<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0120-5633</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Revista Colombiana de Cardiología]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Rev. Colomb. Cardiol.]]></abbrev-journal-title>
<issn>0120-5633</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Sociedad Colombiana de Cardiologia. Oficina de Publicaciones]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0120-56332011000500002</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Discurso de Bienvenida al Congreso Interamericano de Cardiología]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Welcome Speech to Inter-American Congress of Cardiology]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Urina-Triana]]></surname>
<given-names><![CDATA[Manuel]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Sociedad Colombiana de Cardiología y Cirugía cardiovascular  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[Bogotá ]]></addr-line>
<country>Colombia</country>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>10</month>
<year>2011</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>10</month>
<year>2011</year>
</pub-date>
<volume>18</volume>
<numero>5</numero>
<fpage>245</fpage>
<lpage>248</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0120-56332011000500002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0120-56332011000500002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0120-56332011000500002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana"> <font size="4" face="Verdana">    <center>   <b>Discurso de Bienvenida al Congreso Interamericano de Cardiolog&iacute;a</b> </center></font>     <center>Cartagena de Indias, 10 de marzo de 2011</center>    <br> <font size="3" face="Verdana">    <center>   <b>Welcome Speech to Inter-American Congress of Cardiology</b> </center></font>   </font>    <p>    <center>         <p><font size="2" face="Verdana">Manuel Urina-Triana, MD.    </font></p>         <p><font size="2" face="Verdana"> Presidente,        Sociedad Colombiana de Cardiolog&iacute;a y Cirug&iacute;a cardiovascular</font></p>   </center>   </p><font size="2" face="Verdana"> <hr size="1">       <p>&laquo;&iquest;Qué hago yo encaramado en esta percha de honor, yo que siempre he considerado los discursos como el m&aacute;s terrorífico de los compromisos humanos?&raquo; dice nuestro Premio Nobel de Literatura Gabriel García-M&aacute;rquez en su m&aacute;s reciente libro (1).</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Queridos amigos, yo tampoco he venido a aburrirlos con un largo discurso. Pero s&iacute; estoy aqu&iacute; para darles una afectuosa bienvenida a este magno evento, el XXIII Congreso Interamericano de Cardiolog&iacute;a, que por primera vez realizamos en Colombia, en la heroica Cartagena de Indias. Y qu&eacute; mejor escenario para la ceremonia inaugural que este soberbio Teatro Heredia construido sobre las ruinas de la Iglesia de La Merced e inaugurado el 11 de noviembre de 1911 para conmemorar el centenario de la Independencia de la Nueva Granada.</p>       <p>Almorzando en d&iacute;as pasados con un amigo artista, o cirujano cardiovascular, no s&eacute; cual de los dos oficios disfruta m&aacute;s, le coment&eacute; que quer&iacute;a en esta ceremonia, tocar tangencialmente el tema del arte. &Eacute;l, con tono obvio y casi en secreto, me respondi&oacute;: &laquo;habla solamente sobre arte&raquo;.</p>       <p>&laquo;El nino que llora y la mam&aacute; que lo pellizca&raquo;, reza el aforismo. !Ese era el impulso que necesitaba! Pens&aacute;ndolo bien, de ciencia hablamos todo el día de hoy y felizmente restan dos días m&aacute;s, sin contar el tiempo que le dedicamos durante el trabajo en nuestra vida cotidiana.</p>       <p>En forma respetuosa y sin querer restar solemnidad al presente acto, entrar&eacute; en materia.</p>       <p>La filosof&iacute;a que en el transcurso de su vida el fundador de la Sociedad Interamericana de Cardiolog&iacute;a el Maestro Ignacio Ch&aacute;vez inculc&oacute; a sus disc&iacute;pulos, uno de ellos mi padre, y ellos a nosotros, nos ha dejado muchas ense&ntilde;anzas. Human&iacute;stica: &laquo;Buscamos formar intelectuales equilibrados, con mentalidad cient&iacute;fica, pero a la vez con cultura human&iacute;stica&raquo;, &eacute;tica: &laquo;que el inter&eacute;s por la ciencia no pase nunca por encima del inter&eacute;s del enfermo&raquo;, cultural: &laquo;que la formaci&oacute;n del m&eacute;dico sabio no impida la formaci&oacute;n del hombre culto&raquo; (2).</p>       <p>En toda producci&oacute;n cient&iacute;fica intervienen los sentidos, la sensibilidad adem&aacute;s de la raz&oacute;n. El arte es una de las cualidades que nos diferencian de los otros seres vivos y que nos hace singulares dentro de la evoluci&oacute;n como especie humana. No podemos desligar las ciencias de las artes. Personajes c&eacute;lebres como Leonardo, son ejemplo de esta verdad. Durante el Renacimiento, el conocimiento de la anatom&iacute;a y la perspectiva cambi&oacute; la historia de la escultura y la pintura. El impresionismo naci&oacute; del estudio de la percepci&oacute;n visual y la teor&iacute;a de los colores. El surrealismo se inspir&oacute; en la teor&iacute;a psicoanal&iacute;tica de Freud. El artista traduce lo cient&iacute;fico en art&iacute;stico y lo racional en est&eacute;tico (3).</p>       <p>Lo podemos apreciar en el plaf&oacute;n de este teatro en el magistral fresco del maestro Enrique Grau, con sus nueve musas de las artes y las ciencias. &iexcl;Absolutamente inspiradoras!</p>       <p>Pens&eacute; tambi&eacute;n que ser&iacute;a interesante hablar sobre Sierva Mar&iacute;a de Todos los &Aacute;ngeles, la protagonista del libro de Gabo &laquo;Del amor y otros demonios&raquo; (4). Aquella hermosa ni&ntilde;a de doce a&ntilde;os, hija &uacute;nica del marqu&eacute;s de Casalduero, cuya espl&eacute;ndida cabellera le arrastraba como una cola de novia. Muri&oacute; del mal de rabia, por el mordisco de un perro cuando acompa&ntilde;aba al mercado a su sirvienta mulata, y seg&uacute;n la leyenda era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. Pero si ley&eacute;ramos la novela no terminar&iacute;amos esta noche.</p>       <p>No estamos en el Hay Festival, que tambi&eacute;n celebramos exitosamente aqu&iacute; en Cartagena cada a&ntilde;o desde hace m&aacute;s de un lustro, pero bajo mi propio riesgo, siguiendo la filosof&iacute;a human&iacute;stica del Maestro Ch&aacute;vez y con la voz de aliento de mi amigo artista y cirujano, me atrever&eacute; a leer para ustedes un relato m&aacute;s corto, tambi&eacute;n de Garc&iacute;a-M&aacute;rquez para situarnos en el contexto hist&oacute;rico, art&iacute;stico y cultural de este pa&iacute;s que hoy los acoge con afecto.</p>       <p>Se titula &laquo;Historia secreta de un gran cuadro&raquo; (5), y espero disfruten serenamente.</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Cuatrocientos ochenta y dos anos después de la llegada de Col&oacute;n a las Américas, el pintor Alejandro Obreg&oacute;n trabaj&oacute; sobre el tema de Blas de Lezo, un teniente general de Felipe V que tenía menos cuerpo para pintar que cualquier otro ser humano, pues había ido dej&aacute;ndolo a pedazos en diversas guerras de Espana. A los quince anos había perdido la pierna izquierda en el combate naval de Vélez M&aacute;laga, a los dieciocho perdi&oacute; el ojo izquierdo en la defensa de Tol&oacute;n, y a los veintiocho perdi&oacute; el brazo derecho en el sitio de Barcelona. Con el medio cuerpo que le qued&oacute; fue defensor militar y héroe de Cartagena de Indias, y su gobernador hasta la muerte.</p>       <p>Obreg&oacute;n lo sac&oacute; del congelador de las academias y trabaj&oacute; sobre el tema de un modo tan encarnizado y libre, que fue una de sus &eacute;pocas grandes, como la de los c&oacute;ndores, o los toros, o las barracudas. Pero fue tambi&eacute;n el &uacute;nico tema con el cual se identific&oacute; tan a fondo que termin&oacute; por confundirse con &eacute;l, y pint&oacute; numerosos retratos de s&iacute; mismo encarnado en don Blas de Lezo: Obreg&oacute;n tuerto, Obreg&oacute;n con un gancho de hierro en vez de mano, Obreg&oacute;n con una pata de palo.</p>       <p>Uno de sus cuadros en &oacute;leo sobre tela, de un metro por ochenta cent&iacute;metros y con una dedicatoria escrita por el autor en el &aacute;ngulo inferior izquierdo, es una de sus obras maestras. Pues bien: en la larga y turbulenta historia de las bellas artes, ese es quiz&aacute;s el &uacute;nico cuadro que ha sido terminado a bala.</p>       <p>Sucedi&oacute; la noche de Ano Nuevo de 1979, en Cartagena de Indias, cuando dos mujeres muy cercanas a Obreg&oacute;n, en medio de la fiesta familiar, se pasaron de tono en una disputa sobre cu&aacute;l de las dos era la due&ntilde;a del autorretrato todavía oloroso a trementina. &laquo;Sentí que el cuadro se estaba volviendo m&aacute;s importante que yo&raquo; me dijo Obreg&oacute;n. &laquo;De modo que resolví matarlo&raquo;. Sac&oacute; un revolver Smith &amp; Wesson, negro, 38 largo, can&oacute;n largo, con cachas de madera, y dispar&oacute; contra el lienzo la carga completa de balas blindadas. El primer tiro dio en el centro del ojo único. El segundo y el tercero, disparados con el pulso firme y una puntería escalofriante de cazador maestro, entraron por el mismo agujero. La fiesta familiar de Ano Nuevo se acab&oacute;, por supuesto, pero la disputa se acab&oacute; también para siempre. Nadie se atrevi&oacute; a hablar m&aacute;s del cuadro delante de Obreg&oacute;n, aunque de ningún otro se habl&oacute; tanto a sus espaldas.</p>       <p>Yo hab&iacute;a hecho lo imposible por tener un cuadro suyo. Lo persegu&iacute; durante a&ntilde;os por sus casas numerosas, viendo sucederse sus amores eternos, viendo crecer a sus hijos, viendo pasar sus &eacute;pocas deslumbrantes, pero nunca tuve el valor de dec&iacute;rselo ni el dinero para comprarlo.</p>       <p>Hablando de todo, menos de eso, cerramos muchas noches el restaurante de Divo Caviccioli, nuestro compadre com&uacute;n, y vimos amanecer muchas veces desde las murallas de Blas de Lezo. Una noche de marzo de 1981, de puro inocente, le pregunt&eacute; por el cuadro abaleado.</p>       <p>Por ah&iacute; anda -me dijo-. Y a prop&oacute;sito, hay que acabar de destruirlo.</p>       <p>Nadie lo hab&iacute;a visto despu&eacute;s del atentado, pero era ya m&aacute;s c&eacute;lebre por eso que por su belleza. Cada quien contaba una versi&oacute;n personal, siempre diferente, y casi todos se dec&iacute;an testigos del drama. La m&aacute;s corriente era que Obreg&oacute;n hab&iacute;a puesto s&oacute;lo dos balas, una para el cuadro y otra para &eacute;l, y que el segundo proyectil se encasquill&oacute; cuando se hizo su disparo en el paladar. Un coleccionista japon&eacute;s que oy&oacute; los rumores en Nueva York, hab&iacute;a estado en Cartagena dispuesto a pagar lo que le pidieran, y esper&oacute; a Obreg&oacute;n noche tras noche en el restaurante de Divo. Pero &eacute;ste lo convenci&oacute; no s&oacute;lo de que el cuadro no exist&iacute;a, sino que el mismo Obreg&oacute;n era un fantasma inventado por la Corporaci&oacute;n de Turismo.</p>       <p>Creo que fue esta celebridad accesoria lo que sustentaba el rencor de Alejandro contra el cuadro, del cual hablaba como un enemigo abominable. Tanto que al amanecer, cuando nos hab&iacute;an echado de la &uacute;ltima cantina, me pidi&oacute; que le acompa&ntilde;ara a su casa para cumplir su determinaci&oacute;n de incinerarlo y echar las cenizas en el mar.</p>       <p>El estudio de Obreg&oacute;n parece m&aacute;s bien un desguazadero de barcos. Hay cuadros sin terminar en los caballetes, y muchos otros sobre temas m&uacute;ltiples y en toda clase de t&eacute;cnicas, ya terminados y puestos en desorden contra las paredes. Al fondo, en un dep&oacute;sito prohibido, est&aacute;n los cuadros condenados. All&iacute; estaba el autorretrato a la manera de don Blas de Lezo. Obreg&oacute;n lo sac&oacute; cubierto de telara&ntilde;a y de polvo, y el mismo empolvado hasta las cejas. Primero lo sacudi&oacute; con un plumero y luego lav&oacute; el &oacute;leo con agua y detergente, con la misma consideraci&oacute;n con que hubiera almohazado un caballo en la dehesa, pero cuidando siempre de que yo no lo viera. Cuando termin&oacute; lo puso en el suelo contra la pared, puso una mesita de madera y dos sillas frente de un caballete vac&iacute;o, puso una botella de ron Tres Esquinas y dos vasos, me hizo sentar y puso el cuadro en el caballete. Me qued&eacute; sin aliento.</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Un ojo estaba como el de don Blas de Lezo en vida, s&oacute;lo la cuenca vac&iacute;a. Pero los otros tres balazos id&eacute;nticos hab&iacute;an desbaratado la pupila di&aacute;fana del otro ojo, que hab&iacute;a sido de un azul intenso, y las esquirlas de rebote en el muro hab&iacute;an agujereado la cara y el fondo misterioso de un cielo ceniciento y sin nubes. Obreg&oacute;n y yo, sentados frente al caballete, contemplamos el cuadro en silencio hasta que se acab&oacute; la primera botella. &Eacute;l destap&oacute; la segunda, siempre mirando el cuadro, y seguimos contempl&aacute;ndolo durante media botella m&aacute;s. Fue un amanecer tard&iacute;o y lento, como son los de agosto en el Caribe. De modo que el cuadro en el caballete iba cambiando de luces, de colores, de expresi&oacute;n, como pint&aacute;ndose de nuevo as&iacute; mismo a medida que la ma&ntilde;ana se alzaba en el mar. Ya a pleno d&iacute;a, Obreg&oacute;n parpade&oacute; por primera vez y dijo:</p>       <p>-	No est&aacute; tan mal.</p>       <p>-	Es una maravilla &ndash; le dije- . Y me pregunt&oacute; si tendr&iacute;a la misma belleza y el mismo dramatismo si no lo hubieras terminado a tiros.</p>       <p>Muchos tragos despu&eacute;s, al cabo de una reflexi&oacute;n insondable, Obreg&oacute;n volvi&oacute; a parpadear. &laquo;Tu madre es una santa, pero t&uacute; eres un hijo de puta&raquo;, me dijo con la ternura brutal que le es propia. Se levant&oacute; como pudo, vaci&oacute; un poco de &oacute;leo rojo en la paleta, y sin decir una palabra escribi&oacute; con el pincel arriba de su firma:                               A Gabo. Necesit&eacute; tantos d&iacute;as para recobrar el aliento, que s&oacute;lo ahora me doy cuenta de que no le di las gracias.</p>       <p>La historia habr&iacute;a terminado ah&iacute;, con el cuadro en el muro central de mi casa de M&eacute;xico, de no haber sido por los balazos. Obreg&oacute;n era partidario de resanarlos. Yo s&oacute;lo estaba de acuerdo en la restauraci&oacute;n del ojo apagado por los tiros, que le restaba al cuadro algo de su luz sobrenatural, incluso rehus&eacute; prest&aacute;rselo a Obreg&oacute;n para varias exposiciones, por temor de que lo restaurara.</p>       <p>Como dos a&ntilde;os despu&eacute;s, Obreg&oacute;n se present&oacute; sin anunciarse en mi casa de M&eacute;xico, de paso para Canc&uacute;n, con un instrumental inesperado: hilos y agujas, un pincel fino y dos tubos de &oacute;leo: azul y blanco. Llev&oacute; el cuadro al jard&iacute;n bajo el cielo ceniciento de octubre, lo recost&oacute; contra un cantero de geranios, y se sent&oacute; en el suelo a coser la tela por el rev&eacute;s.</p>       <p>-	S&oacute;lo el ojo &ndash;le dije&ndash;</p>       <p>-	S&oacute;lo el ojo &ndash;me dijo&ndash;</p>       <p>Una vez m&aacute;s admir&eacute; la humildad y el decoro de zapatero remend&oacute;n con que se entreg&oacute; a su oficio. Fue un trabajo perfecto. Don Blas de Lezo, colgado de nuevo en el puro centro de la casa, ten&iacute;a otra vez en su ojo &uacute;nico la mirada de &aacute;guila de Obreg&oacute;n.</p>       <p>No tuvimos tiempo siquiera de almorzar, porque &eacute;l ten&iacute;a urgencia de llegar a Canc&uacute;n, pero prometi&oacute; volver tres d&iacute;as despu&eacute;s. Y as&iacute; fue. S&oacute;lo que entonces la paz de nuestra casa hab&iacute;a cambiado, y &eacute;l no lo sab&iacute;a.                  Como no encontr&oacute; libre nuestro tel&eacute;fono en toda la ma&ntilde;ana, decidi&oacute; ir sin anunciarse. El port&oacute;n, que siempre permanec&iacute;a cerrado, estaba abierto de par en par, y el zagu&aacute;n colmado de rosas amarillas. Obreg&oacute;n se abri&oacute; paso por el sendero que quedaba entre la enorme cantidad de rosas amarillas que ocupaban toda la casa, y a&uacute;n en la cocina y los ba&ntilde;os. La sala presidida por el autorretrato renovado, as&iacute; como el comedor y las terrazas, estaba ocupada por una muchedumbre de amigos del pa&iacute;s, y los que empezaban a llegar del mundo entero. Obreg&oacute;n, consternado en la puerta de la sala grit&oacute;:</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>-	&iexcl;Mierda! &iexcl;Se muri&oacute;!</p>       <p>&laquo;Casi&raquo;, pensé yo cuando lo supe. Pues era el 22 de octubre de 1982. Un amigo sueco me había despertado desde Estocolmo a las seis de la manana de ese día para darme la noticia de que me habían adjudicado un premio imprevisto. &laquo;Es el segundo que me dan en los últimos tres días&raquo; le dije, con la mano en el coraz&oacute;n. Pero él no me entendi&oacute;, desde luego, porque no conocía la historia del cuadro terminado a bala&quot;.</p>       <p>Queridos amigos esperamos que disfruten el Congreso, esperamos tambi&eacute;n que vuelvan pronto, para poder quiz&aacute;s hablar sobre Sierva Mar&iacute;a de Todos los &Aacute;ngeles.</p>       <p>Los visitantes podr&aacute;n conocer la cripta de la capilla del antiguo Convento de Las Clarisas, que despu&eacute;s fue durante alrededor de un siglo Hospital de Santa Clara, y actualmente convertido en hotel de lujo con el mismo nombre.</p>       <p>Durante la restauraci&oacute;n de dicho claustro en 1949, le correspondi&oacute; a Gabo cubrir como periodista la noticia del vaciamiento de las criptas funerarias y la deshumaci&oacute;n de los restos. La cr&oacute;nica en esa fecha fue la fuente de inspiraci&oacute;n para su novela &laquo;Del amor y otros demonios&raquo;.</p>       <p>Hoy funciona en lugar de la Capilla, el bar el Coro. Y si estando en la cripta del Coro ven la cobriza cabellera de Sierva Mar&iacute;a, que extendida en el suelo despu&eacute;s de muerta de amor, med&iacute;a veintid&oacute;s metros con once cent&iacute;metros . . . no se tomen un mojito m&aacute;s.</p>       <p>Mientras eso sucede, celebremos el poder estar reunidos nuevamente, y para seguir con la misma atm&oacute;sfera art&iacute;stica, disfrutemos del magn&iacute;fico espect&aacute;culo de danza y m&uacute;sica que Ekobios nos tiene preparados en esta rom&aacute;ntica noche, como son todas las noches en Cartagena de Indias.</p>     <p>!Muchas gracias!</p>     <p>&nbsp;</p>       <!-- ref --><p>1.	Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez. Yo no vengo a decir un discurso. Barcelona: Editorial Mondadori; 2010.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0120-5633201100050000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2.	Ignacio Ch&aacute;vez. Humanismo m&eacute;dico, educaci&oacute;n y cultura. M&eacute;xico: Editorial de El Colegio Nacional; 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-5633201100050000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3.	Juan Acha. Las ciencias y las artes. Escuela Nacional de Artes Pl&aacute;sticas M&eacute;xico: UNAM. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0120-5633201100050000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4.	Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez. Del amor y otros demonios. Buenos Aires: Editorial Sudamericana;1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-5633201100050000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5.	Gabriel García M&aacute;rquez. Historia secreta de un gran cuadro. En el libro Alejandro Obreg&oacute;n. Madrid: Editorial Lerner &amp; Lerner; 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0120-5633201100050000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
<ref-list>
<ref id="B1">
<label>1</label><nlm-citation citation-type="book">
<person-group person-group-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[García Márquez]]></surname>
<given-names><![CDATA[Gabriel]]></given-names>
</name>
</person-group>
<source><![CDATA[Yo no vengo a decir un discurso]]></source>
<year>2010</year>
<publisher-loc><![CDATA[Barcelona ]]></publisher-loc>
<publisher-name><![CDATA[Editorial Mondadori]]></publisher-name>
</nlm-citation>
</ref>
<ref id="B2">
<label>2</label><nlm-citation citation-type="book">
<person-group person-group-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Chávez]]></surname>
<given-names><![CDATA[Ignacio]]></given-names>
</name>
</person-group>
<source><![CDATA[Humanismo médico, educación y cultura]]></source>
<year>1978</year>
<publisher-loc><![CDATA[México ]]></publisher-loc>
<publisher-name><![CDATA[Editorial de El Colegio Nacional]]></publisher-name>
</nlm-citation>
</ref>
<ref id="B3">
<label>3</label><nlm-citation citation-type="book">
<person-group person-group-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Acha]]></surname>
<given-names><![CDATA[Juan]]></given-names>
</name>
</person-group>
<source><![CDATA[Las ciencias y las artes]]></source>
<year></year>
<publisher-name><![CDATA[Escuela Nacional de Artes Plásticas México]]></publisher-name>
</nlm-citation>
</ref>
<ref id="B4">
<label>4</label><nlm-citation citation-type="book">
<person-group person-group-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Gabriel]]></surname>
<given-names><![CDATA[García Márquez]]></given-names>
</name>
</person-group>
<source><![CDATA[Del amor y otros demonios]]></source>
<year>1994</year>
<publisher-loc><![CDATA[Buenos Aires ]]></publisher-loc>
<publisher-name><![CDATA[Editorial Sudamericana]]></publisher-name>
</nlm-citation>
</ref>
<ref id="B5">
<label>5</label><nlm-citation citation-type="book">
<person-group person-group-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[García Márquez]]></surname>
<given-names><![CDATA[Gabriel]]></given-names>
</name>
</person-group>
<source><![CDATA[Historia secreta de un gran cuadro. En el libro Alejandro Obregón]]></source>
<year>1992</year>
<publisher-loc><![CDATA[Madrid ]]></publisher-loc>
<publisher-name><![CDATA[Editorial Lerner & Lerner]]></publisher-name>
</nlm-citation>
</ref>
</ref-list>
</back>
</article>
