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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[POR EL BUEN ORDEN: EL DIARIO VIVIR EN CARTAGENA Y MOMPOX COLONIAL]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[FOR GOOD ORDER: DAILY UFE IN COLONIAL CARTAGENA AND MOMPOX]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[During the Hispanic colonial period, Ufe in the city or in the pólice referred to the need for public and prívate control on the part of authorities in the lndian territories. It was a question of living together to the sound of the bell, congregated in an orderly manner, around or cióse to a church. Likewise, the neighborhood not only exerted control over the neighbors, but over the authorities as well, in the defense of morality, justice, and the common good. The Pólice Fund of the General Archive of the Nation illustrates this point with respect to specific cases, either of violation or of fulfillment of the norms, and facilitates comprehension of the reasons for which the authorities were anxious to live out their lives on good terms in the city. Good order was an everyday issuer, a question of daily ufe with a very broad field of action.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center" ><font size="4"><b>POR EL BUEN ORDEN: EL DIARIO VIVIR EN CARTAGENA Y MOMPOX COLONIAL</b></font></p>  Mois&eacute;s Munive<sup><a href="#**">**</a></sup>    <br>      <p ><sup><a name="**">**</a></sup> Historiador de la Universidad Nacional  de Colombia –Sede Bogot&aacute;-. Miembro correspondiente de la Academia de  Historia de Santa Cruz de Mompox.  </p>     <p >Art&iacute;culo recibido en junio de 2003; aprobado en agosto de 2003.</p> <hr size="1"> <b>RESUMEN</b>    <br>     <br> Durante la &eacute;poca colonial hispana la vida en ciudad o en polic&iacute;a  hacia referencia a la necesidad de control publico y privado por  parte de las autoridades en los territorios indianos. La cuesti&oacute;n era  convivir a son de campana, congregados en orden y alrededor o cerca de una  iglesia. Igualmente el vecindario ejerc&iacute;a control no solo sobre sus semejantes,  sino tambi&eacute;n sobre las autoridades, en defensa de la moral, la justicia y el  bien com&uacute;n. El Fondo polic&iacute;a del archive General de la Naci&oacute;n ilustra al  respecto con casos espec&iacute;ficos, ya sea de violaci&oacute;n o acatamiento de las normas  y facilita la comprensi&oacute;n de las razones por las cuales las autoridades se  afanaban por llevar a buenos t&eacute;rminos una vida en ciudad. el buen orden era un  asunto de todos los d&iacute;as, de la vida cotidiana, y su campo de su acci&oacute;n era  bastante amplio.    <br>     <br> <b>PALABRAS CLAVES:</b>    <br> Vida cotidiana, orden, control, Mompox, Cartagena, polic&iacute;a, moral, justicia.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <hr size="1">     <p align="center" ><font size="3"><b><i> FOR GOOD ORDER: DAILY UFE IN COLONIAL CARTAGENA AND MOMPOX</i></b></font></p>     <p><b> ABSTRACT</b></p>     <p> During the  Hispanic colonial period, Ufe in the city or in the p&oacute;lice referred to the need  for public  and pr&iacute;vate control on the part of authorities in the lndian territories. It was  a question  of living together to the sound of the bell, congregated in an orderly manner,  around or  ci&oacute;se to a church. Likewise, the neighborhood not only exerted control over the  neighbors, but over the authorities as well, in the defense of morality,  justice, and the common good. The P&oacute;lice Fund of the General Archive of the  Nation illustrates this point with respect to specific cases,  either of violation or of fulfillment of the norms, and facilitates  comprehension of the reasons  for which the authorities were anxious to live out their lives on good terms in  the city. Good order was an everyday issuer, a question of daily ufe with a very  broad field of action.</p>      <p> <b>Key words:</b>  Daily life, order, control, Mompox, Cartagena, police, morality, justice.</p>  <hr size="1"> <b>    <br> 1. Introducci&oacute;n</b></p>      <p >Durante la &eacute;poca colonial hispana cualquier aspecto del  diario vivir estaba sujeto a un control bastante estricto por parte de las  autoridades en los territorios indianos. La cuesti&oacute;n era convivir a son de  campana, congregados en orden y alrededor o cerca de una iglesia.  Igualmente, de alguna u otra manera, hasta el vecindario ejerc&iacute;a  control no s&oacute;lo sobre sus semejantes, sino tambi&eacute;n sobre las autoridades,  en defensa de la moral, la justicia y el bien com&uacute;n. Es decir, la direcci&oacute;n  del control estuvo dada tanto en sentido vertical de arriba hacia  abajo y viceversa, como en sentido horizontal.    <br>     <br> Cuando se aborda la vida cotidiana en la ciudad generalmente  se restringe &eacute;sta a los acontecimientos propios de las fiestas, el  juego, la comida, la vivienda, el mercado diario, el ocio, el aseo y  ornato de la ciudad, la seguridad y las relaciones de familia, principalmente.  En cambio, los asuntos de la pol&iacute;tica y la estructuraci&oacute;n econ&oacute;mica global se  dejan a un lado, como si tales funcionamientos no se vivieran y corrigieran a  diario. En tal sentido, se abre el espacio para que se aborden tales problemas  desde una perspectiva de la vida cotidiana. El buen orden es un asunto de todos  los d&iacute;as, de la vida cotidiana, y su campo de acci&oacute;n es bastante amplio.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El Fondo Polic&iacute;a del Archivo General de la Naci&oacute;n ilustra al respecto con casos  espec&iacute;ficos, ya sea de violaci&oacute;n o acatamiento de las normas, y facilita la  comprensi&oacute;n de las razones por las cuales las autoridades se inquietaban  por llevar a buenos t&eacute;rminos una vida cotidiana. Se presentaron  situaciones concretas relacionadas con la carest&iacute;a de v&iacute;veres, construcci&oacute;n de  vallas, vida conyugal, visa-pasaportes, corridas de toros, mendicidad, juegos,  representaciones teatrales, rondas nocturnas, traslado de reos, aseo y salud  urbanos, pavimentaci&oacute;n de calles, distribuci&oacute;n de aguas, mercado local y  destierros. Se le debe sumar a esto, los vericuetos del sistema esclavista, el  contrabando y las relaciones pol&iacute;ticas, las cuales tambi&eacute;n hacen parte del  diario vivir.    <br>     <br> La esencia del buen orden de alguna manera se conectaba con el deseo natural  humano de vivir arm&oacute;nicamente en grupo, garantizando el bien com&uacute;n y alcanzando  una mejor calidad de vida; y no solo por el af&aacute;n de imponer formas de  comportamiento que respondieran a los intereses pol&iacute;ticos, espirituales y  materiales del sector gobernante. La intenci&oacute;n era impedir al m&aacute;ximo que la mala  conducta de unos afectara en lo m&iacute;nimo el funcionamiento de todos.    <br>     <br> <b>    <br> 2. Por la familia    <br> </b>    <br> Las cuestiones relacionadas con la vida familiar tales como nupcias,  rompimientos o divorcios, abandono de c&oacute;nyuges o de hijos, respeto de  &eacute;stos con los padres y, en fin, la armon&iacute;a entre todos, fueron asuntos  importantes sobre los cuales regular. Teniendo en cuenta que la familia ha sido  el pilar de las sociedades, y m&aacute;s en tales tiempos donde  predominaban costumbres moralistas, era clave prestar atenci&oacute;n a este aspecto.  En la medida que la autoridad patriarcal de la familia se iba haciendo  dependiente de la del Estado, se moldeaba su pol&iacute;tica de acuerdo con la de  este &uacute;ltimo<sup><a href="#1">1</a></sup>. La pol&iacute;tica de la familia se inspiraba en  dos fuentes, una te&oacute;rica y otra pr&aacute;ctica. Esta moldeaba la experiencia  en forma m&aacute;s directa, ya que a pesar de las ideas persuasivas y  refinadas de los intelectuales, la pr&aacute;ctica y el ejemplo son  transmitidos m&aacute;s directamente a la vida cotidiana. Los autores de la &eacute;poca  pod&iacute;an explicar los elementos del buen orden familiar, pero en definitiva las  experiencias negativas y positivas diarias iban a facilitar la identificaci&oacute;n  y reglamentaci&oacute;n concerniente a esta figura. Era precisamente en los  espacios p&uacute;blicos como las plazas, las calles principales, las arcadas,  las pilas, los manantiales y los mercados donde se aprend&iacute;a y reproduc&iacute;a el  buen orden p&uacute;blico<sup><a href="#2">2</a></sup>.    <br>     <br> Un primer ingrediente a guiar y verificar era el relacionado con el  matrimonio, pues fue un aspecto de la vida social en la que se  desencadenaba el juego de las diferenciaciones. El matrimonio era  considerado como el estado ideal<sup><a href="#3">3</a></sup>. Por eso se hizo necesario mantener  el orden y la sujeci&oacute;n de los habitantes, contando con los curas para  velar por el cumplimiento de este sacramento<sup><a href="#4">4</a></sup>. De alguna forma  hab&iacute;a que preservarlo.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> La familia deb&iacute;a constituir un hogar lleno de amor, aunque no se encontrara  pasi&oacute;n, ejemplo de patrones suicidas y uniones sacr&iacute;legas; de todos  modos el matrimonio y la consecuente formaci&oacute;n familiar era el espacio  donde se pod&iacute;a encontrar estima y confianza<sup><a href="#5">5</a></sup>. En tal sentido se  prestaba una considerable atenci&oacute;n a los c&oacute;nyuges que por determinadas  circunstancias dejaban solas a sus parejas; a separar de los pueblos a  aquellas mujeres que llevaban conductas escandalosas y pod&iacute;an acabar  con los matrimonios establecidos; se obligaba a los padres a responder  por la manutenci&oacute;n de los hijos as&iacute; estuvieran ausentes de sus hogares o  vivieran con otras mujeres<sup><a href="#6">6</a></sup>. Sin embargo, las excusas no faltaban. En  muchos de los casos, cuando un español venia a territorio indiano lo hacia  con el prop&oacute;sito de arriesgarse en alg&uacute;n negocio comercial. Llegar a una  regi&oacute;n y prosperar implicaba una inversi&oacute;n no solo de dinero, sino  tambi&eacute;n de tiempo. Hacer contactos para la vivienda, la alimentaci&oacute;n y lo  relacionado m&aacute;s directamente con el negocio a realizar, significaba en cierta  medida hacerse residente, es decir prolongar la estad&iacute;a. La mayor&iacute;a de los  empresarios o aventureros empresariales prefer&iacute;an hacerlo sacrificando al  resto de la familia, si eran casados.    <br>     <br> Cuando transcurr&iacute;a, entonces, un periodo de tiempo considerablemente  largo, las autoridades decid&iacute;an entrar en el asunto y ordenarlo. Es  claro que despu&eacute;s de haber abandonado de una manera impl&iacute;cita a la  pareja, algunos, hab&iacute;an solucionado ya su problema sentimental y en cierta forma  los negocios los hab&iacute;an atado a la ciudad. Por tanto, las deudas contra&iacute;das a  favor o en contra se pod&iacute;an constituir en la excusa perfecta para prorrogar el  regreso a casa<sup><a href="#7">7</a></sup>. El involucrado se presentaba las veces posibles  ante los estrados judiciales y, de acuerdo al volumen de las pruebas,  el lapso pod&iacute;a extenderse incluso un año o m&aacute;s.    <br>     <br> Las pruebas se relacionaban tambi&eacute;n con la presentaci&oacute;n de testigos  que diesen argumentos convincentes sobre las deudas contra&iacute;das con los  solicitados a reanudar sus responsabilidades conyugales. Generalmente  alegaban no solo el incumplimiento monetario, sino adem&aacute;s la lejan&iacute;a de los  deudores, quienes por hallarse fuera de la jurisdicci&oacute;n en la que  resid&iacute;a el cobrador, la soluci&oacute;n al problema era m&aacute;s complicada, favoreciendo  al esposo despreocupado e injusto<sup><a href="#8">8</a></sup>. Las c&oacute;nyuges de &eacute;stos  presionaban, a trav&eacute;s de cartas, la restituci&oacute;n de su vida familiar sin importar  los intereses contra&iacute;dos<sup><a href="#9">9</a></sup>. Igualmente, la senectud y las enfermedades  se constitu&iacute;an en excusas propicias para frenar la solicitud de pronto regreso  para cumplir con las funciones conyugales. En estos casos era necesario  asesorarse de m&eacute;dicos e incluso hacerse ex&aacute;menes que ameritaran continuar en la  ciudad hasta lograr una mejor&iacute;a f&iacute;sica<sup><a href="#10">10</a></sup>. Dependiendo de la  enfermedad padecida, las autoridades competentes se encargaban de exigir  la partida o autorizar la extensi&oacute;n de la residencia.    <br>     <br> Otro de los frecuentes problemas familiares que se intentaba con af&aacute;n  controlar era el de las mujeres desordenadas. Por sugerencia del  arzobispado, las autoridades civiles se inquietaron por ampliar su radio de  acci&oacute;n y enfrentar los desmanes que causaban daño a la moral y la libertad de  las mujeres perdidas que viv&iacute;an en pecado p&uacute;blico y aquellas  que por diversas causas abandonaban a sus maridos<sup><a href="#11">11</a></sup>. A este  tipo de inconvenientes se le dio la salida con la fundaci&oacute;n de casas para  &quot;cortesanas&quot; y casadas mal avenidas en sus matrimonios: &quot;El señor obispo de esta  di&oacute;cesis continuando el ejercicio de su celo dispuso comprar una casa capaz en  que se encerrase las mujeres escandalosas que con tanto desenfreno viven  olvidadas del temor de Dios y de la justicia, para que escarmentadas las  otras contuviesen sus operaciones dentro de los limites de la raz&oacute;n, se eviten  las consecuencias fatales que ocasionan tales mujeres con su vida&quot;<sup><a href="#12">12</a></sup>.    <br>     <br> Las mujeres en estado de reclusi&oacute;n ten&iacute;an que someterse a una  disciplina casi conventual. En semejante situaci&oacute;n, deb&iacute;an o&iacute;r misa todos los  d&iacute;as a trav&eacute;s de una vigilancia que las proteg&iacute;a de la vista de los  asistentes, y no pod&iacute;an salir sin orden de los señores presidente o  arzobispo o persona que la deposit&oacute;<sup><a href="#13">13</a></sup>. La casa se sosten&iacute;a con  recursos girados por el cabildo y los generados por esta misma, como por ejemplo  el arrendamiento de alguno de sus salones. Se colocaba una guardia de  soldados en la puerta y un capell&aacute;n deb&iacute;a asistir a las reclusas y  consolar sus aflicciones espirituales<sup><a href="#14">14</a></sup>. Un d&iacute;a en la semana se  hac&iacute;a visita a la casa tal cual como se practicaba en la c&aacute;rcel, y el  cabildo ten&iacute;a la obligaci&oacute;n de pedir limosna para las recogidas de  escasos recursos.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>    <br> 3. Por la salud    <br> </b>    <br> El buen orden respecto a la salud en las ciudades se relacionaba  principalmente con asuntos como la construcci&oacute;n, administraci&oacute;n y  distribuci&oacute;n del agua, limpieza, expendio y venta de alimentos sanos,  botaderos de basura, desperdicios de las f&aacute;bricas y, por supuesto, el control de  las enfermedades y de las terribles pestes. En tal sentido, la preocupaci&oacute;n de  las autoridades era mayor incluso que la de los mismos habitantes en general.    <br>     <br> El problema del agua se constituy&oacute; en factor clave para los  residentes de la ciudad. En los primeros tiempos se usaron pozos y  jag&uuml;eyes, pero despu&eacute;s, durante toda la &eacute;poca colonial, los cartageneros,  por ejemplo, satisficieron sus necesidades de agua con la  que las lluvias depositaban en los numerosos aljibes. Hacia 1564 el  gobernador Juan de Busto y otros vecinos de Cartagena propusieron al rey la  construcci&oacute;n de un acueducto que condujera a la ciudad las cristalinas aguas de  un manantial cercano a la poblaci&oacute;n de Turbaco, mediante el cobro de un impuesto  a las mercanc&iacute;as que entraran al puerto<sup><a href="#15">15</a></sup>. Sin embargo, fue Francisco  Bahamonde de Lugo el primer gobernador que se embarc&oacute; en la ambiciosa tarea del  acueducto.    <br>     <br> Al respecto, el cabildo estuvo siempre al tanto para debatir y dictar acuerdos  sobre distribuci&oacute;n de aguas de los aljibes. Hacia finales del siglo XVIII,  Cartagena contaba en sitio de la Muralla de Santa Catalina con unos aljibes  construidos con la ayuda del vecindario y el prop&oacute;sito era recoger y  mantener las aguas para luego distribuirlas al com&uacute;n. En aquella  ocasi&oacute;n le toc&oacute; intervenir a la instituci&oacute;n pol&iacute;tica local como  exigente y mediador entre el pueblo y el gobernador porque &eacute;ste hab&iacute;a  tomado las llaves de la cerradura y por razones no expl&iacute;citas se negaba a  entregarlas. En las sesiones, el cabildo expres&oacute; &quot;como de su  retenci&oacute;n resultase el perjuicio de priv&aacute;rsele a los pobres del agua  tan necesaria y escasa en aquel lugar, y a cuyo beneficio se fabricaron  dichos aljibes&quot;<sup><a href="#16">16</a></sup>. En vista de la reticencia por parte del  gobernador, se promovi&oacute; instancia ante autoridades superiores para que se le  pasase oficio pol&iacute;tico.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El abasto de alimentos sanos era asunto primordial, pues la base material de  subsistencia de los asentamientos urbanos no pod&iacute;a dejarse al azar; por eso era  obligaci&oacute;n, por ejemplo, ofrecer a los vecinos de manera regular carne de buena  calidad<sup><a href="#17">17</a></sup>. El tratamiento a la carne de cerdo que se hac&iacute;a en las  poblaciones vecinas a la ciudad presentaba inconvenientes debido a la mezcla con  carne pasada de d&iacute;as. La gobernaci&oacute;n estaba al tanto y mand&oacute; ordenar &quot;que los  cabos del pie de la Popa, Ternera, Turbaco y dem&aacute;s poblaciones donde se  verifican dichas matanzas, se les intimide con la debida prohibici&oacute;n del  fresco imponi&eacute;ndole la pena del perdimiento del otro al que se le encuentre  mezclado con &eacute;l&quot;<sup><a href="#18">18</a></sup>. Cuando se presentaban este tipo de des&oacute;rdenes  tambi&eacute;n se prestaba atenta vigilancia de los cargamentos que sal&iacute;an hacia las  ciudades para evitar la venta y hac&iacute;an que los dueños o criadores portaran  licencia o pasaporte de sus salidas.    <br>     <br> Las autoridades civiles inquietas por el estado sanitario  frecuentaban muy de cerca los desperdicios que botaban las  f&aacute;bricas, como por ejemplo las de licores. Con frecuencia dialogaban y  advert&iacute;an a los directores de rentas a fin de impedir que los  desechos del aguardiente se arrojaran sin control a las calles p&uacute;blicas o  lugares cercanos a &eacute;stos. En primer lugar, impregnaban fealdad al paraje y  por el perjuicio con los habitantes por la fetidez que exped&iacute;an por  el calor y las posibles lluvias. La humedad y el particular clima  ardiente fermentaban los residuos causando males a la salud p&uacute;blica.    <br>     <br> Enfermedades comunes en estas urbes eran las bubas, manifestaci&oacute;n externa de la  s&iacute;filis o morbo g&aacute;lico, la lepra, que algunos consideraban end&eacute;mica de la  regi&oacute;n, la disenter&iacute;a, diversos tipos de fiebre entre las que se hac&iacute;an menci&oacute;n  a las tercianas, cuartanas, fiebres recias o ardientes y las lentas o  flem&aacute;ticas. Era de com&uacute;n ocurrencia las apostemas en zonas externas,  miembros y &oacute;rganos internos como el h&iacute;gado, el bazo; enfermedades renales y de  las v&iacute;as urinarias hernias, dolor de costado, problemas pulmonares,  afecciones g&aacute;stricas, hidropes&iacute;a, jaquecas, perles&iacute;as; enfermedades de la  mujer, histeria, esterilidad, mola uterina, chancro, prurito,  hemorragias,</p>     <p >etc.<sup><a href="#19">19</a></sup>. Los años de 1714 a 1716 fueron  desastrosos para la poblaci&oacute;n porque las arremetidas del r&iacute;o Magdalena, por  ejemplo en Mompox, la inundaron produciendo muchas enfermedades<sup><a href="#20">20</a></sup>.  Las pestes como la viruela eran de suma preocupaci&oacute;n para el gobierno por sus  efectos catastr&oacute;ficos. Fueron generalizadas, peri&oacute;dicas y purulentas donde  hubo mayor saturaci&oacute;n del espacio<sup><a href="#21">21</a></sup>. El cabildo deb&iacute;a  enfrentar estas plagas discutiendo las calamidades de la  viruela y otras enfermedades con mecanismos de control como evitando  el estancamiento de las aguas<sup><a href="#22">22</a></sup>. Las autoridades averiguaban y  elaboraban estad&iacute;sticas sobre los contagios y posibles muertes que se  experimentaran. En 1696, por ejemplo, se contaron en Cartagena 1.700 muertos por  causa de una fuerte peste<sup><a href="#23">23</a></sup>. Se concluy&oacute; la investigaci&oacute;n  argumentando que hab&iacute;a sido transmitida a trav&eacute;s de algunas mercanc&iacute;as.    <br>     <br> <b>    <br> 4. Por el sano entretenimiento    <br> </b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El entretenimiento p&uacute;blico lleg&oacute; a tener un important&iacute;simo poder dentro del  ambiente recogido de la ciudad. Primaron los de tipo religioso y civil, dentro  de los cuales se integraban elementos blanco, negro e ind&iacute;gena. Fue b&aacute;sico  para la creaci&oacute;n de identidades locales, mucho m&aacute;s trat&aacute;ndose de  eventos en los cuales la participaci&oacute;n era generalizada, independiente  de su condici&oacute;n &eacute;tnica<sup><a href="#24">24</a></sup>. La diversi&oacute;n en la ciudad  flu&iacute;a a trav&eacute;s de las fiestas p&uacute;blicas, las representaciones  teatrales, las corridas de toros, juegos de boliche, de suerte, de p&oacute;lvora y  otros como aquellos relacionados con la vida &iacute;ntima de los reyes<sup><a href="#25">25</a></sup>.  A todas hab&iacute;a que enmarcarlas dentro de un orden, a excepci&oacute;n tal vez de  algunas organizadas por la Iglesia. Los actos centrales de las fiestas  religiosas, adem&aacute;s de la misa eran las procesiones, y en las &eacute;pocas especiales  se esforzaban con mayor pompa y con el acto de fondo: el serm&oacute;n<sup><a href="#26">26</a></sup>.    <br>     <br> Las fiestas p&uacute;blicas fueron introducidas por los españoles en  la colonizaci&oacute;n americana fundi&eacute;ndose con las practicadas por los  nativos y los africanos tra&iacute;dos como esclavos, para conformar un mosaico  de rica expresi&oacute;n cultural. Expresi&oacute;n de la l&uacute;dica y la locura humana en la que  la diversi&oacute;n se manifestaba en las m&aacute;s extrañas y extravagantes formas de  comportamiento<sup><a href="#27">27</a></sup>. Eran precisamente esas conductas desordenadas las  que se deb&iacute;an limitar. Las leyes castellanas 2 y 3 t&iacute;tulo 7 libro 8  responsabilizaban con graves penas tales desv&iacute;os<sup><a href="#28">28</a></sup>. Es cierto que las  fiestas reun&iacute;an un esp&iacute;ritu comunitario, pero en ocasiones eran motivo de  conflictos, particularmente las celebraciones de negros y mulatos que ocupaban  las v&iacute;as y con sus juegos produc&iacute;an c&oacute;lera entre los vecinos<sup><a href="#29">29</a></sup>. Los  muchos excesos que ocasionaban los bailes y fandangos conllev&oacute;, por parte de la  Iglesia, a la prohibici&oacute;n con excomuni&oacute;n mayor en todas las di&oacute;cesis porque  &quot;estos bailes se reducen a una rueda, la mitad de ella toda de hombres y la otra  mitad toda de mujeres, en cuyo centro al son de un tambor y canto de varias  coplas bailan con deshonestidad un hombre y una mujer&quot;<sup><a href="#30">30</a></sup>.    <br>     <br> Las representaciones teatrales experimentaron tambi&eacute;n un control  riguroso, ya sea en las modalidades de comedia o tragedia, la cual, por su  tem&aacute;tica pod&iacute;a ser religiosa, que era la m&aacute;s abundante, en piezas  aleg&oacute;ricas, hagiogr&aacute;ficas y b&iacute;blicas; profana, presentando la comedia de  car&aacute;cter popular la mayor riqueza y variedad. Es de suponer, como  era usual en los centros urbanos habitados por españoles, que las  representaciones dram&aacute;ticas no faltaron en las principales  festividades del año<sup><a href="#31">31</a></sup>. En torno a &eacute;stas, los des&oacute;rdenes no  faltaron debido a las dificultades que encontraron los  promotores para que les concedieran licencia de  funcionamiento. En los primeros tiempos de la Colonia, principalmente, los  jueces eclesi&aacute;sticos promulgaron autos de prohibici&oacute;n especialmente sobre  las comedias desarrolladas durante la noche por el supuesto daño espiritual  que ocasionaban<sup><a href="#32">32</a></sup>. Los promotores interpon&iacute;an apelaci&oacute;n expresando la  duda de qui&eacute;n deb&iacute;a expedir los permisos, si la justicia civil o el juez  eclesi&aacute;stico, haci&eacute;ndose interminables las discusiones.    <br>     <br> Otro de los entretenimientos problem&aacute;ticos fue el de las corridas de  toros. Eran infaltables en todas las celebraciones no religiosas.  Durante la Colonia fue la diversi&oacute;n popular, la m&aacute;s apetecida y  agradable de todas. La pasi&oacute;n por la tauromaquia mostr&oacute; diversas variaciones.  Desde las corridas por las calles, el rejoneo, las montadas en los  toros a manera de rodeo, hasta el toreo<sup><a href="#33">33</a></sup>. Se dec&iacute;a que no  conven&iacute;a al p&uacute;blico porque mientras se alistaban los preparativos, los hombres  y mujeres se dedicaban al ocio y a ofender a Dios. Algunas  autoridades prefer&iacute;an conceder licencias los d&iacute;as de fiesta hasta la hora  oficial de la oraci&oacute;n<sup><a href="#34">34</a></sup>. Se intentaba regular, igualmente, que  en los mataderos los encargados del cuidado y abasto del ganado  facilitaran toros para lidiar<sup><a href="#35">35</a></sup>. La Iglesia, por su parte, fue  bastante enf&aacute;tica: &quot;su naturaleza es profana &#91;…&#93;, por eso su santidad por una  constituci&oacute;n prohibi&oacute; absolutamente estos espect&aacute;culos y m&aacute;s mand&oacute; so pena de  excomuni&oacute;n mayor a todos los pr&iacute;ncipes cristianos y aunque fuesen  reyes o emperadores y a todos los prelados eclesi&aacute;sticos que en  sus tierras o jurisdicciones no consintiesen que se lidien toros; y a los  particulares mand&oacute; que ni a pie ni a caballo los corriesen y que si muriesen no  los enterrasen en sagrado&quot;<sup><a href="#36">36</a></sup>.    <br>     <br> En cuanto a los juegos de boliche y otros de suerte tambi&eacute;n  prohibidos por las leyes con expedici&oacute;n de reales c&eacute;dulas, eran tolerados en  algunas fiestas como por ejemplo las de la Popa en Cartagena. Las leyes  municipales 2 y 7, art&iacute;culo 2, libro 7 las penalizaban con cierto rigor, sobre  todo cuando algunos se exced&iacute;an ante la permisi&oacute;n<sup><a href="#37">37</a></sup>.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>    <br> 5. Por la seguridad    <br> </b>    <br> La seguridad giraba principalmente en torno a las manifestaciones  delincuenciales que iban desde el robo y el ocio, protestas, motines,  alborotos y tumultos hasta las insurrecciones. Al respecto, la ronda se  constituy&oacute; en uno de los elementos de control m&aacute;s generalizado, advirtiendo que  las misiones de polic&iacute;a tuvieron un amplio espacio de acci&oacute;n. Se localizaban y  destru&iacute;an los cumbes y rochelas donde viv&iacute;an los malhechores, se reintegraban  los ind&iacute;genas a sus poblados, se vigilaban las irregularidades cometidas por las  autoridades provinciales y se capturaba a los delincuentes para entregarlos lo  antes posible a la justicia ordinaria<sup><a href="#38">38</a></sup>. La idea dominante era que  todos los habitantes vivieran en poblados y estuvieran sujetos a las  autoridades. Se persegu&iacute;a la presencia de vagos o individuos sin oficio  conocido y se ordenaba reintegrar al pueblo m&aacute;s pr&oacute;ximo a toda persona  sin residencia fija. De los disturbios era necesario estar pendientes.    <br>     <br> En los &uacute;ltimos tiempos de la &eacute;poca colonial, por ejemplo, cuando se  introdujeron elementos significativos en el control y limitaci&oacute;n de la  producci&oacute;n y comercializaci&oacute;n de la bebida de aguardiente de caña, se  despertaron inquietudes entre los sectores de la poblaci&oacute;n afectados por los  mecanismos de la restricci&oacute;n. Aunque las protestas no se dirigieron  exclusivamente contra las pol&iacute;ticas fiscales sino contra sus representantes, de  todos modos las autoridades locales deb&iacute;an estar muy atentas. Hacia 1785,  en la villa de Santa Cruz de Mompox se presentaron grandes disturbios,  y para restablecer el orden y la tranquilidad p&uacute;blicos fue nombrado alcalde  ordinario de segundo voto Pedro Mart&iacute;nez de Pinillos, recomendando el  virrey Antonio Caballero y G&oacute;ngora que procediera al desempeño de sus  funciones sin temor a influjos ocultos<sup><a href="#39">39</a></sup>. Aunque este tipo de  disputas fue com&uacute;n en donde iba apareciendo el estanco, los cosecheros lograban  al final algunas relaciones de equilibrio entre sus intereses y los  de la Real Hacienda. El pueblo raso, por su parte, opt&oacute; por el tumulto. Es  cierto que este tipo de acciones no fueron movimientos en contra del rey, pero  al rechazar a los estanqueros y guardas rompiendo frascos, derramando  aguardientes y agrediendo a los funcionarios<sup><a href="#40">40</a></sup>, se constitu&iacute;an en  factores perturbadores del orden p&uacute;blico y la autoridad civil deb&iacute;a hacerse  sentir.    <br>     <br> La carnicer&iacute;a tambi&eacute;n era un espacio de tensi&oacute;n social. Lo corto del abasto y  los altos precios hac&iacute;an que se presentaran frecuentes riñas y disputas,  pues al pueblo en general le importaba poco que las contrariedades en  el abasto, los cambios de precio y las alteraciones en el peso  tuvieran relaci&oacute;n directa con transformaciones profundas en la  demograf&iacute;a. Hab&iacute;a que manifestarse. El hurto de ganado fue una  constante durante la &eacute;poca colonial, con aumentos</p>     <p >significativos en &eacute;pocas de altos precios o escasez  del abasto<sup><a href="#41">41</a></sup>. Para lograr cierto control se prohib&iacute;a matar o  simplemente transitar con reses ajenas, que los ganados fueran siempre por los  caminos reales, que los negociantes de grasa y cueros tuvieran siempre permiso  del juez y que no se transportara ganado sin marcar, entre otros<sup><a href="#42">42</a></sup>.  Contra delitos y delincuentes espec&iacute;ficos se persegu&iacute;an hasta donde fuere  necesario, asentando cuanto antes posible las primeras diligencias y  entreg&aacute;ndolas con los reos y bienes aprehendidos a los jueces respectivos.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> En tal sentido, las rondas eran de vital importancia. Eran organizadas y  ejecutadas por el cabildo, por lo tanto los miembros de &eacute;ste deb&iacute;an  participar en gran medida. S&oacute;lo en ocasiones se excusaba la no  participaci&oacute;n de algunos<sup><a href="#43">43</a></sup>. Aquellos que no asist&iacute;an eran  generalmente por asuntos de remuneraci&oacute;n o por supuestos problemas  f&iacute;sicos: &quot;el teniente publico del Ministerio de Marina dice que como se  manifiesta en el documento &#91;…&#93; no se la haya asignado otro sueldo o salario que  los que pueda devengar… para poderse desprender del despacho p&uacute;blico para acudir  siempre de los llamados a las rondas nocturnas, actuaci&oacute;n de casos criminales y  ejecuciones de &uacute;ltimo suplicio o afrenta p&uacute;blica &#91;….&#93; Y hall&aacute;ndose obligado  puede resultar en grave perjuicio del real servicio en los negocios que puedan  ocurrir en aquel misterio &#91;…&#93; Y se librase la correspondiente prudencia  para que no le emplease en tales actos por su crecida edad, dilatado manejo de  la pluma y tener mal la mano derecha para veloz escritura&quot;<sup><a href="#44">44</a></sup>.    <br>     <br> Cuando se aprehend&iacute;a a alguien en el ejercicio de alg&uacute;n delito, las penas pod&iacute;an  ser severas si el caso lo ameritaba. Por ejemplo, condena de seis años de  servicio sin sueldo en el presidio de la ciudad por complicidad en un robo de  varias piezas de plata labrada. Por hurto, pena de cinco años en f&aacute;bricas  sirviendo a raci&oacute;n y sin sueldo, y cumplido esto, destierro por otros cinco  años; tambi&eacute;n por robo 200 azotes y 6 años de trabajo en factor&iacute;as sin recibir  paga y una vez terminada esta pena, proscripci&oacute;n por una d&eacute;cada; por  heridas hasta provocar la muerte, cuatro años de condena y otros seis de  destierro<sup><a href="#45">45</a></sup>. Otros recib&iacute;an penas de servicio perpetuo en f&aacute;bricas de  la ciudad y algunos eran remitidos al servicio militar y al trabajo en obras  p&uacute;blicas.    <br>     <br> <b>    <br> 6. Por el mercado local    <br> </b>    <br> Los vecinos de la ciudad dispon&iacute;an de lugares para efectuar sus  compras diarias, siendo el mercado local una de las actividades con que mayor  fuerza irrumpi&oacute; en la econom&iacute;a, destinado a satisfacer las necesidades. Se  caracterizaron por la variedad de productos que exhib&iacute;an en los  mostradores de sus tiendas: alimentos, vinos, velas, telas, utensilios de  cocina, cuchillos, rejos, calzado, g&eacute;neros, estampas, cuadros, libros, papel,  jab&oacute;n, especies, productos de la tierra, mantas, alpargatas, cebo, miel, entre  otros. Seg&uacute;n las instrucciones, las autoridades municipales ten&iacute;an  control sobre todos los establecimientos que exist&iacute;an en la ciudad y regulaban  el n&uacute;mero de &eacute;stos otorgando licencias de funcionamiento, adem&aacute;s de cobrar  un impuesto anual a las pulper&iacute;as y tiendas de mercader&iacute;as<sup><a href="#46">46</a></sup>.  Si alguno pretend&iacute;a participar en este negocio sin el debido  consentimiento se expon&iacute;a a la presi&oacute;n de las autoridades. A aquellos que, por  ejemplo, ofrec&iacute;an carnes sin la respectiva licencia, se les formaba  sumario y se les remit&iacute;a al comandante asign&aacute;ndoles la multa  correspondiente<sup><a href="#47">47</a></sup>.    <br>     <br> Las autoridades se encargaban de la cantidad y calidad de los abastos,  distribuci&oacute;n interna, pesos y medidas y, por supuesto, del control de precios.  En cuanto a esto &uacute;ltimo, la intervenci&oacute;n del pueblo en general era de suma  importancia para presionar medidas a su favor: &quot;comparecemos ante Vuestra Alteza  para que se sirva de poner tarifa en los bastimentos del sustento natural pues  hace mucho nos vemos afligidos y oprimidos con la alteraci&oacute;n exorbitante de  precios a que han subido los mantenimientos… hace tiempo se daba como  media arroba de pescado fresco por medio real, una fanegada de arroz cuando  m&aacute;s caro $7, ahora barato vale $10&quot;<sup><a href="#48">48</a></sup>. La idea era que se expidieran  normas para la tarifa de carne fresca, quesos, pescados, arroz, fr&iacute;jol, ma&iacute;z,  pl&aacute;tanos, yuca, etc. En los casos de los precios il&iacute;citos, se confiscaban los  productos y se destinaban a las casas de beneficencia o a los presos. El  fiel ejecutor pon&iacute;a precios topes para los v&iacute;veres y art&iacute;culos de  primera necesidad y tenia a su cargo la vigilancia y procesamiento de los  infractores.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Los habitantes igualmente fiscalizaban las acciones y los posibles  abusos cometidos por funcionarios encargados de dar funcionamiento al  mercado local. Por ejemplo, se prestaba la atenci&oacute;n debida a los llamados  problemas de regatoner&iacute;a, es decir, asuntos relacionados con el desfalco  material a las carnicer&iacute;as reales con el prop&oacute;sito de favorecer  intereses particulares aprovech&aacute;ndose de su poder jurisdiccional  competente<sup><a href="#49">49</a></sup>. Para evitar tales inconvenientes el abasto de  carne y en general de los suministros b&aacute;sicos deb&iacute;a estar monopolizado y se  penalizaba al que vendiera al margen del abastecedor oficial. Las  pol&iacute;ticas reforzaban el aislamiento comercial entre las provincias  sustent&aacute;ndose impl&iacute;citamente en la autosuficiencia de cada regi&oacute;n. Solamente  cuando la situaci&oacute;n lo ameritaba se tra&iacute;an los productos necesarios, como por  ejemplo a consecuencia de una prolongada sequ&iacute;a que reduc&iacute;a sustancialmente la  producci&oacute;n de ma&iacute;z y arroz, se consegu&iacute;a harina en cantidades suficientes de  provincias del interior<sup><a href="#50">50</a></sup>. Pero lo normal era prohibir la entrada  de alimentos, &quot;por cuanto autos de buena gobernaci&oacute;n prove&iacute;do y  provisiones despachadas por la Real Audiencia est&aacute; mandado que ninguna persona  pueda trajinar y llevar ni sacar harinas para la provincia de  Cartagena&quot;<sup><a href="#51">51</a></sup>. El castigo era aprehender la mercanc&iacute;a y aplicar  una multa de cierta cantidad de dinero.    <br>     <br> Se pretend&iacute;a favorecer el mercado local tanto para el pueblo como para los  abastecedores. Estos tambi&eacute;n presionaban por la venta a precio justo,  por ejemplo, si el prop&oacute;sito era abastecer la plaza de la ciudad tambi&eacute;n  conven&iacute;a no limitarle tanto el precio a productos esenciales como el pan, aceite  y sal. Los expendedores expresaron que &quot;no obstante para que no se experimente  la falta de abastos y lo padezca el pueblo se permiti&oacute; no habiendo alteraci&oacute;n en  el precio, siendo expuesto la contingencia del tiempo como por falta de aguas o  mucha abundancia &#91;...&#93; y aunque estas razones no tuvieron la eficacia que  los patrocina, favorece el no poder ser compelidos a vender por  precio injusto&quot;<sup><a href="#52">52</a></sup>. No quer&iacute;an que se les forzara a vender  con precios que los perjudicara.    <br>     <br> En fin, las autoridades interven&iacute;an en casi todos los aspectos de la  vida econ&oacute;mica, pues el correcto funcionamiento depend&iacute;a de un ajustado  control sobre las manifestaciones de este sector. En relaci&oacute;n con este  aspecto, era de suma importancia el manejo de las mercanc&iacute;as que proven&iacute;an de  territorios extranjeros por la v&iacute;a de la ilegalidad. Cuando se habla  acerca del mercado local debe tenerse en cuenta una contextualizaci&oacute;n, en este  caso, del contrabando que iba a proveer aquellos productos que la metr&oacute;poli no  pod&iacute;a ofrecer a estas ciudades.    <br>     <br> <b>    <br> 7. Por el comercio    <br> </b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> El buen orden en el comercio depend&iacute;a en gran medida del control ejercido sobre  el contrabando. Este fue uno de los problemas serios que se tuvo que afrontar en  la administraci&oacute;n de las Indias debido a que el desarrollo de las colonias en  ultramar super&oacute; la capacidad de suministro por parte da la metr&oacute;poli, adem&aacute;s que  España no tuvo un mercado interior lo suficientemente amplio como para absorber  los productos americanos<sup><a href="#53">53</a></sup>. Esta es la ra&iacute;z original del contrabando,  la necesidad de dar socialmente satisfacci&oacute;n a una carencia que obligaba a  suplir por medio de la importaci&oacute;n, en este caso, ilegal. La metr&oacute;poli debi&oacute;  favorecer el comercio con la apertura de nuevos caminos necesarios para la  comunicaci&oacute;n interior, moderar las leyes fiscales, extinguir los  estancos de aguardiente y tabaco, principalmente en las provincias mar&iacute;timas  como la de Cartagena<sup><a href="#54">54</a></sup>. Pero no lo hizo.    <br>     <br> Sin importar si exist&iacute;a o no justificaci&oacute;n para desarrollar este tipo  de comercio, por lo menos hab&iacute;a que combatirlo si no se pod&iacute;a erradicar. El  enfrentamiento al comercio il&iacute;cito o irregular comenz&oacute; con prohibiciones  reales generalmente in&uacute;tiles, terminando invariablemente en llamados  concretos al orden hacia la poblaci&oacute;n, expresados en los Bandos de  Buen Gobierno. Todas estas disposiciones, fuesen C&eacute;dulas, &Oacute;rdenes o  cualquier otra variante, eran enviadas directamente a los gobernadores,  oficiales reales, intendentes u otros funcionarios de importancia con el fin de  que sus contenidos se llevaran al conocimiento general de la poblaci&oacute;n<sup><a href="#55">55</a></sup>.    <br>     <br> La salida y entrada de embarcaciones deb&iacute;an experimentar una  celosa vigilancia. El administrador de aduanas deb&iacute;a reconocer las gu&iacute;as o  despachos de los barcos, decomisando el cargamento que se encontrara sin ese  preciso requisito; si el capit&aacute;n de la nave no presentaba el pase, se deten&iacute;a y,  formalizando las correspondientes diligencias, se daba cuenta a la autoridad  superior para aplicar el castigo respectivo si se determinaba su culpabilidad<sup><a href="#56">56</a></sup>.  Generalmente las penas contra los infractores o tratantes il&iacute;citos fue  la c&aacute;rcel, sin embargo no existi&oacute; un patr&oacute;n definido y estable en cuanto  al n&uacute;mero de años<sup><a href="#57">57</a></sup>. El que transportaba mercanc&iacute;a sin licencia era  castigado con una multa en dinero y cierto tiempo de destierro si se trataba de  una persona noble,</p>     <p >o cien azotes en el caso que no lo fuera<sup><a href="#58">58</a></sup>.  El administrador de aduanas asignaba guardas destinadas a la vigilancia de  los puertos y &quot;a la embarcaci&oacute;n que arribe despu&eacute;s de las oraciones tomen los  guardas raz&oacute;n puntual de su carga &#91;…&#93; y que se quede uno de ellos de custodia;  las que arriben con carga destinada a los lugares de arriba solo se han de tener  en el puerto tres d&iacute;as pero habi&eacute;ndose echar la carga en tierra para el  registro&quot;<sup><a href="#59">59</a></sup>. Por ning&uacute;n motivo se permiti&oacute; a los guardas el manejo  de las licencias tanto las tra&iacute;das por los barcos como las que  exped&iacute;a la administraci&oacute;n.    <br>     <br> Con el fin de identificar r&aacute;pidamente el contrabando dentro de la ciudad se  dispuso la pr&aacute;ctica de marcar los productos con un sello oficial, pues era  bastante com&uacute;n la no puesta en marcha de tales instrucciones. Se encarg&oacute; al  administrador de aduanas para que procediera a efectuar las diligencias  correspondientes para realizar un inventario de los productos sin marquilla  hallados en las tiendas<sup><a href="#60">60</a></sup>. El informe deb&iacute;a firmarse por las  dos partes. Igualmente los productos de contrabando posteriormente  habilitados por la declaraci&oacute;n de comiso deb&iacute;an circular  marquillados.    <br>     <br> El comercio de los productos mineros fue tambi&eacute;n sigilosamente vigilado. El  oficial de la Real Contadur&iacute;a y el Juez Comisionado deb&iacute;an averiguar sobre las  il&iacute;citas entradas y salidas de oro, &quot;los medios como se ejecutan y como  podr&aacute;n estorbarse por donde los de la Provincia de Antioquia tienen  comunicaci&oacute;n con los de la Provincia de Cartagena para este g&eacute;nero de  contrabando y su remedio &#91;…&#93; formaran el respectivo cuaderno para dar cuenta a  este superior gobierno&quot;<sup><a href="#61">61</a></sup>. El informe fue bastante preocupante:  de las tres partes de oro que anualmente se extra&iacute;an de los minerales de la  jurisdicci&oacute;n de las Reales cajas, apenas se manifestaba una; el oro se vend&iacute;a en  gran medida sin quintar y sin presentarlos a la contadur&iacute;a para su fundici&oacute;n.  Para controlar semejante desorden estaban las leyes 17 y 18 titulo 10 libro 8 de  la Recopilaci&oacute;n que prohib&iacute;a a los plateros fundir oro en polvo y reducirlo a  barras, adem&aacute;s que ordenaba visitar y registrar de improviso las plater&iacute;as tres  o cuatro veces al año y variando el orden para que no se anticiparan a  ocultarlo.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Sin embargo, aplicar orden fue bastante complicado porque las mismas  autoridades –algunos funcionarios beneficiados del negocio- actuaban con  negligencia. El gobierno superior estuvo muy pendiente para contenerlos y  expidi&oacute; &oacute;rdenes a delegados particulares de la ciudad para que presionaran a  los administradores a cumplir con las normas y funciones de su cargo.  Los conflictos estuvieron a la orden del d&iacute;a: &quot;comunicadas las providencias al  delegado para cortar el contrabando &#91;…&#93; se ha negado absolutamente a  obedecerlas, en este concepto he librado comisi&oacute;n para que se cumplan las  providencias o se les arreste bajo responsabilidad de encubrir el contrabando&quot;<sup><a href="#62">62</a></sup>.  En ocasiones la renuencia de los funcionarios estuvo relacionada con nexos  familiares con aquellos que introduc&iacute;an las mercanc&iacute;as en forma  ilegal, y si el encargado no utilizaba m&eacute;todo alguno para el cumplimiento  de su trabajo se proced&iacute;a a relegarlo del cargo.    <br>     <br> <b>    <br> 8. Por la ciudad</b>    <br>     <br> A favor de la ciudad se realizaron obras p&uacute;blicas, construcci&oacute;n de edificios y  casas, murallas y albarradas, limpieza y ornamentaci&oacute;n, y se velaba por los  desvalidos. Desde esta perspectiva el presupuesto se constituy&oacute; en punto de  arranque. Por lo tanto, no era demasiado lo que se pod&iacute;a desarrollar. Por  ejemplo, los dirigentes cartageneros aduc&iacute;an con raz&oacute;n que el muy  crecido presupuesto de la provincia de Cartagena, en su gran mayor&iacute;a, no se  destinaba al propio progreso material, sino a sostener principalmente el  aparato militar de defensa de los vastos reinos andinos. Un caso en  particular fue el año 1774, cuando del gasto anual se invirti&oacute; un poco m&aacute;s del  80% en asuntos militares, solamente un 2% se destin&oacute; al pago de salarios civiles  y casi nada a obras de desarrollo<sup><a href="#63">63</a></sup>, lo que refleja  la gran preocupaci&oacute;n por defender la ciudad tanto de enemigos internos  como externos. Entre 1761 y 1766, el gobernador Jos&eacute; de Sobremonte  adoquin&oacute; las calles para la defensa y orden&oacute; demoler todas las construcciones  que estaban dentro del radio de una legua de las fortificaciones, entre  ellas, el hospital de San L&aacute;zaro en Cartagena<sup><a href="#64">64</a></sup>.    <br>     <br> Con poco presupuesto asignado para obras publicas y la ayuda  econ&oacute;mica de sectores de la poblaci&oacute;n como los comerciantes, se deb&iacute;a  trabajar. La construcci&oacute;n de vallas que por ejemplo proteg&iacute;an a Mompox de las  subidas peri&oacute;dicas del r&iacute;o Magdalena, era un punto importante dentro de la  agenda. Entre los meses de junio y julio generalmente bajaban las aguas con gran  caudal. Como soluciones se suger&iacute;a variar el curso de la corriente construyendo  espigones de fajinas y estacas de 35 varas con 15 de grueso con  especificaciones a usanza de las que se hac&iacute;an en Europa con buenos  resultados, y para contener las provenientes de los playones se recomendaba  proteger la ciudad por la espalda con un simple malec&oacute;n<sup><a href="#65">65</a></sup>. Los costos  de las murallas a construir generalmente eran aportados por personas pudientes  de la poblaci&oacute;n y la benevolencia del virrey.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> En relaci&oacute;n con este punto se intentaba construir murallas de suficiente vigor:  &quot;comprendo de su orden hacer una albarrada, pero lo que se propone por cabildo  es obra de muy corta duraci&oacute;n que sin certeza podr&aacute; detener el &iacute;mpetu de las  aguas, si es una simple muralla que finaliza en su parte superior en media vara  sin estaqueado en sus cimientos&quot;<sup><a href="#66">66</a></sup>. Al final, por problemas de  dinero, la Junta Superior de Hacienda s&oacute;lo aprob&oacute; el entable de la obra  consultada por el ayuntamiento.    <br>     <br> La construcci&oacute;n o remodelaci&oacute;n de casas tambi&eacute;n era un asunto que deb&iacute;a seguir  ciertas reglas. Las autoridades locales vigilaban que las obras a realizar se  sujetaran a los requisitos previstos. Si pretend&iacute;an demoler unas edificaciones  con el prop&oacute;sito de levantar otras, por ejemplo, casas altas con sus respectivos  estribos para el seguro de la obra y para evitarle peligro a las dem&aacute;s casas<sup><a href="#67">67</a></sup>.  Si los estribos sal&iacute;an hacia la plaza m&aacute;s de lo indicado, se  suspend&iacute;a la obra y se reformaba la licencia de construcci&oacute;n.    <br>     <br> El aseo hacia parte de la ornamentaci&oacute;n urbana. Las calles tend&iacute;an m&aacute;s a  permanecer sucias que limpias, &quot;inmundas y ning&uacute;n aseo en todas ellas  se advierte, reducido el centro a un cenagal pestilente tan perjudicial a  los vecinos &#91;…&#93; no haya otro arbitrio para que pueda verificarse el aseo,  empedrado y conservaci&oacute;n de las calles&quot;<sup><a href="#68">68</a></sup>. No faltaban, por tanto, la  expedici&oacute;n de Real Cedula extensiva a toda clase de personas sin excepci&oacute;n  alguna, conventos, obras p&iacute;as o militares para que cada propietario de casa  arreglara y empedrara la suya. se ordenaba y mandaba a los vecinos y  moradores de la ciudad, que bajo pena de multa exigida por el  alguacil mayor o cualquiera de sus tenientes, se asearan las calles quitando  el lodo y cerrando los caños, de modo que el d&iacute;a señalado estuvieran todas  limpias; en Cartagena, por ejemplo, especialmente las calles de la Cochera y  Plaza de la Contadur&iacute;a, Plazuela de las Negras, Calle de las Carretas, Plazuela  de los Abuelles, la calle que iba desde Santo Toribio al convento de  Nuestra Señora de las Mercedes. Se exig&iacute;a que los balcones y ventanas  estuviesen colgados con el mayor aseo que se pudiera, manifestando el afecto a  la ciudad.    <br>     <br> <b>    <br> 9. Por la esclavitud    <br> </b>    <br> El orden en el sistema esclavista significaba en cierto modo lograr los &iacute;ndices  de productividad, controlar las huidas, las relaciones entre amos y subyugados,  facilitar la opci&oacute;n de la libertad en el tiempo pertinente, entre otros.  Las normas sobre negros se dieron generalmente para solucionar los  problemas que iban surgiendo, m&aacute;s que prevenirlos trataron de remediarlos. Las  exped&iacute;an entidades administrativas indianas, pues la Corona se inmiscuy&oacute; poco en  los problemas de los negros, salvo cuando era absolutamente necesario y  atendiendo alg&uacute;n requerimiento de las autoridades. Se intent&oacute; establecer un  cuerpo jur&iacute;dico organizado para el control de la poblaci&oacute;n esclava, pero a  excepci&oacute;n de las normas fijadas en cuanto a la producci&oacute;n, la hostilidad de los  amos hacia &eacute;stos fue persistente, rechazando toda regulaci&oacute;n del sistema que  usufructuaba, pues representaba un recorte de su gran poder sobre los siervos<sup><a href="#69">69</a></sup>.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Puesto que una de las caracter&iacute;sticas importantes del r&eacute;gimen  esclavista era la necesidad de mantener un ritmo de trabajo sin  interrupciones, ya que cualquier periodo en el que no se utilizaran los  esclavos representaba un costo de oportunidad para el propietario<sup><a href="#70">70</a></sup>,  las reglas de funcionamiento econ&oacute;mico fueron imprescindibles y  encaminadas siempre a incrementar la producci&oacute;n, puesto que la esclavitud  negra constituy&oacute; uno de los factores fundamentales en el desarrollo, por  ejemplo, de la agricultura en la Nueva Granada. Desde este punto de  vista, el control sobre las pr&aacute;cticas de cimarronaje se constitu&iacute;a en punto de  apoyo.    <br>     <br> El cimarronaje fue uno de los caminos utilizados por los esclavos  para zafarse del sistema, practicado insistentemente en la provincia  de Cartagena. Los amos se mostraban muy preocupados porque la  huida de los negros provocaba distorsiones econ&oacute;micas y problemas de seguridad  de muy graves consecuencias. Adem&aacute;s, los cimarrones ejerc&iacute;an una  perniciosa influencia sobre los negros que a&uacute;n permanec&iacute;an subyugados<sup><a href="#71">71</a></sup>.  En relaci&oacute;n con la ciudad de Cartagena, los palenques de Matudere y Tabacal  quedaban al norte, en tanto que los otros dos grupos se hallaban m&aacute;s hacia el  sur, d&aacute;ndose adem&aacute;s claras conexiones entre los negros alzados de la regi&oacute;n de  Sierra Mar&iacute;a y los del Noros&iacute;.    <br>     <br> Las medidas no se hicieron esperar, aunque en ocasiones encontradas. Los  cimarrones ten&iacute;an que ser eliminados, pero el problema fundamental era  que algunos fueron partidarios de equipar expediciones militares, ya que  les brindaban la oportunidad de ganar fama y prestigio; mientras otros,  bas&aacute;ndose en razones de orden financiero, se inclinaban a favor de otro sistema:  prefer&iacute;an apoyar las expediciones a los bosques organizadas por los mismos  colonos<sup><a href="#72">72</a></sup>. La Corona tambi&eacute;n quiso propiciar normas aunque un poco  fuera de contexto, como por ejemplo la Real C&eacute;dula de 1691 que hac&iacute;a libres  a los cimarrones. Su aplicaci&oacute;n hubiera significado la abolici&oacute;n de la  esclavitud, la entrega de tierras a los negros y el colapso econ&oacute;mico de la  regi&oacute;n que se apoyaba en el trabajo de los esclavos<sup><a href="#73">73</a></sup>.    <br>     <br> Es importante anotar que pese a que en 1540 la C&eacute;dula Real, en relaci&oacute;n con  negros huidos y alzados por los montes en la provincia de Cartagena, daba cuenta  de los fen&oacute;menos de rebeld&iacute;a, &eacute;sta no registraba acciones de enfrentamiento  guerrero con los españoles. Eran apenas negros en trance de huida. No obstante,  en 1575 los asentamientos que luego fueran palenques o fuertes de defensa y  ataque ya estaban en proceso activo de formaci&oacute;n. S&oacute;lo en 1603 el  movimiento cimarr&oacute;n aparece identificado en documentos como palenque y  el nombre de Domingo Bioho como l&iacute;der de la Matuna, el grupo contra el cual  se abalanzaron el gobernador De Suazo y sus huestes militares<sup><a href="#74">74</a></sup>.  Desde esta perspectiva, facilitar un espacio para la consecuci&oacute;n de la libertad  contrarrestaba en cierto porcentaje la opci&oacute;n de la huida.    <br>     <br> La manumisi&oacute;n fue una de las circunstancias favorables a los negros desde los  mismos inicios da la colonizaci&oacute;n de Am&eacute;rica, tuvo gran aceptaci&oacute;n en la  doctrina cristiana y sus ra&iacute;ces proced&iacute;an del derecho romano. Las Siete  Partidas entraron en considerables detalles para definir las condiciones  bajo las cuales pod&iacute;a verificarse la liberaci&oacute;n. &Eacute;stas eran m&aacute;s una  declaraci&oacute;n de principios legales y morales que una compilaci&oacute;n de  legislaci&oacute;n especifica; contemplaban la esclavitud como un mal  necesario, como una condici&oacute;n transitoria que no modificaba ni disminu&iacute;a  la naturaleza del esclavo y declaraba que la libertad era una de las m&aacute;ximas  posesiones humanas<sup><a href="#75">75</a></sup>. Expresaba que la libertad era  objetivo leg&iacute;timo del esclavo y que los amos que manumitieran a los  suyos hac&iacute;an un servicio a Dios al igual que los terceros  interesados que liberaban esclavos con sus donaciones de dinero.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> Un amo pod&iacute;a manumitir a su esclavo por testamento o por carta,  pero deb&iacute;a hacerlo por s&iacute; mismo, aceptando un precio justo fijado por  el juez local. Igualmente, la ley permiti&oacute; a los esclavos comprar su  carta de libertad por medio de cuotas<sup><a href="#76">76</a></sup>. En la ciudad de Cartagena y  en la villa de Mompox la compra de la libertad se estableci&oacute; en el  dispositivo legal de mayor importancia en el momento en que el  esclavo intentaba hacer suya la libertad. Obviamente sustentado por Las  Siete Partidas del Rey don Alfonso el Sabio y por el C&oacute;digo Negro Carolino,  especialmente para finales del siglo XVIII<sup><a href="#77">77</a></sup>.    <br>     <br> Las autoridades locales tambi&eacute;n velaban por el buen trato de los  propietarios hacia sus subyugados. Se prohib&iacute;a que ninguno de ellos negase el  permiso para casarse a menos que fuera con una esclava de otra poblaci&oacute;n. Los  amos deb&iacute;an suministrar la ropa y mantas que necesitaran sus negros sin ning&uacute;n  tipo de limitaci&oacute;n, as&iacute; como construirles habitaciones en sitios saludables. Al  final de la Colonia, por ejemplo, el C&oacute;digo Negro Carolino advert&iacute;a vigilar los  malos tratos de los amos mediante la visita anual de los Alcaldes de la  Hermandad. La Real C&eacute;dula de Aranjuez de 1789 fue bastante humana y, de acuerdo  con las circunstancias, exig&iacute;a m&aacute;s consideraci&oacute;n con los esclavos; cre&oacute; el cargo de Protector de Negros  y legisl&oacute; sobre vivienda, alimentaci&oacute;n, cuidados y adoctrinamiento de  los negros<sup><a href="#78">78</a></sup>. Algunas leyes iban encaminadas a la instrucci&oacute;n  religiosa que era lo &uacute;nico que compensaba a los subyugados de su miserable  suerte, a la par que los convert&iacute;a en sumisos, evitando as&iacute; problemas  que atentaran contra la seguridad interna y externa. Todas las medidas  a fin de cuentas pretend&iacute;an asegurar la tranquilidad dentro del sistema  esclavista.    <br>     <br> <b>    <br> 10. Por las relaciones pol&iacute;ticas    <br> </b>    <br> Los puestos pol&iacute;ticos dentro de la administraci&oacute;n colonial detentaban un poder  de prestigio que deb&iacute;a conservarse y exaltarse, lo que conllevaba  a enfrentamientos o litigios entre los representantes. Es decir, los  empleos p&uacute;blicos no s&oacute;lo se convirtieron en el espacio propicio para el abuso,  sino tambi&eacute;n en armas de competencia social entre quienes ten&iacute;an  enemistades o problemas penales civiles<sup><a href="#79">79</a></sup>. Tales situaciones deb&iacute;an  regularse.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> En torno a las funciones del cargo se presentaron pleitos entre los  funcionarios, la mayor&iacute;a de las cuales ten&iacute;an que ver con los l&iacute;mites de la  jurisdicci&oacute;n, autoridad particular y tratamientos que merec&iacute;an de acuerdo con la  posici&oacute;n en la jerarqu&iacute;a de funcionarios, entre otros. Com&uacute;nmente los capitanes  de guerra y administradores de la Real Hacienda se quejaban ante el gobernador  por la manera como los trataban los alcaldes ordinarios, cuando por ejemplo  efectuaban el cobro de alg&uacute;n impuesto. Supuestamente los estaban tratando  de una forma poco apropiada para el puesto que ejerc&iacute;an: &quot;a no ser tan  apetecible la paz y la tranquilidad con la buena armon&iacute;a que deben guardarse  especialmente unos con otros los jueces, aun por el decoro de su  propio ministerio, sin duda no hallara en la precisi&oacute;n de representar  el despreciativo modo con que tratan los alcaldes ordinarios&quot;<sup><a href="#80">80</a></sup>.  Las disputas de jurisdicci&oacute;n que ocurr&iacute;an entre capitanes de guerra,  corregidores y alcaldes eran frecuentes, pero lo peor fue que los l&iacute;mites nunca  estuvieron bien especificados. Los litigios relacionados con  circunscripciones nunca experimentaron un final claro ni pronto. Generalmente  el cruce de correspondencia entre el gobierno superior y las partes en  concurso era interminable y pod&iacute;an transcurrir meses y hasta años sin  llegar a una conclusi&oacute;n precisa ni transparente.    <br>     <br> En las elecciones para los cargos correspondientes a los cabildos  municipales tambi&eacute;n se experimentaron choques traum&aacute;ticos y complejos, puesto  que exist&iacute;an preferencias. Tanto las de alcalde de primera y segunda nominaci&oacute;n,  como las de procurador general se constituyeron en verdaderos espacios de  conflictos pol&iacute;ticos. Aquellos que ya estaban posesionados presionaban para  que sus preferidos subieran al poder, igualmente los que ya hab&iacute;an  experimentado tales posiciones o los que por primera vez lo buscaban,  mov&iacute;an todo lo necesario para cumplir sus objetivos<sup><a href="#81">81</a></sup>. En vista de los inconvenientes  presentados por los mandatarios locales en relaci&oacute;n con asuntos lectorales, el  cabildo en pleno adopt&oacute; una serie de medidas pertinentes. Por ejemplo, la  alternancia de la direcci&oacute;n en los actos p&uacute;blicos fuera del recinto tuvo que  reglamentarse.    <br>     <br> Las autoridades civiles de la ciudad disfrutaban la celebraci&oacute;n de  fiestas y desfiles cuya ostentaci&oacute;n deb&iacute;a corresponder al cargo. Con  el ofrecimiento de las fiestas, el uso de los atuendos propios por  los miembros del cabildo y la adopci&oacute;n de una etiqueta elaborada, los  notables del lugar impresionaban y se distingu&iacute;an del resto de la poblaci&oacute;n. Los  t&iacute;tulos, el orden riguroso para la ocupaci&oacute;n de los lugares y el lenguaje  ceremonial, indicaban la categor&iacute;a de los dirigentes y les aseguraban la  admiraci&oacute;n y el reconocimiento por parte de los otros<sup><a href="#82">82</a></sup>. Sin  embargo, el fraude no dejaba de presentarse, pues siempre alguien tomaba el  asiento que no le correspond&iacute;a y esto significaba una anomal&iacute;a.    <br>     <br> El agravio de un empleado p&uacute;blico a cualquier otra persona y el  abuso de poder, igualmente pueden enmarcarse dentro de los comportamientos a  regular en las relaciones pol&iacute;ticas. El cargo p&uacute;blico denotaba una posici&oacute;n  prestigiosa dentro de la configuraci&oacute;n social. El reconocimiento ante los dem&aacute;s  era adquirido una vez se tomaba posesi&oacute;n del empleo. Sin embargo, a pesar de las  muchas oportunidades sociales y de prestigio que se obten&iacute;an con el  puesto, tambi&eacute;n eran muchos los peligros inherentes a &eacute;ste. Uno de esos,  precisamente, se relacionaba con el exceso de autoridad. Era bastante complicado  abstraerse de los beneficios que iban sujetos a empleos tan importantes como  &eacute;stos, y ninguno de los que pasaron por tales sillas fue la excepci&oacute;n a la  regla. Todos acariciaron y consideraron la oportunidad de sobrepasarse<sup><a href="#83">83</a></sup>.  Constantemente luchaban con los riesgos del abuso, experimentando algunos el  deseo de realizarlo lo m&aacute;s pronto posible y otros conteniendo el ansia para  mantenerse rectos.    <br>     <br> Para controlar la conducta de los funcionarios y establecer responsabilidades,  la administraci&oacute;n colonial dispuso de la visita y la residencia. Esta &uacute;ltima  tomaba la forma de un juicio. Conducido por un juez de residencia, se  efectuaba la investigaci&oacute;n sobre la conducta y manejo de los asuntos  confiados a cargos de funcionarios que particularmente ten&iacute;an jurisdicci&oacute;n y  manejo de caudales<sup><a href="#84">84</a></sup>. Es decir, que hasta las funciones de exclusiva  incumbencia de las autoridades locales como trazado de la ciudad, medidas de  urbanismo y ornato, fijaci&oacute;n de aranceles –como la tarifa oficial de derechos que deb&iacute;an cobrar los oficiales  concejales y algunos profesionales por sus servicios y lo que pod&iacute;an cobrar  los artesanos por la confecci&oacute;n de determinados art&iacute;culos-, entre otros, estaban  en cierta medida fiscalizadas.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>    <br> 11. Conclusi&oacute;n    <br> </b>    <br> El sistema pol&iacute;tico y econ&oacute;mico de una sociedad en cualquier tiempo hist&oacute;rico  hace parte de la vida cotidiana. La esclavitud, que sustent&oacute; con mano de obra  por m&aacute;s de 300 años los pilares de la econom&iacute;a en estas dos ciudades, se  estructur&oacute;, consolid&oacute;, orden&oacute; y agot&oacute; d&iacute;a a d&iacute;a. Las pol&iacute;ticas en  cuanto al control del contrabando se aplicaban y reg&iacute;an las 24  horas, tal como suced&iacute;a con las actividades administrativas. El buen orden es  un asunto de todos los d&iacute;as, de la vida cotidiana, y su campo de acci&oacute;n es  bastante amplio.    <br>     <br> El cuerpo de la investigaci&oacute;n tambi&eacute;n advierte sobre el papel de la  Iglesia y el cabildo en la estructuraci&oacute;n del orden cotidiano, pues eran  precisamente reguladoras de los comportamientos. El cabildo de la ciudad,  por ejemplo, tuvo siempre a su cargo ordenar el abasto de carne y  v&iacute;veres, las obras y fiestas p&uacute;blicas, el mantenimiento del hospital, los  caminos y los puentes, el control de pesas y medidas, entre otros. La Iglesia,  por su parte, aunque ejerc&iacute;a gran influencia sobre todas las esferas de la vida,  se encargaba con mayor propiedad de los asuntos relacionados con la moral.</p> <hr size="1">     <p><b>Comentarios</b></p>      <p ><sup><a name="1">1</a></sup> BOYER, Richard, &quot;Las mujeres, la mala  vida y la pol&iacute;tica del matrimonio&quot;, en Sexualidad y matrimonio en la  &eacute;poca hisp&aacute;nica, siglos XVI-XVIII, M&eacute;xico, Editorial Grijalbo, 1989, p. 274.  </p>     <p ><sup><a name="2">2</a></sup> GARRIDO, Margarita, &quot;La vida cotidiana y  p&uacute;blica en las ciudades coloniales&quot;, en Historia de la vida cotidiana en  Colombia, Bogota, Grupo Editorial Norma, 1996, p. 134.  </p>     <p ><sup><a name="3">3</a></sup> RODRIGUEZ, Pablo, &quot;Casa y orden cotidiano en  el Nuevo Reino de Granada, siglo XVIII&quot;, en Historia de la vida cotidiana en  Colombia, Bogot&aacute;, Grupo Editorial Norma, 1996, p. 115.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="4">4</a></sup> BELL LEMUS, Gustavo, Cartagena de Indias: de  la Colonia a la Rep&uacute;blica, Bogot&aacute;, Fundaci&oacute;n Sim&oacute;n y Lola Guberek, 1991, p. 97.  Las comunidades y poblaciones ten&iacute;an que ser vigiladas no solo en su interior,  sino tambi&eacute;n del contacto con los hombres libres de la rochela, puesto  que se consideraba que eran portadores de los vicios y pecados.  </p>     <p ><sup><a name="5">5</a></sup> CALVO, Thomas, &quot;Calor de hogar: las familias  del siglo XVII en Guadalajara&quot;, en Sexualidad y matrimonio en la &eacute;poca  hisp&aacute;nica, siglos XV-XVIII, M&eacute;xico, Editorial Grijalbo, 1989, p. 327.  </p>     <p ><sup><a name="6">6</a></sup> BELL, Gustavo, p. 98.  </p>     <p ><sup><a name="7">7</a></sup> Archivo General de la Naci&oacute;n (en adelante  A.G.N.). Secci&oacute;n Colonia. Fondo Polic&iacute;a. Tomo 6, folio 500.  </p>     <p ><sup><a name="8">8</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 10, folios 519  y 527.  </p>     <p ><sup><a name="9">9</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 8, folio 520.  </p>     <p ><sup><a name="10">10</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 11, folio 385.  </p>     <p ><sup><a name="11">11</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, La sociedad de Santa  fe colonial, Bogot&aacute;, Cinep, 1990, p. 283.  </p>     <p ><sup><a name="12">12</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 5, folio 258.  </p>     <p ><sup><a name="13">13</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, p. 291.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="14">14</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 5, folios  260’262.  </p>     <p ><sup><a name="15">15</a></sup> DEL CASTILLO MATHIEU, Nicol&aacute;s, Los  gobernadores de Cartagena de Indias 1504-1810, Bogot&aacute;, Academia Colombiana de  Historia, 1998, pp. 27-28. Preocupado con esta situaci&oacute;n, comenz&oacute; por  hacer medir y nivelar el trayecto que hab&iacute;a de recorrer un nuevo acueducto.  </p>     <p ><sup><a name="16">16</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 5, folio 552.  </p>     <p ><sup><a name="17">17</a></sup> RODRIGUEZ, Pablo, &quot;Casa y orden  cotidiano...&quot; , p. 72.  </p>     <p ><sup><a name="18">18</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 7, folio 60.  </p>     <p ><sup><a name="19">19</a></sup> SOLANO, Jairo, Salud, cultura y sociedad en  Cartagena de Indias, siglos XVI y XVII, Barranquilla, Fondo de Publicaciones de  la Universidad del Atl&aacute;ntico, 1998, p. 79.  </p>     <p ><sup><a name="20">20</a></sup> CORRALES, Manuel Ezequiel, Efem&eacute;rides y  anales del estado de Bol&iacute;var, Bogot&aacute;, Carlos Valencia Editores, 1999,  p.124.  </p>     <p ><sup><a name="21">21</a></sup> CONDE CALDER&Oacute;N, Jorge, Espacio,  sociedad y conflictos en la Provincia de Cartagena 1740-1815,  Barranquilla, Fondo de Publicaciones de la Universidad del Atl&aacute;ntico, 1999, p.  98.  </p>     <p ><sup><a name="22">22</a></sup> RODRIGUEZ, Pablo, Cabildo y vida urbana en  el Medell&iacute;n colonial, Medell&iacute;n, Universidad de Antioquia, 1992, p. 91.  </p>     <p ><sup><a name="23">23</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 11, folio 212.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="24">24</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, p. 303.  </p>     <p ><sup><a name="25">25</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 4, folio 17.  </p>     <p ><sup><a name="26">26</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, p. 307.  </p>     <p ><sup><a name="27">27</a></sup> ARQUEZ VAN STRALHEN, Oscar, &quot;Carnaval en la  regi&oacute;n momposina&quot;, en Bolet&iacute;n historial, Mompox, Nº. 29-30, Academia de Historia  de Santa Cruz de Mompox, 1998, pp. 213 y 214.  </p>     <p ><sup><a name="28">28</a></sup> REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, Las Siete  Partidas, Madrid, Imprenta Real, 1807.  </p>     <p ><sup><a name="29">29</a></sup>RODRIGUEZ, Pablo, cabildo y vida urbana…, p.  98.  </p>     <p ><sup><a name="30">30</a></sup> CORRALES, Manuel Ezequiel, p. 154. Se acord&oacute;  con el Obispo prohibirlas por las noches en las v&iacute;speras de d&iacute;as de fiestas para  que no se quedaran sin misa al d&iacute;a siguiente fatigados o descansando la mala  noche.  </p>     <p ><sup><a name="31">31</a></sup> ORJUELA, H&eacute;ctor, El teatro en la Nueva  Granada, siglos XVI-XVIII, Bogot&aacute;, Impreandes, 2000, p. 40.  </p>     <p ><sup><a name="32">32</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 10 folio 284.  </p>     <p ><sup><a name="33">33</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, p. 311. Las primeras  noticias sobre el juego de toros datan de finales del siglo XVI, hasta el XVII  se debieron jugar enamorados, es decir, enlazados por los cueros por una cuerda  cuyo extreme opuesto manejaba de a caballo un experto. En el siglo XVIII  aparecen otras tauromaquias, pues los toros est&aacute;n sueltos no enamorados, m&aacute;s  cercano al toreo posterior.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="34">34</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 11, folio 531.  </p>     <p ><sup><a name="35">35</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 10, folio 322.  </p>     <p ><sup><a name="36">36</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 4, folio 52.  </p>     <p ><sup><a name="37">37</a></sup> LUCENA SALMORAL, Manuel, El sistema de  cuadrillas de ronda para la seguridad de los llanos a fines del periodo  colonial, Caracas, Academia Nacional de Historia, 1979, p. 205.  </p>     <p ><sup><a name="38">38</a></sup> MORA DE TOVAR, Gilma, Aguardiente y  conflictos sociales en la Nueva Granada durante el siglo XVIII, Bogota,  Universidad Nacional, 1988, p. 178.  </p>     <p ><sup><a name="39">39</a></sup> CORRALES, Manuel Ezequiel, p. 128.  </p>     <p ><sup><a name="40">40</a></sup> MORA DE TOVAR, Gilma, pp. 73, 220.  </p>     <p ><sup><a name="41">41</a></sup> RODR&Iacute;GUEZ, Pablo, Cabildo y vida urbana, p.  80.  </p>     <p ><sup><a name="42">42</a></sup> LUCENA SALMORAL, Manuel, El sistema de  cuadrillas de ronda..., pp. 193, 196.  </p>     <p ><sup><a name="43">43</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 2, folio 632.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="44">44</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 4, folio 64.  </p>     <p ><sup><a name="45">45</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 6, folios 506  y 507.  </p>     <p ><sup><a name="46">46</a></sup> VARGAS LESMES, Juli&aacute;n, pp. 157-159, 226.  </p>     <p ><sup><a name="47">47</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 7, folio 729.  </p>     <p ><sup><a name="48">48</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 3, folio  978-980.  </p>     <p ><sup><a name="49">49</a> </sup>A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 6, folios 411  y 418.  </p>     <p ><sup><a name="50">50</a></sup> M&Uacute;NERA, Alfonso, El fracaso de la Naci&oacute;n.  Regi&oacute;n, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1810), Bogot&aacute;, Banco de la  Rep&uacute;blica/&Aacute;ncora Editores, 1998, p. 141.  </p>     <p ><sup><a name="51">51</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 7, folio 565.  </p>     <p ><sup><a name="52">52</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 3, folios 91 y  102.  </p>     <p ><sup><a name="53">53</a></sup>ARAUZ MONFANTE, Celestino, El contrabando en  el Caribe durante la primera mitad del siglo XVIII, Caracas, Academia Nacional  de Historia, 1984, p. 13.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="54">54</a></sup> POMBO, Jos&eacute; Ignacio, Comercio y contrabando  en Cartagena de Indias, Bogot&aacute;, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986, p.  58.  </p>     <p ><sup><a name="55">55</a></sup> AIZPURUA, Ram&oacute;n, Curazao y la costa de  Caracas, Caracas, Academia Nacional de Historia, 1993. p. 134.  </p>     <p ><sup><a name="56">56</a></sup> A.G.N. Colonia. Contrabando. Tomo 15, folio  686.  </p>     <p ><sup><a name="57">57</a></sup> FELICIANO, H&eacute;ctor, El contrabando ingl&eacute;s en  el Caribe y en el golfo de M&eacute;xico, Sevilla, Diputaci&oacute;n Provincial de Sevilla,  1990, p. 250.  </p>     <p ><sup><a name="58">58</a></sup> GARCIA-BAQUERO, Antonio, La carrera de  Indias, Sevilla, Algaida Editores, 1992, p. 28.  </p>     <p ><sup><a name="59">59</a></sup> A.G.N. Colonia. Contrabando. Tomo 15, folio  689.  </p>     <p ><sup><a name="60">60</a></sup> A.G.N. Colonia. Contrabando. Tomo 22, folios  543 y 546.  </p>     <p ><sup><a name="61">61</a></sup> A.G.N. Colonia. Contrabando. Tomo 12, folio  794.  </p>     <p ><sup><a name="62">62</a></sup> A.G.N. Colonia. Contrabando. Tomo 22, folio  547.  </p>     <p ><sup><a name="63">63</a></sup> M&Uacute;NERA, Alfonso, p. 137.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="64">64</a></sup> DEL CASTILLO MATHIEU, Nicol&aacute;s, p. 104.  </p>     <p ><sup><a name="65">65</a></sup> JARAMILLO SILVA, Ernesto Hernando, &quot;Avenidas  y veleidades fluviales y amurallamiento de la albarrada de Mompox&quot;, en Bolet&iacute;n  Historial, Mompox, Nº. 29-30, Academia de Historia de Santa Cruz de Mompox,  1998, pp. 92 y 95.  </p>     <p ><sup><a name="66">66</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. tomo 5, folio 328.  </p>     <p ><sup><a name="67">67</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 5, folio 684.  </p>     <p ><sup><a name="68">68</a></sup> A.G.N. Colonia. Polic&iacute;a. Tomo 4, folio 351.  </p>     <p ><sup><a name="69">69</a></sup> LUCENA SALMORAL, Manuel, Los c&oacute;digos  negros de la Am&eacute;rica española, Alcal&aacute; de Henares, Ediciones  Unesco-Universidad de Alcal&aacute;, 1996, pp. 7 y 10.  </p>     <p ><sup><a name="70">70</a></sup> MEISEL ROCA, Adolfo, &quot;Esclavitud,  mestizaje y hacienda en la provincial de Cartagena 1533-1851&quot;, en  Desarrollo y sociedad, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes, N&ordm; 4, 1980, p. 247.  </p>     <p ><sup><a name="71">71</a></sup> BORREGO PLA, Mar&iacute;a del Carmen,  Palenques de negros en Cartagena de Indias a finales del siglo XVII,  Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1977, p. 25.  </p>     <p ><sup><a name="72">72</a></sup> DE KOM, Ant&oacute;n, Nosotros esclavos de Surinam,  La Habana, Casa de las Am&eacute;ricas, 1981, p. 44.  </p>     <p ><sup><a name="73">73</a></sup> DE FRIEDEMAN, Nina S., AROCHA, Jaime. De sol  a sol, Bogot&aacute;, Editorial Planeta, 1986, p.156.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="74">74</a> </sup>DE FRIEDEMAN, Nina S., CROSS, Richard. Ma  Ngombe: guerreros y ganaderos en palenque, Bogot&aacute;, Carlos Valencia Editores,  1979, p. 66.  </p>     <p ><sup><a name="75">75</a></sup> REAL ACADEMIA DE HISTORIA, Las Siete  Partidas, Tercera parte t&iacute;tulo 2 ley 8; t&iacute;tulo 5 ley 4; t&iacute;tulo 14 ley 5; t&iacute;tulo  33 regla 1; cuarta parte t&iacute;tulo 5 pr&oacute;logo; t&iacute;tulo 21 leyes 1 y 13.  </p>     <p ><sup><a name="76">76</a></sup> TANENBAUM, Frank, El negro en las Am&eacute;ricas,  Buenos Aires, Biblioteca Americana Latina, 1968, p. 55.  </p>     <p ><sup><a name="77">77</a></sup> MUN&Iacute;VE, Mois&eacute;s, &quot;liberaci&oacute;n por compra  en los tribunales: ciudad de Cartagena y Villa de Mompox. Siglo  XVIII, un estudio de casos&quot;, en Bolet&iacute;n Historial, Momp&oacute;x, N&ordm; 29-30,  Academia de Historia de Santa Cruz de Momp&oacute;x, 1998, pp. 229 y 260.  </p>     <p ><sup><a name="78">78</a></sup> LUCENA SALMORAL, Manuel, Los C&oacute;digos …, p.  80.  </p>     <p ><sup><a name="79">79</a></sup> JARAMILLO URIBE, Jaime, Ensayos de historia  social, Bogot&aacute;, Tercer Mundo Editores, 1989, p. 188.  </p>     <p ><sup><a name="80">80</a> </sup>A.G.N. Colonia. Empleados P&uacute;blicos de  Bol&iacute;var. Tomo 2, folio 2.  </p>     <p ><sup><a name="81">81</a></sup> A.G.N. Colonia. Empleados P&uacute;blicos de  Bol&iacute;var. Tomo 6, folio 670.  </p>     <p ><sup><a name="82">82</a></sup> GARRIDO, Margarita, Reclamos y  representaciones. Variaciones sobre la pol&iacute;tica en el Nuevo Reino de  Granada, 1770-1815, Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica, 1993, p. 223.  </p>     <p ><sup><a name="83">83</a></sup> A.G.N. Colonia. Empleados P&uacute;blicos de  Bol&iacute;var. Tomo 19, folio 664. Tomo 3, folio 525.  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a name="84">84</a></sup> JARAMILLO URIBE, Jaime, &quot;La  administraci&oacute;n colonial&quot;, en Manual de historia de Colombia, Bogot&aacute;,  Biblioteca Colombiana de Cultura, 1978, tomo 1, p. 359.  </p>  </font>      ]]></body>
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