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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Canje o Fusilamiento: Los presos políticos en las guerras del siglo XIX: Exchange or shooting: Political prisoners in XIX century wars in Colombia]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In this article you discusses the problem of the political crime in the first place in XIX century, sustaining a novel position: the political crime had bigger width that the one that is attributed usually, because in crisis moments and confrontation the State enlarged the behaviors reprimibles against its security and existence (rebellion, asonada, etc.) punishing to the simple ones differing unarmed, to the neutrals and the indifferent ones; the repression was reflected concretely in arbitrary detentions, expropriations and discriminations. Then the treatment is examined that was given to the prisoners taken in combat, showing diverse modalities of application of the death penalty and of terrible acts made against alive and dead prisoners. Also, two modalities of the right of man are stood out that affected the prisoners, one in positive form as it was the exchange and another negative as the right he/she went to the reprisal. Lastly, some aspects of the day-to-dayness of the political prisoners are shown in the Colombian jails.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font face="Verdana"size="2">       <p align="right"><b>Art&iacute;culo/Estudios</b>     <center>          <p><b><font size="4">Canje o Fusilamiento: Los presos pol&iacute;ticos en las guerras del siglo XIX </font></b>  </p>         <p><font size="3"><b>Exchange or shooting: Political prisoners in XIX century wars in Colombia</b></font></p></center>  </p>      <p><b>Mario Aguilera Pe&ntilde;a <a href="#(1)">(1)</a> </b></p> Profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad.  <hr size="1">         <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>En este art&iacute;culo se discute en primer lugar el problema del delito pol&iacute;tico en siglo XIX, sustentando un planteamiento novedoso: el delito pol&iacute;tico ten&iacute;a mayor amplitud que la que usualmente se le atribuye, pues en momentos de crisis y confrontaci&oacute;n el Estado ampliaba las conductas reprimibles contra su seguridad y existencia (rebeli&oacute;n, asonada, etc.) castigando a los simples discrepantes desarmados, a los neutrales y a los indiferentes; la represi&oacute;n se reflejaba concretamente en detenciones arbitrarias, expropiaciones y discriminaciones. Luego se examina el tratamiento que se le daba a los presos tomados en combate, mostrando diversas modalidades de aplicaci&oacute;n de la pena capital y de actos b&aacute;rbaros cometidos contra presos vivos y muertos. Asimismo, se resaltan dos modalidades del derecho de gentes que afectaban a los prisioneros, una en forma positiva como fue el canje y otra negativa como fue el derecho a la represalia. Por &uacute;ltimo, se muestran algunos aspectos de la cotidianidad de los presos pol&iacute;ticos en las c&aacute;rceles colombianas. </p>      <p><b>Palabras clave:</b> conflicto, delito pol&iacute;tico, Colombia. </p>   <hr size="1">       <p><b>SUMMARY</b></p>        ]]></body>
<body><![CDATA[<p>In this article you discusses the problem of the political crime in the first place in XIX century, sustaining a novel position: the political crime had bigger width that the one that is attributed usually, because in crisis moments and confrontation the State enlarged the behaviors reprimibles against its security and existence (rebellion, asonada, etc.) punishing to the simple ones differing unarmed, to the neutrals and the indifferent ones; the repression was reflected concretely in arbitrary detentions, expropriations and discriminations. Then the treatment is examined that was given to the prisoners taken in combat, showing diverse modalities of application of the death penalty and of terrible acts made against alive and dead prisoners. Also, two modalities of the right of man are stood out that affected the prisoners, one in positive form as it was the exchange and another negative as the right he/she went to the reprisal. Lastly, some aspects of the day-to-dayness of the political prisoners are shown in the Colombian jails. </p>      <p><b>Key words:</b> conflict, political crime, Colombia . </p>   <hr size="1">       <p>La soluci&oacute;n al prolongado conflicto armado colombiano est&aacute; planteando nuevos intentos de valoraci&oacute;n del mismo, lo que ha cuestionado antiguas nociones legales para el tratamiento penal de las formas de violencia contraestatal y paraestatal. Los signos son inquietantes: El actual gobierno a t&iacute;tulo de concesi&oacute;n para la insurgencia, ha aceptado que existe un conflicto armado; se ha anunciado el fin del delito pol&iacute;tico y de las tradicionales f&oacute;rmulas de tratamiento al delincuente pol&iacute;tico; se desdibujan los borrosos linderos entre delincuencia com&uacute;n y delincuencia pol&iacute;tica; se dilata sin mayores argumentos el acuerdo de canje de prisioneros o intercambio humanitario con las personas en poder de las FARC; se adelanta una generosa negociaci&oacute;n con el paramilitarismo, aparato armado en el que ha hecho m&iacute;mesis el narcotr&aacute;fico, y al que se le ha acomodado el concepto legal de sedici&oacute;n; se extinguieron las organizaciones pol&iacute;ticas legales que manten&iacute;an lazos con los grupos guerrilleros y en cambio cada vez son m&aacute;s claras las vinculaciones del paramilitarismo con algunos miembros de los partidos tradicionales. Por supuesto que el presente art&iacute;culo, no intenta trazar todos los hilos de continuidad entre la historia de las guerras colombianas del siglo XIX y el debate contempor&aacute;neo, pretende solamente identificar las definiciones y pr&aacute;cticas legales sobre delincuencia pol&iacute;tica, y particularmente examinar algunos aspectos del tratamiento punitivo dado a la misma en el curso de las guerras del siglo antepasado. En esta tarea no nos interesa insistir en la existencia de pr&aacute;cticas respetuosas o congruentes con el derecho de gentes<sup>1, 2</sup> sino en mostrar la atrocidad y los procedimientos contrarios a la humanizaci&oacute;n de la guerra: Primero, porque la atrocidad de la guerra tendi&oacute; a ser invisibilizada por los propios actores del conflicto armado pensando en las consecuencias penales de sus actos, en los juicios hist&oacute;ricos que habr&iacute;an de sobrevenir sobre sus actuaciones y colectividades pol&iacute;ticas, y por la existencia de cierta perversa solidaridad que llevaba a que los conductores de la guerra no subrayaran demasiado los actos b&aacute;rbaros de las tropas enemigas para no llamar la atenci&oacute;n sobre las atrocidades de sus propias tropas. En segundo lugar, porque los sucesivos perdones, amnist&iacute;as e indultos, tendieron a borrar las huellas documentales de la mala guerra. En tercer lugar, por la tendencia de algunos investigadores del presente a ignorar los procedimientos de los actores armados frente a civiles y combatientes, a destacar exclusivamente los actos humanitarios y a pensar las guerras del siglo XIX en t&eacute;rminos &quot;caballerosos&quot;, atribuyendo sin mayores matices la buena guerra a las elites que conduc&iacute;an los ej&eacute;rcitos regulares y las conductas atroces a los grupos guerrilleros conducidos por sectores sociales menos privilegiados <sup>3, 4</sup> <a href="#(2)">(2)</a>. </p>      <p>Mostraremos en este art&iacute;culo que en el desarrollo de las confrontaciones b&eacute;licas hubo una fuerte tendencia a desconocer los m&aacute;s m&iacute;nimos derechos de los presos pol&iacute;ticos, lo cual contrasta con la gran benignidad con que se les trataba luego de la negociaci&oacute;n y conclusi&oacute;n de las guerras cuando eran cobijados por generosas amnist&iacute;as e indulto, algunas de las cuales perdonaron hasta los delitos comunes cometidos por los combatientes. En el desarrollo de la guerra, la crueldad y barbarie contra el delincuente pol&iacute;tico har&iacute;a del delincuente com&uacute;n un privilegiado, sin que ello quiera decir que fueran buenas las condiciones de vida de los segundos. Esa barbarie a la que aludimos esta soportada emp&iacute;ricamente en las discusiones y reclamaciones de la prensa de ambos partidos, en las noticias y partes de batalla, y en las memorias y testimonios de los combatientes de los conflictos armados. Procedimiento al que recurrimos en atenci&oacute;n a la ausencia de estudios estad&iacute;sticos sobre las guerras civiles e incluso de estudios hist&oacute;ricos pormenorizados sobre cada guerra centrados en sus dimensiones b&eacute;licas, los m&eacute;todos de lucha y la discusi&oacute;n sobre la vigencia de las normas humanitarias. </p>      <p>Por su evidente pertinencia, discutiremos en primer lugar, el problema del delito pol&iacute;tico en siglo XIX, sustentando un planteamiento novedoso: el delito pol&iacute;tico ten&iacute;a mayor amplitud que la que usualmente se le atribuye, pues en momentos de crisis y confrontaci&oacute;n el Estado ampliaba las conductas reprimibles contra su seguridad y existencia (rebeli&oacute;n, asonada, etc.) castigando a los simples discrepantes desarmados, a los neutrales y a los indiferentes; la represi&oacute;n se reflejaba concretamente en detenciones arbitrarias, expropiaciones y discriminaciones. Seguidamente, examinaremos el tratamiento que se le daba a los presos tomados en combate, mostrando diversas modalidades de aplicaci&oacute;n de la pena capital y de actos b&aacute;rbaros cometidos contra presos vivos y muertos. Asimismo, se resaltar&aacute;n, dos modalidades del derecho de gentes que afectaban a los prisioneros, una en forma positiva como fue el canje y otra negativa como fue el derecho a la represalia. Por &uacute;ltimo, mostraremos algunos aspectos de la cotidianidad de los presos pol&iacute;ticos en las c&aacute;rceles colombianas. </p>      <p><b>La guerra y la ampliaci&oacute;n del delito pol&iacute;tico en el siglo XIX </b></p>      <p>Al resolver la demanda de inconstitucionalidad contra el art&iacute;culo 127 del decreto 100 de 1980<sup>5</sup> <a href="#(3)">(3)</a>, la Corte Constitucional plante&oacute; que la tradici&oacute;n jur&iacute;dica colombiana en relaci&oacute;n al delito pol&iacute;tico se nutre de una caracterizaci&oacute;n del delincuente pol&iacute;tico como combatiente armado. La afirmaci&oacute;n es cierta pero incompleta, por cuanto el delincuente pol&iacute;tico no fue s&oacute;lo el oponente armado sino tambi&eacute;n el antagonista o discrepante pol&iacute;tico desarmado. Es decir que el &aacute;mbito del delito pol&iacute;tico era de doble v&iacute;a: de un lado, el que resultaba de las diversas modalidades con que el alzado en armas atentaba contra el orden y la seguridad del Estado seg&uacute;n las diversas definiciones contempladas por la legislaci&oacute;n de la &eacute;poca (rebeli&oacute;n, insurrecci&oacute;n, asonada, etc.); y de otro, el que resulta de las actuaciones del Estado cuando se defend&iacute;a e intentaba sofocar las rebeliones, implementando medidas represivas contra los copartidarios de los alzados en armas, los desafectos del gobierno o simplemente los sospechosos de serlo. Esa doble perspectiva contiene asimismo una tradici&oacute;n de benignidad o si se prefiere de impunidad, pues por una parte al alzado en armas se le perdonaban sus faltas al evaluarlo m&aacute;s por los fines de sus actuaciones que por los medios que utilizaba, y por otra, tampoco hab&iacute;a canales pol&iacute;ticos y legales para que prosperaran las acusaciones contra los gobernantes que desconoc&iacute;an los derechos pol&iacute;ticos de los gobernados. No obstante los arreglos legales al terminar cada conflicto, sobreviv&iacute;a cierto grado de insatisfacci&oacute;n social apreciable en el discurso de cada contienda civil en donde siempre fue sobresaliente el recuerdo de las ofensas y heridas dejadas por las anteriores guerras. La fuerza de la memoria de las afrentas acaecidas en cada guerra sirvi&oacute; sin duda para nutrir o renovar los imaginarios de enemistad partidista a lo largo del siglo XIX. </p>      <p>Como se&ntilde;al&aacute;bamos arriba, la represi&oacute;n a los delitos pol&iacute;ticos se realizaba contra los sujetos incursos en los tipos penales que atentaban contra la organizaci&oacute;n y seguridad del Estado, pero tambi&eacute;n contra civiles desarmados que no ten&iacute;an afinidad pol&iacute;tica con el partido de gobierno o que pertenec&iacute;an al partido que hab&iacute;a tomado el camino de las armas. Esa ampliaci&oacute;n de la represi&oacute;n estatal signific&oacute; que se desarrollaran pr&aacute;cticas ilegales como las detenciones arbitrarias de presuntos sospechosos y la imposici&oacute;n de contribuciones forzosas a los enemigos pol&iacute;ticos desarmados, que condujo en muchas ocasiones al encarcelamiento de los que se negaban a cancelar el tributo. </p>      <p>La represi&oacute;n gubernamental a enemigos pol&iacute;ticos armados y desarmados es una pr&aacute;ctica que surge en las guerras de la primera mitad del siglo XIX, consideradas por sus propios actores como m&aacute;s sangrientas y menos apegadas a las leyes de la guerra que las ocurridas en la segunda mitad del mismo siglo cuando se hicieron esfuerzos normativos por regular los conflictos, con la inclusi&oacute;n del &quot;derecho de gentes&quot; en la constituci&oacute;n de 1863 y luego en la carta pol&iacute;tica de 1886. En las primeras guerras, la ampliaci&oacute;n del tratamiento de delincuente pol&iacute;tico a oponentes desarmados se observa, por ejemplo, en la guerra de 1840, una de las menos estudiadas de ese siglo. En esa guerra, &quot;el jefe superior civil y militar de la Provincia de Antioquia&quot;, coronel rebelde Salvador C&oacute;rdova, asumi&oacute; el gobierno de esa regi&oacute;n del pa&iacute;s imponiendo medidas extremas contra la actividad de los oponentes desarmados. El decreto del 4 de diciembre de ese a&ntilde;o dec&iacute;a: </p>      <p>&quot;Art. 27, Los que esparcen noticias falsas o perjudiciales al orden p&uacute;blico, o que abusando de su ministerio inspiren ideas contrarias al sistema establecido; los que resistan las &oacute;rdenes que se expidan por el gobierno para el sostenimiento del orden, o que mantengan en su poder fusiles o carabinas sin la correspondiente licencia, y los que oculten o auxilien a los conspiradores cuando se les persiga, no siendo parientes suyos dentro del 4&deg; grado de consanguinidad o 2&deg; de afinidad son reos de conspiraci&oacute;n, sufrir&aacute;n la pena de tres a seis meses de prisi&oacute;n y pagar&aacute;n las costas&quot;. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el siguiente art&iacute;culo se prohib&iacute;a realizar reuniones privadas para auxiliar al enemigo, mantener comunicaciones con &eacute;ste, abstenerse de denunciar las reuniones de los enemigos por un t&eacute;rmino superior a 24 horas y seducir a otras personas para resistir o conspirar, so pena de multa de 500 pesos y destierro fuera de la provincia por un tiempo de seis meses a un a&ntilde;o. En la misma pena incurr&iacute;an los eclesi&aacute;sticos que &quot;predicaran el desorden y la rebeli&oacute;n contra las autoridades establecidas&quot;. </p>      <p>Contra los enemigos alzados en armas el Coronel C&oacute;rdova estableci&oacute; la pena capital. Seg&uacute;n el art&iacute;culo 29 del citado decreto, se ordenaba aplicar esta pena para los que resistieran o atacaran a las autoridades, los que promovieran tumultos, los que alentaran conspiraciones, los que mantuvieran comunicaciones con los rebeldes, los que los auxiliaran en bienes y elementos de guerra y los que intentaran seducir a la tropa. A pesar de la distinci&oacute;n entre oponentes desarmados y armados, el art&iacute;culo 30 establec&iacute;a que se pod&iacute;a aplicar la pena capital, sin f&oacute;rmula de juicio y sin requerimiento de prueba distinta que la declaraci&oacute;n de un testigo, en el evento en que los oponentes pol&iacute;ticos desarmados incurrieran en las conductas se&ntilde;aladas estando el ej&eacute;rcito en campa&ntilde;a o movimiento o que esas conductas se usar&aacute;n para perseguirlo<sup>6</sup> <a href="#(4)">(4)</a>. </p>      <p>La enemistad y castigo tanto contra el oponente armado como con el desarmado, rigi&oacute; tambi&eacute;n en la fugaz dictadura del General Jos&eacute; Mar&iacute;a Melo. En efecto, no hab&iacute;an pasado veinte d&iacute;as de su acceso al poder cuando consider&oacute; que para la conservaci&oacute;n del orden p&uacute;blico y del triunfo de la &quot;regeneraci&oacute;n social&quot; que hab&iacute;a emprendido, se hac&iacute;a indispensable instalar un tribunal que conociera en forma privativa y exclusiva de los delitos de sedici&oacute;n, conspiraci&oacute;n y traici&oacute;n. Melo dividir&iacute;a a los conspiradores en dos clases: en la primera, estaban comprendidos los que se rebelaban con las armas en la mano, los que secretamente se coligaran para conspirar o auxiliar al enemigo y los que mantuvieran correspondencia con los alzados; y se consideraban como de segunda, a los que &quot;individualmente&quot; aconsejaban, auxiliaban o fomentaban la rebeli&oacute;n, los &quot;que teniendo conocimiento de ella no la denunciaban&quot; y los que se resist&iacute;an abiertamente a cumplir la &quot;providencias del gobierno&quot;. Los individuos comprendidos en ambas clases deb&iacute;an de ser enjuiciados en forma breve y sumaria, haci&eacute;ndose acreedores los primeros a la pena capital, y los segundos, a dos a&ntilde;os de presidio<sup>7</sup>. </p>      <p>La distinci&oacute;n entre oponentes armados y desarmados se mantuvo a lo largo del siglo XIX, imponi&eacute;ndose tambi&eacute;n penas mas o menos dr&aacute;sticas a unos y a otros. La distinci&oacute;n termina por formalizarse en el c&oacute;digo militar colombiano de 1881, que obligaba a observar las normas de la Convenci&oacute;n de Ginebra de 1864 y la declaraci&oacute;n de San Petersburgo de 1868. <a href="#(5)">(5)</a> Este c&oacute;digo que regul&oacute; las &uacute;ltimas tres guerras civiles conten&iacute;a en su art&iacute;culo 1344, los tipos de enemistad surgidos en la guerra de la siguiente manera: </p>      <p><i>&quot;En las guerras p&uacute;blicas todos los enemigos se dividen en dos clases, a saber: los combatientes y los no combatientes, o ciudadanos desarmados del territorio enemigo. En una guerra de rebeli&oacute;n, el comandante militar del gobierno leg&iacute;timo hace distinci&oacute;n, en la parte rebelada del pa&iacute;s, entre los ciudadanos leales y los ciudadanos desleales. Estos se subdividen en ciudadanos notoriamente adictos a la rebeli&oacute;n pero que no la ayudan positivamente, y ciudadanos que, sin tomar las armas, le prestan voluntariamente apoyo y dan aliento a los insurrectos&quot; </i>.<sup>8</sup></p>      <p>De esa definici&oacute;n realista de enemistad en los conflictos armados, se desprend&iacute;a la posibilidad de actuar contra el oponente pol&iacute;tico desarmado o los sospechosos de serlo, como se establec&iacute;a en el art&iacute;culo 1246: </p>      <p>&quot;Es l&iacute;cito al jefe de las tropas, a&uacute;n en su propio pa&iacute;s, recurrir a medidas de rigor contra los desafectos a su causa o los sospechosos, cuando se halla en presencia del enemigo o amenazado de cerca por &eacute;l, por exigirlo as&iacute; las necesidades imperiosas de esa situaci&oacute;n, y el deber supremo de defender el pa&iacute;s contra los invasores y sus c&oacute;mplices. La salud de la patria se sobrepone a cualquier otra consideraci&oacute;n&quot; </p>      <p>Lo que se planteaba como una posibilidad frente a la amenaza de un enemigo, se convert&iacute;a en una medida normal en la guerra, sin que existiera de por medio el peligro o alguna actitud ofensiva de abierta enemistad. Despu&eacute;s de la guerra de 1885, por ejemplo, el Jefe Civil y Militar del territorio de Casanare, General Salustiano Chaparro, fue acusado de detener a los varones que se encontraran en las calles de los poblados bajo el supuesto de establecer y discriminar exactamente a los &quot;comprometidos y no comprometidos en la rebeli&oacute;n&quot;<sup>9</sup>. De &eacute;ste y otros graves atropellos contra la poblaci&oacute;n, saldr&iacute;a absuelto el general Chaparro debido precisamente a que sus conductas fueron consideradas ajustadas a las normas del c&oacute;digo que analizamos. </p>      <p>A las detenciones arbitrarias como las practicadas por el General Chaparro se le sumaban las motivadas por falsas acusaciones y prop&oacute;sitos ruines. Cuenta el periodista liberal Jos&eacute; Manuel P&eacute;rez Sarmiento <sup>10</sup> que, recluido en el pan&oacute;ptico durante la &uacute;ltima guerra civil, conoci&oacute; el caso de un campesino acusado como conspirador por los gamonales de un pueblo que pretend&iacute;an a sus dos hijas, igualmente el de un joven ajeno a la pol&iacute;tica que fue apresado para satisfacer la venganza de un empleado de la polic&iacute;a y el de un acreedor que fue encerrado en el pan&oacute;ptico por la falsa acusaci&oacute;n de su deudor. En esa misma guerra, muchos otros prisioneros figuraron como presos pol&iacute;ticos sin serlo, pues fueron aprehendidos por generales conservadores interesados en mostrar la eficacia de su tarea pacificadora. En el Cauca hubo generales que pese a participar en peque&ntilde;os combates y escaramuzas con reducidos grupos guerrilleros, informaban de un alto n&uacute;mero de presos. El liberal Juli&aacute;n Uribe Uribe, censuraba esa pr&aacute;ctica del General Enrique Palacios, quien hab&iacute;a remitido a la c&aacute;rcel de Cali a un gran n&uacute;mero de humildes labriegos que no ten&iacute;an nada que ver con la guerra fratricida. Al respecto, escrib&iacute;a: </p>      <p><i>&quot;que se aprisione a gentes conscientes de las doctrinas opuestas o rivales, cuyo predominio era el motivo de la terrible hecatombe, se explica y justifica, pero cebarse de esa manera en negros infelices que nunca se explicaron la causa para que se les arrancara </i><i>de sus hogares, se les transportara a lejanas tierras y se les encerrara como a grandes criminales a morir de hambre en una c&aacute;rcel, es un hecho que no puede explicarse por las exigencias de la guerra, y que pesar&iacute;a como un fardo sobre la conciencia de los responsables, si para ellos no fuera acto meritorio vejar y matar liberales&quot; </i>.<sup>11</sup></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La detenci&oacute;n de oponentes desarmados y desafectos pod&iacute;a provenir tambi&eacute;n de la polic&iacute;a de civil o de informantes pagados con fondos secretos, como lo denunciara el representante a la C&aacute;mara Diego Mendoza, con respecto de la Guerra de los Mil D&iacute;as. En esta guerra, la polic&iacute;a coloc&oacute; informantes en los patios del pan&oacute;ptico en los que se hallaban los presos pol&iacute;ticos. Tal fue el caso de R&eacute;gulo Ram&iacute;rez, un preso condenado por delitos comunes que sal&iacute;a de la c&aacute;rcel en comisiones de espionaje contra los amigos de la rebeli&oacute;n liberal. Ram&iacute;rez termin&oacute; siendo v&iacute;ctima de su oficio pues, por su trato constante con los presos y por sus antecedentes, fue acusado de haber colaborado en una fuga de presos pol&iacute;ticos y condenado por ello al fusilamiento por el delito de traici&oacute;n con circunstancias agravantes.<sup>12</sup></p>      <p>A la eventualidad de ser detenido bajo la sindicaci&oacute;n de oponente o desafecto del gobierno se le sum&oacute; la posibilidad de llegar a la c&aacute;rcel por no cumplir con las contribuciones obligatorias que el gobierno decretaba cada vez que se realizaba un pronunciamiento armado. La pr&aacute;ctica de la contribuci&oacute;n forzosa abarc&oacute; todas las guerras civiles, pero fue ejercida de manera m&aacute;s sistem&aacute;tica en la segunda mitad del siglo. El asunto fue tan aberrante jur&iacute;dicamente que llam&oacute; la atenci&oacute;n de tratadistas del derecho internacional p&uacute;blico, quienes consideraron que tal pr&aacute;ctica era contraria a las leyes de la guerra y mostraba la debilidad del partido pol&iacute;tico que las impon&iacute;a.<sup>13</sup></p>      <p>De la pr&aacute;ctica del &quot;empr&eacute;stito&quot; o contribuci&oacute;n forzosa hay que tener en cuenta diversos aspectos: en primer lugar, una cobertura amplia para hacer sentir la respuesta gubernamental contra los alzados en armas pues, al asignarse la cantidad de dinero que deb&iacute;a ser recogida en un departamento, generalmente se especificaban los porcentajes por pueblo atendiendo a los grados de enemistad y a los criterios de las llamadas &quot;juntas distributorias&quot; dirigidas por el &quot;prefecto&quot; y cuatro ciudadanos &quot;honorables&quot; de cada provincia, por supuesto pertenecientes al partido de gobierno. Las v&iacute;ctimas de la medida se escog&iacute;an rigurosamente atendiendo una jerarquizaci&oacute;n de enemistad pol&iacute;tica como la que planteaba un decreto expedido por el jefe conservador Manuel Casabianca, Comandante civil y militar del departamento del Tolima durante la guerra de 1895, en donde se se&ntilde;alaba que el tributo deb&iacute;an pagarlo as&iacute;: primero, los &quot;enemigos&quot;; segundo, los &quot;desafectos&quot;; y tercero, los que se han mostrado &quot;esquivos en la defensa del gobierno&quot; o los que han permanecido indiferentes. Para los primeros la contribuci&oacute;n ten&iacute;a el car&aacute;cter de pena mientras que para los dem&aacute;s exist&iacute;a la posibilidad futura de ser indemnizados <sup>14</sup>. En una versi&oacute;n distinta de la enemistad pol&iacute;tica en tiempos de la Guerra de los Mil D&iacute;as, el Jefe Civil y Militar de Boyac&aacute;, consider&oacute; que si bien era preciso hacer recaer los gastos de la guerra a los que la sostienen en los campamentos y a los que la ayudaban directa o indirectamente, tambi&eacute;n era importante castigar a los &quot;falsos amigos de las instituciones&quot;<sup>15</sup>. </p>      <p>En segundo lugar, era claro que se pretend&iacute;a aislar a los alzados y generar un clima contrario a la rebeli&oacute;n, predicando que esa particular contribuci&oacute;n pol&iacute;tica persegu&iacute;a fines indemnizatorios. El citado decreto dec&iacute;a en su art&iacute;culo 20: </p>      <p>&quot;El producto de la contribuci&oacute;n se destinar&aacute; al sostenimiento del Ej&eacute;rcito, al reintegro de lo que el Departamento haya invertido con este mismo objeto, al pago de las indemnizaciones que los servidores del gobierno tengan derecho a reclamar por las contribuciones o expropiaciones a que los hayan sujeto los revolucionarios, y al pago de las pensiones transitorias que deban a los hijos del Departamento que en defensa del gobierno, en la presente guerra, hayan quedado inutilizados para el trabajo de que subsist&iacute;an, o de las familias que por las mismas causas hayan quedado en la orfandad y en la pobreza&quot; . </p>      <p>En tercer lugar, la pr&aacute;ctica de la contribuci&oacute;n forzosa resultaba particularmente gravosa por cuanto si el contribuyente no cancelaba la suma asignada en un plazo muy breve, por lo general ocho d&iacute;as, se pod&iacute;a proceder a la prisi&oacute;n del deudor y al embargo de sus bienes. En general, la imposici&oacute;n de la contribuci&oacute;n forzosa no admit&iacute;a reclamaci&oacute;n alguna ni por el afectado ni por otra persona, so pena de exponerse a sanci&oacute;n de las autoridades.<sup>16</sup> <a href="#(6)">(6)</a> Los bienes escogidos para ser embargados eran los de m&aacute;s f&aacute;cil realizaci&oacute;n y pod&iacute;an ser rematados a precios muy bajos si no se establec&iacute;a, como a veces ocurr&iacute;a, un precio m&iacute;nimo de venta.<sup>17</sup> <a href="#(7)">(7)</a> Tambi&eacute;n pod&iacute;a ocurrir que se estableciera una negociaci&oacute;n o acuerdo de pago entre el contribuyente forzado y el gobierno, evento que a veces no daba muchas garant&iacute;as puesto que el gobierno, de acuerdo a los episodios de la guerra, pod&iacute;a revocar la mediada y endurecer sus posiciones con los oponentes y enemigos pol&iacute;ticos. As&iacute;, en la guerra de 1860, el gobierno de Tom&aacute;s Cipriano de Mosquera desconoci&oacute; el acuerdo de pago que hab&iacute;a celebrado con dos reconocidos conservadores, padre e hijo, y los apremi&oacute; para que entregaran la totalidad de &quot;la suma inmediatamente, y no como en los documentos se expresa&quot;.<sup>18</sup></p>      <p>Es de contrastar que mientras la libertad del preso pol&iacute;tico se obten&iacute;a luego de pagar la contribuci&oacute;n y, dado el nivel de enemistad, el pago adicional de una fianza, las posibilidades de que un preso com&uacute;n en tiempos de guerra obtuviera la libertad fueron mayores pues era corriente que a &eacute;stos uno y otro bando les ofrecieran la libertad en el curso de la guerra cuando los insurrectos se hac&iacute;an al manejo de la c&aacute;rceles o cuando el gobierno atacado convocaba a los presos para defender la legitimidad; en estos eventos el corolario lo constitu&iacute;a el otorgamiento del indulto al finalizar la guerras. Durante la guerra de 1854, por ejemplo, el Congreso indult&oacute; a los delincuentes comunes que tomaron las armas en defensa de la Constituci&oacute;n , con la condici&oacute;n que observaran una conducta moral intachable y que continuaran defendiendo la legitimidad <sup>19</sup>. </p>      <p>Para concluir, hay que se&ntilde;alar que los efectos de ser oponente pol&iacute;tico o desafecto del gobierno pod&iacute;an ir m&aacute;s all&aacute; de ser atropellado con una contribuci&oacute;n forzosa o una detenci&oacute;n y llegar incluso a la p&eacute;rdida de todo, o casi todo, el patrimonio. En la guerra de 1854, se impusieron contribuciones que superaban las posibilidades de las v&iacute;ctimas <sup>20</sup> y en 1862, ante el azote de la guerrilla de Guasca en Cundinamarca, un jefe militar de esta seccional dispuso: &quot;3. Que el primer ultraje o atentado que se cometa contra los individuos de la fuerza armada, o cualquier otro de los agentes del gobierno, o contra las personas adictas a su causa, dar&aacute; lugar a que ocupen y destinen para los gastos de la guerra las propiedades de los que se consideren hostiles a la causa del gobierno&quot;<sup>21</sup>. En esta misma direcci&oacute;n expropiadora de los patrimonios de particulares, la ley 56 de 1890, en su art&iacute;culos 28 y 30, autorizaba a todo jefe de una fuerza militar o autoridad pol&iacute;tica que, hall&aacute;ndose incomunicada con el gobierno, expropiara lo que considerara necesario para lograr la conservaci&oacute;n del orden<sup>22</sup> En la Guerra de los Mil D&iacute;as se fue m&aacute;s all&aacute;, pues ya no se tuvo en cuenta la incomunicaci&oacute;n sino que simplemente se autoriz&oacute; que los ej&eacute;rcitos leales al gobierno actuaran como un ej&eacute;rcito de ocupaci&oacute;n en territorio enemigo. Al respecto, un decreto de enero de 1901, establec&iacute;a: &quot;Art. 1. Los Ej&eacute;rcitos del Gobierno que ocupen las Provincias sublevadas, vivir&aacute;n en ellas de los bienes de los desafectos&quot;<sup>23</sup>. En la guerra de 1854, no fue un decreto el que autorizaba al ej&eacute;rcito para tomar los recursos para su subsistencia, sino una interpretaci&oacute;n del inciso 3 del art&iacute;culo 5 de la Carta Pol&iacute;tica de 1853, pues se dec&iacute;a que al garantizar &quot;a los granadinos la inviolabilidad de la propiedad, permite que, en caso de guerra, aquella puede ser aplicada a usos p&uacute;blicos, sin necesidad de que sea previa la indemnizaci&oacute;n&quot;. Sobre el sentido de tal interpretaci&oacute;n, los defensores de la dictadura de Jos&eacute; Mar&iacute;a Melo consideraban que era necesario discutir algo que no estaba muy claro, preguntaban: &quot;Creen pues, los se&ntilde;ores de la contrarrevoluci&oacute;n que nos hallamos en caso de guerra? &iquest;Guerra de qu&eacute; clase? &iquest;Ser&aacute; guerra civil?.&quot; <sup>24</sup></p>      <p>Finalmente, hay que subrayar que las sanciones a rivales u oponentes pol&iacute;ticos pod&iacute;an derivarse de pr&aacute;cticas o de disposiciones normativas, y que &eacute;stas en todo caso pod&iacute;an abarcar espacios insospechados afectando potenciales derechos ciudadanos. Nos referimos a que durante la guerra de 1876<sup>25</sup> y en la de los Mil D&iacute;as hubo sacerdotes que no quisieron enterrar a muertos liberales, y a que en esta &uacute;ltima se emitieron dict&aacute;menes como la circular del Ministerio de Instrucci&oacute;n Publica, dirigida a los Gobernadores del pa&iacute;s convoc&aacute;ndolos a restringir el acceso a la educaci&oacute;n por motivos pol&iacute;ticos. Al respecto, la circular del Ministro, Jos&eacute; Joaqu&iacute;n Casas, de febrero 19 de 1902, dec&iacute;a: </p>      <p><i>&quot;que no es justo ni decoroso que gocen de especial protecci&oacute;n y auxilio del gobierno personas que le son hostiles y conspiren contra &eacute;l. Resuelve: Los individuos que de cualquier manera favorezcan la actual rebeli&oacute;n, y mucho m&aacute;s los que hayan tomado o tomen las armas contra el gobierno, no ser&aacute;n matriculados ni admitidos a ex&aacute;menes en las facultades superiores oficiales&quot;<sup>26</sup></i></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si en la Guerra de los Mil D&iacute;as la enemistad pol&iacute;tica fue la causa suficiente para impedir el acceso a la educaci&oacute;n; en la guerra de 1876-1877, la amistad pol&iacute;tica probada en el ejercicio de las armas hab&iacute;a sido el motivo para premiar a j&oacute;venes sin recursos con el acceso al prestigioso Colegio del Rosario, al que concurr&iacute;an los hijos de la elite capitalina. En efecto, por Decreto 280 de 1877, el Presidente del Estado Soberano de Boyac&aacute;, convoc&oacute; a una especie de concurso p&uacute;blico para becar a cuatro j&oacute;venes liberales que hubieran defendido la &quot;soberan&iacute;a nacional&quot;, que no tuvieran recursos y que acreditaran una formaci&oacute;n que los habilitara para iniciar estudios superiores. Los candidatos deb&iacute;an de presentar certificaciones de dos jefes militares a cuyas &oacute;rdenes hubiera prestado el servicio al Ej&eacute;rcito de la Uni&oacute;n<sup>27</sup>. </p>      <p>Esta ampliaci&oacute;n del delito pol&iacute;tico hacia la poblaci&oacute;n desarmada, con premios y represi&oacute;n, oper&oacute; como un mecanismo de absorci&oacute;n de la sociedad en la guerra siguiendo las matriculas individuales o regionales de adscripci&oacute;n partidista. Al borrarse las distinciones entre combatientes y poblaci&oacute;n civil, era toda la sociedad la que quedaba expuesta a los dispositivos gubernamentales que reprim&iacute;an o premiaban, lo cual conduc&iacute;a a la polarizaci&oacute;n de la misma y al reforzamiento de las lealtades partidistas. Las guerras del siglo XIX, antes que la violencia bipartidista del XX, hab&iacute;an ya cumplido un importe papel en la configuraci&oacute;n y definici&oacute;n de identidades partidistas. </p>      <p><b>Procedimientos con los presos, derecho de gentes y beligerancia </b></p>      <p>En la primera mitad de siglo no s&oacute;lo era muy vaga la idea sobre el derecho de gentes sino que tambi&eacute;n se manejaban otras tesis, excepciones o interpretaciones que se contrapon&iacute;an a su plena vigencia. Precisamente uno de los acusados de fusilar prisioneros en la guerra de 1840, el general Tom&aacute;s Cipriano de Mosquera, quien a&ntilde;os m&aacute;s tarde fue decidido partidario de la inclusi&oacute;n del &quot;derecho de gentes&quot; en la Constituci&oacute;n de 1863, justificar&iacute;a sus acciones contra prisioneros se&ntilde;alando que Emerico Vattel hab&iacute;a planteado la posibilidad de fusilarlos existiendo una &quot;necesidad extrema&quot;; que igualmente lo aprobaba Andr&eacute;s Bello en caso de estar en peligro la &quot;seguridad propia&quot;; que Weaton y Ruthenfort lo hab&iacute;an considerado justificable cuando la resistencia de los prisioneros o el intento de rescate de las tropas enemigas hac&iacute;a &quot;imposible custodiarlos&quot;; y que Jorge Federico Von Martens afirmaba que el vencedor no estaba obligado a respetar la vida del enemigo en los siguientes eventos: &quot;1.Cuando esta clemencia compromete su propia seguridad; 2. En los casos que tenga el derecho de aplicar el tali&oacute;n o valerse de represalias; 3. Cuando el crimen de que son reos los que han ca&iacute;do en sus manos, justifique el hecho de privarlos de la vida&quot;.<sup>28</sup></p>      <p>Es posible que tengan raz&oacute;n algunos contempor&aacute;neos a las primeras guerras civiles en el sentido de indicar que &eacute;stas presentaron mayor atrocidad debido a la vaguedad de las nociones del derecho de gentes y al influjo de leyes de guerra contrapuestas a dichos preceptos, mas sin embargo la formalizaci&oacute;n del derecho de gentes a partir de 1863 no conllev&oacute; necesariamente a la humanizaci&oacute;n de los conflictos, pues es evidente que se siguieron presentando en cada uno de ellos diversas manifestaciones de atrocidad. Lo que si queda claro es que su inclusi&oacute;n normativa contribuy&oacute; a abrir los caminos a la soluci&oacute;n de los conflictos por intermedio del cese de hostilidades, los armisticios y convenios, permiti&oacute; asimismo una mayor sensibilidad social sobre el tema, tarea en la que jugaron un papel importante el periodismo, la c&aacute;tedra universitaria y la amenaza de la acci&oacute;n penal contra los que incurrieran en delitos comunes. La conciencia sobre los l&iacute;mites de la violencia, si bien no condujo a que predominaran las acciones respetuosas del derecho de gentes, por lo menos contribuy&oacute; a que las guerras no se sumieran en actuaciones degradantes e inhumanas. </p>      <p>En lo que respecta a los prisioneros, el debate sobre la inclusi&oacute;n del &quot;derecho de gentes&quot; en la Constituci&oacute;n de 1863, gir&oacute; en torno al tratamiento a los heridos, el respeto por los presos, el canje y el derecho a la represalia. <a href="#(8)">(8)</a> Al aprobar el art&iacute;culo 91 de esa carta pol&iacute;tica, se entendi&oacute; que quedaba habilitado el procedimiento del canje para intercambiar prisioneros y que podr&iacute;a usarse el tali&oacute;n o el derecho a la retaliaci&oacute;n para los que violaran los principios del &quot;derecho de gentes&quot;, pero no en contra de &quot;los deudos, copartidarios ni amigos pol&iacute;ticos o personales de los ofensores, sin hacerse culpables de delito los que tales medidas adopten&quot;<sup>29</sup>. Estos criterios se reflejaron por supuesto en algunas de las Constituciones federales como la de Cundinamarca (1867), la cual trat&oacute; de dejar en claro que el uso del derecho de gentes dejaba en pie las garant&iacute;as constitucionales que operaban en tiempos de paz. El mencionado texto legal dec&iacute;a en su art&iacute;culo 51: </p>      <p><i>&quot;El art&iacute;culo 91 de la constituci&oacute;n federal, por el que se incorpora el &quot;derecho de gentes&quot; a la legislaci&oacute;n nacional, no faculta a ninguna autoridad del Estado para ejercer, durante la guerra, contra las personas, sus derechos o sus bienes, ning&uacute;n acto o funci&oacute;n que pueda pretermitir en alg&uacute;n sentido el cumplimiento fiel de la garant&iacute;a de los derechos individuales, consignados como condiciones de asociaci&oacute;n de los Estados, en el art&iacute;culo 15 de la Constitucional Nacional.. ...&quot; </i><sup>30</sup></p>      <p>Normas como la anterior intentaron infructuosamente salirle al paso a la interpretaci&oacute;n que comenz&oacute; a consolidarse desde las mismas discusiones del art&iacute;culo 91 en el sentido que al producirse un conflicto interno cesaba la vigencia de la Constituci&oacute;n y entraba a regir el &quot;derecho de gentes&quot;. Esta concepci&oacute;n, que acompa&ntilde;&oacute; tambi&eacute;n las declaratorias de Estado de Sitio durante la vigencia de la carta de 1886, estuvo en la ra&iacute;z de los problemas que estamos considerando, por ejemplo, frente al tratamiento de los presos, pues signific&oacute; en la pr&aacute;ctica que con los conflictos dejaran de regir varias garant&iacute;as pol&iacute;ticas y se amenazaran otros derechos civiles y que entrara en vigencia, en forma confusa y parcial, el &quot;derecho de gentes&quot;. Con mucha raz&oacute;n, Carlos Arturo Torres, un prestigioso intelectual liberal de finales de siglo XIX, indicar&iacute;a que los ciudadanos pac&iacute;ficos sufr&iacute;an la &quot;violencia de arriba&quot; y tambi&eacute;n la &quot;violencia de abajo&quot;, en la medida en que el gobierno los castigaba por sus &quot;posiciones abstractas en pol&iacute;tica&quot; y los rebeldes hac&iacute;an lo propio por su actitud frente a &quot;la lucha armada&quot;. Con esta perspectiva recordaba que los esp&iacute;ritus verdaderamente liberales sosten&iacute;an la tesis &quot;civilizadora y salvadora&quot; de que &quot;las garant&iacute;as individuales no se deben de suspender nunca&quot;, y que era &quot;precisamente, en tiempos de guerra cuando los ciudadanos ten&iacute;an mayor necesidad de ellas&quot;<sup>31</sup>. </p>      <p>La contradicci&oacute;n de pretender humanizar y terminar los conflictos, con la de suprimir derechos y libertades contribuy&oacute; a que en nuestras guerras convivieran los casos ejemplares de negociaci&oacute;n pac&iacute;fica y generosidad con los vencidos, con el atropello legal y la barbarie frente al delincuente o al discrepante pol&iacute;tico. Por ello, el debate pol&iacute;tico del siglo XIX estuvo plagado de mutuas acusaciones y pol&eacute;micas sobre el incumplimiento de preceptos constitucionales, gracias al terreno movedizo que pisaban los dirigentes pol&iacute;ticos a la hora de evaluar qu&eacute; partido hab&iacute;a tenido m&aacute;s coherencia con los principios legales y cristianos que deb&iacute;an regir en las confrontaciones armadas. </p>      <p>Un significativo avance en el esfuerzo de regularizar las guerras del siglo XIX, fue sin duda el c&oacute;digo militar o ley 35 del 20 de mayo de 1881, expedido en el per&iacute;odo federal por el congreso de los Estados Unidos de Colombia, en un contexto bastante prol&iacute;fico en promulgaci&oacute;n de normas, pues tambi&eacute;n se expidieron los c&oacute;digos civil, fiscal, comercial y penal. El C&oacute;digo por lo dem&aacute;s se ajustaba al pensamiento de tratadistas del derecho internacional p&uacute;blico como Carlos Wiesse, quien en el texto <i>Reglas de derecho internacional aplicables a las guerras civiles </i> (1893), contemplaba los desarrollos del &quot;derecho de gentes&quot; en varias situaciones de la guerra, entre ellas las conductas frente prisioneros de guerra y la posibilidad de ser canjeados o puestos en libertad. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El c&oacute;digo de 1881, que estuvo vigente hasta 1944, regulaba en su libro IV, &quot;sobre los medios para hacer la guerra&quot;, &quot;las diferencias entre beligerantes y guerrilleros&quot;, las formas de suspensi&oacute;n y terminaci&oacute;n del conflicto, el tratamiento de enfermos, rehenes y prisioneros, las condiciones para realizar represalias y el procedimiento para el canje. </p>      <p>Sobre los prisioneros indicaba el c&oacute;digo <a href="#(9)">(9)</a> que deb&iacute;an de ser tratados &quot;con humanidad y con las condiciones a que se hagan acreedores por su conducta&quot;. Para ellos y los miembros del servicio militar estaba prohibido cualquier tipo de tortura y en particular las diversas modalidades de cepo, el palo y el l&aacute;tigo. Se se&ntilde;alaba claramente que sobre el enemigo capturado no se ten&iacute;a ning&uacute;n poder y que era al gobierno al que le correspond&iacute;a &quot;disponer definitivamente de su suerte&quot;. Se establec&iacute;a que &eacute;ste estaba en la obligaci&oacute;n de proveer su subsistencia y de suministrarle los auxilios necesarios para mantenerlos con buena salud. Si se hallaban heridos o enfermos operaban las reglas de la Convenci&oacute;n de Ginebra que estaban incorporadas al c&oacute;digo en su art&iacute;culo 1134 y que dispon&iacute;an en l&iacute;neas generales su protecci&oacute;n, el uso de distintivos para identificar los sitios donde se hallaren los heridos y para el personal que los transporta, la inviolabilidad del personal dedicado a estas labores etc., etc. El preso no pod&iacute;a ser v&iacute;ctima de la expropiaci&oacute;n de sus objetos personales, ni deb&iacute;a ser obligado a tomar parte en operaciones militares, pero si forzado a trabajar, siempre y cuando en la distribuci&oacute;n de los oficios se tuviera en cuenta lo grados militares. El c&oacute;digo reconoc&iacute;a que la &quot;preocupaci&oacute;n normal de todo prisionero es la de recuperar su libertad y fugarse&quot;, apoyado en tal consideraci&oacute;n establec&iacute;a que presentada una fuga no se pod&iacute;a hacer fuego sin antes dar la voz de alto y que si era aprehendido no se le pod&iacute;a castigar sino disciplinariamente. El beligerante ten&iacute;a derecho a obtener la libertad bajo palabra comprometi&eacute;ndose a cumplir las obligaciones contra&iacute;das. </p>      <p>El derecho a la represalia fue un mecanismo singular del derecho de gentes, contemplado en el c&oacute;digo comentado, que tendi&oacute; a causar v&iacute;ctimas dentro de los presos en los conflictos armados del siglo antepasado. El derecho a la represalia se entend&iacute;a como un medio de coerci&oacute;n que pod&iacute;a aplicarse al beligerante para impedir que volviera a infringir las normas humanitarias. Se trataba de repetir contra el contrincante la infracci&oacute;n id&eacute;ntica y prohibida para hacer que se ajustara a las pr&aacute;cticas de la buena guerra. En el cap&iacute;tulo IV, del libro IV, se estableci&oacute; que al enemigo deb&iacute;a denunci&aacute;rsele las infracciones, para que tomara medidas para evitar su repetici&oacute;n. En caso de no ofrecer satisfacci&oacute;n y garant&iacute;as, el denunciante quedaba con el leg&iacute;timo derecho de aplicar la represalia. En la aplicaci&oacute;n de la represalia habr&iacute;a de &quot;restringirse a las medidas estrictamente indispensables para asegurar el resultado que se tiene el prop&oacute;sito de alcanzar, sin excederse en ning&uacute;n caso, en medidas de m&aacute;s rigor que las infracciones que se tratan de reprimir&quot; (art. 1085). </p>      <p>Un instrumento favorable para los presos y que fue aplicado en varias ocasiones fue el canje de prisioneros. El canje se defin&iacute;a como un procedimiento que sol&iacute;a ocurrir &quot;entre beligerantes&quot; y que deb&iacute;a ejecutarse y negociarse de buena fe. Las condiciones resultaban de las propuestas y la negociaci&oacute;n entre adversarios. &quot;Salvo estipulaciones contrarias –rezaba el art&iacute;culo 1191- los canjes de prisioneros se efect&uacute;an hombre por hombre, grado por grado, herido por herido, por rango de antig&uuml;edad en la cautividad&quot; y sin hacer diferencia de arma. Si llegaba el caso de faltar prisioneros de un mismo grado se pod&iacute;a convenir &quot;canjear prisioneros de un rango superior por un n&uacute;mero mayor de prisioneros de grado inferior&quot;. </p>      <p>El reconocimiento de beligerancia fue un tema clave en los conflictos del siglo XIX. No s&oacute;lo porque abr&iacute;a las puertas a las transacciones pac&iacute;ficas o porque a los beligerantes no se les pod&iacute;a aplicar las normas del c&oacute;digo penal (rebeli&oacute;n, sedici&oacute;n, etc.) sino porque estimulaba la &quot;buena guerra&quot;, al imponer a los contendientes ajustarse a las reglas humanitarias. El reconocimiento de beligerancia implicaba en l&iacute;neas generales tres requisitos para el grupo insurgente: uno, demostrar una organizaci&oacute;n pol&iacute;tica de facto; dos, dominar una parte del territorio; y tres, ejercer actos de verdadera soberan&iacute;a. Con todo y tener un grupo rebelde tales requisitos, era indispensable que se hiciera la declaratoria de reconocimiento de beligerancia por parte del gobierno contra el cual se luchaba. </p>      <p>No hubo reconocimiento de beligerancia a los alzados en armas en todos los conflictos internos del siglo XIX. No se concedi&oacute; especialmente en aquellos en los que la ofensiva de los rebeldes pareci&oacute; reposar en la guerra de guerrillas, y en donde &eacute;stas no reun&iacute;an todos los requisitos para ser consideradas beligerantes o no ten&iacute;an intereses claramente pol&iacute;ticos. Representativa de esta situaci&oacute;n fue la Guerra de los Mil D&iacute;as, en la que el gobierno consider&oacute; que las guerrillas liberales no contaban con ninguno de los requisitos arriba citados y que adem&aacute;s no le correspond&iacute;a hacer el reconocimiento de beligerancia por cuanto ello implicaba abdicar a su propia soberan&iacute;a. Otra negativa, ocurri&oacute; en la rebeli&oacute;n que estall&oacute; en 1872, en el Estado Soberano de Cundinamarca, en el que su poder ejecutivo estim&oacute; que las &quot;partidas armadas&quot; no obraban &quot;bajo la responsabilidad de un gobierno de hecho, organizado por ciudadanos que intentan derrocar al gobierno existente en el Estado&quot;. El no reconocimiento implic&oacute; que las acciones de los alzados en armas fueran tomadas como delitos comunes y que las guerrillas recibieran el calificativo de cuadrillas de malhechores tal como tambi&eacute;n lo acreditan varios decretos de la Guerra de los Mil D&iacute;as. Otra consecuencia fue la degradaci&oacute;n del conflicto, lo cual se aprecia tambi&eacute;n en esta guerra en la que cada contendiente acus&oacute; al otro de violar normas humanitarias y en la que al lado de las voces que clamaban por ajustar el conflictos al derecho de gentes, se pronunciaban otras por lo contrario en temas tan sensibles como la de rechazar la presencia de una ambulancia conformada por m&eacute;dicos liberales que pudiera recorrer varios de los campamentos militares<sup>32</sup> <a href="#(10)">(10)</a>. Con todo y la falta de reconocimiento de beligerancia en algunos casos, no hubo guerra que no fuera seguida de generosas amnist&iacute;as e indultos, pero sin duda, lo que las investigaciones futuras tendr&iacute;an que aclarar es c&oacute;mo operaron las excepciones a los delitos comunes, es decir, si a la postre se exoneraba a los no beligerantes y a las bandas que hab&iacute;an cometido delitos atroces y comunes. </p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Las pr&aacute;cticas contra los presos tomados en combate </b></p>      <p>&iquest;Cu&aacute;l era el tratamiento que se les daba a los prisioneros en las guerras civiles del siglo XIX? &iquest;Existieron en ese sentido contrastes apreciables entre las tropas de uno y otro partido, o entre las que se hallaban defendiendo la legalidad y las que la combat&iacute;an? Frente al tratamiento de prisioneros no hubo diferencias de uno a otro partido, ni ejerciendo la legalidad ni actuando en su contra. En cada conflicto siempre hubo acusaciones hacia uno y otro partido por violar las leyes de la guerra, el &quot;derecho de gentes&quot; y las normas que deb&iacute;an observar las &quot;naciones cristianas y civilizadas&quot;. Sin lugar a dudas, ninguna guerra estuvo limpia de conductas atroces, pero tampoco podr&iacute;a decirse que alguna se haya distinguido por su total degradaci&oacute;n e ignorancia del derecho de gentes. </p>      <p>Entre las pr&aacute;cticas contrarias al &quot;derecho de gentes&quot; en el tratamiento de prisioneros se perciben varias modalidades que llevaban al asesinato del vencido en combate: en primer lugar, la pr&aacute;ctica del fusilamiento por grupos guerrilleros, con el argumento de que no ten&iacute;an un lugar para guardar los prisioneros o que constitu&iacute;an una limitante para su movilidad. Sobre este particular, en la guerra que estall&oacute; en 1840, se escuch&oacute; decir a los grupos guerrilleros que surgieron en el Cauca &quot;que ellos no teniendo paradero fijo ni edificios donde guardarlos, ten&iacute;an necesidad de matar a los prisioneros&quot; <sup>33</sup>. Una versi&oacute;n similar a esta l&oacute;gica de entender a los presos como un estorbo, se expresa en las filas de la tropa conservadora que oper&oacute; en el Tolima en la Guerra de los Mil D&iacute;as: en efecto, en el sitio de La Vega de los Padres, los milicianos tras escuchar la voz &quot;con los prisioneros no se carga&quot;, procedieron a fusilar a 14 de ellos; dos m&aacute;s pudieron salvar su vida, antes que los vendaran, al gritarle al General Juan de Jes&uacute;s Rengifo: &quot;General: S&aacute;lvenos; doy lo que me pidan&quot;<sup>34</sup>. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La pr&aacute;ctica de la ejecuci&oacute;n inmediata de prisioneros no fue por supuesto un rasgo atribuible a los grupos guerrilleros que actuaban en las guerras civiles, fue tambi&eacute;n un procedimiento de los combates memorables en los que se enfrenaron ej&eacute;rcitos regulares: De la famosa batalla de Los Chancos en 1876, uno de los hermanos de Rafael Uribe afirmar&iacute;a que la magnanimidad del ej&eacute;rcito vencedor tuvo como excepci&oacute;n una carnicer&iacute;a con los heridos y prisioneros conservadores<sup>35</sup>. Otro tanto ocurri&oacute; luego de la famosa batalla de Palonegro, durante la Mil D&iacute;as , pues el jefe liberal Pedro Soler Mart&iacute;nez estuvo a punto de ser fusilado por el general Herrera y fue severamente cuestionado por el general Uribe Uribe debido a que hab&iacute;a cometido varios actos de ferocidad: machetear a tres prisioneros, y entre ellos a un ni&ntilde;o de 14 a&ntilde;os, quien perdi&oacute; una mano; decapitar a un capit&aacute;n que conduc&iacute;a a unos presos, confundi&eacute;ndolo con el enemigo; y machetear a otros prisioneros que se hallaban en una casa custodiada por centinelas liberales, todo ello en uno de los quince d&iacute;as que dur&oacute; la mencionada batalla<sup>36</sup>. </p>      <p>Otra forma, contraria a la posibilidad de tomar prisioneros fue la de poner precio a la cabeza de un jefe enemigo, como ocurri&oacute; en la guerra de 1840 o como igualmente sucedi&oacute; en la Guerra de los Mil D&iacute;as, cuando una tropa de 150 liberales se tom&oacute; Monter&iacute;a saqueando las casas de los conservadores y publicando bandos ordenando degollar los que se capturaran y ofreciendo sumas de dinero por tres de ellos<sup>37, 38</sup>. Otra f&oacute;rmula atroz fue la de poner a los presos como trinchera ante la eminencia de un ataque enemigo<sup>39</sup> <a href="#(11)">(11)</a> o la de asesinarlos para que no huyeran al sentirse asediados por la fuerza enemiga; en este &uacute;ltimo caso, la &uacute;nica posibilidad para que los presos conservaran su vida, es que la tropa que los custodiaba se sintiera en inferioridad de condiciones y les preservara la vida como mecanismo para a su vez salvar la vida en caso de una derrota<sup>40</sup></p>      <p>Una segunda pr&aacute;ctica contra los prisioneros es la famosa &quot;ley de fuga&quot; que generalmente se aplicaba cuando los soldados que conduc&iacute;an los presos aparentaban cansancio o desentendimiento para propiciar que el preso saliera corriendo y poder hacerlo blanco de los disparos a unos cincuenta o sesenta metros. Con este m&eacute;todo de fusilamiento, los victimarios pretend&iacute;an evitar acusaciones alegando que se hab&iacute;an ajustado a las leyes de la guerra o al c&oacute;digo penal militar de 1881 que permit&iacute;a el uso de la fuerza contra el pr&oacute;fugo siempre y cuando previamente se le gritara el consabido: alto. <sup>41</sup> Al presentarse una fuga real, no era extra&ntilde;o que los superiores dieran orden de no recapturar vivo a ning&uacute;n preso.<sup>42</sup></p>      <p>La tercera pr&aacute;ctica de ejecuci&oacute;n de prisioneros, quiz&aacute; la m&aacute;s difundida, era p&uacute;blica y ten&iacute;a fines de escarmiento e intimidaci&oacute;n. Pod&iacute;a usarse frente a fuerzas enemigas, como cuando en la guerra de 1840 en el Cauca, el General Julio Arboleda ahorc&oacute; a ind&iacute;genas guerrilleros en los &aacute;rboles de los caminos para que sirvieran de escarnio e hizo colocar guardias al lado de los cad&aacute;veres para impedir que sus deudos los sepultaran.<sup>43</sup> Tambi&eacute;n se usaba para la intimidaci&oacute;n de vecinos o familiares, como en la guerra de 1876, cuando la guerrilla conservadora se toma el pueblo de San Francisco, amarra a un vecino, lo pasea todo el d&iacute;a sin dejarlo probar alimento y por la noche lo fusila.<sup>44</sup> L&oacute;gica similar fue la de fusilar prisioneros para garantizar la disciplina de la tropa o para intimidar a posibles traidores, como el ahorcamiento ordenado por Avelino Rosas, a comienzos de 1900, de un miembro de su tropa que hac&iacute;a parte del &quot;piquete de exploraci&oacute;n&quot; y quien fue sorprendido con comunicaciones entre el Alcalde de Medina y las autoridades de Ubal&aacute; y Gachal&aacute;. El episodio es significativo en tanto que el general viol&oacute; las normas del &quot;derecho de gentes&quot; y el c&oacute;digo militar de 1881, pero justific&oacute; su proceder acogi&eacute;ndose al &quot;derecho internacional&quot; que lo autorizaba a emplear la pena capital contra los traidores &quot;reuniendo un consejo verbal de tres oficiales&quot;.<sup>45</sup></p>      <p>La mutilaci&oacute;n de prisioneros no fue una pr&aacute;ctica tan difundida como las anteriores, pero de ellas se detectan algunas expresiones particularmente en los departamentos de Santander y Tolima, dos regiones del pa&iacute;s en las que las guerras civiles siempre tuvieron particular intensidad. En 1860, el m&eacute;dico Juan B. Lozano, &quot;cirujano mayor del ej&eacute;rcito de la confederaci&oacute;n&quot;, denunci&oacute; mutilaciones de presos en la regi&oacute;n de Santander, lo cual provoc&oacute; esc&aacute;ndalo e indignaci&oacute;n y varias cartas p&uacute;blicas de protesta de miembros del partido liberal frente a lo que llamaron una calumnia producto de la mala informaci&oacute;n o el esp&iacute;ritu de partido. Se&ntilde;alaba el m&eacute;dico en una carta publicada por el peri&oacute;dico <i>El Catolicismo </i>, que cinco soldados hab&iacute;an sido asesinados en San Gil, estando prisioneros, que otros m&aacute;s hab&iacute;an sido encerrados en una casa a la que se hab&iacute;a prendido fuego y que algunos presos conservadores tomados en el combate del Alto del Oratorio, presentaban las manos destrozadas en tan grado extremo que &eacute;stos le hab&iacute;an exigido urgentemente que les amputase los miembros despedazados. A&ntilde;ad&iacute;a que al interrogarlos sobre la forma como hab&iacute;an sido causadas tales heridas, todos contestaron que hab&iacute;an sido &quot;peinados&quot; despu&eacute;s de estar rendidos o prisioneros. El nombre del procedimiento proven&iacute;a del arma corto punzante denominada &quot;peinilla&quot; o machete y que en la guerra hac&iacute;a referencia preferentemente al corte de la cabeza. Pese a las protestas, la indignaci&oacute;n y el pavor que produjo la denuncia, el m&eacute;dico continu&oacute; sosteni&eacute;ndose p&uacute;blicamente en sus acusaciones. Posteriormente, el mencionado peri&oacute;dico afirm&oacute; que un oficial estaba dispuesto a corroborar lo afirmado por el m&eacute;dico y public&oacute; la declaraci&oacute;n de un sobreviviente de los soldados asesinados en San Gil, confirmando lo expuesto por el galeno. <sup>46</sup></p>      <p>Rastros de mutilaciones en manos y brazos se hallan tambi&eacute;n en la guerra de 1885, en el ataque a un cuartel militar en C&uacute;cuta por parte de los conservadores. Tras tomar el cuartel con barriles de p&oacute;lvora, cuenta el general liberal Foci&oacute;n Soto que &quot;la conducta de los vencedores fue horrible pues al rendirse la casa... hab&iacute;a dentro de ella un muerto y dos o tres heridos, pero no hubo piedad ni compasi&oacute;n para los rendidos, de los cuales murieron m&aacute;s de treinta asesinados vilmente, y otros muchos quedaron heridos. Cad&aacute;veres hubo cuyos brazos se hab&iacute;an vuelto picadillo a fuerza de machetazos&quot;.<sup>47</sup></p>      <p>La mutilaci&oacute;n de prisioneros, incluso de aquellos no tomados en combate, se present&oacute; tambi&eacute;n en la Guerra de los Mil D&iacute;as en la zona del Tolima, donde la confrontaci&oacute;n adquiri&oacute; preocupantes niveles de atrocidad. En Pe&ntilde;aranda, jurisdicci&oacute;n de Ibagu&eacute;, fue asesinado Samuel Cleves, hijo del general liberal Indalecio Cleves. El joven fue apresado en su casa por una &quot;comisi&oacute;n del Gobierno&quot;, luego fue amarrado, siendo objeto de varias mutilaciones (nariz, labio superior y orejas) y posteriormente, muerto a tiros. En los llanos del Combeima, en ese mismo departamento y durante la citada guerra, a un se&ntilde;or de apellido &Aacute;lvarez, los conservadores le cortaron las plantas de los pies &quot;para hacerlo caminar descalzo&quot; y luego lo ultimaron. En Amaine, al general Ch&aacute;vez, los conservadores le ataron las manos clav&aacute;ndole una bayoneta, luego lo pasearon por las calles propin&aacute;ndole m&aacute;s de 800 planazos, enseguida le sacaron los ojos con una bayoneta y finalmente lo fusilaron.<sup>48,49</sup> A estas expresiones de barbarie se le suma la pr&aacute;ctica del peinado o decapitaci&oacute;n de prisioneros, ejecutada por tropas conservadoras en esta misma guerra. En un dram&aacute;tico testimonio, El&iacute;as Calder&oacute;n se&ntilde;ala que 25 prisioneros liberales fueron llevados de Ibagu&eacute; a las orillas del r&iacute;o Magdalena, los decapitaron y luego los arrojaron a sus aguas.<sup>50</sup></p>      <p>La extracci&oacute;n de ojos no fue en manera alguna una pr&aacute;ctica caracter&iacute;stica de la &uacute;ltima guerra civil; en la de 1860, se denunciaba que una cuadrilla conservadora compuesta por unos cincuenta hombres hab&iacute;a penetrado al Cocuy, Boyac&aacute;, asesinado a unas treinta personas, entre ellas a ni&ntilde;os de seis y nueve a&ntilde;os, que hab&iacute;an matado a lanzadas a un hermano del general liberal Santos Guti&eacute;rrez, pese a que aquel era ajeno a la pol&iacute;tica, y que a Braulio Manosalva despu&eacute;s de haberle dado muerte le hab&iacute;an sacado los ojos y cortado la lengua<sup>51</sup>. Otra huella del mismo procedimiento se advierte en la guerra de 1876-1877, cuando la guerrilla conservadora que operaba en Subachoque tom&oacute; preso a un posta que ven&iacute;a del Norte del pa&iacute;s, lo ahorc&oacute; y luego le sac&oacute; los ojos <sup>52</sup>. </p>      <p>La exhibici&oacute;n y burla sobre los cad&aacute;veres o sus partes, o sobre los objetos de los prisioneros o de los muertos, fue otra de las expresiones violentas de las guerras civiles. En la guerra de 1860-62, luego de un combate en Chita, los conservadores asesinaron a un prisionero s&uacute;bdito brit&aacute;nico y le cortaron una oreja para llevarla como trofeo a su jefe <sup>53</sup>. En la guerra de 1876, luego de la batalla de Donjuana se vieron cad&aacute;veres de conservadores a los que se les hab&iacute;a puesto cabos de cigarro, pedazos de panela y trozos de ca&ntilde;a de az&uacute;car de modo que &quot;despu&eacute;s de muertos se les hac&iacute;a aparecer de modo grotesco&quot;<sup>54</sup>. En la Guerra de los Mil D&iacute;as, el cad&aacute;ver del famoso general liberal Avelino Rosa, asesinado por sus guardianes en un campamento conservador, fue amarrado a una viga de madera y expuesto en la plaza de Ipiales a las burlas de la tropa. En esa misma guerra, al cad&aacute;ver del coronel liberal Enrique Lozano, que hab&iacute;a sido asesinado en Iconozo luego de caer prisionero, se le arrancaron el bigote y la barba para ser expuestos.<sup>55, 56</sup> Igualmente, en 1900 fue exhibida por las calles de Ibagu&eacute;, ensartada en un asta, la cabeza de Joaqu&iacute;n Rojas, quien hab&iacute;a dado muerte al general conservador Lucas Gallo, dispar&aacute;ndole cuando pas&oacute; con un pelot&oacute;n militar por su sementera; la cabeza de Rojas la trajeron desde Armenia donde fue decapitado.<sup>57</sup> Otra cabeza que fue expuesta como trofeo fue la del general Arist&oacute;bulo Ib&aacute;&ntilde;ez, quien fue cazado y decapitado, luego del tratado de paz de Neerlandia, y su cabeza fue expuesta por pueblos y chicher&iacute;as de Boyac&aacute; <sup>58</sup>. En esta misma guerra, se cuenta que en Gramalote luego de ser ocupada por los liberales se exhibieron cad&aacute;veres conservadores en calles puertas y ventanas <sup>59</sup>. </p>      <p>Pero no s&oacute;lo fueron exhibidos miembros o cad&aacute;veres sino tambi&eacute;n objetos distintivos de los enemigos presos o muertos tomados en combate. De la guerra de 1876, en la que hubo particulares motivaciones religiosas, se hizo corriente que los oficiales liberales ostentaran en las orejas de sus cabalgaduras o en las puntas de sus lanzas rosarios y escapularios <sup>60</sup>. Similares conductas se advierten en la Guerra de los Mil D&iacute;as, sin que en ella hayan sido manifiestas las connotaciones religiosas, como la que se relata del guerrillero Var&oacute;n a quien se le atribuye haber colocado un escapulario a su mula diciendo con iron&iacute;a &quot;que eso la preservar&iacute;a de las balas&quot;. De lo que pudiera haber detr&aacute;s de tales conductas en relaci&oacute;n con el clero o las ideas religiosas, es tambi&eacute;n indicativo que luego de un combate con la misma cuadrilla de Var&oacute;n y quedando heridos tres oficiales de sus filas, ninguno de los tres quiso confesarse y &quot;uno de ellos muri&oacute; impenitente&quot; <sup>61</sup>. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La vida del preso pol&iacute;tico pod&iacute;a correr peligro hasta en los hospitales, pues en la guerra de 1860-62 una partida conservadora asalt&oacute; el hospital que se hab&iacute;a establecido en Facatativa, mat&oacute; a 5 enfermos y condujo a otros presos a Bogot&aacute;<sup>62</sup>. En la Guerra de los Mil D&iacute;as, durante la toma de Honda por la guerrilla liberal de Ram&oacute;n Mar&iacute;n y Tulio Var&oacute;n, el 14 de enero de 1901, los heridos que se hallaban hospitalizados fueron macheteados en sus camas<sup>63</sup>. En la &uacute;ltima guerra civil, de la violencia no se salvo ni el lazareto de Agua de Dios que fue tomado por la guerrilla liberal y saqueado, lo que sumado a los enfrentamientos armados de leprosos de ambos partidos, condujo ha empeorar la situaci&oacute;n de los enfermos sometidos al abandono estatal<sup>64</sup>. </p>      <p>Los anteriores episodios contra los presos tomados en combate, especialmente los que ocurrieron luego de la promulgaci&oacute;n del C&oacute;digo militar de 1881, constitu&iacute;an una flagrante violaci&oacute;n al art&iacute;culo 1091, que se&ntilde;alaba: </p>      <p>&quot;El enemigo, cualquiera que sea, puede recibir la muerte, ser mutilado y herido, en tanto que dure el combate; pero desde que es capturado o desarmado, su vida viene a ser inviolable; y si el car&aacute;cter de beligerante puede serle disputado, lo m&aacute;s que puede hacerse con &eacute;l es enviarle a la jurisdicci&oacute;n instituida para conocer de la cuesti&oacute;n y decidir con la regularidad sobre el tratamiento que merece&quot; </p>      <p>El preso pol&iacute;tico que ten&iacute;a la suerte de ser traslado de un campo de batalla a un lugar de encierro, raramente se salvaba del robo de sus pertenencias por los captores<sup>65 </sup><a href="#(12)">(12)</a>. En su traslado al sitio de reclusi&oacute;n deb&iacute;a soportar el hambre y las largas caminatas, amordazado y expuesto a las inclemencias del clima, las burlas de los oponentes pol&iacute;ticos e incluso la tortura. Sobre esto &uacute;ltimo en Boyac&aacute;, durante la guerra de 1860-62, los conservadores practicaron la denominada <i>&quot;cachupina&quot;, </i> que consist&iacute;a en colocarle al detenido un chaleco de cuero mojado bastante ajustado al cuerpo desnudo, y que se iba estrechando e intern&aacute;ndose en las carnes en la medida en que se secaba. Adem&aacute;s se les colocaba un dogal al cuello para obligarlos a trotar detr&aacute;s de los caballos, permaneciendo casi asfixiados y con la lengua afuera<sup>66</sup>. En esa misma guerra, el coronel guerrillero conservador Jos&eacute; Vicente Z&uacute;&ntilde;iga, famoso por sus audaces acciones en Santander y Boyac&aacute;, fue puesto preso por los propios miembros de su partido que lo acusaron de ladr&oacute;n y de bandido, y exhibido a medio vestir, recibiendo pedradas y toda clase de ultrajes por los pueblos de San Gil, Pamplona, C&uacute;cuta, M&aacute;laga, Soat&aacute;, Bel&eacute;n y Onzaga, donde fue asesinado con algunos prisioneros liberales<sup>67</sup>. </p>      <p>Luego de la sangrienta batalla de los Chancos, en agosto de 1876, un ermita&ntilde;o que hab&iacute;a pronosticado la derrota de los liberales y que acompa&ntilde;&oacute; a la tropa conservadora hasta el campo rezando por su triunfo contundente, fue llevado vivo entre una jaula y paseado por varios pueblos vecinos<sup>68 </sup><a href="#(13)">(13)</a>. De esa guerra se cuenta que la entrada de prisioneros a un pueblo, o a&uacute;n a la misma capital del pa&iacute;s, se hac&iacute;a en medio del asedio de una turba que los escup&iacute;a, les tiraba triquitraques encendidos o agua sucia desde los balcones, con gritos como: &quot;abajo los godos, mueran los fan&aacute;ticos, abajo los sacristanes&quot; <sup>69</sup>. Un preso v&iacute;ctima de un recibimiento de este naturaleza en la Guerra de los Mil D&iacute;as, contar&iacute;a que &quot;mujeres y ni&ntilde;os tomaban parte en ese fest&iacute;n con loco entusiasmo, sin que una sola voz de protesta se hubiera levantado en nuestro favor&quot;<sup>70</sup></p>      <p>En 1879, en el conflicto interno que azot&oacute; al estado soberano de Antioquia, la v&iacute;ctima de las burlas fue el sacerdote Jos&eacute; A. Restrepo, quien fue encarcelado por cuatro meses por orden del presidente del estado Tom&aacute;s Rengifo, al parecer por razones pol&iacute;ticas y su acendrado antiliberalismo. Durante este tiempo fue paseado por varios pueblos y c&aacute;rceles, recibiendo insultos y malos tratos, incluso se le oblig&oacute; a uniformarse y a marchar como soldado, junto con otros religiosos, en las tropas oficiales.<sup>71</sup> <a href="#(14)">(14)</a></p>      <p><b>El derecho a la represalia </b></p>      <p>&iquest;C&oacute;mo afectaba el derecho de represalia a los prisioneros? Podr&iacute;a decirse que existieron dos tipos de retaliaciones, la ilegal y la legal, y que ambas afectaron a los prisioneros de guerra. La represalia ilegal fue una pr&aacute;ctica que surgi&oacute; en las primeras guerras, al parecer por los influjos de Weaton y Ruthenfort o de Jorge Federico Von Martens que hab&iacute;an planteado la posibilidad de dar muerte a lo presos ante el inminente ataque de la fuerza enemiga o debido al intento de rescate o a que su insubordinaci&oacute;n pusiera en peligro a la tropa retenedora. En ninguna de esas posibilidades exist&iacute;a de por medio la conducta prohibida que sirviera de fundamento para una actuaci&oacute;n contra la vida de los presos con prop&oacute;sitos de hacer volver al oponente armado a la senda de la guerra permitida. En la guerra de 1840, por ejemplo, el comandante Braulio Henao, considerando que ten&iacute;a muchos presos que custodiar, preven&iacute;a a las guerrillas enemigas que fusilar&iacute;a a los cabecillas de los prisioneros, si llegaba a ser atacado en la marcha que realizar&iacute;a de Salamina a la capital de la provincia. La tropa por su parte pidi&oacute; que se fusilara a los presos pues de todas maneras la ley los terminar&iacute;a castigando m&aacute;s tarde por sus delitos.<sup>72</sup></p>      <p>En la guerra de 1860, ese tipo de represalia, en la que estaba en juego la vida de los presos, sirvi&oacute; para intentar restringir la acci&oacute;n guerrillera como se aprecia en el decreto que dict&oacute; el comandante de la plaza de Bogot&aacute;, previniendo a la guerrillas conservadoras que merodeaban los alrededores de la capital que, en caso de acercase a &eacute;sta, fusilar&iacute;a a Ignacio Guti&eacute;rrez, un prestigioso miembro de ese partido que era prisionero de los liberales<sup>73</sup>. </p>      <p>En otro uso ilegal de la retaliaci&oacute;n, durante la Guerra de los Mil D&iacute;as, el Ministro Ar&iacute;stides Fern&aacute;ndez, amenaz&oacute; en febrero de 1902 a los rebeldes liberales que si en 20 d&iacute;as no liberaban a cuatro coroneles conservadores que hab&iacute;an sido enviados a la c&aacute;rcel de Pore, lugar a su juicio inadecuado y en donde los esperaba un &quot;sacrificio fatal&quot;, ser&iacute;an pasados por las armas cuatro presos pol&iacute;ticos detenidos en el pan&oacute;ptico. Igualmente se advert&iacute;a que por la vida de los cuatro ciudadanos conservadores y dem&aacute;s presos del Ejercito Nacional que estaban en poder de los rebeldes, deb&iacute;an responder con su vida los principales prisioneros de guerra en poder del gobierno. Con sobrada raz&oacute;n ante esta irregularidad, tanto liberales como conservadores, levantar&iacute;an su voz de protesta planteando entre otras razones que para que existiera la ley del Tali&oacute;n deb&iacute;a existir por lo menos una equivalencia, es decir que el gobierno hubiera podido argumentar: &quot;por tantos prisioneros que el enemigo ha hecho morir, yo matar&eacute; igual n&uacute;mero de los que tengo en mi poder&quot;.<sup>74</sup></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La represalia legal o la que realmente ameritaba ese nombre, fue la que buscaba corregir una conducta prohibida, aplicando otra conducta igualmente prohibida y proporcionada a la infracci&oacute;n. La represalia deb&iacute;a de ajustarse a ciertos requisitos como la denuncia al enemigo de la infracci&oacute;n, el levantamiento de comprobantes, la exigencia de correctivos para evitar la repetici&oacute;n del insuceso, la comunicaci&oacute;n de la medida, etc. La represalia legal pod&iacute;a tener dos sentidos: el general, que llamaba la atenci&oacute;n sobre las normas de la buena guerra, advirtiendo sobre las consecuencias de su quebrantamiento, y el espec&iacute;fico, que reclamaba por hechos concretos y se&ntilde;alaba consecuencias puntuales. En la guerra 1860-62, el general liberal Santos Acosta, ante la creciente inhumanidad de la guerra en el norte de Boyac&aacute;, departamento del que era &quot;presidente provisorio&quot; por ser parte de las fuerzas revolucionarias, dictar&iacute;a el 30 de marzo de 1861 un decreto de tres art&iacute;culos previniendo al enemigo y se&ntilde;alando las consecuencias de las pr&aacute;cticas atroces contra civiles y prisioneros: </p>      <p><i>&quot;1. Que las personas y propiedades del enemigo ser&aacute;n favorecidas con las garant&iacute;as constitucionales y se observar&aacute; con ellas las reglas establecidas en el derecho de gentes, tal como se pr&aacute;ctica entre pueblos civilizados y en consonancia con los grandes dogmas de la justicia y caridad. </i></p>      <p><i>2. Que de esta conducta solo se saldr&aacute; por las demas&iacute;as ejecutadas por el enemigo, plante&aacute;ndose en caso necesario los sistemas de tali&oacute;n y represalias, seg&uacute;n el mismo derecho de gentes. </i></p>      <p><i>3. Que los prisioneros que se tienen y los que se hagan en lo sucesivo ser&aacute;n tratados de la manera como el enemigo trate a los federalistas&quot;<sup>75</sup>. </i></p>      <p>Diferente a la anterior, estaba la amenaza del guerrero, concreta, cortoplacista, un tanto ret&oacute;rica y agresiva. Ilustrativo de ello es la que lanza durante la Guerra de los Mil D&iacute;as, el general liberal Avelino Rosas, al general Conservador Mariano Ospina Chaparro. Rosas, despertaba bastante curiosidad, particularmente dentro de las filas conservadoras debido a su prestigio y radicalidad, y a que hab&iacute;a combatido recientemente al lado de los patriotas cubanos; de ese pa&iacute;s hab&iacute;a tra&iacute;do el llamado c&oacute;digo de Maceo para ser aplicado por tropas irregulares y de este mismo patriota, seg&uacute;n las descripciones de la &eacute;poca, portaba su anteojo de campa&ntilde;a con iniciales de plata en la funda. Rosas reivindicaba la organizaci&oacute;n federal y tratar&iacute;a de captar adeptos en el territorio en que hab&iacute;a sido asignado dictando desde su llegada un decreto que elevaba a la categor&iacute;a de Estado Federal a Casanare y San Mart&iacute;n<sup>76</sup>. Su comunicaci&oacute;n a Ospina dec&iacute;a: </p>      <p><i>&quot;N&uacute;mero 60- Estados Unidos de Colombia-Territorio Nacional de San Mart&iacute;n- Comando General del Ej&eacute;rcito Restaurador de la Rep&uacute;blica- Cuartel general en Presentado, Febrero 6 de 1900. </i></p>      <p><i>&quot;Dirijo a usted la presente comunicaci&oacute;n para poner en su conocimiento la resoluci&oacute;n que he tomado en vista de los actos crueles y cobardes ejecutados por usted y la fuerza de la dictadura que comanda. Prescindiendo de los vej&aacute;menes inferidos a las familias en el territorio que usted ocupa, entro a detenerme en el encuentro de armas de la Boca de Monte de Cumaral, en que 250 hombres de sus tropas atacaron a 82 de mi ej&eacute;rcito que ocupaban dicho punto. </i></p>      <p><i>All&iacute; usted en persona y con su espada, ultim&oacute; uno de mis soldados, y despu&eacute;s hizo flagelar infamemente al capit&aacute;n Monta&ntilde;ez, por dos veces. Bien: a mi turno y en represalia, hice ahorcar ayer a un traidor y esp&iacute;a que estuvo al servicio de usted y que visible permanece en el Alto del Presentado, y esta tarde har&eacute; lo mismo con otro individuo que tiene igual car&aacute;cter, el cu&aacute;l podr&aacute; usted ver, si el tiempo lo permite en la Boca del Monte de Cumaral . En mi poder existen bastantes presos de significaci&oacute;n como Leonidas Norzagaray, Carlos Garc&iacute;a Herrero, Juan Francisco P&eacute;rez, Juan Buitrago, Nacianceno Vicira B, y a usted le hago la siguiente perentoria notificaci&oacute;n: </i></p>      <p><i>Si continuare observando la misma conducta sanguinaria que ha implantado hasta ahora, declarar&eacute; la guerra a muerte y sin consideraci&oacute;n de ninguna especie, har&eacute; ahorcar a todos los prisioneros que tengo en este campamento y tambi&eacute;n a los que existen en Passe Moreno, Orocu&eacute; y Cabuyaro, entre los cuales est&aacute;n los individuos que he nombrado antes. Mas si usted pusiere freno a sus pasiones, no tomar&eacute; por mi parte medidas severas, pues la espada que llev&oacute; al cinto y que &uacute;ltimamente contribuy&oacute; a enterrar la soberbia espa&ntilde;ola en Cuba, es espada de honor que se ha enfrentado a ej&eacute;rcitos y caudillos de mayor magnitud. Teniendo bajo mis &oacute;rdenes a un ej&eacute;rcito respetable y aguerrido, con el cual puedo batir a usted y a sus fuerzas en cualquier campo que se me presente, intimo, para evitar derramamiento de sangre, rendici&oacute;n incondicional dando a usted y a los suyos toda clase de garant&iacute;as. Patria y Libertad.. </i></p>      <p>&#149;&nbsp; <i>Rosas V. </i></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><i>(A.D.) Tengo tambi&eacute;n en el campamento al coronel Peraf&aacute;n y ocupar&aacute; el primer turno en la lista de los ahorcados, si usted no var&iacute;a de proceder&quot;<sup>77</sup>. </i></p>      <p>La represalia pod&iacute;a cumplir sus fines us&aacute;ndola en el momento adecuado, pero era in&uacute;til y m&aacute;s bien contraproducente en un contexto de guerra degradada. Una espiral de retaliaciones y pr&aacute;cticas b&aacute;rbaras es lo que se percibe en la guerra de 1860 en el sur del pa&iacute;s, entre los ej&eacute;rcitos comandados por Julio Arboleda y Tom&aacute;s Cipriano de Mosquera. Las represalias se iniciaron -seg&uacute;n Arboleda- cuando el jefe rebelde Jos&eacute; Mar&iacute;a S&aacute;nchez, bajo el mando de Mosquera, ejecut&oacute; a sus presos y los dej&oacute; para escarnio p&uacute;blico amarrados a los &aacute;rboles a la salida de una poblaci&oacute;n y antes que llegara el enemigo. Ante esta acci&oacute;n y otras atrocidades (el incendio del pueblo de V&iacute;vora, el abandono de 25 cad&aacute;veres insepultos en Inz&aacute;, el asesinato de 4 personas en Pitayo, la ejecuci&oacute;n de militares heridos y tomados como prisioneros, etc., etc.), el general gobiernista Jacinto C&oacute;rdoba dict&oacute; un decreto de represalias el 28 de octubre de 1861, ordenando el fusilamiento de 20 prisioneros que en su concepto estaban &quot;manchados con cr&iacute;menes atroces&quot;. El decreto del 28 de octubre de 1861 no par&oacute; la atrocidad, debido a que a esas ejecuciones siguieron otras de represalia, sumiendo en p&aacute;nico a los prisioneros de uno y otro bando, pues el mencionado decreto se&ntilde;alaba en su art&iacute;culo 4: </p>      <p><i>&quot;Por cada prisionero y otro individuo inocente, a quien en lo sucesivo matare o hiciese matar el tirano Mosquera, de un modo franco y p&uacute;blico, se pasar&aacute; por las armas uno de los suyos. Por cada individuo que hiciese asesinar de un modo alevoso y oculto, morir&aacute;n dos o m&aacute;s de los suyos; por cada mujer inocente que alguien mate o haga matar el tirano Mosquera, morir&aacute;n tres de sus partidarios; por cada infante que sus b&aacute;rbaros deg&uuml;ellen, morir&aacute;n cuatro de los suyos; y por cada poblaci&oacute;n que &eacute;l y sus tenientes incendien, se pasar&aacute;n por nosotros diez o m&aacute;s de sus copartidarios por las armas&quot; </i><sup>78</sup></p>      <p>El di&aacute;logo de sangre que sostuvieron las tropas de Arboleda y Mosquera, termin&oacute; a la postre con la muerte del primero, el 13 de noviembre de 1862, a manos de un asesino solitario que le disparo desde los matorrales en la monta&ntilde;a de Berruecos. Posteriormente se estableci&oacute; que el asesino, Rafael L&oacute;pez, hab&iacute;a cobrado venganza y que justific&oacute; su acci&oacute;n se&ntilde;alado que Arboleda hab&iacute;a mandado fusilar en T&uacute;querres a su padre, que su tropa le hab&iacute;a quemado su casa y que su madre hab&iacute;a muerto de pesar por la muerte de su esposo. <sup>79</sup></p>      <p>En no pocas ocasiones las represalias desproporcionadas e ilegales condujeron a la degradaci&oacute;n del conflicto y a que se hablara de la existencia de la &quot;guerra a muerte&quot;, concepto que se asociaba a Sim&oacute;n Bolivar y la lucha independentista, y que indicaba la total ausencia de normas humanitarias. Un decreto de guerra a muerte como el que expidi&oacute; Secundino S&aacute;nchez, el jefe de la c&eacute;lebre guerrilla conservadora de Guasca, muestra no solo unas similitudes con instrumentos jur&iacute;dicos usados por los espa&ntilde;oles contra los patriotas (pena capital, confiscaciones, tribunal de purificaci&oacute;n), sino que plantea el conflicto como una lucha religiosa o una guerra santa, en la que estaba permitido castigar incluso a los familiares de los enemigos pol&iacute;ticos, lanzando por la borda las nuevas nociones del derecho y la responsabilidad individual. El jefe de la guerrilla, a quien se le criticaba por ser b&iacute;gamo y no haber tenido m&aacute;s notoriedad que la de una &quot;escriban&iacute;a de juzgado&quot;, se autodenominaba en su decreto como general de la confederaci&oacute;n, defensor de la religi&oacute;n y la legitimidad: </p>      <p align="center"><i>&quot;Decreto </i></p>      <p><i>Art&iacute;culo 1. Decl&aacute;rase la guerra a muerte contra todos los rebeldes que hacen la guerra a la Religi&oacute;n y al Gobierno de la Confederaci&oacute;n ; ora sea con las armas en la mano; ora sea desempe&ntilde;ando destinos, cargos o comisiones de cualquier naturaleza, clase o condici&oacute;n que fueren o hayan sido, ora aconsejando o auxiliando a los rebeldes, directa o indirectamente, y de cualquier manera que lo verifiquen o hayan verificado; ora sea no uni&eacute;ndose y cooperando notoria y eficazmente con las huestes restauradoras, al triunfo completo de la Religi&oacute;n cat&oacute;lica y del gobierno leg&iacute;timo, cuyas riendas est&aacute;n hoy depositadas en mis d&eacute;biles manos. </i></p>      <p><i>Art&iacute;culo 2. En consecuencia, todos los individuos varones mayores de doce a&ntilde;os, que estando comprendidos en uno o m&aacute;s de los incisos del art&iacute;culo 1 de este decreto, fueren aprehendidos, sufrir&aacute;n irremisiblemente la pena de muerte, previo un juicio verbal, breve y sumario ante la autoridad o jefe respectivo y con los auxilios de la Religi&oacute;n. </i></p>      <p><i>Art&iacute;culo 3. Los bienes de los rebeldes, a&uacute;n despu&eacute;s de ejecutados, ser&aacute;n confiscados en su totalidad y aplicados a los gastos de la guerra, para aliviar las necesidades de los padres, viudas y hu&eacute;rfanos de los que ya han rendido sus vidas defendiendo la Religi&oacute;n Santa de Jesucristo, y la causa del Gobierno leg&iacute;timo, para recompensar a los que, por la misma santa causa, han quedado mutilados o inh&aacute;biles para proporcionarse la subsistencia. </i></p>      <p><i>Art&iacute;culo 4 <b>. </b>Las familias de los rebeldes (mujeres y ni&ntilde;os) ser&aacute;n recluidos en un establecimiento de castigo o deportadas por tiempo limitado o indefinido a juicio del Tribunal de &quot;Purificaci&oacute;n&quot;, que se establecer&aacute; en la capital de la confederaci&oacute;n y en las capitales de los Estados. </i></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><i>Par&aacute;grafo. Quedan exceptuadas las mujeres que sean convencidas del crimen de espionaje, las cuales ser&aacute;n sentenciadas a la pena de muerte y ejecutadas acto continuo, si son aprehendidas infraganti delito, o mediante declaraci&oacute;n de un testigo de cr&eacute;dito y probidad. </i></p>      <p><i>Art&iacute;culo 5. Comun&iacute;quese ese decreto a los generales en jefe de los Ej&eacute;rcitos de la Confederaci&oacute;n , a los Jefes Militares, a los encargados del mando de partidas que obran aisladamente de mi Cuartel general a los Intendentes de Hacienda, a los Gobernadores, Perfectos y dem&aacute;s autoridades civiles y judiciales, y a las que por el presente decreto se establecen, para su observancia y posterior cumplimiento, con prevenci&oacute;n de hacer ejecutar las penas, en el modo y t&eacute;rminos que en &eacute;l se contienen, bajo la mas grave y estricta responsabilidad. </i></p>      <p><i>Dado en mi cuartel general de F&oacute;meque, a veintinueve de marzo de mil ochocientos sesenta y dos&quot;</i><sup>80</sup></p>      <p><b>El canje de prisioneros </b></p>      <p>En la Colombia decimon&oacute;nica, el canje de prisioneros surgi&oacute; como pr&aacute;ctica humanitaria en la guerra de independencia, sin embargo el episodio m&aacute;s famoso, por el debate que gener&oacute; en su &eacute;poca y posteriormente entre historiadores bolivarianos y santanderistas, fue el frustrado intento de canje que propuso Sim&oacute;n Bol&iacute;var al Virrey Juan S&aacute;mano, el 9 de septiembre de 1819, unos d&iacute;as despu&eacute;s de la batalla de Boyac&aacute;. En el texto Bol&iacute;var se aparta de usar el derecho a la represalia o ley del tali&oacute;n ofreciendo el canje y un procedimiento muy preciso: </p>      <p>&quot;El derecho de guerra nos autoriza para tomar justas represalias: nos autoriza para destruir a los destructores de nuestros prisioneros, y de nuestros pac&iacute;ficos conciudadanos; pero yo, lejos de competir en maleficencia con nuestros enemigos, quiero colmarlos de generosidad por la cent&eacute;sima vez. Propongo un canje de prisioneros para liberar al general Barreiro, y a toda su oficialidad y soldados. Este canje se har&aacute; conforme a las reglas de la guerra entre las naciones civilizadas: individuo por individuo, grado por grado, empleo por empleo. La Angostura del Magdalena ser&aacute; el lugar se&ntilde;alado para efectuar este acto de humanidad y de justicia&quot; <sup>81</sup>. </p>      <p>La propuesta de Bol&iacute;var que buscaba ponerle fin a la &quot;guerra a muerte&quot; que se libraba entre patriotas y espa&ntilde;oles, fue frustrada por la decisi&oacute;n del General Francisco de Paula Santander de fusilarlos pese a la promesa inicial hecha al mismo Bol&iacute;var de respetar sus vidas y esperar la respuesta de S&aacute;mano. Santander coloc&oacute; entre los motivos para optar por el fusilamiento de los 38 prisioneros, incluido el general realista Jos&eacute; Mar&iacute;a Barreiro, el argumento de que no exist&iacute;a un lugar &quot;aislado y seguro&quot; para mantener a los prisioneros y que en la capital de la naciente rep&uacute;blica exist&iacute;a una situaci&oacute;n de alarma y muchos temores por una nueva reacci&oacute;n realista. La ley de guerra que aplic&oacute; en esa oportunidad fue finalmente la del derecho a la represalia, pues en el &aacute;nimo de Santander pes&oacute; mucho que estuvieran vivas las heridas por los fusilamientos en los a&ntilde;os anteriores de varios pr&oacute;ceres de la independencia. Santander explicaba: </p>      <p><i>&quot;Fusilar 38 prisioneros tomados en una guerra regular, y cual se usa en los pueblos cultos, hubiera sido un suceso no inaudito pero s&iacute; escandaloso. M&aacute;s fusilarlos en una guerra irregular en donde los enemigos no observan derecho alguno, en que violan hasta las consideraciones debidas a la humanidad, en que no nos tratan como a hombres sino como a bestias, es un acto de justicia y aun de necesidad. Si ellos nos deg&uuml;ellan cuando caemos en sus garras, &iquest;por qu&eacute; no los podremos degollar nosotros si caen en nuestras manos?&quot; </i><sup>82</sup>.</p>      <p>Concluyendo la guerra de independencia, Bol&iacute;var y Pablo Morillo suscribir&iacute;an en 1820 un tratado de humanizaci&oacute;n de la guerra que contempl&oacute; entre otros puntos la posibilidad de realizar canjes de prisioneros. Posteriormente, en los conflictos internos de nuestra vida republicana, la tendencia predominante fue hacia el desconocimiento del &quot;derecho de gentes&quot;, como lo recuerda Salvador Camacho Rold&aacute;n, quien a prop&oacute;sito de la guerra de 1840 –una de las m&aacute;s sangrientas de nuestra historia- recuerda la destituci&oacute;n y sentencia a tres a&ntilde;os de prisi&oacute;n del magistrado Jos&eacute; Mar&iacute;a Latorre Uribe, quien en una causa que segu&iacute;a contra varios prisioneros de esa guerra determin&oacute; que &eacute;stos s&oacute;lo pod&iacute;an ser privados de la libertad por el tiempo que durara el conflicto y que no eran acreedores a la pena de muerte. <sup>83</sup></p>      <p>Esa mixtura se refleja en la guerra nacional de 1876-1877, una contienda que se produjo en el intermedio entre la introducci&oacute;n constitucional del &quot;derecho de gentes&quot; en 1863 y la promulgaci&oacute;n del c&oacute;digo militar de 1881, que formaliz&oacute; diversas situaciones de la guerra en desarrollo en esta noci&oacute;n. De la guerra de 1876, aunque los conservadores denunciaron diversos atropellos de la tropas liberales que defend&iacute;an la legitimidad (el saqueo a Cali, fusilamientos, incendios en Boyac&aacute;, etc.) se registra igualmente adelantos en materia de &quot;derecho de gentes&quot;, como los canjes de prisioneros y la ley que orden&oacute; la indemnizaci&oacute;n a quienes hab&iacute;an sido despojados de sus bienes con ocasi&oacute;n del conflicto. <sup>84</sup></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En la contienda de 1876-1877, en la que los conservadores se levantaron contra los liberales, se present&oacute; un interesante proceso de negociaci&oacute;n en medio de la guerra, que involucr&oacute; el uso de la tregua y el canje. Ese proceso fue liderado del lado gobiernista por el general Santos Acosta, director de ej&eacute;rcito del occidente; y del lado insurgente, por el doctor Marceliano V&eacute;lez, jefe de los ej&eacute;rcitos de Antioquia y Tolima. Entre ellos se acord&oacute; inicialmente un cese al fuego por tres d&iacute;as para recoger los heridos y los muertos de la batalla de la Garrapata. Luego de la visita de V&eacute;lez al campamento de Acosta, se firm&oacute; otra tregua el 26 de noviembre, para discutir durante diecis&eacute;is d&iacute;as un tratado definitivo de paz. Esa tregua permiti&oacute; el traslado, a lugares determinados previamente, de los campamentos de ambos contendientes, el establecimiento de una l&iacute;nea divisoria entre los mismos, la prohibici&oacute;n para cada uno de ayudar a sus parciales en otros lugares y la fijaci&oacute;n durante el armisticio de una zona neutral que comprend&iacute;a la poblaci&oacute;n de Santa Ana y el camino que de esa poblaci&oacute;n conduc&iacute;a a Manizales. Los dos ej&eacute;rcitos canjearon los presos que hab&iacute;a arrojado tal batalla, e incluso hubo el intento de otro canje entre presos de Bogot&aacute; y los que estaban en poder de los conservadores. Ese &uacute;ltimo canje cont&oacute; con la aprobaci&oacute;n del gobierno de la capital que liber&oacute; a seis prisioneros conservadores por otros liberales, pero en el camino de regreso a sus campamentos los conservadores fueron otra vez detenidos y reducidos a prisi&oacute;n. El asunto fue denunciado por los miembros de ese partido como una falta contra el honor, &quot;una mancha a la reputaci&oacute;n&quot; y un acto indigno de &quot;hombres civilizados&quot;.<sup>85 - 87</sup></p>      <p>En la Guerra de los Mil D&iacute;as, se presentaron varios canjes al iniciar el conflicto y luego de la batalla de Peralonso, la &uacute;nica significativa que pudo ganar el liberalismo; incluso uno de dichos convenios de canje, el celebrado en Pamplona, fue iniciativa del general Casabianca, miembro del ej&eacute;rcito constitucional y cont&oacute; con la participaci&oacute;n como garante del obispo de esa di&oacute;cesis<sup>88</sup> Estas demostraciones humanitarias desaparecieron con las derrotas militares del liberalismo y la multiplicaci&oacute;n de grupos guerrilleros. En ese nuevo contexto, se volvi&oacute; a recordar que el canje de prisioneros s&oacute;lo pod&iacute;a proceder cuando los levantados en armas tuvieran el reconocimiento de beligerancia. La discusi&oacute;n suscitada condujo a dos posiciones: los que se apegaron a la letra del c&oacute;digo militar de 1881, para negar la posibilidad del canje, en los casos en que no existiera el reconocimiento de beligerancia; y los que hicieron canjes tratando de humanizar el conflicto, sin que se hubiera declarado la calidad de beligerante a las fuerzas rebeldes. </p>      <p>En el primer grupo estuvo el presidente Manuel Mar&iacute;a Sanclemente, un antiguo magistrado de la Corte Suprema de Justicia que, como presidente de la rep&uacute;blica, se distingui&oacute; por su generosidad para conceder indultos a asesinos comunes usando de esa prerrogativa en tiempos de la vigencia de la pena capital, pero neg&oacute; una propuesta de canje de prisioneros planteada por Rafael Uribe Uribe, contribuyendo a limitar de esta manera los esfuerzos de algunos de los contendientes para humanizar la Guerra de los Mil D&iacute;as, otra de las mas sangrientas de toda la historia guerrera de Colombia. Sanclemente no aprob&oacute; el canje de prisioneros a comienzos de 1900, porque negaba la existencia de una guerra civil en el pa&iacute;s, pues consideraba que el grupo de insurrectos carec&iacute;a de motivos para haber &quot;apelado a las v&iacute;as de hecho para adue&ntilde;arse del poder&quot;. Por ello, sosten&iacute;a que tales insurrectos carec&iacute;an de &quot;derecho para mantener en prisi&oacute;n a individuos aprehendidos por la fuerza a tiempo que cumpl&iacute;an con el sagrado deber de defender la Legitimidad y las instituciones patrias, mientras que los cogidos con las armas en la mano por el Ej&eacute;rcito Nacional, son rebeldes dignos de castigo de conformidad con lo dispuesto por el c&oacute;digo penal&quot;<sup>89</sup>. </p>      <p>La segunda posici&oacute;n, fue la de los que practicaron el canje sin tener en cuenta la calidad de beligerante del insurgente, lo cual puede apreciarse en la misma guerra civil de los Mil D&iacute;as, -en los casos que m&aacute;s adelante presentamos-. Tal cosa se hizo posible una vez se produjo el golpe de estado contra Sanclemente que llev&oacute; al poder al vicepresidente Jos&eacute; Manuel Marroqu&iacute;n, quien tampoco reconoci&oacute; la calidad de beligerancia a los rebeldes, pero en cambio otorg&oacute; mas autonom&iacute;a a los generales que defend&iacute;an el orden conservador. </p>      <p>En la Guerra de los Mil D&iacute;as, en la que fueron notorios los actos de barbarie contra prisioneros y no combatientes, se manifestaron importantes esfuerzos por regular la guerra y ajustarla a los preceptos del &quot;derecho de gentes&quot;. Una de esas expresiones fue el canje de prisioneros del 27 de diciembre de 1901, propuesto por el general Benjam&iacute;n Herrera, uno de los m&aacute;s destacados jefes de las tropas revolucionarias, en su calidad de &quot;director de la guerra en el Cauca y en Panam&aacute;&quot;, al entonces general conservador Carlos Alb&aacute;n, que en ese momento ostentaba el cargo de &quot;Jefe civil y militar de Panam&aacute; y comandante general de las fuerzas mar&iacute;timas del gobierno en el Atl&aacute;ntico y en el Pac&iacute;fico&quot;. El canje, que se plante&oacute; para dar ejemplo y refrenar la barbarie que se estaba apoderando de los campos de batalla, se realiz&oacute; con prisioneros de guerra tomados en Tumaco y Barbacoas, y se llev&oacute; a cabo el 17 de enero de 1902, un poco antes de la medianoche, frente a las costas de Panam&aacute;. Los sesenta prisioneros oficiales de diversas graduaciones, de bando y bando, fueron despedidos con refrigerios y arengas por sus respectivos comandantes. En una de esas arengas, Carlos Alb&aacute;n, los invit&oacute; a llevar a sus campamentos &quot;ideas pac&iacute;ficas, conciliadoras, en nombre de nuestras madres y en beneficio de la patria&quot;. Posteriormente, fueron trasladados en dos peque&ntilde;os barcos que se hicieron se&ntilde;ales para reconocerse; el intercambio se realiz&oacute; en botes de diez en diez y, una vez terminada la operaci&oacute;n, las sirenas de ambos barcos intercambiaron se&ntilde;ales de despedida.<sup>90</sup></p>      <p>El &uacute;ltimo canje de todas las guerras civiles del siglo XIX, no se realiz&oacute; debido a que la Guerra de los Mil D&iacute;as termin&oacute; mientras &eacute;ste se gestionaba. Dicho canje fue pactado luego del segundo triunfo de los revolucionarios en Aguadulce, en nuestro antiguo departamento de Panam&aacute;, el 27 de agosto de 1902. La llamada capitulaci&oacute;n de Aguadulce, en la que se anunciaba el canje de prisioneros, es una de la capitulaciones regionales mas impactantes debido a su lenguaje caballeroso y al respeto y consideraci&oacute;n con que se trata a los vencidos, en este caso miembros de las fuerzas gubernamentales. En la capitulaci&oacute;n, la tropa vencida fue exonerada del acostumbrado acto de rendici&oacute;n, como demostraci&oacute;n de respeto a la misma; al general del ej&eacute;rcito vencido se le dio la posibilidad de conservar su espada, &quot;como homenaje al m&eacute;rito de una defensa por muchos t&iacute;tulos heroica&quot;; a los mandos superiores de las tropas vencidas se les dio una ciudad del Istmo por c&aacute;rcel; y a toda la tropa prisionera se le manifest&oacute; que con aflicci&oacute;n, los vencedores se ve&iacute;an forzados a no otorgarles la libertad debido a que ellos eran el &quot;rescate doloroso pero obligado, de miles de copartidarios que se hallan en poder del enemigo que combaten&quot;. <sup>91</sup></p>      <p><b>&iexcl;No me maltrate, yo no soy un preso pol&iacute;tico! </b></p>      <p>Una de la tesis que sustentamos sobre los presos pol&iacute;ticos del siglo XIX es que las condiciones carcelarias le fueron m&aacute;s desfavorables que las que cobijaban al preso com&uacute;n. El preso pol&iacute;tico que lograba llegar a un establecimiento de castigo deb&iacute;a enfrentar con mayor intensidad el hacinamiento, el hambre, la desatenci&oacute;n m&eacute;dica, el despotismo y la tortura f&iacute;sica. Repasemos brevemente estos elementos de la vida carcelaria: </p>      <p>El hacinamiento en las c&aacute;rceles fue una constante en cada guerra civil debido a que durante el siglo XIX no se contaron con verdaderos establecimientos carcelarios. Excepci&oacute;n hecha del pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, la mayor&iacute;a de los establecimientos de castigo se adecuaban en conventos, colegios o casas coloniales, que apenas daban abasto para guardar a los reos y procesados por delitos comunes. Por eso es apenas obvio que en cada guerra se presentaran importantes hacinamientos, con excepci&oacute;n de aquellos establecimientos en donde los presos pod&iacute;an salir a trabajar en obras p&uacute;blicas o como concertados en las haciendas. </p>      <p>La c&aacute;rceles o pan&oacute;pticos de las capitales de los Estado o Departamentos tend&iacute;an a concentrar la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n carcelaria por contar con mayor vigilancia y seguridad. Durante la guerra de 1860-62 en la c&aacute;rcel antigua de Bogot&aacute;, en el gobierno de Mariano Ospina, fueron encerrados 200 presos, en un espacio para 50<sup>92</sup>. En la c&aacute;rcel de Cali, durante esa misma guerra, fueron encerrados m&aacute;s de 1000 prisioneros en un &aacute;rea que solo ten&iacute;a espacios para unos 300 presos; la mayor&iacute;a tuvo que acomodarse en el patio en un tiempo lluvioso, hundi&eacute;ndose en el lodo y enred&aacute;ndose a cada paso con sus cadenas, &quot;cayendo con frecuencia o empujando a otros en la ca&iacute;da&quot; <sup>93</sup>. En la Guerra de los Mil D&iacute;as, m&aacute;s de 200 presos conservadores tomados en la batalla de Ter&aacute;n, fueron llevados a la c&aacute;rcel p&uacute;blica de C&uacute;cuta e instalados en dos salones de 8 mts de largo por 5 de ancho, all&iacute; fueron revueltos con los presos comunes, lo cual para la &eacute;poca se consideraba como una deshonra o un acto humillante. Este sentimiento lo expresar&iacute;a el oficial Francisco Ulloa<sup>94</sup> en la siguiente d&eacute;cima: </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;Los que son de esta tierra moradores </p>      <p>saben que si en la c&aacute;rcel nos hallamos, </p>      <p>es tan s&oacute;lo por ser conservadores, </p>      <p>pues distantes de cr&iacute;menes estamos; </p>      <p>y por eso con honra aqu&iacute; estampamos </p>      <p>nuestros nombres sin mancha y sin escoria, </p>      <p>para que as&iacute; se graben en la historia; </p>      <p>pues si en Ter&aacute;n ca&iacute;mos prisioneros, </p>      <p>fue defendiendo los sagrados fueros </p>      <p>de nuestra causa, con honor y gloria. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, durante la Guerra de los Mil D&iacute;as, los presos comunes tuvieron mejores espacios que los pol&iacute;ticos. Los presos comunes ocuparon las 204 piezas altas del pan&oacute;ptico; en ellas s&oacute;lo en algunas ocasiones hubo un hacinamiento que alcanz&oacute; las mil personas. Los presos pol&iacute;ticos habitaron el primer piso en el que a los salones se les conoc&iacute;a como rastrillos. En uno de ellos, el izquierdo, de unos 270 metros cuadrados, llegaron a hacinar hasta 420 presos. En los rastrillos se sent&iacute;a m&aacute;s el fr&iacute;o que en otros lugares del pan&oacute;ptico y a sus l&uacute;gubres espacios no entraba el sol; precisamente algunas de las quejas de los presos pol&iacute;ticos se refer&iacute;an a que las autoridades les dieran oportunidad de calentarse por algunos minutos. Las camas de los presos estaban muy amontonadas y cada vez que sal&iacute;a en libertad uno de sus compa&ntilde;eros se presentaba la pugna por acceder a un rinc&oacute;n &quot;menos h&uacute;medo, menos fr&iacute;o o menos f&eacute;tido&quot;<sup>95</sup>. La fetidez del ambiente proven&iacute;a de los ba&ntilde;os, precisamente cuando el agua se agotaba debido al exceso de detenidos. Tambi&eacute;n por el hacinamiento, los presos de Cali padec&iacute;an la incomodidad de ser apurados por otros presos cuando coincid&iacute;an en sus necesidades, debido a que el sanitario consist&iacute;a en &quot;una zanja larga como de un metro de angosta y al descubierto&quot;<sup>96</sup>. </p>      <p>Tomando la cantidad de comidas como un indicativo comparativo de la situaci&oacute;n del preso com&uacute;n y del pol&iacute;tico, podemos establecer lo siguiente: el primero por lo general ten&iacute;a derecho a recibir tres comidas diarias <sup>97 - 99</sup>: la primera la recib&iacute;a a las 5: 30 de la ma&ntilde;ana, el almuerzo a las 10:00 a.m. y la comida a las 5 p.m.; n&uacute;mero de comidas que estaba por debajo del consumo alimenticio de un jornalero rural que desde tiempos coloniales era alimentado hasta con cinco comidas diarias, a las 6:00 a. m., las 9 a m, las 12 m , las 3 p.m. y las 6 p.m. En contraste, durante la guerra de 1862, en Cali a los presos pol&iacute;ticos conservadores no se les dej&oacute; entrar comida enviada por sus familiares y amigos, teniendo que consumir la escasa raci&oacute;n que suministraba el penal; &eacute;sta era tan mala que los presos tuvieron que comer hojas de los &aacute;rboles que ca&iacute;an en el patio y la corteza del tronco de una ceiba que crec&iacute;a dentro del penal. Un peri&oacute;dico de la &eacute;poca dec&iacute;a que los presos parec&iacute;an &quot;esqueletos ambulantes&quot; y calculaba que hab&iacute;an muerto m&aacute;s de 400 por diversos motivos<sup>100</sup>. En la misma ciudad, durante la Guerra de los Mil D&iacute;as, los presos pol&iacute;ticos liberales, pobres y desconocidos sufrieron del azote del hambre, mientras que a los de cierta relevancia social se les permiti&oacute; ingresar alimentos. Los primeros, solo ten&iacute;an la posibilidad de una comida al d&iacute;a, pero hubo ocasiones que duraron 3 y hasta 7 d&iacute;as sin probar bocado<sup>101</sup>. </p>      <p>En la Guerra de los Mil D&iacute;as, en la c&aacute;rcel de C&uacute;cuta en poder de los insurgentes, la raci&oacute;n consist&iacute;a en dos pl&aacute;tanos, dos o cuatro onzas de carne y un poquito de sal, pero &quot;cuando daban alimento vegetal no daban carne y viceversa&quot;; los presos de esa c&aacute;rcel pudieron resistir debido a los auxilios de las familias conservadoras de la ciudad y de las Hermanas de la Caridad<sup>102</sup>. En esta misma guerra en el pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, ocurr&iacute;a lago parecido, los presos pol&iacute;ticos pobres recib&iacute;an la comida del penal denominada como el &quot;cambao&quot;, calificada como insuficiente y asquerosa, y que consist&iacute;a en una taza de agua de panela sin dulce, o de chicha, dos papitas, un pedacito de carne y un pan. Raci&oacute;n que era servida en totumas o en platos viejos. El padecimiento de los presos a quienes les enviaban la comida de fuera del penal proven&iacute;a de las requisas que realizaban lo carceleros para examinar si conten&iacute;an &quot;cartas o papeles revolucionarios&quot;, a aquellos les mortificaba profundamente que &eacute;stos revisaran la comida con sus manos sucias y que uno de los examinadores sufriera de lepra. Presos ricos y pobres padecieron la escasez de agua, que era guardada en toda clase de recipientes pues no alcanzaba para realizar el aseo personal y para preparar la comida de los que contaban con reverbero. La falta de agua en los excusados esparc&iacute;a un olor f&eacute;tido permanente.<sup>103</sup>/p>      <p>La pasi&oacute;n pol&iacute;tica pod&iacute;a entorpecer la atenci&oacute;n m&eacute;dica de los presos, no obstante la permanente presencia de tifo, viruela y disenter&iacute;a en varios establecimientos, debido al hacinamiento y las malas condiciones higi&eacute;nicas en las que viv&iacute;an los detenidos. En el pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, durante la &uacute;ltima guerra, de nada serv&iacute;a que las urgencias de los presos fueran atendidas por los galenos prisioneros, pues los carceleros se negaban a dejar salir las recetas alegando que hab&iacute;a que esperar la vista del m&eacute;dico del establecimiento quien era el &uacute;nico autorizado para extender f&oacute;rmulas. En esta misma guerra, la negaci&oacute;n del servicio fue m&aacute;s ostensible en la IDHVCNc&aacute;rcel de Cali y Tul&uacute;a, en las que el m&eacute;dico simplemente no atend&iacute;a o descuidaba a sus pacientes por razones pol&iacute;ticas. Un testigo de excepci&oacute;n, Juli&aacute;n Uribe Uribe, consignar&iacute;a en su diario personal, lo siguiente: &quot;Noviembre 22 (1901). Hace cosa de seis d&iacute;as trajeron preso a Hip&oacute;lito Cruz gravemente herido, con gusanos, y hasta hoy no le han hecho la primera curaci&oacute;n. Tienen hospital y m&eacute;dico, pero no para los liberales&quot;.<sup>104, 105</sup></p>      <p>No obstante las expresas prohibiciones, algunas de ellas referidas anteriormente, el castigo corporal era corriente en las c&aacute;rceles colombianas. En Cali, los conservadores de la &uacute;ltima guerra, colgaban a los presos de los pies, le pasaban una soga por entre las piernas a manera de serrucho y en esa posici&oacute;n los golpeaban con un palo; una variante fue la colgada del dedo mayor de un pie, en un segundo piso y haciendo que el cuerpo del preso saliera por un balc&oacute;n hacia el vac&iacute;o. En Hobo, tambi&eacute;n fue generalizado colgar a prisioneros y discrepantes pol&iacute;ticos del dedo gordo del pie para sacarles informaci&oacute;n o para que &quot;comprometiera al liberales&quot;, adicionalmente se les prend&iacute;a fuego debajo de la cara para obligarlos a hablar.<sup>106</sup> En los Llanos se aplic&oacute; la tortura conocida como la &quot;soga llanera&quot;. En el pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, se empleo una variada gama de suplicios para castigar por motivos insignificantes: &quot;el cepo&quot;, ten&iacute;a dos modalidades, la una era conocida como &quot;mu&ntilde;equero&quot;, por colgar al preso de las mu&ntilde;ecas y la otra modalidad fue de colocar las piernas entre agujeros de madera dejando al preso colgando hacia atr&aacute;s, lo cual al cuarto de hora produc&iacute;a llagas en las espinillas. Otro castigo fue el conocido como &quot;la picota&quot; que persegu&iacute;a hacer girar al preso por d&iacute;as y noches, sujeto por el tobillo a una gruesa cadena soldada a un poste; el preso ten&iacute;a que hacer en el mismo sitio sus necesidades corporales. Un suplicio que pretend&iacute;a ridiculizar al sujeto castigado fue el conocido con el nombre de &quot;mico&quot;, que consist&iacute;a en que el preso para movilizarse ten&iacute;a que cargar un gran tronco asegurado por una cadena a su tobillo. El suplicio de &quot;la guillotina&quot; se compon&iacute;a de un corbat&iacute;n de hierro que se colocaba en el cuello pendiendo de &eacute;ste una cadena deliberadamente corta y remachada al tobillo para obligar al preso a andar inclinado. Otro de los tormentos fue el conocido como el &quot;solitario&quot;, es decir un calabozo reducido, con poca ventilaci&oacute;n en la que el preso permanec&iacute;a s&oacute;lo y en la oscuridad por varios d&iacute;as. Al lado de todos estos instrumentos de tortura otros de los castigos fueron los azotes, el &quot;ba&ntilde;o&quot; o la introducci&oacute;n del castigado en agua estancada y la colocaci&oacute;n de una variedad de pesadas cadenas y grillos. </p>      <p>La represi&oacute;n a bala hizo parte de las medidas aplicadas a los presos. En la Guerra de los Mil D&iacute;as, el 30 de septiembre de 1900, en la c&aacute;rcel de Popay&aacute;n, ante la protesta verbal iniciada por un preso pol&iacute;tico porque obligaban a su hermano enfermo a hacer fila para responder lista, los guardias contestaron abaleando a los detenidos y dejando en los patios un saldo de 2 muertos y 18 heridos<sup>107</sup>. El desaparecimiento y muerte del detenido tambi&eacute;n pod&iacute;a ser el tr&aacute;gico final para alg&uacute;n an&oacute;nimo prisionero. En la citada guerra, en una excavaci&oacute;n en la c&aacute;rcel de C&uacute;cuta, se hall&oacute; un cad&aacute;ver que no ten&iacute;a m&aacute;s de quince d&iacute;as de sepultado, pero aun cuando los presos pol&iacute;ticos dieron aviso a las autoridades no se orden&oacute; la exhumaci&oacute;n para esclarecer el crimen; de esa conducta estos dedujeron cual era la suerte de los compa&ntilde;eros que desaparec&iacute;an estando en prisi&oacute;n<sup>108</sup>. </p>      <p>Los problemas de los presos pudieron ser peores de no ser por el respaldo de sus copartidarios o de los pacifistas afuera de la c&aacute;rcel. Una ayuda muy importante fue la que ofrecieron las se&ntilde;oras de las sociedad en diversas ciudades al proporcionar alimento a los detenidos o intercediendo por los presos que se hallaban en situaciones dif&iacute;ciles <sup>109</sup>. El otro soporte fue pol&iacute;tico y provino de intelectuales, pol&iacute;ticos y periodistas, ajenos la guerra o miembros de las distintas facciones en que sol&iacute;an dividirse los partidos pol&iacute;ticos. Presos y alzados en armas, pudieron contar no solamente con eventuales aliados en la denuncia de la barbarie de la guerra sino con personajes interesados en buscar acercar a las partes o persuadir a los alzados de la inutilidad de la confrontaci&oacute;n armada. La mejor evidencia de la acci&oacute;n de esas redes sociales se observa en la &uacute;ltima guerra civil con la intervenci&oacute;n de conservadores nacionalistas como el exmandatario Miguel Antonio Caro o Marco Fidel Su&aacute;rez, quienes protestaron por la amenaza del ministro de guerra Ar&iacute;stides Fern&aacute;ndez, de fusilar a oficiales liberales presos en el pan&oacute;ptico; lo propio har&iacute;a el grupo de conservadores hist&oacute;ricos comandado por Carlos Mart&iacute;nez Silva, quien adem&aacute;s se preocupar&iacute;a por informar a revistas internacionales sobre los atropellos de las autoridades; asimismo fue muy importante la gesti&oacute;n period&iacute;stica de liberales pacifistas como Carlos Arturo Torres y Jos&eacute; Camacho Carrizosa , quienes fundaron el peri&oacute;dico El Nuevo Tiempo, en mayo de 1902, pr&aacute;cticamente con el fin de hacerle campa&ntilde;a a la necesidad de concluir la guerra. Estos liberales sirvieron de intermediarios para que el presiden Marroqu&iacute;n dictara un nuevo indulto, derogara anteriores decretos y liberara presos pol&iacute;ticos, como qued&oacute; plasmado en el decreto 933 de 1902, lo cual facilit&oacute; el camino para los acuerdos de paz<sup>110 - 112</sup>. </p>      <p><b>Organizaci&oacute;n y resistencia de los presos pol&iacute;ticos </b></p>      <p>&iquest;C&oacute;mo asum&iacute;an la cotidianidad carcelaria los presos pol&iacute;ticos? &iquest;Con qu&eacute; formas de cohesi&oacute;n, organizaci&oacute;n y resistencia enfrentaron las condiciones de su detenci&oacute;n? Para despejar tales interrogantes, la informaci&oacute;n disponible proviene en su mayor&iacute;a de los presos de la Guerra de los Mil D&iacute;as detenidos en el pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, lo cual es explicable por el tiempo de duraci&oacute;n de la guerra, las medidas represivas contra los enemigos y desafectos del gobierno, la concentraci&oacute;n y el permanente desfile de prisioneros por ese lugar de detenci&oacute;n, y tambi&eacute;n por las quejas y denuncias de la prensa y los sectores pacifistas del partido liberal sobre las arbitrariedades cometidas por el gobierno. </p>      <p>Uno de los principales aspectos a destacar es que los presos pol&iacute;ticos organizaron un gobierno provisional, y que deber&iacute;a estar preparado para sustituir a las autoridades con el triunfo de la revoluci&oacute;n en el marco departamental y local. La m&aacute;xima autoridad, fue la de Gobernador de Cundinamarca, seguramente en se&ntilde;al de respeto y subordinaci&oacute;n a las jerarqu&iacute;as que operaban dentro del ej&eacute;rcito liberal. Como &quot;gobernador de Cundinamarca&quot; ejerci&oacute; Eustacio de la Torre Narv&aacute;ez , un rico propietario de haciendas cafeteras en Viot&aacute; y quien hab&iacute;a actuado como coordinador de la anterior guerra de 1895. Tambi&eacute;n fueron aclamados los se&ntilde;ores Antonio Izquierdo como secretario de gobierno, Santiago Samper como secretario de hacienda y Adolfo Le&oacute;n-G&oacute;mez como secretario de instrucci&oacute;n p&uacute;blica. Igualmente, fue aclamado como alcalde Mayor, Evaristo Escobar con sus respectivos secretarios<sup>113</sup>. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El gobierno paralelo cont&oacute; con instrucci&oacute;n militar bajo la direcci&oacute;n del Coronel Max Carriazo, quien organiz&oacute; en las tardes ejercicios y marchas militares. Edit&oacute; 40 n&uacute;meros del trisemanario denominado &quot;El Rastrillo&quot; que publicaba en forma manuscrita, el periodista Jos&eacute; Manuel P&eacute;rez Sarmiento, con temas pol&iacute;ticos, episodios de la guerra, y piezas literarias o po&eacute;ticas. Su circulaci&oacute;n fue detectada por los carceleros y 39 de sus n&uacute;meros fueron destruidos; posteriormente se prohibi&oacute; el ingreso de papel al establecimiento. </p>      <p>Tampoco olvidaron la educaci&oacute;n pol&iacute;tica y la tertulia, tarea en la que se destacaron prestigiosos intelectuales y artistas que se hallaban detenidos en el pan&oacute;ptico. Dictaron conferencias sobre asuntos jur&iacute;dicos Francisco Monta&ntilde;a, Alejo de la Torre , Januario Salgar y Antonio Jos&eacute; Iregui, quien se refer&iacute;a exclusivamente a problemas constitucionales; en temas literarios sobresalieron Adolfo Le&oacute;n-G&oacute;mez, el poeta Julio Fl&oacute;rez y los Hermanos Tirado Macias; Abel Camacho ense&ntilde;aba ingl&eacute;s, Ignacio Espinosa dictaba filosof&iacute;a y Emilio Murillo dictaba clases de m&uacute;sica. </p>      <p>Los presos renovaron su esperanza en el triunfo liberal conmemorando el aniversario de iniciaci&oacute;n de la guerra, el 28 de octubre. Para ello improvisaron una tribuna, hicieron banderas rojas con sabanas y cobijas, y sobre ellas colocaron inscripciones con los nombres de las batallas y los jefes liberales. La programaci&oacute;n arranc&oacute; a las seis de la ma&ntilde;ana con la simulaci&oacute;n de ca&ntilde;onazos y luces artificiales. Luego se hizo el estreno del &quot;himno liberal&quot; compuesto con letra del poeta Julio Fl&oacute;rez y m&uacute;sica de Emilio Murillo. Hubo discursos de autoridades electas y reconocidas por los presos pol&iacute;ticos como &quot;el gobernador de Cundinamarca&quot; Eustacio de la Torre Narv&aacute;ez , de Rafael Fl&oacute;rez, Tom&aacute;s Quintero, Jorge Pombo y de Carlos Ord&oacute;&ntilde;ez Jaramillo, y de los generales Carlos Vallarino y Mir&oacute; y Dar&iacute;o Castilla. Enseguida Julio Fl&oacute;rez recit&oacute; sus poes&iacute;as pol&iacute;ticas. Posteriormente se realiz&oacute; la coronaci&oacute;n de varios de los vencedores de la batalla de &quot;Peralonso&quot; que se hallaban presos y enseguida se realiz&oacute; un desfile en homenaje a esa batalla, en fila de a dos en dos, y bajo el ritmo de una banda musical dirigida por Emilio Murillo y compuesta por xil&oacute;fono, flautas, bandolas tiples y guitarras. Por la noche los presos se deleitaron escuchando los sonetos de Julio Fl&oacute;rez, Gabriel D&iacute;az Guerra, Carlos Ord&oacute;&ntilde;ez Jaramillo y Adolfo Le&oacute;n G&oacute;mez. De sus intervenciones la m&aacute;s aplaudida fue &quot;El Chacal de mi patria&quot; de Julio Fl&oacute;rez. </p>      <p>Los carceleros castigaron al que creyeron como el organizador de la fiesta subversiva -&quot;el mono Solano&quot;- con su encerramiento en una b&oacute;veda por varias semanas. A los m&uacute;sicos les quitaron los instrumentos a los m&uacute;sicos y prohibieron en lo sucesivo el canto. En reacci&oacute;n a esa medida los presos comenzaron a organizar proyectos de evasi&oacute;n. </p>      <p>Como bien lo hab&iacute;a definido el c&oacute;digo de 1881, en su art&iacute;culo 1214, la aspiraci&oacute;n natural de todo preso es la de &quot;recobrar su libertad y fugarse&quot;. Esta apreciaci&oacute;n es sin duda bien visible en la &uacute;ltima guerra civil en la que los combatientes liberales protagonizaron fugas espectaculares como la ejecutada por el general Foci&oacute;n Soto, uno de los hombres claves de los rebeldes, y que constituy&oacute; un rudo golpe para el r&eacute;gimen conservador. Otra evasi&oacute;n c&eacute;lebre fue la de coronel Maximiliano Arenas, quien burl&oacute; la guardia haci&eacute;ndose pasar por el m&eacute;dico Carlos Putman, que reci&eacute;n hab&iacute;a ingresado al lugar para atender la salud de un preso; tambi&eacute;n fue muy y comentada la de los generales liberales Ruperto Aya y Juan de la Rosa Barrios , quienes consiguieron una boleta falsificada con los sellos del Ministerio de Guerra y la firma del general Arist&iacute;des Fern&aacute;ndez, elaborada por un artista liberal que serv&iacute;a a su partido fabricando pasaportes y salvo conductos falsos. </p>      <p>La fuga masiva m&aacute;s numerosa fue ocurrida el 23 de octubre de 1900, cuando se evadieron 56 presos por el tejado del pan&oacute;ptico. El plan se inici&oacute; con la formaci&oacute;n de una compa&ntilde;&iacute;a de maromeros que daba funciones a los presos con lo cual pudieron entrar lazos, trapecios y argollas. Los presos burlaron a la guardia, escondiendo parte de los lazos; hicieron una escala; perforaron un techo y salieron a la calle bajo una incesante lluvia. Los fugitivos pasaron por el cerro de Monserrate y se dirigieron hacia Chipaque. Por el camino se encontraron con un destacamento armado de liberales enviado por el general Ruperto Aya que con ello respond&iacute;a al aviso de un posta con el mensaje de proteger a los fugados. Entre los evadidos se hallaron destacados generales como Celso Rom&aacute;n, Andr&eacute;s M&aacute;rquez, Maximiliano Carriazo y An&iacute;bal Barbosa. </p>      <p>La evasi&oacute;n de Foci&oacute;n Soto y otros cinco compa&ntilde;eros fue la m&aacute;s importante debido a que era el jefe del Estado Mayor de las tropas revolucionarias y una figura notable del radicalismo santandereano. Soto se evadi&oacute; el 8 de noviembre de 1901, a trav&eacute;s del alcantarillado que sal&iacute;a del pan&oacute;ptico y contando con una estrecha comunicaci&oacute;n en clave con un grupo de liberales bogotanos entre los cuales se hallaba uno de los gestores de la construcci&oacute;n del pan&oacute;ptico y quien conoc&iacute;a al detalle sus planos. Debido a la estrechez de la ca&ntilde;er&iacute;a, los fugitivos vaciaron anticipadamente el agua de un estanque para eliminar la posibilidad de morir ahogados en caso que los guardias descubrieran la fuga. Los polic&iacute;as que hac&iacute;an centinela en el orificio de salida de la alcantarilla, en la parte de bajo de la f&aacute;brica de cerveza Bavaria, fueron distra&iacute;dos con una falsa trifulca protagonizada por obreros liberales instalados unos d&iacute;as antes en el vecindario. De los 39 presos que se introdujeron en las ca&ntilde;er&iacute;as tan solo 6 lograron salir a la calle, entre ellos 5 generales, donde fueron recibidos por un grupo de mujeres que le suministraron ropas y que los repartieron en varias casas. Soto recorri&oacute; algunas cuadras vestido de mujer y luego de permanecer varios d&iacute;as escondido eludiendo las rondas de la polic&iacute;a, logr&oacute; salir con sus compa&ntilde;eros a los campamentos revolucionarios. Las autoridades abrieron una investigaci&oacute;n sospechando una complicidad al interior de la c&aacute;rcel, idea que fue reforzada por varios de los detenidos que le sent&iacute;an antipat&iacute;a al director de la misma y al informante del gobierno R&eacute;gulo Ram&iacute;rez, un preso venezolano condenado por delitos comunes. Tanto el director como el informante fueron condenados por el delito de traici&oacute;n: el primero a cinco a&ntilde;os con p&eacute;rdida de &quot;todo empleo p&uacute;blico y de toda pensi&oacute;n y a la privaci&oacute;n perpetua de los derechos pol&iacute;ticos&quot;; y el segundo a sufrir la pena capital, la cual se hizo efectiva a comienzos del a&ntilde;o siguiente en las instalaciones del pan&oacute;ptico<sup>114, 115</sup>. </p>      <p>Como lo expresaba el C&oacute;digo Militar, las fugas pod&iacute;an ser controladas por lo carceleros con armas de fuego con la previa solicitud de alto o rendici&oacute;n. Una fuga que termin&oacute; en tragedia fue la protagonizada, en la Guerra de los Mil D&iacute;as, por el coronel Julio Rojas, Secundino Zapata, Bibiano Fetecua y Jacinto Albarrac&iacute;n., tildado por sus compa&ntilde;eros como &quot;liberal-comunista&quot;. Luego que los presos hab&iacute;an logrado romper barrotes y salir por una ventana del pan&oacute;ptico de Bogot&aacute;, la guardia se dio cuenta y dispar&oacute; dejando un muerto y un herido. </p>      <p>En otra fuga, las autoridades violaron la ley pues conociendo previamente el plan de los presos dejaron que este se desarrollara para luego acorralarlos y masacrarlos. En efecto, el 7 de marzo de 1861, durante la guerra de 1860-1862, al evadirse l os presos liberales que estaban en las instalaciones del Colegio del Rosario, los conservadores movilizaron cerca de 700 hombres de caballer&iacute;a e infanter&iacute;a, que cercaron a los evadidos a la salida de la capital. Los presos aprehendidos, recibieron sentados y arrodillados, el ataque de los soldados lo cual ocasion&oacute; 3 muertos y 31 heridos casi todos con heridas en la cabeza propinadas con machete<sup>116</sup>. </p>      <p><b>Conclusi&oacute;n </b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El presente art&iacute;culo ha abordado un asunto bastante ignorado por los investigadores de los conflictos sociales en Colombia, como es el de las condiciones de los presos pol&iacute;ticos durante las guerras civiles del siglo XIX. En la tarea de identificar las posibilidades de ser calificado como preso pol&iacute;tico en el contexto de las contiendas armadas decimon&oacute;nicas, encontramos que &eacute;stas no se agotaban con incurrir en algunas de las conductas tipificadas por los c&oacute;digos penales para los que se levantaban en armas contra el Estado sino que tal condici&oacute;n se hacia extensiva a sospechosos, neutrales e indiferentes, es decir a toda una gama de desafectos y oponentes pasivos al partido de gobierno. Esta limitante del sistema democr&aacute;tico de la &eacute;poca, era congruente con la deformaci&oacute;n legal de asumir que la aplicaci&oacute;n del derecho de gentes para humanizar las guerras se compaginaba con el cese de la vigencia de la constituci&oacute;n. El ilegalismo de reprimir injustamente al discrepante desarmado, que siempre se presentaba en coyunturas de crisis y confrontaci&oacute;n entre los partidos, se traduc&iacute;a en la violaci&oacute;n de derechos y garant&iacute;as constitucionales sobre las que hab&iacute;a una gran conciencia de su importancia como fundamento del sistema republicano, sin embargo las amnist&iacute;as y los indultos con los que se conclu&iacute;a cada guerra terminaban por silenciar las voces de protesta y las denuncias en ese sentido. </p>      <p>En contraste con la benignidad con que se trataba al preso pol&iacute;tico luego de las negociaciones que colocaban punto final a cada confrontaci&oacute;n, hemos llamado la atenci&oacute;n sobre la atrocidad contra los prisioneros al identificar los atropellos que pod&iacute;an presentarse desde el campo de batalla hasta su traslado a un sitio de encierro penitenciario. La violencia contra el preso pol&iacute;tico fue resultado del desconocimiento del derecho de gentes o del predominio de leyes de guerra que operaban en contrav&iacute;a con dichos postulados humanitarios, del no reconocimiento de beligerancia o de din&aacute;micas de degradaci&oacute;n de los conflictos que llevaban a la intensificaci&oacute;n de la mala guerra en regiones particulares o diversos escenarios de confrontaci&oacute;n armada. Uno de los factores de esos espirales de violencia fue parad&oacute;jicamente, el derecho a la represalia que fue concebido y consagrado legalmente para mantener a raya los brotes de ferocidad. La aplicaci&oacute;n equivocada de esa norma de guerra, gener&oacute; cadenas de retaliaciones que afectaron en primer lugar a los presos tomados en combate. En cambio, el canje de prisioneros logr&oacute; mejores resultados cuando pudo interponerse a las declaraciones impl&iacute;citas o explicitas de guerra a muerte y superar las discusiones legales que pugnaban por demostrar que los principios humanitarios eran secundarios frente a la necesidad de ser coherentes con la negativa de otorgar la condici&oacute;n de beligerancia a los que usaban el m&eacute;todo de la guerra irregular. </p>      <p>El examen de las condiciones del delincuente pol&iacute;tico en su encierro penitenciario ha mostrado que los carceleros ejerc&iacute;an mayor violencia contra &eacute;stos que contra los delincuentes comunes, lo cual tendi&oacute; a generar mecanismos de resistencia y de organizaci&oacute;n con las que pudieron superar las dificultades y continuar renovando sus creencias pol&iacute;ticas. La solidaridad con los presos pol&iacute;ticos fue muy sobresaliente en algunas guerras en las que su situaci&oacute;n se convirti&oacute; en un tema de debate p&uacute;blico debido a la preocupaci&oacute;n de periodistas y miembros pacifistas de las facciones pol&iacute;ticas de ambos partidos. </p>      <p>El repaso hist&oacute;rico al tratamiento del delincuente pol&iacute;tico, deja lecciones para el actual conflicto interno pues el canje aparece como uno de los m&aacute;s claros mecanismos para limitar la ferocidad de la guerra. Las contiendas civiles muestran la disposici&oacute;n de los actores armados a practicar el canje, en ocasiones apoyados &uacute;nicamente en el derecho de gentes y persiguiendo fundamentalmente fines humanitarios. Los canjes operaron en medio de la guerra y dejando de lado las discusiones pol&iacute;ticas y jur&iacute;dicas. </p>  <hr size="1">     <p><b>COMENTARIOS </b></p>      <p><a name="(1)"></a>1. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad. El autor agradece a William Mancera S&aacute;nchez, estudiante del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, por su colaboraci&oacute;n en la identificaci&oacute;n de fuentes primarias. </p>      <p><a name="(2)"></a>2. Me refiero a trabajos que desde la perspectiva de la humanizaci&oacute;n del actual conflicto armado han destacado los antecedentes del derecho de gentes en las guerras civiles. </p>      <p><a name="(3)"></a>3. Dice Charles Bergquist para la Guerra de los Mil D&iacute;as: &quot;aunque durante esos primeros meses de guerra la lucha fue a menudo desesperada, los generales de clase alta desplegaron una preocupaci&oacute;n caballerosa por la dignidad de sus oponentes ...Despu&eacute;s de siete meses de lucha lleg&oacute; a su fin la fase &quot;caballerosa&quot; de la guerra y se inici&oacute; una nueva lucha m&aacute;s desesperada a&uacute;n, que habr&iacute;a de prolongarse todav&iacute;a por m&aacute;s de dos a&ntilde;os y medio, que llevar&iacute;a la muerte a quiz&aacute;s cien mil personas y que amenazar&iacute;a los fundamentos sociales de la vida colombiana&quot;.</p>      <p><a name="(4)"></a>4. Demanda de inconstitucionalidad contra el art&iacute;culo 127 del decreto 100 de 1980. Demandante: Harold Bedoya Pizarro. Magistrados ponentes: Jorge Arango Mej&iacute;a y Eduardo Cifuentes. </p>      <p><a name="(5)"></a>5 .Ver art&iacute;culos 1134 y 1054, respectivamente. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="(6)"></a>6. Durante la guerra de 1885, un decreto de Rafael N&uacute;&ntilde;ez indicaba: &quot;art&iacute;culo 2: Respecto de esta contribuci&oacute;n no se admitir&aacute; reclamaci&oacute;n de ninguna especie, y los individuos que lo intenten en favor de los antes nombrados quedar&aacute;n gravados con el diez por ciento de la suma objeto de la reclamaci&oacute;n&quot;.</p>      <p><a name="(7)"></a>7. As&iacute; por ejemplo el General Chaparro, se&ntilde;alaba con cinismo que los precios del ganado confiscado a los oponentes hab&iacute;a sido comprado por sus copartidarios: &quot;Conviene advertir que no hab&iacute;a buenos precios para realizar el ganado en pie, debido a la falta de competencia, y a las exigencias de suprema e instant&aacute;nea necesidad, era natural que el comprador fijara la ley de los precios. Cuando fue menester adoptar semejante procedimiento, los compradores &uacute;nicos y honrados que se encontraron, fueron dos ciudadanos conocidos y honrados, miembros del partido conservador&quot;.</p>      <p><a name="(8)"></a>8. Dec&iacute;a el art&iacute;culo 91: &quot;El derecho de gentes hace parte de la legislaci&oacute;n nacional. Sus disposiciones regir&aacute;n especialmente en los casos de la guerra civil. En consecuencia puede ponerse t&eacute;rmino a &eacute;sta por medio de tratados entre los beligerantes, quienes deber&aacute;n respetar las pr&aacute;cticas humanitarias de las naciones cristianas y civilizadas&quot;. </p>      <p><a name="(9)"></a>9. Ver art&iacute;culos 1199-1224. </p>      <p><a name="(10)"></a>10 .Se neg&oacute; esa posibilidad porque se cre&iacute;a que pod&iacute;an realizar tareas de espionaje y porque &quot;los principios del derecho de gentes no obligan en luchas civiles en las que como ahora, los revolucionarios no han sido reconocidos como beligerantes por el gobierno leg&iacute;timo&quot;.</p>      <p><a name="(11)"></a>11. En la Guerra de los Mil D&iacute;as el general Ces&aacute;reo Pulido intent&oacute; usar este procedimiento con unos presos conservadores en Purificaci&oacute;n, pero por ello se opuso Gustavo S&aacute;nchez, otro general liberal.</p>      <p><a name="(12)"></a>12. Una v&iacute;ctima de este procedimiento en la Guerra de los Mil D&iacute;as dec&iacute;a: &quot;El robo entre las fuerzas revolucionarias parece haber sido aprendido con arte especial. Todo era divisar un rendido, y le ca&iacute;an encima oficiales y soldados: el uno le quitaba el saco; el otro le arrancaba la leontina por sacarle el reloj, otro le esculcaba tan minuciosamente, que era casi imposible que el desgraciado paciente pudiera escapar un solo n&iacute;quel..&quot;</p>      <p><a name="(13)"></a>13 .El ermita&ntilde;o Luis Angel Villegas era oriundo del pueblo de La Ceja , Antioquia, y &quot;usaba una caballera muy larga y una cruz de peregrino&quot;.</p>      <p><a name="(14)"></a>14. En 1900, en plena guerra civil, cuando publica la memoria de su prisi&oacute;n advert&iacute;a que si llegaba a triunfar el partido liberal vendr&iacute;a &quot;la persecuci&oacute;n a la iglesia, el reino de la impiedad y de la corrupci&oacute;n&quot;.</p> <hr size="1">     <p><b>REFERENCIAS</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1. Valencia Villa Alejandro. <i>La humanizaci&oacute;n de la guerra: derecho internacional humanitario y conflicto armado en Colombia. </i> Bogot&aacute;: Ediciones Uniandes y Tercer Mundo Editores, 1992,  p. 212.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0121-4705200600030000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Orozco Abad Iv&aacute;n. <i>Combatientes, rebeldes y terroristas </i>. Bogot&aacute;: IEPRI-Temis, p.327.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0121-4705200600030000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Bergquist Charles W. <i>Caf&eacute; y conflicto en Colombia 1886-1910 </i>. Medell&iacute;n: 1981, p. 153.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0121-4705200600030000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Gonz&aacute;lez Fern&aacute;n, &quot;La guerra de los Mil D&iacute;as&quot;, en <i>Las Guerras Civiles desde 1830 y su proyecci&oacute;n en el siglo x, </i> Memorias de la II C&aacute;tedra anual de Historia Ernesto Restrepo Tirado, Bogot&aacute;: 1998, p.147-170.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0121-4705200600030000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5<i>. Sentencia C-456 de 1997</i>. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0121-4705200600030000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Tisnes Jim&eacute;nez Roberto M., <i>Mar&iacute;a Martinez de Nisser y la revoluci&oacute;n de los Supremos, </i> Bogot&aacute;, Biblioteca del Banco Popular, 1983, p. 83. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0121-4705200600030000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 7. Decreto de Jos&eacute; Mar&iacute;a Melo. 26 de abril de 1854. Imprenta del Neogranadino. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0121-4705200600030000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8<i>. C&oacute;digo Militar expedido por el congreso de los Estados Unidos de Colombia de 1881 </i>. Bogot&aacute;: Imprenta a cargo de T. Uribe Zapata, p. 210. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0121-4705200600030000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. General Salustiano Chaparro, Chaparro como jefe civil y militar que fue de Casanare en 1885 . Bogot&aacute;: Imprenta de Antonio Mar&iacute;a Silvestre, 1889, p. 35. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0121-4705200600030000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. P&eacute;rez Sarmiento Jos&eacute; Manuel, <i>Reminiscencias liberales, </i> Bogot&aacute;, Editorial El Gr&aacute;fico, 1938, p. 27ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S0121-4705200600030000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 441. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S0121-4705200600030000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 241. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0121-4705200600030000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13. Wiesse Carlos, <i>Reglas de derecho internacional aplicado a las guerras civiles, </i> Lima, Editor Viuda Galland, 1893, p. 101 &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0121-4705200600030000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 14. Decreto sin n&uacute;mero del 24 de marzo de 1895, en <i>Diario Oficial, </i> No. 9720 Marzo 27 de 1895. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0121-4705200600030000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>15. La Opini&oacute;n </i><i>, </i> Bogot&aacute;, Febrero 27 de 1902. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0121-4705200600030000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 16. Palacio Julio H, <i>La guerra de 1885, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1983, p. 102. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0121-4705200600030000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 17. General Salustiano Chaparro, Chaparro como jefe civil y militar que fue de Casanare en 1885 . Bogot&aacute;: Imprenta de Antonio Mar&iacute;a Silvestre, 1889, p. 49. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0121-4705200600030000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>18. Quijano Otero Jos&eacute; Mar&iacute;a, <i>Diario de la guerra civil de 1860 y otros sucesos pol&iacute;ticos, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1982, p. 38. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0121-4705200600030000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 19. Decreto de 27 de octubre de 1854. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0121-4705200600030000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 20. Ortiz, Venancio. Historia de la revoluci&oacute;n del 17 de abril de 1854. Bogot&aacute;: Biblioteca del Banco Popular, 1972, p. 103. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0121-4705200600030000200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>21. Quijano Otero Jos&eacute; Mar&iacute;a, <i>Diario de la guerra civil de 1860 y otros sucesos pol&iacute;ticos, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1982, p. 67. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0121-4705200600030000200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>22. Garavito Fernando, <i>&quot;Influencia perniciosa de las guerras civiles en el progreso de Colombia&quot; </i>, Tesis para optar el t&iacute;tulo de doctor en derecho y ciencias pol&iacute;ticas. Facultad de Derecho Universidad Nacional, Bogot&aacute;, Imprenta de Zalamea Hermanos, 1897, p. 93. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0121-4705200600030000200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>23<i> .Diario Oficial </i>, No. 11401, Enero 19 de 1901. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0121-4705200600030000200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>24<i> .El 17 de abril </i>, Bogot&aacute;, No. 10, Agosto 15 de 1854. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0121-4705200600030000200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>25<i> .El estado de la guerra </i>, Bogot&aacute;, No. 9, Noviembre 22 de 1876, p. 34. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S0121-4705200600030000200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>26. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 452. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0121-4705200600030000200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>27<i>. El Boyacense </i>, Tunja, Noviembre 5 de 1876, p. 159. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0121-4705200600030000200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>28. Posada Guti&eacute;rrez J. Joaqu&iacute;n. <i>Memorias hist&oacute;rico-pol&iacute;tica </i>s, Medell&iacute;n, Editorial Bedout, 1971. T. III. p. 246-247. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0121-4705200600030000200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 29. Camacho Roldan Salvador, <i>Escritos sobre econom&iacute;a y pol&iacute;tica, </i> Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Cultura. 1976, p. 251. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0121-4705200600030000200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>30<i>. Constituci&oacute;n del Estado de Cundinamarca </i> S.f. Art. 51 &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0121-4705200600030000200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>31. Rodr&iacute;guez Pi&ntilde;eres Eduardo, <i>Diez a&ntilde;os de pol&iacute;tica liberal 1892-1902, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1985, p. 191. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0121-4705200600030000200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>32. <i>El Orden </i><i>P&uacute;blico </i>, Bogot&aacute;, No. 56, Enero 20 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0121-4705200600030000200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>33. Posada Guti&eacute;rrez J. Joaqu&iacute;n. <i>Memorias hist&oacute;rico-pol&iacute;tica </i>s, Medell&iacute;n, Editorial Bedout, 1971, T. III. p. 256. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0121-4705200600030000200033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>34. Calder&oacute;n Eduardo El&iacute;as, <i>Horrores de los conservadores de Ibagu&eacute; en la guerra pasada, </i> Bogot&aacute;, Imprenta de la civilizaci&oacute;n, 1911, p. 10. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0121-4705200600030000200034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>35. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 147. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0121-4705200600030000200035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 36<i>. El Orden P&uacute;blico, </i> Bogot&aacute;, No. 182, Junio 23 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0121-4705200600030000200036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>37. Lemaitre Eduardo, <i>La bolsa o la vida; cuatro agresiones imperialistas contra Colombia </i>. Bogot&aacute;: Banco de Colombia, 1974, p. 19.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0121-4705200600030000200037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>38<i>. El orden p&uacute;blico </i>. No. 198, Julio 13 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0121-4705200600030000200038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 39. <i>El orden p&uacute;blico </i>, No. 166, Junio 4 de 1990. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0121-4705200600030000200039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>40. Posada Guti&eacute;rrez J. Joaqu&iacute;n. <i>Memorias hist&oacute;rico-pol&iacute;tica </i>s, Medell&iacute;n, Editorial Bedout, 1971, TIII, p. 250. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0121-4705200600030000200040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>41<i>. C&oacute;digo militar de 1881 </i>. Art. 1214, numeral 1. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0121-4705200600030000200041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>42. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 454. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0121-4705200600030000200042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>43. Quijano Wallis Jos&eacute; Mar&iacute;a, <i>Memorias autobiogr&aacute;ficas, hist&oacute;rico-pol&iacute;ticas y de car&aacute;cter social, </i> Roma, Grottaferrata, 1919, p. 100. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0121-4705200600030000200043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>44<i>. El estado de la guerra </i>, No. 11, Noviembre 4 de 1877. p. 43. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0121-4705200600030000200044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>45<i>. El orden p&uacute;blico </i> No. 190, Julio de 1900, p. 758. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0121-4705200600030000200045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>46<i>. El Catolicismo </i>, Bogot&aacute;, Septiembre 4 y 11 de 1860. Biblioteca Nacional de Colombia. Fondo Pineda No. 343. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0121-4705200600030000200046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>47. Soto Foci&oacute;n, <i>Memorias sobre el movimiento de resistencia a la dictadura de Rafael N&uacute;&ntilde;ez, </i> Bucaramanga, Imprenta Departamental, 1990, p. 186. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0121-4705200600030000200047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>48. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 458. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0121-4705200600030000200048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>49. El estado de la guerra </i>, No. 11, Enero 4 y 9 de 1877, p. 43 y 48. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000221&pid=S0121-4705200600030000200049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>50. Calder&oacute;n Eduardo El&iacute;as, <i>Horrores de los conservadores de Ibagu&eacute; en la guerra pasada, </i> Bogot&aacute;, Imprenta de la civilizaci&oacute;n, 1911, p. 10 y 16. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0121-4705200600030000200050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>51. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p. 624. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0121-4705200600030000200051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>52. Estado de Guerra </i>, No. 11, Enero 4 de 1877. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0121-4705200600030000200052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>53. El </i><i>semanario oficial </i>, No. 22, Enero 31 de 1862. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0121-4705200600030000200053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>54. El orden p&uacute;blico </i>, No. 2, Noviembre 15 de 1899. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0121-4705200600030000200054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>55. Ponce Muriel &Aacute;lvaro, <i>De cl&eacute;rigos y generales. Cr&oacute;nicas sobre la Guerra de los Mil D&iacute;as, </i> Bogot&aacute;, Editorial Panamericana, 2000, p. 206. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0121-4705200600030000200055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>56. Jaramillo Carlos Eduardo, <i>Los guerrilleros del novecientos, </i> Bogot&aacute;, Cerec, 1991, p. 360. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0121-4705200600030000200056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>57 .Par&iacute;s Lozano Gonzalo, <i>Guerrilleros del Tolima </i>. S.f., p. 116-119. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0121-4705200600030000200057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>58. Jaramillo Carlos Eduardo, <i>Tulio Var&oacute;n el guerrillero del para&iacute;so, </i> Ibagu&eacute;, Ediciones contralor&iacute;a general del Tolima, 1987, p. 59. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0121-4705200600030000200058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>59<i>. La opini&oacute;n. </i> Septiembre 25 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0121-4705200600030000200059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>60<i>. El orden p&uacute;blico </i>, No. 2. Noviembre 15 de 1899. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0121-4705200600030000200060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>61<i>. El orden p&uacute;blico </i> No. 20, Diciembre 6 de 1899. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0121-4705200600030000200061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>62. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p. 620. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000234&pid=S0121-4705200600030000200062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 63. Jaramillo Carlos Eduardo, <i>Tulio Var&oacute;n el guerrillero del para&iacute;so, </i> Ibagu&eacute;, Ediciones contralor&iacute;a general del Tolima, 1987, p.56. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000235&pid=S0121-4705200600030000200063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>64. Ortega Jos&eacute;, <i>La obra salesiana de los lazaretos, </i> Bogot&aacute;, escuelas gr&aacute;ficas salesianas, 1938. t. I. p. 266. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000236&pid=S0121-4705200600030000200064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 65. <i>La Opini&oacute;n </i>, Septiembre 25 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000237&pid=S0121-4705200600030000200065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>66. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p. 624. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000238&pid=S0121-4705200600030000200066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 67. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p. 590. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000239&pid=S0121-4705200600030000200067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 68. <i>Diario Oficial </i>, No. 3844, Octubre 25 de 1876. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000240&pid=S0121-4705200600030000200068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>69<i>. El orden p&uacute;blico </i>, No. 2, Noviembre 15 de 1899. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000241&pid=S0121-4705200600030000200069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>70<i>. La Opini&oacute;n </i>, Septiembre 25 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0121-4705200600030000200070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 71. <i>El orden p&uacute;blico </i>, Nos. 144, 145,146, 147, 153, Mayo de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000243&pid=S0121-4705200600030000200071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>72. Tisnes Jim&eacute;nez Roberto M., <i>Mar&iacute;a Martinez de Nisser y la revoluci&oacute;n de los Supremos, </i> Bogot&aacute;, Biblioteca del Banco Popular, 1983, p.359, 358. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000244&pid=S0121-4705200600030000200072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>73. Quijano Otero Jos&eacute; Mar&iacute;a, <i>Diario de la guerra civil de 1860 y otros sucesos pol&iacute;ticos, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1982, p. 76. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000245&pid=S0121-4705200600030000200073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 74. Arbel&aacute;ez Tulio, <i>Campa&ntilde;as del General Ces&aacute;reo Pulido </i>. Bogot&aacute;: Imprenta Nacional, 1936.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000246&pid=S0121-4705200600030000200074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 75. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p.591. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0121-4705200600030000200075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>76<i>. El Triunfo </i>, Tunja, No 5, Marzo de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0121-4705200600030000200076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>77<i>. El Orden P&uacute;blico </i>, Febrero 10 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0121-4705200600030000200077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>78. Arboleda Sergio, <i>Diario de operaciones del ej&eacute;rcito del sur de la confederaci&oacute;n granadina, </i> Editado por Gerardo Andrade, Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 56-76. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000250&pid=S0121-4705200600030000200078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>79 .Quijano Wallis J., p. 110. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000251&pid=S0121-4705200600030000200079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>80<i>. El Semanario Oficial </i>, Bogot&aacute;, No. 31, Abril 18 de 1862. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000252&pid=S0121-4705200600030000200080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>81<i>. Gazeta de Santaf&eacute; de Bogot&aacute; </i>, No. 6, Septiembre 19 de 1819. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000253&pid=S0121-4705200600030000200081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>82. Salazar Parada Gilberto, <i>El pensamiento pol&iacute;tico de Santander, </i> Bogot&aacute;, Ediciones Norte, 1990, p. 87. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000254&pid=S0121-4705200600030000200082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>83. Camacho Roldan Salvador, <i>Escritos sobre econom&iacute;a y pol&iacute;tica, </i> Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Cultura. 1976, p. 249. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000255&pid=S0121-4705200600030000200083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>84. Mart&iacute;nez Silva Carlos, <i>Cap&iacute;tulos de historia pol&iacute;tica de Colombia, </i> Bogot&aacute;, Banco Popular, 1973, T. II. p. 84. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000256&pid=S0121-4705200600030000200084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>85. Brice&ntilde;o Manuel, <i>La revoluci&oacute;n 1876-1877. recuerdos para la historia </i>. Bogot&aacute;: imprenta Nacional, 1947, p. 313 ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000257&pid=S0121-4705200600030000200085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>86. Camargo P&eacute;rez Gabriel, <i>Sergio Camargo, El bayardo colombiano, </i> Tunja, Biblioteca de la Academia Boyacense de Historia, 1987, p. 178 ss <i>. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000258&pid=S0121-4705200600030000200086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>87<i>. El estado de guerra </i>. No. 4, diciembre 2 de 1876. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000259&pid=S0121-4705200600030000200087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>88 .Uribe Uribe Rafael, <i>Documentos militares y pol&iacute;ticos </i>. Medell&iacute;n: imprenta departamental, 1982, T. IV, p. 640. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000260&pid=S0121-4705200600030000200088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>89<i>. El orden p&uacute;blico </i>, No. 86, febrero 26 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000261&pid=S0121-4705200600030000200089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>90. Latorre Benjam&iacute;n, <i>Recuerdos de campa&ntilde;a (1900-1902), </i> Editorial San Juan Eudes, 1938, p. 66. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000262&pid=S0121-4705200600030000200090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>91. Caballero Lucas, <i>Memorias de la Guerra de los Mil D&iacute;as, </i> Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Cultura, Editorial ABC, 1980, p. 109-113 y 192-195. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000263&pid=S0121-4705200600030000200091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>92<i>. El estado de guerra </i>, No. 34, Abril 18 de 1877, p. 134. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000264&pid=S0121-4705200600030000200092&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>93<i>. La opini&oacute;n </i>, Bogot&aacute;, Marzo 17 de 1863. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000265&pid=S0121-4705200600030000200093&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>94. Ulloa Francisco de Paula, &quot;Algo de historia. Los prisioneros de Ter&aacute;n&quot;, en <i>La Opini&oacute;n </i>, Septiembre 25 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000266&pid=S0121-4705200600030000200094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>95. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 220 y 330. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000267&pid=S0121-4705200600030000200095&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>96. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 464. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000268&pid=S0121-4705200600030000200096&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>97<i>. C&oacute;digo penal del Estado Soberano de Antioquia de 1867, </i> Bogot&aacute;, Imprenta de Ortiz Malo, 1868, Art. 906. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000269&pid=S0121-4705200600030000200097&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>98. Rey Vera, Gloria Constanza. Reos y carceleros durante el per&iacute;odo radical en Santander (1858-1889) en <i>Memorias </i>. No. 1, Diciembre de 2003. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 2003. p. 245. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000270&pid=S0121-4705200600030000200098&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>99. Ramos Yaneth Victoria, <i>El pan&oacute;ptico de Tunja: Un aspecto del sistema carcelario en Colombia, </i> Tunja, Universidad Pedag&oacute;gica y Tecnol&oacute;gica de Colombia. Tesis de grado, 1988. p. 3-4. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000271&pid=S0121-4705200600030000200099&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>100<i>. La opini&oacute;n </i>, Bogot&aacute;, Marzo 17 de 1863. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000272&pid=S0121-4705200600030000200100&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>101. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p.161.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000273&pid=S0121-4705200600030000200101&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>102<i>. La opini&oacute;n, </i> Septiembre 25 de 1900.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000274&pid=S0121-4705200600030000200102&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>103. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 144; 16; 58. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000275&pid=S0121-4705200600030000200103&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>104. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 14. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000276&pid=S0121-4705200600030000200104&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 105. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 428. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000277&pid=S0121-4705200600030000200105&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>106. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 430-431.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000278&pid=S0121-4705200600030000200106&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 107. Uribe Uribe Juli&aacute;n, <i>Memorias </i>, Toro S&aacute;nchez, Edgar (Editor). <i>Memorias de Juli&aacute;n Uribe Uribe </i>. Bogot&aacute;, Banco de la Rep&uacute;blica , 1994, p. 467. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000279&pid=S0121-4705200600030000200107&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>108<i>. La opini&oacute;n </i>, Septiembre 25 de 1900. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000280&pid=S0121-4705200600030000200108&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>109. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 143. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000281&pid=S0121-4705200600030000200109&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>110. Mart&iacute;nez Delgado, Luis. <i>A prop&oacute;sito del Doctor Carlos Mart&iacute;nez Silva </i>. Bogot&aacute;: Editorial Marconi, 1930 op. cit., 460 ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000282&pid=S0121-4705200600030000200110&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>111. Arbel&aacute;ez Tulio, <i>Campa&ntilde;as del General Ces&aacute;reo Pulido </i>. Bogot&aacute;: Imprenta Nacional, 1936, p. 52 ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000283&pid=S0121-4705200600030000200111&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>112. Rodr&iacute;guez Pi&ntilde;eres Eduardo, <i>Diez a&ntilde;os de pol&iacute;tica liberal 1892-1902, </i> Bogot&aacute;, Editorial Incunables, 1985, p. 201. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000284&pid=S0121-4705200600030000200112&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>113. P&eacute;rez Sarmiento Jos&eacute; Manuel, <i>Reminiscencias liberales, </i> Bogot&aacute;, Editorial El Gr&aacute;fico, 1938, p. 246. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000285&pid=S0121-4705200600030000200113&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>114. P&eacute;rez Sarmiento Jos&eacute; Manuel, <i>Reminiscencias liberales, </i> Bogot&aacute;, Editorial El Gr&aacute;fico, 1938, p. 269 ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000286&pid=S0121-4705200600030000200114&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 115. Le&oacute;n -G&oacute;mez Adolfo. <i>Secretos del pan&oacute;ptico </i>. Bogot&aacute;: Imprenta de M. Rivas, 1905, p. 193 ss. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000287&pid=S0121-4705200600030000200115&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>116. P&eacute;rez Felipe, <i>Anales de la revoluci&oacute;n, </i> Bogot&aacute;, imprenta del Estado de Cundinamarca, 1862, p. 567. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000288&pid=S0121-4705200600030000200116&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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