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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA HISTORIA Y LAS RELACIONES INTERNACIONALES: DE LA HISTORIA INTERNACIONAL A LA HISTORIA GLOBAL]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[HISTORY AND INTERNATIONAL RELATIONS: FROM INTER-NATIONAL HISTORY TO GLOBAL HISTORY]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In exploring the connections between international relations and history, we find a link that contributes to the redefinition of the discipline itself. In fact, international relations as a rational discourse on one aspect of the social sphere constitutes a historical object in itself. The aim of the article is to sitúate IR on its historical voyage in order to identify the development of three different international-system models throughout the course of the past three centuries. This overview leads us from a history between nations to a world history and, finally, to a global history, the nature of which allows us to outline certain coordinates in the international scenario at the dawn of the 21st century and indicate the elements that make the international idea lose its specificity and confronts us with the challenge of reformulating our own understanding of today&#39;s world.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center" ><font size="4"><b>LA HISTORIA Y LAS RELACIONES INTERNACIONALES: DE LA  HISTORIA INTERNACIONAL A LA HISTORIA GLOBAL<sup><a    name="s*"  href="#*">*</a></sup></b></font></p>     <p ><b>diana marcela rojas</b>    <br> Fil&oacute;sofa y polit&oacute;loga. Investigadora del  IEPRI, Universidad Nacional de Colombia.</p> <hr size="1">     <p ><b>RESUMEN</b></p>     <p >En la exploraci&oacute;n de los nexos entre las relaciones internacionales y  la historia encontramos un v&iacute;nculo que contribuye a la redefinici&oacute;n  misma de la disciplina. En efecto, las relaciones internacionales en tanto  discurso racional sobre un aspecto de lo social se constituye en s&iacute; misma en un  objeto hist&oacute;rico. El objetivo del art&iacute;culo consiste en ubicar las RI en su  periplo hist&oacute;rico con el fin de identificar la conformaci&oacute;n de tres  modelos distintos de sistema internacional a lo largo de los tres &uacute;ltimos  siglos. Este recorrido nos conduce de una historia entre naciones a una historia  mundial y, finalmente, a una historia global cuya caracterizaci&oacute;n nos  permite trazar algunas coordenadas en el escenario internacional de  principios del siglo XXI y mostrar los elementos que hacen que en este  contexto global lo internacional pierda su especificidad y nos plantee  el desaf&iacute;o de reformular nuestra comprensi&oacute;n del mundo de hoy.</p>     <p ><b>PALABRAS CLAVES:    <br> </b>teor&iacute;a de las relaciones internacionales, historia global, sistema,  internacional, globalizaci&oacute;n, guerra.</p> <hr size="1">     <p align="center" ><font size="3"><b>HISTORY AND INTERNATIONAL RELATIONS: FROM INTER-NATIONAL  HISTORY TO GLOBAL HISTORY</b></font></p>     <p ><b>ABSTRACS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >In exploring the connections between international relations and history, we  find a link that contributes to the redefinition of the discipline  itself. In fact, international relations as a rational discourse on one  aspect of the social sphere constitutes a historical object in itself. The aim  of the article is to sit&uacute;ate IR on its historical voyage in order  to identify the development of three different international-system models  throughout the course of the past three centuries. This overview leads us  from a history between nations to a world history and, finally, to a  global history, the nature of which allows us to outline certain  coordinates in the international scenario at the dawn of the 21st  century and indicate the elements that make the international idea  lose its specificity and confronts us with the challenge of reformulating  our own understanding of today's world.</p>     <p ><b>KEY WORDS:    <br> </b>theory of international relations, global history, international system,  globalization, war.</p>     <p > Art&iacute;culo recibido en diciembre 2003; aceptado en febrero 2004.</p> <hr size="1">     <p >La historia constituye una fuente casi inagotable  de informaci&oacute;n, referentes, significados y ejemplos para las relaciones  internacionales &#40;RI&#41;. Podr&iacute;amos resaltar muchas maneras en las cuales ambas se  entrelazan; una de las m&aacute;s evidentes son los usos &#40;y los abusos&#41; permanentes que  hacen los decisores y los l&iacute;deres pol&iacute;ticos para respaldar, justificar,  legitimar o excusar decisiones en materia de pol&iacute;tica exterior. Podemos  mencionar tambi&eacute;n c&oacute;mo, en muchas ocasiones, la actuaci&oacute;n internacional de  los pa&iacute;ses se explica a partir de las representaciones que tienen de s&iacute;  mismos y de sus historias nacionales; tambi&eacute;n encontramos intentos  recurrentes por parte de algunos analistas e incluso de responsables pol&iacute;ticos  de identificar &quot;leyes&quot; que explicar&iacute;an la permanencia de un sistema  internacional, como el caso de Paul Kennedy o de Jean Baptiste Durosselle con su  teor&iacute;a del auge y la decadencia de las potencias<sup><a    name="s1"  href="#1">1</a></sup>.    <br>     <br> Todo ello bastar&iacute;a para se&ntilde;alar la estrecha relaci&oacute;n entre las dos disciplinas;  sin embargo, a mi juicio hay un nexo entre ambas que resulta  a&uacute;n m&aacute;s interesante: las relaciones internacionales en tanto discurso  racional sobre una aspecto de lo social se constituye en s&iacute; misma en un objeto  hist&oacute;rico que, hoy por hoy, est&aacute; llamado a desaparecer para dar lugar a una  comprensi&oacute;n distinta del quehacer humano a escala global. Este es un lugar  curioso para levantar el acta de defunci&oacute;n de una disciplina;  sin embargo, por las razones que expondremos a continuaci&oacute;n, es  justamente una reflexi&oacute;n sobre el v&iacute;nculo entre la historia y las relaciones  internacionales la que nos lleva a esta conclusi&oacute;n sorprendente y a  primera vista chocante.    <br>     <br> La idea central de este ensayo es la siguiente: el discurso sobre  lo internacional tiene su propia historicidad, y es a trav&eacute;s de ella que  podemos intentar comprender los cambios en el escenario internacional  globalizado.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> A continuaci&oacute;n intentaremos ubicar las RI en su periplo hist&oacute;rico con el fin de  identificar la conformaci&oacute;n de tres modelos distintos de sistema internacional a  lo largo de los tres &uacute;ltimos siglos. El hilo conductor en el establecimiento y  el cambio de un modelo a otro lo constituye el papel que juega la guerra como  elemento central de toda forma de orden internacional y, consecuentemente,  como aspecto espec&iacute;fico de las RI. Este recorrido nos conduce de una  historia entre naciones a una historia mundial y, finalmente, a una  historia global cuya caracterizaci&oacute;n nos permitir&aacute; trazar algunas coordenadas  en el escenario internacional de la posguerra fr&iacute;a y mostrar los elementos que  hacen que en este contexto global lo internacional pierda su especificidad y nos  plantee el desaf&iacute;o de reformular nuestra comprensi&oacute;n del mundo de hoy.    <br>     <br>     <br> <b>1. las relaciones internacionales en su historia    <br> </b>    <br> La historia, de una manera u otra, es un referente permanente de  comprensi&oacute;n de lo internacional, al punto que llegan a confundirse. No resulta  casual que, pese a los esfuerzos de la escuela francesa, no se haya consolidado  en un corpus de producci&oacute;n bibliogr&aacute;fica una rama espec&iacute;fica de la historia  denominada &quot;historia de las relaciones internacionales&quot;<sup><a    name="s2"  href="#2">2</a></sup>; en  &uacute;ltimas, porque en buena medida la historia de las naciones es en s&iacute; misma una  historia de lo internacional. Es evidente que sin tomar en cuenta sus v&iacute;nculos  con lo internacional no podr&iacute;a entenderse el periplo hist&oacute;rico de las  sociedades, particularmente en la historia moderna.    <br>     <br> Pero quisi&eacute;ramos ir m&aacute;s all&aacute; de la historia de los manuales y  mostrar c&oacute;mo las relaciones internacionales se conforman en tanto discurso  en un momento particular; un discurso que tiene un comienzo y que, a nuestro  juicio, tambi&eacute;n tiene un fin. El mayor aporte de la historia a las RI  consiste en tratarlas como un objeto hist&oacute;rico, en examinar su  discurso como resultado de una conjunci&oacute;n de factores en un momento espec&iacute;fico,  en correr el velo de la reificaci&oacute;n que los te&oacute;ricos de lo internacional han  querido mantener; la historia, lo que nos evidencia, es la propia historicidad  de las RI. Su car&aacute;cter circunscrito y relativo, sus estrechos v&iacute;nculos con el  discurso de la modernidad y su correlaci&oacute;n con el surgimiento y desarrollo del  Estado moderno.    <br>     <br> En efecto, las RI surgen con la organizaci&oacute;n del mundo en  estados nacionales, fundamentalmente a partir de la paz de Westfalia en 1648.  En una primera etapa, que abarca los siglos XVII y XVIII, las RI se  establecen como relaciones entre las naciones, y particularmente las  europeas, de all&iacute; que no fueran incluidas aquellas regiones del mundo que no  estaban organizadas como tales. Una segunda etapa comprende el siglo  XIX hasta la Primera Guerra Mundial y se organiza como el Concierto  de Naciones, resultado de la conmoci&oacute;n causada por la Revoluci&oacute;n Francesa y  el proyecto napole&oacute;nico en el continente europeo. En una tercera etapa, y de la  mano de las dos guerras mundiales y la Guerra Fr&iacute;a, el discurso sobre lo  internacional se convierte en una historia mundial; all&iacute; las relaciones  internacionales se generalizan y extienden a escala planetaria. Y en una cuarta  etapa, que se empieza a desarrollar a partir del fin de la Guerra Fr&iacute;a, nos  hallar&iacute;amos ante la conformaci&oacute;n de una &quot;historia global&quot; en la que las  relaciones &quot;inter-nacionales&quot; entre estados se desdibujan ante la  intensificaci&oacute;n de las relaciones sociales a escala global debido al proceso de  globalizaci&oacute;n.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> La idea de una historia global implicar&iacute;a, como tal, la desaparici&oacute;n  del discurso sobre lo internacional que se hallaba afincado en la  distinci&oacute;n fundamental entre el adentro y el afuera, as&iacute; como en la  guerra como mecanismo de mantenimiento del orden internacional. Nos  hallamos, pues, ante un cambio hist&oacute;rico fundamental, que nos exige una  comprensi&oacute;n distinta del sistema internacional, de nosotros mismos y de nuestra  relaci&oacute;n con el mundo.    <br>     <br>     <br> <b>2. la historia inter-nacional    <br> </b>    <br> <b>a. el sistema westfaliano    <br>     <br> </b>Tratar el discurso sobre lo internacional desde su historicidad  implica afirmar que lo internacional no ha existido desde siempre y que  tampoco existir&aacute; para siempre. Pese a los debates que se plantean en algunos de  los manuales de la disciplina sobre si se puede hablar de relaciones  internacionales en la sociedades antiguas, lo cierto es que el  surgimiento del discurso sobre lo internacional est&aacute; estrechamente  ligado a la conformaci&oacute;n del Estado- naci&oacute;n moderno y al establecimiento de  un sistema de estados nacionales en Europa durante los siglos XVI y XVII. El  sistema westfaliano surge, en efecto, del derrumbe del proyecto medieval  europeo de un imperio universal, el cual era una fusi&oacute;n de las  tradiciones del imperio romano y de la iglesia cat&oacute;lica. En lugar de un imperio  aparece un grupo de estados equiparables en poder&iacute;o. &quot;Cuando diversos  estados as&iacute; constituidos tienen que enfrentarse entre s&iacute;, s&oacute;lo hay dos  resultados posibles: o bien un Estado se vuelve tan poderoso que  domina a todos los dem&aacute;s y crea un imperio, o ning&uacute;n Estado es lo bastante para  alcanzar esa meta&quot;<sup><a    name="s3"  href="#3">3</a></sup>. Ello plante&oacute; el problema acerca de c&oacute;mo  lograr la convivencia entre iguales en ausencia de una autoridad suprema.  De all&iacute; surge el sistema de equilibrio de poder, el cual buscaba limitar la  capacidad de unos estados para dominar a otros y, con ello, el alcance de los  conflictos. No se trataba entonces de eliminar las guerras y alcanzar una paz  permanente, sino, m&aacute;s bien, de lograr un cierto grado de estabilidad  en un mecanismo de pesos y contrapesos.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> La paz de Westfalia fue el resultado de la Guerra de los Treinta A&ntilde;os causada  por el proceso de Contrarreforma a principios del s. XVII; la guerra  se produjo a ra&iacute;z del intento de emperador Fernando II de revivir la  universalidad cat&oacute;lica, suprimir el protestantismo y establecer un  dominio imperial sobre los pr&iacute;ncipes de Europa central. Los Habsburgo  intentaban consolidar el Sacro Imperio romano germ&aacute;nico como la potencia  dominante en el continente bajo la &eacute;gida de la religi&oacute;n cat&oacute;lica; en  contraste, la pol&iacute;tica de raison d&#39;&eacute;tat seguida por Richelieu antepon&iacute;a  el inter&eacute;s nacional de Francia a las filiaciones religiosas. Mientras  para el emperador Fernando II el Estado estaba al servicio de la  religi&oacute;n, para Richelieu, en cambio, la religi&oacute;n deb&iacute;a subordinarse al inter&eacute;s  del Estado.    <br>     <br> El Tratado de Westfalia que puso fin a la confrontaci&oacute;n religiosa le otorg&oacute; la  soberan&iacute;a a los peque&ntilde;os estados de Europa central y, con ello, volvi&oacute;  inviable el Sacro Imperio Romano Germ&aacute;nico. De acuerdo con el Tratado, el  Emperador no pod&iacute;a reclutar soldados, recaudar impuestos, hacer leyes,  declarar la guerra o ratificar los t&eacute;rminos de la paz sin  el consentimiento de los representantes de todos los estados que conformaban el  Imperio. De la Guerra de los Treinta A&ntilde;os los gobernantes europeos  sacaron dos lecciones: la primera consisti&oacute; en que se respetar&iacute;a la elecci&oacute;n  religiosa que hiciera cada pa&iacute;s; se admiti&oacute; que el rey &#40;y no la Iglesia&#41;  ser&iacute;a la suprema autoridad religiosa en su propia naci&oacute;n. Este acuerdo  confirm&oacute; que el territorio era el requisito clave para tomar parte en la  pol&iacute;tica internacional moderna, conformando el concepto de Estado territorial.  La segunda lecci&oacute;n provino de la peligrosidad de apoyarse en ej&eacute;rcitos  mercenarios, lo cual dio lugar a la conformaci&oacute;n de ej&eacute;rcitos  nacionales, comandados y financiados por los monarcas. Ello suscit&oacute; a  su vez la necesidad de organizar las finanzas p&uacute;blicas y crear una burocracia  civil para administrar las nuevas fuerzas y los recursos necesarios para  sostenerlas<sup><a    name="s4"  href="#4">4</a></sup>.    <br>     <br> Los estados modernos se construyen entonces en ruptura con el principio  universal religioso de la Edad Media. El concepto medieval de moral universal  fue reemplazado por el de inter&eacute;s nacional sustentado la raison d&#39;&eacute;tat, y la  nostalgia de una monarqu&iacute;a universal fue desplazada por la doctrina del  equilibrio de poder. Esta doctrina se contrapuso a la tradici&oacute;n universalista  apoyada en la supremac&iacute;a de la ley moral. El problema que  heredan las relaciones internacionales a partir del modelo de equilibrio del  poder es el de una pol&iacute;tica que no tiene una base moral. En adelante, la  religi&oacute;n y la moral quedar&aacute;n sometidas a la raison d&#39;&eacute;tat. Los defensores de  esta idea invirtieron la cr&iacute;tica de los universalistas asegurando que una  pol&iacute;tica de inter&eacute;s nacional representaba la suprema ley moral<sup><a    name="s5"  href="#5">5</a></sup>.  De este modo, el primer sistema internacional moderno se constituye sobre  un aut&eacute;ntico trastocamiento de valores.    <br>     <br> El legado problem&aacute;tico del sistema westfaliano consiste en que, para  muchos te&oacute;ricos y analistas de las relaciones internacionales, y en particular  los realistas, el equilibrio del poder termin&oacute; siendo asumido como la forma  natural de las relaciones internacionales, v&aacute;lido para todo tiempo y lugar. Como  lo se&ntilde;ala Kissinger, esta soluci&oacute;n particular, moderna y europea, se convirti&oacute;  en &quot;el principio rector del orden mundial&quot;, ya que concordaba con la episteme de  la &eacute;poca. En efecto, para los pensadores racionalistas, este sistema en el que  ciertos principios racionales se equilibraban entre s&iacute; era el que mejor  concordaba con la visi&oacute;n mecanicista del universo, imperante en la &eacute;poca.  El equilibrio de poder continuaba el mismo tipo de razonamiento de Adam  Smith, Montesquieu o Madison en la idea de que las fuerzas dejadas en libertad,  para que cada uno buscase realizar de manera ego&iacute;sta su propio inter&eacute;s,  conduc&iacute;a, a trav&eacute;s de un mecanismo casi autom&aacute;tico, al equilibrio del  sistema y, con ello, al bien com&uacute;n. El sistema del equilibrio de poder  entre naciones se basaba en la creencia de que la armon&iacute;a se derivaba de la  competencia entre intereses ego&iacute;stas.    <br>     <br> Sin embargo, este modelo no fue el resultado de una decisi&oacute;n expresa  de los actores internacionales de la &eacute;poca, sino consecuencia de la  b&uacute;squeda de poder por parte de los estados europeos. Ser&aacute;n los  fil&oacute;sofos de la Ilustraci&oacute;n en el siglo XVIII quienes  posteriormente interpreten el sistema internacional resultante de la  paz de Westfalia como parte de un universo que funcionaba como una  gran maquinaria de reloj en una marcha incesante de progreso: &quot;los  fil&oacute;sofos estaban confundiendo el resultado con la intenci&oacute;n. Durante  todo el siglo XVIII los pr&iacute;ncipes de Europa entablaron innumerables guerras sin  que haya la menor prueba de que la intenci&oacute;n consciente fuera aplicar alg&uacute;n  concepto general de orden internacional&quot;<sup><a    name="s6"  href="#6">6</a></sup>. Los pr&iacute;ncipes europeos  estaban guiados por c&aacute;lculos de beneficio inmediato y compensaciones  espec&iacute;ficas y no por un principio trascendental de orden internacional.  No obstante, fue justamente esa actitud y el hecho de que ning&uacute;n  Estado estuviera en capacidad de dominar a los otros y conformar un imperio, lo  que termin&oacute; dando forma a un orden internacional basado en el equilibrio de  poder. Este sistema fue reforzado por la pol&iacute;tica exterior seguida de manera muy  consciente por Gran Breta&ntilde;a durante los siglos XVIII y XIX. A partir del  reinado de Guillermo III, Inglaterra asumi&oacute; como su inter&eacute;s nacional el  mantenimiento del equilibrio en Europa.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Este origen del discurso sobre lo internacional har&aacute; que el actor  central, y el &uacute;nico, sea el Estado-naci&oacute;n moderno. La soberan&iacute;a  que lo consagra designa el poder &uacute;ltimo, sin limitaciones que  ejerce el Estado tanto hacia adentro como hacia fuera. Esta reificaci&oacute;n har&aacute;  abstracci&oacute;n de todos los elementos que particularizaban a los estados y  establecer&aacute; con ello un modelo de organizaci&oacute;n social aplicable a la  diversidad de experiencias hist&oacute;ricas. En buena medida, las teor&iacute;as de  las RI se han apoyado hasta hoy en una visi&oacute;n reificada &#40;y deificada&#41;  del Estado que lo supone un actor racional, homog&eacute;neo y atemporal. El sistema  internacional moderno estar&aacute; conformado por estados cuya caracter&iacute;stica  principal es el atributo de soberan&iacute;a. Nuevamente otra ficci&oacute;n que le permite  plantear un sistema unificado y homog&eacute;neo<sup><a    name="s7"  href="#7">7</a></sup>.    <br>     <br> Durante este primer per&iacute;odo, la preocupaci&oacute;n central ser&aacute; por el  &quot;orden internacional&quot;, un orden concebido bajo un modelo mecanicista de  balance entre potencias regido por una l&oacute;gica racionalista de adecuaci&oacute;n de  medios a fines. Un orden de todos modos circunscrito al escenario europeo de las  naciones.    <br>     <br> <b>b. el concierto europeo    <br> </b>    <br> La misma l&oacute;gica de relaciones entre las naciones regir&aacute; durante el siglo XIX,  aunque diversos factores vendr&aacute;n a complicar el juego de lo internacional y el  sistema de equilibrio de poder. El &quot;Concierto Europeo&quot; fue la respuesta al  designio de Francia de hacer la guerra al resto de Europa para conservar su  revoluci&oacute;n y difundir por todo el continente los ideales de la  Rep&uacute;blica. Los ej&eacute;rcitos napole&oacute;nicos casi logran el objetivo de  establecer una comunidad europea bajo la &eacute;gida de Francia. Ante tal amenaza,  Gran Breta&ntilde;a, Prusia, Austria y Rusia establecieron una alianza permanente con  miras a garantizar un nuevo arreglo territorial en Europa. El Congreso de  Viena de 1815 establece entonces, por primera vez y de manera  consciente, un orden internacional basado en el equilibrio de poder. All&iacute;, el  equilibrio que el siglo anterior hab&iacute;a sido el resultado de la b&uacute;squeda ego&iacute;sta  y an&aacute;rquica del inter&eacute;s nacional por parte de cada Estado, ahora era  complementado con el acuerdo sobre unos valores compartidos.    <br>     <br> El nuevo orden europeo se basaba en la idea de que, en aras de la estabilidad,  era preciso conservar las cabezas coronadas leg&iacute;timas, suprimir los movimientos  nacionales y liberales, y lograr que las relaciones entre los estados estuvieran  regidas por la b&uacute;squeda del consenso entre gobernantes de ideas afines. As&iacute;,  aunque el Congreso de Viena reafirm&oacute; el equilibrio de poder como mecanismo de  mantenimiento del orden internacional, se apel&oacute; no s&oacute;lo al recurso a la fuerza  sino que adem&aacute;s se busc&oacute; moderar la conducta internacional a trav&eacute;s de v&iacute;nculos  morales y pol&iacute;ticos. El poder y la legitimidad se constituyeron en  las bases del orden internacional que imper&oacute; durante el siglo XIX en Europa.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> As&iacute;, y a diferencia del sistema establecido con la paz de Westfalia,  la Santa Alianza consagrada en los acuerdos de Viena introdujeron un  elemento de freno moral en la relaciones entre las grandes potencias.  Para estas &uacute;ltimas, y ante una amenaza mayor a su propio sistema  de organizaci&oacute;n social, &quot;los intereses creados que aparecieron  en la supervivencia de sus instituciones internas hicieron que  evitaran todo conflicto, que en el siglo anterior, habr&iacute;an abordado como  cosa natural&quot;<sup><a    name="s8"  href="#8">8</a></sup>. La legitimidad y la permanencia de los reg&iacute;menes  mon&aacute;rquicos se convirtieron, pues, en los garantes del orden  internacional. Un orden que dur&oacute; medio siglo, hasta cuando la guerra de Crimea  disolvi&oacute; la Santa Alianza. Si bien en la segunda mitad del siglo XIX  Europa se mantuvo en una relativa calma, las relaciones entre las  naciones estar&iacute;an regidas m&aacute;s por la Realpolitik que por los valores  compartidos.    <br>     <br>     <br> <b>3. el sistema internacional se vuelve mundial    <br> </b>    <br> Las dos guerras mundiales alteraron los principios que sustentaban el  orden internacional forjado con el Concierto Europeo. El equilibrio logrado a  trav&eacute;s del sistema de alianzas se torn&oacute; en un mecanismo demasiado complejo y  r&iacute;gido, que termin&oacute; arrastrando a las potencias europeas a las guerras  catastr&oacute;ficas de la primera mitad del siglo XX. La perversi&oacute;n del  sistema de alianzas se debi&oacute; en buena medida al impacto que los  cambios tecnol&oacute;gicos tuvieron en la estrategia militar, as&iacute; como al hecho de  que las potencias enfrentadas pusieron al servicio de la guerra todo el  potencial que brindaba el desarrollo industrial. As&iacute; mismo, el empuje  imperialista del siglo anterior ampli&oacute; los escenarios incorporando apartadas  regiones del planeta al juego internacional.    <br>     <br> Al finalizar la Primera Guerra Mundial, el sistema internacional  estaba quebrado y no era posible volver a la misma soluci&oacute;n vigente durante  tres siglos para garantizar el orden y la estabilidad. El gran desaf&iacute;o para los  l&iacute;deres pol&iacute;ticos del momento consist&iacute;a en encontrar otro principio regulador  que ya no s&oacute;lo restableciera el equilibrio, sino que evitara una  nueva guerra. Es as&iacute; como se llega a la idea de un gobierno mundial, en el que  participar&iacute;an todas las naciones y a trav&eacute;s del cual se establecer&iacute;an mecanismos  pac&iacute;ficos de resoluci&oacute;n de los conflictos. El presidente norteamericano Woodrow  Wilson fue uno de los impulsores de la visi&oacute;n de una organizaci&oacute;n universal, la  Sociedad de Naciones &#40;SDN&#41;, que conservar&iacute;a la paz por medio de un sistema de  seguridad colectiva y no a trav&eacute;s de alianzas<sup><a    name="s9"  href="#9">9</a></sup>. Dicha visi&oacute;n se  fundamentaba en la idea de que la paz depend&iacute;a de la difusi&oacute;n de  la democracia, que los estados deb&iacute;an estar sometidos a las mismas  normas morales que las personas, y que el inter&eacute;s nacional deb&iacute;a ser  compatible con un sistema universal de derecho; Estados Unidos &#40;EU&#41; rechazaba la  idea europea de que la moral de los estados deb&iacute;a ser juzgada con normas  distintas de la moral de los individuos. As&iacute;, los norteamericanos se  rebelaron desde el principio contra el sistema y los valores de Europa,  desde&ntilde;aron el concepto de equilibrio de poder, y consideraron inmoral  la pr&aacute;ctica de la Realpolitik. Los dirigentes estaban convencidos  de que EU ten&iacute;an la responsabilidad especial de difundir sus valores  como contribuci&oacute;n a la paz mundial:    <br> <ul>al proclamar la ruptura radical con los preceptos y las experiencias del Viejo  Mundo, la idea wilsoniana de un orden mundial se deriv&oacute; de la fe norteamericana  en la naturaleza esencialmente pac&iacute;fica del hombre y una subyacente  armon&iacute;a del mundo. De ah&iacute; se coleg&iacute;a que las naciones democr&aacute;ticas, por  definici&oacute;n, eran pac&iacute;ficas; los pueblos a los que se otorgara la  autodeterminaci&oacute;n ya no tendr&iacute;an raz&oacute;n alguna para ir a la guerra o para oprimir  a otros. Y una vez que todos los pueblos hubiesen probado los beneficios de la paz y la democracia, sin duda se levantar&iacute;an  como uno solo para defender sus logros<sup><a    name="s10"  href="#10">10</a></sup>.    </ul>As&iacute;, luego de la Primera Guerra Mundial, Wilson propuso defender el  orden internacional mediante el consenso moral en torno a la paz. En  adelante, el nuevo orden internacional estar&iacute;a basado en un r&eacute;gimen de  seguridad colectiva que eliminar&iacute;a la guerra como forma de regulaci&oacute;n de los  conflictos entre los pa&iacute;ses. La Sociedad de Naciones, animada por los  principios de extensi&oacute;n de la democracia y defensa a ultranza de la paz, se  propon&iacute;a resolver las crisis internacionales sin guerras. Los arquitectos  de este nuevo sistema internacional confiaban en la fuerza moral de la  opini&oacute;n p&uacute;blica mundial. Esperaban que la conservaci&oacute;n de la paz ya no  dependiera del acostumbrado c&aacute;lculo del poder, sino de un consenso universal  apoyado por un mecanismo de vigilancia. Las naciones democr&aacute;ticas en conjunto  ser&iacute;an las garantes de la paz, reemplazando los viejos sistemas de poder y de  equilibrio de alianzas. El fundamento de la seguridad colectiva radicaba en el  establecimiento de derechos iguales entre los estados y la idea de que todas las  naciones considerar&iacute;an de igual modo cada amenaza a la seguridad y estar&iacute;an  dispuestas a correr los mismos riesgos al opon&eacute;rsele. En este orden  mundial, ser&iacute;an las consideraciones morales, y no los imperativos  geopol&iacute;ticos, las que frenar&iacute;an la guerra.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Sin embargo, una diferencia fundamental entre las visiones norteamericana y  europea se puso de presente; el orden internacional europeo no se basaba en la  bondad esencial del hombre; supon&iacute;a, por el contrario, el car&aacute;cter  esencialmente ego&iacute;sta de la naturaleza humana y la propensi&oacute;n natural de  los estados a la guerra, la cual era preciso contrarrestar o equilibrar. Para  los norteamericanos, en cambio, no era la autodeterminaci&oacute;n la que causaba la  guerra sino su ausencia. Ante tales divergencias de fondo, r&aacute;pidamente  la SDN mostr&oacute; las dificultades para organizar un gobierno mundial, pues cada  potencia antepon&iacute;a sus intereses nacionales a los intereses colectivos y no  estaban interesadas en renunciar a su capacidad de autodefensa en aras de  principios morales maximalistas ni de una ideal &quot;paz perpetua&quot;. Para muchos, fue  justamente ese pacifismo a ultranza promovido por la SDN y los t&eacute;rminos del  Tratado de Versalles los que permitieron el ascenso de Hitler, el expansionismo  japon&eacute;s y el consecuente estallido de la Segunda Guerra Mundial.    <br>     <br> En 1945, al t&eacute;rmino de la guerra, el problema respecto a cu&aacute;les deb&iacute;an ser los  fundamentos de un nuevo orden internacional segu&iacute;a sin respuesta. El  ensayo de la Sociedad de Naciones parec&iacute;a irrepetible, sobre todo si  se manten&iacute;a el idealismo a ultranza de una completa pacificaci&oacute;n de  la vida internacional. La creaci&oacute;n de las Naciones Unidas surge de la  necesidad de establecer un mecanismo colectivo de regulaci&oacute;n de la vida  internacional que partiera del reconocimiento de la diferencia de poder&iacute;o entre  los pa&iacute;ses, y que combinara un principio democr&aacute;tico &#40;la Asamblea de  Naciones&#41; con un principio realista &#40;el Consejo de Seguridad&#41; en la  gesti&oacute;n de las crisis internacionales. Una organizaci&oacute;n que aspirara al  mantenimiento de la paz, pero sin renunciar al recurso a la guerra, el cual  ser&iacute;a regulado a trav&eacute;s del Consejo de Seguridad.    <br>     <br> No obstante, el orden internacional que se establecer&aacute; durante los siguientes  cincuenta a&ntilde;os no estar&aacute; regido por el sistema de Naciones Unidas sino  en realidad por la l&oacute;gica de confrontaci&oacute;n bipolar establecida durante  la Guerra Fr&iacute;a. All&iacute;, un r&eacute;gimen de seguridad colectiva se va  configurando, no tanto como producto de una decisi&oacute;n de los pa&iacute;ses, sino por la  fuerza de las circunstancias. Durante este per&iacute;odo, las dos superpotencias  operan a partir de principios diferentes a los del equilibrio de poder:  &quot;en un mundo con predominio de dos potencias, nadie puede decir que el  conflicto conducir&aacute; al bien com&uacute;n; todo lo que gane un bando lo perder&aacute; el otro&quot;<sup><a    name="s11"  href="#11">11</a></sup>.  El recurso a las armas nucleares va a cambiar las reglas del juego internacional  de una manera radical; en adelante, evitar la guerra se convertir&aacute; en el  objetivo primordial de la pol&iacute;tica exterior de las potencias. En la era nuclear,  s&oacute;lo la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y los Estados Unidos tendr&aacute;n los medios t&eacute;cnicos para iniciar  una guerra general en la que los riesgos ser&iacute;an tan catastr&oacute;ficos que ninguna de  las dos superpotencias se atrevi&oacute; a poner en manos de ning&uacute;n aliado, por muy  cercano que fuera tan aterrador poder<sup><a    name="s12"  href="#12">12</a></sup>.    <br>     <br> En virtud de la amenaza extrema del exterminio de la humanidad y de la  devastaci&oacute;n total, la historia se hizo verdaderamente mundial; todos los  rincones del planeta, a&uacute;n los m&aacute;s alejados, sufrir&iacute;an las consecuencias de  una guerra nuclear, todos terminar&iacute;an alineados, directa o  indirectamente, con alguno de los dos campos. La confrontaci&oacute;n de los  dos modelos de organizaci&oacute;n social, pol&iacute;tica y econ&oacute;mica, el capitalista y el  comunista, molde&oacute; as&iacute; la vida internacional casi por completo; ella fij&oacute; unas  reglas de juego vigentes por varias d&eacute;cadas y, sobre todo, garantiz&oacute; la  estabilidad de un sistema internacional a trav&eacute;s de la doctrina de la contenci&oacute;n<sup><a    name="s13"  href="#13">13</a></sup>.  El orden internacional no estar&aacute; garantizado ya por medio de la guerra como  forma corriente de relaci&oacute;n entre los estados, ni del consenso a trav&eacute;s de  valores compartidos, ni menos a&uacute;n por medio un sistema de seguridad  colectiva que renegar&iacute;a de aqu&eacute;lla y buscar&iacute;a erradicar todo recurso a  la fuerza; el orden internacional de la Guerra Fr&iacute;a se mantendr&aacute; en  virtud del terror a desencadenar el holocausto nuclear justamente  porque, a trav&eacute;s de la carrera armament&iacute;stica, se alimentan permanentemente las  posibilidades reales de que una conflagraci&oacute;n tal tenga lugar.    <br>     <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>4. la historia global: el acta de defunci&oacute;n de las relaciones internacionales    <br> </b>    <br> El fin de la Guerra Fr&iacute;a tiene el efecto de una caja de Pandora para el orden  internacional: una serie de tendencias que se ven&iacute;an gestando desde los  a&ntilde;os sesenta en diversos campos confluyen y sincronizan sus tiempos a  principios de la d&eacute;cada de los noventa, dando lugar a transformaciones de  grandes dimensiones en la vida social en todo el mundo. El proceso de  globalizaci&oacute;n ha producido durante las tres &uacute;ltimas d&eacute;cadas una  intensificaci&oacute;n de la interdependencia, dando lugar a la conformaci&oacute;n de una  especie de &quot;sociedad global&quot;. Ello tiene enormes consecuencias no s&oacute;lo en el  juego internacional, sino en la concepci&oacute;n misma de las relaciones  internacionales. En una historia global como la que estamos viviendo,  la idea de relaciones internacionales pierde sentido y capacidad  explicativa. Y ello por dos razones fundamentales: la primera, porque en la  medida en que la distinci&oacute;n entre lo interno y lo externo se desdibuja en  mayor&iacute;a de las dimensiones de la vida social planetaria, la pol&iacute;tica  internacional se vuelve dom&eacute;stica y viceversa. Y la segunda, porque  la guerra, como problema fundamental a resolver en el juego internacional,  desaparece como un asunto entre estados. Los atentados del 11-S nos han hecho  a&uacute;n m&aacute;s patentes estas dos condiciones.    <br>     <br> En su mayor&iacute;a, las reglas que regularon la vida internacional desde el sistema  de Westfalia han perdido su validez. Varios elementos nos permiten  sustentar esta posici&oacute;n. En primer lugar, los actores internacionales  son m&uacute;ltiples y muchos de entre ellos no reivindican ni necesitan  declarar su car&aacute;cter de soberanos. Estamos en un mundo poblado por actores muy  diversos y de todas las gamas: estados, cuasi-estados, estados  fallidos, empresas multinacionales, organizaciones regionales,  organismos intergubernamentales, grupos sociales, ONG, individuos,  etc. Con tal cantidad de actores y con tanta diversidad en su  naturaleza, intereses, l&oacute;gicas y estrategias, es muy dif&iacute;cil seguir hablando de  relaciones internacionales. Como lo se&ntilde;ala Rosenau, estar&iacute;amos pasando de una  matriz estatoc&eacute;ntrica a una socioc&eacute;ntrica en el manejo de los asuntos p&uacute;blicos<sup><a    name="s14"  href="#14">14</a></sup>.  En consecuencia, la pol&iacute;tica se &quot;desestataliza&quot; y por esta misma v&iacute;a  se &quot;desinternacionaliza&quot;; el Estado deja de tener el monopolio de la  representaci&oacute;n de su comunidad pol&iacute;tica, lo cual implica replantear el  problema de la representaci&oacute;n, el de la comunidad pol&iacute;tica y, en suma, el de la  democracia misma.    <br>     <br> Ello pone de presente que no todas las articulaciones locales y  globales de los asuntos humanos est&aacute;n mediadas por los estados.  Mientras el Estado evoca una pol&iacute;tica espacial y territorialmente  definida, la pol&iacute;tica mundial evoca la velocidad y la temporalidad.  Hacia afuera ya no habr&iacute;a una &uacute;nica comunidad representada por el Estado, la  idea misma de inter&eacute;s nacional se pone en cuesti&oacute;n. Nos  encontrar&iacute;amos ante intereses fragmentarios que conformar&iacute;an comunidades  ad hoc m&aacute;s all&aacute; y m&aacute;s ac&aacute; de los referentes territoriales. No tiene sentido,  entonces, hablar de relaciones internacionales como opuestas a relaciones  nacionales, como si se tratara de dos procesos distintos, diferenciables. La  pol&iacute;tica se &quot;desterritorializa&quot;:</p>     <p >la distinci&oacute;n tajante entre el adentro y el afuera  se desdibuja y pierde sentido para la compresi&oacute;n de varias de las  din&aacute;micas pol&iacute;ticas actuales. Hay una multiplicidad de escenarios en los que  fluyen los distintos actores. No importa tanto en el territorio en que se  desenvuelve la acci&oacute;n, sino m&aacute;s bien los escenarios de diversa naturaleza en  donde se discute y los efectos pr&aacute;cticos que tienen las decisiones. Los medios  de comunicaci&oacute;n, por ejemplo, se convierten, a su vez, en un escenario crucial  del debate y no en meros reproductores de informaci&oacute;n. En esa medida, se  relativizan y a veces se diluyen las fronteras entre la pol&iacute;tica dom&eacute;stica y la  pol&iacute;tica internacional<sup><a    name="s15"  href="#15">15</a></sup>.    <br>     <br> El orden internacional, en las condiciones actuales, ya no puede  apelar a ninguno de los principios que sustentaron los sistemas  internacionales anteriores; se trata de un escenario demasiado complejo,  con muchos actores de diversa naturaleza y con una extrema dispersi&oacute;n y  sofisticaci&oacute;n en los medios que permiten el uso de la fuerza; en el actual  escenario global, hay una extensi&oacute;n y una banalizaci&oacute;n del recurso a la guerra  representado en el terrorismo.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> El terrorismo ya no es como en el pasado, una forma menor de reivindicaci&oacute;n de  objetivos pol&iacute;ticos; es, m&aacute;s bien, la nueva forma de guerra, la guerra de la era  de la globalizaci&oacute;n. Esta nueva forma de guerra adquiere las  caracter&iacute;sticas mismas de la sociedad en la que se desarrolla: es  dispersa, multiforme, accesible, fragmentaria y, sobre todo, logra a  partir de recursos peque&ntilde;os generar grandes efectos; ello gracias al  desarrollo tecnol&oacute;gico y al gran impacto de los medios de comunicaci&oacute;n. Una  guerra a la medida de la sociedad del riesgo global, como lo se&ntilde;ala Ulrich Beck<sup><a    name="s16"  href="#16">16</a></sup>.    <br>     <br> Por primera vez en la historia moderna, la guerra, que jugaba como mecanismo  regulatorio de las relaciones internacionales, deja de ser capacidad exclusiva  de los estados. El recurso a la violencia como potestad de los estados deja de  ser un elemento definitorio y espec&iacute;fico de las relaciones internacionales  y se diluye en el tejido social globalizado de manera  indiscriminada. A nuestro juicio, la guerra entre estados, potencial o real, ya  no es garante del orden internacional y desaparece como elemento espec&iacute;fico de  las relaciones internacionales en la modernidad.    <br>     <br> Seguir hablando entonces de &quot;sistema internacional&quot; en el mundo de  hoy nos evoca, quer&aacute;moslo o no, la carga de sentido de los siglos anteriores:  la de la interacci&oacute;n entre estados que deciden sus pol&iacute;ticas exteriores,  la de la guerra como mecanismo de regulaci&oacute;n de conflictos por  excelencia, la de diplomacia cl&aacute;sica. Lo cierto es que el juego, hoy, es mucho  mas complejo, se desarrolla en m&uacute;ltiples escenarios y a partir de l&oacute;gicas que  van m&aacute;s all&aacute; de los referentes territoriales; un escenario muy distinto  y no forzosamente ligado a la l&oacute;gica territorial; un juego en el que  la reglas han sido completamente trastocadas, en donde se mezclan  elementos de los sistemas anteriores y se conforman al mismo tiempo nuevas  reglas ad hoc, frente a las cuales hay y seguir&aacute; habiendo un puja permanente  entre diversos tipos de actores. Ante tal complejidad, ya no podemos  sostener una visi&oacute;n mecanicista del sistema internacional, ni siquiera  de una org&aacute;nica y evolutiva, la imagen del mundo que estamos viviendo  se aproxima m&aacute;s a aquella formulada por la teor&iacute;a del caos. Una imagen que, a la  manera de las ondas en un estanque, se compone y recompone en permanencia.    <br>     <br>     <br> <b>Consideraciones finales    <br> </b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Este intento de caracterizaci&oacute;n de los sistemas internacionales que se han  configurado en la modernidad, m&aacute;s que enmarcarse en una historia de las  relaciones internacionales, lo que ha buscado es llamar la atenci&oacute;n sobre  el car&aacute;cter hist&oacute;rico que reviste el discurso sobre lo internacional y  la manera como ese discurso se ha ido modelando de acuerdo con los  imperativos, intereses, y circunstancias de cada &eacute;poca. Aunque en ello  no hay ninguna novedad, mucho menos para aquellos quienes, como los  historiadores, est&aacute;n habituados a esa mirada en perspectiva, lo cierto es que  para las relaciones internacionales como disciplina, la ausencia de sensibilidad  hist&oacute;rica la ha encerrado en una visi&oacute;n monol&iacute;tica y acr&iacute;tica de su propio  objeto de estudio, volvi&eacute;ndola en muchas ocasiones est&eacute;ril para  responder a los desaf&iacute;os de una nueva &eacute;poca.    <br>     <br> Los te&oacute;ricos y analistas internacionales no salimos a&uacute;n de nuestro estado de  perplejidad ante la velocidad y la complejidad de los cambios que  estamos viviendo; varias hip&oacute;tesis se manejan para tratar de darle  coherencia a este mundo ca&oacute;tico y, aparentemente, inaprehensible.  Para algunos, el nuevo orden internacional que se estar&iacute;a configurando  corresponde m&aacute;s a la idea de una hegemon&iacute;a por parte de una  &quot;hiperpotencia&quot; o una &quot;megapotencia&quot;, los Estados Unidos, quienes se ir&aacute;n  encargando de estabilizar y regular el escenario internacional actual, ya sea a  trav&eacute;s de la constituci&oacute;n de una forma renovada de &quot;imperio&quot;, o de una forma m&aacute;s  ben&eacute;vola de cooperaci&oacute;n con las otras potencias<sup><a    name="s17"  href="#17">17</a></sup>. Desde otra  posici&oacute;n, algunos han planteado que, frente a la imposibilidad del dominio pleno  de un solo actor internacional, estar&iacute;amos ante un resurgimiento del sistema de  equilibrio de poder. De modo que, tarde o temprano, tendr&iacute;amos que  llegar a la instauraci&oacute;n de un sistema de democracia cosmopolita, pues  ser&iacute;a la &uacute;nica forma de regular un mundo tan complejo en el que los estados &#40;y sobretodo las potencias&#41; han  dejado de ser los &uacute;nicos actores del juego internacional.    <br>     <br> Esta baraja de posibilidades y, sobre todo, los altos niveles de  incertidumbre que se nos presentan, revelan la urgente necesidad de cambiar  nuestro instrumental conceptual, pues una y otra vez resulta inadecuado para  explicar la novedad frente a la que nos encontramos. En esta tarea, la  historia como disciplina tiene un papel crucial, pues nos permite  relativizar, poner en perspectiva, contextualizar, en suma, &quot;historizar&quot; el  discurso sobre lo internacional y, con ello, superar la noci&oacute;n misma de  &quot;relaciones internacionales&quot;. Es este tipo de reflexi&oacute;n el que nos permitir&aacute;  comprender los alcances de la vida pol&iacute;tica y social a escala global. Una tarea  en la que apenas nos hallamos en los inicios.</p> <hr size="1">      <p><b>Comentarios</b></p>      <p ><sup><a  href="#s*"   name="*">*</a></sup> Este art&iacute;culo presenta algunos ideas  discutidas en el curso de la investigaci&oacute;n &quot;Una aproximaci&oacute;n geneal&oacute;gica a la  teor&iacute;a de las relaciones internacionales: los dilemas de una disciplina en  ciernes&quot;, apoyada por la Divisi&oacute;n de Investigaciones de Bogot&aacute; &#40;DIB&#41; y  que la autora adelanta conjuntamente con el profesor Roch Little del Departamento de Historia de la Universidad Nacional.</p>      <p ><sup><a  href="#s1"   name="1">1</a></sup> Para un panorama m&aacute;s extenso y  detallado del los usos de la historia en la pol&iacute;tica internacional,  ver: GROSSER, Pierre, &quot;De l&#39;usage de l&#39;Histoire dans les politiques &eacute;trang&egrave;res&quot;,  en Politique &Eacute;trang&egrave;re. Nouveaux regards, Par&iacute;s, Presses  de Sciences Po, 2002, pp. 361-388; SMITH, Thomas W., History and  International Relations, Londres, Routledge, 1999.</p>     <p ><sup><a  href="#s2"   name="2">2</a></sup> RENOUVIN, Pierre, Historia de las Relaciones  Internacionales, Madrid, Aguilar, 1960.</p>     <p ><sup><a  href="#s3"   name="3">3</a></sup> KISSINGER, Henry, La Diplomacia, M&eacute;xico, FCE,  2000 &#40;5<sup>a</sup> edici&oacute;n&#41;, p. 15.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a  href="#s4"   name="4">4</a></sup>  KNUTSEN, Torbjorn, A history of International Relations theory, Manchester  University Press, 1997, pp. 85-87.</p>     <p ><sup><a  href="#s5"   name="5">5</a></sup>  KISSINGER, op. cit., p. 59.</p>     <p ><sup><a  href="#s6"   name="6">6</a></sup>  Ibid., p. 63.</p>     <p ><sup><a  href="#s7"   name="7">7</a></sup> Como nos lo recuerda Badie, &quot;principio  ambiguo y utilizado de manera contradictoria por parte de actores con  racionalidades opuestas, la soberan&iacute;a es pues en primera instancia una ficci&oacute;n,  en el sentido pleno del t&eacute;rmino: en lugar de dirigirse a lo real, hace un  llamado al imaginario y nos proporciona una construcci&oacute;n l&oacute;gica que le da la  vida internacional una apariencia de coherencia&quot;; cfr. BADIE, Bertrand, Un monde  sans souverainet&eacute;. Les Etats entre ruse et responsabilit&eacute;, Par&iacute;s, Fayard, 1999,  p. 10.</p>     <p ><sup><a  href="#s8"   name="8">8</a></sup> KISSINGER, op. cit., p. 79.</p>     <p ><sup><a  href="#s9"   name="9">9</a></sup> Los conceptos de &quot;seguridad colectiva&quot; y de  &quot;alianza&quot; son diametralmente opuestos: &quot;las alianzas tradicionales iban  dirigidas contra amenazas espec&iacute;ficas y defin&iacute;an obligaciones precisas para  grupos espec&iacute;ficos de pa&iacute;ses unidos por intereses nacionales compartidos o  por preocupaciones de seguridad comunes. La seguridad colectiva no define  una amenaza en particular, no garantiza a ninguna naci&oacute;n en lo individual y no  discrimina a ninguna. Te&oacute;ricamente fue planeada para resistir a cualquier  amenaza a la paz por cualquiera que la lanzara, y contra cualquiera a quien  fuese dirigida. Las alianzas siempre presuponen un adversario potencial  determinado; la seguridad colectiva defiende el derecho  internacional en abstracto, al que trata de apoyar casi como un  sistema judicial&quot;; cfr. KISSINGER, op. cit., p. 244.</p>     <p ><sup><a  href="#s10"   name="10">10</a></sup> Ibid., p. 218.</p>     <p ><sup><a  href="#s11"   name="11">11</a></sup> Ibid., p. 16.</p>     <p ><sup><a  href="#s12"   name="12">12</a></sup> ARON, Raymond, Paix et guerre entre les  nations, Par&iacute;s, Calman-L&eacute;vy, 1962; p. 471.</p>     <p ><sup><a  href="#s13"   name="13">13</a></sup> DEIBEL, Ferry, GADDIS, John, La contenci&oacute;n.  Concepto y pol&iacute;tica, Buenos Aires, GEL, 1992.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a  href="#s14"   name="14">14</a></sup>  ROSENAU, James, Turbulence in world politics. A theory of change and continuity.  New Jersey, Princeton University Press, 1990.</p>     <p ><sup><a  href="#s15"   name="15">15</a></sup>  HUELSCHOFF, M. G., &quot;Domestic Politics and Dynamics Issue Linkage: A  Reformulation of Integration Theory&quot;, en International Studies Quarterly, 38,  1994, pp. 255-279.</p>     <p ><sup><a  href="#s16"   name="16">16</a></sup> BECK, Ulrich, La sociedad del riesgo global,  Madrid, Siglo XXI Editores, 2002.</p>     <p ><sup><a  href="#s17"   name="17">17</a></sup> Ver NYE, Joseph, Las paradojas del poder  norteamericano, Bogot&aacute;, Taurus, 2003; KAGAN, Robert. Poder y debilidad, Bogot&aacute;,  Taurus, 2003.</p>  </font>      ]]></body>
</article>
