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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA EVOLUCIÓN DE LA MENTE Y EL COMPORTAMIENTO MORAL]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This contribution addresses some correlations between cognitive and affective human capacities - specifically metarepresentation, simulation and sympathy- and the evolution of moral behavior. The main claim is that in humans, hominids and some superior primates, moral altruism, metarepresentation and simulation -which are build on sympathetic abilities- are functions that reinforce each other. This might suggest that they are functions that coevolved. Empirical evidence suggests that we can find in non hominid primates basic forms of altruistic behavior and metarepresentation, but there is no evidence of moral altruistic behavior in species or human individuals that lack this capacity. In children’s development, moral behavior is directly proportional to the development of metarepresentation and simulation. The paper also suggests an evolutionary sequence that culminates in moral altruism and discusses the traits that would be central to human moral behavior.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2"><font size="4">     <p align="center" >LA EVOLUCI&Oacute;N DE LA MENTE Y EL COMPORTAMIENTO MORAL </P ></font>     <p align="center" >The Evolution of Mind and Moral Behavior </p >     <P   >PABLO QUINTANILLA<Sup>1</Sup>, Ph. D. <Sup>1</Sup>Profesor Principal de Filosof&iacute;a. Departamento de Humanidades.    Pontificia Universidad Cat&oacute;lica del Per&uacute;. <a href="mailto:pquinta@pucp.edu.pe">pquinta@pucp.edu.pe</a> </P >     <p >Presentado el 17 de septiembre de 2009, aceptado el 27 de octubre de 2009, correcciones 12 de mayo de 2010. </P ><hr size="1">     <p >RESUMEN </p >     <p > Esta contribuci&oacute;n discute algunas correlaciones entre la evoluci&oacute;n de las capacidades cognitivas y afectivas humanas &ndash;espec&iacute;ficamente metarrepresentaci&oacute;n, simulaci&oacute;n y simpat&iacute;a&ndash; y la evoluci&oacute;n del comportamiento moral. La tesis central es que en el caso de seres humanos, hom&iacute;nidos y algunos primates superiores, el altruismo moral y las capacidades metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n &ndash;que se construyen sobre habilidades simp&aacute;ticas&ndash; son funciones que se potencian mutuamente. Esto parece sugerir que se trata de funciones que coevolucionaron. La evidencia emp&iacute;rica sugiere que podemos encontrar en primates no hom&iacute;nidos formas b&aacute;sicas de comportamiento altruista y capacidad metarrepresentacional, pero no hay evidencia de comportamiento altruista moral en especies o individuos humanos que carezcan de esta capacidad. En el caso del desarrollo de los ni&ntilde;os, la capacidad de comportamiento moral es directamente proporcional al desarrollo de las capacidades metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n. El texto tambi&eacute;n propone una secuencia evolutiva que culmina en el altruismo moral y discute los rasgos que ser&iacute;an centrales al comportamiento moral humano. </P >     <p >Palabras clave: altruismo, evoluci&oacute;n, mente, moral, metarrepresentaci&oacute;n. </P > <hr size="1">     <p >ABSTRACT </p >     <p > This contribution addresses some correlations between cognitive and affective human capacities &ndash; specifically metarepresentation, simulation and sympathy&ndash; and the evolution of moral behavior. The main claim is that in humans, hominids and some superior primates, moral altruism, metarepresentation and simulation &ndash;which are build on sympathetic abilities&ndash; are functions that reinforce each other. This might suggest that they are functions that coevolved. Empirical evidence suggests that we can find in non hominid primates basic forms of altruistic behavior and metarepresentation, but there is no evidence of moral altruistic behavior in species or human individuals that lack this capacity. In children&rsquo;s development, moral behavior is directly proportional to the development of metarepresentation and simulation. The paper also suggests an evolutionary sequence that culminates in moral altruism and discusses the traits that would be central to human moral behavior. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Key words: altruism, evolution, mind, morality, metarepresentation. </P > <hr size="1">     <p    >I. LA NATURALEZA DEL ALTRUISMO MORAL </p >     <p > Las discusiones en biolog&iacute;a te&oacute;rica y filosof&iacute;a moral han producido abundante bibliograf&iacute;a en relaci&oacute;n a la naturaleza, g&eacute;nesis y posibilidad del altruismo. Desde el punto de vista biol&oacute;gico, un individuo es altruista si tiene un comportamiento que mejora las posibilidades reproductivas o de supervivencia de otros individuos, a expensas de las suyas propias. La existencia indiscutible de este fen&oacute;meno presenta, sin embargo, algunas preguntas. En primer lugar, todos los seres vivos estamos programados para luchar por nuestra supervivencia o, en todo caso, por la de individuos que comparten nuestros genes. Sin embargo, con frecuencia nos comportamos de manera altruista tanto con quienes comparten nuestros genes como con quienes no los comparten. &iquest;Por qu&eacute; ocurrir&iacute;a esto? En segundo lugar, aparece aqu&iacute; una paradoja: si el comportamiento altruista es un rasgo hereditario, y dado que los individuos altruistas se ponen a s&iacute; mismos en circunstancias menos ventajosas que los ego&iacute;stas, ser&iacute;a de esperar que la selecci&oacute;n natural vaya eliminando progresivamente a los altruistas hasta su total desaparici&oacute;n. Desde Darwin en adelante se han propuesto varias teor&iacute;as para explicar estos problemas. </P >     <p >En este punto es importante notar que en la tradici&oacute;n filos&oacute;fica los conceptos de -comportamiento altruista- y -comportamiento moral- no tienen el mismo significado ni son coextensivos. El primero alude al comportamiento que privilegia el beneficio ajeno por sobre el propio; el segundo alude al comportamiento caracterizado por una normatividad libremente elegida, lo cual implica alg&uacute;n grado de consciencia, libre albedr&iacute;o y concepci&oacute;n del deber. Es claro que podr&iacute;a haber altruismo biol&oacute;gico sin moralidad, pero es debatible si podr&iacute;a darse moralidad sin altruismo, aunque yo me inclino porque no podr&iacute;a darse. </P >     <p >Sobre estos temas vienen discutiendo fil&oacute;sofos y bi&oacute;logos los &uacute;ltimos a&ntilde;os con resultados disparejos. De un lado est&aacute;n aquellos que creen que es posible explicar tanto el comportamiento altruista como el comportamiento moral como una evoluci&oacute;n del comportamiento cooperativo, es decir en t&eacute;rminos naturalistas.<Sup>1 </Sup>De otro lado est&aacute;n los esc&eacute;pticos ante la posibilidad de explicar la autonom&iacute;a y la normatividad como una evoluci&oacute;n de estados f&iacute;sicos prenormativos anteriores.<Sup>2 </Sup></P >     <p >Mi impresi&oacute;n, sin embargo, es que la discusi&oacute;n entre bi&oacute;logos y fil&oacute;sofos con frecuencia se ve oscurecida porque se confunde altruismo y moralidad, por una parte, y porque los usos que hacen de la palabra altruismo no son equivalentes. El problema central que interesa a los bi&oacute;logos es c&oacute;mo pudo el altruismo biol&oacute;gico haberse originado y mantenido por selecci&oacute;n natural. El problema que interesa a los fil&oacute;sofos, por su parte, suele ser si la teor&iacute;a de la selecci&oacute;n natural puede llegar a explicar algunos aspectos del comportamiento moral humano como, por ejemplo, las acciones altruistas entendidas como realizaciones aut&oacute;nomas, intencionales, deliberadas, conscientes y motivadas por creencias y deseos, y gobernadas por una normatividad elegida. Sin duda, ambas preguntas no son las mismas. </P >     <p >En este texto me propongo hacer dos cosas: 1. har&eacute; un an&aacute;lisis del concepto de altruismo para intentar aclarar sus diversos usos y 2. abordar&eacute; la pregunta acerca de c&oacute;mo puede el estudio de la evoluci&oacute;n de las funciones cognitivas ayudar a entender la evoluci&oacute;n del altruismo y de la moralidad a partir de funciones naturales anteriores. Para lo primero distinguir&eacute; los diversos sentidos de altruismo as&iacute; como las teor&iacute;as que pretenden explicarlo, y sostendr&eacute; que en el sentido filos&oacute;fico moral del t&eacute;rmino, diferente del biol&oacute;gico, la atribuci&oacute;n de comportamiento altruista moral a un individuo, es posible solo si se le atribuye tambi&eacute;n motivaciones conscientes y deliberadas. Para lo segundo, sostendr&eacute; que el comportamiento moral en sentido estricto, que a mi parecer incluye comportamiento altruista biol&oacute;gico, solo es posible en un individuo que posee capacidad de simulaci&oacute;n, una teor&iacute;a de la mente (la llamada capacidad metarrepresentacional o mentalizaci&oacute;n) y sentimientos morales, as&iacute; como deliberaci&oacute;n acerca de las consecuencias de los actos. </P >     <P   >Es necesario hacer una precisi&oacute;n terminol&oacute;gica en este punto. Simulaci&oacute;n es la capacidad de imaginar los estados mentales ajenos, en condiciones contraf&aacute;cticas, como si fueran propios. Solo hay un matiz de diferencia con el concepto de metarrepresentaci&oacute;n, entendido como la capacidad para representarse los estados mentales ajenos. El concepto de metarrepresentaci&oacute;n est&aacute; asociado a la posesi&oacute;n de una teor&iacute;a de la mente y, por tanto, suele vincularse a la llamada teor&iacute;a de la teor&iacute;a (T-T) en el debate sobre la comprensi&oacute;n. Tener una teor&iacute;a de la mente es poseer un conjunto de principios generalizadores, formulados en t&eacute;rminos de regularidades nomol&oacute;gicas, que gobiernan las relaciones causales entre los estados mentales y las acciones de las personas. Cuando un ni&ntilde;o ya posee una teor&iacute;a de la mente, alrededor de los tres a&ntilde;os, est&aacute; en condiciones de explicar el comportamiento de otras personas encontrando relaciones causales, gobernados por regularidades nomol&oacute;gicas, a los estados mentales y acciones que reconoce en ellos. La teor&iacute;a de la simulaci&oacute;n (T-S), en cambio, afirma que las habilidades simulativas, en tanto la habilidad para imaginar contraf&aacute;cticamente los estados mentales ajenos, son suficientes para la comprensi&oacute;n. En principio metarrepresentaci&oacute;n y simulaci&oacute;n no son incompatibles entre s&iacute;, aunque han dado lugar a un debate como si lo fueran (Dennett, 1978; Premack y Woodruff, 1978; Leslie, 1987; Frith <I>et al., </I>1991; Perner, 1991; Gordon, 1995a; Gordon, 1995b; Langdon <I>et al., </I>1997; Brunsteins, 2004; Brunsteins, 2008; Quintanilla, 2008). Me inclino porque la metarrepresentaci&oacute;n presupone la simulaci&oacute;n; adem&aacute;s me parece que lo primero est&aacute; caracterizado por funciones m&aacute;s cognitivas, mientras que lo segundo tiene bases prioritariamente afectivas. Sin embargo, no discutir&eacute; ese punto aqu&iacute;. Para los fines de esta exposici&oacute;n asumir&eacute; que metarrepresentaci&oacute;n y simulaci&oacute;n se dan m&aacute;s o menos simult&aacute;neamente, aunque probablemente la simulaci&oacute;n sea ligeramente anterior, y que tienen un origen evolutivo semejante. Lo m&aacute;s probable, aunque por el momento no hay pruebas conclusivas de ello, es que versiones menos evolucionadas de estas capacidades tambi&eacute;n est&eacute;n presentes en primates no humanos. Pero lo que me interesa sugerir es que las capacidades metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n no solo potencian el desarrollo moral sino son condici&oacute;n de posibilidad de este. </P >     <p >Estas capacidades tienen una alta funci&oacute;n de supervivencia porque permiten predecir el comportamiento de otros individuos, lo que es central para el comportamiento cooperativo en la defensa y la caza. Asimismo, la simulaci&oacute;n est&aacute; asociada a un simulador interno que le permite al agente imaginar escenarios alternativos realistas para poder actuar exitosamente. Esta capacidad tambi&eacute;n har&iacute;a posible que el individuo delibere, realizando c&aacute;lculos acerca de las mejores consecuencias de sus actos en t&eacute;rminos del mayor beneficio individual y grupal. En t&eacute;rminos morales, la atribuci&oacute;n de estados mentales a otros individuos con los cuales uno se sentir&iacute;a moralmente comprometido comenzar&iacute;a con los individuos gen&eacute;tica y socialmente m&aacute;s cercanos a uno y se ampliar&iacute;a, como el c&iacute;rculo en expansi&oacute;n de Singer, 1981, y la torre de la moralidad de De Waal, 1997, hasta incluir otras o incluso todas las criaturas vivas. </P >     <p    >II. LAS EXPLICACIONES DEL ALTRUISMO </p >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > Son conocidas las diversas teor&iacute;as que han sido propuestas para explicar la paradoja del altruismo. La teor&iacute;a cl&aacute;sica procede de los cap&iacute;tulos cuarto y quinto de <I>The Descent of Man de Darwin </I>(Darwin, 1969), y suele recibir el nombre de selecci&oacute;n de grupos (<I>group selection</I>). Seg&uacute;n esta teor&iacute;a son los grupos m&aacute;s cooperativos entre s&iacute; los que tienen mejores posibilidades de supervivencia respecto de grupos menos cooperativos, con lo cual la lucha por la supervivencia seleccionar&iacute;a el rasgo altruista que a su vez se transmitir&iacute;a hereditariamente. Es debatible si Darwin resolvi&oacute; el problema de c&oacute;mo llegan los individuos m&aacute;s cooperativos a sobrevivir frente a la competencia de individuos ego&iacute;stas, antes que se conforme el grupo cooperativo. Para resolver ese problema surgieron nuevas propuestas. Hamilton, 1964, propuso la teor&iacute;a de la selecci&oacute;n de parentesco (<I>kin selection</I>), seg&uacute;n la cual la naturaleza ha seleccionado individuos altruistas porque esto favorece la supervivencia de las familias, es decir de los genes compartidos. Trivers, 1971, propuso la teor&iacute;a del altruismo rec&iacute;proco, para la cual es ventajoso para un individuo realizar actos altruistas pues estos generar&aacute;n en los dem&aacute;s miembros del grupo actos igualmente altruistas respecto de ese individuo. Esta teor&iacute;a se enriqueci&oacute; con las investigaciones en teor&iacute;a de juegos y, sobre todo, con los modelos basados en el comportamiento racional en el caso del dilema iterado de los prisioneros, seg&uacute;n el cual si bien en casos aislados lo racional ser&iacute;a no cooperar, en casos iterados lo racional s&iacute; ser&iacute;a cooperar (Axelrod, 1994). A esto est&aacute; asociado el modelo llamado del <I>tit for tat </I>(algo as&iacute; como -toma y dame-), desarrollado por el psic&oacute;logo <I>Anatol Rapoport</I>, popularizado por Axelrod, y que consiste en cooperar en la primera movida y luego imitar la movida realizada por el oponente. De esta manera se coopera como reacci&oacute;n a la cooperaci&oacute;n ajena o se act&uacute;a retaliatoriamente como reacci&oacute;n a la falta de cooperaci&oacute;n ajena, pero se est&aacute; dispuesto a cooperar posteriormente como consecuencia de actos cooperativos ajenos. </P >     <p >Posteriormente se produjo un renacimiento de la teor&iacute;a de la selecci&oacute;n de grupos gracias a Sober y Wilson, 1998, pero son muchos los autores que han aportado elementos a una concepci&oacute;n m&aacute;s comprehensiva de la g&eacute;nesis del altruismo que incluye rasgos de m&aacute;s de una de estas teor&iacute;as. Podr&iacute;a ser que los rasgos altruistas fueran seleccionados por razones tan diferentes como las que se&ntilde;alan las teor&iacute;as de parentesco y altruismo rec&iacute;proco, pero tambi&eacute;n porque el comportamiento altruista es un buen indicador de la calidad gen&eacute;tica del individuo, porque es m&aacute;s eficiente compartir las grandes presas con rivales hambrientos antes que gastar energ&iacute;a defendi&eacute;ndolas, porque los individuos ego&iacute;stas son castigados por el grupo mientras los altruistas son premiados, etc. Rosas, 2004, ha denominado -selecci&oacute;n psicol&oacute;gica-<Sup>3 </Sup>al proceso por el que la naturaleza selecciona individuos altruistas a trav&eacute;s de causas psicol&oacute;gicas, como por ejemplo el temor a la censura, el deseo de reconocimiento social, etc. (Darwin, 1969). En todo caso, no hay raz&oacute;n para suponer que estas teor&iacute;as se excluyan entre s&iacute; y no puedan complementarse. </P >     <p >Si bien estas teor&iacute;as pueden ser exitosas para explicar la aparici&oacute;n de altruismo biol&oacute;gico, se enfrentan con problemas frente al tipo de altruismo moral humano. Este ocurre caracter&iacute;sticamente cuando uno es altruista con un individuo que no pertenece a su grupo, con quien no se comparte carga gen&eacute;tica, que no est&aacute; en condiciones de actuar rec&iacute;procamente y en una situaci&oacute;n en la que no hay ning&uacute;n premio ni censura social en juego. Se podr&iacute;a discutir si este tipo de comportamiento altruista existe, aunque yo me inclino por pensar que s&iacute;, pero el punto es que si as&iacute; fuera ser&iacute;a el &uacute;nico tipo de comportamiento verdaderamente altruista pues no tendr&iacute;a ninguna otra motivaci&oacute;n excepto el bienestar ajeno como un fin en s&iacute; mismo. </P >     <p >Me parece claro que es posible encontrar este tipo de comportamiento en seres humanos. Se podr&iacute;a objetar que en los casos excepcionales en que &eacute;ste se da, est&aacute; motivado por la satisfacci&oacute;n narcisista de ayudar a otro o de evitar la culpa por no hacerlo. Sin embargo, eso solo probar&iacute;a la existencia del altruismo moral, porque un individuo ego&iacute;sta que actuara de manera altruista solo para obtener resultados que lo beneficiar&iacute;an, no tendr&iacute;a ninguna satisfacci&oacute;n psicol&oacute;gica por beneficiar a alguien desinteresadamente, ni sentir&iacute;a culpa por no hacerlo; en su caso ser&iacute;a todo lo contrario: se sentir&iacute;a culpable respecto de s&iacute; mismo si actuara de manera desinteresada y no obtendr&iacute;a satisfacci&oacute;n psicol&oacute;gica de ello. </P >     <p >Aunque no hay todav&iacute;a investigaciones exhaustivas al respecto, han sido reportados casos de comportamiento altruista moral en chimpanc&eacute;s frente a animales enfermos, ag&oacute;nicos o tullidos, con los que no se comparte carga gen&eacute;tica y que no pueden devolver el favor. Por otra parte, no es beneficioso para la especie preservar los genes de individuos enfermos o que simplemente no pueden perpetuar sus genes, con lo cual se mantiene la pregunta de por qu&eacute; la naturaleza habr&iacute;a seleccionado a individuos que se comportan de manera desinteresadamente altruista, es decir, seg&uacute;n lo que hemos venido llamado altruismo moral.<Sup>4 </Sup>En el caso de ciertos animales, como por ejemplo las ratas, esto quiz&aacute; sugiera que una vez que el rasgo altruista se ha instalado gen&eacute;ticamente act&uacute;a ciegamente, es decir, mec&aacute;nicamente, independientemente de la funci&oacute;n de supervivencia que pudiera tener para el individuo o el grupo. Pero mi punto es que si bien es cierto que el comportamiento cooperativo humano tiene una base gen&eacute;tica similar a la de otros animales sociales y, por tanto, sus ra&iacute;ces pueden explicarse de la misma manera, hay una importante diferencia entre el comportamiento cooperativo animal y el comportamiento moral humano. Esta diferencia radica en que en el caso humano hay consciencia de que el acto altruista es desinteresado y normativo porque tiene como objetivo el bien de otro individuo que es considerado un fin en s&iacute; mismo. La posibilidad de llegar a desarrollar este tipo de consciencia parece requerir de capacidad de simulaci&oacute;n. No me parece imposible que haya alguna forma primitiva de altruismo moral en animales no humanos, como ciertos primates superiores, pero esto es algo insuficientemente estudiado. S&iacute; me parece claro que por complejos que sean los rasgos que constituyen el altruismo moral humano, y el comportamiento moral humano, tienen que ser el producto de la evoluci&oacute;n de estados cooperativos menos complejos. Mi tesis, sin embargo, es que para que esta evoluci&oacute;n se haya podido dar, es necesario que est&eacute;n presentes facultades cognitivas muy complejas, especialmente la capacidad de simulaci&oacute;n. Pero para aclarar estas ideas ser&aacute; necesario analizar los distintos sentidos de los t&eacute;rminos involucrados. </P >     <p    >III. ALTRUISMO Y COMPORTAMIENTO MORAL </p >     <p > Hay cuatro niveles en la evoluci&oacute;n del comportamiento moral que deseo describir. Cada uno de ellos est&aacute; presente en el nivel posterior, es decir, el &uacute;ltimo nivel presupone a los tres anteriores y as&iacute; en adelante. </P >     <p >En primer lugar tenemos el comportamiento cooperativo: este est&aacute; caracterizado por ser un tipo de ayuda, colaboraci&oacute;n o asistencia que se realiza para obtener un fin colectivo que beneficia al grupo. Hay comportamiento cooperativo en todos los animales sociales, incluidos los insectos. En segundo lugar tenemos el altruismo biol&oacute;gico: Aqu&iacute; se trata de un tipo de colaboraci&oacute;n que beneficia las posibilidades de supervivencia o reproducci&oacute;n de otro individuo a expensas de las de uno mismo. En tercer lugar est&aacute; el altruismo moral: En este caso se trata de una colaboraci&oacute;n libre, consciente, intencional y desinteresada que beneficia a otro individuo (con el que se puede o no compartir carga gen&eacute;tica) a expensas de los intereses de uno mismo, donde el bienestar del otro es considerado un fin en s&iacute; mismo. Finalmente tenemos el comportamiento moral, que se caracteriza por ser un tipo de altruismo moral donde el agente considera que sus acciones est&aacute;n regidas por normas morales que &eacute;l ha elegido. Se ver&aacute;, entonces, que puede haber altruismo moral sin que haya conciencia del deber; esto ocurre, por ejemplo, cuando el agente act&uacute;a solo por compasi&oacute;n. Pero incluso en el caso del altruismo moral ya debe estar presente cierta capacidad de deliberaci&oacute;n. Pero para que el agente act&uacute;e moralmente en sentido pleno, debe creer que se encuentra constre&ntilde;ido para actuar de esa manera, lo que le permite formular juicios morales.</P >     <p >En esta l&iacute;nea de pensamiento, lo que convierte a un acto en moralmente altruista o ego&iacute;sta no es sus consecuencias respecto del bienestar de otros individuos, sino es el tipo de motivaciones que lo causaron, es decir, las creencias y deseos conscientes e intencionales del agente. En base a este supuesto es posible afirmar que solo criaturas a los que es posible atribuir creencias y deseos intencionales y conscientes son capaces de comportamiento moral. Es frecuente que estas motivaciones sean combinadas, es decir, que haya motivaciones altruistas integradas con ego&iacute;stas. Sin embargo, basta con que haya alguna motivaci&oacute;n desinteresada en la realizaci&oacute;n de una acci&oacute;n para que amerite considerarla como moralmente altruista y para que sea necesario preguntarse sobre su g&eacute;nesis y constituci&oacute;n. En todo caso, asumiendo que el comportamiento moralmente altruista se caracteriza porque sus motivaciones son desinteresadas, se est&aacute; sosteniendo que quienes realizan estas acciones son criaturas deliberantes. La deliberaci&oacute;n participa en dos momentos: en primer lugar para establecer que la acci&oacute;n moralmente correcta es aquella que beneficia a otros individuos a expensas de uno mismo, si es que el sacrificio que hay que hacer es inferior al beneficio que este proporcionar&aacute; al otro individuo, con lo cual el bienestar del otro individuo se torna en alg&uacute;n sentido preferible al de uno y el bien del otro es visto como un fin en si mismo. En segundo lugar, para establecer cu&aacute;les exactamente son las acciones que ser&iacute;an de beneficio de la otra persona. As&iacute;, entonces, la acci&oacute;n moralmente altruista incluye una deliberaci&oacute;n consecuencialista. </P >     <p >Quiz&aacute; haya quienes no encuentren razones para acepar que el comportamiento moral es diferente del altruismo moral, y consideren que la noci&oacute;n de comportamiento moral que estoy empleando tiene un elemento de universalidad formal kantiana que no es necesario, ni conveniente, aceptar. La diferencia central que veo entre altruismo moral y comportamiento moral es que, <I>en </I>principio, lo primero podr&iacute;a darse en primates no hom&iacute;nidos (o en individuos humanos como ni&ntilde;os o personas con problemas neurol&oacute;gicos) mientras que lo segundo no, porque este &uacute;ltimo implica capacidades cognitivas muy complejas. Sin embargo, considero que lo que tenemos es un continuo entre todos estos niveles, con lo que algunos rasgos de lo que llamamos comportamiento moral podr&iacute;an estar presentes en especies o individuos de manera incipiente. Por otra parte, no estoy sosteniendo que haya alg&uacute;n sentido en que el comportamiento moral, as&iacute; definido, sea superior o m&aacute;s valioso, en alguna escala de desarrollo moral, que el altruismo moral. Solo uso la categor&iacute;a porque me parece que refleja lo que los fil&oacute;sofos morales com&uacute;nmente entienden por comportamiento moral, y me interesa mostrar su continuidad evolutiva con otras formas de comportamiento. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Ahora bien, intencionalidad, deliberaci&oacute;n, consciencia de las motivaciones, libre albedr&iacute;o y autonom&iacute;a tambi&eacute;n son un asunto de grado y forman una continuidad. Es decir, en general podemos atribuir estas propiedades a las acciones realizadas por seres humanos adultos, pero en tanto vamos retrocediendo en la vida de la persona hasta su infancia (o en la evoluci&oacute;n de nuestra especie desde otros hom&iacute;nidos), reconoceremos cada vez menos de estos rasgos en su comportamiento. No todo acto intencional es plenamente consciente (consid&eacute;rese los actos fallidos y los <I>lapsus </I>freudianos) y no todo acto consciente es plenamente intencional (a veces actuamos manipulados o bajo presi&oacute;n).<Sup>5 </Sup>Pero consciencia e intencionalidad van de la mano, incluso si en proporciones diferentes. De otro lado, consciencia e intencionalidad tambi&eacute;n forman un continuo evolutivo, de suerte que podemos encontrar una graduaci&oacute;n que va desde el <I>homo sapiens</I>, pasando por los primates no humanos, hacia los mam&iacute;feros superiores e inferiores. Naturalmente una graduaci&oacute;n semejante, no id&eacute;ntica, la encontramos en el desarrollo del ni&ntilde;o. La capacidad de deliberar acerca de las consecuencias de nuestras acciones tambi&eacute;n es un asunto de grado, con lo cual es razonable suponer que lo es el comportamiento moral en general, teniendo como criterio b&aacute;sico de comparaci&oacute;n el comportamiento moral humano. En su versi&oacute;n humana desarrollada, desde por lo menos el altruismo moral, estas capacidades parecen inseparables de la capacidad de simulaci&oacute;n; en tanto esta capacidad est&aacute; menos presente, tambi&eacute;n lo est&aacute; el altruismo y el comportamiento moral. As&iacute; pues, ahora volveremos nuestros ojos a la capacidad de simulaci&oacute;n. </P >     <p    >IV. SIMULACI&Oacute;N Y METARREPRESENTACI&Oacute;N </p >     <p > La teor&iacute;a m&aacute;s aceptada acerca de la evoluci&oacute;n cognitiva es el modelo de autocat&aacute;lisis. Seg&uacute;n este, cuando los hom&iacute;nidos de hace aproximadamente dos millones de a&ntilde;os se volvieron b&iacute;pedos, como consecuencia de cambios en el ambiente, sus extremidades anteriores quedaron liberadas, con lo cual pudieron ser usadas para la confecci&oacute;n y uso de artefactos. El uso de utensilios potenci&oacute; la inteligencia y aument&oacute; el volumen de masa encef&aacute;lica, de aproximadamente 450 cm<Sup>3 </Sup>hace tres millones de a&ntilde;os (comparable a los cerebros actuales de chimpanc&eacute;s y gorilas), hasta aproximadamente 1.500 cm<Sup>3 </Sup>en el <I>Homo sapiens sapiens </I>actual. Tambi&eacute;n se desarroll&oacute; y perfeccion&oacute; el comportamiento cooperativo para la caza y la protecci&oacute;n mutua, lo que desarroll&oacute; m&aacute;s a&uacute;n la inteligencia. </P >     <p >Las habilidades involucradas en el comportamiento cooperativo para la caza y la protecci&oacute;n mutua tienen que haber evolucionado de la mano con mecanismos de reconocimiento de las necesidades, emociones, creencias y objetivos ajenos. Estos mecanismos requieren de la aparici&oacute;n de capacidades simp&aacute;ticas, emp&aacute;ticas y metarrepresentacionales. Por razones metodol&oacute;gicas seguir&eacute; una tendencia actual a distinguir entre simpat&iacute;a y empat&iacute;a (Wisp&eacute;, 1987; Wisp&eacute;, 1991). Lo primero alude a la capacidad de percibir y compartir, o acompa&ntilde;ar emocionalmente, los estados mentales ajenos. Este concepto, popularizado filos&oacute;ficamente por Hume, se encuentra muy cercano al de compasi&oacute;n, pues tiene un contenido b&aacute;sicamente afectivo y se puede reconocer ya en ni&ntilde;os peque&ntilde;os, as&iacute; como en primates no humanos cognitivamente poco desarrollados. </P >     <p >La empat&iacute;a, por su parte, es una habilidad m&aacute;s cognitiva que afectiva, y alude especialmente a la capacidad de reconocer las creencias ajenas y sus necesidades y sentimientos, incluso si uno no los comparte, si a uno no lo movilizan psicol&oacute;gicamente o si uno emplea ese conocimiento precisamente para manipular el comportamiento ajeno. Hay debate respecto de si se puede separar simpat&iacute;a y empat&iacute;a, y es conveniente aclarar que estas suelen ser habilidades que se dan juntas, pero es conveniente distinguirlas conceptualmente para iluminar los distintos rasgos involucrados. Por otra parte, al parecer s&iacute; pueden darse separadamente. Es posible encontrar personas con gran capacidad emp&aacute;tica pero m&iacute;nima o ninguna capacidad simp&aacute;tica, como es el caso de los psic&oacute;patas. Tambi&eacute;n est&aacute; reconocida la existencia de individuos (sobre todo bebes muy peque&ntilde;os e incluso animales) que son capaces de percibir el sufrimiento ajeno y sentirse afectados por &eacute;l, sin tener un desarrollo cognitivo suficientemente complejo como para entender, o siquiera imaginar, la situaci&oacute;n por la que la otra persona o criatura est&aacute; pasando, es decir, sin estar en condiciones de hacer atribuciones de estados mentales en segundo grado o, lo que es lo mismo, sin tener capacidad metarrepresentacional. Entonces, podemos distinguir entre empat&iacute;a y simpat&iacute;a como capacidades diferentes que ciertamente se complementan y se potencian mutuamente. Todo parece indicar, sin embargo, que la simpat&iacute;a es evolutivamente anterior a la empat&iacute;a. </P >     <p >Formas rudimentarias de la simpat&iacute;a pueden ser encontradas en mam&iacute;feros superiores y en bebes muy peque&ntilde;os, con incluso solo horas de vida, en lo que se conoce como -contagio emocional- (Hartfield <I>et al., </I>1993).<Sup>6 </Sup>Esto se produce cuando un individuo reconoce estados mentales en otro, especialmente aquellos que involucran sufrimiento pero tambi&eacute;n placer o dicha, reproduci&eacute;ndolos en s&iacute; mismo. Esta reproducci&oacute;n suele ser inconsciente y precognitiva. Un ejemplo de esto es cuando tenemos un grupo de reci&eacute;n nacidos y uno de ellos se pone a llorar; lo m&aacute;s probable es que todos los dem&aacute;s se contagien de esto y rompan tambi&eacute;n a llorar, incluso si no tienen ninguna incomodidad. El contagio emocional tiene un alto valor de supervivencia porque permite reaccionar apropiadamente ante situaciones compartidas como, por ejemplo, con temor y huida ante una amenaza com&uacute;n. Probablemente el sustrato m&aacute;s b&aacute;sico del contagio emocional sea el motor mimicri, o imitaci&oacute;n mec&aacute;nica del comportamiento ajeno. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con una manada de alpacas que mec&aacute;nicamente dejan lo que est&aacute;n haciendo y se ponen a mirar en cierta direcci&oacute;n, una vez que una de las alpacas ha actuado de esa manera. <I>Motor mimicri </I>y contagio emocional son probablemente las ra&iacute;ces evolutivas de lo que despu&eacute;s ser&aacute;n la simpat&iacute;a, la empat&iacute;a y la simulaci&oacute;n, que originalmente tendr&iacute;an como objetivo permitir que los individuos se apoyen mutuamente en la satisfacci&oacute;n de necesidades y se protejan de peligros comunes. </P >     <p >En lo que sigue voy a imaginar una secuencia evolutiva que conducir&iacute;a al altruismo y comportamiento moral, donde cada paso anterior es condici&oacute;n de posibilidad del posterior. Los conceptos entre par&eacute;ntesis son explicaciones o se dan de manera asociada a los que vienen inmediatamente antes de ellos. Despu&eacute;s de exponer el esquema intentar&eacute; justificarlo. </P >     <p >Comportamiento cooperativo, altruismo biol&oacute;gico, <I>motor mimicri</I>, contagio emocional &rarr; simpat&iacute;a (compasi&oacute;n) &rarr; empat&iacute;a (reconocimiento de la propia identidad en un espejo, consciencia de s&iacute; mismo, identificaci&oacute;n con otro) &rarr; metarrepresentaci&oacute;n/simulaci&oacute;n (teor&iacute;a de la mente, capacidad de mentalizaci&oacute;n, capacidad de atribuir estados mentales en segundo o m&aacute;s grados), capacidad de postergaci&oacute;n &rarr; altruismo moral &rarr; deliberaci&oacute;n, reconocimiento de intencionalidad moral, interpretaci&oacute;n y juicio moral, autonom&iacute;a &agrave; comportamiento moral. </P >     <p >En lo que sigue voy a sugerir algunas correlaciones entre la evoluci&oacute;n cognitiva y moral del ni&ntilde;o, as&iacute; como entre la evoluci&oacute;n cognitiva y moral de la especie. No se trata, por supuesto, de suponer que la ontog&eacute;nesis recapitula la filog&eacute;nesis, sino de iluminar posibles l&iacute;neas similares de evoluci&oacute;n.<Sup>7 </Sup></P >     <p >La evoluci&oacute;n emp&aacute;tica del ni&ntilde;o toma m&aacute;s o menos la siguiente forma: Antes de cumplir el a&ntilde;o los infantes ya distinguen entre criaturas vivas y objetos inertes. A partir del a&ntilde;o los ni&ntilde;os consuelan a los dem&aacute;s. El que esto sea un comportamiento tan precoz sugiere su car&aacute;cter innato y, por tanto, adaptativo y no cultural. Esto sugiere que en el desarrollo moral primero se forman las tendencias afectivas y despu&eacute;s aparecen las racionalizaciones del comportamiento generado por ellas, todo lo cual no har&iacute;a sino apoyar la c&eacute;lebre frase de Hume de que la raz&oacute;n est&aacute; y debe estar al servicio de los afectos. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Aproximadamente a los catorce meses los ni&ntilde;os pueden involucrarse en situaciones de atenci&oacute;n compartida (<I>joint attention</I>) con otras personas acerca de objetos comunes, hacen contacto visual y pueden seguir la direcci&oacute;n de las miradas ajenas. As&iacute;, por ejemplo, si el bebe ve que la madre mira hacia alg&uacute;n objeto distante con inter&eacute;s, el ni&ntilde;o sigue la mirada de la madre y reacciona ante las reacciones de ella. Estos son los rudimentos de lo que m&aacute;s adelante ser&aacute; la capacidad de triangular, en que el ni&ntilde;o desarrolla los conceptos de yo, otros y mundo compartido, como conceptos inseparables. </P >     <p >El contagio emocional progresivamente se va convirtiendo en capacidad simp&aacute;tica y emp&aacute;tica al asociarse con la capacidad de identificaci&oacute;n y la consciencia de s&iacute; mismo, lo que suele considerarse que ocurre cuando el ni&ntilde;o puede reconocerse en un espejo, entre los 18 y los 24    meses. El retraso de la capacidad de reconocerse en un espejo est&aacute; relacionada con el retraso en    la capacidad de atribuir estados mentales a otros individuos, lo que suele ocurrir en ni&ntilde;os con    retardo mental, autismo y da&ntilde;o en el l&oacute;bulo frontal (Hauser, 2006).</P >     <p >Antes de los dos a&ntilde;os aparece la capacidad conocida como <I>pretend play </I>o juego simb&oacute;lico. Por ejemplo, el ni&ntilde;o jugar&aacute; a que el sill&oacute;n de la sala es un caballo o a que su mu&ntilde;eca es un beb&eacute;, pero claramente reconocer&aacute; que esto es solamente un juego y distinguir&aacute; entre la realidad y su fantas&iacute;a. Al jugar, el ni&ntilde;o imagina que la realidad es diferente de como &eacute;l sabe que es. Aqu&iacute; se establecen las bases del principio de realidad y de lo que posteriormente ser&aacute;n las capacidades de simulaci&oacute;n y metarrepresentaci&oacute;n. </P >     <p >Aproximadamente a los dos a&ntilde;os de edad el ni&ntilde;o desarrolla la capacidad de representarse el mundo, con lo cual puede diferenciar la realidad de la fantas&iacute;a y, as&iacute;, adquiere los rudimentos de lo que despu&eacute;s ser&aacute;n los conceptos de verdadero y falso. Alrededor de los tres a&ntilde;os, el ni&ntilde;o desarrolla la capacidad de representarse las representaciones ajenas (la capacidad metarrepresentacional), con lo cual puede atribuir a otros agentes estados mentales diferenci&aacute;ndolos de los suyos propios (-Pedro cree que p-) y est&aacute; en condiciones de aprobar las pruebas de la falsa creencia (Fonagy <I>et al., </I>2002).<Sup>8 </Sup>Reci&eacute;n a los cinco o seis a&ntilde;os el ni&ntilde;o est&aacute; en capacidad de atribuir a otras personas estados mentales de segundo orden (-Pedro cree que Mar&iacute;a cree que p-). De esta manera, el ni&ntilde;o va aprendiendo a compartir el punto de vista ajeno sin perder el propio. </P >     <p >Las investigaciones de Fonagy <I>et al.</I>, 2002, indican que si bien todos los ni&ntilde;os desarrollan de manera espont&aacute;nea una teor&iacute;a de la mente, es decir, la capacidad de atribuir estados mentales a los dem&aacute;s para explicar su comportamiento, las capacidades de simulaci&oacute;n var&iacute;an notablemente seg&uacute;n la calidad del apego que los ni&ntilde;os tuvieron con sus cuidadores tempranos (Bowlby, 1973; Bowlby, 1978). Estos mismos autores denominan -mentalizaci&oacute;n- o -funci&oacute;n reflexiva- a la capacidad de tener estados mentales y de atribuirlos a otros individuos. Seg&uacute;n Fonagy <I>et al.</I>, 2002, un apego deficiente generar&aacute; una mala funci&oacute;n reflexiva, lo que en situaciones extremas podr&iacute;a conducir al individuo a ver a las dem&aacute;s personas de manera deshumanizada, como miembros de unajerarqu&iacute;a o grupo, y no como agentes intencionales dotados individualmente de estados mentales. </P >     <p >Entre los dos y los cuatro a&ntilde;os el ni&ntilde;o puede comenzar a imaginar de manera b&aacute;sica los sentimientos y estados mentales ajenos. Mucho antes de desarrollar capacidades metarrepresentacionales, los ni&ntilde;os peque&ntilde;os ya tienen v&iacute;nculos afectivos con otras personas, lo que sugiere que la metarrepresentaci&oacute;n se desarrolla desde habilidades preconceptuales no-conscientes que se van haciendo conscientes y desarrollando paulatinamente, a partir de factores neurol&oacute;gicos y de condiciones del entorno como el apego. Todas estas habilidades son necesarias para la supervivencia. Cuando Darwin estudi&oacute; el comportamiento cooperativo en <I>The Descent of Man </I>afirm&oacute; que es un tipo de simpat&iacute;a, aludiendo al t&eacute;rmino usado por Hume y Adam Smith, a quienes ley&oacute; y apreci&oacute;, a&ntilde;adiendo que esto permitir&iacute;a en el caso de animales m&aacute;s evolucionados la aparici&oacute;n de una -consciencia o sentido de lo moral-. Lo importante es que las habilidades metarrepresentacionales se desarrollan cuando el ni&ntilde;o tiene que atribuir a los dem&aacute;s estados mentales para poder comprenderlos y explicar coherentemente su comportamiento. De esta manera se habit&uacute;a a simular ser el otro en condiciones contraf&aacute;cticas, imaginando estados mentales que no tiene pero que podr&iacute;a haber tenido. As&iacute;, el ni&ntilde;o se acostumbra a comportarse con los dem&aacute;s seg&uacute;n los estados mentales que les va atribuyendo, que son los que el ni&ntilde;o cree que tendr&iacute;a si estuviera en la situaci&oacute;n que &eacute;l cree que est&aacute;n los otros. Algunos estudios (Hauser, 2006) muestran una correlaci&oacute;n entre la capacidad metarrepresentacional y el juicio moral. A los cinco a&ntilde;os los ni&ntilde;os juzgan los actos moralmente, no seg&uacute;n sus consecuencias sino dependiendo de las intenciones que los ni&ntilde;os creen que tuvieron los agentes que las realizaron. As&iacute;, los ni&ntilde;os juzgan de maneras diferentes actos que tuvieron exactamente las mismas consecuencias, si es que los ni&ntilde;os atribuyen intenciones distintas a sus agentes. A esa edad los ni&ntilde;os no solo atribuyen intenciones a las personas sino, adem&aacute;s, les atribuyen intenciones que juzgan como buenas o como malas. Es claro que para hacer ese tipo de juicio moral los ni&ntilde;os necesitan haber imaginado los estados mentales del agente (su buena o mala intenci&oacute;n), lo que parece probar que el juicio moral presupone cierta capacidad metarrepresentacional. </P >     <p >Las capacidades metarrepresentacionales y de simulaci&oacute;n tienen una obvia funci&oacute;n adaptativa, pues permiten realizar de manera exitosa actividades cooperativas, como la caza y la defensa, elaborando t&aacute;cticas comunes. Tambi&eacute;n permiten enga&ntilde;ar y manipular, pero adem&aacute;s hacen posible la transmisi&oacute;n de informaci&oacute;n y la construcci&oacute;n de un orden social que tenga complejas relaciones de jerarqu&iacute;a y poder, as&iacute; como de solidaridad, reciprocidad y altruismo. Es posible afirmar que hay una relaci&oacute;n directamente proporcional entre la presencia de capacidad metarrepresentacional en una especie, y la complejidad de su estructura social y de los v&iacute;nculos intersubjetivos que se dan en ella. Veremos m&aacute;s adelante que hay razones para suponer que existen capacidades metarrepresentacionales en otros primates superiores adem&aacute;s de los humanos. En todo caso, la correlaci&oacute;n entre complejidad social y capacidad metarrepresentacional sugiere que las habilidades cognitivas y afectivas humanas, que son las que participan en las capacidades metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n, han evolucionado modeladas seg&uacute;n su funci&oacute;n social (Byrne y Whiten, 1988; Cosmides, 1989). Esto es lo que se suele llamar la hip&oacute;tesis de la inteligencia social o del cerebro social. Seg&uacute;n Dunbar, las investigaciones neurol&oacute;gicas del neocortex sugieren la hip&oacute;tesis de que ya en los primates existir&iacute;a un -cerebro social- (Dunbar, 1998; Obiols y Pousa, 2005). </P >     <p >El punto es que las capacidades metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n hacen posible la existencia de complejas relaciones sociales, entre estas est&aacute; el reconocimiento del sufrimiento ajeno y una tendencia natural a aliviarlo, especialmente si se trata de un miembro del grupo m&aacute;s cercano. Este ser&iacute;a el origen del comportamiento altruista moral. Las investigaciones sugieren que el reconocimiento del sufrimiento ajeno produce un sufrimiento propio, lo que activa un comportamiento de cooperaci&oacute;n. Existe este tipo de comportamiento en los seres humanos, aunque hay reportes documentados de comportamiento compasivo en primates no humanos y en mam&iacute;feros como ballenas, delfines, elefantes, lobos y perros (De Waal, 1997). </P >     <p >La evidencia en psicolog&iacute;a experimental sugiere que el aumento de las capacidades simp&aacute;tica y emp&aacute;tica potencia el altruismo moral. Asimismo, sugiere que los ni&ntilde;os expuestos a cuidadores emp&aacute;ticos y previsibles, es decir racionales y cuyo comportamiento es inteligible, desarrollan m&aacute;s empat&iacute;a y capacidad de introspecci&oacute;n. Esto har&iacute;a posible que esos ni&ntilde;os se conviertan en adultos m&aacute;s altruistas (Fonagy <I>et al., </I>2002). </P >     <p >Las evidencias sugieren que hay una correlaci&oacute;n entre capacidad etarrepresentacional, capacidad de postergaci&oacute;n y altruismo (Thompson <I>et al., </I>1997; Moore y Macgillivray, 2004). Esto es fundamental porque el comportamiento moral normalmente requiere que uno postergue, o eventualmente anule, sus deseos inmediatos en favor de un beneficio o recompensa posterior, que puede ser un beneficio propio, el equilibrio social o un beneficio para otros. Adem&aacute;s, tanto la capacidad de postergaci&oacute;n como el altruismo requieren de la habilidad para imaginar estados mentales futuros. En el caso de la capacidad de postergaci&oacute;n, imaginamos los estados mentales que tendr&iacute;amos si posterg&aacute;ramos cierta situaci&oacute;n presente a cambio de un beneficio futuro; en el caso del altruismo, imaginamos los estados mentales futuros de otra persona si actu&aacute;ramos de cierta manera para con &eacute;l. Los ni&ntilde;os que responden bien a las pruebas de la falsa creencia tienen una mayor tendencia a compartir con otros ni&ntilde;os a cambio de una gratificaci&oacute;n futura (Hauser, 2006). </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Esto parece requerir de un simulador interno que permita al individuo imaginarse a s&iacute; mismo en un momento futuro, obteniendo o realizando para otros un beneficio que no se obtendr&iacute;a de no aceptar un perjuicio presente, o imaginando a otros gozando de un beneficio futuro que solo se dar&iacute;a si el agente hiciera un sacrificio presente. Un simulador interno es una facultad que nos permite imaginarnos a nosotros mismos en distintos escenarios posibles, lo que nos ayuda a decidirnos por la opci&oacute;n que presente mejores consecuencias. El simulador no solo permite que uno se imagine circunstancias del entorno, sino tambi&eacute;n estados mentales propios y ajenos. Un simulador interno de este tipo es altamente adaptativo porque permite probar imaginariamente distintos cursos de acci&oacute;n antes de realizarlos y correr el riesgo de fracasar. Ahora bien, lo esencial en el comportamiento moral no es solo ser capaz de comportamiento altruista, sino tambi&eacute;n hacerlo de manera voluntaria y como producto de alg&uacute;n tipo de deliberaci&oacute;n moral, lo que incluye el reconocer intenciones (en uno mismo y en los dem&aacute;s) y valorarlas como buenas o malas. Esta capacidad parece presuponer todas las capacidades mencionadas que los ni&ntilde;os van adquiriendo progresivamente. </P >     <p    >V. ALTRUISMO, SIMULACI&Oacute;N Y METARREPRESENTACI&Oacute;N EN PRIMATES NO HUMANOS </p >     <p > Aunque es un hecho que los primates no humanos son capaces de comportamiento altruista biol&oacute;gico, no es posible atribuirles comportamiento moral en el sentido que venimos discutiendo, y es discutible si podemos atribuirles altruismo moral, pues eso implicar&iacute;a atribuirles alg&uacute;n grado de capacidad metarrepresentacional y de simulaci&oacute;n. Sin embargo, s&iacute; podemos encontrar en algunas especies las bases evolutivas de lo que en los humanos se convirti&oacute; en el altruismo moral. </P >     <p >Los experimentos cl&aacute;sicos realizados por Premack y Woodruff, 1978, y publicados en su art&iacute;culo de 1978 en que acu&ntilde;an la expresi&oacute;n -teor&iacute;a de la mente-, exhiben ante un grupo de simios un video con personajes. La evidencia indica que los simios llegan a reconocer las intenciones de los individuos que aparecen en el video. </P >     <p >Por otra parte, chimpanc&eacute;s y gorilas pueden reconocer su propia imagen en un espejo, lo que es indicador de consciencia de s&iacute; mismo (Povinelli, 1995).<Sup>9 </Sup>Chimpanc&eacute;s, gorilas y bonobos tienen la habilidad de predecir, enga&ntilde;ar y manipular el comportamiento de otros individuos, as&iacute; como de crear alianzas en contra de otros. Esto fue denominado por Humphrey -inteligencia maquiav&eacute;lica- (Humphrey, 1976). Los chimpanc&eacute;s, adem&aacute;s, tienen la habilidad de contraenga&ntilde;ar a otros. El enga&ntilde;o es hacer creer a otro individuo algo que uno no cree. El contraenga&ntilde;o es hacerle creer al otro que uno cree algo que no cree. Esta habilidad requiere, por lo menos, de capacidad metarrepresentacional en segundo grado. Consid&eacute;rese la siguiente situaci&oacute;n comentada por Byrne y Whiten, 1988 y Obiols y Pousa, 2005: </P >     <p >El chimpanc&eacute; A puede acceder a un caj&oacute;n con comida. </P >     <p >El chimpanc&eacute; B no puede hacerlo, pero vigila a A. </P >     <p >A simula no tener comida ni acceso a la comida. </P >     <p >B simula irse, pero se esconde tras un &aacute;rbol, mientras vigila a A. </P >     <p >A saca la comida. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >B retorna r&aacute;pidamente y arrebata a A la comida. </P >     <p >En este experimento A atribuye creencias a B, pero tambi&eacute;n atribuye a B creencias acerca de </P >     <p >A. B hace lo mismo con A. Finalmente, B gana en el juego del enga&ntilde;o. </P >     <p >Otro experimento realizado por Povinelli (Povinelli, 1987; Povinelli, 1990; Povinelli, 1992; Povinelli, 1994) y De Waal, 1997, en el laboratorio de Sarah Boysen ten&iacute;a las siguientes caracter&iacute;sticas: Dos personas diferentes se&ntilde;alaron a un grupo de simios d&oacute;nde se encontraba escondido un paquete de comida. Los simios observaron que una de estas personas hab&iacute;a visto d&oacute;nde se escondi&oacute; la comida; tambi&eacute;n vieron que la otra persona ten&iacute;a la cabeza cubierta con una bolsa de papel cuando la comida fue escondida. Los simios confiaron en las indicaciones de la primera persona pero no en las de la segunda persona para ubicar la comida. Esto sugerir&iacute;a que los chimpanc&eacute;s pueden tener &eacute;xito en la prueba de la falsa creencia. No hay acuerdo pleno en este punto, sin embargo, porque los experimentos se han realizado con simios acostumbrados al trato humano y no en estado silvestre. Premack mismo, diez a&ntilde;os despu&eacute;s de su art&iacute;culo cl&aacute;sico publicado con Woodruf, concluy&oacute; que no hay pruebas suficientes para atribuir a los chimpanc&eacute;s una teor&iacute;a de la mente (Premack y Woodruff, 1978). Sin embargo, los experimentos realizados por Kuroshima <I>et al., </I>2003, de la Universidad de Kyoto sugieren que algunos monos capuchinos tendr&iacute;an &eacute;xito en la prueba de la falsa creencia. De Waal, 2006, piensa que los experimentos donde los chimpanc&eacute;s no parecen superar esta prueba estuvieron mal dirigidos. Seg&uacute;n &eacute;l, esos experimentos no ten&iacute;an el elemento afectivo necesario para movilizar a los simios, por lo cual el problema con los experimentos es que estaban dise&ntilde;ados de una forma demasiado -cognitivamente humana- (Hammock y Young, 2005).<Sup>10 </Sup>En todo caso, todo lo que se puede decir es que no tenemos razones categ&oacute;ricas para afirmar que los chimpanc&eacute;s tienen capacidad metarrepresentacional semejante a la humana. M&aacute;s a&uacute;n, es razonable suponer que la capacidad metarrepresentacional humana, plenamente desarrollada, requiere de lenguaje, habiendo estas dos capacidades evolucionado interactuando mutua-mente. De ser as&iacute;, la capacidad metarrepresentacional humana plenamente desarrollada tendr&iacute;a alrededor de 50.000 a&ntilde;os, aunque tendr&iacute;a que haber evolucionado de capacidades cognitivas m&aacute;s b&aacute;sicas y mucho m&aacute;s antiguas. </P >     <p >Lo que s&iacute; podemos afirmar es que hay suficientes indicios de que los chimpanc&eacute;s tienen alg&uacute;n tipo de capacidad metarrepresentacional que les permite atribuir estados mentales a otros individuos, predecir su comportamiento, dise&ntilde;ar estrategias de enga&ntilde;o y monitorear el comportamiento ajeno.<Sup>11 </Sup>Los chimpanc&eacute;s pueden atribuir estados mentales a otros individuos, pero se confunden cuando tienen que diferenciar entre individuos para atribuir distintos estados mentales. Esto sugerir&iacute;a que poseen una versi&oacute;n primitiva de una teor&iacute;a de la mente. En la medida que nos vamos alejando de los patrones evolutivos humanos, estas capacidades se hacen m&aacute;s tenues. Por ejemplo, los gorilas tambi&eacute;n se reconocen en espejos y pueden monitorizar la mirada de otros individuos, pero no hay evidencia de que atribuyan estados intencionales ni que tengan &eacute;xito en la prueba de la falsa creencia. Algunos monos son capaces de distraer a sus rivales comport&aacute;ndose como si, y por tanto haci&eacute;ndoles creer que, hay un depredador acerc&aacute;ndose, pero no se reconocen en espejos ni superan pruebas de la falsa creencia. Byrne y Whiten (Byrne y Whiten, 1988; Byrne y Whiten, 1991) denominan a este comportamiento en monos -enga&ntilde;o t&aacute;ctico-, y consideran que es un comportamiento rutinario y mec&aacute;nico que no presupone capacidad metarrepresentacional. De ser as&iacute;, ello indicar&iacute;a que no todo comportamiento social complejo requiere de capacidad metarrepresentacional y que las formas m&aacute;s primitivas de esa capacidad se encuentran en comportamientos mec&aacute;nicos m&aacute;s b&aacute;sicos. </P >     <p >Por otra parte, as&iacute; como hay pruebas de capacidad metarrepresentacional en chimpanc&eacute;s pero no en monos, hay indicios de comportamiento compasivo y emp&aacute;tico en los primeros pero no en los segundos. Toda esta evidencia interconectada sugerir&iacute;a que la compasi&oacute;n est&aacute; presente donde hay capacidad de simulaci&oacute;n, y que estas son las condiciones b&aacute;sicas para el posterior desarrollo de juicio y comportamiento moral. Adem&aacute;s, por lo menos en el caso de los ni&ntilde;os, hay una correlaci&oacute;n entre la capacidad de reconocerse a uno mismo en un espejo y la tendencia a compadecerse y consolar a quienes sufren. Esto sugerir&iacute;a que el consuelo y la compasi&oacute;n requieren de consciencia de s&iacute; mismo y capacidad de imaginarse padeciendo lo que otro padece (Johnson, 1982; Bischof-K&ouml;ler, 1988). </P >     <p >Como se ha viso, si bien empat&iacute;a y simpat&iacute;a est&aacute;n fuertemente integrados, metodol&oacute;gicamente podemos distinguirlas porque la primera tiene m&aacute;s carga cognitiva y la segunda m&aacute;s carga afectiva. Coincido con De Waal (De Waal, 2003; De Waal, 2006)<Sup>12</Sup>, Baron-Cohen (Baron-Cohen, 2003; Baron-Cohen, 2004) con otros investigadores en que a la base de la empat&iacute;a y la capacidad metarrepresentacional se encuentra la simpat&iacute;a, es decir, los lazos afectivos entre individuos de un mismo grupo. La simpat&iacute;a, a su vez, reposa sobre mecanismos m&aacute;s b&aacute;sicos aun, como el contagio emocional y el motor mimicri. De hecho, cuando uno observa una fotograf&iacute;a donde se ve a una persona en extremo sufrimiento, por ejemplo con un rictus de dolor, la cara del observador tiende a imitar la de la imagen, y el observador reproduce en s&iacute; mismo la experiencia que supone tuvo el fotografiado. As&iacute;, por ejemplo, se genera un sentimiento inmediato de malestar, incomodidad, desagrado o, incluso, sufrimiento f&iacute;sico. Estas reacciones musculares son mec&aacute;nicas y autom&aacute;ticas e, incluso, pueden ser inconscientes e invisibles al ojo no experimentado (Dimberg, 2000). El punto es que reconocer un estado mental en otro individuo implica, en alg&uacute;n sentido, compartirlo. No es necesario padecerlo plenamente pero s&iacute; imaginar c&oacute;mo ser&iacute;a tenerlo y esto es, de alguna manera, experimentar algo de &eacute;l. Esto sugiere que no puede haber empat&iacute;a sin alg&uacute;n elemento simp&aacute;tico, aunque hay formas de empat&iacute;a que llegan a desconectarse de lo afectivo y tienen una mayor carga cognitiva. Todo esto sugerir&iacute;a una secuencia evolutiva donde los primates menos evolucionados poseen contagio emocional, capacidad simp&aacute;tica y alguna forma b&aacute;sica de capacidad emp&aacute;tica y de simulaci&oacute;n, m&aacute;s no llegan a tener capacidad metarrepresentacional. Sin embargo los primates m&aacute;s cercanos a los humanos, los chimpanc&eacute;s, s&iacute; llegan a tener formas rudimentarias de capacidad metarrepresentacional. En el caso de los hom&iacute;nidos, la capacidad metarrepresentacional se habr&iacute;a potenciado con el desarrollo del cerebro y con la complejidad de las relaciones sociales, dando lugar a formas de altruismo que ya no son solo biol&oacute;gicas sino tambi&eacute;n morales. Finalmente, con la aparici&oacute;n del lenguaje, la capacidad metarrepresentacional humana se habr&iacute;a potenciado (y habr&iacute;a potenciado al lenguaje) a tal punto que habr&iacute;a conformado las bases para la aparici&oacute;n del comportamiento moral en su estado actual. Singer, 1981, y De Waal, 2006, coinciden en que el juicio moral, es decir la aprobaci&oacute;n y desaprobaci&oacute;n moral, solo est&aacute; plenamente presente cuando hacemos juicios que tienen la pretensi&oacute;n de ser imparciales y generales, esto es, cuando intentamos salir de nuestra propia perspectiva para ver el comportamiento y las intenciones, nuestras o ajenas, desde un punto de vista objetivo, como si fuera desde un punto de vista privilegiado. Solo en esas circunstancias podr&iacute;amos hablar, de manera aut&eacute;ntica, de comportamiento moral, y es claro que este tipo de comportamiento solo se da en seres humanos. </P >     <P   >La tesis de este art&iacute;culo, sin embargo, es que el comportamiento moral humano es el producto de la evoluci&oacute;n de capacidades anteriores, muchas de las cuales pueden ser encontradas en sus formas rudimentarias en otros primates o mam&iacute;feros sociales. De ser as&iacute;, estar&iacute;amos en camino de encontrar una explicaci&oacute;n naturalista del comportamiento moral humano. Asimismo, la tesis sostiene que el altruismo moral (y por tanto tambi&eacute;n el comportamiento moral) involucra sentimientos de compasi&oacute;n, los que ser&iacute;an posibles gracias a las capacidades de simulaci&oacute;n y metarrepresentaci&oacute;n. La evoluci&oacute;n nos ha provisto de estas capacidades que tienen un alto valor de supervivencia, lo cual permitir&iacute;a la aparici&oacute;n de sentimientos morales. La presencia de estas capacidades y sentimientos hace posible el comportamiento altruista moral en individuos que no tienen la posibilidad de comportarse rec&iacute;procamente, o en situaciones que no representan ning&uacute;n tipo de beneficio para el agente. El altruismo moral no parece tener necesariamente una funci&oacute;n de supervivencia para el agente o para el grupo, pero es consecuencia de las capacidades anteriores. Se tratar&iacute;a de rasgos que, en el caso de los humanos, el desarrollo cerebral, la complejidad social y la cultura potenciar&iacute;an. Estas habilidades se convertir&iacute;an en plenas habilidades morales cuando el individuo est&aacute; en condiciones de elaborar juicios morales con pretensiones de objetividad y de reconocer su comportamiento como constre&ntilde;ido por normas que &eacute;l reconoce como valiosas y que acepta voluntariamente. </P > <hr size="1">     <P   ><Sup>1 </Sup>De este lado tienden a estar, por ejemplo, de Waal, Franz y Singer. </P >     <P   ><Sup>2 </Sup>De este lado est&aacute;n los fil&oacute;sofos de tendencia kantiana como Korsgaard (2006). </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   ><Sup>3</Sup>Rosas remite a El origen del hombre de Darwin donde se encuentran explicaciones psicol&oacute;gicas de este tipo, aun cuando Darwin mismo no use la expresi&oacute;n -selecci&oacute;n psicol&oacute;gica-. Cf. Darwin, El origen del hombre, op. cit., p. 136-137. </P >     <p><Sup>4 </Sup>Un caso particularmente curioso es el siguiente experimento con ratas. En una jaula se encuentra un grupo de ratas que han aprendido a jalar una palanca para conseguir comida. En una jaula vecina hay una sola rata que recibe una descarga el&eacute;ctrica cada vez que las otras ratas jalan la palanca de la comida. Despu&eacute;s de alg&uacute;n tiempo, las ratas dejan de jalar la palanca a&uacute;n si pasan hambre para evitar que la rata vecina sufra las descargas el&eacute;ctricas. </p>     <p><Sup>5 </Sup>Si bien todo acto es por definici&oacute;n intencional, la intenci&oacute;n puede ser consciente o inconsciente, en un sentido psicoanal&iacute;tico. Uno, por ejemplo, podr&iacute;a realizar una acci&oacute;n motivado por causas que no conoce, pero seguir&iacute;a siendo una acci&oacute;n porque habr&iacute;a habido intencionalidad, aunque fuera inconsciente.</p>     <p><Sup>6 </Sup>Seg&uacute;n estos autores el contagio emocional comienza como una tendencia autom&aacute;tica a imitar y sincronizar con otra persona posturas y gestos, convergiendo posteriormente en el plano emocional.</p>     <p><Sup>7 </Sup>Dos variables est&aacute;n correlacionadas cuando los valores de una de ellas var&iacute;a sistem&aacute;ticamente en funci&oacute;n a los valores de la otra. As&iacute;, hay una correlaci&oacute;n entre las capacidades cognitivas y morales de un ni&ntilde;o (o de una especie) cuando se observa que los valores de las capacidades cognitivas y del comportamiento moral var&iacute;an sistem&aacute;ticamente seg&uacute;n las variaciones de la otra. considerarse que ocurre cuando el ni&ntilde;o puede reconocerse en un espejo, entre los 18 y los 24 meses. El retraso de la capacidad de reconocerse en un espejo est&aacute; relacionada con el retraso en la capacidad de atribuir estados mentales a otros individuos, lo que suele ocurrir en ni&ntilde;os con retardo mental, autismo y da&ntilde;o en el l&oacute;bulo frontal (Hauser, 2006). </p>     <p><Sup>8 </Sup>Estas pruebas funcionan de la siguiente manera. En un teatro de marionetas se tiene a los personajes A y B. A juega con una canica y la deja en una canasta de mimbre, para luego salir del escenario. B saca la canica de la canasta y la deja en una caja de cart&oacute;n, despu&eacute;s tambi&eacute;n sale del escenario. A entra nuevamente al escenario sin saber que B ha cambiado de lugar la canica. El experimentador pregunta a dos grupos de ni&ntilde;os, un grupo de alrededor de 3 a&ntilde;os y medio y otro grupo de cerca de 5 a&ntilde;os, d&oacute;nde buscar&aacute; A la canica. Los ni&ntilde;os m&aacute;s j&oacute;venes contestar&aacute;n que A la buscar&aacute; en la caja de cart&oacute;n (donde realmente est&aacute;), mientras que los ni&ntilde;os mayores dir&aacute;n que A la buscar&aacute; en la canasta de mimbre (donde A la puso). El experimento muestra que el grupo m&aacute;s joven carece a&uacute;n de capacidad metarrepresentacional al no poder atribuir a A una creencia que ellos consideran falsa, pues eso supondr&iacute;a alejarse de sus propias creencias y ver el mundo desde otra perspectiva. Los ni&ntilde;os mayores de cinco a&ntilde;os, en cambio, no tienen ning&uacute;n inconveniente en atribuir a A la creencia falsa y, por tanto, en representarse las representaciones de</p>     <p>A. Este experimento prueba que ellos pueden representarse el mundo desde el punto de vista de A, sin perder su propia perspectiva de las cosas. </p>     <P   ><Sup>9 </Sup>Esto se prueba en condiciones experimentales poni&eacute;ndole al animal un punto de color en la frente y mostr&aacute;ndole un espejo. El animal se tocar&aacute; la frente reconociendo que la imagen reflejada es la de &eacute;l mismo. Algunos animales tambi&eacute;n hacen gestos y piruetas e incluso se adornan la cabeza, coquetamente, con ramas y hojas mientras se miran al espejo. </P >     <P   ><Sup>10 </Sup>De Waal tambi&eacute;n piensa que los estudios con bonobos podr&iacute;an ser cruciales, dado que los bonobos son los primates m&aacute;s emp&aacute;ticos y que los estudios de ADN entre bonobos y humanos sugieren que compartimos con estos animales, pero no con los chimpanc&eacute;s, un microsat&eacute;lite relacionado con la socializaci&oacute;n. Cf. Hammock y Young (2005). </P >     <P   ><Sup>11 </Sup>Como se sabe, los primates se dividen en tres grandes grupos: monos del nuevo mundo (capuchinos, muriquis, monos ardilla), monos del viejo mundo (babuinos y macacos), y hom&iacute;nidos y simios, (orangutanes, gorilas, bonobos y chimpanc&eacute;s; siendo los &uacute;ltimos los m&aacute;s cercanos evolutivamente a los humanos). La separaci&oacute;n evolutiva entre los chimpanc&eacute;s y los hom&iacute;nidos se dio hace aproximadamente cinco o seis millones de a&ntilde;os, con lo cual la formas m&aacute;s b&aacute;sicas de capacidad metarrepresentacional deben tener algo m&aacute;s que ese lapso de tiempo.</P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   ><Sup>12 </Sup>De Waal ha propuesto lo que &eacute;l llama -el modelo de la mu&ntilde;eca rusa-. Seg&uacute;n este modelo, la capacidad m&aacute;s b&aacute;sica y espec&iacute;fica es el contagio emocional. Conteniendo a esta, como un desarrollo posterior, est&aacute; la empat&iacute;a cognitiva. Conteniendo a esta &uacute;ltima, y por tanto tambi&eacute;n a la primera, est&aacute; la plena capacidad de atribuir estados mentales a los otros. </P >     <p >BIBLIOGRAF&Iacute;A </p >     <!-- ref --><P   > AXELROD R. The evolution of cooperation. En: Singer P, editor. Ethics. Oxford: Oxford University Press; 1994. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0120-548X200900040002800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BARON-COHEN S. The Essential Difference. Nueva York: Basic Books; 2003. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0120-548X200900040002800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BARON-COHEN S. Sex differences in social development: lessons from autism. En: Leavitt L.A., Hall D.M.B. Social and Moral Development: Emerging Evidence on the Toddler Years, Johnson and Johnson Pediatric Institute; 2004. p. 125-141. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0120-548X200900040002800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BISCHOF-K&Ouml;LER D. &Uuml;ber den Zusammenhang von Empathie und der F&auml;higkeit sich im Spiegel zu erkennen. Schweiz Z Psychol; 1988;47:147-159. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0120-548X200900040002800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BOWLBY J. Attachment and Loss. Londres: Hogart Press; 1973. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0120-548X200900040002800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BOWLBY J. The role of attachment in personality development. En: A secure base: clinical applications of attachment theory. Londres: Routledge; 1989. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0120-548X200900040002800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BRUNSTEINS P. Estrategias de atribuci&oacute;n mental: algunas distinciones y combinaciones. En: Rabossi E, editor. La mente y sus problemas. Temas actuales de filosof&iacute;a de la psicolog&iacute;a. Buenos Aires: Cat&aacute;logos; 2004. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0120-548X200900040002800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BRUNSTEINS P. Algunas reflexiones acerca de la simulaci&oacute;n mental y la perspectiva de la tercera persona. Aret&eacute;. 2008;20(1). </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0120-548X200900040002800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >BYRNE RW, WHITEN A, editores. Machiavellian intelligence: Social expertise and the evolution of intellect in monkeys, apes and humans. Oxford: Clarendon Press; 1988. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0120-548X200900040002800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >BYRNE RW, WHITEN A. Tactical deception in primates. Behav Brain Sci. 1988;11:233-273. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0120-548X200900040002800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >BYRNE RW, WHITEN A. The emergence of metarepresentation in human ontogeny and primate phylogeny. En: WHITEN A, editor. Natural theories of mind. Oxford: Basil Blackwell; 1991.p. 267-281. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0120-548X200900040002800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >COSMIDES L. The logic of social exchange: has natural selection shaped how humans reason? Studies with the Wason selection task. Cognition. 1989;31:187-276. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0120-548X200900040002800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DARWIN C. El origen del hombre y la selecci&oacute;n en relaci&oacute;n al sexo. M&eacute;xico: Editorial Diana; 1969. p. 136-137. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0120-548X200900040002800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DIMBERG U, THUNBERG M, ELHEMED K. Unconscious facial reactions to emotional facial expressions. Psycholog Sci. 2000;11:86-89. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S0120-548X200900040002800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DENNETT D. Beliefs about beliefs. Behav Brain Sci. 1978;4:568-570. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0120-548X200900040002800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DE WAAL F. Bien natural Los or&iacute;genes del bien y del mal en los humanos y otros animales. Barcelona: Herder; 1997. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S0120-548X200900040002800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DE WAAL F. On the possibility of animal empathy. En: Manstead T., Fridja N. y Fischer A., editors. Feeling and Emotions: The Amsterdam Symposium, Cambridge: Cambridge University Press; 2003. p. 379-399. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0120-548X200900040002800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DE WAAL F. Primates and Philosophers: How Morality Evolved. En: Macedo S, Ober J, editores. United Kingdom: Princeton University Press; 2006. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0120-548X200900040002800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >DUNBAR, RIM. The social brain hypothesis. Evol Anthropol. 1998;178-190. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0120-548X200900040002800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >FRITH U, MORTON J, LESLIE AM. The cognitive basis of a biological disorder: autism. Trends Neurosci. 1991;14:109-128. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0120-548X200900040002800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >FONAGY P, GERGELY G, JURIST E, TARGET M, editores. Affect Regulation, Mentalization and the Development of the Self. Londres: Other Press; 2002. p. 64. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0120-548X200900040002800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >GORDON R. Folk Psychology as Simulation. En: Davies M, Stone T, editores. Folk Psychology. The Theory of Mind Debate. Oxford: Blackwell Publishers; 1995a. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0120-548X200900040002800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >GORDON R. The Simulation Theory: Objections and Misconceptions. En: Davies M, Stone T, editores. Folk Psychology. The Theory of Mind Debate. Oxford: Blackwell Publishers; 1995b. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0120-548X200900040002800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >HAMILTON WD. The genetical evolution of social behaviour. J Theor Biol. 1964;7(1):1-16. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0120-548X200900040002800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >HAMMOCK EAD, YOUNG LJ. Microsatellite instability generates diversity in brain and sociobehabioral traits. Science. 2005;308:1630-1634. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0120-548X200900040002800025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >HARTFIELD E, CACIOPPO TT, RASP&Oacute;N RL. Emotional contagion. Curr Dir Psychol Sci. 1993;2:96-99. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S0120-548X200900040002800026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >HAUSER M. Moral minds. How nature designed our universal sense of right and wrong, Nueva York: Harper Collins; 2006. p. 207-217. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0120-548X200900040002800027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >HUMPHREY NK. The social function of intellect. En: Bateson PPG, Hinde RA, editores. Growing points in ethology, Cambridge: Cambridge University Press; 1976. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0120-548X200900040002800028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >JOHNSON DB. Altruistic behaviour and the development of self in infants. Merrill Palmer Q. 1982;28:379-388.</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0120-548X200900040002800029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >KUROSHIMA H, FUJITA K, ADACHI I, IWATA K, FUYUKI A. A capuchin monkey (cebus apella) recognizes when people do and do not know the location of food. Anim Cogn. 2003;6: 283-291. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0120-548X200900040002800030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >KORSGAARD C. Morality and the distinctiveness of human action. En: De Waal F, Macedo S, Ober J, editores. Primates and Philosophers: How Morality Evolved by Franz de Waal. United Kingdom: Princeton University Press; 2006. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0120-548X200900040002800031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >LANGDON R, MICHIE PT, WARD PB, MCCONAGHY CSV, COLTHEART M. Defective self and/or other mentalizing in schizophrenia: a cognitive neuropsychological approach. Cogn Neuropsychiatry.1997;2:167-193. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0120-548X200900040002800032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >LESLIE AM. Pretence and representation in infancy: the origins of theory of mind. Psychol Rev. 1987;94:84-106. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0120-548X200900040002800033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >MOORE C, MACGILLIVRAY S. Altruism, prudence and theory of mind in preschoolers. New Dir Child Adolesc Dev. 2004:103;51-62. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0120-548X200900040002800034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >OBIOLS J, POUSA E. La teor&iacute;a de la mente como m&oacute;dulo cerebral evolutivo. En: Sanju&aacute;n J, Cela-Conde C.J. La profec&iacute;a de Darwin. Del origen de la mente a la psicopatolog&iacute;a, Barcelona: Ars M&eacute;dica; 2005. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0120-548X200900040002800035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >PERNER J. Understanding the Representational Mind. Cambridge: MIT Press; 1991. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0120-548X200900040002800036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >PREMACK DG, WOODRUFF G. Does the chimpanzee have a theory of mind? Behav Brain Sci. 1978;1:515-526. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0120-548X200900040002800037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >POVINELLI DJ. Monkeys, apes, mirrors and minds: The evolution of self-awareness in primates. Hum Evol. 1987;2:493-507. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0120-548X200900040002800038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >POVINELLI DJ, NELSON KE, BOYSEN ST. Inferences about guessing and knowing by chimpanzees (pan troglodytes). J Comp Psychol. 1990;104:203-210. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0120-548X200900040002800039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >POVINELLI DJ, NELSON KE, BOYSEN ST. Comprehension of special role reversion by chimpanzees: Evidence of empathy? Anim Behav. 1992;4:633-640. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0120-548X200900040002800040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >POVINELLI DJ. How to create self-recognizing gorillas (but don t try it on macaques). En: Parker ST, Mitchell RW, Boccia ML, editores. Self-awareness in animals and humans: Developmental perspectives. Cambridge: Cambridge University Press; 1994. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-548X200900040002800041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >POVINELLI DJ, PREUSS TM. Theory of mind: evolutionary history of a cognitive specialization. Trends Neurosci. 1995;18:418-424. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0120-548X200900040002800042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >QUINTANILLA P. Comprensi&oacute;n, imaginaci&oacute;n y transformaci&oacute;n. Aret&eacute;. 2008;20(1):111-136. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-548X200900040002800043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >ROSAS A. La evoluci&oacute;n de la cooperaci&oacute;n. En: Hoyos LE, editor. Estudios de filosof&iacute;a pol&iacute;tica. Bogot&aacute;: Universidad Externado, Universidad Nacional de Colombia; 2004. p. 353. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0120-548X200900040002800044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >SINGER P. The Expanding Circle. Oxford: Clarendon Press; 1981. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-548X200900040002800045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >SOBER E, WILSON DS. Unto others: The Evolution of Psychology of Unselfish Behaviour. Cambridge MA: Harvard University Press; 1998. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0120-548X200900040002800046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >THOMPSON C, BARRESI J, MOORE C. The development of future-oriented prudence and altruism in preschoolers. Cogn Dev. 1997;12:199-212. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0120-548X200900040002800047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >TRIVERS R. The evolution of reciprocal altruism. Q Rev Biol. 1971;46:35-57. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0120-548X200900040002800048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >WISP&Eacute; L. History of the Concept of Empathy. En: Eisenberg N, Strayer J, editores. Empathy and its Development, Cambridge: Cambridge University Press; 1987. p. 17-37. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0120-548X200900040002800049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >WISP&Eacute; L. The Psychology of Empathy, Nueva York: Plenum Press; 1991. </P ></font>     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0120-548X200900040002800050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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