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<journal-title><![CDATA[Historia Crítica]]></journal-title>
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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[VIDA COTIDIANA Y ENTORNO MATERIAL: EL MOBILIARIO DOMéSTICO EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA A FNES DEL SIGLO XVIII]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[THE MATERIAL WORLD OF EVERYDAY LIFE: HOUSEHOLD FURNITURE IN CÓRDOBA (ARGENTINA) IN THE LATE-EIGHTEENTH CENTURY]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article begins by introducing the feld of material culture studies and the way it incorporates the mutual interaction between society and material objects. It then describes household furniture in the Argentine city of Cordoba in the late-eighteenth century, paying particular attention to three important spaces of daily life: the living room, the drawing room, and the bedroom. Lastly, it analyzes the meanings of different pieces of furniture and the social practices associated with them. By analyzing different sources, the aim is to show that the various kinds of objects studied not only produced physical effects but also communicated or expressed other attributes such as social and economic status or gender differences.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font size="4"><b> VIDA COTIDIANA Y ENTORNO MATERIAL. EL MOBILIARIO DOM&eacute;STICO EN LA CIUDAD DE  C&Oacute;RDOBA A FNES DEL SIGLO XVIII*</b></font></p>     <p> <b>Cecilia Edith Moreyra</b>    <br> Estudiante de Licenciatura en Historia de la Universidad Nacional de C&oacute;rdoba, y    profesora adscrita al Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosof&iacute;a y    Humanidades (CIFFyH) de la misma Universidad en C&oacute;rdoba, Argentina. Forma parte    del programa de docencia e investigaci&oacute;n &quot;Estructuras y estrategias familiares    de ayer y de hoy&quot;, perteneciente al Centro de Estudios Avanzados (CEA), unidad    ejecutora del Consejo Nacional de Investigaciones Cient&iacute;ficas y T&eacute;cnicas    (CONICET), Argentina. Sus intereses investigativos se centran actualmente en el    campo de la historia de la cultura material.    <a  href="mailto:ceci_moreyra@hotmail.com"> ceci_moreyra@hotmail.com</a></p>     <p>*  El presente art&iacute;culo es resultado de la investigaci&oacute;n realizada para obtener el  t&iacute;tulo de Licenciada en Historia. Este trabajo, a su vez, pertenece al proyecto  &quot;Sociedad, familia y vida privada en C&oacute;rdoba. Una aproximaci&oacute;n desde las  estrategias familiares&quot; dirigido por la Dra. M&oacute;nica Ghirardi. Parte de la  investigaci&oacute;n ha sido financiada con subsidio que el mencionado proyecto obtuvo  de la Secretar&iacute;a de Ciencia y T&eacute;cnica (SECYT), Universidad Nacional de C&oacute;rdoba.</p> <hr size="1"> <b>RESUMEN</b>     <p> El presente art&iacute;culo presenta, en primera instancia, el campo de estudio de la  cultura material en sentido amplio, incorporando en &eacute;l la interacci&oacute;n mutua  entre la sociedad y los objetos materiales. Por otra parte, se describe el  mobiliario dom&eacute;stico en la ciudad argentina de C&oacute;rdoba a fines del siglo XVIII,  en particular de tres espacios cotidianos significativos: la sala, el estrado y  la alcoba. Finalmente, se analizan los significados de los diferentes muebles y  las pr&aacute;cticas sociales asociadas a ellos. A partir del an&aacute;lisis de las distintas  fuentes se pretende demostrar que los diversos grupos de objetos trabajados no  solo produc&iacute;an efectos f&iacute;sicos, tambi&eacute;n comunicaban o expresaban, por ejemplo,  status social y econ&oacute;mico y diferencias de g&eacute;nero.</p>     <p><b> PALABRAS CLAVE    <br> </b><i> Cultura material, vida cotidiana, mobiliario dom&eacute;stico, C&oacute;rdoba, Argentina.</i></p>  <hr size="1">     <p align="center"><font size="3"><b>  THE MATERIAL WORLD OF EVERYDAY LIFE: HOUSEHOLD FURNITURE IN C&Oacute;RDOBA (ARGENTINA)  IN THE LATE-EIGHTEENTH CENTURY</b></font></p>     <p><b> ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> This article begins by introducing the feld of material culture studies and the  way it incorporates the mutual interaction between society and material objects.  It then describes household furniture in the Argentine city of Cordoba in the  late-eighteenth century, paying particular attention to three important spaces  of daily life: the living room, the drawing room, and the bedroom. Lastly, it  analyzes the meanings of different pieces of furniture and the social practices  associated with them. By analyzing different sources, the aim is to show that  the various kinds of objects studied not only produced physical effects but also  communicated or expressed other attributes such as social and economic status or  gender differences.</p>     <p><b> KEY WORDS    <br> </b><i> Material Culture, Everyday Life, Household Furniture, Cordoba, Argentina.</i></p>     <p>   Art&iacute;culo recibido: 14 de enero de 2009; Aprobado: 20 de Abril de 2009;  modificado: 19 de mayo de 2009.</p>  <hr size="1">     <p><b> INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p> Dentro de los territorios de privacidad, subjetividad, domesticidad e intimidad  de los actores sociales, los aspectos materiales se nos presentan como una  puerta de entrada para la comprensi&oacute;n de la sociedad. Lo material no tiene  significado en s&iacute; mismo, sino que lo adquiere seg&uacute;n el sentido, uso y valor que  el hombre le da. Funci&oacute;n, valor y significado tienen que ver con una compleja  interacci&oacute;n del hombre con esos objetos que construye, utiliza, compra, vende,  dona, hereda, comparte.</p>     <p> Al trabajar el entorno material cotidiano, el objeto de estudio no son las cosas  en s&iacute; mismas, sino el hombre visto a trav&eacute;s de su vivienda, sus muebles, su  comida, su vestimenta. A su vez no hemos de considerar el mundo de las cosas  como inerte y mudo, s&oacute;lo puesto en movimiento mediante las personas y sus  palabras; las cosas no est&aacute;n ni han estado divorciadas de la capacidad de actuar  de las personas y del poder comunicativo de las palabras<sup><a name="s1" href="#1">1</a></sup>.</p>     <p> En este sentido, los objetos no han de pensarse solos o aislados, sino insertos  en procesos, pr&aacute;cticas y relaciones sociales de las que son parte. Lo material  no es s&oacute;lo algo externo a los individuos, sino que forma parte de su devenir  vital. Los bienes materiales (propiedades, muebles, vestido, joyas, esclavos)  contribuyen a definir el lugar que se ocupa en la sociedad, ya que tambi&eacute;n  tienen un significado social y la gente los utiliza como elemento de  comparaci&oacute;n, diferenciaci&oacute;n o superaci&oacute;n de otros grupos para expresar  individualidad o afinidad.</p>     <p> Los objetos, adem&aacute;s de su utilidad material concreta, tambi&eacute;n comunican o  expresan, por ejemplo, status social y econ&oacute;mico. Y m&aacute;s que comunicar o  expresar, los objetos juegan un rol fundamental en la construcci&oacute;n,  reconstrucci&oacute;n y reinterpretaci&oacute;n constante de la cultura en s&iacute;. Juegan tambi&eacute;n  un papel importante al mantener y fortalecer el poder y los privilegios del  grupo dominante de la sociedad<sup><a name="s2" href="#2">2</a></sup>.</p>     <p> Dentro de la amplia gama de objetos que conforman el entorno material cotidiano  nos concentraremos, en el presente trabajo, en el mobiliario dom&eacute;stico. Adem&aacute;s  de ser objetos utilitarios, los muebles reflejan el nivel social de la familia y  manifiestan el estilo de vida, los valores y la personalidad de los due&ntilde;os de  casa. No s&oacute;lo dejan ver cuestiones de nivel econ&oacute;mico, sino tambi&eacute;n cultural, el  ritmo de vida y los h&aacute;bitos dom&eacute;sticos de los miembros de la familia<sup><a name="s3" href="#3">3</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Los muebles fueron un grupo de objetos que tanto mujeres como hombres ingresaban  al matrimonio, aunque preferentemente estos &uacute;ltimos. Y al igual que las prendas  de vestir, el mobiliario era un rubro importante en las hijuelas de los  testamentos; precisamente, las cartas de dote y de capital, los inventarios post  mortem y los testamentos son invaluables fuentes que nos ofrecen una amplia y  rica informaci&oacute;n acerca del entorno material cotidiano; en estos documentos, muy  ricos en descripciones, los bienes que se consignan se detallan minuciosamente.  Se describen color, tela y uso en el caso de las prendas de vestir, material de  construcci&oacute;n y dimensiones en el caso de edilicios, y las medidas, confecci&oacute;n y  uso en el caso de los diferentes muebles y enseres. De todos los objetos que  conformaron el entorno material de la sociedad cordobesa a fines del siglo  XVIII, muchos han ca&iacute;do en desuso y de algunos s&oacute;lo conocemos el nombre.</p>     <p> No podr&iacute;amos pensar el mobiliario dom&eacute;stico sin hacer referencia a la vivienda y  a las distintas habitaciones de la misma. El mobiliario dom&eacute;stico est&aacute;  estrechamente ligado con el espacio; en este sentido, trataremos de hacernos una  imagen de los espacios dentro de la vivienda y los muebles propios de &eacute;stas,  espec&iacute;ficamente la sala de recibo, el estrado y la alcoba. Cabe destacar que no  existi&oacute; en los hogares cordobeses de fines del siglo XVIII gran variedad de  muebles, y algunos son, como veremos m&aacute;s adelante, comunes a distintas  habitaciones y no propios o espec&iacute;ficos de alg&uacute;n cuarto en particular.</p>     <p> El presente an&aacute;lisis se enmarca dentro del campo de estudio de la cultura  material, entendida en un sentido amplio, incorporando a su estudio no s&oacute;lo los  objetos, sino tambi&eacute;n la acci&oacute;n y pensamiento humanos y la interrelaci&oacute;n  necesaria, aunque muchas veces pasada por alto, entre el hombre y los objetos.</p>     <p> El art&iacute;culo se estructura de la siguiente manera: comenzaremos exponiendo  brevemente las l&iacute;neas de investigaci&oacute;n en Europa y Latinoam&eacute;rica que trabajan  los objetos materiales concretos desde una perspectiva sociocultural, es decir,  integrando lo material con la sociedad en una interrelaci&oacute;n constante.  Seguidamente, ofreceremos una imagen general de la sociedad en la C&oacute;rdoba de  fines del siglo XVIII, para adentrarnos luego en el an&aacute;lisis del mobiliario  dom&eacute;stico en tres espacios significativos: la sala de recibo, el estrado y la  alcoba. Cabe destacar que la instancia descriptiva es sumamente necesaria para  luego intentar un an&aacute;lisis m&aacute;s profundo de los significados que encerraba el  mobiliario dom&eacute;stico y las pr&aacute;cticas cotidianas asociadas a &eacute;ste.</p>     <p><b>     <br> 1. Pensar la &quot;Cultura Material&quot;: una perspectiva sociocultural de los objetos</b></p>     <p> Los trabajos de Norbert El&iacute;as resultan esenciales a la hora de adentrarnos en el  estudio de lo material en la cultura, ya que ofrece claros ejemplos de la  interacci&oacute;n existente entre el hombre y los objetos. En su intento de demostrar  el progreso realizado, desde la edad media, en el control cada vez mayor del  hombre occidental sobre su cuerpo Elias observa, por ejemplo, la aparici&oacute;n de  una vestimenta especial para dormir, el tenedor, el cuchillo y el pa&ntilde;uelo de  nariz. Todos estos objetos reflejan la creciente sensibilidad de los seres  humanos en relaci&oacute;n con los dem&aacute;s y con todo aquello que entraba en contacto con  su cuerpo, creciendo en este sentido en sentimiento de vergüenza<sup><a name="s4" href="#4">4</a></sup>.</p>     <p> El&iacute;as no trabaja esos objetos aisladamente, sino insertos en diferentes  pr&aacute;cticas sociales. En el acto de comer con cubiertos y no con las manos el  cuchillo es, por ejemplo, una &quot;encarnaci&oacute;n del esp&iacute;ritu social, del cambio en  los impulsos y deseos; es una materializaci&oacute;n de situaciones sociales y leyes  estructurales de la sociedad&quot;<sup><a name="s5" href="#5">5</a></sup>. En su interpretaci&oacute;n, el tenedor no  es otra cosa que la materializaci&oacute;n de una cierta pauta de emociones y de  escr&uacute;pulos, un cambio en la regulaci&oacute;n de los impulsos y las emociones. La  aparici&oacute;n del pa&ntilde;uelo de nariz, por otra parte, habla de cambios,  transformaciones en las relaciones entre los hombres y entre &eacute;stos y su propio  cuerpo.</p>     <p> Por otra parte, existe una l&iacute;nea de investigaci&oacute;n tanto en antropolog&iacute;a como en  arqueolog&iacute;a que pretende borrar las l&iacute;neas artificiales construidas entre la  sociedad y las cosas (tambi&eacute;n se utiliza el t&eacute;rmino tecnolog&iacute;a) y enfocarse, en  cambio, en esa mutua relaci&oacute;n que existe entre ambos, &quot;trayendo la tecnolog&iacute;a de  vuelta a la vida, reinsert&aacute;ndola en el corriente de la actividad humana y  relaciones sociales sin las cuales -y solo sin las cuales- no ser&iacute;a efectiva&quot;<sup><a name="s6" href="#6">6</a></sup>.</p>     <p> Arjun Appadurai coordina un trabajo interdisciplinario que intenta,  precisamente, examinar cosas espec&iacute;ficas (o grupo de cosas) tal como circulan en  ambientes culturales e hist&oacute;ricos particulares, ofreciendo una serie de ideas en  torno a las formas en las cuales el deseo y la demanda, el sacrificio rec&iacute;proco  y el poder, interact&uacute;an para crear el valor econ&oacute;mico en situaciones sociales  espec&iacute;ficas<sup><a name="s7" href="#7">7</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> El campo de lo que se presenta en este estudio es trabajado com&uacute;nmente a partir  de la noci&oacute;n de <i>cultura material. </i>Cultura material significa, seg&uacute;n  Arnold J. Bauer, las formas en que hombres, mujeres y ni&ntilde;os producen las cosas  que ingieren o con que se cubren; las moradas que habitan; las herramientas que  emplean; y con la forma en que usan y consumen esos bienes<sup><a name="s8" href="#8">8</a></sup>. Como  vemos, este autor se enfoca en la interrelaci&oacute;n entre producci&oacute;n y consumo.</p>     <p> Norman Pounds define la cultura material como los distintos modos en que se han  satisfecho las necesidades humanas elementales de comida, cobijo y vestido<sup><a name="s9" href="#9">9</a></sup>.  A lo largo de su libro pone &eacute;nfasis constantemente en la satisfacci&oacute;n de las  &quot;necesidades elementales&quot;. Ambos autores incluyen en la definici&oacute;n de cultura  material a objetos (cosas materiales) y acciones: producir, consumir, satisfacer  necesidades.</p>     <p> Seg&uacute;n Henry Glaise, cultura material es el nombre convencional utilizado para  referirse a la producci&oacute;n tangible del ser humano, cultura material es cultura  hecha material. Comienza necesariamente con cosas, pero no termina con ellas: el  estudio de la cultura material utiliza objetos para aproximarse al pensamiento y  acci&oacute;n humanos<sup><a name="s10" href="#10">10</a></sup>. Aqu&iacute; se ampl&iacute;a la noci&oacute;n un poco m&aacute;s, al incluir no  s&oacute;lo objetos materiales, acciones humanas sino tambi&eacute;n el pensamiento y la  interrelaci&oacute;n, muchas veces pasada por alto, existente entre el hombre y los  objetos.</p>     <p> Entre los estudios relativos a las condiciones de vida material de distintas  sociedades, encontramos los trabajos de Raffaella Sarti, Martine Segalen y  Norman Pounds para el caso europeo, por citar los m&aacute;s destacados. Raffaella  Sarti se concentra en las transformaciones en el uso de las habitaciones y los  muebles como expresi&oacute;n de los cambios en las relaciones familiares, tanto en las  zonas rurales como urbanas en Europa, en los inicios de la era moderna. La  autora sostiene que los objetos y bienes materiales pueden encarnar valores de  la familia y, a su vez, permiten expresar tanto emociones como relaciones de  parentesco<sup><a name="s11" href="#11">11</a></sup>.</p>     <p> Marine Segalen subraya la importancia de la cultura material como tema para el  estudio de la familia, ya que las familias conocen varios contextos materiales  que constituyen la base de sus vidas. En este sentido, la cultura material  revela los lazos existentes entre los grupos dom&eacute;sticos, las comunidades locales  y el entorno social. De acuerdo con esta perspectiva, se&ntilde;ala Segalen que se  podr&iacute;a construir una historia de la familia en funci&oacute;n, por ejemplo, del agua,  desde el pozo hasta el grifo, o en funci&oacute;n de la alimentaci&oacute;n, desde el hogar  hasta el microondas<sup><a name="s12" href="#12">12</a></sup>.</p>     <p> El trabajo de Pounds, exclusivamente descriptivo, se enfoca en la satisfacci&oacute;n  de las necesidades b&aacute;sicas de alimentaci&oacute;n, cobijo y vestido en la Europa  preindustrial. El autor resalta la importancia de hacer una historia de  individuos y familias, cuyos esfuerzos para conseguir el pan de cada d&iacute;a y para  entender su mundo se reflejan en las obras que dejaron tras de s&iacute;<sup><a name="s13" href="#13">13</a></sup>.</p>     <p> En nuestro continente tambi&eacute;n encontramos estudios interesados en recuperar la  importancia de las condiciones de vida material de las personas: Oswaldo Callo  en Per&uacute; analiza el mobiliario dom&eacute;stico en Lima, partiendo de la premisa de que  los objetos utilitarios cumplen funciones determinadas y manifiestan el estilo  de vida, econom&iacute;a dom&eacute;stica, ritmo de vida, cultura y h&aacute;bitos familiares<sup><a name="s14" href="#14">14</a></sup>.  Francisco Garc&iacute;a Gonz&aacute;lez en M&eacute;xico trabaja la cultura material (vestimenta,  muebles, alimento) de una familia acomodada en el Zacatecas colonial,  representativa de un modo de vida y costumbres de muchos zacatecanos<sup><a name="s15" href="#15">15</a></sup>.  Gustavo Curiel en el mismo pa&iacute;s vincula los objetos suntuarios (finas alfombras,  escritorios, relojes, tapicer&iacute;as, servicios de mesa de plata y oro, camas,  enseres de lujo, alhajas, etc.) de uso diario que proporcionaron prestigio  social a los habitantes de la Ciudad de M&eacute;xico en el siglo XVIII, con el uso de  espacios cotidianos dentro de las casas<sup><a name="s16" href="#16">16</a></sup>. En Costa Rica, Arnaldo  Moya Guti&eacute;rrez se propone desentra&ntilde;ar el entorno dom&eacute;stico de los agentes  sociales, partiendo de la idea de que las cosas y los diferentes usos que se le  dieron brindan un marco para reconstruir el espacio social<sup><a name="s17" href="#17">17</a></sup>.</p>     <p> En Argentina contamos con el trabajo de Carlos Mayo<sup><a name="s18" href="#18">18</a></sup> en el que  compila diferentes trabajos enfocados en reconstruir el entrono material -la  vivienda, la vestimenta, la dieta- en la frontera pampeana, intentando  complejizar la imagen que se ten&iacute;a de la misma. Osvaldo Otero, en su trabajo  sobre la vivienda porte&ntilde;a durante el virreinato, tiende a pensar y explicar la  vivienda, lo concreto y formal, interactuando con el hombre inserto en la  sociedad. Considera a la casa como un objeto de uso y valor simb&oacute;lico inserto en  un espacio donde las vivencias y relaciones fueron plasmadas y representadas por  el objeto f&iacute;sico<sup><a name="s19" href="#19">19</a></sup>.</p>     <p> No cabe duda que los objetos materiales concretos forman parte de la vida  cotidiana del individuo. Tales objetos no s&oacute;lo producen efectos f&iacute;sicos (por  ejemplo, la vestimenta cubre el cuerpo), sino que tambi&eacute;n tienen significado y  valor simb&oacute;lico, y en este sentido, comunican y expresan, por ejemplo, status  social y econ&oacute;mico. El significado y valor simb&oacute;lico que adquiere lo material  tiene que ver con la amplia gama de interacciones que se da entre los sujetos  entre s&iacute;, y de estos mismos con los objetos que se compran, venden, donan y  transmiten en herencia. En este sentido, lo material nos habla sobre los  individuos y es una puerta de entrada para la comprensi&oacute;n de la sociedad. Pero  cabe recalcar que lo material s&oacute;lo tiene sentido en un contexto social  espec&iacute;fico. De ah&iacute; la importancia de comenzar con una breve descripci&oacute;n de la  sociedad cordobesa en el siglo XVIII.</p>     <p><b>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 2. Una imagen de la sociedad cordobesa</b></p>     <p> C&oacute;rdoba era una ciudad perif&eacute;rica dentro del Virreinato del R&iacute;o de la Plata y a  la vez constitu&iacute;a un nudo de v&iacute;as comerciales; su estrat&eacute;gica ubicaci&oacute;n permit&iacute;a  el paso constante de hombres y mercanc&iacute;as, en tanto que articulaba los caminos  hacia el Alto Per&uacute;, Chile y Buenos Aires. Mientras que en la primera mitad del  siglo XVIII, la ciudad se nos presenta bastante deteriorada: con sus  construcciones en mal estado, la acequia sin funcionar, inundaciones constantes,  pestes, sequ&iacute;as, crisis agr&iacute;colas, y en consecuencia, empobrecimiento general de  los vecinos<sup><a name="s20" href="#20">20</a></sup>, en la segunda mitad del siglo se desataca el gobierno  del Marqu&eacute;s Sobremonte, con una importante obra de infraestructura como la  construcci&oacute;n de</p>     <p> &quot;la acequia de acueducto y las fuentes p&uacute;blicas y privadas &#91;...&#93; la ca&ntilde;ada &#91;...&#93;  revestida de pared de piedra, cal y ladrillo &#91;...&#93; un ramal para el colegio de  Monserrat, otro para el de Hu&eacute;rfanas, y otro para el de las Carmelitas &#91;...&#93; el  desagüe de la fuente de la plaza &#91;...&#93; una Alameda de sauces &#91;...&#93; el alumbrado  p&uacute;blico &#91;...&#93; y la limpieza de las calles dispuesta&quot;<sup><a name="s21" href="#21">21</a></sup>.</p>     <p> Con estas obras las condiciones de vida mejoraron en general, las epidemias de  significaci&oacute;n ya no azotaban a la ciudad, el hambre no era algo generalizado y  el comercio repunt&oacute; considerablemente.</p>     <p> Entre los pobladores de la ciudad encontramos, seg&uacute;n el censo de 1778, 2697  espa&ntilde;oles, 121 indios y 2335 entre negros, mulatos y mestizos<sup><a name="s22" href="#22">22</a></sup>. Es  decir, que algo m&aacute;s del 60% de la poblaci&oacute;n de C&oacute;rdoba correspond&iacute;a a indios,  negros, mestizos y mulatos. Esto explica, como se&ntilde;ala Emiliano Endrek, el  recrudecimiento del prejuicio racial en el &uacute;ltimo cuarto del siglo XVIII.</p>     <p> La jerarquizaci&oacute;n social estaba profundamente acentuada en el n&uacute;cleo urbano, en  comparaci&oacute;n con la campa&ntilde;a cordobesa, donde la poblaci&oacute;n blanca aumentaba  mientras que la de castas disminu&iacute;a; esto era posible si consideramos que los  habitantes de la campa&ntilde;a se &quot;blanqueaban&quot; muy r&aacute;pido, lejos de la aristocracia  ciudadana que, demasiado celosa de sus linajes y privilegios, combat&iacute;a  ac&eacute;rrimamente las mezclas raciales y sociales<sup><a name="s23" href="#23">23</a></sup>.</p>     <p> La sociedad cordobesa era una sociedad estamental, estratificada. Entre los  principales grupos sociales<sup><a name="s24" href="#24">24</a></sup> encontramos el grupo blanco,  representado por espa&ntilde;oles -especialmente criollos, ya que los europeos eran  bastantes pocos- que conformaban la aristocracia social y eran los propietarios  de vidas, tierras, haciendas, solares, etc. Se jactaban de ser los descendientes  de los fundadores de la ciudad, y su hidalgu&iacute;a se basaba en muchos casos, m&aacute;s en  una elaboraci&oacute;n social hecha dentro de la ciudad que en sus concretos  antecedentes peninsulares de nobleza<sup><a name="s25" href="#25">25</a></sup>.</p>     <p> La elite urbana se dedicaba principalmente a la producci&oacute;n y comercio de mulas,  primordial actividad econ&oacute;mica que desde 1630 y durante los dos siglos  siguientes permiti&oacute; articular la econom&iacute;a cordobesa con el resto del espacio  colonial<sup><a name="s26" href="#26">26</a></sup>. Era frecuente que muchas de las mulas fueran compradas en  la campa&ntilde;a bonaerense cuando ten&iacute;an un a&ntilde;o de edad. De all&iacute; eran llevadas a los  valles serranos de C&oacute;rdoba, donde se las ten&iacute;a uno o dos a&ntilde;os hasta que estaban  en condiciones de marchar al Norte; invernaban en la ciudad de Salta y luego  segu&iacute;an camino hacia el Alto Per&uacute;. Pero los grandes comerciantes y hacendados no  s&oacute;lo se dedicaban al tr&aacute;fco de mulas, sino que tambi&eacute;n participaban en el  comercio de importaci&oacute;n de productos provenientes del puerto de Buenos Aires, la  capital del virreinato, trayendo a C&oacute;rdoba las mercader&iacute;as de Castilla que  vend&iacute;an luego en sus tiendas de la ciudad.</p>     <p> La tenencia de tierras era otra de las actividades a la que se dedicaba la elite  cordobesa. &eacute;sta implicaba no s&oacute;lo poder econ&oacute;mico, sino tambi&eacute;n un s&iacute;mbolo de  prestigio, ya que originariamente se hab&iacute;an obtenido como mercedes de la Corona  junto a las encomiendas de indios<sup><a name="s27" href="#27">27</a></sup>. A su vez, este grupo  privilegiado ten&iacute;a el acceso exclusivo a los cargos pol&iacute;ticos en el Cabildo de  la ciudad: Alcaldes de primer y de segundo voto, Alguacil, Procurador general,  Regidor, etc.<sup><a name="s28" href="#28">28</a></sup>.</p>     <p> Cabe destacar que la tendencia de las familias de elite se orientaba a evitar la  dispersi&oacute;n de los bienes, favoreciendo la endogamia del grupo social, es decir,  el casamiento de la prole con hijos de familias pertenecientes a una extracci&oacute;n  social similar<sup><a name="s29" href="#29">29</a></sup>. El segundo grupo social los conforman los blancos  de menor cuant&iacute;a y pardos, grupo que abarcara a mestizos, mulatos, zambos y  chinos, con el denominador com&uacute;n del tono bronceado de la piel. Finalmente,  estaba la poblaci&oacute;n amorfa y fluctuante: la clase de &quot;baja esfera&quot; como indios,  negros, mulatos, zambos, etc., todos mezclados y confundidos en la miseria  com&uacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Las diferencias que aislaban a los sectores acomodados de los grupos subalternos  empezaban en la legislaci&oacute;n; la aplicaci&oacute;n de castigos, el acceso a cargos  p&uacute;blicos y religiosos y la posibilidad de educaci&oacute;n, hasta el ejercicio de  determinados oficios y las propias costumbres como el vestido, el adorno, etc.  Sin embargo, y a pesar de una aristocracia celosa de su linaje y privilegios,  existieron &iacute;ntimos intercambios entre blancos, indios y negros. Por la  consiguiente profundizaci&oacute;n del mestizaje que provocaron estos intercambios, la  sociedad experiment&oacute; un prejuicio creciente por parte de los blancos hacia las  castas. Es m&aacute;s, la pertenencia al sector de blancos o castas era en cierto modo  flexible, &quot;un dictamen judicial resolviendo que se <i>tenga por blanco </i>a un  individuo cuya extracci&oacute;n socio-racial estaba puesta en duda fue posible en  ciertas circunstancias y &eacute;pocas&quot;<sup><a name="s30" href="#30">30</a></sup>. No es de extra&ntilde;ar entonces que el  mestizo representara una amenaza para el grupo privilegiado, no s&oacute;lo por su  condici&oacute;n de ileg&iacute;timo, vago y dado a los vicios, sino principalmente por el  considerable aumento de este grupo en el &uacute;ltimo cuarto del siglo XVIII.</p>     <p> Recordemos que C&oacute;rdoba es una ciudad perif&eacute;rica dentro del Virreinato del R&iacute;o de  la Plata. Concolorcorvo en su paso por C&oacute;rdoba hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n sobre  el aspecto pobre y de escaso adorno de las iglesias, a las que les faltaban  &quot;muchas cosas esenciales&quot; y no llegaban a una &quot;honesta decencia&quot;; en cuanto a  las viviendas observ&oacute; el viajero que eran &quot;buenas y fuertes&quot;, y aunque eran  escasas las casas de altos, eran bastante elevados los techos de las bajas y sus  habitaciones &quot;suficientemente proporcionadas&quot;<sup><a name="s31" href="#31">31</a></sup>.</p>     <p><b>     <br> 3. La sala y el Estrado</b></p>     <p> La sala de recibo y el estrado constituyen espacios de sociabilidad por  excelencia; en ellos se encontraban algunos objetos que, como veremos, formaban  parte de las distintas interacciones en las que entraban en juego y se pon&iacute;an de  manifiesto jerarqu&iacute;as sociales y de g&eacute;nero. En general, en las salas y estrados  cordobeses no se encontraban gran diversidad de muebles; hab&iacute;a b&aacute;sicamente  muebles para sentarse, algunas mesas, escritorios y cajas o ba&uacute;les. Estos  &uacute;ltimos no eran exclusivos de las salas y estrados, ya que los encontraremos  tambi&eacute;n en las alcobas.</p>     <p> En todas las casas de personas acomodadas exist&iacute;a una sala destinada a recibir  visitas: la &quot;sala de recibo&quot;, que era uno de los cuartos m&aacute;s grandes y  constitu&iacute;a una de las habitaciones principales de la vivienda, en tanto era el  centro de la vida social de la familia. En esta habitaci&oacute;n se destacaban  particularmente los muebles para sentarse: <i>sillas y taburetes</i>, los  segundos m&aacute;s comunes que los primeros. Hab&iacute;a artesanos que trabajaban la madera  dedicados espec&iacute;ficamente a la confecci&oacute;n de estos muebles, los denominados <i> silleros</i>, todos residentes en la ciudad de C&oacute;rdoba<sup><a name="s32" href="#32">32</a></sup>.</p>     <p> En la sala de la vivienda de Don Gaspar Bravo y Do&ntilde;a Juana Isabel D&iacute;az  encontramos la interesante cantidad de sesenta taburetes, de los cuales  veinticuatro estaban sin armar<sup><a name="s33" href="#33">33</a></sup>. Cabe destacar que Don Gaspar se  dedicaba al comercio de importaci&oacute;n de mercader&iacute;as de Castilla, que vend&iacute;a en su  tienda ubicada en la ciudad. El capital que aport&oacute; al matrimonio ascend&iacute;a a la  abultada suma de 59.395 pesos; su esposa, Do&ntilde;a Juana Isabel, por su parte, quien  ingres&oacute; al matrimonio una dote de 12.000 pesos, pertenec&iacute;a a una distinguida  familia cordobesa dedicada al tr&aacute;fico de mulas.</p>     <p> Dentro de la elite urbana se destacan algunas familias tradicionales como los  Allende, que pose&iacute;an extensos predios en la campa&ntilde;a cordobesa y se dedicaban al  comercio de mulas y a la importaci&oacute;n de mercader&iacute;as desde el puerto de Buenos  Aires, adem&aacute;s de acceder a los cargos concejiles en el Cabildo. Don Joseph  Allende, rama tercera de esta familia, comerciante de mulas y Regidor cuyo  capital ascend&iacute;a al total de 35.102 pesos y 4 reales y medio, contaba en su  morada con sesenta y seis muebles para sentarse: doce sillas de brazos y  cincuenta y cuatro taburetes de distintos estilos<sup><a name="s34" href="#34">34</a></sup>. El elevado  n&uacute;mero de sillas, en ambos casos, indica una activa vida social<sup><a name="s35" href="#35">35</a></sup>.  Podemos imaginar la sala principal de la vivienda de Joseph Allende, llena de  invitados elegantes sentados en sus numerosas sillas y taburetes, conversando y  degustando alguna bebida; chocolate, por ejemplo.</p>     <p> Los taburetes eran asientos sin brazos ni respaldo<sup><a name="s36" href="#36">36</a></sup>, aunque en  algunos casos pod&iacute;an tener un respaldo estrecho<sup><a name="s37" href="#37">37</a></sup>.</p>     <p> Eran preferentemente torneados, de madera de nogal o jacarand&aacute;, de color negro  &quot;hechura de Tucum&aacute;n&quot;, y el asiento as&iacute; como el espaldar pod&iacute;an ser de suela;  algunos ten&iacute;an detalles como tachuelas amarillas<sup><a name="s38" href="#38">38</a></sup>. Seg&uacute;n Gustavo  Curiel, los taburetes eran asientos bajos que utilizaban preferentemente las  mujeres, lo que las pon&iacute;a en una posici&oacute;n m&aacute;s baja que los hombres, algo que  indica evidentemente subordinaci&oacute;n de g&eacute;nero<sup><a name="s39" href="#39">39</a></sup>. Las sillas de brazos,  por su parte, pod&iacute;an ser de madera de nogal, jacarand&aacute; o baqueta y suela. Estos  muebles permit&iacute;an un postura m&aacute;s c&oacute;moda (apoyar la espalda y los brazos) que los  taburetes, los cuales no ten&iacute;an respaldo, o bien ten&iacute;an uno estrecho. Las  familias pose&iacute;an generalmente m&aacute;s taburetes que sillas de brazos; probablemente  estas pocas se reservaban para los due&ntilde;os de casa o alg&uacute;n invitado importante.  En la Europa moderna, la silla de brazos sol&iacute;a pertenecer al amo de la casa,  como s&iacute;mbolo de su poder en el &aacute;mbito dom&eacute;stico<sup><a name="s40" href="#40">40</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> El matrimonio constituido por Don Miguel Fern&aacute;ndez y Do&ntilde;a Isabel Echenique  contaba, como muchas de las familias de elite, con una estancia en la campa&ntilde;a  cordobesa y una propiedad en la ciudad. El inventario elaborado a la muerte de  los c&oacute;nyuges da cuenta de la cantidad y diversidad de bienes que pose&iacute;a el  matrimonio; baste con decir que se necesitaron siete d&iacute;as para tasarlos. El  total de bienes se avalu&oacute; en un total de 16.730 pesos. En la sala de la morada  de esta familia encontramos un asiento particular, m&aacute;s grande que la silla de  brazos: un &quot;sill&oacute;n con su caparaz&oacute;n bordado de plata de realze sobre terciopelo  mui antiguo&quot;<sup><a name="s41" href="#41">41</a></sup>, siendo este ejemplar el &uacute;nico encontrado en la  documentaci&oacute;n revisada. Al igual que las sillas de brazos, este mueble debi&oacute;  haber estado reservado para invitados de honor o los propios due&ntilde;os de casa.</p>     <p> Las sillas, sillones y taburetes no s&oacute;lo produc&iacute;an un efecto f&iacute;sico como servir  de asiento a las personas, sino que ten&iacute;an a su vez un significado social:  teniendo en cuenta las diferencias existentes en cuanto a la comodidad y altura  de los distintos muebles para sentarse, dice Rafaella Sarti que la hechura de  las sillas, sillones y taburetes y su empleo reflejaba una aut&eacute;ntica jerarqu&iacute;a  familiar y social<sup><a name="s42" href="#42">42</a></sup>. A su vez, hemos de tener en cuenta que si bien  las familias menos pr&oacute;speras econ&oacute;mica y socialmente tambi&eacute;n contaban con estos  muebles, la diferencia estriba en la <i>cantidad </i>de muebles para sentarse  que ten&iacute;an las familias de elite y la <i>calidad </i>y precio de los mismos.</p>     <p> Completaban el mobiliario de la sala las <i>mesas, </i>que eran generalmente  cuadradas aunque se encuentran algunas redondas; igualmente las sillas y  taburetes pod&iacute;an ser de madera de nogal o jacarand&aacute;, y tambi&eacute;n las hab&iacute;a  confeccionadas con madera de cedro y algarrobo, y en alg&uacute;n caso aislado, de palo  de paraguay. La mayor&iacute;a ten&iacute;a entre uno y cuatro cajones con cerradura y llave.  Estos muebles eran de diversos tama&ntilde;os, y en todas las casas de familias  distinguidas hab&iacute;a al menos una mesa grande, de entre dos y tres varas de largo<sup><a name="s43" href="#43">43</a></sup>.</p>     <p> Don Joseph Allende contaba con doce ejemplares entre &quot;mesas y mesitas&quot;. Una de  &eacute;stas, la m&aacute;s grande, de palo de paraguay, con estante y cuatro cajones, de tres  varas y cuarta de largo y una y un octavo de ancho y avaluada en cuarenta pesos,  constituye junto con una mesa redonda de jacarand&aacute; de 25 pesos las m&aacute;s  destacadas de su sala y vivienda, considerando que tambi&eacute;n contaba con numerosas  mesas catalogadas de viejas y maltratadas<sup><a name="s44" href="#44">44</a></sup>. Don Gaspar Bravo tambi&eacute;n  ten&iacute;a en su vivienda numerosas mesas, de las cuales se destacan dos de jacarand&aacute;  de 50 pesos cada una<sup><a name="s45" href="#45">45</a></sup>. En la morada de Miguel Fern&aacute;ndez y su esposa  Isabel Echenique encontramos una mesa de jacarand&aacute; redonda de pie de cabra con  dos cajones, de 70 pesos<sup><a name="s46" href="#46">46</a></sup>. Son destacables estos casos de mesas  avaluadas entre los 25 y 70 pesos, ya que la mayor&iacute;a de estos muebles no  superaban los 8 pesos.</p>     <p> M&aacute;s all&aacute; de las caracter&iacute;sticas formales de estos muebles es necesario pensarlos  en relaci&oacute;n con los actores sociales y las interacciones cotidianas que se daban  entre &eacute;stos. Tal interrelaci&oacute;n es la que dota de significado social al objeto en  cuesti&oacute;n; en este sentido, podemos considerar a la mesa como un espacio o lugar  donde se expresan y fortalecen las jerarqu&iacute;as sociales, sexuales y  generacionales<sup><a name="s47" href="#47">47</a></sup>. Esto se aprecia, por ejemplo, si tenemos en cuenta  que la mujer era quien deb&iacute;a servir los alimentos a los hombres, los cuales  ten&iacute;an el privilegio de sentarse a la mesa sobre todo cuando las sillas eran  escasas. No servir la comida correctamente, es decir, fr&iacute;a, ofrecerle la mejor  pieza de alimento al hu&eacute;sped, etc., eran causas de violencia del marido hacia su  esposa; incluso pod&iacute;a castigarla para corregirla por su &quot;desobediencia e  impertinencia&quot; en el mismo lugar donde &quot;se come&quot;, haciendo valer su potestad  sobre ella<sup><a name="s48" href="#48">48</a></sup>.</p>     <p> A su vez podemos considerar a la mesa y el acto de &quot;comer juntos&quot; como un rasgo  caracter&iacute;stico de una familia aut&eacute;ntica, cuya base era el matrimonio; en sentido  inverso, la ruptura de la unidad familiar evidenciada en la ruptura del v&iacute;nculo  matrimonial pod&iacute;a reflejarse en el hecho de comer separados. La Iglesia Cat&oacute;lica  no admit&iacute;a la disoluci&oacute;n del lazo conyugal, pero s&iacute; la separaci&oacute;n de &quot;lecho, <i> mesa </i>y vivienda&quot;<sup><a name="s49" href="#49">49</a></sup>, la cual reflejaba la ruptura del lazo  conyugal y, en definitiva, de la familia<sup><a name="s50" href="#50">50</a></sup>.</p>     <p> Dentro de la sala encontraba lugar el estrado de la se&ntilde;ora de la casa. Los  estrados eran, ante todo, espacios femeninos perfectamente delimitados dentro de  la sala, en los que las mujeres de la casa se dedicaban a tareas de costura y a  recibir visitas de su mismo nivel social. Este espacio tom&oacute; su nombre de las  tarimas de madera que se colocaban sobre el piso de la sala de visitas. Esto  permit&iacute;a la creaci&oacute;n de un espacio de mayor altura que el nivel general de la  habitaci&oacute;n; es decir que con el uso de las tarimas se creaban dos sitios de  distintas calidades sociales dentro de una misma sala<sup><a name="s51" href="#51">51</a></sup>. Las tarimas  de estrado ten&iacute;an distintos tama&ntilde;os y pod&iacute;a ser de madera de cedro o nogal,  cubiertas generalmente por alfombras de diversos dise&ntilde;os. El estrado de Do&ntilde;a  Isabel Echenique estaba compuesto por dos tarimas de cedro, una grande y la otra  m&aacute;s peque&ntilde;a, las cuales se cubr&iacute;an con una &quot;alfombra de estrado de lana bordada  de lomillo con seis varas de largo y tres de ancho en cuarenta pesos&quot;<sup><a name="s52" href="#52">52</a></sup>.</p>     <p> Sobre el estrado se dispon&iacute;an los asientos para las se&ntilde;oras, cojines y  taburetes, y tambi&eacute;n distintas &quot;mesitas&quot; peque&ntilde;as de estrado, con caj&oacute;n,  cerradura y llave. Exist&iacute;an muebles propios de estos espacios femeninos. Do&ntilde;a  Polonia Ascasubi, casada en segundas nupcias con el mencionado Joseph Allende,  contaba con 18 &quot;sillitas de estrado&quot;<sup><a name="s53" href="#53">53</a></sup>; Do&ntilde;a Isabel Echenique  dispon&iacute;a en su estrado de doce camoncillos, que no son otra cosa que taburetes  peque&ntilde;os de estrado<sup><a name="s54" href="#54">54</a></sup> de madera de nogal, pie de cabra y forrados de  tapiz amarillo<sup><a name="s55" href="#55">55</a></sup>. Menos com&uacute;n era el uso de cojines que, por ejemplo,  ten&iacute;a Do&ntilde;a Francisca &aacute;vila, quien contaba con seis de &eacute;stos hechos de calamaco<sup><a name="s56" href="#56">56</a></sup>.  Seg&uacute;n el an&aacute;lisis de Gustavo Curiel, en M&eacute;xico durante el siglo XVIII las  mujeres pasaron de los cojines a los taburetes, cambio que implic&oacute; un cambio en  el estatus femenino, pues la mujer comenz&oacute; a situarse a la misma altura que los  hombres&quot;<sup><a name="s57" href="#57">57</a></sup>. Es tal vez un tanto arriesgado hablar de un &quot;cambio en el  status femenino&quot; al observar los objetos que utilizaban las mujeres para  sentarse en los estrados. Deber&iacute;amos tener en cuenta, evidentemente, m&aacute;s  elementos para realizar una afirmaci&oacute;n tal; sin embargo s&iacute; podemos advertir una <i>tendencia </i>hacia la utilizaci&oacute;n de taburetes en vez de los mencionados  cojines, cuyo uso era cada vez menos extendido.</p>     <p> Algunos estrados contaban adem&aacute;s con un espaldar<sup><a name="s58" href="#58">58</a></sup>, que eran  colgaduras de tapicer&iacute;a, largas y angostas que se colocaban en las paredes a  manera de frisos para arrimar a ellas las espaldas<sup><a name="s56" href="#59">59</a></sup>. En el estrado  de Isabel Echenique encontramos dos espaldares; uno de ellos, el m&aacute;s lujoso, era  de tafet&aacute;n doble, carmes&iacute;; el otro, m&aacute;s viejo y usado, era de angaripola, de una  vara y cuarto de largo y adem&aacute;s contaba con un detalle (cenefa) en tafet&aacute;n  amarillo<sup><a name="s60" href="#60">60</a></sup>.</p>     <p> Otro grupo de muebles muy com&uacute;n, a&uacute;n m&aacute;s que las mesas, eran las cajas y ba&uacute;les,  muebles propios de las salas y las alcobas. En los ba&uacute;les y cajas se guardaba  gran diversidad de objetos; en los primeros, principalmente ropa de cama y ropa  de uso; y en las cajas, adem&aacute;s de ropa se almacenaban herramientas, libros e  im&aacute;genes religiosas, entre otras cosas. El espa&ntilde;ol Mathias de Idalgo, dedicado  al comercio de importaci&oacute;n de &quot;efectos de Castilla&quot;, guardaba en una misma caja,  que era por cierto bastante grande, lo siguiente:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> &quot;Una chupa de brocato de oro en campo blanco usada, imagen de los Dolores, un  Se&ntilde;or de la agon&iacute;a grande, un San Jos&eacute; con una efgie de la concepci&oacute;n, plancha  fina, un sacatrapos, escuche con dos nabajas, otro estuche con una lanzeta,  algunas balas y piedras de escopeta, un librito de la Nobena de Dolores, otro  librito de escribir cuentas, 20 estampas, ocho sacos de ma&iacute;z, dos peines de  lienxo y otro de bayeta&quot;<sup><a name="s61" href="#61">61</a></sup>.</p>     <p> Muchos ba&uacute;les y cajas ten&iacute;an una o dos cerraduras y llave, en especial las cajas  m&aacute;s peque&ntilde;as, en las que se guardaban los objetos m&aacute;s preciados: las alhajas y  plata sellada. Tanto las cajas como los ba&uacute;les eran muebles de madera,  principalmente de cedro, que superaban la vara de largo; se diferenciaban entre  s&iacute; por estar los ba&uacute;les forrados por dentro con tela y por fuera con cuero,  mientras que las cajas no ten&iacute;an forro alguno. A su vez, los ba&uacute;les ten&iacute;an  detalles en tachuelas o clavos de distintos metales, lo cual encarec&iacute;a su  precio. Don Hip&oacute;lito Garc&iacute;a Pose, vecino de la ciudad dedicado al comercio de  productos de la tierra y &quot;efectos de Castilla&quot;, que hab&iacute;a contra&iacute;do matrimonios  con Isabel Usandivaras, hija de una familia distinguida de C&oacute;rdoba, tambi&eacute;n  dedicada al comercio de mulas, ten&iacute;a dos ba&uacute;les forrados y tachuelados a  martillo, cerradura dorada y adorno tasados en el considerable precio de 300  pesos<sup><a name="s62" href="#62">62</a></sup>.</p>     <p> Cajas y ba&uacute;les eran comunes a todos los grupos sociales y eran apreciados por su  &quot;movilidad y versatilidad&quot;<sup><a name="s63" href="#63">63</a></sup>; en caso de mudanza o viaje era el  elemento que permit&iacute;a a las personas trasladar sus pertenencias de un lado a  otro. En todos los hogares, fueran ricos o pobres, exist&iacute;an por lo menos una o  dos cajas. La diferencia estribaba en la cantidad de cajas y ba&uacute;les y los  detalles que pod&iacute;an tener &eacute;stos. Mientras que Don Joseph Allende ten&iacute;a siete  cajas y un ba&uacute;l<sup><a name="s64" href="#64">64</a></sup>, otras personas no pose&iacute;an m&aacute;s que un ba&uacute;l en el que guardaban la ropa de su uso<sup><a name="s65" href="#65">65</a></sup>.</p>     <p> Que existiera gran cantidad de cajas en los hogares cordobeses signifcaba la  inexistencia de otro tipo de mueble para guardar la ropa. Guardar la ropa de uso  en cajas y ba&uacute;les implic&oacute; una posici&oacute;n corporal particular, muy distinta que si  se guardara la ropa en un armario, los cuales no se mencionaron en ninguno de  los documentos revisados. Con las cajas y ba&uacute;les hab&iacute;a que &quot;inclinarse sobre los  mismos y hurgar en su interior en busca de la prenda&quot;<sup><a name="s66" href="#66">66</a></sup>.</p>     <p> En sala de la vivienda de Miguel Fern&aacute;ndez e Isabel Echenique destaca un mueble  particular, encontrado s&oacute;lo en este caso dentro de toda la documentaci&oacute;n  revisada. Es, a saber, un estante con ocho separaciones en el que se guardaban  dos cajones con cerradura y llave, y en uno de ellos, una imagen de Nuestra  Se&ntilde;ora de la Concepci&oacute;n y un par de candeleros de metal amarillo<sup><a name="s67" href="#67">67</a></sup>.  Ha de haberse considerado todo esto como una unidad, ya que est&aacute; tasado el  conjunto entero de estante, cajones, imagen y candeleros juntos, todo esto en 70  pesos. Probablemente en este mueble se guardaran, adem&aacute;s, los ocho libros que  ten&iacute;a la familia. El estante implica, si se quiere buscar algo en &eacute;l, una  disposici&oacute;n corporal distinta de si se tratara de un ba&uacute;l o una caja, con los  cuales hay que inclinarse sobre ellos.</p>     <p> En las salas de visitas, los estrados y las alcobas (o aposentos) se hallaban  otros de los muebles destacados de los grupos privilegiados: los escritorios.  Estos muebles, ligados a una pr&aacute;ctica espec&iacute;fica como lo es la escritura, ten&iacute;an  adem&aacute;s de una funci&oacute;n material, un significado social: el acto de escribir era  caracter&iacute;stico de personas con alg&uacute;n grado de educaci&oacute;n. El acceso a una  educaci&oacute;n era, a su vez, propio de los estamentos m&aacute;s acaudalados, aunque no  descartamos a personas de grupos subalternos. En este sentido, estos muebles  para escribir comunicaban o expresaban, en este caso, status social. Encontramos  que Don Joseph Allende ten&iacute;a en su vivienda tres escritorios, dos de ellos con  chapa de plata y coronaci&oacute;n dorada y una escriban&iacute;a. Adem&aacute;s, otro mueble  destinado a la escritura que se destacaba por sus detalles y adornos, y se  describe como &quot;toda pintada con su bet&uacute;n carmes&iacute; y sus pinturas sobresaltadas a  la china, cuatro cajones cada uno con su chapa amarilla y dos agarraderas de los  mismo, tiene interiormente cuatro cajoncitos y un registro en medio con su  cubierta de cristal de una vara de largo y una de ancho, tasada en 40 pesos&quot;<sup><a name="s68" href="#68">68</a></sup>.  As&iacute; explica Gustavo Curiel, para el caso mexicano, la presencia de estos muebles  en tanto objetos de prestigio:</p>     <p> &quot;Sentado frente a uno de los muchos escritorios de la casa, el jefe de la  familia tomaba un papel, para luego hacer uso del recado para escribir; en el  papel asentaba una orden, al terminar de redactarla le imprim&iacute;a su sello  personal con un punz&oacute;n y lacre, y por &uacute;ltimo, el se&ntilde;or de la casa llamaba con  una campanilla de plata al sirviente, quien entregar&iacute;a la orden para ser  ejecutada. <i>El proceso de escribir &oacute;rdenes era, y sigue siento, todo un acto  de poder, de ah&iacute; el &eacute;xito de estos muebles</i>&quot;<sup><a name="s69" href="#69">69</a></sup>.</p>     <p> Por imitaci&oacute;n, los escritorios no faltaron en las casas de estratos sociales  menos afortunados. El intento de algunos grupos social y econ&oacute;micamente menos  pr&oacute;speros por identificarse con ese rango inmediatamente superior se evidenciaba  en la posesi&oacute;n de alg&uacute;n que otro escritorio, aunque nunca se escribiera en  ellos. En la casa de Don Joseph &aacute;vila y Do&ntilde;a Antonia Flores, matrimonio que no  pertenec&iacute;a al grupo de elite, encontramos dos de estos muebles destinados a la  escritura, a pesar de que Antonia no sab&iacute;a escribir y Joseph apenas escrib&iacute;a su  nombre<sup><a name="s70" href="#70">70</a></sup>. Petrona Gigena, tambi&eacute;n sin saber escribir, ten&iacute;a en su  vivienda un escritorio<sup><a name="s71" href="#71">71</a></sup>. Esto se explica debido a que la posesi&oacute;n de  escritorios, muchos de ellos chapeados en plata y oro, fue un asunto m&aacute;s ligado  al prestigio social que a la escritura en s&iacute; misma. A su vez no dejan de ser  estos muebles y sus cajones con cerradura y llave lugares propicios para guardar  objetos valiosos, aunque no siempre asociados a la escritura, como alhajas y  plata sellada. Por ejemplo, Don Pedro Josef Guti&eacute;rrez guardaba en una gaveta de  su escritorio de nogal seis anillos preciosos con sus piedras y dos juegos de  botones<sup><a name="s72" href="#72">72</a></sup>.</p>     <p> En las habitaciones de importancia como la sala principal y el aposento de los  due&ntilde;os de casa no faltaban, vistiendo las paredes, algunos cuadros con motivos  en su mayor&iacute;a religiosos, adem&aacute;s de los espejos. &eacute;ste es el caso del comerciante  de mulas Joseph Allende, que contaba con la elevada cantidad de veintinueve  cuadros y once espejos, muchos de ellos con marco y coronaci&oacute;n dorados. El uso  de espejos dentro de las casas remite a los palacios europeos, donde estaban de  moda las galer&iacute;as y salones de espejos<sup><a name="s73" href="#73">73</a></sup>. Estas piezas, s&iacute;mbolos por  excelencia de la vanidad humana, y tal vez utilizados para dar m&aacute;s luz a las  habitaciones<sup><a name="s74" href="#74">74</a></sup>, eran propias de los estamentos m&aacute;s acaudalados, por  lo que tambi&eacute;n se convirtieron en distintivos sociales. No todos ten&iacute;an el  privilegio de conocer el propio rostro o ver reflejado su cuerpo entero.</p>     <p> Los cuadros y lienzos pintados que vest&iacute;an las paredes de salas y alcobas eran  en su mayor&iacute;a de motivos religiosos, producto de la devoci&oacute;n familiar. Los m&aacute;s  distinguidos eran aquellos con marco y coronaci&oacute;n de oro o dorada y que med&iacute;an  m&aacute;s de una vara de largo. Do&ntilde;a Rosa Carranza, perteneciente a una distinguida  familia cordobesa tambi&eacute;n ligada al negocio de las mulas, por su parte, dispon&iacute;a  en su vivienda de veintis&eacute;is lienzos con motivos sagrados; adem&aacute;s, un cuadro con  un retrato suyo y de su esposo, el comerciante Don Juan Coll y, por otra parte,  un lienzo de &quot;los Reyes Ingas del Per&uacute;&quot;<sup><a name="s75" href="#75">75</a></sup>. Estas obras, por su  singularidad, han de haber otorgado gran prestigio a la familia, pues es el  primer caso encontrado de un cuadro de m&aacute;s de una vara de largo que retrate a  los due&ntilde;os de casa.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Hasta ahora nos hemos centrado en las familias de elite, pero &iquest;c&oacute;mo eran las  salas de las familias menos pr&oacute;speras econ&oacute;micamente? En la sala de Jos&eacute;  Bustamante ten&iacute;an acomodo unos pocos muebles muy sencillos: una mesa, un  escritorio peque&ntilde;o, una caja y un par de sillas tra&iacute;das en dote por su primera  mujer<sup><a name="s76" href="#76">76</a></sup>. Josefa Toranzo, parda libre y viuda de Pedro Ferreira, viv&iacute;a  con su hijo en una &quot;casita construida en un solar&quot; en la que se encontraban como  &uacute;nicos muebles un escritorio viejo con doce gavetas, una mesa, una silla de  brazos y una petaca<sup><a name="s77" href="#77">77</a></sup>. Como vemos, la cantidad de muebles es m&iacute;nima;  no abundan los muebles para sentarse; y en algunos casos ni siquiera alcanzan  para los mismos miembros de la familia, como en la casa de Pedro Nolasco Xixena,  donde viv&iacute;an once personas, contando tres esclavos, y sin embargo hab&iacute;a s&oacute;lo  seis sillas<sup><a name="s78" href="#78">78</a></sup>.</p>     <p><b>     <br> 4. La alcoba</b></p>     <p> El mueble m&aacute;s importante en los aposentos no pod&iacute;a ser otro que la cama o cuja  del matrimonio due&ntilde;o de casa, cuyas cortinas, al correrse daban lugar a uno de  los pocos espacios de intimidad con que se contaba en la casa: el lecho  matrimonial, &quot;s&iacute;mbolo de la vida en pareja&quot;<sup><a name="s79" href="#79">79</a></sup>. Este mueble se  compon&iacute;a de varios elementos, la cuja siempre se acompa&ntilde;aba de cortinas,  colgadura de cama y, en muchos casos, un accesorio donde colocar los pies al  abandonar la cama, los rodapi&eacute;s. La cama, rodeada de cortinas, no era s&oacute;lo el  &quot;refugio del sue&ntilde;o y el descanso, sino tambi&eacute;n un muralla contra el fr&iacute;o. Era el  espacio de la intimidad profunda y del rezo&quot;<sup><a name="s80" href="#80">80</a></sup>, y era la alcoba  tambi&eacute;n el escenario reiterado donde el marido le aplicaba golpizas con claras  connotaciones sexuales a su esposa<sup><a name="s81" href="#81">81</a></sup>.</p>     <p> Josefa Guti&eacute;rrez llev&oacute;, como dote al casarse con el Coronel de los Reales  Ej&eacute;rcitos Don Francisco Xavier Tirry, la abultada suma de 29.436 pesos (la dote  m&aacute;s cara entre toda al documentaci&oacute;n revisada). Entre los numerosos bienes que  compon&iacute;an esa dote, se destacan los objetos para preparar un confortable y hasta  ostentoso lecho matrimonial: una colgadura de cama con rodapi&eacute; y colcha  forrados, y flecadura de seda carmes&iacute;, todo de damasco nuevo, tasado en 292  pesos; cuatro fundas de almohada de tafet&aacute;n n&aacute;car en siete pesos; tres piezas de  hilera para presilla de dicha colgadura; fundas de almohada de coleta aplomadas  en seis pesos; y un colch&oacute;n nuevo de buenos colores en 12 pesos<sup><a name="s82" href="#82">82</a></sup>.</p>     <p> Los colchones, s&aacute;banas, almohadas y sobrecamas que completaban el lecho eran  objetos que, habitualmente, eran aportados por las mujeres al matrimonio.  Conseguir un magn&iacute;fco ajuar de cama era el ideal de toda mujer con altas  posibilidades econ&oacute;micas. El ajuar de cama adquiri&oacute; notable importancia, dado  que la boda &quot;marcaba el comienzo de la vida en pareja&quot;<sup><a name="s83" href="#83">83</a></sup>. Dice  Rafaella Sarti que el valor y la importancia de la cama para la vida conyugal no  era s&oacute;lo pr&aacute;ctico, sino tambi&eacute;n simb&oacute;lico, ya que este espacio sol&iacute;a ser un  territorio genuinamente femenino, donde al marido le resultaba particularmente  peligroso &quot;meterse&quot;, ya que all&iacute; deb&iacute;a mostrarse capaz de &quot;hacer suya&quot; a la  esposa en el terreno carnal<sup><a name="s84" href="#84">84</a></sup>. Entre los estamentos acomodados, la  ropa de cama ingresada al matrimonio era nueva, algunas de telas fnas y con  encajes, y adornadas con cintas. Do&ntilde;a Mar&iacute;a Anizete Cabanillas, por ejemplo,  llev&oacute; como dote, para preparar el lecho que compartir&iacute;a con su esposo, el  comerciante de mulas, Don Luis Carranza,</p>     <p> &quot;un colch&oacute;n listado de algod&oacute;n nuevo, en ocho pesos; dos pares de s&aacute;banas de  Ruan forete bien tratadas en trese pesos, un par de almohadas de angaripola con  sus fundas de breta&ntilde;a anargadas y encajes finos con sus sintas, todo nuevo que  tasaron en dose pesos; otro par dichas de breta&ntilde;a...en cinco pesos; un colcha de  Angaripola con su guarnici&oacute;n de sinta y en oja en siete pesos y unas cortinas de  angaripola de cama en disisiete pesos&quot;<sup><a name="s85" href="#85">85</a></sup>.</p>     <p> Otra era la situaci&oacute;n de personas menos pr&oacute;speras econ&oacute;micamente. Por ejemplo,  Manuela Far&iacute;as, perteneciente al sector artesanal de la ciudad, de oficio  tejedora de ponchos, estaba casada con Don Josef Niz, mas &eacute;ste se encontraba  ausente hac&iacute;a ya muchos a&ntilde;os, por lo que Manuela dorm&iacute;a sola en su aposento en  una cuja vieja de algarrobo, sobre un colch&oacute;n forrado de lienzo de algod&oacute;n,  tambi&eacute;n muy viejo. Las s&aacute;banas rosas que cubr&iacute;an su colch&oacute;n estaban casi  inservibles, mas las almohadas estaban en muy buen estado, e incluso con fundas  de breta&ntilde;a con encajes. Completaban su lecho una frazada vieja y una sobrecama  afelpada, tambi&eacute;n vieja y rota. Las cortinas de su cama, destinadas a dar  privacidad y cubrir del fr&iacute;o, eran de angaripola y se encontraban en p&eacute;simo  estado, o bien, seg&uacute;n la descripci&oacute;n de los tasadores, &quot;muy maltratadas&quot;<sup><a name="s86" href="#86">86</a></sup>.  Por otra parte, muchas veces no se correspond&iacute;a el n&uacute;mero de habitantes de una  vivienda con la cantidad de camas disponibles. La familia Xixena, de ocho  miembros: padre, madre y seis hijos menores, dispon&iacute;a solamente de dos cujas<sup><a name="s87" href="#87">87</a></sup>.  No podemos llegar a saber d&oacute;nde y en qu&eacute; condiciones dorm&iacute;a la familia,  probablemente compart&iacute;an la misma cama hasta m&aacute;s de dos personas.</p>     <p> Completaban el mobiliario de la alcoba los ba&uacute;les y cajas, aunque como vimos, no  eran exclusivos de esta habitaci&oacute;n de la vivienda, pues tambi&eacute;n los encontramos  en la sala. Adem&aacute;s de contar con algunos ba&uacute;les para guardar la ropa de su uso,  vemos que en la alcoba de Isabel de Usandivaras y Mathias Idalgo<sup><a name="s88" href="#88">88</a></sup> se  encontraba otro mueble poco com&uacute;n, que introdujo do&ntilde;a Isabel al matrimonio: una  c&oacute;moda inglesa de nogal, avaluada en 70 pesos<sup><a name="s89" href="#89">89</a></sup>. Este mueble, uno de  los pocos ejemplares encontrados en la documentaci&oacute;n<sup><a name="s90" href="#90">90</a></sup>, permiti&oacute;  organizar mejor la ropa de uso y los objetos en &eacute;l guardados.</p>     <p> Destaca Gustavo Curiel que en el siglo XVII no exist&iacute;an roperos ni c&oacute;modas para  guardar la ropa; estos pr&aacute;cticos muebles fueron inventos de silgo XVIII,  producto de la Ilustraci&oacute;n y sus afanes de orden y catalogaci&oacute;n<sup><a name="s91" href="#91">91</a></sup>. En  C&oacute;rdoba, bien entrado el siglo XVIII, roperos y c&oacute;modas siguen siendo muebles  escasos y poco comunes, aunque como vimos, comienzan a hacer su aparici&oacute;n en las  casas de algunas familias acomodadas, lo que nos habla de una <i>tendencia </i> hacia la aparici&oacute;n de muebles con finalidades y funciones espec&iacute;ficas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Otro mueble particular lo encontramos en el inventario del comerciante Don  Francisco Palacio (con un capital que supera los 40.000 pesos), un tocador con  espejo grande de 300 pesos<sup><a name="s92" href="#92">92</a></sup>, que probablemente se ubicaba en la  misma rec&aacute;mara o en una habitaci&oacute;n junto a ella. &eacute;ste es un mueble que podemos  considerar de lujo, no s&oacute;lo por ser poco com&uacute;n<sup><a name="s93" href="#93">93</a></sup>, sino por su elevado  precio comparado con tocadores que menciona Curiel para el caso de la Ciudad de  M&eacute;xico, avaluados en no m&aacute;s de 60 pesos<sup><a name="s94" href="#94">94</a></sup>. En el tocador se llevaba a  cabo el &quot;diario y complicado&quot; arreglo personal de los miembros de la familia;  all&iacute; se cortaban el pelo, lavaban, perfumaban, retocaban y acicalaban. Dice  Curiel que para armar un tocador bastaba con tener una silla, una mesa cubierta  con una tela fina y un espejo<sup><a name="s95" href="#95">95</a></sup>. Sin embargo, como vimos en el caso  de Francisco Palacio, advertimos la presencia de tocadores ya integrados como  muebles especializados construidos con una finalidad espec&iacute;fica.</p>     <p> Siguiendo con esta l&iacute;nea de muebles construidos con fines espec&iacute;ficos que  comienzan a hacer su aparici&oacute;n en las habitaciones de algunas familias  cordobesas, encontramos, en alcobas y estrados, a los biombos, que responden a  la necesidad de generar un espacio de intimidad dentro de una habitaci&oacute;n. Do&ntilde;a  Rosa Carranza ten&iacute;a uno en su aposento, el cual aparece en el documento  inventariado junto con los dem&aacute;s muebles de alcoba, tales como una cuja de  cedro, un colch&oacute;n con tela de algod&oacute;n con forro de angaripola, una mesita y un  relicario, cajas y escritorio<sup><a name="s96" href="#96">96</a></sup>. Su funci&oacute;n dentro de las rec&aacute;maras  era crear un poco de intimidad en este espacio. Se usaban cerca de las camas,  como barreras, para impedir las miradas indiscretas de sirvientes y visitantes<sup><a name="s97" href="#97">97</a></sup>,  y tambi&eacute;n probablemente para cubrir del fr&iacute;o.</p>     <p><b>     <br> CONCLUSI&Oacute;N</b></p>     <p> Los objetos de uso cotidiano, en este caso el mobiliario dom&eacute;stico, m&aacute;s all&aacute; de  la utilidad concreta que puedan tener, tienen significados propios que es  preciso desentra&ntilde;ar. Nunca hemos de pensarlos solos o aislados, sino insertos en  las pr&aacute;cticas o rituales cotidianos de los que forman parte. Observando el  entorno material de la familia podemos llegar a comprender algunas relaciones y  pr&aacute;cticas sociales asociadas a estos objetos.</p>     <p> El estrado, por ejemplo, represent&oacute; el espacio femenino por excelencia; permit&iacute;a  la existencia de dos espacios bien diferenciados dentro de la sala. La cantidad  de muebles para sentarse indicaba la activa o no vida social de los due&ntilde;os de  casa. Por su parte, el acto de comer juntos y compartir la misma mesa era  s&iacute;mbolo de la vida familiar. A su vez, en torno de la mesa se reflejaban las  jerarqu&iacute;as sociales y de g&eacute;nero. La alcoba se constitu&iacute;a en el espacio de la  intimidad sexual, del rezo y, tambi&eacute;n, en el espacio donde la subordinaci&oacute;n de  g&eacute;nero se hac&iacute;a patente, ya que como vimos, era la alcoba un lugar reiterado  donde el marido le aplicaba, por distintos motivos, golpes a su esposa.</p>      <p> Los distintos grupos de objetos trabajados nos permiten comprender que tales  objetos no s&oacute;lo produc&iacute;an efectos f&iacute;sicos, sino que tambi&eacute;n serv&iacute;an para  comunicar o expresar status social y econ&oacute;mico y las diferencias de g&eacute;nero. Pero  los objetos, en este caso los muebles, ten&iacute;an a su vez un rol fundamental en la  construcci&oacute;n, reconstrucci&oacute;n y reinterpretaci&oacute;n constante de la cultura en s&iacute;.  Desempe&ntilde;aban, tambi&eacute;n, un papel importante al mantener y fortalecer el poder y  los privilegios del grupo dominante de la sociedad<sup><a name="s98" href="#98">98</a></sup>.</p>  <hr size="1">    <p><b>Comentarios</b></p>     <p><sup><a name="1" href= "#s1" >1</a></sup>.  Arjun Appadurai, &quot;I. Introducci&oacute;n: las mercanc&iacute;as y la pol&iacute;tica del valor&quot;, en <i>La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercanc&iacute;as, </i>ed.&nbsp; Arjun Appadurai (M&eacute;xico: Grijalbo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,  1991), 19.</p>     <p><sup> <a name="2" href= "#s2" >2</a></sup>.  Marcia-Anne Dobres y Christopher Hofman, <i>The social dynamics of technology.  Practice, politics and world views </i>(Washington and London: Smithsonian  Institution Press, 1999), 218.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="3" href= "#s3" >3</a></sup>.  Oswaldo Callo, &quot;Literatura y cultura material: el mobiliario dom&eacute;stico en Lima  (1840-1870)&quot;, en <i>Familia y vida cotidiana en Am&eacute;rica Latina siglos XVIII-XX, </i>coords. Scarlett O&#39;phelan Godoy et al. (Lima: Pontificia Universidad  Cat&oacute;lica del Per&uacute;, 2003), 93.</p>     <p><sup><a name="4" href= "#s4" >4</a></sup>.  Norbert Elias, <i>El proceso de la civilizaci&oacute;n. Investigaciones sociogen&eacute;ticas  y psicogen&eacute;ticas </i>(Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1993), 163 y  164.</p>     <p><sup><a name="5" href= "#s5" >5</a></sup>.  Norbert Elias, <i>El proceso de la civilizaci&oacute;n, </i>164.</p>     <p><sup><a name="6" href= "#s6" >6</a></sup>.  Marcia-Anne Dobres y Christopher Hofman, <i>The social dynamics of technology, </i>220.</p>     <p><sup><a name="7" href= "#s7" >7</a></sup>.  Arjun, Appadurai, ed. <i>La vida social de las cosas.</i></p>     <p><sup><a name="8" href= "#s8" >8</a></sup>.  A. J. Bauer, &quot;La cultura material&quot;, en <i>Para una historia de Am&eacute;rica, </i>I. <i>Las estructuras, coords. </i>Marcelo Carmagnani, Alicia Hernandez Ch&aacute;vez y  Ruggiero Romano (M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1999), 404.</p>     <p><sup><a name="9" href= "#s9" >9</a></sup>.  Norman Pounds, <i>La vida cotidiana. Historia de la cultura material </i> (Barcelona, Editorial Cr&iacute;tica, 1992), 22.</p>     <p><sup><a name="10" href= "#s10" >10</a></sup>.  Henry Glassie, <i>Material Culture </i>(Bloomington and Indianapolis,&nbsp; Indiana University press), 1999, 41.</p>     <p><sup><a name="11" href= "#s11" >11</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia. Casa, comida y vestido </i>(Barcelona:  Editorial Cr&iacute;tica, 2003).</p>     <p><sup><a name="12" href= "#s12" >12</a></sup>.  Martine Segalen, &quot;Las condiciones materiales de la vida familiar&quot;, en <i> Historia de la familia europea, </i>vol. II. <i>La vida familiar desde la  Revoluci&oacute;n Francesa hasta la Primera Guerra Mundial </i>(1789-1913), comps.  David Kertzer y Marzio Barbagli (Barcelona: Paid&oacute;s, 2003), 51.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="13" href= "#s13" >13</a></sup>.  Norman Pounds, <i>La vida cotidiana, </i>13-17.</p>     <p><sup><a name="14" href= "#s14" >14</a></sup>.  Oswaldo Callo, &quot;Literatura y cultura material&quot;, 93-117.</p>     <p><sup><a name="15" href= "#s15" >15</a></sup>.  Francisco Garc&iacute;a Gonz&aacute;lez, &quot;Vida cotidiana y cultura material en el Zacatas  colonial&quot;, en <i>Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico, </i>tomo III. <i>El  siglo XVIII: entre tradici&oacute;n y cambio, </i>dir. Pilar Gonzalbo Aizpuru (M&eacute;xico:  Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005), 45-71.</p>     <p><sup><a name="16" href= "#s16" >16</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos. Los rituales de lo cotidiano&quot;, en <i> Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico, </i>tomo II. <i>La ciudad Barroca, </i> dir. <sup>Pilar Gonzalbo Aizpuru (M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005), </sup>81-109.</p>     <p><sup><a name="17" href= "#s17" >17</a></sup>.  Arnaldo Moya Guti&eacute;rrez, &quot;Cultura material y vida cotidiana: el entorno dom&eacute;stico  de los vecinos principales de Cartago (1750-1820)&quot;, en <i>H&eacute;roes al gusto y  libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900), </i>eds.  Iv&aacute;n Molina Jim&eacute;nez y Steven Palmer (San Jos&eacute;: Editorial Porvenir, Plumsock  Mesoamerican Studies, 1992), 9-44.</p>     <p><sup><a name="18" href= "#s18" >18</a></sup>. <i>Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulper&iacute;a y la escuela </i> (1770-1870), comp. Carlos Mayo (Buenos Aires: Editorial Biblos, 2000).</p>     <p><sup><a name="19" href= "#s19" >19</a></sup>.  Osvaldo Otero, &quot;La vivienda porte&ntilde;a en tiempos virreinales. Materiales, uso,  funci&oacute;n y valor simb&oacute;lico&quot;. (Tesis de doctorado en Historia, Universidad  Nacional de La Plata, 2004), 35 y 36.</p>     <p><sup><a name="20" href= "#s20" >20</a></sup>.  Ver An&iacute;bal Arcondo, <i>El ocaso de una sociedad estamental. C&oacute;rdoba entre 1700 y  1760 </i>(C&oacute;rdoba: Direcci&oacute;n de Publicaciones de la Universidad Nacional de  C&oacute;rdoba, 1992), 230-233.</p>     <p><sup><a name="21" href= "#s21" >21</a></sup>.  &quot;Memoria del Marqu&eacute;s de Sobremonte escrita para su sucesor el coronel de  ingenieros don Jos&eacute; Gonzalez&quot;, en <i>C&oacute;rdoba, Ciudad y provincia. Siglos XVI-XX.  Seg&uacute;n relatos de viajeros y otros testimonios, </i>comp. Carlos Segreti,  (C&oacute;rdoba Junta Provincial de Historia de C&oacute;rdoba, 1973), 195-201.</p>     <p><sup><a name="22" href= "#s22" >22</a></sup>.  Emiliano Endrek, <i>El mestizaje en C&oacute;rdoba. Siglo XVIII y principios del XIX.  Cuadernos de historia </i>XXXIII (C&oacute;rdoba: Universidad Nacional de C&oacute;rdoba,  Facultad de Filosof&iacute;a y Humanidades, Instituto de Estudios Americanistas, 1966),  13.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="23" href= "#s23" >23</a></sup>.  Emiliano Endrek, <i>El mestizaje en C&oacute;rdoba, </i>18, 19.</p>     <p><sup><a name="24" href= "#s24" >24</a></sup>.  Sobre la Estratifcaci&oacute;n de la sociedad cordobesa: Emiliano Endrek, <i>El  mestizaje en C&oacute;rdoba, </i>27, 28.</p>     <p><sup><a name="25" href= "#s25" >25</a></sup>.  Efra&iacute;n Bischof, <i>Historia de C&oacute;rdoba, cuatro siglos </i>(Buenos Aires,  Editorial Plus Ultra, 1997), 65.</p>     <p><sup><a name="26" href= "#s26" >26</a></sup>.  Carlos Sempat Assadourian, &quot;Econom&iacute;as regionales y mercado interno colonial. El  caso de C&oacute;rdoba en los siglos XVI y XVII&quot;, en <i>El sistema de la econom&iacute;a  colonial. El mercado interior, regiones y espacio econ&oacute;mico </i>(M&eacute;xico:  Editorial Nueva Imagen, 1983), 19-63.</p>     <p><sup><a name="27" href= "#s27" >27</a></sup>.  Ana In&eacute;s Punta, <i>C&oacute;rdoba Borb&oacute;nica. Persistencias coloniales en tiempo de  reformas (1750-1800) </i>(C&oacute;rdoba: Facultad de Filosof&iacute;a y Humanidades,  Universidad Nacional de C&oacute;rdoba, Talleres Gr&aacute;fcos de la Direcci&oacute;n General de  Publicaciones de la Universidad Nacional de C&oacute;rdoba, 1997), 76.</p>     <p><sup><a name="28" href= "#s28" >28</a></sup>.  Liliana Betty Romero Cabrera, <i>La &quot;Casa de Allende&quot; y la clase dirigente:  1750-1810 </i>(C&oacute;rdoba: Junta Provincial de Historia de C&oacute;rdoba, 1993), 99 y  100.</p>     <p><sup><a name="29" href= "#s29" >29</a></sup>.  M&oacute;nica Ghirardi, <i>Matrimonios y familias en C&oacute;rdoba. </i>Pr&aacute;cticas y  representaciones (C&oacute;rdoba: Centro de estudios avanzados Universidad Nacional de  C&oacute;rdoba, Ferreyra Editor, 2004), 65.</p>     <p><sup><a name="30" href= "#s30" >30</a></sup>.  M&oacute;nica Ghirardi, <i>Matrimonios y familias, </i>55.</p>     <p><sup><a name="31" href= "#s31" >31</a></sup>.  Concolorcorvo, &quot;El Lazarillo de ciegos caminantes. Desde Buenos Aires hasta  Lima&quot;, en <i>C&oacute;rdoba, Ciudad y provincia, </i>168 y 169.</p>     <p><sup><a name="32" href= "#s32" >32</a></sup>.  Hugo Moyano, <i>La organizaci&oacute;n de los gremios en C&oacute;rdoba. Sociedad artesanal y  producci&oacute;n artesanal. 1810-1820 </i>(C&oacute;rdoba: Centro de Estudios Hist&oacute;ricos,  1986), 41, 50.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="33" href= "#s33" >33</a></sup>.  Archivo Hist&oacute;rico de la Provincia de C&oacute;rdoba, C&oacute;rdoba, Argentina (en adelante  AHPC), Carta de Capital de Gaspar Bravo, Registro 1, a&ntilde;o 1789, Inv. 171, Fs.  148v a 158r.</p>     <p><sup><a name="34" href= "#s34" >34</a></sup>.  AHPC, Escriban&iacute;a 1, a&ntilde;o 1790, legajo 411, inventario 6.</p>     <p><sup><a name="35" href= "#s35" >35</a></sup>.  Rafaela Sarti, &quot;Las condiciones materiales de la vida familiar&quot;, en <i>Historia  de la familia europea, </i>Vol. III, <i>La vida familiar en el siglo XX, </i>52.</p>     <p><sup><a name="36" href= "#s36" >36</a></sup>.  Francisco Garc&iacute;a Gonz&aacute;lez, &quot;Vida cotidiana y cultura material&quot;, 57.</p>     <p><sup><a name="37" href= "#s37" >37</a></sup>.  Mar&iacute;a de Argüello cuenta en su inventario con seis &quot;taburetes de espaldar&quot;,  AHPC, Registro 1, 1781, Inv. 164, f. 346r. En otro documento de la misma persona  se mencionan &quot;seis taburetes con espaldar de suela&quot; Escriban&iacute;a 1, 1781, Leg.  396, Expte. 2. Asimismo, Mar&iacute;a Mercedes Flores ten&iacute;a en la sala de su vivienda  ocho taburetes que se aclaran son &quot;con espaldar y asiento&quot; Escriban&iacute;a 1, 1787,  Leg. 406, Expte.7</p>     <p><sup><a name="38" href= "#s38" >38</a></sup>.  AHPC, Inventario de Don Miguel Antonio Fern&aacute;ndez y su esposa Do&ntilde;a Isabel  Echenique, Escriban&iacute;a 1, 1791, Leg. 412, Expte. 1, f. 35v</p>     <p><sup><a name="39" href= "#s39" >39</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Dos ejemplos de cartas de dote de la ciudad de M&eacute;xico en el  siglo XVII&quot;, en <i>Dote Matrimonial y redes de poder en el Antiguo R&eacute;gimen en  Espa&ntilde;a y Am&eacute;rica, </i>coords. Nora Siegrist de Gentile y Edda O.Samudio A.  (M&eacute;rida: Talleres Gr&aacute;fcos Universitarios, Universidad de los Andes, 2006), 149.</p>     <p><sup><a name="40" href= "#s40" >40</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>163.</p>     <p><sup><a name="41" href= "#s41" >41</a></sup>.  AHPC, Inventario de Don Miguel Antonio Fern&aacute;ndez y su esposa Do&ntilde;a Isabel  Echenique, Escriban&iacute;a 1, 1791, Leg. 412, Expte. 1, f. 36v</p>     <p><sup><a name="42" href= "#s42" >42</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>163.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="43" href= "#s43" >43</a></sup>.  Vara: medida de longitud que se usaba en distintas regiones de Espa&ntilde;a con  valores diferentes, que oscilaban entre 768 y 912 mm. <i>Diccionario de la Real  Academia Espa&ntilde;ola. </i>Microsoft® Encarta® 2007. © 1993-2006 Microsoft  Corporation.</p>     <p><sup><a name="44" href= "#s44" >44</a></sup>.  AHPC, Inventario de Don Joseph Allende, Escriban&iacute;a 1, Leg. 411, Expte. 6</p>     <p><sup><a name="45" href= "#s45" >45</a></sup>.  AHPC, Capital de Gaspar Bravo, Registro 1, 1789, Inv, 171, f. 154v.</p>     <p><sup><a name="46" href= "#s46" >46</a></sup>.  AHPC, Inventario de Miguel Antonio Fern&aacute;ndez e Isabel Echenique, Escriban&iacute;a 1,  Leg. 412, Expte. 1, f.35v</p>     <p><sup><a name="47" href= "#s47" >47</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>200.</p>     <p><sup><a name="48" href= "#s48" >48</a></sup>.  M&oacute;nica Ghirardi, <i>Matrimonios y familias, </i>338, 339.</p>     <p><sup><a name="49" href= "#s49" >49</a></sup>.  La Iglesia sosten&iacute;a la imposibilidad de disoluci&oacute;n del lazo conyugal,  argumentando que el matrimonio constitu&iacute;a un sacramento bendecido por Dios. Sin  embargo, el divorcio o quiebra del estado matrimonial s&iacute; estaba autorizado por  las leyes espa&ntilde;olas (seg&uacute;n dispon&iacute;a el Derecho Can&oacute;nico), aunque s&oacute;lo en dos  modalidades, ambas muy dif&iacute;ciles de alcanzar: la nulidad o divorcio <i>quoad  vinculum </i>y el divorcio <i>quoad thorum et mutuam cohabitationem </i>o  separaci&oacute;n de cuerpos, tambi&eacute;n conocida como separaci&oacute;n de lecho y de mesa.  M&oacute;nica Ghirardi, <i>Matrimonios y familias, </i>219, 220.</p>     <p><sup><a name="50" href= "#s50" >50</a></sup>.  Rafaella Sarti, &quot;Las condiciones materiales de la vida familiar&quot;, 58.</p>     <p><sup><a name="51" href= "#s51" >51</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 82.</p>     <p><sup><a name="52" href= "#s52" >52</a></sup>.  AHPC, Inventario de Miguel Fern&aacute;ndez e Isabel Echenique, Escriban&iacute;a 1, 1791,  Leg. 412, Expte. 1.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="53" href= "#s53" >53</a></sup>.  AHPC, Tesatamento de Polonia Ascasubi, Registro 1, 1798, Inv. 179, f. 275.</p>     <p><sup><a name="54" href= "#s54" >54</a></sup>.  Ver <i>Diccionario de la Real Academia Espa&ntilde;ola</i>, Microsoft® Encarta® 2007. ©  1993-2006 Microsoft Corporation.</p>     <p><sup><a name="55" href= "#s55" >55</a></sup>.  AHPC, Ibidem, f. 35r.</p>     <p><sup><a name="56" href= "#s56" >56</a></sup>.  AHPC, Inventario de Francisca &aacute;vila, Escriban&iacute;a 1, 1796, Leg. 426, Ecote. 4.</p>     <p><sup><a name="57" href= "#s57" >57</a></sup>.  Curiel Gustavo, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 84.</p>     <p><sup><a name="58" href= "#s58" >58</a></sup>.  Ver Carta dotal de Justa de Allende, AHPC, Registro 1, 1791, Inv. 173, F. 32v.</p>     <p><sup><a name="59" href= "#s59" >59</a></sup>. <i>Diccionario de la Real Academia Espa&ntilde;ola</i>, Microsoft® Encarta® 2007. ©  1993-2006 Microsoft Corporation.</p>     <p><sup><a name="60" href= "#s60" >60</a></sup>.  AHPC, Inventario de Miguel Fern&aacute;ndez e Isabel Echenique, Escriban&iacute;a 1, 1791,  Leg. 412, Expte. 1. Cenefa: lista sobrepuesta o tejida en los bordes de las  cortinas, doseles, pa&ntilde;uelos, etc., de la misma tela y a veces de otra distinta. <i>Diccionario de la Real Academia Espa&ntilde;ola</i>, Microsoft® Encarta® 2007. ©  1993-2006 Microsoft Corporation.</p>     <p><sup><a name="61" href= "#s61" >61</a></sup>.  AHPC, Testamento de Don Mathias de Hidalgo, Registro1, 1783, Inv. 166.</p>     <p><sup><a name="62" href= "#s62" >62</a></sup>.  AHPC, Capital de Hip&oacute;lito Garc&iacute;a Pose, Registro 1, 1783, Inv. 166, f. 191v y ss.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="63" href= "#s63" >63</a></sup>.  Martine Segalen, &quot;Las condiciones materiales&quot;, 66.</p>     <p><sup><a name="64" href= "#s64" >64</a></sup>.  AHPC, Escriban&iacute;a 1, a&ntilde;o 1790, legajo 411, inventario 6.</p>     <p><sup><a name="65" href= "#s65" >65</a></sup>.  Es el caso de Dolores Lencina, que ingres&oacute; al matrimonio un ba&uacute;l con la corta  ropa de su uso, mientras que su marido no ingres&oacute; bien alguno. AHPC, Registro 1,  a&ntilde;o 1795, inventario 177, f 35v.</p>     <p><sup><a name="66" href= "#s66" >66</a></sup>.  Martine Segalen, &quot;las condiciones materiales&quot;, 66.</p>     <p><sup><a name="67" href= "#s67" >67</a></sup>.  AHPC, Inventario de Miguel Fern&aacute;ndez e Isabel Echenique, Escriban&iacute;a 1, 1791,  Leg. 412, Expte. 1, f.31r.</p>     <p><sup><a name="68" href= "#s68" >68</a></sup>.  AHPC, Inventario de Joseph Allende, Escriban&iacute;a 1, 1790, Leg. 411, Expte. 6.</p>     <p><sup><a name="69" href= "#s69" >69</a></sup>.  Curiel Gustavo: &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 88 y 89. Las cursivas son nuestras.</p>     <p><sup><a name="70" href= "#s70" >70</a></sup>.  AHPC, Juicio Sucesorio por los bienes de Antonia Flores, Escriban&iacute;a 1, 1776, Leg. 386, Expte. 6.</p>     <p><sup><a name="71" href= "#s71" >71</a></sup>.  AHPC, Testamento de Petrona Gigena, Registro 1, 1780, Inv. 163, 85r.</p>     <p><sup><a name="72" href= "#s72" >72</a></sup>.  AHPC, Testamento de Pedro Josef Guti&eacute;rrez, Registro 2, 1789. Inv. 4, f. 398r.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="73" href= "#s73" >73</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 87.</p>     <p><sup><a name="74" href= "#s74" >74</a></sup>.  Edith Couturier, hablando de la vivienda del Conde de Regla, establece que los  espejos eran otra forma en la que la luz pod&iacute;a capturarse. Edith Couturier,  &quot;Plata cincelada y terciopelo carmes&iacute;: una casa para el conde Regla&quot;, en <i> Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico</i>, tomo III, 164.</p>     <p><sup><a name="75" href= "#s75" >75</a></sup>.  AHPC, Testamento de Do&ntilde;a Rosa Carranza, Escriban&iacute;a 1, 1780, Leg. 393, Expte. 5.</p>     <p><sup><a name="76" href= "#s76" >76</a></sup>.  AHPC, Testamento de Jos&eacute; Bustamante, Registro 1, 1788, Inv. 170.</p>     <p><sup><a name="77" href= "#s77" >77</a></sup>.  AHPC, Testamento de Josefa Toranzo, Registro 1, 1796-98, Inv. 178, f. 176v.</p>     <p><sup><a name="78" href= "#s78" >78</a></sup>.  AHPC, Inventario de Pedro Nolasco Xixena, Escriban&iacute;a 1, 1776, Leg. 386, Expte.  8.</p>     <p><sup><a name="79" href= "#s79" >79</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>67.</p>     <p><sup><a name="80" href= "#s80" >80</a></sup>.  Francisco Garc&iacute;a Gonz&aacute;lez, &quot;Vida cotidiana y cultura material&quot;, 67.</p>     <p><sup><a name="81" href= "#s81" >81</a></sup>.  M&oacute;nica Ghirardi, <i>Matrimonios y familias, </i>338.</p>     <p><sup><a name="82" href= "#s82" >82</a></sup>.  AHPC, Dote de Josefa Guti&eacute;rrez, Registro 1, 1785, Inv. 168, f. 114v.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="83" href= "#s83" >83</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>66.</p>     <p><sup><a name="84" href= "#s84" >84</a></sup>.  Rafaella Sarti, <i>Vida en familia, </i>66 y 67.</p>     <p><sup><a name="85" href= "#s85" >85</a></sup>.  AHPC, Registro 1, a&ntilde;o 1782, inventario 165, folio 51r. La Dote est&aacute; avaluada en  un total de 685 pesos 7 reales.</p>     <p><sup><a name="86" href= "#s86" >86</a></sup>.  AHPC, Inventario de Manuela Far&iacute;as, Escriban&iacute;a 1, a&ntilde;o 1777, legajo 388,  inventario 3.</p>     <p><sup><a name="87" href= "#s87" >87</a></sup>.  AHPC, Inventario de Pedro Nolasco Xixena, Escriban&iacute;a 1, a&ntilde;o 1776, legajo 386,  inventario 8.</p>     <p><sup><a name="88" href= "#s88" >88</a></sup>.  Isabel de Usandivaras era hija del maestre de campo Don Xavier de Usandivaras y  de Do&ntilde;a Mar&iacute;a Theresa de Allende, perteneciente &eacute;sta a la distinguida familia  Allende que mencion&aacute;bamos m&aacute;s arriba. Su esposo, Hip&oacute;lito Garc&iacute;a Pose, era  comerciante.</p>     <p><sup><a name="89" href= "#s89" >89</a></sup>.  AHPC, Dote de Isabel de Usandivaras, Registro 1, 1783, Inv. 166, f.196r.</p>     <p><sup><a name="90" href= "#s90" >90</a></sup>. Don Sebasti&aacute;n Gonz&aacute;les de Lara tambi&eacute;n contaba en su vivienda con una c&oacute;moda, &eacute;sta  ten&iacute;a cuatro cajones y estaba avaluada en 25 pesos. AHPC, Registro 1, 1782, Inv.  165, f. 6r, As&iacute; mismo, Micaela de la Quintana entr&oacute; al matrimonio un c&oacute;moda de  nogal con cuatro cajones y cerradura, AHPC, Registro 1, 1795, Inv. 177 f.215r.</p>     <p><sup><a name="91" href= "#s91" >91</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 100. 92. AHPC, Inventario de Francisco  Palacio, Registro 1, 1785, Inv. 168, f. 336r.</p>     <p><sup><a name="92" href= "#s92" >92</a></sup>.  AHPC, Inventario de Francisco Palacio, Registro 1, 1785, Inv. 168, f. 336r.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="93" href= "#s93" >93</a></sup>.  El otro ejemplar de tocador con espejo encontrado es que entra al matrimonio  Micaela de la Quintana, AHPC. Registro 1, 1795, Inv, 177, F.215r.</p>     <p><sup><a name="94" href= "#s94" >94</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 100.</p>     <p><sup><a name="95" href= "#s95" >95</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Ajuares dom&eacute;sticos&quot;, 100, 101.</p>     <p><sup><a name="96" href= "#s96" >96</a></sup>.  AHPC, Testamento de Rosa Carranza, Escriban&iacute;a 1, 1780, Leg. 393, Expte. 5.</p>     <p><sup><a name="97" href= "#s97" >97</a></sup>.  Gustavo Curiel, &quot;Dos ejemplos de cartas&quot;, 138, 139.</p>     <p><sup><a name="98" href= "#s98" >98</a></sup>.  Marcia-Anne Dobres y Christopher Hofman, <i>The social dynamics of technology, </i>218, 219.</p>  <hr size="1">      <p><b> BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></p>     <p><b> Fuentes Primarias</b></p>     <p><b> Archivos:</b></p>     <!-- ref --><p> Archivo Hist&oacute;rico de la Provincia de C&oacute;rdoba (AHPC), C&oacute;rdoba, Argentina.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0121-1617200900020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Registro 1: A&ntilde;o 1780, Inventario (Inv) 163, Folios (ff.) 85r- 87v; A&ntilde;o 1781,  Inv. 164, ff. 341r- 647v; A&ntilde;o 1782, Inv 165, ff. 50r- 54r; A&ntilde;o 1782, Inv. 165,  ff. 4v- 10r; A&ntilde;o 1783, Inv. 166, ff. 191v y ss.; A&ntilde;o 1785, Inv. 168, ff. 336r;  A&ntilde;o 1788, Inv. 170, ff. 333v- 336v; A&ntilde;o 1789, Inv. 171, ff. 148v -158r; A&ntilde;o  1791, Inv. 173, ff. 32v y ss.; A&ntilde;o 1795, Inv 177, ff. 35v y ss.; A&ntilde;os 1796-98,  Inv. 178, ff. 176v- 177r; A&ntilde;o 1798, Inv. 179, f. 275r- 288r.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0121-1617200900020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Registro 2: A&ntilde;o 1789. Inv. 4, f. 398r-400r&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0121-1617200900020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Escriban&iacute;a 1: A&ntilde;o 1776, Legajo (Leg.) 386, Expediente (Expte.) 6; A&ntilde;o 1777, Leg.  388, Expte. 3; A&ntilde;o 1780, Leg. 393, Expte. 5; A&ntilde;o 1790, Leg. 411, Expte. 6; A&ntilde;o  1791, Leg. 412, Expte. 1; A&ntilde;o 1791, Leg. 412, Expte. 1; A&ntilde;o 1796, Leg. 426,  Expte. 4&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0121-1617200900020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><b> Fuentes Primarias impresas:</b></p>     <!-- ref --><p> Concolorcorvo. &quot;El Lazarillo de ciegos caminantes. Desde Buenos Aires hasta  Lima&quot;. En <i>C&oacute;rdoba, Ciudad y provincia. Siglos XVI-XX. Seg&uacute;n relatos de  viajeros y otros testimonios, </i>recopilaci&oacute;n de Carlos Segreti. C&oacute;rdoba: Junta  Provincial de Historia de C&oacute;rdoba, 1973, 165-175.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0121-1617200900020000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> &quot;Memoria del M&aacute;rques de Sobremonte escrita para su sucesor el coronel de  ingenieros don Jos&eacute; Gonzalez&quot;. En <i>C&oacute;rdoba, Ciudad y provincia. Siglos XVI-XX.  Seg&uacute;n relatos de viajeros y otros testimonios, </i>recopilaci&oacute;n de Carlos  Segreti. C&oacute;rdoba Junta Provincial de Historia de C&oacute;rdoba, 1973, 195-201.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0121-1617200900020000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><b> Fuentes Secundarias</b></p>     <!-- ref --><p> Appadurai, Arjun, ed. <i>La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de  las mercanc&iacute;as. </i>M&eacute;xico: Grijalbo, Consejo Nacional para la Cultura y las  Artes, 1991. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0121-1617200900020000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Arcondo, An&iacute;bal. <i>El ocaso de una sociedad estamental. C&oacute;rdoba entre 1700 y  1760. </i>C&oacute;rdoba: Direcci&oacute;n de Publicaciones de la Universidad Nacional de  C&oacute;rdoba, 1992. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0121-1617200900020000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bauer, A. J. &quot;La cultura material&quot;. En <i>Para una historia de Am&eacute;rica, </i>I. <i>Las estructuras, </i>coordinado por Marcelo Carmagnani, Alicia Hernandez  Ch&aacute;vez y Ruggiero Romano. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1999, 404, 497.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0121-1617200900020000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Bischoff, Efra&iacute;n. <i>Historia de C&oacute;rdoba, cuatro siglos. </i>Buenos Aires,  Editorial Plus Ultra, 1977. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0121-1617200900020000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Callo, Oswaldo. &quot;Literatura y cultura material: el mobiliario dom&eacute;stico en Lima  (1840-1870). En <i>Familia y vida cotidiana en Am&eacute;rica Latina siglos XVIII-XX, </i>coordinado por Scarlett O&#39;Phelan Godoy et al. Lima: Pontificia Universidad  Cat&oacute;lica del Per&uacute;, 2003, 93-117. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0121-1617200900020000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Couturier, Edith. &quot;Plata cincelada y terciopelo carmes&iacute;: una casa para el conde  Regla&quot;. En <i>Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico, </i>tomo III. El siglo  XVIII: <i>entre tradici&oacute;n y cambio, </i>dirigido por Pilar Gonzalbo Aizpuru.  M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005, 155-179. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0121-1617200900020000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Curiel, Gustavo. &quot;Ajuares dom&eacute;sticos. Los rituales de lo cotidiano&quot;. En <i> Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico, </i>tomo II. <i>La ciudad Barroca, </i> dirigido por Pilar Gonzalbo Aizpuru (M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005),  81-109. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0121-1617200900020000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Curiel, Gustavo. &quot;Dos ejemplos de cartas de dote de la ciudad de M&eacute;xico en el  siglo XVII&quot;. En <i>Dote Matrimonial y redes de poder en el Antiguo R&eacute;gimen en  Espa&ntilde;a y Am&eacute;rica, </i>coordinado por Nora Siegrist de Gentile y Edda O.Samudio  A. M&eacute;rida: Talleres Gr&aacute;fcos Universitarios,Universidad de los Andes, 2006, 123-159. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0121-1617200900020000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Dobres, Marcia-Anne and Hoffman, Christopher. <i>   The social dynamics of technology. Practice, politics and world views.  </i> Washington and London: Smithsonian Institution Press, 1999. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0121-1617200900020000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Elias, Norbert. <i>El proceso de la civilizaci&oacute;n. Investigaciones sociogen&eacute;ticas  y psicogen&eacute;ticas. </i>Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0121-1617200900020000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Endrek, Emiliano. <i>El mestizaje en C&oacute;rdoba. Siglo XVIII y principios del XIX.  Cuadernos de historia </i>XXXIII. C&oacute;rdoba: Universidad Nacional de C&oacute;rdoba,  Facultad de Filosof&iacute;a y Humanidades, Instituto de Estudios Americanistas, 1966.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0121-1617200900020000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Garc&iacute;a Gonz&aacute;lez, Francisco. &quot;Vida cotidiana y cultura material en el Zacatecas  colonial&quot;. En <i>Historia de la vida cotidiana en M&eacute;xico, </i>tomo III. <i>El  siglo XVIII: entre tradici&oacute;n y cambio, </i>dirigido por Pilar Gonzalbo Aizpuru.  M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005, 45-70.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000221&pid=S0121-1617200900020000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Ghirardi, M&oacute;nica. <i>Matrimonios y familias en C&oacute;rdoba. </i>Pr&aacute;cticas y  representaciones. C&oacute;rdoba: Centro de estudios avanzados Universidad Nacional de  C&oacute;rdoba, Ferreyra Editor, 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0121-1617200900020000800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Glassie, Henry. <i>Material Culture. </i>Bloomington and Indianapolis, Indiana  University press, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0121-1617200900020000800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Moya Guti&eacute;rrez, Arnaldo. &quot;Cultura material y vida cotidiana: el entorno  dom&eacute;stico de los vecinos principales de Cartago (1750-1820)&quot;. En <i>H&eacute;roes al  gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900), </i>editado por Iv&aacute;n Molina Jim&eacute;nez y Steven Palmer. San Jose: Editorial  Porvenir, Plumsock Mesoamerican Studies, 1992, 9-44.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0121-1617200900020000800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Moyano, Hugo. <i>La organizaci&oacute;n de los gremios en C&oacute;rdoba. Sociedad artesanal y  producci&oacute;n artesanal. </i>1810-1820. C&oacute;rdoba: Centro de Estudios Hist&oacute;ricos,  1986.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0121-1617200900020000800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Otero, Osvaldo. &quot;La vivienda porte&ntilde;a en tiempos virreinales. Materiales, uso,  funci&oacute;n y valor simb&oacute;lico&quot;. Tesis de doctorado en Historia, Universidad Nacional  de La Plata, 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0121-1617200900020000800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Pounds, Norman. <i>La vida cotidiana. Historia de la cultura material. </i> Barcelona, Editorial Cr&iacute;tica, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0121-1617200900020000800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Punta, Ana In&eacute;s. <i>C&oacute;rdoba Borb&oacute;nica. Persistencias coloniales en tiempo de  reformas (1750-1800). </i>C&oacute;rdoba: Facultad de Filosof&iacute;a y Humanidades,  Universidad Nacional de C&oacute;rdoba, Talleres Gr&aacute;ficos de la Direcci&oacute;n General de  Publicaciones de la Universidad Nacional de C&oacute;rdoba, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0121-1617200900020000800025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Romero Cabrera, Liliana Betty. <i>La &quot;Casa de Allende&quot; y la clase dirigente:  1750-1810. </i>C&oacute;rdoba: Junta Provincial de Historia de C&oacute;rdoba, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0121-1617200900020000800026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Sarti, Rafaella. <i>Vida en familia. Casa, comida y vestido en la Europa  moderna. </i>Barcelona: Editorial Cr&iacute;tica, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0121-1617200900020000800027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Sarti, Rafaella. &quot;Las condiciones materiales de la vida familiar&quot;. En Historia  de la familia europea, Vol. III. <i>La vida familiar en el siglo XX, </i> compilado por Kertzer, David y Barbagli, Marzio. Barcelona: Paid&oacute;s, 2003, 41-72.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0121-1617200900020000800028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Segalen, Martine. &quot;Las condiciones materiales de la vida familiar&quot;. En <i> Historia de la familia europea, </i>vol II. <i>La vida familiar desde la  Revoluci&oacute;n Francesa hasta la Primera Guerra Mundial (1789-1913), </i>compilado  por Kertzer, David y Barbagli, Marzio. Barcelona: Paid&oacute;s, 2003, 49-96.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0121-1617200900020000800029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Segreti, Carlos. <i>C&oacute;rdoba, Ciudad y provincia. Siglos XVI - XX. Seg&uacute;n relatos  de viajeros y otros testimonios. </i>C&oacute;rdoba Junta Provincial de Historia de  C&oacute;rdoba, 1973.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0121-1617200900020000800030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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