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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>Los escogidos</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>Patricia Nieto</b></font></p>     <p>Medell&iacute;n: S&iacute;laba,     <br> 2012, 110 pp.    <br> ISBN: 978-958-57165-3-7</p>     <p>Ocurri&oacute; en una de las presentaciones del libro <i>Los escogidos, </i>en el &aacute;tico de la casa republicana Barrientos, sede cultural de Comfenalco en Medell&iacute;n, donde los asistentes a un taller de cr&oacute;nica escuchaban a Patricia Nieto narrar las historias de los muertos del agua, los que bajan flotando por el r&iacute;o Magdalena y que, piadosamente, recoge el sepulturero de Puerto Berr&iacute;o para enterrar en el pabell&oacute;n de los olvidados. Al escuchar su nombre, una de las asistentes, Estela Bedoya, pidi&oacute; la palabra y entre l&aacute;grimas exclam&oacute;: &quot;&iexcl;&iexcl;Yo s&iacute; dec&iacute;a, &eacute;se es Arnulfo, mi sepulturero adorado, el que guard&oacute; los restos de mi muchacho que me mataron all&aacute; los paramilitares, cuando iba en su moto llegando al Alto del Aguila!!&quot;. Que entre menos de quince personas reunidas estuviera la madre de una v&iacute;ctima, otra posible protagonista del libro, nos estremeci&oacute; m&aacute;s que los rayos que retumbaban esa lluviosa tarde de abril.</p>     <p>Quiz&aacute; ni siquiera fue casualidad, sino que a Patricia la escogen las v&iacute;ctimas para contarle sus historias. As&iacute; le ha pasado los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os, en los que ha recogido, sin tregua, sus voces, sobre todo en los municipios antioque&ntilde;os m&aacute;s azotados por la violencia, que ha recorrido en bus, una y otra vez siete veces para escribir esta historia de Puerto Berr&iacute;o , entre n&aacute;useas por las curvas del camino y los relatos de las carnicer&iacute;as que sal&iacute;an a su paso.</p>     <p>Lucy, una mujer que necesitaba un milagro para sacar su grado de enfermera en Medell&iacute;n, fue su Ariadna en esta historia, donde al tirar del hilo, como de un anzuelo, sali&oacute; el primer muerto. Lucy vio que en el pueblo vecino, Puerto Boyac&aacute;, le rezaban a las &aacute;nimas de los ene enes, y decidi&oacute; implantar este culto en el cementerio de su pueblo. Tanto le rez&oacute; a su &aacute;nima, la de un guerrillero, que recibi&oacute; el dinero que necesitaba. En agradecimiento, pint&oacute; su tumba de color berenjena y lleva trece a&ntilde;os cumpliendo el ritual de los 'Lunes de Difuntos' en este cementerio, semejante a una carpa de circo por la variedad de colores con las que los devotos pintan y repintan las l&aacute;pidas escogidas.</p>     <p>Como Lucy, una veintena de personajes entran y salen de escena en este libro, y valga la analog&iacute;a, porque sus voces, sus gestos, sus silencios, sus ceremonias tienen un aire de tragedia griega, como de <i>Ant&iacute;gona, </i>una de las referencias literarias que se cuelan entre las l&iacute;neas de la cronista y de su coro de vivos y de muertos; asimismo aparecen <i>Pedro P&aacute;ramo, </i>de Juan Rulfo; Thomas Lynch con <i>El enterrador; El ahogado m&aacute;s hermoso del mundo, </i>de Garc&iacute;a M&aacute;rquez, entre otros cl&aacute;sicos relacionados con la muerte y el olvido, que dejan resonancias en el lector, como el ta&ntilde;ir de la campana del animero llamando a rezar a las &aacute;nimas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pasan por la corriente de este relato los pescadores que se atienen a la prohibici&oacute;n de pescar los muertos del agua, existente desde hace m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os, cuando comenzaron a arrojar cad&aacute;veres a este y a todos los r&iacute;os del pa&iacute;s; &quot;no hay pepes en el r&iacute;o&quot; es la consigna para seguir pescando. El jugador de f&uacute;tbol fracasado que le llora a su NN Mujer, que le ha cobrado caro sus abandonos y tambi&eacute;n lo ha salvado de morir. El forense que durante diez a&ntilde;os hizo todas las autopsias del cementerio y termin&oacute; bautizando a los NN para identificarlos cuando los familiares fueran a reclamar sus restos: Nelson Noel, Nevardo Nevada, Nancy Navarro, Narciso Nanclares..., como sacados de la <i>Cr&oacute;nica de una muerte anunciada. </i>El propietario de la funeraria San Judas, que reconoce haber sepultado 786 muertos del agua, a los cuales transport&oacute; en su limusina cobre. El animero, que les conversa y les reza a las &aacute;nimas, por voluntad propia y por encargo.</p>     <p>&quot;El relato de los vivos que en puerto Berr&iacute;o escogen una tumba de un NN para bautizarlo con su propio apellido y convertirlo en una deidad personal capaz de hacer milagros o vengarse con sa&ntilde;a es, en manos de Patricia Nieto, un r&iacute;o caudaloso como el Magdalena&quot;, dice en el pr&oacute;logo el cronista argentino Cristian Alarc&oacute;n. Y a continuaci&oacute;n, en un escaso centenar de p&aacute;ginas se suceden los cap&iacute;tulos cual actos dram&aacute;ticos: I. Es un muerto del agua; II. Y hallaron dolientes, uno para cada uno; III. &iquest;Llamaste a tu mam&aacute; en el &uacute;ltimo minuto?, y IV. En la puerta de ese m&aacute;s all&aacute;.</p>     <p>En <i>Los escogidos, </i>la cronista se aferra a la primera persona como a un tronco para no hundirse en las aguas turbulentas de la memoria de los deudos. Su voz reflexiva reivindica al cronista que, antes que &quot;cubrir&quot;, descubre los dramas olvidados de la guerra. Interroga a los vivos y a los muertos, observa, huele, palpa, juzga, divaga y masculla su dolor mientras magnifica con lenguaje po&eacute;tico lo s&oacute;rdidamente triste y cotidiano del camposanto. No est&aacute; all&iacute; para recoger declaraciones, como el reportero que hace un mandado, sino para encontrarle sentido a un ritual y de paso solidarizarse con quienes perdieron padres, hermanos, hijos, amigos, v&iacute;ctimas de victimarios innombrables.</p>     <p>Adem&aacute;s de darle forma a estos fuegos fatuos, la cronista apela a los recursos propios del g&eacute;nero, con recreaci&oacute;n de escenas y de di&aacute;logos que solo proporciona la realidad m&aacute;s desquiciada, no la ficci&oacute;n; datos reveladores, contexto de pa&iacute;s y hasta apuntes ir&oacute;nicos que dejan caer sus entrevistados, para quitarle hierro a tanto drama. Por no hablar de la gran paradoja que encierra esta historia, donde los vivos se empe&ntilde;an en nombrar a los innombrables. Llama la atenci&oacute;n su tendencia a clasificar las especies, los oficios, los rituales; as&iacute; lo hace en uno de los cap&iacute;tulos finales, cuando la antrop&oacute;loga reconstruye delicadamente el esqueleto de un joven, en presencia de su peque&ntilde;o hijo y de su madre. Como en una lecci&oacute;n de anatom&iacute;a, va nombrando los huesos, reverencial y pausadamente, a medida que va rehaciendo la historia de Robinson Emilio Castrill&oacute;n Carrasquilla, hasta que aparece armado en el mes&oacute;n, cuan largo era, diez a&ntilde;os atr&aacute;s. As&iacute;, ya sin carnes, lo conoce la cronista y lo reconoce su madre.</p>     <p>Don Arnulfo, el sepulturero, le dijo a Estela Bedoya cuando fue por primera vez al cementerio de Puerto Berr&iacute;o: &quot;Tranquila, se&ntilde;ora, no se preocupe que una familia ya lo adopt&oacute;&quot;. <i>&quot;Dos a&ntilde;os y medio despu&eacute;s, cuando fui a recoger los restos le ped&iacute; que me entregara huesito por huesito; &eacute;l me dijo que ten&iacute;a mucho que hacer, y yo le dije que no se preocupara, que le daba toda la plata que ten&iacute;a en la billetera. Cada huesito lo estrechaba contra mi coraz&oacute;n, le daba un beso y lo colocaba en una cajita que hab&iacute;a llevado&quot;.</i></p>     <p>As&iacute; termin&oacute; el relato de Estela Bedoya sobre su hijo C&eacute;sar Ovidio Ospina, en aquella tertulia de la Casa Barrientos, y empez&oacute; una nueva historia para Patricia Nieto, que como cronista asumi&oacute; la tenebrosa y humana labor de exhumar la memoria de las v&iacute;ctimas del conflicto armado. En <i>Llanto del para&iacute;so. Cr&oacute;nicas de la guerra en Colombia </i>(2009), Premio Nacional de Cultura de la Universidad de Antioquia, da testimonio de esa realidad a trav&eacute;s de las v&iacute;ctimas invisibles, principalmente mujeres. Y desde el 2006 ha publicado tres antolog&iacute;as de los talleres realizados con desplazados, bajo el auspicio de la Alcald&iacute;a de Medell&iacute;n: <i>Jam&aacute;s olvidar&eacute; tu nombre </i>(2006), <i>El cielo no me abandona </i>(2007) y <i>D&oacute;nde pis&eacute; a&uacute;n crece la hierba </i>(2010), libros que, dice ella, &quot;duelen, arden y molestan&quot;. Pero obran milagros, como Milagros, nombre ficticio de una NN a la que la cronista invoca con una voz tan dulce que conmover&iacute;a hasta las piedras. Hasta los asesinos, si leyeran.</p>     <p align="right"><b><i>Maryluz Vallejo Mej&iacute;a    <br> </i></b>Doctora en Ciencias de la Informaci&oacute;n, Universidad de Navarra, Espa&ntilde;a    <br> Profesora titular, Departamento de Comunicaci&oacute;n Facultad de Comunicaci&oacute;n y Lenguaje    <br> Pontificia Universidad Javeriana    ]]></body>
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