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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">      <p>    <center><font size="4"><b>El coraz&oacute;n y sus met&aacute;foras</b></font></center></p>     <p>    <center><font size="3"><b> The heart and its metaphors</b></font></center></p>     <p>    <center>William Ospina</center></p>     <p>Recibido: 16/04/09. Aprobado: 15/05/09.</p> <hr size="1">     <p> &laquo;Escribe con sangre, y aprender&aacute;s que la sangre es esp&iacute;ritu&raquo;,    escribi&oacute; Federico Nietzsche a finales del siglo XIX. Atendiendo a ese    llamado secreto la humanidad ha escrito su historia con sangre, no s&oacute;lo    en el sentido tr&aacute;gico y terrible de las guerras y los cr&iacute;menes,    sino convirtiendo la lengua en una met&aacute;fora de la sangre. Hay, ciertamente,    un parecido entre la sangre y el lenguaje; se dir&iacute;a que la lengua es    la sangre intangible del cuerpo social, que circula por todas partes, oxigena    y aviva los tejidos, recoge los nutrientes de la cultura y los distribuye, manteniendo    el pulso de la sociedad, el ritmo de la civilizaci&oacute;n.</p>       <p>Por supuesto que una met&aacute;fora, como dec&iacute;a Borges, es la moment&aacute;nea    asociaci&oacute;n de dos im&aacute;genes y no la met&oacute;dica asimilaci&oacute;n    de dos cosas, pero estas analog&iacute;as, as&iacute; sean parciales e inexactas,    cumplen una funci&oacute;n, porque nos permiten ver de otra manera los procesos    y los fen&oacute;menos, y porque tambi&eacute;n nos ayudan a entender las afinidades    y simetr&iacute;as que llenan el mundo. Tal vez esa sea la principal justificaci&oacute;n    de la met&aacute;fora en la literatura: no comparar caprichosamente cosas distintas,    sino entrever afinidades secretas, reflejos que revelan la profunda cohesi&oacute;n,    la misteriosa armon&iacute;a de la realidad.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   En sus conferencias de Santa B&aacute;rbara, Aldous Huxley dec&iacute;a que    de nada necesita hoy tanto el mundo como de pont&iacute;fices, pero de pont&iacute;fices    no en el sentido mayest&aacute;tico e inapelable de las iglesias sino en el    sentido original de pont&iacute;fex, de hacedores de puentes. El mundo ha avanzado,    con un ritmo que es comprensible dada la complejidad de sus conocimientos, hacia    una excesiva fragmentaci&oacute;n de los objetos de estudio, hasta el punto    de que, en nuestro orden acad&eacute;mico, escoger una disciplina equivale a    abandonar todas las otras, y el que es bi&oacute;logo puede apartarse para siempre    de la m&uacute;sica o de la historia, y el que es matem&aacute;tico cree poder    escapar a las ciencias del lenguaje o a las inexactitudes del arte.</p>       <p>Pero a cada ser humano le ha correspondido la plenitud de lo real, somos f&iacute;sica    y qu&iacute;mica, biolog&iacute;a e historia, matem&aacute;ticas y est&eacute;tica,    raz&oacute;n y sinraz&oacute;n, astronom&iacute;a y m&uacute;sica. No deber&iacute;amos    abandonar del todo el viejo ideal renacentista de la universalidad o el ideal    del enciclopedismo, no por posar de saberlo todo sino porque hay cosas que s&oacute;lo    se comprenden mirando el conjunto, y porque muchas veces el c&aacute;lculo es    asunto por igual de la Medicina y de la Matem&aacute;tica, la circulaci&oacute;n    es asunto com&uacute;n a la Ingenier&iacute;a y a la Anatom&iacute;a, el estudio    de los &aacute;tomos puede encontrar luces nuevas si miramos tambi&eacute;n    las estrellas. Esos pont&iacute;fex de los que hablaba Huxley son los que pueden    tender puentes entre disciplinas distintas, y ello no supone renunciar al rigor    de las especialidades sino abandonar el aparente &laquo;confort&raquo; de un    saber repetitivo, y estar abiertos a los aportes que unas ciencias y unos saberes    brindan a otros.    <br>   Los escritores, en raz&oacute;n misma de que nuestra labor, siendo tan importante,    no es vital en t&eacute;rminos inmediatos, podemos regodearnos, con cierta inofensiva    irresponsabilidad, en todos los campos. Un escritor, en sentido estricto, no    es un especialista, pero las especialidades forman parte de su inter&eacute;s.    Un escritor debe ser a veces un psic&oacute;logo, a veces un ge&oacute;grafo,    a veces un historiador, a veces un m&uacute;sico, a veces un loco, a veces un    criminal. Tiene que saber c&oacute;mo se comportan los seres humanos, c&oacute;mo    son las regiones y los climas, cu&aacute;les son las grandes y las peque&ntilde;as    fuerzas hist&oacute;ricas que han marcado los hechos y c&oacute;mo es el contexto    de las naciones y de las culturas en que transcurre la vida de unos personajes;    debe tener un sentido de la armon&iacute;a, y a veces incluso tiene que ir m&aacute;s    all&aacute; de lo permitido, de lo establecido, para tratar de entender la locura    que produjeron en un hombre los libros o en otro los resentimientos.</p>       <p>Ello requiere una suerte de cordialidad con todo lo que existe, porque s&oacute;lo    si se siente profunda curiosidad y simpat&iacute;a por lo humano es posible    asomarse a las almas y a las historias, y terminar considerando como asuntos    personales tantas vidas y tantos hechos como registra la literatura. Pensamos    en alguien como Shakespeare y sentimos el asombro de que haya podido imaginar,    m&aacute;s a&uacute;n, encarnar en su manera de hablar y en su conducta, a personajes    tan distintos como la dulce Julieta de Verona o como la rencorosa reina Margarita    de Anjou, como el maligno Ricardo III, lleno de deformidades espirituales o    como el noble Macbeth, echado a perder por una tentaci&oacute;n y por un tropiezo    de ambici&oacute;n, que pasa el resto de su vida tratando de sobreponerse a    un remordimiento. Basta o&iacute;r a Macbeth para entender cu&aacute;n alto    llega el vuelo de Shakespeare en la construcci&oacute;n de oleadas verbales    que traducen desmesuradamente emociones y sentimientos, como cuando el hombre    que quiere lavar sus manos del crimen que ha cometido siente no s&oacute;lo    que el mar no lavar&iacute;a la sangre de esas manos sino que m&aacute;s bien    ellas &laquo;empurpurar&iacute;an el mar tumultuoso, haciendo de ese verde un    solo rojo&raquo;. El mar all&iacute; se convierte en un inmenso reflejo del    remordimiento de un alma. Shakespeare nos ha dejado la m&aacute;s asombrosa    y precisa galer&iacute;a de personajes que registre la historia de la literatura,    y esas criaturas no son simplemente nombres distintos sino distintas maneras    de ser y de hablar, una galer&iacute;a de destinos inconfundibles: a veces casi    nos basta o&iacute;r lo que dicen para adivinar qui&eacute;n est&aacute; hablando.    Pero Shakespeare tambi&eacute;n parece saberlo todo de oficios y de instrumentos,    de armas y de herramientas, de barcos y de guerras, de pol&iacute;tica y de    filosof&iacute;a. Y admitamos que si bien el suyo es un genio excepcional, no    todo lo que escribe es obra suya, sino en cierta medida un aporte de toda la    humanidad. Porque si bien nadie escribe como Shakespeare, y si bien ning&uacute;n    escritor, seg&uacute;n se dice, en ninguna lengua, ha escrito con una mayor    cantidad de palabras, tenemos que recordar que todas esas palabras que Shakespeare    utiliza de un modo tan magistral no fueron inventadas por &eacute;l, que todas    las recibi&oacute; de su cultura, y que los creadores de ese idioma que Shakespeare    llev&oacute; a su plenitud eran pescadores y herreros, soldados y amas de casa,    comerciantes y agricultores, locos y ladrones.</p>       <p>La lengua es la obra colectiva de las generaciones, la lengua se forma en hornos    ocultos, como la sangre en la secreta m&eacute;dula de los huesos, y es un plasma    en el que convergen las experiencias de innumerables seres humanos, por eso    se va llenando de destrezas y de sabidur&iacute;as. Nosotros, que hoy nos beneficiamos    de esta sangre que nos constituye, hemos perdido de vista el origen, hemos perdido    la inteligencia de c&oacute;mo se form&oacute;, en complejos e irrecuperables    procesos, el misterioso oleaje de esta sangre que parece combinar los cuatro    elementos m&iacute;ticos de los griegos antiguos, porque es agua y tierra, aire    y fuego; de c&oacute;mo se form&oacute; la maravillosa y divina fractalidad    de las arterias y las venas hasta los &iacute;nfimos vasos, finos como cabellos,    de los que depende nuestra integridad y nuestra vida; y de c&oacute;mo se form&oacute;    ese m&uacute;sculo formidable que todo lo recoge y lo distribuye, ese motor    refinad&iacute;simo que tiene casi el secreto del movimiento perenne, que no    depende de la voluntad para cumplir con su tarea incesante, desde antes de nacimiento    hasta la muerte, y que en su danza de contracciones y relajamientos, en la imprecisa    regularidad de sus espasmos mantiene en su equilibrio para cada uno de nosotros    el milagro de la vida y la arquitectura de las estrellas.</p>       <p>El coraz&oacute;n, el m&aacute;s literario de los &oacute;rganos de nuestro    cuerpo, el m&aacute;s fecundo en met&aacute;foras, cuya labor es, se me antoja,    m&aacute;s mec&aacute;nica que qu&iacute;mica, parece confirmar con su existencia    aquella frase misteriosa de la Enciclopedia del poeta Novalis: &laquo;El disfrute    y la naturaleza son qu&iacute;micos, el arte y la raz&oacute;n son mec&aacute;nicos&raquo;.    La verdad es que, los que no somos expertos, no solemos pensar en nuestro sistema    linf&aacute;tico, o en las funciones del cerebelo o del p&aacute;ncreas, pero    el coraz&oacute;n y la circulaci&oacute;n de la sangre no s&oacute;lo forman    parte de nuestra vida cotidiana sino que han nutrido a lo largo del tiempo en    todas las civilizaciones un amplio sistema de alusiones, de analog&iacute;as    y de met&aacute;foras que delatan cu&aacute;nta importancia real les concedemos,    y cu&aacute;nto poder tienen para nosotros como funciones y como s&iacute;mbolos.</p>       <p>En la literatura de todos los tiempos estamos acostumbrados a ver al guerrero    en el coraz&oacute;n de la batalla, al emperador en el coraz&oacute;n del imperio,    al misterio escondido en el secreto coraz&oacute;n de las cosas, al fuego poderoso    que alienta en el coraz&oacute;n del planeta, al aventurero colonial que vive    en el coraz&oacute;n de las tinieblas. Estamos acostumbrados a o&iacute;r hablar    del agua que corre por las venas de la tierra, del amor que circula por los    r&iacute;os del cuerpo, de las arterias congestionadas de las grandes ciudades,    del dinero circulante por los canales de la econom&iacute;a. La palabra coraz&oacute;n    se ha convertido en un sin&oacute;nimo del centro, de la causa oculta y eficaz    de las cosas; pero adem&aacute;s no tener sentimientos o compasi&oacute;n equivale    a no tener coraz&oacute;n, amar mucho es amar con todo el coraz&oacute;n, la    inclemencia se representa como dureza de coraz&oacute;n, y la palabra coraz&oacute;n    se convierte incluso en un vocativo para dirigirse a los seres a los que se    quiere.</p>       <p>Cuando Shakespeare quiere expresar la crueldad implacable de la reina Margarita    de Anjou, pone a alguien a decirle: &laquo;T&uacute;, coraz&oacute;n de tigre    envuelto en piel de mujer&raquo;. Cuando el protagonista del poema El cuervo    de Edgar Allan Poe quiere darse &aacute;nimos a s&iacute; mismo frente a un    hecho amenazante, se dice: &laquo;Coraz&oacute;n, calma un instante y aclaremos    el misterio&raquo;. Tener coraz&oacute;n es tener valent&iacute;a, como el Brave    Heart de los escoceses*; es tener amor, como dice Anne Rutledge en el poema    de Edgar Lee Masters: &laquo;Florece para siempre, oh Rep&uacute;blica, del    polvo de mi pecho&raquo;; es tener ternura, como cuando nos dice Barba Jacob    en su poema: &laquo;El dulce ni&ntilde;o pone el sentimiento/ y el contento,    yo pongo el coraz&oacute;n&raquo;; a veces equivale tambi&eacute;n a tener confianza    y capacidad de entrega, como en esa canci&oacute;n de Fito P&aacute;ez, &laquo;Qui&eacute;n    dijo que todo est&aacute; perdido, /yo vengo a ofrecer mi coraz&oacute;n&raquo;,    y la generosidad de un esp&iacute;ritu dispuesto a amarlo todo, como lo dice    Quevedo en un soneto hablando de la muerte: &laquo;No me aflige morir, no he    rehusado /acabar de vivir ni he pretendido /dilatar esta muerte que ha nacido/    a un tiempo con la vida y el cuidado. /Siento haber de dejar deshabitado /cuerpo    que amante espiritu ha ce&ntilde;ido,/ desierto un coraz&oacute;n siempre encendido,    /donde todo el amor rein&oacute; hospedado&raquo;. El dadivoso, es un coraz&oacute;n    grande; el perverso, un coraz&oacute;n maligno; el humilde, un coraz&oacute;n    sencillo; el valiente, un coraz&oacute;n de le&oacute;n.    <br>   Esas atribuciones y ese listado metaf&oacute;rico de virtudes son buena prueba    de que el coraz&oacute;n fue siempre fundamental para nuestra imaginaci&oacute;n,    de que esa v&iacute;scera, a la vez f&iacute;sica y metaf&iacute;sica, tambi&eacute;n    est&aacute;, por decirlo as&iacute;, en el coraz&oacute;n de nuestro lenguaje.    Y es mucho m&aacute;s lo que podr&iacute;a decirse de este m&uacute;sculo del    que depende incesantemente la vida. En los dise&ntilde;os de la naturaleza admiramos    que la forma de las cosas est&eacute; evidentemente dictada por su funci&oacute;n:    la longitud del intestino habla de su posibilidad de largas digestiones, el    dibujo tentacular de la mano sugiere sus facultades prensiles e industriosas,    la esfericidad del ojo alude a su movilidad abarcadora y su textura nos introduce    en sus propiedades especulares y cristalinas. No nos resulta evidente, en cambio,    por qu&eacute; el h&iacute;gado tiene esa forma, por qu&eacute; el cerebro,    ese &oacute;rgano sublime donde tal vez viven las ideas m&aacute;s complejas    y los dioses m&aacute;s desconocidos, donde conviven la raz&oacute;n ordenadora    y la locura fecunda en inventos, tiene el aspecto de una masa indescifrable    e inerte. No concebimos al mirarlo la complejidad de sus descargas el&eacute;ctricas,    sus tempestades nerviosas, el abismo de sus enlaces que permiten el pensamiento    y la creaci&oacute;n: como objeto f&iacute;sico y como forma est&eacute;tica    el cerebro es desconcertante y misterioso.</p>       <p>En cambio el coraz&oacute;n tiene una forma comprensible, tiene un dise&ntilde;o    lleno de sentido que estimula la imaginaci&oacute;n. O eso creemos, viendo su    dibujo y los dise&ntilde;os que se inspiran en &eacute;l para hablar de amor    y de ternura, de generosidad y de compasi&oacute;n, porque en realidad el misterio    est&aacute; en todo y la complejidad de los movimientos de este m&uacute;sculo    hace de &eacute;l una suerte de mecanismo de relojer&iacute;a y de instrumento    musical, uno de los instrumentos m&aacute;s refinados del mundo. Yo me atrevo    a decir que el coraz&oacute;n no s&oacute;lo es un instrumento, proveedor de    la primera clave musical de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia, sino que    parece decirnos con su palpitaci&oacute;n incesante que uno de los secretos    de la vida, tal vez el m&aacute;s importante de sus secretos, es el ritmo. Porque    la vida es ritmo, como nos dice en su efigie antiqu&iacute;sima desde las simbolog&iacute;as    del Indost&aacute;n la danza del dios Shiva, que con sus cuatro brazos danzantes    arroja el rayo, detiene el miedo, se&ntilde;ala a la tierra, y marca en el tambor&iacute;n    el ritmo de los mundos.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Pensar el coraz&oacute;n, sus met&aacute;foras y sus analog&iacute;as, es una    manera posible de interrogar el mundo. Solemos cifrar, por ejemplo, nuestro    m&aacute;s alto orgullo como humanos en la voluntad y en la conciencia, pero    es notable el hecho de que nuestras funciones m&aacute;s vitales, como la respiraci&oacute;n    y la circulaci&oacute;n, no dependen de ellas. Podemos afirmar que la voluntad    personal y la conciencia gobiernan muchas cosas en nuestra vida pero no las    esenciales, y tal vez habr&iacute;a que agregar el sue&ntilde;o, la m&aacute;s    misteriosa de nuestras funciones, a esa lista de las que no est&aacute;n gobernadas    por la raz&oacute;n ni por la voluntad.</p>       <p>Necesitamos admitir, sin embargo, la existencia de una voluntad m&aacute;s poderosa    que nuestra voluntad personal, esa otra voluntad que seg&uacute;n Schopenhauer    gobierna el mundo, la tendencia de las cosas a permanecer en su ser, la persistencia    de la realidad y de la vida en ella, sus profusiones y multiplicaciones. Y en    ese caso tendr&iacute;amos que decir que el designio que mueve el coraz&oacute;n    es secretamente el mismo que mueve a las estrellas y al r&iacute;o del tiempo,    la voluntad c&oacute;smica de perdurar y de prevalecer, la voluntad de la vida    de conservarse, enriquecida por millones de procesos y mecanismos, de combustiones    y enlaces, de enriquecimientos y depuraciones.</p>       <p>Recuerdo que Sartre hablaba, en su ensayo magistral sobre los m&oacute;viles    de Calder, de &laquo;esa gran naturaleza que derrocha el polen y produce de    pronto el vuelo de mil mariposas, y de la que nadie podr&aacute; saber jam&aacute;s    con certeza si se trata s&oacute;lo del encadenamiento ciego de las causas y    de los efectos, o del desarrollo t&iacute;mido, incesantemente retrasado, frustrado,    de un idea&raquo;. Pocas veces he visto a un fil&oacute;sofo racionalista y    m&aacute;s bien esc&eacute;ptico, en el mundo contempor&aacute;neo, como Jean    Paul Sartre, aproximarse al viejo sue&ntilde;o po&eacute;tico de que el universo    podr&iacute;a estar gobernado por una voluntad, ese sue&ntilde;o que expres&oacute;    mejor que nadie Dante en el verso final de la Comedia, hablando del &laquo;Amor    que mueve al sol y a las estrellas&raquo;.    <br>   Pero volvamos un poco a los lenguajes de hoy. &laquo;Cuanto m&aacute;s activos    son los &oacute;rganos, escribi&oacute; Novalis, m&aacute;s ox&iacute;geno toman&raquo;.    Es evidente que est&aacute; pensando en el coraz&oacute;n y en la circulaci&oacute;n    cuando escribe esto. Ello nos lleva necesariamente a entrever una directa relaci&oacute;n    de necesidad entre el coraz&oacute;n y el ox&iacute;geno, entre el cuerpo y    la atm&oacute;sfera, y una relaci&oacute;n inseparable entre la circulaci&oacute;n    y la respiraci&oacute;n, que asemeja sus ritmos. Y como tambi&eacute;n dice    Novalis que &laquo;la vida es un proceso de conservaci&oacute;n&raquo;, en tanto    que &laquo;la muerte es un proceso de separaci&oacute;n&raquo;, podemos pensar    que la vida es un hecho religioso, en el sentido original de lo que religa,    de lo que mantiene las cosas unidas unas con otras. El coraz&oacute;n no s&oacute;lo    es lo m&aacute;s vivo sino que conserva la vida y la difunde. Y trabaja mientras    dormimos, porque tambi&eacute;n los sue&ntilde;os se alimentan de la sangre    enrojecida de nutrientes y ox&iacute;geno que viene de ese centro incansable.</p>       <p>Pero la idea de que todo tiene un coraz&oacute;n, un centro definitivo y secreto,    bien pudo ser el origen de la idea o de la intuici&oacute;n de Dios, porque    si para los m&aacute;s invisibles reductos de nuestro ser hay un coraz&oacute;n    remoto que los surte de energ&iacute;a y de vida, no es dif&iacute;cil que alguien    conciba que en este organismo formidable que es el universo, hay un secreto    coraz&oacute;n que provee de ritmo y de sentido todas las cosas. La vida es    un fen&oacute;meno r&iacute;tmico y el universo tambi&eacute;n parece serlo.    Cada &oacute;rgano rige una parte del proceso, cada cuerpo es una parte de la    danza, cada individuo es una fracci&oacute;n del significado, pero la finalidad    del edificio es un enigma.    <br>   Y el lenguaje se deleita con todas estas cavilaciones y exploraciones, especulaciones    y met&aacute;foras, aplicado &eacute;l tambi&eacute;n a la tarea de vitalizar    la cultura, recoger los millares de nutrientes de las experiencias individuales,    oxigenarlas de pensamiento, idealidad y belleza, y trasmitirlas por caminos    incontables a todo el cuerpo social. Y puede deleitarse en la met&aacute;fora    de que la lengua es la sangre de la cultura, de que el pensamiento, o la memoria,    o la imaginaci&oacute;n, o la alianza de todos ellos que es el arte, son el    coraz&oacute;n que lo dinamiza, pero sabe tambi&eacute;n que no es conveniente    llevar demasiado lejos las analog&iacute;as. Que hay que saber detenerse ante    el misterio, y que all&iacute; donde ya no hay lugar para el pensamiento, para    la especulaci&oacute;n o para la fantas&iacute;a, siempre queda espacio para    las mayores tareas de la poes&iacute;a, que son la gratitud y la celebraci&oacute;n.</p>        <p>El coraz&oacute;n es un &oacute;rgano fant&aacute;stico, imaginario y m&uacute;ltiple    que est&aacute; siempre en la lengua del poeta. &laquo;De la abundancia del    coraz&oacute;n habla la lengua&raquo;, dice la escritura. Y si la labor del    poeta, como dec&iacute;a H&ouml;lderlin, consiste sobre todo en celebrar y en    agradecer, all&iacute; donde no llega nuestro pensamiento puede llegar nuestra    gratitud, hecha a la vez de asombro y de deslumbramiento, de sencillez y de    alegr&iacute;a. Todo poeta aspira en &uacute;ltimas no a la verdad sino a la    perplejidad, a la fruici&oacute;n de recibir y de agradecer. Por eso no quiero    terminar estas palabras con otra reflexi&oacute;n, ni con otra especulaci&oacute;n,    sino con un poema que me fue dado en un viaje de hace algunos a&ntilde;os a    la India, cuando fui, acompa&ntilde;ado por un gu&iacute;a, al Ganges, a ver    a las muchedumbres que se ba&ntilde;aban en los grandes pelda&ntilde;os de Varanasi,    y en medio de esa profusi&oacute;n de vida que anhelaba la purificaci&oacute;n,    las humaredas de las piras de s&aacute;ndalo en que se queman los cad&aacute;veres.    Este es el poema:</p>     <p> El hombre que me gu&iacute;a es de la casta de los brahamanes.    <br>   Ha entreabierto los pliegues de su camisa, y me ha mostrado las cuerdas blancas,    ocultas, que revelan su casta.    <br>   Le pregunto cu&aacute;nto tardan en arder los cad&aacute;veres, y s&oacute;lo    guardo en el recuerdo que las mujeres tardan m&aacute;s que los hombres.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Me explica que los hombros y el pecho de las mujeres son demasiado fuertes,    incluso para el fuego.    <br>   Y lo que tarda m&aacute;s en deshacerse, me dice, son los corazones.    <br>   Veo entonces la fragua incesante de un coraz&oacute;n latiendo desde el comienzo    hasta el fin,    <br>   el incesante coraz&oacute;n palpitando en los a&ntilde;os, en los bosques, en    el odio, en el sue&ntilde;o,    <br>   haci&eacute;ndose m&aacute;s fuerte cada vez, m&aacute;s templado, m&aacute;s    duro.    <br>   Y pienso en esa guerra final entre el coraz&oacute;n, manantial de lo rojo,    y el fuego,    <br>   entre el fuego que nutre y el fuego que destruye.    <br>   El hombre que me gu&iacute;a me dice: muchas veces el coraz&oacute;n no alcanza    a consumirse,    <br>   y hay que tomarlo con varas de acacia, y arrojarlo a la corriente del Ganges,    <br>   para que el agua logre lo que no pudo el fuego.</p> </font>      ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
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