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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center" ><font size="4"><b>CARTA A LOS LECTORES</b></font></p> <hr size="1">     <p >La revista <i>Historia Cr&iacute;tica</i>, en su inter&eacute;s por fomentar espacios para la  discusi&oacute;n sobre el oficio del historiador y el estado de la disciplina en el  pa&iacute;s, ha querido invitar a un grupo de destacados profesionales de la historia y de  otros campos de las ciencias sociales a reflexionar en torno al  trabajo del historiador. De esta manera, esperamos propiciar un debate  sobre las relaciones entre la disciplina de la historia y las  ciencias sociales. Con este ejemplar, nuestra revista llega al n&uacute;mero  27 a lo largo de quince a&ntilde;os, pero los textos que hemos  publicado sobre cuestiones historiogr&aacute;ficas son, a todas luces,  escasos, insuficientes y no son el resultado de una discusi&oacute;n ordenada.</p>     <p >Esta es una revista de historia, publicada por un Departamento de  Historia; su comit&eacute; editorial y la gran mayor&iacute;a de sus colaboradores,  podr&iacute;amos decirlo sin pensarlo dos veces, han sido historiadores; pero nos  parece oportuno que quienes nos dedicamos a la ense&ntilde;anza y a la investigaci&oacute;n  hist&oacute;rica en el pa&iacute;s tengamos un espacio de reflexi&oacute;n sobre la disciplina,  sus especificidades, sus retos, sus l&iacute;mites, sus dificultades  y sus nuevas posibilidades en un momento en que son evidentes las  tensiones y limitaciones en los paradigmas dominantes de las  ciencias sociales. En las &uacute;ltimas d&eacute;cadas hemos presenciado el  surgimiento de vertientes alternativas de pensamiento, para algunos  promisorias y redentoras de una modernidad agotada, mientras para  otros, confusas, peligrosas y vac&iacute;as. &iquest;Cu&aacute;l es el lugar de la historia en los  recientes debates de las ciencias sociales?</p>     <p >Para propiciar la discusi&oacute;n, hemos querido invitar a un grupo de  especialistas cuyos aportes nos ayudar&aacute;n a entender las relaciones que  hoy existen entre la historia y la ciencia pol&iacute;tica, la econom&iacute;a, la  filosof&iacute;a, la arqueolog&iacute;a, la literatura, la geograf&iacute;a, los estudios  post-coloniales y las relaciones internacionales. Esta reflexi&oacute;n es de  particular inter&eacute;s para el Departamento de Historia de la Universidad  de los Andes, entre otras razones porque a partir del mes de enero  de este a&ntilde;o se ha puesto en marcha un programa de maestr&iacute;a en  historia que tiene como uno de sus ejes principales las relaciones  entre la historia y las otras ciencias sociales.</p>     <p >Es evidente que el estudio del pasado no es propiedad exclusiva de los  historiadores y que, en su desarrollo, la historia ha mantenido una estrecha  relaci&oacute;n con otros campos del conocimiento. Hoy en d&iacute;a, es frecuente  encontrar manifestaciones cr&iacute;ticas y cuestionamientos sobre la  argumentaci&oacute;n disciplinar, llamados a la interdisciplinariedad y a la  necesidad de romper con los tradicionales campos del conocimiento.</p>     <p >Dicho llamado a quebrantar los supuestos paradigmas disciplinares est&aacute;  generalmente acompa&ntilde;ado del se&ntilde;alamiento de &lt;la crisis de la disciplina&gt;. Esta  frecuente afirmaci&oacute;n sobre la crisis de las disciplinas es una aseveraci&oacute;n  pobre. Es infortunada no porque sea falsa, sino, parad&oacute;jicamente, por su falta  de perspectiva hist&oacute;rica. La inestabilidad de los campos del conocimiento no es  algo nuevo ni particular de nuestro tiempo, ni lo podemos convertir en el gran descubrimiento de  los cient&iacute;ficos sociales contempor&aacute;neos. Las disciplinas acad&eacute;micas, tal y  como las conocemos hoy, son un fen&oacute;meno muy reciente. Y m&aacute;s que se&ntilde;alar  con pretensiones de originalidad y renovaci&oacute;n el descubrimiento de la crisis  de las disciplinas, y el consecuente llamado a romper sus fronteras, ser&iacute;a mejor empezar por  reconocer el car&aacute;cter hist&oacute;rico y movedizo de las fronteras disciplinares.  Lo preocupante, por lo tanto, no es tanto la &lt;crisis&gt; de las disciplinas, sino  m&aacute;s bien el af&aacute;n por encontrar o proteger la estabilidad y la esencia de un  campo de conocimiento. Lo realmente da&ntilde;ino y destructivo es la pretensi&oacute;n  profesional por crear fronteras fijas y hacer del estudio de la cultura y de la  sociedad un conjunto de parcelas aisladas que se resisten al di&aacute;logo. Las  fronteras disciplinares no se diferencian mucho de las fronteras  geogr&aacute;ficas y pol&iacute;ticas, las cuales son reales en el sentido que su  demarcaci&oacute;n tiene consecuencias visibles. Pero, al mismo tiempo, son construcciones sociales  levantadas y vigiladas por actores interesados en reconocer la propiedad  sobre el territorio, ya bien sea pol&iacute;tico, geogr&aacute;fico o, en este caso,  acad&eacute;mico.</p>     <p >Las propuestas de los autores que generalmente son &lt;acusados&gt; de posmodernos y  no siempre reconocidos como leg&iacute;timos miembros de la comunidad de  historiadores, han querido mostrar c&oacute;mo las fronteras entre las disciplinas se  hacen difusas y c&oacute;mo la historia requiere de nuevas herramientas y  nuevas preguntas que podemos encontrar en otras disciplinas de las  ciencias sociales. En historia aparecen nuevas voces, nuevos actores y  se manifiesta un fuerte reclamo a la arrogancia del muy criticado pero  poco eludido eurocentrismo. El enfrentamiento con estas preguntas no se puede  limitar a un problema de introspecci&oacute;n metodol&oacute;gica, ni a un exhaustivo  escrutinio de fuentes y archivos; es, por el contrario, un problema que debe  examinar la historia y a los historiadores desde &lt;afuera&gt; con la  amplitud y diversidad de perspectivas que nos ofrecen otras ramas de las  ciencias sociales. Los estudios sobre g&eacute;nero, sobre estudios culturales  y poscoloniales, la historia y la sociolog&iacute;a del conocimiento,  son, entre otros, espacios reflexivos y de renovaci&oacute;n cient&iacute;fica,  cultural y pol&iacute;tica, de los cuales la historia tiene mucho que aprender.</p>     <p >Los c&iacute;rculos de colegas y pares son terrenos seguros que alimentan nuestra  confianza de ser fil&oacute;sofos, economistas o historiadores a cabalidad; pero los  confines departamentales de nuestras universidades y del sistema educativo  no son los territorios m&aacute;s f&eacute;rtiles para la innovaci&oacute;n cient&iacute;fica.</p>     <p >Nuestra invitaci&oacute;n al debate sobre la historia y sus l&iacute;mites est&aacute; lejos de ser  un llamado a sumar las filas de fan&aacute;ticos de la trasgresi&oacute;n disciplinar y  dogm&aacute;ticos contra el m&eacute;todo lo cual es una obvia contradicci&oacute;n-; por el  contrario, se trata de reconocer que la labor del historiador no solamente es  un permanente esfuerzo por reconstruir el pasado, sino tambi&eacute;n, y de  manera simult&aacute;nea, un esfuerzo por reelaborar el oficio y las maneras como  nos ocupamos del pasado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Las distintas reflexiones que podemos leer a continuaci&oacute;n pretenden  cubrir algunos de los frentes y campos del conocimiento importantes para el  historiador, pero est&aacute;n lejos de cerrar el debate. Se trata tan s&oacute;lo de  contribuir a la no muy frecuente reflexi&oacute;n sobre las maneras como  escribimos la historia.</p>     <p >Queremos terminar con unas palabras de felicitaci&oacute;n para Diana  Bonnett, directora de nuestro Departamento, por la obtenci&oacute;n del premio  &lt;Silvio Zavala&gt; al mejor libro de historia colonial de Am&eacute;rica  publicado entre 2002 y 2003, otorgado por el Instituto Panamericano  de Geograf&iacute;a e Historia, por su trabajo Tierra y comunidad: un  problema irresuelto. <i>El caso del altiplano cundiboyacense &#40;Virreinato de  la Nueva Granada&#41;, 1750-1800.</i></p>  </font>      ]]></body>
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