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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font face="Verdana"size="2"><b>Rese&ntilde;a</b></font></p>     <p align="center"><font face="Verdana"size="4"><b>Caracter&iacute;sticas,  Din&aacute;micas Y Condiciones De Emergencia De Las Pandillas En Bogot&aacute;</b><a href="#(1)">(1)</a></font>  </p>     <p align="center"><font face="Verdana"size="3"><b>Characteristics, Dynamics and Conditions of Emergency of the Gangs in Bogot&aacute;</b></font></p> <font face="Verdana"size="2">     <p><b>Enrique Mart&iacute;n Criado</b>    <br> Soci&oacute;logo. Profesor Titular en la Universidad de Sevilla (Espa&ntilde;a).</p> <hr size="1">     <p>Si un objeto social convoca de manera m&aacute;s clara los fantasmas de la clase media es la marginalidad popular: &eacute;sta da lugar a todo tipo de im&aacute;genes exacerbadas de anormalidad y peligrosidad. Frente a esto, el autor, que sigue la estela de Norbert Elias -el soci&oacute;logo como &quot;cazador de mitos&quot;-, nos ofrece en este estudio importantes datos que rompen con algunas de las representaciones m&aacute;s extendidas de las pandillas. Para ello, comienza con una distinci&oacute;n muy &uacute;til: hay que diferenciar sus condiciones de emergencia, sus caracter&iacute;sticas y las din&aacute;micas que siguen. Las primeras no pueden entenderse bajo el modelo de la causalidad –tales variables producen delincuencia-, sino como condiciones iniciales que hacen m&aacute;s o menos probable que emerjan pandillas. Las caracter&iacute;sticas y din&aacute;micas han de analizarse como consecuencias de los particulares entramados de acciones que conforman la pandilla y su relaci&oacute;n con el entorno, que generan din&aacute;micas espec&iacute;ficas que adquieren una autonom&iacute;a respecto a sus condiciones de emergencia. </p>     <p>El autor toma partido por una estrategia metodol&oacute;gica arriesgada y novedosa en el an&aacute;lisis de la delincuencia juvenil: la encuesta –a 960 individuos pertenecientes a 275 pandillas- a partir de entrevistas estructuradas. La mayor&iacute;a de los estudios se han realizado a partir del estudio intensivo de unos pocos casos o a partir de los discutibles datos policiales y judiciales<sup>1</sup> <a href="#(2)">(2)</a>. Frente al estudio de casos, la encuesta proporciona una mayor base de generalizaci&oacute;n de resultados, pero a costa de perder profundidad en la informaci&oacute;n. Adem&aacute;s, cuando se aplica al estudio de pr&aacute;cticas &quot;desviantes&quot; se corre un riesgo importante de ocultaci&oacute;n de informaci&oacute;n por parte de los entrevistados. El autor es consciente de estos riesgos: de ah&iacute; que la recogida de informaci&oacute;n se haga con un cuestionario muy abierto, sin un orden prefijado, tras un conocimiento previo de los entrevistadores con el medio y contactos reiterados –hasta lograr establecer una cierta relaci&oacute;n de confianza- con los entrevistados, localizados por intermediarios y no por muestreo aleatorio –de ah&iacute; que el autor prefiera el t&eacute;rmino de &quot;entrevista estructurada&quot; al de &quot;encuesta&quot;-. Adem&aacute;s, la informaci&oacute;n se complet&oacute; con algunos episodios de observaci&oacute;n etnogr&aacute;fica y con entrevistas en profundidad a 23 pandilleros, as&iacute; como a directores de las Unidades Educativas de IDIPRON. Los datos que se presentan nos permiten decir que la estrategia elegida sorte&oacute; buena parte de los problemas metodol&oacute;gicos. </p>      <p>Los resultados se presentan agrupados en dos cap&iacute;tulos –&quot;caracter&iacute;sticas y din&aacute;micas&quot;; &quot;condiciones de emergencia&quot;- de desigual valor. El primero es, sin duda, lo mejor del libro. Comienza analizando la &quot;territorialidad&quot; de las pandillas (suelen circular y actuar en su propio barrio), que algunos autores atribuyen a <i>tribalidades </i>, en el marco de las condiciones de vida habituales en los j&oacute;venes de clases populares <a href="#(3)">(3)</a>. Localiza espacialmente los barrios donde son m&aacute;s frecuentes las pandillas, rompiendo con la imagen que las asocia a grandes extensiones de nuevos asentamientos pobres. Tras analizar varias caracter&iacute;sticas de las pandillas, el autor se aventura, cruzando diversos datos, a estimar el n&uacute;mero de pandilleros en Bogot&aacute; y Soacha: 11917 personas entre 2001 y 2005. Esta cifra –que el autor hubiera debido matizar algo m&aacute;s, estimando posibles m&aacute;ximos y m&iacute;nimos- permite romper con la imagen que asocia joven de clase popular y pandillas delincuentes: s&oacute;lo una parte m&iacute;nima de ellos –entre el 3% y el 4% de los j&oacute;venes varones- pertenece a pandillas. </p>     <p>En el pormenorizado an&aacute;lisis de los enfrentamientos en que se ven envueltos los pandilleros el estudio cuestiona muchas representaciones m&iacute;ticas. La mayor&iacute;a de los enfrentamientos se produce entre pandillas –generalmente en relaciones de competencia en espacios de ocio por <i>desofenderse </i> cuando alguien <i>insulta </i>, <i>mira </i><i>mal </i> o <i>madrea </i>-, y cuando se enfrentan a otros grupos –bandas delincuentes, milicias guerrilleras, grupos de vigilancia barrial, paramilitares, organizaciones de limpieza social, pobladores, organismos de seguridad del Estado, desconocidos-, el saldo es muy negativo para los pandilleros, m&aacute;s v&iacute;ctimas que victimarios. En otras palabras, los pandilleros roban a los habitantes de su barrio, se enfrentan a otras pandillas, ocasionalmente agreden a no pandilleros. A cambio, est&aacute;n sujetos a ser v&iacute;ctimas de m&uacute;ltiples violencias –golpizas, heridas graves, homicidios, desapariciones-. Si hay una poblaci&oacute;n que vive en un estado de inseguridad grave, estos son los pandilleros, tan temidos como golpeados y asesinados. </p>      <p>En el an&aacute;lisis de estos enfrentamientos y sus din&aacute;micas, as&iacute; como en la cr&iacute;tica a muchas teor&iacute;as corrientes sobre la delincuencia popular, el libro es de una enorme riqueza, que no podemos reflejar aqu&iacute;. En general, el estudio rompe con prenociones de sentido com&uacute;n y judiciales sobre el estudio de la violencia<sup>2</sup> <a href="#(4)">(4)</a>, para enmarcarla en los tipos de interrelaci&oacute;n social en que tienen lugar. El autor realiza valiosos an&aacute;lisis de los procesos de formaci&oacute;n de pandillas, las l&oacute;gicas que los llevan a enfrentamientos, su funcionamiento cotidiano, sus din&aacute;micas de disoluci&oacute;n. Asimismo, avanza m&uacute;ltiples elementos que nos permiten ver las &quot;l&oacute;gicas pr&aacute;cticas&quot;, los sistemas de valores y las m&uacute;ltiples constricciones en que se sit&uacute;an las acciones violentas de las pandillas, que se comprenden siempre en relaci&oacute;n con los distintos grupos con los que se enfrentan o al&iacute;an, con los recursos disponibles, con el espacio en que se mueven. Sin embargo, no sigue hasta el final por este camino, que podr&iacute;a llevar a reconstruir la coherencia del sistema de principios y la l&oacute;gica pr&aacute;ctica a partir de las que se producen las pr&aacute;cticas y enfrentamientos<sup>3</sup> <a href="#(5)">(5)</a>, y le confiere m&aacute;s peso a explicaciones por deficiencias en la socializaci&oacute;n de estos j&oacute;venes –un d&eacute;ficit de &quot;proceso civilizatorio&quot; que llevar&iacute;a a dejarse arrastrar por los impulsos <a href="#(6)">(6)</a> - o por la discutible hip&oacute;tesis de la frustraci&oacute;n asociada a unas condiciones de existencia que encontrar&iacute;a una &quot;soluci&oacute;n&quot; en la pandilla <a href="#(7)">(7)</a>. En este sentido, parece que el autor se decanta en parte por explicar la delincuencia juvenil por d&eacute;ficits en las condiciones de existencia o en la socializaci&oacute;n, en lugar de reconstruir en positivo la coherencia que puede subyacer a estas pr&aacute;cticas desviantes –lo que no excluye tener en cuenta las constricciones que la enmarcan y los m&uacute;ltiples efectos negativos que pueden tener para los implicados-. Esta explicaci&oacute;n de la disposici&oacute;n a la agresividad por d&eacute;ficits acapara el cap&iacute;tulo dedicado a condiciones de emergencia. Aqu&iacute; se intenta relacionar la probabilidad de ser pandillero, entre otros, con los d&eacute;ficits del espacio urbano, de las viviendas, econ&oacute;micas o de la socializaci&oacute;n: en este &uacute;ltimo caso, la &quot;explicaci&oacute;n&quot; sigue el camino de intentar ver en qu&eacute; medida las familias de los pandilleros se aproximan a una familia &quot;normal&quot; de clase media –supuestamente m&aacute;s adecuada para el &quot;proceso civilizatorio&quot;-, tomando la &quot;desviaci&oacute;n&quot; como indicador de una socializaci&oacute;n defectuosa, explicaci&oacute;n muy discutible, no s&oacute;lo por los datos en los que se basa <a href="#(8)">(8)</a>, sino por el sociocentrismo que implica<sup>4</sup> <a href="#(9)">(9)</a>. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El estudio se completa con varios anexos, siendo el m&aacute;s valioso el que dedica a las teor&iacute;as econom&eacute;tricas de la violencia, que somete a una profunda, necesaria y fundamentada cr&iacute;tica. Estas teor&iacute;as han intentado demostrar que no hay relaci&oacute;n entre delincuencia y pobreza, para legitimar el desv&iacute;o de fondos de ayuda social a la represi&oacute;n policial. Lo que nos muestra este debate es que para los grupos dominantes la lucha contra la pobreza nunca es un fin en s&iacute; mismo: s&oacute;lo parece tener sentido si les proporciona a ellos un beneficio –en seguridad-. En este c&aacute;lculo, tal como muestra contundentemente este libro, se est&aacute;n decantando m&aacute;s por ajusticiar que por buscar justicia social. </p> <hr size="1">      <p><b>COMENTARIOS</b></p>      <p><a name="#(1)"></a>1. AUTOR: Leandro Ramos,   Alcald&iacute;a Mayor de Bogot&aacute; D.C., Centro   Informaci&oacute;n sobre Ni&ntilde;ez y Juventud Desprotegida, Idipron, Bogot&aacute;, D.C., 2004, pp. 275.</p>     <p><a name="#(2)"></a>2. A. V. Cicourel mostr&oacute; las deformaciones sistem&aacute;ticas que presentaban los datos policiales y judiciales, debidas a los procedimientos de captura y gesti&oacute;n de j&oacute;venes delincuentes, as&iacute; como a los prejuicios que informaban la acci&oacute;n de polic&iacute;as, asistentes sociales y jueces. Esto llevaba a que terminaran siendo juzgados y condenados –y entrando en las estad&iacute;sticas judiciales- aquellos sujetos que menos medios ten&iacute;an para escapar a la represi&oacute;n policial y judicial y que mejor respond&iacute;an al perfil de delincuente que ten&iacute;an en mente los agentes encargados de capturarlos, gestionarlos y juzgarlos. Todo ello conduc&iacute;a a una subrepresentaci&oacute;n sistem&aacute;tica, entre los j&oacute;venes que comet&iacute;an delitos, de los procedentes de hogares &quot;normales&quot; de clase media y a una sobrerrepresentaci&oacute;n sistem&aacute;tica de los procedentes de barrios marginales y familias &quot;desestructuradas&quot;. </p>     <p><a name="#(3)"></a>3.  Mientras en el centro de la ciudad se hallan expuestos a la reprobaci&oacute;n, a la sospecha y a la intervenci&oacute;n policial, en su barrio conocen el medio; adem&aacute;s, trasladarse es caro cuando no se dispone de recursos. </p>     <p><a name="#(4)"></a>4. Cuestionando, por ejemplo, la construcci&oacute;n jur&iacute;dica del objeto, que no tiene en cuenta las distintas l&oacute;gicas subyacentes a transgresiones jur&iacute;dicamente semejantes. </p>     <p><a name="#(5)"></a>5.  Muchos de los rasgos que describe de las pandillas hacen recordar al an&aacute;lisis que realiz&oacute; Bourdieu del &quot;sentido del honor&quot; en relaci&oacute;n con los cabilios: este an&aacute;lisis llevar&iacute;a al autor a ver en los pandilleros un sistema de valores coherente, que entroncar&iacute;a con esquemas de valores m&aacute;s extendidos en su medio de origen. </p>     <p><a name="#(6)"></a>6. No tenemos lugar aqu&iacute; para discutir esta hip&oacute;tesis, central en el libro. La violencia no es simplemente falta de autocontrol: en muchos casos, puede ser lo contrario &ndash;frente a huir en una situaci&oacute;n peligrosa-. Y aunque haya diferencias en las condiciones de existencia y formas de socializaci&oacute;n que lleven a distintos grados de autocontrol, no se puede establecer una relaci&oacute;n directa entre esto y violencia. Tampoco se puede relacionar directamente la &quot;escasez&quot; de &quot;cadenas de interdependencia&quot; de las clases populares con un mayor disposici&oacute;n a la agresi&oacute;n (p. 97). Aqu&iacute; se confunde una condici&oacute;n de posibilidad muy general del proceso civilizatorio a escala de sociedades en grandes per&iacute;odos de tiempo &ndash;la hip&oacute;tesis de Elias- con su funcionamiento en una configuraci&oacute;n sociohist&oacute;rica particular, donde las disposiciones al autocontrol son mediadas por m&uacute;ltiples instituciones. Basta recordar, por ejemplo, la importancia de la iglesia metodista en el origen de un movimiento obrero organizado en Gran Breta&ntilde;a, as&iacute; como el propio &quot;proceso civilizatorio&quot; que desempe&ntilde;a este movimiento.</p>     <p><a name="#(7)"></a>7.  Esta l&iacute;nea de explicaci&oacute;n es cl&aacute;sica en los estudios de la delincuencia juvenil. Entre otras cr&iacute;ticas, ha recibido la de no definir de manera clara la <i>frustraci&oacute;n </i>, concepto psicol&oacute;gico de l&iacute;mites muy difusos. A partir de unos or&iacute;genes desfavorecidos, siempre se puede imputar la <i>frustraci&oacute;n </i> como causa, pero nunca se demuestra la existencia de tal <i>frustraci&oacute;n </i> o el hecho de que sea m&aacute;s aguda entre los que realizan delitos que entre los que no. La supuesta relaci&oacute;n entre <i>frustraci&oacute;n </i> y <i>agresi&oacute;n </i> adolece de los mismos problemas. </p>     <p><a name="#(8)"></a>8.  Aqu&iacute; se ven las limitaciones del m&eacute;todo de encuesta para este objeto: de preguntas sobre la unidad familiar, sobre la relaci&oacute;n con el padre o la madre, etc., dif&iacute;cilmente se puede inferir un tipo de socializaci&oacute;n. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="#(9)"></a>9.  J.C. Combessie ha mostrado c&oacute;mo, en los estudios norteamericanos sobre socializaci&oacute;n en los medios populares, ha ido cambiando la percepci&oacute;n de &eacute;stos seg&uacute;n las modas de &quot;buena educaci&oacute;n&quot; entre las clases medias: a las clases obreras siempre se las defin&iacute;a como contrarias &ndash;en ocasiones &quot;permisivas&quot;, en ocasiones &quot;autoritarias&quot;- a la &quot;buena socializaci&oacute;n&quot; de las clases medias.</p> <hr size="1">     <p><b>REFERENCIAS</b></p>     <p>1. The Social Organization of Juvenile Justice . John Wiley &amp; sons. Nueva York, 1968. </p>     <p>2. Pierre Bourdieu, &quot;Le sens de l'honneur&quot; en Esquisse d'une th&eacute;orie de la pratique, pr&eacute;c&eacute;d&eacute; de Trois &eacute;tudes d'ethnologie kabyle , Seuil, Par&iacute;s, 2000, pp. 19-60. </p>     <p>3. E.P. Thompson, La formaci&oacute;n hist&oacute;rica de la clase obrera . Laia. Barcelona, 1977.</p>     <p>4.  cf. &quot;Education et valeurs de classe dans la sociologie am&eacute;ricaine&quot;, Revue fran&ccedil;aise de sociologie , X, num. 1, 1969, pp. 12-36. </p> </font>      ]]></body>
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