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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[ENTRE LA IMAGEN Y EL PENSAMIENTO: A PROPÓSITO DEL PENSAMIENTO DE GILLES DELEUZE]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[It is common to consider images as subordinate to thought and its structures. However, Deleuze's philosophy developed an effort to reverse that assumption. He supports a new possibility of thought, and modern cinematography offers a significant image for this alternative to the extent that it frees thinking from the logical structure of narrative cinema. Modern films struggle to find new forms, and their images challenge philosophical thought to become different from tradition. In short, modern cinema frees philosophy from the burden of its own presuppositions.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">     <p align="center"><font size="4"><b>ENTRE LA IMAGEN Y EL PENSAMIENTO: A PROP&Oacute;SITO DEL PENSAMIENTO DE GILLES DELEUZE<sup>*</sup></b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>BETWEEN IMAGE AND THOUGHT: AN APPROACH TO GILLES DELEUZE'S THOUGHT</b></font></p>     <p align="center">Juan David C&aacute;rdenas**</p>     <p>** Pontificia Universidad Javeriana.</p>     <p>* Recibido: 24.07.11 Aceptado: 30.09.11 </p> <hr>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>Por lo general, se considera que la imagen est&aacute; subordinada al pensamiento y a sus estructuras. Sin embargo, el pensamiento deleuziano se esfuerza por invertir tal idea. Deleuze afirma nuevas posibilidades para el pensamiento y para ello se sirve de la alternativa que ofrece el cine moderno en relaci&oacute;n con las formas cl&aacute;sicas del relato. El cine moderno intenta encontrar nuevas formas y sus im&aacute;genes desaf&iacute;an el pensamiento filos&oacute;fico exigi&eacute;ndole diferenciarse del de la tradici&oacute;n. En suma, el cine moderno tiene el poder de liberar al pensamiento filos&oacute;fico del peso de sus propios presupuestos.</p>     <p><i><b>Palabras clave:</b> </i>imagen, pensamiento, filosof&iacute;a, cine, Deleuze</p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>It is common to consider images as subordinate to thought and its structures. However, Deleuze's philosophy developed an effort to reverse that assumption. He supports a new possibility of thought, and modern cinematography offers a significant image for this alternative to the extent that it frees thinking from the logical structure of narrative cinema. Modern films struggle to find new forms, and their images challenge philosophical thought to become different from tradition. In short, modern cinema frees philosophy from the burden of its own presuppositions.</p>     <p><i><b>Key words:</b> </i>image, thought, philosophy, cinema, Deleuze</p> <hr>     <p align="right"><b>De ida y de vuelta: entre la imagen y el pensamiento</b></p>     <p>A prop&oacute;sito de su inter&eacute;s por el cine, materializado en dos vol&uacute;menes de los <i>Estudios sobre cine, </i>Gilles Deleuze advierte que nunca dej&oacute; de actuar en calidad de fil&oacute;sofo. &Eacute;l nunca escribi&oacute; tales textos con la intenci&oacute;n de hacer cr&iacute;tica o teor&iacute;a cinematogr&aacute;fica en sentido estricto, aunque haya quienes los puedan leer en esa clave, sino que m&aacute;s bien se mantuvo siempre dentro de los m&aacute;rgenes de la filosof&iacute;a en cuanto en ning&uacute;n momento se rehus&oacute; a utilizar la herramienta distintiva de esta disciplina, a saber, el concepto. Extra&ntilde;o maridaje. Si permanecemos anclados a&uacute;n al terreno de la filosof&iacute;a parece que el cine no es m&aacute;s que un motivo anecd&oacute;tico y accidental y, por tanto, intercambiable. Usualmente, la filosof&iacute;a llega a imponerse sobre la imagen por el poder del concepto como aquello que devela la verdad m&aacute;s profunda que se oculta tras lo que se ofrece a la mirada. La primac&iacute;a del fil&oacute;sofo sobre el artista en Plat&oacute;n, la proximidad de la tragedia a la filosof&iacute;a como garante de su dignidad en Arist&oacute;teles o la subordinaci&oacute;n del arte con relaci&oacute;n a la teolog&iacute;a y a la filosof&iacute;a en Hegel, son claras muestras de esta tradici&oacute;n que ha ubicado al concepto por encima de la imagen. Pero, a los ojos del autor de <i>La l&oacute;gica del sentido, </i>esto no es nada evidente. El cine tambi&eacute;n tiene mucho que decirle a la filosof&iacute;a. As&iacute; como la filosof&iacute;a puede englobar a la imagen por el concepto, la imagen, a su vez, puede ense&ntilde;arle al fil&oacute;sofo algo sobre el pensamiento. En esta tensi&oacute;n cine-filosof&iacute;a, la &uacute;ltima tiene mucho que aprender. El cine tiene el poder de interpelar al pensamiento al ofrecerle una imagen de su propia actividad. La imagen en el cine tiene la potencia de expresar la operatividad que est&aacute; a la base del pensamiento.</p>     <p>A Deleuze le atraen ciertas alternativas pl&aacute;sticas, literarias y cinematogr&aacute;ficas, porque ellas han materializado una revoluci&oacute;n de sus formas. Han revolucionado el espacio pict&oacute;rico, o el ambiente sonoro en la m&uacute;sica, o la unidad sem&aacute;ntica del lenguaje en la literatura; y, en el campo del cine, algo similar ocurre. El cine moderno ha violentado la percepci&oacute;n, desarticulando la unidad org&aacute;nica del espacio y del tiempo de la narraci&oacute;n cl&aacute;sica. Con estas revoluciones, cada una en su propio campo, la percepci&oacute;n y los afectos se enrarecen para hacernos saber que a&uacute;n no entendemos las posibilidades del sentir. As&iacute; mismo, el cine tiene el poder de disparar mecanismos de pensamiento que pondr&iacute;an en evidencia que a&uacute;n no sabemos lo que puede entra&ntilde;ar la actividad pensante. Por eso, el cine tiene la capacidad de ofrecerle a la filosof&iacute;a una imagen de sus propios mecanismos y, con ello, en la revoluci&oacute;n de sus propias formas cinematogr&aacute;ficas, ense&ntilde;arle al fil&oacute;sofo posibilidades insospechadas del pensamiento. Deleuze lo formula as&iacute;: &quot;la imagen se convierte en pensamiento, es capaz de expresar los mecanismos del pensamiento, al mismo tiempo que la c&aacute;mara asume diversas funciones que act&uacute;an como verdaderas funciones preposicionales&quot; (2006: 87). El cine no es crasa imagen en movimiento sin m&aacute;s, &eacute;l posee una gram&aacute;tica y una narrativa propias en las que las im&aacute;genes se encadenan seg&uacute;n principios de inferencia y progresi&oacute;n l&oacute;gica que hacen del <i>film </i>algo inteligible e incluso, como afirma Deleuze, algo legible. Pero, no basta con se&ntilde;alar que el cine como arte alcanza el estatuto, en cierto sentido, de lenguaje; no basta con encontrar que el encadenamiento entre sus elementos no es azaroso y que posee una l&oacute;gica propia. El cine no s&oacute;lo piensa en este sentido, &eacute;l &mdash;parece que mejor que ninguna otra expresi&oacute;n art&iacute;stica&mdash; est&aacute; en condici&oacute;n de ofrecerle al pensamiento y, particularmente, a la filosof&iacute;a, una imagen del pensamiento mismo. En el cine, el <i>film </i>tiene el poder de darle al pensamiento una imagen de su propia actividad.</p>     <blockquote> 	    <p>La relaci&oacute;n entre el cine y la filosof&iacute;a es la relaci&oacute;n entre la imagen y el concepto. Pero el concepto encierra en s&iacute; mismo una cierta relaci&oacute;n con la imagen, y la imagen comporta una referencia al concepto: por ejemplo, el cine ha intentado siempre construir una imagen del pensamiento, de los mecanismos del pensamiento. Y no por ello es abstracto, sino todo lo contrario (Deleuze, 2006: 107-108).</p> </blockquote>     <p>La imagen y el concepto hacen alusi&oacute;n el uno al otro, en un movimiento sim&eacute;trico, en la medida en que el concepto puede referirse a la imagen para hacer patente su valor est&eacute;tico y, a la vez, la imagen tiene la capacidad de hacer visible para el pensamiento el juego din&aacute;mico de las relaciones que lo constituyen, esto es, la imagen puede hacerle saber al pensamiento su estructuraci&oacute;n como pensamiento. Por ejemplo, el cine de Sergei Eisenstein asocia las im&aacute;genes seg&uacute;n una trama relacional que traza circuitos por oposici&oacute;n de contrarios que, en su movilidad, ponen en evidencia el sentido del choque para el pensamiento dial&eacute;ctico. En el encuadre como choque de contrarios &mdash;Luz/oscuridad, tierra/agua, rico/pobre,...&mdash; y en el montaje como yuxtaposici&oacute;n de planos que chocan, el <i>film </i>hace visible la din&aacute;mica misma del mundo como organismo dial&eacute;ctico.</p>     <p>Pero, no se trata de una simple met&aacute;fora. El esfuerzo deleuziano no consiste en usar las artes pl&aacute;sticas, la literatura o el cine como met&aacute;foras de lo que se propone la filosof&iacute;a. El recurso a estas disciplinas es literal. Ellas hacen con sus medios lo que puede hacer la filosof&iacute;a con los propios, de tal modo que cada cual revoluciona la sensibilidad o el pensamiento a su modo, estimulando sin querer revoluciones en &aacute;mbitos insospechados. Claro, entre las distintas disciplinas resuenan sus transformaciones, pero nunca se trata de traducir un modelo del pensamiento que se aplicar&iacute;a a las formas del arte y a la filosof&iacute;a en general, ni mucho menos de ver en el uso de las artes un recurso pedag&oacute;gico para ilustrar por analog&iacute;a el por venir de la filosof&iacute;a. A prop&oacute;sito de sus textos sobre cine, alguien le pregunt&oacute; a Deleuze sobre el poder metaf&oacute;rico del cine sobre la filosof&iacute;a. El autor de <i>Diferencia y repetici&oacute;n </i>respondi&oacute; de la siguiente manera:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>No hay modelos propios de una disciplina o saber. Lo que a m&iacute; me interesa son las resonancias, aunque cada dominio tenga sus ritmos, sus historias, sus evoluciones y mutaciones extempor&aacute;neas. Puede que una de las artes tenga una primac&iacute;a y ponga en marcha una mutaci&oacute;n que luego ser&aacute; reproducida por otra, pero cada una con sus propios medios &#91;...&#93; Hay resonancias entre los acontecimientos decisivos de ambas historias, aunque no se asemejen en lo m&aacute;s m&iacute;nimo (Deleuze, 2006: 107)<sup><a href="#1" name="1.">1</a></sup>.</p> </blockquote>     <p>As&iacute;, las artes m&aacute;s que reproducir o modelar el destino de la filosof&iacute;a, lo que hacen es m&aacute;s bien presionarla, actuar sobre ella como quien impulsa a alguien a que se lance a la piscina. Las artes act&uacute;an sobre la filosof&iacute;a as&iacute; como &eacute;sta puede actuar en sentido inverso sobre ellas. No hay met&aacute;fora en este sentido, sino m&aacute;s bien un permanente juego de acciones y reacciones. La imagen cinematogr&aacute;fica no metaforiza al concepto, sino que lo presiona, lo estimula. No se trata de ver c&oacute;mo se imitan mutuamente sino, por el contrario, c&oacute;mo se afectan, como act&uacute;an en una relaci&oacute;n rec&iacute;proca que no deja a ninguno de los dos igual a lo que era. Entonces, no se trata de buscar el modelo art&iacute;stico que seguir&aacute; la filosof&iacute;a, ni mucho menos la met&aacute;fora pl&aacute;stica del futuro del concepto. M&aacute;s bien, en la diversidad de figuras que usa Deleuze se trata de ver c&oacute;mo la imagen cinematogr&aacute;fica y el concepto filos&oacute;fico chocan, se abrazan y estremecen mutuamente para afectarse incitando sus m&uacute;ltiples devenires.</p>     <p>Deleuze, entonces, no afirma la reductibilidad del cine a la filosof&iacute;a, ni del concepto a la imagen cinematogr&aacute;fica. Al contrario, su formulaci&oacute;n parte del respeto por su mutua especificidad. Pero, justamente en esta irreductibilidad, la tensi&oacute;n entre ambos campos pone en evidencia algo que en su separaci&oacute;n tiende al ocultamiento, esto es, la relaci&oacute;n positiva entre la imagen y el pensamiento. O dicho en otros t&eacute;rminos, as&iacute; como la cinematograf&iacute;a cl&aacute;sica asumi&oacute; como suya la forma natural de la imagen, en la narraci&oacute;n l&oacute;gica, causal y total, la filosof&iacute;a se adjudic&oacute; como su presupuesto de base una cierta <i>imagen </i>de lo que significa pensar.</p>     <p>Desde sus primeras obras, Deleuze no deja de llamar la atenci&oacute;n sobre esto: la tradici&oacute;n filos&oacute;fica siempre ha presupuesto con convicci&oacute;n una idea de lo que es eso de pensar. Desde su texto sobre Proust, Deleuze rastrea la imagen del pensamiento presupuesta por la tradici&oacute;n filos&oacute;fica. Previamente al acto de pensar, el fil&oacute;sofo ya ha decidido en qu&eacute; consiste esta actividad. De antemano, la decisi&oacute;n fundamental ya ha sido tomada. &quot;&iquest;Qu&eacute; fil&oacute;sofo no aspirar&iacute;a a construir una imagen del pensamiento que ya no dependiese de una buena voluntad del pensador y de una decisi&oacute;n premeditada?&quot; (Deleuze, 1972: 183). Por ejemplo, en la medida que Plat&oacute;n contempla las Ideas supone de antemano qu&eacute; es pensar y cu&aacute;l es su contenido. En el acto meditativo de Descartes, la filosof&iacute;a resuelve con anterioridad al pensamiento de qu&eacute; se trata su ejercicio. En s&iacute;ntesis, tal como se lo ha entendido tradicionalmente, al pensamiento en su actividad le antecede una decisi&oacute;n fundamental en la que se juega <i>a priori </i>lo que significa pensar. Y el cine, dice Deleuze, tiene el poder de hacer manifiesta esta imagen del pensamiento presupuesta por la filosof&iacute;a. Pero, asimismo, el cine moderno se esfuerza por desarticular tal presuposici&oacute;n. Formulado en pocas palabras: en la tensi&oacute;n entre el cine cl&aacute;sico y el moderno se juega la reiteraci&oacute;n de una imagen org&aacute;nica presupuesta en el pensamiento, o su rechazo a trav&eacute;s de su desarticulaci&oacute;n en la inorganicidad.</p>     <p>Usualmente, se entiende al pensamiento como una actividad natural que no requiere de m&aacute;s presuposiciones que la espont&aacute;nea facultad del raciocinio. De acuerdo con esto, el pensamiento se soporta en el suelo s&oacute;lido que le otorgan las propias leyes de su din&aacute;mica racional. Habr&iacute;a as&iacute; una candidez natural del pensamiento: &quot;el fil&oacute;sofo presupone de buena gana que el esp&iacute;ritu como tal esp&iacute;ritu, que el pensador como tal pensador, quiere lo verdadero, ama y desea lo verdadero, busca naturalmente lo verdadero. Se otorga <i>a priori </i>una buena voluntad del pensar; basa toda su b&uacute;squeda en una 'decisi&oacute;n predeterminada'&quot; (Deleuze, 1972: 177). Sin embargo, si nos instalamos un paso atr&aacute;s de estos presupuestos, si nos aproximamos con el olfato de aquel que inspecciona incluso en lo invisible, veremos otra cosa. No hay tal naturalidad del pensamiento, ni mucho menos una relaci&oacute;n inmediata entre el concepto y la raz&oacute;n. No hay una estructura natural del pensamiento, ni una din&aacute;mica espont&aacute;nea de la filosof&iacute;a en el concepto. Aunque invisible en primera instancia, un concepto habita en un espacio conceptual que lo acoge y le otorga potencia intelectiva. Una idea, un concepto, una noci&oacute;n, alcanzan su poder intelectivo siempre en el entramado singular del plano del pensamiento que los acoge y que les imprime dignidad. Es decir, no hay pensamiento por fuera del campo problem&aacute;tico en el que pensar de tal o cual modo se llena de sentido. S&oacute;lo as&iacute;, en su mundo concreto de determinaciones te&oacute;ricas, en el plano de pensamiento que lo alberga como en su hogar, el concepto, para el caso espec&iacute;fico de la filosof&iacute;a, alcanza su potencia explicativa. Pensar es siempre circunstancial. No hay ninguna forma <i>a priori </i>e indeterminada que lo fundamente. &quot;Los conceptos van pavimentando, ocupando, poblando el plano, palmo a palmo, mientras que el plano en s&iacute; mismo es el medio indivisible en el que los conceptos se reparten sin romper su integridad&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 40). El pensamiento vive siempre <i>en </i>el &aacute;mbito que le es propio, habita un espacio conceptual a la luz del cual encuentra su sentido. Espacio en el que los conceptos se llenan de verdad, en el que iluminan con su poder intelectivo y por fuera del cual pierden toda la fuerza de su acci&oacute;n. En su obra m&aacute;s tard&iacute;a, Deleuze y Guattari lo plantean as&iacute;: &quot;un concepto siempre tiene la verdad que le corresponde en funci&oacute;n de las condiciones de su creaci&oacute;n&quot; (2005: 32). Condiciones que corresponden al espacio problem&aacute;tico en el que se le pide al concepto que act&uacute;e. Espacio que delinea el marco de acci&oacute;n de ciertos conceptos e invisibiliza a su vez otros. S&oacute;lo all&iacute;, en su plano, como en su hogar, los problemas y los conceptos se sienten a sus anchas. Por esto los fil&oacute;sofos nunca discuten, afirman Deleuze y Guattari, ellos s&oacute;lo traducen los conceptos ajenos al apropi&aacute;rselos arrastr&aacute;ndolos hacia su propio plano de pensamiento.</p>     <p>Cuando un fil&oacute;sofo critica a otro, es a partir de unos problemas y sobre un plano que no eran los del otro, y que hacen que se fundan los conceptos antiguos del mismo modo que se puede fundir un ca&ntilde;&oacute;n para fabricar armas nuevas. Nunca se est&aacute; en el mismo plano. Criticar no significa m&aacute;s que constatar que un concepto se desvanece, pierde sus componentes o adquiere otros nuevos que lo transforman cuando se lo sumerge en un ambiente nuevo (Deleuze y Guattari, 2005: 32).</p>     <p>Este espacio en el que los conceptos alcanzan su estatuto no es otro que la imagen del pensamiento que los alberga, los condiciona y los posibilita. Todo pensamiento trae consigo &mdash;como aquel que habla una lengua, carga con su idioma&mdash; la Imagen en la que se resuelve lo que, para cada caso, significa pensar.</p>     <p align="right"><b>Inmanencia, imagen y concepto</b></p>     <p>Entendida as&iacute;, para el caso particular de la filosof&iacute;a, la imagen del pensamiento no se identifica con los conceptos ni con ninguna forma del pensamiento particular, ella los precede de derecho en cuanto los alberga. No obstante esta relaci&oacute;n de hospedaje, la imagen del pensamiento no viene de afuera, no cae del cielo, por el contrario, coexiste con lo que <i>en </i>ella se produce, siempre en simult&aacute;neo. Crear conceptos es posible porque ya lo es la creaci&oacute;n de planos del pensamiento. Se crean conceptos en el lugar donde un plano del pensamiento ha sido creado para recubrirlos, relacionarlos y hasta enemistarlos. En breve, entre la imagen y los conceptos se establece una relaci&oacute;n de inmanencia. Una met&aacute;fora mar&iacute;tima lo expondr&iacute;a de esta manera: &quot;los conceptos son como olas m&uacute;ltiples que suben y bajan, pero el plano de inmanencia es la ola &uacute;nica que los enrolla y desenrolla&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 39). En esta relaci&oacute;n de inmanencia, la imagen del pensamiento sirve de condici&oacute;n para que los conceptos existan con propiedad y, sin embargo, ella no hace que preexistan. La una se construye con los otros. No hay una raz&oacute;n trascendental, no hay un <i>logos </i>primigenio que desde su condici&oacute;n originaria determine los alcances de esta imagen; m&aacute;s bien, ella se constituye y se reafirma debido a que los conceptos como creaciones la pueblan y recorren. &quot;No hay que concluir ciertamente que los conceptos resultan del plano &#91;...&#93; los conceptos deben ser creados igual que hay que establecer el plano&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 44)<sup><a href="#2" name="2.">2</a></sup>. Los conceptos recorren la imagen como las gotas se agitan en la tempestad; y, la tempestad desaparece cuando las gotas se reh&uacute;san a continuar. Aunque la imagen del pensamiento es condici&oacute;n de existencia de los conceptos, ella no los hace preexistir, antes bien, despunta al albergar a &eacute;stos como el medio que ellos mismos erigen como su morada. As&iacute;, esta imagen funciona como suelo inmanente para que los conceptos no sean disparates, para que no se pierdan en el amplio universo del lenguaje. La imagen del pensamiento opera como un mapa de navegaci&oacute;n en el que el pensar se orienta para encontrar sus mares y sus tierras. No obstante, su caracterizaci&oacute;n no es sencilla; no debe caerse en confusiones:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a s&iacute; mismo lo que significa pensar, hacer uso del pensamiento, orientarse en el pensamiento &#91;...&#93; No es un m&eacute;todo, pues todo m&eacute;todo tiene que ver eventualmente con los conceptos y supone una imagen semejante. Tampoco es un estado de conocimiento sobre el cerebro y su funcionamiento, puesto que en este caso el pensamiento no se refiere a la lente cerebro como al estado de cosas cient&iacute;ficamente determinable en que el pensamiento simplemente se efect&uacute;a, cualquiera que sea su orientaci&oacute;n. Tampoco es la opini&oacute;n que uno suele formarse del pensamiento, de sus formas, de sus objetivos y sus medios en tal o cual momento. La imagen del pensamiento implica un reparto severo del hecho y del  	<i>derecho: </i>lo que pertenece al pensamiento como tal debe ser separado de los accidentes que remiten al cerebro, o a las opiniones hist&oacute;ricas (Deleuze y Guattari, 2005: 41).</p> </blockquote>     <p>Aunque el m&eacute;todo supone una imagen del pensamiento no se identifica con ella, no alcanza su amplitud, no abarca dentro de s&iacute;, en tanto m&eacute;todo, la formulaci&oacute;n de los sujetos y de los objetos del pensamiento, no determina con suficiencia lo verdadero y lo falso, no alcanza a definir d&oacute;nde hay sentido y d&oacute;nde no. El m&eacute;todo, la dial&eacute;ctica, la reducci&oacute;n eid&eacute;tica, entre otros, probablemente no son m&aacute;s que un aspecto entre los tantos que se articulan en esta amplitud de su imagen. Tampoco es correcto identificar la imagen del pensamiento con los estudios cient&iacute;ficos del cerebro o con las teor&iacute;as sobre la cognici&oacute;n que suelen acompa&ntilde;arlos. La solidez del pensamiento, su validez formal y suficiencia conceptual no est&aacute;n determinadas por la composici&oacute;n neurol&oacute;gica del cerebro. La fisiolog&iacute;a es accidental, jam&aacute;s <i>a priori. </i>S&oacute;lo en el contexto de una imagen concreta del pensamiento llega a tener cabida el estudio del cerebro como an&aacute;lisis del pensamiento. Asimismo, es insuficiente la explicaci&oacute;n hist&oacute;rica de la imagen del pensamiento en tanto representaci&oacute;n cultural de los contenidos y fines de la actividad pensante. La imagen del pensamiento, aunque hist&oacute;rica, se explica como <i>forma. </i>Es necesario atender m&aacute;s a la forma, al mecanismo del pensamiento que a los contenidos contingentes que en ella aparecen, pues all&iacute;, en la determinaci&oacute;n formal, se decretan los presupuestos constitutivos de la discriminaci&oacute;n entre lo que es pensamiento propiamente dicho y lo que no (Verstaeten, 1998). Todos estos equ&iacute;vocos coinciden en un error. Incurren en el error de renunciar a la inmanencia de esta imagen al introducir elementos externos y trascendentes para su caracterizaci&oacute;n (Rodowick, 1997). Seg&uacute;n estos equ&iacute;vocos, el pensamiento se funda sobre algo externo que lo supera, sobre algo trascendente que lo determina, sea una estructura metodol&oacute;gica <i>a priori, </i>sea la neurofisiolog&iacute;a o sea la ley de la historia. Lo que pertenece al pensamiento debe ser distinguido de los accidentes hist&oacute;ricos, cient&iacute;ficos e incluso subjetivos del mundo de hecho. Es decir, &quot;la imagen del pensamiento s&oacute;lo conserva lo que el pensamiento puede reivindicar por derecho&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 41). La imagen del pensamiento sostiene sobre s&iacute; las condiciones operativas en virtud de las cuales el pensamiento se orienta, organiza y encuentra su norma y medida. En suma, la imagen del pensamiento alcanza su solidez desde su autonom&iacute;a, que es la misma del pensar. As&iacute;, ni la evidencia de un objeto ni la psicolog&iacute;a de un sujeto se ubican antes. En el pensamiento mismo se resuelve qu&eacute; es un sujeto, qu&eacute; es un objeto, qui&eacute;n es hombre o Dios.</p>     <p>&quot;En este sentido se dice que pensar y ser son una &uacute;nica y misma cosa     <br>&#91;...&#93; Cuando surge el pensamiento de Tales es como agua que retorna     <br>&#91;...&#93; El plano de inmanencia tiene dos facetas, como pensamiento y como naturaleza, como <i>Physis </i>y como <i>Nous&quot; </i>(Deleuze y Guattari, 2005: 42). Por esta identidad entre ser y pensamiento es imposible, por principio, un agente trascendente que determine a la imagen desde afuera, desde un <i>real </i>o un <i>trascendental </i>previo o exterior al pensamiento mismo.</p>     <p align="right"><b>La imagen dogm&aacute;tica &mdash;org&aacute;nica&mdash; del pensamiento</b></p>     <p>No obstante, esto no significa recaer en el idealismo del que Deleuze desea escapar. La imagen no es la misma en todos los tiempos ni tiene por qu&eacute; serlo. Ella es din&aacute;mica aunque no se explique por los contenidos hist&oacute;ricos y culturales de momento. M&aacute;s bien, por el contrario, &eacute;stos se explican por la imagen del pensamiento que expresan. &quot;El plano no es ciertamente el mismo en la &eacute;poca de los griegos, en el siglo XVII, en la actualidad (y a&uacute;n estos t&eacute;rminos son vagos y generales): no se trata de la misma imagen del pensamiento, ni de la misma materia del ser&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 43)<sup><a href="#3" name="3.">3</a></sup>. Expuesto de una manera breve, no permanece la misma imagen del pensamiento en el tiempo porque no persiste un mismo principio del ser entre las &eacute;pocas. Y es justo porque el pensamiento se abre a su devenir que el mundo, las cosas, los sujetos y hasta los dioses devienen tambi&eacute;n. No hay devenir del mundo o del sujeto por fuera del devenir mismo del pensamiento. Cada imagen determina lo qu&eacute; le pertenece de derecho al pensamiento y lo qu&eacute; no, y con ello delimita las fronteras y los principios din&aacute;micos mismos del ser de lo real como <i>Physis.</i></p>     <p>Podr&iacute;a pensarse entonces que hay una amplia diversidad de im&aacute;genes del pensamiento a lo largo de la historia de la filosof&iacute;a. Incluso, llevada esta suposici&oacute;n al extremo, cabr&iacute;a esperar que cada gran fil&oacute;sofo modificara el pensamiento por la imagen novedosa que ofrece en su obra. Sin embargo, el diagn&oacute;stico es otro: pese a la variaci&oacute;n aparente en la historia de la filosof&iacute;a, persiste una imagen envolvente que recorre la tradici&oacute;n occidental y caracteriza de manera general el pensamiento. En sus textos sobre Proust y Nietzsche, Deleuze ya intu&iacute;a esta generalidad; pero, es hasta <i>Diferencia y repetici&oacute;n </i>que nos ofrece una figura general de esta intuici&oacute;n. A esta figura circundante y absorbente el fil&oacute;sofo franc&eacute;s la llama la 'Imagen dogm&aacute;tica del pensamiento'<sup><a href="#4" name="4.">4</a></sup>.</p>     <blockquote> 	    <p>A esta imagen del pensamiento podemos llamarla imagen dogm&aacute;tica u ortodoxa, imagen moral. Es cierto que presenta variantes: por ejemplo, los &quot;racionalistas&quot; y los &quot;empiristas&quot; de ning&uacute;n modo la suponen erigida de la misma manera &#91;...&#93; Sin embargo, esa imagen se mantiene firme en lo impl&iacute;cito aunque el fil&oacute;sofo precise que la verdad, despu&eacute;s de todo, &quot;no es una cosa f&aacute;cil de lograr ni est&aacute; al alcance de todos&quot;. Por ello no hablamos de tal o cual imagen del pensamiento, variable seg&uacute;n los fil&oacute;sofos, sino de una sola Imagen general que constituye el presupuesto subjetivo de la filosof&iacute;a en su conjunto (Deleuze, 2002: 204-205).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Aunque la evidencia es clara, Arist&oacute;teles no repite a la letra a Plat&oacute;n, ni a Hegel a Kant; es viable, de acuerdo con la formulaci&oacute;n del autor de los <i>Estudios sobre el cine, </i>reconocer que entre ellos y, en general, entre el grueso de la tradici&oacute;n filos&oacute;fica occidental, se asume siempre sin poner en entredicho un conjunto de presupuestos fundamentales que determinan trascendentalmente la actividad filos&oacute;fica. &quot;La ilusi&oacute;n es 'trascendental' (el t&eacute;rmino viene de Kant) en cuanto no es simplemente un accidente hist&oacute;rico que pueda ser corregido con la informaci&oacute;n correcta, sino que forma una parte necesaria e inevitable de la operaci&oacute;n del pensamiento&quot; (McMahom, 2005: 42). Como norma, el pensamiento filos&oacute;fico obedece a esta imagen por respeto a sus presupuestos y en ello la filosof&iacute;a se trastoca en obediencia. En el ejercicio leg&iacute;timo de la filosof&iacute;a, los fil&oacute;sofos acatan con ciego agrado el modelo que ancla el pensamiento a la bella imagen. Dulce obediencia del fil&oacute;sofo. Pensar es, de este modo, respetar la imagen como modelo de la filosof&iacute;a. O mejor, pensar es obedecer al modelo por medio del calco de sus presupuestos de base. Bajo su formulaci&oacute;n filos&oacute;fica, el pensamiento act&uacute;a como el Estado que necesita del sometimiento a la ley para su perpetuaci&oacute;n. Como quien legisla desde su tribunal, la raz&oacute;n del fil&oacute;sofo hace valer siempre su poder. &quot;El Estado proporciona al pensamiento una forma de interioridad&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 380).</p>     <blockquote> 	    <p>El pensamiento toma su imagen propiamente filos&oacute;fica del Estado como bella interioridad sustancial o subjetiva. Inventa un estado propiamente espiritual, como un estado absoluto, que no es ni mucho menos un sue&ntilde;o, puesto que funciona efectivamente en el esp&iacute;ritu. De ah&iacute; la importancia de nociones como las de universalidad, m&eacute;todo, preguntas y respuestas, juicio, reconocimiento o recognici&oacute;n, ideas justas, tener siempre ideas justas (Deleuze y Parnet, 2004: 17-18).</p> </blockquote>     <p>La raz&oacute;n del fil&oacute;sofo hereda la forma misma del Estado y por ello se atribuye el car&aacute;cter de legisladora. Desde el fil&oacute;sofo gobernante de Plat&oacute;n hasta el tribunal de la raz&oacute;n kantiana, el fil&oacute;sofo obedece y exige obediencia. En suma, la figura del Estado inspira en su estructura a la imagen dogm&aacute;tica del pensamiento; y frente a ello, el recurso de lo inorg&aacute;nico resulta liberador.</p>     <p>Ahora bien, el car&aacute;cter dogm&aacute;tico de esta imagen se constituye a partir de toda una organizaci&oacute;n del pensamiento que le exige armonizar y totalizar las diferencias bajo la forma de lo org&aacute;nico. La organicidad como regla es el rasgo constitutivo de esta abarcante y absorbente imagen. Pensar, se dice, es unificar y totalizar en un compuesto org&aacute;nico. Esta modalidad ata al fil&oacute;sofo a un programa perfectamente sedimentado en funci&oacute;n del cual se normaliza el pensamiento para acallar toda anomal&iacute;a. Esta imagen entra&ntilde;a <i>a priori </i>&quot;toda una organizaci&oacute;n que obliga a que el pensamiento se ejerza de forma efectiva de acuerdo con las normas de un poder, de un orden establecido&quot; (Deleuze y Parnet, 2004: 29). Dicho en otras palabras, el presupuesto trascendental de la imagen dogm&aacute;tica no es otro que el de la organicidad del pensamiento.</p>     <p>Hay consignas generales: &iexcl;piensa con formulaciones correctas! &iexcl;Piensa como se debe pensar, como se tiene que pensar! &iexcl;Respeta el m&eacute;todo, sigue el modelo! Esta imagen no est&aacute; dise&ntilde;ada m&aacute;s que para ser ciegamente obedecida, de lo contrario &mdash;y en eso consiste su chantaje&mdash; el caos, la barbarie, el mito, o en nuestros t&eacute;rminos, el tr&aacute;gico imperio de la diferencia en la inorganicidad. As&iacute;, lo que escapa al modelo de la unificaci&oacute;n en un pensamiento totalizante aparece como pura irracionalidad, como sin-sentido. Mas, el esfuerzo de la filosof&iacute;a de la diferencia consiste en desmantelar tal amenaza: &quot;Deleuze no cesa de recusar la falsa alternativa que nos impone elegir entre la trascendencia y el caos, entre la necesidad entendida como verdad preexistente y la ausencia pura y simple de necesidad&quot; (Zourabichvili, 2004: 27). Lo inorg&aacute;nico no es ca&oacute;tico y sin embargo no es arm&oacute;nico, no es pura dispersi&oacute;n, y tampoco se ofrece como totalidad. M&aacute;s bien, la inorganicidad aspira a la consistencia en la desarmon&iacute;a. No obstante, la imagen dogm&aacute;tica ha sembrado la idea de una disyunci&oacute;n insuperable que desde Parm&eacute;nides, con la divisi&oacute;n Ser/No-Ser, martilla la mente del fil&oacute;sofo. Antes bien, en esta disyuntiva palpita el miedo de quien huye de sus propias limitaciones. Miedo que se cristaliza como dogmatismo y prohibici&oacute;n. En esto Deleuze no se anda con rodeos: &quot;hist&oacute;ricamente se ha constituido una imagen del pensamiento llamada filosof&iacute;a que impide que las personas piensen&quot; (Deleuze y Parnet, 2004: 17). La filosof&iacute;a con su caracter&iacute;stica y presupuesta estructura org&aacute;nica se ha constituido en una gran f&aacute;brica de intimidaci&oacute;n. De ah&iacute; su megaloman&iacute;a, pero a la vez su fragilidad, su excesivo amor propio como disfraz de sus impotencias, de sus limitaciones en relaci&oacute;n, por ejemplo, con la oscuridad del arte y de la poes&iacute;a. De esta manera, todo aquello que no opera seg&uacute;n el patr&oacute;n de armonizaci&oacute;n finalmente es acallado, reducido a la marginalidad de lo que no alcanza a ser pensamiento. Recordemos un par de ejemplos: la condena fregeana a la poes&iacute;a como forma bastarda del lenguaje, la expulsi&oacute;n de los poetas a manos del fil&oacute;sofo-gobernante en la <i>Rep&uacute;blica, </i>el rechazo aristot&eacute;lico, en su <i>Po&eacute;tica, </i>al desarticulado drama epis&oacute;dico, o la subordinaci&oacute;n del arte a la moralidad para el idealismo alem&aacute;n.</p>     <p>A causa de esta actitud, un peligro mayor permanece latente: siguiendo esta imagen, al modo de quien cree liberarse tomando sin saberlo la ruta hacia el cadalso, el pensamiento filos&oacute;fico traiciona su m&aacute;s elevado destino. Obedeciendo la imagen dogm&aacute;tica del pensamiento, la filosof&iacute;a no hace otra cosa que reivindicar, racionalizar y universalizar la esencia del sentido com&uacute;n, no hace otra cosa que perpetuar la base de la <i>doxa.</i></p>     <blockquote> 	    <p>Sin duda, la filosof&iacute;a rechaza toda <i>doxa </i>particular; sin duda, no conserva ninguna proposici&oacute;n particular del buen sentido o del sentido com&uacute;n. Sin duda, no reconoce nada en particular. Pero conserva lo esencial de la  	<i>doxa, </i>es decir, la forma; y lo esencial del sentido com&uacute;n, es decir, el elemento; y lo esencial del reconocimiento, es decir, el modelo (concordancia de las facultades fundada en el sujeto como universal, y ejerci&eacute;ndose sobre el objeto cualquiera). La imagen del pensamiento no es sino la figura bajo la cual se universaliza la  	<i>doxa </i>elev&aacute;ndola al nivel racional. Pero se sigue siendo prisionero de la  	<i>doxa, </i>ya que s&oacute;lo se hace abstracci&oacute;n de su contenido emp&iacute;rico, y se contin&uacute;a conservando el uso de las facultades que le corresponde y que retiene impl&iacute;citamente lo esencial del contenido (Deleuze, 2002: 208).</p> </blockquote>     <p>Por m&aacute;s que intente escapar de la opini&oacute;n, aunque aparentemente elevada por encima de ella, la filosof&iacute;a sublima, sin saberlo, a su enemigo, puesto que reivindica sus presupuestos fundamentales. &quot;Pues el triple nivel supuesto de un pensamiento naturalmente recto, de un sentido com&uacute;n natural de derecho, de un reconocimiento trascendental, s&oacute;lo puede constituir un ideal de ortodoxia. La filosof&iacute;a no tiene ning&uacute;n medio para realizar su proyecto, que era romper con la <i>doxa&quot; </i>(Deleuze, 2002: 208). Finalmente, en su presupuesto impl&iacute;cito, en su determinaci&oacute;n <i>a priori, </i>la filosof&iacute;a nunca escap&oacute; del sentido com&uacute;n. Simplemente lo depur&oacute; y lo enalteci&oacute;. La verdad como reconocimiento para el caso del hombre que cela a su mujer y para el fil&oacute;sofo que se asombra al contrastar positivamente sus formulaciones con el mundo, no se distinguen en lo esencial. El pensamiento, las potencias interpelantes de la actividad pensante, han sido disciplinadas para ser puestas al servicio de una forma de opini&oacute;n ennoblecida<sup><a href="#5" name="5.">5</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La opini&oacute;n respeta la figura del consenso. Se est&aacute; en la verdad de la opini&oacute;n siempre que se respete la oficialidad de lo convenido y se lo retransmita como lo real. As&iacute;, la opini&oacute;n tiende a naturalizar su postura por la ceguera que sostiene a lo consensuado. Ir&oacute;nicamente Deleuze y Guattari lo exponen bajo la figura del concursante televisivo que cae en la verdad cuando repite lo que repite la mayor&iacute;a y lo hace pasar por lo real sin m&aacute;s. Es la ortodoxia de la voz colectiva alimentada por el cinismo del perezoso. La filosof&iacute;a en la imagen dogm&aacute;tica parece llevar a la <i>doxa, </i>y sus valores, en su formulaci&oacute;n depurada, a la c&uacute;spide de la actividad espiritual del hombre (Deleuze y Guattari, 2005: 148).</p>     <p align="right"><b>M&aacute;s all&aacute; de la imagen dogm&aacute;tica: la inorganicidad en el pensamiento</b></p>     <p>Recurriendo a un texto de Lawrence, Deleuze y Guattari formulan el papel de la filosof&iacute;a y del arte como aquellas actividades que tienen el poder de rasgar el paraguas con el que nos defendemos, por el poder de la convenci&oacute;n, del caos que puede ser el mundo. Rasgadura que rompe la evidencia y nos enfrenta a ciertas dosis de caos que nos obligan a agudizar la mirada y a refinar el pensamiento. All&iacute; lo esencial del esp&iacute;ritu filos&oacute;fico, su estructural descontento con el establecimiento, no declina. El deseo de remontarse por encima de la inmediatez de la opini&oacute;n no cesa de persistir en el fondo. La filosof&iacute;a en cuanto tal no se detiene en su esfuerzo por interpelar a su presente con todo su poder de resistencia.</p>     <blockquote> 	    <p>La imagen dogm&aacute;tica del pensamiento ser&iacute;a entonces una traici&oacute;n de la filosof&iacute;a por s&iacute; misma o, tal vez, un ejemplo de estupidez filos&oacute;fica &#91;...&#93; Pero, el primer acto de reconocimiento de la potencia del tiempo es un acto de resistencia en el  	<i>presente. </i>Cada vez que la filosof&iacute;a reanuda su vocaci&oacute;n plat&oacute;nica de luchar contra las opiniones, cada vez que ella se vuelve verdaderamente filosof&iacute;a cr&iacute;tica, se encuentra seg&uacute;n Deleuze, al lado de esa otra forma eminente del pensamiento, el arte, en una misma oposici&oacute;n al estado del mundo tal cual es, a un presente que se nos quiere hacer creer sin apelaci&oacute;n (Marrati, 2003: 92-93).</p> </blockquote>     <p>De lo que se trata ahora la actividad pensante, a pesar de la imagen dogm&aacute;tica, no es tanto la de verificar el estado de cosas, de legitimar las formas actuales del Estado, la Iglesia y la moral, sino m&aacute;s bien, por el contrario, de responder a lo insoportable del presente, de ir m&aacute;s all&aacute; de lo ya pensado con la intenci&oacute;n de conducir la actualidad hacia un estado distinto al del oprobio actual, con el fin de, repitiendo la famosa expresi&oacute;n de Foucault a prop&oacute;sito de la modernidad, llegar a ser de otro modo. Plat&oacute;n en su rep&uacute;blica gobernada por la filosof&iacute;a, Kant en su fundamentaci&oacute;n de la ciencia y la moral en las categor&iacute;as trascendentales, Marx en su cr&iacute;tica al capital: todos ellos hacen filosof&iacute;a desde su presente con miras a un futuro por venir, a una comunidad siempre virtual. Muy al contrario de lo que sugiere la imagen dogm&aacute;tica del pensamiento, la filosof&iacute;a no se dedica a consensuar, a conciliar ni a organizar, su naturaleza m&aacute;s propia es la disociaci&oacute;n, el desacuerdo, es decir, la inorganicidad que rompe el pacto entre las partes para lanzarlas a un devenir en el que se abren a un futuro, no a un futuro hist&oacute;rico sino del pensamiento, que incluso ya presionaba en el pensamiento de los fil&oacute;sofos del pasado (McMahom, 2005: 42). Se trata de un &quot;porvenir del pensamiento que a la vez ser&iacute;a el m&aacute;s antiguo de los pensamientos&quot; (Deleuze y Parnet, 2004: 17).</p>     <p>El pensamiento en su estado m&aacute;s intenso, lo decisivo que se juega en &eacute;l, no respeta la imagen org&aacute;nica-dogm&aacute;tica, incluso la ataca, la critica con la fuerza del pez torpedo que S&oacute;crates, el esc&eacute;ptico, dec&iacute;a ser. En esto consiste la agudeza del pensamiento nietzscheano: &eacute;l pone en evidencia los compromisos impl&iacute;citos de los fil&oacute;sofos con ciertos valores, esto es, sus presupuestos morales. Una nueva filosof&iacute;a, un pensamiento de la diferencia, no puede repetir esta actitud.</p>     <blockquote> 	    <p>A partir de esto aparecen con m&aacute;s claridad las condiciones de una filosof&iacute;a que no tendr&iacute;a presupuestos de ning&uacute;n tipo: en lugar de apoyarse en la Imagen moral del pensamiento, partir&iacute;a de una cr&iacute;tica radical de la Imagen y de los &quot;postulados&quot; que implica. No encontrar&iacute;a su diferencia o su verdadero comienzo en un entendimiento con la Imagen  	<i>pre-filos&oacute;fica, </i>sino en una lucha rigurosa contra la Imagen, denunciada como  	<i>no-filosofia </i>(Deleuze, 2002: 205).</p> </blockquote>     <p>Pero, esto no indica que la filosof&iacute;a tenga por destino su elevaci&oacute;n en un m&aacute;s all&aacute;. La tensi&oacute;n esencial entre filosof&iacute;a y <i>doxa </i>no significa una separaci&oacute;n del mundo. De manera muy distinta, significa que se retorna a &eacute;l de un nuevo modo, con una mirada renovada. La filosof&iacute;a se constituye como una mirada a la vez atenta y gentil, cr&iacute;tica y jovial: cr&iacute;tica y atenta en cuanto no cesa de volver sobre s&iacute; con el af&aacute;n de suprimir todo presupuesto naturalista y, a la vez, gentil y jovial en cuanto se reh&uacute;sa a juzgar y a condenar desde el unilateral trono de la figura estatal, en cuanto se niega por completo a reclamarle al pensamiento, como bien lo hace un polic&iacute;a, comportarse con decoro. Es m&aacute;s, esto no significa la p&eacute;rdida del rigor; por el contrario, reclama del m&aacute;s cuidadoso y sobrio de los ejercicios, a saber, la experimentaci&oacute;n prudente. Una nueva manera de habitar el pensamiento, ya no determinada por las coordenadas que le orientan hacia su propia docilidad. Nuevos conceptos cuya movilidad los transforma en herramientas para m&uacute;ltiples usos seg&uacute;n las circunstancias. Un pensamiento-utensilio que sirve siempre para problematizar la pac&iacute;fica superficie del presente como consenso.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 	    <p>Eso es una teor&iacute;a: exactamente una caja de herramientas &#91;...&#93; Se precisa que valga, que funcione. Y no para s&iacute; misma. Si nadie puede utilizarla, empezando por el propio te&oacute;rico que, entonces, deja de ser un te&oacute;rico, es que no vale nada o que no ha llegado su momento. No hay que volver a una teor&iacute;a anterior, hay que hacer otra nueva, hay otra por hacer (Deleuze, 2005: 269).</p> </blockquote>     <p>Ahora, renovado el pensamiento, la teor&iacute;a se multiplica como herramienta para pensar de m&uacute;ltiples maneras, en maridajes extra&ntilde;os y productivos: la memoria bergsoniana y el cine, Proust y una nueva teor&iacute;a de los signos, Leibniz y el barroco. La alt&iacute;sima tarea de este nuevo fil&oacute;sofo, de este fil&oacute;sofo de vanguardia &mdash;al modo de las artes del siglo XX&mdash; radica en mantener unido el compuesto sin paradigma previo de composici&oacute;n.</p>     <p>Nietzsche fue el primero en materializar esta otra forma del pensamiento. &Eacute;l introdujo las nociones de sentido y de valor como armas insignia de su cr&iacute;tica (Deleuze, 2000). As&iacute;, el fil&oacute;sofo, el verdadero cr&iacute;tico, act&uacute;a como m&eacute;dico, como aquel que reconoce los s&iacute;ntomas de valores enfermizos que se escudan tras la figura natural de la verdad. Pero, &eacute;l no ha sido el &uacute;nico que se ha decantado por esta deconstrucci&oacute;n del dogmatismo filos&oacute;fico en aras de lo que el fil&oacute;sofo franc&eacute;s llamar&aacute; un pensamiento sin imagen. &quot;Foucault es seguramente, junto con Heidegger (aunque de un modo totalmente diferente), uno de los que han renovado de forma m&aacute;s profunda la imagen del pensamiento&quot; (Deleuze, 2006: 155). Esta inclinaci&oacute;n parece ser un rasgo distintivo de una marcada l&iacute;nea del pensamiento filos&oacute;fico contempor&aacute;neo. El pensamiento continental actual presenta sin duda alguna una ruptura significativa con relaci&oacute;n a la tradici&oacute;n filos&oacute;fica. No tanto por una simple cuesti&oacute;n de estilo, ni se debe a que algunos fil&oacute;sofos hayan querido aproximar su disciplina a la literatura y a la poes&iacute;a como acto de escritura. Nada m&aacute;s sesgado e ineficaz para comprender lo que all&iacute; hay sobre la mesa. Esta transformaci&oacute;n estil&iacute;stica expresa una de mayores magnitudes, manifiesta una manera particular de estar en la filosof&iacute;a, un forma radicalmente otra de dar salida a la pregunta por el pensamiento. Novedad que no significa la clausura de la filosof&iacute;a ni la muerte del concepto, por el contrario, representa un nuevo amanecer del pensamiento en el que la filosof&iacute;a reverdece al conciliarse con lo que siempre fue en esencia, a saber, con su naturaleza cr&iacute;tica m&aacute;s &iacute;ntima.</p>     <blockquote> 	    <p>Es verdad que Deleuze, junto con un buen n&uacute;mero de fil&oacute;sofos anteriores a &eacute;l o contempor&aacute;neos suyos, parece interpretar su &eacute;poca como el afortunado tiempo en que se revela la esencia de la filosof&iacute;a , en que sale a plena luz la apuesta que la distingue absolutamente, tanto de las t&eacute;cnicas de comunicaci&oacute;n como de la religi&oacute;n &#91;...&#93; Pero esta revelaci&oacute;n no surge al final sino que, por el contrario, es el comienzo de una &eacute;poca; de modo que el pasado de la filosof&iacute;a no fue tal vez sino una primera edad en que la filosof&iacute;a ten&iacute;a a&uacute;n dificultades para diferenciarse de aquello que la preexist&iacute;a (Zourabichvili, 2004: 31).</p> </blockquote>     <p>La novedad de esta filosof&iacute;a no consiste en una ruptura con el pasado; justamente lo contrario, su innovaci&oacute;n est&aacute; en la radicalizaci&oacute;n de su esencia desapercibida. Deleuze no apunta a suprimir la filosof&iacute;a sino a marcar un primer momento de su realizaci&oacute;n. En la agudizaci&oacute;n de su talante cr&iacute;tico, la filosof&iacute;a resuelve de un modo in&eacute;dito, pero no azaroso, la inquietud por el pensamiento. Lo perentorio del pensamiento, y sobre todo del pensamiento filos&oacute;fico, se ha hecho expedito y no por ello la filosof&iacute;a ha muerto. El desvanecimiento de esta imagen no es otra cosa que el reflejo derivado de un movimiento positivo m&aacute;s poderoso. Esta disoluci&oacute;n s&oacute;lo es posible por el despuntar de una nueva forma del pensamiento, de un pensamiento sin imagen. Este nuevo pensamiento sin imagen no indica la disoluci&oacute;n de la filosof&iacute;a en la ret&oacute;rica. Se trata, mejor, de continuar hablando de filosof&iacute;a y de concepto sin por ello anclarlos a la figura org&aacute;nica de su normalizaci&oacute;n en la verdad, la totalidad y la identidad. De lo que trata ahora la filosof&iacute;a es de dispersar las series, de multiplicar las relaciones con el fin de problematizar toda identidad natural, todo remanso en el consenso. M&aacute;s bien, el problema fundamental del pensamiento consiste ahora en que hagan corto los circuitos: &quot;el problema fundamental ata&ntilde;e a la riqueza, a la complejidad y a la textura de estos dispositivos, conexiones, disyunciones, circuitos y cortocircuitos&quot; (Deleuze, 2006: 100). Se trata entonces de romper con el conducto regular de los circuitos en la opini&oacute;n, no para romper con la filosof&iacute;a y el concepto, sino justamente para lo contrario, para realizar su naturaleza m&aacute;s &iacute;ntima: en sentido propio, para pensar<sup><a href="#6" name="6.">6</a></sup>. Parece ser entonces que en la disputa entre la organicidad y la inorganicidad se juega la esencia misma de lo que significa pensar.</p>     <p>Ahora bien, nada de lo dicho sugiere que la imagen org&aacute;nica del pensamiento ceda f&aacute;cil ante la cr&iacute;tica, ni que el pensamiento sin-imagen se ofrezca con comodidad para su caracterizaci&oacute;n.</p>     <p align="right"><b>Consideraciones finales</b></p>     <p>Las p&aacute;ginas anteriores se han esforzado por hacer patente el amplio conjunto de presupuestos desde los que se ha naturalizado nuestra idea de lo que significa pensar y las implicaciones para el arte, el pensamiento y la vida que arrastran estas suposiciones. Seg&uacute;n esta orientaci&oacute;n resulta inapropiado asumir una postura ingenua con relaci&oacute;n a la tradici&oacute;n del pensamiento filos&oacute;fico. Tal como lo hicieron las vanguardias en el campo del arte, el punto consiste en llevar la tradici&oacute;n hacia sus l&iacute;mites para que, en tal extra&ntilde;amiento, el pensamiento exprese todas sus potencias dormidas. En esa medida, nuestro esfuerzo m&aacute;s significativo ha consistido en hacer patente la solidez con la que Deleuze construye la alternativa al modelo dogm&aacute;tico del pensamiento. La imagen dogm&aacute;tica ha sembrado una disyuntiva ampliamente aceptada, a saber, o el m&eacute;todo, o el caos; o la verdad, o el inadmisible relativismo. Pero, esta dicotom&iacute;a nos resulta ya insatisfactoria.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Pie de P&aacute;gina</b></p>     <p><a name="1" href=#1.><sup>1</sup></a>El rechazo deleuziano a la figura de la met&aacute;fora es insistente a lo largo de toda su obra. No se trata de una mera determinaci&oacute;n estil&iacute;stica, sino m&aacute;s bien es efecto natural de su actitud filos&oacute;fica. Para una ontologia que busca superar la representaci&oacute;n y entiende cualquier movimiento de la realidad y del pensamiento como producci&oacute;n, la met&aacute;fora resulta insostenible. All&iacute; donde se cree representar, all&iacute; donde se ven met&aacute;foras, hay acciones eclipsadas sobre la realidad, hay efectos directos y productivos sobre el pensamiento. Deleuze asegura lo siguiente de su recurrente visita a disciplinas externas a la filosof&iacute;a para poblar sus conceptos: &quot;Nosotros no hacemos, ni much&iacute;simo menos un uso metaf&oacute;rico, nosotros no decimos: es 'como' los agujeros negros en astronom&iacute;a, 'como' un lienzo blanco en pintura. Lo que hacemos es servirnos de t&eacute;rminos desterritorializados, es decir, arrancados de su dominio, para re-territorializar otra noci&oacute;n&quot; (Deleuze y Parnet, 2004: 22).    <br> <a name="2" href=#2.><sup>2</sup></a>Deleuze y Guattari insisten en la formulaci&oacute;n de que esta imagen del pensamiento no se restringe al estrecho campo de los conceptos filos&oacute;ficos. La imagen del pensamiento se puede cristalizar bien sea en un plano de consistencia, manifest&aacute;ndose a trav&eacute;s del concepto filos&oacute;fico, o en un plano de composici&oacute;n, como ocurre en el arte e, incluso, en un plano de referencia, para el caso de la ciencia. De tal suerte que, por ejemplo, el cine, con sus propios recursos, nos puede ofrecer una imagen a prop&oacute;sito de aquello que significa pensar. Esto quiere decir que los conceptos se asientan sobre una comprensi&oacute;n no conceptual de lo que ellos son y, empero, esto no implica que el plano preceda como prerrequisito al orden conceptual. Apareciendo en el concepto, la imagen del pensamiento alcanza la forma de la filosof&iacute;a que antes no exist&iacute;a. Este orden, el de los conceptos, existe ya de manera virtual, sin actualizarse, en ese mundo preconceptual con el que, qui&eacute;ralo o no, est&aacute; abocado a estrechar una relaci&oacute;n. &quot;El plano de inmanencia tiene que ser considerado prefilos&oacute;fico. Se lo supone, no del modo como un concepto puede remitir a otros, sino del modo en que los conceptos remiten en s&iacute; mismos a una comprensi&oacute;n no conceptual &#91;...&#93; Prefilos&oacute;fico no significa que nada preexista&quot; (Deleuze y Guattari, 2005: 44-45). Paul Patton lo formula as&iacute;: &quot;La imagen del pensamiento consiste en una serie de presuposiciones pre-filos&oacute;ficas que estructuran tanto la comprensi&oacute;n de lo que es el pensamiento, como el car&aacute;cter de la producci&oacute;n conceptual que se sigue de esta base&quot; (2000: 18).    <br>  <a name="3" href=#3.><sup>3</sup></a>La movilidad del pensamiento es posible porque &eacute;l est&aacute; siempre en tensi&oacute;n con su propio afuera, con lo impensado en el pensamiento que no cesa de presionarlo en funci&oacute;n de su devenir. No hay una ley de la historia ni un fin de los tiempos que organice la movilidad del ser y del pensamiento. M&aacute;s bien, siempre por encuentros contingentes, aleatorios y salvajes, el pensamiento se re-hace al enfrentarse con lo que a&uacute;n no ha sido.    <br> <a name="4" href=#4.><sup>4</sup></a>Michael Hardt advierte que Deleuze sobredimensiona esta imagen dogm&aacute;tica del pensamiento, o, como se la llama en otros lugares, esta &quot;filosof&iacute;a de Estado&quot;, pues le otorga un papel demasiado abarcante en la tradici&oacute;n filos&oacute;fica. El fil&oacute;sofo americano reivindica el lugar de una serie de autores que aunque bien particulares en la historia del pensamiento no resultan tan marginales o acallados como el fil&oacute;sofo franc&eacute;s supone. &quot;Massumi &mdash;un comentarista de Deleuze&mdash; (y hay que admitir que, a veces, Deleuze tambi&eacute;n) tiende a exagerar el car&aacute;cter central y la hegemon&iacute;a de la &quot;filosof&iacute;a de Estado&quot; en la historia del pensamiento occidental &#91;...&#93; La metaf&iacute;sica occidental no deber&iacute;a caracterizarse de una manera tan un&iacute;voca; la tradici&oacute;n filos&oacute;fica contiene en su seno alternativas radicales. Como resultado de esta simplificaci&oacute;n, tambi&eacute;n hallamos la tendencia a exagerar la marginalidad de la tradici&oacute;n opositora, cara a Deleuze&quot; (Hardt, 2004: 29).    <br> <a name="5" href=#5.><sup>5</sup></a>En el <i>reconocimiento, </i>dice Deleuze, el fil&oacute;sofo act&uacute;a igual que el hombre de la opini&oacute;n que se satisface en la coincidencia entre los hechos y sus formulaciones. Pero, Deleuze insiste, si en esto consiste la dignidad del pensamiento y de la filosof&iacute;a &iexcl;que verg&uuml;enza por ellos!    <br> <a name="6" href=#6.><sup>6</sup></a>Podr&iacute;a pensarse, como lo sugiere Claire Parnet, que Deleuze recae en la dicotom&iacute;a cl&aacute;sica de la dial&eacute;ctica al oponer dos im&aacute;genes contradictorias del pensamiento. &quot;Felix y t&uacute; &mdash;Deleuze&mdash; no dej&aacute;is de denunciar los dualismo, dec&iacute;s que las m&aacute;quinas binarias son aparatos de poder para interrumpir los devenires: &iquest;qu&eacute; eres, hombre o mujer, blanco o negro, pensador o vividor, burgu&eacute;s o proletario? Pero, &iquest;qu&eacute; cre&eacute;is que hac&eacute;is sino proponer otros dualismos? Actos de pensamiento sin imagen contra la imagen del pensamiento&quot; (Deleuze y Parnet, 2004: 40). No obstante, tal vez esta disyunci&oacute;n sea s&oacute;lo nominal, producto de nuestros h&aacute;bitos en el lenguaje. Como primera medida, el pensamiento sin imagen no significa la supresi&oacute;n de la filosof&iacute;a ni la superaci&oacute;n de la metaf&iacute;sica, sino m&aacute;s bien un modo singular de instalarse en ellas, de extraer de ellas lo m&aacute;s vital y productivo que las habita. En los t&eacute;rminos de Michael Hardt: &quot;si debemos leer la obra de Deleuze como un ataque o una traici&oacute;n a ciertos elementos de la tradici&oacute;n metaf&iacute;sica occidental, debemos entenderlo como una afirmaci&oacute;n de otros elementos de esa misma tradici&oacute;n. En otras palabras, no podemos interpretar la obra de Deleuze como concebida &quot;fuera&quot; o &quot;m&aacute;s all&aacute;&quot; de la tradici&oacute;n filos&oacute;fica, ni siquiera como una l&iacute;nea efectiva de fuga de ese universo; antes bien, debemos verla como la afirmaci&oacute;n de una l&iacute;nea de pensamiento (discontinua pero coherente) que se mantuvo reprimida y latente, pero que siempre estuvo profundamente encastrada dentro de la misma tradici&oacute;n. Deleuze no anuncia el fin de la metaf&iacute;sica, sino que, por el contrario, procura redescubrir el plano m&aacute;s coherente y l&uacute;cido del pensamiento metaf&iacute;sico&quot; (2004: 30). As&iacute;, esta dicotom&iacute;a empieza a mostrarse en su mera apariencia. No hay un enfrentamiento entre filosof&iacute;a tradicional y contempor&aacute;nea, sino m&aacute;s bien hay diferencias de &eacute;nfasis, maneras distintas de instalarse y valorar los problemas, y de usar los conceptos. Deleuze nunca reh&uacute;sa la metaf&iacute;sica y tampoco cae en ella con ingenuidad: &quot;Nunca me ha preocupado la superaci&oacute;n de la metaf&iacute;sica o la muerte de la filosof&iacute;a, nunca he dramatizado la renuncia al Todo, al Uno, al sujeto. Nunca he abandonado un cierto empirismo que act&uacute;a mediante una exposici&oacute;n directa de los conceptos&quot; (Deleuze, 2006: 44).    <br> De acuerdo con estas palabras, ac&aacute; no hay dial&eacute;ctica pues no hay historicismo. No hay superaci&oacute;n de un estadio en funci&oacute;n de otro, m&aacute;s bien, lo que ocurre es que el esp&iacute;ritu contestatario esencial de la filosof&iacute;a acontece en situaciones inesperadas e inconexas: Lucrecio, los estoicos, Montaigne, Spinoza, Nietzsche. Ha habido incluso ocasiones en las que, sin que se realice ning&uacute;n destino ni se materialice esencia alguna, el arte y la literatura se han comportado de un modo m&aacute;s filos&oacute;fico que la filosof&iacute;a misma: Tintoretto, Gericault, Cezanne, Beckett, Antonioni. Como el mismo fil&oacute;sofo franc&eacute;s lo sugiere, m&aacute;s que historiador &eacute;l es un ge&oacute;grafo, un cart&oacute;grafo, m&aacute;s que un dial&eacute;ctico &eacute;l es un fil&oacute;sofo de los devenires, de las vecindades. M&aacute;s que de dualismo, para este caso, debemos hablar de matices, &eacute;nfasis y relieves.    <br> Alain Badiou tambi&eacute;n llama la atenci&oacute;n sobre el posible dualismo deleuziano en cuanto al uso reiterativo de d&iacute;adas, de t&eacute;rminos contrapuestos. Como por ejemplo: org&aacute;nico/inorg&aacute;nico, actual/virtual, Plat&oacute;n/Nietzsche, territorializaci&oacute;n/desterritorializaci&oacute;n. No obstante, Badiou rectifica cualquier equ&iacute;voco, el uso de estos binomios no apunta tanto a una distinci&oacute;n real de instancias distintas del ser, sino que m&aacute;s bien describen aspectos distintos y no jerarquizados de una &uacute;nica y misma realidad en devenir. As&iacute;, asegura, la distinci&oacute;n dual no es ontol&oacute;gica. &quot;Nunca perder de vista que siempre hacen falta dos nombres para ser justos con la univocidad &#91;...&#93; estos dos nombres no operan ninguna divisi&oacute;n ontol&oacute;gicas&quot; (Badiou, 2002: 55).</p> <hr>     <p><b>References</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Badiou, A. (2002). <i>El Clamor del Ser. </i>Buenos Aires: Manantial.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0120-5323201100020001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (2006). <i>Conversaciones. </i>Valencia: Pre-textos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0120-5323201100020001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (2005). <i>La isla desierta y otros textos. </i>Valencia: Pre-textos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0120-5323201100020001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (2002). <i>Diferencia y repetici&oacute;n. </i>Buenos Aires: Amorrortu.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0120-5323201100020001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (2000). <i>Nietzsche y la filosofia. </i>Barcelona: Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0120-5323201100020001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Deleuze, G. (1972). <i>Proust y los signos. </i>Barcelona: Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0120-5323201100020001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. y Guattari, F. (2006). <i>Mil mesetas. </i>Valencia: Pre-textos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0120-5323201100020001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. y Parnet, C. (2004). <i>Di&aacute;logos. </i>Valencia: Pre-textos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0120-5323201100020001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Hardt, M. (2004). <i>Deleuze un aprendizaje filos&oacute;fico. </i>Buenos Aires: Paidos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0120-5323201100020001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>McMahom, M. (2005). Difference, repetition. En Stivale, C. J. (ed.). <i>Gilles Deleuze. Key Concepts. </i>Qu&eacute;bec: Mc-Gill Queen's University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0120-5323201100020001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Marrati, P. (2003). <i>Cine y filosofia. </i>Buenos Aires: Nueva visi&oacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0120-5323201100020001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Patton, P. (2000). <i>Deleuze and the Political. </i>Londres: Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0120-5323201100020001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rodowick, D. N. (1979). <i>Gilles Deleuze's Time Machine. </i>Durham: Duke University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0120-5323201100020001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Verstaeten, P. (1998). De l'image de pens&eacute;e &agrave; la pens&eacute;e sans imag. En Lenain, T. (coord.). <i>L'Image: Deleuze, Foucault, Lyotard. </i>Paris: Librairie Philosophique.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0120-5323201100020001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Zourabichvili, F. (2004). <i>Deleuze, una filosofia del acontecimiento. </i>Madrid: Amorrortu.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0120-5323201100020001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>     ]]></body>
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