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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El porvenir del pasado: Gilberto Alzate Avendaño, sensibilidad leoparda y democracia. La derecha colombiana de los años treinta]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p><b><font size="4">Ayala Diago, C&eacute;sar Augusto.    <br>     <i>El porvenir del pasado: Gilberto Alzate Avendaño, sensibilidad leoparda y democracia. La derecha colombiana de los años treinta.</i>    <br> Bogot&aacute;: Fundaci&oacute;n Gilberto Alzate Avendaño - Gobernaci&oacute;n de Caldas - Universidad Nacional de Colombia, 2007, 559 pp.</font></b></p>     <p>Gilberto Loaiza Cano</p>     <p>Profesor asociado del Departamento de Historia de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). <a href="mailto:juegomivida1@yahoo.es"><u>juegomivida1@yahoo.es</u></a></p> <hr size="1">     <p><b>Una historiograf&iacute;a pol&iacute;tica conservadora</b></p>     <p>Dos libros recientes testimonian el avance de una historiograf&iacute;a pol&iacute;tica conservadora en Colombia. El primero es el libro que voy a comentar del profesor Ayala Diago; el otro, del que me ocupar&eacute; en detalle en otra ocasi&oacute;n, es del profesor Ricardo Arias Trujillo<a name="s1" href="#p1"><sup>1</sup></a>. El asunto no puede pasar inadvertido y me parece dif&iacute;cil reducirlo al espacio angosto de la reseña cr&iacute;tica. Empecemos por decir que desde 1982, o antes, Ayala Diago viene estudiando los populismos frustrados en la Colombia del siglo XX. Ha recorrido un largu&iacute;simo y prol&iacute;fico camino en la construcci&oacute;n de una l&iacute;nea muy definida en la interpretaci&oacute;n de la historia pol&iacute;tica colombiana; han sido m&aacute;s de veinticinco años, cuatro libros<a name="s2" href="#p2"><sup>2</sup></a>, la enseñanza de la historia en universidades de Armenia, Popay&aacute;n, Bucaramanga y Bogot&aacute;; una estad&iacute;a en Brasil y una relaci&oacute;n muy fecunda con colegas de varios pa&iacute;ses. Tal ha sido su compromiso con la forma de entender y reconstruir la vida p&uacute;blica colombiana, que hace poco obtuvo el grado de Mag&iacute;ster en Lingü&iacute;stica, con el fin de dotar de mayor refinamiento interpretativo su constante an&aacute;lisis de los discursos de los agentes y medios de difusi&oacute;n de la pol&iacute;tica. Tambi&eacute;n es necesario mencionar la voluminosa y paciente acumulaci&oacute;n de testimonios de historia oral. Tal trabajo permite pensar que &eacute;l es, quiz&aacute;s, el historiador colombiano que mejor conoce el personal pol&iacute;tico de la segunda mitad del siglo XX. Sospecho con algo de iron&iacute;a y mucho de sinceridad que Ayala Diago acumula la suficiente informaci&oacute;n -y m&aacute;s- para escribir una especie de diccionario de la pol&iacute;tica colombiana del siglo anterior. En fin, su trayectoria revela una laboriosa artesan&iacute;a intelectual y un compromiso con un oficio, que exige ante todo una indoblegable paciencia y una irredimible voluntad de persistir.</p>     <p>Todo ese tiempo y esfuerzo han ido perfilando una personalidad ya bien definida. Este acad&eacute;mico ha insistido en escribir un tipo de historia pol&iacute;tica ceñida a una temporalidad y unos problemas m&aacute;s o menos precisos: sus tres primeros libros se han detenido principalmente en los movimientos de oposici&oacute;n al Frente Nacional, pero la &uacute;ltima de estas tres obras señala un cambio significativo porque arranca desde inicios del siglo XX. Sin embargo, ha hecho prevalecer sin concesiones una muy particular concepci&oacute;n del ejercicio narrativo de la historia. Todo esto lo ha hecho sin muchas pretensiones te&oacute;ricas; le ha preocupado poco escribir exordios conceptuales y no es f&aacute;cil hallar en sus obras definiciones categ&oacute;ricas o expl&iacute;citas, por ejemplo, del fen&oacute;meno populista, aunque esa sea la materia prima de muchos de sus estudios. Él ha preferido un camino m&aacute;s descriptivo, como si pretendiera dejar que los hechos y los individuos hablen por s&iacute; solos, seg&uacute;n el prop&oacute;sito de una vieja escuela historiogr&aacute;fica. Él ha preferido introducir al lector en el microcosmos del funcionamiento cotidiano de un movimiento pol&iacute;tico, como si se tratara de elaborar un diario o una memoria, o como si tratara, siguiendo a uno de sus autores tutelares -Clifford Geertz-, de introducirnos en una densa descripci&oacute;n del entramado cultural de una comunidad pol&iacute;tica. Tampoco hay que despreciar que Ayala Diago es un juicioso lector de la obra de Mija&iacute;l Bajt&iacute;n, y parece que no s&oacute;lo ha puesto en pr&aacute;ctica su noci&oacute;n de polifon&iacute;a en cuanto a la manera de escudriñar las voces diversas de la pol&iacute;tica, sino tambi&eacute;n en la representaci&oacute;n de esas voces en la composici&oacute;n narrativa. El resultado obtenido consiste en una historia pol&iacute;tica profusamente documental y documentada y tal vez demasiado sostenida por la estructura superficial de los discursos que contrapuntean en las publicaciones peri&oacute;dicas. Lo que dice o deja de decir la prensa y lo que dice o deja de decir tal o cual protagonista o testigo en una entrevista se convirtieron en las principales y casi exclusivas fuentes documentales de sus libros. Ese rasgo es determinante y decisivo en su obra y tambi&eacute;n puede verse como su m&aacute;s ostensible defecto. Pero de todos modos, ese culto al detalle y a la minucia, esa apelaci&oacute;n obsesiva al testimonio, la constante introducci&oacute;n de las voces de los protagonistas y esa ilusi&oacute;n de cercan&iacute;a (es eso, tan s&oacute;lo una ilusi&oacute;n) constituyen, a mi modo de ver, uno de los rasgos m&aacute;s evidentes y definitorios de lo que ha sido para Ayala Diago la escritura de la historia pol&iacute;tica.</p>     <p>Esa man&iacute;a descriptiva ha brindado resultados verdaderamente “mamotr&eacute;ticos” e intimidantes. Sus libros, especialmente este &uacute;ltimo, son un verdadero reto incluso para lectores acostumbrados a faenas de largo aliento ante vol&uacute;menes farragosos. <i>El porvenir del pasado </i>es apenas el primer tomo de una trilog&iacute;a anunciada. Es decir, el autor nos advierte que el estudio de la trayectoria del pol&iacute;tico conservador Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960) va a hacer asunto que superar&aacute;, muy probablemente, las mil quinientas p&aacute;ginas. De hecho, el primer tomo es un minucioso relato de casi setecientas paginas (el tamaño microsc&oacute;pico de la letra permiti&oacute; reducir el asunto a poco m&aacute;s de quinientas, algo que el lector no podr&aacute; agradecer jam&aacute;s) que tan s&oacute;lo reconstruye el periodo comprendido entre 1910 y 1939. El esp&iacute;ritu de s&iacute;ntesis explicativa todav&iacute;a no ha invadido al profesor Ayala Diago, pero nos queda la esperanza de que el proceso largo y lento de madurez por el que ha caminado le ofrezca un momento de solaz para dedicarse a ver el paisaje. Me parece una necesidad obvia de un investigador en las ciencias humanas detenerse a sistematizar y definir categor&iacute;as. Ese momento se lo deseamos y esperamos que &eacute;l mismo se lo haya propuesto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Todas sus obras se han concentrado en las disidencias pol&iacute;ticas que han querido zafarse de los partidos tradicionales e incluso del partido comunista. Ha preferido seguirle la pista a aquellos pol&iacute;ticos e intelectuales que han intentado fundar y sostener proyectos de organizaci&oacute;n pol&iacute;tica opuestos al bipartidismo; a aquellos que han enunciado un socialismo heterodoxo con nociones de la democracia mucho m&aacute;s amplias y m&aacute;s elaboradas que las reducidas nociones de las dirigencias liberal y conservadora, y de la dirigencia comunista engolosinada con su r&iacute;gido marxismo-leninismo. Con este &uacute;ltimo libro Ayala Diago se ha afrmado en un espectro tem&aacute;tico que desaf&iacute;a la predominante historiograf&iacute;a liberal, aquella que ha dejado marcas dif&iacute;ciles de borrar a la hora de reconstituir el paisaje complejo de nuestra historia pol&iacute;tica. En <i>El porvenir del pasado</i>, el autor introduce con lujo de detalles una historiograf&iacute;a de las derechas en Colombia, de las expresiones del nacionalismo cat&oacute;lico y fascista y del populismo conservador. Nos ha obligado a pensar seriamente en la cultura pol&iacute;tica conservadora que la historiograf&iacute;a colombiana predominantemente liberal nos hab&iacute;a hecho olvidar.</p>     <p>Tal aporte no es balad&iacute;. Poco nos hemos detenido a pensar en el enorme lugar com&uacute;n que nos ha preparado, como una celada, aquella historiograf&iacute;a que ha hecho comenzar la historia de nuestra presunta modernidad con las reformas liberales de la mitad del siglo XIX, una historia que terminaba con la derrota del proyecto modernizador liberal en el ascenso de la Regeneraci&oacute;n. Esa forma angosta de ver nuestra historia nos hab&iacute;a hecho creer que la dirigencia liberal era portadora, de manera incontrovertible, de un proyecto pol&iacute;tico m&aacute;s democr&aacute;tico e igualitario; que su ideal modernizador en la econom&iacute;a, el que se plasmaba en el librecambio, armonizaba con la difusi&oacute;n y puesta en pr&aacute;ctica de libertades civiles y con la secularizaci&oacute;n de la vida p&uacute;blica en que la Iglesia cat&oacute;lica ocupaba un puesto privilegiado. No obstante, nuestra historia vista de otro modo tambi&eacute;n puede mostrar que las elites liberales colombianas fueron portadoras de un aristocratismo pol&iacute;tico y social, que le dificult&oacute; desde 1830 hasta hoy unas relaciones org&aacute;nicas y armoniosas con los sectores populares.</p>     <p>En lo que respecta al siglo XIX, la historia est&aacute; por reescribirse. El partido cat&oacute;lico en Colombia fue mucho m&aacute;s precoz en su organizaci&oacute;n que el partido liberal; los ide&oacute;logos de un ideal de rep&uacute;blica cat&oacute;lica fueron m&aacute;s consistentes y perseverantes que los vacilantes ide&oacute;logos liberales. Las obras de Jos&eacute; Manuel Groot, Sergio Arboleda, Jos&eacute; Mar&iacute;a Vergara y Vergara, Manuel Mar&iacute;a Madiedo, Jos&eacute; Eusebio Caro, Miguel Antonio Caro, Mariano Ospina Rodr&iacute;guez y Jos&eacute; Joaqu&iacute;n Borda, todav&iacute;a mal estudiadas, fueron m&aacute;s densas y sistem&aacute;ticas que las de los pol&iacute;ticos liberales. Adem&aacute;s, todas salvo la obra de Madiedo (m&aacute;s cercano al igualitarismo cristiano de Lamennais) fabricaron una versi&oacute;n un&aacute;nime y compacta de un conservatismo hirsuto, hispanista, jesu&iacute;tico e intolerante ante cualquier asomo de modernidad liberal<a name="s3" href="#p3"><sup>3</sup></a>. Su ideal de rep&uacute;blica ten&iacute;a que apoyarse en la Iglesia cat&oacute;lica, su ideal de naci&oacute;n no pod&iacute;a formularse por fuera de esta tradici&oacute;n religiosa y sus relaciones con los sectores populares eran inseparables de las pr&aacute;cticas de las virtudes teologales. Era el “verdadero comunismo” de las palabras del Evangelio el que deb&iacute;a oponerse a la avanzada del novedoso y peligroso socialismo. Los sectores artesanales fueron m&aacute;s proclives a hacer alianzas con el partido conservador que con los miembros del Olimpo Radical. El mismo asesinato de Rafael Uribe Uribe en 1914, a manos de unos artesanos ebrios y desmoralizados, puede ser visto como el corolario de las malas relaciones entre la elite liberal y los sectores populares que nunca supo representar. Por eso, es m&aacute;s exacto ver los primeros decenios del siglo XX como una lucha por la reconquista liberal del pueblo, una afanosa competencia por recomponer las malas relaciones seculares. Esto nos permitir&iacute;a entender por qu&eacute; del liberalismo se desgajaron algunas disidencias socialistas y por qu&eacute; se dio el advenimiento de individuos, aquellos que como Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n iban a ser los agentes de condensaci&oacute;n de la creciente movilizaci&oacute;n urbana que sobrevino con el nuevo siglo.</p>     <p>Para el partido conservador, las relaciones con los sectores populares tampoco fueron f&aacute;ciles, aunque buena parte de las pr&aacute;cticas mutualistas de los artesanos cont&oacute; con la tutela de la dirigencia conservadora o de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica. La Regeneraci&oacute;n y la hegemon&iacute;a conservadora difundieron una restringida noci&oacute;n de democracia y un juicio muy adverso sobre los sectores populares. Algunos m&iacute;tines urbanos de fines del siglo XIX fueron la reacci&oacute;n indignada de un populacho que se sent&iacute;a menospreciado por los heraldos de la caridad cristiana. La emergencia de un movimiento obrero, la difusi&oacute;n de nuevas ideolog&iacute;as y las infuencias de la revoluci&oacute;n mexicana y de la revoluci&oacute;n rusa fueron elementos dif&iacute;ciles de digerir para la dirigencia conservadora, que anclada en los esquemas patriarcales del siglo XIX no supo atender la creciente puesta en escena de lo que iba a conocerse como la cuesti&oacute;n social. Los cambios sociales del siglo XX iban a poner en crisis las culturas pol&iacute;ticas del liberalismo y del conservatismo. Y aunque siguieran arrastrando por mucho tiempo algunos elementos engendrados en la centuria antepasada, era inevitable la b&uacute;squeda de sinton&iacute;a con las demandas de nuevas formas de movilizaci&oacute;n y organizaci&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p>Creo que si Ayala Diago hubiese sido m&aacute;s atento al peso de la tradici&oacute;n pol&iacute;tica proveniente del siglo XIX, no habr&iacute;a incurrido en afrmaciones absolutas en inexactas como la siguiente: “En Colombia hist&oacute;ricamente no se trasladaban las personas de un partido a otro” (p. 44). Él mismo ha demostrado en varias de sus obras que el personal pol&iacute;tico del siglo XX fue tan el&aacute;stico y tan n&oacute;mada como el del siglo XIX. En la c&uacute;spide y en la base el personal pol&iacute;tico colombiano ha sido vol&aacute;til, huidizo en sus identidades. Las razones pueden oscilar entre las de &iacute;ndole puramente doctrinaria y aquellas afanzadas en el m&aacute;s evidente pragmatismo. Ahora bien, hay que reconocer que el autor ha sabido mostrarnos lo que podr&iacute;amos llamar la <i>problem&aacute;tica de la adaptaci&oacute;n</i>, esto es, la tensi&oacute;n entre la inercia del conservatismo esclerotizado del siglo XIX y las nuevas exigencias de un mundo social. Éste se vuelve m&aacute;s numeroso y complejo, y ah&iacute; se va formando lo que el autor llamar&aacute; en su obra una nueva <i>sensibilidad </i>conservadora. Tal <i>sensibilidad </i>es de orden generacional, es decir, un grupo intelectual y pol&iacute;tico en ascenso que define su personalidad en el choque con grupos de intelectuales y pol&iacute;ticos tradicionales y consolidados. J&oacute;venes que se autoerigen en portavoces de la modernizaci&oacute;n de un partido. Es la generaci&oacute;n que debi&oacute; administrar la derrota, la ca&iacute;da de la larga hegemon&iacute;a conservadora, y que tuvo que pensar en modernizar doctrinariamente y organizativamente a su partido. Es la generaci&oacute;n encargada de diseñar o imaginar las v&iacute;as del retorno al poder en medio del triunfo liberal; la que pondr&iacute;a a prueba las consignas de la abstenci&oacute;n electoral; la que enjuiciar&iacute;a los principios de la democracia representativa y, al mismo tiempo, iniciar&iacute;a una democratizaci&oacute;n de la estructura de su partido. Pero hay un aspecto a&uacute;n m&aacute;s interesante que Ayala Diago nos ha expuesto, esto es, c&oacute;mo se fue construyendo el nuevo armaz&oacute;n ideol&oacute;gico de un partido cuya esencia proviene del pasado. Eso implic&oacute; no solamente acudir a las enseñanzas reaccionarias europeas por v&iacute;a del fascismo, del falangismo o de la Acci&oacute;n Francesa. Tambi&eacute;n implic&oacute; resignificar el papel de la Iglesia cat&oacute;lica. En tal sentido, los j&oacute;venes conservadores a los que perteneci&oacute; Alzate Avendaño se preocuparon por restablecer la relaci&oacute;n org&aacute;nica con el pensamiento y la acci&oacute;n sociales de la Iglesia cat&oacute;lica; restituyeron y reelaboraron la capacidad movilizadora de esa instituci&oacute;n, sobre todo en el eficiente frente de la caridad (pp. 164-173). All&iacute;, en el catolicismo social, me parece a m&iacute; y creo que tambi&eacute;n al profesor Ayala, se encuentra la matriz del populismo conservador que vislumbraron los nuevos grupos dirigentes del conservatismo colombiano.</p>     <p>Tal vez porque no se detiene en los antecedentes o en las conexiones provenientes de lo que hab&iacute;a sido la pol&iacute;tica colombiana durante el siglo XIX, el autor no puede entender que las nuevas generaciones pol&iacute;ticas del siglo siguiente reproducen, muchas veces a su pesar, consignas y preocupaciones que la dirigencia liberal y conservadora se hab&iacute;an venido planteando. Por ejemplo, la preocupaci&oacute;n por la multitud, por el lugar del pueblo en la pol&iacute;tica y las definiciones racistas y aristocr&aacute;ticas de la democracia tuvieron cimiento en los debates de la centuria del XIX. El hispanismo fue un producto bien elaborado desde la d&eacute;cada de 1860 -su resultado m&aacute;s visible fue la fundaci&oacute;n de la Academia colombiana de la Lengua-, y lo que hicieron los fascistas y falangistas del decenio de 1930 fue adecuarlo a la nueva circunstancia con el aporte, claro, de otros elementos. La lectura del <i>Ariel </i>de Rod&oacute; (p. 44), compartida por liberales y conservadores, no puede separarse, por ejemplo, de la aparici&oacute;n de <i>Idola fori</i>, de Carlos Arturo Torres, publicada en 1909. En estas y otras obras est&aacute;n expuestas, m&aacute;s all&aacute; de lo que el autor aprecia como un mensaje antinorteamericano, unas nociones de democracia que reivindicaban el papel tutor de una aristocracia letrada que ten&iacute;a que sentirse superior en sociedades todav&iacute;a rurales y atrasadas. El pesimismo racial sobre el pueblo era compatible con una justificaci&oacute;n del papel de gu&iacute;a del individuo ilustrado.</p>     <p>Este libro ha puesto a circular una postergada historiograf&iacute;a del conservatismo en Colombia. Tal esfuerzo ha implicado ponernos a pensar c&oacute;mo una ideolog&iacute;a fundada en la tradici&oacute;n y el pasado intent&oacute; adaptarse a procesos modernos; c&oacute;mo una ideolog&iacute;a autoritaria, surgida de un ideal de sociedad jerarquizada, pod&iacute;a y deb&iacute;a pensar en los retos de la sociedad moderna de masas, de una sociedad que se urbanizaba y que de alg&uacute;n modo escapaba de la sempiterna infuencia de la Iglesia cat&oacute;lica. ¿C&oacute;mo sincronizar el reloj del pasado con una revaluaci&oacute;n de la idea de democracia que no pod&iacute;a ser la misma del liberalismo ni la del socialismo? ¿C&oacute;mo actualizar el conservatismo y c&oacute;mo convertirlo, adem&aacute;s, en ideolog&iacute;a del porvenir? Creo que esta obra se ha concentrado en describirnos minuciosamente de qu&eacute; se nutri&oacute; la juventud conservadora que naci&oacute; con el siglo XX para competir con el inquietante comunismo y con el cada vez m&aacute;s consolidado liberalismo.</p>     <p>Ayala Diago comparte con otros autores en Am&eacute;rica latina el uso, no bien anunciado, de la palabra <i>sensibilidad</i>, cuyos antecedentes m&aacute;s genuinos parecen hallarse en la obra de Jos&eacute; Luis Romero. Este autor hab&iacute;a puesto a circular a mediados del siglo XX la historia del pensamiento conservador en Am&eacute;rica Latina<a name="s4" href="#p4"><sup>4</sup></a>. El caso es que en nuestro autor se va entendiendo, a medida que desbrozamos los densos p&aacute;rrafos, que la <i>sensibilidad leoparda </i>era una particular percepci&oacute;n del ejercicio de la pol&iacute;tica, una particular percepci&oacute;n del sentido de la democracia y una particular auto-representaci&oacute;n p&uacute;blica de un grupo muy caracterizado de hombres de la vida intelectual y pol&iacute;tica colombiana. Pero esa sensibilidad de quienes fueron denominados los <i>Leopardos </i>fue en buena medida el modo de sentir y de vivir la pol&iacute;tica (no estamos lejos de entender el ejercicio de la pol&iacute;tica como una virtud o como una pasi&oacute;n) de aquellos que en su proceso de formaci&oacute;n intelectual se enfrentaron a problemas afines y coincidieron en la manera de afrontarlos. En todo caso, la palabra <i>sensibilidad </i>no deja de ser arriesgada, a no ser que se trate de admitir que nuestra vida p&uacute;blica ha estado regida por el desorden de los afectos y pasiones, y que nuestros l&iacute;deres se han dejado arrastrar m&aacute;s por sentimientos que por razones. Si se toma en ese sentido, tal palabra puede ser muy exacta.</p>     <p>A pesar de lo intimidante y frondoso, el libro es apasionante. Creo que sale bien librado, en t&eacute;rminos generales, en la reconstrucci&oacute;n de un proceso de transici&oacute;n de la cultura pol&iacute;tica colombiana. El historiador nos ha ofrecido un vasto panorama con relaci&oacute;n a la evoluci&oacute;n en el ejercicio de la pol&iacute;tica en Colombia y en cuanto al establecimiento de nuevos paradigmas ideol&oacute;gicos, entre ellos principalmente el fascismo y el socialismo. La complejidad y la intensidad de la vida p&uacute;blica acapar&oacute; la vida cotidiana de las gentes. Los ritos o rituales -los t&eacute;rminos no est&aacute;n bien discernidos en esta obra- de exhibici&oacute;n del conservatismo guardan una similitud con las costumbres c&iacute;vicas y demostrativas del catolicismo ultramontano de la segunda mitad del siglo XIX. Aunque Ayala ignore o desestime este aspecto, su libro tiene la virtud de mostrarnos c&oacute;mo los hombres de la pol&iacute;tica fueron apelando a otras formas, digamos modernas, de persuasi&oacute;n pol&iacute;tica; otras formas de representarse y exhibirse que se ve&iacute;an en la imperiosa necesidad de sincronizar con las innovaciones tecnol&oacute;gicas. El pol&iacute;tico de <i>sensibilidad leoparda </i>compart&iacute;a con los de otras <i>sensibilidades </i>de la &eacute;poca su apego a la palabra, su af&aacute;n por construir un edificio ret&oacute;rico. Todos ellos hab&iacute;an estudiado en sus años de colegiales ret&oacute;rica argumentativa y hab&iacute;an recibido lecciones de l&oacute;gica y gram&aacute;tica. La escritura diaria de la pol&iacute;tica, cuyo escenario b&aacute;sico fue el peri&oacute;dico, fue una de las principales ocupaciones y preocupaciones de quienes eran al fin y al cabo herederos de los pol&iacute;ticos letrados del siglo precedente.</p>     <p>El autor acierta a medias cuando advierte que una de las preocupaciones fundamentales de los j&oacute;venes pol&iacute;ticos que nacieron con el siglo XX fue la b&uacute;squeda de un h&eacute;roe, de un l&iacute;der, de un gu&iacute;a, de un ap&oacute;stol. Esa fue una obsesi&oacute;n que invadi&oacute; de manera indistinta a la juventud liberal y a la conservadora; fue algo as&iacute; como la enunciaci&oacute;n del trauma de una generaci&oacute;n esc&eacute;ptica y hu&eacute;rfana de ideales, la que tratando de hallar una utop&iacute;a apelaba a la b&uacute;squeda, con cierto halo religioso, de alguien que pudiera ser el hombre que los sacara de la incertidumbre, del vac&iacute;o de ideales que los distingui&oacute; en la etapa juvenil de sus vidas. Los liberales, me parece, hallaron el hombre portador del carisma aglutinador de una multitud pluriclasista en Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n. La par&aacute;bola conservadora, en contraste, fue m&aacute;s complicada. La perplejidad de la derrota y el af&aacute;n de exhibici&oacute;n pol&iacute;tica de los nuevos oficiantes del conservatismo hicieron muy dif&iacute;cil la aparici&oacute;n de un l&iacute;der incontrovertible. Adem&aacute;s, fue una generaci&oacute;n que se encontr&oacute; al frente con la literal monstruosidad de Laureano G&oacute;mez. Pero, en fin, el mesianismo, elemento religioso en esencia, estuvo presente en la voluntad movilizadora de los pol&iacute;ticos <i>leopardos</i>. Mis dudas al respecto tienen que ver con la infuencia que se les adjudica a ciertos cl&aacute;sicos del pensamiento reaccionario<a name="s5" href="#p5"><sup>5</sup></a>; pienso que con o sin ellos, la generaci&oacute;n <i>leoparda </i>participaba de un malestar general de la cultura (no es gratuito este parafraseo de una obra de Freud), el que s&oacute;lo pod&iacute;a encontrar soluci&oacute;n en la figura de un gu&iacute;a. A esto lo llamar&iacute;a el joven y clarividente Luis Tejada “derrumbe de los altares”; Emilio Durkheim lo denominar&iacute;a “crisis de la conciencia religiosa”, que en Europa tuvo un sello m&aacute;s finisecular.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El historiador Ayala Diago nos ha mostrado c&oacute;mo la pol&iacute;tica colombiana tuvo trascendencia desde la provincia. Sin embargo, el autor nos debe una explicaci&oacute;n que nos permita entender qu&eacute; fen&oacute;meno se dio en Manizales, una incipiente ciudad en la primera mitad del siglo XX, que le dio origen a una pl&eacute;yade de l&iacute;deres pol&iacute;ticos con figuraci&oacute;n nacional. Basti&oacute;n cat&oacute;lico, prolongaci&oacute;n del ultramontanismo antioqueño; una ciudad producto de una colonizaci&oacute;n reciente cuya &eacute;lite se obsesion&oacute; por inventar una tradici&oacute;n. ¿Qu&eacute; pudo haber, me pregunto, de af&iacute;n entre el ascenso de la burgues&iacute;a cafetera y la consolidaci&oacute;n de una &eacute;lite del pensamiento y la acci&oacute;n fascistas en Colombia? Creo que la reconstrucci&oacute;n de la biograf&iacute;a de Alzate Avendaño es buen pretexto para ocuparse de estos interrogantes. Hay otras deudas visibles en esta incursi&oacute;n en el g&eacute;nero biogr&aacute;fico. As&iacute;, nos preguntamos por qu&eacute; el autor no se detuvo en recrearnos los antecedentes familiares de Alzate Avendaño, por qu&eacute; despreci&oacute; el peso de la tradici&oacute;n pol&iacute;tica de la familia, de los v&iacute;nculos de sus padres con tal o cual tendencia pol&iacute;tica y, en &uacute;ltimas, con tal o cual cultura pol&iacute;tica que estaba indefectiblemente atada al siglo XIX. Alzate Avendaño -ni nadie- puede salir de la nada: sale de una cultura pol&iacute;tica y la prolonga o la transgrede. Esa ausencia es deplorable en esta parte de su obra. Es posible que Ayala Diago s&oacute;lo haya querido concentrarse en la biograf&iacute;a de un hombre p&uacute;blico, dejando de lado cualquier determinaci&oacute;n proveniente de su esfera privada, pero aun as&iacute; no deja de ser una omisi&oacute;n dif&iacute;cil de entender. Tambi&eacute;n fotan entre la ambigüedad y la contradicci&oacute;n afrmaciones como el supuesto afrancesamiento intelectual de los <i>leopardos, </i>pero que el mismo autor desvirt&uacute;a con el ejemplo de la infuencia de la obra del fl&oacute;sofo español Jos&eacute; Ortega y Gasset.</p>     <p>En fin, estamos ante innovaciones y propuestas de la escritura de la historia que no pueden pasar inadvertidas en la evoluci&oacute;n de una disciplina cuya profesionalizaci&oacute;n en Colombia es desigual. Esta solitaria aventura colosal contrasta con las propensiones minimalistas de lo que podemos llamar la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica en Colombia hoy en d&iacute;a. Estamos ante una forma de historia total, totalizante -en el mejor sentido braudeliano- en el universo de la pol&iacute;tica. Esta biograf&iacute;a es un signo de varias rupturas y tiene mucho de innovador, tanto en la evoluci&oacute;n individual de un historiador como en lo que conocemos hasta ahora como ejercicio general de la escritura de la historia -y sobre todo de la historia pol&iacute;tica- en Colombia. Ya dec&iacute;amos que en este caso el historiador ha abandonado su concentraci&oacute;n excesiva y obsesiva en los movimientos de oposici&oacute;n del Frente Nacional, materia de sus tres libros previos. Aqu&iacute; se ha dedicado a reconstruir, mediante el seguimiento de la vida de un pol&iacute;tico, el funcionamiento, la geograf&iacute;a pol&iacute;tica e intelectual de la derecha colombiana y, quiz&aacute;s m&aacute;s, ha reconstruido una historia de la cultura pol&iacute;tica colombiana de la primera mitad del siglo XX. Estamos ante una arquitectura textual muy ambiciosa. No olvidemos que se trata de una trilog&iacute;a anunciada, algo que tambi&eacute;n es ruptura con la costumbre: en efecto, no es costumbre escribir trilog&iacute;as -menos de car&aacute;cter biogr&aacute;fico<a name="s6" href="#p6"><sup>6</sup></a>- ni anunciarlas sin haberlas escrito. Esta es, por as&iacute; decirlo, una apuesta arriesgada por parte del autor. Y finalmente, como en toda innovaci&oacute;n o ruptura hay un amplio margen para la pol&eacute;mica, para la incomprensi&oacute;n e incluso para el desprecio. En la trayectoria del historiador Ayala Diago nada de eso le ha sido ajeno.</p> <hr size="1">     <p><a name="p1" href="#s1">1</a>. Ricardo Arias Trujillo, <i>Los</i><i> </i><i>Leopardos, una historia intelectual de los años 1920 </i>(Bogot&aacute;: Uniandes - Ceso -Departamento de Historia, 2007).</p>     <p><a name="p2" href="#s2">2</a>. Los tres libros que le preceden son: C&eacute;sar Augusto Ayala Diago, <i>Nacionalismo y populismo. Anapo y el discurso de la oposici&oacute;n en Colombia: 1960-1966 </i>(Bogot&aacute;: Universidad Nacional de Colombia, 1995); <i>Resistencia y oposici&oacute;n al Frente Nacional. Los or&iacute;genes de la Anapo. Colombia, 1953-1964 </i>(Bogot&aacute;: Conciencias - Comit&eacute; de Investigaciones para el Desarrollo Cient&iacute;fico, Cindec - Universidad Nacional de Colombia, 1996); <i>El populismo atrapado, la memoria y el miedo. El caso de las elecciones de 1970 </i>(Medell&iacute;n: La Carreta Editores -Universidad Nacional de Colombia, 2006).</p>     <p><a name="p3" href="#s3">3</a>. Un examen de las pr&aacute;cticas asociativas, del recurso de la prensa de opini&oacute;n y de la capacidad de difusi&oacute;n de la red de impresores, libreros y escritores conservadores durante el siglo XIX permite constatar que la Iglesia cat&oacute;lica y sus agentes laicos fueron mucho m&aacute;s audaces y activos en la disputa hegem&oacute;nica del espacio p&uacute;blico.</p>     <p><a name="p4" href="#s4">4</a>. Entre las muchas contribuciones de Jos&eacute; Luis Romero hay que destacar que puso a circular en la historiograf&iacute;a hispanoamericana dos palabras ahora muy trajinadas: <i>sensibilidad </i>y <i>mentalidad</i>. M&aacute;s que ideas, Romero y otros despu&eacute;s han querido describir sentimientos colectivos, sentimientos compartidos que hacen parte de una cultura o de una corriente pol&iacute;tica. La sensibilidad puede ser transversal, en el sentido que atraviesa grupos sociales, va del campo a la ciudad. Se pueden encontrar usos historiogr&aacute;ficos recientes de esa palabra en: Jos&eacute; Pedro Barr&aacute;n, <i>Historia de la </i><i>sensibilidad en Uruguay (1800-1860) </i>(Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental - Facultad de Humanidades y Ciencias, 1992); Ricardo Pasolini, “El nacimiento de una sensibilidad pol&iacute;tica. Cultura antifascista, comunismo y naci&oacute;n en Argentina”, en <i>Desarrollo Econ&oacute;mico </i>45: 179 (octubre-diciembre de 2005): 403-433.</p>     <p><a name="p5" href="#s5">5</a>. La referencia a autores y obras que infuyen o no en determinados individuos me parece m&aacute;s un juego de probabilidades. Tambi&eacute;n hay margen para lugares comunes y obviedades.</p>     <p><a name="p6" href="#s6">6</a>. Bueno, es forzoso evocar la trilog&iacute;a biogr&aacute;fica, publicada en la d&eacute;cada de 1950, de Isaac Deutscher sobre Le&oacute;n Trotsky.</p> </font>      ]]></body>
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