la matriz cultural del etn&oacute;grafo que,    en &uacute;ltima instancia, ser&iacute;a la &uacute;nica que podr&iacute;a conocerse    y describirse con propiedad por el contraste con &laquo;lo diferente&raquo;,    o mejor, con &laquo;los diferentes&raquo;.</p>     <p>Ahora tengo la sensaci&oacute;n de que este proceso de ensimismamiento de la    etnograf&iacute;a signific&oacute; un esfuerzo exigente de mantener vivo un    corpus cient&iacute;fico desvanecido en realidades inestables, fragmentadas    e incomprensibles. Consecuencia del auge de la &laquo;metaetnograf&iacute;a&raquo;,    creo que, como generaci&oacute;n, crecimos en un ambiente hipercr&iacute;tico    y ap&aacute;tico, abocados a la especificidad cultural, a la antropolog&iacute;a    de peque&ntilde;o alcance, en una marcada tendencia hacia la descripci&oacute;n    de lo &iacute;ntimo y lo m&aacute;s cercano. Sin duda, pienso que fue un intento    de buscar seguridad en medio de la crisis de las certezas.</p>     <p>Tambi&eacute;n en este tiempo se hicieron evidentes las contradicciones originadas    por los cambios. Pululaban las culpas &laquo;mal repartidas&raquo; por tener    como cuna disciplinar al imperialismo. Algunos docentes organizaron diversos    seminarios, congresos y encuentros para charlar sobre el pensamiento y las ciencias    sociales en Latinoam&eacute;rica. Surgieron enfoques cr&iacute;ticos que plantearon    la necesidad de desprenderse de aquella matriz euroc&eacute;ntrica y hegem&oacute;nica,    intentando ser &laquo;pol&iacute;ticamente correctos&raquo; en un mundo que    se hizo tan diverso como inasible.</p>     <p>A la vez pienso que se arraig&oacute; un cierto temor por no estar a tono con    los vientos triunfalistas declarados por la nueva evoluci&oacute;n del &laquo;estallido    de la realidad&raquo;. Para entonces, ser llamado marxista en p&uacute;blico    podr&iacute;a tomarse como un insulto que te ubicaba como un ser terco y &laquo;corto    de vista&raquo; que no atinaba a ponerse a tono con las &eacute;pocas actuales.    Para algunos, hablar del ejercicio de una antropolog&iacute;a comprometida en    producir conocimiento para la transformaci&oacute;n de las condiciones de vida    de cientos de personas pobres en el mundo, fue considerado m&aacute;s una consigna    militante que una preocupaci&oacute;n realmente cient&iacute;fica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Este abandono masivo de los principios y las aspiraciones de las izquierdas    tuvo como abanderados a algunos decididos militantes de a&ntilde;os antes. Sin    embargo, &eacute;ste no fue un fen&oacute;meno local o nacional. A principios    de los noventas, en Colombia, sintiendo el efecto de la tendencia mundial, se    intensific&oacute; el abandono de la aspiraci&oacute;n por hacer un ejercicio    acad&eacute;mico comprometido con las luchas sociales. Tendencia que sentimos    en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n nosotros, j&oacute;venes y entusiastas que,    sin experimentar a&uacute;n el peso de la derrota, nos encontramos con la frustraci&oacute;n    y el pesimismo intelectual del mundo adulto. Esta nueva especie de escepticismo    pol&iacute;tico-acad&eacute;mico dec&iacute;a muy poco del mundo que est&aacute;bamos    descubriendo y que dese&aacute;bamos transformar.</p>     <p>Asimismo, en este tiempo nos recordaron de nuevo la importancia del distanciamiento    entre el investigador y sus informantes, algunas veces llamados de esta manera    u otras como sujetos participantes de la investigaci&oacute;n, beneficiarios,    contrapartes, entre otros eufemismos m&aacute;s. Bajo una nueva forma de positivismo,    la distancia y la actitud cient&iacute;fica fueron an&aacute;logas y se consideraron    requisitos necesarios para la correcta aplicaci&oacute;n del m&eacute;todo etnogr&aacute;fico    en el trabajo de campo. Otra vez, se neg&oacute; la participaci&oacute;n y la    emoci&oacute;n del investigador, o bien, en una tendencia en apariencia antag&oacute;nica    pero en esencia similar, se sobredimension&oacute; su papel haci&eacute;ndole    el dios creador-ficcionador de todo lo conocido. Por una parte, creo que con    frecuencia se confundi&oacute; la actitud reflexiva de extra&ntilde;amiento    frente a las pr&aacute;cticas sociales naturalizadas con la b&uacute;squeda    de una impostura de objetividad desapasionada, y, por la otra, la subjetividad    del investigador se convirti&oacute; en el &uacute;nico retazo de realidad comprensible.</p>     <p>Pero como todos no fuimos por id&eacute;nticos caminos ni tampoco al mismo    ritmo, algunos otros antrop&oacute;logas y antrop&oacute;logos no se resquebrajaron    en la desesperanza y el autismo intelectual. Insistieron en la importancia de    analizar la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica que tiene todo proceso de producci&oacute;n    de conocimiento antropol&oacute;gico; continuaron con la intenci&oacute;n de    develar el funcionamiento de diversos sistemas de sujeci&oacute;n, marginaci&oacute;n,    silenciamiento, explotaci&oacute;n y dominaci&oacute;n. No s&oacute;lo con una    intenci&oacute;n descriptiva, sino al abrigo de una aspiraci&oacute;n de transformaci&oacute;n    social.</p>     <p>Aquellos maestros y maestras nos despertaron el inter&eacute;s por conocer    recorriendo territorios ajenos, por hacer trabajo de campo en contacto con los    &laquo;otros&raquo;, &laquo;los diferentes&raquo;, as&iacute; fuera un tanto    dif&iacute;cil, por entablar di&aacute;logos y consensos con las comunidades    involucradas, lo cual hizo cada vez m&aacute;s necesario precisar, junto con    ellas, los objetivos acad&eacute;micos y los compromisos intelectuales y pol&iacute;ticos    adquiridos por el investigador. En mi opini&oacute;n, estos tercos e insistentes    docentes, con casi todos los vientos en contra suya, contribuyeron abiertamente    a la formaci&oacute;n de la sensibilidad pol&iacute;tica y humana del estudiantado.</p>     <p>Entre dos corrientes, entre la esperanza y la desolaci&oacute;n, entre renovaciones    y continuidades, nos movimos en los noventas. Para m&iacute;, aquella formaci&oacute;n    profesional se tradujo en una trayectoria polifac&eacute;tica y ambivalente.    He trabajado como etn&oacute;grafa en zonas de agudos conflictos sociales y    armados; la primera vez, contratada por una organizaci&oacute;n campesina recorr&iacute;    el sur de Bol&iacute;var con el objetivo de elaborar un plan de desarrollo participativo    en donde la intervenci&oacute;n e inversi&oacute;n estatales respetaran las    nociones de bienestar propias y las necesidades identificadas por los mismos    pobladores de aquella regi&oacute;n. Fueron dos a&ntilde;os de trabajo de campo    &#8211;con algunas pausas dictadas por la ejecuci&oacute;n del proyecto&#8211;    realizado a la manera cl&aacute;sica, &laquo;viviendo con ellos, entre ellos    y como ellos&raquo;. Tan entre ellos estaba que tuve que desplazarme forzosamente,    junto con la mayor parte de la poblaci&oacute;n, cuando increment&oacute; la    presi&oacute;n militar y paramilitar sobre la zona. Sin un fuerte apoyo institucional,    sin recursos log&iacute;sticos, en un contexto de fuerte estigmatizaci&oacute;n    de las formas de organizaci&oacute;n campesina y de cualquier persona vinculada    a ellas, los etn&oacute;grafos en terreno fuimos un poblador m&aacute;s amenazado    por la guerra.</p>     <p>Los diarios de campo de aquella experiencia son una colecci&oacute;n de impresiones    y sensaciones profundas contadas a retazos, cuando el cansancio lo permiti&oacute;.    Escrib&iacute; reflexiones sobre la guerra, descripciones hechas con furia por    la impotencia, diatribas contra el Estado y las organizaciones internacionales    que no lograban frenar la situaci&oacute;n o no les interesaba hacerlo, peleas    contra el militarismo y el guerrillerismo autoritario. Pero tambi&eacute;n en    esos diarios quedaron escritos episodios de solidaridad en medio del peligro,    narraciones detalladas sobre la capacidad de recreaci&oacute;n de las sociedades    que viven en medio de las dificultades generadas por la pobreza y las confrontaciones    armadas.</p>     <p>En este contexto, como investigadora, me pregunt&eacute; sobre el distanciamiento    de la objetividad cient&iacute;fica predicada por algunos desde las aulas. Comprend&iacute;    que la indignaci&oacute;n que produce la injusticia no necesariamente opaca    la capacidad de ver y analizar las l&oacute;gicas de las relaciones sociales;    s&oacute;lo me procur&oacute; un motor emocional que dialog&oacute; con la formaci&oacute;n    antropol&oacute;gica. Algunas veces tuvo mayor peso la primera y en otras la    segunda. En ese sentido, sigo considerando necia la insistencia en incomunicar    al investigador de sus creencias, de su sensibilidad, y en enajenarlo de su    capacidad de acci&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p>Volviendo a mi experiencia en el sur de Bol&iacute;var, los resultados formales    del proceso de investigaci&oacute;n, es decir, el texto del plan de desarrollo    para la regi&oacute;n, qued&oacute; en letra muerta. La poblaci&oacute;n de    la zona sufri&oacute; un proceso de destierro masivo y de repoblamiento. El    compromiso del Estado de ejecutar dicho plan se remplaz&oacute; por el impulso    al cultivo agroindustrial de la palma aceitera. La econom&iacute;a campesina    tradicional, amenazada ya por los cultivos de uso il&iacute;cito, qued&oacute;    bajo el fuego modernizador estatal. Apareci&oacute; de nuevo el viejo fantasma    que apur&oacute; a los etn&oacute;grafos de principios del siglo XX a describir    formas de vida que desaparecer&iacute;an inevitablemente por la propagaci&oacute;n    de la industrializaci&oacute;n. En este caso no estaban amenazadas s&oacute;lo    otras formas de nombrar, organizar y percibir el universo, sino que estaba comprometida    la vida misma de los habitantes.</p>     <p>Con los planes de la m&aacute;s reciente inserci&oacute;n de territorios y    gentes a la econom&iacute;a capitalista, llegaron tambi&eacute;n diversas organizaciones    con el objetivo de intentar paliativos contra los efectos de la guerra y de    ampliar la comprensi&oacute;n de los conflictos agrarios y sociales. El caso    del sur de Bol&iacute;var presenta semejanzas con otros procesos vividos en    Putumayo, Guaviare, Arauca, Choc&oacute; y otras zonas que pasaron de ser invisibles    en la pol&iacute;tica social del Estado a convertirse en regiones cada vez m&aacute;s    apetecidas para la inversi&oacute;n de capitales extranjeros y en escenarios    para las acciones de recuperaci&oacute;n militar e intervenci&oacute;n humanitaria.    En este contexto de ejecuci&oacute;n del Plan Colombia y del Plan Patriota,    los antrop&oacute;logos de mi generaci&oacute;n encontramos posibilidades de    empleo en instituciones estatales o en organizaciones no gubernamentales. Un    empleo, por lo general, inestable y de miope alcance acad&eacute;mico y pol&iacute;tico.    Este &uacute;ltimo punto merece una mayor atenci&oacute;n.</p>     <p>Las organizaciones no gubernamentales financiadas por las agencias del sistema    internacional de las Naciones Unidas, o bien, por gobiernos o oeneg&eacute;s    internacionales &#8211;a primera vista preocupados por la situaci&oacute;n de    guerra en Colombia&#8211;, ocupan una parte significativa de los cient&iacute;ficos    sociales en el pa&iacute;s. Sin embargo, las formas de trabajo propuestas por    buena parte de estas organizaciones reproducen l&oacute;gicas de dependencia    econ&oacute;mica y promueven la competencia desigual por los modestos recursos    para ejecutar proyectos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>No es para nadie un secreto la enorme cantidad de capitales que se mueven a    trav&eacute;s de la ayuda internacional y sus muy discretos logros a la hora    de alivianar las crisis humanitarias generadas por la guerra. Sumado a lo anterior,    son evidentes los efectos en la burocratizaci&oacute;n de organizaciones de    profesionales que se articularon para crear oeneg&eacute;s y comprometerse con    la causa de &laquo;cualquier oprimido&raquo; &#8211;que con frecuencia era definido    en concordancia con los intereses de moda en las agencias de financiaci&oacute;n&#8211;,    o los graves resultados que estas pr&aacute;cticas de subvenci&oacute;n produjeron    en las asociaciones populares o de base que se vieron abocadas a tener personer&iacute;a    jur&iacute;dica para competir en la asignaci&oacute;n de recursos y entraron,    casi obligadas, a la l&oacute;gica de este mercado, intentando aprovechar lo    que en principio se consider&oacute; como una oportunidad pol&iacute;tica.</p>     <p>En este contexto se produjo un giro interesante: los nuevos protagonistas de    las luchas sociales ya no eran la gente, &laquo;las personas de a pie&raquo;    que con acciones directas ejerc&iacute;an presi&oacute;n al Estado para obtener    atenci&oacute;n a sus demandas. Ahora, gracias a una especie de impostura, los    funcionarios de las oeneg&eacute;s son quienes, seguramente con las mejores    intenciones, se erigieron en voceros y representantes de los intereses de la    sociedad civil. Esto no es invento nativo; las agencias internacionales est&aacute;n    induciendo este tipo de cambio al cimentar su trabajo en la ideolog&iacute;a    y la &eacute;tica liberal de los derechos humanos, supuestamente universales,    haciendo invisibles a los causantes enriquecidos con la violencia y expresando    una fr&aacute;gil posici&oacute;n &eacute;tica en el asistencialismo humanitarista,    en la realizaci&oacute;n de infinitas recomendaciones al Estado &#8211;casi    todas incumplidas, valga recordar&#8211; y en la interposici&oacute;n de acciones    jur&iacute;dicas como las &uacute;nicas herramientas de acci&oacute;n pol&iacute;tica    posibles. Nuestro destino quedo en manos de abogados.</p>     <p>Si bien es innegable su papel importante en la atenci&oacute;n de emergencia    a las cat&aacute;strofes de las guerras y en la denuncia sobre las violaciones    a los derechos humanos, son menos p&uacute;blicos y han sido poco analizados    los efectos negativos de esta impostura e intermediaci&oacute;n, en tanto enajenan    a las personas m&aacute;s afectadas por la reciente expansi&oacute;n del capitalismo    de su capacidad de adelantar por s&iacute; mismos acciones pol&iacute;ticas    autodeterminadas y aut&oacute;nomas en el estrecho marco que dejan a sus ciudadanos    los principios del estado-naci&oacute;n moderno y su &laquo;imperio de la ley&raquo;.    Aqu&iacute; no me refiero precisamente a la violencia revolucionaria que, en    nuestro caso, no ha demostrado capacidad suficiente de transformaci&oacute;n    social ni ha podido llevar a cabo su programa pol&iacute;tico de unidad con    los sectores populares. Hablo de la movilizaci&oacute;n y protesta social, independientes    de la aspiraci&oacute;n por hacerse al poder del Estado, que surgen del descontento    y la indignaci&oacute;n por las condiciones de injusticia en la que vivimos    y que propone un cambio urgente de las estructuras y las formas de vida generadas    por el capitalismo.</p>     <p>Por lo general, en este contexto de oenegizaci&oacute;n, la investigaci&oacute;n    social qued&oacute; atada a la indagaci&oacute;n sobre violaciones a los derechos    humanos y reducida a un remedo vergonzoso. All&iacute; la etnograf&iacute;a    se limita a entrevistas elementales del c&oacute;mo, cu&aacute;ndo y d&oacute;nde,    que con alg&uacute;n cinismo algunos llaman semi-estructuradas. Recopilaci&oacute;n    de testimonios, historias de vida &#8211;que en realidad son breves relatos    fragmentados&#8211; y talleres son algunas de las t&eacute;cnicas m&aacute;s    utilizadas.</p>     <p>Pensemos en un ejemplo t&iacute;pico, en un proyecto de tres meses. El trabajo    de campo ser&iacute;a de un par de semanas en promedio y consistir&iacute;a    en &laquo;recoger los datos&raquo; como quien va con escoba y recogedor tras    una informaci&oacute;n f&aacute;ctica que est&aacute; all&iacute; dentro de    los informantes y que hay que procurar sacar con la mayor brevedad posible porque    la financiaci&oacute;n no da para m&aacute;s: hay que entregar el informe final    y recibir el &uacute;ltimo desembolso que asegura la sobrevivencia de la organizaci&oacute;n    y el sueldo del equipo de investigaci&oacute;n.</p>     <p>Al cabo de los tres meses, la antrop&oacute;loga est&aacute; desempleada y    en procura de encontrar otra oeneg&eacute; que necesite de sus servicios t&eacute;cnicos.    Su formaci&oacute;n acad&eacute;mica y pol&iacute;tica es subutilizada, incluso    innecesaria o a veces inc&oacute;moda; lo verdaderamente importante es la t&eacute;cnica,    la mec&aacute;nica. En esas condiciones, es muy dif&iacute;cil hacer investigaci&oacute;n,    pensar, deducir, conocer, comprender una sociedad. El ritmo de producci&oacute;n    impuesto requiere sacar informes como galletas, que terminan repletos de lugares    comunes y con fuertes falencias te&oacute;ricas y metodol&oacute;gicas. Desde    all&iacute;, la relaci&oacute;n con la &laquo;comunidad investigada&raquo; no    es una cuesti&oacute;n de voluntad o compromiso pol&iacute;tico del investigador,    sino que se encuentra sujeta a condiciones objetivas determinadas por las transformaciones    y readaptaciones del capitalismo que cre&oacute; nuevas mercanc&iacute;as y    abri&oacute; canales para su comercializaci&oacute;n, flexibiliz&oacute; la    contrataci&oacute;n laboral, impuls&oacute; los salarios integrales y defini&oacute;    intereses en la investigaci&oacute;n e intervenci&oacute;n social.</p>     <p>Gracias a lo anterior, una parte importante de los compa&ntilde;eros de mi    generaci&oacute;n nos vimos abocados a desarrollar dos o tres trabajos distintos    de manera simult&aacute;nea para obtener alg&uacute;n grado de seguridad econ&oacute;mica    que desaparece como polvo al vaiv&eacute;n de las pol&iacute;ticas neoliberales    de las agencias internacionales y sus movimientos contractuales. Podr&iacute;amos    pensar que &eacute;ste es un proceso de proletarizaci&oacute;n acelerada del    trabajo intelectual para la industria del conocimiento y los servicios.</p>     <p>Otra parte de los colegas &#8211;los menos, hay que decir&#8211; lograron costear    un postgrado &#8211;en Colombia o de preferencia en el extranjero&#8211; que    puede facilitar la continuaci&oacute;n de una carrera acad&eacute;mica en las    universidades, pero no por ello est&aacute;n exentos de sobresaltos por una    creciente escasez de recursos propios para la investigaci&oacute;n y por vivir    dependiendo de contratos semestre a semestre. Las universidades p&uacute;blicas    y privadas entraron a la puja por la obtenci&oacute;n de la financiaci&oacute;n    que haga &laquo;sostenibles&raquo; los procesos investigativos. El &eacute;xito    en tama&ntilde;a empresa depende en buena medida del lobby pol&iacute;tico,    los contactos personales y el reconocimiento extendido con su consecuente autoridad    cient&iacute;fica.</p>     <p>Pienso que a los j&oacute;venes antrop&oacute;logos nos queda el desasosiego    del trabajo en las oeneg&eacute;s o, bien, entrar en una relaci&oacute;n como    asistente de investigaci&oacute;n o disc&iacute;pulo de un maestro reconocido    a manera de padrino, hasta que tengamos la edad suficiente para hacer uso de    nuestras propias clientelas. Es interesante observar los rasgos de pensamiento    medieval, no en el sentido peyorativo sino descriptivo, de la permanencia del    car&aacute;cter discipular y jer&aacute;rquico que contiene esta pr&aacute;ctica    de formaci&oacute;n en el oficio.</p>     <p>Pese al estrecho y apesadumbrado panorama, por mi experiencia s&eacute; que    existen otras posibilidades de hacer antropolog&iacute;a en Colombia. La imaginaci&oacute;n    y la creatividad a la hora de la utilizaci&oacute;n de los recursos nos permitieron    &#8211;junto con un grupo de compa&ntilde;eras feministas&#8211; desarrollar    un trabajo de investigaci&oacute;n de largo aliento en la C&aacute;rcel Nacional    de Mujeres. Con un presupuesto inicial de seis meses cumplimos cuatro a&ntilde;os.    Asimismo, durante dos a&ntilde;os, junto con el Comit&eacute; de mujeres de    Inz&aacute;, Cauca, desarrollamos un proceso de investigaci&oacute;n etnogr&aacute;fica    sobre el trabajo productivo y reproductivo de las mujeres campesinas que dio    como resultado el fortalecimiento de las redes organizativas de base, el establecimiento    de nuevos contactos con organizaciones aut&oacute;nomas y la movilizaci&oacute;n    masiva de cerca de dos mil campesinas e ind&iacute;genas en defensa de la tierra    y de sus formas de trabajo y de vida. La autogesti&oacute;n, colaboraci&oacute;n    mutua y solidaridad se entretejen para intentar otros caminos para la vida y    la pr&aacute;ctica profesional.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Conozco otras experiencias como la nuestra de trabajo asociado vinculado por    la empat&iacute;a pol&iacute;tica y por las ganas de contribuir con el conocimiento    a la transformaci&oacute;n social, poniendo en cuesti&oacute;n las formas organizativas    tradicionales de las izquierdas para reconocer, en la multiplicidad de experiencias    populares, formas de conocimiento aut&eacute;nticas y v&aacute;lidas sobre lo    propio: es en relaci&oacute;n con ellas como vamos produciendo comprensi&oacute;n    e interpretaci&oacute;n antropol&oacute;gica.</p>     <p>Antes que una propuesta concluida, &eacute;sta es una ruta posible para aprender    a comprender, escuchar y aceptar al otro que es, al fin de cuentas, el objetivo    de la antropolog&iacute;a. Aunque para algunos suene poco cient&iacute;fico,    riesgoso o atrasado, nosotros ya no consideramos la posibilidad de fracturar    a la investigadora de la ciudadana, de la pol&iacute;tica, del sujeto sexuado,    de la apasionada y de la humana. Aunque estas facetas se expresen de diferente    manera no siempre coherente ni libre de contradicciones.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo podemos extender esas experiencias marginales en la acci&oacute;n    pol&iacute;tica y la investigaci&oacute;n antropol&oacute;gica? Creo que es    necesario construir una antropolog&iacute;a aut&oacute;noma, es decir, una pr&aacute;ctica    permanente de cuestionamiento frente al poder, sea econ&oacute;mico, acad&eacute;mico    o de otro tipo. La autonom&iacute;a significa libertad y autodeterminaci&oacute;n.    Para ello, es necesario recuperar la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica del quehacer    de la investigaci&oacute;n social y asir nuevamente la agencia social para todo    investigador. Enfrentar el unanimismo y la desesperanza es una tarea colectiva;    ya que no puede lograrse de manera individual, entonces la discusi&oacute;n    y el debate quedan propuestos.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> Una primera versi&oacute;n de este texto fue le&iacute;da&nbsp; en la conmemoraci&oacute;n    de los 40 a&ntilde;os del departamento de antropolog&iacute;a de la Universidad    Nacional de Colombia en octubre de 2006.</p>     <p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> Antropologa de la Universidad Nacional de Colombia, candidata a maestra de    historia de la Pontificia Universidad Javeriana. Docente del programa de Antropolog&iacute;a    de la Universidad Externado de Colombia.</p> <hr size="1"> </font>       ]]></body>
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