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<journal-title><![CDATA[Historia Crítica]]></journal-title>
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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[PRENSA Y OPINIÓN EN LOS INICIOS REPUBLICANOS &#40;NUEVO REINO DE GRANADA, 1808-1815&#41;]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[THE PRESS AND PUBLIC OPINION IN THE EARLY REPUBLIC &#40;NEW KINGDOM OF GRANADA, 1808-1815&#41;]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This essay examines the complex process of adopting freedoms of the press in what had been until that moment the New Kingdom of Granada. Between 1808 and 1815, a period of intense political mutations, the freedom of speech and the press were conceded though with restrictions. There was also the rhetorical inheritance that served as a common repertoire among the main political and educated figures of the period. The transition from an Enlightenment-based press to one that expressed political opinions was evident during these years. La Bagatela, published by Antonio Narino, was one example of this transition.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <font face="verdana" size="2">      <p align="center" ><font size="4"> <b>PRENSA Y OPINI&Oacute;N EN LOS INICIOS REPUBLICANOS &#40;NUEVO REINO DE GRANADA, 1808-1815&#41;</b><sup><a  name=s*  href="#*">*</a></sup></font></p>      <p ><b>Gilberto Loaiza Cano</b>    <br> Mag&iacute;ster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia y Doctor en  Sociolog&iacute;a de la Uni­versidad Par&iacute;s III-Iheal &#40;Francia&#41;. Profesor titular del  Departamento de Historia de la Universi­dad del Valle &#40;Cali, Colombia&#41;. Director  del grupo de investigaci&oacute;n Naci&oacute;n-Cultura-Memoria, en proceso de clasificaci&oacute;n  ante Colciencias. Su l&iacute;nea de investigaci&oacute;n es la historia intelectual de  Colombia, siglos xix y xx. Sus temas de inter&eacute;s son las relaciones entre  intelectuales y pol&iacute;tica y las pr&aacute;cticas de sociabilidad pol&iacute;tico-religiosa. Es  autor de dos estudios biogr&aacute;ficos, Luis Tejada y la lucha por una nueva Cultura.  1898-1924 &#40;Bogot&aacute;: Tercer Mundo-Colcultura, 1995&#41; y Manuel Anc&iacute;zary su &eacute;poca,  1811-1882 &#40;Medell&iacute;n: EAPiT-Universidad Nacional, 2004&#41;. <a  href="mailto:juegomivida1@yahoo.es"> juegomivida1@yahoo.es</a>.</p>  <hr size="1">      <p ><b>RESUMEN</b></p>      <p >Este ensayo examina el proceso complejo de adopci&oacute;n de las  libertades relacionadas con la publicaci&oacute;n de peri&oacute;dicos en lo que hab&iacute;a sido  hasta entonces el Nuevo Reino de Granada. Entre 1808 y 1815, &eacute;poca de intensas  mutaciones pol&iacute;ti­cas, las libertades de opini&oacute;n e impresi&oacute;n fueron concedidas y  practicadas con restricciones; a eso se agrega la herencia ret&oacute;rica que sirvi&oacute;  de reper­torio com&uacute;n de los principales agentes pol&iacute;ticos y letrados de aquella  &eacute;poca. La transici&oacute;n de una prensa ilustrada a una prensa de opini&oacute;n pol&iacute;tica  fue evidente en esos a&ntilde;os; La Bagatela, publicada por Antonio Nari&ntilde;o, fue  ejemplo de esa transici&oacute;n.</p>      <p ><b>PALABRAS CLAVE</b>    <br> Opini&oacute;n p&uacute;blica, periodismo, censura, ilustraci&oacute;n.</p>  <hr size="1">     <p align="center" ><font size="3"><b>THE PRESS AND PUBLIC OPINION IN THE EARLY REPUBLIC &#40;NEW  KINGDOM OF GRANADA, 1808-1815&#41;</b></font></p>      <p ><b>ABSTRACT</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p >This essay examines the complex process of adop­ting freedoms  of the press in what had been until that moment the New Kingdom of Granada.  Bet­ween 1808 and 1815, a period of intense political mutations, the freedom of  speech and the press were conceded though with restrictions. There was also the  rhetorical inheritance that served as a common repertoire among the main  political and educated figures of the period. The transition from an  Enlightenment-based press to one that expres­sed political opinions was evident  during these years. La Bagatela, published by Antonio Narino, was one example of  this transition.</p>      <p ><b>KEY WORDS</b>    <br> Public opinion, journalism, censorship, Enlightenment.</p>      <p >Art&iacute;culo recibido: 5 de abril de 2010; aprobado: 30 de julio  de 2010; modificado: 6 de acost&oacute; de 2010.</p>  <hr size="1">      <p ><b>INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>      <p>Este ensayo parte de suponer que en el lapso comprendido entre 1808 y 1815, considerado por el canon historiogr&aacute;fico hispanoamericano como una primera etapa de un balbuciente republicanismo, tuvo lugar la puesta en marcha de la libertad de opini&oacute;n y, tambi&eacute;n, de la libertad de informaci&oacute;n. Esta situaci&oacute;n in&eacute;dita en la vida p&uacute;blica de las antiguas posesiones de Espa&ntilde;a en Am&eacute;rica fue proclamada en legislaciones de esa &eacute;poca y puesta en pr&aacute;ctica por los criollos doctos que, a la vez que se preparaban para legitimarse como personal pol&iacute;tico, desplegaron sus conocimientos y ardides de publicistas para darle cimiento a un mecanismo que, en adelante, hasta buena parte del siglo xx, ser&iacute;a sustancial para el engranaje de la democracia representativa. Ese personal ilustrado era poseedor de un capital simb&oacute;lico y de destrezas ret&oacute;ricas que se plasmaron en la apretada y muchas veces incierta circulaci&oacute;n de peri&oacute;dicos y otras formas de comunicaci&oacute;n cotidiana impresa. Tomando algunos ejemplos, quiz&aacute;s no tantos como para complacer a los exigentes lectores de esta revista pero los suficientes como para se&ntilde;alar lo sustancial del fen&oacute;meno vivido en aquellos tiempos, he querido mostrar en este ensayo c&oacute;mo los peri&oacute;dicos constituyeron desde entonces un dispositivo concienzuda y conscientemente elaborado por un grupo de individuos capacitados para las tareas de difusi&oacute;n y persuasi&oacute;n, en un espacio p&uacute;blico de opini&oacute;n que comenzaba a expandirse y a tornarse conflictivo.</p>     <p>Entre 1808 y 1815, en lo que hab&iacute;a sido el virreinato de la Nueva Granada hubo un despliegue de f&oacute;rmulas de organizaci&oacute;n de un incipiente sistema republicano que apel&oacute; al principio de la soberan&iacute;a del pueblo y que erigi&oacute; algunas libertades, cuyos principales beneficiarios fueron los criollos letrados. En esos a&ntilde;os hubo una eclosi&oacute;n de interpretaciones en torno al nuevo orden y se ampli&oacute; el espectro de participantes en la vida p&uacute;blica. Todo eso qued&oacute; registrado en la creaci&oacute;n de juntas, en la redacci&oacute;n de proclamas, constituciones pol&iacute;ticas y peri&oacute;dicos. Los peri&oacute;dicos fundados en esa etapa testimonian el legado intelectual de la Ilustraci&oacute;n, las primeras pujas entre la potestad civil y la potestad eclesi&aacute;stica, la preeminencia de los individuos letrados, las luchas fundacionales entre facciones pol&iacute;ticas y la puesta en discusi&oacute;n de un repertorio de libertades relacionadas con el derecho a opinar y a estar informados sobre los asuntos de gobierno.</p>     <p>En el fruct&iacute;fero cruce caminos de la historia intelectual con la historia pol&iacute;tica, anunciado y explicado a su manera por Fran&ccedil;ois-Xavier Guerra<sup><a  name=s1  href="#1">1</a></sup> y, m&aacute;s recientemente, por El&iacute;as Jos&eacute; Palti<sup><a  name=s2  href="#2">2</a></sup>, el estudio de la prensa, tanto en su papel difusor de ideas como en su condici&oacute;n de s&iacute;ntoma de una situaci&oacute;n cultural y pol&iacute;tica, constituye un objeto de estudio que demanda una plural mirada acerca de unas tradiciones en el &aacute;mbito literario y ret&oacute;rico que tuvieron una reelaboraci&oacute;n en la coyuntura de 1808 a 1815; de la aparici&oacute;n de un orden legal que intentaba responder a las demandas de un orden pol&iacute;tico en ciernes; del tipo de individuo que asumi&oacute; el liderazgo de ese proceso in&eacute;dito de expansi&oacute;n del mundo de la opini&oacute;n y de la informaci&oacute;n pol&iacute;ticas; y, claro, del momento discursivo de la pol&iacute;tica. Por supuesto, los historiadores podemos agregar otros aspectos dignos de an&aacute;lisis, pero por ahora basta insistir en los que acabo de mencionar.</p>     <p>    <br><b>1. TIEMPOS DE CAMBIO</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A partir de 1808 hubo cambios ostensibles en la producci&oacute;n y circulaci&oacute;n de peri&oacute;dicos en Hispanoam&eacute;rica. Los prospectos de los peri&oacute;dicos de entonces y la legislaci&oacute;n sobre libertad de imprenta, entre 1808 y 1815, testimonian una intensa mutaci&oacute;n entre el personal letrado que admit&iacute;a la importancia persuasiva y did&aacute;ctica de la prensa. Cualquier cronolog&iacute;a b&aacute;sica sobre la historia de la opini&oacute;n p&uacute;blica debe otorgarles a estos a&ntilde;os la importancia de una primera etapa en que se volvieron indispensables el taller de imprenta, las libertades en el ejercicio de la opini&oacute;n, la difusi&oacute;n escrita de impresos publicados con alguna regularidad. Entre 1808 y 1810 fue evidente la mutaci&oacute;n en las prioridades de comunicaci&oacute;n de la prensa; uno de los ejemplos m&aacute;s ostensibles es el Semanario del Nuevo Reino de Granada, nacido en 1808 y sostenido como &quot;un papel cient&iacute;fico&quot;, &quot;un papel serio&quot; que constataba y lamentaba la paulatina p&eacute;rdida de suscriptores y la divisi&oacute;n de gustos entre el p&uacute;blico. Un peri&oacute;dico cuyo m&aacute;ximo responsable en la redacci&oacute;n fue Francisco Jos&eacute; de Caldas &#40;1768-1816&#41;, a fines de 1809 apelaba todav&iacute;a a la autoridad del Rey, pretend&iacute;a reunir a los &quot;sabios del Reino&quot;, cre&iacute;a interpelar a los individuos ilustrados y, por tanto, admit&iacute;a que su semanario estaba &quot;fuera del alcance com&uacute;n&quot;; a medida que se extingu&iacute;a, el peri&oacute;dico dio paso a otro tipo de escritura en la prensa y a otro tipo de lectores<sup><a  name=s3  href="#3">3</a></sup>. El propio Caldas dej&oacute; de ser el escritor y promotor de memorias cient&iacute;ficas para participar, en 1810, en la redacci&oacute;n del Diario pol&iacute;tico de Santaf&eacute;. El lenguaje de la lealtad mon&aacute;rquica y las descripciones juiciosas del cient&iacute;fico dieron paso al debate p&uacute;blico en torno a la encrucijada pol&iacute;tica que ofrec&iacute;a la posibilidad de desprenderse definitivamente del dominio espa&ntilde;ol. Entre 1808 y 1810, de la sumisi&oacute;n colonial se pas&oacute; al cuestionamiento de la larga tiran&iacute;a administrativa y pol&iacute;tica espa&ntilde;ola y a la enunciaci&oacute;n de un pretendido orden republicano.</p>     <p>Ciertas circunstancias empujaron a las &eacute;lites hispanoamericanas a recurrir de manera cada vez m&aacute;s sistem&aacute;tica al uso de publicaciones regulares que sirvieran para hacer circular sus opiniones, sus pr&aacute;cticas legislativas en representaci&oacute;n del pueblo. La circunstancia m&aacute;s evidente fue la incertidumbre pol&iacute;tica que oblig&oacute; a aquellos individuos a competir en la exposici&oacute;n de variantes doctrinales para legitimar un viejo o un nuevo orden. Otro factor fue la tradici&oacute;n deliberante y cr&iacute;tica que, en el caso de la &eacute;lite criolla, podr&iacute;a encontrar despliegue erigi&eacute;ndose como tribunal supremo de la opini&oacute;n. Para el personal criollo de aquellos a&ntilde;os no eran nada extra&ntilde;os los efectos did&aacute;cticos y persuasores del periodismo; tampoco ignoraban un arsenal ret&oacute;rico aprendido dentro y fuera de los protocolos de la educaci&oacute;n durante la segunda mitad del siglo xviii, que les sirvi&oacute; para expresar sus opiniones y para legitimarse como un grupo selecto de individuos que sab&iacute;an ejercer con regularidad el uso de la raz&oacute;n. Hubo una matriz cultural que les permiti&oacute; a los hombres letrados de la &eacute;poca, principalmente sacerdotes cat&oacute;licos y abogados, acudir a un repertorio de estrategias discursivas exhibidas con alguna destreza y, en ciertos casos, con excepcional lucidez. Eso les sirvi&oacute; para debatir entre iguales, para cuestionar antiguas autoridades e instituciones y, quiz&aacute;s lo m&aacute;s importante, para asentarse como miembros de una rep&uacute;blica de las letras que hallaron en la opini&oacute;n p&uacute;blica pol&iacute;tica un medio muy eficaz de legitimaci&oacute;n.</p>     <p>Se trataba de una revoluci&oacute;n letrada nada despreciable. Era, por lo menos, la afirmaci&oacute;n del poder de la escritura y de quienes detentaban con holgura la capacidad de leer y escribir. Situarse y afirmarse pol&iacute;tica y culturalmente como la &eacute;lite destinada a asumir el control de una etapa todav&iacute;a incierta y aparentemente ca&oacute;tica fue una de las tareas m&aacute;s apremiantes, expuestas con franqueza en los primeros peri&oacute;dicos de entonces. Parte sustancial de esa revoluci&oacute;n fue el hecho de recurrir a un medio de comunicaci&oacute;n de las ideas, que implicaba una evoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica importante y una noci&oacute;n de p&uacute;blico mucho m&aacute;s amplia a la que hab&iacute;a predominado en los dos siglos precedentes. Aunque en Europa, desde inicios del siglo xviii ya se hab&iacute;an percibido las implicaciones de hacer circular peri&oacute;dicos que sosten&iacute;an una conversaci&oacute;n casi imaginaria con un p&uacute;blico en su mayor&iacute;a f&iacute;sicamente ausente, lejano, en Hispanoam&eacute;rica y m&aacute;s estrictamente en la Nueva Granada, mientras tanto, la experiencia de hacer circular peri&oacute;dicos &quot;por todo el reino&quot; era todav&iacute;a incipiente<sup><a  name=s4  href="#4">4</a></sup>. De modo que para las &eacute;lites criollas multiplicar los impresos era un reto novedoso cuyas consecuencias eran dif&iacute;ciles de pronosticar; esa ampliaci&oacute;n del auditorio, del p&uacute;blico, hace parte de los cambios importantes que se concentraron en aquella coyuntura.</p>     <p>La libertad de imprenta tiene sus ra&iacute;ces hist&oacute;ricas en la necesidad individual y colectiva de adquirir el derecho a conocer lo que hab&iacute;a sido por mucho tiempo los actos secretos del Estado. En Hispanoam&eacute;rica, corresponde a la necesidad de darle soluci&oacute;n a una encrucijada hist&oacute;rica, de darle publicidad a los actos de gobiernos improvisados que intentaban obtener r&aacute;pidamente un consenso favorable mediante el recurso de la publicidad. Los primeros peri&oacute;dicos fueron, principalmente, ministeriales, &oacute;rganos de difusi&oacute;n de las actividades de quienes hab&iacute;an sido delegados por la soberan&iacute;a del pueblo para cumplir con in&eacute;ditas tareas de representaci&oacute;n pol&iacute;tica. Los representantes del pueblo necesitaban instruir, persuadir o disuadir permanentemente al pueblo y el instrumento m&aacute;s r&aacute;pido y eficaz era, entonces, el peri&oacute;dico. De manera que el nacimiento de peri&oacute;dicos, sobre todo a partir de 1810, estuvo signado por la necesidad de darle sustento a un incipiente sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica. Los mismos peri&oacute;dicos eran una pieza en el engranaje representativo; quienes dirig&iacute;an y redactaban los peri&oacute;dicos no s&oacute;lo actuaban como voceros o intermediarios de una junta suprema que era su principal protectora pol&iacute;tica y financiera, sino que ellos mismos se consideraban como un grupo de literatos, fil&oacute;sofos o sabios que estaban cumpliendo unas tareas apremiantes; veamos, por ejemplo, los prop&oacute;sitos expuestos en el prospecto del Diario pol&iacute;tico de Santafe de Bogot&aacute;, el 27 de agosto de 1810: &quot;Difundir las luces, instruir a los pueblos, se&ntilde;alar los peligros que nos amenazan y el camino para evitarlos, fijar la opini&oacute;n, reunir las voluntades y afianzar la libertad y la independencia s&oacute;lo puede conseguirse por medio de la imprenta&quot;<sup><a  name=s5  href="#5">5</a></sup>. La designaci&oacute;n de miembros de las juntas supremas y la redacci&oacute;n de las primeras constituciones pol&iacute;ticas, entre 1810 y 1815, siempre en nombre del pueblo, fueron eventos que no pod&iacute;an aislarse de la aparici&oacute;n de un peri&oacute;dico encargado de contribuir a cierto consenso y sosiego p&uacute;blico necesarios para la actuaci&oacute;n del cuerpo pol&iacute;tico.</p>     <p>El peri&oacute;dico, por tanto, estaba vinculado a la b&uacute;squeda inmediata de una especie de consenso patri&oacute;tico, deb&iacute;a evitar cualquier fisura en una situaci&oacute;n nueva e incierta para la sociedad; ese prop&oacute;sito se condensaba en &quot;fijar la opini&oacute;n&quot; o en &quot;reunir las voluntades&quot;. La imprenta y el peri&oacute;dico exhib&iacute;an unos atributos indispensables para aquella situaci&oacute;n nueva y apremiante; los redactores eran conscientes de que &quot;la circulaci&oacute;n r&aacute;pida de los papeles p&uacute;blicos, la brevedad de los discursos&quot;, entre otros atributos, hac&iacute;an de los peri&oacute;dicos un instrumento muy apropiado para afianzar el reconocimiento p&uacute;blico de la actividad de los representantes del pueblo. Esa misi&oacute;n que se autoconfirieron era el reconocimiento, no tan impl&iacute;cito, del inicio de una etapa incierta de disputas por la legitimidad pol&iacute;tica; en torno al proceso pol&iacute;tico que se iniciaba no hab&iacute;a opiniones un&aacute;nimes ni voluntades acordes, sino al contrario. Pero los redactores del peri&oacute;dico hicieron precisiones todav&iacute;a m&aacute;s categ&oacute;ricas y significativas en la definici&oacute;n de la importancia y, a&uacute;n m&aacute;s, de la exclusividad autorizada del peri&oacute;dico. El Diario pol&iacute;tico de Santafe de Bogot&aacute; hab&iacute;a nacido, sin duda, para contribuir a dotar de legitimidad al personal pol&iacute;tico reunido -por delegaci&oacute;n del pueblo, seg&uacute;n la insistencia del peri&oacute;dico- para redactar una constituci&oacute;n pol&iacute;tica. Tambi&eacute;n en el prospecto se atrevieron a hacer una prescripci&oacute;n que despu&eacute;s veremos extendida en la mayor&iacute;a de constituciones pol&iacute;ticas que se escribieron en Hispanoam&eacute;rica en el lapso de 1811 a 1815. Para los responsables del peri&oacute;dico, la opini&oacute;n que se expand&iacute;a por medio de la imprenta era la &uacute;nica v&aacute;lida; solamente &quot;los papeles p&uacute;blicos &#91;...&#93; pueden inspirar la uni&oacute;n, calmar los esp&iacute;ritus y tranquilizar las tempestades. Cualquier otro medio es insuficiente, lento y sospechoso&quot;<sup><a  name=s6  href="#6">6</a></sup>.</p>     <p>En el relato que fue fabricando el Diario pol&iacute;tico de Santafe de Bogot&aacute;, desde su primer n&uacute;mero del 27 de agosto de 1810 hasta el &uacute;ltimo del 1 de febrero de 1811, la reuni&oacute;n espont&aacute;nea de las gentes en las calles o en las plazas provocaba inquietud. La opini&oacute;n vertida en el peri&oacute;dico o plasmada en leyes mediante la actuaci&oacute;n sosegada de representantes elegidos por el pueblo era la &uacute;nica aceptable; lo dem&aacute;s pod&iacute;a incitar a la disgregaci&oacute;n de una unidad indispensable. Entre el buen uso de raz&oacute;n de quienes conformaban la Junta Suprema y las peticiones populares aparec&iacute;a a veces un abismo que admit&iacute;an los redactores del peri&oacute;dico: &quot;No todas las peticiones del pueblo eran justas. Muchas respiraban sangre y dureza. La Junta Suprema conced&iacute;a unas, olvidaba otras, otras en fin negaba con persuasiones&quot;. Y, enseguida, comunicaban la inquietud provocada por las reuniones de gentes del pueblo: &quot;Ya muchos ciudadanos ilustrados preve&iacute;an las consecuencias a que dar&iacute;an origen las reuniones frecuentes de un pueblo numeroso y embriagado con la libertad&quot;<sup><a  name=s7  href="#7">7</a></sup>. En fin, el peri&oacute;dico y el personal pol&iacute;tico que hablaba por su intermedio prefirieron exaltar los beneficios del uso de la imprenta y, en contraste, reprobaron por inquietantes o perturbadoras las pr&aacute;cticas asociativas o la simple presencia multitudinaria de las gentes.</p>     <p><b>    <br>2. LA LIBERTAD DE IMPRENTA Y EL APORTE DE JEREMY BENTHAM</b></p>     <p>Para el personal pol&iacute;tico hispanoamericano que adquiri&oacute; preeminencia entre 1810 y 1815, la libertad de imprenta fue una necesidad pol&iacute;tica apremiante. La comunicaci&oacute;n regular con un p&uacute;blico vasto mediante impresos fue tarea ineludible en un momento de afanosa b&uacute;squeda de legitimidad pol&iacute;tica y en que comenzaba a discutirse cu&aacute;l era el tipo de gobierno m&aacute;s conveniente ante el impasse hist&oacute;rico de un rey cautivo. Para ello era necesario elaborar una legislaci&oacute;n adecuada a las circunstancias de tiempo y de lugar o, para decirlo mejor, que respondiera a los intereses particulares en la nueva repartici&oacute;n del poder pol&iacute;tico que tuvo lugar. Por los &eacute;nfasis de las constituciones que se proclamaron en esos a&ntilde;os, por las reflexiones que aparecieron con frecuencia en los peri&oacute;dicos, podr&iacute;amos suponer que las &eacute;lites hispanoamericanas buscaban hallar un punto de equilibrio entre la necesidad de recurrir a la libertad de imprenta y evitar cualquier abuso en el disfrute de esa libertad. En consecuencia, sab&iacute;an que el uso sistem&aacute;tico de la imprenta tra&iacute;a enormes beneficios para la comunicaci&oacute;n de la opini&oacute;n pol&iacute;tica, pero igual sab&iacute;an que las virtudes de la imprenta y de los peri&oacute;dicos, por ejemplo la rapidez y la brevedad, pod&iacute;an convertirse en elementos perturbadores de un orden deseado. En suma, era una libertad que deb&iacute;a ser otorgada y a la vez controlada.</p>     <p>Ahora bien, es necesario hacer una precisi&oacute;n. Los peri&oacute;dicos y los textos constitucionales se refirieron mayoritariamente a la libertad de imprenta como una libertad general acerca de la publicaci&oacute;n de impresos, entre ellos principalmente los peri&oacute;dicos y los libros. La imprenta era tan s&oacute;lo un medio, el m&aacute;s eficaz como hecho tecnol&oacute;gico, por el cual los individuos pod&iacute;an difundir sus pensamientos, sus opiniones pol&iacute;ticas o sus inventos cient&iacute;ficos. Es decir, pod&iacute;a haber otros medios de difusi&oacute;n que no sol&iacute;an ser detallados en los enunciados constitucionales. Al referirse de manera gen&eacute;rica a la libertad de imprenta, entendemos que los redactores de las normas estaban hablando, tambi&eacute;n de forma gen&eacute;rica, de la libertad de opini&oacute;n, de expresi&oacute;n de esa opini&oacute;n, que pod&iacute;a ser acelerada o expandida por un elemento tecnol&oacute;gico -la imprenta- cuya eficacia apenas empezaba a percibirse en el caso hispanoamericano.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La aclimataci&oacute;n y las primeras aplicaciones de una legislaci&oacute;n novedosa, contradictoria y vacilante sobre la libertad de imprenta tuvo lugar entre 1808 y 1812. Asegurar una libertad en la &oacute;rbita de una tradici&oacute;n ilustrada, seg&uacute;n los antecedentes de los derechos universales proclamados por la Revoluci&oacute;n Francesa, ten&iacute;a que compaginar con las prevenciones y los castigos a los posibles abusos. Si se compara el decreto casi inaugural del 10 de noviembre de 1810, emanado de las Cortes de C&aacute;diz, es mucho m&aacute;s afirmativo que los art&iacute;culos al respecto producidos por la mayor parte de las constituciones escritas en la Am&eacute;rica espa&ntilde;ola hasta 1815. En el decreto se declara categ&oacute;ricamente el fin de la censura previa: &quot;Todos los cuerpos y personas particulares, de cualquier condici&oacute;n y estado que sean, tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas pol&iacute;ticas sin necesidad de licencia, revisi&oacute;n o aprobaci&oacute;n alguna anteriores a la publicaci&oacute;n...&quot;<sup><a  name=s8  href="#8">8</a></sup>. Mientras tanto, las constituciones americanas de la misma &eacute;poca prefirieron escribir art&iacute;culos que conced&iacute;an la nueva libertad y, de inmediato, hac&iacute;an advertencias sobre las responsabilidades de los autores de impresos. Veamos algunos ejemplos de art&iacute;culos elaborados en constituciones redactadas en lugares y tiempos diferentes, aunque cercanos, con variantes ostensibles en la escritura y unos m&aacute;s profusos que otros:</p>     <p align=center><a name=t1><img src="img/revistas/rhc/n42/42a04t1.jpg"></a></p>     <p>Admitamos que el solo hecho de proclamar una libertad que antes no se ten&iacute;a constituy&oacute; un paso hacia la modernidad pol&iacute;tica y cultural, pero tambi&eacute;n consideremos que se anunciaba un nuevo espacio p&uacute;blico todav&iacute;a restringido y temeroso. El uso de la libertad de imprenta no pod&iacute;a perturbar ni la tranquilidad p&uacute;blica ni el dogma, ni la moral cristiana ni la propiedad, ni la estimaci&oacute;n ni el honor de los ciudadanos. Tanto la reglamentaci&oacute;n gaditana como las constituciones elaboradas en las provincias americanas part&iacute;an de una misma matriz. Al parecer, el liberalismo espa&ntilde;ol y la dirigencia criolla en Am&eacute;rica bebieron de la fuente com&uacute;n proporcionada por algunos escritos de Jerem&iacute;as Bentham &#40;1748-1832&#41;, transmitidos y comentados por Jos&eacute; Mar&iacute;a Blanco White &#40;1775-1841&#41; en su peri&oacute;dico El Espa&ntilde;ol, redactado en Londres. Si se revisa la Gaceta de Caracas &#40;abril de 1811&#41;, el Semanario ministerial de Santafe de Bogota &#40;julio de 1811&#41; y aun La Bagatela, redactada por Antonio Nari&ntilde;o &#40;diciembre de 1811&#41;, ser&aacute; f&aacute;cil constatar una amplificaci&oacute;n de algunos primigenios escritos de Bentham sobre la libertad de imprenta en momentos de discusi&oacute;n y debate en la elaboraci&oacute;n de las primeras constituciones pol&iacute;ticas en Venezuela y Nueva Granada.</p>     <p>Existe una historiograf&iacute;a que durante varios decenios nos ha ilustrado sobre el influjo ejercido por Bentham en las primeras generaciones de pol&iacute;ticos republicanos en Hispanoam&eacute;rica. Intercambios epistolares y legislaciones lo testimonian, pero hay equ&iacute;vocos y excesos en la valoraci&oacute;n. No se ha ponderado bien su influencia temprana, aquella anterior al inicio de la d&eacute;cada de 1820. Digamos que desde 1978 la historiograf&iacute;a inglesa admite que hacia 1810 o antes, hubo una relaci&oacute;n entre Francisco Miranda &#40;1750-1816&#41; y el legislador brit&aacute;nico que luego se extendi&oacute; al publicista espa&ntilde;ol residente entonces en Londres, Jos&eacute; Mar&iacute;a Blanco White<sup><a  name=s9  href="#9">9</a></sup>. Pero el examen matizado de ese encuentro y de la supuesta influencia de Bentham son m&aacute;s recientes. Es cierto, Miranda y Blanco White fueron el puente de transmisi&oacute;n de unos escritos de Bentham sobre la libertad de imprenta que pudieron servir de sustento a los liberales espa&ntilde;oles y a la dirigencia criolla, especialmente en Venezuela y Nueva Granada, para redactar las primeras constituciones. Sin embargo, ni la an&eacute;cdota cierta de la relaci&oacute;n temprana con el jurista ingl&eacute;s ni la difusi&oacute;n de sus manuscritos bastan para dar respuesta certera sobre el grado de su influencia. &iquest;Por qu&eacute;? Una cosa cre&iacute;a Bentham acerca de la libertad de imprenta, otra cosa necesitaban los legisladores en Hispanoam&eacute;rica. Bentham, como otros intelectuales brit&aacute;nicos, ve&iacute;a entonces con enorme simpat&iacute;a los sucesos del otro lado del Atl&aacute;ntico; el paso a un r&eacute;gimen de libertades individuales le parec&iacute;a el m&aacute;s auspicioso. Por otra parte, el momento ideol&oacute;gico del jurista ingl&eacute;s era muy particular; se dice que su amistad con James Mill &#40;1773-1826&#41;, hacia 1809, hab&iacute;a influido fuertemente en su inclinaci&oacute;n filos&oacute;fica radical que le hizo exaltar una democracia liberal, en que la libertad de opini&oacute;n ocupaba un lugar privilegiado<sup><a  name=s10  href="#10">10</a></sup>.</p>     <p>Un examen todav&iacute;a superficial de las tesis de Bentham y lo plasmado en las constituciones redactadas en Hispanoam&eacute;rica entre 1810 y 1815, permitir&iacute;a pensar que el Sabio Bentham -como ya lo denominaban- no fue seguido al pie de la letra. En principio, los constituyentes criollos pudieron haber compartido las premisas de &quot;asegurar la libertad de imprenta&quot; e &quot;impedir los inconvenientes que esta libertad puede producir&quot;<sup><a  name=s11  href="#11">11</a></sup>; tambi&eacute;n pudieron haber compartido la importancia concedida a la libertad de imprenta como medio de vigilancia de las conductas de los funcionarios p&uacute;blicos. Pero quiz&aacute;s no compartieron el optimismo del pensador ingl&eacute;s en lo concerniente a la confianza que pod&iacute;a depositarse en el pueblo y en la importancia concedida al n&uacute;mero, a la mayor&iacute;a, como fundamento de la discusi&oacute;n p&uacute;blica. La distancia entre los manuscritos del jurista ingl&eacute;s y una realidad inquietante debieron inclinar a los legisladores hacia una libertad concedida con ambig&uuml;edades y temores. Lo cierto es que los art&iacute;culos sobre libertad de prensa narran, a su manera, tempranas pugnas entre facciones pol&iacute;ticas, dificultades para lograr consensos pol&iacute;ticos y la necesidad de consolidar a un personal pol&iacute;tico consagrado a las tareas de representaci&oacute;n. La libertad de imprenta ten&iacute;a que emplearse para &quot;fijar la opini&oacute;n&quot;, para garantizar consensos, para lograr alg&uacute;n nivel de unanimidad y de adhesi&oacute;n en torno a gobiernos incipientes. Adem&aacute;s, el manuscrito de Bentham nada dice ante un elemento de ostensible inter&eacute;s para los pol&iacute;ticos hispanoamericanos, como lo era la relaci&oacute;n con la Iglesia cat&oacute;lica. La preocupaci&oacute;n por el respeto al dogma cat&oacute;lico estaba ausente en su op&uacute;sculo, mientras que para las &eacute;lites criollas y para los liberales espa&ntilde;oles era una preocupaci&oacute;n inmediata. Los nuevos estados, seg&uacute;n las primeras constituciones pol&iacute;ticas, deb&iacute;an ser confesionales, protectores de una religi&oacute;n en particular.</p>     <p>Vigilar y controlar la nueva libertad implicaba en la sociedad hispanoamericana impedir que prosperaran acciones que contrariaran el sistema representativo que intentaba erigirse. Cualquier conducta, individual o colectiva, por fuera de ese sistema era un atentado a la tranquilidad p&uacute;blica, un cuestionamiento al necesario consenso. Por eso, ante tantas precauciones que rodeaban la puesta en marcha de la libertad de imprenta, vale la pena indagar si su aplicaci&oacute;n fue armoniosa y di&aacute;fana o si estuvo plagada de incoherencias, de vacilaciones e, incluso, de atropellos a la libertad misma que se acababa de proclamar.</p>     <p><b>    <br>3. LIBERTADES Y RESTRICCIONES</b></p>     <p>Entre 1810 y 1815, a pesar del fracaso de la tentativa de formaci&oacute;n de gobiernos republicanos, tuvo lugar en lo que hasta entonces hab&iacute;a sido el Nuevo Reino de Granada la consagraci&oacute;n p&uacute;blica del individuo letrado. En ese lapso se hizo evidente que el personal letrado iba a consolidarse como el principal emisor y consumidor de opini&oacute;n, que se iba a erigir en ciudadano activo, en detentador de la representaci&oacute;n del pueblo, en empleado p&uacute;blico y, en fin, que su condici&oacute;n letrada iba a ser la premisa del reconocimiento como agente pol&iacute;tico. Las constituciones de esa &eacute;poca fueron casi obsesivas en su redacci&oacute;n al otorgarle a ese grupo de individuos una gama de funciones, derechos y deberes. Dicho de otro modo, el hombre de letras logr&oacute; en aquella coyuntura un papel protag&oacute;nico que le permiti&oacute; fabricar el espacio p&uacute;blico para su actuaci&oacute;n.</p>     <p>El pueblo -categor&iacute;a cuya sustancia no podemos dilucidar del todo aqu&iacute;- hab&iacute;a delegado la soberan&iacute;a en sus representantes, quienes se dedicaron a redactar constituciones que, desde el pre&aacute;mbulo y a lo largo de sus articulados, construyeron una institucionalidad fundada en el mecanismo legitimador de la representaci&oacute;n. La pieza central de ese mecanismo fue el sistema electoral que en muchas de esas constituciones fue reglamentado con minuciosidad. Para participar como sufragante o elector se necesitaba reunir requisitos superiores al de ser ciudadano. Aunque el sistema electoral de estas primeras constituciones ha merecido y merece estudio aparte, nos interesa destacar al menos lo siguiente: primero, el camino electoral fue expuesto como el &uacute;nico v&aacute;lido en el reconocimiento de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica o, mejor, el representante del pueblo era el fruto de un proceso electoral que era, a la vez, un proceso selectivo de una capa ilustrada y pudiente de ciudadanos. Por ejemplo, la Constituci&oacute;n de Cartagena de 1812 exig&iacute;a, como otras, las siguientes cualidades para ejercer el derecho a elegir:</p> <ul>&quot;Las cualidades necesarias para tener en ejercicio este derecho son: la de hombre libre, vecino, padre o cabeza de familia, o que tenga casa poblada y viva de sus rentas o trabajo, sin dependencia de otro; y ser&aacute;n excluidos los esclavos, los asalariados, los vagos, los que tengan causa criminal pendiente, o que hayan incurrido en pena, delito o caso de infamia, los que en su raz&oacute;n padecen defecto contrario al discernimiento, y, finalmente, aquellos de quienes conste haber vendido o comprado votos en las elecciones presentes o pasadas&quot;<sup><a  name=s12  href="#12">12</a></sup>.    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>En segundo lugar, y en conexi&oacute;n con esa reglamentaci&oacute;n electoral, algunas cartas constitucionales adelantaron precisiones en torno al tipo de individuos que pod&iacute;an ocupar cargos en cualquiera de los tres poderes; para ser presidente de un estado o una provincia se exigi&oacute;, principalmente, que fuese magistrado o juez letrado. La Constituci&oacute;n de Cartagena de 1812 y la de Cundinamarca del mismo a&ntilde;o determinaron que para ser miembro del poder ejecutivo era necesaria &quot;la instrucci&oacute;n en materias de pol&iacute;tica y gobierno&quot;<sup><a  name=s13  href="#13">13</a></sup>. Esta consagraci&oacute;n p&uacute;blica del hombre letrado como hombre pol&iacute;tico estuvo basada, entonces, en la elaboraci&oacute;n de un sistema electoral altamente selectivo que determin&oacute;, en buena medida, la &iacute;ndole futura del personal profesional de la pol&iacute;tica. La simple redacci&oacute;n de constituciones fue, visto as&iacute;, un ejercicio neto de poder, de definici&oacute;n de un cuerpo pol&iacute;tico, aunque en la realidad su funcionamiento estuviese sometido a las tensiones y la incertidumbre.</p>     <p>Esas constituciones estuvieron precedidas y acompa&ntilde;adas por tensiones de diversa &iacute;ndole. Las &eacute;lites criollas de la Am&eacute;rica espa&ntilde;ola temieron los desbordamientos populares y socio-raciales que hab&iacute;an dado se&ntilde;ales de profundos descontentos durante la administraci&oacute;n colonial; los sucesos de Hait&iacute; o la rebeli&oacute;n comunera de 1781 no pod&iacute;an despreciarse. Entre la misma &eacute;lite criolla no hab&iacute;a unanimidad acerca del diagn&oacute;stico y del horizonte que pod&iacute;a dise&ntilde;arse en lo que hab&iacute;an sido, hasta entonces, unidades administrativas de la Corona espa&ntilde;ola. Relaciones familiares, de amistad, de vecindad; intereses comerciales, viejas disputas entre parroquias, resistencias al cambio en nombre de la tradici&oacute;n, ambiciones geoestrat&eacute;gicas seg&uacute;n las mutaciones en la repartici&oacute;n del mundo; todo eso, y otras cosas m&aacute;s estuvieron en juego durante el per&iacute;odo que va de 1808 a 1814 en los antiguos dominios espa&ntilde;oles en Am&eacute;rica. En la intensidad e importancia de ese momento de tr&aacute;nsito no es necesario insistir porque la historiograf&iacute;a universitaria ha dicho ya cosas contundentes. Pero lo que interesa aqu&iacute; es recalcar la existencia de ese clima de tensiones para entender el &aacute;nimo con que se legisl&oacute; y se obr&oacute; en materia de nuevas libertades individuales, c&oacute;mo se exhibi&oacute; un t&iacute;mido liberalismo en la enunciaci&oacute;n y aplicaci&oacute;n de, por ejemplo, la libertad de imprenta y la libertad de asociaci&oacute;n.</p>     <p>Las primeras legislaciones sobre la libertad de imprenta fueron contradictorias; mezclaron el otorgamiento entusiasta de la nueva libertad con un listado de restricciones. Ya dec&iacute;amos que la libertad de imprenta estuvo inscrita en la libertad de opini&oacute;n; al ciudadano se le otorg&oacute; el derecho de manifestar sus opiniones por medio de la imprenta &quot;o de otro cualquier modo&quot;. En algunas constituciones, como la de la provincia de Mariquita, se pretendi&oacute; conferirle a la libertad de opini&oacute;n la capacidad de intervenci&oacute;n, de examen y vigilancia sobre la representaci&oacute;n pol&iacute;tica y los funcionarios del gobierno, algo que hab&iacute;a sido materia de discusi&oacute;n en Francia en los a&ntilde;os inmediatamente posteriores de su revoluci&oacute;n:</p> <ul>&quot;La libertad de imprenta es esencialmente necesaria para sostener la libertad del Estado. Por medio de ella puede todo ciudadano examinar los procedimientos del Gobierno en cualquier ramo, la conducta de los funcionarios del pueblo como tales, y hablar, escribir, reimprimir libremente lo que guste, exceptu&aacute;ndose los escritos obscenos y los que ofendan al dogma, quedando responsable del abuso que haga de esta libertad en los casos fijados por la ley&quot;<sup><a  name=s14  href="#14">14</a></sup>.    </ul>     <p>La Constituci&oacute;n del Estado de Antioquia de 1812 es m&aacute;s generosa en contradicciones y nos permite sospechar un ambiente pol&iacute;tico repleto de tensiones; es la que mejor condensa las aprensiones del personal pol&iacute;tico-letrado de la &eacute;poca. Como otras, comenz&oacute; anunciando que la libertad de imprenta &quot;es el m&aacute;s firme apoyo de un Gobierno sabio y liberal&quot;; al parecer, el deseo m&aacute;s inmediato de los gobiernos provisorios de aquel tiempo fue encontrar en los impresos un medio de difusi&oacute;n de la actividad de los nuevos gobernantes y, por tanto, un recurso r&aacute;pido y eficaz de legitimaci&oacute;n. Enseguida hay un art&iacute;culo, como en casi todas las legislaciones de la &eacute;poca, consagrado a advertir que &quot;no se permitir&aacute;n escritos que sean directamente contra el dogma y las buenas costumbres&quot;. La defensa del dogma cat&oacute;lico, se entiende, siempre estuvo en correspondencia con declarar a la religi&oacute;n cat&oacute;lica como la &uacute;nica oficial del Estado. Pero he aqu&iacute; lo que m&aacute;s nos interesa por ahora; sigue otro art&iacute;culo que dice: &quot;Tampoco se permitir&aacute; ning&uacute;n escrito o discurso p&uacute;blico dirigido a perturbar el orden y la tranquilidad com&uacute;n, o en que se combatan las bases de gobierno adoptadas por la provincia, cuales son la soberan&iacute;a del pueblo y el derecho que tiene y ha tenido para darse la Constituci&oacute;n que m&aacute;s le convenga&quot;. La impresi&oacute;n y puesta en circulaci&oacute;n de escritos que pudieran cuestionar las bases de un gobierno, su legitimidad, todo aquello que no contribuyera a la urgencia de un consenso podr&iacute;a ser considerado como &quot;un crimen de lesa patria&quot;<sup><a  name=s15  href="#15">15</a></sup>. Esta prevenci&oacute;n podr&iacute;a ser comprensible en 1815, ante la inminente llegada de la expedici&oacute;n militar de reconquista en cabeza del general Pablo Morillo &#40;1778-1837&#41;, momento en que las lealtades pol&iacute;ticas y militares eran primordiales.</p>     <p><b>    <br>4. &Uuml;N RETORNO A LA CENSURA</b></p>     <p>Los historiadores coinciden en considerar los &uacute;ltimos decenios del siglo xviii y los primeros del siglo siguiente como un per&iacute;odo de tr&aacute;nsito, en que un primer liberalismo debi&oacute; convivir y mezclarse con los principios intelectuales y morales de la Ilustraci&oacute;n y con los remanentes de una sociedad que a&uacute;n no se reg&iacute;a por valores inherentes al individualismo. Dicho de otro modo, un orden jur&iacute;dico nuevo y proclive a la extensi&oacute;n de libertades individuales contrast&oacute; por alg&uacute;n tiempo con una sociedad que ve&iacute;a todav&iacute;a con recelo la emergencia de una categor&iacute;a inquietante que empezaba a llamarse &quot;opini&oacute;n p&uacute;blica&quot;. En ese tiempo hubo tensiones entre quienes proclamaron y quisieron poner en pr&aacute;ctica la libertad de imprenta, y aquellos que estaban acostumbrados a ciertas restricciones en la expresi&oacute;n con tal de evitar la perturbaci&oacute;n de la tranquilidad p&uacute;blica. La aparici&oacute;n de peri&oacute;dicos e incluso impresos de factura m&aacute;s modesta en que los individuos difund&iacute;an sus opiniones pol&iacute;ticas fue una novedad dif&iacute;cil de admitir para una comunidad letrada acostumbrada a ver en los peri&oacute;dicos un instrumento de difusi&oacute;n de noticias moral y cient&iacute;ficamente &uacute;tiles, de curiosidades, de recetas de urbanidad, de leyes que pretend&iacute;an contribuir a la felicidad general. De hecho, los primeros gobiernos prefirieron promover gacetas oficiales que garantizaran un necesario y r&aacute;pido consenso y, al mismo tiempo, intentaron restringir e incluso prohibir la existencia de peri&oacute;dicos redactados por individuos interesados en la pol&eacute;mica pol&iacute;tica<sup><a  name=s16  href="#16">16</a></sup>.</p>     <p>En definitiva, hubo una etapa desapacible durante la que se enfrentaron aquellos que comenzaban a apelar al naciente y aparentemente imparcial &quot;tribunal de la opini&oacute;n p&uacute;blica&quot;, que prefer&iacute;an someterse a la aceptaci&oacute;n o censura del p&uacute;blico en vez de seguir apelando a la tradicional aprobaci&oacute;n de un monarca, y aquellos que segu&iacute;an creyendo que los impresos deb&iacute;an promover las buenas costumbres y la obediencia a las autoridades. A ese dilema, muy visible a partir de 1808, se va a agregar luego, hacia 1813, la urgencia de garantizar la unanimidad en la lucha contra un enemigo. Por eso, la libertad de opini&oacute;n fue en aquel tiempo un precioso dato jur&iacute;dico al que se pod&iacute;a acudir a la hora de reclamar justicia y respeto a un derecho individual reci&eacute;n conquistado y, con frecuencia, conculcado por gobiernos que todav&iacute;a pon&iacute;an en duda la autoridad an&oacute;nima y general del tribunal de la opini&oacute;n. El enfrentamiento de esas dos percepciones acerca de la &iacute;ndole que deb&iacute;an tener los impresos fue, por supuesto, origen de pol&eacute;micas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hacia 1814 ya se hab&iacute;an acumulado suficientes enfrentamientos entre realistas y patriotas, entre federalistas y centralistas, como para que en la Nueva Granada y Venezuela se impusieran medidas draconianas. Entre enero y agosto de 1812, el Estado de Cundinamarca, al mando de Antonio Nari&ntilde;o &#40;1765-1823&#41;, les declar&oacute; la guerra a las Provincias Unidas; mientras tanto, en Venezuela, el 4 de abril de 1812 se le otorg&oacute; facultades extraordinarias al poder ejecutivo. El 15 de junio de 1813, Sim&oacute;n Bol&iacute;var &#40;1783-1830&#41; declar&oacute; la guerra a muerte a los espa&ntilde;oles. En un momento &aacute;lgido de alinderamientos pol&iacute;ticos y militares, de concentraci&oacute;n del poder en un individuo -para entonces el Libertador ya era, tambi&eacute;n, un dictador que reun&iacute;a las facultades de los tres poderes- la libertad de imprenta consagrada en las primeras constituciones qued&oacute; sometida al arbitrio de un f&eacute;rreo poder ejecutivo concentrado en la direcci&oacute;n de la guerra<sup><a  name=s17  href="#17">17</a></sup>. El retorno a la censura previa pareci&oacute; entonces inminente.</p>     <p>En la Gaceta de Caracas del 28 de febrero de 1814, el secretario de estado de la rep&uacute;blica confederada de Venezuela les comunic&oacute; a los redactores del peri&oacute;dico que hab&iacute;an publicado &quot;avisos oficiales y particulares que han desagradado al Libertador&quot;. Por tal motivo, dijo enseguida, Bol&iacute;var tuvo la intenci&oacute;n de suprimir el peri&oacute;dico y, en vez de eso, resolvi&oacute; que todo documento oficial pod&iacute;a ser publicado pero con su previa autorizaci&oacute;n; que sobre los procedimientos de los dem&aacute;s gobiernos no se pod&iacute;an publicar reflexiones &quot;sin consultarlas antes con la Secretar&iacute;a de Estado, para la previa aprobaci&oacute;n del Libertador&quot;. Aunque al final del oficio se agreg&oacute; que estas determinaciones no significaban coartar la libertad de prensa y que era &quot;permitido manifestar &#91;en La Gaceta&#93; las opiniones que quiera&quot;, hay que admitir que se trataba de imponer un control sobre los impresos<sup><a  name=s18  href="#18">18</a></sup>. La Gaceta de Caracas comenzaba apenas a reponerse de una etapa de control por parte del ej&eacute;rcito realista y volv&iacute;a a ser baluarte de la causa emancipadora; aun as&iacute;, la tensi&oacute;n de la guerra hab&iacute;a arrastrado a Bol&iacute;var a amenazarla; ahora bien, &iquest;qu&eacute; podr&iacute;a haber sucedido en aquel tiempo &aacute;lgido con los casos de aquellos individuos que espor&aacute;dicamente desearon imprimir y publicar sus opiniones?</p>     <p>Para comienzos de 1814, cuando ya hab&iacute;a retornado el rey Fernando VII al trono en Espa&ntilde;a, en territorio americano hubo serios amagos reaccionarios. El Argos de la Nueva Granada contiene testimonios de debates en torno a una nueva legislaci&oacute;n que contribu&iacute;a al retorno de la Inquisici&oacute;n o, al menos, a los tiempos de la censura eclesi&aacute;stica previa sobre cualquier impreso; adem&aacute;s se denunciaba la represi&oacute;n de las autoridades que ordenaban confiscar algunos impresos puestos en circulaci&oacute;n. Las denuncias y argumentos difundidos en el peri&oacute;dico del 24 de febrero de 1814 no s&oacute;lo hablaban de una legislaci&oacute;n que pretend&iacute;a imponer de nuevo el lenguaje de los anatemas contra supuestos herejes, sino que coartaba las conquistas reci&eacute;n adquiridas por el esp&iacute;ritu liberal de entonces; se denunciaba, adem&aacute;s, que no se convocar&iacute;a regularmente a elecciones. Por eso, una de las denuncias presentadas por quien se presentaba como un suscriptor del peri&oacute;dico en mientes, remataba as&iacute;:</p> <ul>&quot;A Dios mi amigo, no vengas por ac&aacute; hasta que est&eacute; restablecida la constituci&oacute;n; que reine la ley y no la voluntad caprichosa de los hombres: que haya libertad de imprenta, que se respeten los derechos del hombre; que haya elecciones peri&oacute;dicas sin interrupci&oacute;n, que los Ciudadanos puedan libremente hablar y escribir, y en fin que no haya Dones ni Cruzados, sino Ciudadanos en todo iguales delante de la ley&quot;<sup><a  name=s19  href="#19">19</a></sup>.    </ul>     <p>La denuncia manifestaba que hacia fines de 1813 fueron aprobadas por el Congreso del Estado de Cundinamarca algunas leyes que restablec&iacute;an para la Iglesia cat&oacute;lica potestades en torno a la delaci&oacute;n, persecuci&oacute;n e incluso condena de aquellos individuos que atentaran con sus opiniones contra la preeminencia del dogma cat&oacute;lico; adem&aacute;s, el poder ejecutivo hab&iacute;a dispuesto suspender la convocatoria del Colegio Electoral<sup><a  name=s20  href="#20">20</a></sup>. En fin, el peligro de que el Gobierno mutara de &quot;popular representativo&quot; a &quot;mon&aacute;rquico u olig&aacute;rquico&quot; -como lo dec&iacute;a el an&oacute;nimo suscriptor-, que hubiese un probable retorno o triunfo de los partidarios de una regencia y que se consolidara un definido partido a favor de una causa patri&oacute;tica, todo eso volv&iacute;a inexorable la apelaci&oacute;n a lo que &eacute;l llamaba el Tribunal de la opini&oacute;n p&uacute;blica. Este Tribunal de la opini&oacute;n p&uacute;blica era el &uacute;ltimo y supremo recurso para lograr el triunfo de la raz&oacute;n, por su car&aacute;cter incorruptible e imparcial.</p>     <p>Pero, precisamente, ese recurso estaba en entredicho porque un r&eacute;gimen m&aacute;s amplio de libertades estaba en peligro; eso afirmaba enseguida Sinforoso Mutis &#40;1773-1822&#41; -sobrino del director de la Expedici&oacute;n Bot&aacute;nica, compa&ntilde;ero de Antonio Nari&ntilde;o en la campa&ntilde;a militar de 1812- en la representaci&oacute;n que envi&oacute; al Senado el 16 de febrero de 1814 y que acompa&ntilde;aba la denuncia anterior expuesta en El Argos de la Nueva Granada<sup><a  name=s21  href="#21">21</a></sup>. La carta acudi&oacute; a un ep&iacute;grafe aleccionador, cit&oacute; una frase seguramente proveniente de los manuscritos de Bentham publicados en uno de los primeros n&uacute;meros de El Espa&ntilde;ol: &quot;La libertad de la imprenta no depende de la censura anterior o posterior, sino de la libre circulaci&oacute;n de los escritos&quot;. El ep&iacute;grafe anunciaba bien la &iacute;ndole del reclamo que expuso Mutis; por orden del poder ejecutivo un alguacil recogi&oacute; 131 ejemplares de un impreso de su autor&iacute;a que hab&iacute;a puesto a la venta en una tienda. Es interesante ver c&oacute;mo el autor de la representaci&oacute;n y del impreso acude a la Constituci&oacute;n pol&iacute;tica para demostrar que varios derechos le hab&iacute;an sido vulnerados y que hab&iacute;a, por tanto, un abismo entre los derechos consagrados y los actos del poder ejecutivo. Con la confiscaci&oacute;n del impreso puesto ya en venta, Mutis pensaba que le estaban conculcando varias libertades conexas: la de impresi&oacute;n, la de circulaci&oacute;n de impresos, la de disponer de sus bienes y rentas, la de gozar y disponer del fruto de su ingenio. En definitiva, una gama de libertades que circulaban desde la difusi&oacute;n de los derechos del hombre y el ciudadano y que fueron tambi&eacute;n proclamadas en casi todas las constituciones del interregno de 1811-1815.</p>     <p>Esta primera etapa de enunciaci&oacute;n y aplicaci&oacute;n de libertades individuales fue sinuosa para la libertad de imprenta; as&iacute; comienza una historia menuda de avances y retrocesos en materia de difusi&oacute;n de impresos que hace falta documentar. Hemos reunido algunos ejemplos y, con seguridad, hallaremos otros. Hasta ahora podemos hablar de un momento indeciso durante el cual quienes abogaban por la instauraci&oacute;n de principios liberales hallaban en los primeros gobiernos temores, fundados o infundados, sobre el otorgamiento pleno de ciertas libertades individuales. Como lo analizaremos en otra parte, el asunto fue m&aacute;s evidente y casi un&aacute;nime en el caso de la libertad de asociaci&oacute;n; la libertad de imprenta parec&iacute;a ser parte de las premisas de instauraci&oacute;n de un sistema representativo, mientras que la libertad de asociaci&oacute;n pod&iacute;a ser uno de los elementos m&aacute;s peligrosos para el buen funcionamiento de ese sistema.</p>     <p>Para entender a&uacute;n mejor los dilemas y contradicciones de esta primera etapa de apelaci&oacute;n sistem&aacute;tica a la opini&oacute;n p&uacute;blica, hemos considerado muy apropiado acudir al testimonio generado con lucidez por Antonio Nari&ntilde;o en su pol&eacute;mico y sustancioso peri&oacute;dico La Bagatela, publicado entre el 14 de julio de 1811 y 12 de abril de 1812.</p>     <p><b>    <br>5. EL PERI&Oacute;DICO DE OPINI&Oacute;N POL&Iacute;TICA</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hacia 1810, los criollos ilustrados de la Nueva Granada, como en otros lugares de la Am&eacute;rica espa&ntilde;ola, eran asiduos lectores de gacetas, peri&oacute;dicos o papeles que se daban regularmente al p&uacute;blico. Estaban familiarizados con lecturas individuales y colectivas de jornales, diarios o &quot;mercurios&quot; venidos de Europa; ya hab&iacute;a antecedentes de asociaciones cuyos objetivos principales hab&iacute;an sido recibir, leer y comentar prensa extranjera. Estaban iniciados en la lectura de los asuntos pol&iacute;ticos, un asunto nuevo entre quienes le hab&iacute;an dado hasta entonces mayor importancia a temas relacionados con la econom&iacute;a y las ciencias aplicadas. Muchos de ellos hab&iacute;an encontrado deleznable el oficio de abogado y hab&iacute;an explorado otras ocupaciones y preocupaciones. De todos modos, ya sab&iacute;an apreciar la importancia de dirigirse regularmente a un p&uacute;blico lector y tambi&eacute;n eran conocedores de ardides did&aacute;cticos y ret&oacute;ricos para persuadir a sus destinatarios. Eran poseedores de un arsenal ret&oacute;rico fraguado principalmente en la formaci&oacute;n jur&iacute;dica y en el diletantismo adjunto que les condujo a lecturas diversas y dispersas que se fueron revelando en el orden personal de sus bibliotecas. Mezcla de abogados, cient&iacute;ficos aficionados e iniciados en asperezas teol&oacute;gicas; comerciantes de variada mercanc&iacute;a, entre ellas libros; ocasionales y frustrados funcionarios al servicio de la Corona; escritores que ya hab&iacute;an sido aleccionados sobre las implicaciones de publicar impresos sin permiso de las autoridades reales<sup><a  name=s22  href="#22">22</a></sup>.</p>     <p>A partir de 1810, cuando parec&iacute;a inminente la consagraci&oacute;n a la tarea de difundir la opini&oacute;n pol&iacute;tica, mucho de lo que entonces sab&iacute;an y hac&iacute;an, es decir, el acumulado simb&oacute;lico que pose&iacute;an lo pusieron a disposici&oacute;n de los trabajos de publicar peri&oacute;dicos. Esos peri&oacute;dicos, desde el t&iacute;tulo, el ep&iacute;grafe y el prospecto hasta el anuncio m&aacute;s &iacute;nfimo relacionado, por ejemplo, con el lugar de venta, proporcionan ahora una informaci&oacute;n densa. Sus t&iacute;tulos son, por ejemplo, una revelaci&oacute;n de prop&oacute;sitos, de las condiciones de circulaci&oacute;n de los impresos en aquella &eacute;poca, de la situaci&oacute;n pol&iacute;tica que los moviliz&oacute;, de las referencias pol&iacute;ticas o literarias que los inspir&oacute;. Aquel peri&oacute;dico que apareci&oacute; en 1801 con el t&iacute;tulo Correo Curioso, Erudito, Econ&oacute;mico y Mercantil de la ciudad de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, evocaba una creencia, que se hab&iacute;a afirmado durante el siglo xviii, seg&uacute;n la cual los peri&oacute;dicos eran una ampliaci&oacute;n de una relaci&oacute;n epistolar; adem&aacute;s de eso apelaba a una tradici&oacute;n europea de exitosos y tambi&eacute;n fracasados peri&oacute;dicos con t&iacute;tulos y prop&oacute;sitos muy semejantes. Llamarse El Ef&iacute;mero &#40;Cartagena, 1812&#41; parec&iacute;a aludir a la certeza de una pronta e irremediable desaparici&oacute;n, o a que la misi&oacute;n que pretend&iacute;an cumplir los redactores tomar&iacute;a poco tiempo o a que cada n&uacute;mero ser&iacute;a pronto materia de olvido para el p&uacute;blico.</p>     <p>Los t&iacute;tulos que escogieron los peri&oacute;dicos neogranadinos que aparecieron entre 1810 y 1814 aluden a un repertorio de t&iacute;tulos que deambularon por el periodismo europeo del siglo xviii y que sugieren una hip&oacute;tesis de clasificaci&oacute;n. Las gacetas ministeriales debieron corresponder con una tradici&oacute;n de informaci&oacute;n pol&iacute;tica fiel al Gobierno; informaci&oacute;n pol&iacute;tica sin comentarios que se reduc&iacute;a a publicar decretos, leyes y consignas de un gobierno. Aquellos denominados El Argos o El Observador dan testimonio de un largo listado de peri&oacute;dicos ef&iacute;meros con igual t&iacute;tulo en que se imbricaban la noticia escueta, el relato ficticio, la s&aacute;tira y el af&aacute;n moralizador de un personaje narrador omnipresente en la vida social. Entre 1810 y 1814 se esbozaron, sobre todo entre los peri&oacute;dicos que fueron publicados en Bogot&aacute; y Cartagena, los dos principales lugares de eclosi&oacute;n de la opini&oacute;n pol&iacute;tica, por lo menos tres tipos de peri&oacute;dicos: la gaceta de informaci&oacute;n pol&iacute;tica escueta, aparentemente neutral y que esperaba aglutinar un consenso sobre el orden pol&iacute;tico emergente; el peri&oacute;dico h&iacute;brido que combinaba la publicaci&oacute;n de decretos, leyes y actos de gobierno con la opini&oacute;n editorial de un grupo de redactores particulares que eran, en principio, afines al Gobierno; y aquellos que eran el resultado de una libertad individual neta que esperaba expresar su opini&oacute;n pol&iacute;tica. Estos peri&oacute;dicos nacidos de esa voluntad individual pod&iacute;an ser adeptos o contrarios al Gobierno, en todo caso pod&iacute;an ser cr&iacute;ticos y, en consecuencia, inc&oacute;modos o hasta peligrosos.</p>     <p>Los ep&iacute;grafes, mientras tanto, esas citaciones que encabezan un libro o cualquiera otro texto, fueron asiduos en la prensa decimon&oacute;nica por su condensaci&oacute;n de ideas, por resumir la divisa de los redactores; pertenecieron a una tradici&oacute;n de reflexiones, sentencias y m&aacute;ximas le&iacute;das, aprendidas y comentadas en tertulias. Cada uno de esos ep&iacute;grafes era una caracterizaci&oacute;n colocada en la fachada del peri&oacute;dico con el deseo de volverse su insignia, una tentativa de definici&oacute;n temprana -a riesgo de volverse equ&iacute;voca- del car&aacute;cter de la publicaci&oacute;n y del compromiso de sus autores. Los ep&iacute;grafes prolongaron una tradici&oacute;n ret&oacute;rica en circunstancias hist&oacute;ricas y pol&iacute;ticas distantes; toda una sabidur&iacute;a ligada a los m&eacute;todos y asuntos aprendidos en la formaci&oacute;n jur&iacute;dica y teol&oacute;gica del siglo xviii, con las inherentes nociones de rep&uacute;blica o de ciudadan&iacute;a o de libertad, que los responsables de los peri&oacute;dicos pusieron en exhibici&oacute;n. La inicial abundancia de frases extra&iacute;das de las lecturas de Cicer&oacute;n, Plat&oacute;n o Tito Livio contrastar&iacute;a poco a poco con citas provenientes del pensamiento de un Washington o un Franklin, mientras los ilustrados franceses -Rousseau o Montesquieu- parecieron marginales o proscritos por varios lustros. Y luego el prospecto, la primera y principal orientaci&oacute;n para el lector; all&iacute; se anunciaban los prop&oacute;sitos, el plan de trabajo, las prioridades tem&aacute;ticas, las adhesiones pol&iacute;ticas, se advert&iacute;an las rivalidades o simpat&iacute;as que incitaron a fundar tal o cual semanario. El prospecto, a diferencia del t&iacute;tulo y el ep&iacute;grafe, estaba m&aacute;s cerca del esp&iacute;ritu mercantil que iluminaba la fundaci&oacute;n de un peri&oacute;dico; su funci&oacute;n era publicitaria porque se concentraba en presentarse ante el p&uacute;blico lector, en ofrecer unos servicios, en prometer la satisfacci&oacute;n de deseos o necesidades. El prospecto era, entre todos los elementos liminares del peri&oacute;dico, el que se ocupaba por representar los sentidos atribuidos al escrito, al escritor y al lector. Toda esta informaci&oacute;n colocada en el umbral de los peri&oacute;dicos no es nada despreciable, nos remite a unos c&oacute;digos y protocolos de la escritura y nos introduce en un mundo simb&oacute;lico que nos es cada vez m&aacute;s lejano, pero que nos permitir&iacute;a entender mucho mejor c&oacute;mo fueron empleados ciertos recursos ret&oacute;ricos para persuadir un auditorio que se ampliaba<sup><a  name=s23  href="#23">23</a></sup>.</p>     <p>Quiz&aacute;s sea muy evidente y poco cuestionable que aquellos ilustrados de fines del siglo xviii y comienzos del xix, que emergieron como una nueva &eacute;lite gobernante a partir de 1810, eran unos avezados productores y consumidores de s&iacute;mbolos de todo tipo. Sin embargo, esa condici&oacute;n no les fue suficiente para construir sin tropiezos una nueva estructura pol&iacute;tica sustentada en nuevas bases de legitimidad; tampoco les fue suficiente para establecer o siquiera aceptar que el nuevo orden implicaba unas relaciones imprevisibles, y por tanto dif&iacute;ciles de controlar, entre el poder pol&iacute;tico e individuos libres. De manera que a partir de 1810 se fueron revelando dificultades en la constituci&oacute;n de un cuerpo pol&iacute;tico, en la enunciaci&oacute;n y elaboraci&oacute;n de las reglas de existencia de una estructura pol&iacute;tica emergente; eso podr&iacute;a explicar en parte la proliferaci&oacute;n provincial de reglamentos constitucionales. El personal pol&iacute;tico-letrado hab&iacute;a entrado en disputa por garantizar el predominio de tal o cual concepci&oacute;n del orden pol&iacute;tico, y a eso se agregaba que entre esa &eacute;lite hab&iacute;a individuos persuadidos de la necesidad de disfrutar de nuevas libertades, entre ellas la de presentar de manera peri&oacute;dica y p&uacute;blica sus opiniones pol&iacute;ticas. Divididos en torno al tipo de gobierno que deb&iacute;an erigir y escindidos en torno al uso p&uacute;blico de la palabra escrita, los pol&iacute;ticos-letrados delataron as&iacute; su incertidumbre ante una situaci&oacute;n in&eacute;dita para la cual no parec&iacute;an preparados.</p>     <p>No fue sencillo, entre la dirigencia pol&iacute;tica de la &eacute;poca que examinamos, aceptar que los individuos expresaran libremente sus opiniones pol&iacute;ticas. El Diario pol&iacute;tico de Santafe expuso de manera clara las vertientes de la tensi&oacute;n entre la necesidad de excluir al pueblo de la esfera p&uacute;blica y controlar el proceso de &quot;fijar la opini&oacute;n&quot;. El relato predominante de sus cuarenta y seis n&uacute;meros se concentra en la tarea de justificar el papel de los representantes del pueblo y en la importancia de alinderar la opini&oacute;n a favor de un apremiante consenso pol&iacute;tico; una opini&oacute;n un&aacute;nime y un consenso patri&oacute;tico entre el personal pol&iacute;tico deb&iacute;an caminar al lado de un pueblo desmovilizado que dejaba tranquila y confiadamente las tareas de gobierno en manos de sus representantes. La apariencia oficial del peri&oacute;dico, anunciada desde el primer n&uacute;mero al advertir que &quot;el peri&oacute;dico se debe a la franqueza y liberalidad de la Suprema Junta, que nos ha dado fondos y tambi&eacute;n su protecci&oacute;n&quot;, contribu&iacute;a a la afirmaci&oacute;n de su tarea de fabricaci&oacute;n de la unanimidad. Su apelaci&oacute;n indistinta a literatos, a sabios, pero tambi&eacute;n a hombres p&uacute;blicos para que hicieran uso responsable de sus plumas, nos sugiere la conciencia -&iquest;o la existencia?- de una esfera p&uacute;blica pol&iacute;tica en que las personas se sent&iacute;an libres, tal vez sin serlo, para producir y hacer circular sus opiniones<sup><a  name=s24  href="#24">24</a></sup>.</p>     <p>Sin embargo, en aquella &quot;tempestad pol&iacute;tica&quot; -son palabras tambi&eacute;n del primer n&uacute;mero del Diario pol&iacute;tico- el peri&oacute;dico que mejor condens&oacute; el despliegue comunicativo de un arsenal ret&oacute;rico ilustrado y las dificultades para ejercer a plenitud una libertad individual evidentemente anunciada, aparentemente conquistada, pero en la pr&aacute;ctica con frecuencia conculcada, fue La Bagatela, publicada por Antonio Nari&ntilde;o &#40;1765-1823&#41; entre el 14 de julio de 1811 y 12 de abril de 1812. Antonio Nari&ntilde;o conoci&oacute; bajo el r&eacute;gimen pol&iacute;tico espa&ntilde;ol la censura, la confiscaci&oacute;n y la c&aacute;rcel. Fue pionero en el establecimiento de un taller de imprenta en Bogot&aacute; y tambi&eacute;n pionero en conferirle un estatus comercial a la circulaci&oacute;n de libros e impresos. Su peri&oacute;dico naci&oacute; en medio de la fragmentaci&oacute;n del cuerpo pol&iacute;tico, de pugnas de facciosas, de clanes que buscaban tener el control de la nueva situaci&oacute;n, de soberan&iacute;as provinciales que desalentaban cualquier tentativa de cohesi&oacute;n. Seg&uacute;n una interpretaci&oacute;n reciente muy plausible, las rencillas entre facciones, entre 1810 y 1811, ten&iacute;an antecedentes ligados a sediciones, a proyectos conspirativos, a la circulaci&oacute;n de panfletos en el decenio 1790 que, entre otras cosas, llevaron a la prisi&oacute;n al mismo Nari&ntilde;o<sup><a  name=s25  href="#25">25</a></sup>. Entre el temario de las disputas que imped&iacute;an la constituci&oacute;n de un cuerpo pol&iacute;tico, se destacaba la discusi&oacute;n acerca de la naturaleza que deber&iacute;a tener el nuevo orden pol&iacute;tico; la aparici&oacute;n de su peri&oacute;dico La Bagatela fue el inicio de una estrategia pol&iacute;tica a favor de la difusi&oacute;n &quot;del pensamiento anti-federal neogranadino&quot;<sup><a  name=s26  href="#26">26</a></sup>. Teniendo esta apreciaci&oacute;n como una de las premisas, examinemos enseguida esa estrategia de persuasi&oacute;n, los antecedentes hist&oacute;ricos de su dispositivo ret&oacute;rico y las tensiones y censuras que parecieron circular en el mundo de la opini&oacute;n en aquel momento &aacute;lgido de pugnas facciosas.</p>     <p><b>    <br>6. LAS BAGATELAS DE LA BAGATELA</b></p>     <p>El breve formato de cuatro p&aacute;ginas, su t&iacute;tulo en apariencia fr&iacute;volo y evasivo, la enunciaci&oacute;n reducida, tambi&eacute;n en apariencia, a un solo responsable; todo eso podr&iacute;a invitar a un examen rutinario de un peri&oacute;dico que conoci&oacute; apenas treinta y ocho n&uacute;meros y que circul&oacute; durante algo m&aacute;s de ocho meses. Sin embargo, su t&iacute;tulo, su antiprospecto, su primer n&uacute;mero -y si s&oacute;lo hubiese sido recuperado por la posteridad un ejemplar de ese primer n&uacute;mero- todo eso ya habr&iacute;a bastado para un desaf&iacute;o cr&iacute;tico. &iquest;Por qu&eacute;? Porque de inmediato se percibe un variado repertorio ret&oacute;rico, una apelaci&oacute;n a recursos discursivos y, principalmente, una evocaci&oacute;n de un legado simb&oacute;lico que el autor de La Bagatela no pudo o no quiso abandonar. Porque el autor es consciente de la transici&oacute;n de lo privado a lo p&uacute;blico, de las ambig&uuml;edades de ese tr&aacute;nsito; porque conoce y emplea f&oacute;rmulas de ampliaci&oacute;n, de fabricaci&oacute;n de un auditorio, sabe que est&aacute; sometido a una competencia persuasiva regulada por la circulaci&oacute;n de la opini&oacute;n. Porque presenta sin ambages las tensiones y contradicciones del momento. Y porque, en consecuencia, el peri&oacute;dico condensa un momento hist&oacute;rico muy tenso, vacilante, de disputas en la creaci&oacute;n de un nuevo cuerpo pol&iacute;tico. Todo eso, que no es poco, vuelve ineludible una aproximaci&oacute;n a lo que hace de La Bagatela un texto -no hemos dicho documento- apasionante.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El t&iacute;tulo anuncia bastante, no solamente por el sentido de la palabra bagatela entre los escritores de fines del siglo xvii y comienzos del siguiente: cosa de poca importancia, tambi&eacute;n diversi&oacute;n galante y, en asuntos de arte, una obra muy corta y ligera. Aquellos escritores que prefirieron, en la primera mitad del siglo xviii, el adorno de la s&aacute;tira y de otros desv&iacute;os literarios para hacer cr&iacute;tica social y moral, escogieron La Bagatela como uno de los t&iacute;tulos preferidos para sus peri&oacute;dicos. &iquest;Habr&iacute;a le&iacute;do Nari&ntilde;o a Pierre Marivaux &#40;1688-1763&#41; o habr&iacute;a conocido al menos los peri&oacute;dicos que propag&oacute; Justus Van Effen &#40;1684-1735&#41; en la primera mitad del siglo xviii en Europa? Cualquiera que sea la respuesta, es bueno advertir que el holand&eacute;s Van Effen tuvo una trayectoria nada despreciable como para que fuera ignorado por un hombre tan bien informado como Nari&ntilde;o. Fue Van Effen el primero en llamar a un peri&oacute;dico La Bagatela &#40;1718&#41; para asociarlo con la difusi&oacute;n de discursos ir&oacute;nicos; en la elongaci&oacute;n de los siglos xvii y xviii, &eacute;l sirvi&oacute; de puente de comunicaci&oacute;n de la literatura inglesa con la francesa, pues fue responsable de las primeras traducciones a la lengua francesa de las obras de Daniel Defoe &#40;1660-1731&#41;, Jonathan Swift &#40;1667-1745&#41;, Joseph Addison &#40;1672-1719&#41; y Richard Steele &#40;1672-1729&#41;, entre otros. Mientras tanto, la apariencia de un humor inofensivo sin causa importante para defender proviene de Marivaux, especialista en ese periodismo de m&aacute;scaras, como suelen denominarlo algunos estudiosos. El siglo xviii conoci&oacute; una pl&eacute;tora de peri&oacute;dicos ef&iacute;meros de buen humor, dotados de disfraces, de seud&oacute;nimos, de periodistas ficticios, de conversaciones entre personajes con alegor&iacute;as o parodias del mundo real<sup><a  name=s27  href="#27">27</a></sup>.</p>     <p>El peso de la tradici&oacute;n ilustrada es evidente de otras maneras. Su prospecto, que es cr&iacute;tica del uso corriente de los prospectos, demuestra que Nari&ntilde;o conoc&iacute;a bien los artificios de la prensa hasta entonces: &quot;Es costumbre de todos los Periodistas -afirma de entrada- dar un prospecto de sus Peri&oacute;dicos, y amontonar en &eacute;l todas las voces t&eacute;cnicas de las materias que ofrecen tratar&quot;. La &uacute;ltima p&aacute;gina del primer n&uacute;mero reproduce un elogio del legislador norteamericano William Penn &#40;1644-1718&#41;, visto entonces como modelo de legislador para una sociedad liberal; el elogio de Penn hace inevitable la evocaci&oacute;n de algunas cartas filos&oacute;ficas de Voltaire dedicadas al ilustre cu&aacute;quero ingl&eacute;s<sup><a  name=s28  href="#28">28</a></sup>. El responsable de La Bagatela acudi&oacute; al recurso establecido por la prensa del siglo xviii de inventar un auditorio, de darle la palabra al p&uacute;blico, sobre todo acudiendo a cartas ficticias<sup><a  name=s29  href="#29">29</a></sup>. El primer n&uacute;mero inaugura ese recurso, un &quot;fil&oacute;sofo sensible&quot; -denominaci&oacute;n muy propia del esp&iacute;ritu ilustrado- establece un di&aacute;logo que va a prolongarse con una &quot;dama su amiga&quot;; esa conversaci&oacute;n es una alegor&iacute;a continua de las mujeres interesadas e influyentes en la pol&iacute;tica y que le sirve para representar un mundo de tertulias que se ocupaba de discutir los asuntos pol&iacute;ticos del d&iacute;a. A&uacute;n m&aacute;s, el director de La Bagatela ya se hab&iacute;a percatado de que &quot;las tertulias se animan, y se oyen cosas que antes era prohibido pensar&quot;<sup><a  name=s30  href="#30">30</a></sup>.</p>     <p>La conversaci&oacute;n ficticia que se prolonga en varios n&uacute;meros y que se traslada luego a &quot;un amigo&quot;, le permiti&oacute; al autor disfrazar con personajes sus opiniones pol&iacute;ticas y las de sus contradictores; pero tambi&eacute;n le sirvi&oacute; para denunciar los impedimentos para la circulaci&oacute;n de su peri&oacute;dico. De hecho, habr&iacute;a que destacar la iron&iacute;a de acudir al g&eacute;nero epistolar para denunciar que el Gobierno estaba violando la correspondencia de los particulares. En cuanto a ep&iacute;grafes, Nari&ntilde;o parece haberse cuidado de no imponerlo, m&aacute;s bien de sugerirlo; la anomal&iacute;a de su ausencia fue materia de la primera p&aacute;gina del n&uacute;mero 8. El redactor advierte que recibi&oacute; &quot;una carta correccional, cuyo autor no quiere que la publique&quot;; el supuesto autor de la carta oblig&oacute; a Nari&ntilde;o a anunciar el olvidado ep&iacute;grafe: Pluribus unum<sup><a  name=s31  href="#31">31</a></sup>. El mensaje para los destinatarios de su &eacute;poca parec&iacute;a contundente. El autor del peri&oacute;dico estaba adoptando la divisa &quot;uno a partir de varios&quot;, que desde 1776 ornaba la documentaci&oacute;n oficial de Estados Unidos, consigna que resum&iacute;a el logro pol&iacute;tico de un pa&iacute;s compuesto de trece colonias independientes que se integraron en una sola unidad pol&iacute;tica. Para la discusi&oacute;n sobre la organizaci&oacute;n pol&iacute;tico-administrativa del que hab&iacute;a sido el Nuevo Reino de Granada, el ep&iacute;grafe era declaraci&oacute;n rotunda de adhesi&oacute;n a uno de los proyectos pol&iacute;ticos en contienda.</p>     <p>La Bagatela no es un simple compendio del buen uso de una ret&oacute;rica ilustrada. Nari&ntilde;o apel&oacute; conscientemente a unos recursos de persuasi&oacute;n para volverlos eficaces durante una circunstancia pol&iacute;tica. El t&iacute;tulo es un desaf&iacute;o para la discusi&oacute;n; para qu&eacute; discutir con alguien que escribe cosas en apariencia anodinas. El t&iacute;tulo es la primera m&aacute;scara que este antiguo funcionario criollo utiliz&oacute; para disfrazar un severo y continuo &quot;dictamen sobre el gobierno de Nueva Granada&quot;. El reto para los lectores era tomar en serio o en broma al autor de las bagatelas. En ese lenguaje ambivalente, mezcla de seriedad y broma, de realidad y ficci&oacute;n, Nari&ntilde;o denunci&oacute; desde el primer n&uacute;mero la violaci&oacute;n de la correspondencia privada, y luego denunci&oacute; que el Gobierno le hab&iacute;a obligado a hacer una &quot;contribuci&oacute;n de 20 ejemplares&quot;. Como buen comerciante, el responsable de La Bagatela destac&oacute; que la contribuci&oacute;n era onerosa para cualquier particular que quisiera disfrutar de la libertad de imprimir; pero tambi&eacute;n denunci&oacute; las posibles motivaciones del Gobierno: &quot;Es cosa bien sabida que cuando se quiere prohibir indirectamente un g&eacute;nero, no hay m&eacute;todo m&aacute;s sencillo que recargarlo de impuestos&quot;<sup><a  name=s32  href="#32">32</a></sup>. Las acusaciones se ampliaron y precisaron luego con nombres propios y su conversaci&oacute;n epistolar con &quot;una dama&quot; fue otra forma de se&ntilde;alar los malos tiempos para la opini&oacute;n libre<sup><a  name=s33  href="#33">33</a></sup>. La publicaci&oacute;n de los extractos de los manuscritos del &quot;sabio Bentham&quot; sobre libertad de imprenta quiso cumplir un prop&oacute;sito persuasivo en un momento de dudas acerca del otorgamiento de esa nueva libertad.</p>     <p>El bagatelista fue representando o reproduciendo -dos palabras dignas de discusi&oacute;n- un escenario y unos m&eacute;todos de discusi&oacute;n pol&iacute;tica. Fue claro que Nari&ntilde;o expon&iacute;a pasiones e intereses de una facci&oacute;n pol&iacute;tica, propon&iacute;a un orden pol&iacute;tico y unas modalidades de legitimaci&oacute;n del personal pol&iacute;tico; a&uacute;n m&aacute;s, inaugur&oacute; discusiones que iban a ocupar buena parte del proceso de formaci&oacute;n republicana, como por ejemplo aquella de cuestionar el papel pol&iacute;tico de los eclesi&aacute;sticos; considerado por algunos historiadores muy juiciosos como &quot;parang&oacute;n de los modernos&quot;, Nari&ntilde;o esboz&oacute; una discusi&oacute;n que ocup&oacute; buena parte del siglo xix y que a menudo fue violenta<sup><a  name=s34  href="#34">34</a></sup>. Utilizando otra vez la estrategia de una conversaci&oacute;n ficticia, &quot;el autor de la Bagatela&quot;, como se autode-nomin&oacute; en varios pasajes, hizo amplio esbozo de un debate que iba ocupar el resto del siglo y que en varias ocasiones pas&oacute; de la discusi&oacute;n escrita al enfrentamiento armado; se trataba, ni m&aacute;s ni menos, del lugar de la Iglesia cat&oacute;lica en el nuevo orden, del lugar y del papel del personal eclesi&aacute;stico en la vida p&uacute;blica o, dicho mejor, la pugna por erigir un cuerpo pol&iacute;tico laico. Pero tambi&eacute;n pon&iacute;a en evidencia otra cosa: la dificultad para comunicarse con un p&uacute;blico acostumbrado a seguir la literatura protegida y promovida por los templos cat&oacute;licos. Por eso su amigo ficticio le apostaba a conseguir m&aacute;s dinero y lectores redactando una novena que un peri&oacute;dico. En los &uacute;ltimos n&uacute;meros, Nari&ntilde;o ya contaba que su Bagatela andaba &quot;en los p&uacute;lpitos&quot;, es decir, ya era materia de anatemas; pero lo que m&aacute;s le molestaba es que los sacerdotes cat&oacute;licos eran ciudadanos o eclesi&aacute;sticos seg&uacute;n la conveniencia: &quot;Dicen que gozan de todos los derechos de Ciudadanos en lo favorable, y se llaman a Eclesi&aacute;sticos en lo adverso: as&iacute; es que los vemos mezclados en los empleos de gobierno revolviendo el mundo y cuando se trata de imponerles alguna pena pecuniaria o personal, se llaman al fuero&quot;<sup><a  name=s35  href="#35">35</a></sup>. Para Nari&ntilde;o no fue agradable ver a cl&eacute;rigos ocupando puestos en el Colegio Electoral. El bagatelista estaba anunciando la disputa entre el letrado laico que se consideraba dispuesto a desplazar definitivamente al tradicional letrado eclesi&aacute;stico como figura central en el control social y la direcci&oacute;n pol&iacute;tica; eso parec&iacute;a estar incluido, en todo caso, en la agenda revolucionaria de Antonio Nari&ntilde;o, seg&uacute;n como lo expuso en su peri&oacute;dico.</p>     <p>Pero las preciosidades de La Bagatela anuncian algo m&aacute;s que disputas entre facciones pol&iacute;ticas, algo m&aacute;s que disputas por imponer las condiciones de una nueva organizaci&oacute;n pol&iacute;tica, algo m&aacute;s que discusiones acerca de la naturaleza pol&iacute;tica del momento incierto que se estaba viviendo. El peri&oacute;dico deja entrever que exist&iacute;a una intensidad diaria en la circulaci&oacute;n de la opini&oacute;n y que incluso impedir su libre circulaci&oacute;n era parte inherente de una cultura pol&iacute;tica en gestaci&oacute;n; que el momento exig&iacute;a una producci&oacute;n constante de opini&oacute;n, de discursos que expresaban alianzas, fraternidades y rivalidades. Sin embargo, eso puede parecer muy obvio para cualquier historiador o lector contempor&aacute;neo debidamente informado de las circunstancias de aquella &eacute;poca. Quiz&aacute;s es menos obvio decir que se trataba de un momento de despliegue de energ&iacute;as que no parec&iacute;an rendir frutos econ&oacute;micos para gentes que necesitaban, de todos modos, ganarse la vida; un comerciante como Nari&ntilde;o, que hab&iacute;a sufrido bruscos altibajos en su econom&iacute;a personal, se preguntaba con frecuencia en su peri&oacute;dico si val&iacute;a la pena dedicarse a publicar bagatelas o si era preferible cultivar y vender arroz. El asunto no era una nota adicional de buen humor del escritor; pon&iacute;a m&aacute;s bien en evidencia que la elaboraci&oacute;n y la puesta en circulaci&oacute;n de un peri&oacute;dico en aquellos tiempos no era solamente un hecho pol&iacute;tico e ideol&oacute;gico indispensable, tambi&eacute;n era un hecho econ&oacute;mico costoso, arriesgado y, por tanto, de enorme preocupaci&oacute;n para quienes compromet&iacute;an sus esfuerzos en la empresa. Habr&iacute;a que decirlo de manera simple: la revoluci&oacute;n pol&iacute;tica de esos a&ntilde;os tambi&eacute;n era un asunto de dinero, de mercado. Verlo de ese modo no tiene nada de ofensivo con quienes se han dedicado -en serio- a hacer revoluciones; desde los tiempos del emblem&aacute;tico Robespierre, la ruina o el lucro estaban en discusi&oacute;n a la hora de montar un taller de imprenta y de poner a circular un peri&oacute;dico. Conquistar un listado de abonados era una de las prioridades para garantizar la circulaci&oacute;n de la opini&oacute;n de los &quot;m&aacute;s revolucionarios&quot;, de los &quot;m&aacute;s leg&iacute;timos&quot; o de los &quot;m&aacute;s abnegados&quot;. Por eso, quiz&aacute;s, una investigaci&oacute;n acerca del mundo de la opini&oacute;n p&uacute;blica tiene que pensar en la relaci&oacute;n y en la diferencia de tres categor&iacute;as contiguas: el p&uacute;blico como una categor&iacute;a pol&iacute;tica; el lector o los lectores como una categor&iacute;a sociol&oacute;gica; y el mercado como una categor&iacute;a econ&oacute;mica. En La Bagatela, como en cualquier papel que circul&oacute; en esos tiempos &aacute;lgidos de necesarias definiciones, esas tres palabras tuvieron un uso consciente y frecuente<sup><a  name=s36  href="#36">36</a></sup>.</p>     <p><b>    <br>CONCLUSI&Oacute;N. LA NOCI&Oacute;N DE LUCRO Y LA CIRCULACI&Oacute;N DE LA OPINI&Oacute;N</b></p>     <p>La Bagatela, como muchos peri&oacute;dicos de su &eacute;poca en Hispanoam&eacute;rica, naci&oacute; y muri&oacute; haciendo c&aacute;lculos; primero reclamando por los veinte ejemplares que perd&iacute;a entreg&aacute;ndoselos por obligaci&oacute;n al gobierno provisorio que era, por dem&aacute;s, otro competidor pol&iacute;tico. En todos los peri&oacute;dicos del lapso de tiempo comprendido entre 1810 y 1815 se halla al menos un anuncio que deploraba la escasez de papel, el costo de la mano de obra en el taller de imprenta; tambi&eacute;n se exaltaban los donativos y bajos precios que garantizaban algunos impresores; las incertidumbres en la distribuci&oacute;n por fuera de la capital. Uno de los desaf&iacute;os de la distribuci&oacute;n de impresos en el siglo xix fue determinar con alguna aproximaci&oacute;n la amplitud o la estrechez del mercado; entre 1810 y 1815, la distribuci&oacute;n o, mejor dicho, en cuanto al intercambio de impresos entre Bogot&aacute; y Cartagena, dos polos de actuaci&oacute;n pol&iacute;tica importantes, la conquista del mercado lector en ambos lugares era tan importante como la conquista de adeptos y la definici&oacute;n de rivalidades. Esta carta de 1811 que indica el intercambio constante entre dos hermanos impresores, el uno responsable de la edici&oacute;n de La Bagatela y el otro distribuidor en Cartagena de los peri&oacute;dicos provenientes de Santafe de Bogot&aacute;, enuncia bien los dilemas relacionados con la distribuci&oacute;n y venta de peri&oacute;dicos y otros impresos:</p> <ul>&quot;Mi estimado hermano: En este correo me ha sido muy sensible que no me hayas escrito por las circunstancias, pero ni aun las Bagatelas han venido. El n&uacute;mero 10 y 11 que me mandaste el correo pasado fue visto y desaparecido, en cantidad de 50 que me remitiste, de modo que si te da gana de mandar 100, como hiciste en los dem&aacute;s, todas se te hubieran vendido; pero qui&eacute;n hab&iacute;a de creer que tuviese tanta salida, en vista de que los anteriores apenas se han vendido de cada uno 30.    <br>En fin, as&iacute; son las cosas de la imprenta, que no se atina con el n&uacute;mero que se ha de tirar&quot;<sup><a  name=s37  href="#37">37</a></sup>.    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>Las noticias acerca de la llegada de resmas de papel o, m&aacute;s significativo a&uacute;n, la instalaci&oacute;n de un taller de fabricaci&oacute;n de papel, eran hechos de enorme trascendencia para el funcionamiento mercantil de la circulaci&oacute;n de la opini&oacute;n pol&iacute;tica. Precisamente, el montaje de una f&aacute;brica de papel en Bogot&aacute;, en el v&eacute;rtigo pol&iacute;tico de 1811, tuvo para los redactores de peri&oacute;dicos un alto valor patri&oacute;tico, adjetivo que mide la importancia concedida a la necesidad apremiante de producir y difundir opiniones en aquel tiempo: &quot;Se ha presentado a la Junta la muestra de papel fabricado en esta Capital por D. Juan Bautista Estevez, noble, h&aacute;bil y distinguido Patriota, quien ha decorado la Patria con esta nueva f&aacute;brica, la primera que da este g&eacute;nero en estos Reinos de Am&eacute;rica&quot;<sup><a  name=s38  href="#38">38</a></sup>. El sentido de oportunidad y de lucro no parec&iacute;a estar ausente en este trance pol&iacute;ticamente intenso.</p>     <p>Antonio Nari&ntilde;o en su peri&oacute;dico La Bagatela expuso con lucidez los dilemas de una estructura pol&iacute;tica balbuciente y tambi&eacute;n indic&oacute; los postulados de una cultura pol&iacute;tica que se estaba construyendo con mucha dificultad; esa cultura pol&iacute;tica se&ntilde;alaba una transici&oacute;n en la que ciertos valores comenzaban a ser predominantes, entre ellos, por supuesto, el anuncio de una situaci&oacute;n hist&oacute;rica en que ten&iacute;a cada vez m&aacute;s importancia un universo de sujetos muy activos en la deliberaci&oacute;n pol&iacute;tica. Y, adem&aacute;s de eso, expuso sin pudor que ese universo de la opini&oacute;n estaba regido -y pod&iacute;a ser medido- por las pautas mercantiles. En la despedida de su peri&oacute;dico, Nari&ntilde;o exhibi&oacute; la relaci&oacute;n directa entre conquistar el poder, ganar legitimidad pol&iacute;tica, obtener el favor de la opini&oacute;n, garantizar lectores y tener compradores; el listado de suscriptores, un dato que fue vital en los procesos de existencia de aquellos peri&oacute;dicos, lo puso como elemento definitorio de la popularidad de un impreso: &quot;No es la opini&oacute;n de un miserable babiecas la que decide la bondad de un p&uacute;blico, la generalidad de los lectores es la que forma la opini&oacute;n. &iquest;Y c&oacute;mo se sabe esta opini&oacute;n? Claro est&aacute; que por el n&uacute;mero de los compradores&quot;<sup><a  name=s39  href="#39">39</a></sup>. As&iacute; que les demand&oacute; a sus rivales pol&iacute;ticos que, como &eacute;l lo hizo con su peri&oacute;dico, &quot;presenten una lista de suscriptores&quot;. Nari&ntilde;o cumpli&oacute; en lo que le concern&iacute;a, con la parte del desaf&iacute;o que propuso. Para su Bagatela escogi&oacute; como el m&aacute;s digno ep&iacute;logo la publicaci&oacute;n de la lista de suscriptores y la cuenta minuciosa de las ventas<sup><a  name=s40  href="#40">40</a></sup>.</p>     <p>Estamos, parece, ante una revoluci&oacute;n pol&iacute;tica que exig&iacute;a o gustaba de hacer c&aacute;lculos que, muchas veces, no pod&iacute;an ser estrictamente pol&iacute;ticos.</p> <hr size="1">     <p><b>Comentarios</b></p>     <p><a   href="#s*"  name="*"><sup>*</sup></a> Este ensayo es resultado de una investigaci&oacute;n mayor registrada en la Vicerrector&iacute;a de Investigaciones de la Universidad del Valle, acerca de la historia de la prensa y la opini&oacute;n p&uacute;blica en la primera mitad del siglo xix colombiano. </p>     <p><a   href="#s1"  name=1><sup>1</sup></a>. Principalmente su libro ya cl&aacute;sico y, aun as&iacute;, poco y mal le&iacute;do: Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hisp&aacute;nicas &#40;M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1993&#41;. </p>     <p><a   href="#s2"  name=2><sup>2</sup></a>. Principalmente en El&iacute;as Jos&eacute; Palti, La invenci&oacute;n de una legitimidad. Raz&oacute;n y ret&oacute;rica en el pensamiento mexicano del siglo xix. Un estudio sobre las formas del discurso pol&iacute;tico &#40;M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005&#41;. </p>     <p><a   href="#s3"  name=3><sup>3</sup></a>. V&eacute;anse, por ejemplo, el Semanario del Nuevo Reino de Granada, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 3 de enero, 1809, 1; 16 de abril, 1809, 117; 24 de diciembre, 1809, 371 y 372. </p>     <p><a   href="#s4"  name=4><sup>4</sup></a>. Sobre una percepci&oacute;n temprana y quiz&aacute;s pionera de los alcances de la circulaci&oacute;n masiva de peri&oacute;dicos en Europa: Caspar Stieler, Zeitungs Lust und Nutz &#40;1695&#41;; citado y comentado por: Slavko Splichal, Principles of publicity and Press Freedom &#40;Boston: Rowman &amp; Littlefield Publishers, 2002&#41; 4 y 5. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a   href="#s5"  name=5><sup>5</sup></a>. &quot;Prospecto&quot;, Diario Pol&iacute;tico de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 27 de agosto, 1810, 1. </p>     <p><a   href="#s6"  name=6><sup>6</sup></a>. Diario Pol&iacute;tico de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 27 de agosto, 1810, 1. </p>     <p><a   href="#s7"  name=7><sup>7</sup></a>. &quot;La Historia de nuestra revoluci&oacute;n&quot;, Diario Pol&iacute;tico de Santafe de Bogot&aacute;, 7 de septiembre, 1810, 58 y 59. </p>     <p><a   href="#s8"  name=8><sup>8</sup></a>. Citado por Emilio Parra L&oacute;pez, La libertad de prensa en las Cortes de C&aacute;diz &#40;Valencia: nau Libres-Biblioteca Virtual Cervantes, 2005 &#91;1984&#93;&#41;, 13.  </p>     <p><a   href="#s9"  name=9><sup>9</sup></a>. Theodora McKennan, &quot;Jeremy Bentham and the Colombian Liberators&quot;, The Americas 34: 4 &#40;1978&#41;: 460-475. La autora se basa en un remoto art&iacute;culo de derecho comparado escrito en 1948 por: Kurt Lipstein, &quot;Bentham: Foreign Law and Foreign Lawyers&quot;, en Jeremy Bentham and the Law, dir. George W. Keeton y G. Schwarzenberger &#40;London: Greenwood, 1948&#41;, 202-221. </p>     <p><a   href="#s10"  name=10><sup>10</sup></a>. Un interesante art&iacute;culo sobre la evoluci&oacute;n ideol&oacute;gica de Bentham: J.R. Dinwiddy, &quot;Bentham&#39;s Transition to Political Radicalism, 1809-10&quot;, Journal of the History of Ideas 36: 4 &#40;Oct. - Dec., 1975&#41;: 683-700. </p>     <p><a   href="#s11"  name=11><sup>11</sup></a>. &quot;Art&iacute;culo extractado de los manuscritos ingleses de Bentham y publicado por el se&ntilde;or Blanco en su Espa&ntilde;ol&quot;, en La Bagatela, Santafe de Bogot&aacute;, n.<sup>o</sup> 23, 1 de diciembre,1811, 86. </p>     <p><a   href="#s12"  name=12><sup>12</sup></a>. Constituci&oacute;n de Cartagena de 1812, t&iacute;tulo ix, art. 2, en: Diego Uribe Vargas, Las Constituciones de Colombia, vols. i y ii &#40;Bogot&aacute;: Ediciones Cultura Hisp&aacute;nica, 1985&#41;, 559. En adelante, todas las citaciones de las constituciones provienen de esta compilaci&oacute;n. </p>     <p><a   href="#s13"  name=13><sup>13</sup></a>. Constituci&oacute;n de Cartagena de 1812, t&iacute;tulo v, art. 26, p. 531; Constituci&oacute;n de Cundinamarca de 1812, t&iacute;tulo v, art. 29, p. 601. </p>     <p><a   href="#s14"  name=14><sup>14</sup></a>. Constituci&oacute;n de Mariquita, 21 de junio de 1815, t&iacute;tulo I, art&iacute;culo 9, p. 647. Sobre la semejanza con la libertad de opini&oacute;n como ejercicio del poder de vigilancia o de ratificaci&oacute;n de los actos legislativos, Pierre Rosanvallon, La d&eacute;mocratie inachev&eacute;e &#40;Par&iacute;s: Gallimard, 2000&#41;, 44-46. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a   href="#s15"  name=15><sup>15</sup></a>. Constituci&oacute;n del Estado de Antioquia, 21 de marzo de 1812, secci&oacute;n ii, art. 3, p. 466. No hay ostensibles cambios en la Constituci&oacute;n de 10 de julio de 1815, tambi&eacute;n del Estado de Antioquia. </p>     <p><a   href="#s16"  name=16><sup>16</sup></a>. Una caracterizaci&oacute;n de ese per&iacute;odo de transici&oacute;n la hace Annick Lem-p&eacute;ri&eacute;re, &quot;Rep&uacute;blica y publicidad a finales del Antiguo R&eacute;gimen &#40;Nueva Espa&ntilde;a&#41;&quot;, en Los espacios p&uacute;blicos en Iberoam&eacute;rica. Ambig&uuml;edades y problemas. Siglos xvin-xix, eds. Francois-Xavier Guerra y Annick Lemp&eacute;ri&eacute;re &#40;M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1998&#41;, 54-79. </p>     <p><a   href="#s17"  name=17><sup>17</sup></a>. Sobre ese momento pol&iacute;tico, tanto en la Nueva Granada como en Venezuela, Cl&eacute;ment Thibaud, Rep&uacute;blicas en armas &#40;Bogot&aacute;: Planeta, 2003&#41;, 140-148. </p>     <p><a   href="#s18"  name=18><sup>18</sup></a>. &quot;Oficio del Secretario de Estado a la redacci&oacute;n de la Gaceta&quot;, Gaceta de Caracas, 28 de febrero, 1814, 2. </p>     <p><a   href="#s19"  name=19><sup>19</sup></a>. &quot;Noticias del interior&quot;, Argos de la Nueva Granada, Tunja-Bogot&aacute;, 24 de febrero, 1814, 63. </p>     <p><a   href="#s20"  name=20><sup>20</sup></a>. El denunciante cita, por ejemplo, en materia de opiniones sobre la religi&oacute;n cat&oacute;lica, el acuerdo del 30 de octubre de 1813, publicado en Gaceta ministerial de Cundinamarca del 11 de noviembre del mismo a&ntilde;o; y el decreto del 7 de diciembre de 1813, publicado tambi&eacute;n en la Gaceta ministerial del 16 del mismo mes, sobre suspensi&oacute;n de la convocatoria del Colegio Electoral. </p>     <p><a   href="#s21"  name=21><sup>21</sup></a>. &quot;Representaci&oacute;n que ha dirigido el ciudadano Sinforoso Mutis al Exmo. Senado&quot;, Argos de la Nueva Granada, Tunja-Bogot&aacute;, 24 de febrero, 1814, 63. </p>     <p><a   href="#s22"  name=22><sup>22</sup></a>. Una semblanza bien documentada de las pr&aacute;cticas de lectura y de escritura de los criollos ilustrados hacia fines del siglo xviii y comienzos del xix, en: Ren&aacute;n Silva, Los ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808 &#40;Bogot&aacute;-Medell&iacute;n: EAPu-Banco de la Rep&uacute;blica, 2002&#41;. </p>     <p><a   href="#s23"  name=23><sup>23</sup></a>. Para una iniciaci&oacute;n en estos an&aacute;lisis peri o para textuales: Gerard Genette, Seuils &#40;Par&iacute;s: Editions du Seuil, 1987&#41;. </p>     <p><a   href="#s24"  name=24><sup>24</sup></a>. &quot;Prospecto&quot;, Diario pol&iacute;tico de Santafe de Bogota, 27 de agosto, 1810, 1. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a   href="#s25"  name=25><sup>25</sup></a>. Una caracterizaci&oacute;n reciente de la pol&iacute;tica y los pol&iacute;ticos en este per&iacute;odo: Daniel Guti&eacute;rrez Ardila, &quot;Un Reino nuevo. Geograf&iacute;a pol&iacute;tica, pactismo y diplomacia durante el interregno en Nueva Granada &#40;18081816&#41;&quot;, Tesis de doctorado, Universidad Par&iacute;s I, 2008. </p>     <p><a   href="#s26"  name=26><sup>26</sup></a>. Daniel Guti&eacute;rrez Ardila, &quot;Un Reino nuevo&quot;, 245. </p>     <p><a   href="#s27"  name=27><sup>27</sup></a>. Para una visi&oacute;n panor&aacute;mica del periodismo del siglo xvin en Europa, Pierre Retat, dir., Le Journalisme d&#39;Ancien R&eacute;gime. Questions et propositions &#40;Lyon: Presses Universitaires, 1982&#41;. </p>     <p><a   href="#s28"  name=28><sup>28</sup></a>. M&aacute;s exactamente, habr&iacute;a que evocar la cuarta carta de Voltaire, concentrada en la figura de William Penn. </p>     <p><a   href="#s29"  name=29><sup>29</sup></a>. Un estudio de esos recursos, sobre todo en los peri&oacute;dicos que fund&oacute; Pierre Marivaux, en Alexis L&eacute;vrier, Les Journaux de Marivaux &#40;Par&iacute;s: Presses Universitaires de France, 2007&#41;. </p>     <p><a   href="#s30"  name=30><sup>30</sup></a>. &quot;Carta del Fil&oacute;sofo sensible a una Dama su amiga&quot;, La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 14 de julio, 1811, 3. </p>     <p><a   href="#s31"  name=31><sup>31</sup></a>. &quot;Este comienza por una advertencia&quot;, La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 1 de septiembre, 1811, 29. </p>     <p><a   href="#s32"  name=32><sup>32</sup></a>. &quot;Imprenta&quot;, La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 21 de julio, 6. </p>     <p><a   href="#s33"  name=33><sup>33</sup></a>. &quot;El Fil&oacute;sofo sensible a una Dama su amiga&quot;, suplemento a La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 28 de julio de 1811, 2. </p>     <p><a   href="#s34"  name=34><sup>34</sup></a>. &quot;El gran Antonio Nari&ntilde;o, parang&oacute;n de los modernos&quot;, afirmaci&oacute;n de Cl&eacute;ment Thibaud y Mar&iacute;a Teresa Calder&oacute;n, &quot;De la majestad a la soberan&iacute;a en la Nueva Granada en tiempos de la Patria Boba &#40;1810-1816&#41;&quot;, en Las revoluciones en el mundo Atl&aacute;ntico, eds. Mar&iacute;a Teresa Calder&oacute;n y Cl&eacute;ment Thibaud &#40;Bogot&aacute;: Taurus-Universidad Externado de Colombia, 2006&#41;, 380. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a   href="#s35"  name=35><sup>35</sup></a>. &quot;El Bagatelista a su Amigo&quot;, La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 12 de enero, 1812, 110. </p>     <p><a   href="#s36"  name=36><sup>36</sup></a>. Para una idea comparativa, para que dejemos de pensar en singularidades o anomal&iacute;as inexistentes, sugiero la lectura de un fen&oacute;meno semejante en el caso de la prensa mexicana: Susana Delgado, Libertad de imprenta, pol&iacute;tica y educaci&oacute;n: su planteamiento y discusi&oacute;n en el Diario de M&eacute;xico, 1810-1817 &#40;M&eacute;xico: Instituto Mora, 2006&#41;. </p>     <p><a   href="#s37"  name=37><sup>37</sup></a>. &quot;Carta de Diego Espinosa a don Bruno Espinosa de los Monteros&quot;, Cartagena, 10 de octubre de 1811, en Archivo Nari&ntilde;o, comp. Guillermo Hern&aacute;ndez de Alba &#40;Bogot&aacute;, Fundaci&oacute;n Biblioteca de la Presidencia de la Rep&uacute;blica, 1990&#41; vol. 3, 27. </p>     <p><a   href="#s38"  name=38><sup>38</sup></a>. &quot;Noticia&quot;, Aviso al P&uacute;blico, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 19 de enero, 1811, 483. </p>     <p><a   href="#s39"  name=39><sup>39</sup></a>. &quot;La &uacute;ltima palabra que hab&iacute;a reservado&quot;, La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, No. 38, 12 de abril, 1812, 145. </p>     <p><a   href="#s40"  name=40><sup>40</sup></a>. La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, No. 38, 12 de abril, 1812, 149,150. </p>  <hr size="1">     <p><b>Referencias</b></p>      <p ><b>Fuentes primarias</b></p>      <p ><b>Fuentes primarias impresas:</b></p>      <!-- ref --><p >Academia Nacional de la Historia. El pensamiento  constitucional hispanoamericano hasta 1830. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1961, vols. 1, 3 y 5.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-1617201000030000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Hern&aacute;ndez de Alba, Guillermo &#40;comp.&#41;. Archivo Nari&ntilde;o. Bogot&aacute;:  Fundaci&oacute;n Biblioteca de la Presidencia de la Rep&uacute;blica, 1990, vol. 3.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-1617201000030000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Uribe Vargas, Diego. Las Constituciones de Colombia. Bogot&aacute;:  Ediciones Cultura Hisp&aacute;nica, 1985, vols. i y ii.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0121-1617201000030000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p ><b>Publicaciones peri&oacute;dicas:</b></p>      <!-- ref --><p >Argos de la Nueva Granada, Tunja-Bogot&aacute;, 1813-1815;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0121-1617201000030000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Aviso al  P&uacute;blico, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 1811;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0121-1617201000030000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Diario Pol&iacute;tico de Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 27 de  agosto, 1810;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-1617201000030000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Gaceta de Caracas, Caracas, 1808­1814;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0121-1617201000030000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Gaceta ministerial de  Cundinamarca, 1811- 1815;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0121-1617201000030000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> La Bagatela, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, 1811, 1812;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0121-1617201000030000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> Semanario  del Nuevo Reino de Granada, 1809.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0121-1617201000030000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p ><b>Fuentes secundarias</b></p>      <!-- ref --><p >Calder&oacute;n, Mar&iacute;a Teresa y Thibaud, Cl&eacute;ment. &quot;De la majestad a  la soberan&iacute;a en la Nueva Granada en tiempos de la Patria Boba &#40;1810-1816&#41;&quot;. En  Las revoluciones en el mundo Atl&aacute;ntico, editado por Mar&iacute;a Teresa Calder&oacute;n y  Cl&eacute;ment Thibaud. Bogot&aacute;: Taurus-Universidad Externado de Colombia, 2006.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0121-1617201000030000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Delgado, Susana. Libertad de imprenta, pol&iacute;tica y educaci&oacute;n:  su planteamiento y discusi&oacute;n en el Diario de M&eacute;xico, 1810-1817. M&eacute;xico:  Instituto Mora, 2006.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0121-1617201000030000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Dinwiddy, J.R. &quot;Bentham&#39;s Transition to Political Radicalism,  1809-10&quot;. journal of the History of Ideas 36: 4 &#40;Oct. - Dec., 1975&#41;: 683-700.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0121-1617201000030000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Genette, G&eacute;rard. Seuils. Par&iacute;s: Editions du Seuil, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0121-1617201000030000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Guerra, Fran&ccedil;ois-Xavier. Modernidad e independencias. Ensayos  sobre las revoluciones hisp&aacute;nicas. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0121-1617201000030000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Guti&eacute;rrez Ardila, Daniel. &quot;Un Reino nuevo. Geograf&iacute;a  pol&iacute;tica, pactismo y diplomacia durante el interregno en Nueva Granada  &#40;1808-1816&#41;&quot;. Tesis Doctorado, Universidad Par&iacute;s I, 2008.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0121-1617201000030000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Lemp&eacute;ri&eacute;re, Annick. &quot;Rep&uacute;blica y publicidad a finales del  Antiguo R&eacute;gimen &#40;Nueva Espa&ntilde;a&#41;&quot;. En Los espacios p&uacute;blicos en Iberoam&eacute;rica. Ambig&uuml;edades y  problemas. Siglos xviii-xix, editado por Francois-Xavier Guerra y Annick  Lemp&eacute;ri&eacute;re. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1998, 54-79.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0121-1617201000030000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >L&eacute;vrier, Alexis. Les journaux de Marivaux. Par&iacute;s: Presses  Universitaires de France, 2007.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0121-1617201000030000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Lipstein, Kurt. &quot;Bentham: Foreign Law and Foreign Lawyers&quot;.  En jeremy Bentham and the Law, editado por George W. Keeton y G.  Schwarzenberger. London: Greenwood, 1948, 202-221.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0121-1617201000030000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >McKennan, Theodora, &quot;Jeremy Bentham and the Colombian  Liberators&quot;. The Americas 34: 4 &#40;1978&#41;: 460-475.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0121-1617201000030000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Palti, El&iacute;as Jos&eacute;. La invenci&oacute;n de una legitimidad. Raz&oacute;n y  ret&oacute;rica en el pensamiento mexicano del siglo xix. Un estudio sobre las formas  del discurso pol&iacute;tico. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0121-1617201000030000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Parra L&oacute;pez, Emilio. La libertad de prensa en las Cortes de  C&aacute;diz. Valencia: &ntilde;au Libres-Biblioteca Virtual Cervantes, 2005 &#91;1984&#93;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0121-1617201000030000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Retat, Pierre &#40;dir.&#41;. Le journalisme d&#39;Ancien R&eacute;gime.  Questions et propositions. Lyon : Presses Universitaires, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0121-1617201000030000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Rosanvallon, Pierre. La d&eacute;mocratie inachev&eacute;e. Par&iacute;s:  Gallimard, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0121-1617201000030000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Silva, Ren&aacute;n. Los ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808.  Bogot&aacute;-Medell&iacute;n: Eafit-Banco de la Rep&uacute;blica, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0121-1617201000030000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Splichal, Slavko, Principles of publicity and Press Freedom.  Boston: Rowman ft Littlefield Publishers, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0121-1617201000030000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Thibaud, Cl&eacute;ment. Rep&uacute;blicas en armas. Bogot&aacute;: Planeta, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0121-1617201000030000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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