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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">      <p align="right"><b>Documento de reflexi&oacute;n no derivado de investigaci&oacute;n </b></p>     <p align="center"><font size="4"><b>El concepto de salud y enfermedad: una reflexi&oacute;n filos&oacute;fica</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>The concept of health and sickness: a philosophical reflection</b></font></p>     <p align="center">JUAN MANUEL URIBE-CANO<sup>1</sup></p>     <p><sup>1</sup>Fil&oacute;sofo. Especialista en Docencia universitaria. Mag&iacute;ster en Ciencias Sociales. Ph.D. en Filosof&iacute;a. Psicoanalista. Docente de la Universidad de    Antioquia y la Universidad CES. Grupo de investigaci&oacute;n Etices. Medell&iacute;n-Colombia.    <br></p>     <p align="right"><i>A Carlos Valencia, amigo entra&ntilde;able y hombre de val&iacute;a inestimable. A prop&oacute;sito del deseo que lo habit&oacute; y nos habitar&aacute; por siempre.</i></p>     <p>Recibido:   mayo 15 de 2013 Aceptado: octubre 18 de 2013</p> <hr>      <p><font size="3"><b>INTRODUCCI&Oacute;N </b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Podr&iacute;a sostener sin ambages que desde hace algunos a&ntilde;os, sin querer quiz&aacute;, me he tenido que ver con una pareja a la cual usualmente no se atiende, incluso en tiempos de prevenci&oacute;n y de afanes epidemiol&oacute;gicos y salubristas, esa pareja es: enfermedad y salud. Es m&aacute;s, el ordenamiento como se presenta a la pareja no deja de ser arbitrario y diciente.</p>     <p>Vivimos en una &eacute;poca en donde las quejas, los sufrimientos, los padecimientos, los malestares, los dolores y las maledicencias, son las constantes v&iacute;vidas de particulares, gremios y sociedades. Y esas constantes, innegables, imborrables se sintetizan bajo el concepto de enfermedad.</p>     <p>Vivimos, entonces, en una sociedad en donde, concepto y hecho, la enfermedad es tomada como verdad absoluta, incuestionable e incriticable, a la cual se sacrifica la salud, es decir, la salud es una funci&oacute;n de la enfermedad y no a la inversa. Es as&iacute; como se aspira, se anhela y se conducen esfuerzos ingentes para producir individuos sanos y una sociedad sana, desde el principio aceptado y demostrado por las disciplinas cl&iacute;nicas, epidemiol&oacute;gicas, la salubridad, as&iacute; como por m&eacute;dicos, psic&oacute;logos, psicoanalistas, fil&oacute;sofos, moralistas y pol&iacute;ticos, entre otros: 'que nadie est&aacute; sano y que nadie est&aacute; excepto del riesgo de morir'.</p>     <p>Verdad de perogrullo que confunde lo verdadero con la verdad y concreta la dimensi&oacute;n propiamente dicha de lo econ&oacute;mico. Sostengamos que esa verdad de perogrullo es lo que hace de la enfermedad, el &oacute;bice del negocio m&aacute;s lucrativo y sostenido por la eternidad de la humanidad, pues la verdad de esa pareja es bien distinta, como veremos mas adelante.</p>     <p>Ahora bien, un p&aacute;nico generalizado, una fantas&iacute;a singular ronda por doquier...'vamos de mal en peor', se escucha decir cotidianamente. Ir de mal en peor no es otra cosa que pasar del estado de enfermedad al estado de cesaci&oacute;n, de muerte.</p>     <p> La fatalidad: estamos enfermos y vamos para muertos, no hay sino campo para la esperanza que irradian magos, predistigitadores, chamanes, brujos o dioses de bajos y altos altares. Esperanza que hace diferencia econ&oacute;mica y de clase. Los dioses de alto altar se encarnan en las ciencias, en lo que causa altos costos y mantiene un haz de luz en la pr&aacute;ctica en pro de la salud. A esos dioses no los alcanzan, en la mayor&iacute;a de los casos, los que no poseen recursos; pues, en este caso, a estos carentes de recursos solo les quedan los dioses bajos que se l&iacute;an con la esperanza absoluta de la intervenci&oacute;n de una divinidad para ofertar y aumentar el sal&oacute;n de los milagros.</p>     <p> Esperanza, que al fin y al cabo, solo palia, pone pa&ntilde;os de agua tibia en lo referente a lo inexorable, la cesaci&oacute;n de las funciones org&aacute;nicas, de la muerte, y pa&ntilde;o que oculta, niega, esconde, reniega del otro consorte, el original de la pareja, la salud.</p>     <p>En consecuencia, la salud est&aacute; enferma de la enfermedad mortal del comentario que se hace evidencia en los cementerios, salas de velaci&oacute;n, anfiteatros y crematorios: somos mortales y ante eso nada vale. Empero, ante la verdad absoluta del advenimiento de la muerte no se debe canonizar la enfermedad y la mortaja a la espera del milagro y la bendici&oacute;n. Abordemos pues a este matrimonio an&oacute;malo en nuestro hoy.</p>     <p><font size="3"><b>SALUD: BENDICI&Oacute;N O MALDICI&Oacute;N  </b></font></p>     <p> Desde el principio del mundo pensante, podr&iacute;a decirse desde el orden prediluviano, pasando por las grandes culturas de Oriente lejano y pr&oacute;ximo hasta el mundo griego, la reflexi&oacute;n sobre la salud ha sido objeto de reflexi&oacute;n tanto teor&eacute;tica como de pr&aacute;ctica directa sobre los organismos cuando estos manifiestan, hablan de su disfuncionalidad, de su no funcionamiento normal, de un desajuste. Reflexi&oacute;n sobre la salud que se soporta en esa voz que o bien de manera silenciosa o gritando advierte sobre la presencia de la enfermedad y exige de una escucha que le sepa hablar para no dejar que ande campeando sin m&aacute;s cual hu&eacute;sped indeseado en la morada del viviente. Esto &uacute;ltimo se&ntilde;ala que desde siempre la enfermedad, su manifestaci&oacute;n y su tratamiento est&aacute;n &iacute;ntimamente ligados a la esfera de la &eacute;tica y, desde ah&iacute;, por un efecto retr&oacute;grado, a la salud misma.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sostengamos, en consecuencia, que ha sido la enfermedad la que ha llamado a la reflexi&oacute;n sobre la salud y dada esta de forma inmediata se ingresa en el mundo de los contrarios f&aacute;cilmente reconocibles y asumidos como modelos de funcionamiento de lo visible y lo invisible. As&iacute;, la enfermedad se identifica al mal y la salud a un bien que ha de administrarse en aras de garantizar la prolongaci&oacute;n de la vida y postergar lo inevitable por naturaleza.</p>     <p>La salud se ha identificado con la bendici&oacute;n que mantiene alejada a la parca y garantiza la prolongaci&oacute;n de la vida, de suerte que &eacute;sta se hace sin&oacute;nimo de salud, a la par que enfermedad y muerte se identifican en el extremo de los contrarios constituyendo la maldici&oacute;n de todo lo nacido, brotado o expulsado del reino de la nada al del todo que vibra y existe en sus funciones sensitivas.</p>     <p>Estas identificaciones -sostenidas en la sinonimia- han calado profundo en individuos y sociedades hasta constituirse en pr&oacute;tesis y verdades 'naturales' de los mismos. Entonces, la salud, como la vida, se entienden, se dicen -en t&eacute;rminos absolutos se realiza la operaci&oacute;n de exclusi&oacute;n del tercio excluso- o se est&aacute; o no se est&aacute; sano, se est&aacute; vivo o no se est&aacute; vivo, por lo cual la condici&oacute;n anhelada y buscada desde m&uacute;ltiples acciones no admite precariedad alguna, un estado intermedio en donde la precariedad de la salud se constata, se identifica a la enfermedad, al estar medio muerto y, con ello, estar m&aacute;s pr&oacute;ximo al reino del silencio, la insensibilidad maldita de la muerte.</p>     <p>La enfermedad es la maldici&oacute;n que abre la puerta para observar, para presenciar el reino de lo otro absoluto y a la postre lo que se&ntilde;ala el camino y la morada final. La enfermedad es nuestro Caronte, el barquero sobre el cual echamos nuestros insultos, injurias y peleamos en la paradoja de un temor que alcanza la dimensi&oacute;n de lo absoluto. Barquero que -sabemos en lo profundo y serio de nuestras existencias- cumplir&aacute; su oficio con precisi&oacute;n quir&uacute;rgica. Ni antes ni despu&eacute;s Caronte nos arriba al puerto cuando es: all&iacute; reside el temor que nos oferta el saber lo inexorable y lo absoluto.</p>     <p>En esta direcci&oacute;n, la enfermedad no es tanto la disfunci&oacute;n, el no funcionamiento normal de los &oacute;rganos en un organismo, como el saber del cumplimiento de Caronte y la llegada al puerto final; es el miento que recae sobre el cumplimiento de lo absoluto, lo que enferma. Mentimos y nos mentimos sobre esa verdad -quiz&aacute; &uacute;nica- para dar cabida a promesas y esperanzas que lucran a mentirosos de oficio y curadores por la fe.</p>     <p>Mentir y mentirse es savia que ha circulado por los sistemas y &oacute;rganos del hombre y sus sociedads, que siguen circulando y quiz&aacute;s sigan circulando para mantener la ilusi&oacute;n de una salud que perpet&uacute;e la vida sin dolor y sin enfermedad; mientras lo que se constata es todo lo contrario, la mentira revela la verdad, es decir la enfermedad, el dolor y la muerte hacen su presencia con vehemencia y sin distingo de clases y sin atisbar cunas preferenciales.</p>     <p>La maldici&oacute;n de la enfermedad se vuelve la bendici&oacute;n de 'sanos', y la bendici&oacute;n de sanos en la maldici&oacute;n de los mercaderes de la salud. Torbellino que no deja entrever, en medio de intereses, ingenuos unos y mal intencionados otros, esos que obedecen al principio de lucro y productividad en tiempos de capital consumista, lo que desde la empiria, la constataci&oacute;n f&aacute;ctica y el pragmatismo del sentir, lo que funda la relaci&oacute;n entre la pareja salud-enfermedad.</p>     <p><b>El equilibrio disarm&oacute;nico:  la salud-enfermedad</b></p>     <p>Lo primero que debe pensarse al abordar este apartado es que no podr&aacute; ser una exposici&oacute;n ni en extensi&oacute;n ni en profundidad como requiere el simple hecho de introducir el concepto operativo de equilibrio-disarm&oacute;nico, pues de entrada se desaf&iacute;a la noci&oacute;n com&uacute;n e intuitiva, tanto de equilibrio como de armon&iacute;a, sin embargo intentaremos se&ntilde;alar en qu&eacute; consiste la misma y su poder operativo.</p>     <p>Realizada la salvedad, entremos en lo que pesquisamos. Si la salud es entendida como sin&oacute;nimo de vida y, en su identificaci&oacute;n, ellas se elevan al car&aacute;cter de absoluto, entonces tendr&iacute;amos que aceptar que en tanto su car&aacute;cter o naturaleza lo que se dice en lo absoluto no puede sino tener dos correlatos, a saber: el primero de ellos, la privaci&oacute;n de lo que muda, deviene, transmuta, cambia o se transforma; y dos, consecuencia de esto, que adolece del atributo de lo sensible, que necesariamente ser&iacute;a insensible, no sentir&iacute;a ni dolor ni sufrir&iacute;a pathos alguno. Es decir, ser&iacute;a algo por fuera de la esencialidad de lo vivo y de lo vivientemente mismo, de lo humano y humanamente pensable y dable.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si se puede pensar y deducir del absoluto lo anterior, identificar la salud o decir que existe un estado de salud total o absoluto no pasa de ser una falacia e impostura. Ser&iacute;a equivalente a pensar que existe la m&aacute;quina de movimiento eterno sin que los elementos de su engranaje se degastaran o sufrieran, en un momento determinado  o por determinar bajo las leyes de la probabilidad, un desajuste respecto al todo.</p>     <p>Una salud total o absoluta se ofertar&iacute;a necesariamente a lo que adolecer&iacute;a de la condici&oacute;n b&aacute;sica de lo vivo y lo viviente en el sentido m&aacute;s ontol&oacute;gico que nos sea posible indagar, es decir, negar&iacute;a la sensibilidad receptora de fen&oacute;menos, hechos y sucesos de lo otro diferente del individuo sensible. De esa facultad que permite distinguir entre lo que afecta y lo afectado.</p>     <p>La sensibilidad es la facultad que caracteriza lo que ontol&oacute;gicamente est&aacute; vivo y mantiene una relaci&oacute;n con la vida y lo viviente en su interior. El hombre es un ser vivo y viviente que siente, es afectado y afecta.</p>     <p>En esta direcci&oacute;n, un hombre que siente es un hombre de pathos, un hombre que tiene por condici&oacute;n el dolor como funci&oacute;n natural y tiene por finalidad el desgaste de sus &oacute;rganos en el paso irrefrenable del tiempo cronol&oacute;gico. Manteniendo la met&aacute;fora de la m&aacute;quina, es una m&aacute;quina que tiene un tiempo &uacute;til de utilizaci&oacute;n y de soporte.</p>     <p>   El hombre y su organismo deben soportar esas consecuencias que su naturaleza de vivos le imponen, de suerte, que dolor y desgaste son compa&ntilde;eros, presencias infalibles a lo largo de una vida.</p>     <p>Ahora bien, desgaste y dolor pueden tener -de hecho lo tienen- una multiplicidad de factores que los provocan; pero a la postre ella, la multiplicidad etiol&oacute;gica, se reduce a factores externos e internos y a una posible combinatoria de estos, en donde la disposici&oacute;n natural al desgaste, al dolor y a la disfuncionalidad se ven acelerados por la presencia de agentes ex&oacute;genos al propio organismo.</p>     <p> Multicausalidad que -entendida aqu&iacute; por la combinatoria de agentes ex&oacute;genos y la disposici&oacute;n natural del organismo- se puede mantener a cierta distancia, se puede evitar o prevenir con acciones relativamente sencillas y que la cultura y la tradici&oacute;n entregan en la mayor&iacute;a de las veces como consejos que permiten llegar a ser viejo y con ello alcanzar popularmente la sabidur&iacute;a. O&iacute;r consejos, por inferencia, est&aacute; relacionado con la salud y el mantenimiento a distancia de la enfermedad.</p>     <p> Lo anterior indica que existe la posibilidad de escapar a ciertos dolores, a ciertos desgastes que bajo el dominio pr&aacute;ctico de la vida no necesariamente exacerban o aceleran los que no pueden ser evitados: esos dolores, desgastes propios y presentes en la naturaleza de lo vivo.</p>     <p>Tres v&iacute;as se dejan ver teniendo en el horizonte lo anterior. La primera que tenemos: la posibilidad de no incrementar o acelerar los dolores, los desgastes y los padecimientos que devienen desde factores ex&oacute;genos mediante acciones que la cultura y la tradici&oacute;n nos transmiten. Segunda v&iacute;a: no podemos escapar o evitar aquellos dolores y desgastes que son de naturaleza y acompa&ntilde;an a lo vivo restando aceptarlos y vivirlos con naturaleza; y tercera v&iacute;a: vivirse en el convencimiento consciente que vivir y poseer una salud es siempre estar expuesto a la precariedad de la misma, vivir en la certeza que el dolor, el desgaste hacen que la sensibilidad que humaniza, que nos hace sentir vivos, se dice en la enfermedad que busca su correlato dial&eacute;ctico: la salud.</p>     <p>En el m&aacute;s simple ejercicio dial&eacute;ctico se sabe que entre los contrarios se tiende una tensi&oacute;n en donde los extremos pretenden aprehender al contrario. As&iacute;, la salud pretende 'aliviar' la tensi&oacute;n borrando, desapareciendo en su potencia la enfermedad; y viceversa: la enfermedad se aliviar&iacute;a de la tensi&oacute;n en el desaparecer a la salud en su seno. Pero como se sabe de la tensi&oacute;n y la aspiraci&oacute;n de los contrarios a la subsunci&oacute;n de su contrario, tambi&eacute;n se sabe que el alivio no es posible en t&eacute;rminos absolutos, que no se puede cooptar, borrar o desaparecer el contrario, restando un equilibrio en donde uno de los contrarios prima sobre el otro, provocando una suerte de desarmon&iacute;a que es equilibrio al interior del organismo vivo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Equilibrio desarm&oacute;nico que nos lleva a sostener que vivir implica sufrir la enfermedad, sus dolores y desgastes como algo sobre lo que se puede intervenir en pro de su contrario, pero no abolir desde la voluntad, el deseo o el antojo. Vivir es aceptar la presencia de la enfermedad como aceptar la salud -siempre precaria- y que estar sano no es estar curado de la enfermedad. Estar vivo es atisbar en el horizonte el t&eacute;rmino natural del hecho de haber nacido y asumir la dial&eacute;ctica que le es propia, salud-enfermedad, y consentir que la precariedad del equilibrio des-arm&oacute;nico es una constante que hace vivir y explayar la potencia de lo sensible.</p>     <p>Entendido y asumido esto, la salud y la enfermedad se constituyen en el modelo bajo el cual el desarrollo de la cotidianidad no posee nada de extraordinario y en donde vivir es avanzar pausada y tranquilamente, es decir, con entereza y sin paliativos a lo que signa la cura radical y el principio de lo otro sin m&aacute;s esperanza que el curar reimplante nuevas dial&eacute;cticas, nuevas tensiones y nuevos alivios.</p>     <p> Para terminar, digamos que ese lugar, ese puerto en donde Caronte cumple su tarea: no reconoce ni el tiempo del cron&oacute;metro ni los espacios tridimensionales en donde el deseo habita. La cesaci&oacute;n, la muerte llega en el espacio y en el tiempo adecuado, ese espacio y tiempo en el cual la tensi&oacute;n se alivia y por incomprensible que sea su llegada o por imprevistas en los seres m&aacute;s noveles e indefensos -en esos seres que a&uacute;n no han recorrido la senda llena de espinas de rosas, en esos seres en los cuales se ha afincado el ma&ntilde;ana: en los ni&ntilde;os y los adolescentes-, la enfermedad y la muerte son cuando son, ni antes ni despu&eacute;s, anunciando que los finales no son otra cosa que la oportunidad de un comienzo renovado en los reinos de la belleza y el porvenir de aquellos a quienes le corresponde la memoria y el lenguaje, a sus deudos y la humanidad misma.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p>     <!-- ref --><p>1.	Canguilhem, G. Lo normal y lo patol&oacute;gico. M&eacute;xico: Siglo Veintiuno Editores; 1978.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000047&pid=S0120-8705201300020001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>2.	Comelles, JM, Mart&iacute;nez, A. Enfermedad, cultura y sociedad. Madrid: Eudema; 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S0120-8705201300020001300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>3.	Foucault, M. El nacimiento de la cl&iacute;nica. M&eacute;xico: Siglo Veintiuno Editores; 1978.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S0120-8705201300020001300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>4.	Gadamer, H-G. El estado oculto de la salud. Barcelona: Gedisa; 2001.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-8705201300020001300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>5.	Helman, CG. Culture, health and illness. London: Wrigth; 1990.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-8705201300020001300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p> 6.	Herzlich, C. M&eacute;dicine moderne et quete de sens: la maladie comme signifiant social. En: M. Aug&eacute; et C. Herzlich (Eds.), Le sens du mal, anthopologie, histoire, sociologie, de la maladie. Paris: Archives Contemporaines; 1984.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0120-8705201300020001300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>7.	Hip&oacute;crates. Tratados hipocr&aacute;ticos. Vols. I a III. Madrid: Gredos; 1986.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0120-8705201300020001300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p> 8.	Kleinman, A. Patients and healers in the context of culture. Berkeley, CA: University of California Press; 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0120-8705201300020001300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>9.	Plat&oacute;n. La rep&uacute;blica. Vol. IV. Madrid: Gredos; 1992.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0120-8705201300020001300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>10.	Sauvy, A. Costo y valor de la vida humana. Mar&iacute;a del Carril, S. (Trad.). Buenos Aires: Emec&eacute;; 1980.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0120-8705201300020001300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>      ]]></body><back>
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