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</front><body><![CDATA[    <font size="2" face="Verdana">     <p align="right"><b>Rese&ntilde;a</b> </p>      <p align="center"><font size="4" face="Verdana"><b>Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en Colombia</b></font></p>      <p align="center"><font face="Verdana" size="3"><b>Our nameless war. Transformations of the conflict in Colombia</b></font></p>         <p><b>C&eacute;sar A. Rodr&iacute;guez Garavito</b></p>      <p>Director del Centro de Investigaciones Sociojur&iacute;dicas (CIJUS) de la Universidad de Los Andes e investigador afiliado de la Universidad de Wisconsin-Madison.</p>  <hr size="1">       <p><i>Nuestra guerra sin nombre </i>es el balance m&aacute;s completo de la evoluci&oacute;n reciente del conflicto armado colombiano. Por su elaboraci&oacute;n colectiva y su ambici&oacute;n descriptiva y explicativa, pertenece a un distinguido linaje de estudios sobre la violencia en Colombia, entre los cuales destacan los conocidos informes <i>Colombia, violencia y democracia, </i>aparecido hace ya casi dos d&eacute;cadas, y el m&aacute;s reciente <i>El conflicto: callej&oacute;n con salida </i>, impulsado por el PNUD . En este sentido, contin&uacute;a y actualiza los aportes fundamentales del IEPRI a la tarea de explicar las causas y la persistencia de uno de los conflictos armados m&aacute;s longevos del mundo, as&iacute; como a la labor de se&ntilde;alar posibles v&iacute;as de salida. </p>      <p>Aunque los temas y las aproximaciones de los cap&iacute;tulos del libro son heterog&eacute;neos, es posible discernir tres preguntas que los atraviesan a todos. En primer lugar, &iquest;c&oacute;mo ha evolucionado el conflicto desde mediados de los a&ntilde;os noventa, cuando, de acuerdo con todas las mediciones, la actividad violenta de guerrillas y paramilitares se dispar&oacute; a niveles sin precedentes? Para responder esta pregunta de tipo descriptivo, la mayor parte de los cap&iacute;tulos ofrece una r&aacute;pida pero iluminadora historia de los actores ilegales que conforman lo que la introducci&oacute;n llama con acierto “la trinididad hobbesiana” de Colombia (insurgentes, paramilitares y narcotraficantes) y de las complejas relaciones de estos con el Estado. </p>      <p>En segundo lugar, la pregunta obligada: &iquest;qu&eacute; variables dan cuenta de esa y otras transformaciones recientes del conflicto? Como se ver&aacute; m&aacute;s adelante, los autores enfrentan este interrogante explicativo con bater&iacute;as conceptuales y metodol&oacute;gicas diversas que, aunque resaltan m&uacute;ltiples factores del conflicto, tienden a girar alrededor de la dicotom&iacute;a entre variables econ&oacute;micas y variables pol&iacute;ticas, que operan en las escalas local, nacional y global. </p>      <p>Finalmente, en medio de la agudizaci&oacute;n de la guerra, &iquest;c&oacute;mo ha sido posible que hayan continuado cohabitando la violencia y el caos de la guerra, de un lado, y la democracia y el orden jur&iacute;dico, del otro? Para reexaminar la conocida paradoja colombiana, los autores desarrollan con provecho la tesis de Colombia como pa&iacute;s de regiones. Con base en ella, indagan emp&iacute;ricamente la manera como violencia y democracia, caos y orden, son reproducidos mediante la imbricaci&oacute;n entre el poder de los actores armados ilegales que campean en municipios y regiones, y el poder de un Estado fragmentado que fracasa en su tarea de monopolizar el uso de la fuerza. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El libro puede decepcionar a quienes buscan respuestas r&aacute;pidas y un&iacute;vocas a estos interrogantes. Como corresponde a lo complejo y reciente de las tendencias examinadas, el texto se propone –seg&uacute;n lo aclaran Francisco Guti&eacute;rrez y Gonzalo S&aacute;nchez en el cap&iacute;tulo introductorio—“abrir espacios de debate m&aacute;s que llegar a conclusiones &uacute;nicas”, mediante la confrontaci&oacute;n de visiones que resaltan m&uacute;ltiples causas y adoptan diversos marcos te&oacute;ricos. Lo que el libro abre, en realidad, es m&aacute;s que un debate. Se trata de una promisoria agenda de investigaci&oacute;n que tiene el potencial de superar varias de las limitaciones de la violentolog&iacute;a colombiana, como lo insin&uacute;a un r&aacute;pido recuento de sus trece cap&iacute;tulos distribuidos en cinco partes. </p>      <p>La primera parte examina la internacionalizaci&oacute;n de la guerra en Colombia. Al hacerlo, contribuye a llenar el evidente vac&iacute;o de la tradici&oacute;n criolla de estudios sobre la violencia, centrada en las escalas local y nacional y en las particularidades del conflicto colombiano. Diana Rojas inquiere la creciente participaci&oacute;n de Estados Unidos en el conflicto colombiano y la forma como se ha desdibujado la frontera entre la “guerra contra las drogas” y la lucha antisubversiva, especialmente tras el 11 de septiembre de 2001. Socorro Ram&iacute;rez completa la mirada internacional con el an&aacute;lisis, en sendos cap&iacute;tulos, de dos conjuntos de actores del panorama reciente del conflicto colombiano: los Estados y organizaciones civiles europeas, de un lado, y los pa&iacute;ses lim&iacute;trofes con Colombia, del otro. En las contribuciones de Ram&iacute;rez es importante destacar el uso de una nueva base de datos que demuestra el “calentamiento” de las fronteras colombianas (especialmente la venezolana), en las que los grupos armados ilegales han aumentado sus acciones violentas. </p>      <p>La segunda parte indaga la evoluci&oacute;n de la “trinidad hobbesiana” y de la respuesta estatal a ella. Eduardo Pizarro revisa la trayectoria hist&oacute;rica de las FARC-EP y sostiene de manera pol&eacute;mica que, a partir de 1998, la organizaci&oacute;n guerrillera atraviesa un proceso de debilitamiento estrat&eacute;gico y aislamiento internacional que cierra el camino a la lucha armada y abre las puertas a una eventual soluci&oacute;n negociada del conflicto. Mario Aguilera se centra en el ELN y muestra c&oacute;mo los elementos que distinguen a esta organizaci&oacute;n de las FARC –su ideolog&iacute;a marxista-cristiana, su apego a sus zonas de influencia tradicional, su arraigo social en &eacute;stas, y su ambig&uuml;edad entre la pol&iacute;tica y la guerra— explican tanto su debilitamiento como su supervivencia. Francisco Guti&eacute;rrez y Mauricio Bar&oacute;n cierran esta parte del texto con una fascinante incursi&oacute;n etnogr&aacute;fica en las entra&ntilde;as del paramilitarismo de Puerto Boyac&aacute;, a partir de la cual documentan los complejos y cambiantes v&iacute;nculos de los paramilitares con el Estado, los narcotraficantes y los ganaderos que conformaban su base social original. </p>      <p>La tercera secci&oacute;n incluye un conjunto muy heterog&eacute;neo de art&iacute;culos que analizan la influencia mutua entre las transformaciones recientes del Estado –particularmente tras la expedici&oacute;n de la Constituci&oacute;n de 1991— y los cambios de los grupos armados al margen de la ley. Luis Alberto Restrepo hace un descarnado y provocador an&aacute;lisis de las limitaciones institucionales del Estado de derecho colombiano para enfrentar a una subversi&oacute;n que, a pesar de su desventaja militar, tiene una mayor coherencia organizativa y una mayor continuidad estrat&eacute;gica que las que permiten las reglas de juego democr&aacute;ticas a las que est&aacute; sujeto el Estado. Basados en un juicioso an&aacute;lisis cuantitativo, Fabio S&aacute;nchez y Mario Chac&oacute;n presentan un hallazgo igualmente perturbador y sorprendente: la descentralizaci&oacute;n impulsada por la Constituci&oacute;n de 1991, a la vez que ha mejorado la provisi&oacute;n de servicios esenciales y democratizado la pol&iacute;tica, ha fortalecido a los grupos guerrilleros y paramilitares al convertir a los gobiernos y presupuestos locales y regionales en presas f&aacute;ciles del clientelismo armado. Andr&eacute;s L&oacute;pez, por su parte, indaga las ra&iacute;ces hist&oacute;ricas y la evoluci&oacute;n reciente del narcotr&aacute;fico y su rol de combustible del crecimiento de grupos armados de izquierda y derecha por igual. La secci&oacute;n termina con un texto de Jonathan Di John que, aunque recoge el interesante debate en las ciencias sociales sobre los Estados rentistas y las nuevas guerras civiles como luchas por el control de recursos naturales, se queda corto al conectarlo con la discusi&oacute;n del caso colombiano que domina el resto del volumen. </p>      <p>La cuarta parte hace un aporte emp&iacute;rico importante a los estudios sobre los patrones hist&oacute;ricos de la violencia, que promete darle un respaldo cuantitativo m&aacute;s firme a la violentolog&iacute;a criolla que el predominante en agendas de investigaci&oacute;n precedentes. En particular, la nueva Base de Datos de Violencia Pol&iacute;tica Letal del IEPRI (1975-2004), comentada por Francisco Guti&eacute;rrez en su cap&iacute;tulo sobre tendencias del homicidio pol&iacute;tico en Colombia, tiene un enorme potencial para darle, por fin, firme asidero num&eacute;rico a los an&aacute;lisis sobre el tema. A pesar de las limitaciones impuestas por la naturaleza de la informaci&oacute;n que recoge, la base de datos permite, entre otras cosas, distinguir muertes pol&iacute;ticas causadas dentro y fuera de combate, identificar el tipo de v&iacute;ctima involucrada, hacer descomposiciones regionales y saldar de una vez por todas el pseudo-debate sobre la existencia de una guerra en Colombia (la respuesta precedible es que s&iacute; estamos en guerra ininterrumpida por lo menos desde 1983, cuando el n&uacute;mero de muertes pol&iacute;ticas sobrepas&oacute; el umbral internacional del millar). Basados en una base de datos distinta (las de Cinep y Justicia y Paz), Jorge Restrepo, Michael Spagat y Juan F. Vargas se centran en la pregunta sobre los victimarios y las v&iacute;ctimas de la violencia reciente y confirman la hip&oacute;tesis de la agudizaci&oacute;n de la guerra desde mediados de los noventa y la creciente victimizaci&oacute;n de los civiles en este per&iacute;odo. </p>      <p>Finalmente, en el solitario cap&iacute;tulo de la quinta parte, Ricardo Pe&ntilde;aranda gira el lente anal&iacute;tico hacia el importante tema de las experiencias de resistencia civil frente a la guerra, que bien habr&iacute;an merecido mayor atenci&oacute;n en el libro. En su texto, Pe&ntilde;aranda se centra en el caso de la resistencia de los ind&iacute;genas del suroccidente colombiano y documenta su tr&aacute;nsito de la movilizaci&oacute;n armada en la segunda mitad de los ochenta (a trav&eacute;s del Quint&iacute;n Lame) a la resistencia civil pac&iacute;fica desde los noventa. </p>      <p>Como lo muestra esta apretada s&iacute;ntesis, la pluralidad de temas y aproximaciones del libro hace dif&iacute;cil la tarea de ofrecer comentarios generales. En lo que sigue, por lo tanto, prefiero la estrategia de iluminar tres aspectos del libro –esto es, las coincidencias, las divergencias y las limitaciones de los cap&iacute;tulos— que son especialmente llamativos para el lector y pueden ser particularmente provechosos para el debate que provocar&aacute; la publicaci&oacute;n. </p>      <p>Comencemos por las coincidencias entre los cap&iacute;tulos. A pesar de sus diferencias metodol&oacute;gicas y tem&aacute;ticas, los autores convergen en la descripci&oacute;n b&aacute;sica de la trayectoria reciente del conflicto. Analizando ora las acciones de los grupos guerrilleros, ora la evoluci&oacute;n del paramilitarismo, sostienen la existencia de un recrudecimiento de la violencia pol&iacute;tica desde mitad de la d&eacute;cada pasada. Causada por una multiplicidad de factores –entre los que destaca el debilitamiento nacional e internacional del Estado colombiano durante el gobierno Samper—, esta tendencia alcanz&oacute; su punto m&aacute;s alto con los triunfos militares sin precedentes de las FARC entre 1996 y 1997, como lo ilustra el interesante an&aacute;lisis de Pizarro sobre el avance estrat&eacute;gico de esta organizaci&oacute;n guerrillera. Las acciones de los grupos paramilitares experimentaron una explosi&oacute;n paralela, como lo muestran Guti&eacute;rrez y Bar&oacute;n en su cap&iacute;tulo. La expansi&oacute;n de unos y otros, seg&uacute;n lo muestran S&aacute;nchez y Chac&oacute;n en su art&iacute;culo, fue alimentada con los cuantiosos recursos del narcotr&aacute;fico y la explotaci&oacute;n de otras econom&iacute;as legales e ilegales. </p>      <p>Los an&aacute;lisis tambi&eacute;n coinciden, sin embargo, en que la tendencia ha sido parcialmente revertida desde finales de los noventa, per&iacute;odo en el que factores dom&eacute;sticos (la modernizaci&oacute;n del Ej&eacute;rcito iniciada en el gobierno Pastrana y la pol&iacute;tica de seguridad democr&aacute;tica del gobierno Uribe) se alinearon con factores internacionales (la intolerancia hacia la violencia extraestatal tras el 11 de septiembre) para reducir el espacio pol&iacute;tico y militar de los grupos armados ilegales. Unido a ello, como lo sugiere el estudio de caso de Guti&eacute;rrez y Bar&oacute;n, el avance paramilitar en zonas que antes estaban en disputa ha garantizado la paz p&uacute;blica (entendida como ausencia de combates y reducci&oacute;n de homicidios) a cambio de la consolidaci&oacute;n de los gobiernos de facto paramilitares. Aunque el libro fue escrito cuando apenas promediaba el gobierno de &Aacute;lvaro Uribe, los acontecimientos de los dos &uacute;ltimos a&ntilde;os ofrecen respaldo emp&iacute;rico adicional a la trayectoria descrita en &eacute;l. </p>      <p>Los cap&iacute;tulos tambi&eacute;n coinciden en resaltar las ra&iacute;ces locales y regionales de la evoluci&oacute;n reciente del conflicto, tanto en su fase ascendente como en su per&iacute;odo descendente. En la primera –seg&uacute;n lo se&ntilde;alan, entre otros, los art&iacute;culos de Aguilera, Restrepo, y S&aacute;nchez y Chac&oacute;n—la descentralizaci&oacute;n pol&iacute;tica, administrativa y fiscal iniciada en 1988 y profundizada por la Constituci&oacute;n de 1991 convirti&oacute; a los departamentos y, especialmente, a los municipios, en el blanco predilecto del clientelismo armado de paramilitares y guerrilleros. La disputa por las nuevas rentas y nichos de poder locales, por tanto, se convirti&oacute; en eficaz combustible de la violencia irregular. En la fase descendente del conflicto, los ganadores de dicha disputa han consolidado su poder local y, de esta forma, reforzado la fragmentaci&oacute;n del Estado colombiano. </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Este acuerdo general en el diagn&oacute;stico contrasta con las divergencias entre los autores sobre la explicaci&oacute;n de la evoluci&oacute;n del conflicto y el pron&oacute;stico que de ella se desprende. En cuanto a lo primero, a pesar de la defensa de la multicausalidad hecha en la mayor&iacute;a de los cap&iacute;tulos, el debate explicativo gira alrededor de los dos tipos de variables que dominan la discusi&oacute;n de la bibliograf&iacute;a internacional sobre las guerras civiles contempor&aacute;neas (comp&aacute;rese, entre muchos otros, Collier y Hoeffler 2001 y Cramer 2002). En contraste con la tradici&oacute;n de los estudios sobre violencia en Colombia, que encontraban las ra&iacute;ces de este fen&oacute;meno en factores pol&iacute;ticos (p.ej., el car&aacute;cter excluyente del sistema electoral), los cap&iacute;tulos del libro a&ntilde;aden a estos variables de tipo econ&oacute;mico (p.ej., la disputa armada por el control de las rentas del narcotr&aacute;fico y otras econom&iacute;as legales e ilegales). Factores pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos, por tanto, se mezclan en amalgamas diversas en los cap&iacute;tulos para ofrecer una nueva explicaci&oacute;n de la violencia que incorpora los cambios del conflicto en la &uacute;ltima d&eacute;cada. El libro presenta, en suma, el germen de una agenda de investigaci&oacute;n fruct&iacute;fera sobre la econom&iacute;a pol&iacute;tica de la guerra colombiana. </p>       <p>No sorprende, por tanto, que entre los autores existan las mismas l&iacute;neas de fractura te&oacute;ricas y metodol&oacute;gicas que caracterizan la bibliograf&iacute;a internacional sobre el tema. Algunos cap&iacute;tulos se inspiran en la tradici&oacute;n te&oacute;rica de la sociolog&iacute;a pol&iacute;tica y la ciencia pol&iacute;tica (Tilly 1985 y Giddens 1987) para hacer hincapi&eacute; en el arraigo pol&iacute;tico de la disputa armada por recursos econ&oacute;micos y abogar por estudios de caso detallados que muestren la imbricaci&oacute;n de lo pol&iacute;tico y lo econ&oacute;mico en el espacio y en el tiempo. La defensa m&aacute;s expl&iacute;cita de esta posici&oacute;n se encuentra en el cap&iacute;tulo de Di John, pero la muestra m&aacute;s acabada y fruct&iacute;fera de su alcance emp&iacute;rico y te&oacute;rico es el trabajo de Guti&eacute;rrez y Bar&oacute;n sobre el paramilitarismo del Magdalena Medio. </p>       <p>Otros cap&iacute;tulos, en cambio, acuden a las herramientas conceptuales y metodol&oacute;gicas de la econom&iacute;a para ofrecer an&aacute;lisis cuantitativos del predominio de determinantes econ&oacute;micos en las fases recientes de la guerra colombiana. El exponente m&aacute;s s&oacute;lido de esta aproximaci&oacute;n es el trabajo de S&aacute;nchez y Chac&oacute;n sobre el efecto de la descentralizaci&oacute;n sobre el conflicto, que ilustra con rigor cuantitativo el peso causal que tiene sobre el recrudecimiento de la guerra la lucha de los grupos armados por las rentas de las transferencias a los municipios. Como lo muestra este r&aacute;pido contraste, se trata de un debate genuino y provechoso en el que los autores inscritos en una y otra l&iacute;nea parecen abiertos a examinar la interacci&oacute;n entre variables pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas y, al hacerlo, a contribuir al avance del conocimiento sobre las causas, evoluci&oacute;n y posibles salidas de la guerra. </p>       <p>Las diferencias son igualmente patentes en relaci&oacute;n con el pron&oacute;stico sobre el conflicto. Aunque, como lo resaltan los cap&iacute;tulos de Rojas, Ram&iacute;rez y Pizarro, es claro que una eventual finalizaci&oacute;n del conflicto depende cada vez m&aacute;s de actores y tendencias geopol&iacute;ticas internacionales, los autores tienen posiciones contrastantes sobre la cercan&iacute;a de ese final. Mientras que para Pizarro nos encontramos en un “punto de inflexi&oacute;n” del conflicto en el que Estado y subversi&oacute;n se desgastan en un empate mutuamente perjudicial que los llevar&aacute; a la mesa de negociaci&oacute;n m&aacute;s pronto que tarde, otros parecen ser menos optimistas y ver&iacute;an el conflicto o bien en un punto ciego (Restrepo) o en un equilibrio inestable que podr&iacute;a perdurar (S&aacute;nchez y Chac&oacute;n, L&oacute;pez, y Guti&eacute;rrez y Bar&oacute;n). Infortunadamente, en relaci&oacute;n con este punto crucial el libro no ofrece evidencia emp&iacute;rica contundente. A falta de datos sistem&aacute;ticos, el debate sobre si las FARC se encuentran en un declive terminal o en un repliegue estrat&eacute;gico, o sobre si la paz paramilitar est&aacute; aqu&iacute; para quedarse o es apenas una pausa en la guerra, contin&uacute;a irresuelto. </p>       <p>Finalmente, dado que nos encontramos ante una agenda de investigaci&oacute;n abierta y germinal, hay que se&ntilde;alar una limitaci&oacute;n del libro que podr&iacute;a ser superada en encarnaciones ulteriores del proyecto. Siguiendo con una tradici&oacute;n arraigada en las ciencias sociales colombianas, buena parte de los cap&iacute;tulos tiene un fuerte &eacute;nfasis descriptivo, anclado principalmente en fuentes secundarias como archivos de prensa. Tienden a quedar de lado, entonces, las tareas igualmente importantes de construcci&oacute;n te&oacute;rica y de recolecci&oacute;n de informaci&oacute;n primaria a trav&eacute;s de trabajo de campo. </p>       <p>Si bien el comentario descriptivo tiene importancia y utilidad –al fin y al cabo, es m&aacute;s provechosa una buena descripci&oacute;n densa que una mala teor&iacute;a—, los estudios sobre la violencia en Colombia est&aacute;n en mora de generar marcos te&oacute;ricos de rango intermedio cuyos conceptos e hip&oacute;tesis causales puedan ser evaluados mediante investigaci&oacute;n emp&iacute;rica rigurosa basada en todo tipo de metodolog&iacute;as. S&oacute;lo as&iacute; la violentolog&iacute;a criolla puede generar una agenda de estudio abierta a especialistas de diversas disciplinas y al intercambio acad&eacute;mico internacional. El potencial de este tipo de trabajo es ilustrado por los notables cap&iacute;tulos de Guti&eacute;rrez y Bar&oacute;n y de S&aacute;nchez y Chac&oacute;n. Desde &aacute;ngulos tem&aacute;ticos y metodol&oacute;gicos muy diferentes –el primero es un an&aacute;lisis cualitativo del paramilitarismo y el segundo un estudio cuantitativo de los determinantes del recrudecimiento del conflicto—, los dos logran el equilibrio deseable entre teor&iacute;a y evidencia que promete impulsar el debate y la agenda de investigaci&oacute;n abiertos en buena hora por esta nueva publicaci&oacute;n del IEPRI. </p>  </font>       ]]></body>
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