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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face="Verdana">      <p align="right"><b>Rese&ntilde;a</b></p>       <p align="center"><font size="4" face="Verdana"><b>Guerras, Memoria e Historia <a href="#(1)">(1)</a> </b></font></p>       <p align="center"><font face="Verdana"size="3"><b>Wars, Memory and History</b></font></p>        <p><b>De Gonzalo S&aacute;nchez G&oacute;mez</b></p>     <p><b>Carlos Mario Perea Restrepo</b></p> <hr size="1">       <p>Gonzalo S&aacute;nchez emprende un nuevo camino. En su &uacute;ltimo libro, <i>Guerras, Memoria e Historia </i>, se introduce en otro rostro de la guerra, la violencia y la muerte en Colombia: en la memoria y el papel que ella cumple en el arreglo de cuentas con el pasado toda vez que un pa&iacute;s pretende sobreponerse a los estragos de la guerra. Si la afirmaci&oacute;n cobra vigencia en numerosos lugares donde se ha puesto t&eacute;rmino a la dictadura militar o la conflagraci&oacute;n armada -como bien lo revela un abanico de experiencias extendido entre la segunda guerra mundial y las sociedades pos conflicto de Centroam&eacute;rica <a href="#(2)">(2)</a>, en Colombia, una naci&oacute;n azotada por el flagelo de la guerra end&eacute;mica, el lugar resolutivo de la memoria cobra todo su realce. </p>      <p>El texto se ordena en torno a un interrogante capital, por dem&aacute;s el m&aacute;s acuciante de la historia de Colombia desde el comienzo de la segunda mitad del siglo XX hasta el d&iacute;a de hoy. &iquest;C&oacute;mo explicar la terca permanencia de la guerra colombiana, esa exasperante circularidad que parece convertirla en una especie de experiencia colectiva imposible de superar? &iquest;Qu&eacute; se entraba entonces en una naci&oacute;n que pese a 26 amnist&iacute;as y 63 indultos no termina de superar su violencia <a href="#(3)">(3)</a>? El autor nos propone dos grandes rutas de exploraci&oacute;n. De un lado muestra la funci&oacute;n primordial de la memoria en cualquier tentativa de superar la violencia. Del otro devela los n&uacute;cleos de sentido mediante los cuales la guerra encuentra, en Colombia, carriles de prolongaci&oacute;n. Avanzaremos sobre cada uno de ellos para, en un tercer momento, comentar algunos puntos pertinentes a la tem&aacute;tica en cuesti&oacute;n. </p>       <p><b>1. La memoria y su papel </b></p>      <p>Frente a la terca permanencia de la eliminaci&oacute;n del oponente como modo de tramitaci&oacute;n del conflicto, la memoria tiene m&aacute;s de una palabra por enunciar. Por principio su presencia como elemento insoslayable de la paz impide olvidar que el pasado habita todav&iacute;a en el presente, todo lo cual viene cargado de consecuencias. Primero ella fuerza un viraje hacia las v&iacute;ctimas, vale decir un proceso de pacificaci&oacute;n debe descentrar su foco de inter&eacute;s desde el poder y el establecimiento hacia los derrotados y afectados por el conflicto violento. Es necesario desagraviar y reparar el mal ocasionado por la muerte y la destrucci&oacute;n, un imperativo que significa tanto resarcir a los afectados como dignificar a los derrotados. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Segundo, el protagonismo de la memoria da cuenta de la existencia de conciencias distintas y encontradas. &amp;quot; <i>En toda guerra hay […] diversas guerras entrelazadas </i>&quot;, nos asevera<sup>1</sup>. Se puede decir que la memoria es por antonomasia la memoria en conflicto; ella se construye de versiones y experiencias dis&iacute;miles que corren desde la narraci&oacute;n de los vencedores hasta la abigarrada multiplicidad de relatos de los afectados y vencidos. Dicho texto fragmentado y hasta inconexo, si se pretende aplicar con alg&uacute;n rigor la justicia, obliga a instituir un conjunto de mecanismos que permitan establecer la veracidad de los hechos siempre conflictivos que constituyen la guerra. Es una justicia que se asume retroactiva y sin l&iacute;mites de tiempo; su potestad pretende extenderse atr&aacute;s al pasado hasta tanto haya sido restituida la dignidad de los implicados. </p>      <p>Tercero, la memoria habla en tanto nos recuerda que el conflicto tiene determinaciones objetivas enterradas en la historia de constituci&oacute;n de la nacionalidad. La paz tiene que ponerse de cara a ellas, a la compleja tarea de incidir sobre las ra&iacute;ces que funcionaron como disparadores del conflicto, a fin de extirparlas. Como dice Gonzalo S&aacute;nchez, el proceso de paz m&aacute;s que orientarse a la soluci&oacute;n del conflicto debe &amp;quot; <i>apostarle a su transformaci&oacute;n </i>&quot;. Y parafraseando a Kant &amp;quot; <i>la paz debe ser instaurada, e instaurar la paz es resolver las causas que dieron origen a la guerra y a las que surgieron en el curso de la confrontaci&oacute;n </i>&quot; –remata el autor-<sup>2</sup>. </p>        <p>No obstante en el horizonte de los procesos de paz en Colombia la memoria, y sus muchas implicaciones, brillan por su precariedad o ausencia <a href="#(4)">(4)</a>. El punto es particularmente cr&iacute;tico pues, en palabras del autor, la norma colombiana es m&aacute;s bien &amp;quot; <i>la necesidad del olvido recurrente [de] las memorias subordinadas </i>&quot;. Es as&iacute; c&oacute;mo, seg&uacute;n Gonzalo S&aacute;nchez , nuestro largo historial muestra que las negociaciones no han sido un arreglo entre iguales sino un acto de subordinaci&oacute;n de los derrotados, en cuyo caso la paz se convierte, no en una oportunidad de reconducir el destino colectivo, sino en un simple acto de relegimitimaci&oacute;n del establecimiento, una vez m&aacute;s dotado de la capacidad de imponer a los derrotados la sumisi&oacute;n , y a sus causas el olvido. Dicho en sus palabras &amp;quot; <i>se confunde la amnist&iacute;a con la paz </i>&quot; <sup>3</sup>. </p>       <p>La experiencia del Frente Nacional, de la que el libro se ocupa en varios pasajes, es ilustrativa. El olvido se impuso. El arreglo institucional entre los cen&aacute;culos de los partidos pol&iacute;ticos, su &amp;quot; <i>autoamnist&iacute;a </i>&quot; como dice el autor, le puso t&eacute;rmino a la bandera partidista como justificaci&oacute;n de la confrontaci&oacute;n. Es su m&eacute;rito, naturalmente. Pero en la medida en que el esp&iacute;ritu del pacto se circunscribi&oacute; al partidismo militante, haciendo caso omiso de lo social y sus din&aacute;micas, el arreglo soslay&oacute; la existencia de vencidos y de experiencias distintas al poder&iacute;o partisano. Se borraron de la escena los grandes perdedores, los campesinos, para quienes su movilizaci&oacute;n, ciertamente envuelta en las causas de los partidos, expresaba a la vez el flujo de una realidad hist&oacute;rica que ya no se dejaba atrapar en los c&aacute;nones partidistas por entonces hegem&oacute;nicos. Los art&iacute;fices del Frente Nacional –nos dice-, algunos de ellos atizadores directos de la hecatombe, &amp;quot; <i>se reservan el control de la verdad sobre ese pasado, respecto del cual el arrepentimiento no tiene cabida </i>&quot; <sup>4</sup>. El olvido de los perdedores y los determinantes propulsores del conflicto, en suma la mutilaci&oacute;n de la memoria, moldea la trama donde se recicla la violencia contempor&aacute;nea ante la que el Frente Nacional result&oacute; sencillamente est&eacute;ril. </p>      <p>&iquest;Ser&aacute; que la Colombia de hoy no puede aleccionarse con su propio pasado hist&oacute;rico? &iquest;Con qu&eacute; estatuto de memoria se tendr&aacute; que negociar con las FARC, una guerrilla que, pese a su franca intromisi&oacute;n en una amplia variedad de pr&aacute;cticas ilegales, porta consigo la verdad de la exterminaci&oacute;n de la Uni&oacute;n Patri&oacute;tica ? &iquest;Y con qu&eacute; estatuto se han efectuado los acuerdos con el paramilitarismo? El &uacute;ltimo caso es especialmente espinoso. Se trata de una negociaci&oacute;n sin vencidos. Los paramilitares no son ni un ej&eacute;rcito derrotado ni mucho menos alguna suerte de enemigos del establecimiento. Con plena raz&oacute;n el reciente fallo de la Corte Constitucional se pronuncia sobre la alternatividad penal y la reparaci&oacute;n de las v&iacute;ctimas: la reincorporaci&oacute;n de las Autodefensas ha de producirse expiando el dolor y el despojo que provocaron. &iquest;C&oacute;mo resolver pues el &amp;quot; <i>contencioso </i>&quot; de la memoria ante el conflicto que aguarda detr&aacute;s del actual enfrentamiento armado, el mismo que los paramilitares no hacen sino expresar desde la orilla opuesta? Ante estos inquietantes interrogantes nos deja parados el libro de <i>Guerras, Memoria e Historia </i>. </p>      <p><b>2. Guerra end&eacute;mica y sentido </b></p>      <p>Hay continuidad en el historial de la violencia colombiana, es el supuesto que subyace al libro. Entre una etapa y la siguiente hay diferencias abismales, bien en la naturaleza de los contendientes y sus razones de combate, bien en los modos de tramitaci&oacute;n del desarme. El autor no es ajeno a tales diferencias, las tematiza en otros textos<sup>5</sup> y en el presente libro las ahonda en una y otra p&aacute;gina. No obstante, por encima de las brechas, los distintos momentos de la violencia colombiana se hallan atados por un potente hilo hist&oacute;rico. Pese al arduo y complejo proceso de desarrollo de la naci&oacute;n a lo largo de ya casi dos siglos, el ejercicio de la violencia parece resistirse a abandonar algunos de sus rasgos propios de tramitaci&oacute;n, rasgos singulares a la trayectoria colombiana: en primera instancia el lugar de la violencia dentro de las pr&aacute;cticas colectivas; en segundo t&eacute;rmino las formas de resoluci&oacute;n de la confrontaci&oacute;n armada. </p>        <p>Luego de las numerosas y cruentas guerras civiles del siglo XIX, y despu&eacute;s de un respiro de casi 40 a&ntilde;os <a href="#(5)">(5)</a>, el pa&iacute;s se ve abocado otra vez al proceso de violencia que comienza dos a&ntilde;os antes del asesinato de Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n. Desde ese entonces hasta nuestros d&iacute;as –exceptuando un breve descenso durante la segunda mitad de los a&ntilde;os 60-, la guerra no deja de invadir la escena p&uacute;blica. Los actores y sus determinaciones sociales han cambiado de manera notable, saltan del soldado partidista del XIX, al guerrillero y al paramilitar del XXI, pero a todos los anuda una similar conciencia del v&iacute;nculo entre pol&iacute;tica y guerra: tomar las armas es un procedimiento legitimado. &amp;quot; <i>La guerra no era un recurso excepcional […] era uno de los lugares del poder, al lado de otros como el parlamento, los partidos y las asociaciones </i>&quot;, nos dice a prop&oacute;sito de la guerra civil en general pero como afirmaci&oacute;n v&aacute;lida para el decurso colombiano<sup>6</sup>. </p>        <p>La entronizaci&oacute;n de la violencia en la madeja de las pr&aacute;cticas p&uacute;blicas se produce sobre el trasfondo de sus modos de resoluci&oacute;n. Adoptando la diferenciaci&oacute;n entre conflictos que se terminan y conflictos que se resuelven, postula: &amp;quot; <i>no hay en nuestro turbulento pasado guerras resolutivas </i>&quot; <sup>7</sup>. Ninguna de nuestras numerosas conflagraciones violentas se presta a la instauraci&oacute;n de un comienzo, de un momento inaugural a partir del cual fijar un acto fundacional donde sea factible ubicar el inicio de una renovada etapa hist&oacute;rica (as&iacute; como lo fue la Revoluci&oacute;n mexicana, por ejemplo). Por el contrario, las guerras del XIX se emprend&iacute;an con la certeza de la futilidad de sus consecuencias –terminaron todas en amnist&iacute;as sin mayores secuelas-, la Violencia partidista del XX se sepult&oacute; en el olvido y las confrontaciones contempor&aacute;neas no tienen visos de soluci&oacute;n reconstructiva. Es como si la guerra en Colombia no se pudiera resolver a s&iacute; misma, dando p&aacute;bulo a la sensaci&oacute;n de un presente eterno. De all&iacute; la pertinencia de la dupla de democracia y violencia como constructo interpretativo de nuestro pasado: la institucionalidad democr&aacute;tica m&aacute;s vigorosa del continente convive, a la vez, con la m&aacute;s constante y cruda violencia. </p>        <p>En el transcurso de este presente continuo la violencia se dot&oacute; de singulares formas de desciframiento simb&oacute;lico. Por encima del sin fin de enfrentamientos, el pa&iacute;s carece de alg&uacute;n monumento a los cientos de ca&iacute;dos en combate, mientras, en consonancia, resulta imposible la instauraci&oacute;n de alg&uacute;n rito de rememoraci&oacute;n festivo de alguna faena heroica <a href="#(6)">(6)</a>. Con respecto a la Violencia partidista de mitad de siglo XX el 9 de abril se convierte en el &uacute;nico referente identificable, &amp;quot; <i>como si el &uacute;nico muerto reconocible por su nombre fuera Gait&aacute;n, o como si todos los dem&aacute;s […] se diluyeran en &eacute;l. Gait&aacute;n, s&iacute;mbolo de la unidad del pueblo en la plaza […] es tambi&eacute;n el s&iacute;mbolo de unidad en la muerte </i>&quot;. Y frente al momento actual, la guerra pierde , cada vez con mayor fuerza, lo que el profesor S&aacute;nchez llama &amp;quot; <i>los contenidos determinantes </i>&quot;; esto es, la din&aacute;mica misma de la lucha termina por devorar sus motivaciones y justificaciones. La guerra ingresa en el orden de lo no representable, como si hubiera un impedimento para la configuraci&oacute;n de un dispositivo cultural donde resignificar ese retazo de la experiencia colectiva que arrastra consigo la violencia. Los NN, los muertos sin nombre, proliferan. Es la paradoja de nuestra muerte, la violencia se erige como conector que nos hila al pasado pero sumi&eacute;ndolo en un dolor sin nombre. Tal condici&oacute;n le permite aseverar que de alg&uacute;n modo todos somos en Colombia desplazados, pues &amp;quot; <i>hemos perdido los referentes y seguimos a la b&uacute;squeda de la unidad de una experiencia hist&oacute;rica que s&oacute;lo nos aparece como dispersa, hecha pedazos, y con un sentido de p&eacute;rdida irrecuperable </i>&quot; <sup>8</sup>. </p>        ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>3. Cultura y violencia </b></p>      <p>Ahora bien, una vez expuestas las dos grandes rutas del libro estamos en condiciones de se&ntilde;alar lo que a nuestro parecer constituyen los nudos cr&iacute;ticos de la reflexi&oacute;n. Se trata de cinco puntos. Los cuatro primeros hacen parte de vac&iacute;os que ser&iacute;a conveniente incorporar a la discusi&oacute;n. Ellos son el desciframiento del Otro, el papel de la sociedad, el contexto contempor&aacute;neo y el di&aacute;logo que cruza el texto. El quinto, para finalizar, se refiere al campo donde se inscribe la reflexi&oacute;n y por tanto donde hace su contribuci&oacute;n: la relaci&oacute;n entre violencia y cultura. </p>      <p>El primer nudo habla de la forma como se construye la alteridad pol&iacute;tica, un elemento tocado de pasada en el libro pero que consideramos constituye un coraz&oacute;n del s&iacute;mbolo pol&iacute;tico en Colombia. Durante el siglo XIX se construyeron potentes contradictores pol&iacute;ticos que desembocaron con frecuencia en la guerra. En ello no hay nada singular. Con excepci&oacute;n de Chile el resto de naciones latinoamericanas tuvieron amargas contiendas civiles, unas m&aacute;s y otras menos. La particularidad colombiana fragua pues en el salto al siglo XX. La imposibilidad de resolver la relaci&oacute;n entre religi&oacute;n y partido –en Colombia hasta el Frente Nacional el partido, antes que el Estado, domina la escena p&uacute;blica-, determin&oacute; la imposibilidad de mantener la separaci&oacute;n entre la esfera de lo privado y el mundo de lo p&uacute;blico. Lo religioso, en un pa&iacute;s francamente cat&oacute;lico, no pudo conservar la funci&oacute;n de un espacio neutro capaz de intermediar la gesti&oacute;n del conflicto sino que, por el contrario, tom&oacute; abierto partido coloc&aacute;ndose del lado del conservatismo. En consecuencia lo pol&iacute;tico partisano invade lo privado, tiraniza las creencias dividiendo la sociedad en ateos y creyentes, hegemoniza las identidades colectivas determinando hasta la primera imagen p&uacute;blica de la familia , y regula los intercambios en lo &iacute;ntimo, incluido el matrimonio. En la breve anotaci&oacute;n biogr&aacute;fica inicial, Gonzalo S&aacute;nchez nos revela la fuerza extraordinaria de las fracturas que sacud&iacute;an a la Colombia de hace medio siglo, la supervivencia de &eacute;l y sus allegados la intermedi&oacute; el azar de &aacute;rboles familiares cruzados, la mitad liberal y la otra conservadora. </p>      <p>En el trance de esta imbricaci&oacute;n entre p&uacute;blico privado, entre fe y pol&iacute;tica, entre partido y conciencia, el Otro comenz&oacute; a constituirse en un lugar donde no cab&iacute;a el reconocimiento sino, todo lo contrario, se le confinaba al espacio propio de la muerte y el aniquilamiento. El Frente Nacional sell&oacute; tal desciframiento en t&eacute;rminos de las bander&iacute;as roja y azul, pero en su incapacidad de atisbar el fundamento social sobre el que discurr&iacute;a ahora el conflicto –m&aacute;s all&aacute; de la centenaria refriega partidista-, traslad&oacute; el ensamble de la alteridad pol&iacute;tica a las nuevas oposiciones que por entonces emerg&iacute;an en el horizonte. De tal suerte, antes que una cultura donde todo es negociable –como lo propone <i>Guerras, Memoria e Historia </i>-, habr&iacute;a que reconocer la huella de una cultura pol&iacute;tica de lo innegociable, de lo intramitable y lo intransigible y donde, como corolario, se torna inviable la auto conciencia sobre el conflicto en la propia identidad. Los efectos de la guerra pod&iacute;an ser a la postre inocentes, se sab&iacute;a desprovista de consecuencias fatales; sin duda ello hace su contribuci&oacute;n a la eterna reedici&oacute;n de la guerra. Pero se emprend&iacute;an, antes como ahora, con sa&ntilde;a y determinaci&oacute;n, seguro de que en el campo de batalla se encontraba el &uacute;nico remedio ante la fatal existencia del opositor. M&aacute;s que paralelismo entre la violencia y el parlamento, as&iacute; las cosas, en m&aacute;s de un momento cr&iacute;tico la guerra sustituye y erosiona el primordio de la vida democr&aacute;tica. </p>      <p>El segundo nudo toca la funci&oacute;n de la sociedad en la construcci&oacute;n del acto violento. El texto, en toda su extensi&oacute;n, respira actor armado y conflicto b&eacute;lico. Mas la sociedad es la gran ausente. &iquest;Qu&eacute; porci&oacute;n de nuestra violencia se dispara de cuenta de una sociedad dispuesta a acudir al exterminio del contradictor? El soldado y el campo de batalla no agotan la multiforme experiencia de la muerte colombiana, antes bien una considerable cantidad de la estad&iacute;stica luctuosa proviene de escenarios donde se dirime la vida cotidiana. Lo revela el reducido porcentaje de asesinatos producidos dentro de la escena pol&iacute;tica, as&iacute; como la tumultuosa cantidad de homicidios cometidos en las calles de la urbe –donde la guerra y los actores armados tienen una relativa y compleja presencia-. En cada caso emerge la turbadora confirmaci&oacute;n de una sociedad embebida en la iniciativa de las armas, desde los denunciados desmanes de la Guerra de los Mil D&iacute;as hasta las defensas urbanas de vecinos dispuestos a &amp;quot;frentiar&quot; los aprietos de la convivencia. </p>      <p>El siguiente nudo toca con el contexto de la sociedad contempor&aacute;nea respecto al modo de asumir la soluci&oacute;n de la guerra y la memoria all&iacute; posible –un nudo que sabemos desborda el libro pero que pensamos pertinente mencionar a prop&oacute;sito de la discusi&oacute;n-. Colombia proviene de la fragmentaci&oacute;n, la guerra con sus numerosos actores lo comprueba. Es su herencia, una que entra en juego ante una era donde el poder se degrada en manos de los actores privados, las empresas mafiosas y las organizaciones criminales. Ciertamente en el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo del libro Gonzalo S&aacute;nchez aborda el contexto internacional afirmando que su presencia determina el curso futuro de las negociaciones. La presi&oacute;n internacional levanta &amp;quot; <i>barreras que imponen l&iacute;mites irreversibles a la tradici&oacute;n colombiana de que todo es negociable </i>&quot;<sup>9</sup>. Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; del marco impuesto por la vigilancia y la jurisdicci&oacute;n internacional, el proceso dom&eacute;stico debe conectarse con las realidades que impone una sociedad global donde el miedo y la inseguridad se convierten en centro de la conciencia p&uacute;blica. &iquest;C&oacute;mo se juegan nuestras fragmentaciones hist&oacute;ricas en medio de la fragmentaci&oacute;n que impone la sociedad contempor&aacute;nea? </p>      <p>El cuarto nudo habla del di&aacute;logo que cruza y anuda el libro. A lo largo de sus p&aacute;ginas se interpelan de continuo ciertos contextos internacionales, en particular aquellos donde la memoria entr&oacute; como componente estructurante de la sociedad pos conflicto. De all&iacute; las menciones a Europa, Centroam&eacute;rica, Africa. Con todo, brilla por su ausencia la conversaci&oacute;n con una producci&oacute;n colombiana salpicada de variadas y ricas incursiones en las esferas del s&iacute;mbolo y el sentido, las materias duras que ensamblan la memoria. Los temas de la precaria simbolizaci&oacute;n, de la guerra sin soluciones, de los nombres con que se designa la violencia, entre otros, hubieran sido alimentados por los aportes de trabajos ya adelantados en Colombia. </p>      <p>Llegamos entonces al quinto y &uacute;ltimo nudo de la reflexi&oacute;n. La tem&aacute;tica del autor contin&uacute;a siendo la misma de tiempo atr&aacute;s –la violencia-, pero en esta oportunidad el encuadre anal&iacute;tico se modifica mediante un doble desplazamiento. De una parte, como &eacute;l mismo lo anuncia al inicio del primer cap&iacute;tulo, hay un cambio de &eacute;nfasis de la historia hacia la memoria: el acento se traslada de la reconstrucci&oacute;n objetiva del acontecimiento a la b&uacute;squeda de la marca de sentido que deja impreso el pasado de guerra y confrontaci&oacute;n. De otra, en conexi&oacute;n directa con la anterior, el libro opera sobre un cambio en el marco de referencia conceptual al tomar como centro, ya no el an&aacute;lisis hist&oacute;rico y sociol&oacute;gico, sino la interpretaci&oacute;n cultural. </p>      <p>Desde aqu&iacute; el libro se ubica en una de las dimensiones m&aacute;s espinosas dentro de los estudios de la guerra en Colombia, el de la relaci&oacute;n entre cultura y violencia. Si se compara el monto de los estudios culturales en relaci&oacute;n con la investigaci&oacute;n de otras dimensiones la cultura resulta ser una faceta bien poco atendida. En la escasa importancia prestada al tema no hay una simple actitud pasiva, producto quiz&aacute;s de la urgencia sobre aspectos investidos de mayor relevancia; de manera distinta las referencias al horizonte cultural de la violencia, al decir de muchos, vienen desprovistas del peso conceptual capaz de abrir un renovado fil&oacute;n en la comprensi&oacute;n de nuestra tragedia. De tal suerte en el t&eacute;rmino de &amp;quot;culturalismo&quot;, lanzado casi como improperio contra cualquier incursi&oacute;n cultural, viene envuelta la descalificaci&oacute;n con su carga de iron&iacute;a y sospecha. </p>      <p>El asunto no es de menor val&iacute;a. Los v&iacute;nculos entre cultura y violencia son particularmente delicados por un doble motivo. Primero, en ellos se pone en juego la visi&oacute;n que nos hacemos de nosotros mismos como naci&oacute;n y como destino. Segundo, es inevitable, la cultura remite a sedimento y larga duraci&oacute;n, es su naturaleza profunda. Bajo el efecto combinado de esta dupla, la menci&oacute;n de la arista cultural dentro del territorio de lo violento se asume como atavismo inevitable, una especie de estrato profundo donde la eliminaci&oacute;n del Otro se constituye en sino imposible de evitar. De all&iacute; que al pretendido culturalismo se le achaquen multitud de malformaciones, como aquella de la herencia de antiguas etnias ind&iacute;genas de especial belicosidad o aquella otra de un car&aacute;cter singularmente agresivo enterrado en el origen de la colombianidad. Ning&uacute;n estudio cultural formula algo ni tan siquiera parecido, mucho menos el libro en cuesti&oacute;n. &iquest;Debemos leer en ese gesto la necesidad imperiosa de exorcizar el fantasma de la violencia, nada distinto a la defensa contra toda tentativa de atisbar en el rasgo violento algo m&aacute;s que mero episodio hist&oacute;rico y coyuntural? Necesidad leg&iacute;tima, sin duda. La conciencia colectiva, de la que participa la m&aacute;s refinada academia, rechaza el espectro de la cultura sobre la violencia en tanto le asocia a pecado original y condena sin remedio, todo lo cual proyecta una deformada imagen de identidad nacional que anula la esperanza de superaci&oacute;n de la guerra. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El equ&iacute;voco es evidente. Se funda en una chata y err&oacute;nea concepci&oacute;n de la cultura, una que la esencializa convirti&eacute;ndola en una especie de entelequia. Frente a tama&ntilde;a distorsi&oacute;n es preciso argumentar que la cultura, tan hist&oacute;rica como la econom&iacute;a o la pol&iacute;tica, no es nada distinto a un sedimento m&aacute;s de las pr&aacute;cticas colectivas: en nuestro entender el sedimento de sentido y significaci&oacute;n. &iquest;En un pa&iacute;s donde la guerra ocupa un espacio en exceso prominente ser&aacute; leg&iacute;timo hallar alg&uacute;n sedimento de sentido? Si es as&iacute;, &iquest;tales capitales simb&oacute;licos desempe&ntilde;an alguna funci&oacute;n en la cimentaci&oacute;n de la experiencia violenta y en sus muchas ramificaciones sobre la construcci&oacute;n de la nacionalidad? Y m&aacute;s a&uacute;n, &iquest;ser&aacute; que la paz no podr&aacute; instaurarse hasta tanto no sea posible un proceso de resignificaci&oacute;n de esos n&uacute;cleos de significaci&oacute;n? </p>      <p>As&iacute; es, Gonzalo S&aacute;nchez y la veta que sigue, la memoria, nos lo muestra. Suscribimos el desaf&iacute;o que lanza en la introducci&oacute;n, &amp;quot; <i>lo que hay que retomar es un trabajo de cr&iacute;tica de los ideales, valores y principios que han hecho de la guerra la forma dominante de construcci&oacute;n de nuestra identidad nacional </i>&quot;<sup>10</sup>. Nosotros agregar&iacute;amos de los sentidos y los imaginarios que hacen de la violencia una consistente mediaci&oacute;n del conflicto y una forma &amp;quot;eficaz&quot; de resoluci&oacute;n del v&iacute;nculo con el Otro. El olvido de la violencia y de sus hondas repercusiones sobre el tejido de la vida aguarda detr&aacute;s de esa exasperante circularidad que condena a Colombia, hasta hoy, a continuar atrapada en la devastaci&oacute;n de la guerra. </p>      <p>Es preciso, pues, detenerse para voltear a mirar y restituir el lugar que corresponde a la memoria; pero conscientes, de nuevo siguiendo a nuestro autor, que al mismo tiempo es imperativo estimular la potencialidad democr&aacute;tica que de igual modo cruza la historia colombiana. Contra las lecturas sesgadas que leen en nuestra historia nada m&aacute;s que desventura y fragmentaci&oacute;n, con raz&oacute;n sale al paso la protesta de quienes creen que es preciso hacer una lectura m&aacute;s justa y equilibrada del pasado. Ni el privilegio ni la negaci&oacute;n de la violencia, ni el soslayo ni la mitificaci&oacute;n de la democracia: se trata entonces de rastrear sus constantes y poderosas implicaciones mutuas. </p>      <p>Por estas y por las otras razones que a nuestro entender se escapan recomendamos con vehemencia leer el libro de <i>Guerras, memoria e historia</i>. </p>    <hr size="1">        <p><b>COMENTARIOS </b></p>        <p><a name="(1)"></a>1.<i> Guerras, memoria e historia </i>. Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos y Relaciones Internacionales (IEPRI). Universidad Nacional de Colombia – La Carreta Editores : Bogot&aacute;, 2006. </p>        <p><a name="(2)"></a>2. S&oacute;lo entre los a&ntilde;os de 1974 y 2002 se han creado 21 Comisiones de la Verdad en el mundo, nos dice el autor (p. 133). La tradici&oacute;n se remonta a los juicios de Nuremberg y Tokyo despu&eacute;s de la segunda guerra mundial y llega a Latinoam&eacute;rica con las comisiones de El Salvador y Guatemala despu&eacute;s de la guerra y de Argentina y Chile una vez depuestas las dictaduras. </p>      <p><a name="(3)"></a>3. En el siglo XIX se formularon 17 amnist&iacute;as y en el XX otras 9; los 63 indultos tambi&eacute;n se produjeron en el curso de los dos siglos (p. 99). </p>      <p><a name="(4)"></a>4. Durante la Violencia de mediados del siglo XX se hizo &eacute;nfasis nada m&aacute;s en la reparaci&oacute;n material de las v&iacute;ctimas. </p>      <p><a name="(5)"></a>5. La Guerra de lo Mil D&iacute;as, la &uacute;ltima del siglo XIX, culmin&oacute; en 1902. La violencia de mediados de siglo arranca en 1946, tan pronto se produce el traspaso del poder partidista, y se cierra con el aniquilamiento de los bandoleros hacia mediados de los a&ntilde;os 60. Ya en ese momento est&aacute;n despuntando las guerrillas modernas. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="(6)"></a>6. Las guerras del XIX tienen algunos referentes en la memoria colectiva, nos dice. </p>    <hr size="1">        <p><b>REFERENCIAS </b></p>        <!-- ref --><p>1. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 46. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000045&pid=S0121-4705200600030000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 94 y 58. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000046&pid=S0121-4705200600030000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 82 y 90. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000047&pid=S0121-4705200600030000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 83. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000048&pid=S0121-4705200600030000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5.<i> Guerra y pol&iacute;tica en la Sociedad Colombiana . El Ancora: Bogot&aacute;, 1991. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S0121-4705200600030000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 61. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S0121-4705200600030000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 56. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S0121-4705200600030000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 87, 65 y 69. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0121-4705200600030000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 113. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0121-4705200600030000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10. IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, An&aacute;lisis Pol&iacute;tico, Vol 58, Septiembre - Diciembre, 2006, P&aacute;g. 18. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0121-4705200600030000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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