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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL ESTADO UNITARIO DESCENTRALIZADO: UNA CRÍTICA DEL ENFOQUE CONSTITUCIONAL COLOMBIANO]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article argues that the Colombian Constitution of 1991 does not adequately articula te the unitary and decentralised dimensions of the State. This circumstance has negative consequences for democracy and hinders the achievement of the State ends. Bicameralism can serve as the guarantor of the balance of power between levels of government. This condition applies to Colombia in appearance only. The article shows that, under the present constitutional rules, the Colombian Congress can hardly be expected to fulfil the role of making the majoritiy and the minority (territorially defined) cooperate in arder to rule. It is argued that the design flaws of the 1991 Constitution make a smooth transi tion to a regional Sta te unlikely, regardless of whether or not a regional State is a good idea.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>EL ESTADO UNITARIO DESCENTRALIZADO: UNA CR&Iacute;TICA DEL ENFOQUE CONSTITUCIONAL COLOMBIANO</b></p></font>     <p align="right"><b>Jorge Armando Rodr&iacute;guez* </b></p>     <p>* Profesor Facultad de Ciencias Econ&oacute;micas Universidad Nacional de Colombia, Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:jarmand@col1.telecom.com.co">jarmand@col1.telecom.com.co</a>. Este art&iacute;culo forma parte del proyecto &lsquo;Econom&iacute;a pol&iacute;tica del gasto p&uacute;blico regional y local’, auspiciado por la Fundaci&oacute;n Tinker y coordinado por el CEDE de la Universidad de los Andes. Agradezco a Renata Pardo y Adriana M&aacute;rquez, del CEDE, la colaboraci&oacute;n con la informaci&oacute;n estad&iacute;stica sobre el Congreso de la Rep&uacute;blica. Este art&iacute;culo se recibi&oacute; el 7 de septiembre de 2001 y fue aprobado en el Comit&eacute; Editorial del 14 de septiembre de 2001.</p><hr>     <p><b>Resumen</b></p>     <p><i>Este articulo argüye que la Constituci&oacute;n colombiana de 1991 no contiene mecanismos apropiados para articular las dimensiones unitarias y descentralizadas del Estado. Esta circunstancia afecta adversamente la democracia y obstaculiza el logro de los fines &uacute;ltimos del Estado. El bicameralismo puede servir de veh&iacute;culo para garantizar el balance de poderes nacionales y territoriales. El art&iacute;culo muestra que con las reglas de juego actuales dif&iacute;cilmente cabe esperar que el Congreso Colombiano cumpla el papel de fomentar la cooperaci&oacute;n para gobernar entre las mayorias y las minorias, espacialmente definidas. Se argüye que la Constituci&oacute;n de 1991 exhibe serias deficiencias de concepci&oacute;n que hacen improbable un tr&aacute;nsito sin traumatismos hacia un Estado Regional, al margen de si la idea de Estado Regional es o no una buena idea.</i></p>     <p><b>Palabras clave</b>: Constitucionalismo, bicameralismo, descentralizaci&oacute;n.</p>     <p><b>Abstract</b></p>     <p><i>This article argues that the Colombian Constitution of 1991 does not adequately articula te the unitary and decentralised dimensions of the State. This circumstance has negative consequences for democracy and hinders the achievement of the State ends. Bicameralism can serve as the guarantor of the balance of power between levels of government. This condition applies to Colombia in appearance only. The article shows that, under the present constitutional rules, the Colombian Congress can hardly be expected to fulfil the role of making the majoritiy and the minority (territorially defined) cooperate in arder to rule. It is argued that the design flaws of the 1991 Constitution make a smooth transi tion to a regional Sta te unlikely, regardless of whether or not a regional State is a good idea.</i></p>     <p><b>Key words</b>: constitutionalism, bicameralism, devolution</p><hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="3"><b>1. DOS ESTRATEGIAS PARA PROTEGER LOS DERECHOS: A MODO DE INTRODUCCI&Oacute;N</b></font></p>     <p>¿De qu&eacute; manera puede una constituci&oacute;n contribuir mejor a la protecci&oacute;n de los derechos de los miembros de la sociedad? En tomo a este interrogante, que ha fascinado a pol&iacute;ticos, a fil&oacute;sofos y a otros estudiosos y observadores del derecho pr&aacute;cticamente desde que hicieron su aparici&oacute;n en el mundo las constituciones escritas, gravita buena parte del debate sobre las virtudes y defectos de la Constituci&oacute;n colombiana de 1991. La estrategia impl&iacute;cita en nuestra Carta Pol&iacute;tica para garantizar los derechos consistir&iacute;a en enunciarlos de manera detallada, junto con algunos deberes, en forma de mandato o de proclama (v.g., &lsquo;la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento’, &lsquo;se garantiza a todos los habitantes el derecho irrenunciable a la seguridad social’), y en ordenar al Estado que haga las veces de garante (v.g., &lsquo;El Estado y la sociedad garantizan la protecci&oacute;n integral de la familia’, &lsquo;El Estado promover&aacute; las condiciones para que la igualdad sea efectiva y real&hellip;’). Como quiera que muchos derechos han sido hist&oacute;ricamente negados, el reconocimiento formal de su existencia ha significado un avance de enormes proporciones y ha servido, sin duda, al prop&oacute;sito de hacerlos efectivos. Hoy en d&iacute;a dif&iacute;cilmente se concebir&iacute;a una constituci&oacute;n sin una carta de derechos. Pero la magnitud de la brecha entre lo formal y lo real en materia de protecci&oacute;n de derechos en Colombia abre la inc&oacute;gnita de si la estrategia impl&Iacute;cita en la Constituci&oacute;n de 1991 es la m&aacute;s apropiada.</p>     <p>A favor de dicha estrategia se argüye que las instituciones pol&iacute;ticas - entre las cuales la Constituci&oacute;n ocupa un lugar sobresaliente- deben servir a la consecuci&oacute;n de fines socialmente deseables, que los medios por los medios no tienen sentido, y que tales fines adquieren expresi&oacute;n formal en la llamada carta de derechos. No obstante la solidez del argumento, una vez aqu&iacute;, resulta f&aacute;cil extraviarse. Si bien la protecci&oacute;n de los derechos de los miembros de la sociedad es el fin &uacute;ltimo de las instituciones pol&iacute;ticas, o por lo menos uno de los fines m&aacute;s importantes, de ah&iacute; no se sigue, necesariamente, que los mandatos y proclamas sean el expediente o mecanismo constitucional m&aacute;s eficaz para ese prop&oacute;sito,ni que la carta de derechos consagrada en la Constituci&oacute;n de 1991 est&eacute; libre de defectos. Resulta crucial dilucidar cu&aacute;les son los fines de las instituciones pol&Iacute;ticas, en este caso de la Constituci&oacute;n, pero no basta con ello para establecer cu&aacute;les son los medios m&aacute;s eficaces para lograrlos.</p>     <p>Un ejemplo hist&oacute;rico de otras latitudes quiz&aacute;s ayude a ilustrar la cuesti&oacute;n. El texto de la actual Constituci&oacute;n de los Estados Unidos fue inicialmente promulgado en 1787 sin una carta de derechos. Seg&uacute;n Berns &#91;1988, p. 143&#93;, los delegados a la Convenci&oacute;n de Filadelfia coincid&iacute;an en que el prop&oacute;sito de instituir un gobierno no es otro que garantizar los derechos, pero estaban en desacuerdo sobre c&oacute;mo una constituci&oacute;n podr&iacute;a garantizarlos de la mejor manera. Aunque la concepci&oacute;n de los derechos ha cambiado sustancialmente, el debate que tuvo lugar en ese entonces puede todav&Iacute;a arrojar luces sobre el papel que juega una constituci&oacute;n escrita en materia de protecci&oacute;n de los derechos.</p>     <p>En defensa de la aprobaci&oacute;n del texto constitucional sin una carta de derechos, Hamilton &#91;1982, p. 438&#93; adujo que“ &hellip;la Constituci&oacute;n es en s&iacute; misma, en todo sentido racional y para todo prop&oacute;sito pr&aacute;ctico, una <i>carta de derechos”</i> Pero ¿c&oacute;mo es posible que una constituci&oacute;n que no conten&Iacute;a una carta de derechos escrita pudiera ser a la vez la mejor garant&iacute;a de los derechos? “En Filadelfia - relata Sartori &#91;1997, p. 195&#93;- tanto Madison como Hamilton se opusieron a la inclusi&oacute;n de una carta de derechos en la Constituci&oacute;n con el argumento de que los derechos no eran protegidos por declaraciones sino por las propias estructuras del gobierno constitucional.” Un dise&ntilde;o apropiado de la organizaci&oacute;n del Estado, en ese caso en forma federal, del sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica y de las reglas de decisi&oacute;n p&uacute;blica, as&iacute; como la cuidadosa aplicaci&oacute;n de los principios de separaci&oacute;n y balance de poderes, constitu&iacute;an, para Madison y Hamilton, la mejor garant&iacute;a de los derechos que ley alguna pudiera proveer. Cre&iacute;an que una constituci&oacute;n escrita pod&iacute;a darse por bien servida si lograba conformar un Estado dotado de poder y a la vez con poder limitado que sirviera de medio para que cada generaci&oacute;n resolviera los problemas de su &eacute;poca y alcanzara los fines que la sociedad se fijara a trav&eacute;s del sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica. Si los gobernantes resultaban ser &iacute;ntegros y competentes, enhorabuena para la generaci&oacute;n de tumo y, por qu&eacute; no, para las generaciones futuras; si resultaban ser deshonestos e incompetentes, la separaci&oacute;n y balance de poderes se encargar&Iacute;an de evitar que hicieran demasiado da&ntilde;o. A sus ojos, la constituci&oacute;n no pod&iacute;a, por decirlo as&iacute;, garantizar la felicidad misma de los miembros de la sociedad; s&oacute;lo pod&iacute;a, a trav&eacute;s de las reglas sobre el acceso y ejercicio del poder, hacerla m&aacute;s probable. En la actualidad, la Constituci&oacute;n estadounidense contiene una carta de derechos formal, la cual se introdujo en 1791, apenas unos a&ntilde;os despu&eacute;s de su promulgaci&oacute;n inicial.</p>     <p>Hay razones de peso para pensar que es preferible que la carta de derechos est&eacute; expresamente contemplada en el texto constitucional. Pi&eacute;nsese, por ejemplo, en el papel que en materia de protecci&oacute;n de derechos ha jugado la Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, gestada al amparo de la revoluci&oacute;n francesa e incorporada a las constituciones de Francia y de otros pa&iacute;ses (con referencia al caso colombiano, Tirado Mej&iacute;a &#91;1992&#93;, examina diferentes mecanismos constitucionales de protecci&oacute;n de derechos). Madison y Hamilton se equivocaron al sostener que las declaraciones formales de derechos carec&iacute;an de relevancia pr&aacute;ctica. No obstante, su planteamiento seg&uacute;n el cual la principal garant&Iacute;a que el ordenamiento jur&iacute;dico puede otorgar a los derechos reside en la estructura constitucional del Estado, no en la misma carta de derechos, s&iacute; tiene mucho sentido, y da pie a una estrategia alternativa a la que se observa en la Constituci&oacute;n vigente en Colombia. Es cierto que un texto constitucional s&oacute;lo puede fijar las reglas de juego formales que regulan el poder y las limitaciones al poder del Estado. Con todo, las reglas formales de orden constitucional importan: entre mejor concebidas est&eacute;n, mayor ser&aacute;, cabe esperar, la probabilidad de que la brecha entre el Estado formalmente definido en una constituci&oacute;n y el Estado realmente existente sea reducida y de que &eacute;ste &uacute;ltimo est&eacute; en condiciones de alcanzar sus fines. Si no fuera as&iacute;, ¿qu&eacute; sentido tendr&iacute;a una constituci&oacute;n escrita?</p>     <p>(De paso, si bien la historia muestra que sus fundamentos no tienen nada de imaginarios, el antiimperialismo, convertido en xenofobia, ha servido de excusa para desde&ntilde;ar el estudio de la rica experiencia constitucional de los pa&iacute;ses desarrollados. Pero quiz&aacute;s hay en ello ra&iacute;ces hist&oacute;ricas m&aacute;s profundas. A comienzos del siglo XIX, entre.los criollos que, como Camilo Torres, Francisco Miranda y Miguel de Pombo, propugnaban por la adopci&oacute;n de un sistema federal una vez se lograra la independencia de Espa&ntilde;a, hab&Iacute;a algunos partidarios de copiar el texto de la Constituci&oacute;n de los Estados Unidos, entusiasmados por el r&aacute;pido ascenso del nuevo pa&iacute;s a estatus de potencia &#91;Llano, 1999&#93;. No ser&iacute;a extra&ntilde;o  que esta posici&oacute;n acr&iacute;tica y extrema hubiese suscitado una reacci&oacute;n que fue mucho m&aacute;s all&aacute; del justificado rechazo a la simple copia o trasplante de instituciones).</p>     <p>Un enfoque sobre el papel de una constituci&oacute;n escrita que guarda cierta similitud con el formulado por Hamilton y Madison se encuentra en Rawls &#91;1997&#93;, si bien este autor se muestra panidario de la consagraci&oacute;n expresa de la cana de derechos. Una constituci&oacute;n presupone una determinada concepci&oacute;n de la justicia y tiene como prop&oacute;sito la realizaci&oacute;n de tal concepci&oacute;n. Considerada en s&iacute; misma, aparece, sin embargo, como el sistema p&uacute;blico de reglas de m&aacute;s alto rango que regula el proceso pol&iacute;tico y la toma de decisiones asociadas al mismo, una especie de m&aacute;quina (el s&iacute;mil es de &eacute;l) que, si funciona razonablemente bien, le sirve a la sociedad para producir y encauzar la cooperaci&oacute;n entre sus miembros, quienes por lo dem&aacute;s se presumen divididos por sus ideas e intereses. “Idealmente - nos dice Rawls en su <i>Teor&iacute;a de la Justicia</i>- una constituci&oacute;n justa ser&Iacute;a un procedimiento justo dise&ntilde;ado para asegurar un resultado justo” &#91;p. 197&#93;. Pero para Rawls, no ya en el mundo ideal sino en el mundo real, lo que puede esperarse de una constituci&oacute;n tiene sus l&iacute;mites, los l&iacute;mites propios de lo que &eacute;l denomina justicia procedimental imperfecta. Si bien habr&Iacute;a un criterio independiente para establecer cu&aacute;l resultado puede calificarse como justo, ninguna constituci&oacute;n, o, en general, ninguna instituci&oacute;n pol&iacute;tica, puede garantizar de antemano que el resultado ser&aacute; siempre justo. En el mundo real no hay procedimiento factible que con seguridad conduzca a &eacute;l. El juicio penal ejemplifica esta clase de justicia. En el &aacute;mbito penal hay un criterio con vida propia para decir si el resultado es o no justo, a saber: El acusado deber&iacute;a ser declarado culpable si y s&oacute;lo si en realidad ha cometido el delito que se le imputa. Sin embargo, no siempre un juicio justo conduce al veredicto correcto. De ah&iacute; no debe concluirse que las reglas y procedimientos formales del juicio penal son un obst&aacute;culo en el camino de la justicia. Por el contrario, su imponancia es crucial, ya que es m&aacute;s probable que la verdad salga a flote en el veredicto del jurado mediante un juicio justo, ce&ntilde;ido a reglas y procedimientos, que mediante un juicio arbitrario. La justicia es, en una democracia, tanto procedimental como sustantiva. De poco valdr&iacute;a que la ley penal proclamara que a los acusados se les garantiza un juicio justo, y menos a&uacute;n que prometiera un veredicto acertado, si las reglas que regulan el juicio (v.g., selecci&oacute;n y actuaci&oacute;n de jueces y jurados, tipificaci&oacute;n de delitos y requisitos de las pruebas) estuvieran seriamente viciadas. A semejanza del campo penal, para Rawls &#91;1997, p. 198&#93; un problema constitucional principal consiste, pues, en “ &hellip;seleccionar, dentro del abanico de procedimientos y reglas justos y factibles, aquellos que con mayor probabilidad conduzcan a un orden legal justo y efectivo”.</p>     <p>Los derechos y los deberes, estrechamente conectados en algunos casos (v.g.,el derecho a la propiedad, que debe ser protegido en forma colectiva, trae aparejada la responsabilidad social de los propietarios y se traduce, entre otras cosas, en el deber de pagar impuestos), pueden verse como bienes p&uacute;blicos, en el sentido de que no resulta deseable excluir a nadie de sus beneficios o de su cumplimiento. A semejanza de los bienes p&uacute;blicos, si no se garantizan o se hacen cumplir en forma colectiva, su &lsquo;provisi&oacute;n’ ser&aacute; insuficiente. Al fin y al cabo, es inherente a los grandes grupos que el inter&eacute;s com&uacute;n se erosione o debilite cuando se trata de asumir los costos asociados a su realizaci&oacute;n &#91;V&eacute;ase, Olson, 1998&#93;. Puesto que el Estado es por excelencia el canal principal a trav&eacute;s del cual tiene lugar la acci&oacute;n colectiva, las reglas constitucionales que regulan la naturaleza y organizaci&oacute;n de sus poderes pueden propiciar o entorpecer la protecci&oacute;n de derechos tales como la libertad, la igualdad y la seguridad ciudadana, amenazada por el uso arbitrario de la fuerza. Algo similar puede ocurrir con el cumplimiento de los deberes.</p>     <p>En vista de la disociaci&oacute;n - en no pocos casos amplia y continuada- entre la letra y los resultados en materia de protecci&oacute;n de derechos, o de las llamadas promesas incumplidas de la Constituci&oacute;n de 1991, no hay que descartar la hip&oacute;tesis de que parte del problema resida en la inadecuada concepci&oacute;n de la propia carta de derechos, o al menos de algunos de sus elementos &#91;V&eacute;ase Uprimny, 2001, para una discusi&oacute;n de los diagn&oacute;sticos m&aacute;s comunes&#93;. El ex magistrado Gavina D&iacute;az &#91;2001&#93; yel ex Vicepresidente de la Calle &#91;2001&#93; sostienen que la Constituci&oacute;n colombiana est&aacute; impregnada y contiene en forma expresa utop&Iacute;as, sue&ntilde;os y aspiraciones. De ser as&iacute;, su inclusi&oacute;n expresa en la Carta Pol&iacute;tica, sobre todo en la carta de derechos, puede haber sido contraproducente, al contrario de lo que creen Gavina D&iacute;az y de la Calle, sin que para ello se requiera tener algo en contra de los sue&ntilde;os, aspiraciones y utop&iacute;as. La noci&oacute;n de utop&iacute;a, por ejemplo, encierra un alto grado de incertidumbre sobre su realizaci&oacute;n, de modo que una ley, cualquiera que sea su jerarqu&iacute;a, dif&iacute;cilmente puede garantizar una utop&iacute;a. En cambio, los derechos s&iacute; pueden ser garantizados o protegidos, al menos con un grado significativo de probabilidad, y ese es justamente uno de los prop&oacute;sitos de una constituci&oacute;n. No es que la sociedad no deba tener sue&ntilde;os. Es dudoso, sin embargo, que su estatus legal deba ser igual al de los derechos. La mezcla indiscriminada de sue&ntilde;os, aspiraciones, utop&iacute;as y derechos propiamente dichos (de hecho, no se les dedica cap&iacute;tulo aparte a unos y otros) terminar&iacute;a desvirtuado el papel de la Constituci&oacute;n, pues le imprime a lo consignado en ella el sello de lo extremadamente incierto, cuando no de lo irrealizable. Una formulaci&oacute;n inapropiada de la carta de derechos puede obstaculizar su cumplimiento.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El primer principio fundamental de la Constituci&oacute;n de 1991 proclama que el Estado social de derecho colombiano est&aacute;“&hellip; organizado en forma de Rep&uacute;blica unitaria, descentralizada, con autonom&Iacute;a de sus entidades territoriales &hellip;” Esta es la estructura constitucional del Estado encargada de proteger los derechos, de hacer cumplir los deberes y de formular e instaurar las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas.  Pero, ¿qu&eacute; tan bien (o qu&eacute; tan mal) concebida est&aacute; dicha estructura constitucional del Estado? En otras palabras, cabe preguntarse si la Constituci&oacute;n de 1991 instituy&oacute; (y en qu&eacute; medida lo hizo) un Estado unitario descentralizado capaz de lograr los fines y realizar las tareas que la misma Constituci&oacute;n le impuso.<sup><a name="nr1"></a><a href="#1">1</a></sup> Como lo sugieren los planteamientos citados de Hamilton, Madison y Rawls, en las deficiencias de concepci&oacute;n del Estado unitario descentralizado puede residir, al menos en lo que a la esfera de las instituciones pol&iacute;ticas formales concierne, el grueso de la explicaci&oacute;n de las llamadas promesas incumplidas de la Constituci&oacute;n de 1991.</p>     <p>El presente art&iacute;culo se propone examinar el problema del balance ccnstitucional de poderes entre los niveles de gobierno que integran el Estado unitario descentralizado proclamado en la Carta Pol&iacute;tica colombiana. Teniendo en cuenta que la estructura constitucional del Estado envuelve m&uacute;ltiples dimensiones, desde la definici&oacute;n de las ramas del poder p&uacute;blico hasta el sistema electoral, el objetivo del art&iacute;culo es m&aacute;s modesto que el sugerido por los interrogantes esbozados en la presente secci&oacute;n. Si bien algunas instituciones consideradas en forma aislada pueden ser ejemplos de un constitucionalismo digno, la idea subyacente en el art&iacute;culo es que en el descuido de las relaciones entre las partes reside una porci&oacute;n no despreciable de la explicaci&oacute;n de por qu&eacute; el Estado colombiano muestra tanta ineficacia a la hora de resolver conflictos, promover la cooperaci&oacute;n y la solidaridad, y defender el inter&eacute;s general.</p>     <p>Las hip&oacute;tesis planteadas pueden resumirse como sigue. El pilar sobre el cual descansa el balance de poderes entre niveles de gobierno en la Carta Pol&iacute;tica de 1991 son los mandatos constitucionales. Estos mandatos cobran la forma de principios, &oacute;rdenes o preceptos. Por s&iacute; solo, este modo de articular las dimensiones unitaria y descentralizada del Estado es en extremo fr&aacute;gil. Al fin y al cabo, el nivel nacional de gobierno tiene, como es t&Iacute;pico de los Estados unitarios, la potestad para desarrollar, interpretar o, si lo considera necesario, eliminar dichos mandatos. El r&eacute;gimen bicameral del Congreso puede, sin embargo, servir de veh&Iacute;culo para garantizar el balance intergubernamental de poderes, como suele ocurrir en los sistemas federales. En la que puede considerarse la forma m&aacute;s acabada de este esquema institucional, una de las c&aacute;maras se funda en el principio de representaci&oacute;n poblacional (llamado tambi&eacute;n popular) y la otra en el principio de representaci&oacute;n territorial. En apariencia esta condici&oacute;n se cumplir&iacute;a en Colombia. Pero se trata sobre todo de apariencia. Tanto en la C&aacute;mara de Representantes como en el Senado prevalece el principio de representaci&oacute;n poblacional. Como consecuencia, las dos c&aacute;maras tienden a duplicarse, no a complementarse. Con las reglas de juego actuales, dif&iacute;cilmente cabe esperar que el bicameralismo colombiano cumpla el papel de fomentar la cooperaci&oacute;n para gobernar entre las mayor&Iacute;as y las minor&Iacute;as territorial o espacialmente definidas. Enmendar esta situaci&oacute;n conllevar&Iacute;a la introducci&oacute;n del principio de representaci&oacute;n territorial en el Senado, bien sea que se preserve la actual organizaci&oacute;n pol&Iacute;tica en gobiernos departamentales o, lo que lo har&Iacute;a a&uacute;n m&aacute;s perentorio, que se instaure un Estado Regional.</p>     <p>El balance de poderes entre niveles de gobierno resulta crucial para preservar la unidad nacional y para proteger la diversidad territorial, un problema de trascendental importancia para Colombia, m&aacute;s cuando la Constituci&oacute;n prev&eacute; la eventual creaci&oacute;n de regiones como entidades pol&Iacute;ticas y cuando hay un conflicto armado en curso con marcadas connotaciones territoriales<sup><a name="nr2"></a><a href="#2">2</a></sup>. Tomando como referencia los planteamientos de Orlando Fals Borda, uno de los principales exponentes de la idea de crear un Estado Regional en Colombia, el art&iacute;culo pone en tela de juicio las normas constitucionales sobre el llamado ordenamiento territorial, una expresi&oacute;n algo equ&iacute;voca pues de lo que en realidad se trata es determinar el n&uacute;mero de niveles de gobierno que integran el Estado colombiano y el n&uacute;mero de gobiernos que conforman cada nivel. M&aacute;s que cualquier otra cosa, en todo caso m&aacute;s que los linderos geogr&aacute;ficos internos, lo que est&aacute; en juego es el mapa pol&iacute;tico del pa&iacute;s. En contra de lo que sostiene Fals Borda, se argiiye que la Constituci&oacute;n de 1991 exhibe serias deficiencias de concepci&oacute;n como para esperar un tr&aacute;nsito sin traumatismos hacia un Estado Regional, al margen de si la idea de Estado Regional es o no una buena idea.</p>     <p>La Constituci&oacute;n de 1991 ha sido criticada por ocuparse de las minucias del sistema de transferencias y de otros aspectos de las finanzas intergubernamentales, debido a que tal &lsquo;constitucionalizaci&oacute;n’ puede obstaculizar la adopci&oacute;n de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas apropiadas a las circunstancias cambiantes de la vida econ&oacute;mica y social, as&Iacute; como tambi&eacute;n puede elevar los costos de los errores de concepci&oacute;n y formulaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas. Este argwnento tiene su m&eacute;rito, pero deja sin responder la pregunta de por qu&eacute; las pol&Iacute;ticas en cuesti&oacute;n se elevaron a rango constitucional en primera instancia, en lugar de situarlas en la esfera de la ley, como de ordinario ocurre en los pa&iacute;ses desarrollados. Es probable que la &lsquo;constitucionalizaci&oacute;n’ de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas sea un intento por esquivar los problemas asociados a la estructura constitucional del Estado, y, en caso espec&iacute;fico que nos ocupa, al balance de poderes entre niveles de gobierno.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>2.SOBRE EL CONCEPTO DE BALANCE VERTICAL DE PODERES</b></font></p>     <p>El enfoque del balance de poderes puede verse como una teor&iacute;a de la construcci&oacute;n constitucional de un gobierno democr&aacute;tico. Si bien no est&aacute; libre de dificultades te&oacute;ricas, este enfoque ha inspirado en la pr&aacute;ctica el desarrollo de instituciones democr&aacute;ticas adversas a la tiran&iacute;a y que encaman soluciones constitucionales de compromiso entre intereses pol&iacute;ticos y sociales contrapuestos. Este enfoque se asocia con frecuencia a James Madison, quien esboz&oacute; as&iacute; el problema: “Si los hombres fueran &aacute;ngeles, no habr&iacute;a necesidad de gobierno. Si los &aacute;ngeles gobernaran a los hombres, no habr&iacute;a necesidad de controles internos ni externos sobre el gobierno. Al construir un gobierno que ejerza el poder del hombre sobre el hombre, la mayor dificultad es la siguiente: El gobierno debe tener poder para controlar a los gobernados al tiempo que debe ser obligado a controlarse a s&iacute; mismo. Del pueblo proviene sin duda el control primario sobre el gobierno, pero la experiencia le ha ense&ntilde;ado a la humanidad la necesidad de tomar medidas auxiliares” &#91;Madison, 1981, p. 262, publicado por primera vez en 1787-1788&#93;. Se trata de un reconocimiento de que en la sociedad hay intereses y problemas colectivos cuya atenci&oacute;n demanda un Estado a la vez poderoso y limitado, basado en principios democr&aacute;ticos. Con todo y las deficiencias que pueda tener, el enfoque contrasta con el ofrecido por algunas vertientes del pensamiento econ&oacute;mico. As&Iacute;, Buchanan &#91;1999&#93; hace &eacute;nfasis en las limitaciones o restricciones sobre el gobierno, ignorando el problema de los poderes o facultades que requiere un organismo de acci&oacute;n colectiva. Para &eacute;l, el  asunto es impedir, casi sin permitir o sin dejar hacer. Tambi&eacute;n contrasta con el ofrecido por las ideolog&Iacute;as pol&Iacute;ticas totalitarias, como el estalinismo yel fascismo, las cuales propugnan por un Estado autoritario, sin l&Iacute;mites ni controles democr&aacute;ticos al ejercicio del poder.</p>     <p>Hoy d&iacute;a, la organizaci&oacute;n del Estado en niveles de gobierno puede considerarse la norma tanto en sistemas unitarios como federales &#91;Breton, 1998; Chandler, 1993&#93;. No obstante que las diferencias entre los sistemas de gobierno unitarios y federales lucen y de hecho son abismales para un gran n&uacute;mero de prop&oacute;sitos te&oacute;ricos y pr&aacute;cticos, uno de los problemas comunes m&aacute;s importantes tiene que ver con el balance de poderes entre niveles de gobierno<sup><a name="nr3"></a><a href="#3">3</a></sup>. En el marco de la teor&iacute;a de balance de poderes, la existencia de varios niveles de gobierno se considera, de acuerdo con Wolman &#91;1990, p. 35&#93;, como“ &hellip; un medio para proteger la democracia a trav&eacute;s de centros de poder y de influencia que se balancean mutuamente en una sociedad pluralista”. Pero no basta con la mera existencia de niveles de gobierno. Como agrega Wolman: “El factor cr&iacute;tico no es la descentralizaci&oacute;n de facultades de decisi&oacute;n pol&iacute;tica a los gobiernos locales de tal modo que puedan controlar la pol&iacute;tica p&uacute;blica local, sino el <i>conjunto de instituciones o arreglos constitucionales formales e informales que definen las relaciones entre el gobierno nacional y los gobiernos subnacionales</i> (it&aacute;licas agregadas). Si han de haber centros de poder que se hagan balance mutuo, tales instituciones tienen que dotar a los gobiernos subnacionales de medios efectivos para ejercer control sobre el comportamiento del nivel nacional de gobierno”.</p>     <p>El balance de poderes entre niveles de gobierno no deber&iacute;a darse por sentado,y menos en un Estado unitario. Dado que un sistema unitario tiende, casi por definici&oacute;n, a la centralizaci&oacute;n del Estado, la descentralizaci&oacute;n del poder pol&iacute;tico en dicho sistema de gobierno es m&aacute;s un resultado contingente (e.g., que puede suceder o no suceder) que un resultado necesario. Para que la descentralizaci&oacute;n pol&iacute;tica se convierta en una caracter&iacute;stica normal del sistema de gobierno unitario,y no sea un mero resultado contingente, es preciso que las instituciones pol&iacute;ticas previstas en la constituci&oacute;n est&eacute;n dise&ntilde;adas para el efecto. El problema no es, ni mucho menos, exclusivo de Colombia. As&iacute;, por ejemplo, seg&uacute;n Toonen &#91;1990, p. 282&#93;, en Holanda, pa&iacute;s que a semejanza de Colombia tambi&eacute;n se define como un Estado unitario descentralizado, “ &hellip;muchos problemas del proceso contempor&aacute;neo intergubernamental y subnacional han sido atribuidos al hecho de que la noci&oacute;n del Estado unitario descentralizado trata de reconciliar valores irreconciliables: centralizaci&oacute;n (unidad, uniformidad, jerarqu&iacute;a) y descentralizaci&oacute;n (pluralidad, diversidad y autonom&iacute;a)” . No obstante lo parad&oacute;jico de la noci&oacute;n de Estado unitario descentralizado, Holanda se ha ganado la reputaci&oacute;n de ser una las sociedades m&aacute;s pluralistas del mundo, fen&oacute;meno que Toonen atribuye a la existencia de un sistema de cogobierno, basado en la interdependencia, la diversidad y la interacci&oacute;n din&aacute;mica entre niveles de gobierno relativamente independientes. Esto nos lleva a examinar los mecanismos de orden constitucional empleados en Colombia (si es que se emplea alguno) para articular las dimensiones unitaria y descentralizada del Estado.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>EL BALANCE INTERGUBERNAMENTAL DE PODERES EN LA CONSTITUCI&Oacute;N DE 1991</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En nuestro medio predominan los an&aacute;lisis sobre el balance de poderes deuro del nivel nacional de gobierno, es decir, entre las ramas ejecutiva, legislativa y judicial &#91;v.g., Alesina, 2001&#93;. Este tipo de an&aacute;lisis se refiere a la dimensi&oacute;n unitaria del Estado. La dimensi&oacute;n descentralizada ha recibido creciente atenci&oacute;n. En el an&aacute;lisis pol&iacute;tico de la descentralizaci&oacute;n parece predominar, sin embargo, el que puede denominarse el punto de vista interno, en un doble sentido. En primer lugar, t&aacute;cita o expresamente se trata sobre todo de un an&aacute;lisis deuro de las instituciones o reglas de juego asociadas a la Constituci&oacute;n de 1991, no de un an&aacute;lisis entre instituciones constitucionales alternativas. Sin perder de vista que se coteja una mezcla de instituciones constitucionales observadas, eventuales e hipot&eacute;ticas, esta distinci&oacute;n anal&Iacute;tica, que ha sido eje del ,desarrollo de la econom&iacute;a institucional y de su vertiente constitucional &#91;v.g., Elster y Slagstad, 1988; Elkin Y Soltan, 1993; Cuevas, 1998; Buchanan, 1999; Kalmanovitz, 2001a,b&#93;, puede arrojar luces sobre la naturaleza de los problemas concernientes a la estructura u organizaci&oacute;n del Estado colombiano.<sup><a name="nr4"></a><a href="#4">4</a></sup> Y, en segundo lugar, se trata de un an&aacute;lisis centrado en las instituciones pol&iacute;ticas subnacionales o en el poder pol&iacute;tico local y departamental, no en la <i>relaci&oacute;n entre las instituciones pol&iacute;ticas</i> del nivel nacional de gobierno, de una parte, y de los niveles subnacionales, de otra. Preocupaciones t&iacute;picas de los analistas en este &aacute;mbito son la elecci&oacute;n popular de alcaldes y gobernadores, el perfil de los gobernantes subnacionales, los rasgos del poder local, la corrupci&oacute;n y el clientelismo en departamentos y municipios, la geograf&iacute;a y comportamiento de los partidos pol&iacute;ticos en las entidades territoriales, la participaci&oacute;n ciudadana y la iniciativa local y las competencias de los gobiernos territoriales. Se trata, por supuesto, de preocupaciones de enorme importancia. Por lo general, la perspectiva intergubernamental en Colombia alude a la <i>asignaci&oacute;n de funciones</i> entre el nivel nacional de gobierno y los niveles departamental y local, no al balance de poderes en sentido estricto. El punto de vista interno no es de par s&iacute; err&oacute;neo o defectuoso. Tal punto de vista es, no obstante, parcial o incompleto, ya que no aborda en forma expl&iacute;cita el problema del balance de poderes entre niveles de gobierno. <sup><a name="nr5"></a><a href="#5">5</a></sup></p>     <p>La organizaci&oacute;n del Estado colombiano prevista en la Constituci&oacute;n de 1991 se ilustra en la Figura <a href="#v20n3505e1">1</a>. <sup><a name="nr6"></a><a href="#6">6</a></sup> Desde una perspectiva vertical, el Estado est&aacute; integrado en la actualidad por tres niveles de gobierno: el nivel nacional, el nivel departamental y el nivel local. El nivel departamental hace las veces de nivel intermedio de gobierno<sup><a name="nr7"></a><a href="#7">7</a></sup> Pero la Constituci&oacute;n dej&oacute; abierta la posibilidad de modificar la estructura del Estado a nivel subnacional. Estableci&oacute;, en efecto, reglas para la eventual conformaci&oacute;n de un nivel regional de gobierno y de un nivel provincial de gobierno. En la figura <a href="#v20n3505e1">1</a>  estos niveles de gobierno se representan con &oacute;valos para significar que tal posibilidad no se ha concretado.</p>     <p><a name="v20n3505e1"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e1.jpg">     <p>No es dif&iacute;cil identificar ingredientes unitarios en la Constituci&oacute;n de 1991. Como es caracter&iacute;stico de los sistemas unitarios, en Colombia la Constituci&oacute;n fija las reglas de juego que han de seguirse tanto en el &aacute;mbito nacional como el &aacute;mbito subnacional. Y la misma Constituci&oacute;n atribuye al nivel nacional de gobierno, que comprende las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, la facultad de desarrollar, interpretar y reformar las normas constitucionales. Tampoco es dif&iacute;cil identificar ingredientes descentralizados. Como hemos visto, los diferentes niveles subnacionales de gobierno, bien sean los ya existentes o los que se pueden llegar a crear, est&aacute;n directamente contemplados en la Constituci&oacute;n. Pero adem&aacute;s la Constituci&oacute;n crea las condiciones que convierten a los niveles subnacionales en niveles de gobierno propiamente dichos, esto es, en unidades pol&iacute;ticas territorialmente definidas. En primer lugar, consagra la elecci&oacute;n por voto popular de los miembros de los principales centros de decisi&oacute;n departamental y local (e.g., gobernaciones, alcald&Iacute;as, asambleas y concejos) y establece las reglas a las cuales ha de ce&ntilde;irse la elecci&oacute;n. En segundo lugar, confiere a las asambleas y concejos algunos poderes legislativos derivados o delegados (por contraposici&oacute;n a originales). Y, por &uacute;ltimo, reviste a los gobiernos subnacionales de algunas facultades en materia fiscal.</p>     <p>Puesto que la organizaci&oacute;n de los poderes estatales consiste no solamente de partes sino tambi&eacute;n de relaciones entre las partes, el hecho de que las dimensiones unitaria y descentralizada del Estado, consideradas en forma separada, est&eacute;n presentes en la Constituci&oacute;n de 1991 no necesariamente conduce a un balance de poderes apropiado entre niveles de gobierno. Al menos en lo que a la esfera constitucional concierne, la existencia de niveles de gobierno plantea el problema de la distribuci&oacute;n vertical del poder pol&iacute;tico, pero por s&iacute; sola no lo resuelve. A semejanza de lo que ocurre con los derechos, el constituyente atribuy&oacute; a los mandatos constitucionales la tarea de preservar el balance entre las dimensiones unitaria y descentralizada del Estado. No es una simple casualidad que la organizaci&oacute;n del Estado colombiano en forma unitaria y descentralizada est&eacute; prevista en el primero de los llamados principios fundamentales de la Carta Pol&iacute;tica. ¿Pero son los mandatos constitucionales empleados en Colombia un mecanismo eficaz para articular las instituciones pol&iacute;ticas nacionales y territoriales, en otras palabras, para articular la jerarqu&Iacute;a y la autonom&iacute;a? Hay razones para pensar que la respuesta es negativa y que, como consecuencia, el pluralismo que proclama la Constituci&oacute;n se ve adversamente afectado.</p>     <p>Las caracter&iacute;sticas de las instituciones pol&iacute;ticas nacionales definen en gran medida la estructura constitucional del Estado colombiano. Seg&uacute;n lo estipula la propia Constituci&oacute;n, el presidente de la Rep&uacute;blica, cabeza de la rama ejecutiva, “&hellip;simboliza la unidad nacional&hellip;” (Art. 188). El mandato de simbolizar la unidad nacional tiene su sustento en la elecci&oacute;n del presidente por voto popular nacional (e.g., mayor&iacute;a de votos depositados a nivel nacional). Desde el punto de vista constitucional, la presidencia es, por excelencia, la instituci&oacute;n de la dimensi&oacute;n unitaria del Estado. A este respecto pronostica Cooter &#91;2000, p. 189&#93;: “&#91;Tanto en el sistema presidencial como en el parlamentario, pero de manera m&aacute;s directa en el primero &#93;&hellip;el ejecutivo tiene incentivos para desarrollar un programa nacional y para inducir a los legisladores a adherirse a &eacute;l. Una perspectiva nacional lleva al ejecutivo hacia el centro de la distribuci&oacute;n de las preferencias pol&iacute;ticas de la naci&oacute;n”. Puede, por supuesto, ocurrir que un presidente tenga una preocupaci&oacute;n genuina por promover la descentralizaci&oacute;n y la autonom&iacute;a territorial. Esta es, sin embargo, una contingencia pol&iacute;tica, no una caracter&iacute;stica inherente a las reglas de juego que regulan la presidencia de la Rep&uacute;blica.</p>     <p>En el arreglo constitucional colombiano, la misma existencia de los niveles subnacionales de gobierno depende del nivel nacional de gobierno. Al fin y al cabo, el Congreso est&aacute; facultado para “&#91;d&#93;efinir la divisi&oacute;n general del territorio (&hellip;y) fijar las bases y condiciones para crear, eliminar, modificar o fusionar entidades territoriales y establecer sus competencias” (Art. 150, Numeral 4).En contraste, t&iacute;picamente en los reg&iacute;menes federales el Congreso ni ning&uacute;n otra instancia del nivel nacional de gobierno est&aacute; investido del poder constitucional para eliminar unilateralmente las unidades pol&iacute;ticas que conforman la federaci&oacute;n. Su existencia no est&aacute;, pues, enteramente sujeta a la voluntad de las instancias federales.</p>     <p>En lo concerniente a la rama judicial, el constituyente le confi&oacute; a la Corte Constitucional“&hellip;la guarda de la integridad y supremac&Iacute;a de la Constituci&oacute;n &hellip;”, de modo que este organismo tiene la misi&oacute;n de velar por el cumplimiento de los mandatos constitucionales, tanto los relativos a los derechos como a la misma organizaci&oacute;n del Estado unitario descentralizado. Al margen de si la Corte ha estado a la altura de la misi&oacute;n que se le encomend&oacute;, sus sentencias e interpretaciones pueden inclinar la balanza a favor o en contra de la dimensi&oacute;n unitaria o de la descentralizada. Cabe suponer, sin embargo, que, m&aacute;s all&aacute; de cierto punto, el texto constitucional mismo es para la Corte una especie de dato, que le viene dado desde fuera, m&aacute;s cuando la esencia de las facultades para reformarlo est&aacute;n en cabeza del Congreso y los poderes constituyentes: Y si el texto constitucional mismo no contiene las instituciones tendientes a balancear los poderes entre niveles de gobierno, es improbable que la Corte pueda sustituirlas,y menos a&uacute;n crearlas.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>4. EL PAPEL DEL BICAMERALISMO</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En una sociedad que, a juzgar por la Constituci&oacute;n del 1991, aspira a que los gobiernos territoriales gocen de autonom&Iacute;a sin propiciar la anarqu&iacute;a o la desintegraci&oacute;n, o, como dir&iacute;a Tocqueville &#91;1994&#93;, “&hellip;a combinar las diferentes ventajas que resultan de lo grande y lo peque&ntilde;o de la naci&oacute;n”, la principal raz&oacute;n de ser del bicameralismo ser&Iacute;a balancear los poderes entre niveles de gobierno, es decir, balancear los poderes pol&Iacute;ticos nacionales y territoriales, aunque tiene otras razones de ser, como disminuir el riesgo de que se aprueben malas leyes o se adopten malas pol&Iacute;ticas p&uacute;blicas, as&iacute; como contrarrestar las presiones de los grupos de inter&eacute;s.</p>     <p>Desde una perspectiva electoral, las mayor&iacute;as contabilizadas nacionalmente no siempre coinciden, en cuanto a necesidades o preferencias, con las mayor&iacute;as de cada una las entidades pol&iacute;ticas territoriales que integran el pa&iacute;s. Pero si las mayor&iacute;as territoriales constituyen minor&iacute;as desde el punto de vista nacional, sus intereses y preocupaciones dif&iacute;cilmente tendr&iacute;an voz en las instancias nacionales cuando la representaci&oacute;n pol&iacute;tica se funda enteramente en una regla mayoritaria. El bicameralismo les dar&iacute;a voz en el nivel nacional de gobierno a las unidades pol&iacute;ticas territoriales que, por el tama&ntilde;o relativamente reducido de su poblaci&oacute;n, de otra manera no la tendr&Iacute;an. No se trata de eliminar la regla de gobierno de las mayor&iacute;as sino de restringir en alguna medida su aplicaci&oacute;n en aras de inducir la cooperaci&oacute;n para gobernar entre mayor&iacute;as y minor&iacute;as espacial  o territorialmente definidas.<sup><a name="nr8"></a><a href="#8">8</a></sup> La forma m&aacute;s probada de hacerlo consiste en integrar las dos c&aacute;maras del Congreso con base en principios de representaci&oacute;n diferentes: La primera c&aacute;mara, t&iacute;picamente la C&aacute;mara de Representantes, con base en el principio de representaci&oacute;n poblacional (tambi&eacute;n llamado popular), y la segunda c&aacute;mara, el Senado en nuestro caso, con base en el principio de representaci&oacute;n territorial, o al menos con base en un ingrediente significativo de este principio. En este esquema institucional, la protecci&oacute;n de los derechos de las minor&iacute;as definidas desde el punto de vista nacional tomar&iacute;a cuerpo en la sobrerepresentaci&oacute;n en la segunda c&aacute;mara de las entidades territoriales peque&ntilde;as que trae consigo la aplicaci&oacute;n del principio aludido. Por supuesto, el bicameralismo, as&iacute; entendido, har&iacute;a las veces de condici&oacute;n necesaria pero no suficiente para los objetivos en cuesti&oacute;n. La actuaci&oacute;n de los pol&iacute;ticos elegidos y otros factores le dar&iacute;an contenido preciso.</p>     <p>Aunque no son del todo independientes entre s&iacute;, conviene distinguir aqu&iacute; entre el principio de representaci&oacute;n, el sistema electoral y el r&eacute;gimen de los partidos pol&iacute;ticos &#91;V&eacute;ase, Grofman y Lijphard, 1994; S&aacute;nchez, 2000&#93;. Los principios de representaci&oacute;n m&aacute;s comunes son la representaci&oacute;n poblacional o popular, asociada a los intereses de la poblaci&oacute;n y el electorado, la representaci&oacute;n territorial, ligada a los intereses geogr&aacute;ficos o de las jurisdicciones pol&iacute;ticas subnacionales,y la representaci&oacute;n funcional, ligada a los intereses de grupos, gremios u ocupaciones determinadas. Para ilustrar las diferencias entre estos principios, sup&oacute;ngase que se decidi&oacute; que una de las c&aacute;maras del Congreso tendr&iacute;a 150 miembros y que para su elecci&oacute;n se emplear&Iacute;a la circunscripci&oacute;n departamental. Si se aplicara el principio de representaci&oacute;n poblacional, el n&uacute;mero total de esca&ntilde;os se distribuir&iacute;a entre los departamentos en proporci&oacute;n directa al tama&ntilde;o de su respectiva poblaci&oacute;n con respecto a la poblaci&oacute;n total del pa&iacute;s. Bajo el principio de. representaci&oacute;n territorial las unidades representadas son las entidades territoriales, las cuales por lo regular se tratan, para efectos de la distribuci&oacute;n del total de esca&ntilde;os, de modo sistem&aacute;tica y significativamente <i>menos desiguales</i> de lo que ser&iacute;an si se aplicara el principio de representaci&oacute;n poblacional. Si se instaurara el principio de representaci&oacute;n funcional, el n&uacute;mero total de esca&ntilde;os de la c&aacute;mara en cuesti&oacute;n se distribuir&Iacute;a entre los departamentos de acuerdo al peso, definido de acuerdo con alguna variable determinada, que tenga en cada departamento el grupo, gremio u ocupaci&oacute;n de que se trate con respecto al agregado nacional. El sistema electoral alude al m&eacute;todo de transformaci&oacute;n de votos en esca&ntilde;os, una vez definido el principio de representaci&oacute;n. En nuestro ejemplo, el sistema electoral dice cu&aacute;ntos de los esca&ntilde;os asignados a un determinado departamento le corresponden a cada lista, seg&uacute;n el respectivo n&uacute;mero de votos obtenido en el departamento. El r&eacute;gimen de los partidos pol&iacute;ticos se refiere, entre otras cosas, al n&uacute;mero de partidos, a las reglas de conformaci&oacute;n de listas y a la financiaci&oacute;n de las campa&ntilde;as. Un principio de representaci&oacute;n dado (e.g., poblacional, territorial o funcional) puede operar con diferentes sistemas electorales (f&oacute;rmula electoral mayoritaria, proporcional o plural; distritos electorales de uno o varios miembros, etc.) y con diferentes reg&iacute;menes de los partidos pol&iacute;ticos. El presente art&Iacute;culo se ocupa del principio de representaci&oacute;n, a menos que se indique lo contrario.</p>     <p>El empleo del bicameralismo como mecanismo para encarar el problema de la articulaci&oacute;n de la unidad nacional (o federal) con la autonom&iacute;a de los gobiernos territoriales, especialmente del nivel intermedio (e.g., departamentos, estados o regiones) no es excepcional. Como escribe Breton &#91;1998&#93;: “En muchos sistemas de gobierno - virtualmente en todos los sistemas de gobierno federalesla rama legislativa del nivel nacional de gobierno es bicameral, con la caracter&iacute;stica adicional de que una de las dos c&aacute;maras est&aacute; estructurada para representar las preferencias - intereses, preocupaciones y demandas- de los ciudadanos de los estados o provincias a nombre de los ciudadanos de esos estados o provincias.” En la forma extrema del principio en cuesti&oacute;n, las entidades territoriales se tratan como <i>iguales</i> para efectos de la representaci&oacute;n, con independencia del tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n. La f&oacute;rmula igualitaria del principio de representaci&oacute;n territorial se emplea en algunos pa&iacute;ses federales, como Australia, Suiza y Estados Unidos, en donde las entidades territoriales del nivel intermedio de gobierno (v.g., Estados o Provincias) tienen igual representaci&oacute;n en una de las c&aacute;maras independientemente del tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n (v.g., todos los Estados tienen igual n&uacute;mero de senadores). Como argüye Mueller &#91;1996, p. 85&#93;, “Un modo&hellip; de proteger la estructura federalista es representar los gobiernos regionales individuales directamente en la segunda c&aacute;mara”. Formas menos extremas del principio de representaci&oacute;n territorial (e.g., f&oacute;rmulas no igualitarias) se emplean en pa&iacute;ses federales y unitarios, como Alemania, Austria, Francia y Holanda. En Alemania, por ejemplo, en una de las dos c&aacute;maras que integran la rama legislativa (e.g., el Bundesrat), todos los gobiernos regionales est&aacute;n representados, correspondi&eacute;ndole a cada gobierno regional un n&uacute;mero de votos que var&iacute;a entre tres y cinco votos dependiendo del tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n &#91;Mueller, 1996, p. 199).<sup><a name="nr9"></a><a href="#9">9</a></sup> En Francia, un pa&iacute;s clasificado de ordinario como unitario, el Senado tiene la responsabilidad constitucional de representar a las entidades territoriales, mientras que la Asamblea Nacional representa a la poblaci&oacute;n. Algo similar sucede en Holanda. La Uni&oacute;n Europea cada vez m&aacute;s se asemeja a un r&eacute;gimen bicameral con una de las &lsquo;c&aacute;maras’, el <i>Consejo de la Uni&oacute;n Europea</i>, conformada con base en el principio de representaci&oacute;n territorial, en este caso traducido a la esfera internacional, y la otra c&aacute;mara, el <i>Parlamento Europeo</i>, integrada con predominio del principio de representaci&oacute;n poblacional (V&eacute;ase Anexo). En el Consejo de la Uni&oacute;n Europea el voto es ponderado. Por ejemplo, Alemania, el pa&Iacute;s m&aacute;s grande de la Uni&oacute;n, con el 17% de la poblaci&oacute;n, tiene 29 votos, equivalentes al 8% del total de votos, al igual que el Reino Unido, Francia e Italia; por su parte, B&eacute;lgica, que en poblaci&oacute;n es ocho veces m&aacute;s peque&ntilde;o que Alemania, tiene 12 votos, esto es, algo menos de la mitad de los votos de Alemania. En el Parlamento Europeo, en cambio, Alemania tiene 99 esca&ntilde;os, mientras que el Reino Unido, Francia e Italia tienen cada uno 72 esca&ntilde;os; a B&eacute;lgica le corresponden 22 esca&ntilde;os, es decir, cerca de la quinta parte de los que le corresponden a Alemania. Las f&oacute;rmulas menos igualitarias del principio de representaci&oacute;n territorial redundan por lo regular en alg&uacute;n grado significativo de sobrerrepresentaci&oacute;n de las entidades territoriales m&aacute;s peque&ntilde;as desde el punto de vista del tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n.</p>     <p>En Colombia, el Congreso es bicameral pero el principio de representaci&oacute;n empleado para la conformaci&oacute;n de ambas c&aacute;maras es fundamentalmente poblacional. En la C&aacute;mara de Representantes la regla general para la distribuci&oacute;n de esca&ntilde;os entre las entidades territoriales, en este caso los 32 departamentos existentes en la actualidad y el distrito capital, es, seg&uacute;n lo estipula la Constituci&oacute;n, la siguiente: “Habr&aacute; dos representantes por cada circunscripci&oacute;n territorial y uno m&aacute;s por cada doscientos cincuenta mil habitantes o fracci&oacute;n mayor de ciento veinticinco mil que tengan en exceso sobre los primeros doscientos cincuenta mil” (Art. 176, inc. 2). N&oacute;tese que el n&uacute;mero de esca&ntilde;os de cada entidad territorial y, por consiguiente, el n&uacute;mero total de esca&ntilde;os de la C&aacute;mara de Representantes, no es fijo a trav&eacute;s del tiempo sino que var&iacute;a con el tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n. En la jerga de la econom&iacute;a institucional, &eacute;sta es una regla abierta, con un defecto ostensible: el di&aacute;logo en el seno de la C&aacute;mara puede tomarse particularmente tortuoso cuando la cantidad de representantes sobrepase Cierto l&iacute;mite. El ingrediente de representaci&oacute;n poblacional impl&iacute;cito en la regla constitucional de asignaci&oacute;n de esca&ntilde;os (v.g., un representante adicional por cada doscientos cincuenta mil habitantes o fracci&oacute;n mayor de ciento veinticinco mil que tengan en exceso sobre los primeros doscientos cincuenta mil) probablemente tender&aacute; a ganar importancia relativa con el paso del tiempo, a expensas del ingrediente de representaci&oacute;n territorial (e.g., dos representantes por cada entidad territorial, con independencia del tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n). Las tendencias demogr&aacute;ficas del pa&iacute;s y la aritm&eacute;tica de la regla constitucional se encargar&iacute;an de hacer que ello suceda. Salvo quiz&aacute;s por los inconvenientes que puede acarrear la regla abierta para determinar el n&uacute;mero total de esca&ntilde;os de la C&aacute;mara, no hay objeci&oacute;n a ello. Al menos en lo que ata&ntilde;e del principio de representaci&oacute;n, eso es justamente lo que se espera de un organismo como la C&aacute;mara de Representantes colombiana, que su composici&oacute;n refleje la distribuci&oacute;n de la poblaci&oacute;n entre las entidades pol&iacute;ticas territoriales.<sup><a name="nr10"></a><a href="#10">10</a></sup> Esto abre las puertas a que en el agregado de la C&aacute;mara prevalezcan los intereses de las mayor&Iacute;as nacionalmente definidas, si bien la posibilidad de que ello suceda no se cristaliza de manera inevitable.</p>     <p>Un supuesto t&aacute;cito de la regla constitucional para la integraci&oacute;n de la C&aacute;mara de Representantes es que las estad&iacute;sticas de poblaci&oacute;n empleadas se actualizan cada cierto tiempo, con miras a evitar el divorcio entre las realidades demogr&aacute;ficas y la representaci&oacute;n pol&iacute;tica. Sin embargo, durante el per&iacute;odo de vigencia de la Constituci&oacute;n de 1991 los esca&ntilde;os de la C&aacute;mara se han asignado con base en el censo de poblaci&oacute;n de 1985. Por esta raz&oacute;n, el n&uacute;mero de representantes correspondiente a cada entidad territorial en las legislaturas iniciadas en 1991, 1994 Y 1998 se ha mantenido constante en la mayor&iacute;a de los casos (Cuadro <a href="#v20n3505e2">1</a>). De manera consecuente, el n&uacute;mero total de representantes ha permanecido pr&aacute;cticamente invariable (e.g., 161 representantes). La utilizaci&oacute;n de informaci&oacute;n demogr&aacute;fica tan desactualizada contrar&Iacute;a, desde luego, el esp&Iacute;ritu de la regla constitucional para la asignaci&oacute;n de esca&ntilde;os. La correcci&oacute;n de esta situaci&oacute;n an&oacute;mala corresponde a la ley, mediante la adopci&oacute;n de estad&iacute;sticas demogr&aacute;ficas m&aacute;s recientes.</p>     <p><a name="v20n3505e2"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e2.jpg">     <p><a name="v20n3505e2"></a></p>     <p>Como se aprecia en el Cuadro <a href="#v20a2">1</a>, noventa y tres (93) de los 161 miembros que por lo regular ha tenido la C&aacute;mara en las legislaturas comprendidas entre 1991 y 2002, equivalentes al 58% del total, son atribuible s a la aplicaci&oacute;n del principio de representaci&oacute;n poblacional. Sesenta y seis (66) miembros, el 41% del total, tienen su origen en el principio de representaci&oacute;n territorial; los dos restantes representan a las comunidades negras y son elegidos por circunscripci&oacute;n especial. Aunque el empleo del censo de 1985 ha impedido que las tendencias impl&iacute;citas en la regla constitucional de asignaci&oacute;n de esca&ntilde;os se manifiesten cabalmente, en la integraci&oacute;n de la C&aacute;mara de Representantes predomina el principio de representaci&oacute;n poblacional. El coeficiente de correlaci&oacute;n entre el n&uacute;mero de representantes y la poblaci&oacute;n de cada entidad. territorial, seg&uacute;n el censo de 1985, es de 0.99. Si se calcula con las estimaciones de poblaci&oacute;n del Dane para 1998, a&ntilde;o en el que se eligieron los actuales miembros del Congreso, el coeficiente de correlaci&oacute;n se mantiene virtualmente inalterado. Este resultado implica que cerca del 98% de la variaci&oacute;n en el n&uacute;mero de representantes observado entre entidades territoriales se debe a variaciones en la poblaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El ingrediente de representaci&oacute;n territorial en la C&aacute;mara de Representantes beneficia a los departamentos peque&ntilde;os, especialmente a los de menos de 250.000 habitantes seg&uacute;n el censo de 1985, todos ellos antiguas intendencias y comisar&iacute;as, erigidos en departamentos por la Constituci&oacute;n de 1991. En efecto, los veinte representantes de los diez departamentos menos poblados constituyen el 12.4% del total de miembros de la C&aacute;mara, en tanto que su poblaci&oacute;n equivale al 3.5% del total nacional. (Los diez departamentos m&aacute;s grandes cuentan con el 67.4% de la poblaci&oacute;n y el 56% de los representantes). Los departamentos peque&ntilde;os dif&iacute;cilmente tendr&iacute;an representaci&oacute;n en la C&aacute;mara si no fuera por la aplicaci&oacute;n de la al&iacute;cuota territorial. Mientras existan entidades territoriales relativamente despobladas, como Guain&iacute;a y Vaup&eacute;s, con menos de 50.000 habitantes, parece necesario incorporar as&iacute; sea un m&iacute;nimo de representaci&oacute;n territorial en la C&aacute;mara de Representantes, no obstante que &eacute;ste es por excelencia el organismo de la representaci&oacute;n poblacional. Es, desde luego, susceptible de debate si una al&iacute;cuota de dos representantes por departamento es o no excesivo, pero, como regla general, toda entidad territorial relevante para el efecto deber&iacute;a tener al menos un representante, incluso si ello conlleva cierto grado de sobrerrepresentaci&oacute;n de las entidades territoriales peque&ntilde;as.</p>     <p>Aunque no suele hacerse expl&iacute;cito, la descentralizaci&oacute;n supone cierta capacidad fiscal e institucional m&Iacute;nima de los gobiernos territoriales para proyectarse hacia sus comunidades. Las posibilidades de desplegar esa capacidad m&iacute;nima est&aacute;n ligadas a la base demogr&aacute;fica y econ&oacute;mica de las jurisdicciones. Estos factores juegan un papel cr&iacute;tico en nuestro pa&iacute;s, con &eacute;nfasis en los llamados nuevos departamentos. La respuesta m&aacute;s apropiada a los problemas de capacidad fiscal e institucional no es, necesariamente, quitarles el car&aacute;cter de departamentos o eliminar sus gobiernos, como ha sido propuesto. En este &aacute;mbito deber&iacute;an primar los criterios pol&iacute;ticos, lo cual puede implicar el otorgamiento de subsidios nacionales a los gobiernos territoriales estructuralmente d&eacute;biles, a trav&eacute;s por ejemplo del sistema de transferencias (como de hecho ha venido ocurriendo), siempre y cuando las cargas fiscales sean llevaderas para los contribuyentes.</p>     <p>Existe la creencia de que en la C&aacute;mara la distribuci&oacute;n de esca&ntilde;os se basa en el principio de representaci&oacute;n territorial a ra&iacute;z del hecho de que la circunscripci&oacute;n electoral es, principalmente, departamental y a que todas y cada una de las entidades territoriales tienen al menos dos representantes. A la luz de lo que hemos visto, esta es una creencia equivocada, o por lo menos muy discutible.</p>     <p>El Senado y la C&aacute;mara de Representantes difieren en cuanto a la regla que determina el n&uacute;mero total de esca&ntilde;os y en cuanto a la circunscripci&oacute;n electoral. El n&uacute;mero total de esca&ntilde;os del Senado es fijo, no variable, a trav&eacute;s del tiempo (e.g., 102 senadores). Por su parte, la circunscripci&oacute;n electoral es nacional, no departamental. En el caso del Senado, dado que el sistema electoral empleado incluye la circunscripci&oacute;n nacional, no opera, por sustracci&oacute;n de materia, el principio de representaci&oacute;n territorial. Colombia, considerada como un todo, hace las veces de unidad pol&Iacute;tica relevante, y por definici&oacute;n contiene el 100% de la poblaci&oacute;n a representar, de manera que a la misma le corresponden el 100% de los esca&ntilde;os. En conjunci&oacute;n con el sistema electoral, el Senado da lugar a una variante del principio de representaci&oacute;n poblacional, caracterizada por la circunscripci&oacute;n nacional.<sup><a name="nr11"></a><a href="#11">11</a></sup></p>     <p>Es obvio que los senadores tienen un origen regional determinado, pese a la circunscripci&oacute;n nacional que rige su elecci&oacute;n. An&aacute;lisis emp&iacute;ricos han mostrado que, al menos hasta el momento, un n&uacute;mero considerable de senadores obtienen sus votos en su departamento de origen, no en varios departamentos &#91;Febres-Cordero, 1997&#93;. Este hallazgo podr&iacute;a llevar a pensar que a trav&eacute;s del Senado tiene lugar la representaci&oacute;n territorial. Se tratar&Iacute;a, sin embargo, de una conclusi&oacute;n apresurada. Bajo el principio de representaci&oacute;n territorial, todas y cada una de las entidades territoriales del nivel de gobierno seleccionado para el efecto deben estar representadas. Asumiendo que el origen del senador determina la entidad territorial a la que representa, la circunscripci&oacute;n nacional no necesariamente conduce a ese resultado. Pero aun si as&iacute; ocurriera, ser&iacute;a un resultado fortuito, con el agravante de que las diferentes entidades territoriales no siempre obtendr&iacute;an una representaci&oacute;n sistem&aacute;tica y significativamente menos desigual que la que obtendr&iacute;an si el criterio de asignaci&oacute;n de esca&ntilde;os fuera directamente proporcional al tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n. Por el contrario, bien podr&iacute;a haber entidades territoriales no representadas o subrepresentadas de manera sistem&aacute;tica, probablemente las m&aacute;s peque&ntilde;as.<sup><a name="nr12"></a><a href="#12">12</a></sup></p>     <p>El Cuadro <a href="#v20n3505e3">2</a> presenta los resultados de un ejercicio tendiente a determinar la composici&oacute;n del Senado seg&uacute;n la entidad territorial de origen del senador, aproximado por el lugar de residencia reportado a la Registradur&iacute;a Nacional del Estado Civil. Como se puede apreciar, en las tres elecciones para Congreso realizadas desde que entr&oacute; en vigencia la Constituci&oacute;n de 1991 diez de las treinta y tres entidades territoriales del nivel intermedio de gobierno no han obtenido ni un solo senador. Estos diez departamentos han sido siempre los m&aacute;s peque&ntilde;os desde el punto de vista demogr&aacute;fico. Su poblaci&oacute;n representa cerca del 5% de la poblaci&oacute;n total del pa&iacute;s. En cambio, las cinco entidades territoriales m&aacute;s grandes, en su orden, Bogot&aacute;, Antioquia, Valle, Atl&aacute;ntico y Cundinamarca, que aglutinan algo m&aacute;s del 45% de los habitantes del pa&iacute;s, han tenido a su haber en cada una de las legislaturas alrededor de la mitad de los senadores. Aunque result&oacute; ser una situaci&oacute;n m&aacute;s bien excepcional, en 1991 s&oacute;lo Bogot&aacute;, cuya poblaci&oacute;n ronda el 15% del total nacional, lleg&oacute; a tener 35 de los  102 senadores. En las tres elecciones que han tenido lugar en el per&iacute;odo de referencia (1991, 1994 Y 1998), el coeficiente de correlaci&oacute;n entre el n&uacute;mero de senadores y la poblaci&oacute;n de los diferentes departamentos y del distrito capital se situ&oacute;, en promedio, en 0.89. Este resultado implica que el 79% de las variaciones en el n&uacute;mero de senadores observado entre .entidades territoriales de origen se debe a variaciones en la poblaci&oacute;n.</p>     <p><a name="v20n3505e3"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e3.jpg">     <p><a name="v20n3505e3"></a></p>     <p>El bicameralismo sirve mejor al prop&oacute;sito de balancear las tendencias centralizadoras inherentes al sistema de gobierno unitario y las fuerzas descentralizadoras asociadas a la diversidad regional si, como ya se indic&oacute;, en la primera c&aacute;mara predomina el principio de representaci&oacute;n poblacional .y en la segunda predomina el principio de representaci&oacute;n territorial. Este no es el caso de Colombia. No obstante que difieren en cuanto a la circunscripci&oacute;n electoral, ambas c&aacute;maras est&aacute;n edificadas sobre el principio de representaci&oacute;n poblacional. La f&oacute;rmula electoral es, adem&aacute;s, proporcional en los dos casos &#91;S&aacute;nchez, 2000&#93;. Estar&iacute;amos en presencia, con algunos matices, de dos c&aacute;maras de similar naturaleza, seg&uacute;n el criterio propuesto por Sartori &#91;1997, p. 184&#93;: “&hellip;dos c&aacute;maras son similares en naturaleza si ambas (&hellip;) representan a la poblaci&oacute;n, no al territorio; y es probable que tengan similar composici&oacute;n si ambas son elegidas con sistemas electorales congruentes (e.g., ambos proporcionales o ambos mayoritarios)”. Una manera de ilustrarlo consiste en comparar la composici&oacute;n de la c&aacute;mara y el Senado seg&uacute;n la entidad territorial de origen de sus miembros.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El grado de similitud o de divergencia entre las dos c&aacute;maras puede evaluarse a trav&eacute;s del siguiente &iacute;ndice:</p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e4.jpg"></p>     <p>en donde e<sub>i</sub> y S<sub>i</sub> simbolizan la proporci&oacute;n del total de miembros de la C&aacute;mara de Representantes y del Senado, respectivamente, que corresponden a la entidad territorial i. En el caso de la C&aacute;mara el origen del congresista viene dado por el departamento o distrito capital que lo eligi&oacute; y en el del Senado, en aras del ejercicio, por el lugar de residencia reportado. El &iacute;ndice tomar&iacute;a un valor de cero si las dos c&aacute;maras fueran id&eacute;nticas desde el punto de vista de su composici&oacute;n por entidad territorial de origen, es decir, si la proporci&oacute;n del total de miembros de la C&aacute;mara correspondiente a cada uno de los departamentos (incluido el distrito capital) fuera igual a la proporci&oacute;n observada en el Senado. Por construcci&oacute;n, el &iacute;ndice tomar&iacute;a un valor de 2 si las dos c&aacute;maras fueran enteramente diferentes en cuanto a la composici&oacute;n por entidad territorial de origen. Como se desprende del Gr&aacute;fico adjunto, en las tres legislaturas consideradas el &iacute;ndice ha fluctuado en forma leve alrededor de 0.49, de suerte que la composici&oacute;n de la C&aacute;mara y del Senado por entidad territorial de origen es mucho m&aacute;s similar que divergente. Puede decirse, entonces, que en el bicameralismo colombiano la C&aacute;mara de Representantes y el Senado no tienden a complementarse entre s&iacute; sino a duplicarse. Y la duplicaci&oacute;n, as&iacute; entendida, dif&iacute;cilmente constituye una garant&iacute;a de balance de poderes entre niveles de gobierno. La estructura constitucional del Estado habr&iacute;a quedado, pues, en obra negra, y es esa estructura la que se supone que debe garantizar los derechos, hacer cumplir los deberes y formular las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas.</p>     <p>La instancia natural, si se quiere, para introducir el principio de representaci&oacute;n territorial en el bicameralismo colombiano ser&acute;a el Senado. La circunscripci&oacute;n electoral bien podr&Iacute;a ser regional, no departamental. En este evento, los entes representados ser&iacute;an las regiones en tanto combinaciones determinadas de territorio y poblaci&oacute;n, sin que ello necesariamente implique la creaci&oacute;n de gobiernos regionales o la eliminaci&oacute;n de los gobiernos departamentales. A este respecto hay varias opciones plausibles cuyas consecuencias probables merecen examinarse con detenimiento. Puesto que lo que se busca es que las dos c&aacute;maras e complementen, no que se dupliquen, la C&aacute;mara de Representantes tendr&iacute;a que fundarse en el principio de representaci&oacute;n poblacional o popular, teniendo, eso s&Iacute;, la precauci&oacute;n de que cada entidad territorial tenga al menos un representante (recu&eacute;rdese que a este cuerpo legislativo se le suele llamar <i>C&aacute;mara de Representantes del Pueblo</i>). La elecci&oacute;n de los representantes a la C&aacute;mara podr&iacute;a efectuarse, como hasta ahora, por circunscripci&oacute;n departamental. Es interesante observar que, desde que entr&oacute; en vigencia la Constituci&oacute;n de 1886 y hasta 1910, el Senado se integr&oacute; de una manera que evoca el principio de representaci&oacute;n territorial. Deber&iacute;a ser claro, sin embargo, que en esa &eacute;poca el bicameralismo formaba parte de un r&eacute;gimen en el cual las instancias de gobierno subnacionales no pasaban de ser un simple ap&eacute;ndice del nivel nacional de gobierno (v.g., los gobernadores eran nombrados y removidos libremente por el presidente), de modo que no conformaban un nivel de gobierno propiamente dicho. Pese a las semejanzas de forma, el papel del bicameralismo en un r&eacute;gimen unitario a <i>secas</i> es diferente del que juega en un r&eacute;gimen unitario <i>descentralizado</i>.</p>     <p><a name="v20n3505e5"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e5.jpg">     <p><a name="v20n3505e5"></a></p>     <p>Bajo el principio de representaci&oacute;n territorial en una de las c&aacute;maras, no en ambas, las entidades territoriales representadas de ordinario corresponden al mismo nivel de gobierno (v.g., por lo general el nivel intermedio de gobierno), pues de lo contrario se crean asimetr&iacute;as en el tratamiento de entidades territoriales (la excepci&oacute;n a esta regla es de ordinario la capital del pa&iacute;s, pero, dado su papel de centro pol&iacute;tico nacional, lo consecuente ser&iacute;a que la capital no estuviera adscrita a ninguna otra entidad territorial, lo cual no excluye la creaci&oacute;n de instancias formales de gobierno o de coordinaci&oacute;n con sus vecinos para afrontar asuntos comunes). Debido a que la poblaci&oacute;n total del pa&iacute;s y la distribuci&oacute;n de la misma entre entidades territoriales var&iacute;a con el tiempo, es preferible que la f&oacute;rmula de asignaci&oacute;n de esca&ntilde;os entre entidades territoriales bajo este principio sea gen&eacute;rica, no con nombre propio (v.g.,no se&ntilde;alando las entidades territoriales que en momento dado resultar&iacute;an beneficiadas).</p>     <p>El principio de representaci&oacute;n territorial luce superior al principio de representaci&oacute;n funcional o corporativo. A este respecto Olson &#91;1998, p. 114&#93; nos recuerda que el“&hellip; &eacute;nfasis en la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica sobre bases funcionales o de ocupaci&oacute;n industrial, en vez de sobre bases geogr&aacute;ficas, fue&hellip; caracter&iacute;stica de algunas variedades del pensamiento fascista y corporativista y fue hasta cierto punto puesta en pr&aacute;ctica en la Italia facista y en la Francia del per&iacute;odo de Vichy.” Una forma de representaci&oacute;n funcional consistir&Iacute;a en otorgarle a un determinado grupo pol&iacute;tico con predominio en una jurisdicci&oacute;n dada una sobrerrepresentaci&oacute;n con nombre propio, m&aacute;s si la misma adquiere car&aacute;cter permanente. Dada la configuraci&oacute;n geogr&aacute;fica del conflicto armado en curso,<sup><a name="nr13"></a><a href="#13">13</a></sup> la eventual incorporaci&oacute;n negociada de los alzados en armas a la arena pol&iacute;tica tendr&iacute;a en el principio de representaci&oacute;n territorial una alternativa m&aacute;s consistente con la democracia.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>5.A PROP&Oacute;SITO DEL ORDENAMIENTO TERRITORIAL</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La Constituci&oacute;n de 1991 dej&oacute; abierta la posibilidad de crear regiones como entidades pol&iacute;ticas territoriales (entidades territoriales, en el lenguaje constitucional). Habr&iacute;a tantos gobiernos regionales como regiones se constituyan y cada gobierno regional tendr&iacute;a jurisdicci&oacute;n sobre el grupo de los actuales departamentos que conformen la regi&oacute;n de que se trate.</p>     <p>Aun si se acepta que Colombia es un pa&iacute;s de regiones, el concepto de regi&oacute;n y, por tanto, el trazado del mapa regional no est&aacute;n, ni mucho menos, libres de complejidades.<sup><a name="nr14"></a><a href="#14">14</a></sup> En t&eacute;rminos de los criterios empleados por Fals Borda &#91;1996&#93;, cuya obra ha sido sin duda la m&aacute;s influyente en este campo, habr&iacute;a ocho regiones sociogeogr&aacute;ficas, a saber: Amazonia, Andina Central, Andina Norte, Andina Sur, Caribe, Orinoquia, Pac&iacute;fico Norte y Pac&iacute;fico Sur. Si bien han calado menos, hay</p>     <p>otros mapas regionales en contienda. De hecho, el debate sobre el ordenamiento territorial ha girado, hasta el momento, en tomo a las razones que justificar&iacute;an la regionalizaci&oacute;n desde una perspectiva hist&oacute;rica, cultural y geogr&aacute;fica, a los criterios para definir las regiones y a la forma particular que adquirir&iacute;a el mapa regional de Colombia (v.g., la delimitaci&oacute;n precisa de las fronteras regionales). No cabe duda que estos asuntos son cruciales para cualquier propuesta de regionalizacion,</p>     <p>Pero no estamos ante <i>cualquier</i> propuesta de regionalizaci&oacute;n. El ordenamiento territorial al que se alude en el debate es un ordenamiento para efectos de la <i>organizaci&oacute;n o estructura constitucional del Estado en niveles de gobierno</i>. De lo que se trata es de la creaci&oacute;n de nuevos niveles de gobierno (v.g., el nivel regional de gobierno) y de determinar el n&uacute;mero de gobiernos dentro de cada nivel (v.g., n&uacute;mero de regiones), en los t&eacute;rminos previstos en la Constituci&oacute;n. Para estos efectos, la definici&oacute;n sociogeogr&aacute;fica de regiones es apenas, con todo y lo importante que es, uno de los ingredientes o, mejor, una condici&oacute;n necesaria pero no suficiente. Dado que el poder pol&iacute;tico no puede asignarse ni ejercerse en el vac&iacute;o, la existencia de una entidad o unidad pol&iacute;tica presupone la existencia de un territorio y de una poblaci&oacute;n, pero no toda combinaci&oacute;n de territorio y poblaci&oacute;n, cualesquiera que sean los rasgos distintivos que la definan, conforma o deviene en entidad pol&iacute;tica formal. El debate sobre el ordenamiento territorial ha relegado a un plano secundario, cuando no ha ignorado, el hecho de que lo que fundamentalmente est&aacute; de por medio en la organizaci&oacute;n del Estado en niveles de gobierno es el mapa del poder pol&iacute;tico, territorial y nacional, y, por esta raz&oacute;n, el destino mismo de Colombia como comunidad pol&iacute;tica.</p>     <p>El origen de la divisi&oacute;n pol&Iacute;tica del territorio colombiano que habr&Iacute;a de materializarse en los actuales departamentos se remonta a 1908.<sup><a name="nr15"></a><a href="#15">15</a></sup> Los departamentos existentes antes de que se formalizara tal divisi&oacute;n, bajo el gobierno de Rafael Reyes, “eran casi los mismos gigantescos Estados Soberanos de 1863” &#91;Fals Borda, 1998, p. 193&#93;. Aunque la secesi&oacute;n de Panam&aacute; se hab&Iacute;a producido en 1903, “&hellip;hab&iacute;a el peligro latente de nuevos separatismos, en especial del Cauca, Antioquia y la Costa Atl&aacute;ntica” &#91;Fals Borda, 1998, p. 192&#93;. La preservaci&oacute;n de la unidad nacional hac&iacute;a necesario, consideraba Reyes, debilitar a los que su momento hab&iacute;an sido Estados Soberanos: “Para contrarrestar (las) tendencias separatistas, Reyes concibi&oacute; una atrevida 'medida de alta cirug&iacute;a social’ que fue la subdivisi&oacute;n de los grandes departamentos existentes" &#91;Fals Borda, 1998, p. 193&#93;. Al margen de lo que se piense sobre el procedimiento empleado para afrontarlos, parece claro que los peligros que se cern&iacute;an sobre la unidad nacional no eran imaginarios sino reales. Con la conformaci&oacute;n de regiones como entidades pol&iacute;ticas formales en cierto modo se desandar&iacute;a el camino de  Reyes. Al menos desde el punto de vista del tama&ntilde;o del territorio bajo su jurisdicci&oacute;n, las regiones en alguna medida se asemejarian a los antiguos Estados Soberanos. Pero eso abre el interrogante de si el pa&iacute;s cuenta o no con las instituciones constitucionales que le permitan conjugar la unidad nacional con la autonom&iacute;a regional, un interrogante que cobra particular relevancia si se considera que fue justamente para contrarrestar las tendencias separatistas que se llev&oacute; a cabo el fraccionamiento territorial del nivel intermedio de gobierno a comienzos del siglo XX.</p>     <p>Es curioso que Fals Borda, quien ha hecho una contribuci&oacute;n enorme para que Colombia se mire a s&Iacute; misma como pa&Iacute;s de regiones, se refiera a la necesidad de “reconocer las &lsquo;fuerzas tel&uacute;ricas’ de nuestra sociedad para evitar los separatismos&hellip;” &#91;1996, p. 3&#93;, al tiempo que tiende a tratar el problema de la unidad nacional como un problema de sicolog&Iacute;a social (v.g., “&hellip;parece superado el temor al separatismo o al &lsquo;descuartizamiento’ del pa&iacute;s”) &#91;1996, p. 7&#93;. Una naci&oacute;n puede verse, a la manera de Anderson &#91;1998&#93;, como una comunidad pol&iacute;tica imaginada, pero de ah&Iacute; no se sigue que la permanencia de la comunidad pol&iacute;tica, en este caso del Estado Naci&oacute;n, deba abandonarse a los cambiantes y heterog&eacute;neos estados psicol&oacute;gicos observados dentro y entre generaciones, como si las reglas de juego o las instituciones necesarias para garantizarla no importar&aacute;n mayor cosa. Fals Borda sabe que “&hellip;no se puede esconder que la recomposici&oacute;n territorial del pa&Iacute;s implica una reorganizaci&oacute;n del poder pol&iacute;tico local y nacional&hellip;” &#91;1999, p. 86&#93;, pero, con todo y que ah&iacute; radica la esencia del asunto, opta por no analizarlo en forma expl&iacute;cita. No obstante que pregona la necesidad de crear un Estado Regional, se limita, en &uacute;ltimas, a esbozar las fronteras geogr&aacute;ficas de las regiones.</p>     <p>Tras el planteamiento de Fals Borda subyace la confianza en la bondad de los actuales mandatos constitucionales concernientes a la organizaci&oacute;n de los poderes del Estado en niveles de gobierno, y en particular los relativos al nivel regional, una confianza que quiz&aacute;s obedece al hecho de que &eacute;l fue uno de sus gestores (v.g., “En desarrollo de la Constituci&oacute;n de 1991, Colombia puede proclamarse como Rep&uacute;blica Regional Unitaria conformada por Estados Regionales sin que se produzca ning&uacute;n trauma &hellip;”), &#91;1999, p. 100&#93;. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que no estoy poniendo en tela de juicio aqu&iacute; la caracterizaci&oacute;n de Colombia como pa&iacute;s de regiones. Lo que est&aacute; en discusi&oacute;n es la concepci&oacute;n de las disposiciones constitucionales que acoger&iacute;an el aludido Estado Regional, una cuesti&oacute;n anal&iacute;ticamente distinta a si es o no v&aacute;lida la hip&oacute;tesis seg&uacute;n la cual las fronteras regionales tienen ra&iacute;ces geogr&aacute;ficas, culturales e hist&oacute;ricas m&aacute;s profundas que las fronteras departamentales (hip&oacute;tesis cuya validez seguramente variar&iacute;a de un caso a otro). Sin pretender, ni mucho menos, agotar el tema, vale la pena se&ntilde;alar algunos aspectos problem&aacute;ticos.</p>     <p>En el estado actual de desarrollo de la Constituci&oacute;n, un colombiano residente en cualquier parte del territorio nacional est&aacute;, por regla general (digo por regla general entre otras cosas porque los alzados en armas se han situado m&aacute;s all&aacute; de las fronteras constitucionales), bajo la jurisdicci&oacute;n de tres gobiernos pertenecientes a distintos &oacute;rdenes de la organizaci&oacute;n vertical del Estado: El gobierno municipal o distrital (nivel local), el gobierno departamental (nivel intermedio) y, desde luego, el gobierno nacional (nivel nacional). No obstante, la ley podr&iacute;a, sujeto a algunos requisitos, crear otros niveles de gobierno (entidades territoriales, en el lenguaje constitucional). Ese ser&Iacute;a el caso de los niveles regional y provincial. Es verdad que la creaci&oacute;n del nivel regional no tiene que ir acompa&ntilde;ada de la creaci&oacute;n del nivel provincial, pero como la Constituci&oacute;n  permite su desarrollo conjunto resulta ilustrativo pensar en la situaci&oacute;n constitucional l&iacute;mite o, si se quiere, en el men&uacute; completo. Es cierto tambi&eacute;n que, por mandato de la ley, el nivel regional podr&Iacute;a en determinados casos sustituir al nivel departamental. La ley podr&iacute;a optar por la eliminaci&oacute;n de los gobiernos departamentales cobijados por la regi&oacute;n que se convierta en entidad territorial. N&oacute;tese, sin embargo, que el departamento es una figura jur&Iacute;dica de rango constitucional, y la ley no puede liquidarla definitivamente. Como consecuencia, desde el punto de vista constitucional la creaci&oacute;n del nivel regional de gobierno no supone, necesariamente, la eliminaci&oacute;n del nivel departamental, en contra de lo que a menudo se cree. Ambos niveles podr&iacute;an coexistir. Si esta posibilidad se materializara, el colombiano en cuesti&oacute;n bien podr&iacute;a quedar gobernado por cinco gobiernos, los tres vigentes en la actualidad m&aacute;s el gobierno regional y el gobierno provincial (V&eacute;ase Figura <a href="#v20n3505e6">2</a>).</p>     <p><a name="v20n3505e6"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e6.jpg">      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="v20n3505e6"></a></p>     <p>Es claro que el men&uacute; de opciones en materia del llamado ordenamiento territorial fue una f&oacute;rmula de compromiso entre grupos e intereses pol&iacute;ticos en el seno de la Asamblea Constituyente. Tambi&eacute;n deber&iacute;a ser claro, sin embargo, que los defectos que pueda tener dicha f&oacute;rmula de compromiso no desaparecen s&oacute;lo por el hecho de que haya muchas razones que expliquen su origen. Seg&uacute;n Fals Borda &#91;1996, p. 8&#93;, “se ha esfumado la negativa imagen del &lsquo;ponqu&eacute;’ de entidades &#91;territoriales&#93; superpuestas que crear&Iacute;an duplicaci&oacute;n y burocracia in&uacute;til, para dar paso a la del &lsquo;men&uacute;’ &#91;de opciones&#93; &hellip;” El problema tiene que ver, es preciso enfatizarlo, con las crudas realidades constitucionales, no con las percepciones, negativas o positivas, que se tengan sobre ellas. Habr&iacute;a que aceptar de entrada que la Constituci&oacute;n permite la coexistencia de hasta cinco niveles de gobierno, desde luego si incluimos dentro del nivel local a los municipios, distritos y territorios ind&Iacute;genas. Aun cuando puede que la ley no desarrolle el men&uacute; completo de entidades territoriales, no resulta v&aacute;lido dar por sentado que no lo har&aacute;.</p>     <p>Puesto que los poderes pol&iacute;ticos y las facultades legales de ordinario var&iacute;an entre niveles de gobierno, el men&uacute; de opciones puede dar lugar, por lo dem&aacute;s, a grandes asimetr&iacute;as en la distribuci&oacute;n espacial del poder pol&iacute;tico. En efecto, colombianos residentes en distintas &aacute;reas del territorio nacional bien pueden quedar bajo la jurisdicci&oacute;n de un n&uacute;mero diferente de gobiernos subnacionales, algunos de cuatro gobiernos (regional, departamental, provincial y local) y otros de dos (v.g., departamental y local), para mencionar apenas dos posibles casos, o del mismo n&uacute;mero de gobiernos subnacionales pero pertenecientes a diferentes &oacute;rdenes de la estructura vertical del Estado (v.g.,regional y local, de una parte, y departamental y local, de otra). Quiz&aacute;s el mejor modo de visualizar las implicaciones sea darle contenido concreto al men&uacute; de opciones. Sup&oacute;ngase que la Costa Caribe y el Suroccidente desarrollan su respectiva regi&oacute;n como entidad territorial, mientras que en Santander, Cundinamarca y Boyac&aacute; se instauran varias provincias en su interior, tambi&eacute;n como entidades territoriales. ¿Es acaso equiparable, para un tama&ntilde;o dado de poblaci&oacute;n, el poder pol&iacute;tico de los territorios con regiones con el poder pol&Iacute;tico de los territorios con provincias? ¿Este esquema tan asim&eacute;trico no tendr&Iacute;a acaso serios problemas de coherencia y articulaci&oacute;n, en materia de representaci&oacute;n pol&iacute;tica, gasto p&uacute;blico, incluidas las transferencias, e impuestos, por ejemplo? Conferir a los niveles de gobierno, es decir, al mapa del poder pol&iacute;tico, el car&aacute;cter de men&uacute; de opciones aparece, no como una sabia decisi&oacute;n del constituyente, sino como una receta para el conflicto, la inestabilidad institucional y la &lsquo;duplicaci&oacute;n in&uacute;til’.</p>     <p>El hecho de que la Carta Pol&iacute;tica remita a la esfera de la ley decisiones tan fundamentales sobre la estructura del Estado en niveles de gobierno ya es, en s&Iacute; mismo, cuestionable. Desde una perspectiva subnacional, la Constituci&oacute;n de 1991 est&aacute; esencialmente pensada en t&eacute;rminos de gobiernos departamentales y locales, as&iacute; que la creaci&oacute;n de gobiernos regionales o provinciales dejar&iacute;a muchos cabos constitucionales sueltos que habr&Iacute;a que atar. “No podemos ya sostener departamentos inviables, como el de Bol&iacute;var&hellip;”, nos dice Fals Borda &#91;1996, p. 9&#93;. Supongamos, en aras de la discusi&oacute;n, que este diagn&oacute;stico es correcto (hay que tener en cuenta que los problemas de los gobiernos departamentales obedecen en parte al r&eacute;gimen fiscal y administrativo del que est&aacute;n dotados y a otros factores diferentes del tama&ntilde;o de sus respectivos territorios; el destino de los gobiernos regionales no ser&iacute;a muy distinto si tuvieran un r&eacute;gimen fiscaly administrativo similar al que ostentan los departamentos en la actualidad). ¿Cu&aacute;l es la l&oacute;gica de la soluci&oacute;n constitucional?: En vista de la inviabilidad (presunta) de los departamentos, entonces mantengamos el nivel departamental m&aacute;s o menos intacto, con sus correspondientes instancias de gobierno, y dejemos abierta la opci&oacute;n de que la ley agregue un nivel regional aqu&iacute; y un nivel provincial all&aacute;. Es como si a los marineros se les diera una detallada carta de navegaci&oacute;n y se les pidiera cumplir con un ambicioso itinerario, descuidando el estado de la embarcaci&oacute;n en la que deben realizar la traves&iacute;a. Pueden haber reformas constitucionales, claro, pero ahora estamos hablando de lo en efecto contempla el texto constitucional, no de lo que hipot&eacute;ticamente podr&iacute;a contemplar.</p>     <p>Si bien es obvio que para que haya descentralizaci&oacute;n se requiere m&aacute;s de un nivel de gobierno, la necesidad o la conveniencia de que cada colombiano pueda llegar a estar gobernado por cinco gobiernos est&aacute; lejos de ser evidente, incluso si se juzga con un criterio favorable a la autonom&iacute;a regional y local.<sup><a name="nr16"></a><a href="#16">16</a></sup> En defensa de tal esquema se traen a colaci&oacute;n ejemplos de algunos pa&iacute;ses desarrollados, corno Espa&ntilde;a, Estados Unidos e Italia, en donde habr&iacute;a un n&uacute;mero similar e incluso mayor de niveles de gobierno. A menudo tales ejemplos dejan entrever una gran confusi&oacute;n sobre lo que significa un nivel de gobierno, especialmente desde el punto de vista constitucional. Para no ir m&aacute;s lejos, en los pa&iacute;ses federales los niveles de gobierno son tres: el federal, el estatal (el nombre var&iacute;a de un pa&iacute;s a otro) y el local. Habr&iacute;a incluso que hacer una salvedad: el nivel local es una criatura cuya existencia por lo regular depende de los estados, no del nivel federal. Es com&uacute;n encontrar un gran n&uacute;mero de organismos regionales y metropolitanos, pero ellos rara vez pasan de ser unidades o agencias administrativas creadas para atender problemas espec&iacute;ficos que los gobiernos estatales o locales no pueden resolver en forma individual. Aunque tener fronteras internas flexibles puede ser &uacute;til para muchos prop&oacute;sitos pr&aacute;cticos, no es necesario crear un gobierno propiamente dicho, es decir, cambiar las fronteras pol&iacute;ticas, cada vez que se quiera resolver un problema que abarque a varias jurisdicciones.<sup><a name="nr17"></a><a href="#17">17</a></sup> Desde el punto de vista de la estructura constitucional del Estado, poner en pie de igualdad a los estados norteamericanos con la Tennessee Valley Authority se cae de su propio peso.</p>     <p>En Colombia, en cambio, las regiones, las provincias, los departamentos y los entes de car&aacute;cter local (e.g., municipios, distritos y territorios ind&iacute;genas) tienen todos y cada uno prerrogativas constitucionales caracter&iacute;sticas de un nivel de gobierno: gobernarse por autoridades propias, establecer tributos, participar en las rentas nacionales y ejercer las competencias que les correspondan (Cf. CN, art 287). Tanto porque lo prev&eacute; la Constituci&oacute;n corno porque sin base tributaria propia dif&Iacute;cilmente se puede hablar de gobierno, a cada uno de los cinco niveles de gobierno habr&Iacute;a que asignarle fuentes impositivas, lo cual supone no s&oacute;lo que existe la capacidad tributaria y la disposici&oacute;n a pagar por parte de los contribuyentes sino, sobre todo, que el pago se justifica, en t&eacute;rminos de una mayor y mejor provisi&oacute;n de bienes p&uacute;blicos que la que se obtendr&iacute;a con un n&uacute;mero menor de niveles de gobierno, digamos tres, en donde el nivel intermedio podr&iacute;a estar integrado por gobiernos regionales o, alternativamente, departamentales. Adem&aacute;s, la proliferaci&oacute;n de niveles de gobierno dejar&Iacute;a a los ciudadanos en medio de un laberinto pol&Iacute;tico y fiscal que les dificultar&iacute;a establecer con un grado razonable de claridad a qui&eacute;n pedirle cuentas, tomando particularmente difusa la responsabilidad de los distintos gobernantes.</p>     <p>En el evento de que se llegue a crear el Estado Regional Unitario a que se refiere Fals Borda &#91;1999&#93;, lo cual supone la creaci&oacute;n de regiones como entidades pol&iacute;ticas, la articulaci&oacute;n entre lo unitario y lo descentralizado adquirir&iacute;a a&uacute;n mayor importancia de la que de por s&iacute; tiene, ya que la creaci&oacute;n de un nuevo nivel de gobierno, integrado por entidades territoriales m&aacute;s grandes que los actuales departamentos, traer&iacute;a consigo, cabe suponer, una recomposici&oacute;n del poder pol&iacute;tico m&aacute;s favorable a las entidades pol&iacute;ticas de mayor tama&ntilde;o desde el punto de vista de la poblaci&oacute;n, especialmente si se conserva el principio de representaci&oacute;n poblacional prevaleciente en la actualidad en las dos c&aacute;maras del poder legislativo, y de mayor tama&ntilde;o desde el punto de vista del territorio, que tambi&eacute;n forma parte de la ecuaci&oacute;n del poder. No obstante que se convertir&Iacute;an en los dos ejes de la organizaci&oacute;n vertical del Estado Regional, la Constituci&oacute;n de 1991 no contiene mecanismos id&oacute;neos tendientes a balancear los poderes entre los niveles de gobierno nacional y regional. El federalismo ha provisto una soluci&oacute;n al problema de la articulaci&oacute;n al interior del Estado entre lo federal y lo territorial. Pero bien sea con sistema federal o con uno unitario descentralizado, en Colombia el problema est&aacute; en mora de ser expl&iacute;citamente reconocido y abordado.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>6.CONSTITUCI&Oacute;N Y POL&Iacute;TICAS P&Uacute;BLICAS</b></font></p>     <p>Las constituciones de los pa&iacute;ses desarrollados por lo general no se ocupan del r&eacute;gimen de finanzas intergubernamentales, incluidas las transferencias territoriales, y las raras veces en que lo hacen se limitan. a sentar los principios sobre los cuales dicho r&eacute;gimen ha de fundarse. All&iacute; las decisiones sobre las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas necesarias para resolver los problemas de la sociedad de ordinario se dejan en cabeza de los gobiernos y los parlamentos. Las constituciones tienden a ocuparse sobre todo de los principios b&aacute;sicos que sirven de norte a la sociedad, de la conformaci&oacute;n de los gobiernos y congresos y de las reglas con base en las cuales estos organismos crean las pol&Iacute;ticas, no de predeterminar el dise&ntilde;o y contenido de las mismas. Este es, al parecer, un reconocimiento del hecho de que las constituciones son por lo general dif&iacute;ciles de cambiar, mientras que los problemas y preocupaciones de la sociedad son cambiantes y requieren pol&iacute;ticas apropiadas para cada &eacute;poca y eventualmente para cada caso.</p>     <p>La Constituci&oacute;n de 1991 se ocupa no s&oacute;lo de establecer la reglas de creaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas sino tambi&eacute;n de definir el dise&ntilde;o y contenido de algunas de ellas, a menudo de manera minuciosa. As&iacute; ocurre con el r&eacute;gimen de transferencias  territoriales y con otros aspectos de las finanzas intergubernamentales. Quiz&aacute;s ello no pasar&iacute;a de tener consecuencias de est&eacute;tica legislativa si no fuera porque las pol&iacute;ticas pueden estar mal concebidas, y cuando as&iacute; sucede la sociedad termina pagando un costo elevado por el error, dado que la Constituci&oacute;n no puede, o por lo menos no deber&Iacute;a, cambiarse todos los d&Iacute;as. Adem&aacute;s, aun si originalmente estuvieron bien concebidas, pronto el tiempo puede convertirlas en obsoletas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Uno podr&iacute;a limitarse a declarar que los pormenores de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, y en particular de las finanzas intergubernamentales, deber&iacute;an remitirse a la esfera de la ley (probablemente de una ley especial), dej&aacute;ndole la responsabilidad de definirlos al Congreso y el Ejecutivo, y que algo - no todo, pero s&iacute; algo- hay que aprender de la experiencia de los pa&iacute;ses desarrollados. Pero ¿por qu&eacute; se incorporaron tales pormenores en la Carta Pol&iacute;tica? ¿No ser&aacute; que la estructura constitucional del Estado colombiano (v.g., la organizaci&oacute;n del Estado unitario descentralizado, el sistema electoral y el r&eacute;gimen de los partidos pol&iacute;ticos), el pilar o n&uacute;cleo de una constituci&oacute;n seg&uacute;n Hamilton y Madison, poco induce o incentiva la adopci&oacute;n de pol&Iacute;ticas p&uacute;blicas buenas y estables por parte del Gobierno y el Congreso y que dichas pol&iacute;ticas tienden a &lsquo;constitucionalizarse’ en un intento por esquivar este problema? No ser&iacute;a extra&ntilde;o que la raz&oacute;n de fondo fuera la desconfianza en las presuntas bondades de dicha estructura constitucional del Estado. Y no se tratar&iacute;a, ni mucho menos, de una desconfianza infundada.</p>     <p>Dado que el nivel nacional de gobierno es el centro del poder en materia legislativa y de pol&iacute;tica p&uacute;blica para el conjunto del Estado, ¿con qu&eacute; fundamentos puede sostenerse que la Constituci&oacute;n de 1991 articula el car&aacute;cter unitario con el car&aacute;cter descentralizado de la Rep&uacute;blica cuando muchas entidades territoriales tienen, o pueden llegar a tener en el futuro, una representaci&oacute;n pr&aacute;cticamente insignificante en el Congreso, por excelencia la principal instituci&oacute;n de la representaci&oacute;n en una democracia? Si la estructura del nivel nacional de gobierno no incorpora mecanismos sistem&aacute;tia» de representaci&oacute;n de los intereses territoriales, ¿qu&eacute; garant&iacute;as de estabilidad de las reglas relativas a las transferencias territoriales habr&iacute;a, aparte de la Constituci&oacute;n misma? ¿C&oacute;mo pueden sus particulares intereses e inquietudes tener su propia voz? ¿C&oacute;mo pueden influir sobre la asignaci&oacute;n territorial del gasto p&uacute;blico nacional? ¿C&oacute;mo pueden participar en los asuntos nacionales y en la definici&oacute;n de la suerte de la descentralizaci&oacute;n? El altruismo de los representantes de otras jurisdicciones puede ayudar, pero no sustituye a la representaci&oacute;n pol&iacute;tica propia. La representaci&oacute;n territorial en el r&eacute;gimen bicameral har&iacute;a las veces de instituci&oacute;n a trav&eacute;s de la cual los intereses territoriales se ventilan en el nivel nacional y servir&iacute;a como garant&iacute;a de estabilidad de las reglas que regulan las relaciones pol&iacute;ticas y fiscales entre niveles de gobierno, haciendo innecesario, cabe suponer, que la Constituci&oacute;n se ocupe directamente de sus pormenores.</p>     <p><a name="v20n3505e7"></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/ceco/v20n35/v20n3505e7.jpg">     <p><a name="v20n3505e7"></a></p>     <p><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p><a href="#nr1">1</a><a name="1"></a>  Puesto que no hay constituci&oacute;n perfecta, las deficiencias constitucionales son una cuesti&oacute;n de grado. En la explicaci&oacute;n del grado de deficiencia de la Constituci&oacute;n de 1991 hay que tener en cuenta varios factores, como el papel jugado (o dejado de jugar) por el liderazgo y las fuerzas pol&Iacute;ticas, las ideolog&iacute;as reinantes, la improvidencia, las dificultades inherentes a los procesos de decisi&oacute;n colectiva con base en principios democr&aacute;ticos, la diversidad de intereses representados en la Constituyente, nuestra historia y nuestra cultura. El trabajo de la Constituyente de paso pone en entredicho las teor&iacute;as conspirativas que tanta acogida tienen en nuestro medio para explicar todas las injusticias del mundo y que, tal vez sin quererlo, han servido de soporte ideol&oacute;gico al despotismo armado e ilustrado que nos agobia.</p>     <p><a href="#nr2">2</a><a name="2"></a>  Un importante antecedente de este planteamiento es el art&iacute;culo de Cuervo (2000).</p>     <p><a href="#nr3">3</a><a name="3"></a> Los problemas comunes a los sistemas unitarios y federales han recibido creciente atenci&oacute;n por parte de economistas asociados a diferentes vertientes te&oacute;ricas. Seg&uacute;n Musgrave (1999, p. 156),“&hellip;los problemas agrupados bajo el encabezado &lsquo;federalismo fiscal’ tratan de los arreglos espaciales de los asuntos fiscales y su ordenamiento en varios marcos jurisdiccionales. Esto puede abordarse m&aacute;s claramente si imaginamos un estado unitario que tiene que decidir cu&aacute;les funciones han de desempe&ntilde;arse en forma centralizada o descentralizada. Tal an&aacute;lisis se adapta luego a un marco federalista &hellip;” Por su parte, Oates (1991, p. 22) sostiene que“ &hellip;para el economista el t&eacute;rmino federalismo no debe ser entendido en un estrecho sentido constitucional. En t&eacute;rminos econ&oacute;micos, todos los sistemas de gobierno son m&aacute;s o menos federales; a&uacute;n en un sistema formalmente unitario, por ejemplo, hay un considerable grado de discreci&oacute;n fiscal de facto en los niveles descentralizados.”</p>     <p><a href="#nr4">4</a><a name="4"></a> Soltan (1993, p.4) trae la siguiente advertencia, muy &uacute;til para quien quiera que se aventure en estos terrenos: “&hellip;cuando hablamos de una &lsquo;perspectiva del dise&ntilde;ador’ institucional, puede sonar como el lenguaje de los ingenieros sociales, d&aacute;ndole forma a las instituciones del modo que otros ingenieros dise&ntilde;an puentes y barcos o del modo que los arquitectos dise&ntilde;an edificios. El problema del dise&ntilde;o institucional es claramente muy distinto, as&iacute; que adoptar una perspectiva de dise&ntilde;ador no necesariamente debe conducir al gran constructivismo que Popper, Hayek y muchos otros han acertadamente criticado, y cuyos peligros son obvios”. A lo largo del texto empleo el t&eacute;rmino &lsquo;instituciones’ en el sentido de North (1990), esto es, como las reglas de juego que moldean la interacci&oacute;n humana en una sociedad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#nr5">5</a><a name="5"></a> Las apreciaciones que se acaban de hacer respecto de la literatura colombiana sobre descentralizaci&oacute;n son m&aacute;s una impresi&oacute;n general que deja un repaso de la misma que algo atribuible a este o aquel autor en particular. La naturaleza pol&Iacute;tica de la descentralizaci&oacute;n ha sido reconocida y examinada con diversos enfoques por varios analistas, entre quienes se cuentan Castro (1998), Comisi&oacute;n de Racionalizaci&oacute;n del Gasto P&uacute;blico (1997), Gait&aacute;n y Moreno (1994), Restrepo (1998) y Wiesner (1995).</p>     <p><a href="#nr6">6</a><a name="6"></a>  La estructura u organizaci&oacute;n constitucional de un Estado puede examinarse, en un s&iacute;mil gr&aacute;fico, desde una perspectiva vertical o desde una perspectiva horizontal. La perspectiva vertical, o intergubernamental,ata&ntilde;e a la organizaci&oacute;n del Estado en niveles de gobierno, los cuales pueden clasificarse en dos grandes grupos: el nivel nacional (pa&iacute;ses unitarios) o federal (pa&iacute;ses federales), de una parte, y el nivelo niveles subnacionales o subfederales, de otra (Dickerson y Flanagan, 1982, ofrecen un an&aacute;lisis introductorio de los sistemas unitarios y federales). Ejemplos de estos &uacute;ltimos ser&iacute;an el nivel departamental o regional y el nivel local, en pa&iacute;ses unitarios como Francia, Chile y Jap&oacute;n, o el nivel estatal o provincial, en pa&iacute;ses federales como Australia, Brasil, Canad&aacute;, los Estados Unidos y M&eacute;xico. La perspectiva horizontal ata&ntilde;e a la organizaci&oacute;n de un determinado nivel de gobierno. As&iacute;, cada nivel subnacional est&aacute; integrado por un n&uacute;mero determinado de entidades pol&iacute;ticas territoriales, cada una con su propio gobierno. Puede, pues, distinguirse entre los niveles de gobierno que integran un Estado y los gobiernos que conforman un determinado nivel de gobierno. Para prop&oacute;sitos anal&iacute;ticos, el problema puede verse no como una dicotom&Iacute;a sino como un continuo que va de la tiran&iacute;a (m&aacute;xima centralizaci&oacute;n) a la anarqu&Iacute;a (m&aacute;xima descentralizaci&oacute;n).</p>     <p><a href="#nr7">7</a><a name="7"></a>  Para ciertos efectos el distrito capital tiene facultades t&iacute;picas de los departamentos.</p>     <p><a href="#nr8">8</a><a name="8"></a> “En general, el bicameralismo puede --sostiene Cooter, p. 187- proteger a la mayor&iacute;a de la minor&iacute;a y puede proteger tambi&eacute;n a la minor&iacute;a de la mayor&iacute;a. En lugar del gobierno de la mayor&iacute;a o del gobierno de la minor&iacute;a, el bicameralismo hace que la mayor&iacute;a y la minor&iacute;a cooperen para gobernar.”</p>     <p><a href="#nr9">9</a><a name="9"></a> La revista The Economist &#91;2001, p. 42&#93; describe as&iacute; el esquema alem&aacute;n; “Con un tama&ntilde;o que var&iacute;a desde la ciudad-estado de Bremen, con 670.000 habitantes, hasta Nonh Rhine-Westphalia, que por su poblaci&oacute;n ser&iacute;a el quinto pa&iacute;s m&aacute;s grande de la Uni&oacute;n Europea, los Lander est&aacute;n representados a nivel nacional por el Bundesrat, la segunda c&aacute;mara del parlamento. Sus miembros son nombrados por los gobiernos de los Lander &hellip; Aunque los estados grandes tienen m&aacute;s sillas que los peque&ntilde;os, la asignaci&oacute;n de sillas favorece a los enanitos; Bremen, por ejemplo, obtiene tres, mientras que North Rhine-Westphalia obtiene seis”</p>     <p><a href="#nr10">10</a><a name="10"></a> Dejando de lado algunos detalles, un nuevo esca&ntilde;o se obtiene con 125.000 habitantes adicionales. A una entidad territorial relativamente grande, digamos de dos y medio millones de habitantes, le resulta menos exigente cumplir esta condici&oacute;n que a una relativamente peque&ntilde;a, digamos de 250.000 habitantes: La poblaci&oacute;n de la entidad territorial grande debe crecer en 5%, mientras la de la peque&ntilde;a debe hacerlo en 50%.</p>     <p><a href="#nr11">11</a><a name="11"></a> “La competencia por votos a lo largo de la naci&oacute;n -pronostica Mueller (1996, p.84)- conduce a los candidatos a concentrarse m&aacute;s en asuntos nacionales”.</p>     <p><a href="#nr12">12</a><a name="12"></a>  En forma similar, Kalmanovitz (2001, p.43) concluye que “&hellip;la circunscripci&oacute;n nacional para senadores es m&aacute;s competitiva pero diluye la representaci&oacute;n y deja sin ella a los departamentos poco poblados.”</p>     <p><a href="#nr13">13</a><a name="13"></a>  Fals Borda (1996, p.1) observa que “&hellip;1os conflictos por la ocupaci&oacute;n humana del espacio en Colombia han sido y son ingredientes directos de la violencia m&uacute;ltiple”. El mismo autor sostiene que el hecho de que el conflicto armado se desenvuelva sobre todo en el campo tiene implicaciones pol&iacute;ticas que no deben ignorarse. En sus palabras, “&hellip;la guerra civil colombiana parece que se est&aacute; ganando o perdiendo en el campo&hellip;” (1999, p.83).</p>     <p><a href="#nr14">14</a><a name="14"></a> En primer lugar, el concepto de regi&oacute;n presupone la existencia de un territorio susceptible de ser regionalizado, es decir, susceptible de ser dividido en porciones distinguibles de territorio. En otras palabras, una regi&oacute;n es, por definici&oacute;n, parte de un &lsquo;territorio constituyente’ mayor, definido a su vez de alg&uacute;n modo, tal como un pa&iacute;s (v.g., Colombia, Canad&aacute;), un grupo de pa&iacute;ses (v.g., pa&iacute;ses escandinavos, las naciones del Benelux), un conrinente (v.g., Europa) o incluso el planeta entero. En segundo lugar, las caracter&iacute;sticas distintivas o &lsquo;variables’ que definen a una regi&oacute;n pueden ser de diversa &iacute;ndole. Pueden ser, por ejemplo, de &iacute;ndole administrativa, cultural, demogr&aacute;fica, ecol&oacute;gica, econ&oacute;mica, &eacute;tnica, geogr&aacute;fica, hist&oacute;rica, militar o pol&iacute;tica. En tercer lugar, cada una de las posibles caracter&iacute;sticas distintivas puede tener su propia expresi&oacute;n espacial, su propio mapa, sus propias fronteras, reales o imaginarias, formales o informales, coincidentes o no con las fronteras asociadas a otras caracter&iacute;sticas. As&iacute;, una determinada etnia puede ocupar una porci&oacute;n de territorio, que conformar&iacute;a, desde el punto de vista &eacute;tnico, una regi&oacute;n. Pero la administraci&oacute;n, la geograf&iacute;a o la cultura, para citar algunos ejemplos, no necesariamente tienen el mismo patr&oacute;n espacial que la etnia. De ah&iacute; que, en teor&iacute;a, puedan definirse regiones desde el punto de vista administrativo o clim&aacute;tico geogr&aacute;fico o cultural o desde el punto de vista de cualquier otra caracter&iacute;stica relevante. El mapa regional asociado a una determinada caracter&iacute;stica puede, en consecuencia, coincidir o diferir del mapa regional asociado a otra. Desde otro &aacute;ngulo, una misma porci&oacute;n de territorio puede pertenecer simult&aacute;neamente a varias regiones, parcial e incluso totalmente traslapadas, siempre que se utilice un n&uacute;mero plural de caracter&iacute;sticas o variables para definirlas. Y, por &uacute;ltimo, para una caracter&iacute;stica distintiva o variable dada, el tama&ntilde;o de la porci&oacute;n de territorio asociada a una regi&oacute;n puede ser estable o cambiante a trav&eacute;s del tiempo. En efecto, desde un punto de vista ecol&oacute;gico, la regi&oacute;n amaz&oacute;nica ha perdido terreno con la tala de bosques, mientras que la regi&oacute;n del Sahara se ha expandido con la desertificaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#nr15">15</a><a name="15"></a> De acuerdo con el recuento ofrecido por Fals Borda (1998), la Ley No. 1 de 1908 dividi&oacute; el territorio en 34 departamentos contando a Panam&aacute;, m&aacute;s el territorio del Meta y el distrito capital. Entre 1909 y 1914 se reform&oacute; el mapa del nivel intermedio de gobierno heredado del gobierno de Reyes. El n&uacute;mero de departamentos se redujo a 14 (sin Panam&aacute;) y se crearon 3 intendencias y 3 comisarias especiales. A mediados del siglo XX se produjo una nueva recomposici&oacute;n de dicho mapa, cre&aacute;ndose nuevos departamentos (v.g., C&oacute;rdoba, Meta, Guajira, Risaralda, Quind&Iacute;o, Sucre y Cesar) y nuevas comisarias (v.g., Amazonas, Vichada y Guain&iacute;a).</p>     <p><a href="#nr16">16</a><a name="16"></a>  Como ya se indic&oacute;, aun si se llegan a crear gobiernos regionales, los gobiernos departamentales pueden seguir existiendo con los mismos poderes y responsabilidades que hoy d&iacute;a la Constituci&oacute;n les atribuye <i>directamente</i> (v.g:, “Son entidades territoriales los departamentos, los distritos, los municipios y los territorios ind&iacute;genas. La ley podr&aacute; darles el car&aacute;cter de entidades territoriales a las regiones y provincias que se constituyan en los t&eacute;rminos de la Constituci&oacute;n y la ley”, Art. 286).</p>     <p><a href="#nr17">17</a><a name="17"></a> En opini&oacute;n de Dahl (1956, p.53), “Los linderos de inclusi&oacute;n y de exclusi&oacute;n asociados a las unidades geogr&aacute;ficas gubernamentales se cuentan, en el mundo real, entre los fen&oacute;menos pol&iacute;ticos m&aacute;s r&iacute;gidos&hellip; En una gran medida, todo el mundo debe tomar las fronteras de su mundo pol&iacute;tico como dadas por la tradici&oacute;n previa y por eventos hist&oacute;ricos. Tales fronteras no est&aacute;n con frecuencia abiertas al cambio racional”. Los &uacute;ltimos dos decenios del siglo XX fueron, sin embargo, testigos de una agitada redefinici&oacute;n de las fronteras nacionales de un buen n&uacute;mero de pa&iacute;ses, como consecuencia de la desintegraci&oacute;n y el separatismo (v.g., la antigua Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y la antigua Yugoeslavia). Estos casos dif&iacute;cilmente pueden atribuirse a un proceso de &lsquo;cambio racional’. Europa se ha estado moviendo, en cambio, hacia formas m&aacute;s elevadas de integraci&oacute;n pol&iacute;tica, producto de un proceso deliberado, como pocos se hab&iacute;an visto en el pasado.</p>     <p><font face="Verdana" size="3"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></font></p>     <!-- ref --><p>&#91;1&#93; Alesina A. 2001. <i>Reformas institucionales de Colombia</i> Alfaomega-Fedesarrollo, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0121-4772200100020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;2&#93; Anderson B. 1998. <i>Imagined communities</i>, Verso, Londres.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0121-4772200100020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;3&#93; Berns W. 1988. “The Writing of the Constitution of the United States”, <i>Constitution Makers on Constitution Making</i>, Goldwin R y Kaufman A., eds., American Enterprise Instinne for Public Policy Research, Washington, D.C.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0121-4772200100020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;4&#93; Breton A. 1998. <i>Competitive Govemments</i>, Cambridge University Press, Nueva York.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0121-4772200100020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;5&#93; Buchanan J. 1999. <i>The Logica1 Fundations of Constitutional Liberty</i>, Liberty Fund, Indianapolis.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0121-4772200100020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;6&#93; Castro J. 1998. <i>Descentralizar para pacificar</i>, Ariel, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0121-4772200100020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;7&#93;Chandler J. A. 1993. ed ..<i>Local Govermmments in Liberal Democracies</i>, Roudedge.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0121-4772200100020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;8&#93; Comisi&oacute;n de Racionalizaci&oacute;n del Gasto y las Finanzas P&uacute;blicas 1997. <i>Descentralizaci&oacute;n</i>, Informe Final, Ministerio de Hacienda, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0121-4772200100020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;9&#93; Cooter R 2000. <i>The Strategic Constitution</i>, Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0121-4772200100020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;10&#93; Cuervo L. M 2000. “Ordenamiento territorial en Colombia: bases para una discusi&oacute;n”, <i>Revista Foro</i>, Ediciones Foro Nacional por Colombia, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;, marzo, No. 38.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0121-4772200100020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;11&#93; Cuevas H. 1998.<i>Proceso pol&iacute;tico y bienestar social</i>, Universidad Externado de Colombia, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0121-4772200100020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;12&#93; Dahl R 1956. <i>A Preface to Democracy,</i> The University of Chicago Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0121-4772200100020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;13&#93; De La Calle 2001. “La Constituci&oacute;n y los bolsillos de la piyama”, <i>Cambio</i>, No. 418, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0121-4772200100020000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;14&#93; Dickerson M. y Flanagan. 1982.<i>An Introduction to Govemment and Politics</i>, Merhuen, Toronto.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0121-4772200100020000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;15&#93; Elkin S. y Soltan K., eds., 1993. <i>A New Constitutionalism,</i> The University of Chicago Press, Chicago.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0121-4772200100020000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;16&#93; Elster J. y Slagstad R 1988. <i>Constitutionalism and Democracy</i>, Cambridge University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-4772200100020000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;17&#93; Febres-Cordero J. 1997. <i>La democracia en Colombia</i>, Tercer Mundo Editores, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-4772200100020000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;18&#93; Fals Borda O. 1996. <i>Regi&oacute;n e historia,</i> TM Editores - IEPRI UN, Santa Fe de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0121-4772200100020000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;19&#93; Fals Borda O. 1998. Visi&oacute;n del ordenamiento territorial colombiano en el siglo XX”, <i>Nueva Historia de Colombia,</i> Tirado Mej&iacute;a, A. ed., Vol. 8,Planeta, Santa Fe de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0121-4772200100020000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;20&#93; Fals Borda O. 1999. “Gu&iacute;a pr&aacute;ctica del ordenamiento territorial en Colombia: contribuci&oacute;n para la soluci&oacute;n de conflictos”, <i>An&aacute;lisis pol&iacute;tico,</i> IEPRI, No. 36.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0121-4772200100020000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;21&#93; Gaviria D&iacute;az 2001. “Las utop&iacute;as de la Constituci&oacute;n”, <i>El Espectador</i>, 12 de Julio, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0121-4772200100020000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;22&#93; Gait&aacute;n P. y Moreno C. 1994. <i>Poder local</i>, IEPRI-TM Editores, Santa F&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-4772200100020000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;23&#93; Grofman B. y Liphart A., eds. 1994. <i>Electoral Laws and their Political Consequences</i>, Agathon Press. Nueva York.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0121-4772200100020000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;24&#93; Hamilton A. 1981. “The Federalist No. 84”, <i>The Federalist Papers</i>, Bantam Books, Nueva York.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0121-4772200100020000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;25&#93; Kalmanovitz S. 2001a. <i>Las instituciones Colombianas en el siglo XX</i>, Alfaomega-Cambio, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0121-4772200100020000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;26&#93; Kalmanovitz S. 2001b. “Constituci&oacute;n y modelo econ&oacute;mico”, <i>Diez a&ntilde;os de la Constituci&oacute;n Colombiana</i>, Facultad de Derecho, Universidad Nacional, Publicaciones ILSA, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0121-4772200100020000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;27&#93; Llano R. 1999. <i>Centralismo y federalismo</i>, Banco de la Rep&uacute;blica / El Ancora Editores, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0121-4772200100020000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;28&#93; Madison J. 1981.“The Federalist No. 51”, <i>The Federalist</i> Papers, Bantam Books, Nueva York.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0121-4772200100020000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;29&#93; Mueller D. 1996. <i>Constitutional Democracy</i>, Oxford University Press, Nueva York.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0121-4772200100020000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;30&#93; Musgrave R. 1967. <i>Teor&iacute;a de la Hacienda P&uacute;blica</i>, Aguilar, Valencia, Espa&ntilde;a.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0121-4772200100020000500030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;31&#93; Musgrave R. 1999. “Fiscal Federalism”, en Buchanan J. y Musgrave R 1999. <i>Public Finance and Public Choice</i>, The MIT Press, Cambridge, Massachussetts.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0121-4772200100020000500031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;32&#93; North D. 1990. <i>Institutions, Institutional change and Economic Performance</i>, Cambridge University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0121-4772200100020000500032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;33&#93; Oates W. 1991. “An Economist’s Perpective on Fiscal Federalism”, <i>Studies in Fiscal Federalism</i>, Edward Elgar.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0121-4772200100020000500033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;34&#93; Olson M. 1998. <i>The Logic of Collective Action</i>, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0121-4772200100020000500034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;35&#93; Rawls J. 1997. <i>A Theory of Justice</i>, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0121-4772200100020000500035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;36&#93; Restrepo D. 1998. “Eslabones y precipios entre descentralizaci&oacute;n y democracia”, <i>Cuadernos de Econom&iacute;a</i>, FCE-UN, No. 28, Santaf&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0121-4772200100020000500036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;37&#93; Sartori G. 1997. <i>Comparative Constitutional Engineering</i>, New York University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0121-4772200100020000500037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;38&#93; S&aacute;nchez C. A. 2000. <i>Derecho electoral colombiano</i>, Legis, Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0121-4772200100020000500038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;39&#93; Soltan K. 1993. “What Is the New Constitutionalism?”, en Elkin S. y Soltan K., eds., 1993. <i>A New Constitutionalism</i>, The University of Chicago Press, Chicago.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0121-4772200100020000500039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;40&#93; The Economist 2001. <i>Why Germans are federalists</i>, Mayo 5-11.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0121-4772200100020000500040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;41&#93; Tirado Mej&iacute;a A. 1992. “Derechos humanos y sus mecanismos de protecci&oacute;n en la Constituci&oacute;n”, <i>Los cambios constitucionales 1991</i>. 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Estado social y derechos humanos: Promesas incumplidas, diagn&oacute;sticos y perspectivas”, <i>Diez a&ntilde;os de la Constituci&oacute;n colombiana</i>, Facultad de Derecho, Universidad Nacional, Publicaciones ILSA.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0121-4772200100020000500044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;45&#93; Wiesner E. 1995. <i>La descentralizaci&oacute;n, el gasto social y la gobernabilidad en Colombia</i>, DNP -ANlF,Santaf&eacute; de Bogot&aacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0121-4772200100020000500045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>&#91;46&#93; Wolman H. 1990. “Decentralization: What It Is and Why We Shold Care”, <i>Decentralization, Local Govemmets, and Markest</i> claredon Press, Oxford.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0121-4772200100020000500046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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