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<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[GUARDAR COMO: LA HISTORIA Y LAS FUENTES DIGITALES]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article analyzes the changes that the discipline of history is experiencing in the digital world. In particular, it focuses on the digitalization of primary sources. On the one hand, the article examines the implications of digitalizing old written documents. On the other, it points towards the meaning of sources considered to be "born digital." This essay summarizes some of the different attitudes that historians have had regarding these changes and underlines the need to pay attention to their criticisms. But it also indicates other aspects that we should study. Summing up, the article argues that there is a challenge implicit in digital history that historians need to reflect upon.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center" ><font size="4"><b>"GUARDAR COMO". LA HISTORIA Y LAS FUENTES DIGITALES<sup><a   name="s*"  href="#*">*</a></sup></b></font></p>     <p ><b>Anaclet Pons</b>    <br>Doctor en historia por la Universidad de Valencia &#40;Valencia, Espa&ntilde;a&#41;, y  	profesor titular de Historia Contempor&aacute;nea en la misma Universidad. En su  	trayectoria como docente e investigador se ha dedicado a &aacute;reas diversas,  	particularmente la historia social y cultural y la historiograf&iacute;a. Entre sus  	publicaciones en coautor&iacute;a con Justo Serna Alonso se destacan La ciudad  	extensa &#40;Valencia: Diputaci&oacute;n de Valencia, 1992&#41;, un libro ya cl&aacute;sico que  	analiza el grupo social dominante en la ciudad de Valencia a mediados del  	siglo xix. De cariz parecido es una obra de reciente aparici&oacute;n que estudia a  	un miembro de esta burgues&iacute;a ciudadana a partir del dietario que escribi&oacute;:  	Diario de un burgu&eacute;s. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano  	distinguido &#40;Valencia: Los Libros de la Memoria, 2006&#41;. En cuanto a los  	estudios de historiograf&iacute;a, se encuentran C&oacute;mo se escribe la microhistoria  	&#40;Madrid: C&aacute;tedra, 2000&#41;, un ensayo sobre la obra del historiador italiano  	Carlo Ginzburg, y La historia cultural: autores, obras, lugares &#40;Madrid:  	Akal, 2005&#41;, que eval&uacute;a los rasgos fundamentales de esta pr&aacute;ctica  	historiogr&aacute;fica. Asimismo, tambi&eacute;n con Justo Serna, ha traducidos varios  	libros, entre ellos la conocida biograf&iacute;a de Fernand Braudel &#40;Valencia: puv,  	2005&#41; que elabor&oacute; Giuliana Gemelli, Pasi&oacute;n por la historia &#40;Valencia: puv,  	2006&#41;, una larga entrevista con Natalie Zemon Davis o la versi&oacute;n catalana de  	El queso y los gusanos, del citado Carlo Ginzburg &#40;Valencia: puv, 2006&#41;. A  	todo ello hay que a&ntilde;adir, por supuesto, un buen n&uacute;mero de art&iacute;culos sobre  	los citados temas en diversas revistas y compilaciones. 	<a href="mailto:Anaclet.Pons@uv.es">Anaclet.Pons@uv.es</a>.</p>  <hr size="1">     <p ><b>RESUMEN</b></p>     <p >Este art&iacute;culo pretende analizar los cambios que vive la  	historia en el mundo digital. En particular, se centra sobre la  	digitalizaci&oacute;n de las fuentes. Por un lado, trata las implicaciones de la  	conversi&oacute;n digital de antiguos documentos escritos; por otro, se plantea el  	significado de aquellas otras que llamamos "nacidas digitales". El ensayo  	repasa algunas de las distintas actitudes de los historiadores ante esas  	modificaciones y se&ntilde;ala que necesitamos atender a sus cr&iacute;ticas, pero que  	tambi&eacute;n hay otros aspectos que debemos estudiar. En suma, defiende que la  	historia digital supone un reto sobre el que los historiadores han de  	reflexionar.</p> 	     <p ><b>PALABRAS CLAVE</b>    <br>Historia, fuentes, archivos, digitalizaci&oacute;n.</p>  <hr size="1">      <p align="center" ><font size="3"><b>"SAVE AS". HISTORY AND DIGITAL SOURCES</b></font></p>      <p><b>ABSTRACT</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>This article analyzes the changes that the discipline of  	history is experiencing in the digital world. In particular, it focuses on  	the digitalization of primary sources. On the one hand, the article  	examines the implications of digitalizing old written documents. On the  	other, it points towards the meaning of sources considered to be "born  	digital." This essay summarizes some of the different attitudes that  	historians have had regarding these changes and underlines the need to pay  	attention to their criticisms. But it also indicates other aspects that we  	should study. Summing up, the article argues that there is a challenge  	implicit in digital history that historians need to reflect upon.</p> 	     <p ><b>KEY WORDS</b>    <br>History, sources, archives, digitalization.</p>      <p >Art&iacute;culo recibido: 28 de mayo de 2010; aprobado: 20 de  	octubre de 2010; modificado: 26 de octubre de 2010.</p> 	 	 	<hr size="1"> <ul>"Pensar es  	olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de  	Funes no hab&iacute;a sino detalles, casi inmediatos". Jorge Luis Borges, "Funes el  	memorioso"<sup><a   name="s1"  href="#1">1</a></sup>    </ul>      <p  ><sup>    <br></sup> <b>1.</b></p>      <p  >La historia es una disciplina que, seg&uacute;n se acostumbra a decir, vive en un  	estado de agitaci&oacute;n permanente. Sus oscilaciones son algo bien asentado y  	proceden de su propia naturaleza. Las causas son igualmente conocidas. Unas  	tienen que ver con su objeto, pues esta disciplina se ocupa de las variadas  	e innumerables formas con las que se expresa la vida humana en el pasado.  	Para ello analiza, interpreta e intenta comprender un sinf&iacute;n de huellas,  	materiales o simb&oacute;licas, que han quedado registradas de alg&uacute;n modo. Adem&aacute;s,  	lo hace de muchas maneras, pues el paso del tiempo, las cambiantes demandas  	de la sociedad en la que vive, las distintas preguntas que se plantea y los  	nuevos objetos que van apareciendo exigen aproximaciones al pasado que no  	siempre estuvieron presentes, o no de igual forma, en los historiadores que  	les precedieron. Otras, en ese mismo sentido, se deben a su exigencia  	omnicomprensiva en el terreno acad&eacute;mico. Los actos humanos pueden parcelarse  	y ser estudiados a partir de manifestaciones concretas, pero su complejidad  	s&oacute;lo se desentra&ntilde;a cuando se tienen en cuenta sus m&uacute;ltiples facetas. Las  	ideas o la actividad econ&oacute;mica pueden ser tomadas como objetos de estudio,  	pero su correcto significado remite a esferas mucho m&aacute;s complejas. Por eso  	mismo, la disciplina est&aacute; atenta y se deja influir por otras pr&aacute;cticas  	siempre vecinas, que muestran maneras peculiares de entender qu&eacute; hacen las  	personas y c&oacute;mo lo hacen.</p>      <p >El corolario habitual de estos vaivenes no es la zozobra, sino una enorme  	vitalidad. Hay corrientes o &aacute;reas de investigaci&oacute;n que permanecen m&aacute;s o  	menos estables, aunque siempre en renovaci&oacute;n interna, como la historia  	social o la biograf&iacute;a. Sin embargo, no dejan de aparecer otras distintas,  	bien sea porque nuevos objetos requieren nuestra atenci&oacute;n, porque hemos  	tomado en consideraci&oacute;n fuentes que anta&ntilde;o eran ignoradas o porque hemos  	reparado en perspectivas antes desatendidas. Ese aliento constante no carece  	de riesgos, a pesar de todo. Lo que unos entienden como novedad fruct&iacute;fera  	que puede cambiar nuestra visi&oacute;n del pasado, otros lo contemplan como simple  	moda pasajera que permite ir preparando una concavidad en la que anidar  	profesionalmente. As&iacute;, por ejemplo, las distintas variantes de estudios  	culturales o los poscoloniales son juzgados de manera dis&iacute;mil seg&uacute;n los  	casos, sin que su perspectiva ni sus resultados obtengan una aceptaci&oacute;n  	un&aacute;nime. Hay quienes los consideran una aportaci&oacute;n fundamental, pero no  	faltan quienes los consideran inanes.</p>      <p >En realidad, oscilaciones, modas o cambios no son algo que deba preocupar a  	quienes practican esta forma de estudio, porque en &uacute;ltima instancia no  	importa c&oacute;mo califiquemos a la historia, sino s&oacute;lo si es buena o es  	incorrecta y si est&aacute; bien o mal escrita. Y esto &uacute;ltimo tiene que ver con los  	fundamentos que poseemos. Cuando leemos una obra que analiza el pasado,  	otorgamos un juicio positivo, reparando en distintos aspectos. Ante todo,  	nos preguntamos si el relato que leemos sabe transmitir un conocimiento  	significativo de forma met&oacute;dica e inspirada. Eso implica tener en cuenta  	varias cosas: si el autor conoce las fuentes necesarias para reconstruir el  	objeto en cuesti&oacute;n, si es capaz de interpretarlas adecuadamente y si,  	adem&aacute;s, atiende al consenso historiogr&aacute;fico, repasando lo que otros han  	concluido o han planteado, al margen de que eso sea asumido o cuestionado.  	Si el historiador desconoce su m&eacute;todo, si desatiende los fundamentos de su  	disciplina, el resultado podr&aacute; ser mejor o peor, pero no ser&aacute; una obra  	acad&eacute;mica. Si lo respeta y lo sigue, aportar&aacute; m&aacute;s o menos seg&uacute;n su talento,  	pero su trabajo podr&aacute; ser considerado como parte del acervo com&uacute;n.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Las modas, pues, tienen pleno sentido cuando no cuestionan lo que somos,  	sino que hacen que nos veamos &#40;en el pasado&#41; de distinta manera. Cualquiera  	de nosotros puede hacer memoria y citar obras que en su d&iacute;a fueron  	consideradas experimentos extempor&aacute;neos, minucias a veces, y que ahora son  	cl&aacute;sicos. Y lo son porque comparten los mismos condimentos con los que se  	escriben las grandes obras de referencia. &iquest;Acaso son la misma mirada la del  	Mediterr&aacute;neo de Fernand Braudel y la del Martin Guerre de Natalie Zemon  	Davis? &iquest;Son perspectivas id&eacute;nticas las que permitieron a E.P. Thompson  	abordar a los artesanos ingleses y a Ginzburg descifrar las ideas de un solo  	molinero italiano? &iquest;Hicieron lo mismo Marc Bloch al estudiar los reyes  	taumaturgos y Jonathan Spence al rescatar a Hu? &iquest;Es la misma historia  	universal la que leemos en las obras generales de Eric J. Hobsbawn que la  	que se desprende de los textos de Ranajit Guha o Dipesh Chakrabarty? Este  	&uacute;ltimo se&ntilde;alaba, por ejemplo, que centrarse en cuestiones espec&iacute;ficas no es  	sino otra manera de renegociar las reglas de la disciplina y, por tanto, de  	abordarlas en t&eacute;rminos universales. Porque, en su caso y en el de muchos  	otros, estudiar una singularidad es hacerlo sobre algo que se resiste a ser  	reducido a componente de una categor&iacute;a, tensando as&iacute; un lenguaje que suele  	hablar de lo general, desafiando su impulso generalizador y an&oacute;nimo<sup><a   name="s2"  href="#2">2</a></sup>.  	As&iacute; pues, si la profesi&oacute;n concede que todos ellos son grandes historiadores  	es porque acepta que, m&aacute;s all&aacute; de las diferencias, todos cumplen con lo que  	se les debe exigir como practicantes. Por tanto, la moda s&oacute;lo tiene sentido  	denigratorio cuando lo que queda es s&oacute;lo apariencia de renovaci&oacute;n, con un  	interior hueco.</p>      <p >    <br><b>2.</b></p>      <p >Las modas existen y una de las m&aacute;s recientes, quiz&aacute; la m&aacute;s alborotadora, sea  	la de la historia digital. Ante ella nos podemos hacer distintas preguntas y  	todas ellas muy pertinentes. Quiz&aacute; no represente un cambio sustancial en la  	disciplina, porque la mudanza s&oacute;lo suele acometerse cuando hemos tenido que  	investigar asuntos que no eran los tradicionales. Pero, con todo, merece  	que reflexionemos sobre algunas de sus derivaciones.</p>      <p >La principal r&eacute;mora que arrastra este nuevo campo, como ha se&ntilde;alado Milad  	Doueihi, es la falta de reconocimiento, la fractura que existe entre las  	disciplinas tradicionales y la realidad cultural que representan las  	tecnolog&iacute;as de la informaci&oacute;n y la comunicaci&oacute;n. Es decir, todos nos hemos  	digitalizado de manera informal, de modo que escribimos con procesadores de  	texto, nos comunicamos por correo electr&oacute;nico, consultamos informaci&oacute;n en  	los buscadores, etc&eacute;tera. Sin embargo, tratamos ese mundo como si s&oacute;lo fuese  	"un ap&eacute;ndice, una curiosidad, una distracci&oacute;n, algo superfluo", que poco o  	nada tiene que ver con nuestro "verdadero trabajo". De ah&iacute;, pues, que sean  	pocos los humanistas que se preocupan por reflexionar sobre esta nueva  	realidad:</p>  <ul>"Por razones que  	a&uacute;n debemos dilucidar, las ciencias humanas, en cuanto disciplina, han sido  	marginadas de una reflexi&oacute;n cuyos t&eacute;rminos centrales y conceptos clave  	derivan, en gran parte, de pr&aacute;cticas humanistas que tienen una historia  	compleja, a menudo ignorada, e incluso completamente olvidada. Como si en el  	entorno pol&iacute;tico y cultural de hoy la cultura digital estuviese disociada de  	su propio pasado"<sup><a   name="s3"  href="#3">3</a></sup>.    </ul>      <p >M&aacute;s a&uacute;n, contin&uacute;a Doueihi, lo que realmente sorprende es el silencio de los  	historiadores en este debate; "si bien algunos discursos jur&iacute;dicos y  	t&eacute;cnicos son destacables, me parece que hay espacio para una contribuci&oacute;n  	que no le tema ni a la historia ni incluso a la filolog&iacute;a, y que al mismo  	tiempo est&eacute; informada y se sienta c&oacute;moda en el entorno digital en s&iacute; mismo"<sup><a   name="s4"  href="#4">4</a></sup>.</p>      <p >Por supuesto, hay muchas cuestiones que se deben debatir, si en verdad  	deseamos adentrarnos en las implicaciones de ese entorno. Pero demasiadas  	para tratarlas aqu&iacute;, porque afectan a todos y cada uno de los procesos  	deontol&oacute;gicos en los que se despliega la tarea del historiador y porque, en  	&uacute;ltima instancia, la cultura digital puede hacernos apreciar el pasado de  	forma diferente. Uno de esos aspectos, por ejemplo, es el que se refiere a  	las fuentes, que no es cosa balad&iacute;, porque forma parte de esos fundamentos  	de los que habl&aacute;bamos.</p>      <p >Partamos de una evidencia que en ocasiones parecemos eludir: la historicidad  	de los instrumentos historiogr&aacute;ficos. Pensemos en qu&eacute; fuentes utilizaban y  	qu&eacute; historia hac&iacute;an los grandes maestros de las escuelas francesa y alemana  	de finales del ochocientos. &iquest;Es esa nuestra manera de entender los  	documentos o de escribir sobre ellos? Mantenemos, como siempre, que son los  	documentos escritos los que nos sirven de referente principal, pero como  	dec&iacute;a Lucien Febvre tambi&eacute;n estudiamos el pasado</p>  <ul>"con palabras.  	Con signos. Con paisajes y con tejas. Con formas de campo y malas hierbas.  	Con eclipses de luna y cabestros. Con ex&aacute;menes periciales realizados por  	ge&oacute;logos y an&aacute;lisis de espadas de metal realizados por qu&iacute;micos. En una  	palabra: con todo lo que siendo del hombre depende del hombre, sirve al  	hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos  	y las formas de ser del hombre"<sup><a   name="s5"  href="#5">5</a></sup>.    </ul>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Y hemos tenido que aprender a entender todo eso, como ahora necesitamos  	alfabetizarnos con el nuevo entorno. En ese sentido, el primer y m&aacute;s obvio  	elemento que es necesario considerar es el de la digitalizaci&oacute;n de las  	fuentes conservadas bajos otros soportes. Se trata de un proceso que ha  	recibido una atenci&oacute;n muy desigual, seg&uacute;n se haya aplicado a los archivos o  	a las bibliotecas.</p>      <p >En cuanto al primer caso, nadie parece poner en cuesti&oacute;n esa contingencia.  	Todos los investigadores reconocen la utilidad de disponer de forma c&oacute;moda  	de los documentos deseados y no son muchos los que reflexionan sobre los  	efectos perversos que ello pueda tener. Sobre todo porque es un  	procedimiento que se ha venido utilizando en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, cuando la  	necesidad de grandes vol&uacute;menes de documentaci&oacute;n o la imposibilidad de  	acceder f&iacute;sicamente a ella hac&iacute;an que el interesado optara por solicitar  	versiones fotocopiadas o microfilmadas. Adem&aacute;s, hay que reconocer que de  	momento es m&aacute;s una posibilidad futura que una realidad cercana. A pesar de  	diversos esfuerzos y de lo conseguido en algunos fondos concretos, la mayor  	parte de los grandes archivos est&aacute;n lejos de poder acometer por completo una  	empresa que exige destinar grandes recursos. Como ha se&ntilde;alado Anthony  	Grafton,</p>  <ul>"incluso el m&aacute;s  	ambicioso de esos proyectos no es otra cosa que una gota en el inexplorado  	oc&eacute;ano del registro pasado de la humanidad. Archives usa, una Web que  	contiene una gu&iacute;a de los archivos americanos, ofrece un listado de cinco mil  	quinientos dep&oacute;sitos documentales y m&aacute;s de ciento sesenta mil colecciones  	de fuentes primarias. Solamente los u.s. National Archives contienen  	alrededor de nueve billones de &iacute;tems. No es probable que podamos ver en  	l&iacute;nea la totalidad de los archivos de los Estados Unidos ni los de cualquier  	otro pa&iacute;s desarrollado en un futuro inmediato —por no hablar de las naciones  	m&aacute;s pobres"<sup><a   name="s6"  href="#6">6</a></sup>.    </ul>      <p >Por otro lado, hasta ahora hemos asistido a una primera fase en la que la  	mayor parte de los grandes archivos ha iniciado los trabajos de  	digitalizaci&oacute;n seleccionando alguna de sus "joyas". La presentaci&oacute;n de esas  	"rarezas" o "tesoros" ha servido como ejemplo, pero en realidad ese empe&ntilde;o  	traduce un concepto de historia monumental, donde lo que se glosan son las  	glorias nacionales, por lo que no ha sido extra&ntilde;o que se hayan escogido  	fechas o celebraciones memorables para mostrar esos avances. Es decir, no  	siempre ha habido voluntad de ofrecer las fuentes que el investigador  	necesita, sino una pretensi&oacute;n pedag&oacute;gica, ligada a la reconstrucci&oacute;n de la  	memoria, muy cercana al concepto de historia como maestra de vida o como  	forjadora de ciudadanos comprometidos con la causa nacional o c&iacute;vica.</p>      <p >Sea como fuere, cada vez son m&aacute;s los documentos a los que se puede acceder  	desde cualquier terminal de ordenador y &eacute;ste es un cambio que, como veremos,  	es bastante significativo. De entrada, lo primero que advertimos es, por  	supuesto, lo mismo que ha sido predicado para todo el entorno digital. Como  	ha se&ntilde;alado en reiteradas ocasiones el historiador franc&eacute;s Roger Chartier,  	es evidente que la revoluci&oacute;n inform&aacute;tica est&aacute; modificando los h&aacute;bitos de  	lectura, al tiempo que altera la t&eacute;cnica de transmisi&oacute;n de los textos y el  	soporte en que se comunican. Es decir, la revoluci&oacute;n del texto electr&oacute;nico  	es un compendio nuevo y simult&aacute;neo de lo ocurrido en el pasado, pues es "al  	mismo tiempo una revoluci&oacute;n de la t&eacute;cnica de producci&oacute;n y de reproducci&oacute;n de  	textos, una revoluci&oacute;n del soporte de lo escrito y una revoluci&oacute;n de las  	pr&aacute;cticas de lectura"<sup><a   name="s7"  href="#7">7</a></sup>. &eacute;ste es, pues, el contexto en el que nos  	movemos, con tres aspectos que necesariamente han de suponer alg&uacute;n tipo de  	variaci&oacute;n en las fuentes digitalizadas: al presentarlas de forma diferente,  	al conservarlas de otra manera, al reproducirlas de un modo distinto y al  	variar la manera como se dan a leer.</p>      <p >Estas modificaciones explican que hayan sido los historiadores del libro y  	de la lectura quienes mayor atenci&oacute;n han prestado al fen&oacute;meno digital. Y, en  	el caso de las fuentes, esa vigilancia se ha dirigido sobre todo al proceso  	de digitalizaci&oacute;n que ha estado llevando a cabo la empresa Google para su  	proyecto Google Books. Las cr&iacute;ticas que han planteado son, por otra parte,  	un ejemplo que podemos extender a cualesquiera otros planes semejantes,  	salvando las distancias. El adalid de las reticencias ha sido el  	norteamericano Robert Darnton, en su condici&oacute;n de prestigioso historiador y  	de director de la Biblioteca de Harvard. Digamos, no obstante, que este  	reputado acad&eacute;mico no se opone al proceso en s&iacute;, sino a la manera como se  	lleva a cabo. De hecho, sus diferentes art&iacute;culos sobre el asunto se centran  	sobre todo en la condici&oacute;n monopolista que ha ido adquiriendo Google y en  	las derivaciones de ello<sup><a   name="s8"  href="#8">8</a></sup>.</p>      <p >Su primera reticencia remite al hecho de hacer de un bien p&uacute;blico algo  	susceptible de convertirse en un negocio privado. A su modo de ver, las  	bibliotecas cumplen con una funci&oacute;n evidente de fomento del aprendizaje,  	dispuesto al servicio de todos, mientras que una empresa se debe a sus  	accionistas y su finalidad es obtener beneficios y repartir dividendos, de  	modo que es l&oacute;gico pensar que acabe comercializando los contenidos  	digitalizados. Robert Darnton piensa sobre todo en las denominadas  	"Bibliotecas de Investigaci&oacute;n", las Research Libraries, muchas de las cuales  	contienen fondos hist&oacute;ricos valios&iacute;simos, fruto de donaciones y de compras,  	que han ido acumulando a lo largo del tiempo<sup><a   name="s9"  href="#9">9</a></sup>. Y tiene raz&oacute;n al  	advertir de los peligros de que este proyecto sea un instrumento para la  	privatizaci&oacute;n de conocimientos que pertenecen a la esfera p&uacute;blica. Pero, por  	otra parte, olvida otros aspectos que conviene destacar.</p>      <p >Ante todo, la venta de este tipo de productos, ateni&eacute;ndonos a la pol&iacute;tica de  	Google, no es algo evidente, al menos para los libros de siglos anteriores  	en los que no hay derechos de autor vigentes. As&iacute; pues, y dado que de  	momento no hay una iniciativa p&uacute;blica semejante, la decisi&oacute;n de Google ha de  	ser valorada positivamente, incluso aunque eso supusiera alg&uacute;n tipo de coste  	para el lector. Para un investigador norteamericano que tenga f&aacute;cil acceso,  	ese hipot&eacute;tico pago ser&iacute;a injustificable, como lo ser&iacute;a para el conjunto de  	la sociedad que ha prestado gratuitamente sus fondos para la digitalizaci&oacute;n.  	Aun as&iacute;, los fondos p&uacute;blicos en papel estar&iacute;an igualmente disponibles sin  	ning&uacute;n obst&aacute;culo. Pero, &iquest;qu&eacute; decir de los estudiosos que han de sufragar  	largos desplazamientos para poderlos consultar?, &iquest;qu&eacute; decir de aquellos  	otros que, residiendo en otros continentes, jam&aacute;s podr&aacute;n ver esos  	vol&uacute;menes? Para todos &eacute;stos, la empresa de Google es una tabla de salvaci&oacute;n  	e incluso estar&iacute;an dispuestos a abonar alguna tasa para poder investigar en  	esos libros, vol&uacute;menes que en muchos casos fueron adquiridos en otros pa&iacute;ses  	y que tratan de otras historias, de gentes que jam&aacute;s los han le&iacute;do. Poner a  	disposici&oacute;n de todo el mundo el mismo tipo de conocimiento contribuye a  	descentrar la profesi&oacute;n y la disciplina, permitiendo perspectivas que  	necesariamente han de ser diferentes, aunque s&oacute;lo sea porque muchas de esas  	obras, por ejemplo, ahora mismo no son consultadas por la mayor&iacute;a de  	historiadores de otros lugares, que incluso pueden desconocer su existencia.</p>      <p >El propio Darnton es consciente de eso &uacute;ltimo y reconoce las bondades de  	Google Book Search, una herramienta que permitir&aacute; que el saber libresco sea  	accesible para todos de forma nueva, a pesar de la brecha digital, y que  	abrir&aacute; posibilidades de investigaci&oacute;n desconocidas. Es decir, Google  	ofrecer&aacute; una ingente cantidad de datos, a los que jam&aacute;s podr&iacute;amos acceder si  	no estuvieran digitalizados. En cambio, tiene raz&oacute;n al afirmar que ese alud  	de datos e informaciones puede hacernos caer en la ingenuidad positivista,  	creyendo que la verdad es simplemente ese todo que ahora ya tenemos a  	nuestra disposici&oacute;n y que, en consecuencia, el pasado es recuperable por  	entero sin casi mediaci&oacute;n. Y es parad&oacute;jico que as&iacute; sea, porque lo que m&aacute;s  	abunda en esas bibliotecas de investigaci&oacute;n son libros y peri&oacute;dicos  	antiguos, artefactos que construyen textualmente la realidad, cada uno a su  	modo, pero que en ning&uacute;n caso la retratan, como tampoco lo hace ning&uacute;n otro  	documento.</p>      <p >Otro problema que suscita la digitalizaci&oacute;n es el de los errores que se dan  	en el proceso de reproducci&oacute;n t&eacute;cnica. Darnton se&ntilde;ala que, a pesar de su  	preocupaci&oacute;n por la calidad, el resultado no ser&aacute; siempre satisfactorio. A  	juzgar por los resultados, sabemos que en ocasiones la persona encargada se  	salta p&aacute;ginas o incluye im&aacute;genes borrosas. Es el mismo juicio que han  	expresado otros muchos, como por ejemplo Anthony Grafton, otro estudioso de  	la historia del libro. De todos modos, como se&ntilde;ala este &uacute;ltimo historiador,  	los errores no son ninguna novedad. Hace muchos siglos, cuando los  	amanuenses se sentaban "ante un scriptorium iluminado por la luz solar, el  	copista pod&iacute;a transcribir una &#39;u&#39; como una &#39;n&#39;, o la inversa". Entre los  	m&uacute;ltiples ejemplos posibles, Grafton nos propone uno significativo: teclear  	la palabra qualitas —"un t&eacute;rmino importante si se trata de filosof&iacute;a  	medieval"— en el Google Book Search. Con esa b&uacute;squeda se obtiene un buen  	n&uacute;mero de resultados, pero tambi&eacute;n nos devuelve varias respuestas si lo que  	escribimos es el vocablo inexistente "qnalitas", fruto de un error en el  	reconocimiento &oacute;ptico de los caracteres escaneados<sup><a   name="s10"  href="#10">10</a></sup>.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Esos deslices o incorrecciones afectan tambi&eacute;n a los "paratextos", a los  	denominados metadata, y son tan abundantes que muchos analistas se han  	referido a ellos con mayor o menor mordacidad<sup><a   name="s11"  href="#11">11</a></sup>. Afectan sobre  	todo a los elementos externos y desconciertan a quienes no buscan tanto el  	contenido de un volumen como otros aspectos de su materialidad. Son  	proverbiales y end&eacute;micas, por ejemplo, las incorrecciones sobre fechas de  	edici&oacute;n; las clasificaciones incorrectas, atribuyendo un libro a una materia  	con la que nada tiene que ver; la confusi&oacute;n en los t&iacute;tulos; el galimat&iacute;as de  	la autor&iacute;a, mezclando autores con editores o prologuistas, etc&eacute;tera. Es  	evidente que todos esos traspi&eacute;s oscurecen los logros del proyecto y  	aminoran su utilidad. Con todo, no se trata de ninguna novedad. Quiz&aacute; lo sea  	para un bibliotecario concienzudo, pero no para un investigador  	experimentado. Cualquiera que haya visitado un archivo se habr&aacute; encontrado  	con problemas semejantes cuando consulta la catalogaci&oacute;n, con legajos que no  	contienen lo que se supone que deben guardar, y a la inversa. Muchos grandes  	libros de historia se han escrito a partir de documentos que el estudioso ha  	hallado por casualidad, al margen de lo se&ntilde;alado en los &iacute;ndices. Por otra  	parte, nadie puede pensar que el historiador utilizar&aacute; Google Books tomando  	como seguro todo lo que recopila. Sea m&aacute;s o menos perfecta la  	digitalizaci&oacute;n, la tarea del acad&eacute;mico es comprobar la certeza de todo ese  	caudal de informaciones, contrastarlo.</p>      <p >De orden tecnol&oacute;gico es tambi&eacute;n el problema de la preservaci&oacute;n de esos  	textos. Como ha sucedido con otros soportes previos, no tenemos ninguna  	garant&iacute;a de que las copias ofrecidas por Google vayan a durar. El hardware y  	el software se desfasan de continuo, con lo que los nuevos sistemas de  	almacenamiento pueden quedar obsoletos en un futuro. Es decir, el libro ha  	resultado ser menos perecedero que todos los soportes digitales. &iquest;Qui&eacute;n no  	recuerda los discos flexibles? &iquest;Cu&aacute;ntos soportes hemos visto desfilar desde  	entonces? De hecho, ni siquiera podemos leer la informaci&oacute;n que guard&aacute;bamos  	con aquellos medios, tan populares en los ochenta y noventa, porque  	nuestros aparatos ya no tienen disqueteras para insertarlos, lo cual exige  	un cambio continuo en las formas de guardar nuestros archivos. Como dec&iacute;a  	Umberto Eco, el nuevo medio digital est&aacute; m&aacute;s preocupado por difundir la  	informaci&oacute;n que por preservarla<sup><a   name="s12"  href="#12">12</a></sup>.</p>      <p >Con todo, los problemas t&eacute;cnicos no son un reparo de importancia al proceso  	de digitalizaci&oacute;n de las fuentes ni son algo desconocido para el  	investigador. El estudioso que ha acudido a un archivo o a una biblioteca  	lo conoce bien. Todos hemos fotocopiado o microfilmado alg&uacute;n documento y,  	cuando lo hemos tenido a nuestra disposici&oacute;n y hemos pasado a analizarlo,  	no ha sido extra&ntilde;o que faltara alguna p&aacute;gina o que fu&eacute;ramos incapaces de  	leer una l&iacute;nea o varios p&aacute;rrafos enteros. Por tanto, siempre tendremos que  	contrastar nuestras copias, y para eso est&aacute; el original. El inconveniente  	est&aacute; en otro lado. Hasta ahora, el error t&eacute;cnico se pod&iacute;a producir en una  	copia privada, la que uno solicitaba en el archivo al que acud&iacute;a. Ahora,  	cuando el proceso de digitalizaci&oacute;n sea masivo y quiz&aacute; sin otras  	alternativas con las que comparar, cualquier imprecisi&oacute;n pasa a formar parte  	del texto que todos leen en las pantallas digitales, y as&iacute; la copia adquiere  	m&aacute;s fuerza que el original.</p>      <p >Este &uacute;ltimo aspecto est&aacute; conectado con otra de las advertencias que realiza  	Robert Darnton, relacionado nuevamente con el estudio de la historia del  	libro. Desde esta perspectiva, al historiador norteamericano le preocupa  	que, dada la diversidad de versiones que hay de cada obra, Google  	digitalice una copia al azar o que una de ellas salga beneficiada en su  	lista de b&uacute;squedas. Eso significar&iacute;a jerarquizar los vol&uacute;menes o sus  	distintas ediciones seg&uacute;n criterios que desconocemos, seguramente semejantes  	a los que ahora se utilizan para otorgar mayor o menor relevancia a  	determinados resultados cuando buscamos cualquier cosa en Internet. Es  	decir, Darnton preferir&iacute;a que la tarea fuera llevada a cabo no s&oacute;lo por  	t&eacute;cnicos inform&aacute;ticos, sino por bibli&oacute;grafos, asegurando as&iacute; que se  	cumpliesen ciertos par&aacute;metros acad&eacute;micos que facilitar&iacute;an la labor del  	investigador.</p>      <p >Por supuesto, tampoco se trata de un inconveniente fundamental. Las copias  	digitalizadas remiten a vol&uacute;menes conservados en un determinado lugar y  	cumplen las mismas funciones que tendr&iacute;an, a grandes rasgos, para el  	estudioso que acudiese a esa misma biblioteca o al archivo que los ha  	cedido. Es evidente que disponer de una o pocas copias de libre acceso en  	Internet puede representar ciertos problemas a largo plazo, pues la  	tendencia ser&aacute; posiblemente la de reducir la multiplicidad de versiones a  	unas cuantas, las que podamos descargar en nuestro monitor digital. Sin  	embargo, es una situaci&oacute;n semejante a la actual, cuando consultamos s&oacute;lo lo  	que tenemos m&aacute;s cerca y &uacute;nicamente nos desplazamos a examinar otros  	ejemplares cuando esto &uacute;ltimo constituye una tarea inexcusable para la  	investigaci&oacute;n. Y, por supuesto, si se tratara de un documento &uacute;nico, como el  	que se puede albergar en un archivo, la decisi&oacute;n de verlo, tocarlo y leerlo  	depender&iacute;a de la importancia que tuvieran estos procesos f&iacute;sicos para el  	estudio que estuvi&eacute;ramos realizando.</p>      <p >En ese sentido, Darnton tiene toda la raz&oacute;n cuando expresa su inquietud por  	lo que perderemos si solamente accedemos a las fuentes de manera indirecta,  	a trav&eacute;s del ordenador. El tacto, por ejemplo, es decir, el manoseo, la  	textura del papel, la calidad de la impresi&oacute;n, la cubierta, las frases o  	comentarios que escribi&oacute; el lector en un margen, etc&eacute;tera: todos los  	aspectos f&iacute;sicos del libro preservado en una biblioteca o del informe  	conservado en un archivo proporcionan pistas importantes, que pueden llegar  	a ser determinantes en algunos casos. Ahora bien, eso no es as&iacute; en todos los  	casos, porque no es lo mismo dedicarse a estudiar la historia del libro y el  	fen&oacute;meno de la lectura a finales del siglo xvm en Francia, por poner un  	ejemplo al uso, que investigar otros aspectos en esos mismos lugar y &eacute;poca.  	Para quien haga lo primero, resulta fundamental rastrear las obras de aquel  	tiempo y examinarlas detenidamente, una a una si es posible, o al menos  	hacerlo con las que considere m&aacute;s significativas. En cambio, para otros el  	&uacute;nico inter&eacute;s est&aacute; en lo que dicen esos libros, en su contenido, aunque  	pueda resultarle provechoso el aspecto material del ejemplar consultado. Las  	ventajas que procura la digitalizaci&oacute;n son infinitas en el segundo caso,  	pero casi irrelevantes para el primero. La &uacute;nica temeridad ser&iacute;a que el  	estudioso sustituyera la visita a la biblioteca por la copia disponible en  	Internet, algo que no tendr&iacute;a por qu&eacute; suceder.</p>      <p >M&aacute;s preocupante puede resultar quiz&aacute; la digitalizaci&oacute;n de un archivo. Las  	ventajas las conocemos, y son innumerables. Pero tambi&eacute;n hemos de ser  	conscientes de las desventajas, de lo que perder&iacute;amos si renunci&aacute;ramos a la  	consulta f&iacute;sica de los documentos. Porque un archivo no contiene s&oacute;lo  	textos, sino que los preserva con un orden y una vecindad determinados. Esa  	ordenaci&oacute;n est&aacute; en el cat&aacute;logo y se puede reproducir, pero el formato  	digital puede disolverla, haciendo de cada documento algo aislado. En el  	archivo, un escrito sigue a otro y se conserva en un expediente o en un  	legajo, todo lo cual le da un sentido concreto. Las operaciones son  	distintas seg&uacute;n lo que podamos hacer, pues no es lo mismo buscar una  	referencia con un buscador dentro de una base de datos digital que solicitar  	al archivero un legajo o una caja en los que no sabemos a ciencia cierta lo  	que hallaremos. En &uacute;ltima instancia, leer un &uacute;nico documento  	descontextualiza la informaci&oacute;n y el marco al que pertenece ese dato.</p>      <p >Hay, finalmente, otra cuesti&oacute;n que debe ser considerada, aunque Robert  	Darnton no se detenga en ella. La mayor transformaci&oacute;n no est&aacute; realmente en  	lo se&ntilde;alado por este historiador norteamericano, sino en lo que apuntara  	Roger Chartier: el hecho de que el mundo telem&aacute;tico supone una revoluci&oacute;n  	del soporte de lo escrito y una revoluci&oacute;n de las pr&aacute;cticas de lectura. En  	efecto, al modificarse la manera como accedemos al documento se altera  	tambi&eacute;n la forma de leer. Si bien hay ciertas cosas que s&oacute;lo se advierten  	cuando reparamos en la materialidad de un texto, por lo que continuaremos  	recurriendo a ella cuando sea necesario, tambi&eacute;n hay otras que son dif&iacute;ciles  	de apreciar manoseando y leyendo una obra. Los ling&uuml;istas, por ejemplo, hace  	tiempo que han visto las m&uacute;ltiples posibilidades que genera la  	digitalizaci&oacute;n de textos literarios, porque permite tratarlos de otro modo,  	leerlos de forma distinta, tanto cualitativa como cuantitativamente.</p>      <p >Robert Darnton, por ejemplo, alude al asunto de la estabilidad textual,  	se&ntilde;alando que &eacute;sta nunca existi&oacute; realmente y que el proyecto de Google, lo  	que hace es inducirnos a creer lo contrario al digitalizar un determinado  	ejemplar. Este historiador utiliza para demostrarlo las famosas copias First  	Folio de Shakespeare, se&ntilde;alando la importancia que tienen, junto con los  	cuartos, al no haberse conservado ninguno de los manuscritos del autor.  	A&ntilde;ade que es a partir de esos textos que especialistas de la talla de  	Charlton Hinman y Peter Blayney han reconstruido el proceso de producci&oacute;n de  	algunas de las obras m&aacute;s importantes en lengua inglesa<sup><a   name="s13"  href="#13">13</a></sup>. Y tiene  	raz&oacute;n, aunque lo que Hinman hizo fue tomar distintas copias para elaborar un  	texto ideal que jam&aacute;s hab&iacute;a existido con anterioridad, algo que tambi&eacute;n ha  	ocurrido con otras muchas obras cl&aacute;sicas. Pero aqu&iacute; no se cuestiona esta  	lectura de los textos, sino si es la &uacute;nica o si el entorno digital  	favorecer&aacute; otras. De hecho, no hay m&aacute;s que repasar algunas de las nuevas  	revistas acad&eacute;micas para darse cuenta de las alternativas disponibles<sup><a   name="s14"  href="#14">14</a></sup>.</p>      <p >Es decir, el formato digital puede favorecer, por ejemplo, un acercamiento  	cuantitativo a los textos, al hacer que podamos buscar mec&aacute;nicamente en  	ellos todo lo que deseemos. Puede que esa facilidad incite a algunos a  	rescatar lo serial, incluso que se vuelva al fetichismo del d&iacute;gito. Ahora  	bien, eso no significa recaer necesariamente en aquella fiebre metodol&oacute;gica  	que hizo exclamar a Emmanuel Le Roy Ladurie que la historia s&oacute;lo ser&iacute;a  	cient&iacute;fica en tanto fuera cuantificable y que, en consonancia con los  	tiempos que se avecinaban, "el historiador del ma&ntilde;ana ser&aacute; programador o no  	ser&aacute; nada"<sup><a   name="s15"  href="#15">15</a></sup>. Esa propuesta osada y extrema, que ni siquiera su  	propio portavoz practic&oacute;, carece de validez, tampoco hoy en d&iacute;a, cuando  	tendr&iacute;a otra justificaci&oacute;n. Cuesti&oacute;n bien distinta es preguntarse si esa  	mirada cuantitativa que favorecen los ordenadores nos va a acompa&ntilde;ar  	irremediablemente y si, al persistir, va a proyectar su influjo sobre la  	manera como interrogamos al pasado.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Por otra parte, que haya investigaciones seriales sobre textos que en  	principio no iban a ser objeto de este tratamiento, no debe incomodarnos en  	absoluto. Y ello porque no hay una &uacute;nica perspectiva en nuestras  	investigaciones, ni siquiera hay una de la que podamos decir que supera a  	todas las dem&aacute;s. Toda investigaci&oacute;n se construye, lo hacemos cuando elegimos  	la informaci&oacute;n que consideramos pertinente, cuando decidimos c&oacute;mo la vamos  	a analizar y cuando optamos por exponerla de una determinada manera y no de  	otra. Esas son nuestras prerrogativas, que cada uno emplea a su modo seg&uacute;n  	lo que desee tratar, y si concluimos que distintas miradas pueden  	considerarse v&aacute;lidas es porque comparten las mismas normas, una deontolog&iacute;a  	profesional. As&iacute;, aunque lleven a resultados significativos, ninguna de  	ellas agotar&aacute; la complejidad del pasado. Es m&aacute;s, unas y otras son igualmente  	necesarias.</p>      <p >De todos modos, conviene reparar en uno de esos aspectos. La digitalizaci&oacute;n  	permite algo muy simple que tiene mayores consecuencias de las que se  	advierten a simple vista: hace posible que convirtamos cualquier libro en  	una base de datos en la que buscar. Y, como bien saben los promotores de  	Google, los libros contienen una cantidad ingente de informaci&oacute;n. De ah&iacute;,  	como ha se&ntilde;alado Roger Chartier, la percepci&oacute;n inmediata e ingenua de que  	cualquier libro, cualquier discurso, es sobre todo una base de datos que  	proporciona "informaci&oacute;n" a quienes la buscan. Satisfacer esta demanda y  	obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compa&ntilde;&iacute;a californiana,  	cuya finalidad es el negocio y no, al menos en primera instancia, construir  	una biblioteca universal a disposici&oacute;n de la humanidad. Lo que importa,  	a&ntilde;ade el historiador franc&eacute;s, es indexar y clasificar datos, as&iacute; como las  	palabras clave y los temas que permiten al lector consultar m&aacute;s r&aacute;pidamente  	los documentos que ofrecen "m&aacute;s posibilidades"<sup><a   name="s16"  href="#16">16</a></sup>.</p>      <p >No obstante, dejemos de lado la cuantificaci&oacute;n, as&iacute; como los inconvenientes  	de reducir un texto a su condici&oacute;n num&eacute;rica. Ve&aacute;moslo de otro modo,  	entendiendo que el investigador disciplinado conoce su materia, sin dejarse  	llevar por esa deriva serial. Buscar una palabra de Google Books o en  	cualquier fondo con las mismas caracter&iacute;sticas del que pudi&eacute;ramos disponer  	abre unas perspectivas insospechadas hasta hace unos a&ntilde;os. Y eso  	necesariamente ha de modificar la forma como leemos los documentos. Pienso  	en una investigaci&oacute;n que, junto con otro colega, emprend&iacute; hace poco. Este  	estudio ten&iacute;a distintas derivaciones colaterales, una de las cuales era la  	difusi&oacute;n e importancia del guano del Per&uacute; en Europa, sobre todo en Espa&ntilde;a.  	Ese mismo objeto hab&iacute;a sido tratado un par de d&eacute;cadas atr&aacute;s por otros  	historiadores, con conclusiones muy centradas en &aacute;reas concretas, a pesar de  	haber consultado los archivos brit&aacute;nicos, los m&aacute;s importantes sobre el tema.  	En nuestro caso, esa visita era innecesaria, pues se trataba de un apartado  	marginal dentro de la investigaci&oacute;n. Sin embargo, la simple consulta del  	Google Book Search modific&oacute; sustancialmente la manera como ve&iacute;amos la  	difusi&oacute;n de ese tipo de abono, situ&aacute;ndolo en un contexto global, atendiendo  	a la situaci&oacute;n financiera de la rep&uacute;blica peruana, reparando en quienes  	negociaban la deuda del pa&iacute;s, observando las relaciones personales entre los  	concesionarios brit&aacute;nicos del guano y los distribuidores espa&ntilde;oles, etc&eacute;tera<sup><a   name="s17"  href="#17">17</a></sup>.  	Es lo mismo que ocurre cuando uno va visitando archivos y reconstruyendo la  	trama por la que discurre ese objeto que investiga. Es decir, ya no se trata  	de que nuestros resultados fueran mejores o peores ni que no visit&aacute;ramos los  	archivos o no cont&aacute;ramos con Google Book Search, sino que esta herramienta  	permite que sean distintos, incluso teniendo en cuenta sus limitaciones  	actuales. No hay m&aacute;s que pensar qu&eacute; ocurrir&iacute;a si el volumen de textos  	digitalizados fuera mayor. Seguro que en cualquier objeto de estudio hay  	conexiones insospechadas que s&oacute;lo ser&iacute;amos capaces de descubrir si  	acudi&eacute;ramos a todas las bibliotecas o si dispusi&eacute;ramos de esos libros en  	nuestras pantallas.</p>      <p >Este aspecto nos conduce a otro con el que est&aacute; &iacute;ntimamente relacionado. La  	digitalizaci&oacute;n generaliza el acceso al conocimiento. No se trata tan s&oacute;lo  	de la consabida democratizaci&oacute;n del saber en todos sus &oacute;rdenes, porque la  	mayor parte de los internautas tal vez no est&eacute;n interesados en esos textos,  	y otros muchos, a pesar de las facilidades, no podr&aacute;n coste&aacute;rselo. Se trata  	de abrir esos dep&oacute;sitos documentales a todos los investigadores, permitir  	que puedan consultarlos aun residiendo en lugares muy lejanos. Son  	innumerables los estudiosos que jam&aacute;s pensar&iacute;an en realizar el  	desplazamiento hasta el lugar f&iacute;sico en el que se alberga un ejemplar  	determinado. Eso no hace que su investigaci&oacute;n se resienta necesariamente,  	pero las nuevas posibilidades pueden favorecer un tratamiento distinto de su  	objeto. Ahora mismo, por ejemplo, podemos consultar una gu&iacute;a del Par&iacute;s o el  	Londres decimon&oacute;nicos; tambi&eacute;n podemos acceder a los informes mercantiles  	que realizaban los c&oacute;nsules norteamericanos en ese mismo siglo. Quiz&aacute; esas  	fuentes no tengan nada que ver con los asuntos que investigamos, pero  	conocer al otro, o saber c&oacute;mo el otro nos describe, nos constituye. El que  	vive en India o &aacute;frica y estudia el pasado colonizado puede desenredar mejor  	el entramado de lugares y relaciones que hac&iacute;an de las ciudades metr&oacute;polis  	imperiales, entendiendo c&oacute;mo fueron dominados en el pasado. El que reside en  	un pa&iacute;s occidental y se interesa por el dominio colonial obtiene una mejor  	percepci&oacute;n cuando tiene acceso a documentos digitalizados de las culturas  	precoloniales<sup><a   name="s18"  href="#18">18</a></sup>. Y eso significa, en &uacute;ltima instancia,  	descentralizar la disciplina, descentrarla incluso.</p>      <p >Hasta ahora el conocimiento textual ha sido asunto casi privativo de los  	pa&iacute;ses occidentales. Esas bibliotecas de investigaci&oacute;n que albergan los  	libros de los siglos pasados est&aacute;n en pa&iacute;ses occidentales y son consultadas  	por investigadores occidentales, con contadas excepciones. Son, adem&aacute;s,  	fruto del poder que esos pa&iacute;ses han tenido en el pasado y del que contin&uacute;an  	atesorando. De hecho, no hay m&aacute;s que repasar el Mapamundi del Online  	Computer Library Center para ver que, fuera del mundo occidental, las  	bibliotecas albergan pocos libros, lo cual aumenta a&uacute;n m&aacute;s el valor del  	proyecto de Google. Digitalizar es, pues, romper de alg&uacute;n modo con ese  	monopolio, abriendo la disciplina a otros interesados.</p>      <p >Por supuesto, poner a disposici&oacute;n de cualquier investigador esas obras  	favorece otras formas de hacer historia, quiz&aacute; m&aacute;s interconectadas, m&aacute;s  	globales. Podemos continuar reduciendo la escala de observaci&oacute;n en algunos  	casos, haciendo historias locales o nacionales, pero ahora podremos ver de  	qu&eacute; modo nuestro objeto est&aacute; en relaci&oacute;n con otros o c&oacute;mo se sit&uacute;a dentro de  	procesos m&aacute;s generales. No es que eso fuera a alterar significativamente la  	forma como, por ejemplo, Carlo Ginzburg analiz&oacute; a su Menocchio, Natalie  	Davis a su Martin Guerre o Le Roy ladurie a su Montauillou, pero los  	parentescos posibles, ya anticipados en su momento, pueden multiplicarse  	ahora y dar otro sentido a determinados actos o comportamientos. Las propias  	historias nacionales, como se ha apuntado, pueden quedar alteradas, al  	situarlas en contextos mucho m&aacute;s amplios o ver c&oacute;mo procesos que cre&iacute;amos  	peculiares no lo son tanto.</p>      <p >Hay, no obstante, una paradoja en esto &uacute;ltimo. El proyecto de Google es  	sobre todo anglosaj&oacute;n, de modo que sus resultados pueden favorecer un  	dominio, mayor si cabe, de los planteamientos e intereses que predominan en  	ese mundo historiogr&aacute;fico. Si son esos libros los que van a estar a  	disposici&oacute;n de todos, ser&aacute;n esos vol&uacute;menes los que sirvan como referente, ya  	sea para aprender o para impugnarlos. De ah&iacute;, por ejemplo, el esfuerzo  	europeo por construir una alternativa, la llamada Europeana, una  	recopilaci&oacute;n multiling&uuml;e de documentos de diverso g&eacute;nero, aunque de momento  	con escasas posibilidades de combatir con el gigante norteamericano. En todo  	caso, ambos son iniciativas occidentales que, de momento, acabar&aacute;n  	imponiendo su hegemon&iacute;a textual al resto de historiograf&iacute;as.</p>      <p >Y, finalmente, queda por recordar un aspecto que ha sido ampliamente  	estudiado y debatido por los historiadores del libro. Se trata de c&oacute;mo  	afectar&aacute;n todos estos cambios a las formas de lectura, en tanto la pantalla  	y la digitalizaci&oacute;n fomentan un trato discontinuo y segmentado, modificando  	la relaci&oacute;n que hemos mantenido con los textos. No es que antes no  	pudi&eacute;ramos alterar el proceso de lectura seg&uacute;n nuestros intereses, pero la  	singularidad y la coherencia que tienen los libros impresos cambian cuando  	se modifica el soporte material en el que se presentan. Se perturba as&iacute; la  	conexi&oacute;n entre objetos, g&eacute;neros y usos, con lo que la materialidad del texto  	ya no nos gu&iacute;a en el orden de los distintos discursos posibles, reunidos  	todos por igual en la misma pantalla y unificados por su apariencia digital.  	En ese nuevo mundo, dice Roger Chartier,</p>  <ul>"los discursos ya  	no est&aacute;n inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos,  	jerarquizarlos y reconocerlos en su propia identidad. Es un mundo de  	fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposici&oacute;n  	indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender la relaci&oacute;n que los  	inscribe en la obra de la que han sido extra&iacute;dos"<sup><a   name="s19"  href="#19">19</a></sup>.    </ul>      <p >    ]]></body>
<body><![CDATA[<br><b>3.</b>    <br>    <br></p>      <p >La conversi&oacute;n de los materiales depositados en bibliotecas y archivos al  	soporte digital es s&oacute;lo una parte del proceso al que estamos asistiendo, y  	ni siquiera es el que mayores implicaciones puede tener. Junto a &eacute;ste,  	observamos un nuevo tipo de recopilaci&oacute;n, la de los variados recursos cuyo  	origen es propiamente digital: el patrimonio born digital. Y no se trata  	simplemente de una adici&oacute;n, una nueva secci&oacute;n de los cat&aacute;logos, sino que  	los modifica, no s&oacute;lo por su naturaleza, sino por su mismo contenido, algo  	que obliga a repensar el propio archivo.</p>      <p >Hasta ahora los monasterios, las universidades, las bibliotecas y los  	propios archivos luchaban contra el olvido, recogiendo aquellos documentos  	que consideraban m&aacute;s significativos, ya fuera para preservar la memoria de  	lo ocurrido, o por las propias necesidades que impon&iacute;a lo administrado. De  	ello se derivaba una idea de la historia que podr&iacute;amos definir como  	epis&oacute;dica y oficial. &eacute;sta conmemoraba las gestas de los grandes hombres o  	los momentos significativos y recopilaba papeles y m&aacute;s papeles que daban fe  	de la marcha de los distintos ramos en que se desplegaba el Estado. Como se  	ha recordado tantas veces, las limitaciones f&iacute;sicas y econ&oacute;micas de todas  	esas instituciones y de sus formas de preservaci&oacute;n fueron de gran utilidad.  	Al tiempo que ayudaban a recordar, custodiando una determinada memoria del  	pasado, la filtraban, incapaces de resguardar la mayor parte de lo  	acontecido o dispuestas a descartarlo o rechazarlo parcialmente.</p>       <p >Como consecuencia de lo anterior, los documentos  privilegiaban un determinado tipo de historia, donde la voz del Estado y de los  poderosos se colaba irremediablemente, los vencedores continuaban callando a  los vencidos, los que pudieron dejar rastro se ergu&iacute;an sobre los de abajo,  desaparecidos o reducidos al anonimato. De ah&iacute; que quienes han querido rescatar  a los humildes muchas veces hayan tenido que hacer una historia a contrapelo.  Como dir&iacute;a Carlo Ginzburg, en esos casos ha sido necesario no s&oacute;lo considerar la  intenci&oacute;n de quien produjo los textos que conservamos, sino tambi&eacute;n ir en  contra de ella, tomando lo que se insin&uacute;a en los documentos, lo opaco, lo que  registran sin ser comprendido, lo que dejan tras de s&iacute;, los testimonios  involuntarios, las voces incontroladas<sup><a   name="s20"  href="#20">20</a></sup>. En definitiva, seguir el  dictado de uno de los maestros de la disciplina, Marc Bloch, cuando se&ntilde;alaba que  del pasado acabamos sabiendo mucho m&aacute;s de lo que tuvo a bien dejarnos dicho<sup><a   name="s21"  href="#21">21</a></sup>.</p>     <p >Hoy en d&iacute;a, la forma como se gestionan los archivos  tradicionales no dista mucho de la que hemos conocido en el pasado, pero los  nuevos medios tecnol&oacute;gicos s&iacute; est&aacute;n cambiando algunas cosas, sobre todo porque  disponemos de t&eacute;cnicas muy baratas para almacenar informaci&oacute;n y para recuperarla  de inmediato. Hasta el punto de que, como ha se&ntilde;alado Viktor Mayer-Sch&ouml;nberger,  hemos invertido la situaci&oacute;n, con lo que recordamos por defecto &#40;con toda esa  ingente cantidad de informaci&oacute;n digitalizada&#41;, y el olvido es un accidente o  excepci&oacute;n. Como disponemos de tantos y tan variados contenedores, desde  ordenadores personales a videoc&aacute;maras y tarjetas de memoria, pasando por el  disco duro port&aacute;til y los reproductores de distinto signo, no hacemos m&aacute;s que  llenarlos. Y lo mismo hacen las instituciones y los organismos privados con la  memoria digital de Internet, los registros de las tarjetas de cr&eacute;dito, los  sistemas de reserva de viajes, los operadores de telecomunicaciones, los datos  de hacienda o de la seguridad social, etc&eacute;tera<sup><a   name="s22"  href="#22">22</a></sup>. El propio  Mayer-Sch&ouml;nberger trae a colaci&oacute;n el ejemplo de "Funes el memorioso", el c&eacute;lebre  relato de Jorge Luis Borges. Se&ntilde;ala hasta qu&eacute; punto el olvido es importante para  el acto de pensar y concluye que estamos construyendo una memoria colectiva como  la de Funes. De la memoria externalizada, selectiva y albergada en el archivo  hemos pasado, pues, a otra promiscua, sin cribar y que nos satura.</p>     <p >Esta sobreabundancia, esta especie de infocaos, podemos  abordarla de m&uacute;ltiples maneras, pero me referir&eacute; a dos planos distintos por lo  que se ata&ntilde;e a las fuentes. En primer lugar, a las consecuencias que tiene sobre  nuestra propia percepci&oacute;n, como ciudadanos, de lo que es relevante y merece ser  considerado para escribir historia. Si la nueva memoria es digital y est&aacute; en  Internet, entonces por qu&eacute; no rescatar para ese nuevo archivo lo que hasta ahora  hemos conservado en privado y pugnar porque nuestra voz sea considerada. Stephen Mihm, por ejemplo, nos ha ofrecido un caso t&iacute;pico<sup><a   name="s23"  href="#23">23</a></sup>. Hasta hace poco,  dec&iacute;a, si un historiador quer&iacute;a escribir un relato sobre cualquier batalla de la  Segunda Guerra Mundial, su &uacute;nica opci&oacute;n era hacer las maletas y dirigirse a los  archivos pertinentes. Sin embargo, hoy las cosas ya no son igual. La visita al  archivo es igualmente obligada, pero ahora nos ponemos ante la pantalla del  ordenador, nos conectamos a Internet y podemos encontrar diversas p&aacute;ginas  creadas por aficionados. Lo curioso es que no son simples descripciones, sino  que hay fotograf&iacute;as, objetos personales, diarios y peque&ntilde;as biograf&iacute;as de  personas que vivieron la contienda. En ocasiones incluso permiten contactar con  otros individuos, que a su vez atesoran m&aacute;s diarios, fotograf&iacute;as y cartas. Y eso  mismo lo podemos encontrar referido a acontecimientos o eventos de todo tipo,  desde la Guerra Civil espa&ntilde;ola hasta las dictaduras americanas, pasando por  recuerdos personales sin conexi&oacute;n alguna con un proceso colectivo concreto.</p>     <p >Quiz&aacute; esta participaci&oacute;n pasiva, esta colaboraci&oacute;n tan  caracter&iacute;stica del medio digital, no suponga un cambio radical para la  investigaci&oacute;n hist&oacute;rica, pero nos obliga a repensar nuestro trabajo y a  reconsiderar nuestras fuentes. Desde luego, si acumul&aacute;ramos los recuerdos de  centenares o de miles de personas sobre un fen&oacute;meno concreto, nuestro relato  ser&iacute;a distinto del que construir&iacute;amos con la &uacute;nica ayuda de la consulta  documental a la que estamos habituados. Adem&aacute;s, esas contribuciones personales  est&aacute;n empezando a ser atendidas desde los propios archivos. El propio Mihm pone  un ejemplo bien conocido, aunque hay muchos otros que se podr&iacute;an citar y que  incluso van m&aacute;s all&aacute;, porque no s&oacute;lo pretenden mejorar lo atesorado, sino  impugnarlo, crear un registro alternativo de lo sucedido, dando la palabra al  que no est&aacute; all&iacute;, al que ha sido silenciado u obviado. El ejemplo se refiere a  la iniciativa impulsada a principios de 2008 por la Library of Congress en  colaboraci&oacute;n con el portal Flickr<sup><a   name="s24"  href="#24">24</a></sup>. El objeto era poner a  disposici&oacute;n de los internautas una parte de sus im&aacute;genes, invit&aacute;ndolos a ayudar  a la biblioteca norteamericana a clasificar algunas de esas fotograf&iacute;as que  guarda en su dep&oacute;sito. Parte de esas miles de instant&aacute;neas, de las cuales se  desconoc&iacute;a casi todo, fueron en poco tiempo identificadas o completadas por un  sinf&iacute;n de aficionados entusiastas, que en ocasiones las recordaban personalmente<sup><a   name="s25"  href="#25">25</a></sup>.</p>     <p >Por supuesto, se trata de un caso poco habitual, dentro de un  proyecto modesto. Esta biblioteca americana alberga m&aacute;s de catorce millones de  &iacute;tems en su secci&oacute;n "Prints and Photographs", mientras que s&oacute;lo el fondo "Bain"  llega a noventa mil entre fotograf&iacute;as y negativos. La colaboraci&oacute;n con Flickr  sirve, pues, para mostrar algo de sus fondos, reclamar ayuda y recortar gastos  en la catalogaci&oacute;n de algunas de esas im&aacute;genes. Ahora bien, dentro de su  modestia, nos permite ver hasta qu&eacute; punto la gente est&aacute; dispuesta a participar  en la reconstrucci&oacute;n del pasado, a veces de forma t&eacute;cnica, identificando una  imagen, pero lo habitual es que lo haga imponiendo su voz, ofreciendo opiniones  que explican la fotograf&iacute;a, aportando alguna an&eacute;cdota e incluso construyendo al  momento un relato, aunque sea en la Wikipedia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Esos recuerdos o conocimientos de la gente corriente se  refieren a algo acontecido hace d&eacute;cadas, pero puede aplicarse con mayores  consecuencias a lo que sucede ahora mismo, permiti&eacute;ndonos capturar la historia  mientras se desarrolla. El ejemplo por antonomasia es el September 11 Digital  Archive, la primera gran adquisici&oacute;n digital de la Library of Congress<sup><a   name="s26"  href="#26">26</a></sup>.  El proyecto se inici&oacute; en enero de 2002 en el Center for History and New Media de  la George Mason University y pretend&iacute;a proporcionar un registro digital de lo  ocurrido en torno a aquella cat&aacute;strofe, una iniciativa distinta de lo que  entendemos por historia oral tradicional o por museo. En total, re&uacute;ne m&aacute;s de 150  mil objetos digitales, que incluyen relatos, correos electr&oacute;nicos &#40;en torno a  cuarenta mil&#41;, fotograf&iacute;as, grabaciones de audio y v&iacute;deo digital, etc&eacute;tera. Esos  materiales proceden, por otra parte, de m&aacute;s de treinta mil contribuyentes  individuales y est&aacute; abierto a cualquiera que desee participar, lo cual hace que  sea un archivo muy rico construido a partir de las experiencias, pensamientos y  emociones de un amplio espectro de personas de todos los lugares<sup><a   name="s27"  href="#27">27</a></sup>.</p>     <p >Es complicado determinar c&oacute;mo se gestiona ese fondo desde un  punto de vista archiv&iacute;stico y los controles que se realizan. Porque, pongamos  por caso, no es fruto de la labor de un historiador que ha entrevistado, ha  preguntado y ha recopilado de manera escrupulosa determinados testimonios. Esa  mediaci&oacute;n no existe, pues son los propios protagonistas quienes deciden qu&eacute; y  c&oacute;mo van a mostrar lo que vieron o sintieron en torno al 9/11. De ah&iacute; que las  contribuciones carezcan de uniformidad, que sean caprichosas y ofrezcan multitud  de perspectivas. De hecho, los promotores observaron que algunas im&aacute;genes  digitales, por ejemplo, hab&iacute;an sido retocadas, pero decidieron mantenerlas al  entender que la mentira y la falsificaci&oacute;n est&aacute;n presentes en cualquier archivo  y que es el investigador el que ha de lidiar con la interpretaci&oacute;n de esos  documentos, como siempre ha hecho<sup><a   name="s28"  href="#28">28</a></sup>. Al fin y al cabo, eso forma  parte de la experiencia popular sobre el evento y de c&oacute;mo se transforma en  memoria. Por eso mismo, y a pesar de sus enormes ventajas, tambi&eacute;n es dif&iacute;cil  saber c&oacute;mo ser&aacute; utilizado por los historiadores que ahora o en el futuro deseen  escribir sobre aquel atentado<sup><a   name="s29"  href="#29">29</a></sup>. Es decir, la relaci&oacute;n con los  archivos digitales, con documentos nacidos ya digitales, plantea dificultades  heur&iacute;sticas y metodol&oacute;gicas que deberemos plantearnos de inmediato.</p>     <p >Esta presencia masiva de los protagonistas del acontecimiento  supone, pues, un aumento en la cantidad y la variedad de los materiales  hist&oacute;ricos. En todo caso, hay dos maneras distintas de recopilar documentos  hist&oacute;ricos digitales. Una forma, como la del archivo del 9/11 y la de otras  muchas iniciativas semejantes, responde a la voluntad de investigadores o  instituciones que promueven ese registro, pidiendo a los ciudadanos que  respondan a esa demanda y que lo hagan bajo determinados par&aacute;metros. Pero no es  necesario solicitar contribuciones an&oacute;nimas, porque &eacute;stas se suceden diariamente  en un nuevo medio, Internet, y tratan todo tipo de aspectos de nuestra vida  actual. Por tanto, todo lo que contiene la red es en s&iacute; mismo una fuente de  conocimiento futuro, al menos en el caso de que consigamos preservarlo, y  plantea asimismo distintos problemas.</p>     <p >Un ejemplo de esta segunda forma de compilar informaci&oacute;n es  el acuerdo al que llegaron los responsables de la red social Twitter y la  Library of Congress para donar su archivo digital a esta instituci&oacute;n<sup><a   name="s30"  href="#30">30</a></sup>.  Pues bien, si consideramos la cantidad de &iacute;tems que alberga el archivo del 9/11,  que se cuentan por decenas de miles, imaginemos lo que significa almacenar  tweets, teniendo en cuenta que se escriben m&aacute;s de cincuenta millones al d&iacute;a y  que su n&uacute;mero no para de crecer.</p>     <p >Cualquiera que haya dedicado un momento a leer los mensajes  que aparecen en Twitter entender&aacute; lo que supone almacenarlos. A primera vista,  es una colecci&oacute;n de frases sin sentido, desordenadas y ca&oacute;ticas. Tomadas una a  una, nadie dir&iacute;a que puedan servir para mucho. Analizadas en su conjunto pueden  revelar, en cambio, aspectos significativos. Adem&aacute;s, podr&iacute;amos convenir en que  se trata de textos relativamente espont&aacute;neos. La mayor parte de las fuentes que  conservamos se han producido tiempo despu&eacute;s de ocurrido determinado  acontecimiento, de tal modo que est&aacute;n mediadas por la memoria o por las  exigencias de la instituci&oacute;n que las genera. Eso no significa que los tweets no  lo est&eacute;n. En la medida en que est&aacute;n pensados para divulgarse, su autor decide  qu&eacute; mostrar y c&oacute;mo quiere aparecer. As&iacute; pues, por ejemplo, no necesariamente  leemos lo que le ha parecido determinada pel&iacute;cula a un espectador, sino lo que  &eacute;l quiere que creamos que le ha parecido.</p>     <p >Aun compartiendo siempre una determinada mediaci&oacute;n, una  determinada construcci&oacute;n, hay diferencias sustanciales entre esos registros y  los documentos tradicionales. En primer lugar, nunca hemos dispuesto de tantos y  tan variados textos personales. Los diarios y la correspondencia privada siempre  han sido escasos y proceden de una elecci&oacute;n personal mucho m&aacute;s meditada. La  persona que los conserva lo hace con una mayor voluntad de selecci&oacute;n,  descartando tanto o m&aacute;s que incluyendo, mientras compone un relato con sentido  para dar orden y justificaci&oacute;n a la vida que se muestra y se quiere preservar.  Un tweet no tiene, en principio, nada de eso. Quien lo redacta no lo difunde  porque crea &#40;u otros crean&#41; que su personalidad es extraordinaria o porque se  prepare para la posteridad. En ese mundo digital, donde el anonimato prolifera,  s&oacute;lo se busca un espacio para exponer la voz y las palabras, a menudo desde la  extravagancia. Por otra parte, la documentaci&oacute;n privada tradicional nos habla de  sujetos destacados, de grandes hombres y mujeres, de gentes de las letras y del  dinero, de la pol&iacute;tica y del ej&eacute;rcito, etc&eacute;tera. Poco sabemos, en cambio, de la  gente com&uacute;n, casi nada que haya salido de su boca o de su mano sin otra  mediaci&oacute;n. Si los vemos es a trav&eacute;s de los discursos que otros escriben sobre  ellos, ya sean jueces o m&eacute;dicos, polic&iacute;as o religiosos, o bien aparecen  amontonados y reducidos a un n&uacute;mero en estad&iacute;sticas e informes. La era digital  convierte en com&uacute;n lo que anta&ntilde;o era un documento raro, casi excepcional. Como  contrapartida, el tweet se despliega en un soporte nuevo donde la confesi&oacute;n  personal es escasa y lo que sabemos del individuo es igualmente exiguo. As&iacute;  pues, aunque eso no significa que la fuente vaya a determinar necesariamente el  tipo de historia que haremos, pues no supone que todos nos vayamos a dedicar a  hacer una historia social desde abajo, la nueva tecnolog&iacute;a y sus formas de  almacenamiento pueden favorecer otros tipos de escritura hist&oacute;rica.</p>     <p >En segundo lugar, el contenido de estos nuevos documentos es  distinto al que estamos acostumbrados. Por supuesto, para quien aspire a  elaborar una historia anecd&oacute;tica, el archivo de Twitter es una noticia  excelente. De hecho, la favorece, porque relata lo habitual, lo cotidiano, as&iacute;  como lo espectacular, lo epis&oacute;dico. Por tanto, conduce a la disciplina hacia la  frivolidad, produciendo m&aacute;s informaci&oacute;n cuanto m&aacute;s estridente sea el caso o la  noticia sobre la que se manifiesta. A su vez, no cabe duda de que ser&aacute; un  recurso extraordinario para el estudio de la vida cotidiana, algo que no tiene  parang&oacute;n con lo que hasta ahora conocemos. Contaremos con una gran cantidad de  informaci&oacute;n sobre las pautas de consumo, sobre la recepci&oacute;n de los productos  culturales, sobre el comportamiento de los j&oacute;venes, etc&eacute;tera. &iquest;Pero qu&eacute; tipo de  vida cotidiana y de qui&eacute;n? Adem&aacute;s, no hay selecci&oacute;n ni l&iacute;mite, no se guarda lo  que parece m&aacute;s significativo, estar&aacute;n todos los p&aacute;rrafos de todos los usuarios  que hayan decidido enviar a la red sus comentarios, pensamientos o reacciones  ante cualquier cosa. En cambio, por primera vez podremos ver c&oacute;mo se reacciona  ante los grandes acontecimientos en tiempo real y c&oacute;mo se los reconstruye en el  soporte digital. Cualquier fen&oacute;meno, cualquier cataclismo, cualquier noticia  significativa es recogida de inmediato y reelaborada, con miles de personas  contribuyendo a ello. Es algo que con anterioridad no ocurr&iacute;a, pues como mucho  hemos tenido el registro televisivo o f&iacute;lmico que ha codificado una visi&oacute;n de lo  ocurrido.</p>     <p >Twitter, blogs, Facebook, Flickr. &iquest;Ser&aacute; nuestra tarea m&aacute;s  f&aacute;cil o m&aacute;s dif&iacute;cil en el futuro? Es algo que se preguntan muchos historiadores.  Sin duda tendremos mucha m&aacute;s informaci&oacute;n, pero distinta, nada comparable a la  que hasta ahora esper&aacute;bamos encontrar cuando visit&aacute;bamos los archivos. Ni  siquiera necesitaremos estar all&iacute; f&iacute;sicamente. Bastar&aacute; con que nos conectemos  con nuestros ordenadores. El caos est&aacute; asegurado, pero ese ha sido siempre parte  de nuestro cometido: introducir orden, dar sentido a la heterogeneidad de un  pasado desaparecido y del que s&oacute;lo quedan huellas fragmentadas.</p>     <p >Finalmente, la cuesti&oacute;n no es s&oacute;lo c&oacute;mo abordaremos esas  fuentes, sino si llegar&aacute;n a conservarse. La Library of Congress empez&oacute; su  proyecto piloto de digitalizaciones en 1990 &#40;American Memory&#41;, aunque el  programa completo se inici&oacute; en 1994 con la previsi&oacute;n de que afectara a cinco  millones de &iacute;tems &#40;diez a&ntilde;os despu&eacute;s hab&iacute;an llegado a los diez millones&#41;. En  2000 comenzaron a ocuparse de las fuentes nacidas digitales y desde 2008 fueron  llegando a distintos acuerdos con Flickr, YouTube, iTunes U, Facebooky Twitter.  Europeana empez&oacute; mucho m&aacute;s tarde, en 2007, y espera llegar a los diez millones  en el verano de 2010, pero en este caso a partir de &iacute;tems conservados en  distintas bibliotecas y archivos. No obstante, Internet crece a un ritmo cercano  al terabyte diario, lo cual equivale a unos quinientos millones de entradas en  los blogs, doscientos cincuenta millones de art&iacute;culos de revistas y miles de  clips de video. En su conjunto, la red alberga en torno a veinticinco billones  de p&aacute;ginas. Es decir, el asunto es qu&eacute; ocurrir&aacute; con ese mundo digital en  constante cambio y qu&eacute; parte de preservar&aacute;. Y eso es importante porque ya  sabemos el impacto que las nuevas tecnolog&iacute;as han tenido en determinadas  revueltas populares o en los procesos electorales.</p>     <p >&iquest;C&oacute;mo reaccionar ante todos estos cambios? Es l&oacute;gica y hasta  comprensible, la actitud de la mayor&iacute;a de historiadores, para quienes el medio  digital no plantea ning&uacute;n problema que no hayamos visto con anterioridad. Una  vez que hemos llegado a la conclusi&oacute;n de que el concepto de fuente es muy  amplio, tratar con otra nueva no representa ning&uacute;n problema a&ntilde;adido. Eso es  cierto y, en el fondo, la raz&oacute;n est&aacute; de su lado. El dominio del m&eacute;todo  disciplinario nos permite aprovechar cualquier testimonio con el que contemos  para estudiar el pasado. Pero quiz&aacute; ahora el cambio sea m&aacute;s importante de lo que  a simple vista parece. No se trata exclusivamente de una modificaci&oacute;n del  soporte en el que almacenamos la informaci&oacute;n, con las sustanciales consecuencias  que de ello se derivan, sino que es esta misma la que cambia, pues ahora ya no  guardamos las mismas cosas. Adem&aacute;s, ambas alteraciones van unidas, se hacen  posibles una a otra. Por eso merece la pena reflexionar sobre el fen&oacute;meno,  contribuyendo as&iacute; a plantearnos las formas de la historia en el mundo digital.</p>  <hr size="1">      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Comentarios</b></p>      <p ><sup><a   href="#s*"  name="*">*</a></sup> Este art&iacute;culo es resultado del proyecto de  investigaci&oacute;n "Culturas historiogr&aacute;ficas. Impacto y difusi&oacute;n de la historia  cultural" &#40;HAR2008-05583&#41;, del Plan Nacional de I+D+I 2008-2011 del Gobierno de  Espa&ntilde;a.</p>     <p ><sup><a   href="#s1"  name="1">1</a></sup>. Jorge Luis Borges, "Funes el memorioso", Obras  Completas II &#40;Barcelona: Ciclo de Lectores, 1992&#41;, 82.</p>     <p ><sup><a   href="#s2"  name="2">2</a></sup>. Dipesh Chakrabarty, "La traducci&oacute;n de los  mundos de la vida al trabajo y a la historia", en su recopilaci&oacute;n de ensayos Al  margen de Europa &#40;Barcelona: Tusquets, 2008&#41;, 125.</p>     <p ><sup><a   href="#s3"  name="3">3</a></sup>. Milad Doueihi, La gran conversi&oacute;n digital  &#40;Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2010&#41;, 14-15.</p>     <p ><sup><a   href="#s4"  name="4">4</a></sup>. M&iacute;lad Doue&iacute;h&iacute;, La gran conversi&oacute;n digital, 16.  De todos modos, la apreciaci&oacute;n de Doue&iacute;h&iacute; es exagerada. Son muchos los  human&iacute;stas que se han preocupado por estos asuntos y, entre ellos, abundan cada  vez m&aacute;s los h&iacute;stor&iacute;adores. Podr&iacute;amos c&iacute;tar numerosos colegas norteamer&iacute;canos,  pero tamb&iacute;&eacute;n europeos. Por ejemplo, y para lo refer&iacute;do a este art&iacute;culo: Rolando  M&iacute;nut&iacute;, Internet et le m&eacute;tier d&#39;historien. Reflections sur les incertitudes  d&#39;une mutation &#40;Par&iacute;s: PUF, 2002&#41; o Stefano V&iacute;tal&iacute;, Passato digitale. Le fonti  dello storico nell&#39;era del computer &#40;M&iacute;lano, Bruno Mondadori, 2004&#41; o los muchos  y var&iacute;ados trabajos de Serge No&iacute;ret: <a target=_blank href="http://www.eui.eu/personal/staff/Noiret/noiret.html#13-bib"> http://www.eui.eu/personal/staff/Noiret/noiret.html#13-bib</a>.</p>     <p ><sup><a   href="#s5"  name="5">5</a></sup>. Luc&iacute;en Febvre, Combates por la historia  &#40;Barcelona: Ar&iacute;el, 1992&#41;, 232.</p>     <p ><sup><a   href="#s6"  name="6">6</a></sup>. Anthony Grafton, "Future Reading: Digitization  and its Discontents", New Yorker &#40;5 de noviembre de 2007&#41;, <a target=_blank href="http://www.newyorker.com/reporting/2007/ll/05/071105fa_fact_grafton"> http://www.newyorker.com/reporting/2007/ll/05/071105fa_fact_grafton</a>  &#40;consultado el 24/05/2010&#41;. Existe versi&oacute;n espa&ntilde;ola: "La lectura futura", Trama  &amp; texturas 5 &#40;2008&#41;: 3. Grafton reproduce y ampl&iacute;a eso mismo en: Codex in  Crisis &#40;New York: The Crumpled Press, 2008&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s7"  name="7">7</a></sup>. Roger Chartier, "&iquest;Muerte o transfiguraci&oacute;n del  lector?", en Las revoluciones de la cultura escrita &#40;Barcelona: Gedisa, 2000&#41;,  109.</p>     <p ><sup><a   href="#s8"  name="8">8</a></sup>. Robert Darnton ha publicado numerosos art&iacute;culos  sobre el asunto en The New York Review of Books. Entre ellos, por ejemplo:  "Google &amp; the Future of Books", The New York Review of Books &#40;12 de febrero de  2009&#41;, <a target=_blank href="http://www.nybooks.com/articles/archives/2009/feb/12/google-the-future-of-books/"> http://www.nybooks.com/articles/archives/2009/feb/12/google-the-future-of-books/</a>&#40;consultado  el 24/05/2010&#41;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a   href="#s9"  name="9">9</a></sup>. &eacute;sta y otras cr&iacute;ticas en su texto: "The Library  in the New Age", The New York Review of Books &#40;12 de junio de 2008&#41;, <a target=_blank href="http://www.nybooks.com/articles/archives/2008/jun/12/the-library-in-the-new-age/"> http://www.nybooks.com/articles/archives/2008/jun/12/the-library-in-the-new-age/</a>  &#40;consultado el 24/05/2010&#41;. Hay versi&oacute;n espa&ntilde;ola: "Las bibliotecas en la era  digital", Pasajes: Revista de Pensamiento Contemporaneo, n&uacute;m. 27 &#40;2008&#41;, p&aacute;gs.  7-18. V&eacute;ase tambi&eacute;n su volumen The Case for Books: Past, Present, and Future  &#40;New York: Public Affairs, 2009&#41;; hay versi&oacute;n espa&ntilde;ola: Las razones del libro.  Futuro, presente y pasado &#40;Madrid: Trama, 2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s10"  name="10">10</a></sup>. Anthony Grafton, "Future Reading".</p>     <p ><sup><a   href="#s11"  name="11">11</a></sup>. V&eacute;ase, por ejemplo, el texto del ling&uuml;ista  Geoffrey Nunberg, "Google&#39;s Book Search: A Disaster for Scholars", The Chronicle  of Higher Education &#40;31 de agosto de 2009&#41;, <a target=_blank href="http://chronicle.com/article/Googles-Book-Search-A/48245/"> http://chronicle.com/article/Googles-Book-Search-A/48245/</a>&#40;consultado el  24/05/2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s12"  name="12">12</a></sup>. Umberto Eco y Jean-Claude Carri&egrave;re, Nadie  acabar&aacute; con los libros &#40;Barcelona: Lumen, 2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s13"  name="13">13</a></sup>. El ejemplo por antonomasia es The First Folio  of Shakespeare: The Norton Facsimile &#40;New York: W.W. Norton, 1996&#41;, la ya  cl&aacute;sica edici&oacute;n preparada por Charlton Hinman que, desde la segunda edici&oacute;n de  1996, se acompa&ntilde;a de una introducci&oacute;n de Peter W. M. Blayney.</p>     <p ><sup><a   href="#s14"  name="14">14</a></sup>. Por ejemplo, el texto en el que Ward E. Y.  Elliott y Robert J. Valenza aplican los nuevos m&eacute;todos "&oacute;pticos" a la obra del  cl&aacute;sico ingl&eacute;s: "Two Tough Nuts to Crack: Did Shakespeare Write the  "Shakespeare" Portions of Sir Thomas More and Edward III?", Literary and  Linguistic Computing 25: 1 &#40;2010&#41;: 67-83.</p>     <p ><sup><a   href="#s15"  name="15">15</a></sup>. Emmanuel Le Roy Ladurie, Le territoire de  l&#39;histoiren &#40;Par&iacute;s: Gallimard, 1973&#41;, vol. I, 13-14.</p>     <p ><sup><a   href="#s16"  name="16">16</a></sup>. Roger Charrier, "L&#39;avenir num&eacute;rique du livre",  Le Monde &#40;27 de octubre de 2009&#41;, 1. <a target=_blank href="http://www.lemonde.fr/opinions/article/2009/10/26/lavenir-numerique-du-livre-par-roger-chartier_1258883_3232.html"> http://www.lemonde.fr/opinions/article/2009/10/26/lavenir-numerique-du-livre-par-roger-chartier_1258883_3232.html</a>&#40;consultado  el 24/05/2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s17"  name="17">17</a></sup>. Anaclet Pons y Justo Serna, Diano de un  burgu&eacute;s, la Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido &#40;Valencia:  Los libros de la memoria, 2006&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s18"  name="18">18</a></sup>. V&eacute;ase, por ejemplo, la preservaci&oacute;n digital  de los manuscritos de Tombuct&uacute; que realiza Aluka, "una iniciativa internacional  de colaboraci&oacute;n para crear una biblioteca digital de recursos acad&eacute;micos de  &aacute;frica y sobre &aacute;frica": <a target=_blank href="http://www.aluka.org/"> http://www.aluka.org/</a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a   href="#s19"  name="19">19</a></sup>. Roger Chartier, "L&#39;avenir num&eacute;rique", 2.</p>     <p ><sup><a   href="#s20"  name="20">20</a></sup>. Ginzburg ha reiterado en diversas ocasiones  esa misma idea. Por ejemplo, en El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso,  lo ficticio &#40;Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2010&#41;, 14-15.</p>     <p ><sup><a   href="#s21"  name="21">21</a></sup>. Marc Bloch, Apolog&iacute;a para la historia o el  oficio de historiador &#40;M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2001&#41;, 86: "En  nuestra inevitable subordinaci&oacute;n al pasado, siempre condenados a conocerlo  exclusivamente por &#91;sus&#93; huellas, nos hemos &#91;por lo tanto&#93; liberado de algo:  hemos conseguido saber de &eacute;l mucho m&aacute;s de lo que hab&iacute;a tenido a bien darnos a  conocer".</p>     <p ><sup><a   href="#s22"  name="22">22</a></sup>. Viktor Mayer-Schonberger, Delete: The Virtue  of Forgetting in the Digital Age &#40;Princeton: Princeton University Press, 2009&#41;,  10-11 y siguientes.</p>     <p ><sup><a   href="#s23"  name="23">23</a></sup>. Stephen Mihm, "Everyone&#39;s a historian now. How  the internet -and you - will make history deeper, richer, and more accurate",  The Boston Globe &#40;25 de mayo de 2008&#41;, <a target=_blank href="http://www.boston.com/boston-globe/ideas/articles/2008/05/25/everyones_a_historian_now/"> http://www.boston.com/boston-globe/ideas/articles/2008/05/25/everyones_a_historian_now/</a>  &#40;consultado el 24/05/2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s24"  name="24">24</a></sup>. <a target=_blank href="http://www.loc.gov/rr/print/flickr_pilot.html"> http://www.loc.gov/rr/print/flickr_pilot.html</a>&#40;consultado el 24/05/2010&#41;.</p>     <p ><sup><a   href="#s25"  name="25">25</a></sup>. <a target=_blank href="http://www.flickr.com/photos/library_of_congress/4586278125/"> http://www.flickr.com/photos/library_of_congress/4586278125/</a>, &#40;consultado el  24/05/2010&#41;. Un ejemplo al azar: el &iacute;tem "14915" del fondo George Grantham Bain,  catalogado como fotograf&iacute;a de "Mrs. Arthur Livermore" y datado entre 1910 y  1915. En los comentarios al portal de Flickr, una usuaria explica de qui&eacute;n se  trata, se&ntilde;alando que organiz&oacute; el mitin de sufragistas que en 1910 dio lugar a la  creaci&oacute;n del Women&#39;s National Republican Club; incluso remite a una nota  publicada en el New York Times tiempo despu&eacute;s. Otro usuario recoge el guante y,  de inmediato, toma esa informaci&oacute;n y crea una entrada en la Wikipedia para  Henrietta Wells Livermore.</p>     <p ><sup><a   href="#s26"  name="26">26</a></sup>. <a target=_blank href="http://911digitalarchive.org/"> http://911digitalarchive.org/</a></p>     <p ><sup><a   href="#s27"  name="27">27</a></sup>. Daniel J. Cohen, "History and the second  decade of the Web", Rethinking History 8: 2 &#40;Junio de 2004&#41;: 293-301.</p>     <p ><sup><a   href="#s28"  name="28">28</a></sup>. Daniel J. Cohen se refiere a eso en su texto  "The Future of Preserving the Past", CRM: the Journal of Heritage Stewardship 2:  2 &#40;verano de 2005&#41;: 6-19, <a target=_blank href="http://crmjournal.cr.nps.gov/"> http://crmjournal.cr.nps.gov/</a> &#40;consultado el 24/05/2010&#41;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ><sup><a   href="#s29"  name="29">29</a></sup>. Algunos historiadores ya han utilizado ese  fondo digital: Michael Kazin, "12/12 and 9/11: Tales of Power and Tales of  Experience in Contemporary History," History News Network &#40;11 de septiembre de  2003&#41;, <a target=_blank href="http://hnn.us/articles/1675.html"> http://hnn.us/articles/1675.html</a> &#40;consultado el 24/05/2010&#41;.</p>      <p ><sup><a   href="#s30"  name="30">30</a></sup>. <a target=_blank href="http://www.loc.gov/today/pr/2010/10-081.html"> http://www.loc.gov/today/pr/2010/10-081.html</a> &#40;consultado el 24/05/2010&#41;.</p>     <p > <hr size="1">      <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p >Borges, Jorge Luis. "Funes el memorioso", Obras Completas II.  Barcelona: Ciclo de Lectores, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0121-1617201100010000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Bloch, Marc. Apolog&iacute;a para la historia o el oficio de  historiador. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 200l.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0121-1617201100010000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Chakrabarty, Dipesh. Al margen de Europa. Barcelona:  Tusquets, 2008.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0121-1617201100010000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Chartier, Roger. "L&#39;avenir num&eacute;rique du livre", Le Monde, 27  de octubre de 2009, <a target=_blank href="http://www.lemonde.fr/opinions/article/2009/10/26/l-avenir-numerique-du-livre-par-roger-chartier_l258883_3232.html"> http://www.lemonde.fr/opinions/article/2009/10/26/l-avenir-numerique-du-livre-par-roger-chartier_l258883_3232.html</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0121-1617201100010000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Chartier, Roger. Las revoluciones de la cultura escrita.  Barcelona: Gedisa, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0121-1617201100010000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Cohen, Daniel J. "The Future of Preserving the Past". CRM:  The Journal of Heritage Stewardship, vol. 2, num. 2 &#40;verano de 2005&#41;: 6-19, <a target=_blank href="http://crmjournal.cr.nps.gov/"> http://crmjournal.cr.nps.gov/</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0121-1617201100010000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Cohen, Daniel J. "History and the second decade of the Web".  Rethinking History 8: 2 &#40;junio de 2004&#41;: 293-301.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0121-1617201100010000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Darnton, Robert. Las razones del libro. Futuro, presente y  pasado. Madrid: Trama, 2010.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0121-1617201100010000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Darnton, Robert. "Google ft the Future of Books". The New  York Review of Books. 12 de febrero de 2009, <a target=_blank href="http://www.nybooks.com/articles/archives/2009/feb/12/google-the-future-of-books/"> http://www.nybooks.com/articles/archives/2009/feb/12/google-the-future-of-books/</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0121-1617201100010000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Darnton, Robert. "Las bibliotecas en la era digital".  Pasajes: revista de Pensamiento Contempor&aacute;neo 27 &#40;2008&#41;: 7-18.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0121-1617201100010000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Doueihi, Milad. La gran conversi&oacute;n digital. Buenos Aires:  Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2010.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0121-1617201100010000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Eco, Umberto y Jean-Claude Carri&egrave;re. Nadie acabar&aacute; con los  libros. Barcelona: Lumen, 2010.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0121-1617201100010000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Elliott, Ward E. Y. y Robert J. Valenza. "Two Tough Nuts to  Crack: Did Shakespeare Write the "Shakespeare" Portions of Sir Thomas More and  Edward III?". Literary and Linguistic Computing 25: 1 &#40;2010&#41;: 67-83.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0121-1617201100010000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Febvre, Lucien. Combates por la historia. Barcelona: Ariel,  1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0121-1617201100010000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Ginzburg, Carlo. El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo  falso, lo ficticio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2010.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0121-1617201100010000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Grafton, Anthony. Codex in Crisis. Nueva York: The Crumpled  Press, 2008.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-1617201100010000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Grafton, Anthony. "La lectura futura". Trama &amp; texturas 5  &#40;2008&#41;: 17-26.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-1617201100010000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Hinman, Charlton ed. The First Folio of Shakespeare: The  Norton Facsimil. NewYork: W.W. 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The Boston  Globe &#40;25 de mayo de 2008&#41;, <a target=_blank href="http://www.boston.com/bostonglobe/ideas/articles/2008/05/25/everyones_a_historian_now/"> http://www.boston.com/bostonglobe/ideas/articles/2008/05/25/everyones_a_historian_now/</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-1617201100010000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Minuti, Rolando. Internet et le m&eacute;tier d&#39;historien.  Reflections sur les incertitudes d&#39;une mutation. 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The Chronicle of Higher Education, 31 de agosto de 2009, <a target=_blank href="http://chronicle.com/article/Googles-Book-Search-A/48245/"> http://chronicle.com/article/Googles-Book-Search-A/48245/</a>&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0121-1617201100010000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Pons, Anaclet y Justo Serna. Diario de un burgu&eacute;s. La Europa  del siglo XIX vista por un valenciano distinguido. Valencia: Los libros de la  memoria, 2006.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0121-1617201100010000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >Vitali, Stefano. Passato digitale. Le fonti dello storico  nell&#39;era del computer. Mil&aacute;n: Bruno Mondadori, 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0121-1617201100010000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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