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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article analyzes the way in which geography and history have been related in practice. The article uses the author&#39;s field experience, in which she was not only an observer but a participant as well, of its raw material in different academic scenarios. Said situation presents both advantages and disadvantages. It is a question of first-hand experience but one that has not been programmed as a research activity; it was instead simply a life experience. Therefore, the information was not collected systematically, nor in relation to a relatively defined topic or specific research problem. The exercise involved almost the opposite type: it attempts to recapitulate data about a concrete life experience in order to systematize it, at least partially, and to use it to discuss a specific topic and problem.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center" ><font size="4"><b>HISTORIA Y GEOGRAF&Iacute;A, TIEMPO Y ESPACIO</b></font></p>     <p ><b>Marta Herrera &Aacute;ngel</b>    <br> Profesora asociada, Departamento de  Geograf&iacute;a, Universidad Nacional de Colombia.</p> <hr size="1">     <p ><b>RESUMEN</b></p>     <p >Este art&iacute;culo analiza la manera como la geograf&iacute;a y la historia se  han relacionado en la pr&aacute;ctica. Para el efecto, se utilizar&aacute; como materia  prima la experiencia vivida por la autora &lt;en terreno&gt;, en diferentes  escenarios acad&eacute;micos, y de la cual no s&oacute;lo fue observadora, sino  tambi&eacute;n participante. La situaci&oacute;n presenta sus ventajas y tambi&eacute;n sus  desventajas. Se trata de una experiencia de primera mano pero, a un  tiempo, no se program&oacute; como una actividad investigativa. Simplemente se  vivi&oacute;. La informaci&oacute;n, entonces, no se recolect&oacute; en forma sistem&aacute;tica, ni en  funci&oacute;n a un tema y un problema de investigaci&oacute;n relativamente definidos. El  ejercicio que se hace es casi que el opuesto: se intenta recapitular  sobre la experiencia vivida con el fin de sistematizarla, al menos en parte, y  utilizarla para discutir un tema y un problema espec&iacute;fico.</p>     <p ><b>PALABRAS CLAVES:    <br> </b>geograf&iacute;a, historia, colonia, poblamiento history.</p> <hr size="1">     <p align="center" ><font size="3"><b>HISTORY AND GEOGRAPHY, TIME AND SPACE</b></font></p>     <p ><b>ABSTRACS</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >This article analyzes the way in which geography and history have been related  in practice. The article uses the author's field experience, in which  she was not only an observer but a participant as well, of its raw  material in different academic scenarios. Said situation presents both  advantages and disadvantages. It is a question of first-hand experience but one  that has not been programmed as a research activity; it was instead simply a  life experience. Therefore, the information was not collected systematically,  &ntilde;or in relation to a relatively defined topic or specific research problem. The  exercise involved almost the opposite type: it attempts to recapitulate data  about a concrete life experience in order to systematize it, at least partially,  and to use it to discuss a specific topic and problem.</p>     <p ><b>KEY WORDS:    <br> </b>geography, history, colony, settlement.</p>     <p>Art&iacute;culo recibido en enero 2004; aceptado en febrero 2004.</p> <hr size="1">     <p align="right" ><i>A Dora Rothlisberger, en Memoria</i></p>     <p >En los &uacute;ltimos diez a&ntilde;os, como consecuencia de ciertas decisiones que  tom&eacute; frente a los err&aacute;ticos designios del destino, he tenido que explicar  en varias oportunidades por qu&eacute; me parece importante articular los estudios  de geograf&iacute;a, con los de historia y los de ciencia pol&iacute;tica. En el  curso de los intercambios que sobre este tema se han dado, tambi&eacute;n he tenido la  oportunidad de escuchar argumentaciones de gran inter&eacute;s sobre la articulaci&oacute;n  entre estas disciplinas y en algunas lecturas he encontrado  se&ntilde;alamientos de extensi&oacute;n variable que destacan estas relaciones.    <br>     <br> En t&eacute;rminos generales, mi memoria ha registrado m&uacute;ltiples comentarios sobre la  importancia de relacionar las diferentes disciplinas y, en particular,  la historia y la geograf&iacute;a. Tambi&eacute;n registra que la pregunta sobre  por qu&eacute; relacionar ambas disciplinas ha sido escuchada en repetidas  oportunidades, lo que sugiere que la articulaci&oacute;n entre ambas y/o la importancia  de hacerlo no es incuestionable, esto es, no se da por supuesta. Lo que no  registra la memoria es que se haya sostenido la inconveniencia de relacionarlas  o que no est&eacute;n relacionadas. Esta &uacute;ltima observaci&oacute;n no implica necesariamente  que la articulaci&oacute;n se acepte sin discusi&oacute;n. Es factible pensar que sus  opositores prefieran guardarse sus ideas al respecto, ya sea por no  herir susceptibilidades, o debido a los riesgos argumentativos que se  podr&iacute;an correr al plantear abiertamente tales ideas. Lo anterior podr&iacute;a  estar indicando que para expertos y profanos es dif&iacute;cil sostener que tal  relaci&oacute;n no existe o que su pr&aacute;ctica sea de poco inter&eacute;s. De ser as&iacute;,  podr&iacute;amos afirmar que existe un cierto consenso en cuanto a la  importancia de articular ambas disciplinas. Surge entonces la pregunta &iquest;qu&eacute; tan  com&uacute;n es que esta relaci&oacute;n se exprese en la pr&aacute;ctica de las respectivas  disciplinas?    <br>     <br> Este art&iacute;culo se centra en el an&aacute;lisis de la pr&aacute;ctica de esa relaci&oacute;n. Para el  efecto, se utilizar&aacute; como materia prima la experiencia vivida por la autora &quot;en  terreno&quot;, en diferentes escenarios acad&eacute;micos, y de la cual no s&oacute;lo fue  observadora, sino tambi&eacute;n participante. La situaci&oacute;n presenta sus ventajas  y tambi&eacute;n sus desventajas. Se trata de una experiencia de primera mano pero, a  un tiempo, no se program&oacute; como una actividad investigativa. Simplemente se  vivi&oacute;. La informaci&oacute;n, entonces, no se recolect&oacute; en forma sistem&aacute;tica, ni en  funci&oacute;n a un tema y un problema de investigaci&oacute;n relativamente definidos.  El ejercicio que se hace es casi que el opuesto: se intenta  recapitular sobre la experiencia vivida con el fin de sistematizarla,  al menos en parte, y utilizarla para discutir un tema y un problema espec&iacute;ficos.  Siento que uno de los posibles escollos lo representa cierto tinte  autobiogr&aacute;fico que pueda reflejar el ejercicio, por lo que conviene  explicitar que esos elementos autobiogr&aacute;ficos, al igual que la angustia ante el  papel en blanco, no son de manera alguna excepcionales. La idea de que las  disciplinas eran un artificio que se utilizaba ante la imposibilidad  humana de abarcar el &quot;conocimiento&quot; en su conjunto, era ampliamente debatida  cuando adelant&eacute; mis estudios de pregrado. En el Departamento de Ciencia  Pol&iacute;tica, Dora Rothlisberger nos incentivaba permanentemente para que  nos &quot;pase&aacute;ramos&quot; por otros departamentos, por otras aproximaciones,  por otras perspectivas; a Dora le debo muchas cosas, entre ellas mi inter&eacute;s por  lo interdisciplinario y la apertura de posibilidades para experimentar las  grandes ventajas que ese acercamiento ofrec&iacute;a. De otra parte, miles de  investigadoras e investigadores en el pa&iacute;s se han visto en la necesidad de  recurrir a otras disciplinas para dar cuenta del problema alrededor del cual  gira su actividad. En contrav&iacute;a de las limitaciones institucionales y de las  barreras ling&uuml;&iacute;sticas que se establecen entre disciplinas, se han esforzado por  incorporar otros conocimientos, otras formas de ver y de pensar. Mi  experiencia, entonces, no es &uacute;nica o particular. Forma parte del  conjunto de experiencias probables a las que est&aacute;n sometidos quienes se  han vinculado en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas con la actividad universitaria en el pa&iacute;s.  Este es un caso en el que la compa&ntilde;&iacute;a s&iacute; me consuela.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >    <br> <b>I. los problemas espaciales de la estructuraci&oacute;n del poder    <br> </b>    <br> Aunque durante mi estad&iacute;a en la universidad, mi sue&ntilde;o fue el de dedicarme a la  investigaci&oacute;n, al concluir mis estudios en Ciencia Pol&iacute;tica me dediqu&eacute; a la  administraci&oacute;n p&uacute;blica. Con el argumento de que para entender el Estado  hab&iacute;a que conocerlo por dentro, realic&eacute; un interesante viaje por  diferentes vericuetos del &aacute;mbito p&uacute;blico colombiano. Sin embargo, en ese mundo  no estaba en mi elemento, y mi inter&eacute;s por la investigaci&oacute;n segu&iacute;a en pie.  Despu&eacute;s de diez largos a&ntilde;os, logr&eacute; romper amarras y reingres&eacute; a las filas  universitarias. Me incorpor&eacute; a la Maestr&iacute;a de Historia y como problema  de investigaci&oacute;n para la tesis me centr&eacute; en el an&aacute;lisis de las  estructuras de control pol&iacute;tico de la Nueva Granada en el siglo  XVIII, mediante el estudio del corregidor de naturales en la provincia de  Santaf&eacute;.    <br>     <br> Como era de esperarse, a medida que avanzaba en la investigaci&oacute;n,  surg&iacute;an m&uacute;ltiples interrogantes, piezas que no encajaban en el gran  rompecabezas. Una de ellas, que resultaba central para entender la  estructuraci&oacute;n del control pol&iacute;tico sobre la poblaci&oacute;n de los  corregimientos y que me persigui&oacute; por m&aacute;s de un a&ntilde;o, fue la de la forma c&oacute;mo se  distribu&iacute;a el espacio en los pueblos de indios. Se trataba de un problema que  hab&iacute;a recibido poca atenci&oacute;n, en buena medida porque en el esquema,  generalmente impl&iacute;cito, que se manejaba sobre el ordenamiento del espacio  &quot;rural&quot; de la provincia, esos pueblos no ten&iacute;an cabida. El concepto de pueblo  tiene variados significados, distintos al de poblado o asentamiento nucleado,  como por ejemplo la gente de un lugar, la gente del &quot;com&uacute;n&quot; o los integrantes de  un grupo &eacute;tnico.</p></p>     <p >No es de extra&ntilde;ar entonces que las referencias documentales  a los pueblos de indios se hayan interpretado en un sentido distinto al  de poblado y que los estudios puedan trabajar continuamente con ese  concepto sin asociarlo a un tipo de asentamiento espec&iacute;fico.    <br>     <br> Adicionalmente, es importante tener en cuenta que en la actualidad –y tambi&eacute;n en  el siglo pasado– los ind&iacute;genas de comunidad usualmente residen en los resguardos  y que las propias experiencias del investigador pueden llevarlo a  interpretar el pasado con base en lo que observa en el presente. A&ntilde;os  antes de iniciar la investigaci&oacute;n hab&iacute;a viajado a Silvia, Cauca. All&iacute;, en el  pueblo, en el asentamiento nucleado que operaba como cabecera municipal, hab&iacute;a  observado a los ind&iacute;genas Guambiano que lo visitaban el d&iacute;a domingo. En alguna  plaza, con sus vistosos trajes y sus sombreros negros, las mujeres tej&iacute;an  pacientemente, mientras al lado los hombres dorm&iacute;an en el piso, luego de haber  consumido ingentes dosis de alcohol. Esos ind&iacute;genas viv&iacute;an en sus resguardos y  los domingos iban al poblado, habitado por poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena. Esta  percepci&oacute;n del resguardo como eje del poblamiento ind&iacute;gena era la que  sobresal&iacute;a en la historiograf&iacute;a relativa a los pueblos de indios en el per&iacute;odo  colonial.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> En contraposici&oacute;n con el resguardo, estaba la hacienda. Los conflictos por la  tierra, el despojo de que hab&iacute;an sido objeto los pobladores nativos, la forma  como se los expoliaba a trav&eacute;s de la encomienda, el tributo, la mita y el  concierto, formaban parte de los t&oacute;picos centrales de estudio<sup><a    name="s1"  href="#1">1</a></sup>. Esta  perspectiva era m&aacute;s que explicable en una &eacute;poca en la que el debate sobre la  inequitativa distribuci&oacute;n de las tierras agr&iacute;colas y la urgencia de una reforma  agraria y laboral estaban al orden del d&iacute;a. En ese contexto, la discusi&oacute;n en  torno a los resguardos y a la forma como los hacendados se hab&iacute;an apropiado de  sus tierras y forzado a los ind&iacute;genas a trabajar para ellos ocupaba un papel  central. Tambi&eacute;n se resaltaba en los estudios sobre el siglo XVIII la invasi&oacute;n  de los resguardos por parte de pobladores mestizos que viv&iacute;an ilegalmente en sus  tierras debido, por una parte, a la escasez de &eacute;stas y, por otra,  a la disminuci&oacute;n de la poblaci&oacute;n nativa, que llevaba a que las  tierras de los resguardos estuvieran siendo subutilizadas.    <br>     <br> La representaci&oacute;n general que surg&iacute;a era la de un espacio rural  ocupado por haciendas y resguardos, en la que este &uacute;ltimo no s&oacute;lo se ve&iacute;a  acorralado por la hacienda, sino tambi&eacute;n invadido por pobladores mestizos,  que lo habitaban ilegalmente. De otra parte, el espacio urbano se  percib&iacute;a como el espacio de la poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena. M&ouml;rner lo expres&oacute; con gran  claridad: el aumento de la poblaci&oacute;n mestiza y mulata ejerc&iacute;a una presi&oacute;n cada vez m&aacute;s  fuerte sobre el sector rural, dividido entre latifundistas espa&ntilde;oles y  comunidades ind&iacute;genas. S&oacute;lo en caso de haberse fundado continuamente nuevas  poblaciones de &quot;espa&ntilde;oles&quot; con sus propias tierras, hubiera sido posible el  absorber por lo menos la mayor parte de todos estos elementos conservando  intacto el sistema si no la extensi&oacute;n de los resguardos. Pero las ciudades,  villas y pueblos de espa&ntilde;oles de Nueva Granada eran poco numerosos y su n&uacute;mero  s&oacute;lo aument&oacute; lentamente<sup><a    name="s2"  href="#2">2</a></sup>.</p>      <p >Esta aproximaci&oacute;n, sin embargo, presentaba fisuras,  que se hac&iacute;an palpables al trabajar la informaci&oacute;n documental mirando  el problema de la estructuraci&oacute;n del poder. Este punto conviene  resaltarlo. En t&eacute;rminos del discurso y de los problemas  historiogr&aacute;ficos que se manejaban, puede considerarse que era  relativamente dif&iacute;cil detectar esas inconsistencias, pero al incorporar el  problema del poder en una provincia espec&iacute;fica, esto es en un espacio  relativamente reducido, se hac&iacute;a necesario entrar a precisar los fen&oacute;menos con  mayor detalle y era en ese momento que las inconsistencias se pon&iacute;an  en evidencia<sup><a    name="s3"  href="#3">3</a></sup>. Para ponerlo en t&eacute;rminos geogr&aacute;ficos, se trataba  de un problema de escalas. Si se abarca un territorio amplio se pierde el  detalle; al ampliar la escala y trabajar con mayor detalle un espacio  relativamente reducido, se ve un panorama completamente distinto. Es entonces  cuando puede suceder que lo que antes no presentaba problema alguno, porque se  ve&iacute;a en forma generalizada, empiece a verse como inconsistente. Y eso fue  precisamente lo que sucedi&oacute;. Cuando empec&eacute; a leer los documentos sonre&iacute;a al  leer: &quot;En el pueblo y resguardo de... Pasca, Chocont&aacute; o Nemoc&oacute;n...&quot;.  Ingenuamente pensaba que se trataba de uno de los tantos formalismos y  repeticiones de que hace gala la documentaci&oacute;n colonial. Tiempo tendr&iacute;a  para darme cuenta que mi juicio era apresurado. Hab&iacute;a dos espacios  distintos: el pueblo y el resguardo. En otros escritos me he referido  detalladamente a este problema, por lo que aqu&iacute; me limitar&eacute; a dar  una r&aacute;pida descripci&oacute;n que sirva de base para adelantar la discusi&oacute;n que aqu&iacute;  nos interesa, de la relaci&oacute;n entre la historia y la geograf&iacute;a<sup><a    name="s4"  href="#4">4</a></sup>.    <br>     <br> A grandes rasgos, la provincia de Santaf&eacute; comprend&iacute;a lo que hab&iacute;a sido el  territorio del Zipa muisca en el momento de la invasi&oacute;n. Inicialmente, los  europeos se asentaron en la ciudad que fundaron para el efecto, Santaf&eacute; de  Bogot&aacute;, y que funcion&oacute; a lo largo del periodo colonial como la &uacute;nica ciudad en  la provincia y la sede, primero de la audiencia y luego del virreinato. En el  resto del territorio provincial, que era el de mayor extensi&oacute;n, continuaron  viviendo los ind&iacute;genas sobrevivientes. Paralelamente, se fueron asignando  tierras fuera de la ciudad a los colonos espa&ntilde;oles para cultivos y cr&iacute;a  de ganados. Para abreviar, cuando se hable de la provincia se  excluir&aacute; a la ciudad, aunque en la pr&aacute;ctica uno y otra funcionaban  como una unidad administrativa.    <br>     <br> A mediados del siglo XVI se orden&oacute; a los ind&iacute;genas de la provincia construir  pueblos, esto es, asentamientos nucleados: en el centro la plaza, alrededor de  la plaza, la iglesia, la casa del cura, la del cabildo y la c&aacute;rcel y  las de los principales &#40;caciques, capitanes&#41;. De la plaza deb&iacute;an salir  las calles y formar cuadras &#40;el famoso damero&#41; en las que los ind&iacute;genas deb&iacute;an  construir sus casas. El espacio dado a cada ind&iacute;gena para su vivienda deb&iacute;a  permitirle tener un solar, esto es, un espacio en el que pudiera tener una  huerta y animales peque&ntilde;os, como por ejemplo, gallinas. Este proceso se  conoci&oacute; en Hispanoam&eacute;rica con el nombre de reducciones, y al espacio que  as&iacute; se estableci&oacute; con el nombre de pueblo de indios. All&iacute;, los nativos deb&iacute;an  residir en forma permanente. En cuanto a los sembrados grandes de  papa, ma&iacute;z, trigo y dem&aacute;s, los seguir&iacute;an haciendo donde acostumbraban, pero  deb&iacute;an vivir y dormir en el pueblo. Los nuevos pueblos de indios se  erigieron as&iacute; como espacios f&iacute;sicos, como poblados.    <br>     <br> Este ordenamiento del espacio no satisfac&iacute;a los requerimientos de los ind&iacute;genas,  por lo que luego de algunos esfuerzos por subvertirlo  abiertamente, optaron por evitar vivir permanentemente en esos pueblos.  Las autoridades, por su parte, una y otra vez los volv&iacute;an a congregar. Esta  din&aacute;mica llev&oacute; a varios investigadores a desestimar la importancia de esos  poblados y a considerarlos desde la perspectiva de su fracaso<sup><a    name="s5"  href="#5">5</a></sup>, Ahora  bien, a finales del siglo XVI se tom&oacute; una nueva medida y fue la de  crear resguardos. Alrededor o al lado de los pueblos se deb&iacute;a se&ntilde;alar una  extensi&oacute;n de tierra en la que los ind&iacute;genas hicieran sus cultivos de &quot;a&ntilde;o y  vez&quot;, es decir, los de mayor extensi&oacute;n y donde pudieran tener sus  ganados. En adelante, los ind&iacute;genas no podr&iacute;an cultivar donde acostumbraban,  sino s&oacute;lo en las tierras del resguardo. En estas &uacute;ltimas no pod&iacute;an vivir ni  dormir, sino que deb&iacute;an hacerlo en el poblado.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Con la asignaci&oacute;n de resguardos, que signific&oacute; despojar a los ind&iacute;genas de buena  parte de las tierras que les hab&iacute;an pertenecido ancestralmente, la  corona pudo disponer de abundantes tierras para venderlas o componerlas  entre los colonos. En el espacio provincial se ten&iacute;a entonces a la  ciudad de Santaf&eacute;, m&aacute;s de medio centenar de pueblos de indios, con  sus respectivos resguardos y las propiedades de los colonos. Paralelamente a la  demarcaci&oacute;n de los resguardos, se estableci&oacute; la instituci&oacute;n del  corregidor de naturales. Esta consist&iacute;a, b&aacute;sicamente, en que un  funcionario nombrado por la corona, el corregidor de naturales, asum&iacute;a  la administraci&oacute;n de un corregimiento o partido conformado por varios  pueblos de indios, en promedio unos siete en la provincia de Santaf&eacute;. Un punto  de gran importancia fue que a este corregidor se le dio jurisdicci&oacute;n tanto sobre  la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena, como sobre la poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena que  habitaba en el corregimiento bajo su mando, el cual,  adicionalmente, constitu&iacute;a un territorio continuo, es decir, que no abarcaba  &uacute;nicamente a los pueblos de indios y sus resguardos, sino tambi&eacute;n a los  territorios ocupados por los colonos. Estos &uacute;ltimos, muchos de ellos  administradores de las propiedades de los grandes propietarios y  otros mestizos o blancos de escasos recursos que hab&iacute;an logrado  acceder a algunos terrenos, empezaron a proliferar en la provincia.    <br>     <br> En principio, estos colonos deb&iacute;an asistir a los diferentes oficios religiosos  en las iglesias de la ciudad de Santaf&eacute;, pero dadas las distancias  entre su sitio de residencia y la ciudad, a principios del siglo  XVII se estableci&oacute; que pod&iacute;an ser atendidos espiritualmente en los  pueblos de indios por los curas que all&iacute; resid&iacute;an. Sobre esta base se  delimitaron los territorios o las jurisdicciones que cada cura deb&iacute;a  atender y que comprend&iacute;an no s&oacute;lo al respectivo pueblo de indios y su o  sus resguardos, sino tambi&eacute;n los territorios ocupados por los nuevos pobladores.  Con el tiempo, el concepto de pueblo de indios se utiliz&oacute; no s&oacute;lo para referirse  al poblado ind&iacute;gena, sino que con frecuencia englobaba al conjunto de la  jurisdicci&oacute;n del cura del pueblo de indios –esto es, territorios ind&iacute;genas y no  ind&iacute;genas–, con lo que su significado se hizo mucho m&aacute;s complejo y confuso. En  buena medida, fue esta ambivalencia del t&eacute;rmino la que llev&oacute; a los  investigadores a concluir que la poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena que habitaba en la  provincia viv&iacute;a all&iacute; ilegalmente<sup><a    name="s6"  href="#6">6</a></sup>. En efecto, dado que seg&uacute;n  las normas de segregaci&oacute;n espacial emitidas por la corona, la poblaci&oacute;n  ind&iacute;gena y la no ind&iacute;gena no deb&iacute;an cohabitar en un mismo espacio, la  utilizaci&oacute;n del concepto de pueblo de indios para referirse a la  jurisdicci&oacute;n del cura llevaba a interpretar que los no ind&iacute;genas registrados en  los padrones de los pueblos viv&iacute;an all&iacute; ilegalmente. Sin embargo, a mediados del  siglo XVIII, s&oacute;lo entre el 5 y el 10% de los pobladores no ind&iacute;genas de la  provincia habitaban ilegalmente en el poblado ind&iacute;gena o en el resguardo.    <br>     <br> El estudio del ordenamiento espacial de los pueblos de indios hab&iacute;a  proporcionado una nueva perspectiva. El espacio &quot;rural&quot; de la provincia no pod&iacute;a  seguir siendo visto como ocupado exclusivamente por haciendas y resguardos. Los  poblados ind&iacute;genas, independientemente de que fueran habitados d&iacute;a a d&iacute;a, se  constitu&iacute;an en espacios en los que semanalmente conflu&iacute;an ind&iacute;genas y no  ind&iacute;genas y cuya importancia en t&eacute;rminos pol&iacute;ticos era mucho mayor de la que  hasta el momento se les hab&iacute;a atribuido. La percepci&oacute;n del espacio urbano como  el espacio de la poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena se pon&iacute;a en tela de juicio y, en esa  medida, la de la ciudad de Santaf&eacute; como el &uacute;nico centro urbano de la provincia.  Se suger&iacute;a la necesidad de reconsiderar las categor&iacute;as de lo urbano y lo rural.  Adicionalmente, se mostraba la consolidaci&oacute;n de un importante grupo de  poblaci&oacute;n no ind&iacute;gena, conformado por peque&ntilde;os y medianos  propietarios y tambi&eacute;n por arrendatarios, que viv&iacute;an en los  alrededores de los poblados y resguardos ind&iacute;genas y de las haciendas.  Estos pobladores, sin contravenir las normas de segregaci&oacute;n espacial,  establec&iacute;an permanentemente relaciones con los ind&iacute;genas, con ocasi&oacute;n de los  servicios religiosos que se prestaban en las iglesias de los pueblos de indios  y, en este contexto, incorporaron los valores de la sociedad colonial.    <br>     <br>     <br> <b>II. la contraposici&oacute;n espacio-tiempo    <br> </b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El anterior ejemplo constituye una muestra de c&oacute;mo una investigaci&oacute;n emprendida  desde una perspectiva hist&oacute;rica, articulada con preguntas derivadas de  la ciencia pol&iacute;tica, se enfoc&oacute; hacia problemas relacionados con el espacio.  Estaba anclado en la perspectiva hist&oacute;rica, en la medida en que buscaba  entender un problema dentro de una temporalidad espec&iacute;fica. El problema  deriv&oacute; en otro, tambi&eacute;n anclado en lo historiogr&aacute;fico, como lo fue el relativo a  su proceso de configuraci&oacute;n y a la temporalidad de ese proceso. Para  lograrlo, hab&iacute;a sido necesario escudri&ntilde;ar en las escuetas y  fragmentarias descripciones que aportaban los documentos sobre la forma  como se organizaba el espacio en la provincia. Datos tan nimios como que Domingo  de la Cruz, un ind&iacute;gena ladino de Fontib&oacute;n, ten&iacute;a su boh&iacute;o en el pueblo, junto a  la iglesia o que la casa del cacique del pueblo de Choach&iacute; ten&iacute;a sus paredes  unidas a la de la sacrist&iacute;a, hab&iacute;an llevado a considerar la existencia f&iacute;sica de  los pueblos de indios, en tanto que asentamientos nucleados<sup><a    name="s7"  href="#7">7</a></sup>. Ese  esfuerzo hizo forzoso mirar el espacio, ya no como &quot;tel&oacute;n de fondo&quot;, sino  como parte, y bien importante por cierto, del objeto mismo de la  investigaci&oacute;n. De esa forma, se hab&iacute;a logrado ir un poco m&aacute;s all&aacute; y  desentra&ntilde;ar los par&aacute;metros generales de su ordenamiento y las ambig&uuml;edades del  uso del concepto. En todo caso, estos hallazgos, si bien significaban un  aporte en t&eacute;rminos de la comprensi&oacute;n del manejo pol&iacute;tico de los  asentamientos y su ordenamiento espacial, as&iacute; como sobre la  articulaci&oacute;n entre ambas esferas, generaban nuevos interrogantes, como  por ejemplo: &iquest;por qu&eacute; el damero?, &iquest;por qu&eacute; la insistencia en que los ind&iacute;genas  organizaran su espacio en esas cuadr&iacute;culas?, &iquest;por qu&eacute; la resistencia a poblar  esos asentamientos? Era necesario incursionar en forma m&aacute;s decidida en el campo  de la geograf&iacute;a, para poder ir m&aacute;s all&aacute; de la verificaci&oacute;n de un tipo de  ordenamiento del espacio y del establecimiento de algunas de sus  implicaciones. Resultaba fundamental mirar ese problema hist&oacute;rico desde  una perspectiva geogr&aacute;fica para enriquecer el an&aacute;lisis.    <br>     <br> Adicionalmente, el caso narrado a manera de ilustraci&oacute;n no fue el &uacute;nico. Los  problemas de investigaci&oacute;n frecuentemente llevan a incursionar en otros &aacute;mbitos  disciplinares; en mi caso particular, la antropolog&iacute;a y la geograf&iacute;a actuaban  como polos de atracci&oacute;n. La fascinaci&oacute;n por la antropolog&iacute;a era de vieja  data. Mis amigas m&aacute;s cercanas en la universidad, y cuya amistad por  fortuna todav&iacute;a conservo, eran estudiantes de antropolog&iacute;a y actualmente  antrop&oacute;logas; mi hermana tambi&eacute;n. De otra parte, Dora me hab&iacute;a  acolitado sin l&iacute;mites las incursiones en ese departamento que, por la &eacute;poca,  poco aceptaba a los intrusos. Con Dios o con el diablo me hab&iacute;a dicho su  director, y yo, no s&eacute; si con Dios o con el diablo, me col&eacute; en cuanto curso de  ese departamento pude, hasta que los cruces de horario y las limitaciones de  tiempo me dejaron fuera de combate. Entre esos cursos estuvo el de Geograf&iacute;a de  Colombia, que dict&oacute; Camilo Dom&iacute;nguez. Fue excelente, pero hab&iacute;a sido mi &uacute;nico  acercamiento formal a esa disciplina. Es de destacar, sin embargo, que dentro de  ciertas tendencias historiogr&aacute;ficas, en particular la escuela de los Anales, no  se disocia a la Historia de la Geograf&iacute;a. Trabajos como los de F. Braudel, E. Le  Roy Ladurie o G. Duby atestiguan esta relaci&oacute;n. Yo quer&iacute;a avanzar m&aacute;s en ese  terreno. Me hab&iacute;a dado cuenta que ten&iacute;a que trabajar con mucha cautela en esas  incursiones en lo espacial, en particular cuando consideraba temas que ca&iacute;an  dentro de la esfera de la denominada geograf&iacute;a f&iacute;sica. Es un campo minado, en el  que los t&eacute;rminos t&eacute;cnicos forman una espesa cortina que dificulta la visi&oacute;n.  Pero era una visi&oacute;n que val&iacute;a la pena develar, por lo que termin&eacute; armando  maletitas y mascando el ingl&eacute;s en un Departamento de Geograf&iacute;a. Casi me da un  infarto cuando capt&eacute; que tan sugestiva decisi&oacute;n involucraba la elaboraci&oacute;n de  una nueva tesis, pero ya era demasiado tarde.    <br>     <br> Para mi sorpresa, en el campo de la geograf&iacute;a se evidenciaba una profunda  escisi&oacute;n –casi tan profunda como la disciplinar– entre la geograf&iacute;a  f&iacute;sica y la humana. La primera, con su aureola cient&iacute;fica, poco se  preocupa por hacerse comprensible al com&uacute;n de los mortales. Yo entr&eacute; al bando de  la segunda, pero sin resignarme a mantener esa divisi&oacute;n. Por lo pronto, el  departamento me ofrec&iacute;a interesantes posibilidades de aproximaci&oacute;n a la  problem&aacute;tica de lo espacial, en especial en el campo de la denominada  geograf&iacute;a cultural, y hacia all&iacute; se encaminaron mis esfuerzos.    <br>     <br> Espacio. Tiempo. Dos dimensiones, dos categor&iacute;as, dos producciones  culturales utilizadas como punto de referencia para organizar la experiencia,  para darle sentido al entorno, para aproximarse a lo cotidiano y a lo  excepcional. La inclusi&oacute;n de una tercera categor&iacute;a, la de lo cultural, implica,  por su parte, el reconocimiento de que el contenido y sentido de estos dos  conceptos no es absoluto y, en esa medida, no existe una coincidencia uno a uno  entre &eacute;stos y aquellos, entre el concepto y lo que se busca aprehender y  entender mediante su utilizaci&oacute;n. M&aacute;s all&aacute; de lo que el fen&oacute;meno en cuanto a tal  sea, el concepto partir&aacute; de su interpretaci&oacute;n, m&aacute;s que de su existencia, una  existencia por lo dem&aacute;s m&uacute;ltiple y compleja, y que por eso mismo ofrece  innumerables facetas. La conceptualizaci&oacute;n es entonces un artificio, una  creaci&oacute;n, mediante la cual se busca hacer comprensible al ser, a su entorno y a  su devenir. Pero no hay que enga&ntilde;arse. El hecho de que sea una creaci&oacute;n no  reduce su poder generativo. Actuamos en funci&oacute;n a esa interpretaci&oacute;n. Es  con base en esa lectura del entorno que la acci&oacute;n se hace posible.  Esta &uacute;ltima, por su parte, es la que permite, en buena medida,  establecer la adecuaci&oacute;n o, m&aacute;s bien, la funcionalidad de las herramientas  interpretativas y anal&iacute;ticas utilizadas. Y es que el fen&oacute;meno en s&iacute; mismo no es  un artificio, tiene una din&aacute;mica con la cual la representaci&oacute;n y la acci&oacute;n  subsecuente tienen que empatar de alguna manera, para el logro de fines  espec&iacute;ficos. En todo este proceso, la memoria ocupa un lugar  privilegiado. Es la que registra, muestra y oculta. Es un mecanismo  din&aacute;mico que debe reconfigurarse permanentemente para &quot;actualizar&quot; la  experiencia y para adecuarla a la acci&oacute;n. Y cuando hablamos de memoria, hablamos  de historia<sup><a    name="s8"  href="#8">8</a></sup>.</p>      <p >Ahora bien, desde hace ya varias d&eacute;cadas, en el campo de la  geograf&iacute;a y, en general, de las ciencias sociales, se ha cuestionado el  privilegio que se le ha dado al tiempo sobre el espacio, a la historia sobre la  geograf&iacute;a<sup><a    name="s9"  href="#9">9</a></sup>. Se trata de un problema que amerita la mayor atenci&oacute;n, ya  que puede ser explicado, al menos en parte, por el tipo de relaciones que se  establecen con el espacio. Como varios autores han resaltado<sup><a    name="s10"  href="#10">10</a></sup>,  en la cotidianidad hay toda una serie de pr&aacute;cticas que se manejan en  forma casi que autom&aacute;tica y, entre ellas, las pr&aacute;cticas espaciales ocupan un  lugar destacado. Precisamente, de esta especie de automatismo deriva buena parte  de la importancia de lo espacial. No se trata s&oacute;lo de que la configuraci&oacute;n  f&iacute;sica misma del espacio –pi&eacute;nsese en la llanura o la monta&ntilde;a, e  incluso en un edificio– tienda a ser m&aacute;s &quot;estable&quot; y dif&iacute;cil de  modificar, sino tambi&eacute;n que por razones pr&aacute;cticas –al menos dentro del sistema  cultural en el que estamos inmersos– requerimos cierta estabilidad  espacial. A diferencia de lo que sucede con el tiempo, el espacio  tiende a manejarse en forma &quot;autom&aacute;tica&quot;. Arriba, abajo, dentro, fuera,  adelante, atr&aacute;s, son categor&iacute;as que se interiorizan en la m&aacute;s tierna infancia y  que deben manejarse sin mayores reflexiones o cuestionamientos para facilitar  el movimiento. &iquest;Cu&aacute;ntos accidentes de tr&aacute;nsito se han ocasionado  porque el conductor no maneja adecuadamente o en forma autom&aacute;tica las  direcciones derecha e izquierda y gira para el lado contrario al que  le es indicado o se demora demasiado en entender y descifrar el  mensaje? Ahora bien, este manejo automatizado del espacio tiene  consecuencias epistemol&oacute;gicas importantes, debido a que lleva a perder de vista  lo espacial, a invisibilizarlo, a abstraerlo sin mayores reflexiones, en  tanto mantenga ciertos niveles de funcionalidad. Se refuerza as&iacute; el car&aacute;cter  estructurante de lo espacial.    <br>     <br> Pero, adem&aacute;s, el ordenamiento del espacio ocupa un papel central en la  incorporaci&oacute;n de las pautas culturales de una sociedad, entendidas &eacute;stas  como las estructuras de significados a trav&eacute;s de las cuales se  interpretan los fen&oacute;menos de la vida cotidiana<sup><a    name="s11"  href="#11">11</a></sup>. El  an&aacute;lisis de ese problema permite apreciar c&oacute;mo el ordenamiento que se hace del  espacio no s&oacute;lo refleja esas estructuras de significado, sino que, a la  vez, las inculca<sup><a    name="s12"  href="#12">12</a></sup>. La eficacia de este proceso obedece,  en gran medida, a que se realiza en forma inconsciente. Un  determinado ordenamiento del espacio, que es incorporado en la experiencia del  individuo desde su m&aacute;s tierna infancia, termina por ser para &eacute;l el ordenamiento  natural de las cosas y no uno de los tantos ordenamientos posibles<sup><a    name="s13"  href="#13">13</a></sup>.  Ese ordenamiento, a su vez, no es ingenuo ni intrascendente, sino que, por el  contrario, refleja y, a la vez, inculca par&aacute;metros de clasificaci&oacute;n, principios  cosmol&oacute;gicos, valores sociales, jerarqu&iacute;as, criterios de identificaci&oacute;n,  el &quot;deber ser&quot; y las prohibiciones sociales<sup><a    name="s14"  href="#14">14</a></sup>. La jerarqu&iacute;a  y el privilegio impl&iacute;cito en ocupar la cabecera de la mesa o de  vivir sobre el marco de la plaza, en el contexto de la sociedad  colonial hispanoamericana<sup><a    name="s15"  href="#15">15</a></sup>, constituyen ejemplos de este  fen&oacute;meno, que adquiere una gran complejidad al considerar los diversos  niveles y dimensiones en que las sociedades viven y estructuran el espacio con  el que se identifican<sup><a    name="s16"  href="#16">16</a></sup>. Esa vivencia y estructuraci&oacute;n del espacio  nunca es est&aacute;tica, ni carente de conflictos; por el  contrario, en la acci&oacute;n cotidiana permanentemente se interpela, ya sea  para reafirmarla o transformarla<sup><a    name="s17"  href="#17">17</a></sup>.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Sobre estas bases, el pueblo de indios adquiri&oacute; nuevas dimensiones<sup><a    name="s18"  href="#18">18</a></sup>.  El damero no era ni es simplemente una cuadr&iacute;cula, es una representaci&oacute;n  cosmol&oacute;gica, que se articula con una representaci&oacute;n del mundo divino,  que se refleja en el ordenamiento del espacio humano y plasma en &eacute;l un  sistema clasificatorio y jer&aacute;rquico. Por ejemplo, el panorama que ofrece la  plaza de muchos pueblos de la sabana de Bogot&aacute;, en un soleado d&iacute;a de principios  de enero, tal vez no evoque la idea de un texto literario; sin embargo, desde  cierta perspectiva, eso es lo que se est&aacute; contemplando. La iglesia en un canto  de la plaza, en otro la casa municipal, al lado de una o varias tiendas,  la helader&iacute;a, de pronto un bar y alguna que otra casa de las  familias principales del pueblo. Se trata de elementos cuya organizaci&oacute;n y  distribuci&oacute;n est&aacute; transmitiendo un mensaje, est&aacute; inculcando unas ideas y  unos valores, cuya fuerza radica precisamente en que su mensaje se percibe  en forma inconsciente. Esa distribuci&oacute;n, ese orden de las cosas, se est&aacute;  representando como el orden natural, el orden que debe seguirse y, con &eacute;l, el  sistema de valores y jerarqu&iacute;as que lo acompa&ntilde;a. Dios, el Dios cristiano debe  estar en el centro del poblado, al igual que la autoridad y las personas  prestantes de la poblaci&oacute;n.</p>      <p >La plaza, el sitio de reuni&oacute;n, a donde se va a pasear, a  charlar con los conocidos, a enterarse de las &uacute;ltimas noticias y chismorreos y  que en algunas partes es todav&iacute;a el sitio donde los campesinos de los  alrededores del poblado llevan a mercadear sus productos, se ubica a la sombra  de esas dos grandes figuras del poder: la iglesia y el Estado, al igual que la  tienda a donde se re&uacute;nen los compadres para intercambiar ideas al  calor de unas polas. Ni&ntilde;as y muchachos se ver&aacute;n atra&iacute;dos por las golosinas  y cachivaches que ofrecen los almacenes del marco de la plaza, o tendr&aacute;n que ir  en busca de una panela, una libra de papas o de arroz para satisfacer alg&uacute;n  encargo dom&eacute;stico. Bajo una disculpa o por necesidad, las mujeres tambi&eacute;n  llegar&aacute;n a la tienda, donde tendr&aacute;n la oportunidad de enterarse del  &uacute;ltimo esc&aacute;ndalo que conmover&aacute; al poblado durante los pr&oacute;ximos d&iacute;as. J&oacute;venes y  jovencitas la har&aacute;n escenario de sus coqueteos y sus miradas furtivas. Unos y  otros considerar&aacute;n natural que esas actividades se desarrollen en ese espacio, que a su vez es el espacio  central del pueblo y que estructura la distribuci&oacute;n de casas y calles. La  reiteraci&oacute;n de un texto, que la memoria evoca sin dificultad, se&ntilde;ala a la plaza  como el centro de socializaci&oacute;n por excelencia y a los poderes eclesi&aacute;stico,  estatal y econ&oacute;mico, como los muros que enmarcan y contienen dentro de sus  l&iacute;mites estas relaciones.    <br>     <br> La insistencia con que en el per&iacute;odo colonial se busc&oacute; que los ind&iacute;genas y los  no ind&iacute;genas organizaran el espacio siguiendo este esquema de damero no era  entonces un capricho vano. La resistencia ind&iacute;gena, tampoco. Era una  confrontaci&oacute;n de cosmovisiones, de universos divinos y humanos, de  estructuras de relaciones, de clasificaciones y de sistemas jer&aacute;rquicos. Se sabe  muy poco sobre el ordenamiento espacial de los poblados al momento de la  invasi&oacute;n europea del siglo XVI, pero algunos elementos del lenguaje  que quedaron registrados en diccionarios ofrecen algunas peque&ntilde;as pistas  sobre elementos base de la confrontaci&oacute;n<sup><a    name="s19"  href="#19">19</a></sup>. Por ejemplo, la idea de  pueblo se expresaba en el idioma muisca con la palabra quyca. No hab&iacute;a palabra  muisca para el concepto de plaza del pueblo, lo que indica que no se trataba de  un espacio con el que se considerara que deb&iacute;a contar un quyca muisca. Al igual  que la palabra pueblo en espa&ntilde;ol, el concepto de quyca muisca tambi&eacute;n  ten&iacute;a otros significados y se utilizaba para designar la tierra, patria o  regi&oacute;n. En contraposici&oacute;n a la significativa ausencia del concepto de plaza del  pueblo, la palabra ucta o uta se utilizaba para designar a la plaza que est&aacute;  delante de la casa y tambi&eacute;n el patio. Lo anterior indica que si bien no era  usual que un quyca o pueblo muisca tuviera una plaza, delante de la casa, a la  que se denominaba gue, s&iacute; se acostumbraba contar con una ucta o uta &#40;es decir  una plaza o patio&#41;.    <br>     <br> Ahora bien, el uso de este t&eacute;rmino resulta significativo, ya que con la palabra  uta tambi&eacute;n se designaba a la capitan&iacute;a menor, cuyos integrantes estaban  unidos entre s&iacute; por lazos de parentesco, es decir, que se  consideraban entre ellos como familiares. Esta asociaci&oacute;n de conceptos  llama la atenci&oacute;n sobre la estrecha articulaci&oacute;n existente entre el  ordenamiento espacial muisca y su estructura de parentesco. De otra parte, el  que el concepto de uta &#40;plaza o patio&#41; se asociara con la gue o casa, y fuera  sin&oacute;nimo de la capitan&iacute;a menor, que a su vez constituye una unidad en t&eacute;rminos  de la organizaci&oacute;n social y pol&iacute;tica muisca, indicar&iacute;a, en caso de que las uta o  plazas muiscas fueran tambi&eacute;n un importante lugar de socializaci&oacute;n, que esta  actividad ten&iacute;a como eje a la familia extensa, m&aacute;s que a las agrupaciones  mayores, como podr&iacute;an ser las del pueblo o quyca.    <br>     <br> Pero, adem&aacute;s, el concepto de casa, es decir gue, tambi&eacute;n se  utilizaba para denominar el boh&iacute;o. La equivalencia entre ambos t&eacute;rminos no era  sin embargo total, ya que la casa pod&iacute;a tener m&aacute;s de un boh&iacute;o. En el caso de que  la casa tuviera dos boh&iacute;os, por ejemplo, se utilizaba la expresi&oacute;n hanuc  azone. Los boh&iacute;os pod&iacute;an ser grandes y redondos, caso en el cual se  denominaban cusmuy, o cuadrados, a los que se les daba el nombre de  sugue o de gue ingezona. Sus nombres tambi&eacute;n variaban seg&uacute;n el tama&ntilde;o: un  boh&iacute;o peque&ntilde;o se denominaba tytha o tytua y un boh&iacute;o medio recib&iacute;a el  nombre de guyhyty muy. Si el boh&iacute;o era de bahareque, se lo denominaba  suhuzy muy, y en caso de que no se habitara se indicaba con la expresi&oacute;n gue mny  muy. Esta variedad de expresiones llama la atenci&oacute;n sobre la complejidad del ordenamiento espacial muisca y sobre la  heterogeneidad de sus construcciones. Esta complejidad se ve confirmada  por la evidencia arqueol&oacute;gica encontrada en el Valle de Samac&aacute;,  habitado por ind&iacute;genas muiscas. Seg&uacute;n estos hallazgos, las  edificaciones se encontraban en agrupaciones que operaban como  &quot;unidades econ&oacute;micas autosuficientes, donde cada unidad residencial parece  haber desarrollado las actividades b&aacute;sicas, pero cada una de ellas parece  haberse especializado en una labor, que se complementaba con las de las dem&aacute;s&quot;<sup><a    name="s20"  href="#20">20</a></sup>.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>Conclusiones</b>    <br>     <br> Seg&uacute;n Duby:    <br> <ul>El ge&oacute;grafo mira un paisaje y se esfuerza por explicarlo. Sabe que ese objeto,  verdadera obra de arte, es el producto de una larga elaboraci&oacute;n, que lo ha  modelado a trav&eacute;s de los tiempos la acci&oacute;n colectiva del grupo social que se  instal&oacute; en ese espacio y a&uacute;n hoy sigue transform&aacute;ndolo. Por consiguiente, el  ge&oacute;grafo se ve obligado a estudiar antes que nada lo material, es decir, los  elementos f&iacute;sicos modelados poco a poco por el grupo social; pero con la misma  atenci&oacute;n analiza tambi&eacute;n las fuerzas, los deseos, la configuraci&oacute;n de esos  deseos, y por tanto se ve obligado a hacerse un poco historiador<sup><a    name="s21"  href="#21">21</a></sup>.    </ul>     <p>Yo dir&iacute;a que el anterior se&ntilde;alamiento vale igualmente para el  historiador. Comprender la din&aacute;mica social en un tiempo determinado obliga a  mirar su funcionamiento en la dimensi&oacute;n espacial y es entonces cuando el  historiador debe hacerse un poco ge&oacute;grafo. En realidad, debe ir m&aacute;s  all&aacute; y extender sus incursiones hacia diversos campos disciplinares,  pero aqu&iacute; interesa destacar el de la relaci&oacute;n entre la historia y la geograf&iacute;a.    <br>     <br> Hasta aqu&iacute; he proporcionado ejemplos sacados de mi experiencia  investigativa, que creo ilustran el problema. En lo que sigue voy a consignar  algunas reflexiones derivadas de mi experiencia docente con las que se busca  incentivar el debate. Desde esa perspectiva, se me ocurre que un aspecto  importante del aporte de la geograf&iacute;a hist&oacute;rica, en la que confluyen  problemas de tiempo y espacio, es que confluyen tambi&eacute;n lo  estructural y lo cotidiano, la infraestructura y la superestructura, lo  material y lo ideol&oacute;gico. Veo contornos muy difusos. Intuiciones, destellos,  inconsistencias. Con el tiempo se articulan problemas estructurales, pero  en permanente proceso de cambio, como por ejemplo, la memoria. Pero si se  considera la memoria &iquest;no se est&aacute; pensando en ideolog&iacute;a? Y cuando se habla de  espacio &iquest;no tiende uno a remitirse a problemas de estructuras, de  bases materiales de subsistencia, a lo infraestructural? &iquest;En  el manejo de lo geogr&aacute;fico no se percibe, consciente  o inconscientemente, que lo econ&oacute;mico est&aacute; incrustado en lo geogr&aacute;fico?  Y n&oacute;tese que muy probablemente no es al contrario. Pero &iquest;por qu&eacute; no? Tal vez  porque en t&eacute;rminos profundos la &quot;materia prima&quot; est&aacute; en lo geogr&aacute;fico, al igual  que la estructuraci&oacute;n b&aacute;sica. El movimiento dial&eacute;ctico estar&iacute;a definido en  t&eacute;rminos de lo espacial, de lo geogr&aacute;fico. De otra parte, los  problemas de temporalidad, vinculados con la memoria, estar&iacute;an en la base del  pasado que est&aacute; presente en forma permanente, pero selectiva. De esa  memoria que se configura y reconfigura incesantemente en el presente, en la  cotidianidad. De esa memoria que est&aacute; y no est&aacute;, que entra y sale de la escena  caprichosamente. De esa memoria sin la cual el accionar cotidiano ser&iacute;a un  imposible y que, en la medida en que registra tanto la experiencia, como las  representaciones que le dan sentido al entorno, incide permanentemente  sobre nuestro accionar.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El espacio no es algo exterior a m&iacute;, yo estoy dentro del espacio, yo formo parte  del espacio, yo soy espacio. &iquest;Soy tiempo? Tal vez no. Me configuro en el tiempo,  en m&iacute;, en un instante, se condensan m&uacute;ltiples tiempos, existo en el tiempo, pero  no creo ser tiempo, como si creo ser espacio. Soy espacio. S&iacute;. Que se configura  en el tiempo, que deviene en el tiempo. &iquest;Soy tiempo condensado? &iquest;Condenso el  tiempo? &iquest;Qu&eacute; es el tiempo? &iquest;Es una sucesi&oacute;n linear de instantes? Es, como dice  la canci&oacute;n, adusto, taciturno, pero es un Dios ¡cuidado con &eacute;l! &iquest;Ser&aacute; as&iacute;? &iquest;Ser&aacute;  esa frase una salida para ocupar espacio? Tengo la sensaci&oacute;n de que, al menos en  el contexto cultural en el que estoy inserta, los seres tendemos a ver el  espacio como lo que est&aacute; fuera de nosotros, en el exterior, y no vernos a  nosotros mismos como formando parte de ese espacio. Pero en el tiempo tal vez s&iacute;  nos sentimos inmersos, como si fu&eacute;ramos tiempo. Como si el tiempo no fuera algo  exterior al ser. Tal vez ah&iacute; hay una ilusi&oacute;n. El tiempo es algo exterior al ser,  mientras que el ser es espacio.</p> </p> <hr size="1">       <p><b>Comentarios</b></p>      <p ><sup><a  href="#s1"   name="1">1</a></sup> Los t&iacute;tulos mismos de los trabajos reflejan  esta perspectiva. V&eacute;ase, por ejemplo, COLMENARES, Germ&aacute;n, de MELO, Margarita,  FAJARDO, Dar&iacute;o &#40;comp.&#41;, Fuentes documentales para la historia del trabajo en  Colombia, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, 1968; HERNANDEZ RODR&Iacute;GUEZ,  Guillermo, De los Chibchas a la Colonia y a la Rep&uacute;blica. Del Clan  a la Encomienda y al Latifundio en Colombia &#40;1949&#41;, 2a. ed., Bogot&aacute;,  Instituto Colombiano de Cultura –Colcultura–, 1975; FRIEDE, Juan, &quot;De la  encomienda indiana a la propiedad territorial y su influencia sobre el  mestizaje&quot;, en A.C.H.S.C., No. 4, Bogot&aacute;, Universidad Nacional, 1969, pp.  35-61; COLMENARES, Germ&aacute;n, Encomienda y poblaci&oacute;n en la Provincia de  Pamplona &#40;1549-1650&#41;, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, 1969; TOVAR PINZ&Oacute;N,  Hermes, Hacienda colonial y formaci&oacute;n social, Barcelona, Sendai Ediciones,  1988; GONZ&Aacute;LEZ, Margarita, El resguardo en el Nuevo Reino de Granada,  Bogot&aacute;, Universidad Nacional de Colombia, 1970; VILLAMAR&Iacute;N, Juan A.,  &quot;Encomenderos and Indians in the Formation of Colonial Society in the Sabana  de Bogot&aacute; Colombia -1537 to 1740-&quot;, 2 vols., Brandeis University, Tesis Doctoral  presentada ante el Departamento de Antropolog&iacute;a, 1972; FAJARDO, Dar&iacute;o, El  r&eacute;gimen de la encomienda en la Provincia de V&eacute;lez. Poblaci&oacute;n Ind&iacute;gena y  Econom&iacute;a, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, 1969; RUIZ RIVERA, Juli&aacute;n,  Encomienda y Mita en Nueva Granada en el siglo XVII, Sevilla,  Escuela de Estudios Hispano–Americanos de Sevilla, 1975.    <p ><sup><a  href="#s2"   name="2">2</a></sup> M&Ouml;RNER, Magnus, &quot;Las comunidades  ind&iacute;genas y la legislaci&oacute;n segregacionista en el Nuevo Reino de  Granada&quot;, ACHSC, No. 1, Bogot&aacute;, Universidad Nacional de Colombia, 1963, pp.  63-88, p. 70.</p>     <p ><sup><a  href="#s3"   name="3">3</a></sup> MELO, Jorge Orlando, &quot;&iquest;Cu&aacute;nta tierra  necesita un indio para sobrevivir?&quot;, en Gaceta No. 12-3, Bogot&aacute;,  Colcultura, 1977, pp. 28-32, ya hab&iacute;a empezado a llamar la atenci&oacute;n sobre esas  inconsistencias.</p>     <p ><sup><a  href="#s4"   name="4">4</a></sup> HERRERA &Aacute;NGEL, Marta, Poder local,  poblaci&oacute;n y ordenamiento territorial en la Nueva Granada. El  Corregimiento de Naturales en la Provincia de Santaf&eacute;. Siglo XVIII, Bogot&aacute;,  Archivo General de la Naci&oacute;n, 1996; &quot;Espacio y poder. Pueblos de indios en la  Provincia de Santaf&eacute; &#40;siglo XVIII&#41;&quot;, en Revista Colombiana de Antropolog&iacute;a, Vol. XXXI, Bogot&aacute;, 1994, pp. 35–62; &quot;Population, Territory and  Power in Eighteenth Century New Granada: Pueblos de Indios and Authorities in  the Province of Santaf&eacute;&quot;, Austin, Yearbook, Conference of Latin Americanist  Geographers, 1995, pp. 121-131.</p>     <p ><sup><a  href="#s5"   name="5">5</a></sup> V&eacute;ase, por ejemplo, COLMENARES, Germ&aacute;n,  Historia econ&oacute;mica y social de Colombia 1537-1719 &#40;1973&#41;, 3a. ed., Bogot&aacute;,  Ediciones Tercer Mundo, 1983, pp. 67–68; MART&Iacute;NEZ GARNICA, Armando, &quot;El Proyecto  de la Rep&uacute;blica de los indios&quot;, GUERRERO, Amado A., &#40;comp.&#41;, Cultura  pol&iacute;tica, movimientos sociales y violencia en la Historia de Colombia.  VIII Congreso Nacional de Historia de Colombia, Bucaramanga, Universidad  Industrial de Santander, 1992, pp. 111-121; CORRADINE, Alberto,  &quot;Urbanismo espa&ntilde;ol en Colombia. Los pueblos de indios&quot;; SALCEDO SALCEDO,  Jaime, &quot;Los pueblos de indios en el Nuevo Reino de Granada y Popay&aacute;n&quot;, ambos art&iacute;culos en GUTI&Eacute;RREZ, Ram&oacute;n  &#40;coord.&#41;, Pueblos de indios. Otro urbanismo en la regi&oacute;n andina, Quito,  Adiciones Abya-Yala, 1993, pp. 157–178 y pp. 179-203, respectivamente.  Una excepci&oacute;n dentro de esta tendencia la constituye FALS BORDA, Orlando,  &quot;Indian Congregations in the New Kingdom of Granada: Land Tenure aspects,  1595-1850&quot;, en The Americas, n&uacute;mero 13, 1956-7, pp. 331-351.</p>     <p ><sup><a  href="#s6"   name="6">6</a></sup> V&eacute;ase, por ejemplo, M&Ouml;RNER, Magnus, op. cit.,  p. 74; FRIEDE, Juan, Los Chibchas bajo la dominaci&oacute;n espa&ntilde;ola &#40;1960&#41;, 3a. ed.,  Bogot&aacute;, La Carreta, s.f., p. 266.</p>     <p ><sup><a  href="#s7"   name="7">7</a></sup> A.G.N. &#40;Bogot&aacute;&#41;, Caciques e Indios, 25, f.  583v.; VELANDIA, Roberto, Enciclopedia Hist&oacute;rica de Cundinamarca, 5 vols.,  Bogot&aacute;, Biblioteca de Autores Cundinamarqueses, 1979-1982, T. II, p. 851.</p>     <p ><sup><a  href="#s8"   name="8">8</a></sup> Sobre la relaci&oacute;n entre historia y memoria,  ver, entre otros: OLLILA, Ann &#40;ed.&#41;, Historical Perspectives on Memory,  Helsinki, Finnish Historical Society, Studia Historica 61, 1999; RAPPAPORT,  Joanne, The Politics of Memory. Native Historical  Interpretation in the Colombian Andes, Cambridge, Cambridge University Press, 1990; HILL, Jonathan D., &quot;Mith and  History&quot;, HILL, Jonathan D. &#40;ed.&#41;, Rethinking History and Mith. Indigenous South  American Perspectives on the Past, Urbana y Chicago, University of Illinois  Press, 1998.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a  href="#s9"   name="9">9</a></sup> V&eacute;ase, por ejemplo, SOJA, Edward, Postmodern  Geographies. The Reassertion of Space in Critical Social  Theory &#40;1989&#41;, 4<sup>a</sup> impresi&oacute;n, Londres y Nueva York, Verso, 1994.</p>     <p ><sup><a  href="#s10"   name="10">10</a></sup>  V&eacute;ase, por ejemplo, DOUGLAS, Mary, Implicit Meanings. Essays in Antropology  &#40;1975&#41;, 1<sup>a</sup> reimpresi&oacute;n, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1978; BOURDIEU,  Pierre, Outline of a Theory of Practice &#40;1972&#41;, Cambridge, Cambridge University  Press, 1993.</p>     <p ><sup><a  href="#s11"   name="11">11</a></sup> Esta definici&oacute;n de cultura ha sido tomada de  GEERTZ, Clifford, The Interpretation of Cultures, Basic Books, 1973, p. 312.</p>     <p ><sup><a  href="#s12"   name="12">12</a></sup> Sobre este problema, v&eacute;ase EDELMAN, Murray,  The Symbolic Uses of Politics, Urbana, University of Illinois Press, 1964, p.  95; ELIADE, Mircea, Lo sagrado y lo profano, Barcelona, 1957 &#40;8ava. Edici&oacute;n&#41;, Colecci&oacute;n Labor, 1992, pp. 25-61; LEFEBVRE, Henry,  The Production of Space &#40;1974&#41;, Cambridge, Blackwell Publishers, 1992; COSGROVE,  Denis, The Palladian Landscape. Geographical Change and its Cultural  Representations in Sixteenth-Century Italy, University Park, Pennsylvania State  University Press, 1993, pp. 1-9; DUNCAN, James, The City as a Text: The Politics  of Landscape Interpretation in the Kandyan Kingdom, Cambridge, Cambridge  University Press, 1990, p. 19; &quot;The Power of Place in Kandy, Sri Lanka:  1780-1980&quot;, en AGNEW, John, DUNCAN, James S., The Power of Place. Bringing  together Geographical and Sociological Imaginations, Boston, Unwin Hyman, 1989,  pp. 185-201; KOWALSKI, Jeff Karl &#40;ed.&#41;, Mesoamerican Architecture as a Cultural  Symbol, Nueva York, Oxford, Oxford University Press, 1999.</p>     <p ><sup><a  href="#s13"   name="13">13</a></sup>  BOURDIEU, Pierre, The Logic of Practice &#40;1980&#41;, Stanford, Stanford University  Press, 1990, p. 76; HALL, Edward T., The Hidden Dimension. An anthopologist  examines man's use of space in public and in private &#40;1966&#41;, Nueva York, Anchor  Books, 1969, pp. 1-3; DUNCAN, James, DUNCAN, Nancy, &quot;&#40;Re&#41;reading the Landscape&quot;, en Environment and Planning  D: Society and Space, vol. 6, 1988, pp. 117-126; DUNCAN, James, The City, op.  cit., pp. 11-24; COSGROVE, Denis, The Palladian, op. cit., pp. 5-9.</p>     <p ><sup><a  href="#s14"   name="14">14</a></sup>  BOURDIEU, Pierre, The Logic of Practice, op. cit., p. 76; ELIADE, Mircea, op.  cit., pp. 25–61 y LEFEBVRE, Henry, op. cit.</p>     <p ><sup><a  href="#s15"   name="15">15</a></sup> V&eacute;ase ROBINSON, David, &quot;El significado de  &lt;lugar&gt; en Am&eacute;rica Latina&quot;, en Revista de Extensi&oacute;n Cultural, Medell&iacute;n,  Universidad Nacional de Colombia, 1989, pp. 6-24 y &quot;La ciudad colonial  hispanoamericana: &iquest;s&iacute;mbolo o texto?&quot;, PESET, Jos&eacute; Luis &#40;comp.&#41;, Ciencia, vida y  espacio en Iberoam&eacute;rica, vol. II, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones  Cient&iacute;ficas, 1989, pp. 249-280.</p>     <p ><sup><a  href="#s16"   name="16">16</a></sup> Sobre la diversidad de niveles y dimensiones  de la espacialidad, v&eacute;ase LEFEBVRE, Henry, The Production of Space, op. cit.;  SOJA, Edward, Postmodern Geographies, op. cit., p. 2.</p>     <p ><sup><a  href="#s17"   name="17">17</a> </sup>Diferentes aproximaciones a este fen&oacute;meno se  pueden encontrar en TURNER, Victor, Dramas, Fields, and Metaphors. Symbolic Action in Human Society &#40;1974&#41;, 7<sup>a</sup> ed., Nueva York,  Cornell University Press, 1994; CERTEAU, Michel de, The Practice of Everyday  Life &#40;1974&#41;, Berkeley, University of California Press, 1988; GIDDENS, Anthony,  Central Problems in Social Theory. Action, Structure and Contradiction in Social  Analysis, Berkeley, University of California Press, 1979.</p>     <p ><sup><a  href="#s18"   name="18">18</a></sup> V&eacute;ase, HERREA &Aacute;NGEL, Marta, Ordenar para  controlar. Ordenamiento espacial y control pol&iacute;tico en las Llanuras del Caribe y  en los Andes Centrales neogranadinos, siglo XVIII, Bogot&aacute;, Instituto Colombiano  de Antropolog&iacute;a e Historia y Academia Colombiana de Historia, 2002;  &quot;Ordenamiento espacial de los pueblos de indios: Dominaci&oacute;n y resistencia en la  sociedad colonial&quot;, en Revista Fronteras, Vol. II, No. 2, Bogot&aacute;, Instituto  Colombiano de Cultura Hisp&aacute;nica, 1998, pp. 93-128.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a  href="#s19"   name="19">19</a></sup> Los t&eacute;rminos muiscas que se incluyen a  continuaci&oacute;n han sido tomados de GONZ&Aacute;LEZ DE P&Eacute;REZ, Mar&iacute;a Stella &#40;comp.&#41;,  &quot;Diccionario y Gram&aacute;tica Chibcha&quot; Manuscrito An&oacute;nimo de la Biblioteca Nacional  de Colombia, Bogot&aacute;, Instituto Caro y Cuervo, 1987.</p>     <p ><sup><a  href="#s20"   name="20">20</a></sup>  BOADA RIVAS, Ana Mar&iacute;a, &quot;Bases of Social Hierarchy in a Muisca Central Village  of the Northeastern Highlands of Colombia&quot;, Disertaci&oacute;n Doctoral, Pittsburgh,  University of Pittsburgh, 1998, pp. 151-152; mi traducci&oacute;n.</p>     <p ><sup><a  href="#s21"   name="21">21</a></sup> DUBY, Georges, La Historia contin&uacute;a &#40;1991&#41;,  2<sup>a</sup> ed. en espa&ntilde;ol, Madrid, Editorial Debate, 1993, p. 11; subrayados m&iacute;os.</p>  </font>      ]]></body>
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